Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura de los planos de Bruce-Partington (1908)
(“The Adventure of the Bruce-Partington Plans”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (diciembre 1908);
His Last Bow: Some Reminiscences of Sherlock Holmes
(Londres: John Murray, 1917, 305 págs.)



      Durante la tercera semana de noviembre de 1895, una densa niebla amarilla se asentó en Londres. Del lunes al jueves, creo que ni siquiera se podía ver, desde nuestras ventanas de Baker Street, la silueta de las casas de enfrente. El primer día, Holmes se lo había pasado indexando las entradas de su enorme libro de referencias. El segundo y el tercero se había dedicado pacientemente a un tema que había convertido en un pasatiempo desde hacía poco: la música de la Edad Media. Pero cuando, por cuarta vez, después de levantarnos tras el desayuno, vimos el remolino grasiento de un marrón mortecino, que pasaba a la deriva por delante de nosotros y que se condensaba en gotas aceitosas en los cristales de la ventana, la naturaleza impaciente e inquieta de mi camarada no pudo soportar esa monótona existencia por más tiempo. Se paseaba de un lado para otro de nuestra sala de estar nerviosamente, intentando controlar toda la energía contenida, mordiéndose las uñas, dando golpecitos a los muebles, y exasperándose con la inactividad.
       —¿Algo interesante en el periódico, Watson? —dijo.
       Era consciente de que por algo interesante Holmes quería decir algún crimen de interés. Había noticias de una revolución, de una posible guerra, y de un inminente cambio de gobierno, pero esas cosas no estaban entre las preferencias de mi compañero. No logré ver nada registrado con forma de crimen que no fuera común y trivial. Holmes refunfuñó y retomó sus nerviosas idas y venidas.
       —El crimen de Londres es, desde luego, un tipo aburrido —dijo con la voz quejumbrosa del deportista al que le ha fallado el contrincante.
       —Mire por esta ventana, Watson. Vea cómo las figuras se ciernen, se ven borrosamente, y luego se confunden de nuevo con el banco de nubes. El ladrón o el asesino podrían vagar por Londres en un día así como lo hace el tigre en la selva, sin ser visto hasta que se abalanza sobre su víctima, y entonces, obviamente, solo lo ve esta.
       —Ha habido abundantes hurtos —dije.
       Holmes resopló con desdén.
       —Este escenario magnífico y sombrío está preparado para algo más respetable que eso —dijo—. Es una suerte para esta sociedad que no sea yo un criminal.
       —¡Pues sí, la verdad! —dije sinceramente.
       —Suponga que fuese Brooks o Woodhouse, o cualquiera de los cincuenta hombres que tienen una buena razón para quitarme la vida, ¿cuánto tiempo podría sobrevivir a mi propia persecución? Una cita, un encuentro fingido, y acabaría todo. Menos mal que no tienen días de niebla en los países latinos… los países del asesinato. ¡Cielo santo! Por fin viene algo para romper con nuestra letal monotonía.
       Era la doncella con un telegrama. Holmes lo abrió impaciente y estalló en una carcajada.
       —¡Bueno, bueno! ¿Qué pasará? —dijo—. Mi hermano, Mycroft, se va a pasar por aquí.
       —¿Por qué lo dice?
       —¿Que por qué lo digo? Es como si se tropezase con un tranvía al bajar por un camino de pueblo. Mycroft tiene sus raíles y corre por ellos. Su alojamiento en Pall Mall, el club Diógenes, Whitehall… ese es su trayecto. Una vez, y solo una, ha estado aquí. ¿Qué suceso habrá sido capaz de descarrilarlo?
       —¿No lo explica?
       Holmes me tendió el telegrama de su hermano.

     Debo verte por Cadogan West. Llego de inmediato.

