Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


En el campo (1899)
[También: “La nueva dacha”]
Originalmente publicado en Noticias Rusas (3 de enero de 1899)


I

      A tres kilómetros de la aldea de Obruchánovo se estaba construyendo un enorme puente. Desde la aldea, que se alzaba a gran altura sobre la escarpada orilla, se veía su armazón de hierro y, los días nublados y las serenas jornadas de invierno, cuando su delgada estructura y todos los andamiajes estaban cubiertos de escarcha, ofrecía un cuadro pintoresco e incluso fantástico. A veces pasaba por la aldea, montado en tílburi o en calesa, el ingeniero Kúcherov, encargado de la construcción, hombre grueso, ancho de espaldas, con barba, tocado de una gorra flexible y arrugada; en ocasiones, los días de fiesta, llegaban también algunos vagabundos que trabajaban en el puente, pedían limosna, se reían de las mujeres y, si se terciaba, robaban alguna cosa. Pero era raro; por lo común los días se sucedían tranquilos y apacibles, como si la obra no existiera; sólo por la tarde, cuando se encendían las hogueras junto al puente, el viento traía el débil eco de las canciones de los vagabundos. Algunas veces, durante el día se oía un melancólico ruido metálico: don… don… don…
       Un día el ingeniero Kúcherov recibió la visita de su mujer, que quedó encantada con la orilla del río y la magnífica vista que se abría sobre el verde valle, con sus aldehuelas, sus iglesias y sus rebaños, y pidió a su marido que comprara una pequeña parcela y construyera allí una dacha. El marido cedió. Compraron veinte desiatinas de tierra y, en lo alto de la orilla, en un claro del bosque donde antes vagaban las vacas de Obruchánovo, construyeron una bonita casa de dos plantas con terraza, balcones, una torre y un mástil en cuyo extremo ondeaba los domingos una bandera; la construyeron en unos tres meses y luego, durante todo el invierno, plantaron grandes árboles, de modo que cuando llegó la primavera y todo reverdeció, la nueva propiedad disponía ya de alamedas, un jardinero y dos trabajadores con delantales blancos que trajinaban alrededor de la casa; había una fuentecilla y un globo de cristal que despedía unos rayos tan intensos que hacían daño a la vista. La propiedad ya tenía nombre: la Nueva Dacha.
       Una mañana tibia y despejada de finales de mayo, llevaron dos caballos al herrero de Obruchánovo, Rodión Petrov, para que les cambiara las herraduras. Los enviaban de la Nueva Dacha. Eran unos caballos blancos como la nieve, gráciles, bien cebados y de una semejanza sorprendente.
       —¡Auténticos cisnes! —exclamó Rodión, mirándolos con veneración.
       Su mujer Stepanida, sus hijos y sus nietos salieron a la calle para verlos. Poco a poco se congregó una multitud. Llegaron los Lichkov, padre e hijo, ambos barbilampiños de nacimiento, con rostros abotargados y la cabeza descubierta. También apareció por allí Kózov, un anciano alto y delgado, con una barba menuda y un bastón con mango en forma de gancho; guiñaba sin parar sus astutos ojos y esbozaba una sonrisa burlona, como si supiera algo ignorado por los demás.
       —Aparte de su blancura, ¿qué tienen de especial? —dijo—. Dadle avena a los míos y estarán igual de lustrosos. Habría que engancharlos al arado y hacerles probar el látigo…
       El cochero se limitó a mirarlo con desprecio, sin pronunciar palabra. Luego, mientras encendían el fuego en la fragua, se puso a charlar, fumando un cigarrillo tras otro. Por su boca los campesinos se enteraron de muchos detalles: sus amos eran ricos; antes de casarse, su señora Yelena Ivánovna vivía con estrecheces en Moscú, donde trabajaba como gobernanta; era buena, compasiva y le gustaba ayudar a los necesitados. En la nueva propiedad, contaba, no ararían la tierra ni sembrarían; sólo irían allí para disfrutar del paisaje y respirar aire puro. Cuando terminó de hablar y se dispuso a regresar con los caballos, una turba de muchachos le rodeó, los perros le ladraron y Kózov, que le seguía con la vista, guiñó los ojos con aire burlón.
