Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura de la banda de lunares (1892)
(“The Adventure of the Speckled Band”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (febrero 1892);
The Adventures of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1892, 307 págs.)



      Al repasar mis notas sobre los setenta y tantos casos en los que, durante los últimos ocho años, he estudiado los métodos de mi amigo Sherlock Holmes, he encontrado muchos trágicos, algunos cómicos, bastantes simplemente extraños, pero ninguno vulgar, porque, trabajando como él lo hacía, más por amor a su arte que por afán de enriquecerse, se negaba a intervenir en ninguna investigación que no tendiera a lo insólito e incluso a lo fantástico. Sin embargo, entre toda esta variedad de casos, no recuerdo ninguno que presentara características más extraordinarias que el relacionado con los Roylott de Stoke Moran, conocida familia de Surrey. Los hechos en cuestión tuvieron lugar en los primeros tiempos de la asociación con Holmes, cuando compartíamos unas habitaciones de solteros en Baker Street. Posiblemente lo hubiera dado a conocer antes, pero hubo en su momento una promesa de guardar silencio, de la que no me he visto libre hasta el mes pasado, al morir prematuramente la dama a quien se hizo la promesa. Tal vez convenga sacar ahora los acontecimientos a la luz, pues tengo razones para creer que circulan rumores acerca de la muerte del doctor Grimesby Roylott que tienden a hacer el asunto aún más terrible de lo que fue en realidad.
       A principios de abril de 1883, desperté una mañana y me encontré a Sherlock Holmes, completamente vestido, de pie junto a mi cama. Suele levantarse tarde y, como el reloj de la repisa de la chimenea solo marcaba las siete y cuarto, le miré parpadeando con sorpresa, y tal vez con algo de enojo, porque soy persona muy regular en mis hábitos.
       —Lamento despertarle, Watson —me dijo—, pero esta mañana nos ha tocado madrugar a todos. Han despertado a la señora Hudson, ella se ha desquitado conmigo, y yo me desquito con usted.
       —¿Qué ocurre? ¿Hay un incendio?
       —No, hay un cliente. Parece ser que ha llegado una señorita en estado de gran excitación y que insiste en verme. Está esperando en la sala. Ahora bien, cuando jóvenes damiselas recorren la urbe a estas horas de la mañana y arrancan de la cama a personas dormidas, presumo que tienen algo muy apremiante que comunicar. Si resulta ser un caso interesante, estoy seguro de que a usted le gustará seguirlo desde un buen comienzo. Me ha parecido que debía llamarle y ofrecerle esta oportunidad.
       —No me lo perdería por nada del mundo.
       No existía para mí mayor placer que seguir a Holmes en sus investigaciones profesionales y admirar las rápidas deducciones —tan veloces como si fueran intuiciones, pero siempre fundadas en una base lógica— con las que desentrañaba los problemas que se le planteaban. Me vestí a toda prisa, y a los pocos minutos estaba listo para acompañar a mi amigo a la sala. Una dama vestida de negro y con el rostro cubierto por un espeso velo estaba sentada junto a la ventana y se levantó al entrar nosotros.
       —Buenos días, señora —dijo Holmes jovialmente—. Me llamo Sherlock Holmes. Este es mi íntimo amigo y colaborador, el doctor Watson, ante el cual puede hablar con tanta libertad como ante mí mismo. Ajá, me alegra comprobar que la señora Hudson ha tenido la feliz idea de encender la chimenea. Por favor, acérquese al fuego y haré que le traigan una taza de café bien caliente, porque veo que está usted temblando.
       —No es el frío lo que me hace temblar —dijo la mujer en voz baja, mientras cambiaba de asiento como se le proponía.
       —¿Qué es, pues?
       —Es el miedo, señor Holmes. El terror.
       Al hablar, había alzado su velo y pudimos ver que se encontraba efectivamente en un lamentable estado de agitación, con la cara gris y desencajada, y los ojos inquietos y asustados, como los de un animal acorralado. Sus facciones y su figura correspondían a una mujer de treinta años, pero su cabello presentaba prematuras mechas grises, y su expresión denotaba fatiga y ansiedad.
       Sherlock Holmes la recorrió de arriba abajo con una de esas rápidas miradas que parecían abarcarlo todo.
       —No debe tener miedo —dijo en tono consolador, inclinándose hacia delante y dándole unas palmaditas en el brazo—. Pronto lo resolveremos todo. Veo que ha venido usted en tren esta mañana.
       —¿Sabe, pues, quién soy?
       —No, pero veo la mitad de un billete de vuelta en la apertura de su guante izquierdo. Ha salido usted muy temprano, y ha tenido que hacer un largo trayecto en una dog-cart por caminos accidentados, antes de llegar a la estación.
       La dama sufrió un violento sobresalto y miró estupefacta a mi compañero.
       —No hay ningún misterio en esto —le aseguró Holmes, sonriendo—. La manga izquierda de su chaqueta lleva manchas de lodo, y nada menos que en siete puntos. Las marcas están totalmente frescas. Únicamente un carruaje como el que digo lanza el lodo hacia atrás de esa manera, y únicamente si vas sentado a la izquierda del cochero.
       —Sean cuales sean sus razonamientos, ha acertado usted de lleno —dijo ella—. He salido de casa antes de las seis, he llegado a Leatherhead a las seis y veinte y he cogido el primer tren a Waterloo. Señor, ya no puedo soportar más tiempo esta tensión. De seguir así, me volveré loca. Y no tengo a nadie a quien recurrir. Solo hay una persona que se preocupa por mí, y la pobre apenas puede ayudarme. He oído hablar de usted, señor Holmes; he oído hablar de usted a la señora Farintosh, a quien ayudó cuando se encontraba en un gran apuro. Señor, ¿no cree que podría ayudarme a mí también, o al menos arrojar una chispa de luz en las densas tinieblas que me envuelven? En estos momentos me resulta imposible retribuirle por sus servicios, pero me caso dentro de un mes o de seis semanas, podré disponer entonces de mi renta y usted comprobará que no soy desagradecida.
       Holmes se dirigió a su escritorio, lo abrió, sacó un pequeño fichero y empezó a consultarlo.
       —Farintosh —dijo—. Ah, sí, ya recuerdo el caso: giraba en torno a una tiara de ópalos. Creo que fue antes de conocernos, Watson. Solo puedo decirle, señora, que tendré sumo placer en dedicar a su caso la misma atención que dediqué al de su amiga. En cuanto a la retribución, mi trabajo lleva en sí su propia recompensa, pero la dejo en libertad de sufragar los gastos en que yo pueda incurrir cuando a usted mejor le convenga. Y ahora cuéntenos, por favor, cuanto pueda ayudar a que nos formemos una opinión del caso.
       —Por desgracia —replicó nuestra visitante—, lo realmente terrible de mi situación radica en que mis temores son tan inconcretos, y mis sospechas se basan en detalles tan nimios y que a otra persona le parecerían triviales, que incluso el hombre a quien, entre todos los demás, tengo derecho a pedir ayuda y consejo, considera cuanto le cuento fantasías de una mujer desequilibrada. No lo confiesa, pero puedo leerlo en sus respuestas consoladoras y en el modo de esquivar mi mirada. Sin embargo, he oído, señor Holmes, que usted es capaz de penetrar en los más ocultos repliegues del corazón humano, y tal vez pueda indicarme cómo avanzar entre los peligros que me amenazan.
       —La escucho atentamente.
       —Me llamo Helen Stoner y vivo con mi padrastro, último descendiente de una de las familias sajonas más antiguas de Inglaterra, los Roylott de Stoke Moran, límite occidental de Surrey.
       Holmes asintió.
       —El nombre me resulta familiar —dijo.
       —En otro tiempo, la familia era de las más ricas de Inglaterra, y sus propiedades se extendían más allá de los límites de Berkshire por el norte y de Hampshire por el oeste. Sin embargo, hubo en el siglo pasado cuatro herederos sucesivos de carácter disoluto y derrochador, y un ludópata completó, en tiempos de la Regencia, la ruina familiar. No se salvó nada, salvo unas pocas hectáreas de terreno y la casa, que tiene doscientos años y sobre la que pesa una fuerte hipoteca. Allí pasó su existencia el último señor, arrastrando la vida miserable de un mendigo aristócrata, pero su único hijo, mi padrastro, comprendiendo que debía adaptarse a la nueva situación, logró con el préstamo de un pariente estudiar medicina, y emigró a Calcuta, donde, gracias a su capacidad profesional y a la fuerza de su carácter, consiguió una nutrida clientela. No obstante, en un arrebato de furia incontrolable, provocado por una serie de robos que se habían producido en su casa, azotó hasta la muerte a un mayordomo indígena, y se libró por los pelos de la pena capital. Tuvo que cumplir una larga condena, al cabo de la cual regresó a Inglaterra convertido en un hombre huraño y sin ilusiones.
       »Durante su estancia en la India, el doctor Roylott se había casado con mi madre, la señora Stoner, joven viuda del general Stoner de la Artillería de Bengala. Mi hermana Julia y yo éramos gemelas y solo teníamos dos años cuando nuestra madre se volvió a casar. Ella disponía de un capital considerable, no menos de mil libras al año, y se lo cedió por entero al doctor Roylott mientras viviésemos con él, estipulando que cada una de nosotras recibiría cierta suma anual en caso de contraer matrimonio. Mi madre falleció poco después de nuestra llegada a Inglaterra, hace ahora ocho años, en un accidente ferroviario cerca de Crewe. A su muerte, el doctor Roylott abandonó la intención de establecerse como médico en Londres y nos llevó a vivir con él a la vieja mansión ancestral de Stoke Moran. El dinero que había dejado mi madre bastaba para cubrir todas nuestras necesidades, y no parecía existir obstáculo a nuestra felicidad.
       »Pero, aproximadamente por aquella época, nuestro padrastro experimentó un cambio terrible. Lejos de trabar amistades e intercambiar visitas con nuestros vecinos, que al principio estaban encantados de tener a un Roylott de Stoke Moran instalado de nuevo en la vieja mansión familiar, se encerró dentro de la casa y no salía casi nunca, salvo para enzarzarse en furiosas disputas con el primero que se cruzaba en su camino. El temperamento violento, rayano en lo patológico, parece ser hereditario en los varones de la familia y, en el caso de mi padrastro, creo que se intensificó a consecuencia de su prolongada estancia en el trópico. Provocó varios incidentes bochornosos, dos de los cuales terminaron en la comisaría, y acabó por convertirse en el terror del pueblo, de quien todos huían al verlo acercarse, porque tiene una fuerza extraordinaria y pierde el control cuando se enfurece.
       »La semana pasada arrojó al herrero del pueblo al río por encima de un parapeto, y únicamente a base de pagar todo el dinero que pude reunir logré evitar otro escándalo. No tiene un solo amigo, a excepción de los gitanos vagabundos, a quienes permite acampar en las pocas hectáreas cubiertas de zarzas que constituyen la finca familiar, aceptando a cambio la hospitalidad de sus tiendas y marchándose a veces con ellos durante semanas. También le apasionan los animales de la India, que le envía un representante de las colonias, y en la actualidad posee un guepardo y un babuino, que deambulan en libertad por sus tierras y que inspiran casi tanto temor a los aldeanos como su dueño.
       »Por todo esto que le cuento, ya puede usted imaginar que mi pobre hermana Julia y yo no llevábamos una vida demasiado agradable. Ningún criado quería servir en nuestra casa, y durante largo tiempo hicimos nosotras las tareas domésticas. Cuando ella murió, no había cumplido todavía treinta años, y, sin embargo, su cabello ya empezaba a encanecer igual que el mío.
       —¿Su hermana ha muerto, pues?
       —Murió hace dos años, y es de su muerte de lo que vengo a hablarle. Comprenderá que, llevando la vida que he descrito, pocas posibilidades teníamos de conocer a gente de nuestra edad y condición. Sin embargo, había una tía, la hermana soltera de mi madre, la señorita Honoria Westphail, que vive cerca de Harrow, a la que de vez en cuando se nos permitía hacer breves visitas. Julia fue a su casa por Navidad hace dos años y allí conoció a un comandante de Infantería de Marina retirado, con el que se prometió en matrimonio. Mi padrastro se enteró del compromiso cuando regresó mi hermana, y no puso la menor objeción. Pero dos semanas antes de la fecha fijada para la ceremonia, tuvo lugar el terrible suceso que me privó de la que había sido mi única compañera.
       Sherlock Holmes había permanecido recostado en su butaca, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el cojín, pero ahora entreabrió los párpados y miró de frente a nuestra visitante.
       —Le agradeceré que sea precisa en los detalles —dijo.
       —Me resultará muy fácil, porque todos los acontecimientos de aquel espantoso período han quedado grabados a fuego en mi memoria. Como ya he dicho, la mansión familiar es muy vieja, y actualmente solo un ala está habitada. Los dormitorios de esta ala se encuentran en la planta baja, y las salas en el bloque central del edificio. El primer dormitorio es el del doctor Roylott, el segundo es el de mi hermana y el tercero el mío. No están comunicados entre sí, pero dan al mismo pasillo. ¿Me sigue usted?
       —Perfectamente.
       —Las ventanas de las tres alcobas dan al jardín. La noche fatídica, el doctor Roylott se había retirado pronto, aunque sabíamos que no se había acostado, porque a mi hermana le molestó el fuerte olor de los cigarros indios que él tiene la costumbre de fumar. Por ese motivo, mi hermana dejó su habitación y vino a la mía, donde permaneció bastante rato, hablándome de su inminente boda. A las once se levantó para marcharse, pero, ya en la puerta, se detuvo y se volvió a mirarme.
       »—Dime, Helen, ¿has oído silbar a alguien en plena noche? —me preguntó.
       »—Nunca —le respondí.
       »—¿No podrías ser tú, que silbas mientras duermes?
       »—Claro que no. ¿Por qué?
       »—Porque estas últimas noches he oído, hacia las tres de la madrugada, un silbido tenue pero claro. Tengo el sueño ligero y me despierta cada vez. No podría decir de dónde procede. Tal vez del aposento contiguo o tal vez del jardín. Se me ha ocurrido preguntarte si tú también lo has oído.
       »—No, no lo he oído. Deben ser esos dichosos gitanos que acampanan en la finca.
       »—Probablemente. Sin embargo, si procede del jardín me extraña que tú no lo hayas oído también.
       »—Tengo el sueño más pesado que tú.
       »—Bueno, de todos modos carece de importancia.
       »Me dirigió una sonrisa, cerró la puerta y unos segundos después oí girar la llave en su cerradura.
       —Caramba —dijo Holmes—. ¿Tenían siempre la costumbre de cerrar su puerta con llave por las noches?
       —Siempre.
       —¿Y por qué?
       —Creo haber mencionado que el doctor tenía en libertad un guepardo y un babuino. No nos sentíamos seguras si la puerta no estaba cerrada con llave.
       —Comprendo. Por favor, prosiga su relato.
       —Aquella noche no pude dormir. Tenía la vaga sensación de que nos amenazaba una desgracia. Como recordará, mi hermana y yo éramos gemelas, y ya sabe cuán sutiles son los lazos que vinculan a dos almas tan estrechamente unidas. Fue una noche de perros. El viento aullaba en el exterior, y la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas. De pronto, entre el estruendo de la tormenta se oyó el grito desgarrador de una mujer aterrorizada. Reconocí la voz de mi hermana. Salté de la cama, me envolví en un chal y corrí al pasillo. Al abrir la puerta me pareció oír un silbido como el que había descrito ella, y pocos segundos después un sonido vibrante, como si hubiera caído un objeto de metal. Mientras yo corría por el pasillo, la puerta del cuarto de mi hermana, que ya no estaba cerrada con llave, giró lentamente sobre sus goznes, y la miré horrorizada sin saber qué iba a salir por ella. A la luz de la lámpara del pasillo, vi aparecer a mi hermana en el umbral, con la cara lívida de espanto y las manos extendidas en petición de ayuda, tambaleándose como si estuviera borracha. Corrí hacia ella y la rodeé con mis brazos, pero en aquel preciso instante parecieron ceder sus rodillas y cayó desplomada. Se retorcía en el suelo como presa de horribles dolores y agitaba convulsivamente las extremidades. Al principio, creí que no me había reconocido, pero, cuando me incliné sobre ella, gritó de pronto, con una voz que jamás olvidaré: «¡Dios mío, Helen! ¡Ha sido la banda! ¡La banda de lunares!». Intentó añadir algo más y extendió el dedo en dirección al dormitorio del doctor, pero fue víctima de una nueva convulsión que sofocó sus palabras. Yo eché a correr llamando a gritos a nuestro padrastro, y me tropecé con él, que salía apresuradamente de su alcoba, en bata. Cuando llegamos junto a mi hermana, ya estaba inconsciente, y aunque él le vertió brandy en la boca y mandó llamar al médico del pueblo, todos los esfuerzos fueron vanos, porque se fue apagando poco a poco y murió sin recuperar la conciencia. Este fue el espantoso final de mi querida hermana.
       —Un momento —dijo Holmes—. ¿Está segura de lo del silbido y el ruido metálico? ¿Podría jurarlo?
       —Lo mismo me preguntó el juez del condado durante la investigación. Estoy convencida de que sí los oí, pero, entre el fragor de la tormenta y los crujidos de una vieja mansión, cabe que me haya equivocado.
       —¿Estaba vestida su hermana?
       —No, iba en camisón. En la mano derecha se le encontró el extremo chamuscado de una cerilla y en la izquierda una caja de fósforos.
       —Lo cual demuestra que encendió una cerilla y miró alrededor cuando se produjo la alarma. Eso es importante. ¿Y a qué conclusiones llegó el juez?
       —Investigó el caso minuciosamente, porque la conducta del doctor Roylott daba mucho que hablar desde hacía tiempo en el condado, pero no descubrió la causa de la muerte. Mi testimonio indicaba que su puerta estaba cerrada por dentro, y las ventanas tenían postigos antiguos, con barras de hierro que se atrancaban cada noche. Se examinaron con cuidado las paredes y se comprobó que eran macizas, y lo mismo se hizo con el suelo con idéntico resultado. La chimenea es bastante amplia, pero queda bloqueada por cuatro gruesos barrotes. Así pues, no cabe duda de que mi hermana se encontraba sola cuando le llegó la muerte. Además, no presentaba señales de violencia.
       —¿Y un veneno?
       —Los médicos investigaron esta posibilidad, pero sin resultado.
       —¿De qué cree usted, pues, que murió la desdichada joven?
       —Estoy convencida de que murió pura y simplemente de miedo o de un choque nervioso, aunque no logro explicarme qué lo provocó.
       —¿Había gitanos acampados en la finca en aquellos momentos?
       —Sí, casi siempre los hay.
       —Ya. ¿Y qué le sugirió a usted la alusión a una banda, a una banda de lunares?
       —A veces he pensado que se trataba de un delirio carente de sentido; otras, que debía referirse a una banda de gente, tal vez a los gitanos. No sé si los pañuelos de lunares que suelen llevar en la cabeza le podrían haber inspirado tan extraña expresión.
       Holmes meneó la cabeza como quien no se da por satisfecho.
       —Nos movemos en aguas muy profundas —observó—. Por favor, prosiga su narración.
       —Desde entonces han transcurrido dos años y, hasta muy recientemente, mi vida ha sido más solitaria que nunca. Pero hace un mes, un amigo muy querido, al que conozco desde siempre, me hizo el honor de pedir mi mano. Se llama Armitage, Percy Armitage, segundo hijo del señor Armitage, de Crane Water, cerca de Reading. Mi padrastro no ha puesto inconvenientes al matrimonio, y pensamos casarnos en primavera. Hace dos días se han iniciado unas reparaciones en el ala oeste del edificio y ha habido que perforar la pared de mi cuarto, por lo cual me he tenido que trasladar a la habitación donde murió mi hermana y dormir en la misma cama donde ella dormía. Imagine mi espanto cuando la pasada noche, mientras yacía despierta pensando en su horrible final, oí de pronto en medio del silencio aquel tenue silbido que había anunciado su muerte. Salté de la cama y encendí la lámpara, pero no vi nada anormal en la alcoba. Estaba demasiado nerviosa para volver a acostarme. Me vestí y, en cuanto amaneció, me lancé a la calle, alquilé un coche en la posada Crown, que está enfrente de casa, y me dirigí a Leatherhead, desde donde he llegado aquí esta mañana con el único objetivo de verle y pedirle consejo.
       —Ha hecho usted muy bien —dijo mi amigo—. Pero ¿me lo ha contado todo?
       —Sí, todo.
       —No, señorita Stoner, no lo ha hecho. Está encubriendo a su padrastro.
       —¿Cómo? ¿A qué se refiere?
       Por toda respuesta, Holmes apartó el puño de encaje negro que rodeaba la mano que nuestra visitante apoyaba en la rodilla. Cinco pequeños moratones, las marcas de cuatro dedos más el pulgar, habían quedado impresas en la blanca muñeca.
       —Ha sido usted objeto de malos tratos —dijo Holmes.
       La dama se sonrojó intensamente y se cubrió la lastimada muñeca.
       —Es un hombre duro —dijo—, y seguramente no es capaz de medir su fuerza.
       Siguió un largo silencio, durante el cual Holmes apoyó el mentón en las manos y permaneció con la mirada fija en el fuego que chisporroteaba en la chimenea.
       —Se trata de un asunto complicado —dijo por fin—. Hay mil detalles que me gustaría conocer antes de decidir nuestro plan de acción. Pero no tenemos momento que perder. Si fuésemos hoy mismo a Stoke Moran, ¿sería posible ver estas habitaciones sin que se enterase su padrastro?
       —Precisamente dijo que tenía que venir hoy a Londres para un asunto importante. Es probable que esté ausente todo el día y que nadie les moleste. Tenemos una sirvienta, pero es vieja y tonta, y me será fácil deshacerme de ella.
       —Perfecto. ¿Tiene algún inconveniente en hacer este viaje, Watson?
       —En absoluto.
       —En tal caso, iremos los dos. Y usted, señorita, ¿qué piensa hacer?
       —Ya que estoy en Londres, hay un par de cosillas que me gustaría hacer. Pero regresaré en el tren de las doce, para estar allí cuando ustedes lleguen.
       —Puede esperarnos a primera hora de la tarde. Yo también tengo un par de asuntillos que atender. ¿No quiere quedarse a desayunar?
       —No, tengo que irme. Me siento más aliviada desde que le he confiado a usted mi problema. Espero que volvamos a vernos esta tarde.
       Dejó caer el tupido velo negro sobre su rostro y se deslizó fuera de la sala.
       —¿Qué opina usted de todo esto, Watson? —me preguntó Holmes arrellanándose en su butaca.
       —Me parece un asunto de lo más turbio y siniestro.
       —Muy turbio y muy siniestro.
       —Sin embargo, si la muchacha está en lo cierto al afirmar que las paredes y el suelo son sólidos, y que la puerta, la ventana y la chimenea son infranqueables, no cabe duda de que su hermana tenía que estar sola cuando encontró la muerte de modo tan misterioso.
       —¿Y qué me dice, pues, de los silbidos nocturnos, y de las extrañas palabras que profirió la moribunda?
       —No sé qué pensar.
       —Si combinamos los silbidos en mitad de la noche, la presencia de una tribu de gitanos que cuentan con la amistad de ese viejo doctor, el hecho de que tenemos sobradas razones para creer que el doctor está muy interesado en impedir el matrimonio de su hijastra, la alusión a una banda por parte de la moribunda, y el golpe metálico que oyó la señorita Helen Stoner, que pudo ser producido por una de las barras de metal que cierran los postigos al ocupar de nuevo su sitio, me parece que disponemos de una buena base para poder aclarar el misterio siguiendo esas directrices.
       —Pero ¿qué pintan en la historia los gitanos?
       —No tengo la menor idea.
       —Encuentro muchas objeciones a esta teoría.
       —Yo también. Precisamente por esta razón iremos hoy a Stoke Moran. Quiero comprobar si las objeciones son concluyentes o si se les puede encontrar una explicación. Pero ¿qué demonios significa esto?
       Esta exclamación de mi compañero obedecía al hecho de que nuestra puerta se había abierto de golpe y había aparecido en el umbral un hombre gigantesco. Sus ropas eran una curiosa combinación de indumentaria profesional y campesina: llevaba una chistera negra, una levita con faldones y unas polainas altas, y hacía oscilar en la mano una fusta. Era tan alto que su sombrero rozaba el montante de la puerta, y tan ancho que la llenaba de lado a lado. Su rostro amplio, surcado por mil arrugas, quemado por el sol hasta adquirir un matiz amarillento, y marcado por todo tipo de pasiones malignas, se volvía de uno a otro de nosotros, mientras sus ojos hundidos y vidriosos, y su nariz larga y descarnada, le daban cierto singular parecido con una vieja y feroz ave de presa.
       —¿Cuál de ustedes dos es Holmes? —preguntó la aparición.
       —Así me llamo, caballero. Pero ahora me lleva usted ventaja —respondió mi compañero sin perder la calma.
       —Soy el doctor Grimesby Roylott, de Stoke Moran.
       —Ah, ya —dijo Holmes amablemente—. Por favor, tome asiento, doctor.
       —No tengo intención de hacerlo. Mi hijastra ha estado aquí. La he seguido. ¿Qué le ha contado?
       —Hace un poco de frío para esta época del año —dijo Holmes.
       —¿Qué le ha contado? —gritó el viejo, enfurecido.
       —Sin embargo, he oído que la cosecha de azafrán se presenta bien —prosiguió mi amigo, imperturbable.
       —¡Ja! Conque no quiere hacerme caso, ¿eh? —dijo nuestro nuevo visitante, avanzando un paso y esgrimiendo el látigo—. Le conozco, granuja. He oído hablar de usted. Es Holmes, el entrometido.
       Mi amigo sonrió.
       —¡Holmes, el metomentodo!
       La sonrisa se ensanchó.
       —¡Holmes, el correveidile de Scotland Yard!
       Holmes se echó a reír.
       —Su conversación es muy amena —dijo—. Cuando se vaya, cierre bien la puerta, porque hay cierta corriente de aire.
       —Me iré cuando haya dicho lo que tengo que decir. No se atreva a meter la nariz en mis asuntos. Me consta que la señorita Stoner ha estado aquí. ¡La he seguido! ¡Soy un hombre peligroso para quienes se interponen en mi camino! ¡Mire!
       Dio un rápido paso hacia delante, cogió el atizador de la chimenea y lo dobló en dos con sus enormes manazas morenas.
       —¡Procure mantenerse fuera de mi camino! —rugió.
       Y, arrojando el hierro doblado a la chimenea, salió de la habitación a grandes zancadas.
       —Parece un personaje muy agradable —dijo Holmes, echándose a reír—. Yo no tengo su corpulencia pero, si se hubiera quedado un poco más, habría tenido ocasión de demostrarle que mis manos no son mucho más débiles que las suyas.
       Mientras hablaba, recogió el atizador y, con un súbito esfuerzo, volvió a enderezarlo.
       —¡Pensar que ha tenido la insolencia de tomarme por un detective de la policía! —siguió diciendo—. No obstante, este incidente añade cierto sabor a la investigación, y lo único que me preocupa es que nuestra amiguita sufra las consecuencias de dejar imprudentemente que este bruto la siguiera. Y ahora, Watson, pediremos el desayuno, y después daré un paseo hasta el archivo de Doctors’ Commons, donde espero conseguir algunos datos que nos ayuden en nuestra tarea.

       Era casi la una cuando Sherlock Holmes regresó de su expedición. Traía en la mano una hoja de papel azul, llena de notas y de cifras.
       —He examinado el testamento de la difunta esposa —dijo—. Para determinar el valor exacto, me he visto obligado a averiguar el valor actual de las inversiones que allí figuran. La renta total, que al morir ella casi alcanzaba las mil cien libras, en la actualidad, debido al descenso de los valores agrícolas, no pasa de las setecientas cincuenta. Cada hija puede reclamar, en caso de contraer matrimonio, unos ingresos de doscientas cincuenta. Es evidente, por lo tanto, que, si las dos se hubieran casado, a este fantoche le hubiera quedado una miseria; y solo que se casara una supondría ya una merma importante. El trabajo de esta mañana no ha sido inútil, pues queda demostrado que el tipo tiene motivos poderosos para tratar de impedir que tal cosa ocurra. Y ahora, Watson, teniendo en cuenta que el viejo ya sabe que nos interesamos por sus asuntos, la cuestión es demasiado grave para permitirse demoras. De modo que, si está usted dispuesto, vamos a llamar un coche para que nos lleve a Waterloo. Le agradecería mucho que se metiera el revólver en el bolsillo. Un Eley Dos es un argumento excelente para tratar con caballeros capaces de hacer nudos con un atizador de hierro. Esto y un cepillo de dientes es cuanto necesitamos.
