Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Flores tardías (1882)
(Цветы запоздалые)
Originalmente publicado en la revista El provecho mundano (números 37-39 y 41, 10 de octubre-11 de noviembre de 1882),
bajo el seudónimo «A. Chejonté»




A N. I. Korobov[1]


I


      La escena tuvo lugar una oscura tarde otoñal, justo después de la comida, en casa de los príncipes Priklonski.
       La anciana princesa y su hija Marusia estaban en la habitación del joven príncipe, retorciéndose los dedos e implorando. Imploraban como sólo saben hacerlo las mujeres infelices y compungidas: invocando a Dios nuestro Señor, invocando el honor, las cenizas del padre.
       La princesa estaba enfrente del joven, llorando. Dando rienda suelta a las lágrimas y a las peroratas, interrumpiendo a cada paso a Marusia, no se cansaba de abrumar al príncipe con sus reproches, sus palabras ásperas y hasta injuriosas, con sus caricias, con sus ruegos… Mencionó mil veces al comerciante Fúrov, que les había protestado una letra de cambio, al difunto padre, cuyos huesos tenían que estar removiéndose en la tumba, y todas esas cosas. Mencionó incluso al doctor Toporkov.
       El doctor Toporkov siempre había traído por la calle de la amargura a los príncipes Priklonski. Su padre había sido siervo, ayuda de cámara del difunto príncipe Senka[2]. Nikifor, su tío materno, seguía siendo ayuda de cámara personal del príncipe Yegórushka. Y el propio doctor Toporkov, siendo apenas un chiquillo, se había llevado sus buenos pescozones por no dejar bien limpios los cuchillos, tenedores, botas y samovares de los príncipes. Y ahí estaba ahora —había que ver, ¡qué situación más ridícula!—, hecho todo un doctor, joven y brillante, viviendo como un señor en una casa descomunal, disponiendo de un coche de dos caballos, como si quisiese restregárselo por la cara a los Priklonski, que tenían que ir a pie y se veían obligados a regatear interminablemente cada vez que alquilaban un carruaje.
       —Todo el mundo le respeta —dijo la princesa llorando, sin enjugarse las lágrimas—, todo el mundo le aprecia: es rico, apuesto, todos le abren sus puertas… ¡Tu antiguo sirviente, el sobrino de Nikifor! ¡Vergüenza da decirlo! Y ¿por qué? Pues porque se porta como es debido, no está siempre de juerga, no anda en malas compañías… Trabaja de sol a sol… ¿Y tú? ¡Ay, Señor, Señor!
       La princesa Marusia, una joven de unos veinte años, de una belleza que recordaba a las protagonistas de las novelas inglesas, con sus preciosos rizos claros como el lino, con sus grandes ojos inteligentes del color del cielo meridional, exhortaba a su hermano Yegórushka con la misma energía.
       Hablaba a la vez que su madre y le besaba a su hermano los erizados bigotes, que olían a vino agrio, le acariciaba los hombros y las mejillas y se apretaba contra él como un perrillo asustado. Lo único que salía de su boca eran palabras tiernas. Era incapaz de decirle a su hermano nada mínimamente hiriente. ¡Le quería tanto! En su opinión, su depravado hermano, el príncipe Yegórushka, húsar retirado, era el depositario de la verdad más elevada y un ejemplo extraordinario de bondad. Estaba convencida, fanáticamente convencida, de que aquel alocado bebedor tenía un corazón que podría ser la envidia de todas las hadas de los cuentos. Veía en él a un fracasado, a un hombre incomprendido cuyas virtudes no eran debidamente reconocidas. Disculpaba, casi con arrebato, su desordenada inclinación a la bebida. ¡No faltaba más! Yegórushka la había convencido hacía tiempo de que, si bebía, era por culpa de su tristeza: ahogaba en vino y en vodka su pesar por un amor sin esperanza que le quemaba el alma, y hundiéndose en los brazos de mujeres licenciosas intentaba borrar de su cabeza de húsar la prodigiosa imagen de aquélla. Y ¿qué mujer, en la situación de Marusia, podía dejar de ver en el amor una causa válida, capaz de disculpar cualquier cosa? ¿Qué mujer?
       —¡George! —decía Marusia, pegándose a él y besando su rostro demacrado, con la nariz colorada—. Ya sé que bebes para ahogar tus penas… Pero ¡olvídate ya de todo eso! ¿Es que todos los desdichados tienen que beber? ¡Tienes que aguantar, ser más fuerte, luchar! ¡Como los héroes! ¡Con la inteligencia que tú tienes, con esa alma noble, llena de afecto, puedes soportar los embates del destino! ¡Ay, todos los fracasados sois unos pusilánimes!
       Y Marusia —¡discúlpala, lector!— se acordó del Rudin[3] de Turguéniev y se puso a hablarle de él a Yegórushka.
       El príncipe estaba tumbado en la cama, mirando al techo con sus ojillos rojos de conejo. Un ligero ruido resonaba en su cabeza, y en la zona del estómago tenía una agradable sensación de saciedad. Acababa de comer, se había bebido una botella de vino tinto y en esos momentos, fumándose un cigarro de tres kopeks, se sentía en la gloria. Sentimientos e ideas de muy diverso calibre pululaban por su mente nublada y su alma doliente. Sentía lástima de su llorosa madre y de su hermana, pero al mismo tiempo tenía unas ganas locas de echarlas de su cuarto: no le dejaban dormir tranquilo, descabezar un sueño… Le daba rabia que se atrevieran a leerle la cartilla, aunque también es cierto que unos ligeros remordimientos de conciencia (sin duda, aún más ligera) le hacían sufrir. Era un estúpido, pero no tanto como para no reconocer que la casa de los Priklonski, efectivamente, se estaba hundiendo y que, en buena medida, era por culpa suya…
       La princesa y su hija Marusia estuvieron un buen rato suplicándole. Ya habían encendido las luces en el salón, y llegó una visita, pero ellas seguían suplicándole. Por fin, Yegórushka se cansó de estar allí tumbado, sin poder dormir. Se desperezó con estrépito y dijo:
       —¡Muy bien, me corregiré!
       —¿Palabra de honor? ¿De caballero?
       —¡Que Dios me castigue!
       Su madre y su hermana le agarraron con fuerza y le obligaron una vez más a dar su palabra y prometer por su honor. Yegórushka repitió su promesa, comprometió su palabra y pidió que un rayo acabara con su vida en aquel mismo lugar si no renunciaba a su vida desordenada. La princesa le hizo besar un icono. Él besó la imagen y, además, se persignó tres veces. En una palabra, había hecho un verdadero juramento.
       —¡Confiamos en ti! —dijeron la princesa y Marusia, y se arrojaron en brazos de Yegórushka.
       Creían en él. ¿Cómo no iban a creer en aquella palabra tan sincera, en aquel juramento desesperado, en aquel beso estampado sobre la imagen, y todo eso a la vez? Además, allí donde hay amor hay también una fe ciega. De ese modo, las dos mujeres revivieron y, al igual que los judíos celebran la restauración de Jerusalén, se dirigieron a celebrar la restauración de Yegórushka. Tras despedir a la visita, se sentaron en un rincón y se pusieron a hablar en voz baja de cómo se iba a corregir su Yegórushka, de su nueva vida… Llegaron a la conclusión de que llegaría lejos: no tardaría en arreglar la situación y ellas no se verían obligadas a soportar la pobreza extrema, ese abominable Rubicon que deben cruzar todas las familias que se arruinan. Decidieron incluso que Yegórushka, inevitablemente, se casaría con una mujer rica y bella. Él era tan apuesto, tan listo, tan eminente, que difícilmente se encontraría a una mujer que tuviera la osadía de no quererlo. Para concluir, la princesa relató la biografía de sus antepasados, a quienes pronto empezaría a imitar Yegórushka. El abuelo Priklonski había sido embajador y hablaba todas las lenguas europeas, el padre había sido comandante de uno de los regimientos más importantes, y el hijo sería… sería… ¿qué podía ser?
       —¡Ya lo veréis, ya! —decidió la princesa— ¡Ya lo veréis!
       Después de acostarse, todavía estuvieron comentando un buen rato el brillante futuro. Y, cuando al fin cerraron los ojos, tuvieron unos sueños maravillosos. Dormidas, sonreían felices: ¡así de dichosos eran sus sueños! Muy probablemente, con esos sueños el destino las compensaba por todos los horrores que iban a sufrir al día siguiente. El destino no siempre es tacaño: en ocasiones paga por adelantado.
       A eso de las tres de la madrugada, justo en el momento en que la princesa soñaba con su bébé, enfundado en un brillante uniforme de general, y Marusia aplaudía en sueños a su hermano, que estaba pronunciando un brillante discurso, una modesta calesa de punto llegaba a casa de los príncipes Priklonski. Venía en la calesa un camarero del Château de Fleurs que sostenía el noble cuerpo del príncipe Yegórushka, borracho como una cuba. Yegórushka se encontraba en un estado de total inconsciencia y colgaba de los brazos del «mozo» como un ganso recién degollado camino de la cocina. El cochero saltó del pescante y llamó a la puerta. Salieron Nikifor y el cocinero, pagaron al cochero y llevaron el cuerpo ebrio escaleras arriba. El viejo Nikifor, que ya estaba curado de espantos, con mano experta desvistió el cuerpo inmóvil, lo acostó en las profundidades del colchón de plumas y lo cubrió con la colcha. A la sirvienta no se le dijo ni palabra. Estaba acostumbrada desde hacía tiempo a ver a su señor como algo que había que trasladar, desvestir y tapar, de modo que ella tampoco se iba a asombrar ni asustar. Lo normal para ella era ver a Yegórushka borracho.
       A la mañana siguiente se llevaron un buen susto.
       Alrededor de las once, mientras la princesa y Marusia estaban tomando café, entró Nikifor en el comedor y comunicó a sus excelencias que algo malo le pasaba al príncipe Yegórushka.
       —¡Cualquiera diría que se está muriendo! —dijo Nikifor—. ¡Tengan la bondad de venir a ver!
       Las caras de la princesa y de Marusia se pusieron blancas como una pared. A la princesa se le cayó un trocito de bizcocho de la boca. Marusia volcó la taza y se llevó ambas manos al pecho, donde el corazón, sorprendido y alarmado, se le había desbocado de súbito.
       —Llegó a las tres de la madrugada, bebido, naturalmente —informó Nikifor con voz temblorosa—. Como de costumbre… El caso es que ahora, Dios sabrá por qué, no hace más que revolverse y gemir…
       La princesa y Marusia se cogieron la una a la otra y corrieron al dormitorio de Yegórushka.
       Éste, de un color verde pálido, desgreñado y demacrado, yacía bajo una pesada colcha de franela; respiraba con dificultad, tiritaba y se revolvía sin parar. Los lamentos le escapaban del pecho. De los bigotes le colgaba un pedacito de una cosa roja, aparentemente sangre. Si Marusia se hubiera inclinado hasta su rostro, habría podido ver una pequeña herida en el labio de arriba y habría notado que le faltaban dos piezas de la dentadura superior. Todo el cuerpo desprendía calor y olor a alcohol.
       La princesa y Marusia cayeron de hinojos y empezaron a sollozar.