MYCROFT

       —¿Cadogan West? Me suena el nombre.
       —No me viene nada a la memoria. Pero ¡qué extraño es que Mycroft se salga de su rutina de esta forma! Quizá se salga también de su órbita un planeta. Por cierto, ¿usted sabe qué es Mycroft?
       Tenía algún vago recuerdo de una explicación de la época de la Aventura del intérprete griego.
       —Me dijo que tenía cierto pequeño despacho dependiente del Gobierno británico.
       Holmes se rió entre dientes.
       —No lo conocía lo bastante bien en aquel momento. Uno tiene que ser discreto cuando habla de importantes asuntos de estado. Tiene razón al pensar que está bajo jurisdicción del Gobierno británico. También la tendría si dijera que, de vez en cuando, es el Gobierno británico.
       —¡Qué me dice, Holmes!
       —Sabía que le sorprendería. Mycroft cobra cuatrocientas cincuenta libras al año, sigue siendo un subordinado, no tiene ambiciones de ninguna clase, no obtendrá ni una condecoración ni ningún título, pero aun así es el hombre más indispensable del país.
       —Pero ¿cómo?
       —Bueno, su puesto es excepcional. Se lo ha creado él mismo. Nunca ha habido algo semejante antes, ni lo habrá en el futuro. Posee el cerebro más ordenado y metódico, con la mayor capacidad existente para almacenar datos, que tenga cualquier hombre con vida. Las mismas grandes aptitudes que yo he encaminado hacia la investigación criminal las ha utilizado él para esta tarea en concreto. Las conclusiones de cada ministerio pasan por él, y él es la casa de cambio central, el banco que calcula el balance. Todos los demás hombres son especialistas, pero su especialidad es la omnisciencia. Supongamos que un ministro necesita información relacionada con un aspecto que implica a la Armada, India, Canadá y la cuestión del bimetalismo; podría obtener los consejos por separado de diferentes ministerios sobre cada uno, pero solo Mycroft puede hacer que converjan todos ellos, y decir de forma instantánea cómo afectaría cada factor al otro. Comenzaron utilizándolo como un atajo, una ventaja; ahora se ha hecho a sí mismo esencial. En ese gran cerebro suyo todo lo habido y por haber tiene su lugar asignado y puede ser extraído en un instante. Una y otra vez su palabra ha decidido la política nacional. Vive para ella. No piensa en nada más, excepto cuando, como ejercicio intelectual, se relaja al pasarme de visita y le pido que me asesore acerca de uno de mis pequeños problemas. Pero Júpiter va a bajar hoy de las alturas. ¿Qué demonios puede significar? ¿Quién es Cadogan West y qué significa para Mycroft?
       —¡Lo tengo! —exclamé, y me zambullí en el montón de papeles que había sobre el sofá—. Sí, sí, aquí está, ¡efectivamente! Cadogan West era el joven a quien encontraron muerto en el metro el martes por la mañana.
       Holmes se puso firme en su asiento, con la pipa a medio camino de sus labios.
       —Esto debe de ser grave, Watson. Una muerte que haya ocasionado que mi hermano cambie sus costumbres no puede ser una muerte corriente. ¿Qué diablos puede tener él que ver con esto? El caso era anodino por lo que recuerdo. Al parecer, el joven se había caído del tren y se había matado. No le habían atracado, y no había ningún motivo concreto para sospechar un acto violento. ¿No es así?
       —Ha habido una investigación oficial —dije— y han salido a la luz muchos datos nuevos. Considerándolo con más atención, desde luego diría que es un caso curioso.
       —A juzgar por su efecto en mi hermano, pensaría que debe de ser uno fuera de lo común. —Se arrellanó en su sillón—. Ahora, Watson, vayamos a los hechos.
       —El nombre del tipo era Arthur Cadogan West. Tenía veintisiete años, soltero, y empleado en el arsenal de Woolwich.
       —Funcionario del Gobierno. ¡Ahí está la relación con mi hermano!
       —Se marchó de Woolwich repentinamente el lunes por la noche. Fue visto por última vez por su prometida, la señorita Violet Westbury, a quien dejó bruscamente en la niebla alrededor de las 7.30 de esa tarde. No se produjo ninguna pelea entre ellos y no conoce el motivo para que actuara así. La siguiente cosa que se sabe de él es que su cadáver fue descubierto por un ferroviario llamado Mason, justo a la salida de Aldgate Station en la red de metro de Londres.
       —¿Cuándo?
       —El cuerpo se encontró a las seis de la mañana del martes. Yacía atravesado sobre los raíles, en la vía de la izquierda mirando al este, cerca de la estación, donde el carril sale del túnel por el que va. La cabeza estaba completamente aplastada; una herida que podía haber sido causada perfectamente por una caída desde el tren. El cuerpo solo pudo haber llegado a la vía de esa manera. Si lo hubiesen bajado desde alguna calle cercana, hubiese debido pasar por las barreras de la estación, donde siempre hay un cobrador. Este punto parece claro.
       —Muy bien. El caso está bastante bien definido. El hombre, vivo o muerto, o cayó o lo tiraron desde un tren. Me parece muy claro. Siga.
       —Los trenes que pasan junto al lugar en que se encontró el cuerpo son los que van de oeste a este; algunos son estrictamente metropolitanos, otros proceden de Willesden y de empalmes de la periferia. Se puede afirmar a ciencia cierta que este joven, cuando halló la muerte, estaba viajando en esa dirección a alguna hora avanzada de la noche, pero en qué punto entró en el tren es imposible afirmarlo.
       —Su billete, por supuesto, lo indicaría.
       —No había ningún billete en sus bolsillos.
       —¡Ningún billete! Madre mía, Watson, eso sí que es realmente peculiar. Según mi experiencia, no es posible llegar al andén de un tren metropolitano sin presentar el billete. Es de suponer, entonces, que el joven tenía uno. ¿Se lo quitaron para encubrir la estación de la que venía? Es posible. ¿O se le cayó en el vagón? Eso también es posible. Pero este elemento tiene su interés. Entiendo que no hay signos de atraco.
       —Al parecer, no. Aquí hay una lista de sus pertenencias. Tenía dos libras con quince en el bolsillo. Y una chequera de la sucursal de Woolwich del Capital & Counties Bank. Gracias a eso se esclareció su identidad. Había también dos entradas para el palco de platea del teatro de Woolwich, con fecha de esa misma tarde. También un legajo pequeño de documentos técnicos.
       Holmes dejó escapar una exclamación satisfecho.
       —¡Ahí lo tenemos por fin, Watson! Gobierno británico: arsenal de Woolwich: documentos técnicos: mi hermano Mycroft. La secuencia está completa. Y ahí viene, si no me equivoco, para contárnoslo él mismo.
       Un momento después, la doncella hizo pasar a la habitación a la silueta alta y corpulenta de Mycroft Holmes. Fornido y robusto, su figura sugería torpeza física; encima de ese inmanejable marco reposaba una cabeza de frente majestuosa; de ojos gris acero, hundidos, pero muy despiertos; de labios tan firmes, y de expresión tan matizada, que, tras la primera mirada, uno se olvidaba de la zafiedad del cuerpo y solo recordaba la mente dominante.
       Pisándole los talones, llegaba nuestro viejo amigo Lestrade de Scotland Yard… delgado y austero. La seriedad de ambos rostros presagiaba alguna misión grave. El detective nos dio la mano sin mediar una palabra. Mycroft Holmes se quitó con dificultad el abrigo y se dejó caer en una silla.
       —Un asunto muy molesto, Sherlock —dijo—. Me desagrada sumamente alterar mis costumbres, pero los que mandan no aceptarían una negativa. En el presente estado de Siam, es muy inoportuno que esté fuera de la oficina. Sin embargo, tenemos una crisis real. Nunca he visto al primer ministro tan contrariado. En cuanto al Almirantazgo… hierve de actividad como una colmena tirada al suelo. ¿Has estudiado el caso?
       —Lo acabamos de hacer. ¿Cuáles son los documentos técnicos?
       —Ah, ¡ahí está todo! Afortunadamente, no ha salido a la luz. La prensa estaría frenética si lo hubiese hecho. Los documentos que este miserable joven tenía en su bolsillo eran los planos del submarino Bruce-Partington.
       Mycroft Holmes hablaba con una solemnidad que mostraba su percepción de la importancia del tema. Su hermano y yo nos quedamos expectantes.
       —Habrás oído hablar de ello, ¿verdad? Creía que todo el mundo lo había hecho.
       —Solo el nombre.
       —Su importancia no es exagerada. Ha sido el secreto gubernamental mejor guardado. Puedo decirte que la guerra naval se vuelve un juego de niños en el radio de acción de un Bruce-Partington. Hace dos años se desvió secretamente una suma muy considerable de los presupuestos que se invirtió en la adquisición del monopolio de la invención. Se han hecho todos los esfuerzos posibles para mantener el secreto. Los planos, que son extremadamente abstrusos y constan de aproximadamente treinta patentes distintas, cada una esencial para el funcionamiento del conjunto, están guardados en una complicada caja fuerte en una oficina secreta anexa al arsenal, con puertas y ventanas a prueba de robo. No hay circunstancias concebibles por las que sacar los planos de la oficina. Hasta el principal constructor de la Armada se veía obligado a ir ex profeso a la oficina de Woolwich si deseaba consultarlos. Y, a pesar de todo, nos los encontramos ahí, en el bolsillo de un auxiliar, en el corazón de Londres. Desde el punto de vista oficial, es, sencillamente, espantoso.
       —Pero ¿los habéis recuperado?
       —No, Sherlock, ¡no! Ese es el problema. No los tenemos. Se llevaron diez documentos de Woolwich. Había siete en el bolsillo de Cadogan West. Los tres más necesarios se han esfumado… los han robado, han desaparecido. Tienes que dejarlo todo, Sherlock. No importan nada tus insignificantes rompecabezas habituales de juzgado municipal. Es un asunto de importancia internacional lo que tienes que resolver. ¿Por qué cogió Cadogan West los documentos? ¿Dónde están los que faltan? ¿Cómo murió? ¿Cómo llegó su cuerpo donde lo encontraron? ¿Cómo se puede reparar el daño? Encuentra la respuesta para todas estas preguntas, y le habrás hecho un gran servicio a tu patria.
       —¿Por qué no lo resuelves tú, Mycroft? Eres tan perspicaz como yo.
       —Es posible, Sherlock. Sin embargo, la cuestión consiste en conseguir detalles. Dame tus detalles, y, desde un sillón, te ofreceré a cambio una excelente opinión de experto. Pero correr de acá para allá, interrogar a guardavías y tirarme al suelo con una lupa en el ojo… no es mi especialidad. No, eres el único hombre que puede aclarar el asunto. Si te apetece ver tu nombre en la próxima lista de condecorados…
       Mi amigo sonrió y negó con la cabeza.
       —Juego porque me gusta jugar —dijo—. El problema presenta, ciertamente, algunos aspectos interesantes, y me gustaría investigarlo. Dame algunos datos más, por favor.
       —He anotado los imprescindibles en esta hoja de papel, junto con unas pocas direcciones que te resultarán de ayuda. El auténtico custodio oficial de los documentos es el célebre experto del Gobierno sir James Walter, cuyas condecoraciones y títulos menores llenan dos líneas de un libro de referencia. Le han salido canas sirviendo al país, es un caballero, uno de los invitados preferidos de las casas más eminentes, y, por encima de todo, un hombre cuyo patriotismo queda fuera de toda sospecha. Es una de las dos personas que tienen una llave de la caja fuerte. Puedo añadir, sin lugar a dudas, que los documentos se encontraban en la oficina durante las horas laborales del lunes, y que sir James se marchó a Londres alrededor de las tres, llevándose su llave con él. Pasó toda la tarde en casa del almirante Sinclair, en Barclay Square, cuando sucedió el incidente.
       —¿Se ha comprobado ese hecho?
       —Sí, su hermano, el coronel Valentine Walter, ha atestiguado su salida de Woolwich, y el almirante Sinclair su llegada a Londres; así que sir James ya no es un factor directo en el problema.
       —¿Quién era el otro hombre con llave?
       —El superior de Cadogan y delineante, el señor Sidney Johnson. Es un hombre de cuarenta años, casado, con cinco hijos. Es un hombre callado e irascible, pero tiene, en conjunto, un expediente impecable en la administración pública. Es impopular entre sus colegas, pero es un trabajador infatigable. A tenor de su propio informe, corroborado únicamente por la palabra de su esposa, estuvo en su casa toda la tarde del lunes después de las horas de oficina, y su llave nunca abandonó la cadena de reloj de donde colgaba.
       —Háblanos de Cadogan West.
       —Ha servido al país durante diez años y ha hecho un buen trabajo. Tiene fama de ser un hombre impulsivo y arrogante, pero franco y honrado. No tenemos nada contra él. Era el subordinado de Sidney Johnson en la oficina. Sus responsabilidades implicaban un contacto diario y directo con los planos. Nadie más tenía ese manejo de ellos.
       —¿Quién guardó bajo llave los planos esa noche?
       —El señor Sidney Johnson, el superior.
       —Bien, sin duda está perfectamente claro quién se los llevó. De hecho, se encontraron en poder de ese funcionario auxiliar, Cadogan West. Eso parece el final del asunto, ¿no?
       —Sí, Sherlock, y, a pesar de todo, deja mucho sin explicar. En primer lugar, ¿por qué los cogería?
       —Supongo que son valiosos.
       —Podría haber sacado varios miles por ellos muy fácilmente.
       —¿Puedes sugerir algún motivo posible para llevarse los documentos a Londres salvo para venderlos?
       —No, no puedo.
       —Entonces, debemos asumirlo como nuestra hipótesis de trabajo. El joven West se llevó los documentos. Ahora bien, esto solo podía hacerse teniendo una ganzúa…
       —Varias ganzúas. Tenía que abrir el edificio y la sala.
       —Tenía, pues, varias ganzúas. Se llevó los documentos a Londres para vender el secreto con la intención, no cabe duda, de tener los planos de vuelta en la caja a la mañana siguiente, antes de que los echaran en falta. Aunque, en Londres, en el curso de esa traición, encontró su fin.
       —¿Cómo?
       —Supongamos que estaba viajando de vuelta a Woolwich cuando fue asesinado y arrojado fuera del compartimento.
       —Aldgate, donde se halló el cuerpo, está bastante más allá de la estación de London Bridge, que sería su camino hacia Woolwich.
       —Pueden suponerse muchas circunstancias por las que se pasaría London Bridge. Por ejemplo, había alguien en el vagón con quien estaba manteniendo una conversación absorbente; esta entrevista condujo a una escena violenta en la que perdería la vida. Es posible que intentase abandonar el vagón, cayese a las vías, y hallara así su final. El otro cerró la puerta. Había una densa niebla y no se pudo ver nada.
       —Con nuestro conocimiento actual, no se puede dar una explicación mejor. No obstante, Sherlock, ten en cuenta todo lo que dejas sin explicar. Supongamos, como hipótesis, que el joven Cadogan West había decidido transportar estos documentos a Londres. Naturalmente, se hubiese citado con el espía extranjero y para ello hubiese mantenido libre su tarde. En lugar de eso, se compró dos billetes para el teatro, acompañó a su prometida hasta medio camino de allí, y, entonces, de repente, desapareció.
       —Una argucia —dijo Lestrade, que había estado escuchando con cierta impaciencia la conversación.
       —Una muy peculiar. Esa es la objeción número uno. Objeción número dos. Supongamos que llega a Londres y ve al espía extranjero. Tiene que llevar de regreso los documentos antes de la mañana o la sustracción sería descubierta. Se llevó diez. Solo hay siete en su bolsillo. ¿Qué pasó con los otros tres? Desde luego, no se separaría de ellos por propia voluntad. Pero, aun así, ¿dónde está el precio de su traición? Uno se hubiese esperado encontrar una suma de dinero considerable en su bolsillo.
       —A mí me parece perfectamente claro —dijo Lestrade—. No tengo duda alguna con respecto a lo sucedido. Se llevó los documentos para venderlos. Vio al agente. No lograron ponerse de acuerdo con el precio. Se puso en marcha para casa otra vez, pero el agente lo siguió con él. En el tren, el agente lo asesinó, cogió los papeles imprescindibles, y arrojó su cuerpo desde el vagón. Eso lo aclararía todo, ¿no es cierto?
       —¿Por qué no tenía billete?
       —El billete hubiese indicado qué estación era la más cercana a la casa del agente. Por tanto, lo cogió del bolsillo del hombre asesinado.
       —Bien, Lestrade, muy bien —dijo Holmes—. Su teoría se tiene en pie. Pero, si esto es cierto, entonces el caso llega a su fin. Por una parte, el traidor está muerto. Por otra, es de suponer que los planos del submarino Bruce-Partington estén ya en el continente. ¿Qué más podemos hacer?
       —Actuar, Sherlock… ¡actuar! —exclamó Mycroft poniéndose en pie de un salto—. Todo mi instinto se revela contra esta explicación. ¡Utiliza tus aptitudes! ¡Acércate a la escena del crimen! ¡Ve a ver a la gente afectada! ¡No dejes piedra sin remover! En toda tu carrera, no has tenido nunca una oportunidad tan importante de servir a tu país.
       —¡Está bien, está bien! —dijo Holmes encogiéndose de hombros—. ¡Vamos, Watson! Y usted, Lestrade, ¿podría honrarnos con su compañía por una hora o dos? Comenzaremos nuestra investigación visitando Aldgate Station. Adiós, Mycroft. Te haré llegar un informe antes de la tarde, aunque te advierto de antemano que poco puedes esperar.