       —¡Vaya unos señores! —comentó—. Se construyen una casa, compran caballos y a lo mejor no tienen nada que comer. ¡Vaya unos señores!
       Un odio repentino por la nueva casa, los caballos blancos y ese cochero apuesto y bien alimentado se apoderó de Kózov. Era un hombre solitario, viudo; llevaba una vida tediosa (una enfermedad que tan pronto llamaba cólico como lombrices le impedía trabajar), se mantenía gracias al dinero que recibía de su hijo, empleado en una confitería de Járkov; desde primera hora de la mañana hasta la tarde deambulaba ocioso por la orilla o por la aldea y si veía, por ejemplo, a un campesino transportando madera o pescando, decía: «Esa madera está seca, carcomida», o: «Con este tiempo no picará ni uno». Cuando había sequía, decía que no llovería antes de las heladas y cuando llovía afirmaba que todo iba a pudrirse y a echarse a perder en los campos. Y mientras exponía esas razones, no paraba de hacer guiños con los ojos, con aires de entendido.
       En la propiedad encendían por la tarde bengalas o cohetes y junto a Obruchánovo pasaba un velero con faroles rojos. Una mañana la mujer del ingeniero, Yelena Ivánovna, fue a la aldea con su hija pequeña en una calesa de ruedas amarillas, tirada por una pareja de ponis bayos; ambas, madre e hija, llevaban sombreros de paja de ala ancha doblada hacia dentro.
       Era justo el momento de la crecida y el herrero Rodión, anciano alto y enteco, con la cabeza y los pies desnudos, la horca al hombro, estaba junto s su telega sucia e informe y contemplaba los ponis con la boca abierta; en la expresión de su rostro se adivinaba que nunca antes había visto unos caballos tan pequeños.
       —¡Ha venido la señora Kucherija! —se oyó un murmullo alrededor—. ¡Mira, ha venido la señora Kucherija!
       Yelena Ivánovna examinaba las isbas, como si estuviera eligiendo una, luego detuvo los caballos delante de la más pobre, a cuyas ventanas se asomaban varias cabezas infantiles: rubias, morenas, pelirrojas. Stepanida, la mujer de Rodión, una anciana obesa, había salido corriendo de la isba y el pañuelo había resbalado por su canosa cabellera; se quedó mirando la calesa, con el sol de frente, sonriendo y haciendo muecas como si fuera ciega.
       —Esto es para tus hijos —dijo Yelena Ivánovna, entregándole tres rublos.
       Stepanida de pronto se echó a llorar, al tiempo que se inclinaba casi hasta el suelo; Rodión también saludó, mostrando su ancha y broncínea calva; al hacer ese movimiento, estuvo a punto de enganchar a su mujer por un costado con la horca. Yelena Ivánovna se turbó y se dio la vuelta.



II

      Los Lichkov, padre e hijo, habían sorprendido en sus prados dos caballos de tiro, un poni y un toro de Algauz de gran hocico, y con la ayuda del pelirrojo Volodia, hijo del herrero Rodión, los llevaron a la aldea. Llamaron al starosta, reunieron testigos y fueron a cuantificar las pérdidas.
       —¡Bueno, vamos! —decía Kózov guiñando el ojo—. ¡Vamos! ¡A ver cómo se pavonean ahora los ingenieros! ¿Pensáis que no hay justicia? ¡Bueno! Hay que llamar al alguacil, levantar acta…
       —¡Levantar acta! —repitió Volodia.
       —¡No voy a dejar que las cosas queden así! —gritaba el hijo de Lichkov, cada vez más alto, de manera que su rostro barbilampiño se hinchaba cada vez más—. ¡Vaya costumbre han cogido! ¡Si se les deja, estropearán todos los prados! ¡No tienen ningún derecho a ofender a la gente! ¡Los tiempos de la servidumbre han acabado!
       —¡Han acabado! —repitió Volodia.
       —Vivíamos bien sin el puente —dijo el padre, con aire sombrío—. No hemos pedido ningún puente, ¿qué falta nos hace a nosotros? ¡No lo queremos!
       —¡Hermanos ortodoxos! ¡No podemos dejar las cosas así!
       —¡Bueno, vamos! —decía Kózov, guiñando los ojos—. ¡Que se pavoneen ahora! ¡Vaya propietarios!