       —¡Nosotras somos las culpables de su muerte! —dijo Marusia, llevándose las manos a la cabeza—. Ayer lo abrumamos con nuestros reproches y… ¡no lo ha podido resistir! ¡Es un alma tan tierna! ¡Nosotras tenemos la culpa, maman!
       Y, en la conciencia de su culpabilidad, las dos abrieron los ojos de par en par y, temblando de pies a cabeza, se abrazaron con fuerza. Igual que tiemblan y se abrazan aquellas personas que están viendo cómo en cualquier momento les va a caer encima el techo con estrépito, aplastándolas con su peso.
       El cocinero había tenido la idea de ir corriendo a buscar a un médico. Llegó el doctor, Iván Adolfovich, un hombre menudo que se reducía a una enorme calva, unos estúpidos ojillos porcinos y una panza redonda. Se alegraron de verle, tanto como si hubiera sido su propio padre. Olfateó el aire en la habitación de Yegórushka, le tomó el pulso, suspiró profundamente y frunció el ceño.
       —¡No se preocupe, excelencia! —le dijo a la princesa con voz implorante—. Nunca se sabe, pero, en mi opinión, excelencia, yo no veo que su hijo corra, por así decir, un grave peligro… ¡No es nada!
       Pero a Marusia le dijo algo completamente distinto:
       —Nunca se sabe, princesa, pero, en mi opinión… Cada uno tiene su opinión, princesa. Pero, en mi opinión, su excelencia… ¡uf!… está débil, schwach, como diría un alemán… Pero todo depende… depende, por así decir, de la crisis.
       —¿Es peligroso? —preguntó en voz baja Marusia.
       Iván Adolfovich frunció el entrecejo y se dispuso a explicar que cada uno tiene su opinión. Le dieron un billete de tres rublos. Dio las gracias, se mostró desconcertado, tosió y se esfumó.
       Tras recobrarse, la princesa y Marusia decidieron llamar a alguna eminencia. Las eminencias son caras, pero… ¿qué podían hacer? La vida de un ser querido es algo más preciado que el dinero. El cocinero fue corriendo a avisar a Toporkov. Como es natural, no lo encontró en casa. Tuvo que dejar una nota.
       Toporkov no se dio mucha prisa en atender la llamada. Estuvieron esperándolo, con el corazón en un puño, todo aquel día, toda la noche, la mañana siguiente… Pretendían incluso avisar a otro médico, y decidieron llamar ignorante a Toporkov en cuanto llegara, decírselo a la cara para que otra vez no se atreviera a hacerse esperar tanto tiempo. Los moradores de la casa de los príncipes Priklonski, a pesar de su dolor, estaban profundamente indignados. Por fin, a las dos de la tarde del día siguiente, una calesa se acercó al portón de entrada. Nikifor acudió al trote cochinero y a los pocos segundos, con suma circunspección, le quitaba de los hombros a su sobrino el abrigo de paño. Toporkov anunció su llegada con una tos y, sin saludar, se dirigió a la habitación del enfermo. Atravesó el salón, la salita de las visitas y el comedor, sin mirar a nadie, con gravedad, como un general; sus relucientes botas chirriaron por toda la casa. Su figura enorme infundía respeto. Tenía garbo y aplomo, era un hombre de mucho fuste, endiabladamente cabal, igual que si lo hubiesen tallado en marfil. Unas gafas doradas y un rostro serio e inmóvil hasta la exageración completaban su orgullosa prestancia. Era de ascendencia plebeya, pero lo único que tenía de plebeyo era una desarrollada musculatura. Todo en él era señorial, propio de un gentleman, más bien. Su cara sonrosada era atractiva, e incluso, si hemos de creer a sus pacientes, muy atractiva. Tenía el cuello blanco, como el de una mujer. El cabello suave como la seda, y hermoso, aunque lo llevaba corto, por desgracia. De haberse preocupado por su aspecto, Toporkov no llevaría el pelo tan corto, sino que dejaría que le cayera ondulado hasta el cuello de la camisa. Su cara era atractiva, sí, pero demasiado seca y demasiado seria para resultar agradable. Seca, seria e inmutable, lo único que expresaba era el profundo cansancio tras una prolongada jornada de duro trabajo.
       Marusia salió a recibir a Toporkov y, retorciéndose las manos en su presencia, empezó a suplicarle. Nunca le había suplicado nada a nadie.
       —¡Sálvele, doctor! —dijo, levantando hacia él sus grandes ojos—. ¡Se lo suplico! ¡Todas nuestras esperanzas están depositadas en usted!
       Toporkov esquivó a Marusia y se dirigió a la habitación de Yegórushka.
       —¡Esto hay que ventilarlo! —ordenó, según entraba en el cuarto del enfermo—. ¿Cómo es que no está abierta la ventilación? ¿Cómo quieren que respire?
       La princesa, Marusia y Nikifor se lanzaron hacia las ventanas y la estufa. En las ventanas, donde se habían instalado ya los bastidores dobles, no había respiraderos. La estufa no calentaba.
       —No hay ventilación —dijo tímidamente la princesa.
       —Qué raro… Hum… ¡Cualquiera trata a nadie en estas condiciones! ¡Yo no estoy dispuesto! —Y, levantando ligerísimamente la voz, Toporkov añadió—: ¡Trasládenlo a la sala! ¡Allí el ambiente no es tan sofocante! ¡Llamen a los criados!
       Nikifor se abalanzó sobre el lecho y se colocó en la cabecera. La princesa, poniéndose colorada porque en su casa toda la servidumbre estaba formada por Nikifor, el cocinero y una doncella medio ciega, agarró la cama. También Marusia la agarró, y se puso a tirar de ella con todas sus fuerzas. Un anciano decrépito y dos mujeres débiles levantaron la cama con un gemido y, sin creer en sus propias fuerzas, a trompicones y temiendo soltarla, la transportaron. A la princesa se le descosió el vestido en un hombro y se le desprendió algo del vientre, a Marusia se le pusieron los ojos verdes y sintió un dolor insoportable en los brazos: ¡cómo pesaba Yegórushka! Pero él, el doctor en medicina Toporkov, caminaba muy serio por detrás de la cama y arrugaba la frente enfadado porque le hacían perder el tiempo con semejantes bobadas. ¡Y no movía un dedo para ayudar a las damas! ¡Menudo animal!
       Colocaron la cama al lado del piano. Toporkov levantó la colcha y, mientras le hacía una serie de preguntas a la princesa, se puso a desnudar al inquieto Yegórushka. En un segundo le retiró el camisón.
       —¡Sea breve, se lo ruego! ¡Eso no viene al caso! —decía Toporkov al escuchar las palabras de la princesa—, ¡Aquí hay gente que está de más!
       Tras percutir con un martillito en el pecho de Yegórushka, puso al enfermo boca abajo y volvió a percutir; lo auscultó con un resoplido (los médicos siempre resoplan cuando están auscultando) y constató una calentura causada por la embriaguez, sin mayores complicaciones.
       —No estaría de más ponerle un camisón más abrigado —dijo con su tono monótono, marcando cada palabra.
       Tras impartir algunos otros consejos, escribió una receta y se dirigió rápidamente hacia la puerta. Al escribir la receta, preguntó, entre otras cosas, el apellido de Yegórushka.
       —Príncipe Priklonski —dijo la princesa.
       —¿Priklonski? —se aseguró Toporkov.
       «¡Muy pronto te has olvidado tú del apellido de tus antiguos… hacendados!», se dijo la princesa.
       No se atrevió a pensar en la palabra «señores»: ¡la figura del antiguo siervo era demasiado imponente!
       En el vestíbulo la princesa se acercó al doctor y, con el alma en vilo, le preguntó:
       —Doctor, ¿no corre peligro?
       —No creo.
       —En su opinión, ¿se pondrá bien?
       —Supongo —respondió él con frialdad y, con una leve inclinación de la cabeza, bajó las escaleras, en dirección a sus caballos, tan garbosos y graves como él.
       Tras su marcha, la princesa y Marusia, por primera vez después de las fatigas del último día, respiraron aliviadas. La fama de Toporkov les infundía esperanza.
       —¡Qué hombre tan atento, qué agradable! —dijo la princesa, bendiciendo en su alma a todos los médicos del mundo. ¡Las madres adoran la medicina y tienen fe en ella cuando sus hijos están enfermos!
       —¡Tooodo un señor! —comentó Nikifor, que llevaba ya tiempo sin ver aparecer por la casa señorial a nadie que no fueran los compañeros de parranda de Yegórushka. El anciano ni se imaginaba que aquel señor importante era ni más ni menos que Kolka, a quien tantas veces había sacado por los pies de debajo del carro del aguador, cubierto de barro, y le había dado unos azotes.
       La princesa le había ocultado que el doctor era su sobrino.
       Aquella misma noche, tras ponerse el sol, a Marusia, extenuada por el dolor y el cansancio, le entró de pronto una fuerte tiritona que la obligó a tumbarse en la cama. Después de la tiritona, le vino una fiebre alta y sintió un dolor en el costado. Se pasó toda la noche delirando y gimiendo:
       —¡Me muero, maman!
       Así que a Toporkov, que se presentó pasadas las nueve de la mañana, le tocó tratar no a un paciente, sino a dos: al príncipe Yegómshka y a Marusia. A ésta le diagnosticó una pulmonía.
       En casa de los príncipes Priklonski empezó a oler a muerte. Ésta, invisible pero terrible, se dejaba ver junto a las cabeceras de los dos lechos, amenazando a cada paso a la princesa madre con arrebatarle sus hijos. La princesa estaba fuera de sí, desesperada.
       —¡No lo sé! —le decía Toporkov—. No puedo saberlo, yo no soy un profeta. En unos días todo estará más claro.
       Pronunció estas palabras secamente, con frialdad, y con ellas acuchilló a la infeliz anciana. ¡Ni una palabra de esperanza! Para completar su desdicha, Toporkov no les recetaba casi nada a los enfermos, y se limitaba a percutir, a auscultar y a quejarse de que el aire no era puro o de que una compresa no la habían puesto en su sitio ni en el momento oportuno. Y la anciana consideraba que todas estas novedades, que estaban tan de moda, no eran más que tonterías que no conducían a nada. Día y noche vagaba sin cesar de una cama a otra, olvidada de todo en el mundo, haciendo promesas y rezando.
       Estaba convencida de que la calentura y la pulmonía eran las enfermedades más mortales y, cuando apareció sangre entre las flemas de Marusia, creyó que su hija padecía «tisis en grado terminal», y perdió el sentido.
       Puede el lector imaginarse cuál sería su júbilo cuando la joven princesa, en el séptimo día de su enfermedad, sonrió y dijo:
       —Me encuentro bien.
       También Yegórushka se recuperó al séptimo día. Rezándole como a un semidiós, riendo de alegría y llorando, la princesa salió a recibir a Toporkov y le dijo:
       —¡Doctor, estoy en deuda con usted por la salvación de mis hijos! ¡Le doy las gracias!
       —¿Cómo?
       —¡Le debo tanto! ¡Ha salvado usted a mis hijos!
       —Pero… ¡al séptimo día! Yo esperaba que fuera al quinto. Pero bueno, qué más da. Hay que darle estos polvos por la mañana y por la noche. Y hay que seguir con las compresas. Se puede cambiar esta colcha tan gruesa por otra más liviana. Y a su hijo debería darle alguna bebida amarga. Volveré a pasarme mañana por la tarde.
       Y la celebridad, inclinando la cabeza, se dirigió hacia las escaleras con su paso regular, de general.



II


       Un día claro, transparente, ligeramente fresco, uno de esos días de otoño en los que uno se resigna de buena gana al frío, a la humedad, a los molestos chanclos. El aire es tan cristalino que puede verse el pico de una chova posada en lo alto de un campanario, y todo está impregnado del aroma del otoño. Sale uno a la calle y las mejillas se le cubren de un extenso y saludable rubor que recuerda a las buenas manzanas de Crimea. Las hojas amarillas, caídas hace tiempo, que esperan con paciencia las primeras nieves, sufriendo constantes pisotones, se doran al sol, despidiendo reflejos como si fueran monedas de oro. La naturaleza se adormece, dócil y silenciosa. No sopla el viento, no se oye un ruido. Inmóvil y muda, como si se hubiera quedado exhausta tras la primavera y el verano, remolonea bajo los rayos de sol, tibios y acariciantes, y cualquiera que contempla ese sosiego incipiente siente a su vez deseos de sosegarse…
       En uno de esos días Marusia y Yegórushka estaban sentados junto a la ventana, esperando por última vez a Toporkov. La luz, cálida, dulce, penetraba por las ventanas de los Priklonski, jugaba en las alfombras, en las sillas, en el piano. Todo estaba bañado en esa luz. Marusia y Yegórushka miraban a la calle y celebraban su restablecimiento. Los convalecientes, sobre todo si son jóvenes, son siempre muy dichosos. Sienten y comprenden lo que es la salud, algo que ni siente ni comprende un individuo sano. La salud es la libertad, y ¿quiénes, salvo los manumisos, disfrutan de la conciencia de la libertad? Marusia y Yegórushka se sentían manumisos a cada instante. ¡Qué bien se encontraban! Tenían ganas de respirar, de mirar por la ventana, de moverse: de vivir, en una palabra, y todos sus deseos se veían constantemente satisfechos. Fúrov, el comerciante que les había protestado una letra de cambio, los chismes, la conducta de Yegórushka, la pobreza: todo eso quedaba olvidado. Lo único que no se olvidaba eran las cosas agradables, que no entrañaban ninguna inquietud: el buen tiempo, los bailes próximos, la buena maman y… el doctor. Marusia se reía y no paraba de hablar. Su principal tema de conversación era el doctor, que estaba al llegar.
       —¡Es un hombre admirable, nada se le resiste! —decía—. ¡Su habilidad no tiene límites! Imagínate, George, qué gran hazaña: ¡luchar contra la naturaleza y dominarla!
       Y, según hablaba, después de cada frase grandilocuente, aunque pronunciada con franqueza, hacía con las manos y los ojos un enorme signo de admiración.
       Yegórushka escuchaba el exaltado discurso de su hermana, parpadeaba y hacía gestos de asentimiento. También él respetaba el rostro severo de Toporkov y estaba convencido de que sólo a él le debía su recuperación. La maman estaba sentada a su lado y compartía, jubilosa y radiante, el entusiasmo de sus hijos. Le gustaba de Toporkov no sólo su talento para curar, sino también la «buena disposición» que había alcanzado a leer en su faz.
       A las personas mayores, por alguna razón, les encanta esa «buena disposición».
       —La pena es que sea de… de tan baja cuna —dijo la princesa, mirando tímidamente a su hija— Y que su oficio… no sea especialmente limpio. Siempre hurgando en toda clase de cosas… ¡Fu!
       Marusia se sonrojó y se sentó en otra butaca, algo más lejos de su madre. También Yegórushka se quedó sorprendido.
       No podía soportar la arrogancia señorial ni la presunción.
       ¡La pobreza, al menos, le había servido de lección! Más de una vez había sufrido en sus propias carnes la arrogancia de personas que eran más ricas que él.
       —En estos tiempos, Mutter —dijo, encogiéndose de hombros con desdén—, quien tiene la cabeza sobre los hombros y un bolsillo grande en los pantalones es de buena familia, y quien, donde tendría que tener la cabeza, tiene las posaderas, y en vez de bolsillo una pompa de jabón, ese… ése es un cero a la izquierda, ¡eso es lo que hay! —al decir eso, Yegórushka se limitaba a repetir como un loro. Esas mismas palabras se las había oído dos meses antes a un seminarista con el que se había peleado en un salón de billar—. Con mucho gusto cambiaría mi título de príncipe por su cabeza y su bolsillo —añadió.
       Marusia levantó unos ojos llenos de gratitud a su hermano.
       —Yo le diría a usted tantas cosas, maman, pero no las iba a entender —dijo con un suspiro—. No hay forma de hacer que cambie de opinión… ¡Es una lástima!
       La princesa, viendo que su espíritu rutinario había quedado desenmascarado, se turbó y empezó a justificarse.
       —El caso es que en San Petersburgo conocí a un doctor, un barón… —dijo— Sí, sí… Y también en el extranjero… Es verdad… La educación cuenta mucho. Bueno, sí…
       Antes de la una llegó Toporkov. Entró tal y como había entrado la primera vez: con aire muy serio, sin dignarse mirar a nadie.
       —No consumir bebidas alcohólicas y evitar, en la medida de lo posible, los excesos —se dirigió a Yegórushka, después de quitarse el sombrero—. Vigilar el hígado. Le ha crecido a usted bastante. Su crecimiento se debe atribuir, enteramente, al consumo de bebidas alcohólicas. Tomar las aguas prescritas.
       Y, volviéndose hacia Marusia, le dio también a ella algunos consejos finales.
       Marusia escuchó con atención, como si se tratara de un cuento interesante, sin apartar la mirada de los ojos del sabio.
       —¿Y bien? Confío en que me habrá entendido —le preguntó Toporkov.
       —Oh, sí. Merci.
       La visita duró cuatro minutos justos.
       Toporkov tosió, recogió su sombrero y saludó con la cabeza. Marusia y Yegórushka clavaron los ojos en su madre. Marusia incluso se puso colorada.
       La madre, tambaleándose como un pato y ruborizándose, se aproximó a Toporkov e introdujo torpemente su mano en el puño blanco del doctor.
       —¡Permita que le mostremos nuestra gratitud! —dijo.
       Yegórushka y Marusia agacharon la mirada. Toporkov se acercó el puño a las gafas y observó el paquete. Sin turbarse, sin bajar los ojos, se humedeció un dedo en la boca y, en voz muy baja, contó los billetes. Contó doce billetes de veinticinco rublos. ¡No en vano la víspera Nikifor había ido corriendo a no se sabe dónde con los brazaletes y los pendientes de la princesa! Una nubecilla luminosa recorrió la cara de Toporkov, algo semejante a la aureola con la que pintan a los santos; su boca esbozó una ligera sonrisa. Por lo visto, estaba muy satisfecho con la retribución. Tras contar el dinero y guardárselo en el bolsillo, volvió a saludar con la cabeza y se volvió hacia la puerta.
       La princesa, Marusia y Yegórushka clavaron sus ojos en la espalda del médico, y los tres sintieron a la vez cómo se les encogía el corazón. Un buen sentimiento había iluminado su mirada: aquel hombre se marchaba para no volver nunca más, y ellos ya se habían acostumbrado a sus pasos regulares, a su forma de marcar las palabras y a su cara seria. Una pequeña idea surgió en la cabeza de la madre. De pronto le habían entrado ganas de halagar a aquel hombre tan tieso.
       «Es huérfano el pobre —pensó—. Está solo».
       —Doctor —dijo con su suave voz de anciana.
       El doctor se volvió.
       —¿Sí?
       —¿Se tomaría usted una taza de café con nosotros? ¡Tenga la bondad!
       Toporkov frunció el ceño y se sacó despacio el reloj del bolsillo. Tras consultar el reloj y pensárselo un poco, dijo:
       —Yo tomaré té.
       —¡Siéntese, por favor! ¡Aquí mismo!
       Toporkov se quitó el sombrero y se sentó; se sentó muy rígido, como un maniquí al que le hubieran doblado las rodillas y le hubieran enderezado los hombros y el cuello. La princesa y Marusia empezaron a trajinar. Marusia tenía los ojos muy abiertos, con aire de preocupación, como si le hubieran encomendado una tarea imposible. Nikifor, ataviado con un gastado frac negro y unos guantes grises, empezó a comer por todas las habitaciones. En todos los rincones de la casa tintineó el servicio de té y rodaron al suelo con estrépito las cucharillas. A Yegórushka, por alguna razón, le pidieron que saliera un momento de la sala; le llamaron en voz baja, con mucho misterio.
       Toporkov se pasó unos diez minutos esperando a que le sirvieran el té, sin despegar la vista del pedal del piano, sin mover un solo miembro y sin emitir un solo sonido. Por fin se abrió la puerta que daba al vestíbulo. Apareció un radiante Nikifor, con una gran bandeja en las manos. En la bandeja, sujetos en portavasos de plata, había dos vasos: uno para el doctor, el otro para Yegórushka. Alrededor de los vasos, observando una estricta simetría, estaban las jarritas con la nata fresca y hervida, el azúcar con las pinzas, las rodajas de limón con unos tenedorcitos y los bizcochos.
       Detrás de Nikifor venía Yegórushka, con el rostro embotado por la fatuidad. Cerraban la procesión la princesa, con la frente bañada en sudor, y Marusia, con los ojos como platos.
       —¡Cuando gusten! —dijo la princesa, dirigiéndose a Toporkov.
       Yegórushka tomó un vaso, se volvió hacia un lado y le dio un sorbo con cuidado. Toporkov tomó su vaso y también le dio un sorbo. La princesa y su hija se sentaron en un lado y se dedicaron a estudiar la fisonomía del médico.
       —¿Tal vez lo quiera usted más dulce? —preguntó la princesa.
       —No, está bien así.
       Y, como era de esperar, sobrevino el silencio: ese silencio espantoso, detestable, en el que todo el mundo se siente terriblemente incómodo y desconcertado. El médico bebía y callaba. Evidentemente, ignoraba a quienes le rodeaban y no veía nada de lo que tenía enfrente, salvo el té.
       La princesa y Marusia, que se morían de ganas de conversar con un hombre inteligente, no sabían por dónde empezar; ambas tenían miedo de parecer estúpidas. Yegórushka miraba al doctor, y en sus ojos se veía que quería preguntarle algo pero no acababa de decidirse. Reinaba un silencio sepulcral, interrumpido de cuando en cuando por los sonidos de la deglución. Toporkov hacía mucho ruido al tragar. Era evidente que no le daba vergüenza, y bebía como le parecía bien. Al tragar, emitía un sonido que recordaba a un «glu». Se diría que cada trago caía desde la boca a una especie de abismo, donde chapoteaba en una masa grande y lisa. A veces Nikifor interrumpía el silencio; cada dos por tres chasqueaba los labios y masticaba como si compartiera lo degustado por el doctor agasajado.
       —¿Es verdad eso que dicen, que fumar es malo? —se animó finalmente a preguntar Yegórushka.
       —La nicotina, el alcaloide del tabaco, actúa sobre el organismo como un fuerte veneno. El veneno que se introduce en el organismo con cada cigarrillo constituye una cantidad insignificante, pero, por otra parte, se trata de una introducción continuada. La cantidad de veneno, así como su energía, se encuentra en una relación inversa con la duración de su consumo.
       La princesa y Marusia intercambiaron una mirada: ¡menuda lumbrera! Yegórushka parpadeó y estiró su cara de pez. El pobre no había entendido al médico.
       —En mi regimiento —empezó a decir, deseoso de convertir la conversación científica en otra ordinaria— había un oficial. Un tal Koshechkin, un buen tipo. ¡Se parecía muchísimo a usted! ¡Muchísimo! Como dos gotas de agua. ¡No hay forma de distinguirlos! ¿No será pariente suyo?
       Por toda respuesta, el médico emitió un sonido deglutivo, y las comisuras de los labios se le levantaron levemente y se contrajeron en una sonrisa desdeñosa. Despreciaba a Yegórushka de forma manifiesta.
       —Dígame, doctor, ¿estoy ya del todo restablecida? —preguntó Marusia—. ¿Puedo dar por sentado mi pleno restablecimiento?
       —Supongo. Yo cuento con su pleno restablecimiento, sobre la base…
       Y el médico, con la cabeza muy alta y mirando fijamente a Marusia, empezó a disertar sobre la fase final de la pulmonía. Hablaba con regularidad, subrayando cada palabra, sin alzar ni bajar la voz. Le escucharon de muy buena gana, con deleite, pero, por desgracia, aquel hombre tan seco no sabía divulgar y no estimaba necesario acomodarse al talento de los demás. Mencionó varias veces la palabra «absceso», se refirió a la «degeneración grumosa» y, en general, habló muy bien, y con mucha elocuencia, pero no se le entendía demasiado. Dictó toda una conferencia salpicada de términos médicos, y no pronunció una sola frase que pudieran comprender sus oyentes. Pero eso no les impidió escucharle boquiabiertos y admirar al sabio casi con veneración. Marusia no apartaba los ojos de su boca y atrapaba cada palabra. Lo observaba y comparaba su rostro con los rostros que tenía que ver a diario. ¡Cuán diferentes de este cansado rostro de sabio eran los rostros macilentos y obtusos de sus pretendientes, todos esos amigos de Yegórushka que la abundan con sus visitas diarias! Los rostros de esos jaraneros, de esos juerguistas a quienes Marusia jamás había escuchado una sola palabra bondadosa y decente, y que no le llegaban a la suela del zapato a ese rostro frío, impasible, pero inteligente y altivo.
       «¡Una cara atractiva! —pensaba Marusia, extasiada ante aquel rostro, ante aquella voz, ante aquellas palabras—. ¡Qué inteligencia! ¡Cuántos conocimientos! ¿Por qué se haría George militar? Él también tendría que haberse dedicado a la ciencia».
       Yegórushka miraba conmovido al médico y pensaba: «Si está hablando de cuestiones profundas, eso quiere decir que nos tiene por personas inteligentes. Está bien que nos hagamos un hueco en la sociedad. La verdad es que ha sido una enorme estupidez soltar esa mentira sobre Koshechkin».
       Cuando el médico terminó su disertación, sus oyentes suspiraron profundamente, como si hubieran realizado alguna hazaña memorable.
       —¡Qué bueno es saberlo todo! —exclamó la princesa.
       Marusia se levantó y, como si desease corresponder al médico por su lección, se sentó al piano y pulsó las teclas. Tenía unas ganas locas de arrastrar al doctor a una conversación, de arrastrarlo de una forma más profunda, más sensible, y la música siempre nos lleva a la conversación. Y además quería presumir de sus habilidades ante un hombre inteligente y sensato…
       —Esto es de Chopin —apuntó la princesa, sonriendo lánguidamente y colocando las manos como una estudiante—. ¡Es una maravilla! Y mi hija, doctor, me atrevo a presumir, canta divinamente. Ha aprendido de mí… En mis tiempos, yo tuve una voz estupenda. Fíjese en ésa… —Y la princesa mencionó el apellido de una célebre cantante rusa—. ¿La conoce usted? Está en deuda conmigo. Sí, señor… Yo le di lecciones. ¡Era una muchacha encantadora! En parte, era pariente de mi difunto marido, el príncipe. ¿A usted le gusta el canto? Pero ¿cómo se me ocurre preguntarlo? ¿A quién no le gusta el canto?
       Marusia empezó a interpretar el mejor pasaje de un vals y volvió la vista con una sonrisa. Necesitaba leer en el rostro del médico qué impresión le producía su interpretación.
       Pero no consiguió leer nada. La cara del doctor seguía tan impasible y seca como antes. Apuró rápidamente el té.
       —Estoy enamorada de este pasaje —dijo Marusia.
       —Muy agradecido —dijo el doctor—. No quiero más.
       Dio el último trago, se levantó y cogió el sombrero, sin manifestar el menor deseo de escuchar el vals completo. La princesa se puso de pie bruscamente. Marusia se quedó desconcertada y, humillada, cerró la tapa del piano.
       —¿Se marcha usted ya? —dijo la princesa, muy contrariada—. ¿No quiere nada más? Confío, doctor… Ya conoce usted el camino. Cualquier tarde de éstas… No se vaya a olvidar de nosotros…
       Él sacudió dos veces la cabeza, a modo de despedida, estrechó torpemente la mano que le tendió Marusia y se acercó en silencio a recoger su pelliza.
       —¡Puro hielo! ¡Madera! —exclamó la princesa tras la partida del médico—, ¡Es terrible! ¡Es incapaz de reírse, valiente leño! ¡De poco te ha servido tocar para él, Mary! ¡Sólo se ha quedado para tomar el té! ¡En cuanto se lo ha acabado, se ha marchado!
       —Pero ¡hay que ver lo listo que es, maman! ¡Listísimo! ¿Con quién de nosotros querías que hablara? Yo soy una ignorante, George es muy reservado y siempre está callado… ¿Acaso podemos mantener una conversación inteligente? ¡No!
       —¡Caray con el plebeyo! ¡Caray con el sobrino de Nikifor! —dijo Yegórushka, tomando nata directamente de las jarritas— ¿Cómo es? Racional, indiferente, subjetivo… ¡Así se las gasta el bribón! ¡Valiente plebeyo! ¿Y su calesa? ¡Fijaos! ¡Cómo presume!
       Y los tres miraron por la ventana y contemplaron la calesa en la que se había acomodado aquella eminencia, enfundada en su enorme pelliza de oso. La princesa se puso colorada de envidia, y Yegórushka guiñó el ojo de un modo muy significativo y silbó. Marusia no se fijó en la calesa. No le dio tiempo: únicamente tenía ojos para el doctor, que le había causado una fortísima impresión. Todo el mundo se deja llevar por las novedades.
       Y Toporkov, para Marusia, era muy novedoso…
       Cayó la primera nevada, después la segunda, la tercera, y el invierno se instaló por una buena temporada, con sus recias heladas, sus montones de nieve y sus carámbanos. A mí no me gusta el invierno, y no creo a quienes dicen que les gusta. Frío en las calles, humo en las habitaciones, humedad en los chanclos. Ya se muestre severo como una suegra, ya plañidero como una solterona, el invierno —con sus mágicas noches de luna, sus troikas, sus cacerías, conciertos y bailes— nos cansa muy pronto y se nos hace muy largo, tanto como para amargar más de una vida desamparada y marchita.
       La vida en casa de los príncipes Priklonski seguía su curso. Yegórushka y Marusia se habían restablecido por completo y hasta su propia madre había dejado de considerarlos enfermos. Las circunstancias no habían mejorado, ni tenían intención de hacerlo. Las cosas iban cada vez peor, el dinero menguaba y menguaba… La princesa empeñó y volvió a empeñar todas sus joyas, las familiares y las adquiridas. Nikifor, como siempre, se dedicaba a parlotear en la tienda, adonde le mandaban a comprar a crédito menudencias varias, diciendo que los señores le debían trescientos rublos y no tenían intención de pagarle. Eso mismo contaba el cocinero, al cual, por compasión, el tendero le regaló unas botas viejas. Fúrov fue aún más insistente. No estaba dispuesto a aceptar más aplazamientos y despachó con malos modos a la princesa cuando ésta le suplicó que esperase antes de protestar una letra de cambio. Siguiendo el ejemplo de Fúrov, los demás acreedores también empezaron a vocear. Cada mañana a la princesa le tocaba recibir a los notarios, los ujieres de juzgado y los acreedores. Se puso en marcha, al parecer, un concurso por un supuesto de insolvencia.
       Igual que antes, las lágrimas nunca llegaban a secarse en la almohada de la princesa. De día se hacía fuerte, pero de noche daba rienda suelta al llanto y lloraba hasta el amanecer. No había que ir muy lejos para encontrar la razón de ese llanto. Las causas estaban bien a la vista: herían los ojos con su relieve y su brillantez. La pobreza, el amor propio herido cada dos por tres, herido… ¿por quiénes? Por personajillos insignificantes, por tipos como Fúrov, por los cocineros, por las tenderas. Los objetos amados iban a parar a la casa de empeños; a la princesa se le partía el corazón cada vez que tenía que separarse de ellos. Yegórushka seguía llevando la misma vida disipada de siempre, Marusia aún no se había colocado… ¿Acaso no eran razones suficientes para llorar? El futuro resultaba nebuloso, pero incluso a través de la niebla la princesa vislumbraba unas imágenes siniestras. Ese futuro no prometía nada bueno. No lo aguardaba con esperanza, sino con temor…
       Cada vez disponían de menos dinero, pero las juergas de Yegórushka eran cada vez más sonadas; se entregaba a ellas con tenacidad, con encarnizamiento, como si deseara recuperar el tiempo perdido durante su enfermedad. Se gastaba en borracheras lo que tenía y lo que no, lo propio y lo ajeno. En su libertinaje era insolente y descarado hasta la locura. No le costaba nada pedirle dinero prestado al primero que veía. Sentarse a jugar a las cartas sin un grosh[4] en el bolsillo se había convertido en un hábito para él; beber y comer de gorra o pasearse ostentosamente en un coche ajeno y no pagarle al cochero no lo consideraba ningún pecado. Había cambiado muy poco: antes se enfadaba cuando se reían de él; ahora se limitaba a experimentar un leve desconcierto cuando lo echaban de un sitio o lo sacaban a rastras.
       La única que había cambiado era Marusia. Para ella sí había novedades, y novedades terribles. Había empezado a desencantarse de su hermano. De pronto, por alguna razón, había dejado de creer que parecía un hombre subestimado, incomprendido: ahora lo veía, sencillamente, como un individuo de lo más vulgar, un hombre como tantos otros, o peor incluso… Había dejado de creer en aquel amor desesperado de su hermano. ¡Terribles novedades! Se pasaba las horas muertas sentada junto a la ventana, mirando distraída a la calle; se imaginaba el rostro de su hermano y trataba de ver en él algo armonioso, donde no tuviera cabida el desencanto, pero lo único que conseguía ver en ese rostro insulso era: «¡Soy un hombre vacío! ¡Un hombre despreciable!». También otros rostros pasaban fugazmente por su imaginación, los rostros de los camaradas de su hermano, los de los invitados, los de las viejas consoladoras, los de los novios; y el rostro de la propia princesa, compungido, embotado por el dolor; y la angustia le oprimía el corazón a la pobre Marusia. ¡Qué trivial, qué descolorida y obtusa, qué estúpida, aburrida e indolente era la vida junto a esas personas cercanas y queridas, pero insignificantes!
       La angustia le oprimía el corazón y un solo deseo, intensísimo, herético, se adueñaba de su espíritu. Había momentos en que ansiaba locamente huir… pero ¿adónde? Allá, se entiende, donde vivieran hombres que no temblaran ante la pobreza, que no se entregaran a una vida disipada, que trabajaran y no estuvieran todo el santo día charlando con viejas estúpidas o con borrachos imbéciles. Y en los pensamientos de Marusia resaltaba como un clavo un rostro honrado y sensato; en ese rostro ella veía inteligencia, una gran masa de conocimientos y fatiga. Era imposible olvidar ese rostro. Lo veía a diario en las circunstancias más propicias: precisamente en el momento en que su dueño trabajaba, o hacía ver que trabajaba.
       El doctor Toporkov pasaba a toda prisa cada día por delante de la casa de los Priklonski, en su lujoso trineo con una manta de oso y un cochero gordo. Tenía numerosos pacientes. Hacía visitas desde primera hora de la mañana hasta última hora de la tarde y en un mismo día se recorría todas las calles y callejones. Iba sentado en el trineo como si estuviera en una butaca: muy serio, con la cabeza y los hombros erguidos, sin mirar a los lados. Por detrás del mullido cuello de su pelliza de oso sólo se veían la frente blanca y lisa y las gafas doradas, pero a Marusia le bastaba con eso. Le parecía que de los ojos de aquel benefactor de la humanidad salían a través de las lentes unos rayos helados, orgullosos, desdeñosos.
       «¡Ese hombre tiene derecho a mostrar su desprecio! —pensaba—. ¡Es un sabio! ¡Y hay que ver qué trineo tan lujoso, qué maravilla de caballos! ¡Pensar que ha sido siervo! ¡Qué fuerte hay que ser para nacer siendo un lacayo y convertirse en alguien como él, inaccesible!».
       Sólo Marusia se acordaba del doctor: los demás empezaron a olvidarse de él y pronto lo habrían olvidado del todo de no haber sido porque él hizo que lo recordaran. Y lo hizo de forma bien patente.
       El segundo día de Navidad, a mediodía, cuando los Priklonski estaban en casa, tintineó tímidamente la campanilla de la entrada. Nikifor fue a abrir la puerta.
       —¿Está la princesaaa? —se oyó desde el vestíbulo la vocecilla de una anciana, y, sin esperar respuesta, una viejecilla menuda entró en el salón—. Saludos, princesa… ¡mi bienhechora! ¿Cómo está su excelencia?
       —¿Qué se le ofrece? —preguntó la princesa, mirando a la vieja con curiosidad.
       Yegórushka se rió disimuladamente. Le cabeza de la vieja le había recordado a un melón, pequeño y maduro, con el rabillo hacia arriba.
       —¿No me reconoce, mátushka? ¿Será posible que no me recuerde? ¿Que se haya olvidado de Prójorovna? ¡Si yo ayudé a venir al mundo a su querido príncipe!
       Y la anciana se acercó rápidamente a Yegórushka y le estampó sendos besos sonoros en el pecho y la mano.
       —No lo entiendo —farfulló Yegórushka enojado, limpiándose la mano en la levita—. Ese viejo diablo de Nikifor deja pasar a cualquier basu…
       —¿Qué se le ofrece? —repitió la princesa, y le dio la sensación de que la anciana apestaba a aceite de quemar.
       La vieja se sentó en una butaca y después de interminables preámbulos, sonriendo maliciosamente y coqueteando —como hacen siempre las casamenteras—, declaró que la princesa tenía la mercancía y que ella tenía al mercader. Marusia se ruborizó. Yegórushka resopló y, picado por la curiosidad, se aproximó a la vieja.
       —Qué raro —dijo la princesa—. Entonces ¿has venido a hacer de casamentera? ¡Felicidades por el novio, Mary! ¿Y quién es él, si se puede saber?
       La anciana se sofocó, se rebuscó en el seno y se sacó un pañuelo de percal rojo. Tras soltar los nudos del pañuelo, lo sacudió sobre la mesa y, además de un dedal, cayó una fotografía.
       Todos amigaron la nariz: del pañuelo rojo con flores amarillas se esparció un olor a tabaco.
       La princesa cogió la fotografía y se la acercó con desgana a los ojos.
       —¡Es muy guapo, mátushka! —la casamentera se puso a comentar el retrato—. Es rico, noble… Es un hombre maravilloso, sobrio…
       La princesa se puso colorada y le pasó la fotografía a Marusia. Ésta palideció.
       —Es extraño —dijo la princesa—. Si ése es el deseo del doctor, supongo que él mismo podría… Lo último que hace falta es una mediación. Un hombre instruido, y resulta… ¿Ha sido él quien la ha enviado? ¿En persona?
       —En persona… Ustedes le causaron muy buena impresión. Una familia estupenda.
       Marusia soltó un chillido repentino y, apretando con fuerza la fotografía, salió precipitadamente del salón.
       —Es extraño —prosiguió la princesa—. Asombroso… No sé ni qué decir. De ningún modo me esperaba esto del doctor. ¿Por qué ha tenido usted que molestarse? El doctor tendría que haberse presentado personalmente. Resulta hasta ofensivo… ¿Por quién nos toma? No somos unos simples comerciantes. Hoy en día ni los comerciantes viven ya así.
       —¡Vaya pinta! —mugió Yegórushka, dirigiendo una mirada desdeñosa a la cabeza de la anciana.
       El húsar retirado habría pagado lo que fuera con tal de poder darle un papirotazo a esa cabeza. Las viejas le gustaban tan poco como los gatos a los perros grandes, y llegaba al delirio cada vez que veía una cabeza parecida a un melón.
       —¿Bueno, qué, mátushka? —dijo la casamentera, suspirando—. Aunque no tenga la dignidad de un príncipe, puedo decirle, princesa mía… Es usted tan buena, mátushka. ¡Ay, por mis pecados! ¿Acaso no es noble? Ha recibido una formación excelente, es rico, el Señor le ha favorecido con toda clase de lujos, Virgen Santa… Pero, si desea que venga él a verla, no se preocupe… La honrará con su visita. ¿Por qué no iba a venir? Siempre se puede venir… —Y, tomando a la princesa por el hombro, la atrajo y le susurró al oído—: Pide sesenta mil… ¡Es cosa sabida! La mujer es la mujer, y el dinero es el dinero. Ya sabe usted… Dice: «Sin ese dinero, yo no me caso, porque ella conmigo tiene que disfrutar de toda clase de comodidades… Que tenga su propio capital»…
       La princesa se puso colorada y, haciendo frufrú con su voluminoso traje, se levantó del sillón.
       —Tenga la bondad de transmitirle al doctor que estamos asombrados en extremo —dijo—. Ofendidos… Así es imposible. Eso es todo cuanto puedo decirle… ¿Por qué estás tan callado, George? ¡Que se vaya! ¡Toda paciencia tiene un límite!
       Una vez que hubo salido la casamentera, la princesa se llevó las manos a la cabeza, se desplomó en el diván y gimió:
       —¡A esto hemos llegado! —vociferó—, ¡Dios mío! ¡Un medicucho, un don nadie, que ayer mismo era un lacayo, nos viene con una propuesta! ¡Noble! ¡Noble! ¡Ja, ja! ¡Decidme qué nobleza es ésa, por favor! ¡Y nos manda a la casamentera! ¡Porque no está vuestro padre! ¡Él no lo habría consentido! ¡Valiente imbécil! ¡Ordinario!
       Pero lo que más había ofendido a la princesa no había sido que un plebeyo cortejara a su hija, sino que le hubiese pedido sesenta mil rublos, que no tenía. Cualquier alusión a su pobreza le parecía insultante. Estuvo despotricando hasta el anochecer, y por la noche se despertó dos veces para llorar.
       Pero a nadie le hizo más efecto la visita de la casamentera que a Marusia. La pobre muchacha sufrió una fortísima calentura. Temblando con todo el cuerpo, cayó en la cama, escondió la cabeza ardiente bajo la almohada y trató, en la medida de sus fuerzas, de responder a una pregunta: «¿Será posible?».
       Se trataba de un verdadero quebradero de cabeza. Marusia no sabía cómo responderse a esa pregunta. Con ella expresaba su asombro, su turbación y su recóndita alegría, que, por algún motivo, le daba vergüenza reconocer y que quería ocultarse a sí misma.
       «¿Será posible? Él, Toporkov… ¡No puede ser! ¡Aquí hay algo que no encaja! ¡La vieja ha mentido!».
       Y mientras tanto los sueños, los sueños más dulces, secretos y mágicos, que hacen que el alma desfallezca y la cabeza arda, pululaban por su mente, y un éxtasis inefable se apoderaba de todo su menudo ser. Él, Toporkov, quería tomarla por mujer, ¡y era un hombre tan apuesto, tan garboso, tan inteligente! Había consagrado su vida a la humanidad y… ¡viajaba en un trineo tan lujoso!
       «¿Será posible?».
       «¡A ese hombre se le puede amar! —decidió Marusia aquella tarde—, ¡Sí, sí, estoy conforme! ¡Estoy libre de prejuicios y seguiré a ese siervo al fin del mundo! Como mi madre diga una sola palabra, ¡me apartaré de ella! ¡Estoy conforme!».
       No tuvo tiempo para ocuparse de otras cuestiones, de importancia secundaria y terciaria. ¡No estaba para pensar en esas cosas! ¿A qué había venido la casamentera? ¿Por qué y cuándo se había enamorado de ella ese hombre? ¿Por qué no se había presentado en persona, si la quería? ¿Qué más le daban a ella esas cuestiones, y otras muchas? Estaba pasmada, sorprendida… dichosa… Eso era más que suficiente.
       —¡Estoy conforme! —susurraba, intentando dibujar en su imaginación el rostro de aquel hombre, con sus lentes doradas, a través de las cuales miraban unos ojos sensatos, respetables, cansados—. ¡Que venga! ¡Estoy conforme!
       Y mientras de ese modo Marusia se revolvía en el lecho y sentía con todo su ser cómo se abrasaba de dicha, la casamentera recorría las casas de los comerciantes y repartía a manos llenas fotografías del doctor. Yendo de una casa rica a otra, buscaba una mercancía que pudiera recomendar al «noble» mercader. Toporkov no la había mandado expresamente a casa de los Priklonski. La había mandado «a donde le pareciera bien». En relación con su matrimonio, de cuya necesidad era consciente, se mostraba indiferente: a él, claramente, le daba lo mismo adonde fuera la casamentera. Él lo que necesitaba eran… los sesenta mil rublos. ¡Sesenta mil, ni uno menos! La casa que pretendía comprar no se la dejaban por menos de esa suma. No tenía dónde pedir prestado ese dinero, no había llegado a un acuerdo sobre los plazos. Sólo había una solución: casarse por dinero, y eso era lo que iba a hacer. Pero ¡Marusia, en su deseo de quedar enredada en los lazos de Himeneo, no tenía, desde luego, ninguna culpa!
       Pasada la medianoche Yegórushka entró sigilosamente en el dormitorio de Marusia. Ésta ya estaba desvestida e intentaba dormir. La había dejado agotada la dicha imprevista: quería calmar como fuera su corazón, el cual, según le parecía, latía sin descanso por toda la casa. En cada arruga del rostro de Yegórushka se ocultaban mil secretos. Tosió de un modo enigmático, dirigió a Marusia una mirada significativa y, como si deseara comunicarle algo tremendamente importante y confidencial, se sentó a sus pies y se inclinó ligeramente sobre su oído.
       —¿Sabes lo que te digo, Masha? —empezó en voz baja—. Te digo sinceramente… En mi opinión, pues… Pensando únicamente en tu felicidad… ¿Duermes? Unicamente en tu felicidad… Cásate con… ¡con Toporkov! No le des más vueltas, y cásate con él, y… ¡asunto concluido! Es un hombre en todos los sentidos… Y es rico. No pasa nada por que sea de cuna humilde. No te preocupes por eso.
       Marusia cerró los ojos con fuerza. Estaba avergonzada. Por otra parte, le resultaba muy agradable que su hermano simpatizara con Toporkov.
       —¡Lo importante es que sea rico! El pan, por lo menos, no te va a faltar. En cambio, si esperas a un príncipe o a un conde, me temo que te vas a morir de hambre… ¡Nosotros no tenemos ni un kopek! ¡Uf! ¡Nada! ¿Estás dormida o qué? ¿Eh? ¿Callas en señal de aprobación?
       Marusia sonrió. Yegórushka se echó a reír y, por primera vez en su vida, le besó la mano con fuerza.
       —Tú cásate… Es un hombre instruido. ¡Para nosotros será algo estupendo! ¡La vieja dejará de chillar!
       Y Yegórushka se entregó a sus ensoñaciones. Después de un rato soñando, movió la cabeza y dijo:
       —Sólo hay una cosa que no acabo de entender… ¿Por qué demonios nos ha mandado a esa casamentera? ¿Cómo es que no ha venido él personalmente? Aquí hay algo que no encaja… No es de la clase de hombres que recurren a una casamentera.
       «Es verdad —pensó Marusia, estremeciéndose por alguna razón— Aquí hay algo que no encaja… No tiene ningún sentido mandar a una casamentera. Realmente, ¿qué querrá decir eso?».
       Yegórushka, que habitualmente no destacaba por su perspicacia, en esta ocasión cayó en la cuenta:
       —El caso es que a él tampoco le sobra el tiempo para perderlo en esas cosas. Está todo el santo día ocupado. Tiene que ir corriendo, como un condenado, a visitar a sus pacientes.
       Marusia se tranquilizó, aunque por poco tiempo. Yegórushka estuvo un rato en silencio, y dijo:
       —Y hay otra cosa que tampoco entiendo: le mandó decir a esa bruja que la dote no podía bajar de sesenta mil rublos. ¿Lo oíste? «Dice que, si no, no se casa».
       De repente Marusia abrió los ojos, le tembló todo el cuerpo, se incorporó rápidamente y se quedó sentada, olvidándose incluso de cubrirse los hombros con la colcha. Los ojos le echaban chispas y las mejillas le ardían.
       —¿Eso ha dicho la vieja? —dijo, tirando a Yegórushka de la mano—. Pues ¡tú dile que es mentira! Esas personas, me refiero a los hombres como él… no pueden decir esas cosas. El… ¿dinero? ¡Ja, ja! ¡Esa bajeza sólo la pueden pensar quienes no sepan lo orgulloso, lo honrado, lo desprendido que es! ¡Sí! ¡Es un hombre maravilloso! ¡Lo que pasa es que no quieren entenderlo!
       —Eso mismo pienso yo —dijo Yegórushka—. La vieja ha mentido. Seguro que ha querido prestarle ese servicio por su cuenta. ¡Estará acostumbrada a hacer eso con los comerciantes!
       La cabeza de Marusia hizo un gesto de asentimiento y luego se hundió debajo de la almohada. Yegórushka se levantó y se desperezó.
       —Nuestra madre está llorando —dijo—. Bueno, vamos a ver qué le pasa. Entonces, ¿qué? ¿Estás de acuerdo? Perfecto. No hay que darle más vueltas. Doctora… ¡Ja, ja! ¡Doctora!
       Yegórushka le dio unas palmadas a Marusia en la planta del pie y salió del dormitorio muy satisfecho. Cuando se acostó, elaboró en su cabeza una larga lista con las personas que pensaba invitar a la boda.
       «El champán habrá que comprárselo a Aboltújov —pensaba en el momento de dormirse—. Los entremeses, a Korchátov. Tiene caviar fresco. Bueno, y langostas…».
       A la mañana siguiente, Marusia, vestida modestamente, pero con afectación y cierta coquetería, se sentó junto a la ventana y se quedó esperando. A la once apareció por allí Toporkov, pero pasó de largo, sin entrar a visitarlos. Después de comer, volvió a pasar a toda prisa con sus caballos moros, justo por delante de sus ventanas, pero tampoco esta vez se detuvo, y ni siquiera echó un vistazo a la ventana junto a la que estaba Marusia, con una cinta rosada en el pelo.
       «No tiene tiempo —pensó ella, admirándolo—. El domingo vendrá…».
       Pero tampoco fue a verlos el domingo. No fue a verlos en un mes, ni en dos, ni en tres… Evidentemente, ni siquiera se acordaba de los Priklonski, pero Marusia esperaba y se consumía en la espera. Era como si un gato, nada común, de largas garras amarillas, le arañase el corazón.
       «¿Por qué no vendrá? —se preguntaba—, ¿Por qué? Aunque… ya sé… Se siente ofendido, porque… ¿Por qué estará ofendido? Será porque mamá trató con tan poca delicadeza a la vieja casamentera. Ahora estará pensando que yo no puedo quererlo…».
       —¡Mala bestia! —farfullaba Yegórushka, que ya había pasado diez veces por la tienda de Aboltújov y le había preguntado si podía encargar champán de la mejor clase.
       Después de Pascua, que cayó a finales de marzo, Marusia dejó de esperar.
       En cierta ocasión Yegórushka entró en su dormitorio y, carcajeándose maliciosamente, le comunicó que su «novio» se había casado con la hija de un comerciante…
       —¡Es todo un honor felicitarle! ¡Un honor! ¡Ja, ja, ja!
       Esta noticia resultó demasiado cruel para nuestra pequeña heroína.
       Perdió el ánimo y, no durante un día, sino durante meses personificó la angustia indescriptible y la desesperación. Se arrancó la cinta rosada del pelo y odió la vida. Pero ¡qué parciales, qué injustos son los sentimientos! Marusia aún supo cómo justificar la conducta de aquel hombre. No en vano había leído novelas en las que tanto los hombres como las mujeres se casaban para hacer sufrir a las personas amadas, para darles una lección, para pincharlas, para zaherirlas.
       «Se ha casado con esa boba por despecho —pensaba Marusia—. ¡Ay, qué mal hicimos tratando a su casamentera de un modo tan ofensivo! ¡Las personas como él no perdonan las ofensas!».
       El rubor sonrosado desapareció de sus mejillas, los labios olvidaron cómo se compone una sonrisa, el cerebro se negaba a soñar con el futuro: ¡Marusia creyó enloquecer! Le parecía que, al perder a Toporkov, su vida había perdido todo sentido. ¿De qué le servía ahora la vida si sólo le habían caído en suerte necios, parásitos y juerguistas? Se volvió melancólica. Sin fijarse en nada, sin prestar atención a nada, sin escuchar nada, llevaba esa clase de vida aburrida, descolorida, para la que están tan capacitadas nuestras doncellas, viejas y jóvenes… No reparaba en los muchos pretendientes que tenía entre sus parientes y conocidos. Encaraba las circunstancias adversas con indiferencia y apatía. Ni siquiera reaccionó cuando el banco vendió la casa de los príncipes Priklonski, con todo su aparato histórico, tan entrañable para ella, y no tuvieron más remedio que mudarse a un nuevo apartamento, modesto, barato, al gusto burgués. Fue aquél un sueño prolongado, denso, en el que no faltaron, a pesar de todo, las ensoñaciones. Soñaba con Toporkov en todas sus formas: en el trineo, con pelliza, sin pelliza, sentado, caminando con prestancia. Toda su vida se encerraba en los sueños.
       Pero estalló el trueno, y el sueño echó a volar desde los ojos azules con pestañas de lino… La princesa madre, incapaz de soportar la ruina, enfermó en la nueva vivienda y falleció, dejando únicamente a sus hijos su bendición y algunos vestidos. Su muerte fue una desgracia terrible para Marusia. El sueño había volado para ceder su sitio a la tristeza.



III


       Llegó el otoño, tan húmedo y fangoso como el del año anterior.
       Era una mañana gris y llorosa. Unas nubes de un color gris oscuro, como embarradas, velaban el cielo por completo y resultaban angustiosas con su inmovilidad. Parecía que el sol no existiese; en toda una semana no había echado una mirada a la tierra, como si temiera manchar sus rayos en aquel barrizal.
       Las gotas de lluvia tamborileaban en las ventanas con una fuerza especial, el viento lloraba en las chimeneas y aullaba como un perro que ha perdido a su amo… No se veía una sola cara en la que no pudiera leerse un tedio desesperado.
       Mejor el tedio más desesperado que la tristeza impenetrable que brillaba aquella mañana en el rostro de Marusia. Chapoteando en los charcos embarrados, nuestra heroína se arrastraba hacia la casa del doctor Toporkov. ¿A qué iba?
       «¡Tengo que tratarme!», pensaba.
       Pero el lector no debe fiarse. No en vano, en su rostro podía leerse una lucha.
       La joven princesa llegó hasta casa de Toporkov y tímidamente, con el corazón en vilo, llamó a la campanilla. Al cabo de un minuto se oyeron unos pasos al otro lado de la puerta. Marusia sintió que las piernas se le helaban y se le doblaban. Chasqueó la cerradura y Marusia se encontró con el rostro inquisitivo de una sirvienta de aspecto agradable.
       —¿Está el doctor en casa?
       —Hoy no recibimos a nadie. ¡Mañana! —respondió la sirvienta y, estremeciéndose al percibir el olor a humedad, dio un paso atrás. Le cerró a Marusia la puerta en sus mismas narices y echó el cerrojo con estrépito.
       La princesa, desconcertada, regresó con desgana a casa. Allí la esperaba un espectáculo gratuito, pero del que ya estaba harta hacía mucho. ¡Un espectáculo escasamente principesco!
       En la salita, en un diván tapizado de percal nuevo y reluciente, estaba el príncipe Yegórushka, sentado al estilo turco, con las piernas dobladas. A su lado, en el suelo, estaba tumbada su amiga Kaleria Ivánovna. Estaban jugando a noskí[5] y bebiendo. El príncipe tomaba cerveza; su Dulcinea, vino de Madeira. El ganador, además del derecho a dar un golpe en la nariz al contrincante, obtenía un dvugrívenny[6]. Kaleria Ivánovna, por ser una dama, disfrutaba de una pequeña ventaja: en lugar de pagar con un dvugrívenny, podía pagar con un beso. Este juego les producía a ambos un placer indescriptible. Se desternillaban de la risa, se pellizcaban, cada dos por tres se levantaban de un salto y empezaban a perseguirse. Yegórushka se volvía loco de contento cada vez que ganaba. Le entusiasmaba la afectación con la que Kaleria Ivánovna pagaba su derrota con un beso.
       Kaleria Ivánovna, una morena alta y delgada, con unas cejas negras como el carbón y unos ojos saltones de cangrejo, iba a visitar a Yegórushka a diario. Se presentaba en casa de los Priklonski a eso de las diez de la mañana y allí tomaba el té, almorzaba, cenaba y se marchaba pasada la medianoche. Yegórushka le había asegurado a su hermana que Kaleria Ivánovna era cantante, que era una dama muy respetable y todo eso.
       —¡Tienes que hablar con ella! —trataba de convencerla—. ¡Es muy lista! ¡No sabes tú cuánto!
       Más acertado estaba Nikifor, en mi opinión, cuando tildaba a Kaleria Ivánovna de pindonga y la llamaba «Caballería» Ivánovna. La odiaba con toda su alma y le sacaba de sus casillas tener que servirla. Olfateaba la verdad y su instinto de criado viejo y fiel le decía que el lugar de aquella mujer no estaba al lado de su señor… Kaleria Ivánovna era estúpida y banal, pero eso no le impedía marcharse cada día de casa de los Priklonski con el estómago lleno, con el dinero ganado en el bolsillo y con el convencimiento de que no podían pasarse sin ella. Era la mujer de un simple marqueur[7] de club, pero eso no le impedía ser el ama absoluta en casa de los Priklonski. A esa cerda le gustaba poner los pies encima de la mesa.
       Marusia vivía de la pensión que le había quedado de su padre. La pensión del padre había sido mayor que la habitual en un general, pero la parte que le correspondía a Marusia era insignificante. No obstante, incluso esa parte habría bastado para vivir sin apuros si Yegórushka no hubiera tenido tantos caprichos.
       Éste, que ni quería ni sabía trabajar, se negaba a aceptar que era pobre y se ponía hecho una furia si trataban de hacerle ver la realidad y le obligaban a moderar, en la medida de lo posible, sus antojos.
       —A Kaleria Ivánovna no le gusta la carne de ternera —le decía con cierta frecuencia a Marusia—. Hay que asar unos pollos para ella. ¡No hay quien os entienda! ¡Os empeñáis en llevar la casa y no sabéis hacerlo! ¡No quiero ver mañana esa maldita carne de ternera! ¡Vamos a matar de hambre a esa mujer!
       Marusia apenas le contradecía y, para evitar los disgustos, compraba pollo.
       —¿Cómo es que hoy no había pollo asado? —gritaba Yegórushka en ocasiones.
       —Porque ayer ya comimos pollo —contestaba Marusia.
       Pero Yegórushka conocía mal la aritmética administrativa y no quería saber nada. Un día, durante la comida, empezó a exigir con insistencia cerveza para él y vino para Kaleria Ivánovna.
       —¿Cómo puede haber una comida decente sin vino? —le preguntó a Marusia, encogiéndose de hombros y asombrándose de la estupidez humana—. ¡Nikifor! ¡Trae vino! ¡Es tarea tuya ocuparte de esas cosas! ¡Y a ti, Masha, debería darte vergüenza! ¡No querrás que me ocupe yo personalmente de llevar la casa! ¡Cómo os gusta poner a prueba mi paciencia!
       ¡Era un sibarita sin freno! Kaleria Ivánovna no tardaba en acudir en su ayuda.
       —¿No hay vino para el príncipe? —preguntaba mientras estaban poniendo la mesa—. Y ¿dónde está la cerveza? ¿Hay que ir a comprarla? ¡Princesa, dele a este hombre dinero para cerveza! ¿Tiene usted suelto?
       La princesa decía que sí, que tenía suelto, y entregaba lo que le quedaba. Yegórushka y Kaleria bebían y comían, y no se daban cuenta de cómo el reloj, los anillos y pendientes de Marusia, uno tras otro, iban a parar a la casa de empeños, de cómo se vendían a los traperos sus costosos vestidos.
       No veían ni escuchaban los lamentos y susurros del viejo Nikifor al abrir su cofrecillo cada vez que Marusia le tomaba dinero prestado para la comida del día siguiente. ¡A aquellas dos personas banales y estúpidas, el príncipe y su pequeña burguesa, todo eso les traía sin cuidado!
       A la mañana siguiente, cerca de las diez, Marusia se dirigió nuevamente a casa de Toporkov. Le abrió la puerta la misma criada de aspecto agradable. Tras introducir a la princesa en el vestíbulo y quitarle el abrigo, la criada suspiró y le dijo:
       —No sé si sabrá, señorita, que el doctor no cobra menos de cinco rublos por consulta. Ya lo sabe.
       «¿Por qué me dice eso? —pensó Marusia—, ¡Qué desfachatez! ¡El pobre no sabe qué clase de criada tan descarada tiene!».
       Pero, al mismo tiempo, a Marusia se le encogió el corazón: sólo tenía tres rublos en el bolsillo, aunque tampoco iba a echarla únicamente por un par de rublos.
       Desde el vestíbulo Marusia pasó a la sala de espera, donde ya había gran cantidad de enfermos. La mayoría de quienes ansiaban curación eran, naturalmente, señoras. Ocupaban todos los asientos disponibles en la sala de espera, estaban divididas en grupos y charlaban. Las conversaciones eran de lo más animado, y versaban sobre toda clase de temas y personas: sobre el tiempo, las enfermedades, el doctor, los hijos… Hablaban todas en voz alta y se reían a carcajadas, como si estuvieran en su propia casa. Algunas, mientras esperaban su tumo, tejían y bordaban. No había en aquella sala personas mal vestidas, con descuido. Toporkov pasaba consulta en la habitación vecina. La gente iba entrando por turnos. Todos entraban con la cara pálida, serios, temblando ligeramente; salían, en cambio, colorados, sudorosos, como si acabaran de confesarse, igual que si se hubieran quitado de encima un peso insoportable, reconfortados. A cada paciente Toporkov no le dedicaba más de diez minutos. Las enfermedades, seguramente, no serían muy graves.
       «¡Todo esto recuerda tanto a la charlatanería!», habría pensado Marusia de no haber estado ocupada en sus reflexiones.
       Marusia fue la última en pasar al gabinete del doctor. Al entrar en ese despacho, abarrotado de libros con inscripciones en alemán y francés en las cubiertas, temblaba como tiembla una gallina cuando la sumergen en agua fría. Allí estaba él, en medio del cuarto, con la mano izquierda apoyada en el escritorio.
       «¡Qué guapo es!», fue lo primero que se le pasó por la cabeza a su paciente.
       Toporkov nunca mostraba afectación, y difícilmente sería capaz de llegar a mostrarla nunca, pero todas las poses que adoptaba le salían especialmente solemnes. Aquélla en la que le sorprendió Mamsia recordaba a esas poses majestuosas en las que los artistas retratan a los grandes caudillos. Cerca de la mano que tenía apoyada en la mesa se veían los billetes de cinco y diez rublos que acababan de entregarle las pacientes. También estaban allí, rigurosamente ordenados, los instrumentos, las maquinitas, los tubos: todo extremadamente incomprensible, extremadamente «científico» para Marusia. Eso, y el gabinete lujosamente decorado, todo eso tomado en conjunto, completaba el cuadro solemne. Marusia cerró la puerta al entrar y se detuvo. Toporkov le señaló una butaca con la mano. Nuestra heroína se acercó en silencio a la butaca y se sentó. Toporkov se inclinó solemnemente, se sentó en otra butaca, vis-à-vis, y clavó sus ojos inquisitivos en el rostro de Marusia.
       «¡No me ha reconocido! —pensó ella—. De otro modo, no estaría tan callado… Dios mío, ¿por qué no dice nada? A ver, ¿cómo puedo empezar?».
       —¿Y bien? —mugió el doctor.
       —Tos —murmuró Marusia y, como si quisiera confirmar sus palabras, tosió un par de veces.
       —¿Hace mucho?
       —Hace ya dos meses… Sobre todo de noche.
       —Hum… ¿Fiebre?
       —No, fiebre parece que no…
       —Yo a usted ya la he tratado, ¿verdad? ¿Qué fue lo que tuvo anteriormente?
       —Una pulmonía.
       —Hum… Sí, ya recuerdo… ¿No es usted Priklónskaia?
       —Sí… En aquella ocasión, también mi hermano estuvo enfermo.
       —Va a tomar usted estos polvos… antes de dormir… Hay que evitar los resfriados…
       Toporkov escribió la receta a toda prisa, se levantó y adoptó la misma pose de antes. Marusia también se levantó.
       —¿Nada más?
       —Nada más.
       Toporkov la observó. La miraba y miraba también a la puerta. No tenía tiempo y aguardaba a que se fuera. Pero ella estaba parada y lo miraba con admiración, esperando que le dijera alguna cosa. ¡Qué guapo era! Hubo unos instantes de silencio. Finalmente reaccionó, leyó un bostezo en sus labios y una espera en sus ojos, le dio un billete de tres rublos y se volvió hacia la puerta. El doctor arrojó el dinero sobre la mesa y cerró la puerta tras ella.
       De camino a casa, Marusia se puso furiosa: «Pero ¿por qué no he hablado con él? ¿Por qué? ¡No soy más que una cobarde, eso es lo que pasa! Ha resultado todo tan estúpido… Lo único que he hecho ha sido molestarle. ¿Por qué habré sujetado ese maldito dinero en las manos, como queriendo demostrar algo? El dinero es una cosa tan delicada… ¡Válgame Dios! ¡Se puede ofenderá la gente! Hay que pagar sin que se note. Sí, pero ¿por qué me he quedado callada? Él me habría contado, me habría explicado… Se habría aclarado para qué vino a casa la casamentera…».
       Al llegar a casa, Marusia se acostó y escondió la cabeza bajo la almohada, cosa que hacía siempre que estaba excitada. Pero no logró calmarse. Yegórushka entró en su habitación y empezó a pasear de una esquina a la otra, dando golpes y haciendo rechinar sus botas.
       La expresión de su rostro era enigmática…
       —¿Qué te pasa? —preguntó Marusia.
       —Eeeh… Y yo que creía que estabas dormida; no quería molestarte. Me gustaría comunicarte una cosa… muy agradable. Kaleria Ivánovna quiere vivir con nosotros. Yo se lo he rogado.
       —¡No puede ser! C’est imposible! Pero ¿a quién le has preguntado?
       —¿Cómo que es imposible? Si ella es muy buena… Te ayudará a llevar la casa. La alojaremos en la habitación de la esquina.
       —¡En esa habitación murió maman! ¡Imposible! —Marusia empezó a moverse, a temblar, como si la hubieran pinchado. Unas manchas rojas brotaron en sus mejillas—. ¡Imposible! ¡Vas a matarme, George, si me obligas a vivir con esa mujer! ¡George, cariño, no hace falta! ¡No hace ninguna falta! ¡Querido mío! ¡Anda, te lo ruego!
       —Pero ¿por qué no te gusta? ¡No lo entiendo! Si es una mujer como otra cualquiera… Inteligente, alegre.
       —A mí no me gusta…
       —Bueno, pues a mí sí. ¡A mí me gusta esa mujer y quiero que viva conmigo!
       Marusia se echó a llorar. Su pálido rostro se descompuso de la desesperación.
       —Moriré si ella se viene a vivir aquí…
       Yegórushka farfulló algo entre dientes y, tras dar unos pasos, salió de la habitación. Al cabo de un minuto regresó.
       —Préstame un rublo —dijo.
       Marusia le dio un rublo. Había que aliviar de algún modo la tristeza de Yegórushka, en quien, a juicio de su hermana, se estaría librando en esos momentos una lucha terrible: ¡el amor a Kaleria luchaba contra el sentimiento del deber!
       Aquella tarde Kaleria entró a ver a la princesa.
       —¿Por qué no me quiere usted? —preguntó, abrazando a la princesa—. ¡Soy tan desgraciada!
       Marusia se libró de su abrazo y dijo:
       —¡Yo no tengo por qué quererla a usted!
       ¡Bien cara pagó esa frase! Kaleria, que se instaló una semana más tarde en la habitación donde había muerto maman, consideró que lo más importante era vengarse de esa frase. Escogió la venganza más burda.
       —¿A qué vienen tantos melindres? —le preguntaba a la princesa en cada comida—. Con una pobreza como la suya los melindres están de más; lo que hay que hacer es inclinarse ante las buenas personas. De haber sabido que tenía usted tales defectos, no me habría venido a vivir aquí. ¿Quién me mandaría enamorarme de su hermano? —añadió con un suspiro.
       Los reproches, las alusiones y las sonrisas culminaron con una carcajada ante la pobreza de Marusia. A Yegórushka le traía sin cuidado esa risa. Se consideraba en deuda con Kaleria y se resignaba. Pero a Marusia aquella carcajada estúpida de la mujer del marqueur, de la mantenida de Yegórushka, le amargó la existencia.
       Marusia se pasaba las tardes encerrada en la cocina y, sabiéndose débil, desamparada e indecisa, derramaba lágrimas en las anchas manos de Nikifor. Éste gimoteaba a su lado y avivaba la herida de Marusia con los recuerdos del pasado.
       —¡Dios los castigará! —la consolaba— Y usted no llore.
       Aquel invierno, Marusia fue otra vez a ver a Toporkov.
       Al entrar en su gabinete, lo vio sentado en su butaca, tan guapo y tan majestuoso como siempre… En esta ocasión su rostro estaba extremadamente fatigado. Los ojos le parpadeaban, como si le impidieran dormir. Sin mirar a Marusia, le señaló con la barbilla la butaca que tenía delante. Ella se sentó.
       «Tiene la tristeza grabada en el rostro —pensó Marusia, mirándole—, ¡Seguro que es muy infeliz con esa mujer suya!».
       Estuvieron callados unos instantes. ¡Oh, con qué placer se habría quejado ella de la vida que llevaba! Le habría revelado algunas cosas que él jamás habría podido descubrir en ninguno de aquellos libros con inscripciones en francés y alemán.
       —Tos —susurró Marusia.
       El doctor le dirigió una mirada fugaz.
       —Hum… ¿Fiebre?
       —Sí, por las tardes…
       —¿Suda por las noches?
       —Sí.
       —Desvístase.
       —¿Cómo dice?
       Toporkov, con un gesto impaciente, se señaló el pecho. Marusia, ruborizándose, se desabrochó despacio los botones del pecho.
       —Desvístase. ¡Más deprisa, por favor! —dijo Toporkov, y cogió un martillito.
       Marusia se sacó un brazo de la manga. Toporkov se acercó a ella rápidamente y en un instante, con mano diestra, le bajó el vestido hasta la cintura.
       —¡Desabróchese la camisa! —dijo y, sin esperarse a que lo hiciera la propia Marusia, le desabrochó la camisa por el cuello y, con gran horror de su paciente, se puso a percutir con el martillito por todo el pecho blanco y delgado—. Baje las manos… No moleste. No me la voy a comer —farfulló Toporkov, y ella se puso colorada, con un deseo ardiente de que se la tragase la tierra.
       Tras percutir, Toporkov empezó a auscultar. El sonido del ápice del pulmón izquierdo resultaba bastante enervado. Se oían claramente unos ronquidos rechinantes y una respiración agitada.
       —Tiene usted que viajar a Samara —dijo, tras dictarle toda una conferencia sobre la forma de llevar una vida adecuada—. Allí podrá tomar kumys[8]. Yo ya he terminado. Está usted libre…
       Marusia se abrochó los botones como pudo, le entregó cinco rublos, sintiéndose incómoda, y, tras unos momentos de indecisión, salió del gabinete del sabio.
       «Me ha retenido nada menos que media hora —pensaba de camino a casa—, ¡y yo me he quedado callada! ¡Callada! ¿Por qué no habré hablado con él?».
       Marchaba para casa y no pensaba en Samara, sino en el doctor Toporkov. ¿Qué se le había perdido a ella en Samara? Es verdad que allí no estaría Kaleria Ivánovna, pero ¡tampoco estaría Toporkov!
       ¡Al diablo con Samara! Marusia caminaba irritada, y al mismo tiempo se sentía triunfante: él había reconocido que estaba enferma, y ella, en lo sucesivo, podía acudir a su consulta sin cumplidos, cuantas veces le viniera en gana, todas las semanas si hacía falta. ¡Se estaba tan a gusto en su gabinete, era tan acogedor! Sobre todo, era tan bonito aquel diván que se veía al fondo. Le habría encantado sentarse con él en ese diván para charlar de todo un poco, para quejarse un rato, para recomendarle que no les cobrara tan caro a sus pacientes. A los ricos, naturalmente, se puede y se debe cobrarles caro, pero a los enfermos pobres hay que hacerles un descuento.
       «No sabe nada de la vida, es incapaz de distinguir un rico de un pobre —pensaba Marusia—. ¡Yo podría enseñárselo!».
       También en esta ocasión la esperaba en casa un espectáculo gratuito. Yegórushka estaba tirado en un diván, presa de un ataque de histeria. Sollozaba, maldecía, temblaba como con fiebre. Las lágrimas corrían por su rostro ebrio.
       —¡Se ha marchado Kaleria! —vociferaba—. ¡Lleva ya dos noches sin venir! ¡Se ha enfadado!
       Pero Yegórushka sollozaba en vano. Aquella tarde se presentó Kaleria, le perdonó y se lo llevó al club.
       La mala vida de Yegórushka llegó a su apogeo. No le alcanzaba con la pensión de Marusia, y empezó a «trabajar». Le tomaba dinero prestado a la sirvienta, hacía trampas a las cartas, le hurtaba dinero y objetos a su hermana. Una vez, pasando junto a Marusia, le sacó del bolsillo dos rublos que ella había ahorrado para unos zapatos. Él se quedó con un rublo y con el otro le compró unas peras a Kaleria. Los amigos le abandonaron. Quienes antes visitaban la casa de los Priklonski, los conocidos de Marusia, ahora le llamaban a la cara «ilustre tahúr». Hasta las «doncellas» del Château de Fleurs lo miraban con desconfianza y se reían cada vez que, tras pedirle dinero prestado a algún nuevo conocido, las invitaba a cenar.
       Marusia asistía a ese apogeo de su mala vida y era consciente de lo que ocurría…
       También iba in crescendo la desenvoltura de Kaleria.
       —Haga el favor de no hurgar en mis vestidos —le dijo una vez Marusia.
       —No les va a pasar nada a sus vestidos por eso —replicó Kaleria—. Y, si usted me considera una ladrona, entonces… allá usted. Yo me marcho.
       Y Yegórashka, tras maldecir a su hermana, se pasó una semana entera arrastrándose a los pies de Kaleria, implorándole que no se marchara.
       Pero esa clase de vida no puede durar mucho tiempo. Toda historia tiene un final y también terminó esta pequeña novela.
       Llegó el Carnaval, y con él los días que anuncian la primavera. Los días se volvían más largos, caían gotas de los tejados, los campos exhalaban una frescura que hacía presentir la primavera a quienes la respiraban…
       Una de aquellas noches de Carnaval Nikifor estaba sentado junto al lecho de Marusia. Yegórushka y Kaleria habían salido.
       —Estoy ardiendo, Nikifor —dijo Marusia.
       Pero Nikifor murmuraba y reavivaba sus heridas con los recuerdos del pasado. Hablaba del príncipe, de la princesa, de su vida cotidiana… Describía los bosques donde solía cazar el difunto príncipe, los campos por los que cabalgaba en pos de las liebres, Sebastopol. En Sebastopol el difunto príncipe había sido herido[9]. Muchas cosas contó Nikifor. A Marusia le gustó en particular la descripción de la hacienda, vendida cinco años antes por culpa de las deudas.
       —Salía uno a la terraza… La primavera ya apuntaba. ¡Dios mío! ¡No podía apartar uno la vista del mundo de Dios! El bosque aún estaba negro, pero ¡ya rebosaba placidez! Aquel riachuelo maravilloso, profundo… Su madre, de joven, solía pescar con caña… Pasarse días enteros al borde del agua… Les gustaba estar al aire libre… ¡La naturaleza!
       A Nikifor se le quebraba la voz contando estas cosas. Marusia le escuchaba y no dejaba que se apartara de su lado. Leía en el rostro del viejo lacayo todo lo que éste le contaba de su padre, de su madre, de la hacienda. Le escuchaba, observaba su rostro y le entraban ganas de vivir, de ser feliz, de pescar en el mismo río en el que había pescado su madre… El río, y el campo en la otra orilla, y los bosques azules más allá de ese campo, y por encima de todo la caricia del sol que brilla y calienta… ¡Qué hermoso era vivir!
       —Mi buen Nikifor —decía Marusia, apretando su mano seca— querido amigo… Mañana préstame cinco rublos. Por última vez… ¿Es posible?
       —Sí, es posible. Cinco rublos es todo lo que tengo. Cójalos, y Dios proveerá…
       —Te los devolveré, querido amigo. Préstamelos…
       A la mañana siguiente, Marusia se puso su mejor vestido, se recogió el cabello con una cinta rosada y se dirigió a casa de Toporkov. Antes de salir de casa se había mirado diez veces en el espejo. En el vestíbulo de Toporkov la recibió una nueva sirvienta.
       —¿Ya lo sabe usted? —le preguntó a Marusia la nueva sirvienta mientras la ayudaba a quitarse el abrigo—. El doctor no cobra menos de cinco rublos por consulta…
       En esta ocasión había más pacientes que nunca en la sala de espera. Todos los asientos estaban ocupados. Había incluso un hombre sentado encima del piano. Las consultas empezaron a las diez. A las once el doctor hizo una pausa para una operación y sólo volvió a admitir pacientes a partir de las dos. A Marusia no le llegó el turno hasta las cuatro.
       Sin haber tomado ni un té, agotada por la espera, temblando por la fiebre y la inquietud, cuando se quiso dar cuenta ya estaba sentada en una butaca enfrente del doctor. Notaba la cabeza vacía, la boca seca, los ojos como entre nieblas. A través de esa niebla apenas veía unos destellos… Vio pasar fugazmente la cabeza del médico, sus manos, el martillito…
       —¿Ha estado usted en Samara? —le preguntó él— ¿Cómo es que no ha ido?
       No le contestó. Él percutió en su pecho y la auscultó. La enervación en el lado izquierdo se extendía ya por casi toda la región pulmonar. Se oía un sonido embotado en el ápice del pulmón derecho.
       —No le hace ninguna falta viajar a Samara. No vaya usted —dijo Toporkov.
       Y Marusia, a través de la niebla, leyó en su rostro seco, serio, algo parecido a la compasión.
       —No voy a ir —susurró.
       —Dígales a sus padres que no le dejen estar al aire libre. Evite las comidas pesadas, de cocción difícil…
       Toporkov empezó a darle consejos, se dejó llevar y le dictó una verdadera conferencia.
       Ella no escuchaba nada de lo que decía, y miraba a través de la niebla cómo se movían sus labios. Le pareció que llevaba demasiado tiempo hablando. Por fin el doctor se calló, se levantó y, aguardando a que se fuera, fijó sus lentes en ella.
       Marusia no se movía. Le gustaba estar sentada en aquella butaca tan confortable y le daba miedo volver a casa, donde estaba Kaleria.
       —Ya he terminado —dijo el doctor—. Es usted libre.
       Ella volvió la cara hacia él y se quedó mirándole.
       «¡No me eche!», habría leído el doctor en sus ojos de haber sido, siquiera, un pasable fisonomista.
       Unas gruesas lágrimas brotaron de sus ojos, los brazos le colgaron inertes a ambos lados de la butaca.
       —¡Yo le amo, doctor! —susurró, y un resplandor rojizo, efecto del intenso incendio de su alma, se extendió por su cara y su cuello— ¡Le amo! —volvió a susurrar, y sacudió dos veces la cabeza, la dejó caer sin fuerzas y rozó la mesa con la frente.
       ¿Y el doctor? El doctor… se ruborizó por primera vez desde que ejercía la medicina. Sus ojos pestañearon como los de un chiquillo al que hacen arrodillarse. ¡Nunca le había oído a ninguna paciente decir unas palabras semejantes, y menos de ese modo! ¡Ni a ninguna mujer! ¿No habría entendido mal?
       El corazón le dio un vuelco y le palpitó con inquietud… Empezó a toser, desconcertado.
       —¡Mikolasha! —se oyó una voz en la habitación vecina, y por la puerta entreabierta asomaron las dos mejillas sonrosadas de su mujer, la hija de unos comerciantes.
       El doctor aprovechó esa llamada para salir rápidamente del despacho. Cualquier pretexto le venía bien con tal de alejarse de aquella situación tan embarazosa.
       Diez minutos más tarde, cuando volvió a su gabinete, encontró a Marusia tendida en el diván. Estaba tumbada de espaldas, boca ?rrib?. Un brazo le caía hasta el suelo, junto con una mata de pelo. Estaba inconsciente. Toporkov, colorado, con el corazón desbocado, se acercó a ella en silencio y le soltó el cordoncillo del vestido. Arrancó un broche y, sin darse cuenta, desgarró la tela. De los volantes, hendiduras y recovecos del vestido cayeron al diván las recetas del médico, sus tarjetas de visita, su fotografía…
       El doctor le roció la cara con agua. Marusia abrió los ojos, se incorporó, apoyándose en un codo, y se quedó mirándole pensativa. Se preguntaba dónde estaba.
       —¡Le amo! —gimió al reconocer al doctor. Y sus ojos, llenos de amor y de súplica, se concentraron en el rostro de aquel hombre. Miraba como una fierecilla herida.
       —¿Y qué puedo hacer yo? —preguntó Toporkov, sin saber qué hacer. Lo dijo con una voz que a Marusia le resultó desconocida, una voz que no era medida ni marcada, sino suave, casi tierna…
       A Marusia le falló el codo, y la cabeza le cayó nuevamente al diván, pero no apartó la mirada de él.
       El doctor, parado delante de ella, leía la súplica en sus ojos y se encontraba en una situación espantosa. El corazón le palpitaba en el pecho, y en la cabeza le ocurría algo inusitado, desconocido… Millares de recuerdos imprevistos hormigueaban en su cabeza ardiente. ¿De dónde habían salido todos esos recuerdos? ¿Acaso los habían despertado esos ojos, con su amor y su súplica?
       Recordó su primera infancia, cuando tenía que limpiar los samovares de los señores. Tras los samovares y los pescozones, pasaron fugazmente por su memoria sus benefactores y sus benefactoras, con sus pesados salopy[10], y la escuela parroquial, adonde lo habían enviado por su «voz». La escuela, con sus azotes y sus gachas con arena, dejó paso al seminario. En el seminario el latín, el hambre, los sueños, la lectura, el amor con la hija del ecónomo. Recordó cómo, contraviniendo los deseos de sus benefactores, se fugó del seminario para ingresar en la universidad. Se fugó con los bolsillos vacíos, con unas botas gastadas. ¡Aquella fuga tuvo tantos alicientes! En la universidad el hambre y el frío en aras del trabajo… ¡Un camino difícil!
       Finalmente había triunfado, gracias a su esfuerzo había cavado un túnel que le permitiría avanzar en la vida, había recorrido ese túnel y… ¿ahora qué? Dominaba su oficio a la perfección, leía mucho, trabajaba mucho y estaba dispuesto a trabajar día y noche…
       Toporkov miró de reojo los billetes de cinco y diez rublos que estaban tirados sobre la mesa, se acordó de las señoras a las que acababa de cobrar ese dinero y se sonrojó… ¿De veras había recorrido ese camino tan sacrificado sólo por los billetes de cinco rublos y por las señoras? Sí, sólo por eso…
       Y bajo el peso de los recuerdos se consumió su majestuosa figura, se esfumó su porte altivo y se llenó de arrugas su terso rostro.
       —¿Y qué puedo hacer yo? —susurró una vez más, mirando a los ojos de Marusia.
       Tenía vergüenza de aquellos ojos.
       ¿Y si le preguntaba qué había hecho, qué había conseguido desde que practicaba la medicina?
       Billetes de cinco y de diez rublos, ¡y nada más! La ciencia, la vida, la tranquilidad… todo sacrificado por esos billetes. Y éstos le habían proporcionado una residencia principesca, una mesa refinada, caballos… en una palabra, todo eso que se llama confort.
       Recordó Toporkov sus «ideales» del seminario y sus sueños universitarios, y aquellas butacas, aquel diván tapizado de caro terciopelo, aquel suelo cubierto por una tupida alfombra, aquellas lámparas, aquel reloj de trescientos rublos, le parecieron un barrizal espantoso, intransitable.
       Se inclinó hacia delante y levantó a Marusia del barrizal en el que estaba tendida, la levantó bien alto, con brazos y piernas…
       —¡No sigas aquí tumbada! —dijo, y se apartó del diván.
       Y, como en señal de agradecimiento, toda una cascada de maravillosos cabellos de lino se derramó sobre su pecho. Cerca de sus gafas doradas brillaron unos ojos ajenos. ¡Y menudos ojos! ¡Daban ganas de tocarlos con el dedo!
       —¡Dame un poco de té! —susurró ella.

       Al día siguiente Toporkov viajaba a su lado en un compartimento de primera clase. La llevaba al sur de Francia. ¡Qué hombre más raro! Sabía que no había esperanzas de curación, lo sabía perfectamente, al dedillo, pero la llevaba… Por el camino no dejó de percutir, de auscultarla, de interrogarla. No quería creer en sus conocimientos y trataba con todas sus fuerzas de encontrar, percutiendo y auscultándola en el pecho, un mínimo resto de esperanza.
       El dinero que había estado acumulando con tanto empeño hasta la misma víspera se disipaba ahora, en dosis colosales, a lo largo del camino.
       ¡Lo habría dado todo con tal de no oír, al menos en uno de los pulmones de esa joven, aquellos malditos ronquidos! ¡Tenían, tanto él como ella, tantas ganas de vivir! El sol había salido para ellos, y esperaban el día… Pero el sol no los salvó de las tinieblas y… ¡las flores no florecen cuando el otoño está avanzado!
       La princesa Marusia murió: no vivió ni tres días en el sur de Francia.
       Toporkov, a su regreso de Francia, retomó su vida anterior. Siguió, como siempre, tratando a las señoras y amasando billetes de cinco rublos. Con todo, se pudo advertir un cambio en él. Al hablar con una mujer, miraba hacia un lado, al vacío… Lo pasaba muy mal si tenía que mirar a la cara a una mujer.
       Yegórushka gozaba de buena salud. Había dejado a Kaleria y se había ido a vivir con Toporkov. El doctor le había dado acogida en su casa y le tenía un enorme cariño. La barbilla de Yegórushka le recordaba a la barbilla de Marusia, y por ese motivo le permitía derrochar sus billetes de cinco rublos.
       Yegórushka estaba encantado.



N. del T.:

[1] Fiódor Fedoséievich Popudoglo (1846-1883), periodista y dramaturgo, amigo de Chéjov.

[2] Forma hipocorística del nombre de Semión.

[3] Protagonista de la primera novela —titulada precisamente Rudin (1856)— de Iván S. Turguéniev; el personaje de Dmitri Nikoláievich Rudin es un clásico ejemplo del «hombre superfluo», el héroe atrapado entre su talento y su incapacidad para la acción, que tanto abunda en la literatura rusa del siglo XIX.

[4] Moneda de medio kopek.

[5] Juego de naipes; literalmente, juego de «las naricitas».

[6] Moneda de veinte kopeks.

[7] Empleado en un club de billar, encargado, entre otras cosas, de controlar las anotaciones.

[8] Bebida nutritiva a base de leche de yegua fermentada.

[9] La ciudad portuaria de Sebastopol, situada a orillas del mar Negro, en la península de Crimea (Ucrania), sufrió un largo asedio durante la Guerra de Crimea (1853-1856), que enfrentó al Imperio ruso con la alianza formada por Francia, Reino Unido y el Imperio otomano. El 9 de septiembre de 1855, tras once meses de resistencia rusa, las tropas franco-británicas tomaron Sebastopol.

[10] El salop (en plural, salopy) era una prenda de abrigo femenina, amplia y larga, con mangas anchas y con esclavina.



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