Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


El hombre contrahecho (1893)
(“The Adventure of the Crooked Man”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (julio 1893);
The Memoirs of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1893, 279 págs.)



      Una noche de verano, pocos meses después de mi matrimonio, estaba yo sentado junto a mi chimenea, fumando una pipa y dando cabezadas sobre una novela, porque mi jornada laboral había sido agotadora. Mi esposa había subido ya a acostarse, y hacía rato que había oído cerrar la puerta principal, por lo cual sabía que la sirvienta se había retirado también. Me había levantado yo de mi asiento y estaba sacudiendo la ceniza de la pipa, cuando sonó un campanillazo.
       Miré el reloj. Eran las doce menos cuarto. A aquella hora no podía tratarse de la visita de un amigo. Era un paciente, y posiblemente me tendría en vela el resto de la noche. Con un gesto de contrariedad, me dirigí al recibidor y abrí la puerta. Ante mi sorpresa, fue Sherlock Holmes quien apareció en el umbral.
       —Hola, Watson —dijo—. Esperaba que no fuera demasiado tarde para encontrarle despierto.
       —Adelante, amigo mío. Entre, por favor.
       —Parece sorprendido, y no es de extrañar. Aseguraría que también se siente aliviado. ¡Vaya! ¡Sigue fumando la picadura Arcadia de sus días de soltero! Esa ceniza esponjosa de su chaqueta es inconfundible. Y es fácil advertir que está usted acostumbrado a llevar uniforme. No podrá pasar nunca por un civil genuino mientras conserve la costumbre de llevar el pañuelo en la manga. ¿Podría quedarme a dormir aquí esta noche?
       —Será un placer.
       —Usted me dijo que dispone de una habitación para un hombre solo, y veo que en este momento no tienen a ningún invitado. La ausencia de sombreros en el perchero lo proclama.
       —Me encantará que pase la noche con nosotros.
       —Muchas gracias. Llenaré una percha vacía. Lamento ver que ha tenido un operario inglés en casa. No presagia nada bueno. Espero que no se tratara de los desagües.
       —No, el gas.
       —¡Vaya! Ha dejado en el suelo de linóleo dos hermosas marcas de los clavos de sus botas. Justamente allí, donde da la luz. No, gracias, he cenado algo en Waterloo. Pero sí me gustará fumar una pipa con usted.
       Le alargué mi bolsa de tabaco. Se sentó frente a mí y fumó un rato en silencio. Yo sabía que solo un asunto importante podía traerle a mi casa a tales horas, y esperé pacientemente que abordara el tema.
       —Veo que está usted bastante ocupado —comentó por último, mirándome atentamente.
       —Sí, he tenido un día atareado —respondí—. Le parecerá una tontería —añadí luego—, pero lo cierto es que no sé de qué ha podido deducirlo.
       Holmes se echó a reír.
       —Tengo la ventaja de conocer sus costumbres, querido Watson —dijo—. Cuando sus visitas son pocas, las hace a pie y, cuando son muchas, utiliza un coche de alquiler. Sus botas, aunque usadas, no están sucias, lo cual denota que ha tenido trabajo suficiente para justificar el uso del coche.
       —¡Fantástico! —grité.
       —Elemental. Es uno de esos casos en los que el hombre que razona logra un resultado que parece asombroso a su interlocutor, porque este no ha detectado un detallito que supone la base de la deducción. Lo mismo puede decirse, querido amigo, del efecto que logran algunos de sus pequeños relatos, basado en la falacia de que tiene usted en las manos unos factores del problema que nunca se transmiten al lector. Pues bien, en estos momentos yo estoy en la misma posición que su lector, porque tengo en mis manos varios cabos de uno de los casos más raros que hayan ocupado la mente de un hombre, pero me faltan uno o dos fragmentos, imprescindibles para completar mi teoría. Mas los tendré, Watson, ¡los tendré!
       Le resplandecían los ojos y se le habían sonrojado ligeramente las mejillas. Por un instante, se había corrido el velo que cubre su naturaleza apasionada y entusiasta, pero solo por un instante. Cuando volví a mirarle, su rostro había recuperado la impavidez de un jugador de póker, que es la causa por la que muchos veían en él una máquina en vez de un ser humano.
       —El problema presenta algunos rasgos interesantes —comentó—. Incluso podría decir que de importancia excepcional. He examinado el caso y creo que estoy cerca de resolverlo. Si pudiera usted acompañarme en el último paso, me sería de gran ayuda.
       —Lo haré encantado.
       —¿Podría ir mañana conmigo a Aldershot?
       —Estoy seguro de que Jackson podrá atender mi consulta.
       —Bien. Quiero salir de Waterloo en el tren de las once y diez.
       —Me dará tiempo suficiente.
       —En tal caso, si no tiene usted demasiado sueño, le haré un resumen de lo ocurrido y de lo que resta por hacer.
       —Antes de llegar usted, yo estaba medio dormido, pero ahora estoy completamente despierto.
       —Resumiré la historia cuanto pueda resumirse sin eludir nada vital. Tal vez haya leído usted algo del caso. Estoy investigando el supuesto asesinato del coronel Barclay de los Royal Munsters de Aldershot.
       —No he oído nada al respecto.
       —Aún no ha despertado gran atención en el ámbito nacional. Solo en el local. Los hechos tuvieron lugar hace solamente dos días. Voy a resumirlos brevemente.
       »El de los Royal Munsters es, como usted sabe, uno de los regimientos irlandeses más famosos del ejército británico. Llevó a cabo auténticas hazañas en Crimea y en la insurrección de la India, y después se ha distinguido en todas las ocasiones imaginables. Hasta el lunes por la noche estaba bajo el mando del comandante James Barclay, un valiente veterano, que comenzó como soldado raso, ascendió de rango por su valentía en la India y llegó a comandar el mismo regimiento en cuyas filas había servido.
       »El coronel Barclay se casó mientras era sargento. Su esposa, de soltera Nancy Devoy, era hija de un antiguo sargento del mismo cuerpo. Como puede imaginar, se produjo cierta fricción social cuando la joven pareja, porque eran todavía muy jóvenes, se encontraron inmersos en un nuevo entorno. Pero parece que se adaptaron rápidamente y que la señora Barclay ha sido siempre muy popular entre las señoras del regimiento, al igual que lo era su marido entre los restantes oficiales. Debo señalar que era una mujer de gran belleza, y que incluso ahora, cuando lleva más de treinta años de casada, sigue siendo muy atractiva y tiene el empaque de una reina.
       »La vida familiar del coronel Barclay parece haber sido feliz. El mayor Murphy, a quien debo la mayor parte de los datos que le expongo, asegura que nunca había discusiones entre la pareja. Cree que la devoción que sentía Barclay por su mujer era mayor que la que sentía ella por él. Barclay se inquietaba si se tenía que separar de ella un solo día. Su esposa, en cambio, a pesar de ser fiel y cariñosa, no mostraba una pasión tan desmesurada. En el regimiento los consideraban una pareja modélica de mediana edad. Nada en su relación presagiaba la tragedia que más tarde iba a tener lugar.
       »El carácter del coronel Barclay presentaba, al parecer, algunos rasgos peculiares. En su estado habitual, era un viejo soldado jovial y animoso, pero en algunas ocasiones se reveló capaz de actitudes violentas y reivindicativas. No hay indicios, sin embargo, de que su esposa haya sido nunca víctima de ese lado oscuro de su personalidad. Otra rareza que había llamado la atención del mayor Murphy, y de otros tres o cuatro de los oficiales con los que he conversado, era la extraña depresión que en ocasiones se apoderaba del coronel. Según palabras del mayor, estaba bromeando a veces con otros oficiales en la mesa de mandos, cuando de repente desaparecía la sonrisa de sus labios, como borrada por una mano invisible. Y permanecía días enteros sumido en el abatimiento más profundo. Esto, unido a cierta tendencia supersticiosa, eran los únicos rasgos insólitos que sus compañeros habían observado en su carácter. La última peculiaridad se manifestaba en su aversión a quedarse solo, sobre todo después de anochecer. Este rasgo pueril, en una persona considerada unánimemente viril y valerosa, había dado lugar a conjeturas y comentarios.
       »El primer batallón de los Royal Munsters, el antiguo 117, lleva varios años estacionado en Aldershot. Los oficiales casados viven fuera del cuartel, y durante todo este tiempo el coronel ha residido en una casa llamada Lachine, una media milla al norte del campamento. La casa está rodeada de jardín, pero al oeste no dista más de treinta yardas de la carretera. Integran la servidumbre un cochero y dos doncellas, que, junto con el dueño y su esposa, son los únicos ocupantes de Lachine, dado que los Barclay no han tenido hijos, ni era habitual que hubiese invitados residiendo en la casa.
       »Pasemos a los acontecimientos que tuvieron lugar en Lachine entre las nueve y las diez de la noche del pasado lunes.
       »La señora Barclay era, al parecer, miembro de la iglesia católica romana, y había manifestado un gran interés por el Gremio de San Jorge, fundado, en colaboración con la Watt Street Chapel, con la finalidad de proporcionar ropa usada a los necesitados. Aquel día se celebraba una reunión del Gremio a las ocho de la noche, y la señora Barclay cenó apresuradamente para asistir a ella. Al salir de la casa, el criado oyó que le hacía un comentario banal a su esposo y le aseguraba que iba a regresar pronto. Después recogió a la señorita Morrison, una muchacha que vive en la villa vecina, y las dos acudieron juntas a la reunión. La reunión duró cuarenta minutos, y, tras acompañar a la señorita Morrison hasta la puerta de su casa, la señora Barclay llegó a la suya a las nueve menos cuarto.
       »En Lachine hay una salita que se utiliza para el desayuno. Da a la carretera y se abre al jardín por una gran cristalera. En este punto el jardín mide unas treinta yardas y solo lo separa de la carretera un muro bajo rematado por una barra de hierro. Por esta habitación entró la señora Barclay a su regreso. Las cortinas no estaban cerradas, porque aquella habitación se utiliza raramente por las noches. La señora Barclay encendió la lámpara y tocó la campanilla para pedirle a Jane Steward, la doncella, que le llevara una taza de té, lo cual no era en absoluto habitual en ella. El coronel estaba en el comedor, y, al oír que su esposa había regresado, acudió a reunirse con ella. El cochero le vio cruzar el vestíbulo y entrar en la habitación. Nunca volverían a verle con vida.
       »Transcurridos diez minutos, llevaron el té que había pedido la señora Barclay, pero la doncella, al aproximarse a la puerta, se sorprendió al oír que las voces de sus amos discutían acaloradamente. Llamó a la puerta sin recibir respuesta, e incluso giró el pomo, pero descubrió que estaba cerrada por dentro. Corrió, como es lógico, a decírselo a la cocinera, y ambas mujeres y el cochero salieron al vestíbulo y oyeron la pelea, que proseguía con violencia. Todos coinciden en que solo se oían dos voces: la de Barclay y la de su mujer. Las palabras de Barclay sonaban apagadas y abruptas, y no pudieron captar ninguna con claridad. Pero las de su mujer sonaban más amargas y, cuando subía el tono de voz, se entendían perfectamente. “¡Eres un cobarde!”, repetía una y otra vez. “¿Qué haremos ahora? ¿Qué haremos ahora? Devuélveme mi vida. No seguiré respirando un solo instante el mismo aire que tú. ¡Eres un cobarde!”. Estos eran los retazos de la conversación, que terminó de repente con un pavoroso alarido proferido por la voz del hombre, el ruido de una caída y un grito de la mujer. Convencido de que había tenido lugar una tragedia, el cochero se precipitó contra la puerta e intentó forzarla, mientras surgían más gritos del interior de la habitación. A pesar de sus esfuerzos, no logró entrar, y las sirvientas estaban demasiado trastornadas por el miedo para prestarle ayuda. Pero tuvo súbitamente una idea. Salió corriendo por la puerta principal y rodeó la casa por el jardín, hasta llegar a la puerta cristalera. Uno de los extremos estaba abierto, cosa habitual durante el verano, y entró sin esfuerzo en la salita. Su señora, tumbada inconsciente en el sofá, había dejado de gritar, mientras, con los pies sobre una butaca y la cabeza en el suelo, cerca del guardafuegos, yacía muerto el desdichado militar, sobre el charco formado por su propia sangre.
       »Como es lógico, la primera idea del cochero, al ver que no podía hacer nada por su amo, fue abrir la puerta. Pero se presentó una dificultad rara e inesperada. La llave no estaba en la parte interior de la cerradura, y no pudo encontrarla en la habitación. Volvió a salir, pues, por la cristalera y, tras requerir la ayuda de un policía y de un médico, regresó a la casa. La señora Barclay, sobre la cual, claro está, recaían todas las sospechas, fue trasladada, aún inconsciente, a su dormitorio. Colocaron el cuerpo del coronel en el sofá y examinaron cuidadosamente el escenario de la tragedia.
       »El coronel tenía una herida de dos pulgadas en la parte posterior de la cabeza, ocasionada evidentemente por un violento golpe asestado con un objeto pesado. Tampoco resultó difícil dar con el arma. En el suelo, cerca del cuerpo, había una curiosa maza de madera dura y esculpida con mango de hueso. El coronel poseía una variada colección de armas procedentes de los distintos países en los que había estado destinado, y la policía conjeturó que la maza podía figurar entre estos trofeos. Los sirvientes niegan haberla visto nunca, pero la casa contiene tantas curiosidades que pudo haberles pasado inadvertida. La policía no descubrió ningún otro dato interesante en la habitación, salvo el hecho inexplicable de no encontrar la llave en posesión de la señora Barclay, ni en el cadáver, ni en ninguna parte. Finalmente tuvo que abrir la puerta un cerrajero de Aldershot.
       »Así estaban las cosas, Watson, cuando llegué el martes por la mañana a Aldershot, a petición del mayor Murphy, para apoyar los esfuerzos de la policía. Reconocerá usted que el caso ya presentaba entonces un interés considerable, pero mis observaciones me revelaron enseguida que era en realidad mucho más extraordinario de lo que podía parecer a primera vista.
       »Antes de examinar la habitación, interrogué a los sirvientes, pero solo conseguí los datos que acabo de exponer. La doncella, Jane Steward, aportó, no obstante, un detalle interesante. Como recordará, al oír que se estaban peleando, fue en busca de los otros criados y regresó con ellos. Pues bien, en la primera ocasión, cuando estaba sola, asegura que las voces de sus amos eran tan bajas que no pudo oír nada y dedujo más por el tono que por las palabras que estaban discutiendo. Pero, al pedirle yo que esforzara la memoria, recordó que la mujer había mencionado dos veces el nombre “David”. Este punto puede tener gran importancia para indicar el motivo de la repentina pelea. Recordará que el coronel se llamaba James.
       »Hay algo en el caso que impresionó sobremanera a los criados y a la policía: la contorsión de la cara del coronel. Reflejaba, dijeron, la expresión de miedo y horror más intensos que pueda asumir un rostro humano. Tan terrible era esta expresión que hubo quien se desmayó al verla. Eso demuestra que el coronel vio lo que iba a suceder y que estaba aterrorizado.
       »Esto, desde luego, encaja perfectamente con la teoría de la policía, pues el coronel pudo ver a su esposa en el momento en que ella se lanzaba contra él. Que la herida estuviera en la parte posterior de la cabeza no representa una objeción, ya que la víctima pudo haberla vuelto para esquivar el golpe. De la señora no se ha podido obtener información alguna, porque todavía la aqueja un grave desequilibrio mental.
       »La policía también me ha informado de que la señorita Morrison que, como recordará usted, acompañó aquella noche a la señora Barclay, niega tener la más remota idea de por qué su amiga regresó de mal humor a su casa después de la reunión.
       »Tras obtener estos datos, Watson, les consagré varias pipas, intentando separar aquellos que son cruciales de los que son meramente circunstanciales. No cabía duda de que el punto más sugerente y peculiar del caso era la misteriosa desaparición de la llave. Un registro minucioso de la salita no había conseguido dar con ella. Por consiguiente, alguien se la había llevado. Pero no pudo ser el coronel, ni pudo ser su esposa. Esto era evidente. Así pues, tuvo que haber en la habitación una tercera persona. Y esa tercera persona solo pudo entrar por la cristalera. Pensé que un cuidadoso examen de la habitación y del jardín podía proporcionarme algún dato del misterioso individuo. Ya conoce mis métodos, Watson. No dejé de aplicar ni uno de ellos a mi búsqueda, que me suministró, ciertamente, algunas pistas, aunque muy distintas a las que yo había esperado. En efecto, había habido un hombre en la habitación, y había cruzado el jardín desde la carretera. Encontré cinco huellas muy claras: una en la misma carretera, en el punto donde había saltado el muro; dos en el jardín, y otras dos, muy débiles, en las tablas enceradas próximas a la cristalera por donde había entrado. Al parecer, cruzó el jardín corriendo, ya que las marcas de los dedos eran mucho más profundas que las de los talones. Pero no fue la presencia de este hombre lo que me sorprendió. Fue la de su acompañante.
       —¿Su acompañante? —pregunté.
       Holmes se sacó del bolsillo una gran hoja de papel y la desdobló con cuidado sobre sus rodillas.
       —¿Qué le parece esto?
       El papel estaba cubierto de las huellas de un animal pequeño. Había cinco almohadillas bien marcadas y signos de unas largas uñas. El tamaño de la huella entera no debía ser mayor que una cuchara de postre.
       —Es un perro —dije.
       —¿Ha oído hablar alguna vez de un perro que trepe por las cortinas? Encontré señales inequívocas de que esta criatura lo había hecho.
       —¿Se trata, pues, de un mono?
       —Pero esta huella no corresponde a un mono.
       —¿Qué puede ser, entonces?
       —Ni perro, ni gato, ni mono, ni ninguna criatura que nos sea familiar. He intentado reconstruirla a partir de las mediciones. Aquí tiene cuatro huellas en que ha estado inmóvil. No hay más de quince pulgadas entre las patas delanteras y las traseras. Si añadimos la longitud del cuello y la cabeza, nos encontramos con un animal de como mínimo dos pies, acaso más si tiene cola. Observe ahora esta otra medición. El animal se ha movido y tenemos la longitud de su paso. En todos los casos es solo de unas tres pulgadas. Eso nos indica que tiene un cuerpo largo con unas patas muy cortas. No ha tenido la gentileza de dejarnos un mechón de su pelo, pero la forma debe de ser parecida a lo que le he dicho. Además puede trepar por las cortinas y es carnívoro.
       —¿Cómo puede saberlo?
       —Porque trepó por la cortina. Junto al ventanal colgaba una jaula con un canario, y creo que su objetivo era cazarlo.
       —¿De qué animal se trata, pues?
       —¡Ah! Si pudiera asignarle un nombre, habríamos dado un paso hacia delante en la resolución del caso. Se trata, sin duda, de un pariente próximo de las comadrejas y los armiños, pero mayor que cualquier animal de esa familia que haya visto nunca.
       —¿Y qué relación guarda con el crimen?
       —Tampoco esto está muy claro. Pero, como ve, hemos descubierto bastantes cosas. Sabemos que hubo un hombre en la carretera, observando la pelea entre los Barclay, puesto que las cortinas estaban abiertas y la habitación iluminada. También sabemos que cruzó corriendo el jardín, entró en la habitación, acompañado de un extraño animal, y, o bien golpeó al coronel, o, lo que también es posible, este se desplomó de puro espanto al verle y se abrió la cabeza contra la esquina del guardafuegos. Tenemos, por último, el hecho curioso de que el intruso se llevó la llave de la habitación al escapar.
       —Sus descubrimientos parecen complicar el caso en lugar de aclararlo.
       —Así es. Demuestran que es mucho más complicado de lo que se conjeturó en un principio. He reflexionado sobre el problema y he llegado a la conclusión de que este caso debe enfocarse desde otro ángulo. Pero no quiero mantenerle despierto más tiempo, cuando puedo contarle el resto mañana durante nuestro viaje a Aldershot.
       —Gracias, pero me ha contado ya demasiado para interrumpirse ahora.
       —Parece seguro que cuando la señora Barclay salió de casa a las siete y media la relación con su marido era cordial. Como he indicado, sus manifestaciones de afecto nunca eran ostentosas, pero el cochero la oyó departir amigablemente con él. Pero parece igualmente seguro que a su regreso se dirigió directamente a la habitación donde era menos probable que le encontrara, pidió, como si fuera presa de una gran agitación, una taza de té y, por último, al presentarse él, prorrumpió en violentas recriminaciones. Por consiguiente, algo tuvo que ocurrir entre las siete y media y las nueve de la noche que alteró por completo sus sentimientos. Y la señorita Morrison estuvo con ella durante toda esa hora y media. Por lo tanto, era seguro que, a pesar de sus negaciones, algo sabía sobre el asunto.
       »Mi primera conjetura fue la posibilidad de que existiera una relación sentimental entre la muchacha y el veterano soldado, y que ella se lo hubiera confesado a la esposa. Eso explicaría el enfado de la señora Barclay al regresar a casa, y también la negativa de la joven a explicar lo que había ocurrido. Tampoco era por entero incompatible con la mayor parte de palabras que se habían oído. Pero se oponía a esta teoría la referencia a un hombre llamado David y también el pregonado amor del coronel por su esposa. Para no mencionar la trágica intrusión de otro hombre, que podía perfectamente, por otra parte, no tener nada que ver con lo que habría ocurrido. No era fácil dar con una pista, pero me incliné a rechazar que hubiera algo entre el coronel y la señorita Morrison, aunque estaba más convencido que nunca de que la muchacha tenía la clave de lo que motivó el enfrentamiento entre la señora Barclay y su marido. Decidí pues, como es lógico, visitar a la señorita Morrison, explicarle que tenía la certeza de que ella sabía más de lo que había contado y asegurarle que contra su amiga, la señora Barclay, podía pedirse la pena capital, a menos que se aclarara todo el asunto.
       »La señorita Morrison es una muchacha un poco etérea, de cabello rubio y ojos tímidos, pero no carece de agudeza y de sentido común. Se quedó pensativa un rato, después de escucharme, y luego, volviéndose hacia mí con repentina resolución, me dijo con vehemencia lo que voy a resumirle.
       »—Le prometí a mi amiga no revelar este asunto, y una promesa es una promesa —dijo—, pero si de este modo puedo ayudarla a defenderse de una acusación tan grave, ya que su boca, pobrecilla, está sellada por la enfermedad, me considero absuelta de mi promesa. Voy a contarle exactamente lo que ocurrió el lunes por la noche. Regresábamos de la reunión hacia las nueve menos cuarto. Teníamos que pasar por Hudson Street, que es una calle muy solitaria. Solo hay una farola al lado izquierdo, y, al acercarnos a ella, vi que venía hacia nosotras un hombre con la espalda muy encorvada y con una especie de caja al hombro. Parecía deforme, porque andaba con la cabeza gacha y las rodillas dobladas. En el momento que cruzábamos por su lado, levantó la cara para mirarnos a la luz de la farola y, al hacerlo, se detuvo y lanzó un grito terrible: “¡Dios mío! Es Nancy”. La señora Barclay se puso pálida como un cadáver, y se hubiera desplomado, si aquella criatura de horrible aspecto no la hubiera sostenido entre sus brazos. Yo me disponía a llamar a un policía, pero ella, ante mi sorpresa, se dirigió a aquel hombre en tono muy afable. “Creí que llevabas treinta años muerto, Henry”, dijo con voz temblorosa. “Y los llevo”, respondió él. Y era patético el modo en que lo dijo. Tenía un rostro oscuro y espantoso, un brillo en los ojos que todavía me provoca pesadillas, el pelo y el bigote gris, y la cara llena de arrugas y agujeros como una manzana podrida. “Sigue andando, querida”, me pidió la señora Barclay. “Quiero hablar un momento con este hombre. No hay nada que temer”. Trataba de expresarse con calma, pero seguía mortalmente pálida y articulaba las palabras con labios temblorosos. Hice lo que me pedía y ellos dos estuvieron hablando unos minutos. Después la señora Barclay bajó la calle con ojos llameantes y vi a aquel infeliz, de pie junto a la farola, agitar un puño en el aire, como enloquecido de rabia. Ella no volvió a proferir palabra hasta que llegamos ante mi puerta. Entonces me cogió la mano y me rogó que no contara a nadie lo sucedido. “Es un viejo amigo que ha caído muy bajo”, dijo. Yo le prometí que no diría nada. Ella me dio un beso, y desde entonces no la he vuelto a ver. Le he contado toda la verdad, señor Holmes, y, si no se la conté a la policía, fue porque no había advertido todavía el peligro que corría mi amiga. Ahora sé que solo puede beneficiar la que se sepa toda la verdad.
       »Eso me contó, Watson, y para mí, como puede imaginar, fue un rayo de luz en la oscuridad de la noche. Todo lo que antes parecía inconexo empezó a ocupar su exacto lugar, y tuve un confuso presentimiento de cuál era la secuencia de los acontecimientos. El siguiente paso era, obviamente, encontrar al hombre que tanto había impresionado a la señora Barclay. Si aún estaba en Aldershot, no iba a ser difícil. El pueblo no tiene muchos habitantes, y un hombre contrahecho tenía que llamar forzosamente la atención. Pasé el día buscándole y al llegar la noche ya había dado con él. Se llama Henry Wood, y vive en una habitación de la misma calle donde le encontraron las dos mujeres. Solo llevaba allí cinco días. Haciéndome pasar por un agente del registro, mantuve una interesante conversación con su casera. El hombre ejerce la profesión de mago y de actor, y por las noches recorre las tabernas y da pequeñas actuaciones. Lleva en aquella caja un pequeño animal que parece inquietar bastante a la casera, porque no había visto nunca un bicho parecido. Según ella, lo utiliza en alguno de sus trucos. Esto es cuanto pudo decirme la mujer, salvo que le parecía increíble que aquel hombre siguiera vivo, si se tenía en cuenta lo contrahecho que estaba su cuerpo, que a veces hablaba solo en un idioma extraño, y que las dos últimas noches le había oído gruñir y llorar en su cuarto. En cuanto al dinero, era un tipo formal, pero en el depósito que dejó para el alquiler había un florín que le pareció falso. Me lo mostró, Watson, y se trataba de una rupia de la India.
       »Ahora, amigo mío, entenderá exactamente dónde nos encontramos y por qué necesito su ayuda. Es evidente que, cuando las dos mujeres se separaron de ese individuo, él las siguió a cierta distancia, vio a través de la cristalera la pelea entre el matrimonio, irrumpió en la habitación y dejó escapar a la criatura que llevaba en la caja. Hasta aquí todo está muy claro, pero únicamente este individuo puede contarnos con precisión lo que ocurrió allí aquella noche.
       —¿Y piensa preguntárselo?
       —Desde luego, pero solo en presencia de un testigo.
       —¿Y ese testigo soy yo?
       —Le agradecería mucho que lo fuera. Si el tipo se presta a aclarar la cuestión, todo va bien. Si se niega, no tendremos otra salida que pedir una orden judicial.
       —Pero ¿cómo sabe que él seguirá allí cuando lleguemos?
       —He tomado mis precauciones. Uno de mis golfillos de Baker Street monta guardia ante la casa, y se pegará a él como una garrapata vaya donde vaya. Le encontraremos en Oxford Street mañana, y me sentiría yo mismo un criminal si impidiera un solo minuto más que fuera usted a acostarse.

       Llegamos al mediodía al escenario de la tragedia y, bajo la guía de mi amigo, fuimos directamente a Oxford Street. A pesar de su capacidad para ocultar las emociones, yo veía claramente que Holmes se encontraba en un estado de excitación extrema, de la cual yo participaba con ese placer medio deportivo medio intelectual que experimento cuando me involucra en sus investigaciones.
       —Esta es la calle —dijo, al penetrar en un pequeño callejón flanqueado de sencillas casas de ladrillo de dos plantas—. Y aquí tenemos a Simpson, que nos dará el parte de novedades.
       —Está en casa, señor Holmes —exclamó un chaval, mientras corría a nuestro encuentro.
       —Muy bien, Simpson —exclamó Holmes, dándole una palmadita en la cabeza—. Adelante, Watson. Esta es la casa.
       Le hizo llegar una tarjeta, que decía que teníamos que tratar con él un asunto importante, y, pocos instantes después, teníamos ante nosotros al hombre que buscábamos. A pesar de lo caluroso de la estación, se agazapaba junto al fuego, y la pequeña habitación parecía un horno. Estaba sentado, retorcido y hundido, en una silla, y producía una impresión de increíble deformidad, pero el rostro que volvió hacia nosotros, aunque desgastado y oscuro, debió de haber poseído en otro tiempo notable belleza. Nos miró suspicaz con unos ojillos amarillentos y brillantes, y, sin pronunciar palabra ni levantarse, nos indicó con un gesto dos sillas.
       —Supongo que es usted el señor Henry Wood, exresidente en la India —dijo Holmes con afabilidad—. Estamos aquí por el asunto de la muerte del coronel Barclay.
       —Y ¿qué sé yo de esto?
       —Es lo que pretendo averiguar. Supongo que sabe que, a menos que se aclare la cuestión, la señora Barclay, vieja amiga suya, será acusada probablemente de asesinato.
       El hombre dio un violento respingo.
       —No sé quiénes son ustedes —exclamó—, ni cómo han llegado a saber lo que saben, pero ¿me juran que es verdad lo que dicen?
       —Solo esperan a que recupere el juicio para arrestarla.
       —¡Dios mío! ¿Son ustedes de la policía?
       —No.
       —¿Qué interés tienen en este asunto?
       —El interés que todo hombre tiene en que se haga justicia.
       —Puedo asegurarles que ella es inocente.
       —Así pues, usted es culpable.
       —No, no lo soy.
       —¿Quién mató, entonces, al coronel Barclay?
       —Lo mató la justicia divina. Pero tenga por cierto que si yo le hubiera saltado la tapa de los sesos, y no me faltaban ganas de hacerlo, él no hubiera recibido más que su merecido. De no haber acabado con el coronel su conciencia culpable, es muy probable que su sangre pesara sobre mí. Usted quiere que le cuente la historia. Bien, no veo motivo para negarme, ya que no tengo nada de que avergonzarme.
       »Eso fue lo sucedido, señor. Usted me ve ahora con la espalda jorobada como un camello y con las costillas deformes, pero hubo un tiempo en que el cabo Henry Wood era el hombre más apuesto del regimiento 117 de infantería. Estábamos en la India, acantonados en un lugar llamado Bhurtee. Barclay, el hombre que murió el otro día, era sargento en la misma compañía que yo, y la mujer más bella del regimiento y la chica más admirable que haya existido sobre la tierra era Nancy Devoy, la hija del sargento abanderado. Había dos hombres que la amaban, y uno al que ella amaba. Y, al ver a este infeliz acurrucado junto al fuego, sonreirán si digo que me amaba sobre todo por mi belleza.
       »Pero, aunque yo fuera el dueño de su corazón, su padre estaba decidido a casarla con Barclay. Yo era entonces un muchacho algo alocado e imprudente, mientras que él había recibido una buena educación y tenía una brillante carrera por delante. No obstante, la muchacha se mantenía fiel a mí y parecía que yo iba finalmente a conseguirla. Pero entonces tuvo lugar la insurrección y el país entero se convirtió en un infierno.
       »Todo el regimiento, con media batería de artillería, una compañía de sikhs y muchos civiles y mujeres, se refugió en Bhurtee. Nos rodeaban diez mil rebeldes, tan ávidos y feroces como una jauría de terriers en torno a la jaula de una rata. A la segunda semana de asedio, nos quedamos sin agua, y nuestra única posibilidad era establecer contacto con la columna del general Neill, que se desplazaba por el norte del país. No disponíamos de otro recurso, porque no podíamos salir a luchar con todas aquellas mujeres y aquellos niños, y me ofrecí voluntario para ir al encuentro del general Neill y explicarle el peligro en que nos encontrábamos. Aceptaron mi oferta, y hablé con el sargento Barclay, que se suponía conocía el terreno mejor que nadie, y él trazó una ruta que me permitiría traspasar las líneas rebeldes. A las diez de aquella misma noche comencé mi expedición. Había mil vidas que salvar, pero yo solo pensaba en una cuando salté el parapeto.
       »El camino que iba a seguir discurría a lo largo de un cauce seco, que me debía mantener oculto a las miradas de los centinelas enemigos, pero, al doblar un recodo, me encontré de sopetón ante seis de ellos, que me esperaban agazapados en la oscuridad. Me atontaron de un golpe, y me ataron de pies y manos. Pero el golpe más duro lo recibí en el corazón y no en la cabeza, pues, cuando volví en mí, deduje de las palabras que pude entender de sus conversaciones que mi camarada, el mismo hombre que había trazado la ruta que yo debía seguir, me había traicionado y me había entregado al enemigo a través de un criado nativo.
       »Bien, no es preciso que me extienda sobre esta parte de la historia. Ahora ya sabe usted de lo que era capaz James Barclay. Bhurtee fue liberado por Neill al día siguiente, pero a mí los rebeldes me llevaron con ellos en su retirada, y pasarían varios años antes de que volviera a ver a un hombre blanco. Me torturaron, y yo intenté escapar. Me capturaron de nuevo y volvieron a torturarme. Pueden ver por sí mismos en qué estado me dejaron. Los que lograron escapar al Nepal me llevaron con ellos, y después hasta más allá de Darjeeling. Las tribus de la montaña asesinaron a los rebeldes que me tenían cautivo, y durante un tiempo, hasta que logré escapar, fui su esclavo. Pero en lugar de ir hacia el sur tuve que dirigirme al norte, hasta encontrarme entre los afganos. Permanecí allí varios años, y finalmente regresé al Punjab, donde viví casi siempre entre los nativos y empecé a ganarme la vida con los trucos de magia que había aprendido. ¿De qué podía servirle a un infeliz como yo regresar a Inglaterra o recurrir a mis viejos amigos? Ni siquiera mis deseos de venganza me animaban a ello. Prefería que Nancy y mis antiguos camaradas creyeran que Henry Wood había muerto de pie en la lucha a que le vieran arrastrarse apoyado en un bastón con el cuerpo de un chimpancé. Nunca habían dudado de mi muerte y yo quería que siguieran creyendo en ella. Me enteré de que Barclay se había casado con Nancy y de que ascendía como la espuma en el regimiento, pero ni siquiera esto bastó para hacerme hablar.
       »No obstante, cuando uno envejece, empieza a echar de menos su tierra. Durante años yo había soñado con los verdes prados y los hermosos setos de Inglaterra. Por último decidí volver a verlos antes de morir. Ahorré lo suficiente para el viaje, y me vine aquí, una población de soldados, porque los conozco bien y sé de qué modo divertirles, y puedo ganar así el dinero preciso para subsistir.
       —Su historia no puede ser más interesante —dijo Sherlock Holmes—. Ya sé que se encontró con la señora Barclay y que se reconocieron. Después, tengo entendido que usted la siguió hasta su casa y observó a través de la ventana el altercado entre el matrimonio, durante el cual sin duda la mujer le echó a él en cara su conducta. Usted perdió el control de sus emociones, cruzó corriendo el jardín e irrumpió en la salita.
       —Eso fue lo que ocurrió, señor. Y, cuando él me vio, sus ojos adquirieron una expresión que no he visto nunca en un ser humano, se desplomó hacia atrás y se abrió la cabeza contra el guardafuegos. Pero ya estaba muerto antes de caer. Leí la muerte en su rostro tan claramente como ahora leo ese libro a la luz del fuego. Verme a mí fue como una bala que atravesara su culpable corazón.
       —¿Y entonces?
       —Entonces Nancy se desmayó. Yo cogí de su mano la llave de la habitación, con el propósito de abrir la puerta y pedir ayuda. Pero, cuando me disponía a hacerlo, pensé que sería mejor largarme y dejarlo todo tal y como estaba, ya que las cosas podían complicarse para mí, si me apresaban y se descubría mi secreto. Con las prisas, me metí la llave en el bolsillo, y se me cayó el bastón mientras perseguía a Teddy, que se había encaramado a la cortina. Cuando lo metí en la caja de la que se había escapado, me fui tan rápidamente como pude.
       —¿Quién es Teddy? —preguntó Holmes.
       El hombre se agachó y levantó la puerta de una especie de conejera que había en un rincón. Al instante apareció una hermosa criatura, delgada y ágil, con un pelaje rojizo, unas patas parecidas a las del armiño, un hocico largo y afilado, y los más bonitos ojos rojos que haya visto en un animal.
       —¡Es una mangosta! —exclamé.
       —Bien, unos lo llaman así, y otros lo llaman un icneumón —dijo el hombre—. Yo lo llamo cazador de serpientes, y Teddy es rapidísimo con las cobras. Tengo aquí una sin colmillos, y Teddy la caza todas las noches para diversión de los hombres de la taberna. ¿Desean algo más, caballeros?
       —Tal vez le necesitemos de nuevo, si la señora Barclay llega a verse en un serio aprieto.
       —Llegado este caso, yo estaría por supuesto encantado de poder prestar mi ayuda.
       —De no ser así, no veo motivos para suscitar tal escándalo alrededor de un hombre que, por culpable que haya sido su conducta, está ahora muerto. Le queda a usted la satisfacción de saber que su conciencia le ha reprochado amargamente durante treinta años su horrible crimen. Ahí viene el mayor Murphy por el otro lado de la calle. Adiós, Wood. Quiero saber si ha ocurrido algo nuevo desde ayer.
       Nos dio tiempo de alcanzar al mayor antes de que doblara la esquina.
       —¡Ah, Holmes! —dijo—. Supongo que ya sabe que todo este barullo ha terminado en nada.
       —¿Qué ha ocurrido, pues?
       —Hemos terminado la investigación preliminar. Las pruebas médicas demuestran de modo concluyente que la muerte se debió a una apoplejía. En el fondo se trataba de un caso bastante sencillo.
       —¡Oh, muy sencillo! ¡Un caso sin el menor interés! —dijo Holmes con una sonrisa—. En marcha, Watson, no creo que nuestra presencia sea útil para nadie en Aldershot.
       —Hay algo que no entiendo —señalé yo camino de la estación—. Si el nombre del marido era James y el otro hombre se llama Henry, ¿quién era el tal David?
       —Esta mera palabra, querido amigo, hubiera debido darme la clave de toda la historia, de ser yo el investigador ideal que usted se empeña en describir. Es, evidentemente, una palabra de reproche.
       —¿De reproche?
       —Sí, el rey David se descarriaba a veces un poco, y en cierta ocasión lo hizo por los mismos derroteros que el sargento James Barclay. ¿No recuerda el asuntillo de Uría y Betsabé? Mucho me temo que mis conocimientos bíblicos están un poco oxidados, pero lo encontrará en el primero o segundo libro de Samuel.



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