       Durante el camino de regreso Lichkov hijo no paraba de darse puñetazos en el pecho y de gritar, mientras Volodia repetía sus palabras, también a gritos. Entre tanto, en la aldea, alrededor del toro de raza y de los caballos se había reunido una verdadera multitud. El toro estaba desorientado y miraba a la gente de soslayo, pero de pronto bajó el hocico al suelo y echó a correr, lanzando coces. Kózov se asustó y lo amenazó con el bastón, y todos los circunstantes se rieron a carcajadas. Luego encerraron a los animales y se pusieron a esperar.
       Por la tarde el ingeniero mandó cinco rublos por los destrozos y los dos caballos, los ponis y el toro, que no habían comido ni bebido nada, volvieron al establo con la cabeza gacha, como condenados conducidos al castigo.
       Con los cinco rublos en la mano, los Lichkov, padre e hijo, el starosta y Volodia atravesaron el río en una barca y se dirigieron a la taberna de la aldea de Kriákovo, donde lo celebraron largo rato. Se oían sus cánticos y también los gritos de Lichkov hijo. Las mujeres de la aldea, inquietas, no durmieron en toda la noche. Rodión tampoco pegó ojo.
       —Feo asunto —decía, cambiando de postura una y otra vez y lanzando profundos suspiros—. El señor va a enfadarse, promoverá un proceso… Han ofendido al señor… Ah, lo han ofendido y eso no está bien…
       Un día los campesinos, Rodión entre ellos, volvían del bosque comunal, donde se habían repartido la siega, y se encontraron con el ingeniero. Llevaba una camisa roja de algodón y botas de caña alta; le seguía un perro de caza, con la lengua fuera.
       —¡Buenos días, muchachos! —dijo.
       Los campesinos se detuvieron y se descubrieron.
       —Hace tiempo que quería hablar con vosotros —continuó—. La cuestión es la siguiente. Todos los días, desde el comienzo de la primavera, vuestro ganado entra en mi jardín y en mi bosque. Lo pisotean todo, los cerdos han levantado el prado y estropeado el huerto, y en el bosque se han echado a perder todos los plantones. No hay manera de entenderse con vuestros pastores; se les habla con educación y responden con groserías. Todos los días sufro destrozos, pero no digo nada, no os hago pagar ninguna multa ni me quejo; en cambio vosotros expulsasteis a mis caballos y a mi toro y me cobrasteis cinco rublos. ¿Acaso está eso bien? ¿Es así como se comportan los vecinos? —continuó, con voz dulce, persuasiva, y una mirada nada severa—. ¿Acaso la gente honrada actúa de ese modo? Hace una semana uno de vosotros cortó dos pequeños robles de mi bosque. Habéis abierto una zanja en el camino de Yerésnevo y ahora tengo que dar un rodeo de tres verstas. ¿Por qué me creáis complicaciones a cada paso? ¿Qué mal os he hecho? Decídmelo, por el amor de Dios. Mi mujer y yo hacemos todo lo posible para vivir con vosotros en paz y buena armonía, ayudamos a los campesinos tanto como podemos. Mi mujer es bondadosa y tiene un gran corazón, no rechaza ayudaros, su sueño es serviros de alguna utilidad a vosotros y a vuestros hijos. Pero vosotros le devolvéis mal por bien. Sois injustos, muchachos. Pensadlo un poco. Os pido encarecidamente que reflexionéis. Os tratamos con humanidad y queremos que nos paguéis con la misma moneda.
       Se dio media vuelta y se marchó. Los campesinos esperaron un rato, se pusieron las gorras y siguieron su camino. Rodión, que siempre interpretaba a su manera lo que le decían, suspiró y comentó:
       —Hay que pagar. Pagad en moneda, muchachos, eso es lo que ha dicho…
       Hicieron el camino en silencio. Una vez en casa, Rodión dijo sus oraciones, se descalzó y se sentó en el banco junto a su mujer. Cuando estaban en casa, Stepanida y él siempre se sentaban uno al lado del otro y por la calle siempre caminaban codo con codo; comían, bebían y dormían siempre juntos y cuanto más envejecían más amor se profesaban. Su isba era pequeña, sofocante y había niños por todas partes: en el suelo, en el poyo de las ventanas, en la estufa… Stepanida, a pesar de su avanzada edad, seguía quedándose embarazada y ahora, al ver ese montón de niños, apenas acertaba a distinguir los de Rodión de los de Volodia. La mujer de Volodia, Lukeria, una muchacha joven y fea, con ojos saltones y nariz aguileña, amasaba pan en una artesa; Volodia estaba sentado sobre la estufa, con las piernas colgando.
