Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura del carbunclo azul (1892)
(“The Adventure of the Blue Carbuncle”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (enero 1892);
The Adventures of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1892, 307 págs.)



      La segunda mañana después de Navidad, pasé a visitar a mi amigo Sherlock Holmes, con la intención de transmitirle, como es propio de estas fechas, mis felicitaciones. Lo encontré tumbado en el sofá, con un batín morado, un estante de pipas a su derecha y un montón de arrugados periódicos, evidentemente recién revisados, al alcance de la mano. Junto al sofá había una silla de madera, y del ángulo del respaldo colgaba un sombrero de fieltro ajado y mugriento, gastado por el uso y roto en varios puntos. Una lupa y unas pinzas depositadas en el asiento indicaban que el sombrero había sido colgado allí con el fin de examinarlo.
       —Está usted ocupado —dije—. ¿Le interrumpo?
       —En absoluto. Me encanta disponer de un amigo con quien comentar mis conclusiones. Se trata de un caso absolutamente trivial —me dijo, señalando con el pulgar el viejo sombrero—. Pero algunos puntos relacionados con él no carecen totalmente de interés e incluso son instructivos.
       Me senté en su butaca y me calenté las manos ante el fuego de la chimenea, pues había caído una fuerte nevada y en las ventanas se acumulaba una buena capa de hielo.
       —Supongo —observé— que, a pesar de su aspecto inofensivo, este objeto guarda relación con alguna historia macabra… O tal vez sea la clave que le guiará a la solución de un misterio y al castigo de un crimen.
       —No, no. Nada de crímenes —dijo Sherlock Holmes, echándose a reír—. Solo uno de estos caprichosos incidentes que suelen ocurrir cuando tenemos a cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan denso, toda combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir múltiples problemillas extraños y sorprendentes, sin que tengan nada de delictivo. Hemos conocido otras experiencias de este tipo.
       —Ya lo creo —asentí—. Hasta el punto de que, entre los seis últimos casos que he sumado a mis archivos, tres están completamente exentos de delito en el aspecto legal.
       —Exacto. Usted se refiere a mi intento de recuperar la fotografía de Irene Adler, al insólito caso de la señorita Mary Sutherland y a la aventura del hombre del labio torcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenece a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el recadero?
       —Sí.
       —Este trofeo le pertenece.
       —Es su sombrero.
       —No, no. Lo encontró. Su propietario nos es desconocido. Le ruego no lo mire como un sombrero desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, cómo llegó a nuestras manos. Fue la mañana de Navidad, en compañía de un ganso bien cebado que, no me cabe duda, se está dorando en estos momentos en el horno de los Peterson. He aquí los hechos. Hacia las cuatro de la madrugada del día de Navidad, Peterson, que como sabe es un tipo muy honrado, regresaba de una fiestecilla camino de su casa por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas, vio a un hombre alto que caminaba ante él, con paso vacilante y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street, se produjo un altercado entre este desconocido y un grupito de alborotadores. Uno de estos le arrancó de un golpe el sombrero; él enarboló su bastón para defenderse y, al hacerlo girar sobre su cabeza, rompió el cristal del escaparate que tenía detrás. Peterson se acercaba corriendo para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el escaparate, y al ver que una persona de uniforme y aspecto severo se precipitaba hacia él, echó a correr y se desvaneció en el laberinto de callejuelas que hay detrás de Tottenham Court Road. También los alborotadores huyeron al aparecer Peterson, de modo que este quedó dueño del campo de batalla, y también del botín de guerra, consistente en este maltrecho sombrero y en un impecable ejemplar de ganso navideño.
       —Que seguramente devolvió a su dueño.
       —Amigo mío, ahí radica el problema. Cierto que una tarjetita atada a la pata izquierda del ave decía: «Para la señora de Henry Baker», y también es cierto que en el forro del sombrero figuran las iniciales «H. B.», pero en nuestra ciudad existen miles de Bakers y cientos de Henry Baker, y no resulta fácil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.
       —¿Qué hizo, pues, Peterson?
       —La misma mañana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, porque sabe que incluso los problemas insignificantes tienen interés para mí. Hemos guardado el ganso hasta esta mañana, cuando, a pesar de la helada, ha empezado a presentar síntomas de que sería mejor comérselo sin demora alguna. Así pues, el hombre que lo encontró se lo ha llevado para que cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo conservando el sombrero del caballero desconocido que se quedó sin cena de Nochebuena.
       —¿Y este no ha puesto ningún anuncio?
       —No.
       —¿Qué pistas tiene usted para establecer su identidad?
       —Solo lo que podamos deducir.
       —¿A partir de su sombrero?
       —Exactamente.
       —Usted bromea. ¿Qué podrá deducir de un viejo fieltro maltrecho?
       —Aquí tiene mi lupa. Ya conoce mis métodos. ¿Qué puede deducir usted respecto a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?
       Tomé el pingajo en mis manos y le di con desgana un par de vueltas. Era un simple sombrero negro de copa redondeada, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero había perdido casi por completo el color. No llevaba el nombre del fabricante, pero, como había dicho Holmes, se leía grabadas a un lado las iniciales «H. B.». En el ala había unas presillas para una goma que lo sujetara, pero esta faltaba. Por lo demás, estaba roto, polvoriento y cubierto de manchas, aunque parecía que habían intentado disimular algunas partes cubriéndolas de tinta.
