Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


El paciente interno (1893)
(“The Adventure of the Resident Patient”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (agosto 1893);
The Memoirs of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1893, 279 págs.)



      Al examinar la serie, en cierto modo incoherente, de historias con las que he intentado ilustrar algunas de las peculiaridades mentales de mi amigo, el señor Sherlock Holmes, me sorprende la dificultad que he encontrado para escoger ejemplos que respondieran a todos los aspectos de mi objetivo. En aquellos casos en los que Holmes llevó a cabo un auténtico tour-de-force de razonamiento analítico y demostró la eficacia de sus métodos de investigación, los hechos en sí mismos habían sido a veces tan insignificantes o vulgares que no me pareció justificado ofrecerlos al público. Por el contrario, intervino con frecuencia en investigaciones cuyos hechos revestían un carácter dramático o extraordinario, pero en los que su participación fue menos destacada de lo que yo, como biógrafo, pudiera desear. El asuntillo que referí en «Estudio en escarlata», u otro posterior relacionado con la desaparición del Gloria Scott, pueden servir de ejemplo de estos peligros a lo Escila y Caribdis que amenazan siempre al historiador. Puede ser que, en el caso que ahora me dispongo a narrar, el papel que desempeñó mi amigo no sea muy destacado, pero, aun así, el conjunto de circunstancias es tan extraordinario que no puedo resignarme a omitirlo en esta serie.
       Había sido un sofocante día de agosto. Teníamos las cortinas medio cerradas, y Holmes yacía en el sofá leyendo y releyendo una carta que había llegado en el correo de la mañana. En cuanto a mí, la temporada que había pasado sirviendo en la India me había habituado a soportar el calor mejor que el frío, y no me afectaba que el termómetro marcara 32 ºC de temperatura. Pero el periódico no traía nada interesante. El Parlamento estaba cerrado. Todo el mundo se había ido de la ciudad y yo suspiraba por los bosques de New Forest o las playas de guijarros de Southsea. El estado deplorable de mi cuenta bancaria me había obligado a posponer mis vacaciones. A mi compañero, en cambio, no le atraía el campo ni la playa. Le encantaba estar tumbado en el centro de una ciudad de cinco millones de habitantes, sin que nada escapara a su vigilancia, a la espera de cualquier rumor que anunciara un crimen sin resolver. La admiración por la naturaleza no figuraba entre sus muchas cualidades, y el único cambio se producía cuando pasaba de perseguir a un malhechor ciudadano a seguir las huellas de un malhechor campestre.
       Al ver que Holmes estaba demasiado absorto para entablar conversación con él, dejé a un lado el aburrido periódico, me recosté en el asiento y me entregué a mis pensamientos. La voz de mi compañero interrumpió de repente el curso de mi reflexión.
       —Lleva usted razón, Watson —me dijo—. Parece un modo bastante absurdo de resolver los conflictos.
       —¡De lo más absurdo! —exclamé.
       Y entonces, al advertir repentinamente que se había hecho eco de lo más íntimo de mi pensamiento, me incorporé en mi butaca y le miré atónito.
       —¿Qué es esto, Holmes? —pregunté—. Va más allá de lo que nunca pude imaginar.
       Rió con ganas ante mi perplejidad.
       —Recordará —me dijo— que hace algún tiempo, cuando le leí el pasaje de un cuento de Poe donde un agudo conversador adivina los pensamientos de su compañero, usted se inclinó a considerar la cuestión como un mero alarde del autor. Y al señalarle yo que hago constantemente lo mismo, expresó cierta incredulidad.
       —¡Oh, no!
       —Tal vez no con la lengua, amigo mío, pero sí con las cejas. De modo que, al ver que tiraba a un lado el periódico y quedaba abstraído, me alegró haber encontrado la ocasión de leerle el pensamiento y entrar, quizá, en él, dándole pruebas de que había seguido sus pasos.
       Pero esto no me convenció.
       —En el ejemplo que usted me leyó —dije—, el hombre que investiga saca sus conclusiones de las acciones del hombre al que observa. Si no recuerdo mal, este último tropieza con un montón de piedras, mira las estrellas, etcétera. Pero yo he estado tranquilamente sentado en mi sillón. ¿Qué pistas puedo haberle dado?
       —Es usted injusto consigo mismo. Al hombre le han sido dadas unas facciones para expresar con ellas sus emociones, y las suyas son extremadamente explícitas.
       —¿Quiere usted decir que ha seguido el hilo de mis pensamientos a partir de mis facciones?
       —De sus facciones y especialmente de sus ojos. ¿Recuerda usted cómo comenzó su ensimismamiento?
       —No, no lo recuerdo.
       —Pues yo se lo diré. Tras tirar el periódico, que fue la acción que hizo que me fijara en usted, permaneció sentado medio minuto con expresión ausente. Después sus ojos se posaron en el retrato, recién enmarcado, del General Gordon, y vi, por el cambio de su rostro, que acababa de iniciar una cadena de razonamientos. Sus ojos se desviaron luego hacia el retrato, aún sin enmarcar, de Henry Ward Beecher, que está encima de sus libros. Acto seguido miró a la pared, y el significado era obvio. Pensaba que, si este retrato estuviera enmarcado, sería perfecto para cubrir el espacio vacío y quedaría muy bien frente al de Gordon.
       —¡Me ha seguido usted maravillosamente! —exclamé.
       —Hasta aquí era difícil equivocarse. Después sus pensamientos regresaron a Beecher, y le miró fijamente, como si intentara adivinar su carácter a través de sus facciones. Su rostro, Watson, expresaba una gran concentración. Estaba recordando los incidentes de la carrera de Beecher. A mí me constaba que no podría hacerlo sin pensar en la misión que el Norte le encomendó a dicho individuo durante la Guerra Civil, porque recuerdo su apasionada indignación ante la forma en que lo recibió entonces la facción más turbulenta de nuestra gente. Había expresado usted su opinión de modo tan contundente que yo sabía que ahora no podría pensar en Beecher sin pensar también en aquel incidente. Cuando, momentos después, vi que sus ojos se separaban del cuadro, sospeché que su mente se concentraba ahora en la Guerra Civil, y, al observar que tenía los labios apretados, los ojos brillantes y las manos fuertemente cerradas, tuve la certeza de que estaba pensando en el arrojo demostrado por ambas partes en aquella lucha desesperada. Pero su rostro se entristeció de nuevo y movió apesadumbrado la cabeza. Estaba pensando en la tristeza y el horror y la inútil pérdida de vidas. Se llevó la mano a su vieja herida y apareció en sus labios una leve sonrisa, prueba de que tenía en mente la idea de lo ridículo que era aquel modo absurdo de resolver los conflictos internacionales. En este punto, manifesté mi acuerdo con usted en que era absurdo, y me encantó ver que todas mis deducciones habían sido correctas.
       —¡Completamente! Y ahora que me lo ha explicado, confieso que sigo tan admirado como antes.
       —Es una insignificancia, querido Watson, se lo aseguro. De no ser por la incredulidad que mostró el otro día, yo no me habría entrometido en sus pensamientos. Pero el atardecer nos ha traído una ligera brisa. ¿Qué le parecería un paseíto por la ciudad?
       Estaba harto de nuestra sala de estar y acepté de buena gana. Deambulamos juntos durante tres horas, observando el siempre cambiante calidoscopio de la vida, que fluye y refluye por Fleet Street y por el Strand. El característico modo de hablar de Holmes, unido a su atenta observación de los detalles y a su sutil poder de deducción, me divertían y fascinaban.
       Cuando regresamos a Baker Street eran las diez de la noche. Una berlina esperaba ante nuestra puerta.
       —¡Hum! Un médico, y un médico de cabecera, según se ve —dijo Holmes—. No lleva mucho tiempo ejerciendo, pero tiene una buena clientela. Supongo que viene a consultarnos algo. ¡Qué suerte que hayamos vuelto!
       Yo conocía lo suficiente los métodos de Holmes para poder seguir su razonamiento, y para ver que la naturaleza y el estado de los diversos instrumentos médicos que había en la cesta de mimbre que colgaba junto a la lámpara del interior del carruaje le habían proporcionado los datos para su rápida deducción. La luz encendida arriba, en nuestra ventana, demostraba que aquella tardía visita era realmente para nosotros. Con cierta curiosidad por averiguar qué podía inducir a un colega mío a presentarse a tales horas, seguí a Holmes hasta el interior de nuestro sanctasanctórum.
       Un hombre pálido, de rostro enjuto y patillas rojizas, se levantó, al entrar nosotros, de la silla que ocupaba junto al fuego. Su edad no rebasaba los treinta y tres o treinta y cuatro años, pero su expresión demacrada y su mal color indicaban que la vida le había mermado las fuerzas y le había robado la juventud. Sus ademanes eran nerviosos y tímidos, como los de un hombre sensible, y la fina y blanca mano que posó en la repisa de la chimenea al levantarse era más propia de un artista que de un médico. Su indumentaria era discreta y un poco sombría: levita negra, pantalones oscuros y un toque de color en la corbata.
       —Buenas noches, doctor —dijo Holmes cordialmente—. Me alegra ver que solo lleva unos minutos esperando.
       —¿Ha hablado con mi cochero?
       —No, lo deduzco de la vela que hay en la mesita. Le ruego que vuelva a sentarse y me diga en qué puedo serle útil.
       —Soy el doctor Percy Trevelyan —dijo nuestro visitante—, y vivo en el 403 de Brook Street.
       —¿No será usted el autor de una monografía sobre ciertas raras lesiones del sistema nervioso? —le pregunté.
       Sus pálidas mejillas enrojecieron de placer al ver que yo conocía su trabajo.
       —Oigo hablar tan pocas veces de mi obra, que creí que había pasado definitivamente al olvido —dijo—. Mis editores no me dan más que informes descorazonadores sobre las ventas. Supongo que usted también es médico.
       —Cirujano militar retirado.
       —Mi afición han sido siempre las enfermedades nerviosas. Me gustaría especializarme en ellas, pero supongo que uno ha de aceptar lo primero que le viene a mano. Sin embargo, eso no tiene nada que ver con el problema, señor Holmes, y yo sé lo que vale su tiempo. El hecho es que ha tenido lugar recientemente una singular cadena de acontecimientos en mi casa de Brook Street, y esta noche la situación ha llegado a tal extremo que me pareció que no podía esperar ni una hora más sin venir a pedirle consejo y ayuda.
       Sherlock Holmes se sentó y encendió su pipa.
       —Será un placer ofrecerle ambas cosas —dijo—. Le ruego que me cuente con todo detalle los incidentes que tanto le han inquietado.
       —Un par de ellos son muy triviales —dijo el doctor Trevelyan— y casi me avergüenza mencionarlos. Pero el asunto es tan inexplicable y los últimos sucesos tan enrevesados que voy a contárselo todo para que usted juzgue lo que es esencial y lo que no lo es.
       »Tengo que empezar diciendo algo acerca de mi carrera. Estudié en la Universidad de Londres, y espero que no crean que me alabo en exceso si les digo que mis profesores consideraban que mi futuro era muy prometedor. Después de graduarme, seguí dedicándome a la investigación, ocupé un puesto poco relevante en el King’s College Hospital, y tuve la suerte de suscitar un interés considerable con mis trabajos sobre la patología de la catalepsia, y de ganar finalmente el premio y la medalla Bruce Pinkerton con mi monografía sobre lesiones nerviosas a la que acaba de hacer alusión su amigo. No exageraría demasiado al decir que en aquellos momentos la impresión general era que se extendía ante mí una brillante carrera.
       »Pero tenía que superar el grandísimo obstáculo de la falta de capital. Como comprenderán, un especialista con grandes objetivos tiene que abrir su consulta en una de las calles de Cavendish Square, lo cual supone pagar un alquiler muy alto y hacer un desembolso inicial en mobiliario. Además tiene que poder mantenerse unos años, y necesita alquilar un caballo y un coche presentables. Esto quedaba fuera de mis posibilidades, y solo me cabía esperar que en un plazo de diez años pudiera ahorrar lo suficiente para colgar en mi puerta la placa de especialista. Sin embargo, un incidente inesperado me abrió nuevas posibilidades.
       »Recibí la visita de un caballero llamado Blessington, completamente desconocido para mí. Apareció una mañana en mi alojamiento y fue directo al grano.
       »—¿Es usted el Percy Trevelyan que cursó una carrera brillante y que ha ganado recientemente un gran premio? —me preguntó.
       »Asentí.
       »—Contésteme con franqueza —prosiguió—, porque creo que redundará en su propio beneficio. Posee usted la inteligencia que lleva a un hombre a conseguir el éxito, ¿tiene asimismo el carácter adecuado?
       »No pude evitar una sonrisa ante una pregunta tan abrupta.
       »—Confío en que sí —respondí.
       »—¿Alguna mala costumbre? ¿No beberá usted en exceso?
       »—¡Por favor, señor mío!
       »—Bien, bien. Esto está muy bien. Pero tenía que preguntárselo. Y, con todas estas cualidades, ¿por qué no está usted ejerciendo?
       »Me encogí de hombros.
       »—Vamos, vamos —dijo con cierta prepotencia—. Es la historia de siempre. Tiene más capital en el cerebro que en el bolsillo, ¿verdad? ¿Qué diría si yo le propusiera abrirle un consultorio en Brook Street?
       »Le miré estupefacto.
       »—¡Oh, es por mi propio bien más que por el suyo! —exclamó—. Seré franco con usted, y, si le conviene lo que yo le propongo, a mí también me convendrá. Tengo unos miles de libras para invertir, y creo que voy a invertirlas en usted.
       »—Pero ¿por qué? —balbuceé.
       »—Es una simple especulación financiera y creo que más segura que muchas otras.
       »—¿Y qué tendría que hacer yo?
       »—Se lo diré. Yo alquilo la casa, la amueblo, contrato el servicio y lo organizo todo. Lo único que usted tiene que hacer es desgastar el sillón de la consulta. Le proporcionaré dinero de bolsillo y cuanto necesite. Usted me dará a mí tres cuartas partes de lo que ingrese y se quedará con la cuarta parte restante.
       »Esta fue la extraña propuesta con que se presentó aquel hombre. No voy a aburrirle con los detalles de la negociación, que concluyó con mi traslado a la nueva casa y con la apertura de mi consulta de acuerdo con las condiciones que él había propuesto. El señor Blessington se vino a vivir conmigo, en calidad de paciente interno. Tenía el corazón débil y necesitaba una atención médica constante. Convirtió las dos mejores habitaciones del primer piso en su dormitorio y su sala de estar. Era un hombre de costumbres extrañas. Evitaba el contacto con la gente y no salía casi nunca. Llevaba una vida irregular, pero en un aspecto era la regularidad personificada. Todas las noches, a la misma hora, entraba en mi despacho, examinaba los libros, dejaba cinco chelines y tres peniques por cada guinea que yo había ganado, y se llevaba el resto a la caja fuerte de su habitación.
       »Puedo afirmar con certeza que nunca tuvo motivos para arrepentirse de su inversión. Fue un éxito desde el principio. Algunos casos acertados y la reputación que yo me había ganado en el hospital me llevaron rápidamente a la cima, y estos últimos años le he convertido en un hombre rico.
       »Esto es cuanto puedo decirle, señor Holmes, respecto a mi historia pasada y a mis relaciones con el señor Blessington. Solo me resta explicar lo que me ha traído aquí esta noche.
       »Hace unas semanas, el señor Blessington bajó a hablar conmigo en un estado, me pareció, de extrema agitación. Comentó que se había cometido un robo en el West End, y recuerdo que parecía exageradamente preocupado por ello. Llegó a decir que no podíamos dejar pasar ni un día sin añadir cerrojos más sólidos en todas las puertas y ventanas. Siguió durante una semana en ese peculiar estado de ansiedad, acechando constantemente por las ventanas y renunciando al breve paseo que solía preludiar su cena. Deduje de su actitud que estaba aterrorizado por algo o por alguien, pero, cuando le interrogué al respecto, se puso tan agresivo que me vi obligado a abandonar el tema. Gradualmente, con el paso del tiempo, pareció que se desvanecían sus temores, y estaba reanudando sus antiguas costumbres, cuando un nuevo acontecimiento le redujo al lamentable estado de postración en que ahora se encuentra.
       »Esto fue lo sucedido. Hace dos días recibí la carta que voy a leerle. No lleva fecha ni remitente y dice lo siguiente:

    A un aristócrata ruso que ahora reside en Inglaterra le encantaría contar con los servicios profesionales del doctor Percy Trevelyan. Padece desde hace varios años ataques de catalepsia, en los que el doctor Trevelyan es una notoria autoridad. Si es una hora conveniente para el doctor, este caballero le visitaría en su consulta mañana a las seis y cuarto de la tarde.

       »Esta carta me interesó muchísimo, porque la principal dificultad en el estudio de la catalepsia radica en lo poco frecuente de la enfermedad. Comprenderá, pues, que yo estaba en mi despacho cuando, a la hora indicada, mi ayudante hizo pasar al paciente.
       »Era un hombre mayor, delgado, discreto y normal. Su aspecto no correspondía al que uno espera encontrar en un aristócrata ruso. Me asombró más su acompañante. Un individuo alto y joven, sorprendentemente apuesto, con un rostro oscuro y agresivo, y las extremidades y el pecho de un Hércules. Sostenía al otro por el brazo cuando entraron, y le ayudó a sentarse con una ternura que no hubiera esperado de un hombre con semejante aspecto.
       »—Disculpe que yo entre en su despacho, doctor —dijo en un inglés con acento extranjero—. Se trata de mi padre y su salud tiene una importancia extrema para mí.
       »Me conmovió esta ansiedad filial.
       »—Tal vez desee seguir aquí durante la visita —le propuse.
       »—¡De ningún modo! —exclamó con un gesto de horror—. Esto es más doloroso para mí de lo que pueda imaginar. Si tuviera que ver a mi padre en uno de esos terribles ataques, estoy seguro de que no lo soportaría. Mi propio sistema nervioso es muy sensible. Con su permiso, me quedaré en la sala de espera mientras usted examina a mi padre.
       »Por supuesto, asentí, y el joven salió del despacho. El paciente y yo pasamos a hablar de su caso, y fui tomando un montón de notas. No era muy inteligente, y me daba a menudo respuestas algo confusas, cosa que atribuí a su limitado conocimiento de nuestro idioma. De repente, mientras yo estaba escribiendo, dejó de responder a mis preguntas y, al volverme hacia él, me sorprendió verle erguido como un palo en la silla y mirándome con una expresión rígida y vacía. Estaba sufriendo un ataque de esa misteriosa enfermedad.
       »Mi primera reacción fue, como acabo de decir, de compasión y horror. La segunda temo que fuera de satisfacción profesional. Anoté el pulso y la temperatura de mi paciente, comprobé la rigidez de sus músculos y examiné sus reflejos. No había en todo ello nada demasiado anormal, lo cual coincidía con mis experiencias anteriores. En estos casos había conseguido buenos resultados con la inhalación de nitrato de amilo, y me pareció una excelente oportunidad para comprobar las virtudes del producto. Tenía la botella abajo, en mi laboratorio, por lo que dejé al paciente allí sentado y bajé corriendo las escaleras para ir a buscarla. Tardé un poco en dar con ella, digamos cinco minutos. ¡Imagínense mi sorpresa cuando al regresar descubrí que mi despacho estaba vacío y que mi paciente había desaparecido!
       »Por supuesto, lo primero que hice fue precipitarme a la sala de espera. También el hijo se había ido. La puerta de la calle estaba cerrada, pero no con llave. Mi ayudante, que se ocupa de hacer pasar a los pacientes, es nuevo y algo torpe. Espera abajo y sube para acompañar a los pacientes hasta la salida cuando yo toco el timbre de la consulta. No había oído nada y el asunto quedó sin aclarar. El señor Blessington regresó poco después de su paseo, pero no le comenté nada, pues, a decir verdad, he adoptado la costumbre de comunicarme con él lo menos posible.
       »Bien, pensé que nunca volvería a tener noticias del ruso y de su hijo. Imaginen mi sorpresa cuando esta tarde, a la misma hora, han entrado ambos en mi consultorio, tal como lo habían hecho el día anterior.
       »—Sé que le debo mil disculpas por mi brusca desaparición de ayer, doctor —ha dicho mi paciente.
       »—Confieso que me sorprendió mucho.
       »—La verdad es que, cuando me recupero de estos ataques, tengo una especie de nube en la mente y no logro recordar lo que ha ocurrido antes. Desperté en una habitación que me pareció desconocida, y salí hasta la calle mientras usted estaba ausente.
       »—Y yo —ha añadido el hijo—, al ver cruzar a mi padre ante la sala de espera, pensé, como es natural, que la visita había terminado. Hasta que llegamos a casa no comprendí lo que había sucedido.
       »—Bien —he dicho con una sonrisa—, no tiene importancia, aunque quedé enormemente sorprendido. Si tiene la amabilidad de pasar a la sala de espera, reanudaré la visita que ayer interrumpimos de un modo tan abrupto.
       »He estado discutiendo con el caballero durante una media hora sus síntomas y, tras extenderle una receta, le he visto marcharse del brazo de su hijo.
       »Ya le he dicho que el señor Blessington suele salir de paseo a esta hora para hacer un poco de ejercicio. Ha regresado poco después y ha subido a sus habitaciones. Enseguida ha bajado corriendo las escaleras y se ha precipitado en mi despacho con el aspecto de un hombre enloquecido de miedo.
       »—¿Quién ha entrado en mi habitación? —ha gritado.
       »—Nadie.
       »—¡Mentira! ¡Suba y véalo por sí mismo!
       »He ignorado la rudeza de su lenguaje, porque parecía que el miedo le hubiera sacado de sus casillas. Cuando he subido con él, me ha señalado varias huellas de pisadas en la alfombra de color claro.
       »—¿Pretende decir que estas huellas son mías?
       »Desde luego, pertenecían a un pie bastante más grande que el suyo, y eran recientes. Como saben, esta tarde ha llovido copiosamente, y mis pacientes eran las únicas personas que habían venido a la casa. Por lo tanto, tenía que haber sido el hombre de la sala de espera quien, por alguna razón desconocida, había subido al piso de arriba, mientras yo estaba ocupado con el otro. No había nada fuera de su lugar, ni faltaba nada, pero las pisadas demostraban que, en efecto, la intrusión era un hecho.
       »El señor Blessington parecía más trastornado por el incidente de lo que yo hubiera creído posible, aunque, por supuesto, era lo bastante alarmante como para inquietar a cualquiera. Se ha sentado en un sillón y se ha echado a llorar, y casi no he podido conseguir que dijera nada coherente. Me ha sugerido que viniera a verle a usted, y a mí me ha parecido enseguida acertado, porque el incidente es realmente peculiar, aunque él parece estar exagerando su importancia. Si tuvieran ustedes la amabilidad de regresar conmigo en el coche, conseguirían al menos calmarle un poco, aunque dudo puedan hallar una explicación a tan insólitos sucesos.
       Sherlock Holmes había escuchado esta larga historia con una atención que me indicaba que había despertado en él un vivo interés. Su rostro estaba tan impasible como siempre, pero los párpados le caían más pesadamente que de costumbre sobre los ojos, y las espirales de humo que salían de su pipa eran más densas, como enfatizando los episodios culminantes del relato del doctor. Al concluir este su historia, Holmes se levantó de un salto, sin decir palabra, me tendió mi sombrero, cogió el suyo de encima de la mesa, y seguimos al doctor Trevelyan hacia la puerta. En un cuarto de hora el cochero nos dejó ante la residencia de Brook Street, una de aquellas casas sombrías y de fachada plana típicas de los consultorios médicos del West End. Nos abrió la puerta el joven ayudante y enseguida empezamos a subir la ancha escalera alfombrada.
       Pero una singular interrupción nos obligó a detenernos. La luz que había en lo alto de la escalera se apagó de repente, y brotó de la oscuridad una voz temblorosa y aguda.
       —¡Tengo una pistola! —gritó—. ¡Les juro que dispararé si dan un paso más!
       —¡Esto es demasiado, señor Blessington! —exclamó el doctor Trevelyan.
       —¡Ah, es usted, doctor! —dijo la voz con un profundo suspiro de alivio—. Pero estos caballeros que le acompañan, ¿son de verdad lo que pretender ser?
       Fuimos conscientes de que sufríamos un detenido examen desde las sombras.
       —Sí, sí, está bien —admitió finalmente la voz—. Pueden subir. Les ruego me disculpen si mis precauciones les han molestado.
       Mientras hablaba, volvió a encender la lámpara de gas de la escalera, y nos encontramos ante un hombre de apariencia singular. Tanto su aspecto como su voz revelaban que tenía los nervios deshechos. Estaba muy gordo, pero, al parecer, en algún momento lo había estado todavía más. Porque la piel del rostro le colgaba formando bolsas, como las mejillas de un bulldog. Tenía un color enfermizo, y su fino cabello rubio parecía erizarse al unísono con la intensidad de sus emociones. Sostenía una pistola en la mano, pero se la guardó en el bolsillo cuando nos acercamos.
       —Buenas noches, señor Holmes —dijo—. Le agradezco muchísimo que haya tenido la amabilidad de venir. Nadie ha necesitado nunca su ayuda tanto como yo. Supongo que el doctor Trevelyan ya le habrá explicado la intolerable intrusión de que fui víctima. ¿No es así?
       —Así es —admitió Holmes—. ¿Quiénes son esos dos hombres, señor Blessington, y por qué desean molestarle?
       —Bueno, bueno —respondió el paciente interno con cierto nerviosismo—. No es fácil decirlo. No espere que yo responda a su pregunta, señor Holmes.
       —¿Quiere decir que no lo sabe?
       —Pasen, por favor. Les ruego que entren. Nos condujo hasta su habitación, que era amplia y estaba cómodamente amueblada.
       —Miren esto —dijo, señalando una gran caja negra situada a la cabecera de su cama—. Nunca he sido un hombre rico, señor Holmes. Solo he hecho una inversión en toda mi vida, como les puede confirmar el doctor Trevelyan. Pero no creo en los banqueros. Nunca me fiaría de un banquero, señor Holmes. Entre nosotros, lo poco que poseo está en esta caja; comprenderá, pues, lo que significa para mí que unos desconocidos consigan introducirse en mi habitación.
       Holmes miró a Blessington con expresión inquisitiva, y sacudió la cabeza.
       —No puedo ayudarle, si usted pretende engañarme —dijo.
       —¡Pero si se lo he dicho todo!
       Holmes, con una expresión de desagrado en el rostro, dio media vuelta.
       —Buenas noches, doctor Trevelyan.
       —¿Y no me aconseja nada? —exclamó Blessington con voz rota.
       —Le aconsejo que diga la verdad.
       Un minuto más tarde estábamos en la calle, camino de nuestra casa. Habíamos recorrido Oxford Street y la mitad de Harley Street, sin que yo hubiera conseguido arrancarle ni una sola palabra a mi amigo.
       —Siento haberle hecho salir de casa para un asunto tan absurdo, Watson —dijo por fin—. De todos modos, no deja de ser, en el fondo, un caso interesante.
       —No tengo la menor idea de lo que ocurre —confesé.
       —Bien, es evidente que hay dos hombres, quizá más, pero dos al menos, que por algún motivo están decididos a hacer algún daño al tal Blessington. No me cabe la menor duda de que tanto en la primera como en la segunda ocasión aquel hombre entró en su cuarto, mientras el cómplice impedía, mediante una ingeniosa estratagema, que el doctor pudiese interferir.
       —¿Y la catalepsia?
       —Fingida, Watson, aunque no me atrevería a decírselo a nuestro especialista. Es una enfermedad bastante fácil de imitar. Yo mismo lo he hecho en alguna ocasión.
       —¿Y?
       —Casualmente, Blessington estaba fuera en ambas ocasiones. El motivo para que eligieran una hora tan poco habitual para la consulta era obviamente asegurarse de que no habría otros pacientes en la sala de espera. Pero aquella hora coincide con el paseo habitual de Blessington, lo cual demuestra que no conocían bien sus costumbres. Por supuesto, si su propósito hubiera sido simplemente el robo, hubieran hecho algún intento de encontrar algo. Además, cuando un hombre teme por su piel, lo leo en sus ojos. Es inconcebible que este individuo se haya creado tan vengativos enemigos sin darse cuenta. Por lo tanto, creo firmemente que sabe quiénes son estos dos hombres, y que, por algún motivo, no quiere decirlo. Tal vez mañana se muestre más comunicativo.
       —¿No cabría otra explicación —sugerí—, sin duda grotesca e improbable, pero con todo concebible? ¿No podría ser la historia del ruso cataléptico y de su hijo una invención del doctor Trevelyan, que estuvo, para sus propios fines, en las habitaciones de Blessington?
       A la luz de las farolas de gas, advertí que Holmes sonreía divertido ante mi sugerencia.
       —Amigo mío —dijo—, fue una de las primeras soluciones que se me ocurrieron, pero pronto pude comprobar la veracidad de la historia del doctor. Aquel joven dejó unas huellas en la alfombra de la escalera, y era superfluo pedir que me enseñaran las que había dejado en la habitación. Si le digo que sus zapatos eran de punta cuadrada y no puntiaguda como los de Blessington, y una pulgada y dos tercios más largos que los del doctor, reconocerá que no cabe duda alguna de que se trata de otra persona. Pero, por el momento, podemos aparcar el asunto e irnos a dormir, porque me sorprendería no recibir mañana por la mañana nuevas noticias de Brook Street.
       La profecía de Sherlock Holmes se cumplió puntualmente y de un modo dramático. A las siete y media de la mañana del día siguiente, justo al despuntar el alba, le vi de pie y en batín junto a mi cama.
       —Hay una berlina esperándonos, Watson —me dijo.
       —¿Qué sucede?
       —El asunto de Brook Street.
       —¿Alguna novedad?
       —Trágica, pero ambigua —dijo él, mientras subía la persiana—. Mire esto. —Era la hoja de un cuaderno de notas en la que, garabateado a lápiz, se leía: «Por el amor de Dios, venga enseguida. P. T.»—. Nuestro amigo el doctor tenía que estar en apuros cuando escribió esto. Vamos, querido amigo, porque es una llamada de emergencia.
       Aproximadamente un cuarto de hora más tarde estábamos de nuevo en casa del médico. Salió corriendo a nuestro encuentro, con el horror reflejado en el rostro.
       —¡Ha sido horrible! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza.
       —¿Qué ha pasado?
       —¡Blessington se ha suicidado!
       Holmes emitió un silbido.
       —Sí, se ha ahorcado durante la noche.
       Habíamos entrado en la casa, y el doctor nos condujo a lo que era evidentemente su sala de espera.
       —De veras que casi no sé lo que hago —exclamó—. La policía ya está arriba. Estoy terriblemente trastornado.
       —¿Cuándo lo han descubierto?
       —Todas las mañanas pide que le suban una taza de té. Cuando entró la doncella esta mañana, a eso de las siete, el desdichado estaba colgado en medio de la habitación. Había atado una cuerda al gancho del que pende la pesada lámpara, y había saltado desde la misma caja que nos mostró ayer.
       Holmes permaneció inmóvil durante unos momentos, sumido en profundos pensamientos.
       —Con su permiso —dijo por fin—, me gustaría subir y echar un vistazo.
       Subimos los dos seguidos por el médico.
       La escena que vimos al cruzar el umbral de la habitación era espantosa. Ya he hablado de la impresión de flaccidez que producía Blessington. Colgado del gancho, esta impresión se intensificaba, hasta el punto de que su apariencia casi dejaba de ser humana. El cuello se había estirado como el de un pollo desplumado, y el resto del cuerpo parecía, por contraste, aún más obeso y deforme. Solo llevaba un largo camisón, del que surgían unos tobillos hinchados y unos pies deformes. De pie junto a él, un inspector de policía con aspecto avispado tomaba notas en su libreta.
       —¡Ah, señor Holmes —dijo calurosamente al entrar mi amigo—, estoy encantado de verle por aquí!
       —Buenos días, Lanner —contestó Holmes—. Espero que no me considere usted un intruso. ¿Le han contado todo lo que ha ocurrido antes de llegar a esto?
       —Sí. Algo me han dicho.
       —¿Se ha formado una opinión al respecto?
       —Por lo que veo, el miedo hizo que este hombre perdiera la razón. Ha dormido en su cama. Observe la huella, muy profunda, que ha dejado su cuerpo. Ya sabe que las cinco de la mañana es la hora más frecuente para los suicidios. Debió ahorcarse hacia esta hora. Parece haber sido algo bastante deliberado.
       —A juzgar por la rigidez de los músculos —intervine—, diría que lleva muerto unas tres horas.
       —¿Ha advertido algo peculiar en la habitación? —preguntó Holmes.
       —Hemos encontrado un destornillador y unos tornillos en el lavabo. También parece que fumó mucho durante la noche. Aquí tiene cuatro colillas de cigarros que he encontrado en la chimenea.
       —Hum… ¿Ha encontrado su boquilla?
       —No, no he visto ninguna boquilla.
       —¿Y su pitillera?
       —Estaba en el bolsillo de su levita.
       Holmes la abrió y olió el único cigarro que quedaba en ella.
       —Oh, se trata de un habano, y los otros son esos cigarros que importan los holandeses de sus colonias de las Indias Orientales. Suelen venir envueltos en paja, y son más delgados, respecto a su longitud, que los de cualquier otra marca.
       Cogió las cuatro colillas y las examinó con su lupa.
       —Dos han sido fumados con boquilla, y dos sin ella. Dos han sido cortados con un cuchillo poco afilado, y los otros dos tienen marcas de haber sido mordidos por alguien de excelente dentadura. Esto no es un suicidio, señor Lanner. Se trata de un asesinato impecablemente planificado y realizado a sangre fría.
       —¡Imposible! —gritó el inspector.
       —¿Por qué?
       —¿Por qué iba alguien a asesinar a un hombre de una forma tan torpe?
       —Esto es exactamente lo que tenemos que averiguar.
       —¿Cómo entraron?
       —Por la puerta principal.
       —Esta mañana estaba cerrada con llave por dentro.
       —Pues la cerraron después de que ellos se fueran.
       —¿Cómo lo sabe?
       —Vi las huellas. Si me disculpan un momento, quizá pueda darles más información.
       Se encaminó hacia la puerta, accionó la cerradura y la examinó metódicamente, como en él era habitual. Después extrajo la llave, que estaba metida por dentro, y también la examinó. Lo mismo hizo con la cama, la alfombra, las sillas, la repisa de la chimenea, el cuerpo del difunto y la cuerda. Hasta que por fin se dio por satisfecho y, con mi ayuda y la del inspector, descolgó el cadáver y lo cubrió respetuosamente con una sábana.
       —¿Qué me dice de la cuerda? —preguntó.
       —La han cortado de aquí —respondió el doctor Trevelyan, sacando un gran rollo de debajo de la cama—. Tenía un miedo patológico al fuego, y siempre conservaba este rollo de cuerda a su lado, para poder escapar por la ventana en el caso de que ardiera la escalera.
       —Esto habrá facilitado su tarea —dijo Holmes, pensativo—. Bien, los hechos en sí son bastantes simples, y me sorprendería no poder proporcionarles también esta tarde los motivos que los han provocado. Me llevaré la fotografía de Blessington que está junto a la repisa de la chimenea, pues puede serme útil en mis averiguaciones.
       —¡Pero no nos ha dicho usted nada! —protestó el doctor.
       —Oh, no cabe duda en lo que se refiere a la secuencia de acontecimientos —dijo Holmes—. Han intervenido tres individuos: el hombre joven, el hombre mayor y un tercer hombre cuya identidad todavía desconozco. Huelga decir que los dos primeros son los mismos que se hicieron pasar por el aristócrata ruso y por su hijo, con lo cual disponemos de una descripción de ellos bastante completa. Entraron en la casa con la ayuda de un cómplice. Si me permite un consejo, inspector, yo arrestaría inmediatamente al ayudante, que, según tengo entendido, lleva muy poco tiempo al servicio del doctor.
       —No hemos conseguido dar con ese granujilla —dijo el doctor Trevelyan—. La doncella y la cocinera lo han estado buscando por todas partes.
       Holmes se encogió de hombros.
       —Ha desempeñado un papel de cierta importancia en este drama —dijo—. Los tres hombres subieron la escalera de puntillas. El más viejo, primero; el joven, detrás, y el desconocido en último lugar…
       —¡Querido Holmes! —le interrumpí.
       —Oh, la superposición de las huellas no deja lugar a dudas. Tenía la ventaja de que ayer por la noche identifiqué a quién pertenecía cada una. Subieron, pues, a la habitación del señor Blessington, cuya puerta encontraron cerrada con llave. Pero, con la ayuda de un alambre, consiguieron hacer girar la llave. Incluso sin lupa pueden distinguirse las señales del lugar en que presionaron.
       »Lo primero que hicieron al entrar en la habitación fue amordazar al señor Blessington. Tal vez estuviese dormido, o tal vez quedó tan paralizado de terror que fue incapaz de gritar. Estas paredes son muy gruesas, y es posible que su chillido, si tuvo tiempo de lanzar alguno, no fuese oído por nadie.
       »Tras inmovilizado, es evidente que tuvo lugar algún tipo de deliberación. Probablemente fue algo parecido a un proceso judicial. Debió durar un buen rato, porque fue entonces cuando se fumaron estos cigarros. El viejo se sentó en la silla de mimbre y fue él quien utilizó la boquilla. El joven se sentó por allí, y se le cayó un poco de ceniza en el arcón. El tercer individuo estuvo paseando arriba y abajo por la habitación. Creo que Blessington estaba sentado en la cama, pero de esto no puedo estar absolutamente seguro.
       »Bueno, todo concluyó cogiendo a Blessington y ahorcándolo. Tenían el crimen tan bien planeado que trajeron seguramente con ellos una especie de polea para que les sirviera de horca. El destornillador y los tornillos estaban destinados a su montaje. Sin embargo, al ver el gancho de la lámpara, decidieron evitarse este trabajo. Una vez terminado su cometido, se marcharon, y su cómplice cerró la puerta tras ellos.
       Todos habíamos escuchado con profundo interés este esbozo de lo ocurrido la noche anterior, deducido por Holmes a partir de indicios tan nimios y sutiles que, incluso después de señalárnoslos, apenas podíamos seguir sus razonamientos. El inspector se marchó inmediatamente para dar con el paradero del ayudante, mientras Holmes y yo regresábamos a Baker Street para desayunar.
       —Volveré a las tres —dijo, cuando terminamos de comer—. El inspector y el doctor se reunirán aquí conmigo a esta hora, y espero haber aclarado para entonces todos los puntos oscuros que todavía pueda presentar el caso.
       Nuestros visitantes llegaron a la hora indicada, pero mi amigo no apareció hasta las cuatro menos cuarto. Supe, sin embargo, por la expresión de su rostro, que todo había salido a pedir de boca.
       —¿Alguna novedad, inspector?
       —Hemos dado con el muchacho, señor.
       —Espléndido. Yo he dado con los dos hombres.
       —¿Los ha atrapado? —exclamamos al unísono los tres.
       —Al menos sé quiénes son. El que se hace llamar Blessington es, como yo imaginaba, muy conocido en la jefatura de policía, y también lo son sus agresores. Sus nombres son Biddle, Hayward y Moffat.
       —¡La banda del Worthingdon Bank! —exclamó el inspector.
       —Exacto —dijo Holmes.
       —En tal caso, Blessington debía ser Sutton.
       —Así es.
       —Esto lo deja todo claro como el agua —aseguró el inspector.
       Pero Trevelyan y yo nos miramos perplejos.
       —Posiblemente recordarán ustedes el asunto del Worthingdon Bank —nos explicó Holmes—. Había cinco hombres implicados, estos cuatro y un quinto individuo llamado Cartwright. Asesinaron a Tobin, el vigilante, y los ladrones huyeron con siete mil libras. Esto ocurrió en 1875. Los detuvieron a los cinco, pero las pruebas contra ellos no eran concluyentes. Entonces el tal Blessington, o Sutton, que era el peor de la banda, se hizo confidente de la policía. Y, a causa de su declaración, Cartwright fue condenado a la horca y los otros a quince años de prisión. Cuando hace unos días quedaron en libertad, unos años antes de cumplir entera la condena, se dispusieron, como han visto ustedes, a dar caza al delator y a vengar la muerte de su compañero. Intentaron atraparle dos veces, y fracasaron. Pero a la tercera tuvieron éxito. ¿Hay algo más que yo pueda explicarle, doctor Trevelyan?
       —Creo que lo ha dejado todo muy claro —dijo el doctor—. No cabe duda de que el día que estaba tan inquieto fue el día que leyó en el periódico que sus enemigos habían quedado en libertad.
       —Así es. Su supuesto miedo a los robos no era más que un pretexto.
       —Pero ¿por qué no se lo contó todo a usted?
       —Bien, amigo mío, conociendo el vengativo carácter de sus antiguos socios, pretendía ocultar a todo el mundo, mientras pudiera, su identidad. Además, su secreto era vergonzoso y no se resignaba a divulgarlo. Pero, por muy miserable que fuera este individuo, seguía viviendo bajo la protección de la ley británica, y no dudo, inspector, que usted convendrá conmigo en que, a pesar de que esta protección haya fracasado, la espada de la justicia sigue ahí para vengarle.
       Estas fueron las singulares circunstancias relacionadas con el paciente interno y el médico de Brook Street. Desde aquella noche la policía no ha vuelto a tener noticia de los tres asesinos, y en Scotland Yard se supone que figuraban entre los pasajeros del desdichado Norah Creina, que desapareció hace unos años con todos sus ocupantes junto a las costas portuguesas, unas millas al norte de Oporto. El proceso contra el ayudante se desestimó por falta de pruebas, y el «Misterio de Brook Street», como fue bautizado el caso, no ha aparecido hasta ahora extensamente en ningún medio de comunicación accesible al público.



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