       —Por el camino, cerca de los sembrados de alforfón de Nikítovo… apareció el ingeniero con su perro… —empezó Rodión, después de unos minutos de descanso, rascándose el costado y los codos—. Tenéis que pagar, dijo… En moneda… En moneda o no, hay que entregar veinte kopeks por casa. Hemos causado muchas ofensas al señor. Me da pena…
       —Vivíamos muy bien sin puente —dijo Volodia, sin mirar a nadie— y no lo queremos.
       —¿Qué tiene de malo? Es un puente del Estado.
       —No lo queremos.
       —No te estoy pidiendo tu opinión. ¡Lo que hay que oír!
       —«No te estoy pidiendo tu opinión…» —le remedó Volodia—. Nosotros no tenemos ningún lugar al que ir, así que ¿qué falta nos hace un puente? Cuando es necesario, cogemos una barca.
       Alguien llamó a la ventana con tanta fuerza que toda la isba pareció temblar.
       —¿Está Volodia en casa? —se oyó la voz de Lichkov hijo—. ¡Sal, Volodia, nos vamos!
       Volodia saltó de la estufa y empezó a buscar su gorra.
       —No vayas, Volodia —profirió Rodión con voz vacilante—. No vayas con ellos, hijo. Eres tan tonto como un niño pequeño y ellos no te enseñarán nada bueno. ¡No vayas!
       —¡No vayas, hijo! —le pidió Stepanida, parpadeando, a punto de echarse a llorar—. Seguro que quieren llevarte a la taberna.
       —«A la taberna» —la remedó Volodia.
       —¡Vas a volver otra vez borracho, hijo de perra! —dijo Lukeria, mirándole con ira—. ¡Vete, vete, a ver si el vodka te abrasa, diablo sin cola!
       —¡Cállate! —gritó Volodia.
       —Me han casado con un imbécil, han perdido a esta desdichada huérfana… borracho pelirrojo… —se lamentó Lukeria, enjugándose el rostro con la mano llena de masa—. ¡Ojalá no volviera a verte nunca!
       Volodia le propinó un golpe en la oreja y se fue.



III

      Yelena Ivánovna y su hija pequeña fueron a la aldea a pie. Estaban dando un paseo. A la sazón era domingo y las mujeres y muchachas habían salido a la calle con sus vestidos de colores brillantes. Rodión y Stepanida, sentados uno al lado del otro en el porche, saludaron y sonrieron a Yelena Ivánovna y a su hija como si fueran ya viejas conocidas. Desde las ventanas las contemplaban más de una decena de niños; sus rostros expresaban sorpresa y curiosidad; se les oía murmurar:
       —¡Ha venido Kucherija! ¡Kucherija!
       —Buenos días —dijo Yelena Ivánovna, deteniéndose; guardó silencio durante un instante y a continuación preguntó—: ¿Cómo va todo?
       —Bien, gracias a Dios —respondió Rodión, hablando muy deprisa—. De momento estamos vivos.
       —¿Llamas vida a esto? —preguntó Stepanida con una sonrisa—. ¡Ya ve usted, querida señora, nuestra pobreza! Somos catorce en la familia y sólo dos personas trabajan. De herreros sólo tenemos el nombre, pues cuando traen a herrar un caballo resulta que no hay carbón porque no tenemos dinero para comprarlo. Hemos sufrido mucho, señora —continuó y se echó a reír—. ¡Ah, cómo hemos sufrido!
       Yelena Ivánovna se sentó en el porche y, abrazando a su hija, se quedó pensativa; también a la niña, a juzgar por su rostro, le rondaba por la cabeza alguna triste reflexión; con aspecto concentrado, jugaba con la elegante sombrilla de encaje que había tomado de manos de su madre.
       —¡La pobreza! —dijo Rodión—. Tenemos muchas preocupaciones y tanto trabajo que no vemos el final. Y Dios no nos manda una gota de lluvia… Nuestra vida no es fácil, la verdad.
