Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La cara amarilla (1893)
(“The Adventure of the Yellow Face”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (febrero 1893);
The Memoirs of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1893, 279 págs.)



      Es natural que, al publicar esos pequeños esbozos de los múltiples casos donde el singular talento de mi amigo nos convirtió en espectadores y, algunas veces, en actores de extraños dramas, haga yo más hincapié en sus éxitos que en sus fracasos. Y no tanto con la finalidad de salvaguardar su reputación —ya que su energía y su agudeza se crecían ante las dificultades— como porque allí donde él fracasó no tuvo por lo general éxito nadie y el enigma quedó para siempre sin resolver. Hubo, sin embargo, algunos casos en los que, a pesar de haber Sherlock Holmes fracasado, terminó por descubrirse la verdad. Conservo notas de media docena de ellos. El del Ritual de los Musgrave y el que voy a contar aquí son los que presentan mayor interés.
       Sherlock Holmes no hacía casi nunca ejercicio por el ejercicio en sí. Pocos hombres eran capaces de llevar a cabo un mayor esfuerzo muscular, y le considero uno de los mejores boxeadores de su peso que conozco, pero opinaba que el ejercicio corporal que no tenía una finalidad concreta era un desperdicio de energías. Y rara vez se molestaba en practicarlo, a menos que obedeciese a un objetivo profesional. Cuando se daba esta circunstancia, era incansable. Resulta sorprendente que, llevando aquel género de vida, se mantuviera en forma, pero su dieta era extremadamente frugal y sus hábitos de una sencillez que rayaba en lo conventual. Excepto el uso ocasional de cocaína, Holmes no tenía vicios, e incluso esta droga la utilizaba solo como protesta contra la monotonía de la existencia, cuando había pocos casos que resolver y los periódicos no ofrecían nada interesante.
       Un día, a principios de primavera, se permitió el exceso de pasear conmigo por el parque, donde brotaban ya los primeros tallos verdes en los olmos y las pegajosas puntas de los castaños empezaban a romperse y a dejar asomar sus quíntuples hojas. Estuvimos paseando juntos dos horas, la mayor parte del tiempo sin hablar, como corresponde entre dos hombres que se conocen íntimamente. Eran casi las cinco cuando regresamos a Baker Street.
       —Disculpe, señor —dijo nuestro botones al abrir la puerta—. Ha estado aquí un caballero preguntando por usted.
       Holmes me dirigió una mirada recriminadora.
       —¡Se acabaron los paseos por el parque! —exclamó—. ¿De modo que este caballero se ha marchado?
       —Sí, señor.
       —¿No le has invitado a entrar?
       —Sí, señor. Y ha entrado.
       —¿Cuánto tiempo ha estado esperando?
       —Una media hora, señor. Era un hombre muy impaciente, señor. Venga moverse y andar de acá para allá. Yo estaba al otro lado de la puerta, señor, y lo oía todo el rato. Hasta que por fin ha salido al pasillo y ha gritado: «¿Es que ese hombre no va a llegar nunca?». Estas mismas han sido sus palabras, señor. «Solo tendrá que esperar un poco más», le he dicho yo. «Pues entonces le esperaré fuera, porque aquí me estoy medio asfixiando», ha dicho él. «Volveré dentro de un rato», ha dicho. Y entonces se ha levantado y se ha marchado y yo no he podido hacer nada para que cambiara de opinión.
       —Bueno, bueno, has hecho cuanto has podido —dijo Holmes mientras se metía en nuestra sala—. Pero es muy fastidioso, Watson, porque necesito con urgencia un caso, y este, a juzgar por la impaciencia del caballero, parece importante. ¡Vaya! Esta pipa que hay sobre la mesa no es la suya, Watson. La habrá olvidado él. Una hermosa pipa de eglantina con una larga boquilla de ese material que los estanqueros denominan ámbar. ¿Cuántas boquillas de ámbar de verdad habrá en todo Londres? Algunas personas creen que, si contiene una mosca, es signo de su autenticidad. Bueno, debe de haber estado bastante inquieto para olvidar una pipa a la que tiene, obviamente, en gran aprecio.
       —¿Cómo sabe que la tiene en gran aprecio?
       —Yo tasaría esta pipa en siete chelines y seis peniques. Observo que ha sido reparada dos veces, una en la cazoleta de madera y otra en la boquilla de ámbar. Cada reparación se ha realizado, como puede observar, con tiras de plata, y deben de haber salido más caras que la propia pipa. Este hombre tiene que apreciarla mucho para invertir tanto dinero en repararla en lugar de adquirir otra nueva.
       —¿Algo más? —pregunté, porque Holmes hacía girar la pipa entre sus dedos y la observaba con su peculiar concentración.
       La levantó y le dio unos leves golpecitos con su dedo índice, largo y delgado, como lo haría un profesor que estuviera dando una conferencia acerca de un hueso.
       —A veces las pipas ofrecen un interés excepcional —comentó—. No hay nada que tenga más personalidad, salvo, tal vez, los relojes y los cordones de los zapatos. Pero esta no nos indica nada muy significativo ni importante. El propietario es, claro está, un hombre musculoso, zurdo, de buena dentadura, olvidadizo y que no precisa ahorrar.
       Mi amigo lanzó esta información con cierta brusquedad, pero vi que me observaba de reojo para comprobar si yo había captado sus palabras.
       —¿Rico, y fuma una pipa de siete chelines? —dije.
       —Este tabaco es una mezcla de Grosvenor, que cuesta ocho peniques la onza —respondió Holmes, vertiendo un poco de la mezcla en la palma de su mano—. Podría comprar un tabaco excelente por la mitad de este precio. De donde se desprende que no necesita economizar.
       —¿Y todo lo demás?
       —Tiene la costumbre de encender la pipa en lamparillas de gas. Fíjese en que está chamuscada de arriba abajo por uno de los lados. Por supuesto, no puede ser obra de una cerilla. ¿Quién iba a aplicar una cerilla a un lado de la pipa? Pero es imposible encenderla en una lámpara de gas sin chamuscar la cazoleta. Y solo está quemado el lado derecho. De donde se deduce que se trata de un hombre zurdo. Si acerca usted su pipa a la llama, verá con qué naturalidad, dado que es usted diestro, coloca el lado izquierdo en la llama. Podría hacerlo alguna vez del modo inverso, pero no habitualmente. Y esta pipa se ha encendido siempre así. Además nuestro hombre muerde el ámbar. Para ello tiene que ser enérgico y musculoso, y tiene que estar dotado de una buena dentadura. Pero, si no me equivoco, oigo sus pasos en las escaleras. Ahora dispondremos como tema de estudio de algo más interesante que su pipa.
       Un instante más tarde se abrió la puerta y entró un hombre joven y alto. Vestía bien, aunque con discreción. Llevaba un traje gris oscuro y un sombrero de fieltro marrón. Yo le habría calculado unos treinta años, aunque en realidad tenía alguno más.
       —Ustedes perdonen —dijo un poco avergonzado—. Supongo que debí llamar a la puerta antes de entrar. ¡Claro que debí haber llamado! La verdad es que estoy un poco trastornado, y les ruego lo atribuyan a esto.
       Se pasó una mano por la frente, como si estuviera un poco aturdido, y, más que sentarse, se desplomó en una silla.
       —Veo que lleva usted dos noches sin dormir —comentó Holmes con su característica afabilidad—. No dormir desgasta los nervios más que trabajar, y más incluso que el placer. ¿En qué puedo ayudarle?
       —Quiero que me aconseje, señor Holmes. No sé qué hacer, y parece que mi vida entera se ha roto en pedazos.
       —¿Quiere contratar mis servicios como detective?
       —Más que eso. Quiero su opinión como hombre experimentado, como hombre de mundo. Quiero saber qué debo hacer. ¡Ruego a Dios que usted pueda decírmelo!
       Hablaba entrecortadamente, en bruscos estallidos, y me pareció que el mero hecho de hablar le resultaba penoso, y que tenía que recurrir a toda su fuerza de voluntad para controlarse.
       —Se trata de un asunto muy delicado —dijo—. A uno no le gusta discutir con gente extraña sus problemas domésticos. Me parece horrible hablar del comportamiento de mi esposa con dos hombres a los que acabo de conocer. Espantoso. Pero he llegado al límite de mis fuerzas, y necesito consejo.
       —Querido señor Grant Munro… —empezó a decir Holmes.
       Nuestro visitante se levantó de un salto.
       —¡Cómo! —exclamó—. ¿Usted sabe mi nombre?
       —Si desea conservar el anonimato —dijo Holmes con una sonrisa—, le sugiero que no escriba su nombre en el forro del sombrero, o que, al menos, lo oriente con la copa vuelta hacia su interlocutor. Iba a decirle que mi amigo y yo hemos escuchado en esta sala muchas confidencias de desconocidos, y que hemos tenido la suerte de ayudar a muchas almas atribuladas a encontrar la paz. Espero poder hacer lo mismo por usted. Y, como el tiempo puede ser un factor importante, le agradecería que pasara a exponernos los hechos sin más demora.
       Nuestro visitante volvió a pasarse una mano por la frente, como si se enfrentara a un arduo cometido. Vi, por sus gestos y por la expresión de su rostro, que se trataba de un hombre reservado y circunspecto, algo orgulloso, y más dado a ocultar sus heridas que a mostrarlas. Luego, repentinamente, dio un fiero golpe en el aire con el puño cerrado, como ahuyentando sus reservas, y rompió a hablar.
       —Los hechos son estos, señor Holmes —dijo—. Soy un hombre casado y llevo tres años de matrimonio. Durante este tiempo, mi esposa y yo nos hemos amado tan tiernamente y hemos sido tan felices como la mejor de las parejas pueda serlo. No ha habido entre nosotros una sola diferencia de pensamiento, palabra u obra. Y ahora, desde el pasado lunes, se ha interpuesto de repente una barrera entre nosotros, y siento que hay algo en su vida y en sus pensamientos que conozco tan poco como si se tratara de una mujer con la que me he cruzado en la calle. Somos dos extraños, y quiero saber por qué.
       »Pero, antes de seguir adelante, algo debe quedar muy claro: Effie me ama. No quiero que quede la menor duda al respecto. Me ama con toda su alma y nunca me ha querido tanto como ahora. No deseo discutir este punto. Un hombre sabe perfectamente cuando una mujer le quiere y cuando no. Pero este secreto se interpone entre nosotros, y no volveremos a ser los mismos hasta que se aclare.
       —Le agradecería que me expusiera los hechos —insistió Holmes con cierta impaciencia.
       —Voy a contarle lo que sé del pasado de Effie. Estaba viuda cuando la conocí, pero solo tenía veinticinco años. Su apellido era entonces señora Hebron. Se había trasladado, de muy joven, a Estados Unidos, había vivido en Atlanta y se había casado allí con el señor Hebron, un prestigioso abogado. Tuvieron una niña, pero hubo una terrible epidemia de fiebre amarilla en la ciudad, y ambos, el padre y la niña, murieron. He visto el certificado de defunción. Esto hizo que Effie se sintiera a disgusto en Norteamérica y decidiera venirse a vivir con una tía soltera en Pinner, Middlesex. Debo mencionar que su marido la había dejado en buena posición, con un capital de unas cuatro mil quinientas libras, tan bien invertidas que rendían intereses del siete por ciento. Cuando la conocí, ella solo llevaba seis meses en Pinner. Nos enamoramos y nos casamos unas semanas más tarde.
       »Yo soy comerciante de lúpulo, y, como con mis ingresos de setecientas u ochocientas libras, nuestra situación era próspera, alquilamos una bonita casa de ochenta libras anuales en Norbury. Un lugar muy campestre, a pesar de estar tan cerca de la ciudad. Un poco más arriba hay un mesón y dos casas, y otra casita aislada, al otro lado del terreno cubierto de césped que se extiende delante de la nuestra. No hay ninguna casa más hasta llegar a medio camino de la estación. En algunas estaciones del año tengo que desplazarme a la ciudad con frecuencia, pero en verano afloja el trabajo, y entonces mi esposa y yo somos la pareja más feliz que quepa imaginar. No ha habido ni una sombra entre nosotros hasta que empezó este maldito asunto.
       »Hay otra cosa que debo decirles antes de seguir adelante. Cuando nos casamos, mi esposa me confió todos sus bienes. Iba en contra de mis deseos, pues yo temía que, si mis negocios fracasaban, se creara una situación incómoda, pero ella lo quiso así y así se hizo. Pues bien, hace seis semanas vino y me dijo:
       »—Jack, cuando te di mi dinero, me dijiste que, si algún día quería una cantidad, solo tenía que pedírtela.
       »—Claro, este dinero es tuyo.
       »—Pues bien, te pido cien libras.
       »Aquello me sorprendió un poco, porque había supuesto que solo se trataba de un vestido o de algo por el estilo.
       »—¿Para qué las quieres?
       »—¡Oh! —protestó en tono juguetón—. Tú dijiste que solo eras mi banquero, y ya sabes que los banqueros no hacen nunca preguntas.
       »—Si de veras lo quieres, claro que tendrás tu dinero.
       »—Pues sí, sí lo quiero de veras.
       »—¿Y no vas a decirme para qué?
       »—Tal vez algún día, pero ahora no, Jack.
       »Tuve, pues, que conformarme con esto, aunque era la primera vez que había un secreto entre los dos. Le extendí un cheque y no volví a pensar en el asunto. Tal vez no tenga nada que ver con lo que ha sucedido después, pero creo que debía mencionarlo.
       »Bien, ya he dicho que hay una casita cerca de la nuestra. Solo nos separa un campo, pero para llegar hasta ella se tiene que tomar la carretera y desviarse luego por un sendero. Justo al final de este hay un hermoso bosquecillo de abetos, y a mí me gustaba pasear por allí, porque los árboles resultan siempre agradables. La casita llevaba ocho meses vacía, y era una pena, pues se trataba de una bonita villa de dos plantas, con un porche a la vieja usanza y rodeada de madreselvas. Muchas veces me paré a pensar que podía ser el marco adecuado para una familia feliz.
       »Bien. El último lunes, paseaba yo por allí al atardecer cuando vi un carromato que regresaba vacío por el sendero, y un montón de alfombras y otros enseres en la hierba contigua al porche. Era evidente que por fin habían alquilado la casa. Crucé por delante de ella y me detuve a contemplarla, mientras me preguntaba qué tipo de gente se instalaría a vivir tan cerca de nosotros. Entonces advertí que había un rostro observándome desde una de las ventanas del primer piso.
       »No sé lo que tenía aquella cara, señor Holmes, pero me dio escalofríos. Yo estaba un poco lejos, y no pude distinguir bien sus facciones, pero había en ella algo inhumano y antinatural. Esta fue la impresión que me produjo, y avancé rápidamente para examinar más de cerca a la persona que me estaba mirando. Pero la cara desapareció tan de repente como si se la hubiera tragado la oscuridad del interior de la habitación. Quedé parado allí cinco minutos, reflexionando e intentando analizar mis impresiones. No podría asegurar si se trataba de una mujer o de un hombre. Estaba demasiado lejos. Lo que me había quedado grabado con más fuerza era su color, un blanco lívido, como de tiza, que confería al conjunto un penoso aspecto de rigidez. Estaba tan trastornado que decidí averiguar algo más de los nuevos inquilinos. Me acerqué y llamé a la puerta. La abrió en el acto una mujeruca alta y enjuta, de rostro adusto y desagradable.
       »—¿Usted qué desea? —me preguntó con un acento extraño.
       »—Soy su vecino —dije, señalando mi casa—. He visto que acaban de mudarse, y he pensado que tal vez podría ayudarles en algo.
       »—Vaya, vaya… Le pediremos ayuda cuando necesitemos ayuda —dijo mientras me daba con la puerta en las narices.
       »Molesto ante una forma tan grosera de rechazarme, di media vuelta y regresé a mi casa. A lo largo de toda la tarde intenté pensar en otras cosas, pero mi mente regresaba a la aparición de la ventana y a la grosería de la mujer. Decidí no hablarle a mi esposa de la primera cuestión, porque sé que tiene un temperamento sensible y excitable y no quería transmitirle las desagradables sensaciones que yo había experimentado. Sin embargo, antes de que nos durmiéramos, le comenté que la casita vecina se había alquilado, a lo que ella nada dijo.
       »Por lo general tengo el sueño muy pesado. Mi familia bromeaba asegurando que no había nada capaz de despertarme en plena noche. Pero, en aquella ocasión, no sé si debido o no a la excitación que me había provocado la pequeña aventura, dormí menos profundamente que de costumbre. Tuve, todavía medio dormido, la confusa sensación de que algo estaba sucediendo en la habitación, y, al despertar gradualmente, advertí que mi esposa se había vestido y se estaba poniendo la capa y el sombrero. Mis labios se abrían ya para murmurar unas palabras de sorpresa o de reproche ante una conducta tan inusitada, cuando de repente mis ojos entrecerrados vieron su rostro, iluminado por la luz de una vela, y el asombro me dejó mudo. Tenía una expresión que yo no le había visto nunca, una expresión que la creía incapaz de asumir. Estaba pálida como una muerta, respiraba agitadamente, y, mientras se abrochaba la capa, lanzaba furtivas miradas a la cama para ver si yo me había despertado. Convencida de que aún dormía, salió con sigilo de la habitación, y poco después oí rechinar la puerta de la casa. Me incorporé en la cama y golpeé los nudillos contra el cabezal, para comprobar que estaba de veras despierto. Después saqué el reloj de debajo de la almohada. Eran las tres de la madrugada. ¿Qué podía estar haciendo mi mujer en la calle a las tres de la madrugada?
       »Pasé unos veinte minutos reflexionando en lo que sucedía e intentando encontrar una explicación. Y, cuanto más pensaba en ello, más inexplicable me parecía. Estaba todavía dándole vueltas cuando oí sonar de nuevo la puerta y los pasos de mi mujer subiendo la escalera.
       »—¿Dónde diablos has estado, Effie? —le pregunté cuando entró en la habitación.
       »Al oír mi voz, sufrió un violento sobresalto y se le escapó un grito ahogado. Y ese sobresalto y este grito me inquietaron más, pues reflejaban una indescriptible culpabilidad. Mi mujer ha sido siempre honesta y sincera, y me desesperaba verla entrar sigilosamente en su propio dormitorio y reaccionar de ese modo cuando su marido le hablaba.
       »—¿Estás despierto, Jack? —exclamó con una risita nerviosa—. Tenía entendido que no había nada capaz de despertarte en plena noche.
       »—¿Dónde has estado? —insistí con severidad.
       »—No me extraña que estés sorprendido —dijo, y pude ver que sus dedos temblaban al desabrocharse la capa—. La verdad es que no había hecho nunca nada parecido. Sentí, de repente, que me asfixiaba, y me invadió un ansia incontenible de respirar aire fresco. Creí de veras que me iba a desmayar si no salía de la casa. He estado delante de la puerta unos minutos y ahora me encuentro mejor.
       »Mientras decía estas palabras no miró una sola vez hacia mí, y su voz era muy distinta a la habitual. Obviamente estaba mintiendo. No respondí nada, pero volví la cara hacia la pared, disgustado, con la cabeza invadida por mil venenosas sospechas. ¿Qué era lo que mi esposa me ocultaba? ¿Dónde había estado durante aquella extraña salida? Comprendí que no podría vivir en paz hasta averiguarlo, pero aun así no volví a preguntarle nada después de aquel cúmulo de mentiras. Pasé el resto de la noche dando vueltas en la cama, barajando teorías y más teorías, a cual más disparatada.
       »Aquel día tenía que haber ido a Londres, pero estaba demasiado preocupado para prestar atención a los negocios. Mi esposa parecía tan trastornada como yo, y comprendí, por las breves miradas escrutadoras que me dirigía, que era consciente de que yo no había creído sus palabras y que no sabía qué hacer. Casi no hablamos durante el desayuno y salí enseguida a dar un paseo, para reflexionar al aire fresco de la mañana sobre lo ocurrido.
       »Llegué hasta Crystal Palace, pasé una hora en sus jardines y volví a Norbury a la una. En el camino de regreso, pasé junto a la casa vecina y me detuve un momento para ver si podía distinguir por alguna ventana la extraña cara que me había estado mirando el día anterior. Imagine mi sorpresa, señor Holmes, cuando se abrió de repente la puerta y salió mi esposa de la casa.
       »Quedé atónito al verla, pero mi turbación no era nada comparada con la que se reflejó en su rostro cuando se encontraron nuestras miradas. Por un momento pareció querer retroceder y meterse de nuevo en la casa, pero, al comprender que era inútil intentar esconderse, avanzó hacia mí, con la cara pálida y con unos ojos asustados que traicionaban la sonrisa de sus labios.
       »—¡Oh, Jack! —dijo—. ¡Acababa de entrar para ver si podía ayudar a nuestros vecinos! ¿Por qué me miras así, Jack? No estás enfadado conmigo, ¿verdad?
       »—De modo que fue aquí donde viniste anoche.
       »—¿Qué quieres decir? —exclamó.
       »—Viniste aquí. Estoy seguro. ¿Qué personas son esas para que las visites a tales horas?
       »—No había estado aquí nunca.
       »—¿Cómo puedes mentirme de ese modo? —dije—. Te ha cambiado hasta la voz. ¿Cuándo he tenido yo un secreto para ti? Voy a entrar en la casa y a resolver el misterio de una vez por todas.
       »—¡No, no, Jack, por el amor de Dios! —jadeó desesperadamente.
       »Y, al acercarme yo a la puerta, me agarró por la manga y tiró de mí con fuerza hacia atrás.
       »—¡Te suplico que no lo hagas, Jack! Te juro que algún día te lo contaré todo, pero ahora solo puede acarrear desgracias que entres en esta casa.
       »Yo intentaba desasirme de ella, pero se aferró a mí y vertió un torrente de súplicas.
       »—¡Confía en mí, Jack! —desvarió—. Confía en mí aunque solo sea por esta vez. No lo lamentarás nunca. Sabes que no guardaría para ti ningún secreto si no fuese por tu propio bien. Nuestras vidas enteras dependen de esto. Si regresas a casa conmigo, todo se arreglará. Si te obstinas en entrar aquí, todo habrá terminado para nosotros.
       »Había tal determinación, tanta desesperación en su actitud, que sus palabras me frenaron y me detuve indeciso ante la puerta.
       »—Confiaré en ti con una condición, y solo con ella —dije finalmente—. Que todos esos manejos misteriosos terminen ahora mismo. Puedes guardar tu secreto, pero no habrá más visitas nocturnas, ni más actuaciones a mis espaldas. Estoy dispuesto a olvidar lo ocurrido en el pasado, si me prometes que no se repetirá en el futuro.
       »—¡Sabía que confiarías en mí! —gritó con un gran suspiro de alivio—. Se hará como tú quieres. Vámonos… Volvamos a nuestra casa.
       »Y me apartó de la casa, sin dejar de tirar de mi manga. Mientras nos alejábamos, volví la vista atrás, y allí estaba aquella amarilla cara cadavérica espiándonos desde la ventana del primer piso. ¿Qué relación podía tener mi esposa con semejante criatura? ¿O con la mujer adusta y grosera que yo había conocido el día anterior? Era un misterio, y yo sabía que no podría encontrar la paz hasta resolverlo.
       »Durante dos días permanecí en casa, y creo que mi esposa cumplió lealmente el acuerdo pues, que yo sepa, no salió una sola vez a la calle. Al tercer día comprobé, sin embargo, que su solemne promesa no bastaba para impedir que la arrastrara aquella secreta influencia, que la alejaba de su marido y de sus deberes.
       »Aquel día fui a la ciudad, pero regresé en el tren de las dos cuarenta, en lugar de hacerlo, como de costumbre, en el de las tres treinta y seis. Al entrar en casa, la sirvienta salió a recibirme con cara asustada.
       »—¿Dónde está la señora? —pregunté.
       »—Creo que ha salido a dar un paseo —contestó.
       »Al instante se despertaron mis sospechas. Subí corriendo la escalera para asegurarme de que no estaba en la casa. Ya en el piso de arriba, miré casualmente por una de las ventanas y vi que la muchacha con la que acababa de hablar corría a campo través en dirección a la casa vecina. Comprendí exactamente lo que ocurría. Mi esposa había ido allí y le había pedido a la sirvienta que la avisara en caso de que yo regresara. Estremecido de furia, me precipité escalera abajo y me dirigí hacia allí, decidido a zanjar la cuestión de una vez por todas. Vi que mi mujer y la sirvienta volvían apresuradamente por el sendero, pero no me detuve a hablar con ellas. El secreto que me atormentaba estaba en aquella casa. Juré que, pasara lo que pasase, dejaría de ser un secreto. Al llegar, ni siquiera llamé a la puerta. Giré el pomo y me abalancé hacia el interior.
       »En la planta baja todo estaba tranquilo. Una tetera silbaba sobre el fogón de la cocina y un gatazo negro dormía acurrucado en una cesta, pero no había ni rastro de la mujer que yo había visto la vez anterior. Corrí a la otra habitación, y también estaba vacía. Subí entonces al primer piso, solo para encontrar otras dos habitaciones igualmente vacías y desiertas. No había nadie en toda la casa. Los muebles y los cuadros eran extremadamente vulgares, salvo los de la habitación en cuya ventana había visto aquel rostro tan extraño. Esta habitación era cómoda y elegante, y todas mis sospechas ardieron con más fuerza cuando descubrí en la repisa de la chimenea una foto de mi esposa que había encargado yo mismo hacía solo tres meses.
       »Permanecí allí todo el tiempo necesario para convencerme de que la casa estaba completamente vacía, y entonces salí, con el corazón más pesado que nunca. Cuando llegué a nuestra casa, mi esposa salió a recibirme al vestíbulo, pero yo estaba demasiado dolido y enfadado para hablarle. Pasé por su lado sin mirarla y me metí en mi despacho. Ella me siguió hasta allí y se deslizó en la habitación antes de que yo pudiera cerrar la puerta.
       »—Siento mucho haber roto mi promesa, Jack —dijo—, pero, si lo supieses todo, estoy segura de que me perdonarías.
       »—Pues cuéntamelo todo.
       »—No puedo, Jack. ¡No puedo! —gritó.
       »—Hasta que me expliques quién vive en esa casa y a quién le has dado tu fotografía, no podré volver a confiar en ti.
       »Tras estas palabras, me desasí de ella y salí de la casa.
       »Esto ocurrió ayer, señor Holmes, y no la he vuelto a ver ni he sabido nada más de este asunto tan extraño. Es la primera sombra que se ha interpuesto entre los dos, y me ha trastornado tanto que no sé qué hacer. Esta mañana se me ha ocurrido que usted podría ayudarme, y aquí estoy. Me pongo por entero en sus manos. Si algo no ha quedado lo bastante claro, le ruego que me lo pregunte. Pero, ante todo, dígame ahora mismo qué debo hacer, porque no puedo seguir soportando más tiempo esta desastrosa situación.
       Holmes y yo habíamos escuchado con máxima atención su extraordinario relato, que él nos había transmitido en la forma nerviosa e inconexa propia de un hombre profundamente trastornado. Holmes permaneció unos instantes sentado en silencio, con la barbilla apoyada en una mano y sumido en sus pensamientos.
       —Veamos —dijo por fin—, ¿podría usted jurar que la cara que vio en la ventana era de un hombre?
       —Siempre la vi desde bastante lejos, y no puedo asegurarlo.
       —Sin embargo, parece que le causó una impresión muy desagradable.
       —El color era poco natural y había una extraña rigidez en las facciones. Cuando me acerqué, desapareció en el acto.
       —¿Cuánto tiempo hace que su esposa le pidió las cien libras?
       —Cerca de dos meses.
       —¿Ha visto alguna vez una fotografía de su primer marido?
       —No, hubo un gran incendio en Atlanta justo después de su muerte, y ardieron todos los papeles.
       —Pero ella sí tiene un certificado de defunción. Usted asegura que lo ha visto.
       —Obtuvo un duplicado tras el incendio.
       —¿Ha tenido usted contacto con alguien que la conociera de Norteamérica?
       —No.
       —¿Le ha hablado ella alguna vez de visitar aquel país?
       —No.
       —¿Ha recibido cartas de allí?
       —No.
       —Muchas gracias. Ahora me gustaría reflexionar un poco sobre el caso. Si la casa vecina sigue deshabitada, quizá tengamos ciertas dificultades. Por el contrario, si, como me parece probable, sus moradores fueron advertidos por alguien de su visita de ayer y se marcharon por ese motivo, es posible que hayan regresado ya, y en este caso todo quedaría aclarado fácilmente. Permítame, pues, que le aconseje regresar a Norbury y volver a observar aquellas ventanas. Si tiene motivos para creer que la casita está habitada, no intente entrar por la fuerza. Envíenos un telegrama a mi amigo y a mí. Estaremos con usted en el término de una hora y llegaremos rápidamente al fondo del problema.
       —¿Y si sigue vacía?
       —En tal caso, iré a verle mañana y hablaremos. Adiós y, sobre todo, no se preocupe hasta que sepa que tiene motivos reales para ello.
       Mi amigo acompañó al señor Grant Munro hasta la puerta y a su regreso me preguntó:
       —¿Qué opina usted de todo esto, Watson?
       —No tiene buen aspecto.
       —No, no lo tiene. O mucho me equivoco, o se trata de un chantaje.
       —Y ¿quién es el chantajista?
       —Bueno, tiene que ser la misma persona que ocupa la única habitación cómoda que hay en la casa y que tiene la foto de la esposa en la repisa de la chimenea. Le juro, Watson, que hay algo para mí muy sugerente en este rostro pálido de la ventana, y por nada del mundo hubiera querido perderme este caso.
       —¿Ha forjado ya una teoría?
       —Sí, aunque provisional. Pero me sorprendería mucho que no resultara correcta. El primer marido de esta señora está en esa casa.
       —¿Por qué lo cree?
       —¿Cómo puede explicarse de otro modo su miedo a que el segundo marido entre allí? Creo que se trata de lo siguiente. Esta mujer se casa en Estados Unidos. Su marido se convierte en un ser odioso, o tal vez contrae una terrible enfermedad como la lepra, o enloquece. Finalmente, ella huye de su lado, regresa a Inglaterra, cambia de nombre y empieza una nueva vida. Lleva tres años casada y cree estar a salvo, porque ha mostrado a su marido el certificado de defunción de un marido cuyo apellido concuerda con uno que ella se ha apropiado. De repente su primer marido, o una mujer sin escrúpulos que se ha confabulado con él, la localiza. Le escriben una carta y la amenazan con presentarse aquí y denunciarla. Ella consigue cien libras e intenta comprar con ellas su silencio. A pesar de todo, los chantajistas vienen a Inglaterra y, cuando el marido comenta que hay nuevos inquilinos en la casa vecina, ella adivina de quién se trata. Espera hasta que él está dormido, y sale para intentar convencer a sus perseguidores de que la dejen en paz. Como fracasa en este intento, regresa a la mañana siguiente, y su esposo la sorprende, según nos ha contado él mismo, en el momento en que sale de la casa. Entonces le promete no repetirlo, pero, dos días más tarde, ha alimentado de nuevo esperanzas de liberarse de tan odiosos vecinos y realiza otra tentativa, llevándoles la fotografía que probablemente le han pedido. En el curso de esta entrevista, aparece la sirvienta para advertirle que ha llegado su señor, y entonces la esposa, convencida de que él irá directamente allí, hace que todos salgan apresuradamente por la puerta de atrás, probablemente hacia el bosquecillo de abetos que hay allí cerca. Y el marido encuentra la casa vacía. Sin embargo, me sorprendería mucho que la encontrara de nuevo vacía esta tarde. ¿Qué opina usted de mi teoría?
       —Que se trata solo de suposiciones.
       —Pero, por lo menos, encajan en ella todos los hechos. Cuando aparezcan nuevos hechos que no encajen, habrá llegado el momento de reconsiderarla. Y ahora no podemos hacer nada más hasta que nos llegue un mensaje de nuestro amigo desde Norbury.
       No tuvimos que esperar mucho. Llegó en el momento en que terminábamos de tomar el té. Decía:

     La casita sigue habitada. He vuelto a ver la cara en la ventana. Esperaré su llegada en el tren de las siete y no haré nada hasta que estén aquí.

       Cuando bajamos del tren, nos esperaba en la estación y, a la luz de las farolas, vimos que estaba muy pálido y que temblaba de excitación.
       —Siguen en la casa, señor Holmes —dijo, aferrando a mi amigo por la manga—. Al venir hacia aquí, he visto luces encendidas. Resolvamos este asunto de una vez.
       —¿Qué planea usted hacer? —preguntó Holmes, mientras avanzábamos por la oscura carretera flanqueada de árboles.
       —Entraré por las buenas o por las malas y veré con mis propios ojos quién vive allí. Quiero que ustedes dos me sirvan de testigos.
       —¿Está decidido a hacerlo, a pesar de que su esposa le advirtiera que sería mejor no resolver el misterio?
       —Sí, estoy decidido.
       —Bien, creo que lleva usted razón. Cualquier verdad es mejor que una duda interminable. Vayamos allí. Por supuesto, obramos en contra de las normas legales, pero creo que merece la pena correr este riesgo.
       Era una noche muy oscura, y, al dejar la carretera principal y tomar un estrecho sendero de profundos surcos y con setos a ambos lados, empezó a caer una fina llovizna. Pero el señor Grant Munro siguió caminando impaciente, y nosotros le seguimos a trompicones como pudimos.
       —Aquellas son las luces de mi casa —murmuró él, señalando un tenue resplandor que surgía entre los árboles—. Y aquí tienen la casa vecina, en la que voy a entrar ahora mismo.
       Mientras decía estas palabras, habíamos doblado un recodo del sendero y el edificio se alzó ante nosotros. La franja amarilla que se veía en primer término indicaba que la puerta no estaba cerrada del todo, y había luz en una de las ventanas del primer piso. Al mirar hacia allí, vimos que se movía una sombra detrás de la cortina.
       —¡Allí está esa criatura! —exclamó Grant Munro—. Pueden verla con sus propios ojos. Ahora síganme y pronto lo sabremos todo.
       Nos acercamos a la puerta, pero una mujer surgió repentinamente de las sombras y su silueta se dibujó contra la luz de la lámpara. No pude verle la cara, pero vi que extendía los brazos en actitud suplicante.
       —¡Por el amor de Dios, Jack, no lo hagas! —gritó—. Tenía el presentimiento de que vendrías esta noche. ¡Piénsalo bien, cariño! Confía en mí y nunca te arrepentirás.
       —Ya he confiado en ti demasiado tiempo, Effie —respondió él con acritud—. ¡Suéltame! Tengo que entrar. ¡Mis amigos y yo resolveremos este misterio para siempre!
       La empujó a un lado, y nosotros le seguimos pisándole los talones. Cuando abrió la puerta, una mujer de avanzada edad salió a cerrarle el paso, pero la apartó, e instantes después subíamos los tres la escalera. Grant Munro se precipitó en la habitación iluminada y nosotros entramos tras él.
       Se trataba de un cuartito cómodo y bien amueblado, con dos velas encendidas en la mesa y otras dos en la repisa de la chimenea. En un rincón, inclinada sobre un pupitre, había lo que parecía ser una niñita. Estaba de espaldas a nosotros, pero pudimos ver que llevaba un vestido rojo y largos guantes blancos. Al volverse para mirarnos, dejé escapar un grito de sorpresa y horror. La cara que volvió hacia nosotros tenía una palidez rarísima y las facciones carecían totalmente de expresión. Un instante después se había resuelto el misterio. Holmes pasó, riendo, una mano por detrás de la oreja de la niña. Le quitó una máscara y surgió el rostro de una niñita negra como el carbón, con los blancos dientes abiertos en una sonrisa ante nuestro estupor. Yo también me eché a reír, pero Grant Munro había quedado petrificado, y se llevó una mano a la garganta.
       —¡Dios mío! —dijo—. ¿Qué significa esto?
       —Voy a explicártelo —exclamó su esposa, que había entrado en el cuarto, con una expresión firme y orgullosa en el rostro—. Me has obligado a decírtelo en contra de mi voluntad, y ahora tendremos que enfrentarnos a la situación. Mi marido falleció en Atlanta. Mi hija sobrevivió.
       —¿Tu hija?
       La mujer se sacó del pecho un medallón de plata.
       —Nunca has visto lo que hay dentro.
       —Creí que no se abría.
       La mujer pulsó un resorte y se abrió la tapa del medallón. Contenía la foto de un hombre atractivo y de aspecto inteligente, pero con rasgos que demostraban su inconfundible ascendencia africana.
       —Este es John Hebron, de Atlanta —dijo la mujer—. No hubo nunca un hombre más noble sobre la faz de la tierra. Rompí con mi raza para casarme con él, pero nunca, ni por un instante, me arrepentí de ello mientras vivió. Fue una desgracia que nuestra única hija saliera más parecida a su raza que a la mía. Suele ocurrir así en estos matrimonios, y la pequeña Lucy nació todavía más oscura que su padre. Pero, negra o blanca, es mi queridísima hijita, el amorcito de su mamá.
       Al oír estas palabras, la pequeña se levantó de un salto, corrió a través de la habitación y se abrazó al regazo de la mujer.
       —La dejé en Estados Unidos —siguió diciendo esta—, porque estaba mal de salud y el cambio de clima podía perjudicarla. Quedó a cargo de una fiel escocesa que había sido nuestra sirvienta. No pensé ni por un momento renegar de ella. Pero la suerte te puso en mi camino, Jack, y aprendí a quererte, y tuve miedo de hablarte de mi hija. Que Dios me perdone, pero me asustaba perderte y me faltó valor para confesarte la verdad. Tenía que elegir entre vosotros dos y tuve la flaqueza de apartarme de mi niña. Te he ocultado su existencia durante tres años; la mujer que la cuidaba me enviaba noticias y yo sabía que estaba bien. Pero finalmente me invadió un intenso deseo de volver a verla. Luché en vano contra él. Aunque sabía el peligro a que me exponía, decidí traerla aquí, al menos unas semanas. Envié cien libras a la enfermera y le di instrucciones respecto a la casita, para que pudieran ser mis vecinas sin que pareciera existir conexión ninguna entre nosotras. Tomé incluso la precaución de que la niña permaneciera en casa durante el día, y de cubrirle la cara y las manos para que, si alguien la veía a través de la ventana, no fuera chismorreando por ahí que había una niñita negra en la vecindad. Tal vez hubiera sido más inteligente por mi parte no tomar tantas precauciones, pero me aterraba que averiguases la verdad.
       »Fuiste tú quien me comunicó que se había instalado gente en la casa vecina. Yo debí haber esperado hasta la mañana, pero la emoción me impedía dormir y, sabiendo que nada te despierta durante la noche, decidí finalmente salir. Pero me viste, y ahí está el origen del problema. Al día siguiente, tuviste mi secreto a tu merced, pero renunciaste noblemente a aprovecharte de ello. Sin embargo, tres días más tarde, la enfermera y la niña tuvieron que escapar por la puerta trasera, justo antes de que llegaras. Y ahora, esta noche, lo has descubierto todo por fin, y quiero saber qué será de nosotras, de mi niña y de mí.
       Juntó las manos y esperó una respuesta.
       Transcurrieron al menos diez minutos antes de que Grant Munro rompiera el silencio, y cuando la respuesta llegó fue una respuesta que me complace recordar. Levantó a la pequeña del suelo, le dio un beso y, llevándola en brazos, tendió la mano libre a su esposa y se encaminó con las dos hacia la puerta.
       —Podremos hablar más tranquilamente en casa —dijo—. No soy un hombre demasiado bueno, Effie, pero creo, con todo, ser mejor de lo que tú habías imaginado.
       Holmes y yo le seguimos a lo largo del camino y mi amigo me cogió por el brazo.
       —Creo —dijo— que hacemos más falta en Londres que en Norbury.
       No volvió a mencionar el caso hasta muy entrada la noche, en el momento en que, con una vela en la mano, se encaminaba hacia su dormitorio.
       —Watson —dijo—, si en alguna ocasión le parece que peco en exceso de confianza en mis facultades o que le presto menos atención de la que merece a un caso, le ruego que me susurre al oído la palabra «Norbury». Le quedaré infinitamente agradecido.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar