Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


Un caso de identidad (1891)
(“A Case of Identity”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (septiembre 1891);
The Adventures of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1892, 307 págs.)



      —Querido amigo —me dijo Sherlock Holmes, sentados ambos a uno y otro lado de la chimenea de su apartamento de Baker Street—, la vida es infinitamente más extraña que cuanto pueda inventar la mente humana. No nos atreveríamos a concebir ciertas cosas que en la realidad son habituales en nuestra existencia. Si pudiéramos salir volando por la ventana cogidos de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y fisgar las raras cosas que suceden, las extrañas coincidencias, los proyectos, los malentendidos, las extraordinarias cadenas de acontecimientos que actúan a lo largo de generaciones y desembocan en los resultados más outré, ello haría que todas las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus previsibles conclusiones, nos parecieran rancias e inútiles.
       —Pues yo no estoy convencido de que sea así —repliqué—. Los casos que aparecen en los periódicos son, por lo general, bastante anodinos y vulgares. En los informes de nuestra policía encontramos el realismo llevado a sus últimos límites, y hay que confesar, sin embargo, que el resultado no es fascinante ni artístico.
       —Para lograr un efecto realista hay que valerse de cierta discreción e ingenio —observó Holmes—. Esto es lo que falla en los informes policiales, donde tal vez se pone más énfasis en los largos sermones del magistrado que en los detalles que, para un buen observador, encierran lo esencial y vital del caso. Tenga la seguridad de que no hay nada tan poco natural como lo vulgar y común.
       Sonreí y negué con la cabeza.
       —Entiendo perfectamente que piense así —dije—. Desde luego, en su condición de asesor extraoficial y apoyo de todo aquel que se encuentra absolutamente desconcertado, a lo largo y ancho de tres continentes, entra usted en contacto con los casos más extraños e insólitos. Pero veamos —y recogí del suelo el periódico de la mañana—. Vamos a hacer una prueba práctica. Este es el primer titular que me salta a la vista: «Crueldad de un marido con su mujer». Hay media columna de texto, pero, sin leerlo, sé que todo me va a resultar familiar. Tenemos, claro está, la otra mujer, la bebida, los insultos, los golpes, las lesiones, la hermana o la casera compasiva. Ni el menos imaginativo de los escritores podría inventar algo más obvio.
       —Pues ha elegido usted un ejemplo sumamente desacertado para apoyar su teoría —dijo Holmes, mientras cogía el periódico y le echaba una ojeada—. Se trata del caso de separación de los Dundas, y me he dedicado a esclarecer algunos detalles relacionados con él. El marido era abstemio, no había otra mujer, y el motivo de queja de la esposa era que él había adquirido la costumbre de concluir todas las comidas quitándose la dentadura postiza y arrojándola contra ella, lo cual reconocerá usted que no es la clase de actuación que se le puede ocurrir a un novelista corriente. Tome una pizca de rapé, doctor, y admita que le he marcado un tanto.
       Me alargó su cajita de rapé de oro viejo, con una gran amatista en el centro de la tapa. Su magnificencia contrastaba de tal modo con la vida sencilla y las costumbres hogareñas de mi amigo que no pude evitar un comentario.
       —¡Ah! —me dijo—. Olvidaba que llevamos semanas sin vernos. Es un pequeño recuerdo del rey de Bohemia, como pago de mi ayuda en el caso de Irene Adler.
       —¿Y el anillo? —pregunté, contemplando un espléndido brillante que resplandecía en su dedo.
       —Pertenecía a la familia real de Holanda, pero el asunto en que le presté mis servicios es tan delicado que no puedo confiárselo ni siquiera a usted, que ha tenido la gentileza de reseñar un par de mis problemillas.
       —¿Y tiene ahora algún caso entre manos? —pregunté con curiosidad.
       —Diez o doce, pero ninguno que presente aspectos interesantes. Son importantes, sabe, pero no tienen interés. En realidad, he descubierto que suele ser en cuestiones poco importantes donde hay mayor campo para la observación y para el rápido análisis de causa y efecto que constituyen el atractivo de una investigación. Los delitos más importantes tienden a ser los más simples, pues cuanto más notorio es el crimen más evidente es, por regla general, su motivo. En los presentes casos, salvo en un asunto bastante intrincado que me han encargado desde Marsella, no hay el menor rastro de interés. No obstante, es posible que disponga de algo mejor antes de que transcurran unos minutos, pues, o mucho me equivoco, o aquí tenemos a uno de mis clientes.
       Se había levantado de su silla y estaba de pie ante el hueco que quedaba entre las dos cortinas, observando la grisácea y monótona calle londinense. Atisbé por encima de su hombro y vi en la acera de enfrente a una mujer corpulenta, con una gruesa estola de piel alrededor del cuello y una gran pluma roja prendida a un sombrero de ala ancha, que llevaba coquetonamente inclinado sobre la oreja, a la manera de la duquesa de Devonshire. Bajo esa gran panoplia, la mujer miraba, nerviosa y dubitativa, hacia nuestra ventana, mientras su cuerpo oscilaba hacia delante y hacia atrás y sus dedos jugueteaban con los botones de sus guantes. De repente, en un súbito impulso, como el nadador que se lanza al agua, cruzó presurosa la calle y oímos un enérgico campanillazo.
       —He visto en otras ocasiones estos síntomas —dijo Holmes, arrojando su cigarrillo al fuego—. Las oscilaciones en la acera delatan siempre un affaire de coeur. Le gustaría recibir un consejo, pero teme que el asunto sea demasiado delicado para confiárselo a nadie. Y, no obstante, también aquí hay que establecer distinciones. Cuando una mujer ha sido agraviada por un hombre, ya no oscila, y el síntoma habitual es un cordón de campanilla roto. En esta ocasión, podemos dar por seguro que se trata de un asunto amoroso, mas la muchacha no está tan indignada como perpleja y dolida. Pero aquí llega en persona para resolver nuestras dudas.
       Mientras hablaba, sonó un golpe en la puerta y entró el botones para anunciar a la señorita Mary Sutherland, cuya figura se cernía sobre la pequeña figura negra del muchacho como un gran velero mercante tras un bote piloto. Sherlock Holmes la recibió con la espontánea cortesía que le caracterizaba y, tras cerrar la puerta e invitarla a acomodarse en un sillón, la examinó del modo minucioso y a la vez abstraído que le era peculiar.
       —¿No le parece —dijo— que, dada su miopía, es un poco molesto escribir tanto a máquina?
       —Al principio, sí —respondió ella—, pero ahora ya sé dónde están las letras sin necesidad de mirar el teclado.
       Entonces, advirtiendo de pronto el alcance de las palabras de Holmes, se sobresaltó visiblemente y le miró con el temor y el asombro reflejados en su rostro ancho y afable.
       —¡A usted le han hablado de mí, señor Holmes! —exclamó—. Si no, ¿cómo podría saber todo esto?
       —No tiene importancia —dijo Holmes, riendo—. Mi oficio consiste en saber cosas. Tal vez me haya ejercitado en ver aquello que a otras personas les pasa inadvertido. De no ser así, ¿por qué habría acudido usted a consultarme?
       —He acudido a usted, caballero, porque me habló de usted la señora Etherege, a cuyo marido encontró con tanta facilidad, cuando la policía y todo el mundo le daba ya por muerto. ¡Ojalá, señor Holmes, pueda hacer lo mismo por mí! No soy rica, pero dispongo de una renta de cien libras anuales, más lo poco que me saco con la máquina de escribir, y lo daría todo por saber qué ha sido del señor Hosmer Angel.
       —¿Por qué ha venido a consultarme con tantas prisas? —preguntó Sherlock Holmes, juntando las puntas de los dedos y fijando los ojos en el techo.
       De nuevo apareció una expresión de sobresalto en el rostro algo vacuo de la señorita Mary Sutherland.
       —Sí, salí escopeteada de casa —dijo—, porque me indignó ver la tranquilidad con que lo tomaba todo el señor Windibank, o sea mi padre. Él no quería acudir a la policía, no quería acudir a usted, y finalmente, en vista de que no quería hacer nada y seguía diciendo que no había ocurrido nada malo, me he enfurecido y, tal como estaba, he venido directamente a verle.
       —¿Su padre? —inquirió Holmes—. ¿Querrá decir su padrastro, ya que el apellido es diferente?
       —Sí, mi padrastro. Le llamo padre. Aunque suena un poco raro, porque solo tiene cinco años y dos meses más que yo.
       —Y su madre, ¿vive?
       —Oh, sí, mamá vive y está bien. No me gustó demasiado, señor Holmes, que volviera a casarse tan pronto, después de morir mi padre, y con un hombre casi quince años más joven que ella. Mi padre era fontanero en Tottenham Court Road, y dejó un negocio rentable, que mi madre siguió llevando junto con el señor Hardy, el encargado, pero cuando apareció el señor Windibank le hizo vender el negocio, porque el suyo, tratante de vinos, era muy superior. Sacaron cuatro mil setecientas libras por la empresa y la clientela, que era mucho menos de lo que habría sacado mi padre de estar vivo.
       Yo hubiera esperado que Sherlock Holmes se impacientara ante aquel relato disperso e incoherente, pero, muy al contrario, lo escuchaba con gran atención.
       —Su pequeña renta —preguntó—, ¿procede de este negocio?
       —Oh, no, señor. No tiene nada que ver y es un legado de mi tío Ned de Auckland. Está en valores neozelandeses, dan el cuatro y medio por ciento. Eran dos mil quinientas libras, pero solo puedo cobrar los intereses.
       —Muy interesante —dijo Holmes—. Dado que dispone usted de una cantidad tan elevada como cien libras al año, junto con lo que gana escribiendo a máquina, sin duda viajará un poquito y se permitirá muchos caprichos. Creo que una señorita soltera puede arreglárselas muy bien con unos ingresos de sesenta libras.
       —Yo podría arreglármelas con muchísimo menos, señor Holmes, pero usted comprenderá que mientras viva en casa no me gusta ser una carga para ellos, así que ellos manejan el dinero mientras yo esté allí. Desde luego, es solo por el momento. El señor Windibank cobra mis intereses cada cuatro meses y se los paga a mi madre, y yo me las compongo bien con lo que gano escribiendo a máquina. Son dos peniques por hoja, y a menudo puedo hacer quince o veinte hojas en un día.
       —Me ha dejado muy claro cuál es su situación —dijo Holmes—. Le presento a mi amigo, el doctor Watson, ante el cual puede hablar con tanta libertad como ante mí. Ahora explíquenos, por favor, todo lo relativo a su relación con el señor Hosmer Angel.
       El rubor cubrió el rostro de la señorita Sutherland, y tironeó nerviosa del borde de su chaqueta.
       —Le conocí en el baile de los empleados del gas —dijo—. Le enviaban invitaciones a papá cuando vivía, y después se seguían acordando de nosotros y se las mandaban a mi madre. El señor Windibank no quería que fuéramos. Nunca quería que fuéramos a ninguna parte. Se ponía como loco si yo quería ir a una merienda de la escuela dominical. Pero esta vez yo estaba decidida a ir, e iba a ir porque ¿qué derecho tenía él a impedírmelo? Dijo que la gente no era adecuada para nosotras, cuando iban a estar allí todos los amigos de mi padre. Y dijo que yo no tenía nada adecuado para ponerme, cuando tenía mi vestido de felpa púrpura, que casi no había sacado del armario. Al final, cuando no se podía hacer nada más, se marchó a Francia para asuntos del negocio, pero mi madre y yo fuimos con el señor Hardy, que había sido nuestro encargado, y fue allí donde conocí al señor Hosmer Angel.
       —Supongo —dijo Holmes— que cuando el señor Windibank regresó de Francia le enojó mucho que hubieran asistido al baile.
       —Bueno, pues lo tomó de lo más bien. Recuerdo que se echó a reír, y se encogió de hombros, y dijo que no servía de nada negarle algo a una mujer, porque ella siempre se sale con la suya.
       —Ya veo. Y he entendido que en el baile de los empleados de gas usted conoció a un caballero llamado Hosmer Angel.
       —Sí, señor. Le conocí aquella noche, y vino al día siguiente para preguntar si habíamos llegado bien a casa, y después le vimos… Es decir, le vi yo dos veces para pasear, pero después mi padre regresó de otro viaje, y el señor Hosmer Angel ya no volvió a casa nunca más.
       —¿No?
       —Bueno, usted ya sabe, a mi padre no le gustan nada estas cosas. No quiere que haya ninguna visita si puede evitarlo, y dice a menudo que una mujer tiene que sentirse feliz en su propio círculo familiar. Pero, como le suelo decir yo a mi madre, una mujer quiere formar su propio círculo, y yo todavía no he conseguido el mío.
       —Pero ¿qué ocurrió con el señor Hosmer Angel? ¿No hizo ningún intento de verla?
       —Bueno, mi padre tenía que ir a Francia una semana después, y Hosmer me escribió que sería mejor y más seguro que no nos viéramos hasta que se hubiera marchado. Entretanto podíamos escribirnos, y él me solía escribir todos los días. Yo recogía las cartas por la mañana, de modo que mi padre no tenía por qué enterarse.
       —¿Estaba usted entonces ya comprometida con el caballero?
       —Oh, sí, señor Holmes. Nos comprometimos después del primer paseo que dimos. Hosmer… el señor Angel… era cajero en una oficina de Leadenhall Street, y…
       —¿Qué oficina?
       —Eso es lo peor, señor Holmes, que no lo sé.
       —¿Y dónde vive, pues?
       —Dormía en el mismo local.
       —¿Y no conoce la dirección?
       —No, solo sé que está en Leadenhall Street.
       —Entonces ¿dónde le dirigía las cartas?
       —A la estafeta de Leadenhall Street, donde él las iba a recoger. Decía que, si yo las mandaba a la oficina, los otros empleados le gastarían bromas por recibir cartas de una señorita, así que le propuse escribirlas a máquina, como hacía él con las suyas, pero no quiso, porque dijo que si las escribía a mano se notaba que venían de mí, pero que si las escribía a máquina siempre le parecía que la máquina se interponía entre nosotros dos. Eso le demostrará, señor Holmes, lo mucho que me quería y cómo se fijaba en los pequeños detalles.
       —Esto sugiere muchas cosas —dijo Holmes—. Siempre ha sido un axioma para mí que los pequeños detalles son con diferencia lo más importante. ¿Recuerda algún otro pequeño detalle referente al señor Hosmer Angel?
       —Era un hombre muy tímido, señor Holmes. Prefería pasear conmigo de noche que a la luz del día, porque odiaba llamar la atención. Era muy retraído y caballeroso. Hasta su voz era suave. De joven, me explicó, había tenido una infección de las amígdalas, y le había dejado la garganta débil, con un modo de hablar vacilante y como en susurros. Iba siempre bien vestido, muy aseado y muy correcto, pero sufría de la vista, justo lo mismo que yo, y llevaba gafas oscuras para protegerse del exceso de luz.
       —Bien, ¿y qué ocurrió cuando el señor Windibank, su padrastro, regresó de Francia?
       —El señor Hosmer Angel volvió a ir a casa y propuso que nos casáramos antes de que volviera mi padre. Estaba terriblemente serio y me hizo jurar, con las manos encima de la Biblia, que, pasara lo que pasara, yo le sería siempre fiel. Mi madre dijo que él tenía todo el derecho a hacerme jurar, y que esto era una muestra de su pasión. Desde el primer momento mi madre estuvo a su favor y hasta le estimaba más que yo. Entonces, cuando hablaron de que nos casáramos aquella misma semana, yo empecé a preguntar por mi padre, pero los dos dijeron que no me preocupara, que ya se lo explicaríamos después, y mi madre dijo que ya se ocuparía ella de arreglar las cosas con él. A mí aquello no me gustaba, señor Holmes. Resultaba raro que tuviera que pedirle su autorización, cuando solo tenía unos pocos años más que yo, pero yo no quería hacer nada a escondidas, de modo que escribí a mi padre a Burdeos, donde la compañía tiene sus oficinas en Francia, pero la carta me fue devuelta la misma mañana de la boda.
       —Así pues, ¿no la recibió?
       —No, señor, porque se había marchado hacia Inglaterra justo antes de que llegara.
       —Qué mala suerte. De modo que su boda estaba prevista para el viernes. ¿Iba a ser en la iglesia?
       —Sí, señor, pero muy discreta. Tenía que ser en Saint Saviour, cerca de King’s Cross, y después desayunaríamos en el hotel Saint Pancras. Hosmer fue a buscarnos en un cabriolé, pero como nosotras éramos dos, nos metió a las dos y él cogió otro, que parecía ser el único otro coche de punto que había en la calle. Nosotras llegamos primero a la iglesia, y, al llegar su carruaje, esperamos a que él se apeara, pero no lo hizo. Cuando el cochero bajó del pescante y miró dentro, ¡allí no había nadie! El cochero dijo que no tenía ni idea de lo que habría sido de él, porque lo había visto entrar con sus propios ojos. Esto fue el viernes pasado, señor Holmes, y desde entonces no he visto ni he oído nada que pueda arrojar alguna luz sobre lo que ha sido de Hosmer Angel.
       —Tengo la impresión, señorita Sutherland —dijo Holmes—, de que la han tratado de un modo vergonzoso.
       —¡Oh, no, señor! Él era demasiado bueno y demasiado considerado para abandonarme de ese modo. Durante toda la mañana no paró de decirme que, pasara lo que pasara, yo tenía que serle fiel, y que, si algo imprevisto nos separaba, yo tenía que recordar siempre que estaba comprometida con él, y que antes o después me exigiría que cumpliera este compromiso. Parece una conversación extraña para la mañana de una boda, pero lo que pasó después le da un significado.
       —Desde luego que se lo da. ¿Su opinión personal es, pues, que le ha ocurrido una catástrofe imprevista?
       —Sí, señor. Creo que él intuía algún peligro, o no habría hablado como lo hizo. Y creo que aquello que intuía le pasó.
       —Pero ¿no tiene ni idea de lo que pudo ser?
       —Ni idea.
       —Una pregunta más. ¿Cómo se lo tomó su madre?
       —Se enfadó mucho, y dijo que yo no tenía que volver a hablar nunca de lo que había pasado.
       —¿Y su padre? ¿Se lo contaron?
       —Sí. Y pareció creer, como yo, que había ocurrido algo, y que volvería a tener noticias de Hosmer. Como él dijo, ¿qué interés podía tener nadie en llevarme hasta la puerta de la iglesia y después abandonarme? Si me hubiera pedido dinero prestado, o si se hubiera casado conmigo y hubiéramos puesto mi dinero a su nombre, podría haber un motivo. Pero Hosmer era muy independiente respecto al dinero y nunca hubiera ni siquiera mirado un chelín mío. Pero entonces ¿qué puede haber pasado? ¿Y por qué no me ha escrito? ¡Oh, casi me vuelve loca pensar en ello y no pego ojo en toda la noche!
       Sacó un pañuelito de su manguito y estalló en sollozos.
       —Examinaré su caso —dijo Holmes, tranquilizador—, y no dudo que llegaremos a unas conclusiones definitivas. Ahora, deje que yo me ocupe enteramente de la cuestión, y no le siga dando vueltas. Y, sobre todo, procure que el señor Hosmer Angel se borre de su memoria, del mismo modo que se ha borrado de su vida.
       —Entonces, ¿usted cree que no lo volveré a ver?
       —Me temo que no.
       —Pero ¿qué ha sido de él?
       —Deje este asunto en mis manos. Me gustaría disponer de una detallada descripción de su persona y que me proporcionara todas las cartas enviadas por él que tenga en su poder.
       —Puse un anuncio en el Chronicle del pasado sábado —dijo ella—. Aquí tiene el recorte y aquí tiene cuatro cartas suyas.
       —Gracias. ¿Y la dirección de usted?
       —El número 31 de Lyon Place, Camberwell.
       —Ya me dijo que nunca supo las señas del señor Angel. ¿Dónde trabaja su padre?
       —Mi padre viaja para Westhouse and Marbank, los grandes importadores de vinos de Burdeos de Fenchurch Street.
       —Gracias. Ha expuesto usted su caso con gran claridad. Deje aquí los papeles y recuerde el consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un capítulo cerrado y no permita que afecte el curso de su vida.
       —Es usted muy amable, señor Holmes, pero no puedo hacerlo. Le seré fiel a Hosmer. Me encontrará esperándole cuando vuelva.
       Pese a su absurdo sombrero y su rostro vacío, cierta nobleza en la inocente fe de nuestra visitante suscitaba nuestro respeto. Depositó los papeles encima de la mesa y se marchó, tras prometer que acudiría en cuanto la llamáramos.
       Sherlock Holmes permaneció sentado en silencio unos minutos, con las yemas de los dedos todavía unidas, las piernas extendidas ante él y la mirada fija en el techo. Después cogió del estante la grasienta pipa de arcilla, que era para él una suerte de consejera, y, tras encenderla, se recostó de nuevo en su butaca, exhalando densas y azuladas espirales de humo, y con una expresión de infinita languidez en el rostro.
       —Interesante objeto de estudio, esta muchacha —observó—. Más interesante que su problemilla, que, dicho sea de paso, es bastante vulgar. Si consulta usted mi índice, encontrará casos paralelos. Hubo uno en Andover el año 77, y otro algo similar en La Haya el ario pasado. No obstante, por vieja que sea la idea, ha habido un par de detalles que son nuevos para mí. Pero la propia muchacha presenta rasgos más instructivos.
       —Al parecer ha visto en ella un montón de cosas para mí invisibles.
       —Invisibles no, Watson, sino inadvertidas. No sabía usted dónde había que mirar y se le ha pasado por alto todo lo importante. No he conseguido convencerle de la importancia de las mangas, de lo que sugieren las uñas de los pulgares, de las grandes conclusiones que pueden derivarse del cordón de un zapato. Veamos, ¿qué ha observado usted en el aspecto de esta mujer? Descríbala.
       —Bien, llevaba un sombrero de paja de ala ancha, color pizarra, con una pluma rojo teja. La chaqueta era negra, con abalorios negros y una orla de pequeños adornos de azabache. El vestido era marrón, bastante más oscuro que el café, con un detalle morado en el cuello y en los puños. Los guantes eran de un tono grisáceo y estaban desgastados en el índice de la mano derecha. No me he fijado en los zapatos. Llevaba unos pendientes de oro, pequeños y redondos, y en conjunto presentaba el aspecto de una persona bastante acomodada, con una vida vulgar, cómoda y sin preocupaciones.
       Sherlock Holmes aplaudió suavemente y soltó una risita.
       —¡Caramba, Watson, ha progresado maravillosamente! Lo ha hecho muy bien, de veras. Cierto que se le ha escapado todo lo importante, pero ha dado usted con el método y tiene buen ojo para los colores. No se fíe nunca de las impresiones generales, amigo mío, y concéntrese en los detalles. Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas. En un hombre quizá sea mejor empezar por las rodilleras. Como usted ha observado, esta mujer llevaba puños de terciopelo, y el terciopelo es un material perfecto para los rastros. Estaba perfectamente definida, justo por encima de la muñeca, la doble línea donde la mecanógrafa se apoya en la mesa. Una máquina de coser, de tipo manual, deja una marca similar, pero solo en el brazo izquierdo y en la zona más apartada del pulgar, en lugar de cruzar la parte más ancha, como en este caso. Después le he mirado la cara, y, al observar las marcas de unos quevedos a ambos lados de la nariz, he aventurado ese comentario sobre la miopía y el escribir a máquina que tanto ha parecido sorprenderla.
       —Y a mí también.
       —Pero, sin embargo, era evidente. He quedado mucho más sorprendido e interesado cuando, al mirar hacia abajo, he visto que las botas que llevaba, aunque no eran distintas, estaban desparejadas: una tenía un pequeño adorno en la punta, y la otra la punta lisa. De los cinco botones, una llevaba abrochados solo los dos de abajo, y la otra el primero, el tercero y el quinto. Ahora bien, si uno observa que una muchacha joven, por lo demás pulcramente vestida, ha salido de casa con botas desparejadas y a medio abrochar, no tiene gran mérito deducir que ha salido a toda prisa.
       —¿Y qué más? —pregunté, vivamente interesado, como siempre, por los incisivos razonamientos de mi amigo.
       —Advertí, de pasada, que había escrito una nota antes de salir. Usted ha observado que el guante derecho estaba desgastado en el dedo índice, pero, al parecer, no ha visto que tanto el guante como el índice estaban manchados de tinta violeta. Había escrito con prisa y había hundido demasiado la pluma en el tintero. Tenía que haber sido esta misma mañana, o la mancha del dedo no sería tan evidente. Todo esto resulta entretenido, aunque un tanto elemental, Watson, pero debo volver al trabajo. ¿Le importaría leerme el anuncio con la descripción del señor Hosmer Angel?
       Acerqué a la luz el pequeño recorte de periódico.

    Desaparecido, la mañana del día 14, un caballero llamado Hosmer Angel. Unos cinco pies y siete pulgadas de estatura; corpulento, tez cetrina, cabello negro con una pequeña calva en el centro, patillas y bigotes negros y espesos, gafas oscuras, ligera dificultad en el habla. La última vez que se le vio, vestía levita negra con solapas de seda, chaleco negro, reloj con cadena de oro tipo Albert y pantalones de tweed gris de Harris, con polainas marrones sobre botas rematadas con elástico. Se sabe que trabajaba en una oficina de Leadenhall Street. Todo el que pueda aportar información…

       —Con esto basta —dijo Holmes—. En cuanto a las cartas —prosiguió, echándoles un vistazo—, son de lo más corriente. No hay en ellas ninguna pista que nos lleve al señor Angel, salvo que cita en una ocasión a Balzac. Hay, no obstante, un punto notable, que sin duda le habrá llamado la atención.
       —Que están escritas a máquina —señalé.
       —No solo es eso, sino que hasta la firma está escrita a máquina. Fíjese en el pequeño y pulcro «Hosmer Angel» que figura al pie. Consta la fecha, como ve, pero no la dirección completa, solo «Leadenhall Street», que resulta bastante vago. El detalle de la firma es muy sugerente casi podríamos decir que concluyente.
       —¿En qué sentido?
       —Mi querido amigo, ¿es posible que usted no vea la importancia que esto tiene en el caso?
       —No puedo decir que la vea, a menos que él pretendiera negar que la firma era suya en caso de que se le demandara por ruptura de compromiso.
       —No, no se trata de esto. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que zanjarán la cuestión. La primera a una firma de la City, la otra al padrastro de la muchacha, el señor Windibank, pidiéndole que se reúna con nosotros aquí mañana a las seis de la tarde. Ha llegado el momento de ponerse en contacto con los miembros masculinos de la familia. Y ahora, doctor, no podemos hacer nada hasta que lleguen las respuestas a ambas cartas, de modo que entretanto podemos olvidar el problemilla.
       Tenía yo tantos motivos para confiar en la incisiva capacidad razonadora de mi amigo y en su extraordinaria energía cuando entraba en acción, que di por sentado debía existir un sólido fundamento para la tranquila y segura actitud con que se enfrentaba al singular misterio que se le había encargado resolver. Solo le he visto fracasar una vez, en el caso del rey de Bohemia y la fotografía de Irene Adler, pero, cuando recordaba el misterioso asunto de El signo de los cuatro y las extraordinarias circunstancias que concurrían en Estudio en escarlata, me convencía de que no existía un caso demasiado complicado para que él pudiera resolverlo.
       Le dejé, pues, fumando su negra pipa de arcilla, con la certeza de que, cuando volviera allí a la tarde siguiente, Holmes tendría en sus manos todas las pistas que llevarían a identificar al desaparecido novio de la señorita Sutherland.
       En aquellos momentos, un caso profesional de extrema gravedad acaparaba mi atención y pasé todo el día siguiente a la cabecera del enfermo. Eran casi las seis cuando quedé libre y pude saltar a un coche que me llevara a Baker Street, con cierto miedo de que fuera demasiado tarde para asistir al desenlace de aquel pequeño misterio. Sin embargo, encontré a Sherlock Holmes solo, medio dormido, su figura larga y delgada acurrucada en el recoveco del sillón. Una formidable parada de botellas y de tubos de ensayo, y el olor acre e inconfundible del ácido clorhídrico, me indicaban que había ocupado el día en los experimentos químicos que tanto le gustaban.
       —¿Qué? ¿Ya lo ha resuelto? —le pregunté al entrar.
       —Sí. Era el bisulfato de bario.
       —¡No, no, el misterio! —exclamé.
       —¡Ah, eso! Creí que se refería a la sal con la que he estado trabajando. No hay misterio alguno en este caso, como ya le dije ayer. Solo algunos detalles tienen interés. El único inconveniente es que temo no haya ninguna ley que pueda castigar a ese granuja.
       —¿De quién se trata, pues? ¿Y cuál era su propósito al abandonar a la señorita Sutherland?
       La pregunta apenas había salido de mi boca y Holmes todavía no había abierto los labios para responder, cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y un golpe en la puerta.
       —Es el padrastro de la chica, el señor James Windibank —dijo Holmes—. Me ha escrito para decirme que vendría a las seis. ¡Adelante!
       El hombre que entró era corpulento y de mediana estatura, de unos treinta años, bien rasurado y de piel cetrina, de modales suaves e insinuantes, y con unos ojos grises extraordinariamente agudos y penetrantes. Nos dirigió una mirada inquisitiva a cada uno, depositó su reluciente chistera sobre el aparador y, con una ligera inclinación, se acomodó en la silla más próxima.
       —Buenas tardes, señor James Windibank —dijo Holmes—. ¿Supongo que esta carta mecanografiada en la que se cita conmigo a las seis es de usted?
       —Sí, señor. Temo que he llegado un poco tarde, pero, sabe, yo no soy mi propio jefe. Lamento que la señorita Sutherland le haya molestado con este asunto, porque creo que es mejor lavar los trapos sucios en casa. Vino a verle en contra de mis deseos, pero, como usted habrá notado, es una muchacha muy excitable, muy impulsiva, y no es fácil controlarla cuando se le ha metido algo en la cabeza. Naturalmente no me importó demasiado, porque usted no tiene relación con la policía oficial, pero no resulta agradable que una desgracia familiar como esta se ventile fuera de casa. Además, es un gasto inútil, pues, ¿cómo iba usted a lograr encontrar al señor Hosmer Angel?
       —Al contrario —dijo Holmes con calma—. Tengo toda suerte de razones para creer que he logrado descubrir al señor Hosmer Angel.
       El señor Windibank tuvo un violento sobresalto y se le cayeron los guantes.
       —Me encanta oír esto —dijo.
       —Es realmente curioso —observó Holmes— que una máquina de escribir tenga casi tanta personalidad como la escritura a mano. A menos que sean totalmente nuevas, no existen dos que escriban de modo idéntico. Unas letras se desgastan más que otras, y algunas se desgastan solo por un lado. Observará que en su nota, señor Windibank, la «e» queda un poco borrosa y el palo de la «r» tiene un ligero defecto. Existen otras catorce características, pero estas son las más evidentes.
       —En la oficina escribimos toda nuestra correspondencia con esta máquina, y seguro que está un poco gastada —respondió nuestro visitante, mirando fijamente a Holmes con sus ojos pequeños y brillantes.
       —Y ahora voy a enseñarle algo que constituye un estudio realmente interesante, señor Windibank —siguió Holmes—. Uno de estos días pienso escribir una pequeña monografía sobre la máquina de escribir y su relación con el crimen. Es un tema al que he dedicado cierta atención. Aquí tengo cuatro cartas que se supone proceden del desaparecido. Todas están escritas a máquina. En todos los casos, no solo la «e» está borrosa y el rabo de la «r» tiene un defecto, sino que, si usa mi lupa, observará también las otras catorce características que he señalado antes.
       El señor Windibank se levantó de un salto y cogió su sombrero.
       —No pienso perder el tiempo con fantasías tan absurdas —dijo—. Si puede atrapar al hombre, atrápelo, y comuníquemelo cuando lo haya conseguido.
       —Desde luego —dijo Holmes, poniéndose en pie y cerrando la puerta con llave—. ¡Le he atrapado!
       —¿Qué? ¿Dónde? —exclamó el señor Windibank, palideciendo como un muerto y mirando a su alrededor cual una rata caída en la trampa.
       —No puede hacer usted nada…, realmente nada —dijo Holmes con suavidad—. No es posible escapar de esta, señor Windibank. Todo es demasiado transparente, y no ha sido precisamente un cumplido decir que me sería imposible resolver un asunto tan sencillo. Siéntese y hablemos.
       Nuestro visitante se desplomó en una silla, con el rostro lívido y la frente perlada de sudor.
       —No…, no constituye legalmente un delito —balbuceó.
       —Mucho me temo que no. Pero, entre nosotros, Windibank, ha sido la bribonada más cruel y egoísta y despiadada que he visto en mi vida. Ahora, deje que yo exponga el curso de los acontecimientos, y contradígame si me equivoco.
       El hombre permanecía hundido en su asiento, la cabeza inclinada sobre el pecho, como quien se siente totalmente anonadado. Holmes extendió los pies sobre la repisa de la chimenea, se echó hacia atrás con las manos metidas en los bolsillos y empezó a hablar, más para sí mismo, parecía, que para nosotros.
       —El hombre se casó con una mujer mucho mayor que él por su dinero —dijo—, e iba a disfrutar del dinero de la hija mientras esta viviera con ellos. Se trataba de una suma considerable, para gente de su posición, y perderla hubiera supuesto una diferencia importante. Merecía un esfuerzo tratar de conservarla. La hija tenía un carácter bueno y dócil, pero afectuoso y a su modo apasionado, de modo que, con sus dotes personales y su pequeña renta, era evidente que no permanecería mucho tiempo soltera. Ahora bien, su matrimonio representaba, claro está, la pérdida de cien libras anuales. ¿Qué hace entonces el padrastro para impedirlo? Recurre al medio más obvio: retenerla en casa y prohibirle que frecuente gente de su edad. Pero pronto se da cuenta de que esta solución no sería duradera. La muchacha se muestra inquieta, insiste en sus derechos y por último anuncia su firme intención de asistir a determinado baile. ¿Qué hará entonces su astuto padrastro? Se le ocurre una idea que honra más a su cerebro que a su corazón. Con la connivencia y ayuda de su esposa, se disfraza, oculta sus penetrantes ojos tras unas gafas oscuras, enmascara su rostro con un bigote y unas pobladas patillas, transforma el claro timbre de su voz en un susurro vacilante, y, doblemente seguro a causa de la miopía de la joven, se presenta como el señor Hosmer Angel, y ahuyenta a otros enamorados haciendo de enamorado él mismo.
       —Al principio solo era una broma —gimió nuestro visitante—. Nunca creímos que se lo tomara tan en serio.
       —Puede que no. Pero no cabe duda de que la muchacha sí se lo tomó muy en serio, y, convencida de que su padrastro se encontraba en Francia, la sospecha de que se tratara de una jugarreta ni se le pasó por la cabeza. Se sintió halagada por las atenciones del caballero, halago que se vio incrementado por la admiración que la madre manifestaba hacia él. Después el señor Angel empezó a visitarla, pues era obvio que, si se quería obtener resultados, había que llevar la farsa hasta los últimos límites. Hubo varios encuentros, y un compromiso matrimonial, que evitaría definitivamente que la muchacha dirigiera su afecto hacia ningún otro hombre. Pero el engaño no podía mantenerse por tiempo indefinido. Los supuestos viajes a Francia resultaban bastante engorrosos. Lo mejor era llevar la historia a un final tan dramático que dejara una impresión imborrable en la mente de la chica e impidiera que durante mucho tiempo se fijara en ningún otro pretendiente. De ahí aquel juramento de fidelidad sobre la Biblia y de ahí las alusiones, la misma mañana de la boda, a la posibilidad de que ocurriera algo. James Windibank deseaba que la señorita Sutherland quedara tan ligada a Hosmer Angel y tan dudosa acerca de lo que le había sucedido, que, al menos durante diez años, no prestara atención a ningún otro hombre. La llevó hasta las mismas puertas de la iglesia y luego, como no podía ir más lejos, desapareció oportunamente mediante el viejo truco de subir a un coche por una puerta y bajar por la otra. Creo que así se desarrollaron los acontecimientos, señor Windibank.
       Mientras Holmes hablaba, nuestro visitante había recuperado en parte su aplomo, y ahora se levantó con una fría y sarcástica sonrisa en el rostro pálido.
       —Tal vez fuera así, o tal vez no, señor Holmes —dijo—. Pero, si es usted tan listo, debería serlo lo suficiente para saber que ahora es usted y no yo quien está infringiendo la ley. Yo no he hecho en ningún momento nada condenable, pero, mientras mantenga usted cerrada esta puerta, se expone a una denuncia por agresión y retención ilegal.
       —Como usted bien dice, no puede alcanzarle el peso de la ley —dijo Holmes, girando la llave y abriendo la puerta de par en par—, aunque nadie ha merecido tanto un castigo. Si la muchacha tuviera un hermano o amigo, le desharía la espalda a latigazos. ¡Por Júpiter! —prosiguió, enfurecido ante la sarcástica sonrisa de nuestro visitante—. Esto no forma parte de mis obligaciones para con mi cliente, pero aquí tengo una fusta de caza y creo voy a permitirme el gustazo de…
       Dio dos zancadas hacia el látigo, pero, antes de que pudiera cogerlo, sonó un estrepitoso rumor de pasos bajando la escalera, se cerró de golpe la pesada puerta de la casa, y vimos desde la ventana al señor Windibank correr calle abajo a toda la velocidad que le permitían sus piernas.
       —¡Habrase visto granuja más desalmado! —dijo Holmes riendo, mientras se dejaba caer de nuevo en su sillón—. Ese tipo irá de delito en delito, hasta que cometa algo grave y acabe en presidio. En ciertos aspectos, el caso no carecía enteramente de interés.
       —Todavía no veo con claridad todos los pasos de su razonamiento —observé.
       —Bien, era obvio desde un principio que ese tal señor Hosmer Angel había de tener una importante razón para su insólito comportamiento, y era también evidente que el único hombre que, por lo que nosotros sabíamos, salía beneficiado por el incidente era el padrastro. El hecho de que nunca se viera juntos a los dos hombres, sino que uno apareciera siempre cuando el otro estaba ausente, daba mucho que pensar. Igualmente sospechosas eran las gafas oscuras y la voz susurrante, que sugerían un disfraz, lo mismo que las espesas patillas. Todas mis sospechas se vieron confirmadas por la peculiar ocurrencia de mecanografiar su firma, que indicaba, claro está, que su letra era tan familiar a la muchacha que forzosamente tendría que reconocerla aunque solo viera una pequeña muestra. Observe que todos esos datos aislados, junto con muchos de menor importancia, apuntan en una misma dirección.
       —¿Y cómo los verificó?
       —Una vez identificado mi hombre, era fácil conseguir colaboración. Sabía para qué empresa trabajaba. Cogí la descripción del periódico, eliminé todos los elementos que pudieran atribuirse a un disfraz —las patillas, las gafas, la voz— y la envié a la empresa, con el ruego de que me comunicaran si alguno de sus viajantes respondía a la descripción. Yo ya había reparado en las peculiaridades de la máquina de escribir, y escribí al individuo en cuestión a la dirección de su oficina, pidiéndole que viniera aquí. Tal como esperaba, su respuesta llegó escrita a máquina y mostraba los mismos triviales pero característicos defectos. En el mismo correo recibí una carta de Westhouse and Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que la descripción coincidía en todos los puntos con su empleado James Windibank. Voilà tout!
       —¿Y la señorita Sutherland?
       —Si se lo cuento, no me creerá. Tal vez usted recuerde el antiguo proverbio persa: «Corre peligro quien le quita su cachorro a un tigre, y también corre peligro quien le arrebata una ilusión a una mujer». Hay tanta sabiduría y tanto conocimiento del mundo en Hafiz como en Horacio.



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