Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


Las cinco pepitas de naranja (1891)
(“The Five Orange Pips”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (noviembre 1891);
The Adventures of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1892, 307 págs.)



      Cuando reviso mis notas y apuntes referentes a los casos de Sherlock Holmes entre los años 1882 y 1890, encuentro tantos que presentan aspectos curiosos e interesantes que no resulta fácil decidir cuáles elegir y cuáles descartar. Pero algunos ya se han divulgado a través de la prensa; y otros no ofrecían campo suficiente para que mi amigo desplegara aquellas peculiares facultades que poseía en grado sumo y que estos escritos tienen por objeto ilustrar. Hay también otros que escaparon a su capacidad analítica y que, como narraciones, serían comienzos sin final, mientras que otros se resolvieron solo a medias, y su explicación se basa más en conjeturas y suposiciones que en la evidencia lógica absoluta que Holmes tanto valoraba. Hay, no obstante, entre estos últimos, un caso tan especial en sus detalles y de resultados tan sorprendentes que me siento tentado a relatarlo, aunque algunos de sus puntos no han sido lo bastante aclarados y probablemente no lo serán jamás.
       El año 1887 nos proporcionó una serie de casos de mayor o menor interés, de los que conservo mis notas. Entre los archivados en estos doce meses he encontrado por escrito la aventura de la Sala Paradol; la de la Sociedad de Mendigos Aficionados, que disponía de un club de lujo en el sótano de un almacén de muebles; los hechos relacionados con la desaparición del velero británico Sophy Anderson; las curiosas peripecias que vivió la familia Grice Paterson en la isla de Uffa, y finalmente el envenenamiento de Camberwell. Como se recordará, en este último, Sherlock Holmes logró demostrar, dando toda la cuerda restante al reloj del muerto, que se le había dado cuerda dos horas antes y que, por lo tanto, el difunto se había ido a la cama dentro de este espacio de tiempo, deducción que fue de suma importancia para esclarecer el misterio. Es posible que me ocupe de alguno de estos casos más adelante, pero ninguno presenta características tan sorprendentes como la extraña serie de circunstancias que me propongo narrar a continuación.
       Ocurrió en los últimos días de septiembre, y las tormentas equinocciales se habían iniciado con excepcional violencia. A lo largo de todo el día, el viento había ululado y la lluvia había azotado las ventanas, de modo que incluso aquí, en el corazón de la gran urbe construida por el hombre que es Londres, nos veíamos obligados a elevar por un momento nuestros pensamientos por encima de la rutina de la vida, y a reconocer la presencia de las grandes fuerzas elementales que, como fieras sin domar, rugen a la humanidad tras los barrotes de la civilización. Al caer la tarde, la tormenta se hizo más intensa y ruidosa, y el viento gritaba y gemía como un niño en la chimenea. Sherlock Holmes, sentado a un lado del fuego, repasaba taciturno sus archivos del crimen, mientras yo estaba enfrascado, al otro, en la lectura de uno de los hermosos relatos marinos de Clark Russell, hasta que el fragor de la tormenta exterior pareció fundirse con el texto, y el chapoteo de la lluvia prolongarse en el batir de las olas. Mi esposa había ido a visitar a su madre y durante unos días yo había regresado a mis antiguos aposentos de Baker Street.
       —¡Vaya! —exclamé, levantando la mirada hacia mi compañero—. Me parece que ha sonado la campanilla de la calle. ¿Quién puede venir a estas horas? ¿Espera tal vez a un amigo?
       —Excepto usted, no tengo amigos —respondió—. Y usted sabe que no animo a nadie a visitarme.
       —¿Un cliente, pues?
       —Si lo es, tiene que tratarse de algo grave. De no ser así, nada sacaría a un hombre de su casa a estas horas y con este tiempo. Pero supongo que será un amigo de la casera.
       Sin embargo, era una conjetura equivocada, porque sonaron pasos en el pasillo y a continuación unos golpes en la puerta. Holmes extendió su largo brazo para alejar de su lado la lámpara y dirigirla hacia la silla vacía donde tendría que sentarse el recién llegado.
       —¡Adelante! —dijo.
       El hombre que entró era joven, aparentaba unos veintidós años, iba bien arreglado y esmeradamente vestido, y había cierto refinamiento y delicadeza en su porte. El chorreante paraguas que sostenía en una mano y su largo y reluciente impermeable hablaban del pésimo tiempo que reinaba fuera. Miró ansioso a su alrededor bajo la luz de la lámpara, y pude vislumbrar que tenía el rostro pálido y los ojos sombríos, como alguien aquejado de una profunda angustia.
       —Le debo una disculpa —dijo, alzando hasta sus ojos unos quevedos de oro—. Espero no ser inoportuno. Temo haber introducido algunos rastros de la tormenta y de la lluvia en esta confortable habitación.
       —Deme su impermeable y su paraguas —dijo Holmes—. Pueden quedarse aquí en el perchero hasta que se sequen. Veo que viene usted del sudoeste.
       —Sí, de Horsham.
       —Esa mezcla de yeso y arcilla que veo en las punteras de sus zapatos es muy característica.
       —Vengo en busca de consejo.
       —Eso es fácil de conseguir.
       —Y de ayuda.
       —Eso no siempre es tan fácil.
       —He oído hablar de usted, señor Holmes. Supe por el mayor Prendergast cómo le había salvado usted del escándalo del Club Tankerville.
       —¡Ah, sí! Le acusaban injustamente de hacer trampas en el juego.
       —Me dijo que era usted capaz de resolver cualquier problema.
       —Exageró.
       —Que nunca le han vencido.
       —Me han vencido cuatro veces: tres veces, hombres, y otra, una mujer.
       —¿Y qué es esto comparado con sus innumerables éxitos?
       —Cierto que en general me ha sonreído la fortuna.
       —Pues lo mismo puede ocurrir conmigo.
       —Le ruego aproxime su silla al fuego y me dé algunos detalles de su caso.
       —No es en absoluto vulgar.
       —Ninguno de los que han llegado hasta mí lo es. Soy la corte suprema de apelación.
       —Y, sin embargo, me pregunto, caballero, si en el curso de su experiencia habrá oído una cadena de acontecimientos más misteriosos e inexplicables que los que han tenido lugar en mi familia.
       —Suscita usted mi interés —dijo Holmes—. Por favor, cuénteme los hechos básicos desde el comienzo y después yo le interrogaré sobre aquellos detalles que me parezcan a mí más importantes.
       El joven acercó su silla y extendió los mojados pies hacia la chimenea.
       —Me llamo John Openshaw —dijo—, pero, a mi entender, mis propios asuntos tienen poco que ver con este terrible dilema. Se trata de una cuestión hereditaria, de modo que, para que se haga usted una idea de los hechos, tengo que remontarme a los inicios.
       »Debe saber que mi abuelo tuvo dos hijos, mi tío Elias y mi padre Joseph. Mi padre poseía una pequeña fábrica en Coventry, que amplió cuando se inventó la bicicleta. Había patentado la llanta irrompible Openshaw, y tuvo tanto éxito en el negocio que pudo venderlo y retirarse a disfrutar de una excelente posición.
       »Mi tío Elias emigró a América siendo joven y explotó una plantación en Florida, donde parece que las cosas le fueron muy bien. Durante la guerra combatió en el ejército de Jackson, y más tarde en el de Hood, donde alcanzó el grado de coronel. Cuando Lee depuso las armas, mi tío regresó a su plantación, y permaneció allí tres o cuatro años. Hacia 1869 o 1870 volvió a Europa y adquirió una pequeña finca en Sussex, cerca de Horsham. Había amasado una fortuna muy considerable en Estados Unidos, y su razón para abandonar el país fue la aversión que le inspiraban los negros y su desacuerdo con la política republicana que les concedió el derecho al voto. Era un hombre singular, violento e irritable, muy mal hablado cuando se enfurecía y de carácter retraído. Durante todos los años que vivió en Horsham, dudo que pusiera alguna vez los pies en la ciudad. Tenía un jardín y dos o tres campos alrededor de la casa, y hacía allí un poco de ejercicio, aunque pasaba semanas enteras sin salir de su habitación. Bebía grandes cantidades de brandy y era un fumador empedernido, pero no quería amigos, ni mantenía tratos con nadie, ni siquiera con su propio hermano.
       »Yo no le estorbaba, e incluso me tomó cierto afecto, porque cuando me vio por primera vez yo era un chaval de unos doce años. Debió de ser en 1878, y él llevaba ya ocho o nueve años en Inglaterra. Le pidió a mi padre que me dejase vivir en su casa, y a su manera se portó muy bien conmigo. Cuando estaba sobrio, le gustaba que jugáramos al backgammon y a las damas, y me nombró su representante tanto ante los criados como ante los proveedores, de modo que a mis dieciséis años yo era de hecho el amo de la casa. Tenía todas las llaves, y podía ir a donde quisiera y hacer lo que quisiera, con tal de no invadir su privacidad. Había, no obstante, una curiosa excepción, porque mi tío tenía en la parte alta de la casa una especie de trastero o desván que estaba siempre cerrado y donde no permitía la entrada a mí ni a nadie. Llevado de mi curiosidad infantil, yo había mirado a través de la cerradura, pero nunca pude ver otra cosa que los viejos baúles y los fardos que se suele guardar siempre en ese tipo de cuartuchos.
       »Un día —era marzo de 1883— había una carta con sello extranjero encima de la mesa, delante del plato del coronel. No era habitual que recibiera correspondencia, porque pagaba todas las cuentas al contado y no tenía amigos de ninguna clase.
       »—¡De la India! —exclamó, mientras la cogía—. ¡Matasellos de Pondicherry! ¿Qué demonios puede ser?
       »La abrió precipitadamente, y cayeron del sobre cinco pepitas secas sobre el plato. Me eché a reír al verlas, pero la risa se me heló en los labios al reparar en el rostro de mi tío. Tenía la boca desencajada, los ojos desorbitadamente abiertos, la piel grisácea, y contemplaba fijamente el sobre que todavía sostenía en su mano vacilante.
       »—¡K, k, k! —gritó, y a continuación—: ¡Dios mío, Dios mío, mis pecados me han dado alcance!
       »—¿Qué significa esto, tío? —pregunté.
       »—¡Muerte! —exclamó.
       »Se levantó de la mesa, se retiró a su habitación y me dejó a mí tembloroso de espanto. Cogí el sobre y vi, garabateada en tinta roja en la solapa interior, justo encima de la parte engomada, la letra “k” repetida tres veces. El sobre solo contenía las cinco pepitas secas. ¿Cuál podía ser la razón del desmesurado terror de mi tío? Me levanté de la mesa del desayuno y, al subir por la escalera, me lo encontré a él que bajaba, con una llave vieja y oxidada, que debía corresponder al cuartucho secreto, en una mano, y una cajita de latón, de las que se usan para guardar dinero, en la otra.
       »—¡Pueden hacer lo que quieran, pero todavía soy capaz de ganarles por la mano! —dijo con un juramento—. Ordénale a Mary que encienda hoy la chimenea de mi habitación, y haz llamar a Fordham, el notario de Horsham.
       »Hice lo que mandaba y, cuando al anochecer llegó el notario, me pidieron que subiera a la habitación. El fuego ardía vivamente en la chimenea, y en la rejilla había una capa de cenizas negras y algodonosas, como de papel quemado, mientras la caja de latón yacía vacía a un lado. Al mirarla advertí, con un sobresalto, que llevaba grabada en la tapa la triple “k” que había visto aquella mañana en el sobre.
       »—John —me dijo mi tío—, quiero que seas testigo de mi testamento. Lego mi propiedad, con todas sus ventajas, y con todos sus inconvenientes, a mi hermano, tu padre, de quien sin duda pasará un día a ti. Si puedes disfrutarla en paz, mejor, pero, si descubres que no puede ser así, sigue mi consejo, muchacho, y dásela a tu peor enemigo. Lamento dejaros esta arma de dos filos, pero ignoro qué rumbo tomarán los acontecimientos. Por favor, firma el documento donde te indique el señor Fordham.
       »Firmé aquel papel, y el notario se lo llevó consigo. Como pueden imaginar, este curioso incidente me dejó una profunda impresión, y le di vueltas y más vueltas en mi cabeza sin conseguir aclarar nada, mas sin lograr librarme de la vaga sensación de temor que había dejado en mí. No obstante, esta sensación se fue atenuando a medida que pasaron las semanas sin que nada perturbara la habitual rutina de nuestra existencia. Pero pude advertir un cambio en mi tío. Bebía más que nunca y era más reacio a cualquier tipo de compañía. Pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación, con la puerta cerrada con llave por dentro, pero a veces salía, presa de un frenesí etílico, abandonaba violentamente la casa y corría de un lado a otro del jardín, revólver en mano, gritando que él no le tenía miedo a nadie, y que nadie, hombre ni diablo, iba a encerrarlo en su redil como a una oveja. Sin embargo, cuando se le pasaba el arrebato, se precipitaba con ímpetu dentro de la casa, atrancaba la puerta, guareciéndose tras ella como alguien que ya no puede dominar el terror que se aloja en lo más hondo de su alma. En tales ocasiones, yo había visto, incluso en días fríos, cubrirse su rostro de sudor, tan mojado como si acabara de sacarlo de una jofaina.
       »Pues bien, para llegar al final de la historia, señor Holmes, y no abusar más de su paciencia, una noche mi tío hizo una de aquellas escapadas de borracho, pero esta vez no volvió. Salimos en su búsqueda y lo encontramos tendido de bruces en un pequeño estanque cubierto de verde espuma que hay al final del jardín. No presentaba señales de violencia, y el agua solo tenía dos palmos de profundidad, de modo que el jurado, teniendo en cuenta sus notorias excentricidades, emitió un veredicto de suicidio. Pero a mí, que sabía cómo se rebelaba ante la idea de la muerte, se me hacía difícil convencerme de que había decidido buscarla por sí mismo. Sin embargo, ahí terminó la cuestión, y mi padre pasó a ser dueño de la finca y de unas catorce mil libras que mi tío tenía en el banco.
       —Un momento —le interrumpió Holmes—. Su relato es uno de los más interesantes que he oído. Dígame la fecha en que su tío recibió la carta y la fecha de su supuesto suicidio.
       —La carta llego el 10 de marzo de 1883. Su muerte tuvo lugar siete semanas más tarde, la noche del 2 de mayo.
       —Gracias. Continúe, por favor.
       —Cuando mi padre tomó posesión de la finca de Horsham, llevó a cabo, a petición mía, un minucioso registro del desván que siempre había permanecido cerrado. Encontramos la caja de latón vacía. En el interior de la tapa vimos pegada una etiqueta, con las iniciales «K. K. K.» repetidas una vez más, y debajo: «Cartas, informes, recibos y un registro». Presumimos que esto indicaba el tipo de documentos que el coronel Openshaw había destruido. Por lo demás, no había nada importante en el desván, salvo una barahúnda de papeles revueltos y una serie de cuadernos con anotaciones de la vida de mi tío en América. Algunos databan del tiempo de la guerra y demostraban que había cumplido bien con su deber y se había granjeado fama de hombre valeroso. Otros correspondían al periodo de reconstrucción de los Estados del Sur, y estaban más relacionados con la política, pues era evidente que mi tío había desempeñado un papel destacado en la oposición a los politicastros enviados desde el Norte.
       »Pues bien, mi padre se trasladó a vivir a Horsham a principios del año 84, y todo funcionó perfectamente hasta enero del 85. Cuatro días después de Año Nuevo, oí lanzar a mi padre un fuerte grito de sorpresa cuando estábamos sentados a la mesa del desayuno. Sostenía un sobre recién abierto en una mano y cinco pepitas secas de naranja en la palma de la otra. Siempre había tomado a broma lo que llamaba mi disparatada historia del coronel, pero, ahora que le sucedía lo mismo, parecía asustado y perplejo.
       »—¿Qué demonios significa esto, John? —tartamudeó.
       »El corazón se me había helado en el pecho.
       »—¡Es la “K. K. K.”! —dije.
       »Mi padre miró el interior del sobre.
       »—¡Exacto! —gritó—. Aquí están las letras. Pero ¿qué han escrito más arriba?
       »—“Deja los papeles en el reloj de sol” —leí por encima de su hombro.
       »—¿Qué papeles? ¿Qué reloj de sol?
       »—El reloj de sol del jardín. No hay otro. Pero los papeles tienen que ser los que el tío destruyó.
       »—¡Uf! —dijo mi padre, echando mano a todo su valor—. Estamos en un país civilizado, y no cabe ese tipo de estupideces. ¿De dónde procede la carta?
       »—De Dundee —respondí, tras mirar el matasellos.
       »—Debe tratarse de una broma de mal gusto —dijo mi padre—. ¿Qué tengo yo que ver con unos papeles y con relojes de sol? No pienso hacer caso de una sandez semejante.
       »—Yo no dudaría en hablar con la policía —le aconsejé.
       »—¿Y que se rían de mí por haberme asustado? Ni hablar.
       »—Pues deja que lo haga yo.
       »—No. Te lo prohíbo. No estoy dispuesto a armar un alboroto por esa tontería.
       »Fue inútil discutir con él, porque era un hombre muy terco. Sin embargo, yo quedé con el corazón lleno de funestos presagios.
       »Tres días después de la llegada de la carta, mi padre salió de casa para visitar a un viejo amigo, el mayor Freebody, que está al mando de uno de los fuertes de Portsdown Hill. Yo me alegré de que fuera, porque tenía la impresión de que lejos de casa corría menos peligro. Me equivocaba. Al segundo día de su ausencia, recibí un telegrama del mayor, donde me rogaba que acudiera cuanto antes. Mi padre había caído en uno de los profundos pozos de yeso que abundan en aquellos parajes, y se encontraba en coma, con el cráneo fracturado. Acudí a toda prisa, pero falleció sin recuperar el conocimiento. Al parecer, regresaba de Fareham al caer la tarde y, como no conocía aquellos parajes y el pozo no estaba vallado, el jurado no vaciló en dictaminar muerte por causas accidentales. Pese al cuidado con que examiné todos los detalles relacionados con su muerte, no fui capaz de encontrar nada que sugiriera la posibilidad de un asesinato. No había señales de violencia, ni huellas de pisadas, ni indicios de robo, ni se había visto a individuos desconocidos por los alrededores. Y, no obstante, huelga decir que no quedé ni remotamente tranquilo, y tenía la certeza de que mi padre había sido víctima de una siniestra conjura.
       »Y de ese modo deplorable entré en posesión de mi herencia. Usted se preguntará por qué no me deshice de ella. La respuesta es que estaba convencido de que nuestras desdichas obedecían a algún incidente de la vida de mi tío y de que el peligro sería tan apremiante en una casa como en otra.
       »Mi padre encontró la muerte en enero del 85, y desde entonces han transcurrido dos años y ocho meses. Durante este tiempo he vivido feliz en Horsham, y empezaba a albergar esperanzas de que la maldición se hubiera alejado de mi familia, de que había concluido con la última generación. Pero había empezado a desechar mis temores demasiado pronto, porque ayer por la mañana cayó sobre mí el golpe, exactamente de la misma forma en que había caído sobre mi padre.
       El joven se sacó del bolsillo un sobre arrugado, del que dejó caer cinco pepitas secas de naranja.
       —Aquí está el sobre —siguió—. El matasellos es de Londres, sector Este. Dentro van escritas las mismas palabras que en el último mensaje de mi padre: «K. K. K.», y a continuación: «Deja los papeles en el reloj de sol».
       —¿Y qué ha hecho usted?
       —Nada.
       —¿Nada?
       —A decir verdad… —Ocultó el rostro en las manos blancas y delgadas—… Me he sentido impotente. Me he sentido como uno de esos pobres conejillos a los que se aproxima serpenteando la culebra. Me parece estar en las garras de un mal irresistible e inexorable, del que ninguna precaución ni recurso puede protegerme.
       —¡Alto ahí! —exclamó Sherlock Holmes—. Tiene usted que actuar, o estará perdido. Solo la energía puede salvarle. No es momento para la desesperanza.
       —He acudido a la policía.
       —¡Ah!
       —Pero han escuchado mi historia con una sonrisa. Creo que el inspector ha llegado a la conclusión de que las tres cartas son una broma, y de que la muerte de mis familiares fue realmente accidental, como determinó el jurado, y no debe relacionarse con las amenazas.
       Holmes agitó crispado las manos en el aire.
       —¡Qué increíble imbecilidad! —exclamó.
       —No obstante, me han asignado un agente, que se quedará en casa conmigo.
       —¿Ha venido con usted esta noche?
       —No. Sus órdenes eran permanecer en la casa.
       Holmes volvió a gesticular en el aire.
       —¿Por qué ha acudido a mí? —exclamó—. Y, sobre todo, ¿por qué no acudió enseguida?
       —No había oído hablar de usted hasta hoy, cuando, al referirle al mayor Prendergast mis problemas, me ha aconsejado recurrir a usted.
       —Lo cierto es que han transcurrido dos días desde que recibió la carta. Hubiéramos debido ponernos antes en acción. Supongo que no dispone de más datos que los expuestos, ningún detalle que pueda sugerir algo que nos sirva de ayuda…
       —Hay una cosa —dijo John Openshaw, mientras rebuscaba en el bolsillo de su chaqueta, sacaba un pedazo de papel azul descolorido y lo dejaba encima de la mesa—. Tengo un vago recuerdo de que el día que mi tío quemó los papeles observé que los trocitos que quedaban sin arder entre las cenizas eran de este preciso color. Encontré esta hoja en el suelo de su habitación, y me inclino a pensar que se trata de uno de aquellos papeles, que se deslizó de entre los otros y escapó así a la destrucción. Salvo que en él se mencionan las semillas, no veo que contenga nada que pueda servirnos de ayuda. Creo que se trata de la página de un diario privado. La letra es sin duda la de mi tío.
       Holmes movió la lámpara, y él y yo nos inclinamos sobre la hoja de papel, cuyo borde rasgado indicaba que, en efecto, había sido arrancada de un cuaderno. La encabezaban las palabras «marzo de 1869», y debajo se leían las siguientes enigmáticas anotaciones:

     4. Ha venido Hudson. Lo de siempre.
     7. Enviadas las semillas a McCauley, a Paramore y a John Swain de Saint Augustine.
     9. McCauley se ha largado.
     10. John Swain se ha largado.
     12. Visita a Paramore. Todo bien.

       —Gracias —dijo Holmes, doblando el papel y devolviéndolo a nuestro visitante—. Y ahora por nada del mundo debe perder usted un solo instantes. No disponemos de tiempo ni siquiera para desperdiciarlo comentando lo que usted me acaba de contar. Debe volver a su casa inmediatamente y ponerse en acción.
       —¿Qué tengo que hacer?
       —Solo hay que hacer una cosa. Y tiene que ser hecha de inmediato. Debe poner el trozo de papel que acaba de enseñarnos en la caja de latón que nos ha descrito. Debe añadir también una nota donde diga que todos los papeles restantes fueron quemados por su tío y que este es el único que queda. Debe expresarlo de modo que resulte convincente. Hecho esto, ha de colocar la caja en el reloj de sol, como le indicaron. ¿Ha comprendido?
       —Perfectamente.
       —Por el momento, no piense en venganzas ni en nada parecido. Creo que esto lo conseguiremos luego con ayuda de la ley. Pero antes tenemos que tejer nuestra red, porque la de ellos ya está tejida. El primer objetivo es eliminar el inminente peligro que le amenaza. El segundo será dilucidar el misterio y castigar a los culpables.
       —Muchísimas gracias —dijo el joven, mientras se levantaba para ponerse el abrigo—. Me ha dado usted nueva vida y nuevas esperanzas. Le aseguro que haré lo que me dice.
       —No pierda un solo instante. Y, sobre todo, tenga muchísimo cuidado, porque no cabe la menor duda de que le amenaza un peligro real e inminente. ¿Cómo regresará a su casa?
       —En tren. Desde Waterloo.
       —Todavía no son las nueve. Las calles estarán muy concurridas y supongo que no correrá usted peligro. Pero recuerde que toda precaución es poca.
       —Voy armado.
       —Eso está bien. Mañana empezaré a trabajar en su caso.
       —¿Nos veremos, pues, en Horsham?
       —No, el secreto de su caso radica en Londres y es aquí donde lo buscaré.
       —Entonces vendré a verle dentro de un día o dos, con noticias de lo que haya ocurrido con la caja de latón y los papeles. Seguiré sus consejos al pie de la letra.
       Nos estrechó la mano y se marchó. Fuera seguía aullando el viento, y la lluvia golpeteaba y empapaba las ventanas. Aquella extraña y disparatada historia parecía haber llegado hasta nosotros procedente de los elementos enloquecidos —como es lanzada una oleada de algas marinas sobre una galera— y ahora parecía haber sido reabsorbida por ellos de nuevo.
       Sherlock Holmes permaneció sentado un buen rato en silencio, con la cabeza inclinada y los ojos clavados en el rojo resplandor del fuego. Después encendió su pipa, se reclinó hacia atrás en el asiento y contempló los azules anillos de humo que se perseguían unos a otros hasta el techo.
       —Creo, Watson —dijo por fin—, que entre todos nuestros casos no ha habido ninguno más extraordinario.
       —Salvo, tal vez, el de El signo de los cuatro.
       —Bien, de acuerdo. Exceptuando tal vez este. Y, sin embargo, me parece que John Openshaw corre mayor peligro que los Sholto.
       —Pero ¿acaso se ha formado usted ya una idea concreta acerca de en qué consisten tales peligros?
       —No puede haber duda alguna acerca de su naturaleza.
       —Pues ¿de qué peligros se trata? ¿Quién es el tal «K. K. K.», y por qué persigue a esta desdichada familia?
       Sherlock Holmes cerró los ojos y apoyó los codos en los brazos de la butaca, mientras juntaba las puntas de los dedos.
       —El razonador ideal —observó— debería, una vez se le ha mostrado un solo hecho con todas sus facetas, no solo deducir de ahí la cadena entera de acontecimientos que han desembocado en él, sino también todos los resultados que pueden derivar del mismo. Del mismo modo en que el gran naturalista Cuvier era capaz de describir correctamente, a partir de un solo hueso, el animal entero, así el observador que ha comprendido a la perfección un solo eslabón de una serie de incidentes debería ser capaz de enumerar adecuadamente todos los demás, tanto los anteriores como los posteriores. Todavía no somos conscientes de los resultados que cabe obtener utilizando exclusivamente la razón. Se pueden resolver con el estudio problemas que han arrastrado al fracaso a cuantos se han enfrentado a ellos echando mano de los sentidos. Sin embargo, para elevar este arte a su más alto nivel es preciso que quien lo practica esté capacitado para utilizar cuantos datos hayan llegado a su conocimiento, y eso implica, como comprenderá, un dominio total del saber, lo cual, incluso en estos tiempos de educación libre y de enciclopedias, no se da con demasiada frecuencia. Pero no es imposible que un hombre posea todos los conocimientos que le serán útiles en su trabajo. Y eso es lo que yo he intentado conseguir. Si la memoria no me engaña, usted, en los primeros días de nuestra amistad, definió en cierta ocasión de modo muy preciso mis limitaciones.
       —Sí —asentí, riendo—. Era un documento muy singular. Recuerdo que en filosofía, astronomía y política le puse cero. En botánica, irregular; en geología, profundos conocimientos en lo que respecta a las manchas de barro de cualquier zona más próxima de cincuenta millas a Londres; en química, conocimientos dispersos; en anatomía, poco sistemáticos; en literatura sensacionalista y anales del crimen, excepcionales. Violinista, boxeador, maestro en esgrima, abogado y autoenvenenador a base de tabaco y cocaína. Creo que estos eran los puntos más destacados de mi análisis.
       Holmes sonrió al escuchar la última observación.
       —Bien —dijo—. Afirmo ahora, como afirmé entonces, que un hombre debe amueblar el pequeño ático de su cerebro con todos aquellos materiales que es probable vaya a utilizar, y el resto puede relegarlo a su biblioteca, que es una especie de trastero de cuyo contenido siempre podrá echar mano. Ahora bien, para un caso como el que nos han planteado esta noche es evidente que necesitamos poner en juego todos nuestros recursos. Por favor, páseme la letra K de la Enciclopedia Americana que está a su lado, en la estantería. Gracias. Consideremos ahora la situación y veamos qué cabe deducir de ella. En primer lugar, podemos partir de la fundada suposición de que el coronel Openshaw tenía poderosas razones para abandonar Estados Unidos. Los hombres de su edad no cambian de golpe sus costumbres ni sustituyen de buen grado el delicioso clima de Florida por una vida solitaria en un pueblo inglés de provincias. Ya en Inglaterra, su exagerada propensión al aislamiento sugiere que tenía miedo a alguien o a algo, y esto nos permite suponer, como hipótesis de trabajo, que fue el miedo a alguien o a algo lo que le hizo salir de América. En cuanto a qué era lo que le inspiraba tal miedo, solo podemos deducirlo de las extraordinarias cartas recibidas por él y por sus herederos. ¿Reparó usted en los matasellos de estas cartas?
       —El primero era de Pondicherry, el segundo de Dundee, y el tercero de Londres.
       —De Londres Este. ¿Qué deduce de esto?
       —Son puertos de mar. El que escribió las cartas debía de estar a bordo de un barco.
       —Excelente. Ya tenemos una pista. No cabe duda de que es probable, muy probable, que el autor de las cartas estuviera a bordo de un barco. Y ahora consideremos otro punto. En el caso de Pondicherry, transcurrieron siete semanas entre la amenaza y su cumplimiento. En el de Dundee, fueron solo tres o cuatro días. ¿Le sugiere esto algo?
       —Mayor distancia a recorrer.
       —Pero también la carta procedía de más lejos.
       —Entonces, no veo la relación.
       —Existe por lo menos una posibilidad de que la embarcación en que se desplaza nuestro hombre, o nuestros hombres, sea a vela. Parece que envíen siempre su peculiar aviso antes de emprender rumbo hacia su misión. Ya ve usted con cuanta rapidez el crimen siguió a la amenaza cuando esta procedió de Dundee. Si hubieran venido desde Pondicherry en un vapor, habrían llegado casi al mismo tiempo que su carta. Pero, no obstante, transcurrieron siete semanas. Creo que estas siete semanas corresponden a la diferencia entre el vapor correo que trajo la carta y el velero en que viajaron quienes la enviaron.
       —Es posible.
       —Más que eso. Es probable. Y ahora entenderá usted la vital urgencia de este nuevo caso y por qué le insistí tanto al joven Openshaw en que tomara todas las precauciones posibles. El golpe siempre ha tenido lugar al concluir el tiempo que precisaban quienes habían escrito la carta para recorrer la distancia. Pero esta carta procede de Londres, y no podemos contar con retraso alguno.
       —¡Dios mío! —exclamé—. ¿A qué puede deberse tan implacable persecución?
       —Es evidente que los papeles que guardaba Openshaw son de vital importancia para la persona o las personas del velero. Creo que está claro que tienen que ser más de una. Un solo hombre no hubiera infligido dos muertes de un modo capaz de engañar a un jurado. Tienen que haber sido varios, y tienen que ser hombres decididos y de muchos recursos. Están dispuestos a conseguir estos papeles, sea quien sea su poseedor. De modo que, como usted ve, «K. K. K.» dejan de ser las iniciales de un individuo y pasa a convertirse en las siglas de una organización. ¿No ha oído usted nunca… —musitó Sherlock Holmes, inclinándose hacia delante y bajando la voz—…, no ha oído usted nunca hablar del Ku Klux Klan?
       —Nunca.
       Holmes pasó unas páginas del libro que tenía apoyado en las rodillas.
       —Aquí está —dijo—. «“Ku Klux Klan”: palabra derivada de la remota semejanza con el ruido que se produce al amartillar un rifle. Esta terrible sociedad secreta fue fundada en los Estados del Sur tras la guerra civil por excombatientes del ejército confederado. Rápidamente surgieron agrupaciones locales en diferentes partes del país, especialmente en Tennessee, Louisiana, las Carolinas, Georgia y Florida. Utilizaba su poder con propósitos políticos, sobre todo para aterrorizar a los votantes negros y para asesinar o expulsar del país a quienes se oponían a sus creencias. Sus ataques solían ir precedidos de una advertencia, que se enviaba a la víctima por un medio fantasioso pero por lo general reconocible: en algunos sitios, un ramito de hojas de roble; en otros, semillas de melón o pepitas de naranja. Al recibir esta advertencia, la víctima podía elegir entre abjurar públicamente de sus anteriores convicciones o escapar del país. Si les plantaba cara, su muerte era segura, una muerte casi siempre extraña e impredecible. La organización de la sociedad era tan perfecta, y sus métodos tan sistemáticos, que resultaría difícil encontrar un solo caso en que alguien consiguiera desafiarla impunemente, o en que alguno de sus delitos pudiese atribuirse a quienes lo perpetraron. A pesar de los esfuerzos del gobierno de Estados Unidos y de importantes estamentos de la comunidad sureña, la organización prosperó durante años. Finalmente, en 1869, el movimiento sufrió un repentino colapso, aunque desde entonces han tenido lugar algunas esporádicas reapariciones».
       Holmes dejó el libro y prosiguió:
       —Observe que la súbita disolución de la sociedad coincide con la desaparición de Openshaw de América llevándose sus papeles. Puede existir una relación causa efecto. No es de extrañar que él y su familia sufran el acoso de agentes implacables. Como comprenderá, las anotaciones y diarios del tío del joven pueden implicar a personalidades muy destacadas del Sur, y pueden ser muchos los individuos que no conseguirán dormir tranquilos hasta que se hayan recuperado.
       —Entonces, la página que hemos visto…
       —Es lo que cabía esperar. Decía, si no recuerdo mal: «Enviadas las pepitas a A, B y C…». O sea que la sociedad les había enviado su advertencia. En sucesivas entradas se nos dice que A y B se han largado, o abandonado el país, y por último que C ha recibido una visita, mucho me temo que con siniestros resultados para él. Bien, doctor, pienso que podremos arrojar un poco de luz en estas tinieblas, y creo que la única posibilidad que tiene Openshaw entretanto es hacer lo que le he dicho. Esta noche no podemos decir ni hacer nada más. Así pues, páseme mi violín y tratemos de olvidar durante media hora ese tiempo atroz y las acciones todavía más atroces de nuestros semejantes.
       Por la mañana había aclarado el tiempo, y el sol brillaba con un suave resplandor a través de la neblina que envolvía la gran ciudad. Sherlock Holmes ya estaba desayunando cuando yo bajé.
       —Disculpe que no le haya esperado —me dijo—. Preveo que tengo ante mí un día muy ocupado con las averiguaciones del caso del joven Openshaw.
       —¿Qué pasos piensa dar?
       —Dependerá mucho del resultado de mis primeras pesquisas. Puede que a fin de cuentas tenga que ir a Horsham.
       —¿No empezará por allí?
       —No. Empezaré por la City. Toque la campanilla y la camarera le traerá el café.
       Mientras aguardaba, cogí el periódico que había encima de la mesa y le eché una ojeada. Mis ojos quedaron prendidos en un titular que me heló el corazón.
       —¡Holmes! —grité—. ¡Ha llegado usted tarde!
       —¡Ah! —suspiró, depositando su taza sobre la mesa—. Me lo temía. ¿Cómo ha ocurrido?
       Hablaba en tono tranquilo, pero pude advertir que estaba profundamente conmovido.
       —Acabo de tropezarme con el nombre Openshaw y con el titular «Tragedia junto al puente de Waterloo». He aquí la crónica: «Entre las nueve y las diez de la pasada noche, el policía Cook, de la división H, que estaba de servicio cerca del puente de Waterloo, oyó un grito de socorro y un chapoteo en el agua. La noche, sin embargo, era extremadamente oscura y tormentosa, y, pese a la ayuda de varios transeúntes, fue prácticamente imposible rescatar a la víctima. Pero se dio la alarma, y la policía fluvial recuperó finalmente el cuerpo. Se trataba de un joven caballero, cuyo nombre, según se deduce de un sobre que se encontró en su bolsillo, es John Openshaw, y que reside cerca de Horsham. Se supone que la tragedia se produjo cuando el joven corría para alcanzar el último tren de la estación de Waterloo, y, debido a las prisas y a la gran oscuridad reinante, equivocó el camino y cayó por el borde de uno de los pequeños embarcaderos para vapores fluviales. El cuerpo no presenta señales de violencia, y no cabe duda de que la muerte se debió a un desdichado accidente, que debería servir para llamar la atención de las autoridades sobre el pésimo estado en que se encuentran dichos embarcaderos».
       Permanecimos sentados en silencio unos minutos, y Holmes estaba más deprimido e impresionado de lo que yo le había visto nunca.
       —Esto hiere mi amor propio, Watson —dijo por fin—. Es un sentimiento mezquino, no cabe duda, pero esto hiere mi amor propio. Ahora este caso se ha convertido para mí en un asunto personal, y, si Dios me da vida, atraparé a esa banda de asesinos. ¡Pensar que acudió a mí en demanda de ayuda y que yo lo envié a la muerte…!
       Se levantó de un salto y recorrió a zancadas de un lado a otro la habitación, presa de una agitación incontrolable, con las enjutas mejillas cubiertas de rubor y abriendo y cerrando nerviosamente las manos largas y delgadas.
       —Tienen que ser astutos como demonios —exclamó por fin—. ¿Cómo se las arreglaron para llevarlo hasta allí? El embarcadero no está en el camino directo a la estación. El puente estaba sin duda demasiado concurrido, incluso una noche como aquella, para sus propósitos. Bien, Watson, ya veremos quién gana la carrera de larga distancia. ¡Ahora voy a salir!
       —¿Va a la policía?
       —No. Yo seré mi propia policía. Cuando haya tejido la red, ellos podrán atrapar las moscas, pero no antes.
       Pasé todo el día entregado a mi trabajo profesional, y no regresé a Baker Street hasta entrada la noche. Sherlock Holmes no había vuelto todavía. Eran casi las diez cuando llegó. Estaba pálido y parecía agotado. Se acercó al aparador, arrancó un pedazo de la hogaza de pan y lo devoró vorazmente, acompañándolo con un largo trago de agua.
       —Viene usted hambriento —comenté.
       —Desfallecido. Se me pasó por alto que no había comido nada desde el desayuno.
       —¿Nada?
       —Ni un bocado. No he tenido tiempo de pensar en comida.
       —¿Y qué tal le ha ido?
       —Bien.
       —¿Tiene alguna pista?
       —Las tengo en la palma de mi mano. No pasará mucho tiempo sin que el joven Openshaw sea vengado. Mire, Watson, vamos a señalarlos con su propia marca diabólica. ¡Es una excelente idea!
       —¿Qué quiere decir con eso?
       Cogió una naranja del aparador, la partió en pedazos e hizo caer las pepitas encima de la mesa. Apartó cinco de ellas y las metió en un sobre. En el interior de la solapa escribió: «De S. H. para J. O.». Después lo cerró y escribió la dirección: «Capitán James Calhoun, goleta Lone Star, Savannah, Georgia».
       —Le estará esperando cuando llegue a puerto —comentó con una sonrisa socarrona—. Es posible que le provoque una noche de insomnio. Será un anuncio tan claro de lo que le aguarda como lo fue para Openshaw.
       —¿Y quién es el tal capitán Calhoun?
       —El jefe de la banda. También pillaré a los otros, pero primero a él.
       —¿Cómo lo ha localizado?
       Se sacó del bolsillo una gran hoja de papel, enteramente cubierta de fechas y nombres.
       —Me ha llevado todo el día —explicó— revisar los registros de Lloyd’s y los periódicos atrasados, siguiendo las escalas de los barcos que entraron en Pondicherry en enero y febrero del 83. Durante estos dos meses, recalaron allí treinta y seis embarcaciones de buen tonelaje. Una de ellas, el Lone Star, me llamó inmediatamente la atención, porque, si bien figuraba como procedente de Londres, el nombre, «estrella solitaria», es el que se asigna a uno de los Estados de la Unión.
       —Texas, creo.
       —No estaba ni estoy muy seguro de cuál, pero tenía la certeza de que el barco era de origen norteamericano.
       —¿Y luego?
       —Busqué en los archivos de Dundee, y, cuando averigüé que el Lone Star había estado allí en enero del 85, mi sospecha se convirtió en certeza. Entonces indagué qué barcos estaban atracados ahora en el puerto de Londres.
       —¿Y…?
       —El Lone Star había llegado la semana pasada. He ido al muelle Albert y he sabido que había zarpado esta mañana con la marea, de regreso a Savannah. He telegrafiado a Gravesend y me han dicho que había pasado por allí hacía un rato, y, como sopla el viento del este, no me cabe duda de que ahora debe haber rebasado los peligrosos Goodwins y no debe distar mucho de la isla de Wight.
       —¿Y qué piensa hacer usted?
       —Oh, ya los tengo en mis manos. He averiguado que él y los dos oficiales son los únicos americanos que hay a bordo. Los otros son finlandeses y alemanes También sé que los tres estuvieron fuera del barco la noche pasada. Me lo contó el estibador que se ha ocupado del cargamento. Cuando el velero llegue a Savannah, el vapor correo habrá llevado esta carta, y el telégrafo habrá informado a la policía de que estos tres caballeretes son reclamados aquí bajo acusación de asesinato.
       Sin embargo, siempre puede haber algo que trastoque los planes humanos mejor trazados, y los asesinos de John Openshaw no recibirían nunca las pepitas de naranja que habían de indicarles que otra persona, tan astuta y resuelta como ellos, les seguía los pasos. Aquel año las tormentas equinocciales fueron muy prolongadas y muy duras. Esperamos largo tiempo recibir noticias del Lone Star desde Savannah, pero no llegó ninguna. Por fin oímos decir que en algún punto remoto del Atlántico se había avistado el maltrecho codaste de una embarcación, zarandeado por las olas, que llevaba grabadas las letras «L. S.». Y esto es cuanto llegaríamos a saber acerca de la suerte que corrió el Lone Star.



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