       —Vuestra vida en la tierra es penosa —dijo Yelena Ivánovna—, pero en el otro mundo seréis felices.
       Rodión no la comprendió y se limitó a toser en el puño a modo de respuesta. Pero Stepanida dijo:
       —Querida señora, a los ricos tampoco les irá mal en el otro mundo. Encienden velas, encargan misas, ayudan a los pobres; en cambio, ¿qué hace el campesino? Ni siquiera tiene tiempo para santiguarse, es pobre de solemnidad, no existe salvación para él. La pobreza es madre de muchos pecados, la pena nos hace ladrar más que los perros, no decimos una sola buena palabra ¡y las cosas que tenemos que ver, querida señora! No hay felicidad para nosotros ni en este mundo ni el otro, seguro. Toda la felicidad es para los ricos.
       Hablaba con voz alegre; era evidente que estaba acostumbrada a comentar su dura existencia. Rodión también sonreía; le agradaba tener una vieja tan inteligente y locuaz.
       —La vida de los ricos sólo es fácil en apariencia —dijo Yelena Ivánovna—. Todo hombre tiene sus penas. Mi marido y yo, por ejemplo, vivimos sin estrecheces, tenemos medios, pero ¿somos felices? Aunque aún soy joven, tengo ya cuatro hijos, ninguno de los cuales goza de buena salud; yo también estoy enferma y paso todo el tiempo curándome.
       —¿Qué enfermedad tienes? —preguntó Rodión.
       —Un desarreglo propio de mujeres. No duermo, los dolores de cabeza no me dan tregua. Ahora mismo, por ejemplo, estoy aquí hablando, pero me molesta la cabeza y siento debilidad en todo el cuerpo; preferiría el trabajo más penoso que este estado. Y mi alma también está inquieta. Siento un miedo constante por mis hijos y por mi marido. Cada familia tiene sus penas y nosotros tenemos las nuestras. Yo no soy noble. Mi abuelo era un simple campesino, mi padre trabajaba como comerciante en Moscú y también era un hombre sencillo. En cambio los padres de mi marido son ricos e ilustres. No querían que su hijo se casara conmigo, pero él no les escuchó, discutió con ellos y desde entonces no nos han perdonado. Esa circunstancia perturba a mi marido, le inquieta, le tiene en un estado de preocupación constante; le tiene cariño a su madre, mucho cariño. Esa situación también es causa de zozobra para mí. Siento una inmensa pena.
       Cerca de la isba de Rodión se habían reunido ya unos cuantos campesinos y mujeres, que escuchaban con atención. Kózov se acercó y se detuvo, agitando su larga y estrecha barba. También llegaron los Lichkov, padre e hijo.
       —A decir verdad, no puede uno ser feliz y dichoso cuando ve que no se encuentra en su lugar —continuó Yelena Ivánovna—. Cada uno de vosotros sigue su camino, cada uno de vosotros se afana y sabe por qué se afana; mi marido construye puentes; en una palabra, cada uno tiene su lugar. ¿Y yo? Yo voy de un lado para otro. No tengo ningún camino, carezco de ocupación y me siento como una extraña. Os digo todo esto para que no juzguéis por las apariencias; que una persona lleve ricas ropas y tenga medios no quiere decir que esté satisfecha con su vida —se levantó con intención de partir y tomó a su hija de la mano—. Me gusta mucho este lugar —dijo sonriendo, y en esa sonrisa vacilante y temerosa podía advertirse que en realidad estaba enferma y que aún era joven y hermosa; tenía un rostro pálido y demacrado con cejas oscuras y cabellos claros; la niña era como su madre, delgada, rubia y endeble; las dos olían a perfume—. También me gustan el río, el bosque y la aldea… —continuó Yelena Ivánovna—. Podría pasar aquí toda la vida y tengo la impresión de que en este rincón me restablecería y encontraría mi lugar. Siento un enorme deseo de ayudaros, de seros útil, de acercarme a vosotros. Conozco vuestras necesidades y lo que escapa a mi entendimiento lo percibo y lo adivino con el corazón. Estoy enferma, débil y es probable que ya no tenga ocasión de organizar mi vida como quisiera. Pero tengo hijos, trataré de educarlos para que se acostumbren a vosotros y os quieran. No dejaré de inculcarles que su vida no les pertenece a ellos, sino a vosotros. Sólo os pido, os suplico encarecidamente que tengáis confianza en nosotros, que vivamos en armonía. Mi marido es un hombre bueno y generoso. No le soliviantéis, no le irritéis. Es sensible al menor detalle; ayer, por ejemplo, vuestro ganado entró en nuestro huerto y uno de vosotros ha roto el seto que rodea las colmenas; esa forma de tratarnos desespera a mi marido. Os lo imploro —continuó con voz suplicante, uniendo las manos a la altura del pecho—, comportaos con nosotros como buenos vecinos, vivamos en paz. Se dice que una mala paz es mejor que una buena disputa y que quien compra una propiedad no gana tierras sino vecinos. Os lo repito, mi marido es un hombre bueno y generoso; si todo va bien, os prometo que haremos por vosotros todo lo que esté a nuestro alcance; arreglaremos los caminos, construiremos una escuela para vuestros hijos. Os lo prometo.
       —Se lo agradecemos humildemente, señora —dijo Lichkov padre, con los ojos bajos—. Es usted una mujer educada y sabe todo eso mejor que nosotros. Pero en Yerésnevo, un campesino rico llamado Vóronov también prometió construir una escuela, también decía: «Haré esto, haré lo otro», pero, una vez levantado el armazón, se negó a seguir adelante, y los campesinos se vieron obligados a poner el tejado y terminar la obra; costó mil rublos. A Vóronov poco le importaba y se limitaba a mesarse la barba, pero los campesinos se sintieron ofendidos.
       —Había un cuervo y ahora ha venido un grajo —dijo Kózov, haciendo guiños.
       Todos se echaron a reír.
       —No necesitamos ninguna escuela —dijo Volodia con tono sombrío—. Nuestros hijos van a Petróvskoie y allí seguirán yendo. No la queremos.
       Yelena Ivánovna de pronto se sintió intimidada. Palideció, sus rasgos se crisparon, se encogió sobre sí misma, como si la hubieran rozado con un objeto basto, y partió sin añadir palabra. Avanzaba cada vez más deprisa, sin mirar hacia atrás.
       —¡Señora! —la llamó Rodión, lanzándose en su búsqueda—. Señora, espera, quiero decirte algo —la seguía con la cabeza descubierta y le hablaba en voz baja, como si le estuviera pidiendo limosna—: ¡Señora! Espera, tengo algo que decirte.
       Cuando salieron de la aldea, Yelena Ivánovna se detuvo a la sombra de un viejo serbal, cerca de un carro.
       —No te ofendas, señora —dijo Rodión—. ¡Olvídalo! Hay que ser pacientes. Vive aquí un año o dos, muéstrate comprensiva y todo se arreglará. La gente del lugar es buena y pacífica… No son malos, te lo digo como ante el mismo Dios. No hagas caso de Kózov y de los Lichkov, y tampoco de Volodia, que es un pobre imbécil: repite lo primero que oye. Los demás son personas pacíficas y reservadas… A algunos les gustaría hablar en conciencia, tomar partido, pero no pueden. Tienen alma y conciencia, pero les faltan las palabras. No te ofendas… ten paciencia… ¡Olvídalo!
       Yelena Ivánovna, pensativa, contemplaba el anchuroso río, de aguas serenas, y las lágrimas rodaban por sus mejillas. Rodión se turbó al verlas y estuvo a punto de echarse a llorar.
       —No es nada… —balbucía—. Ten paciencia un par de años. Se puede levantar una escuela y también arreglar los caminos, pero no de golpe… Por ejemplo, si quieres sembrar trigo en este montículo, primero hay que desbrozar, retirar todas las piedras, luego arar la tierra, volver a la carga… Con la gente pasa lo mismo… Hay que volver a la carga hasta que se logra lo que se persigue.
       Unas cuantas personas se apartaron de la isba de Rodión y avanzaron por la calle en dirección al serbal. Entonaron una canción, se oyeron los sones de un acordeón. Cada vez se acercaban más…
       —¡Mamá, vámonos de aquí! —dijo la niña, pálida, apretándose a su madre y temblando de pies a cabeza—. ¡Vámonos, mamá!
       —¿Adónde?
       —A Moscú… ¡Vámonos, mamá!
