Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


El camaleón(1884)
(“Хамелеон”)
Originalmente publicado, con el subtítulo de “Escena”, en la revista Fragmentos
[Añicos], 36 (8 de septiembre de 1884), bajo el seudónimo “A. Chejonté”.
Relatos abigarrados (1886)
Obras completas (1899)



      El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un paquete en la mano, atraviesa la plaza del mercado. Le sigue un agente pelirrojo con un tamiz lleno a rebosar de grosellas confiscadas. A su alrededor reina el silencio… En la plaza no hay ni un alma… Las puertas abiertas de tiendas y tabernas contemplan con tristeza este mundo de Dios, como bocas hambrientas; ni siquiera se ven mendigos a su lado.
       —¿Así que quieres morderme, maldito? —oye de pronto Ochumélov—. ¡No lo dejéis escapar, muchachos! ¡Ahora está prohibido morder! ¡Cogedlo! ¡Ah…! ¡Ah!
       Se oye un aullido. Ochumélov vuelve la cabeza y ve un perro que, saltando sobre tres patas, se aleja corriendo del almacén de madera del comerciante Pichuguin, sin dejar de mirar a un lado y a otro. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y chaleco desabotonado que se lanza con el torso hacia delante y, tras caer al suelo, atrapa al animal por las patas traseras. De nuevo se oye un aullido y un grito: «¡Que no escape!». Algunas caras soñolientas se asoman desde las tiendas y en un abrir y cerrar de ojos, como salida de debajo de la tierra, una muchedumbre se agolpa delante del almacén de madera.
       —¡Están alterando el orden, excelencia…! —dice el agente.
       Ochumélov gira a la izquierda y se encamina al lugar de la reunión. Junto a la puerta del almacén ve cómo el hombre del chaleco desabotonado, mencionado más arriba, levanta la mano derecha y muestra a la concurrencia un dedo ensangrentado. En su rostro de borracho puede leerse: «¡Me las pagarás, granuja!»; y el mismo dedo parece un signo de victoria. Ochumélov reconoce en ese hombre al orfebre Jriukin. En medio de la multitud, con las patas delanteras separadas y todo el cuerpo tembloroso, está sentado el responsable del escándalo, un cachorro de galgo blanco con el hocico afilado y una mancha amarillenta en el lomo. Sus llorosos ojos expresan tristeza y pavor.
       —¿Qué pasa aquí? —pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre el gentío—. ¿Qué es esto? ¿Qué estás haciendo con el dedo…? ¿Quién ha gritado?
       —Iba tranquilamente por la calle, excelencia, sin meterme con nadie… —empieza Jriukin, tosiendo en el puño—. Para tratar de la leña con Mitra Mítirch; de pronto, este canalla, sin razón alguna, me mordió el dedo… Perdóneme, pero soy un trabajador… Mi actividad requiere una gran minuciosidad. Quiero que me paguen, porque tal vez no pueda mover el dedo en una semana… En ninguna parte está escrito, excelencia, que haya que aguantar que estas bestias… Si todos se ponen a morder, más valdría no vivir en este mundo…
       —¡Hum…! Está bien… —dice Ochumélov con aire severo, tosiendo y moviendo las cejas—. Está bien… ¿De quién es este perro? Las cosas no van a quedar así. ¡Os voy a enseñar a dejar sueltos a los perros! ¡Ya es hora de ocuparse de esos señores que no quieren respetar las ordenanzas! ¡Cuando le haya puesto una multa a ese miserable sabrá lo que significa dejar en plena calle un perro o cualquier otro animal! ¡Se va a enterar de quién soy yo…! ¡Yeldirin! —dijo, dirigiéndose al agente—. ¡Encuentra al propietario de este perro y levanta el atestado! ¡Y al perro hay que sacrificarlo! ¡Ahora mismo! Seguro que tiene la rabia… ¿De quién es este perro? ¿Es que no me oís?
       —¡Me parece que es del general Zhigálov! —grita alguien entre la multitud.
       —¿Del general Zhigálov? Hum… Ayúdame a quitarme el capote, Yeldirin… ¡Hace un calor insoportable! Seguro que va a llover… Sólo hay una cosa que no entiendo: ¿cómo ha podido morderte? —dice dirigiéndose a Jriukin—. ¿Acaso puede llegarte al dedo? ¡Con lo pequeño que es y el corpachón que tú tienes! Seguro que te has arañado el dedo con un clavo y luego se te ha ocurrido la idea de sacar provecho. ¡Te… conozco muy bien! ¡Os tengo muy calados a todos, demonios!
       —Le ha puesto un cigarrillo en el hocico para divertirse, excelencia, y el perro, que no es tonto, le ha mordido… ¡Siempre está armando líos, excelencia!
       —¡Mientes, tuerto del demonio! No has visto nada, así que ¿por qué mientes? Su excelencia es un hombre inteligente y sabe quién miente y quién habla en conciencia, como delante de Dios… Si miento, que sea el juez de paz quien lo diga. En sus leyes está escrito… Hoy día todos somos iguales… Un hermano mío es gendarme… por si quieren saberlo…
       —¡Nada de comentarios!
       —No, no es del general… —observa el agente, sumido en profunda meditación—. El general no tiene perros así. Casi todos los suyos son perros de muestra…
       —¿Estás seguro?
       —Completamente, excelencia…
       —Ya lo sabía. El general tiene perros caros, de raza, mientras que éste… ¡el diablo sabe lo que es! No tiene pelo, ni prestancia… Es una birria… ¿Cómo va a tener un perro así? ¿Dónde tenéis la cabeza? Si un perro como éste apareciera en San Petersburgo o Moscú, ¿sabéis lo que pasaría? ¡No se pararían a ver lo que dice la ley, sino que lo matarían de inmediato! Tú has resultado herido, Jriukin, y no debes dejar que este asunto acabe así… ¡Hay que darle una lección! Ya es hora…
       —Aunque es posible que sea del general… —piensa en voz alta el agente—. No es algo que se lleve escrito en el hocico… El otro día vi uno parecido en su patio.
       —¡Es del general, no cabe duda! —dice alguien entre la multitud.
       —Hum… Ayúdame a ponerme el capote, amigo Yeldirin… Se ha levantado algo de viento… Tengo escalofríos… Llévalo a casa del general y pregunta si es suyo. Diles que lo he encontrado y que se lo envío… Y añade que no lo dejen suelto por la calle… Puede que sea un perro caro y, si cualquier cerdo le pone un cigarrillo en el hocico, no tardará mucho en echarse a perder. Un perro es un animal delicado… ¡Y tú, granuja, baja el brazo! ¡No hay razón, imbécil, para que enseñes el dedo! ¡La culpa la tienes tú!
       —Por ahí viene el cocinero del general. Vamos a preguntarle… ¡Eh, Prójor! ¡Ven aquí un momento, amigo! Échale un vistazo a este perro… ¿Es vuestro?
       —¡Qué dices! ¡Jamás hemos tenido un perro así!
       —Bueno, ya no hay necesidad de seguir preguntando —dice Ochumélov—. ¡Es un perro vagabundo! No tiene sentido seguir dándole vueltas al asunto… Si digo que es un perro vagabundo, es que es un perro vagabundo… Hay que acabar con él, eso es todo.
       —No es nuestro —continúa Prójor—. Es del hermano del general, que ha llegado hace unos días. Al general no le gustan los galgos. Es de su hermano…
       —¿Ha llegado el hermano del general? ¿Vladímir Ivánich? —pregunta Ochumélov y una afectuosa sonrisa ilumina todo su rostro—. ¡Vaya por Dios! ¡Y yo sin saber nada! ¿Ha venido de visita?
       —Así es…
       —Vaya por Dios… Echaba de menos a su hermanito… ¡Y yo sin saberlo! ¿Así que este perro es suyo? Estupendo… Cógelo… Menudo ejemplar… Es muy vivaracho… ¡Le ha dado un mordisco en el dedo a ése! ¡Ja, ja, ja! Bueno, ¿por qué tiemblas? Rrr… rr… Está enfadado el muy bribón… Qué cachorro más bonito…
       Prójor llama al perro y se aleja con él del almacén de madera… El gentío se ríe a carcajadas de Jriukin.
       —¡Todavía tengo que ajustar cuentas contigo! —le dice Ochumélov, amenazándole, y, tras envolverse en su capote, sigue su camino por la plaza del mercado.




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