       —No veo nada —dije, mientras le devolvía el sombrero a mi amigo.
       —Al contrario, Watson. Usted lo ve todo. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es demasiado tímido a la hora de sacar deducciones.
       —Entonces dígame, por favor, qué deduce usted a partir de este sombrero.
       Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire introspectivo tan característico en él.
       —Quizá podría haber resultado más sugerente —dijo—, pero aun así hay algunas deducciones muy claras, y otras que presentan por lo menos un alto grado de probabilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de buen nivel intelectual, y también que hasta hace menos de tres años gozaba de una posición acomodada, aunque en la actualidad atraviese malos momentos. Era un individuo previsor, pero ahora lo es menos, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que sufre alguna influencia maligna, probablemente la bebida. Esto explicaría también el hecho evidente de que su esposa ha dejado de amarle.
       —Pero ¡Holmes, por favor!
       —Sin embargo, todavía conserva cierto grado de amor propio —continuó, sin hacer caso de mis protestas—. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco de casa, se encuentra en mala forma física; un hombre de edad madura y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica una loción de lima. Esos son los datos más evidentes que se deducen del sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente improbable que disponga de gas en su casa.
       —Desde luego, usted está bromeando, Holmes.
       —En absoluto. ¿Es posible que ni siquiera ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted capaz de ver cómo los he obtenido?
       —Sin duda soy un estúpido —dije—, pero me confieso incapaz de seguir su razonamiento. Por ejemplo, ¿de dónde saca que es un hombre de buen nivel intelectual?
       A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubría la frente y le quedaba apoyado en el puente de la nariz.
       —Cuestión de capacidad cúbica —dijo—. Un hombre con un cerebro tan grande debe de tener algo dentro.
       —¿Y su declive económico?
       —Este sombrero tiene tres años. Fue entonces cuando se pusieron de moda estas alas planas y curvadas por el borde. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en el ribete de seda y en la excelente tela del forro. Si este hombre podía permitirse adquirir un sombrero tan caro hace tres años y desde entonces no ha tenido otro, es indudable que ha sufrido un revés de fortuna.
       —Bueno, sí, claro. ¿Y lo de que era previsor, y lo de la regresión moral?
       Sherlock Holmes se echó a reír.
       —Aquí tiene la previsión —dijo, señalando con el dedo las presillas para la goma que debía sujetar el sombrero—. Ningún sombrero se vende con esto. Que nuestro hombre lo hiciera poner denota cierto nivel de previsión, pues se tomó la molestia de precaverse contra el viento. Pero, como vemos que desde entonces se ha perdido la goma y no la ha sustituido por otra, esto demuestra a las claras que su carácter se ha debilitado. Por otra parte, ha intentado disimular las manchas cubriéndolas de tinta, señal de que no ha perdido por completo el amor propio.
       —Desde luego, es un razonamiento plausible.
       —Los otros detalles, como la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y la loción, se advierten examinando con cuidado la parte interior del forro. La lupa revela multitud de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Están pegajosas y despiden un inconfundible olor a lima. Observe que el polvo no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado entre cuatro paredes la mayor parte del tiempo, y las manchas del interior son una prueba palpable de que el propietario suda abundantemente, y, por lo tanto, no es probable que se encuentre en buena forma física.
       —Dice usted que su esposa ha dejado de amarle…
       —Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acumulado en el sombrero y su mujer le haya dejado salir en semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su amante esposa.
       —Pero podría tratarse de un hombre soltero.
       —No, porque llevaba el ganso a casa como ofrenda de paz a su mujer. Recuerde la tarjeta atada a la pata.
       —Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en la casa?
       —Una mancha de cera, o incluso dos, pueden ser fruto de la casualidad, pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que ese individuo está en frecuente contacto con cera ardiendo. Probablemente sube todas las noches la escalera con el sombrero en una mano y una vela goteante en la otra. Está claro que el gas no produce manchas de cera. ¿Satisfecho?
       —Bueno, todo esto me parece muy ingenioso —dije, echándome a reír—. Pero, puesto que no se ha cometido ningún delito, como antes dijimos, y no se ha producido ningún daño, a excepción de la pérdida de un ganso, me parece un despilfarro de energías.
       Sherlock Holmes había abierto la boca para responder, cuando la puerta se abrió de golpe y entró Peterson, el recadero, con las mejillas encendidas y una expresión de enorme asombro en el rostro.
       —¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! —dijo jadeando.
       —¡Vaya! ¿Qué pasa con el ganso? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina? —preguntó Holmes, enderezándose en el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.
       —¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! —exclamó Peterson.
       Extendió la mano y mostró en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrante, menor que una alubia, pero tan pura y radiante que centelleaba como un foco en la oscura cavidad de la mano. Sherlock Holmes lanzó un silbido.
       —¡Por Júpiter, Peterson! —exclamó, mientras se sentaba en el sofá—. ¡A eso le llamo yo encontrar un tesoro! ¿Supongo que sabe lo que tiene en la mano?