       La niña se echó a llorar. Rodión se turbó del todo y su rostro se cubrió de sudor. Sacó del bolsillo un pepinillo pequeño y retorcido, en forma de media luna, lleno de motas de centeno y lo puso en manos de la niña.
       —Vamos, vamos —farfulló, con expresión severa—. Coge este pepinillo y cómetelo… No hay que llorar, mamá te va a pegar… se quejará a tu padre… Vamos, vamos…
       Madre e hija siguieron su camino, seguidas de Rodión, que deseaba decirles alguna cosa amable y convincente. No obstante, al advertir que ambas estaban sumidas en sus propios pensamientos y en su pena y que apenas reparaban en él, se detuvo y, protegiéndose los ojos del sol, se quedó mirándolas largo rato, hasta que desaparecieron en un bosque de su propiedad.



IV

      El ingeniero se había vuelto muy irritable y puntilloso, y consideraba la menor nadería un robo o un atentado. La cancela estaba cerrada incluso de día y por la noche dos vigilantes recorrían el jardín, dando golpes en una plancha; ya no se contrataban jornaleros de Obruchánovo. Además, como hecho a propósito, alguien (no se sabía si un campesino o un vagabundo) había quitado las ruedas nuevas del carro, sustituyéndolas por otras viejas; poco después se llevaron dos bridas y unas tenazas y hasta en la aldea empezaron a correr rumores. Se decía que habría que hacer un registro en casa de los Lichkov y de Volodia; entonces las tenazas y las bridas aparecieron junto a la cerca del jardín del ingeniero: alguien las había arrojado allí.
       Un día, cuando los campesinos regresaban en grupo del bosque, volvieron a encontrarse con el ingeniero, quien se detuvo y, sin saludar, mirando con enfado tan pronto a uno como a otro, dijo:
       —Había pedido que no cogierais setas en el parque ni cerca del patio, que las dejarais para mi mujer y los niños, pero vuestras hijas vienen al amanecer y las arrancan todas. Lo mismo da pediros una cosa que no pedírosla. Ya me doy cuenta de que con vosotros las peticiones, la amabilidad y la persuasión son inútiles —en ese momento detuvo la mirada indignada en Rodión y continuó—: Mi mujer y yo os hemos tratado como personas, como iguales, y en cambio vosotros… Pero ¡para qué hablar! Seguramente acabaremos por despreciaros. ¡No se puede hacer nada!
       Y, haciendo un esfuerzo para dominar su cólera y no decir alguna palabra de más, se dio la vuelta y continuó su camino.
       Al llegar a casa, Rodión dijo sus oraciones, se descalzó y se sentó en el banco al lado de su mujer.
       —Sí… —empezó, tras unos momentos de reposo—. Nos hemos encontrado por el camino con el señor Kúcherov… Sí… Al amanecer vio a las muchachas… Por qué, dijo, no llevan setas… a mi mujer y a mis hijos. Luego se me quedó mirando y añadió: Mi mujer y yo acabaremos despreciándote. Me dieron ganas de hacerle una reverencia hasta el suelo, pero no me atreví… Que Dios le dé salud… Concédele salud, Señor…
       Stepanida se santiguó y suspiró.
       —Son unos señores sencillos y bondadosos… —continuó Rodión—. «Acabaremos despreciándote…», prometió delante de todos. Haber llegado a la vejez y… bueno, da igual…. Rezaré eternamente por ellos… Reina de los Cielos, dales salud…
       El día de la Santa Cruz, 14 de septiembre, se celebraba la fiesta parroquial. Los Lichkov, padre e hijo, partieron por la mañana desde la otra orilla del río y regresaron a la hora de la comida completamente borrachos; estuvieron largo rato dando vueltas por la aldea, tan pronto cantando como lanzándose procaces insultos, luego se pelearon y se dirigieron a la hacienda para quejarse. Primero entró en el patio Lichkov padre, con un largo bastón de álamo en la mano; se detuvo indeciso y se quitó la gorra. Justo en ese momento el ingeniero se encontraba con su familia en la terraza, tomando el té.
       —¿Qué quieres? —le gritó el ingeniero.
       —Excelencia, señor… —empezó Lichkov y se echó a llorar—. Sea misericordioso, defiéndame… Me hijo me hace la vida imposible… Me ha arruinado, me pega… Excelencia…
       Entró Lichkov hijo, con la cabeza descubierta y asimismo con un bastón en la mano; se detuvo y clavó en la terraza su mirada vacía de borracho.