       En Waterloo tuvimos la suerte de pillar enseguida un tren a Leatherhead; allí alquilamos un coche en la fonda de la estación y recorrimos cuatro o cinco millas por los encantadores caminos de Surrey. Era un día espléndido, con un sol radiante y unas pocas nubes algodonosas en el cielo. Los árboles y los setos echaban los primeros brotes y el aire olía agradablemente a tierra mojada. Existía, al menos para mí, un extraño contraste entre la dulce promesa de la primavera y la siniestra investigación en la que nos habíamos implicado. Mi compañero, sentado en la parte delantera del carruaje, con los brazos cruzados, el sombrero calado hasta las cejas y la barbilla hundida en el pecho, se había sumido en profundas meditaciones. Pero de pronto se enderezó, me dio un golpe en el hombro y señaló hacia los prados.
       —¡Mire! —exclamó.
       Un parque con muchos árboles se desplegaba suavemente por una colina y en el punto más alto se convertía en una densa arboleda. Entre las ramas asomaban los gabletes grises y el alto tejado de una mansión muy antigua.
       —¿Stoke Moran? —preguntó Holmes al cochero.
       —Sí, señor. Es la casa del doctor Grimesby Roylott.
       —Veo que están haciendo obras —dijo Holmes—. Nosotros vamos allí.
       —El pueblo está en aquella dirección —explicó el cochero, señalando un grupo de tejados que se veía a la izquierda, a cierta distancia—, pero, si quieren ir ustedes a la casa del doctor, les resultará más corto saltar esta cerca y seguir a pie el sendero entre los campos.
       —Y la señora, imagino, es la señorita Stoner —comentó Holmes, haciendo visera con la mano—. Sí, será mejor que hagamos lo que usted dice.
       Bajamos del coche, pagamos el viaje y el vehículo regresó traqueteando a Leatherhead.
       —He creído conveniente —dijo Holmes, mientras trasponíamos la cerca— que el cochero creyera que veníamos aquí como arquitectos o para un encargo concreto. Tal vez esto evite chismorreos. Buenas tardes, señorita Stoner —siguió diciendo, al ver que nuestra cliente salía a nuestro encuentro con la alegría reflejada en el rostro—. Ya ve que hemos cumplido la palabra dada.
       —Les esperaba con ansiedad —exclamó la muchacha, estrechándonos calurosamente las manos—. Todo ha salido perfecto. El doctor Roylott se ha ido a Londres y no es probable que regrese antes del anochecer.
       —Hemos tenido el placer de conocer al doctor —dijo Holmes, y le resumió en pocas palabras lo ocurrido.
       La señorita Stoner palideció intensamente.
       —¡Cielo santo! —gritó—. ¡Me ha seguido!
       —Eso parece.
       —Es tan astuto que nunca sé cuándo estoy a salvo de él. ¿Qué dirá al regresar?
       —Más le valdrá andarse con cuidado, porque puede encontrarse con que alguien más astuto que él le está siguiendo la pista. En cuanto a usted, tendrá que encerrarse con llave esta noche. Si se pone violento, la llevaremos a casa de su tía de Harrow. Y ahora tenemos que aprovechar todo lo posible el tiempo, y le ruego que, por favor, nos lleve cuanto antes a las habitaciones que debemos examinar.
       El edificio era de piedra gris manchada de liquen, con un bloque central más alto y dos alas que se curvaban, como las pinzas de un cangrejo, a ambos lados. En una de las alas, las ventanas estaban rotas y tapiadas con tablones de madera, y parte del tejado se había hundido, lo cual le daba un aspecto ruinoso. El bloque central estaba algo mejor conservado. El ala derecha era relativamente moderna, y las cortinas de las ventanas, junto a las volutas de humo azulado que brotaban de las chimeneas, indicaban a las claras que era allí donde residía la familia. A un extremo habían levantado andamios y abierto boquetes en el muro, pero en aquel momento no se veía ni rastro de operarios. Holmes anduvo lentamente de un lado a otro del césped mal cortado y examinó con atención la parte exterior de las ventanas.
       —Supongo que esta corresponde a la habitación donde usted dormía, la del centro a la de su difunta hermana, y la que linda con el bloque principal a la del doctor Roylott.
       —Exactamente. Pero ahora yo duermo en la del centro.
       —Mientras duren las reformas, según tengo entendido. Por cierto, no parece que hubiera una necesidad urgente de reparar esta parte del muro.
       —Ninguna. Creo que fue una excusa para sacarme de mi habitación.
       —¡Ah, esto sugiere muchas cosas! Veamos. Por la parte de atrás queda el pasillo al que dan las tres habitaciones. Supongo que también tendrá ventanas.
       —Sí, pero muy pequeñas. Demasiado para que pueda pasar nadie por ellas.
       —Puesto que ustedes dos cerraban sus puertas con llave por la noche, el acceso a sus habitaciones por este lado era imposible. Ahora, ¿tendrá usted la bondad de ir a su habitación y cerrar bien los postigos de la ventana?
       La señorita Stoner hizo lo que se le pedía, y Holmes, tras examinar atentamente la ventana abierta, intentó por todos los medios, pero sin éxito, abrir los postigos. No había rendija alguna por donde introducir un cuchillo y levantar la barra de hierro. A continuación examinó con la lupa las bisagras, pero eran de hierro macizo y estaban sólidamente empotradas en la recia pared de albañilería.
       —¡Hum! —dijo, rascándose la barbilla con cierta expresión de perplejidad—. Desde luego, mi teoría presenta algunas dificultades. Nadie podría franquear estos postigos cerrados. Veamos si el interior proyecta alguna luz sobre el misterio.
       Entramos, por una puertecita lateral, en el pasillo encalado al que se abrían los tres dormitorios. Holmes se negó a examinar la tercera habitación, y pasamos directamente a la segunda, donde ahora dormía la señorita Stoner y donde su hermana había encontrado la muerte. Era un cuartito íntimo y acogedor, de techo bajo y con una amplia chimenea de estilo rural. En un extremo había una cómoda de color castaño, en otro una cama estrecha con colcha blanca, y a la izquierda de la ventana, una mesa tocador. Esto, más dos sillitas de mimbre, constituía todo el mobiliario, aparte de una alfombra cuadrada de Wilton que cubría el centro. El suelo y las paredes eran de madera de roble, oscura y carcomida, tan vieja y desgastada que debía de remontarse a la construcción original del edificio. Holmes arrimó una de las sillas al rincón y se sentó en silencio, mientras sus ojos se desplazaban de un lado a otro, y de arriba abajo, captando todos los detalles.
       —¿Con dónde comunica esta campanilla? —preguntó finalmente, indicando un grueso cordón que colgaba junto a la cama y cuya borla llegaba hasta la almohada.
       —Con la habitación de la sirvienta.
       —Parece más nueva que el resto.
       —Sí, la instalaron hace solo dos años.
       —Supongo que a petición de su hermana.
       —No. Que yo sepa nunca la utilizó. Si necesitábamos algo, íbamos a buscarlo nosotras mismas.
       —Parece, pues, innecesario colocar aquí un cordón tan bonito. Ahora tendrán que disculparme unos minutos mientras examino el suelo como es debido.
       Se tumbó boca abajo, lupa en mano, y se desplazó veloz de un lado a otro, examinando atentamente las rendijas del entarimado. Después hizo lo mismo con las tablas de madera que cubrían las paredes de la habitación. Por último se acercó a la cama y permaneció un rato contemplándola fijamente y recorriendo la pared con la mirada. Para terminar, cogió el cordón de la campanilla y le dio un fuerte tirón.
       —¡Pero si es simulado! —exclamó.
       —¿No suena?
       —No, ni siquiera va unido a un alambre. Eso es muy interesante. Observen que está sujeto a un gancho, justo encima del orificio de ventilación.
       —¡Qué absurdo! ¡Nunca me había dado cuenta!
       —Sí es muy extraño —murmuró Holmes, tirando de nuevo del cordón—. Hay en esta habitación uno o dos detalles muy curiosos. Por ejemplo: el constructor tenía que ser muy estúpido para abrir un orificio de ventilación que da a otro cuarto, cuando hubiera podido, con el mismo trabajo, abrirlo al exterior.
       —Esta obra también es bastante moderna —dijo la muchacha.
       —¿Más o menos de la misma época que la falsa campanilla? —aventuró Holmes.
       —Sí, por aquel entonces se hicieron varias pequeñas reformas.
       —Y parecen sumamente interesantes: cordones de campanilla sin campanilla y orificios de ventilación que no ventilan nada. Con su permiso, señorita Stoner, proseguiremos nuestras investigaciones en la siguiente habitación.
       El dormitorio del doctor Grimesby Roylott era mayor que el de su hijastra, pero el mobiliario era igualmente escueto. Una cama turca, una pequeña estantería de madera llena de libros, en su mayoría de carácter técnico, una butaca junto a la cama, una sencilla silla de madera arrimada a la pared, una mesa redonda y una gran caja fuerte de hierro eran los objetos principales. Holmes recorrió despacio la habitación y lo examinó todo con el más vivo interés.
       —¿Qué hay aquí? —preguntó, golpeando con los nudillos la caja fuerte.
       —Papeles de negocios de mi padrastro.
       —¿O sea que usted ha visto el interior de la caja?
       —Solo una vez, hace años. Recuerdo que estaba llena de papeles.
       —¿Y no habría, por ejemplo, un gato?
       —No. ¡Vaya ocurrencia!
       —Pues fíjese en esto.
       Holmes señaló un platito de leche que había encima de la caja.
       —No, no tenemos gato. Pero sí hay un guepardo y un babuino.
       —¡Ah, sí, claro! Bueno, un guepardo no es, a fin de cuentas, otra cosa que un gato grande, pero me atrevería a decir que un platito de leche no bastaría ni de lejos para satisfacer sus necesidades. Hay algo que quiero comprobar.
       Se agachó ante la silla de madera y examinó con la mayor atención su asiento.
       —Gracias. Eso queda aclarado —dijo, mientras se levantaba y se metía la lupa en el bolsillo—. ¡Vaya! ¡Aquí veo algo interesante!
       El objeto que había llamado la atención de Holmes era un pequeño látigo que colgaba a un extremo de la cabecera de la cama. Había sido atado formando un lazo corredizo.
       —¿Qué le sugiere esto, Watson?
       —Es un látigo común y corriente. Aunque no sé por qué lo han atado de ese modo.
       —Eso no es tan corriente, ¿verdad? ¡Válgame Dios! Vivimos en un mundo malvado, y que un hombre inteligente dedique su talento al crimen lo hace aún peor. Creo que ya he visto lo suficiente, señorita Stoner, y con su permiso saldremos a dar una vuelta por el jardín.
       Jamás había visto a mi amigo con el rostro tan sombrío y el ceño tan fruncido como cuando abandonamos el escenario de la investigación. Habíamos recorrido ya varias veces el jardín de arriba abajo, sin que ni la señorita Stoner ni yo nos atreviéramos a interrumpir el curso de sus pensamientos, cuando Holmes salió por fin de su ensimismamiento.
       —Es absolutamente esencial, señorita Stoner —dijo—, que siga usted mis instrucciones al pie de la letra, y punto a punto.
       —Le aseguro que así lo haré.
       —La situación es demasiado grave para permitirse vacilaciones. Su vida depende de que haga cuanto yo le diga.
       —Repito que me pongo en sus manos.
       —Para empezar, mi amigo y yo tendremos que pasar la noche en su habitación.
       Ambos le miramos estupefactos.
       —Sí, es imprescindible. Dejen que les explique. Aquello que veo allí es la posada del pueblo, ¿no?
       —Sí, el Crown.
       —Muy bien. ¿Se ven desde el Crown las ventanas de su dormitorio?
       —Desde luego.
       —Debe retirarse usted a su habitación, pretextando un dolor de cabeza, en cuanto regrese su padrastro. Y, cuando oiga que él también se mete en la suya, tiene que abrir la ventana, colocar allí la lámpara que nos sirva a nosotros de señal y trasladarse a continuación, con todo lo que pueda necesitar, a la habitación que ocupaba antes. Estoy seguro de que, pese a las obras, podrá arreglárselas para pasar allí la noche.
       —Oh, sí, sin el menor problema.
       —Deje el resto en nuestras manos.
       —Pero ¿qué van a hacer ustedes?
       —Pasaremos la noche en su habitación e investigaremos la causa de ese sonido que la ha estado importunando.
       —Me parece, señor Holmes, que ya ha llegado usted a una conclusión —dijo la señorita Stoner, apoyando una mano en el brazo de mi compañero.
       —Tal vez sí.
       —Entonces, dígame, por el amor de Dios, cuál fue la causa de la muerte de mi hermana.
       —Antes de hablar, prefiero disponer de pruebas más concluyentes.
       —Podrá decirme al menos si mi opinión es acertada y si murió a causa de un susto repentino.
       —No, yo no lo creo así. Pienso que existió una causa más tangible. Y ahora, señorita Stoner, tenemos que dejarla, porque, si regresara el doctor Roylott y nos viera, nuestro viaje habría sido en balde. Adiós, y tenga valor. Haga lo que le he dicho y puede estar segura de que no tardaremos en ahuyentar los peligros que la amenazan.
       Sherlock Holmes y yo no tuvimos dificultad en alquilar un dormitorio con sala de estar en el Crown. Las habitaciones quedaban en la planta superior y desde nuestra ventana teníamos una espléndida visión del camino de entrada y del ala deshabitada de la mansión de Stoke Moran. Al atardecer, vimos pasar en coche al doctor Grimesby Roylott, su gigantesca figura destacando junto al menudo muchacho que conducía el vehículo. Este muchacho tuvo cierta dificultad para abrir la pesada puerta de hierro, y oímos el áspero rugido del doctor y vimos la furia con que agitaba los puños cerrados en gesto amenazador. El coche siguió adelante y, poco después, vimos brillar de pronto una luz entre los árboles, lo cual indicaba que habían encendido la lámpara en uno de los salones.
       —Debo confesarle, Watson —dijo Holmes, mientras permanecíamos sentados en la oscuridad—, que siento ciertos escrúpulos al llevarle conmigo esta noche. Existe un peligro evidente.
       —¿Puedo serle de ayuda?
       —Su presencia puede ser decisiva.
       —En tal caso, le acompañaré sin duda alguna.
       —Es muy amable por su parte.
       —Habla usted de peligro. Es obvio que ha visto en estas habitaciones algo que yo no he sido capaz de ver.
       —No es eso, pero supongo que habré deducido algunas cosas que usted no ha sido capaz de deducir. Porque, en cuanto a ver, habrá visto lo mismo que yo.
       —No he visto nada especial, salvo el cordón de la campanilla, y confieso que su finalidad se me escapa por completo.
       —¿Vio también el orificio de ventilación?
       —Sí, pero no me parece tan insólito que exista una pequeña apertura entre dos habitaciones. Era tan pequeño que ni siquiera una rata podría pasar por él.
       —Yo sabía que encontraríamos un orificio así antes incluso de venir a Stoke Moran.
       —¡Pero, Holmes, por favor!
       —Oh, sí, sí lo sabía. Recuerde que la muchacha nos contó que su hermana pudo oler el cigarro del doctor Roylott. Eso significaba, sin lugar a dudas, que debía existir una comunicación entre ambas habitaciones. Y tenía que ser muy pequeña, pues de lo contrario habrían reparado en ella durante la investigación judicial. Deduje, pues, que se trataba de un orificio de ventilación.
       —Pero ¿qué tiene eso de malo?
       —Existe, por lo menos, una curiosa coincidencia de fechas. Se abre un orificio, se cuelga un cordón y fallece una muchacha que dormía en la cama. ¿No le parece chocante?
       —Aún no veo ninguna relación.
       —¿No observó un detalle muy curioso en aquella cama?
       —No.
       —Estaba clavada al suelo. ¿Había visto alguna vez una cama sujeta de este modo?
       —Debo confesar que no.
       —La señorita Stoner no podía mover su cama. De este modo, tenía que mantener siempre la misma posición respecto al orificio de ventilación y al cordón, y podemos darle ya este nombre, puesto que nunca se pretendió, evidentemente, dotarlo de una campanilla.
       —¡Holmes! —grité—. Me parece que empiezo a vislumbrar lo que usted me insinúa. ¡Tenemos el tiempo justo para impedir un crimen tan ingenioso como horrible!
       —Muy ingenioso y muy horrible. Cuando un médico se descarría, es el peor de los asesinos. Cuenta con la sangre fría y con los conocimientos. Palmer y Pritchard figuraban en la cumbre de su profesión. Este hombre va todavía más lejos, pero creo, Watson, que nosotros podemos ir más lejos que él. Sin embargo, ya asistiremos a suficientes horrores antes de que termine la noche. Ahora, por amor de Dios, fumemos una pipa en paz y dediquemos durante una hora el cerebro a ocupaciones más agradables.
       A eso de las nueve, se apagó la luz que brillaba entre los árboles y todo quedó a oscuras en la mansión de Stoke Moran. Transcurrieron lentamente dos horas y de pronto, al dar las once, se encendió, justamente delante de nosotros, una luz aislada y brillante.
       —Es nuestra señal —dijo Holmes, levantándose de un salto—. Procede de la ventana central.
       Al salir, intercambió unas frases con el mesonero para explicarle que íbamos a visitar a un conocido y que, dado lo avanzado de la hora, era posible que pasáramos la noche en su casa. Un momento después avanzábamos por el oscuro camino, con el viento helado golpeándonos el rostro y una lucecita amarilla parpadeando ante nosotros en las tinieblas para guiamos en nuestra tétrica incursión.
       No tuvimos dificultad para entrar en la finca, porque la vieja tapia del parque estaba derruida en varios puntos. Nos abrimos paso entre los árboles, llegamos al jardín, lo cruzamos y nos disponíamos a entrar por la ventana, cuando salió disparado desde un macizo de laureles algo parecido a un niño deforme y feísimo, que saltó sobre la hierba con sus extremidades retorcidas y corrió veloz por el jardín hasta perderse en las sombras.
       —¡Dios mío! —susurré—. ¿Ha visto esto?
       Por un momento, Holmes pareció tan sorprendido como yo. Presa de excitación, oprimió con su mano mi muñeca. Después lanzó una risita queda y aproximó los labios a mi oído.
       —Resulta una familia encantadora —murmuró—. Esto era el babuino.
       Yo había olvidado los extravagantes animales de compañía que poseía el doctor. Había también un guepardo, que podía saltarnos a la garganta en cualquier momento. Confieso que me sentí más tranquilo cuando, tras seguir el ejemplo de Holmes y quitarme los zapatos, me encontré en el interior de la alcoba. Mi compañero cerró sigilosamente los postigos, colocó la lámpara encima de la mesa y recorrió con la mirada la habitación. Todo seguía como lo habíamos visto de día. Se aproximó en silencio hacia mí y, haciendo trompetilla con una mano, volvió a susurrarme al oído, en voz tan baja que a duras penas conseguí entender las palabras:
       —El más leve ruido sería fatal para nuestros planes.
       Asentí con la cabeza para indicar que le había oído.
       —Tenemos que apagar la luz. La vería a través del orificio de ventilación.
       Asentí de nuevo.
       —No se duerma. Su vida puede depender de ello. Tenga la pistola a punto por si la necesitamos. Yo me sentaré al borde de la cama y usted en aquella silla.
       Saqué mi revólver y lo deposité en una esquina de la mesa.
       Holmes había traído un bastón largo y delgado, que colocó en la cama a su lado. Puso también allí la caja de fósforos y un cabo de vela. Después apagó la lámpara y quedamos sumidos en la oscuridad.
       ¿Cómo olvidar jamás aquella angustiosa vigilia? No se oía ruido alguno, ni siquiera el rumor de una respiración, pero yo sabía que a pocos pasos de mí se encontraba mi compañero, sentado con los ojos bien abiertos y tan excitado como yo. Los postigos no dejaban pasar ni un rayo de luz, y esperábamos en la oscuridad más absoluta. De vez en cuando llegaba del exterior el grito de un ave nocturna, y en cierta ocasión oímos, justo al lado de nuestra ventana, un prolongado gemido gatuno, indicador de que, efectivamente, el guepardo rondaba en libertad. Cada cuarto de hora oíamos a lo lejos las solemnes campanadas del reloj de la iglesia. ¡Cuán largos parecían aquellos cuartos de hora! Dieron las doce, la una, las dos, las tres, y nosotros seguíamos sentados allí en silencio, a la espera de lo que pudiera suceder.
       De pronto se produjo un momentáneo resplandor en dirección al orificio de ventilación, que se apagó de inmediato. Siguió un fuerte olor a aceite quemado y a metal caliente. Alguien había encendido una linterna sorda en la habitación contigua. Oí el suave rumor de un movimiento y luego todo quedó de nuevo en silencio, aunque el olor se hizo más penetrante. Permanecimos otra media hora con los oídos aguzados. De repente sonó otro sonido…, un sonido muy suave y acariciante, como el de un chorrito de vapor al escapar de la tetera. En el preciso instante que lo oímos, Holmes saltó de la cama, encendió una cerilla y golpeó enérgicamente con su bastón el cordón de la campanilla.
       —¿La ve, Watson? —gritó—. ¿La ve?
       Pero yo no veía nada. En el momento en que Holmes encendió la luz, oí un silbido suave y claro, pero el repentino resplandor hizo que a mis ojos deslumbrados les resultara imposible distinguir qué era lo que mi amigo golpeaba con tanta saña. Pude percibir, no obstante, que su rostro, pálido como el de un muerto, mostraba una expresión de horror y repugnancia.
       Había dejado de dar golpes y levantaba la mirada hacia el edificio de ventilación, cuando de pronto quebró el silencio de la noche el alarido más espantoso que he oído jamás, que fue adquiriendo más y más fuerza. Era un ronco aullido aterrador, donde se aunaban dolor, miedo y furia. Dijeron luego que en el pueblo, e incluso en la lejana rectoría, arrancó a los durmientes de sus camas. A nosotros nos heló la sangre en las venas. Yo me quedé mirando a Holmes, y él a mí, hasta que los últimos ecos se extinguieron en el silencio del que habían surgido.
       —¿Qué puede significar esto? —balbuceé.
       —Significa que todo ha concluido —respondió Holmes—. Y tal vez, a fin de cuentas, sea lo mejor que podía ocurrir. Coja su pistola y entremos en la habitación del doctor Roylott.
       Con rostro grave, encendió la lámpara y salió al pasillo. Llamó dos veces a la puerta de la alcoba contigua sin recibir respuesta del interior. Entonces hizo girar el picaporte y entramos los dos, yo pegado a sus talones y con la pistola amartillada en la mano.
       Una escena extraordinaria se ofreció a nuestros ojos. Una linterna sorda que había encima de la mesa con la pantalla a medio abrir arrojaba un brillante rayo de luz sobre la caja fuerte, cuya puerta estaba entreabierta. Junto a esta mesa, en la silla de madera, estaba sentado el doctor Grimesby Roylott, vestido con una larga bata gris, bajo la cual asomaban los tobillos desnudos y los pies enfundados en unas babuchas rojas. Tenía en el regazo el corto látigo que habíamos visto el día anterior, aquel curioso látigo con un lazo en el extremo. El doctor tenía la barbilla apuntando hacia arriba y los ojos fijos, con una mirada terriblemente rígida, en el techo. Llevaba alrededor de la frente una curiosa banda amarilla con lunares pardos, que parecía atada fuertemente a la cabeza. Al entrar nosotros, no hizo ningún movimiento ni emitió sonido alguno.
       —¡La banda! ¡La banda de lunares! —musitó Holmes.
       Dio un paso hacia delante. Al instante, el extraño tocado empezó a moverse, se desenroscó, y se alzó entre los cabellos la cabeza achatada y romboidal y el abultado cuello de una horrible serpiente.
       —¡Es la víbora de los pantanos! —exclamó Holmes. La serpiente más mortífera de la India. Este hombre ha muerto a los diez segundos de recibir su mordedura. ¡Cuán cierto es que la violencia se abate sobre los violentos y que el intrigante acaba por caer en la trampa que ha dispuesto para otros! Devolvamos este bicho a su madriguera, y después podremos llevar a la señorita Stoner a un lugar más seguro e informar a la policía del condado de lo sucedido.
       Mientras decía estas palabras, cogió con rapidez el látigo del regazo del hombre muerto, deslizó el lazo por el cuello del reptil, lo arrancó de su macabra percha y, con el brazo bien extendido, lo arrojó a la caja fuerte, que cerró a continuación.
       Tales son los hechos verídicos que concurrieron en la muerte del doctor Grimesby Roylott de Stoke Moran. No es preciso que alargue un relato, ya de por sí muy extenso, explicando cómo comunicamos la triste noticia a la asustada joven, cómo la remitimos en el tren de la mañana a los cuidados de su bondadosa tía de Harrow o cómo el lento proceso de la investigación judicial llegó a la conclusión de que el doctor había encontrado la muerte mientras jugaba imprudentemente con uno de sus peligrosos animales de compañía. Lo poco que todavía me quedaba por saber del caso me lo refirió Sherlock Holmes al día siguiente, durante nuestro viaje de regreso.
       —Yo había llegado a una conclusión totalmente errónea —me dijo—. Lo cual demuestra, querido Watson, que siempre es peligroso extraer deducciones a partir de datos insuficientes. La presencia de los gitanos y el empleo de la palabra «banda de lunares», que la infeliz muchacha utilizó sin duda para referirse a lo que había visto fugazmente a la luz de la cerilla, bastaron para ponerme en una pista enteramente falsa. El único mérito que puedo atribuirme es haber reconsiderado de inmediato mi postura cuando se hizo evidente que, pese a todo, el peligro que amenazaba al ocupante de la habitación, fuera el que fuera, no podía introducirse por la ventana ni por la puerta. Como ya le he comentado, me llamaron enseguida la atención el orificio de ventilación y el cordón que colgaba encima de la cama. Al descubrir que este último carecía de campanilla, y que la cama estaba clavada al suelo, empecé a sospechar que el cordón podía servir de puente para algo que entrara por el orificio y llegara hasta la cama. Pensé al instante en una serpiente y, como sabíamos que el doctor disponía de algunos animales procedentes de la India, presentí que me encontraba en la buena pista. La idea de emplear un veneno que los análisis químicos no pudieran detectar parecía propia de un hombre inteligente y despiadado, experto en cuestiones orientales. Muy sagaz tendría que ser el juez de instrucción para descubrir los dos pinchacitos que indicaban el lugar donde habían penetrado los colmillos venenosos. A continuación pensé en el silbido. Por supuesto, el asesino tenía que hacer regresar a la serpiente antes de que la víctima pudiera verla a la luz del día. Probablemente la tenía adiestrada, con ayuda del platito de leche que vimos, para que el bicho acudiera al recibir su llamada. La pasaba por el orificio cuando le parecía conveniente, en la seguridad de que bajaría por la cuerda y alcanzaría el lecho. Podía morder a la durmiente o no morderla, y es posible que la muchacha se librase durante todas las noches de una semana, pero antes o después recibiría la mordedura fatal.
       »Había llegado ya a estas conclusiones antes incluso de entrar en la habitación del doctor. Al examinar su silla, comprobé que este tenía la costumbre de ponerse de pie sobre ella: evidentemente tenía que hacerlo para alcanzar el orificio. La caja fuerte, el plato de leche y el látigo con el lazo a un extremo bastaron para disipar las pocas dudas que podían quedarme. El golpe metálico que oyó la señorita Stoner lo produjo el padrastro al cerrar apresuradamente la caja fuerte, tras introducir en su interior al terrible inquilino Una vez formada mi opinión, ya conoce usted las medidas que adopté para ponerla a prueba. Oí el silbido del animal, como si duda lo oyó usted también, y al momento encendí la luz y la emprendí a golpes con él.
       —Con el resultado de que volvió a meterse en el orificio de ventilación.
       —Y con el resultado también de que, ya al otro lado, se revolvió contra su amo. Algunos golpes de mi bastón habían dado en el blanco, y la serpiente debía estar de tan mal humor que atacó a la primera persona que se le puso por delante. No cabe duda de que soy indirectamente responsable de la muerte del doctor Grimesby Roylott, pero confieso que es poco probable que mi conciencia se sienta abrumada por ello.



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