       —¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera mantequilla!
       —Es algo más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.
       —¿No se referirá al carbunclo azul de la condesa de Morcar? —exclamé yo.
       —Exactamente. No podría dejar de reconocer su tamaño y su forma después de haber leído el anuncio en el Times tantos días seguidos. Es una piedra absolutamente única, y sobre su valor solo cabe hacer conjeturas, aunque, desde luego, la recompensa que se ofrece por ella, mil libras esterlinas, no llega ni a la vigésima parte de su precio en el mercado.
       —¡Mil libras! ¡Santo Dios misericordioso! —gritó el recadero, mientras se desplomaba en una silla y nos miraba alternativamente al uno y al otro.
       —Esa es la recompensa, y tengo razones para creer que existe un trasfondo de consideraciones sentimentales que harían que la condesa se desprendiera de la mitad de su fortuna con tal de recuperar esta piedra.
       —Si no recuerdo mal, desapareció en el hotel Cosmopolitan —comenté.
       —Exactamente. El 22 de diciembre, hace cinco días. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustraído del joyero de la dama. Las pruebas contra él eran tan abrumadoras que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que por aquí tengo la noticia.
       Rebuscó entre los periódicos, consultando las fechas, hasta que eligió uno, lo dobló y leyó el siguiente párrafo:

    Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de veintiséis años, fontanero, ha sido detenido bajo la acusación de sustraer el 22 de los corrientes, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa gema conocida como el carbunclo azul. James Ryder, jefe de servicios del hotel, declaró que el día del robo había conducido a Horner al vestidor de la condesa de Morcar para que soldara el segundo barrote de la chimenea, que estaba suelto. Permaneció un rato junto a él, pero después tuvo que ausentarse. Al regresar, comprobó que Horner había desaparecido, que el escritorio había sido forzado y que el estuche de tafilete donde, según se supo luego, la condesa solía guardar la joya, yacía, vacío, sobre el tocador. Ryder dio la alarma al instante, y Hormer fue detenido aquella misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. Catherine Cusack, doncella de la condesa, declaró haber oído el grito de espanto que profirió Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitación, donde se encontró ante la situación descrita por el anterior testigo. El inspector Bradstreet, de la División B, confirmó la detención de Horner, que se había resistido violentamente y había declarado su inocencia en los términos más enérgicos. Al existir constancia de que el detenido había sufrido una condena anterior por robo, el juez se negó a tratar sumariamente el caso y lo remitió al tribunal del condado. Horner, que había dado muestras de intensa emoción durante las diligencias, se desmayó al oír la decisión del magistrado y tuvo que ser sacado de la sala.

       —¡Hum! Hasta aquí ha llegado la policía —dijo Holmes, meditabundo—. Ahora nos incumbe a nosotros desentrañar la cadena de acontecimientos que va desde un joyero desvalijado, a un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, al otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de pronto una dimensión mucho más importante y menos inocente. Aquí tenemos la piedra preciosa; la piedra procede del ganso, y el ganso procede del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y el resto de características con las que le he estado aburriendo. Por consiguiente, tendremos que ponernos en serio a la tarea de localizar a este caballero y establecer qué papel ha desempeñado en este pequeño misterio. Empezaremos por el método más sencillo, que consiste, sin lugar a dudas, en poner un anuncio en todos los periódicos vespertinos. Si esto falla, recurriremos a otros medios.
       —¿Qué dirá en el anuncio?
       —Deme un lápiz y esta hoja de papel. Veamos: «Se ha encontrado un ganso y un sombrero de fieltro negro en una esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede recuperarlos si acude esta tarde a las 6.30 al 221 B de Baker Street». Claro y conciso.
       —Mucho, pero ¿verá él el anuncio?
       —Seguro que hojea los periódicos porque, para un hombre pobre, se trata de una pérdida importante. Se asustó tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que solo pensó en huir, pero más tarde debió arrepentirse del impulso que le hizo soltar el ave. Y al incluir su nombre nos aseguramos de que lo lea, porque alguien que le conozca se lo dirá. Aquí lo tiene, Peterson, vaya enseguida a la agencia y que lo inserten en los periódicos de la tarde.
       —¿En cuáles, señor?
       —Pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, el Saint James, el Evening News, el Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.
       —De acuerdo, señor. ¿Y la piedra?
       —Ah, yo guardaré el carbunclo. Muchas gracias. Otra cosa, Peterson. En el camino de vuelta compre un ganso y déjelo aquí, pues tendremos que darle uno a ese caballero a cambio del que se está comiendo ahora su familia.
       Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó el carbunclo azul y lo miró al trasluz.
       —¡Es precioso! —dijo—. Vea cómo brilla y centellea. Por supuesto, es núcleo y foco de delitos, al igual que todas las piedras preciosas. Son el cebo favorito del diablo. En las gemas más grandes y antiguas cabe decir que cada faceta equivale a un crimen sangriento. Esta aún no tiene veinte años. La encontraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y presenta la particularidad de poseer todas las características del carbunclo, salvo que su tonalidad es azul en lugar de roja como la del rubí. A pesar de su juventud, cuenta ya con un siniestro historial. Ha dado lugar a dos asesinatos, un ataque con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce quilates de carbón cristalizado. ¿Quién imaginaría que un juguete tan bonito pueda ser un proveedor de clientes para el patíbulo y para la prisión? Voy a guardarlo en mi caja fuerte y a escribirle unas líneas a la condesa para comunicarle que lo tenemos en nuestro poder.
       —¿Cree usted que el tal Horner es inocente?
       —No me atrevería a asegurarlo.
       —¿Cree, pues, que el otro, Henry Baker, tuvo algo que ver en el asunto?
       —Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no tuviera la menor idea de que el ganso que transportaba valía mucho más que si hubiera sido de oro macizo. Sin embargo, si recibimos respuesta a nuestro anuncio, lo comprobaremos mediante una prueba muy sencilla.
       —¿Y hasta entonces no se puede hacer nada?
       —Nada.
       —En tal caso, yo continuaré mi ronda profesional. Pero volveré esta tarde a la hora indicada, porque me gustaría presenciar la solución de un asunto tan enmarañado.
       —Estaré encantado de verle. Ceno a las siete y creo que hay becada. En vista de los recientes acontecimientos, quizá deba decirle a la señora Hudson que examine cuidadosamente el buche.
       Me entretuve con un paciente, y eran más de las seis y media cuando me encontré de nuevo en Baker Street. Al acercarme a la casa de Holmes, vi a un hombre alto con boina escocesa y chaqueta abotonada hasta la barbilla que aguardaba en el brillante semicírculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, se abrió la puerta y nos hicieron pasar juntos a las habitaciones de Holmes.
       —El señor Henry Baker, supongo —dijo Holmes, levantándose de su butaca y saludando al visitante con la espontánea jovialidad que tan bien sabía asumir—. Por favor, siéntese aquí junto al fuego, señor Baker. La noche es fría, y observo que su circulación sanguínea se adapta mejor al verano que al invierno. Ah, Watson, llega usted en el momento oportuno. ¿Es suyo este sombrero, señor Baker?
       —Sí, señor. Es, sin lugar a dudas, mi sombrero.
       Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro ancho e inteligente, rematado por una barbita puntiaguda de color castaño canoso. Un toque de color en la nariz y en las mejillas, junto a un ligero temblor en la mano que mantenía extendida, me recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. Llevaba la levita, negra y raída, abotonada hasta arriba, con el cuello alzado, y las flacas muñecas surgían de unas mangas en las que no se advertían signos de puños o camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo con esmero las palabras, y daba la impresión de ser un hombre culto e instruido, maltratado por la fortuna.
       —Hemos guardado estas cosas varios días —dijo Holmes—, porque esperábamos ver en la prensa un anuncio suyo, comunicándonos su dirección. No entiendo por qué no lo ha puesto.
       Nuestro visitante emitió una risita avergonzada.
       —No ando tan sobrado de chelines como en otros tiempos —dijo—. Estaba convencido de que la pandilla de maleantes que me asaltó se había llevado mi sombrero y mi ganso. Y no estaba dispuesto a gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.
       —Es muy natural. A propósito, en lo que se refiere al ganso, nos vimos obligados a comérnoslo.
       —¡A comérselo!
       Nuestro visitante estaba tan excitado que casi saltó de la silla.
       —Sí. De no hacerlo, no habría sido de provecho para nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay encima del aparador, que pesa más o menos lo mismo y está perfectamente fresco, servirá igualmente para sus propósitos.
       —¡Oh, desde luego, desde luego! —respondió el señor Baker con un suspiro de alivio.
       —Por supuesto, todavía conservamos las plumas, las patas, el buche y otros restos del ganso, de modo que si usted quiere…
       El hombre se echó a reír de buena gana.
       —Podrían servirme como recuerdo de la aventura —dijo—, pero, aparte de esto, no veo qué utilidad tendrían para mí los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor, creo que, con su permiso, limitaré mis atenciones al precioso ganso que veo encima del aparador.
       Sherlock Holmes me lanzó una mirada significativa y se encogió de hombros.
       —Pues aquí tiene usted su sombrero y aquí está su ganso —dijo—. Por cierto, ¿le importaría decirme dónde compró el otro ejemplar? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto un ganso tan bien cebado.
       —No faltaría más, señor —dijo Baker, que se había levantado y se había puesto bajo el brazo su recién adquirida propiedad—. Unos cuantos amigos frecuentamos al anochecer el Alpha Inn, próximo al Museo. El día, sabe, lo pasamos dentro del propio Museo. Este año, el patrón de la taberna, que se llama Windigate, fundó un club del ganso, mediante el cual, desembolsando unos pocos peniques cada semana, recibiríamos cada uno un ganso por Navidad. Pagué religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le quedo muy agradecido, señor, pues una boina escocesa no es lo más apropiado para mis años ni para mi seriedad.
       Con cómica pomposidad, nos dedicó una solemne reverencia y se marchó por donde había venido.
       —Hemos terminado con el señor Henry Baker —dijo Holmes, cuando la puerta se cerró tras él—. Es indudable que no sabe nada del caso. ¿Tiene usted hambre, Watson?
       —No mucha.
       —En tal caso, le sugiero que convirtamos la cena en resopón y sigamos esta pista mientras todavía está fresca.
       —Perfectamente de acuerdo.
       Hacía una noche muy cruda, de modo que nos pusimos nuestros gabanes y nos envolvimos el cuello con bufandas. Fuera, las estrellas brillaban fríamente en un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes brotaba como la humareda de un pistoletazo. Nuestras pisadas resonaban duras y secas mientras cruzábamos el barrio de los médicos, Wimpole Street, Harley Street y luego Wigmore Street, hasta desembocar en Oxford Street. Un cuarto de hora después nos encontrábamos en Bloomsbury, ante el Alpha, una pequeña taberna situada en la esquina de una de las calles que conducen a Holborn. Holmes empujó la puerta y pidió dos vasos de cerveza al dueño, un hombre de rostro rubicundo y delantal blanco.
       —Su cerveza tiene que ser excelente si es tan buena como sus gansos —dijo Holmes.
       —¿Mis gansos?
       El hombre pareció sorprendido.
       —Sí. Hace solo media hora he estado hablando con el señor Henry Baker, que es miembro de su club del ganso.
       —¡Ah, sí, ya comprendo! Pero verá, señor, los gansos no son míos.
       —¿No? ¿Pues de quién son?
       —Le compré dos docenas a un tendero de Covent Garden.
       —¿De veras? Conozco a varios de ellos. ¿Cuál fue?
       —Se llama Breckinridge.
       —Ah, no le conozco. Bien, a su salud, patrón, y por la prosperidad del negocio. Buenas noches.
       Al salir al frío aire exterior, se abrochó el gabán y siguió diciendo:
       —Y ahora a por el señor Breckinridge. Recuerde, Watson, que, aunque tengamos a un extremo de la cadena algo tan inocente como un ganso navideño, tenemos al otro extremo a un hombre que va a pasar siete años en prisión a menos que demostremos su inocencia. Es posible que nuestras pesquisas confirmen su culpabilidad, pero en cualquier caso poseemos una línea de investigación que ha pasado por alto a la policía y que una singular casualidad ha puesto en nuestras manos. Y vamos a seguirla hasta el final. ¡Rumbo al sur, pues, y a todo vapor!
       Atravesamos Holborn, bajamos por Endell Street, zigzagueamos por una serie de callejuelas y llegamos al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes ostentaba el nombre de Breckinridge, y el dueño, un individuo de aspecto turbio, cara astuta y patillas recortadas, estaba ayudando a un muchacho a echar el cierre.
       —Buenas noches. ¡Qué frío hace! —dijo Holmes. El vendedor asintió y dirigió una mirada inquisitiva a mi compañero.
       —Veo que ha vendido todos los gansos —continuó Holmes, señalando los estantes de mármol vacíos.
       —Mañana puedo tenerle quinientos.
       —Eso no me sirve.
       —Bueno, quedan algunos en aquel puesto de la luz de gas.
       —Pero me lo recomendaron a usted.
       —¿Quién?
       —El dueño del Alpha.
       —Ah, sí. Le envié dos docenas.
       —Y de excelente calidad. ¿De donde los sacó usted?
       Ante mi sorpresa, esta pregunta provocó un estallido de cólera en el vendedor.
       —Oiga usted, señor —dijo con la cabeza erguida y los brazos en jarras—. ¿Adónde quiere llegar? Hable claro de una vez.
       —He hablado muy claro. Me gustaría saber quién le vendió los gansos que usted suministró al Alpha.
       —Pues yo no pienso decírselo. ¿Y qué pasa?
       —Bien, el asunto carece de importancia. Pero no entiendo por qué se acalora usted así por una tontería.
       —¡Me acaloro como me da la gana! También usted se acaloraría, vaya que sí, si le fastidiaran tanto como a mí. Cuando pago mi buen dinero por un buen producto, ahí termina la cosa, pero dale con: «¿Dónde están los gansos?» y «¿A quién ha vendido los gansos?» y «¿Cuánto quiere usted por los gansos?». ¡Como si no hubiera más gansos que estos en el mundo, para armar tanto jaleo!
       —Yo no tengo relación con la otra gente que le ha estado preguntando —le tranquilizó Holmes en tono indiferente—. Si no nos lo quiere decir, la apuesta queda anulada. Porque me considero un experto en aves de corral y he apostado cinco libras a que el ganso que comí se había criado en el campo.
       —Pues ha perdido sus cinco libras, porque se ha criado en la ciudad —le atajó el vendedor.
       —De eso ni hablar.
       —Yo le digo que sí.
       —Yo no lo creo.
       —¿Piensa que sabe más de aves que yo, que llevo entre ellas desde que era un mocoso? Le digo que todos los gansos que le vendí al Alpha eran de Londres.
       —No logrará convencerme.
       —¿Se apuesta algo?
       —Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo razón. Pero le apuesto un soberano, solo para que aprenda a no ser tan obstinado.
       El vendedor rió para sus adentros y dijo:
       —Trae acá los libros, Bill.
       El muchacho trajo un volumen delgado y otro muy grande, ambos con tapas grasientas, y los colocó juntos bajo la luz de la lámpara.
       —Y ahora, señor sabelotodo —dijo el vendedor—, yo creí que no me quedaban gansos, pero veo que aún queda alguien con ganas de hacer el ganso en mi tienda. ¿Ve usted este librito?
       —¿Y?
       —Es la lista de mis proveedores. ¿Lo ve? Bueno, pues en esta página están los del campo, y detrás de cada nombre hay un número que indica la página de su cuenta en el libro grande. ¡Miremos! ¿Ve esta otra página en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de Londres. Mire bien el tercer nombre y léamelo en voz alta.
       —Señora Oakshott, 117, Brixton Road, y el número es 249 —leyó Holmes.
       —Eso mismo. Ahora busque esta página en el libro grande.
       Holmes buscó la página indicada.
       —Aquí está: señora Oakshott, 117, Brixton Road, proveedores de huevos y pollería.
       —Muy bien. Y ahora, ¿cuál es la última entrada?
       —22 de diciembre, veinticuatro gansos a siete chelines y seis peniques.
       —Eso es. Ahí lo tiene. ¿Y qué pone debajo?
       —Vendidos al señor Windigate, del Alpha, a doce chelines.
       —¿Qué me dice usted ahora?
       Sherlock Holmes parecía profundamente contrariado. Sacó un soberano del bolsillo, lo arrojó sobre el mostrador y se alejó de allí con el aire de alguien cuyo fastidio es demasiado grande para expresarlo con palabras. A los pocos pasos, se detuvo bajo un farol y se echó a reír de aquel modo alegre y callado tan característico en él.
       —Cuando vea usted a un hombre con patillas recortadas de ese modo y con el diario deportivo Pink’un asomándole en el bolsillo, siempre podrá sonsacarle recurriendo a una apuesta. Me atrevería a afirmar que, si le hubiera puesto delante cien libras, no me habría dado una información tan completa como la que he conseguido dejándole creer que me ganaba. Bien, Watson, me parece que nos acercamos al final de nuestra investigación. Lo único que queda por decidir es si debemos visitar a la tal señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana. Por lo que dijo ese tipo tan malcarado, es evidente que, aparte de nosotros, hay otras personas interesadas en el asunto, y opino que…
       Sus comentarios se vieron interrumpidos de repente por un fuerte vocerío que procedía del puesto que acabábamos de abandonar. Al volvernos, vimos a un individuo canijo y con cara de rata, de pie en el centro del círculo de luz proyectado por la lámpara, mientras Breckinridge, el tendero, enmarcado en la puerta de su establecimiento, agitaba ferozmente los puños en dirección al amedrentado personaje.
       —¡Estoy harto de vosotros y de esos malditos gansos! —gritaba—. ¡Idos todos al diablo! Si vuelves a fastidiarme con tus tonterías te soltaré el perro. Que venga la señora Oakshott en persona y le contestaré, pero ¿a ti qué te importa? ¿Acaso te compré a ti los gansos?
       —No, pero uno de ellos era mío —gimoteó el hombrecillo.
       —Pues ve a pedírselo a la señora Oakshott.
       —Ella me ha dicho que se lo pidiera a usted.
       —Pues por mí como si se lo quieres pedir al rey de Roma. Estoy hasta las narices de esta historia. ¡Largo de aquí!
       Avanzó unos pasos con gesto amenazador y el otro individuo se esfumó entre las sombras.
       —Ajá, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road —susurró Holmes—. Venga conmigo y veremos qué podemos sacar de este tipo.
       Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupos que todavía merodeaban entre los puestos iluminados, mi compañero no tardó en alcanzar al hombrecillo y le tocó con una mano el hombro. El individuo se volvió con brusquedad, y pude ver a la luz de gas que de su rostro había desaparecido todo rastro de color.
       —¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —preguntó con voz trémula.
       —Perdone —dijo Holmes amablemente—, pero no he podido evitar oír lo que le preguntaba hace un momento al tendero. Creo que yo podría ayudarle.
       —¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo puede saber nada de este asunto?
       —Me llamo Sherlock Holmes y mi trabajo consiste en saber aquello que otros no saben.
       —Usted no puede saber nada de esto.
       —Perdone, pero lo sé todo. Está usted intentando dar con unos gansos que la señora Oakshott, de Brixton Road, vendió a un tendero llamado Breckinridge, y que este vendió a su vez al señor Windigate del Alpha, y este a su club, uno de cuyos miembros es el señor Henry Baker.
       —¡Ah, es usted el hombre que yo necesitaba encontrar! —exclamó el hombrecillo con las manos extendidas y los dedos temblorosos—. Me sería difícil explicarle el interés que tengo en este asunto.
       Sherlock Holmes paró un coche que pasaba por allí.
       —En tal caso, será mejor hablar de ello en una cómoda habitación y no en este mercado azotado por el viento —dijo—. Pero, antes de seguir adelante, dígame por favor a quién tengo el placer de ayudar.
       El hombre titubeó un instante.
       —Me llano John Robinson —respondió, mirándonos de soslayo.
       —No, no, el nombre verdadero —dijo Holmes en tono amable—. Resulta muy incómodo hablar de negocios con un alias.
       Un súbito rubor cubrió las pálidas mejillas del desconocido.
       —De acuerdo, mi verdadero nombre es James Ryder.
       —Eso es. Jefe de servicios del hotel Cosmopolitan. Suba al coche, por favor, y pronto podré informarle de todo cuanto desea saber.
       El hombrecillo se nos quedó mirando a uno y a otro, con ojos medio temerosos y medio esperanzados, como alguien que no tiene la certeza de si le aguarda un golpe de suerte o una catástrofe. Subió por fin al carruaje y media hora más tarde nos encontrábamos de nuevo en la sala de Baker Street. No se había pronunciado palabra durante todo el trayecto, pero la respiración agitada de nuestro acompañante y su nervioso abrir y cerrar de manos demostraban a las claras la tensión que le dominaba.
       —Ya hemos llegado —dijo Holmes alegremente, al entrar en la habitación—. No hay nada mejor que un buen fuego para un tiempo como este. Me parece que tiene usted frío, señor Ryder. Siéntese, por favor, en el sillón de mimbre, y permita que yo me ponga las zapatillas antes de zanjar este problemilla que le preocupa. ¡Veamos! Así pues, usted quiere saber lo que fue de aquellos gansos.
       —Sí, señor.
       —O deberíamos decir, más bien, de aquel ganso, porque me parece que lo que le interesa es un ave concreta… blanca, con una raya negra en la cola.
       Ryder se estremeció.
       —¡Oh, señor! —exclamó—. ¿Puede decirme adónde fue a parar?
       —Vino a parar aquí.
       —¿Aquí?
       —Sí, y resultó un ave de lo más notable. No me extraña que le interese tanto. Después de muerta puso un huevo, el huevecillo azul más pequeño, precioso y brillante que se haya visto jamás. Lo tengo aquí, en mi museo.
       Nuestro visitante se puso en pie, tambaleándose, y se agarró con la mano derecha a la repisa de la chimenea. Holmes abrió la caja fuerte y mostró el carbunclo azul, que brillaba como una estrella e irradiaba un frío resplandor en todas direcciones. Ryder se lo quedó mirando con el semblante demudado, sin decidir si debía reclamarlo o asegurar que no sabía nada de él.
       —El juego ha terminado, Ryder —dijo Holmes sin perder la calma—. ¡Cuidado, hombre, o se va a caer al fuego! Ayúdele a sentarse, Watson. Le falta sangre fría para robar impunemente. Dele un trago de brandy. Así está mejor. Ahora tiene un aspecto más aceptable. ¡Menudo mequetrefe!
       Por un momento el hombre había estado a punto de desplomarse, pero el brandy devolvió un toque de color a sus mejillas, y permaneció allí sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.
       —Tengo en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas necesarias, y es poco lo que puede usted añadir. Sin embargo, es preciso aclarar ese poco para que el caso quede completo. ¿Había oído usted hablar de esta piedra azul de la condesa de Morcar?
       —Fue Catherine Cusack quien me habló de ella —dijo el hombre con voz quebrada.
       —Entiendo. La doncella de la señora. Claro, la tentación de adquirir de golpe con facilidad una fortuna tan importante fue demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para otros hombres mejores, pero no se ha mostrado muy escrupuloso en los medios empleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de la peor especie de canalla. Sabía que ese fontanero, Horner, había estado implicado tiempo atrás en un asunto similar y que las sospechas recaerían inmediatamente sobre él. ¿Y qué hizo? Junto con su cómplice Cusack, ocasionó una pequeña avería en el cuarto de la señora y se las compuso para que enviaran a Horner a repararla. Y, cuando él se marchó, desvalijaron el joyero, dieron la alarma e hicieron arrestar a ese desdichado. A continuación…
       De repente, Ryder se desplomó de rodillas sobre la alfombra y se abrazó a las piernas de mi compañero.
       —¡Por el amor de Dios, apiádese de mí! —chilló—. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Una cosa así les rompería el corazón. Jamás había hecho nada malo y no lo volveré a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No me lleve a los tribunales! ¡Por favor, no lo haga!
       —¡Vuelva a sentarse! —dijo Holmes con sequedad—. Es muy bonito llorar y arrastrarse ahora, pero poco pensó usted en el pobre Horner, encarcelado por un delito del que no sabía nada.
       —Huiré, señor Holmes. Saldré del país, señor. Así tendrán que retirar los cargos contra él.
       —¡Hum! Ya hablaremos de esto. Y ahora oigamos la auténtica versión del siguiente acto. ¿Cómo llegó la gema al interior del ganso, y cómo llegó el ganso al mercado? Díganos la verdad, porque ahí reside su única esperanza de salvación.
       Ryder se pasó la lengua por los labios resecos.
       —Le contaré exactamente lo que sucedió, señor —dijo—. Cuando Horner fue arrestado, me pareció que lo mejor sería sacar de allí la piedra cuanto antes, porque en cualquier momento se le podía ocurrir a la policía registrarme a mí o registrar mi habitación. En el hotel no había ningún escondite seguro. Salí, pues, como si fuera a hacer un recado, y me encaminé a casa de mi hermana. Está casada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde se dedica a engordar gansos para el mercado. A lo largo de todo el camino, cada hombre que veía me parecía un policía o un detective y, aunque la noche era bastante fría, antes de llegar a mi destino el sudor me chorreaba por la cara. Mi hermana me preguntó qué me ocurría y cómo era que estaba tan pálido, pero le dije que el robo de joyas en el hotel me había trastornado. Después salí al patio trasero, me fumé una pipa y discurrí qué era lo más conveniente hacer.
       »Tiempo atrás tuve un amigo llamado Maudsley, que fue por mal camino y ha acabado recientemente de cumplir condena en Pentonville. Un día nos encontramos y me habló de diversas clases de robo y de cómo se deshacen los ladrones de lo robado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de asuntillos sucios en los que había estado involucrado, y decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi problema. Él me indicaría el modo de convertir la piedra en dinero. Pero ¿cómo llegar allí sin contratiempos? Pensé en la angustia que había pasado en el camino desde el hotel hasta la casa de mi hermana, temeroso de que en cualquier momento me pudieran detener y registrar, y encontraran la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquellos momentos estaba apoyado en la pared, observando a los gansos que correteaban a mi alrededor, y de pronto se me ocurrió una idea que me permitiría burlar al mejor detective que haya existido jamás.
       »Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que siempre mantenía su palabra. Me llevaría ahora mismo el ganso y en su interior transportaría mi piedra preciosa hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo y conduje tras él a uno de los gansos, un ejemplar grande y hermoso, blanco y con una raya en la cola. Lo sujeté bien, le abrí el pico y le metí la piedra en el gaznate, tan abajo como pudo alcanzar mi dedo. El ave se la tragó y sentí que le pasaba por la garganta y llegaba al buche, pero el animal aleteaba y se debatía, y mi hermana salió a ver qué pasaba. Cuando me volví para hablar con ella, el pajarraco se me escapó y voló a reunirse con sus compañeros.
       »—¿Qué le estás haciendo a este ganso, Jem? —preguntó mi hermana.
       »—Bueno —respondí—. Dijiste que me darías uno por Navidad y miraba cuál está más gordo.
       »—Oh, ya hemos separado uno para ti. Lo llamamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintiséis. Uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.
       »—Gracias, Maggie —le dije—, pero, si no te importa, prefiero quedarme con el que he escogido.
       »—El que te digo pesa por lo menos tres libras más —protestó mi hermana—, y lo hemos engordado especialmente para ti.
       »—No importa. Prefiero el otro y me lo voy a llevar ahora mismo.
       »—Bueno, como tú quieras —dijo ella, un poco enfadada—. ¿Cuál dices que quieres?
       »—Aquel blanco con la raya en la cola, el que está ahora en medio de la bandada.
       »—De acuerdo. Lo matas y te lo llevas.
       »Así lo hice, señor Holmes, y me llevé el ganso a Kilburn. Le conté a mi amigo lo que había hecho, porque es ese tipo de persona al que se le puede contar una cosa así, y rió hasta que se le saltaron las lágrimas. Después cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me cayó el alma a los pies: allí no había ni rastro de la piedra y comprendí que había cometido una enorme equivocación. Dejé el ganso, volví corriendo a casa de mi hermana y me precipité al patio posterior. No había un solo ganso a la vista.
       »—¿Dónde están, Maggie? —grité.
       »—Los han llevado a la tienda.
       »—¿A qué tienda?
       »—La de Breckinridge, de Covent Garden.
       »—¿Había otro ganso con una raya en la cola, igual al que yo escogí? —pregunté.
       »—Sí, Jem. Había dos con una raya en la cola y yo nunca era capaz de distinguirlos uno de otro.
       »Entonces, claro, lo entendí todo, y corrí a toda la velocidad que me permitían las piernas en busca del tal Breckinridge. Pero había vendido el lote entero y se negó a decirme a quién. Ya lo han oído ustedes esta noche. Pues todas las veces ha pasado lo mismo. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco, y, a veces, yo también lo creo. Y ahora…, ahora soy un ladrón, estoy marcado, sin haber llegado a tocar siquiera el tesoro por el que perdí el buen nombre. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!
       Ocultó el rostro entre las manos y prorrumpió en violentos sollozos.
       Siguió un largo silencio, roto solo por su agitada respiración y por el acompasado tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes en el borde de la mesa. Finalmente, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.
       —¡Váyase! —dijo.
       —¿Cómo, señor? ¡Oh, que Dios le bendiga!
       —Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!
       No hicieron falta más palabras. Hubo una carrera precipitada, un ruido de pisadas en la escalera, el eco de un portazo y el seco repicar de unos pies que corrían por la calle.
       —Al fin y al cabo, Watson —dijo Holmes, alargando la mano en busca de su pipa de arcilla—, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro sería otro cantar, pero este tipo no comparecerá para declarar contra él y el proceso no seguirá adelante. Seguro que estoy indultando a un delincuente, pero es posible que esté salvando un alma. El tal Ryder no volverá a descarriarse. Tiene demasiado miedo. Envíelo a la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además, la Navidad invita al perdón. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema sumamente singular, y el placer de resolverlo ha sido ya recompensa suficiente. Si tiene usted la amabilidad de tocar la campanilla, doctor, iniciaremos otra investigación cuyo elemento principal será también un ave.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar