Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La caja de cartón (1893)
(“The Adventure of the Cardboard Box ”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (enero 1893);
The Memoirs of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1893, 279 págs.)



      A la hora de escoger algunos casos típicos que pusieran de manifiesto las notables facultades mentales de mi amigo Sherlock Holmes, he procurado, en la medida de lo posible, seleccionar aquellos que presentaran un mínimo de sensacionalismo y ofrecieran campo suficiente para desplegar su talento. Sin embargo, y por desgracia, resulta imposible separar por completo lo sensacional de lo delictivo, y el cronista se encuentra en el dilema de tener que sacrificar detalles que son esenciales para comprender la historia, con lo cual se da una falsa impresión del problema, o utilizar materiales que han llegado a sus manos por casualidad, y no por elección. Hecho este breve preámbulo, paso a exponer las notas que conservo acerca de una extraña cadena de acontecimientos, que resultó ser particularmente terrible.
       Era un día de agosto y hacía un calor abrasador. Baker Street parecía un horno, y el reflejo del sol en los ladrillos amarillos de la casa de enfrente hacía daño en los ojos. Resultaba difícil creer que aquellas eran las mismas paredes que parecían tan lúgubres y sombrías entre las nieblas del invierno. Teníamos las persianas medio bajadas, y Holmes estaba acurrucado en el sofá, leyendo y releyendo una carta que había recibido con el correo de la mañana. En cuanto a mí, los años de servicio en la India me habían acostumbrado a aguantar mejor el calor que el frío, y podía soportar sin problemas temperaturas de más de 30 grados. Pero el periódico de la mañana no traía nada interesante. El Parlamento había suspendido sus sesiones, todo el mundo se había largado de Londres, y yo suspiraba por la praderas de New Forest o las playas de Southsea. El depauperado estado de mi cuenta bancaria me había obligado a aplazar mis vacaciones; y por lo que respecta a mi amigo, ni el campo ni la costa ofrecían el más mínimo atractivo para él. Le gustaba permanecer en el centro mismo de una multitud de cinco millones de personas, extendiendo sus tentáculos entre ellas, atento al menor rumor o sospecha de un delito sin resolver. Entre sus muchas cualidades no figuraba la afición a la Naturaleza, y solo se aproximaba a ella cuando tenía que desviar su atención del malhechor urbano para seguirle la pista a su equivalente rural.
       En vista de que Holmes se encontraba demasiado absorto para conversar, tiré a un lado el aburrido periódico y me recosté en mi butaca, sumiéndome en profundas reflexiones. De pronto, la voz de mi compañero interrumpió mis pensamientos.
       —Tiene usted razón, Watson —dijo—. Parece una manera ridícula de zanjar una disputa.
       —¡Pues claro que es ridícula! —exclamé yo. Y entonces, cayendo de pronto en la cuenta de que Holmes había logrado penetrar en mis pensamientos más íntimos, me incorporé en mi asiento y me quedé mirándolo, completamente atónito.
       —¿Qué es esto, Holmes? —exclamé—. Esto supera todo lo imaginable.
       El se echó a reír de buena gana ante mi perplejidad.
       —Recordará usted —dijo— que hace algún tiempo, cuando le leí aquel pasaje de un cuento de Poe en el que un razonador muy hábil sigue los pensamientos de su acompañante sin que este haya dicho nada, usted consideró todo el asunto como un mero tour de forcé del autor. Y cuando yo le dije que tenía por costumbre hacer lo mismo en todo momento, usted se mostró incrédulo.
       —¡Oh, no!
       —Quizá no lo dijera con la lengua, querido Watson, pero sí con las cejas. Así que cuando le he visto tirar el periódico y enfrascarse en una cadena de pensamientos, me he alegrado de tener la oportunidad de ir siguiéndola, e intervenir en un momento dado, como demostración de que me mantenía en contacto con usted.
       Aquello no me convenció, ni mucho menos.
       —En aquel ejemplo que usted me leyó —argumenté—, el razonador sacaba sus conclusiones observando las acciones del otro hombre. Si no recuerdo mal, este tropezaba en un montón de piedras, miraba las estrellas, y cosas así. Pero yo estaba tranquilamente sentado en mi butaca. ¿Qué pistas le he podido dar?
       —Es usted injusto consigo mismo. Al hombre se le han dado facciones para que con ellas pueda expresar sus emociones, y las de usted cumplen muy bien su cometido.
       —¿Quiere decir que puede leer mis pensamientos con solo mirarme la cara?
       —La cara y, sobre todo, los ojos. A lo mejor, ni usted mismo recuerda cómo comenzaron sus reflexiones. —Pues no, no lo recuerdo.
       —Entonces, yo se lo diré. Después de tirar el periódico, que fue el acto que atrajo mi atención, se quedó sentado durante medio minuto con expresión ausente. Luego sus ojos se fijaron en ese retrato del general Gordon que acaba de hacer enmarcar y, por la alteración de su rostro, comprendí que acababa de iniciar una cadena de pensamientos. Sin embargo, no llegó muy lejos. Su mirada se posó entonces en el retrato sin enmarcar de Henry Ward Beecher, que está colocado encima de sus libros, y después miró la pared, lo cual tenía un significado clarísimo. Estaba usted pensando que, si el retrato estuviera enmarcado, lo podría colgar en ese espacio vacío y haría juego con el del general Gordon.
       —¡Me ha seguido usted a la perfección! —exclamé.
       —Hasta aquí, resultaba difícil equivocarse. Pero entonces sus pensamientos volvieron a Beecher, y se quedó mirando fijamente el retrato, como si estuviera estudiando el carácter del personaje a partir de sus facciones. Al poco rato, dejó de fruncir los ojos, pero siguió mirándolo con expresión pensativa. Estaba usted recordando los incidentes de la carrera de Beecher. Y yo sabía perfectamente que, en tal caso, no podría dejar de pensar en la misión que emprendió a favor del Norte durante la Guerra Civil, ya que recuerdo muy bien sus vehementes e indignados comentarios acerca de la manera en que lo recibieron nuestros conciudadanos más turbulentos. Aquel episodio le afectó tanto que yo sabía que no podía pensar en Beecher sin recordarlo. Un momento después, su mirada se apartó del retrato, y comprendí que estaba pensando en la Guerra Civil. Y cuando me fijé en cómo apretaba los labios, cómo le brillaban los ojos y cómo cerraba los puños, tuve la certeza de que estaba usted pensando en el valor que demostraron ambos bandos en aquel desesperado enfrentamiento. Pero entonces su expresión se fue volviendo cada vez más triste, y empezó a menear la cabeza, pensando en la tragedia, el horror y el inútil derroche de vidas. Sin darse cuenta, se llevó la mano a su vieja herida de guerra y sus labios esbozaron una sonrisa temblorosa, lo cual me dio a entender que en su mente se había abierto paso el carácter ridículo de este método de dirimir las cuestiones internacionales. Y en este punto le dije que estaba de acuerdo en que era ridículo, y tuve la alegría de comprobar que todas mis deducciones habían sido acertadas.
       —¡Por completo! —dije yo—. Y ahora que me lo ha explicado, le confieso que sigo tan asombrado como al principio.
       —Pues ha sido algo muy superficial, querido Watson, se lo aseguro. No me habría entrometido en sus pensamientos de no haberse mostrado usted tan incrédulo el otro día. Pero tengo entre manos un pequeño problema cuya solución quizá no sea tan sencilla como este modesto experimento de lectura del pensamiento. ¿No ha visto en el periódico una noticia breve acerca del extraño contenido de un paquete que le fue enviado por correo a la señorita Cushing, de Cross Street, Croydon?
       —No, no he visto nada.
       —¡Ah! Se le habrá pasado por alto. Écheme el periódico. Aquí lo tiene, debajo de la columna financiera. ¿Tendría la amabilidad de leerlo en voz alta?
       Recogí al vuelo el periódico, que él me arrojó doblado, y leí el párrafo indicado. Se titulaba:

PAQUETE MACABRO

     La señorita Susan Cushing, con domicilio en Cross Street, Croydon, ha sido víctima de lo que parece una broma de extremado mal gusto, a menos que el incidente resulte tener un significado aún más siniestro. Ayer, a las dos de la tarde, el cartero entregó en una casa un paquete pequeño, envuelto en papel de estraza. En su interior había una cajita llena de sal gorda. Al vaciarla, la señorita Cushing descubrió horrorizada dos orejas humanas, al parecer recién cortadas. La caja se había despachado la mañana anterior en el servicio de paquetes postales de Belfast. No existe ningún indicio del remitente, y el asunto adquiere un carácter aún más misterioso si se tiene en cuenta que la señorita Cushing, soltera de cincuenta años, ha llevado una vida muy retirada y tiene tan pocas amistades o relaciones que para ella constituye un acontecimiento extraordinario recibir algo por correo. No obstante, hace algunos años, cuando residía en Pengue, alquiló varias habitaciones de su casa a tres jóvenes estudiantes de Medicina, a los que acabó echando a causa de su comportamiento ruidoso y desordenado. La policía opina que pueden haber sido estos mismos jóvenes los que, por rencor, le han jugado tan mala pasada a la señorita Cushing, enviándole estos restos de la sala de disección con la clara intención de asustarla. En apoyo de esta hipótesis está el hecho de que uno de los estudiantes procediera de Irlanda del Norte y, según cree recordar la señorita Cushing, precisamente de Belfast. Mientras tanto, el asunto se está investigando a fondo, habiéndosele encomendado el caso al señor Lestrade, uno de los inspectores más sagaces de nuestro cuerpo de policía.

      —Eso es todo, por lo que respecta al Daily Chronicle —dijo Holmes cuando acabé de leer—. Pasemos ahora a nuestro amigo Lestrade. Esta mañana he recibido una nota suya, en la que dice:

     Creo que este caso entra de lleno en su especialidad. Confiamos plenamente en poder aclarar el asunto, pero tenemos una pequeña dificultad, y es que no sabemos por dónde empezar. Como es natural, hemos telegrafiado a la oficina de Correos de Belfast, pero ese día se despacharon muchísimos paquetes y no tienen manera de identificar este en concreto, ni pueden recordar al remitente. La caja es una caja de media libra de tabaco aromático, y no nos ha servido de ninguna ayuda. La teoría de los estudiantes de Medicina me sigue pareciendo la más viable, pero si pudiera usted disponer de unas pocas horas me alegraría mucho verlo por aquí. Estaré todo el día en la casa o en la comisaría.

      —¿Qué me dice, Watson? ¿Se ve capaz de sobreponerse al calor y bajarse hasta Croydon conmigo, a ver si consigue un buen caso para sus crónicas?
       —Me estaba muriendo por hacer algo.
       —Pues ya tiene algo que hacer. Llame al botones y dígale que pida un coche. Volveré en un momento, en cuanto me haya cambiado de ropa y llenado la tabaquera.
       Durante el viaje en tren cayó un chaparrón, y al llegar a Croydon el calor era mucho menos agobiante que en Londres. Holmes había enviado un telegrama por delante, y Lestrade nos aguardaba en la estación, tan fibroso, tan atildado y tan parecido a un hurón como siempre. Una caminata de cinco minutos nos llevó hasta Cross Street, donde residía la señorita Cushing.
       Era una calle muy larga, con casas de ladrillo de dos pisos, pulcras y bien cuidadas, con escalones blanqueados y grupillos de mujeres con delantales chismorreando en las puertas. A mitad de la calle, Lestrade se detuvo y llamó a una puerta; una sirvienta joven y menudita nos hizo pasar a la sala donde estaba sentada la señorita Cushing. Era un mujer de rostro apacible, ojos grandes, mirada amable y pelo canoso, que formaba rizos sobre ambas sienes. Sobre su regazo tenía una funda bordada muy historiada, y a su lado, sobre un taburete, reposaba un cestito de sedas de colores.
       —Esas cosas horribles están en el cobertizo —dijo al ver entrar a Lestrade—. Y me gustaría que se las llevara de una vez.
       —Así lo haré, señorita Cushing. Solo las he dejado aquí para que mi amigo el señor Holmes pudiera verlas en su presencia.
       —¿Y por qué en mi presencia, señor mío?
       —Por si el señor Holmes quería hacerle alguna pregunta.
       —¿Qué sentido tiene hacerme preguntas, cuando ya le digo que no sé nada del asunto?
       —No se preocupe, señora —dijo Holmes en su tono más tranquilizador—. Estoy convencido de que ya la han molestado más que suficiente con este asunto.
       —Desde luego que sí. Soy una mujer tranquila y llevo una vida retirada. No estoy acostumbrada a ver mi nombre en los periódicos y a la policía en mi casa. Señor Lestrade, no permitiré que traigan aquí esas cosas. Si quieren verlas, tendrá que ser en el cobertizo.
       El cobertizo se encontraba en el estrecho jardín posterior de la casa. Lestrade entró en él y sacó una caja de cartón amarillo, un pliego de papel de estraza y un trozo de cordel. Al extremo del sendero había un banco y en él nos sentamos todos, mientras Holmes examinaba uno por uno los artículos que Lestrade le había entregado.
       —La cuerda es de lo más interesante —comentó, levantándola para mirarla a la luz y olfateándola—. ¿Qué le parece esta cuerda, Lestrade?
       —Está embreada.
       —Exacto. Es un trozo de bramante embreado. Y, sin duda, se habrá fijado usted en que la señorita Cushing cortó el cordel con unas tijeras, como se aprecia por el deshilachado que hay en cada lado. Esto es muy importante.
       —No le veo la importancia —dijo Lestrade.
       —La importancia radica en el hecho de que el nudo ha quedado intacto, y se trata de un nudo bastante curioso.
       —Está muy bien atado. Ya lo he comentado en mi informe —dijo Lestrade en tono petulante.
       —Bien, dejemos ya la cuerda y veamos el envoltorio —dijo Holmes, sonriendo—. Papel de estraza, con un claro olor a café. ¿Cómo? ¿Que no lo había advertido? Pues no cabe ninguna duda. La dirección, escrita con letra bastante torpe: «Señorita S. Cushing, Cross Street, Croydon». Escrito con una pluma de plumilla ancha, probablemente del tipo J, y con tinta de muy mala calidad. Al principio habían escrito «Croydon» con «i» latina, y lo han corregido, transformándola en «y». Por lo que se ve, el paquete fue enviado por un hombre (la letra es claramente masculina) de escasa cultura y que no estaba familiarizado con Croydon. Por ahora, todo va bien. La caja es un envase amarillo de tabaco aromático, de media libra, sin nada de particular, a excepción de dos huellas de pulgares en la esquina inferior izquierda. Está llena de sal gorda, de la que se emplea para curar cueros y otras aplicaciones comerciales. Y dentro de la sal, este extrañísimo envío.
       Mientras hablaba, sacó de la caja las dos orejas, las puso en una tabla sobre sus rodillas y las examinó con gran atención, mientras Lestrade y yo, inclinados hacia delante a ambos lados de Holmes, mirábamos alternativamente los terribles restos humanos y el rostro pensativo y ansioso de nuestro compañero. Por fin, Holmes volvió a meter las orejas en la caja y se quedó sentado un buen rato, sumido en profundas reflexiones.
       —Por supuesto, se habrá fijado usted —dijo al fin— en que las orejas no son del mismo par.
       —Sí, ya me había fijado. Pero, si se tratara de una broma de unos estudiantes que las han sacado de una sala de disección, no tendría nada de particular que hubieran enviado dos orejas de distintas personas, como si fueran de la misma pareja.
       —Desde luego. Pero no se trata de ninguna broma.
       —¿Está usted seguro?
       —Todo parece indicar lo contrario. A los cadáveres de las salas de disección se les inyecta un fluido conservante. Estas orejas no presentan ningún rastro de ello. Se han cortado hace poco tiempo. Y además, con un instrumento poco afilado, lo cual no concuerda con un estudiante de Medicina. Por otra parte, una persona con formación médica habría utilizado como conservante fenol o alcoholes rectificados, pero nunca sal gorda.
       Le repito que no se trata de ninguna broma, sino que estamos investigando un delito grave.
       Una especie de escalofrío me recorrió el cuerpo al escuchar las palabras de mi compañero y ver la severa expresión que había endurecido sus facciones. Aquella brutal demostración parecía sugerir algún horror extraño e inexplicable. Sin embargo, Lestrade meneó la cabeza con el aire de quien solo está convencido a medias.
       —Desde luego, se pueden poner objeciones a la teoría de la broma —dijo—. Pero las razones en contra de la otra hipótesis son mucho más fuertes. Sabemos que esta mujer ha llevado una vida de lo más tranquila y respetable durante los últimos veinte años, tanto en Penge como aquí. En todo este tiempo, apenas se ha ausentado ni un día de su casa. ¿Para qué demonios va a enviarle un criminal las pruebas de su delito, sobre todo si se tiene en cuenta que, a menos que se trate de una actriz consumada, ella sabe del asunto tan poco como nosotros?
       —Ese es el problema que tenemos que resolver —respondió Holmes—. Y, por mi parte, me propongo hacerlo partiendo de la suposición de que mi interpretación es correcta, ya que se ha cometido un doble asesinato. Una de estas orejas es de mujer, pequeña, de líneas delicadas y con un orificio para el pendiente. La otra es de hombre, tostada por el sol, descolorida y también agujereada para llevar pendiente. Lo más probable es que estas dos personas estén muertas, pues de lo contrario ya habríamos sabido algo de ellas. Hoy es viernes. El paquete se echó al correo el jueves por la mañana. Así pues, la tragedia tuvo lugar el miércoles o el jueves, tal vez antes. Si los dos han sido asesinados, ¿quién sino el asesino pudo enviarle a la señorita Cushing esta prueba de su obra? Podemos dar por supuesto que el remitente del paquete es el hombre que buscamos. Pero tiene que haber tenido algún buen motivo para enviarle este paquete a la señorita Cushing. ¿Qué motivo? Tal vez para informarla del hecho; o tal vez para hacerla sufrir. Pero en este caso, ella tiene que saber quién es. ¿Lo sabe? Lo dudo. Si lo supiera, ¿para qué iba a llamar a la policía? Habría enterrado las orejas y nadie se habría enterado de nada. Eso es lo que habría hecho si quisiera encubrir al asesino. Y si no quisiera encubrirlo, habría dicho su nombre. He aquí una madeja que es preciso desenredar.
       Hasta aquí, había estado hablando en voz alta y rápida, con la mirada perdida más allá de la valla del jardín, pero de pronto se puso en pie de un salto y echó a andar en dirección a la casa.
       —Tengo que hacerle algunas preguntas a la señorita Cushing.
       —En tal caso, los dejo aquí —dijo Lestrade—, porque tengo otro asuntillo entre manos. Creo que yo ya no le voy a sacar nada nuevo a la señorita Cushing. Me encontrarán en la comisaría.
       —Pasaremos a verlo de camino a la estación —respondió Holmes.
       Un momento después, estábamos de regreso en la sala, donde la impasible dama continuaba bordando tranquilamente su funda de sillón. Al entrar nosotros, dejó la labor sobre el regazo y nos miró con sus sinceros y penetrantes ojos azules.
       —Estoy convencida, señores —dijo—, de que todo esto es un error y que, en realidad, el paquete no iba destinado a mí. Ya se lo he dicho varias veces al caballero de Scotland Yard, pero él se ríe de mí. Que yo sepa, no tengo ningún enemigo en este mundo. ¿Por qué iba nadie a gastarme una broma así?
       —Empiezo a tener la misma opinión, señorita Cushing —dijo Holmes, sentándose junto a ella—. Creo que es más que probable... —hizo una pausa y me sorprendió ver que estaba mirando con suma atención el perfil de la dama. Por un instante, en su ansioso rostro se reflejaron la sorpresa y la satisfacción, aunque cuando ella levantó la mirada, intrigada por su silencio, Holmes estaba otra vez tan serio como de costumbre. Yo, por mi parte, me quedé mirando fijamente su pelo aplastado y canoso, su impecable gorrito, sus pequeños pendientes dorados, sus facciones apacibles..., pero no pude advertir nada que justificara la evidente excitación de mi amigo.
       —Hay una o dos preguntas...
       —¡Oh, ya estoy harta de tantas preguntas! —exclamó la señorita Cushing con tono impaciente.
       —Según creo, tiene usted dos hermanas.
       —¿Cómo ha podido saber eso?
       —Nada más entrar en esta habitación me fijé en ese retrato de tres señoras que tiene usted sobre la repisa de la chimenea. Una de ellas es usted, sin duda alguna, y las otras dos se le parecen tanto que no cabe duda del parentesco.
       —Sí, tiene usted razón. Esas son mis hermanas, Sarah y Mary.
       —Y aquí, a mi costado, hay otra fotografía, tomada en Liverpool, de su hermana pequeña, en compañía de un hombre que, por su uniforme, parece un camarero de barco. Observo que cuando le hicieron la fotografía aún estaba soltera.
       —Es usted muy observador.
       —Es mi oficio.
       —Pues bien, ha acertado. Pero se casó con el señor Browner pocos días después. Cuando se tomó la foto, él trabajaba en la línea de Sudamérica, pero estaba tan prendado de mi hermana que no se resignaba a dejarla sola durante tanto tiempo, y se pasó a la línea de Liverpool y Londres.
       —Aja. ¿En el Conqueror, tal vez?
       —No, lo último que supe de él fue que estaba en el May Day. Jim pasó por aquí a visitarme una vez. Fue antes de que rompiera su promesa. Pero después volvió a beber cada vez que bajaba a tierra, y con solo beber un poco se ponía loco, furioso. ¡Ah! ¡Maldito el día en que volvió a tomar un vaso en la mano! Primero rompió conmigo, luego se peleó con Sarah, y ahora que Mary ha dejado de escribirme no sé cómo les irán las cosas.
       Era evidente que la señorita Cushing había tocado un tema que la afectaba muy profundamente. Como casi todas las personas que llevan una vida solitaria, se mostró retraída al principio, pero acabó por volverse de lo más comunicativa. Nos contó un montón de cosas de su cuñado el camarero de barco, y después pasó al tema de sus antiguos inquilinos, los estudiantes de Medicina, ofreciéndonos una completa relación de sus fechorías, además de sus nombres y los de sus hospitales. Holmes escuchaba todo con la máxima atención, introduciendo de vez en cuando alguna pregunta.
       —Hablando de su hermana Sarah —dijo en cierto momento—, me extraña que, siendo las dos solteras, no vivan ustedes juntas.
       —¡Ah! Si conociera usted el carácter de Sarah, no le extrañaría. Lo intenté cuando vine a Croydon, y aguantamos juntas hasta hace un par de meses, pero al final tuvimos que separarnos. No quiero hablar mal de mi propia hermana, pero siempre ha sido entrometida y difícil de contentar.
       —¿Dice usted que Sarah se peleó con su familia de Liverpool?
       —Sí, y eso que en un tiempo eran los mejores amigos del mundo. Si hasta se fue a vivir allí para estar cerca de ellos. Y ahora le faltan insultos para hablar de Jim Browner. Los seis últimos meses que pasó aquí no hablaba más que de sus borracheras y sus malos modales. Sospecho que él la debió sorprender metiendo las narices donde no le importaba, le debió decir cuatro palabras, y así empezó la cosa.
       —Gracias, señorita Cushing —dijo Holmes, levantándose y haciendo una reverencia—. Creo que ha dicho que su hermana Sarah vive en New Street, Wallington, ¿no es así? Adiós, y siento mucho que se haya visto complicada en un caso en el que, como usted dice, no tiene nada que ver.
       Justo cuando salíamos, pasaba un coche de alquiler y Holmes lo detuvo.
       —¿A qué distancia queda Wallington? —Aproximadamente a una milla, señor.
       —Muy bien. Suba, Watson. Tenemos que golpear mientras el hierro está aún caliente. A pesar de lo sencillo que es el caso, no deja de tener uno o dos detalles muy instructivos. Oiga, cochero, cuando pasemos por una oficina de Telégrafos, pare un momento.
       Holmes envió un breve telegrama y durante el resto del trayecto permaneció recostado en su asiento, con el sombrero echado sobre la nariz para que no le diera el sol en la cara. El cochero detuvo el vehículo delante de una casa no muy diferente de la que acabábamos de dejar. Mi amigo le dijo que esperara, y ya tenía la mano en la aldaba cuando la puerta se abrió, y en su umbral apareció un caballero muy serio, vestido de negro, con un sombrero muy reluciente.
       —¿Está en casa la señorita Cushing? —preguntó Holmes.
       —La señorita Sarah está muy enferma —respondió el hombre—. Sufre desde ayer trastornos cerebrales muy graves. Como médico suyo, no puedo, de ningún modo, aceptar la responsabilidad de permitir que nadie la visite. Le recomiendo que vuelva a pasarse por aquí dentro de diez días —y diciendo esto, se puso los guantes, cerró la puerta y se marchó calle abajo.
       —Bueno, lo que no puede ser, no puede ser —dijo Holmes, de buen humor.
       —Quizá no habría podido, o no habría querido, decirle gran cosa.
       —No quería que me dijera nada. Solo quería echarle un vistazo. De todas formas, creo que tengo todo lo que necesito. Cochero, llévenos a un hotel decente, donde podamos comer algo. Y después, nos pasaremos por la comisaría para ver al amigo Lestrade.
       Compartimos una agradable comida, durante la cual Holmes no habló de otra cosa más que de violines, contándome muy ufano cómo había adquirido su Stradivarius -que valía por lo menos quinientas guineas— en la tienda de un judío de Tottenham Court Road, por 55 chelines. De aquí pasó a Paganini, y así nos tiramos una hora, dando cuenta de una botella de clarete, mientras él me refería anécdota tras anécdota de aquel hombre extraordinario. Para cuando llegamos a la comisaría, la tarde estaba ya muy avanzada y el resplandor abrasador del sol se había reducido a un brillo moderado. Lestrade nos estaba aguardando en la puerta.
       —Hay un telegrama para usted, Holmes —dijo.
       —¡Aja! ¡Es la respuesta! —lo abrió, echó una mirada al texto, lo arrugó y se lo metió en el bolsillo—. Todo va bien.
       —¿Ha averiguado algo?
       —Lo he averiguado todo.
       —¿Qué? —Lestrade se le quedó mirando asombrado—. Está usted de broma.
       —No he hablado tan en serio en mi vida. Se ha cometido un crimen repugnante, y creo haber desentrañado hasta el último detalle.
       —¿Y el criminal?
       Holmes garabateó unas palabras al dorso de una de sus tarjetas de visita y se la entregó a Lestrade.
       —Aquí tiene el nombre —dijo—. Pero no podrá usted efectuar la detención hasta mañana por la noche, como muy pronto. Preferiría que no se mencionara mi nombre en relación con el caso, ya que me gusta que se me relacione solo con crímenes cuya resolución presente alguna dificultad. Vamos, Watson.
       Nos pusimos en camino hacia la estación, dejando a Lestrade mirando con expresión fascinada la tarjeta que Holmes le había entregado.
       —En este caso —dijo Sherlock Holmes mientras fumábamos sendos cigarros en nuestros aposentos de Baker Street—, ha ocurrido lo mismo que en las investigaciones que usted ha dado a conocer con los títulos de Estudio en escarlata y El signo de los cuatro: que nos hemos visto obligados a razonar hacia atrás, de los efectos a las causas. He escrito a Lestrade, rogándole que nos proporcione todos los detalles que aún nos faltan, y que no podrá obtener hasta haber detenido al criminal. Y podemos confiar en que lo detendrá, porque, aun careciendo por completo de la facultad de razonar, es tan tenaz como un bulldog una vez que sabe lo que tiene que hacer, y es precisamente esta tenacidad lo que le ha llevado tan alto en Scotland Yard.
       —¿Así que el caso aún no está completo? —pregunté.
       —En lo fundamental, está bastante completo. Sabemos quién es el autor de este repulsivo crimen, aunque todavía ignoramos quién es una de las víctimas. Estoy seguro de que usted también habrá sacado sus conclusiones.
       —Supongo que el hombre de quien usted sospecha es ese Jim Browner, camarero de un barco de Liverpool.
       —¡Oh, es mucho más que una sospecha!
       —Sin embargo, yo no veo más que algunos vagos indicios.
       —Pues, por el contrario, para mí la cosa no podría estar más clara. Vamos a repasar los hechos principales. Como recordará, abordamos el caso con la mente absolutamente en blanco, lo cual siempre es una ventaja. No teníamos formada ninguna teoría. Llegamos allí simplemente para observar y sacar inferencias de nuestras observaciones. ¿Qué es lo que vimos en primer lugar? Una señora muy tranquila y respetable, que parecía ajena a todo secreto; y una fotografía que me hizo saber que dicha señora tenía dos hermanas más jóvenes. Al instante se me ocurrió que la caja podía haber sido destinada a una de ellas. Dejé esta idea a un lado, para desecharla o confirmarla en el momento oportuno. A continuación, salimos al jardín, y allí, como recordará también, examinamos el curiosísimo contenido de la cajita amarilla.
       »El cordel era del tipo que utilizan los fabricantes de velas para barcos, y eso hizo que nuestra investigación adquiriera un claro olor a mar. Cuando me fijé en que el nudo era un típico nudo marinero, que el paquete se había echado al correo en un puerto, y que la oreja de hombre estaba perforada para llevar un pendiente, lo cual es mucho más común entre los marineros que entre los hombres de tierra, me convencí de que todos los actores de la tragedia pertenecían a la clase marinera.
       »Cuando examiné la dirección escrita en el paquete, observé que iba dirigido a la “Señorita S. Cushing”. Ahora bien, si se trataba de la hermana mayor, habría bastado con poner “Señorita Cushing”, y aunque su inicial es una “S”, esto también podría referirse a una de las otras hermanas. En tal caso, debíamos iniciar nuestra investigación partiendo de una base completamente nueva. Me disponía a asegurarle a la señorita Cushing que estaba convencido de que había habido un error cuando, como quizá recuerde, me quedé callado de pronto. Acababa de ver algo que me sorprendió muchísimo, y que al mismo tiempo reducía enormemente nuestro campo de investigación.
       «Corno médico que es usted, Watson, sabrá perfectamente que no existe otra parte del cuerpo humano tan variable como las orejas. Cada oreja es un ejemplar único, diferente de todas las demás. En el Anthropological Journal del año pasado encontrará usted dos breves monografías sobre el tema, salidas de mi pluma. Así pues, yo había examinado las orejas de la caja con ojos de experto, y me había fijado muy bien en sus peculiaridades anatómicas. Imagínese, pues, mi sorpresa cuando, al mirar a la señorita Cushing, noté que su oreja era exactamente igual a la oreja de mujer que acababa de examinar. Aquello de ningún modo podía ser una coincidencia. El mismo acortamiento de pabellón, la misma curva amplia del lóbulo superior, la misma curvatura del cartílago interior..., en todo lo esencial, se trataba de la misma oreja.
       »Como es natural, me percaté al instante de la enorme importancia de esta observación. Resultaba evidente que la víctima era un pariente cercano, probablemente muy cercano. Así que me puse a hablarle de su familia y, como recordará, ella nos proporcionó en seguida algunos detalles sumamente valiosos.
       »En primer lugar, una de sus hermanas se llamaba Sarah, y hasta hace poco ha vivido en la misma casa, de manera que resultaba evidente cómo se había producido el error, y a quién iba destinado el paquete. A continuación, nos enteramos de la existencia de ese camarero de barco, casado con la tercera hermana, y supimos que en otro tiempo había sido tan amigo de la señorita Sarah que esta se había trasladado a Liverpool para vivir cerca de los Browner, pero que luego se habían peleado. Esta disputa interrumpió durante varios meses toda comunicación entre ellos, de manera que si Browner hubiera querido enviar un paquete a Sarah Cushing, no cabe duda de que lo habría enviado a su antigua dirección.
       »El asunto empezaba a enderezarse de un modo maravilloso. Nos enteramos de la existencia de este camarero, hombre impulsivo y apasionado —recuerde que renunció a un empleo que debía de ser mucho mejor que el actual, solo para estar más cerca de su esposa— y que, de vez en cuando, cometía excesos con la bebida. Había razones fundadas para creer que su esposa había sido asesinada, y que al mismo tiempo habían asesinado a un hombre, probablemente un marinero. Como móvil del crimen, surge al instante la idea de los celos. Pero ¿por qué habrían de enviarle a Sarah Cushing las pruebas del crimen? Probablemente, porque durante su estancia en Liverpool participó de algún modo en los hechos que condujeron a la tragedia. Fíjese usted en que los barcos de esta línea hacen escala en Belfast, Dublín y Waterford. Así pues, suponiendo que Browner hubiera cometido el crimen y se hubiera embarcado de inmediato en su vapor, el May Day, Belfast sería el primer sitio desde el que podría enviar su terrible paquete.
       »Desde luego, en esta fase existía todavía la posibilidad de una segunda solución, y aunque parecía muy improbable, decidí salir de dudas antes de seguir adelante. Cabía la posibilidad de que un amante frustrado hubiera asesinado a Browner y a su esposa, y que la oreja de hombre perteneciera al marido. Había objeciones muy graves en contra de esta teoría, pero era verosímil. Así pues, envié un telegrama a mi amigo Algar, de la policía de Liverpool, pidiéndole que averiguara si la señora Browner se encontraba en su casa y si Browner había zarpado en el May Day. Y luego nos fuimos a Wallington, a visitar a la señorita Sarah.
       »En primer lugar, sentía curiosidad de ver hasta qué punto se repetía en ella la forma de orejas de la familia. Y además, desde luego, era posible que nos proporcionara alguna información muy importante, aunque no tenía mucha confianza en ello. Lo más seguro es que se hubiera enterado del suceso del día anterior, ya que en todo Croydon no se hablaba de otra cosa, y solo ella podía haber sabido a quién iba dirigido el paquete. De haber querido colaborar con la justicia, ya se habría puesto en comunicación con la policía. Sin embargo, estaba claro que nuestro deber era intentar verla, así que allá fuimos. Y descubrimos que la noticia de la llegada del paquete la había afectado de tal modo que le provocó una fiebre cerebral, ya que su enfermedad se manifestó precisamente entonces. Estaba más claro que nunca que ella había comprendido todo el significado del asunto, pero también estaba igual de claro que tendríamos que esperar algún tiempo para que pudiera prestarnos alguna ayuda.
       »Sin embargo, en realidad no necesitábamos su ayuda para nada. Las respuestas nos estaban aguardando en la comisaría, donde yo le había indicado a Algar que las enviara. No podían ser más concluyentes. La casa de la señora Browner llevaba cerrada más de tres días, y los vecinos creían que se había marchado al Sur a visitar a su familia. Y en las oficinas de la compañía naviera constaba que Browner había zarpado en el May Day, que, según mis informes, atracará en el Támesis mañana por la noche. Cuando llegue, le estará aguardando el obtuso pero tenaz Lestrade, y no dudo de que obtendremos los detalles que nos faltan.
       Las esperanzas de Sherlock Holmes no quedaron defraudadas. Dos días después recibió un abultado sobre que contenía una breve nota del inspector y un documento mecanografiado que constaba de varios folios.
       —Lestrade lo atrapó, sí señor —dijo Holmes, alcanzando hacia mí la mirada—. Quizá le interese oír lo que dice:

    Querido señor Holmes:
     De acuerdo con el plan que establecimos para comprobar nuestra teoría (esto de «nuestra teoría» tiene gracia, ¿no cree, Watson?) ayer a las seis de la tarde me dirigí al muelle del Príncipe Alberto y subí a bordo del buque May Day, perteneciente a la compañía de vapores de Liverpool, Dublín y Londres. En respuesta a mis preguntas, me informaron que había a bordo un camarero llamado james Browner, el cual, durante la travesía, se había comportado de manera tan extraña que el capitán se había visto obligado a relevarlo de sus tareas. Al bajar a su camarote, lo encontré sentado sobre un baúl, con la cabeza cogida entre las manos y meciéndose de delante a atrás. Se trata de un individuo corpulento y fuerte, bien afeitado y muy moreno, más o menos como Aldridge, el que nos ayudó en el asunto de la falsa lavandería. Cuando supo a qué se debía mi presencia, dio un salto, y yo me llevé a los labios el silbato para llamar a un par de agentes de la brigada fluvial, que se encontraban apostados a la vuelta de la esquina, pero parece que su valor le había abandonado, y extendió las manos pacíficamente para que le pusiera las esposas. Lo condujimos a los calabozos y nos llevamos también su baúl, porque pensamos que podría contener alguna prueba acusadora; sin embargo, con excepción de un cuchillo grande y afilado, como los que suelen tener casi todos los marineros, no encontramos nada que justificara el esfuerzo. No obstante, pronto comprobamos que no necesitábamos más pruebas, ya que, al comparecer ante el inspector de guardia, manifestó su deseo de prestar declaración, que fue transcrita por el taquígrafo según él la dictaba. Hemos hecho tres copias a máquina, y le envío una de ellas. El asunto ha resultado ser sumamente sencillo, tal como yo había sospechado, pero aun así le estoy agradecido por ayudarme en mi investigación. Con mis mejores saludos,

G. LESTRADE

       »¡Hum! Desde luego, la investigación ha sido muy sencilla —comentó Holmes—. Pero no creo que él tuviera esa impresión cuando nos llamó. No obstante, veamos lo que Jim Browner tiene que decir. Esta es su declaración, realizada ante el inspector Montgomery, de la comisaría de Shadwell, y tiene la ventaja de haberse tomado al pie de la letra:

     ¿Que si tengo algo que decir? Sí, tengo mucho que decir. Quiero quitarme este peso de encima. Pueden ustedes colgarme o dejarme en paz, me importa un bledo lo que hagan. Les aseguro que no he pegado ojo desde que lo hice, y no creo que vuelva a dormir hasta que caiga en el sueño del que no se despierta. A veces veo la cara de él, pero casi siempre es la de ella. Siempre tengo delante una de las dos. Él me mira frunciendo el ceño, pero ella tiene una expresión como de sorpresa. Pobre corderita, sí que tuvo que sorprenderse cuando vio la muerte en un rostro que nunca la había mirado más que con amor.
    Pero todo fue culpa de Sarah, y ¡ojalá que la maldición de un hombre destrozado haga caer la desgracia sobre ella y le pudra la sangre en las venas! Con esto no pretendo disculparme. Cierto que volví a la bebida, como la mala bestia que soy. Pero ella me habría perdonado; se habría mantenido unida a mí como la cuerda a la polea si esa mujer no hubiera venido a enturbiar nuestro hogar. Porque Sarah Cushing me amaba..., esa es la raíz de todo el asunto..., me amaba, hasta que su amor se transformó en odio venenoso cuando se dio cuenta de que me importaba más una pisada de mi mujer en el barro que todo su cuerpo y su alma.
     Eran tres hermanas. La mayor era una buena mujer, la segunda, un demonio, y la tercera, un ángel. Al casarnos, Mary tenía veintinueve años y Sarah treinta y tres. Éramos felices cada minuto del día y no había en todo Liverpool una mujer mejor que mi Mary. Y entonces invitamos a Sarah a pasar con nosotros una semana, que se convirtió en un mes, y una cosa llevó a otra, hasta que se sintió como en su casa.
     Yo había dejado la bebida, estábamos ahorrando algo de dinero, y todo se nos presentaba tan brillante como un dólar nuevo. ¡Dios mío! ¿Quién iba a pensar que todo acabaría así? ¿Quién iba ni siquiera a soñarlo?
     Yo solía pasar en casa casi todos los fines de semana, y a veces, si el barco estaba aguardando un cargamento, podía pasarme una semana entera. Así que pude tratar bastante a mi cuñada Sarah. Era una mujer alta y atractiva, morena, impetuosa y ardiente, de porte altivo y con un brillo en los ojos como chispas de pedernal. Pero cuando la pequeña Mary estaba delante, a mí ni se me ocurría pensar en Sarah, y eso lo juro y espero que Dios se apiade de mí.
     Alguna vez me había dado la impresión de que a Sarah le gustaba quedarse a solas conmigo, o engatusarme para que saliera a pasear con ella, pero jamás se me ocurrió que hubiera nada de malo en ello. Hasta que una tarde se me abrieron los ojos. Yo acababa de llegar del barco, y me encontré con que mi mujer había salido, pero Sarah estaba en casa. «¿Dónde está Mary?», pregunté. «Oh, ha ido a pagar unas facturas —yo estaba impaciente y me puse a dar vueltas por la habitación—. ¿Es que no puedes estar a gusto ni cinco minutos sin Mary, Jim? —dijo ella—. Es una desconsideración conmigo que no puedas conformarte con mi compañía ni durante un tiempo tan breve». «Tienes razón, muchacha», dije yo, extendiendo la mano hacia ella en un gesto amable. Pero ella la agarró al instante con las suyas, que le ardían como si tuviera fiebre. La miré a los ojos, y en ellos lo leí todo. Ni ella ni yo necesitábamos decir nada. Puse mala cara y retiré la mano. Ella se quedó en silencio a mi lado durante un rato, y luego levantó la mano y me dio una palmadita en el hombro. «¡El fiel Jim!», dijo; y con una especie de risa burlona, salió corriendo de la habitación.
     Pues bien, desde aquel instante Sarah me odió con todo su corazón y toda su alma, y es una mujer que sabe odiar. Fui un idiota al dejar que se quedara en nuestra casa, un completo idiota, pero no le dije ni una palabra a Mary para no hacerla sufrir. Las cosas continuaron más o menos como antes, pero al cabo de algún tiempo empecé a observar un ligero cambio en la propia Mary. Había sido siempre tan confiada y tan inocente... y ahora se había vuelto inquisitiva y recelosa: siempre quería saber dónde había estado yo, y qué había estado haciendo, y quién me escribía cartas, y qué llevaba en los bolsillos, y mil tonterías por el estilo. A cada día que pasaba, se volvía más caprichosa y más irritable, y tuvimos discusiones absurdas por nada. A mí, todo aquello me desconcertaba. Ahora Sarah me esquivaba, pero ella y Mary eran inseparables. Ahora me doy cuenta de que estaba enredando e intrigando y envenenando la mente de mi mujer para ponerla contra mí, pero entonces estaba tan ciego que no lo comprendí. Entonces rompí mi promesa y volví a beber, pero estoy seguro de que no lo habría hecho si Mary hubiera seguido siendo la misma de siempre. Y ahora, ella tenía un motivo para estar disgustada conmigo, y la brecha que nos separaba se fue haciendo cada vez más ancha. Y entonces entró en escena ese Alee Fairbairn, y las cosas se pusieron mil veces peor.
     La primera vez que llegó a mi casa venía a visitar a Sarah, pero no tardó en venir a visitarnos a nosotros, porque era un tipo simpático y hacía amigos por todas partes por donde iba. Era un tío lanzado y fanfarrón, gracioso y con el pelo rizado, que había visto medio mundo y sabía contar lo que había visto. Se pasaba bien con él, no lo negaré, y para ser marinero tenía muy buenos modales, por lo que sospecho que en otro tiempo debió frecuentar más la popa que el castillo de proa. Durante un mes estuvo entrando y saliendo de mi casa, y ni por una vez se me pasó por la imaginación que pudiera haber algo de malo en su comportamiento suave y taimado. Pero por fin, un día, algo me hizo sospechar, y desde aquel día ya no volví a vivir en paz.
     Fue un detalle insignificante. Yo llegué a casa antes de lo esperado, y al entrar por la puerta vi que el rostro de mi mujer se iluminaba en señal de bienvenida. Pero cuando vio que era yo, su luz se apagó y ella dio media vuelta con un gesto de desilusión. Aquello fue suficiente. No podía haber confundido mis pasos con los de ninguna otra persona más que Alee Fairbairn. Si lo hubiera tenido delante en aquel momento, lo habría matado, porque siempre me vuelvo como loco cuando pierdo la calma. Mary advirtió aquel brillo diabólico en mis ojos y corrió hacia mí para agarrarme de las mangas. «¡No, Jim, no!», decía. «¿Dónde está Sarah?», pregunté yo. «En la cocina», dijo ella. Me fui para allá y le dije: «Sarah, no quiero que ese Fairbairn vuelva más por mi casa». «¿Por qué?» «Porque lo digo yo». «¿Ah, sí? Pues si mis amigos no son dignos de entrar en esta casa, tampoco lo soy yo». «Haz lo que quieras —le dije—, pero si Fairbairn vuelve a asomar la cara por aquí, te enviaré una de sus orejas como recuerdo». Y creo que al ver mi cara se asustó, porque ya no dijo una palabra y aquella misma tarde se marchó de mi casa.
     Pues bien, no sé si fue por pura maldad o si es que pensaba que animando a mi mujer a portarse mal podía apartarme de ella, pero el caso es que arrendó una casa a dos calles de la nuestra y se dedicó a alquilar habitaciones a marineros. Fairbairn se alojaba allí, y Mary solía ir a tomar el té con su hermana y con él. No sé con cuánta frecuencia iba, pero un día la seguí, y en cuanto entré por la puerta Fairbairn escapó, saltando la tapia del jardín de atrás, como un cobarde y un canalla, que es lo que era. Le juré a mi mujer que la mataría si volvía a encontrarla con él, y me la llevé a casa, llorosa y temblando, y tan blanca como un papel. Entre nosotros ya no quedaba ni rastro de amor. Me daba cuenta de que ella me odiaba y me tenía miedo, y pensar en ello me empujaba a beber, y aquello hizo que ella me despreciara aún más.
     Sarah comprobó que no podía ganarse la vida en Liverpool, así que, según tengo entendido, se fue a vivir con su otra hermana a Croydon. Mientras tanto, en casa las cosas seguían más o menos igual. Y por fin llegó ese fin de semana, y con él el horror y la ruina.
     Todo sucedió así: habíamos zarpado en el May Day para una travesía de siete días, pero un tonel se soltó y aflojó una de las planchas del casco, así que tuvimos que regresar al puerto durante unas doce horas. Yo desembarqué y me dirigí a casa, pensando en la sorpresa que iba a darle a mi mujer y abrigando esperanzas de que ella se alegrara de verme de vuelta tan pronto. En eso iba pensando cuando llegué a mi calle, y en aquel momento pasó junto a mí un coche y en él iba ella, sentada al lado de Fairbairn, charlando y riéndose, sin pensar para nada en mí, que los miraba desde la acera.
     Les aseguro, y les doy mi palabra, que desde aquel momento ya no fui dueño de mis actos, y cuando pienso en todo ello lo veo como en sueños. Últimamente había estado bebiendo bastante, y entre lo uno y lo otro se me fundió el cerebro. Ahora todavía noto en la cabeza como un martilleo constante, pero aquella mañana me parecía sentir todo el Niágara zumbando y rugiendo en mis oídos.
     Eché a correr detrás del coche. Llevaba en la mano un grueso bastón de roble, y les juro que desde el primer momento lo veía todo rojo. Pero mientras corría iba maquinando y me quedé un poco rezagado para poder verlos sin que ellos me vieran. Se bajaron en la estación de ferrocarril. Había un montón de gente alrededor de las taquillas, así que pude acercarme bastante a ellos sin que me vieran. Sacaron billetes para New Brighton, y yo hice lo mismo, pero me subí al tren tres vagones más atrás que ellos. Cuando llegamos, ellos echaron a andar por el paseo marítimo, sin saber que yo los seguía a menos de cien metros. Por fin, los vi alquilar un bote de remos. Aquel día hacía mucho calor, y sin duda pensaron que estarían más frescos en el agua.
     ¡Los tenía en mis manos! Había un poco de niebla y solo se veía bien hasta unos pocos cientos de metros. Alquilé yo también un bote y me puse a remar detrás de ellos. Podía ver la silueta borrosa de su barca, pero iban casi tan rápidos como yo y no pude alcanzarlos hasta que ya estábamos a más de una milla de la costa. Para entonces, la niebla formaba como una cortina a nuestro alrededor, y allí en medio estábamos nosotros tres. ¡Dios mío! ¿Podré alguna vez olvidar sus caras, cuando vieron quién iba en el bote que se les acercaba? Ella se puso a gritar. Él maldecía como un loco y me lanzaba golpes con un remo, porque debía de haber visto la muerte en mis ojos. Yo esquivé sus golpes y le asesté uno con mi bastón, que le reventó la cabeza como si fuera un huevo. A pesar de mi locura, tal vez la habría perdonado a ella, de no ver cómo se abrazaba a él, llorando y llamándole «Alee». Volví a golpear y quedó tendida junto a él. Yo era como una fiera que ha probado el sabor de la sangre. Si Sarah hubiera estado allí, por Dios que habría corrido su misma suerte. Saqué mi cuchillo y..., bueno, en fin, ya he dicho bastante. Experimenté una especie de salvaje alegría al pensar en cómo se sentiría Sarah al recibir aquellas muestras de lo que habían provocado sus intrigas. Luego até los cadáveres al bote, arranqué una tabla del fondo y me quedé mirando hasta que se hubo hundido. Estaba seguro de que el propietario pensaría que se habían perdido en la niebla, dejándose arrastrar mar adentro. Me lavé, regresé a tierra y me incorporé a mi barco sin que nadie sospechara lo que había sucedido. Aquella misma noche preparé el paquete para Sarah Cushing, y al día siguiente lo envié desde Belfast.
     Ya saben ustedes toda la verdad. Pueden ahorcarme, o hacer lo que quieran conmigo, pero no pueden castigarme más de lo que ya he sido castigado. No puedo cerrar los ojos sin ver sus dos caras mirándome..., mirándome como me miraban cuando mi bote surgió de entre la niebla. Yo los maté rápidamente, pero ellos me están matando despacio, y si esto dura una noche más, estaré loco o muerto antes de que amanezca. ¿No me irá a encerrar solo en una celda, señor? Por piedad, no lo haga, y quiera Dios que en el día de su agonía le traten como usted me ha tratado a mí ahora.

       —¿Qué sentido tiene todo esto, Watson? —dijo Holmes solemnemente al concluir la lectura—. ¿Qué objetivo persigue este círculo vicioso de sufrimiento, violencia y miedo? Tiene que existir alguna finalidad, pues de lo contrario significaría que el universo se rige por el azar, lo cual es inconcebible. Pero ¿cuál puede ser esa finalidad? He aquí el eterno gran problema que la razón humana se encuentra tan incapaz como siempre de resolver.


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