       Una hora más tarde, Holmes, Lestrade y yo estábamos en la vía férrea del metro en el lugar en que salía del túnel, justo antes de Aldgate Station. Un amable y anciano caballero de rostro enrojecido representaba a la compañía de ferrocarril.
       —Este es el sitio donde yacía el cuerpo del joven —dijo indicando una mancha de alrededor de tres pies desde los raíles—. No pudo haber caído desde arriba, porque estas, como ven, son paredes ciegas. Por tanto, solo pudo haber llegado de un tren, y ese tren, hasta donde hemos podido averiguar, debió de pasar alrededor de la medianoche del lunes.
       —¿Se examinaron los vagones en busca de algún signo de violencia?
       —No había tales signos, y no se encontró ningún billete.
       —¿Ningún registro de una puerta hallada abierta?
       —Ninguno.
       —Hemos obtenido cierto testimonio novedoso esta mañana —dijo Lestrade—. Un pasajero que pasaba por Aldgate en un tren metropolitano ordinario alrededor de las 11.40 de la noche del lunes ha declarado que oyó un golpe seco y pesado, como de un cuerpo al chocar con la vía, justo antes de que el tren alcanzara la estación. Sin embargo, había una densa niebla y no se podía ver nada. No informó de ello en ese momento. Vaya, ¿qué es lo que pasa con el señor Holmes?
       Mi amigo se había quedado quieto con una expresión de intensa concentración en el rostro mientras miraba fijamente a las vías del ferrocarril en el punto en que se curvaban al salir del túnel. Aldgate es un empalme y había una red de cambios de agujas. En estos se clavaban sus ojos impacientes e inquisitivos, y vi en su rostro analítico y despierto esa tirantez de los labios, ese temblor de las ventanas de la nariz, y esa concentración en las cejas densas y encrespadas que me era tan familiar.
       —Cambios de agujas —murmuraba—, los cambios de agujas.
       —¿Qué pasa con ellos? ¿Qué quiere decir?
       —Supongo que no hay un gran número de cambios de agujas en una combinación como esta.
       —No, hay muy pocos.
       —Y una curva, además. Cambios de aguja, y una curva. ¡Dios mío! Si no fuera más que eso.
       —¿Qué hay, señor Holmes? ¿Tiene una pista?
       —Una idea… un indicio, nada más. Pero el caso se pone más interesante. Excepcional, absolutamente excepcional, y, a pesar de ello, ¿por qué no? No veo ningún rastro de hemorragia en las vías.
       —Apenas había sangre.
       —Pero tengo entendido que era una herida considerable.
       —El hueso estaba aplastado, pero no había una gran herida externa.
       —Y, sin embargo, uno se hubiese esperado alguna hemorragia. ¿Me sería posible inspeccionar el tren que llevaba al pasajero que oyó el golpe seco?
       —Me temo que no, señor Holmes. El tren ha sido dividido antes de que llegaran, y los vagones redistribuidos.
       —Puedo asegurarle, señor Holmes —dijo Lestrade—, que se ha examinado cuidadosamente cada vagón. Me encargué de ello personalmente.
       Una de las debilidades más obvias de mi amigo era impacientarse con inteligencias menos despiertas que la suya.
       —Es muy probable —dijo, apartando la mirada—. Lo que sucede es que no son los vagones lo que deseo inspeccionar. Watson, aquí hemos hecho todo lo que hemos podido. No necesitamos molestarle más, señor Lestrade. Creo que ahora nuestras investigaciones nos llevan a Woolwich.
       En London Bridge, Holmes le escribió a su hermano un telegrama que me tendió antes de enviarlo. Decía así:

     Se ve alguna luz en la oscuridad, pero es posible que se extinga. Mientras, por favor, manda por mensajero, para cuando regresemos a Baker Street, una lista completa de espías extranjeros o agentes internacionales que se sepa seguro que están en Inglaterra, con sus señas completas.

