Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura de la casa deshabitada (1903)
(“The Adventure of the Empty House”)
Originalmente publicado en la revista Collier’s, Estados Unidos (26 de septiembre de 1903);
re-impreso en The Strand Magazine, Inglaterra (octubre 1903);
The Return of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1905, 403 págs.)



      En la primavera del año 1894, todo Londres estaba interesado —y la gente de buen tono, consternada— por el asesinato del ilustre Ronald Adair, ocurrido en las más extraordinarias e inexplicables circunstancias. El público estaba ya al corriente de aquellos detalles del crimen que se habían divulgado durante la investigación de la policía, pero en aquella ocasión se había suprimido una gran parte porque, para la fiscalía, el caso era de una evidencia tan abrumadora que no era necesario dar a conocer todos los hechos. Solo ahora, casi una década después, se me permite proporcionar los eslabones perdidos que completan aquella singular cadena de sucesos. El crimen tenía interés en sí mismo, pero ese interés no era nada para mí comparado con una inconcebible consecuencia que me causó la mayor impresión y sorpresa que haya experimentado en mi azarosa vida. Incluso ahora, después de este largo lapso de tiempo, me estremezco al pensarlo, y siento una vez más esa repentina oleada de alegría, asombro e incredulidad que inundó mi mente por completo. Déjenme decirle a ese público que ha mostrado interés en esos atisbos que, en ocasiones, le he ofrecido de los pensamientos y acciones de un hombre muy singular que no debe reprocharme que no haya compartido lo que sabía, pues hubiera considerado mi primer deber hacerlo si no me lo hubiera impedido una prohibición tajante de sus propios labios: hasta el 3 del mes pasado no me fue levantada.
       Como pueden imaginarse, mi estrecha relación con Sherlock Holmes había hecho que me interesara sumamente en el crimen y que, tras su desaparición, nunca dejara de leer con cuidado los diversos problemas que se dan a conocer al público. Y que incluso tratara más de una vez, para mi propia satisfacción, de emplear sus métodos en la resolución de esos casos, si bien con mediocres resultados. No obstante, no hubo ninguno que me resultara más llamativo que la tragedia de Ronald Adair. A medida que leía los informes de la investigación, que conducían a un veredicto de asesinato con premeditación contra una persona o personas desconocidas, me daba cuenta con mayor claridad de lo que nunca lo había hecho hasta entonces de la pérdida que la sociedad había sufrido con la muerte de Sherlock Holmes. Había puntos en este extraño asunto que, estoy seguro, lo hubiesen atraído, y los intentos de la policía se hubiesen visto complementados o, con más probabilidad, anticipados por la avezada capacidad de observación y la perspicacia de la mente del primer criminalista de Europa. A lo largo del día, haciendo mi ronda de visitas, le daba vueltas al caso en la cabeza y no encontraba explicación alguna que me pareciera adecuada. A riesgo de repetir lo ya sabido, resumiré los hechos tal y como llegaron el público al término de la investigación.
       El ilustre Ronald Adair fue el segundo hijo del conde de Maynooth, en aquel momento gobernador de una de las colonias australianas. La madre de Adair había regresado de Australia para someterse a una operación de cataratas, y ella, su hijo Ronald y su hija Hilda vivían juntos en el 427 de Park Lane. El joven, que frecuentaba lo más granado de la sociedad, no tenía, hasta donde sabemos, enemigos ni vicios particulares. Había estado prometido con la señorita Edith Woodley, de Carstairs, pero habían roto el compromiso de mutuo acuerdo unos meses antes, y no había indicio de que eso hubiese acarreado ningún sentimiento demasiado profundo. Por lo demás, la vida de este hombre giraba en torno a un círculo de personas reducido y convencional, pues era de costumbres tranquilas y naturaleza desapasionada. Con todo, fue a ese joven y acomodaticio aristócrata al que le sobrevino la muerte de una forma muy extraña e inesperada entre las diez y las diez y veinte horas de la noche del 30 de marzo de 1894.
       Ronald Adair era aficionado a las cartas, a las que jugaba constantemente, pero nunca apostaba hasta tal punto que le causase un perjuicio. Era miembro del club de cartas Baldwin, del Cavendish y del Bagatelle. Quedó probado que el día de su muerte después de cenar había estado jugando una partida de whist en el último de los susodichos clubes. También había estado jugando allí por la tarde. El testimonio de aquellos que habían estado jugando con él —el señor Murray, sir John Hardy y el coronel Moran— demostró que el juego era el whist y que las cartas habían estado bastante repartidas. Adair debió de perder unas cinco libras, pero no más. Su fortuna era considerable y tal pérdida no le hubiese afectado en absoluto. Había estado jugando casi cada día en uno u otro club, pero era un jugador prudente y solía ganar. Se descubrió por estos testimonios que, de hecho, con el coronel Moran como pareja les había llegado a ganar cuatrocientas veinte libras en una mano unas semanas antes a Godfrey Milner y a lord Balmoral. Esto fue lo que se reveló sobre su pasado reciente tras la investigación.
       La noche del crimen volvió del club a las diez en punto. Su madre y su hermana habían salido a pasar la tarde con un pariente. La criada declaró que lo había oído entrar en el salón de la segunda planta, el cual servía normalmente de sala de estar. Le había encendido la chimenea en esa habitación y, como esta se estaba ahumando, había abierto la ventana. No se oyó ningún ruido procedente de allí hasta las once y veinte, hora en que volvieron lady Maynooth y su hermana. Como deseaba darle las buenas noches, trató de entrar en la habitación de su hijo. La puerta estaba cerrada por dentro, y no obtuvieron respuesta alguna a los gritos y golpes que dieron en ella. Consiguieron ayuda y forzaron la puerta. Encontraron al desdichado joven tendido cerca de la mesa. Su cabeza había quedado espantosamente mutilada por una bala de revólver de fragmentación, sin embargo no se encontró arma de ninguna clase en la habitación. Encima de la mesa había dos billetes de diez libras y diecisiete libras y diez chelines de oro y plata; el dinero estaba dispuesto en pequeños montones de diferentes cantidades. Había también unos números en una hoja de papel con nombres de algunos amigos del club al lado, de lo que se presumió que antes de su muerte intentaba calcular sus pérdidas y ganancias a las cartas.
       Un examen minucioso de las circunstancias solo sirvió para complicar más el caso. En primer lugar, no se había podido dar con la causa por la que el joven había cerrado la puerta por dentro. Cabía la posibilidad de que fuera el asesino quien lo hubiera hecho y de que después hubiese escapado por la ventana. Sin embargo, había una caída de veinte pies, por lo menos, y un macizo de azafranes en flor al final de esta. Ni las flores ni la tierra presentaban signos de haber sido removidas, ni había huella alguna en la estrecha franja de césped que separaba la casa de la calle. Por lo tanto, aparentemente, había sido el joven quien había cerrado la puerta. Pero ¿cómo le había sobrevenido la muerte? Nadie hubiese podido escalar hasta la ventana sin dejar huellas. Supongan que un hombre hubiese disparado por la ventana, sería, ciertamente, un tirador excepcional aquel que pudiera infligir con un revólver esa herida letal. Por otra parte, Park Lane es una vía concurrida y hay una parada de coches de alquiler a menos de cien yardas de la casa. Nadie oyó ningún disparo. Y, a pesar de todo, había un hombre muerto, y estaba la bala de revólver, que había estallado vertiginosamente, como lo hacen las balas de punta blanda, y había infligido así una herida que le había debido de causar una muerte instantánea. Tales fueron las circunstancias del misterio de Park Lane, que se complicaba todavía más por la ausencia total de motivo, puesto que, como he dicho, ni se le conocía enemigo al joven Adair ni se hizo intento alguno de quitarle dinero u objetos de valor de la habitación.
       Le di vueltas a estos hechos todo el día, procurando dar con alguna teoría que pudiera conciliarlos todos, y encontrar esa ley del mínimo esfuerzo que mi pobre amigo había afirmado que era el punto de partida de toda investigación. Confieso que apenas hice progresos. Por la tarde, estuve paseando por el parque; cerca de las seis me encontraba en Oxford Street, al final de Park Lane. En la acera, un grupo de ociosos, todos con la mirada puesta en una ventana en concreto, me indicaron la casa que había ido a ver. Un hombre alto, delgado, con gafas oscuras, del que sospeché seriamente que era un policía de paisano, estaba explicando alguna teoría de su cosecha, mientras los demás se apiñaban a su alrededor para escuchar lo que decía. Me acerqué a él lo que pude, pero sus comentarios me parecieron absurdos, así que me alejé algo indignado. Al hacerlo, me topé con un hombre anciano y contrahecho, que se había quedado detrás de mí, y le tiré al suelo varios de los libros que llevaba consigo. Recuerdo que, mientras los recogía, miré el título de uno de ellos, El origen del culto del árbol, y se me ocurrió que aquel tipo debía de ser algún pobre bibliófilo que, ya fuera por negocio o por afición, era coleccionista de ejemplares raros. Traté de disculparme por el accidente, pero era evidente que esos libros que con tan poca fortuna había maltratado eran unos objetos muy preciados a ojos de su propietario. Con un mueca de desdén, se dio media vuelta, y vi cómo su espalda encorvada y sus patillas blancas desaparecían entre la multitud.
       Observar el número 427 de Park Lane apenas resolvió el problema que me interesaba. La casa estaba separada de la calle por un muro bajo con una verja que no tenía más de cinco pies de altura. Era muy sencillo, por lo tanto, meterse en el jardín, pero la ventana era completamente inaccesible, pues no había ninguna tubería ni nada que pudiera servirle ni al más ágil de los hombres para subir a ella. Más confuso que nunca, volví sobre mis pasos en dirección a Kensington. No llevaba ni cinco minutos en mi despacho cuando la doncella entró para decirme que una persona deseaba verme. Para mi sorpresa, no era otro que mi extraño y anciano coleccionista de libros: su rostro anguloso y arrugado me observaba enmarcado por su pelo blanco, y apretaba sus preciados ejemplares, al menos una docena de ellos, bajo su brazo izquierdo.
       —Le sorprende verme, caballero —dijo con una voz extraña y ronca.
       Le reconocí que así era.
       —Bueno, caballero, tengo conciencia y, cuando por casualidad lo he visto viniendo hacia esta casa, mientras iba cojeando detrás de usted, he pensado para mí, voy a pasarme por su casa y así le hago una visita a ese amable señor y le digo que, si lo he tratado de manera un poco brusca, no ha sido con mala intención, y que le estoy muy agradecido por recoger mis libros.
       —Le ha dado demasiada importancia a una nimiedad —dije—. ¿Puedo preguntarle cómo sabía quién era?
       —Bueno, caballero, si no es tomarme demasiadas confianzas, soy vecino suyo, pues encontrará mi pequeña librería en la esquina de Church Street, y me alegrará mucho verle por allí, se lo aseguro. Tal vez usted mismo sea coleccionista, caballero; aquí tiene un Aves británicas y un Catulo, y un La guerra santa…, una ganga cada uno de ellos. Con solo cinco ejemplares podría rellenar ese hueco de la segunda balda. Parece desordenado, ¿no cree, caballero?
       Volví la cabeza para mirar hacia la estantería que tenía detrás. Cuando me volví de nuevo, Sherlock Holmes estaba ante mí sonriéndome al otro lado de mi escritorio. Me puse en pie, lo miré durante unos segundos con absoluto asombro, y, entonces, parece ser que debí de desmayarme por primera y última vez en mi vida. Sin lugar a dudas vi arremolinarse una niebla gris ante mis ojos y, cuando se despejó, me encontré con el cuello desabrochado y el cosquilleante regusto del brandy en mis labios. Holmes se inclinaba sobre mi silla, con la botella en la mano.
       —Mi querido Watson —dijo aquella voz inolvidable—, le debo mil disculpas. Ni se me había pasado por la cabeza que le afectaría tanto.
       Lo agarré del brazo.
       —¡Holmes! —exclamé—. ¿De verdad es usted? Pero ¿será posible que esté vivo? ¿Cómo logró salir escalando de ese horrible abismo?
       —Espere un momento —dijo—. ¿Está seguro de que está lo bastante repuesto como para hablar de alguna cosa? Le acaba de provocar una grave conmoción esta reaparición mía tan innecesariamente teatral.
       —Estoy bien, pero, efectivamente, Holmes, apenas puedo creer lo que ven mis ojos. Por Dios bendito, ¡pensar que usted, usted y no otro, se encontraría en mi despacho!
       Lo agarré de nuevo por la manga y noté bajo ella su brazo delgado y nervudo.
       —Bueno, en cualquier caso, no es un fantasma —le dije—. Mi querido amigo, qué alegría más grande verle. Siéntese y cuénteme cómo salió vivo de esa terrible sima.
       Se sentó frente a mí y se encendió un cigarrillo con su desenfado de siempre. Llevaba la raída levita del vendedor de libros, pero el resto de ese individuo se hallaba en el montón de pelo blanco y libros viejos de encima de la mesa. Holmes parecía más delgado y vehemente incluso que antaño, pero había en su rostro aguileño una lividez que me decía que últimamente su vida no había sido saludable.
       —Me alegra poder estirarme, Watson —dijo—. No es ninguna broma para un hombre alto tener que quitarse un pie de su estatura durante varias horas. Ahora, mi querido compañero, en lo referente a esas aclaraciones, tenemos, si puedo pedirle su cooperación, una dura y peligrosa noche de trabajo por delante. Quizá fuese mejor que le diera cuenta de toda la situación cuando terminemos este trabajo.
       —Tengo muchísima curiosidad. Lo cierto es que preferiría oírlas ahora.
       —¿Vendrá conmigo esta noche?
       —Cuando quiera y a donde quiera.
       —Igual que en los viejos tiempos. Tendremos tiempo para tomar algo de cenar antes de la hora de irnos. Bueno, entonces, vamos con esa sima. No tuve una gran dificultad en escapar de allí por la mera razón de que nunca estuve en ella.
       —¿Nunca estuvo en ella?
       —No, Watson, nunca estuve en ella. La nota que le escribí a usted era absolutamente sincera. No me cupo duda de que había llegado al final de mi carrera cuando vi la figura un tanto siniestra del difunto profesor Moriarty de pie en el estrecho sendero que conducía a la salvación. Leí una determinación inexorable en sus ojos grises. Por eso, intercambié algunas impresiones con él y obtuve de él su caballeroso permiso para escribir la breve nota que recibió usted más tarde. La dejé con mi pitillera y mi bastón y caminé por el sendero, con Moriarty pisándome los talones todavía. Cuando llegué al final, me encontraba acorralado. No sacó ningún arma, pero se abalanzó sobre mí y me zarandeó rodeándome con sus largos brazos. Sabía que su juego había terminado, y solo tenía ganas de vengarse de mí. Estuvimos a punto de caernos juntos por el borde del precipicio. Tengo algunas nociones, no obstante, de baritsu, el arte marcial japonés, que me ha sido de mucha utilidad en más de una ocasión. Me zafé de su llave, y, con un grito espantoso, pataleó como un loco y dio zarpazos al aire con ambas manos. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo mantener el equilibrio y se cayó. Me asomé por el borde y vi cómo caía durante un largo trecho. Entonces chocó contra una roca y rebotó hundiéndose en el agua.
       Escuchaba con asombro esta explicación, que Holmes hacía entre calada y calada a su cigarrillo.
       —Pero ¡las huellas! —exclamé—. Vi con mis propios ojos que habían bajado dos personas por el camino y que no volvió ninguna.
       —Sucedió como sigue. En el instante en que el profesor desapareció, me vino a la mente que el destino había puesto en mi camino una oportunidad verdaderamente extraordinaria. Sabía que Moriarty no era el único que me la tenía jurada. Había al menos otros tres cuyo deseo de vengarse de mí no haría más que aumentar con la muerte de su líder. Todos ellos eran hombres muy peligrosos. Sin duda alguna, uno u otro me ajustaría las cuentas. Por otro lado, si todo el mundo estaba convencido de que estaba muerto, esos hombres bajarían la guardia, se expondrían a ser descubiertos, y, más tarde o más temprano, podría acabar con ellos. Sería entonces el momento de anunciar que todavía me encontraba entre los vivos. Tan rápido funciona el cerebro que creo que había meditado todo esto antes de que el profesor Moriarty hubiese alcanzado el fondo de las cataratas de Reichenbach.
       »Me puse de pie y examiné la pared rocosa que tenía detrás. En su vívida relación de los hechos, que leí con gran interés unos meses después, afirma que era una pared cortada a pico. No era cierto, si hablamos de manera literal. Asomaban unos pocos asideros pequeños y se insinuaba alguna cornisa. El acantilado es tan alto que escalarlo todo era obviamente imposible y era, asimismo, inviable marcharme por el camino mojado sin dejar alguna huella. Podía, es cierto, haberle dado la vuelta a mis botas, como ya he hecho en ocasiones parecidas, pero ver tres pares de pisadas en una dirección sin duda hubiese hecho pensar que era un truco. Así que, en general, lo mejor era que me arriesgara a escalar. No fue plato de gusto, Watson. La catarata bramaba por debajo de mí. No soy una persona miedosa, pero le doy mi palabra de que me pareció oír cómo la voz de Moriarty me gritaba desde el abismo. Un fallo hubiese sido letal. Más de una vez, cuando aparecía en mi mano un puñado de hierba o se resbalaban mis pies en los huecos de la roca, pensé que estaba muerto. Pero subí trabajosamente hacia arriba, y al final llegué a una cornisa de varios pies de profundidad, cubierta con un musgo verde y mullido, donde pude tumbarme con la mayor comodidad. Allí estaba tendido cuando usted, mi querido Watson, y su séquito estaban investigando de la manera más conmovedora e ineficaz posible las circunstancias de mi muerte.
       »Por fin, cuando todos ustedes hubieron sacado sus conclusiones, inevitables y completamente erróneas, se marcharon al hotel y me dejaron solo. Me había imaginado que había llegado al final de mis aventuras, pero un inesperado suceso me demostró que todavía me aguardaban más sorpresas. Una roca enorme, que había caído de arriba, pasó resonando por delante de mí, chocó contra el camino y rebotó hacia el abismo. Por un instante, pensé que se trataba de un accidente, pero un momento más tarde, al mirar hacia arriba, vi la cabeza de un hombre contra el cielo cada vez más oscuro, y chocó otra roca contra la misma cornisa en la que estaba tendido, a menos de un pie de mi cabeza. Por supuesto, el sentido de aquello era obvio. Moriarty no había actuado solo. Un cómplice —e incluso ese único vistazo me había bastado para saber lo peligroso que era aquel cómplice— había estado vigilando mientras el profesor me atacaba. Desde la distancia, sin que lo viera, había sido testigo de la muerte de su amigo y de mi huida. Había esperado, y luego, tras dar un rodeo a la cima del barranco, había procurado tener éxito donde su camarada había fallado.
       »No me llevó mucho tiempo pensar en ello, Watson. Volví a ver aquel rostro sombrío asomado por el barranco y supe que era el precursor de otro peñasco. Bajé a duras penas al sendero. No creo que hubiese podido hacerlo a sangre fría. Era cien veces más difícil que ascender. Pero no tenía tiempo de pensar en el peligro, pues otro peñasco me pasó silbando por el lado mientras colgaba con las manos del borde de la cornisa. A medio camino me resbalé abajo, pero gracias al cielo, fui a parar, hecho jirones y sangrando, al sendero. Eché a correr, hice diez millas por las montañas en la oscuridad, y una semana más tarde me encontraba en Florencia con la certeza de que nadie en el mundo sabía lo que había sido de mí.
       »Solo confié en una persona: mi hermano Mycroft. Le debo mil disculpas, mi querido Watson, pero era crucial que se pensara que estaba muerto, y, con toda probabilidad, no hubiese escrito de manera tan convincente un relato de mi triste fin si usted mismo no hubiera creído que era cierto. En los últimos tres años he cogido varias veces la pluma para escribirle, pero siempre temí que su afecto por mí lo tentase a cometer alguna indiscreción que revelase mi secreto. Por eso me alejé de usted esta tarde cuando tiró mis libros, porque estaba en peligro en ese momento y cualquier muestra de sorpresa o emoción por su parte hubiese atraído la atención sobre mi identidad y causado resultados muy lamentables e irreparables. En cuanto a Mycroft, tuve que confiar en él con el fin de obtener el dinero que necesitaba. El curso de los acontecimientos en Londres no prosiguió tan bien como yo esperaba, pues, en el juicio de la banda de Moriarty, se dejó a dos de sus miembros más peligrosos, a mis enemigos más vengativos, en libertad. Por ello viajé dos años por el Tíbet, y me distraje visitando Lhasa y pasando unos días con el líder de los lamas. Es posible que haya leído las singulares exploraciones de un noruego llamado Sigerson, pero estoy seguro de que nunca se le hubiese pasado por la cabeza que estaba recibiendo noticias de su amigo. Luego crucé Persia, me asomé a la Meca, y le hice una breve pero interesante visita al califa de Jartum, cuyos resultados le comuniqué al Ministerio de Exteriores. De vuelta a Francia, pasé algunos meses con una investigación sobre los derivados del alquitrán de hulla que dirigí en un laboratorio en Montpellier, en el sur de Francia. Como aquello había concluido satisfactoriamente y, además, me había enterado de que solo uno de mis enemigos había permanecido en Londres, empecé a pensar en regresar cuando entonces mis movimientos se precipitaron por las noticias de este misterio tan curioso de Park Lane, que no solo me atrajo por sus propios méritos, sino que parecía brindarme una excelente oportunidad personal. Me vine a Londres de inmediato, pasé en persona por Baker Street, le provoqué a la señora Hudson un violento ataque de nervios, y descubrí que Mycroft había conservado mis habitaciones y mis papeles exactamente como siempre habían estado. Así fue, mi querido Watson, como a las dos del día de hoy me encontraba en mi viejo sillón de mi vieja habitación, y solo deseaba poder ver a mi viejo amigo Watson en el otro sillón que tan a menudo ha honrado con su presencia».
       Ese fue el extraño relato que escuché aquella tarde de abril —un relato que me hubiese resultado completamente increíble de no haber sido confirmado por la visión real de la figura alta y enjuta y el rostro afilado e impaciente, que nunca pensé volver a ver de nuevo—. De alguna manera se había enterado de mi propio pesar y su compasión se exteriorizaba más en su comportamiento que en sus palabras.
       —El trabajo es el mejor antídoto contra la pena, mi querido Watson —dijo—, y tenemos uno para ambos esta noche que, si lo concluyéramos con éxito, justificaría la vida de un hombre en este planeta.
       Le rogué, en vano, que me contara más.
       —Oirá y verá bastante sobre ello antes del amanecer —me contestó—. Tenemos tres años del pasado por contarnos. Tendremos que conformarnos con hacerlo hasta las nueve y media, cuando comenzaremos con la notable aventura de la casa deshabitada.
       En realidad, era como en los viejos tiempos, cuando, a esa hora, me vi sentado junto a él en un coche alquilado, con mi revólver en el bolsillo y el nerviosismo de la aventura en el corazón. Holmes estaba distante, adusto y silencioso. Cuando la luz de las farolas centelleaba sobre sus sobrias facciones, veía que fruncía el ceño absorto y tenía apretados sus finos labios. No sabía a qué fiera salvaje estábamos a punto de dar caza en la oscura selva del Londres criminal, pero estaba muy seguro, por el comportamiento de ese experto cazador, de que la aventura era una de las más serias, aunque la sonrisa burlona que de vez en cuando se abría paso entre su ascética melancolía no le auguraba nada demasiado bueno al objetivo de nuestra misión.
       Me había imaginado que nos dirigíamos hacia Baker Street, pero Holmes detuvo el coche en la esquina de Cavendish Square. Observé que, mientras se bajaba, echaba un vistazo muy inquisitivo a derecha e izquierda, y en cada esquina ulterior se tomaba las mayores molestias para asegurarse de que no estaba siendo seguido. Desde luego, nuestra ruta era peculiar. El conocimiento de Holmes de los caminos menos frecuentados de Londres era extraordinario y en esa ocasión pasó velozmente y con paso seguro a través de una red de caballerizas y cuadras de cuya misma existencia nunca había sabido antes. Aparecimos por fin en una calle pequeña, bordeada por casas viejas, tétricas, que nos condujo a Manchester Street, y de allí a Blandford Street. Ahí dobló con rapidez por un pasaje estrecho, cruzó un portón de madera hacia un patio desierto y luego abrió con una llave la puerta trasera de una casa. Entramos juntos y la cerró tras nosotros.
       El lugar estaba oscuro como boca de lobo, pero me pareció evidente que era una casa deshabitada. Las tablas del suelo desnudo chirriaban y crujían a nuestro paso, y, al estirar la mano, toqué una pared de la que colgaba el papel a jirones. Los dedos fríos y delgados de Holmes se cerraron alrededor de mi muñeca y me condujo hacia abajo por un largo vestíbulo, hasta que vi vagamente el borroso montante de abanico sobre la puerta. Ahí Holmes giró de pronto a la derecha, y nos encontramos en una habitación amplia, cuadrada, vacía, con densas sombras en sus esquinas, pero débilmente iluminada en el centro por las luces del otro lado de la calle. No había ninguna farola cerca y la ventana estaba llena de polvo, así que solo podíamos distinguirnos el uno al otro allí dentro. Mi compañero puso su mano en mi hombro y sus labios cerca de mi oído.
       —¿Sabe dónde estamos? —susurró.
       —Sin duda esto es Baker Street —respondí mirando a través de la ventana opaca.
       —Exacto. Estamos en Camden House, que se halla enfrente de nuestro antiguo alojamiento.
       —Pero ¿por qué estamos aquí?
       —Porque tiene una vista magnífica de ese pintoresco caserón. ¿Le importaría tomarse la molestia, mi querido Watson, de acercarse un poco más a la ventana, con todo el cuidado posible de no ser visto, y luego mirar hacia nuestra antigua vivienda, punto de partida de tantas de nuestras aventuras? Veremos si mis tres años de ausencia me han arrebatado mi capacidad de sorprenderle.
       Avancé cautelosamente y miré enfrente, a la conocida ventana. Cuando mis ojos la encontraron solté un grito ahogado de asombro. La persiana estaba bajada, pero había una potente luz en la habitación. La sombra de un hombre que estaba dentro sentado en una silla se proyectaba con un contorno nítido y negro a través de la iluminada ventana. No cabía duda acerca del porte de la cabeza, la anchura de los hombros, lo marcado de las facciones. El rostro estaba medio vuelto y el efecto era el de una de esas siluetas negras que les gustaba enmarcar a nuestros abuelos. Era una reproducción perfecta de Holmes. Tan asombrado estaba que estiré la mano para comprobar que el verdadero estaba detrás de mí. Y allí estaba, estremeciéndose en silencio de la risa.
       —¿Y bien? —dijo.
       —¡Por Dios bendito! —exclamé—. Es increíble.
       —Confío en que la edad no me pueda marchitar ni el hábito eche a perder mi infinita variedad
[paráfrasis de la obra de Shakespeare Antonio y Cleopatra (acto II, escena ii) en que Enobarbus describe a Cleopatra] —dijo. Reconocí en su voz la alegría y el orgullo que el artista obtiene de su propia obra.
       —La verdad es que se parece a mí, ¿no cree?
       —Juraría que es usted.
       —El mérito de la ejecución hay que reconocérselo a monsieur Oscar Munier, de Grenoble, quien tardó días en hacer el molde. Es un busto de cera. El resto lo he preparado yo mismo durante mi visita a Baker Street de esta tarde.
       —Pero ¿por qué?
       —Porque, mi querido Watson, tengo el motivo más poderoso que se pueda tener para desear que cierta gente piense que estoy allí cuando, en realidad, estoy en otra parte.
       —¿Es que cree que están vigilando las habitaciones?
       —Sé que están vigilándolas.
       —¿Quiénes?
       —Mis antiguos enemigos, Watson. La encantadora sociedad cuyo líder yace en la catarata de Reichenbach. Recordará que ellos y solo ellos sabían que todavía estaba vivo. Más tarde o más temprano creerían que volvería a mi casa. La vigilaban constantemente y esta mañana han visto que llegaba.
       —¿Cómo lo sabe?
       —Porque he reconocido a su vigía cuando he mirado por la ventana. Es un tipo bastante inofensivo, Parker de nombre, estrangulador de oficio y un notable intérprete de birimbao. Él no me preocupa en absoluto. Pero me preocupa mucho la persona, mucho más temible, que hay detrás de él, el amigo íntimo de Moriarty, el hombre que lanzaba las rocas por el barranco, el criminal más artero y peligroso de Londres. Ese es el hombre que va a por mí esta noche, Watson, y ese es el hombre que ignora por completo que andamos tras él.
       Los planes de mi amigo se iban revelando poco a poco. Desde este cómodo refugio, los vigilantes podían ser vigilados, y los perseguidores, perseguidos. Esa angulosa sombra de allí arriba era el cebo y nosotros éramos los cazadores. Permanecimos en silencio en la oscuridad y vigilamos las apresuradas figuras que pasaban y volvían a pasar por delante de nosotros. Holmes estaba callado e inmóvil, pero diría que se encontraba en un estado de profunda alerta y que su mirada se clavaba intensamente en la corriente de transeúntes. Era una noche desapacible y tormentosa, y el viento silbaba de forma estridente por la larga calle. Había mucha gente moviéndose de acá para allá, la mayoría envueltos en sus abrigos y corbatas. Una o dos veces creí haber visto la misma figura, me fijé en particular en dos hombres que parecían protegerse del viento en la entrada de una casa a bastante distancia calle arriba. Intenté atraer la atención de mi compañero sobre ellos, pero dejó escapar una breve exclamación de impaciencia y continuó observando la calle. Más de una vez movió nerviosamente los pies y golpeteó rápidamente con los dedos en la pared. Se me hizo evidente que empezaba a intranquilizarse y que sus planes no estaban resultando del todo como esperaba. Al final, al llegar la medianoche y despejarse poco a poco la calle, se paseó la habitación arriba y abajo presa de una incontenible agitación. Estaba a punto de hacerle algún comentario cuando levanté la mirada hacia la ventana iluminada y experimenté de nuevo una sorpresa casi tan grande como la anterior. Agarré el brazo de Holmes y señalé hacia arriba.
       —¡Se ha movido la sombra! —exclamé.
       De hecho, ya no era el perfil, sino la espalda, lo que aparecía ante nosotros.
       Desde luego, tres años no habían suavizado las asperezas de su carácter ni su impaciencia ante una inteligencia menos despierta que la suya.
       —Por supuesto que se ha movido —dijo—. ¿Acaso soy un ridículo chapuzas, Watson, tanto como para colocar un maniquí evidente y esperar que engañe a uno de los hombres más perspicaces de Europa? Hemos estado en esta habitación dos horas, y la señora Hudson ha hecho ciertos cambios en esa figura ocho veces, es decir, uno cada cuarto de hora. Los realiza desde la parte de delante, así que su sombra nunca puede ser vista. ¡Ah!
       Respiró con una inspiración estridente y alterada. En la luz tenue vi cómo estiraba el cuello hacia delante, cómo todo su cuerpo estaba tenso por la concentración. Fuera, la calle estaba absolutamente desierta. Es posible que aquellos dos hombres aún estuvieran agazapados en la entrada, pero ya no podía verlos. Todo estaba silencioso y oscuro, exceptuando esa luminosa ventana amarilla situada frente a nosotros con la figura negra perfilada en su centro. De nuevo, en el absoluto silencio, oí aquella nota débil y sibilante que sugería una excitación intensa y contenida. Un momento después tiró de mí hacia el rincón más oscuro de la habitación, y sentí la advertencia de su mano sobre mis labios. Los dedos que me apretaban estaban temblando. Jamás había visto a mi amigo tan nervioso, y, sin embargo, la calle oscura seguía extendiéndose solitaria y sin movimiento alguno ante nosotros.
       Pero, de repente, tomé conciencia de lo que sus sentidos, más agudos que los míos, ya habían distinguido. Un ruido bajo, sigiloso, llegó a mis oídos, no procedente de Baker Street, sino de la parte de atrás de la misma casa en donde nos encontrábamos ocultos. Una puerta se abrió y se cerró. Un segundo después, unos pasos avanzaron lentamente por el pasaje —pasos que se suponían silenciosos, pero que retumbaban desagradablemente por la casa deshabitada—. Holmes se puso en cuclillas contra la pared y yo hice lo mismo, mientras cerraba mi mano en torno a la empuñadura de mi revólver. Escudriñando en la penumbra, vi la silueta de un hombre, una sombra más oscura que la oscuridad de la puerta abierta. Se quedó de pie durante un instante, y entonces se adentró lentamente, agachado, amenazante, en la habitación. Esa figura siniestra estaba a menos de tres yardas de nosotros, y me preparé para hacer frente a su ataque, antes de que me diera cuenta de que no tenía ni idea de nuestra presencia. Pasó junto a nosotros, caminó de forma sigilosa hacia la ventana y, de manera muy callada y sin hacer ruido, la levantó medio palmo. Mientras se dejaba caer a la altura de esa apertura, la luz de la calle, que ya no atenuaba el cristal polvoriento, dio de lleno en su rostro. Aquel hombre parecía fuera de sí de entusiasmo. Sus ojos brillaban como dos estrellas y sus facciones se movían convulsivamente. Era un hombre entrado en años, con una nariz fina y prominente, una frente amplia y despejada, y un enorme bigote entrecano. Se echó la chistera hacia atrás, y brilló a través de su abrigo abierto una pechera de etiqueta. Tenía el rostro demacrado y moreno, surcado por arrugas profundas y brutales. En la mano llevaba lo que parecía ser un bastón, pero, cuando lo depositó en el suelo, produjo un sonido metálico. Entonces, del bolsillo de su abrigo, sacó un objeto voluminoso, y se entregó en una tarea que culminó con un chasquido ruidoso y agudo, como si un resorte o un cerrojo hubiesen encajado en su lugar. Aún arrodillado en el suelo, se inclinó hacia delante y tiró con toda su fuerza y peso de una palanca, lo que tuvo por resultado el que se oyera un ruido vertiginoso, chirriante, que terminó una vez más con un potente chasquido. Después se enderezó, y vi que aquello que tenía en su mano era una especie de arma, con una cantonera con una curiosa deformación. La abrió por la recámara, puso algo en esta e hizo un ruido seco con el cierre. Luego, poniéndose de cuclillas, apoyó el extremo del cañón en el alféizar de la ventana abierta, y vi su largo bigote inclinarse sobre la culata y el brillo de su ojo como si lo entrecerrase para ver por la mirilla. Oí un breve suspiro de satisfacción cuando se acomodó la cantonera en el hombro y vi aquel blanco asombroso, el hombre negro sobre fondo amarillo, que estaba claramente en su punto de mira. Por un momento se quedó rígido e inmóvil. Entonces su dedo apretó el gatillo. Se produjo un extraño y ruidoso zumbido, seguido de un prolongado tintineo de cristales rotos. Y, en ese instante, Holmes se abalanzó como un tigre sobre el tirador y lo lanzó de bruces contra el suelo. Este se puso en pie de nuevo al instante y, con una fuerza incontenible, cogió a Holmes de la garganta, pero lo golpeé en la cabeza con la culata de mi revólver y volvió a caer en el suelo. Me lancé sobre él, y, mientras lo sujetaba, mi camarada sopló por un silbato de manera estridente. Se oyeron pasos que corrían por la acera, y dos policías de uniforme más un inspector de paisano entraron en tromba por la puerta delantera y llegaron a la habitación.
       —¿Es usted, Lestrade? —dijo Holmes.
       —Sí, señor Holmes. He decidido encargarme yo mismo. Me alegro de verle de vuelta en Londres, señor.
       —Creo que necesita un poco de ayuda extraoficial. Tres asesinatos en un año no habrán pasado inadvertidos, Lestrade. Aunque para el misterio de Molesey se las arregló con menos ayuda de la habitual…, quiero decir que se las arregló bastante bien.
       Nos habíamos puesto todos en pie, nuestro prisionero resollando, con un leal agente a cada lado. Algunos vagabundos habían empezado ya a congregarse en la calle. Holmes se acercó a la ventana, la cerró y bajó la persiana. Lestrade había sacado dos velas y los policías habían destapado sus linternas. Por fin, iba a poder ver bien a nuestro prisionero.
       Un rostro enormemente varonil y, a pesar de ello, siniestro se volvió hacia nosotros. Con la frente de un filósofo arriba y la mandíbula de un hedonista abajo, había debido nacer con una gran capacidad tanto para el bien como para el mal. Pero uno no podía mirarlo a los crueles ojos azules, con párpados caídos y cínicos, ni a la nariz fiera y agresiva, ni a la frente amenazante y surcada de profundas arrugas, sin inferir de ellos las claras señales de peligro que lanza la naturaleza. No hizo caso de nosotros, pero sus ojos estaban fijos en el rostro de Holmes con una expresión en la que se mezclaban el odio y el asombro a partes iguales.
       —¡Es usted un demonio! —seguía mascullando—. ¡Un demonio pero que muy listo!
       —¡Ah, coronel! —dijo Holmes mientras se adecentaba el arrugado cuello de su camisa—. «Los viajes acaban con encuentros de amantes»
[Noche de reyes (acto II, escena iii, 44-45), de William Shakespeare], como decía esa vieja obra. Creo que no he tenido el placer de verle desde que me colmó de atenciones cuando me encontraba en la cornisa de la catarata de Reichenbach.
       El coronel seguía observando a mi amigo como si estuviera en trance.
       —Un demonio pero que muy astuto —era todo lo que lograba decir.
       —Todavía no les he presentado —dijo Holmes—. Este, caballeros, es el coronel Sebastian Moran, antiguamente en el ejército de Su Majestad en la India, y el mejor tirador de caza mayor que haya dado nuestro Imperio oriental. ¿Creo que no me equivoco, coronel, al decir que su marca de tigres cazados continúa sin haber sido igualada?
       El feroz anciano no dijo nada, pero seguía fulminando con la mirada a mi compañero. Con sus ojos salvajes y su bigote encrespado, él mismo se parecía prodigiosamente a un tigre.
       —Me asombra que mi sencillísima estratagema haya engañado a un shikari tan curtido —dijo Holmes—. Debe de resultarle muy familiar. ¿No ha atado usted un cabritillo a un árbol, permanecido en su copa con su rifle y esperado a que el cebo atraiga a su tigre? Esta casa deshabitada es mi árbol y usted es mi tigre. Posiblemente usted tenía otras armas de reserva en el caso de que hubiera varios tigres, o por la improbable hipótesis de que le fallara su propia puntería. Estas —señaló a su alrededor— son mis otras armas. La analogía es clara.
       El coronel Moran se precipitó hacia él, con un rugido de rabia, pero los agentes lo contuvieron. La ira de su rostro era terrible a la vista.
       —Confieso que me tenía reservada una pequeña sorpresa —dijo Holmes—. No había previsto que usted mismo utilizaría esta casa deshabitada y su idónea ventana delantera. Había imaginado que actuaría desde la calle, donde mi amigo Lestrade y sus alegres compañeros estaban esperándole. Exceptuando este detalle, todo ha ido como esperaba.
       El coronel Moran se volvió hacia el inspector.
       —Quizá tenga, o quizá no, una causa justificada para arrestarme —le dijo—, pero, como mínimo, es posible que no haya razón alguna para que deba soportar las burlas de este individuo. Si estoy en manos de la ley, que las cosas se hagan de manera legal.
       —Bueno, me parece bastante razonable —contestó Lestrade—. ¿Hay algo más que tenga que decir, señor Holmes, antes de que nos vayamos?
       Holmes había recogido el potente rifle de aire comprimido del suelo y estaba examinando su mecanismo.
       —Un arma admirable y única —dijo—, silenciosa y de una potencia formidable. Conocí a Von Herder, el mecánico alemán ciego que la construyó por orden del difunto profesor Moriarty. Durante años he sabido de su existencia, aunque hasta ahora nunca había tenido la oportunidad de tenerla entre las manos. La dejo expresamente a su cargo, Lestrade, así como las balas correspondientes.
       —Puede confiar en que nos ocuparemos de ella, señor Holmes —dijo Lestrade, mientras todo el grupo se encaminaba hacia la puerta—. ¿Tiene alguna cosa más que decir?
       —Solo preguntar qué cargo piensa presentar contra él.
       —¿Qué cargo, señor? Vaya, el de intento de asesinato del señor Sherlock Holmes, por supuesto.
       —Nada de eso, Lestrade. No tengo ninguna intención de comparecer por este asunto, de ningún modo. De usted, y solo de usted, es el mérito del notable arresto que ha efectuado. Sí, Lestrade, ¡le felicito! Con su afortunada combinación habitual de astucia y audacia lo ha atrapado.
       —¡Atrapado! ¿Atrapado a quién, señor Holmes?
       —Al hombre que todo el cuerpo de policía anda buscando en vano: al coronel Sebastian Moran, quien disparó al ilustre Ronald Adair una bala de fragmentación con un rifle de aire comprimido por la ventana abierta de la segunda planta frente al número 427 de Park Lane, el 30 del pasado mes. Ese es el cargo, Lestrade. Y ahora, Watson, si puede aguantar la corriente de una ventana abierta, creo que media hora en mi despacho con un cigarro podría brindarle algún entretenimiento provechoso.
       Nuestra antigua residencia permanecía inalterada gracias a la supervisión de Mycroft Holmes y al cuidado directo de la señora Hudson. Cuando entré, vi, es cierto, un insólito orden, pero los viejos puntos de referencia estaban en su lugar. Allí estaba el rincón de química y la mesa machada de ácido, con montones de cosas. Sobre un estante estaba la hilera de increíbles álbumes de recortes y libros de consulta que muchos de nuestros conciudadanos se hubiesen alegrado de quemar. Los diagramas, el estuche del violín y el anaquel de las pipas —incluso la babucha persa que contenía el tabaco—, con todo ello se toparon mis ojos mientras miraba a mi alrededor. Había dos ocupantes en el cuarto: uno, la señora Hudson, que nos sonrió a ambos al entrar; el otro, el extraño maniquí que había jugado un papel tan importante en las aventuras de esa noche. Era una figura de cera a color de mi amigo, tan admirablemente ejecutada que era su copia exacta. Se encontraba sobre un pequeño velador y lo habían vestido con una bata vieja de Holmes, de tal manera que, vista desde la calle, la ilusión era absolutamente perfecta.
       —Espero que haya extremado las precauciones, señora Hudson —dijo Holmes.
       —Me he acercado de rodillas, señor, tal y como me dijo.
       —Excelente. Ha llevado a cabo el asunto a la perfección. ¿Ha observado adónde ha ido la bala?
       —Sí, señor, me temo que ha echado a perder este bonito busto suyo, porque le ha atravesado la cabeza y ha ido a parar contra la pared. La he recogido de la alfombra. ¡Aquí está!
       Holmes me la tendió.
       —Una bala blanda de revólver, como puede ver, Watson. Es una genialidad, porque ¿quién se imaginaría encontrar una cosa así disparada por un rifle de aire comprimido? Muy bien, señora Hudson, le estoy muy agradecido por su ayuda. Y ahora, Watson, déjeme verle en su antiguo asiento una vez más, porque hay varios puntos que me gustaría tratar con usted.
       Se quitó con celeridad la levita raída y allí estaba el Holmes de siempre con la bata color pardo que había cogido de su efigie.
       —Los nervios del viejo shikari no han perdido su templanza, ni los ojos su agudeza —dijo riéndose mientras inspeccionaba la frente destrozada de su busto.
       —De lleno en el centro de la parte trasera de la cabeza y directamente a través del cerebro. Era el mejor tirador de la India y supongo que hay pocos mejores en Londres. ¿Le sonaba su nombre?
       —Pues no.
       —Bueno, bueno, ¡así es la fama! Pero, claro, si no recuerdo mal, tampoco le sonaba el nombre del profesor James Moriarty, que era uno de los grandes cerebros de este siglo. Bájeme mi catálogo biográfico del estante.
       Pasó las hojas indolentemente, reclinado en su sillón y expulsando grandes nubes de humo de su cigarro.
       —La «m» de mi colección es excelente —dijo—. Con Moriarty basta para hacer esta letra ilustre, y tenemos aquí a Morgan el envenenador, y a Merridew, de abominable memoria, y a Mathews, que me rompió el colmillo izquierdo en el vestíbulo de la estación de Charing Cross, y, por último, aquí tenemos a nuestro amigo de esta noche.
       Me pasó el libro y leí:

     Moran, Sebastian, coronel. Sin empleo. Anteriormente en el 1.º de los batidores de Bangalore. Nacido en Londres en 1840. Hijo de sir Augustus Moran, primer barón del Exchequer, antiguo embajador británico de Persia. Estudios en Eton y Oxford. Servicio en la campaña de Jowaki, en la campaña afgana, en Char Asiab (mención de honor), Sherpur y Kabul. Autor de La caza mayor en los Himalayas occidentales, 1881; Tres meses en la selva, 1884. Dirección: Conduit Street. Clubes: el Angloindio, el Tankerville, el Bagatelle Card Club.

       En el margen había escrito, de la meticulosa mano de Holmes: «El segundo hombre más peligroso de Londres».
       —Qué sorprendente es esto —dije mientras le devolvía el ejemplar—. Es la carrera de un respetable soldado.
       —Cierto —respondió Holmes—, hasta cierto momento se comportó correctamente. Siempre fue un hombre con nervios de acero y en la India todavía se cuenta la historia de cómo se arrastró por una alcantarilla tras un tigre antropófago. Hay algunos árboles, Watson, que crecen hasta cierta altura y que luego, de repente, desarrollan alguna fea excentricidad. Lo observará con frecuencia entre los humanos. Tengo la teoría de que el individuo presenta en su evolución la serie completa de sus antepasados, y que un giro así de repentino hacia el bien o el mal significa alguna influencia poderosa que hereda de su linaje. La persona se convierte, por así decirlo, en la personificación de la historia de su propia familia.
       —Desde luego, es bastante extravagante.
       —Bien, no insistiré en ello. Sea cual sea la causa, el coronel Moran empezó a ir por el mal camino. Aun sin escándalo conocido, la India se le puso difícil. Se retiró, vino a Londres, y de nuevo adquirió mal nombre. Fue en ese momento cuando el profesor Moriarty trató de localizar a quien sería durante un tiempo jefe de su estado mayor. Moriarty le proporcionaba dinero generosamente, y solo se sirvió de él para uno o dos trabajos de alto nivel que ningún delincuente común hubiese podido acometer. Es posible que guarde algún recuerdo de la muerte de la señora Stweart, de Lauder, en 1887, ¿cierto? Pues bien, estoy seguro de que Moran estaba detrás de ese asunto, pero no se pudo probar nada. El coronel siguió con su tapadera de una manera tan inteligente que, incluso cuando se desarticuló la banda de Moriarty, no pudimos incriminarlo. ¿Recuerda ese día, cuando lo llamé a su cuarto, cómo cerré las contraventanas por miedo a las armas de aire comprimido? Sin duda pensó que era un exagerado. Sabía exactamente lo que hacía, porque sabía de la existencia de esa arma excepcional, y sabía también que uno de los mejores tiradores del mundo podía encontrarse tras su mirilla. Cuando estuvimos en Suiza, nos siguió con Moriarty, y, sin lugar a dudas, fue él quien me obsequió con esos endiablados cinco minutos de la cornisa de Reichenbach.
       »Puede creer que leí los periódicos con bastante atención durante mi estancia en Francia, a la caza de alguna oportunidad de pisarle los talones. Mientras permaneció en libertad en Londres, mi vida era un auténtico sinvivir. Día y noche su sombra podía precipitarse sobre mí, y más tarde o más temprano le llegaría su oportunidad. ¿Qué podía hacer? No podía pegarle un tiro sin ser visto, o yo mismo acabaría en el banquillo de los acusados. Era inútil apelar a un juez. No pueden entrometerse basándose en lo que les hubiera parecido las sospechas de un loco. Así que no podía hacer nada. Pero seguí las noticias sobre crímenes a sabiendas de que más tarde o más temprano lo atraparía. Entonces sucedió la muerte del tal Ronald Adair. ¡Por fin, se presentaba mi oportunidad! Sabiendo lo que yo sabía, ¿no era evidente que lo había perpetrado el coronel Moran? Había estado jugando a las cartas con el chico; lo había seguido a casa desde el club; le había disparado a través de la ventana abierta. No cabía duda. Solo las balas eran suficientes para ponerle una soga al cuello. Me vine enseguida. Me vio el centinela, y supe que llamaría la atención del coronel sobre mi presencia. Moran no podía dejar de relacionar mi repentino regreso con su crimen y estar enormemente alarmado. Estaba seguro de que trataría de quitarme de en medio enseguida y que rescataría su arma homicida con ese propósito. Le dejé un blanco excelente en la ventana y, tras avisar a la policía de que podrían ser necesarios —por cierto, Watson, usted reparó en su presencia en aquella entrada con atinada precisión—, me instalé en lo que me parecía un puesto de observación sensato, sin que se me pasara ni por un momento por la cabeza que el coronel elegiría el mismo sitio para su ataque. Ahora, mi querido Watson, ¿me queda alguna cosa por explicarle?».
       —Sí —dije—. No me ha aclarado cuál fue el motivo del coronel Moran para asesinar al ilustre Ronald Adair.
       —¡Ah, mi querido Watson! Ahí nos adentramos en el reino de la conjetura, donde la mente más lógica de todas puede fallar. Cada vecino formulará su propia hipótesis con las presentes pruebas, y la suya puede ser tan correcta como la mía.
       —Entonces, ¿ha formulado una?
       —Creo que no es difícil explicar los hechos. Salió a relucir en la investigación que el coronel Moran y el joven Adair habían ganado entre ambos una considerable suma de dinero. Ahora bien, sin lugar dudas Moran jugaba sucio —de eso me di cuenta hace mucho—. Creo que, el día del asesinato, Adair había descubierto que Moran estaba haciendo trampas. Con mucha probabilidad había hablado con él en privado, y lo había amenazado con delatarlo a menos que renunciase a ser miembro del club y prometiera no jugar a las cartas de nuevo. Es poco probable que un jovencito como Adair montase sin pensárselo un feo escándalo delatando a un hombre reconocido y mucho más mayor que él. Seguramente actuó como estoy sugiriendo. Ser excluido de sus clubes hubiese significado la ruina para Moran, quien vivía de sus ganancias ilícitas en el juego. Por tanto, asesinó a Adair, quien en ese momento estaba tratando de calcular cuánto dinero devolvería, puesto que no podía beneficiarse del juego sucio de su pareja de cartas. Cerró la puerta por temor a que las mujeres lo sorprendieran e insistieran en saber qué estaba haciendo con esos nombres y monedas. ¿Le sirve con eso?
       —No me cabe duda de que ha hallado la verdad.
       —Se corroborará o refutará en el juicio. Mientras tanto, pase lo que pase, el coronel Moran no nos molestará más, la célebre arma de aire comprimido de Von Herder embellecerá el museo de Scotland Yard, y una vez más el señor Sherlock Holmes es libre de consagrar su vida a estudiar esos interesantes problemillas que la compleja vida de Londres nos ofrece sin cesar.



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