Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)


Terror (1892)
(Relato de un amigo)
Originalmente publicado en Tiempo Nuevo (25 de diciembre de 1892)


      Dmitri Petróvich Silin había terminado los estudios universitarios y había ingresado en la administración de San Petersburgo, pero a los treinta años renunció a su puesto y se dedicó a la agricultura. Su hacienda no iba mal, pero yo tenía la impresión de que no estaba en su lugar y que haría mejor regresando a Petersburgo. Cuando, con la piel atezada, gris de polvo y extenuado por el trabajo, me recibía cerca de la cancela o junto a la entrada y luego, después de la cena, luchaba con el sueño, mientras su mujer lo mandaba a la cama como si fuera un niño, o bien, venciendo sus ganas de dormir, me exponía sus grandes ideas con voz suave y cordial, como suplicante, yo no veía en él a un propietario o un agrónomo, sino a un hombre abrumado, y me parecía evidente que, más que ocuparse de la hacienda, lo que necesitaba era que el día terminara cuanto antes.
       Me agradaba visitarle y en ocasiones pasaba dos o tres días en su propiedad; me agradaba su casa, su parque, su gran huerto de árboles frutales, su río y su filosofía, algo desvaída y ampulosa, pero clara. Probablemente también me agradaba él, aunque no puedo afirmarlo con total seguridad, pues aún no he conseguido aclarar mis sentimientos de entonces. Era un hombre inteligente, bondadoso, afable y sincero, pero recuerdo muy bien que, cuando me confiaba sus secretos íntimos y calificaba de amistad nuestra relación, me causaba una impresión desagradable y me sentía incómodo. En la amistad que me profesaba había algo embarazoso y molesto, y yo hubiera preferido unas buenas relaciones sin más.
       La cuestión es que me gustaba muchísimo su mujer, María Serguéievna. No estaba enamorado de ella, pero me atraían su rostro, sus ojos, su voz, sus andares, y la echaba de menos cuando pasaba mucho tiempo sin verla; en esas ocasiones, no había persona que deleitara más mi imaginación que esa mujer joven, hermosa y elegante. No albergaba ninguna intención concreta con respecto a ella ni me hacía ilusiones, pero, por alguna razón, cada vez que nos quedábamos solos, recordaba que su marido me consideraba amigo suyo, y me sentía incómodo. Cuando tocaba al piano mis composiciones favoritas o me contaba algo interesante, la escuchaba con gusto y al mismo tiempo me venía a la cabeza que ella amaba a su marido, que él era mi amigo y que ella misma me consideraba amigo de su marido; esa circunstancia me ponía de mal humor y me volvía indolente, torpe y reservado.
       —Se aburre usted sin su amigo. Habrá que ir a buscarle al campo.
       Y cuando Dmitri Petróvich llegaba, ella decía:
       —Ya ha llegado su amigo. Alégrese.
       Así pasó un año y medio.
       Un domingo del mes de julio Dmitri Petróvich y yo, a falta de algo mejor que hacer, nos fuimos a la gran aldea de Klúshino con intención de comprar unos aperitivos para la cena. Mientras íbamos de tienda en tienda, el sol se puso y se hizo de noche, una noche que probablemente no olvidaré mientras viva. Tras comprar un queso que parecía jabón y un salchichón duro como una piedra y con olor a alquitrán, nos dirigimos a la taberna para preguntar si tenían cerveza. Nuestro cochero había ido a herrar los caballos y le habíamos dicho que le esperaríamos cerca de la iglesia. Caminábamos, charlábamos, nos reíamos de las compras; un hombre conocido en el distrito con el apodo bastante extraño de Cuarenta Mártires nos seguía en silencio, con su aspecto misterioso de soplón. Ese Cuarenta Mártires no era otro que Gavrila Séverov o simplemente Gabriushka, que durante un tiempo había estado a mi servicio y al que había despedido por su ebriedad. También había trabajado para Dmitri Petróvich, que lo había echado por el mismo pecado. Era un borracho recalcitrante; por lo demás, todo su destino había sido tan titubeante y desordenado como él. Su padre era sacerdote y su madre de familia noble, es decir, que por nacimiento pertenecía a la clase privilegiada, pero cada vez que examinaba su rostro demacrado, obsequioso y siempre sudoroso, su barba rojiza y entrecana, su deplorable chaqueta raída y su camisa roja que llevaba por fuera, no podía encontrar ninguna huella de lo que suele entenderse por distinción. Se consideraba instruido y contaba que había estudiado en el seminario, cuyos cursos no había concluido, pues lo habían expulsado por fumar; después había cantado en el coro del arzobispo y había pasado unos dos años en el monasterio, de donde también lo habían echado, esta vez no por fumar, sino por su «debilidad». Había recorrido a pie dos provincias, había presentado no se sabe qué demandas ante el consistorio y diversas autoridades, había sido juzgado cuatro veces. Tras establecerse por último en nuestro distrito, había sido criado, guardabosques, perrero, guardián de iglesia, se había casado con una cocinera viuda de vida airada y se había empantanado definitivamente en esa existencia de lacayo, adaptándose tan bien a la suciedad y las disputas inherentes a esa condición que ya sólo hablaba de su nacimiento privilegiado con cierta incredulidad, como si se tratara de un mito. En el momento que nos ocupa, iba de un lado para otro, dándoselas de curandero y cazador; su mujer había desaparecido sin dejar rastro.
       Al salir de la taberna nos dirigimos a la iglesia y nos sentamos en el atrio en espera de nuestro cochero. Cuarenta Mártires se detuvo a cierta distancia y se llevó la mano a la boca para toser respetuosamente en ella cuanto fuera menester. Todo estaba ya oscuro. La tarde exhalaba un fuerte olor a humedad y la luna se aprestaba a salir. En el cielo puro, estrellado, sólo había dos nubes, justo encima de nosotros: una grande, otra algo más pequeña; solitarias, como una madre y su hijo, se perseguían por aquella región del horizonte donde se apagaba el ocaso.
       —Un día maravilloso —dijo Dmitri Petróvich.
       —Extraordinario… —convino Cuarenta Mártires y tosió respetuosamente en la mano—. ¿Cómo se le ha ocurrido a usted venir aquí, Dmitri Petróvich? —preguntó con voz insinuante; era evidente que trataba de entablar conversación.
       Dmitri Petróvich no le respondió. Cuarenta Mártires emitió un profundo suspiro y dijo en voz queda, sin mirarnos:
       —Todos mis sufrimientos se deben a una razón por la que tendré que responder ante Dios todopoderoso. Sin duda soy un hombre miserable e inútil, pero se lo digo en conciencia: no tengo un pedazo de pan que llevarme a la boca y vivo peor que un perro… ¡Perdóneme, Dmitri Petróvich!
       Silin no le escuchaba y, con los puños apoyados en el mentón, cavilaba. La iglesia se alzaba en un extremo de la calle, sobre la alta orilla, y a través de los hierros de la verja veíamos el río, los prados inundados de la otra ribera y la luz brillante y purpúrea de una hoguera a cuyo alrededor se movían negras siluetas de hombres y caballos. Más allá de la hoguera se veían otras lucecitas: era una aldehuela… En el lugar estaban cantando.
       En el río y en algún punto del prado se levantaba la niebla. Sus jirones altos y estrechos, densos y blancos como la leche, flotaban sobre el río, ocultando el brillo de las estrellas y pegándose a los sauces. Cambiaban de aspecto sin cesar y tan pronto se abrazaban, como se saludaban o levantaban al cielo los brazos con anchas mangas de pope, como si estuvieran rezando… Probablemente despertaron en Dmitri Petróvich pensamientos de aparecidos y difuntos, porque se volvió hacia mí y me preguntó, con triste sonrisa:
       —Dígame, querido amigo, ¿por qué cuando queremos contar alguna cosa terrible, misteriosa y fantástica no nos referimos al tema de la vida, sino que nos ocupamos inexorablemente del mundo de las apariciones y de las sombras del más allá?
       —Nos parece terrible lo que no comprendemos.
       —Y ¿acaso nuestra vida es comprensible? Dígame: ¿entiende usted mejor la vida que el mundo del más allá?
       Dmitri Petróvich estaba sentado tan cerca de mí que sentía en el cuello su respiración. En el crepúsculo su rostro pálido y delgado parecía aún más descolorido y su oscura barba más negra que el hollín. Tenía una mirada triste, sincera y algo asustadiza, como si se dispusiera a contarme algo espantoso. Me miró a los ojos y continuó con su voz de siempre, como suplicante.
       —Nuestra vida y el mundo del más allá son igualmente incompresibles y terribles. Quien se asusta de las apariciones, debe asustarse también de mí, de esas luces y del cielo, pues todo eso, si se para uno a pensar, no es menos ininteligible y fantástico que los espectros del otro mundo. El príncipe Hamlet no se mataba porque temía que las apariciones pudieran turbar su sueño en la tumba; su famoso monólogo me gusta, pero, para serle sincero, nunca me ha conmovido. Reconozco que a veces, en momentos de angustia, me he representado la hora de mi muerte; mi imaginación creaba por millares las más sombrías apariciones, llegaba a un extremo de exaltación torturadora, hasta la pesadilla, pero le aseguro que nada de eso me parecía más terrible que la realidad. Las apariciones son horribles, ni que decir tiene, pero la vida no lo es menos. Yo, querido amigo, no entiendo la vida y la temo. No sé, quizá sea un hombre enfermo, desequilibrado. Un hombre normal y sano se figura que entiende todo lo que ve y oye, pero yo he perdido esa «certidumbre» y cada día que pasa me dejo envenenar más por el miedo. Existe una enfermedad que consiste en el miedo al espacio; yo, en cambio, tengo miedo a la vida. Cuando me tumbo sobre la hierba y paso largo rato contemplando un insecto nacido la víspera y que no comprende nada, tengo la impresión de que su vida se compone de una sucesión ininterrumpida de terrores y me reconozco en él.
       —¿Qué es lo que teme en particular? —pregunté yo.
       —Todo. No soy una persona muy profunda y me intereso poco por cuestiones como el más allá, el destino de la humanidad y, en general, rara vez me elevo a las alturas celestes. Me asusta sobre todo la rutina de la vida, a la que ninguno de nosotros puede sustraerse. Soy incapaz de discernir lo que hay de verdadero y de falso en mis actos y éstos me atormentan; soy consciente de que las condiciones de la existencia y mi educación me han encerrado en un estrecho círculo de mentira, de que toda mi vida no es otra cosa que una preocupación cotidiana por engañarme a mí mismo y engañar a los otros sin darme cuenta y me asusta el pensamiento de que no me libraré de la mentira hasta la muerte. Hoy hago una cosa y al día siguiente ya no entiendo por qué la he hecho. Cuando trabajaba en Petersburgo, en la administración, fui presa del miedo; luego vine aquí para ocuparme de la agricultura y también soy presa del miedo… Me doy cuenta de que no sabemos casi nada y por eso cada día nos equivocamos, somos injustos, calumniamos, hacemos la vida imposible al prójimo, gastamos todas nuestras energías en bobadas que no necesitamos y nos impiden vivir, y eso me asusta, porque no comprendo su razón. No comprendo a la gente y la temo, amigo mío. Me asusta mirar a los campesinos, no entiendo en virtud de qué supremos fines sufren y para qué viven. Si la vida es regocijo, son superfluos e inútiles; si el fin y el sentido de la vida consisten en la pobreza y una ignorancia absoluta y desesperada, no comprendo para quién y para qué es necesario este tormento. No comprendo nada ni a nadie. Trate de entender, por ejemplo, a este sujeto —dijo, señalando a Cuarenta Mártires—. ¡Inténtelo!
       Al advertir que ambos le mirábamos, Cuarenta Mártires tosió respetuosamente en el puño y dijo:
       —En casa de los buenos amos siempre he sido un servidor fiel, pero la principal causa eran las bebidas espiritosas. Si hoy se apiadaran de este pobre desgraciado y me encontraran una colocación, besaría los iconos. ¡Doy mi palabra!
       El guardián de la iglesia pasó a nuestro lado, nos miró con sorpresa y se puso a tirar de la cuerda de la campana, cuyo sonido lento y prolongado quebró bruscamente el silencio de la noche, dando las diez.
       —¡Ya son las diez! —dijo Dmitri Petróvich—. Es hora de volver. Sí, amigo —suspiró—, no se imagina usted el miedo que siento por los pensamientos banales y cotidianos, que en teoría no deberían despertar ningún temor. Para no pensar me distraigo trabajando y trato de fatigarme para dormir de un tirón. Para los demás tener hijos y esposa es una cosa normal, pero a mí me angustia, amigo.
       Se acarició el rostro con las manos, tosió y se echó a reír.
       —¡Si pudiera explicarle qué papel más estúpido he desempeñado en la vida! —dijo—. Todo el mundo me dice: tiene usted una esposa gentil, unos hijos encantadores y usted mismo es un excelente padre de familia. Piensan que soy muy feliz y me envidian. Pero, ya que hablamos de ello, le confiaré a usted un secreto: mi feliz vida familiar no es más que un triste malentendido y una fuente de temor.
       Una sonrisa forzada afeó su pálido rostro. Me abrazó por la cintura y prosiguió con voz queda:
       —Es usted un buen amigo, tengo confianza en usted y le profeso un afecto sincero. El cielo nos envía la amistad para que podamos revelar los secretos que nos oprimen y librarnos de ellos. Permítame que me aproveche de su amistosa disposición hacia mí y que le cuente toda la verdad. Mi vida familiar, que le parece tan maravillosa, constituye mi principal desdicha y mi principal temor. Me casé de una forma extraña y absurda. Debo confesarle que antes de la boda estaba locamente enamorado de María y que le hice la corte durante dos años. Pedí su mano cinco veces y ella me rechazó porque le resultaba completamente indiferente. La sexta vez, cuando, abrasado de amor, me puse ante ella de rodillas y le pedí su mano como una limosna, aceptó… Me dijo lo siguiente: «No le amo, pero le seré fiel…». Acepté esa condición con entusiasmo. En ese momento entendía lo que esa frase significaba, pero ahora, se lo juro por Dios, no lo entiendo. «No le amo, pero le seré fiel». ¿Qué significa eso? Es bruma, tinieblas… Hoy la amo tanto como el día de nuestra boda y tengo la impresión de que ella siente la misma indiferencia de antes y probablemente se alegra cuando me marcho de casa. No estoy seguro de que me ame, lo ignoro, pero vivimos bajo el mismo techo, nos tuteamos, dormimos juntos, tenemos hijos, bienes comunes… ¿Qué significa eso? ¿Qué sentido tiene? ¿Comprende usted algo, amigo mío? ¡Qué terrible tortura! Como no entiendo nuestras relaciones, tan pronto siento odio por ella como por mí mismo o por los dos; todo se embrolla en mi cabeza, me atormento y me desanimo; además, como hecho a propósito, cada día está más hermosa y fascinante… En mi opinión, tiene unos cabellos maravillosos y sonríe como ninguna otra mujer. La amo y sé que mi amor es desesperado. ¡Un amor desesperado por una mujer con la que ya tengo dos hijos! ¿Cómo es posible entenderlo? ¿No es terrible? ¿Acaso no es algo más terrible que cualquier aparición?
       Dado el estado de ánimo en el que se encontraba, podría haber seguido hablando largo rato, pero por fortuna se oyó la voz del cochero. Llegaron nuestros caballos. Nos subimos al coche y Cuarenta Mártires, quitándose el sombrero, nos ayudó a instalarnos con el aire de alguien que hubiera esperado largo rato la ocasión de tocar nuestras preciadas personas.
       —Dmitri Petróvich, permítame ir a su casa —exclamó, haciendo forzados guiños con los ojos e inclinando la cabeza a un lado—. ¡Tenga piedad! ¡Me muero de hambre!
       —Está bien —dijo Silin—. Ven, pasa allí dos o tres días y luego ya veremos.
       —¡A sus órdenes! —dijo Cuarenta Mártires con alegría—. Iré hoy mismo.
       Hasta la casa había seis verstas. Dmitri Petróvich, satisfecho de haberse explayado por fin con un amigo, me cogió por la cintura durante todo el trayecto y me explicó, ya sin amargura y temor, sino con alegría, que si sus asuntos familiares se arreglaban, regresaría a San Petersburgo y se dedicaría a la ciencia. El impulso que había llevado al campo a tantos jóvenes de talento era lamentable. Había en Rusia mucho trigo y centeno, pero no así personas cultivadas. Era necesario que la juventud sana y dotada se dedicara a las ciencias, a las artes y a la política; actuar de otro modo sería desconsiderado. Encontraba placer en filosofar y expresaba su pesar por tener que separarse de mí al día siguiente, pues tenía que marcharse por la mañana temprano para participar en una venta de madera.
       Yo me sentía incómodo y triste, y tenía la impresión de estarle engañando. Pero al mismo tiempo esa situación me satisfacía. Miraba cómo salía la luna púrpura y enorme y me imaginaba a una mujer rubia, alta y esbelta, de tez blanca, siempre elegante, que exhalaba un perfume peculiar, semejante al almizcle, y, sin saber por qué, me alegraba pensar que no amaba a su marido.
       Al llegar a la casa, nos sentamos a cenar. Mientras María Serguéievna, sonriendo, nos servía nuestras compras, yo pensaba que verdaderamente tenía unos cabellos espléndidos y sonreía como ninguna otra mujer. La seguía con los ojos, deseando adivinar en cada uno de sus movimientos y miradas que no amaba a su marido, y eso era lo que creía ver.
       Dmitri Petróvich no tardó en batallar con el sueño. Después de la cena pasó con nosotros unos diez minutos y dijo:
       —Hagan lo que quieran, señores, pero yo tengo que levantarme mañana a las tres. Permítanme que me retire.
       Besó con ternura a su mujer, me apretó la mano con fuerza y afecto y me hizo prometerle que regresaría sin falta la semana siguiente. Para estar seguro de despertarse, decidió pasar la noche en el pabellón.
       María Serguéievna se iba tarde a la cama, como es costumbre en Petersburgo, y ese día, sin saber bien por qué, tal circunstancia me alegró.
       —Entonces —empecé yo, cuando nos quedamos solos—, ¿va a tener usted la bondad de tocarme algo?
       No tenía ganas de oír música, pero no sabía cómo iniciar la conversación. Se sentó al piano y tocó una pieza, no recuerdo cuál. Yo estaba sentado a su lado, miraba sus manos blancas y rollizas y trataba de leer sus pensamientos en su rostro frío e indiferente. De pronto sonrió y me miró.
       —Se aburre usted sin su amigo —dijo.
       Yo me eché a reír.
       —Para cumplir con los preceptos de la amistad bastaría con aparecer por aquí una vez al mes y yo vengo más de una vez por semana.
       Nada más pronunciar esas palabras, me levanté y me puse a pasear de un extremo a otro de la habitación, presa de una gran agitación. Ella también se puso de pie y se acercó a la chimenea.
       —¿Qué quiere decir con eso? —preguntó, levantando hacia mí sus grandes y límpidos ojos.
       No respondí nada.
       —No ha dicho usted la verdad —continuó, tras reflexionar durante unos minutos—. Usted sólo viene aquí por Dmitri Petróvich. Y me alegro mucho. En nuestros días resulta raro encontrar una amistad como la suya.
       «¡Vaya!», pensé yo y, sin saber qué decir, pregunté:
       —¿Quiere que demos un paseo por el jardín?
       —No.
       Salí a la terraza. Sentía un hormigueo en la cabeza y la emoción me había dejado helado. Estaba convencido de que nuestra conversación sería de lo más insignificante y que no sabríamos decirnos nada especial, pero que esa noche, con la que ni siquiera me atrevía a soñar, se haría realidad. Sería esa noche o nunca.
       —¡Qué tiempo tan maravilloso! —dije en voz alta.
       —A mí eso me da absolutamente lo mismo —fue la respuesta.
       Entré en el salón. María Serguéievna seguía junto a la estufa, con las manos en la espalda, pensativa, y miraba hacia un lado.
       —¿Por qué dice que le da absolutamente igual? —pregunté.
       —Porque me aburro. Usted se aburre a veces sin su amigo, pero yo me aburro siempre. Por lo demás… es algo que a usted no le interesa.
       Me senté al piano y toqué algunos acordes, esperando a que dijera algo.
       —No se ande con ceremonias, por favor —dijo ella, mirándome con enfado, como si estuviera a punto de echarse a llorar de despecho—. Si quiere irse a dormir, hágalo. No piense que por ser amigo de Dmitri Petróvich está obligado a aburrirse con su mujer. No exijo ningún sacrificio. Váyase, por favor.
       Ni que decir tiene que no me fui. Ella salió a la terraza y yo me quede en el salón, hojeando partituras durante unos cinco minutos. Luego salí. Estábamos uno al lado del otro, en la sombra de las cortinas; por debajo de nosotros los peldaños estaban inundados por la luz de la luna. Los árboles extendían sus negras sombras por los parterres de flores y la amarilla arena de las alamedas.
       —Yo también tengo que marcharme mañana —dije.
       —Claro, si mi marido no está en casa, no puede usted quedarse aquí —exclamó con voz burlona—. ¡Me imagino lo desdichado que sería usted si se enamorara de mí! Espere un poco, uno de estos días me arrojaré a su cuello… Sólo para ver con qué horror se aparta usted de mí. Será interesante.
       Sus palabras y su pálido rostro mostraban enfado, pero sus ojos estaban llenos del amor más tierno y apasionado. Yo consideraba ya a esa bella criatura como una propiedad personal y por primera vez reparé en que tenía las cejas doradas, unas cejas maravillosas como nunca había visto antes. La idea de que en ese mismo instante podía atraerla hacia mí, acariciarla, pasar mi mano por sus espléndidos cabellos, me pareció de pronto tan extraordinaria que me eché a reír y cerré los ojos.
       —Bueno, es hora de retirarse…. Que duerma bien —dijo ella.
       —No deseo dormir bien… —comenté entre risas, y la seguí al salón—. Maldeciré está noche si sólo la ocupo en dormir.
       Mientras le apretaba la mano y la acompañaba hasta la puerta, vi en su rostro que me comprendía y que se alegraba de que yo también la comprendiera a ella.
       Fui a mi habitación. En la mesa, junto a mis libros, estaba la gorra de Dmitri Petróvich, y eso me recordó su amistad. Cogí mi bastón y salí al jardín. Estaba levantando la niebla y en torno a los árboles y arbustos, envolviéndolos, vagaban esos mismos espectros altos y delgados que había visto poco antes en el río. ¡Qué pena no poder hablar con ellos!
       En el aire, de una transparencia sin igual, se destacaba con total nitidez cada hoja, cada gota de rocío. Todo eso parecía sonreírme en silencio, como a través de un sueño; al pasar delante de los bancos verdes, recordé las palabras de una obra de Shakespeare: ¡Qué dulce es el sueño del claro de luna en este banco!
       En el jardín había una colina. Subí a ella y me senté. Me dominaba un sentimiento maravilloso. Tenía la certidumbre de que iba a abrazar y estrechar su espléndido cuerpo, besar sus cejas doradas, y trataba de no creerlo y de irritarme, lamentando que me hubiera atormentado tan poco y se hubiera rendido tan deprisa.
       De pronto, de manera inesperada, resonaron unos pasos trabajosos. Un hombre de talla mediana, en el que reconocí al momento a Cuarenta Mártires, apareció en la alameda. Se sentó en un banco y exhaló un profundo suspiro, luego se santiguó tres veces y se tumbó. Al cabo de un minuto se levantó y se tumbó del otro lado. Los mosquitos y la humedad de la noche le impedían dormir.
       —¡Qué vida! —exclamó—. ¡Qué vida tan desdichada y amarga!
       Al mirar su cuerpo delgado y encorvado y escuchar sus profundos y roncos suspiros, recordé otra vida desdichada y amarga de que la que ese día había tenido noticia, y mi estado de felicidad me llenó de miedo y de inquietud. Bajé de la colina y me dirigí a la casa.
       «En opinión de mi amigo, la vida es terrible —pensaba yo—, así que no la trates con ceremonias, doblégala y coge todo lo que puedas arrancarle, antes de que ella te aplaste.»
       María Serguéievna estaba en la terraza. La abracé en silencio y empecé a besar con avidez sus cejas, sus sienes, su cuello…
       En mi habitación me dijo que me amaba desde hacía tiempo, más de un año. Me juró su amor, lloró, me rogó que la llevara conmigo. Yo la conducía a cada momento a la ventana para contemplar su rostro a la luz de la luna, y en esos momentos ella me parecía un hermoso sueño, de modo que me apresuraba a abrazarla con fuerza para creer en su realidad. Hacía mucho que no me embargaban tales arrebatos… Pero de todos modos, en lo más profundo de mi alma, advertía cierto malestar y me sentía incómodo. En su amor por mí había algo turbador y desagradable, como en la amistad de Dmitri Petróvich. Era un gran amor, un amor serio, con lágrimas y juramentos, y yo no quería nada serio, ni lágrimas, ni juramentos, ni pláticas sobre el futuro. Bastaba que esa noche con luna pasara por nuestras vidas como un radiante meteoro.
       A las tres en punto se apartó de mí; mientras yo, apostado en la puerta, la seguía con la mirada, al fondo del pasillo apareció de pronto Dmitri Petróvich. Cuando se cruzó con su marido, ella se estremeció y le dejó pasar, con una expresión de desprecio en el rostro. Él esbozo una extraña sonrisa, tosió y entró en mi habitación.
       —Ayer olvidé aquí mi gorra… —dijo, sin mirarme.
       La encontró, se la puso con ambas manos, luego miró mi rostro turbado, mis zapatillas y dijo con voz alterada, ronca y algo extraña:
       —Por lo visto en mi destino está escrito que no entienda nunca nada. Si entiende usted algo, bueno… Le felicito. La vista se me nubla.
       Y salió tosiendo. Luego vi por la ventana cómo él mismo enganchaba los caballos cerca de la cuadra. Sus manos temblaban, se apresuraba y de vez en cuando contemplaba la casa por encima del hombro; seguramente estaba aterrado. Luego se sentó en el carruaje y con una expresión extraña, como si temiera que lo persiguieran, fustigó a los caballos.
       Al cabo de un rato me marché también yo. Ya había salido el sol y la niebla de la víspera se apretaba indecisa contra los arbustos y las colinas. En el pescante estaba sentado Cuarenta Mártires, que ya había tenido tiempo de beber algo y dejaba escapar razones de borracho.
       —¡Soy un hombre libre! —le gritaba a los caballos—. ¡Sí, preciosos! ¡Procedo de una familia noble, por si queréis saberlo!
       El terror de Dmitri Petróvich, que no se me iba de la cabeza, se apoderó también de mí. Pensaba en lo que había sucedido y no entendía nada. Miré los grajos y encontré extraño y terrible que volasen.
       —¿Por qué lo he hecho? —me preguntaba, desconcertado y desesperado—. ¿Por qué todo ha sucedido precisamente así y no de otra manera? ¿Qué necesidad había de que ella se enamorara de mí con toda su alma y él viniera a mi habitación a buscar su gorra? ¿Y qué hacía allí la gorra?
       Ese mismo día partí para San Petersburgo. Desde entonces, no he vuelto a ver a Dmitri Petróvich y a su esposa. Dicen que siguen viviendo juntos.



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