SHERLOCK

       —Eso debería servirnos de ayuda, Watson —comentó mientras tomábamos asiento en el tren de Woolwich—. Definitivamente, estamos en deuda con Mycroft por habernos dado a conocer este caso: promete ser verdaderamente excepcional.
       En su rostro impaciente seguía distinguiéndose esa vehemencia que me indicaba que alguna circunstancia nueva y llamativa había iniciado un hilo de pensamiento estimulante. Si se mira a un perro con las orejas colgando y el rabo caído cuando está repantigado en las perreras, y se compara con el mismo sabueso cuando, con los ojos brillantes y los músculos en tensión, corre tras un potente rastro de zorro, se comprenderá el cambio de este Holmes con respecto al de la mañana. Era un hombre diferente a la figura decaída e indolente que, en bata de color pardo, había vagado nerviosamente, solo unas pocas horas antes, en la habitación cercada por la niebla.
       —Hay material aquí. Hay dónde actuar —dijo—. Soy un auténtico zopenco, por no haber comprendido sus posibilidades.
       —Pues yo, incluso ahora, estoy a oscuras.
       —Respecto al final, yo también lo estoy, pero me aferro a una idea que puede llevarnos lejos. El hombre halló la muerte en otra parte, y su cuerpo estaba en el techo de un vagón.
       —¡En el techo!
       —Excepcional, ¿no cree? Considere los hechos. ¿Es una coincidencia que se encontrara justo en el mismo lugar donde el tren cabecea y se bambolea al pasar sobre los cambios de aguja? ¿No es ese el lugar donde se podría esperar que cayera un objeto situado encima del techo? Los cambios de aguja no afectarían a ningún objeto dentro del tren. O el cuerpo cayó del techo o ha sucedido una coincidencia muy poco común. Y ahora reflexione en la cuestión de la sangre. Si estoy en lo cierto, no había signos de hemorragia en la vía puesto que el cuerpo se habría desangrado en otra parte. Cada hecho es sugerente por sí mismo. Juntos tienen una fuerza acumulativa.
       —¡Y lo del billete también! —exclamé.
       —Exacto. No podíamos explicar la ausencia de billete. Esto lo explicaría. Todo encaja.
       —Pero suponiendo que fuese así, seguimos tan lejos como al principio de desenmarañar el misterio de su muerte. En realidad, no se vuelve más sencillo, sino más extraño.
       —Quizá —dijo Holmes pensativo—, quizá.
       Volvió a sumirse en un ensimismamiento silencioso, que duró hasta que el tren, que paraba en todas las estaciones, se aproximó por fin a Woolwich Station. Allí llamó a un coche y se sacó el papel de Mycroft del bolsillo.
       —Tenemos una buena ronda de visitas vespertinas por hacer —dijo—. Creo que sir James Walter reclama nuestra atención en primer lugar.
       La casa del célebre oficial era una magnífica mansión en el campo con verdes pastos que bajaban hasta el Támesis. Un mayordomo nos abrió cuando llamamos.
       —¡Sir James, señor! —dijo con gesto solemne—. Sir James ha fallecido esta mañana.
       —¡Cielo santo! —exclamó Holmes sorprendido—. ¿Cómo ha fallecido?
       —Quizá desee pasar, señor, y ver a su hermano, el coronel Valentine.
       —Sí, será lo mejor.
       Nos hizo pasar a una sala de estar poco iluminada donde, poco después, se reunió con nosotros un hombre muy alto, apuesto, de barba clara, de cincuenta años: el hermano menor del científico muerto. Ojos enloquecidos, mejillas manchadas, y cabello despeinado, todo sugería el golpe repentino que había recibido la casa. Apenas lograba articular palabra al hablar de ello.
       —Ha sido ese escándalo terrible —decía—. Mi hermano, sir James, era un hombre muy susceptible en lo relacionado con el honor, y no ha logrado sobrevivir a un asunto como este. Le ha roto el corazón. Estaba siempre tan orgulloso de la eficacia de su sección, eso fue un golpe demoledor.
       —Teníamos la esperanza de que nos pudiera proporcionar algunas pistas que nos hubiesen ayudado a esclarecer el asunto.
       —Les aseguro que todo esto era tan misterioso para él como lo es para ustedes y para todos nosotros. Ya había puesto en conocimiento de la policía todo lo que sabía. Por supuesto, no tenía duda de que Cadogan West era culpable. Pero todo lo demás era inconcebible.
       —¿No puede ofrecernos un nuevo enfoque sobre el caso?
       —Yo no sé nada aparte de lo que he leído u oído. No tengo el más mínimo deseo de resultar grosero, pero, como comprenderá, señor Holmes, estamos muy afectados en este momento, y debo pedirle que se dé prisa en terminar esta entrevista.
       Cuando estuvimos de nuevo en el coche mi amigo me dijo:
       —Esto sí que es una novedad inesperada. ¡Me pregunto si fue muerte natural o si el pobre hombre se dio muerte a sí mismo! Si es lo último, ¿podemos tomarlo como un síntoma de remordimiento por faltar a su deber? Debemos dejar esa pregunta para el futuro. Ahora hablaremos con los Cadogan West.
       Una casa pequeña, aunque bien cuidada, en las afueras de la ciudad daba cobijo a la desconsolada madre. La anciana señora se hallaba demasiado aturdida por la pena como para sernos de alguna utilidad, pero, junto a ella, se encontraba una joven dama que se nos presentó como la señorita Violet Westbury, la prometida del difunto, y la última en verlo en esa noche fatídica.
       —No consigo explicármelo, señor Holmes —nos decía—. No he dormido desde la tragedia, pienso, pienso y pienso día y noche en cuál puede ser el auténtico sentido de todo esto. Arthur era el hombre más resuelto, más caballeroso y más patriota de la tierra. Se hubiese amputado la mano derecha antes de vender un secreto de estado cuya custodia le hubiesen confiado. Es absurdo, imposible, descabellado para cualquiera que lo conociera.
       —Pero ¿y los hechos, señorita Westbury?
       —Sí, sí, admito que no puedo explicarlos.
       —¿Le faltaba dinero?
       —No, sus necesidades eran muy sencillas y su sueldo sustancioso. Había ahorrado unos cientos de libras e íbamos a casarnos en Año Nuevo.
       —¿Ningún síntoma de alteración mental? Vamos, señorita Westbury, sea completamente sincera con nosotros.
       La mirada despierta de mi compañero había percibido algún cambio en su comportamiento. Se ruborizó y vaciló.
       —Sí —respondió por fin—, tuve la sensación de que tenía algo en mente.
       —¿Durante mucho tiempo?
       —Solo durante la última semana más o menos. Estaba pensativo y preocupado. Una vez le insistí sobre ello. Admitió que algo pasaba, y que estaba relacionado con su trabajo para el Estado. «Es demasiado peligroso para mí hablar sobre ello, incluso contigo», dijo. No pude sacarle nada más.
       Holmes parecía muy serio.
       —Siga, señorita Westbury. Aunque parezca que lo perjudica, siga. No podemos decir adónde nos puede llevar esto.
       —De verdad, no tengo nada más que contarles. Un par de veces me pareció que estaba a punto de contarme algo. Me estuvo hablando una tarde de la importancia del secreto, y creo recordar que decía que no cabía duda de que los espías extranjeros pagarían generosamente para conseguirlo.
       El rostro de mi amigo se puso todavía más serio.
       —¿Algo más?
       —Decía que éramos negligentes en esas materias… que se sería fácil para un traidor coger los planos.
       —¿Hizo tales comentarios hace poco?
       —Sí, hace bastante poco.
       —Ahora háblenos de la última noche.
       —Estábamos yendo al teatro. La niebla era tan densa que no se podía ir en coche. Fuimos andando, y nuestro camino nos llevó cerca de la oficina. De repente, salió corriendo hacia la niebla.
       —¿Sin decir nada?
       —Soltó una exclamación, eso fue todo. Estuve esperando, pero no volvió. Finalmente, me fui andando a casa. A la mañana siguiente, después de que abriera la oficina, vinieron a preguntarme. Alrededor de las doce, oímos las espantosas noticias. Ay, señor Holmes, ojalá pudiera salvar su honor, aunque solo fuera eso. Significaba mucho para él.
       Holmes negó con la cabeza con tristeza.
       —Vamos, Watson —dijo—, nuestros caminos nos llevan a otra parte. Nuestra siguiente parada debe ser la oficina de donde se llevaron los documentos.
       —Ya lo tenía bastante mal este joven antes, pero lo que estamos averiguando se lo está poniendo peor —comentó mientras el coche salía con dificultad—. Su inminente matrimonio ofrece un motivo para el crimen. Por supuesto, quería dinero. Tenía la idea en la cabeza, puesto que habló sobre ello. Estuvo a punto de hacer a la chica cómplice de traición contándole sus planes. Es todo muy malo.
       —Pero, Holmes, ¿no vale nada lo que dicen de su carácter? Y, por otro lado, ¿por qué abandonaría a la chica en la calle y saldría corriendo para perpetrar una fechoría?
       —¡Exacto! Ciertamente existen objeciones. Pero tienen que enfrentarse a argumentos formidables.
       El señor Sidney Johnson, el superior de Cadogan, se reunió con nosotros en la oficina y nos recibió con ese respeto que la tarjeta de mi compañero siempre impone. Era un hombre delgado, brusco y con gafas, de mediana edad, mejillas macilentas y manos que se crispaban por la tensión nerviosa a la que había estado sometido.
       —Es malo, señor Holmes, ¡muy malo! ¿Se ha enterado de la muerte sir James Walter?
       —Acabamos de venir de su casa.
       —Esto es un caos. El jefe, muerto; Cadogan West, muerto; nuestros documentos, robados. Y pensar que, cuando cerramos nuestra puerta el lunes por la tarde, éramos una oficina tan eficiente como cualquiera del Gobierno. ¡Dios mío! ¡Me da pánico pensar en ello! ¡Y de todos los hombres ha sido West el que ha hecho algo semejante!
       —¿Está seguro de su culpabilidad, entonces?
       —No veo otra posibilidad. Y, a pesar de todo, hubiese confiado en él como en mí mismo.
       —¿A qué hora se cerró la oficina el lunes?
       —A las cinco.
       —¿Cerró usted?
       —Siempre soy el último en salir.
       —¿Dónde estaban los planos?
       —En esa caja fuerte. Los puse allí yo mismo.
       —¿No tiene un vigilante el edificio?
       —Lo hay, pero tiene otros departamentos que atender también. Es un veterano, un hombre de la máxima confianza. No vio nada esa tarde. Claro que la niebla era muy densa.
       —Suponga que Cadogan West desease introducirse en el edificio fuera de las horas de trabajo. Necesitaría tres llaves antes de poder llegar hasta los documentos, ¿no es así?
       —Sí, así es. La llave de la puerta exterior, la llave del despacho, y la llave de la caja.
       —¿Solo sir James Walter y usted tenían esas llaves?
       —Yo no tenía llaves de las puertas: solo de la caja.
       —¿Era sir James un hombre de costumbres regulares?
       —Sí, creo que sí. Sé, en lo que respecta a esas tres llaves, que las guardaba en el mismo llavero. Las he visto en él con frecuencia.
       —¿Y ese llavero le acompañaba a Londres?
       —Eso decía.
       —¿Y usted nunca dejó de estar en posesión de su llave?
       —Nunca.
       —Entonces, West, si es el culpable, debía haber tenido un duplicado. Y, sin embargo, no se encontró nada junto a su cuerpo. Otro detalle: si un empleado de esta oficina deseara vender los planos, ¿no le resultaría más sencillo copiarlos él mismo que llevarse los originales, como, de hecho, se hizo?
       —Se requeriría un conocimiento técnico considerable para copiar los planos de manera eficaz.
       —Y me imagino que o sir James, o usted, o West tenían ese conocimiento técnico.
       —Sin duda lo teníamos, pero le ruego que no trate de enredarme en este asunto, señor Holmes. ¿Qué utilidad tiene que especulemos de esta manera cuando los planos originales se encontraron en poder de West?
       —Porque es ciertamente peculiar que corriera el riesgo de llevarse los originales si podía hacer copias de forma segura, lo que le hubiese servido igualmente.
       —Peculiar, sin duda… y, sin embargo, lo hizo.
       —Cada avance en este caso nos conduce a otro hecho inexplicable. Ahora mismo hay tres documentos que siguen desaparecidos. Son, según tengo entendido, los fundamentales.
       —Sí, así es.
       —¿Quiere decir que cualquiera que posea esos tres documentos, y sin los siete restantes, podría construir un submarino Bruce-Partington?
       —Informé a tal efecto al Almirantazgo. No obstante, hoy he estado estudiando los diseños otra vez y no estoy tan seguro de ello. Las válvulas dobles con las ranuras autoajustables automáticas están dibujadas en uno de los documentos que han sido devueltos. A menos que los extranjeros las hubiesen inventado ellos mismos, no podrían fabricar la embarcación. Por supuesto, podrían superar pronto esa dificultad.
       —Pero ¿los tres diseños que faltan son los más importantes?
       —Indiscutiblemente.
       —Con su permiso creo que ahora voy a darme una vuelta por el recinto. No recuerdo ninguna otra pregunta que le quisiera hacer.
       Inspeccionó la cerradura de la caja fuerte, la puerta de la habitación, y, por último, las contraventanas de hierro de la ventana. Solo cuando estuvimos investigando en el césped de afuera, se despertó poderosamente su curiosidad. Había un arbusto de laurel al pie de la ventana, y varias de las ramas tenían indicios de haberse roto o torcido. Las inspeccionó minuciosamente con su lupa, y luego ciertas huellas leves e imprecisas en la tierra de debajo. Por último, le pidió al funcionario en jefe que cerrara las contraventanas de hierro, y me hizo observar que apenas se unían en el centro, y que hubiese sido posible para cualquiera ver desde fuera qué estaba ocurriendo dentro de la habitación.
       —Los tres días de retraso han echado a perder las pistas. Pueden significar algo o nada. Bueno, Watson, no creo que Woolwich pueda sernos de más ayuda. Hemos recogido una parca cosecha. Veamos si podemos hacer las cosas mejor en Londres.
       Todavía añadimos una gavilla más a nuestra siega antes de abandonar la estación de Woolwich. El empleado de la taquilla pudo decirnos con certeza que vio a Cadogan West —a quien conocía muy bien de vista— la noche del lunes, y que iba a Londres en el de las ocho y cuarto a London Bridge. Estaba solo y adquirió un billete de ida de tercera clase. En ese momento, el taquillero se quedó impresionado por su comportamiento nervioso y alterado. Tan tembloroso estaba que apenas podía recoger el cambio, y el empleado lo ayudó a hacerlo. Una consulta del horario nos desveló que el de las ocho y cuarto era el primer tren que le fue posible coger a West tras haber dejado a la dama cerca de las siete y media.
       —Reconstruyamos los hechos, Watson —dijo Holmes tras media hora de silencio—. No recuerdo que, de entre todas nuestras investigaciones juntos, hayamos tenido alguna vez un caso que sea más difícil de abordar. Cada nuevo avance que hacemos solo revela una nueva dificultad detrás. Y, sin embargo, hemos hecho, desde luego, algunos progresos significativos.
       »Los resultados de nuestras pesquisas en Woolwich han perjudicado en conjunto al joven Cadogan West, pero las pistas de la ventana se prestarían a una hipótesis más favorable. Supongamos, por ejemplo, que un agente extranjero hubiese contactado con él. Podría haberlo hecho con tales precauciones que le hubiesen disuadido de hablar de ello, y, sin embargo, le hubiese afectado hasta el punto de mostrarse nervioso con su prometida. Muy bien. Ahora supongamos que, cuando se dirigió al teatro con la joven dama, de repente, en la niebla, vio fugazmente a ese mismo agente yendo en dirección a la oficina. Es un hombre impulsivo, de decisiones rápidas. Dejó todo a un lado ante su deber. Siguió al tipo, alcanzó la ventana, vio la sustracción de los documentos, y persiguió al ladrón. Con esta hipótesis, superamos la objeción de que nadie se llevaría unos originales cuando puede hacer copias. Este intruso tiene que coger los originales. Hasta aquí parece lógico.
       —¿Cuál es el siguiente paso?
       —Ahora llegamos a las dificultades. Uno pensaría que, en tales circunstancias, el primer acto del joven Cadogan West sería echar el guante al canalla y dar la alarma. ¿Por qué no lo hizo? ¿Podría haber sido un empleado de más rango quien cogiera los documentos? Eso explicaría la conducta de West. ¿O puede que su superior le hubiera dado esquinazo en la niebla, y West saliera disparado enseguida para Londres para llegar el primero a su destino, suponiendo que sabía a dónde se dirigía? La necesidad debió de ser muy apremiante, puesto que dejó a su chica en medio de la niebla y no hizo ningún esfuerzo para comunicarse con ella. Aquí desaparece nuestro rastro, y se abre un enorme vacío entre ambas hipótesis y el cuerpo de West, con siete documentos en el bolsillo, en el techo de un tren metropolitano. Mi instinto me dicta trabajar ahora desde el otro extremo. Si Mycroft nos ha proporcionado la lista de direcciones, es posible que seamos capaces de decidir quién es nuestro hombre y seguir dos rastros en lugar de uno.