       —No es asunto mío arreglar vuestras disputas —dijo el ingeniero—. Vete a ver al presidente de la asamblea rural o al comisario de policía.
       —He ido a todas partes… he presentado una demanda… —comentó Lichkov padre y estalló en sollozos—. ¿Adónde voy a ir ahora? ¿Quiere decir que puede matarme? ¿Significa que puede hacer lo que quiera? ¿A su padre? ¿A su propio padre?
       Blandió el bastón y golpeó a su hijo en la cabeza; éste a su vez levantó el suyo y le arreó al viejo en plena calva con tanta fuerza que el bastón rebotó. Lichkov padre ni siquiera se tambaleó y propinó un segundo bastonazo a su hijo en la cabeza. Estuvieron dándose golpes a más y mejor, de modo que aquello más que una riña parecía un juego. Más allá de la cancela se reunieron varios campesinos y mujeres, que contemplaban en silencio, con caras serias, lo que sucedía en el patio. Habían venido para felicitar la fiesta, pero al ver a los Lichkov se avergonzaron y no se atrevieron a entrar.
       A la mañana del día siguiente Yelena Ivánovna se marchó con los niños a Moscú. Y corrió el rumor de que el ingeniero vendía su hacienda…



V

      Hace mucho que la gente se ha acostumbrado al puente y hasta le resulta difícil imaginarse el río sin él. La hierba ha tenido tiempo de cubrir los montones de basura y los restos de la construcción; ya nadie se acuerda de los vagabundos y en lugar de sus cánticos ahora se oye casi a cada hora el ruido de un tren que pasa.
       Hace ya años que se vendió la Nueva Dacha; ahora pertenece a un funcionario que viene a pasar los días festivos con su familia, toma el té en la terraza y luego regresa a la ciudad. Tiene una escarapela en la gorra, habla y tose como un funcionario muy importante, aunque sólo tiene el rango de secretario colegiado, y cuando los campesinos le saludan no responde.
       En Obruchánovo todos han envejecido. Kózov ya ha muerto, en la isba de Rodión se ha incrementado el número de niños, Volodia se ha dejado crecer una larga barba rojiza. Lo mismo que antes, viven sumidos en la pobreza.
       En los primeros días de la primavera los habitantes de Obruchánovo sierran madera cerca de la estación. Después del trabajo vuelven a casa sin prisas, uno tras otro. Las anchas sierras, en las que reverbera el sol, se doblan sobre sus hombros. En los arbustos de la orilla cantan los ruiseñores, en el cielo se desgañitan las alondras. La Nueva Dacha está en calma, no hay nadie, sólo algunas palomas, doradas por la luz del sol, revolotean sobre la casa. Todos —Rodión, los dos Lichkov y Volodia— recuerdan los caballos blancos, los pequeños ponis, los fuegos de artificio, la barca con los faroles; recuerdan que la esposa del ingeniero, una mujer hermosa y elegante, venía a la aldea y les hablaba con afabilidad. Y es como si nada de eso hubiera existido. Todo parece un sueño o un cuento de hadas.
       Vencidos por el cansancio, avanzan con pasos lentos y meditan…
       En la aldea, piensan, la gente es buena, pacífica, juiciosa, temerosa de Dios. Yelena Ivánovna también era apacible, bondadosa, dulce, ¡y daba tanta pena verla! ¿Por qué no se entendieron y se separaron como enemigos? ¿Qué bruma les había ocultado lo más importante y sólo les había dejado ver los destrozos, las bridas, las tenazas y todas esas naderías que ahora, a la luz del recuerdo, parecían tan intrascendentes? ¿Por qué con el nuevo propietario vivían en paz y con el ingeniero no se habían llevado bien?
       Y todos callaban, incapaces de dar respuesta a esas cuestiones; sólo Volodia seguía farfullando.
       —¿Qué te pasa? —pregunta Rodión.
       —Vivíamos bien sin el puente… —dice Volodia con aire sombrío—. Vivíamos bien sin el puente y no lo pedimos… No nos hace falta.
       Ningún campesino le responde. Continúan andando en silencio, encorvados, cabizbajos.




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