       Como esperábamos, nos aguardaba una nota en Baker Street. Un mensajero del Gobierno la había traído con gran celeridad. Holmes le echó un vistazo y me la pasó:

     Hay numerosos de poca monta, pero pocos que se quisieran encargar de un asunto tan grande. Los únicos hombres que vale la pena considerar son: Adolph Meyer, en Great George Street 13, Westminster; Louis La Rothière, en Campden Mansions, Notting Hill; y Hugo Oberstein, en Caulfield Gardens 13, Kensington. Se sabe que este último estuvo en la ciudad el lunes, y ahora se informa de que se ha marchado. Alegra oír que has visto alguna luz. El consejo de ministros aguarda tu informe final con suma preocupación. Han llegado reiteradas protestas de la más alta instancia. Tienes toda la fuerza del Estado detrás de ti si la necesitaras.

MYCROFT

       —Me temo —me dijo Holmes sonriendo— que ni todos los caballos ni todos los hombres de la reina son de utilidad en este asunto.
       Había desplegado su gran mapa de Londres y se había inclinado sobre él con impaciencia.
       —Bien, bien —dijo al rato satisfecho—, las cosas, por fin, se ponen un poco a nuestro favor. Vaya, Watson, creo honestamente que vamos a lograrlo después de todo. —Me dio una palmada en el hombro con un repentino ataque de risa—. Ahora voy a salir. Es solo un reconocimiento. No haría nada serio sin mi leal colega y biógrafo a mano. Quédese aquí, lo más probable es que vuelva a verme en una o dos horas. Pero si se le hace pesada la espera, coja papel y pluma, y empiece su relato de cómo salvamos el Estado.
       Sentí que crecía una llama de entusiasmo en mí, reflejo de la suya, porque sabía bien que no se desviaría tan lejos de su circunspección de costumbre a menos que hubiese una buena razón para la euforia. Esperé toda esa larga tarde de noviembre, lleno de impaciencia por su vuelta. Por fin, poco después de las nueve, llegó un mensajero con una nota:

    Estoy cenando en el restaurante Goldini, en Gloucester Road, Kensington. Por favor, venga enseguida y reúnase conmigo aquí. Traiga con usted una palanqueta, una linterna sorda, un cincel y un revólver.

S. H.

       Bonitas herramientas eran para ser transportadas por un respetable ciudadano a través de las calles oscuras y cubiertas de niebla. Conseguí guardarlas todas en mi abrigo sin que se notaran mucho y me fui directo a la dirección indicada. Allí estaba mi amigo sentado en una pequeña mesa redonda cerca de la puerta del estrafalario restaurante italiano.
       —¿Ha comido algo? Entonces, tómese conmigo un café con curasao. Pruebe uno de los cigarros del dueño. Son menos detestables de lo que uno pudiera esperar. ¿Tiene los utensilios?
       —Aquí están, en mi abrigo.
       —Excelente. Déjeme hacerle un breve esquema de lo que he hecho, junto con algunos apuntes de lo que estamos a punto de ejecutar. Ahora mismo debe de serle evidente, Watson, que el cuerpo de este joven lo habían colocado en el techo del tren. Eso estaba claro desde el momento en que determiné que fue desde allí, y no desde un vagón, desde donde había caído.
       —¿No podría haberse caído de un puente?
       —Diría que es imposible. Si inspecciona los techos, se dará cuenta de que son ligeramente abombados, y que no hay barandilla que los bordee. Por tanto, podemos decir a ciencia cierta que colocaron al joven Cadogan West encima.
       —¿Cómo pudieron colocarlo allí?
       —Esa es la pregunta que teníamos que responder. Solo hay una forma posible. Usted sabe que el metro sale de los túneles en ciertos puntos de West End. Tenía un vago recuerdo de que, cuando he viajado en él, en algunos puntos he visto tramos abiertos por encima de mi cabeza. Ahora bien, imagine que un tren se detuviera bajo un tramo de ventilación, ¿habría alguna dificultad en situar el cuerpo encima del techo?
       —Parece muy improbable.
       —Debemos echar mano del viejo axioma de que, cuando todas las demás contingencias fallan, cualquiera que quede, aunque improbable, debe ser cierta. Aquí todas las demás contingencias han fallado. Cuando descubrí que el principal agente internacional, que acababa de marcharse de Londres, vivía en una zona de casas que lindaban con el metro, me alegró tanto como se sorprendió usted ante mi repentina frivolidad.
       —Ah, era por eso, ¿verdad?
       —Sí, era por eso. El señor Hugo Oberstein, con residencia en Caulfield Gardens 13, se había convertido en mi objetivo. Empecé mis operaciones en Gloucester Road Station, donde un empleado muy amable me acompañó a lo largo de las vías y me permitió cerciorarme no solo de que las ventanas de la escalera de servicio de Caulfield Gardens daban a la vía, sino del hecho incluso más esencial de que, debido a la intersección de una de las vías férreas más anchas, los trenes del metro se quedan parados con frecuencia durante unos minutos en ese mismo punto.
       —¡Fantástico, Holmes! ¡Ha dado con ello!
       —No del todo… no del todo, Watson. Progresamos, pero la meta queda lejos. Bueno, tras haber visto la parte de atrás de Caulfield Gardens, visité la parte de delante y me cercioré de que el pájaro había dejado el nido de verdad. Es una casa enorme, sin amueblar, hasta donde pude inspeccionar, en las habitaciones de arriba. Oberstein vivía aquí con un único ayuda de cámara, que sería, probablemente, un cómplice de su entera confianza. Debemos conjeturar que Oberstein se ha ido al continente para deshacerse de su botín, pero no con idea de huir, puesto que no tiene motivos para temer una orden de arresto. Tampoco se le pasaría nunca por la cabeza que pudiera recibir una visita de aficionados. Sin embargo, eso es precisamente lo que estamos a punto de hacer.
       —¿No podríamos obtener una orden y hacerlo de forma legal?
       —Difícilmente con estas pruebas.
       —¿Y qué podemos encontrarnos?
       —No podemos decir qué correspondencia puede haber.
       —No me gusta, Holmes.
       —Mi querido amigo, usted se quedará vigilando en la calle. Yo haré la parte criminal. No es momento de andarse con nimiedades. Piense en la nota de Mycroft, en el Almirantazgo, el consejo de ministros, en la eminente y alterada persona que espera noticias. Debemos ir.
       Mi respuesta fue levantarme de la mesa de un salto.
       —Tiene razón, Holmes. Debemos ir.
       Se puso en pie y me estrechó la mano.
       —Sabía que no se arrugaría —me dijo.
       Por un momento, vi algo en sus ojos que se asemejaba más al afecto de lo que nunca había visto en él. Acto seguido, volvió a su yo avasallador y práctico una vez más.
       —Hay casi media milla, pero no tenemos prisa. Demos un paseo —me dijo—. No deje caer los instrumentos, se lo ruego. Que lo arresten por tener apariencia sospechosa sería una complicación de lo más lamentable.
       Caulfield Gardens era una de esas vías con casas de fachada plana, con pilares y pórtico, que son un producto tan propio de la época victoriana media del West End de Londres. En el número de al lado, parecía haber una fiesta de niños, por el murmullo alegre de voces juveniles y el estrépito de un piano que resonaba a través de la noche. La niebla seguía cerniéndose y encubriéndonos con su bondadosa sombra. Holmes había encendido su linterna y la proyectaba sobre la sólida puerta.
       —Este es un inconveniente serio —dijo—. Por supuesto, está cerrada con pestillo y también con llave. Haríamos mejor en ir por el patio. Hay un pasaje abovedado allá abajo por si acaso un policía con demasiado celo se inmiscuyera. Écheme una mano, Watson, y luego se la echaré yo.
       Poco más tarde, estábamos ambos en el patio. Apenas habíamos llegado a las sombras más densas cuando oímos los pasos de un policía en la niebla de arriba. Cuando su paso tranquilo se extinguió, Holmes se puso a trabajar en la puerta de abajo. Vi cómo se encorvaba y se afanaba hasta que, con un chasquido metálico, la abrió de golpe. Entramos de un salto en el pasillo a oscuras, cerrando la puerta del patio tras nosotros. Holmes me precedió por la escalera curva sin enmoquetar. Su pequeño abanico de luz amarilla brillaba en una ventana baja.
       —Ya estamos, Watson… debe de ser esta.
       La abrió de par en par, y, al hacerlo, se oyó un ruido bajo y estridente que se convirtió progresivamente en un potente estruendo cuando un tren pasó velozmente a nuestro lado en la oscuridad. Holmes barrió con su luz el alféizar de la ventana. Estaba cubierto de una gruesa capa de hollín de las locomotoras que pasaban, pero la superficie negra estaba difuminada y rozada en algunos sitios.
       —Se puede ver dónde apoyaron el cuerpo. ¡Y observe, Watson! ¿Qué es esto? No cabe duda de que es una huella de sangre. —Estaba señalando hacia las manchas que había a lo largo de la madera de la ventana—. Aquí en la piedra de la escalera también hay. La evidencia es total. Quedémonos hasta que pare un tren.
       No tuvimos que esperar mucho tiempo. El siguiente tren retumbaba desde el túnel como antes, pero disminuyó la velocidad a cielo abierto, y, entonces, con un chirrido de frenos, se paró inmediatamente debajo de nosotros. No había ni cuatro pies desde el antepecho de la ventana al techo de los vagones. Holmes cerró suavemente la ventana.
       —Hasta aquí tenemos justificación —dijo—. ¿Qué le parece, Watson?
       —Una obra maestra. Nunca ha llegado tan alto.
       —Ahí no puedo estar de acuerdo con usted. Desde el momento en que concebí la idea del cuerpo sobre el techo, que, sin duda, no era muy complicada, todo lo demás era inevitable. Si no fuera por los graves intereses implicados en el asunto, hasta ese punto carecería de importancia. Todavía tenemos ante nosotros algunas dificultades. Pero tal vez podamos encontrar algo aquí que nos sea de ayuda.
       Ascendimos por la escalera de la cocina y entramos en el ala de habitaciones del primer piso. La primera era un comedor, sobriamente amueblado, que no contenía nada de interés. La segunda era un dormitorio, donde tampoco había nada. La habitación que quedaba parecía más prometedora, y mi compañero se puso cómodo para una inspección sistemática. Estaba llena de papeles y libros por todas partes, y era evidente que se utilizaba como despacho. Rápida y metódicamente, Holmes volcó el contenido de un cajón tras otro y de un armario tras otro, pero ningún destello de éxito llegó a iluminar la severidad de su rostro. Y, pasada una hora, no había llegado más lejos que cuando empezó.
       —El perro artero ha borrado sus huellas —dijo—. No ha dejado nada que lo incrimine. La correspondencia peligrosa la ha destruido o se la ha llevado. Esta es nuestra última oportunidad.
       Había una pequeña caja de latón que se encontraba encima del escritorio. Holmes la abrió haciendo palanca con su cincel. Dentro había varios rollos de papel cubiertos con cifras y cálculos, sin nota alguna que indicase a qué se referían. La aparición constante de palabras como «presión del agua» y «presión por pulgada cuadrada» sugerían una posible relación con un submarino. Holmes las echó todas a un lado con impaciencia. Solo quedaba un sobre con algunos trocitos de periódico dentro. Los sacó agitándolo encima de la mesa y, enseguida, vi en su rostro entusiasmado que sus esperanzas habían aumentado.
       —¿Qué es esto, Watson? ¿Eh? ¿Qué es esto? El archivo de una serie de mensajes en los anuncios de un periódico. La sección de consejos sentimentales del Daily Telegraph en papel impreso. En la esquina superior derecha de la página. Sin fechas… pero los mensajes se ordenan por sí mismos. Este debe de ser el primero:

     Esperaba saber antes. Condiciones acordadas. Escriba todo a la dirección dada en tarjeta.

PIERROT

       —El siguiente es este:

    Demasiado complicado para describirlo. Debo tener informe completo. Le aguarda algo cuando entregue mercancía.

PIERROT

       —Luego viene:

    Urge asunto. Debo retirar oferta a menos que complete transacción. Concierte reunión por carta. Confirmaré por anuncio.

PIERROT

       —Y por último:

    Lunes noche pasadas las nueve. Dos golpes. Solo nosotros. No sea tan suspicaz. Pago en metálico cuando entregue.

PIERROT

       —¡Un registro bastante completo, Watson! ¡Ojalá pudiéramos atrapar al hombre al otro lado!
       Se sentó absorto, tamborileando con los dedos en la mesa. Por fin, se levantó de un salto.
       —Bueno, quizá no sea tan difícil después de todo. No hay nada más por hacer aquí, Watson. Creo que tendríamos que acercarnos a las oficinas del Daily Telegraph, y así concluir un buen día de trabajo.

       Al día siguiente, Mycroft Holmes y Lestrade se personaron en casa tras citarlos allí después del desayuno y Sherlock Holmes les relató nuestros actos del día anterior. Al terminar, el profesional negaba con la cabeza por nuestro allanamiento confesado.
       —Nosotros no podemos hacer estas cosas en el cuerpo, señor Holmes —dijo—. Con razón obtiene resultados que nos sobrepasan. Pero uno de estos días irá demasiado lejos, y se verán usted y su amigo en un aprieto.
       —Por Inglaterra, belleza y hogar… ¿no, Watson? Mártires en el altar de nuestro país. ¿Qué te parece a ti, Mycroft?
       —¡Excelente, Sherlock! ¡Digno de admiración! Pero ¿cómo lo vas a utilizar?
       Holmes cogió el Daily Telegraph de encima de la mesa.
       —¿Has visto el anuncio de Pierrot de hoy?
       —¿Cómo? ¿Otro?
       —Sí, aquí está.

     Esta noche. Misma hora. Mismo sitio. Dos golpes. Extremadamente importante. Su propia seguridad en ello.

PIERROT

       —¡Cielo santo! —exclamó Lestrade—. ¡Si contesta a eso, lo atraparemos!
       —Esa fue mi idea cuando lo puse. Creo que, si a ambos les pareciera conveniente acompañarnos alrededor de las ocho a Caulfield Gardens, sería posible hallarnos más cerca de una solución.

       Una de las características más notables de Sherlock Holmes era su capacidad para desviar su mente de la acción y encaminar todos sus pensamientos a cosas más livianas una vez que se había convencido de que ya no podía sacar ningún provecho de seguir trabajando. Recuerdo que, durante todo ese día memorable, estuvo absorto en un tratado que había emprendido sobre los motetes polifónicos de Lassus. Yo, por mi parte, no compartía en absoluto esa capacidad para despreocuparme, y el día se me hizo larguísimo. La enorme importancia nacional del problema, la expectación en las altas esferas, la naturaleza directa del experimento que estábamos ensayando… todo eso se entremezclaba en mi interior causándome desasosiego. Para mí fue un alivio cuando, por fin, después de una cena ligera, nos pusimos en marcha. Lestrade y Mycroft se reunieron con nosotros tras citarnos en el exterior de Gloucester Road Station. Aunque la puerta del patio de la casa de Oberstein había quedado abierta la noche anterior, fue necesario que yo entrara y abriera la puerta del vestíbulo, dado que Mycroft Holmes se negó en redondo e indignado a trepar por la verja. Hacia las nueve estábamos todos sentados en el despacho esperando pacientemente a nuestro hombre.
       Pasó una hora y otra más. Cuando dieron las once, el tañido rítmico del gran reloj de la iglesia parecía doblar por nuestras esperanzas. Lestrade y Mycroft se agitaban en sus asientos y miraban cada dos por tres sus relojes. Holmes seguía sentado en silencio y dueño de sí, con los párpados medio cerrados, pero con todos los sentidos en alerta. De repente, enderezó la cabeza con un brusco movimiento.
       —Está llegando —dijo.
       Hubo unos pasos sigilosos al otro lado de la puerta. Había vuelto. Oímos cómo alguien andaba arrastrando los pies afuera, y luego dos golpes breves y nítidos con la aldaba. Holmes se levantó y nos indicó que permaneciéramos sentados. La luz de gas en el vestíbulo era un mero punto de luz. Abrió la puerta a la calle, y entonces, al pasar una oscura figura junto a él, cerró y echó la llave. «¡Por aquí!», oímos que decía, y, poco después, teníamos a nuestro hombre delante de nosotros. Holmes lo seguía de cerca, y, cuando el hombre se dio la vuelta con un grito de sorpresa y alarma, lo agarró por el cuello y lo empujó de vuelta a la habitación. Antes de que nuestro prisionero hubiese recobrado el equilibrio, la puerta estaba cerrada y Holmes apoyaba la espalda en ella. El desconocido miró a su alrededor furioso, estupefacto, y cayó sin conocimiento al suelo. Con el impacto, su sombrero de ala ancha salió despedido de su cabeza, su pañuelo resbaló descubriendo sus labios, y allí estaban la barba clara y larga y las facciones finas, delicadas y atractivas del coronel Valentine Walter.
       Holmes silbó de sorpresa.
       —Esta vez puede poner por escrito que soy un zopenco, Watson —me dijo—. Este no era el pájaro que andaba buscando.
       —¿Quién es? —preguntó Mycroft con ansiedad.
       —El hermano menor del difunto sir James Walter, el jefe de la sección del submarino. Sí, sí, ya veo la jugada. Está volviendo en sí. Creo que harían mejor en dejarme a mí este interrogatorio.
       Llevamos el cuerpo inconsciente al sofá. Mientras nuestro prisionero se incorporaba, miraba a su alrededor con rostro aterrado, y se pasaba la mano por la frente, como alguien que no puede creer lo que ven sus ojos.
       —¿Qué es esto? —preguntó—. He venido aquí a visitar al señor Oberstein.
       —Lo sabemos todo, coronel Walter —dijo Holmes—. Aunque escapa a mi entendimiento cómo un caballero inglés ha podido comportarse de semejante forma. Estamos al corriente de toda su correspondencia y relación con Oberstein, así como también de las circunstancias ligadas a la muerte del joven Cadogan. Déjeme recomendarle que se gane al menos la escasa honra del arrepentimiento y la confesión, puesto que todavía quedan algunos detalles de los que solo podemos enterarnos por sus labios.
       El hombre gimoteó y hundió su rostro entre las manos. Esperamos, pero guardó silencio.
       —Le puedo asegurar —dijo Holmes— que ya sabemos todo lo esencial: que andaba escaso de dinero, que hizo un molde de las llaves que guardaba su hermano, y que entabló correspondencia con Oberstein, quien respondía a sus cartas por medio de la sección de anuncios del Daily Telegraph. También estamos al tanto de que hizo una visita a la oficina aprovechando la niebla del lunes por la noche, pero que lo descubrió y siguió el joven Cadogan West, quien, presumiblemente, tenía algún motivo previo para sospechar de usted. Vio el allanamiento, pero no dio la alarma, puesto que cabía la posibilidad de que estuviera llevándole a su hermano los papeles. Dando la espalda a todos sus asuntos privados, como el buen ciudadano que era, le siguió de cerca en la niebla y le pisó los talones hasta que alcanzó esta misma casa. En ese momento, intervino y, entonces, coronel Walter, añadió a la traición el crimen, aún más espeluznante, de asesinato.
       —¡Yo no lo hice! ¡Yo no lo hice! ¡Juro ante Dios que yo no lo hice! —exclamó nuestro miserable prisionero.
       —Cuéntenos, en tal caso, cómo Cadogan West halló su muerte antes de que lo colocara encima del techo de un vagón de ferrocarril.
       —Lo haré. Les juro que lo haré. Soy culpable de todo lo demás. Lo confieso. Pasó justo como dice. Una deuda bursátil que había que pagar. Necesitaba urgentemente el dinero. Oberstein me ofreció quinientas libras. Tenía que librarme de la ruina. Pero, en lo que se refiere al asesinato, soy tan inocente como cualquiera de ustedes.
       —¿Qué pasó entonces?
       —Él sospechaba de antes y me siguió tal como ha contado usted. No lo sospeché hasta que estuve en la misma puerta. Había una densa niebla, y no se podía ver a tres yardas. Había dado los dos golpes y Oberstein había abierto la puerta. El joven se precipitó hacia nosotros y exigió saber qué íbamos a hacer con los papeles. Oberstein tenía una porra corta. Siempre la llevaba consigo. Cuando West se abrió paso a la fuerza detrás de nosotros hasta dentro de la casa, Oberstein le golpeó en la cabeza. El golpe fue letal. Estuvo muerto en cinco minutos. Yacía allí, en el vestíbulo, y nosotros estábamos desquiciados sin saber qué hacer. Entonces, él tuvo esa idea de los trenes que se detenían bajo su ventana de la parte de atrás. Pero primero examinó los papeles que le había llevado. Dijo que tres de ellos eran imprescindibles, y que debía quedarse con ellos. «No puede quedárselos», le dije, «habrá un escándalo espantoso si no los devolvemos». «Debo quedármelos», replicó, «porque son tan técnicos que es imposible hacer copias en poco tiempo». «Entonces, tendrán que estar de regreso todos juntos esta noche», le respondí. Estuvo pensando un momento, y, entonces, expuso su solución. «Me quedaré los tres», dijo, «y los otros se los meteremos a este joven en el bolsillo. Cuando lo encuentren, seguro que le cargan con todo el asunto». No se me ocurría otra salida, así que hicimos lo que sugería. Esperamos media hora en la ventana antes de que parara un tren. La niebla era tan densa que no se podía ver nada, y no nos costó bajar el cuerpo de West al techo del tren. Ese fue el final del asunto hasta donde estoy implicado.
       —¿Y su hermano?
       —Nunca me dijo nada, pero me había sorprendido una vez con sus llaves, y creo que sospechaba de mí. Vi en sus ojos que sospechaba de mí. Como saben, nunca volvió a levantar cabeza.
       La habitación se quedó en silencio. Lo rompió Mycroft Holmes.
       —¿No puede enmendarlo de alguna manera? Aliviaría su conciencia, y, posiblemente, su castigo.
       —¿Cómo?
       —¿Dónde está Oberstein con los documentos?
       —No lo sé.
       —¿No le dio ninguna dirección?
       —Dijo que le escribiera al Hôtel du Louvre de París, que le acabarían llegando con el tiempo.
       —En ese caso, todavía está en su mano enmendarse —le dijo Sherlock Holmes.
       —Haré cualquier cosa. No le deseo nada bueno a ese tipo. Ha sido mi perdición y mi ruina.
       —Aquí tiene papel y pluma. Siéntese en el escritorio y escriba lo que le dicte. Dirija el sobre a la dirección que le dio. Eso es. Ahora la carta:

     Estimado señor:
     Con respecto a nuestra transacción, sin duda habrá advertido ya que falta un detalle imprescindible. Tengo un calco que lo completará. Esto, no obstante, me ha supuesto una dificultad adicional, y por lo tanto debo pedirle un adelanto adicional de quinientas libras. No confío en el correo, ni acepto más que oro o billetes. Me reuniría con usted en el extranjero, pero suscitaría comentarios si abandonara el país en este momento. Por tanto, espero reunirme con usted en el salón para fumadores del Charing Cross Hotel el sábado a mediodía. Recuerde que solo aceptaré dinero inglés u oro.

       —Eso servirá a la perfección. Me sorprendería mucho si eso no atrae a nuestro hombre.

       ¡Y lo hizo! Forma ya parte de la historia —de esa historia secreta de una nación que a menudo es mucho más cercana e interesante que sus crónicas públicas— que Oberstein, ansioso por completar el golpe maestro de su vida, picó el anzuelo y fue encerrado de por vida en una prisión británica. En su baúl se encontraron los inestimables planos del Bruce-Partington, que había puesto a subasta en todos los centros navales de Europa.
       El coronel Walter murió en prisión al final del segundo año de su condena. En cuanto a Holmes, regresó con fuerzas renovadas a su tratado sobre los motetes polifónicos de Lassus, que, desde entonces, ha sido impreso en edición privada, y dicen los expertos que es la última palabra sobre el tema. Unas semanas después, me enteré por casualidad de que mi amigo había pasado un día en Windsor, de donde volvió con un alfiler de corbata de esmeralda especialmente exquisito. Cuando le pregunté si se lo había comprado, me respondió que era un obsequio de cierta majestuosa dama en interés de la cual había tenido la buena suerte de realizar un pequeño encargo. No dijo más, pero me imagino que acertaría el nombre de esa augusta dama, y no me cabe duda de que el alfiler de esmeralda le traerá a la memoria a mi amigo la aventura de los planos del Bruce-Partington para siempre.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar