Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura del aristócrata solterón (1892)
(“The Adventure of the Noble Bachelor”)
Originalmente publicado en The Courier-Journal, Louisville (12 de marzo 1892);
re-impreso en The Strand Magazine (abril 1892);
The Adventures of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1892, 307 págs.)



      Hace ya mucho tiempo que el matrimonio de lord Saint Simon y su curioso desenlace han dejado de ser tema de interés en los selectos círculos donde se mueve el infortunado novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado, y los detalles picantes de estos últimos han acaparado las habladurías y las han desviado de un drama que cuenta ya cuatro años de antigüedad. Sin embargo, como tengo razones para creer que la totalidad de los hechos no se ha revelado nunca al gran público, y dado que mi amigo Sherlock Holmes desempeñó un papel importante en el esclarecimiento del caso, considero que sus memorias no estarían completas si no incluyeran un breve esbozo de tan notable episodio.
       Pocas semanas antes de mi propia boda, cuando aún compartía con Holmes las habitaciones de Baker Street, mi amigo encontró, al regresar de un paseo, una carta aguardándole encima de la mesa. Yo me había quedado en casa todo el día, porque el tiempo se había puesto repentinamente lluvioso, con fuertes vientos otoñales, y la bala que me había traído alojada en el cuerpo como recuerdo de mi campaña en Afganistán palpitaba con molesta persistencia. Con el tronco apoltronado en un asiento y las piernas reposando en otro, me había rodeado de una nube de periódicos, hasta que, saturado de noticias, los hice a un lado y quedé postrado e inerte, contemplado el escudo y las iniciales del sobre que había encima de la mesa, y preguntándome perezosamente quién sería el aristocrático corresponsal de mi amigo.
       —Tiene usted una carta de lo más elegante —le comenté en cuanto entró—. Si no recuerdo mal, las de esta mañana procedían de un pescadero y de un empleado de aduanas.
       —Sí, mi correspondencia tiene el encanto de la variedad —respondió Holmes con una sonrisa—. Y, por lo general, las cartas más humildes son las más interesantes. Esta parece una de esas odiosas invitaciones sociales que le obligan a uno a aburrirse como una ostra o a disculparse mintiendo como un bellaco.
       Rompió el lacre y echó un vistazo al contenido del sobre.
       —¡Vaya! ¡Puede que, a fin de cuentas, esto resulte interesante!
       —¿Ningún acto social, pues?
       —No, algo estrictamente profesional.
       —¿De un cliente noble?
       —De los más nobles de Inglaterra.
       —Amigo mío, le felicito.
       —Le aseguro, Watson, sin la menor afectación, que la categoría de un cliente me importa mucho menos que el interés que ofrece su caso. Pero es posible que esta nueva investigación no carezca de él. Ha leído usted con atención los últimos periódicos, ¿no es cierto?
       —Eso parece —dije melancólicamente, señalando la enorme cantidad de ellos que se amontonaban en un rincón—. No tenía otra cosa mejor que hacer.
       —Es una suerte, porque quizá pueda ponerme a mí al corriente. Yo solo leo los sucesos y los anuncios de personas desaparecidas. Estos últimos son siempre instructivos. Pero, si usted ha seguido de cerca los recientes acontecimientos, habrá leído algo acerca de lord Saint Simon y su boda.
       —Oh, sí, con el mayor interés.
       —Estupendo. La carta que tengo entre las manos es de él. Se la voy a leer, y usted a cambio revisará esos periódicos y me enseñará lo que guarda relación con el asunto. He aquí lo que dice la carta:

     Estimado señor Sherlock Holmes:
     Lord Backwater me ha asegurado que puedo confiar plenamente en su juicio y en su discreción. Por lo tanto, he decidido visitarle y recabar su opinión respecto al penosísimo suceso acaecido en mi boda. El señor Lestrade, de Scotland Yard, se encuentra ya trabajando en el caso, pero me asegura que no hay inconveniente ninguno en que usted colabore, e incluso cree que dicha colaboración puede resultar de alguna ayuda. Pasaré por su casa a las cuatro de la tarde, y le agradecería que aplazase cualquier otro compromiso que pudiera tener a esta misma hora, ya que el asunto es de trascendental importancia.
     Su afectísimo,

SAINT SIMON

       —Fue escrita en Grosvenor Mansions, con pluma de ave, y el noble señor ha tenido la desgracia de mancharse de tinta la parte exterior del meñique derecho —comentó Holmes, volviendo a doblar la carta.
       —Dice a las cuatro y ahora son las tres. Le tendremos aquí dentro de una hora.
       —En tal caso dispongo del tiempo justo, contando con su ayuda, para ponerme al corriente de la situación. Revise esos periódicos y ordene los artículos por fechas, mientras yo averiguo quién es nuestro cliente.
       Extrajo un volumen de tapas rojas de una hilera de libros de referencia que había junto a la repisa de la chimenea.
       —Aquí está —dijo, sentándose y abriéndolo sobre sus rodillas—. «Lord Robert Walsingham de Vere Saint Simon, segundo hijo del duque de Balmoral»… ¡Hum! Escudo: campo de azur con tres abrojos en jefe sobre sable en banda. Nacido en 1846. Tiene, pues, cuarenta y un años, edad bastante madura para casarse. Fue subsecretario de Colonias en una administración anterior. El duque, su padre, ocupó durante un tiempo el ministerio de Asuntos Exteriores. Tiene sangre de los Plantagenet por vía directa y de los Tudor por vía materna. ¡Ajá! Bien, no veo nada aquí que resulte interesante. Creo que dependo de usted, Watson, para obtener algo más sustancioso.
       —Me resultará muy fácil encontrar lo que busco —dije—, porque los hechos son recientes y el caso me llamó bastante la atención. Sin embargo, no me atreví a hablarle del tema, porque sabía que tenía una investigación entre manos y no le gusta que se entremezclen otras cuestiones.
       —Ah, se refiere usted al insignificante problemilla del furgón de mudanzas de Grosvenor Square. Eso ya está aclarado de sobra, aunque de hecho era evidente desde un principio. Por favor, deme los resultados de su selección de prensa.
       —Aquí está la primera noticia que he podido encontrar. Aparece en la columna de notas de sociedad del Morning Post y, como ve, lleva fecha de hace unas semanas. «Se ha concertado un matrimonio», dice, «que si los rumores son ciertos, tendrá lugar en breve, entre lord Robert Saint Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hatty Doran, hija única de Aloysius Doran, de San Francisco, California, Estados Unidos». Esto es todo.
       —Escueto y conciso —comentó Holmes, extendiendo hacia el fuego sus largas y delgadas piernas.
       —En las notas de sociedad de la misma semana aparece un párrafo que amplía lo anterior. ¡Ah, aquí lo tengo!

     Pronto será imprescindible establecer medidas proteccionistas en el mercado matrimonial, en vista de que el principio de libre comercio parece perjudicar decididamente nuestro producto nacional.
     Una tras otra, las grandes casas nobiliarias de Gran Bretaña van cayendo en manos de nuestras bellas primas de allende el Atlántico. Durante la última semana se ha sumado otro importante galardón a la lista de premios obtenidos por tan encantadoras invasoras. Lord Saint Simon, que durante más de veinte años se había mostrado inmune a las flechas del travieso diosecillo, ha anunciado oficialmente su próximo enlace con la señorita Hatty Doran, fascinante hija de un millonario californiano. La señorita Doran, cuya grácil figura y hermoso rostro llamaron poderosamente la atención en las fiestas de Westbury House, es hija única y se rumorea que su dote supera en mucho las seis cifras, con expectativas para el futuro. Si tenemos en cuenta que es un secreto a voces que el duque de Balmoral se ha visto forzado a vender su colección de pintura en los últimos años, y que lord Saint Simon carece de propiedades, exceptuando la pequeña finca de Birchmoor, parece evidente que la heredera californiana no es la única que sale beneficiada de una alianza que le permite realizar la sencilla y habitual transición de dama republicana a aristócrata británica.

       —¿Algo más? —preguntó Holmes con un bostezo.
       —Oh, sí, mucho más. Hay otra nota en el Morning Post, donde dice que la boda será un acto absolutamente privado, que se celebrará en Saint George, en Hanover Square, que solo se invitará a media docena de amigos íntimos y que luego todos se trasladarán a la casa adquirida en Lancaster Gate por el señor Aloysius Doran. Dos días más tarde… es decir, el miércoles pasado, aparece la breve noticia de que la boda ha tenido lugar y de que los novios están pasando la luna de miel en casa de los Backwater, cerca de Petersfield. Estas son todas las noticias que se publicaron antes de la desaparición de la novia.
       —¿Antes de qué? —preguntó Holmes con un sobresalto.
       —De la desaparición de la dama.
       —¿Y cuándo desapareció?
       —Durante el banquete de boda.
       —¡Vaya! Esto se está poniendo más interesante de lo que prometía, y, de hecho, bastante teatral.
       —Sí, me pareció que se salía de lo corriente.
       —Muchas novias desaparecen antes de la ceremonia, y una que otra durante la luna de miel, pero no recuerdo que ninguna lo hiciera de modo tan precipitado. Por favor, deme detalles.
       —Le advierto que son muy incompletos.
       —Quizá podamos lograr que lo sean menos.
       —Lo poco que se sabe figura en un único artículo publicado ayer por la mañana. Voy a leérselo. Se titula: «Extraño incidente en una boda de alto copete».

    La familia de lord Robert Saint Simon ha quedado sumida en la mayor consternación ante los extraños y penosos sucesos relacionados con su boda. La ceremonia, tal como comunicaba brevemente la prensa de ayer, se había celebrado el día anterior, pero hasta hoy no ha sido posible confirmar los extraños rumores que circulaban de forma insistente. Pese a los esfuerzos de los amigos por silenciar el suceso, este ha atraído hasta tal punto la atención del público, que no serviría de nada fingir desconocer un tema que está en boca de todos.
     La ceremonia, que tuvo lugar en la iglesia de Saint George, de Hanover Square, se celebró en privado, y asistieron solo el padre de la novia, Aloysius Doran, la duquesa de Balmoral, lord Backwater, lord Eustace y lady Clara Saint Simon —hermano y hermana menores del novio—, y lady Alice Whittington. A continuación, el cortejo se trasladó a la casa del señor Aloysius Doran, en Lancaster Gate, donde se había dispuesto el banquete. Al parecer se produjo allí un pequeño incidente provocado por una mujer, cuyo nombre no se ha podido confirmar, que intentó introducirse por la fuerza en la casa tras el cortejo nupcial, alegando que tenía que presentar cierta reclamación a lord Saint Simon. Tras una bochornosa y prolongada escena, el mayordomo y un criado lograron echarla de allí. La novia, que afortunadamente había entrado en la casa antes de tan desagradable interrupción, se había sentado a almorzar con los demás, pero se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su alcoba. Dado que lo prolongado de su ausencia comenzaba a provocar comentarios, su padre fue a buscarla. La doncella le dijo que su hija había entrado solo un momento en la habitación para coger un abrigo y un sombrero y que después había desaparecido corriendo por el pasillo. Uno de los criados declaró haber visto salir de la casa a una señora cuya vestimenta respondía a esta descripción, pero que no había creído que pudiera ser la novia, convencido como estaba de que esta se encontraba con los invitados. Al comprobar que su hija había desaparecido, el señor Aloysius Doran, acompañando por el novio, se puso inmediatamente en contacto con la policía, y en la actualidad se están llevando a cabo intensas investigaciones, que no tardarán probablemente en esclarecer tan misteriosa cuestión. No obstante, a últimas horas de la pasada noche todavía no se sabía nada acerca del paradero de la dama desaparecida. Se han desatado mil rumores, y se dice que la policía ha arrestado a la mujer que provocó aquel incidente, y que, por celos o por algún otro motivo, puede estar implicada en la misteriosa desaparición de la novia.

       —¿Eso es todo?
       —Hay solo una nota breve en otro periódico de la mañana, pero tiene su interés.
       —¿Qué dice?
       —Dice que la señorita Flora Millar, la dama que provocó el incidente, ha sido, en efecto, detenida. Parece que fue hace tiempo danseuse del Allegro y que conocía al novio desde hace muchos años. No hay más detalles, y en este punto llega el caso a sus manos… Al menos, según lo que ha expuesto la prensa.
       —Y parece tratarse de un caso extremadamente interesante. No me lo perdería por nada del mundo. Pero llaman a la puerta, Watson, y, dado que el reloj marca pocos minutos después de las cuatro, no me cabe duda de que aquí llega nuestro aristocrático cliente. No se le ocurra marcharse, Watson, porque prefiero disponer de un testigo, para reafirmar mi propia memoria.
       —Lord Robert Saint Simon —anunció nuestro botones, abriendo la puerta de par en par.
       Entró un caballero de aspecto agradable, expresión altiva y rostro pálido, tal vez con cierta petulancia en el rictus de la boca, y con la mirada directa y segura de quien ha tenido la fortuna de nacer para mandar y ser obedecido. Aunque sus movimientos eran vivos, parecía mayor de la edad que tenía, porque iba ligeramente encorvado y doblaba un poco las rodillas al andar. Además, cuando se quitó el sombrero de ala curvada, vimos que su cabello era gris a los lados y empezaba a clarear en la coronilla. En cuanto a su indumentaria, era exquisita hasta rayar en la afectación: cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes amarillos, polainas de color claro y zapatos de charol. Avanzó despacio por la habitación, volviendo la cabeza a uno y otro lado, y balanceando en la mano derecha un cordón del que colgaban sus gafas de montura de oro.
       —Buenas tardes, lord Saint Simon —dijo Holmes, levantándose y haciendo una inclinación—. Por favor, siéntese en la butaca de mimbre. Le presento a mi amigo y colaborador, el doctor Watson. Acérquese un poco al fuego y discutiremos su problema.
       —Un problema extremadamente doloroso para mí, como puede usted imaginar, señor Holmes. Me ha herido en lo más vivo. Tengo entendido, señor, que usted ha intervenido en otros casos delicados, similares a este, aunque presumo que no afectarían a personas de la misma clase social.
       —No. De hecho sigo una línea descendente.
       —¿Cómo?
       —Mi último cliente de esta índole fue un rey.
       —¿De veras? No lo sabía. ¿Y qué rey era?
       —El rey de Escandinavia.
       —¿También había desaparecido su esposa?
       —Como usted comprenderá —dijo Holmes suavemente—, aplico a los asuntos de mis otros clientes la misma reserva que le prometo aplicar a los suyos.
       —¡Naturalmente! ¡Tiene usted razón! Le pido mil perdones. En cuanto a mi caso, vengo dispuesto a proporcionar toda la información que pueda ayudarle a formarse una opinión.
       —Gracias. Estoy informado de lo que ha publicado la prensa, pero no sé nada más. Supongo que puedo considerarlo veraz. Vea, por ejemplo, este artículo sobre la desaparición de la novia.
       Lord Saint Simon le echó un vistazo.
       —Sí, lo que dice se ajusta bastante a la verdad.
       —Sin embargo, es preciso disponer de mucha información complementaria para poder adelantar una opinión. Creo que el modo más fácil de conocer los hechos sería plantearle unas preguntas.
       —Adelante.
       —¿Cuándo conoció usted a la señorita Hatty Doran?
       —Hace un año, en San Francisco.
       —¿Estaba usted de viaje por Estados Unidos?
       —Sí.
       —¿Fue entonces cuando se prometieron?
       —No.
       —Pero ¿su relación era amistosa?
       —Me divertía su compañía, y ella se daba cuenta de que me divertía.
       —¿Su padre es muy rico?
       —Dicen que el hombre más rico de la Costa Oeste.
       —¿Y cómo adquirió su fortuna?
       —En las minas. Hace unos años no tenía nada. Entonces encontró oro, invirtió bien el dinero y ascendió como un cohete.
       —Y, ¿qué opina usted sobre el carácter de la joven dama, es decir de su esposa?
       El noble aceleró el balanceo de sus gafas y quedó con la mirada fija en el fuego de la chimenea.
       —Verá usted, señor Holmes —dijo—. Mi esposa tenía ya veinte años cuando su padre se enriqueció. Se había pasado la vida correteando por el campamento minero y vagando por bosques y montañas, y debía más su educación a la naturaleza que a los maestros de escuela. Es lo que en Inglaterra llamaríamos un carácter fuerte, independiente y libre, no sujeto a ningún tipo de tradición. Es impetuosa… casi diría que volcánica. Toma sus propias decisiones y no vacila en llevarlas a la práctica. Por otra parte, yo no le habría dado el apellido que tengo el honor de llevar —al decir estas palabras soltó una tosecilla solemne—, si no creyera que tiene un fondo de nobleza. Pienso que es capaz de sacrificios heroicos y que le repugna cualquier acto deshonroso.
       —¿Tiene su fotografía?
       —He traído esto.
       Abrió un medallón y nos mostró el rostro de una mujer muy hermosa. No se trataba de una fotografía, sino de una miniatura en marfil, y el artista había plasmado hábilmente el lustroso cabello negro, los ojos grandes y oscuros y la boca exquisita. Holmes la contempló largo rato con atención. Después cerró el medallón y se lo devolvió a lord Saint Simon.
       —O sea que la joven vino a Londres y los dos volvieron a verse.
       —Sí, su padre la trajo con motivo de la última temporada londinense. Nos vimos varias veces, nos prometimos y ahora me he casado con ella.
       —Tengo entendido que la novia ha aportado una dote considerable.
       —Una buena dote. Pero no mayor de lo habitual en mi familia.
       —Por supuesto ahora la dote le pertenece a usted, puesto que el matrimonio es un fait accompli.
       —La verdad es que no he hecho averiguaciones al respecto.
       —Es muy natural. ¿Vio usted a la señorita Doran el día antes de la boda?
       —Sí.
       —¿Estaba de buen humor?
       —Mejor que nunca. No paraba de hablar de la vida que llevaríamos nosotros dos en el futuro.
       —¡Vaya, qué interesante! ¿Y la mañana de la boda?
       —Estaba radiante… Al menos hasta después de la ceremonia.
       —¿Y después observó algún cambio?
       —Pues, a decir verdad, fue entonces cuando advertí los primeros síntomas de que su carácter era un poquito fuerte. Pero el incidente es demasiado trivial para mencionarlo y no puede tener ninguna relación con el caso.
       —A pesar de todo, me gustaría que nos lo contara.
       —Oh, es una chiquillada. Cuando íbamos hacia la sacristía, y pasábamos junto al primer banco de la iglesia, se le cayó el ramo. Hubo un instante de vacilación, pero el caballero que ocupaba el extremo del citado banco se lo devolvió, y no parecía que las flores hubieran sufrido el menor daño. Aun así, cuando comenté lo sucedido, ella me contestó con brusquedad, y más tarde, en el carruaje, camino de casa, parecía absurdamente agitada a causa de aquella insignificancia.
       —Vaya. Dice usted que había un caballero en el primer banco. Asistía, pues, algo de público a la boda, ¿no?
       —Oh, sí. Es imposible evitarlo cuando la iglesia está abierta.
       —El caballero en cuestión, ¿no era un amigo de su esposa?
       —No, no. Le he llamado caballero por cortesía, pero era un tipo de lo más vulgar. Apenas me fijé en él. Pero creo que nos estamos desviando del tema.
       —Así pues, lady Saint Simon regresó de la boda en un estado de ánimo menos alegre que el que había mostrado a la ida. ¿Qué hizo al volver a casa de su padre?
       —La vi conversar con su doncella.
       —¿Y quién es esta doncella?
       —Se llama Alice. Es americana y vino de California con ella.
       —¿Una doncella de confianza?
       —Quizá en exceso. A mí me parece que su señora le permite demasiadas libertades. Claro que en Estados Unidos ven esas cosas de modo diferente.
       —¿Cuánto tiempo estuvo hablando con la tal Alice?
       —Oh, unos minutos. Yo tenía otras cosas en que pensar.
       —¿Y no oyó lo que decían?
       —Lady Saint Simon dijo algo acerca de «pisarle a otro la concesión». A veces utilizaba esta jerga de los mineros. No sé a qué podía referirse.
       —Las jergas son a veces muy expresivas. Y, ¿qué hizo su esposa cuando terminó de hablar con la doncella?
       —Se dirigió al comedor.
       —¿Cogida de su brazo?
       —No, sola. En pequeños detalles como este era muy independiente. Después, cuando llevábamos unos diez minutos sentados a la mesa, se levantó con premura, murmuró unas palabras de disculpa y abandonó la habitación. Ya no regresó.
       —Pero, según tengo entendido, esta doncella llamada Alice ha declarado que su esposa entró en su alcoba, se cubrió el vestido de novia con un largo abrigo, se puso un sombrero y salió del edificio.
       —Exactamente. Y más tarde la vieron caminar por Hyde Park en compañía de Flora Millar, una mujer que ahora está detenida y que había provocado un incidente en casa del señor Doran aquella misma mañana.
       —Ah, sí. Me gustaría conocer algunos detalles acerca de esta señorita y de la relación que ha mantenido con usted.
       Lord Saint Simon se encogió de hombros y enarcó las cejas.
       —Hemos mantenido durante algunos años relaciones amistosas, podría decirse incluso que muy amistosas. Ella trabajaba en el Allegro. He sido muy generoso y no tiene ningún motivo razonable de queja, pero ya sabe usted, señor Holmes, cómo son las mujeres. Flora es una chica encantadora, pero un poco atolondrada, y siente auténtica devoción por mí. Cuando se enteró de que iba a casarme, me escribió unas cartas terribles, y, a decir verdad, la razón de que la boda se celebrara en la intimidad fue que yo temía que montara un escándalo en la iglesia. Se presentó ante la puerta del señor Doran cuando nosotros acabábamos de llegar, intentó abrirse paso por la fuerza, profirió palabras muy injuriosas contra mi esposa, e incluso amenazas, pero yo había previsto la posibilidad de que ocurriera algo parecido y tenía allí a dos agentes de paisano, que no tardaron en deshacerse de ella. Flora se tranquilizó al ver que no sacaría nada con montar un alboroto.
       —¿Su esposa oyó todo esto?
       —No, gracias a Dios no oyó nada.
       —¿Y más tarde la vieron pasear con esa misma mujer?
       —Sí. Y al señor Lestrade, de Scotland Yard, le parece muy grave. Está convencido de que Flora atrajo con engaños a mi esposa hacia una terrible trampa.
       —Bien, es una suposición que cabe dentro de lo posible.
       —¿También usted lo cree?
       —No dije que fuera probable. Pero ¿se lo parece a usted?
       —Yo no creo que Flora sea capaz de hacerle daño a una mosca.
       —Sin embargo, los celos pueden provocar extraños cambios de carácter. ¿Podría decirme cuál es su propia teoría acerca de lo ocurrido?
       —Bueno, en realidad he venido aquí para que me den una teoría y no para exponer la mía. Le he suministrado todos los datos. Pero, ya que me lo pregunta, puedo decirle que me ha pasado por la cabeza que la excitación de la boda y la conciencia de haber dado un salto social tan inmenso hayan provocado en mi esposa un pequeño trastorno nervioso.
       —En otras palabras, que sufrió un ataque de locura.
       —Bueno, la verdad, si consideramos que ha vuelto la espalda, no digo a mí, sino a multitud de cosas a las que tantas otras mujeres han aspirado en vano…, me resulta difícil hallar otra explicación.
       —Desde luego, también es una hipótesis concebible —dijo Holmes con una sonrisa—. Y ahora, lord Saint Simon, creo que sí dispongo de casi todos los datos. ¿Puedo saber si en la mesa estaban ustedes sentados de tal modo que pudieran ver a través de la ventana?
       —Podíamos ver el otro lado de la calle, y el parque.
       —Perfecto. En tal caso, creo que no necesito hacerle perder más tiempo. Ya me pondré en contacto con usted.
       —Suponiendo que tenga la buena fortuna de resolver el enigma —dijo nuestro visitante, mientras se levantaba de su asiento.
       —Ya lo he resuelto.
       —¿Qué? ¿Cómo dice?
       —Digo que ya lo he resuelto.
       —Entonces, ¿dónde está mi esposa?
       —Es un detalle que no tardaré en facilitarle.
       Lord Saint Simon meneó la cabeza.
       —Mucho me temo que para esto se necesitan cabezas más preclaras que la suya o la mía —observó.
       Y, tras una pomposa y anticuada inclinación, salió del aposento.
       —Ha sido muy amable por parte de lord Saint Simon hacerme el honor de colocar mi cabeza al mismo nivel que la suya —dijo Sherlock Holmes echándose a reír—. Después de tan largo interrogatorio, no me vendrá mal un whisky con soda. De hecho, ya había sacado mis conclusiones sobre el caso antes de que nuestro cliente llegara aquí.
       —Pero ¡Holmes!
       —Tengo en el archivo varios casos similares, aunque, como le dije antes, ninguno tan precipitado. Todo el interrogatorio ha servido únicamente para convertir mis conjeturas en certezas. A veces la evidencia circunstancial resulta muy convincente, como cuando uno se encuentra una trucha en la leche, por citar el ejemplo de Thoreau.
       —Pero yo he oído lo mismo que ha oído usted.
       —Sin disponer del conocimiento de otros casos anteriores, que a mí tan útil me ha sido. Hace años se dio uno muy semejante en Aberdeen, y otro de rasgos muy similares en Munich el año después de la guerra franco-prusiana. En uno de aquellos casos… Pero ¡caramba!, aquí tenemos a Lestrade. ¡Buenas tardes, Lestrade! Encontrará usted otro vaso encima del aparador, y aquí tiene la caja de cigarros.
       El inspector vestía una chaqueta y una corbata de marinero, que le daban un aspecto decididamente náutico, y llevaba en la mano una bolsa de lona negra. Tras un breve saludo, se sentó y encendió el cigarro que se le ofrecía.
       —¿Qué le trae por aquí? —preguntó Holmes con un brillo malicioso en los ojos—. No parece demasiado satisfecho.
       —Y no lo estoy. Ese maldito caso del matrimonio de Saint Simon me trae de cabeza. No le encuentro sentido.
       —¿De veras? Me sorprende.
       —¿Cuándo se ha visto un asunto más enrevesado? Todas las pistas, que me han tenido ocupado el día entero, se me escapan entre los dedos.
       —Y parece que esa ocupación le ha dejado empapado —comentó Holmes, tocándole la manga de la chaqueta.
       —Sí, he estado dragando el Serpentine.
       —¿Y para qué, santo cielo?
       —En busca del cuerpo de lady Saint Simon. —Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su asiento y estalló en carcajadas.
       —¿Y no se le ha ocurrido dragar la fuente de Trafalgar Square?
       —¿Por qué? ¿Qué quiere decir con eso?
       —Pues que tantas posibilidades tiene usted de encontrar a la dama en un sitio como en otro.
       Lestrade dirigió a mi compañero una mirada furibunda.
       —Supongo que usted lo sabe todo —replicó con desdén.
       —Acabo de recibir la información acerca de lo ocurrido, pero ya he llegado a una conclusión.
       —¡Ah, claro! Y no cree usted que el Serpentine desempeñe ningún papel en el asunto.
       —Lo considero altamente improbable.
       —Entonces, tal vez tenga usted la bondad de explicarme cómo he encontrado todo esto allí.
       Mientras hablaba, Lestrade abrió la bolsa y volcó en el suelo su contenido: un vestido de novia de seda, unos zapatos de raso blanco, una diadema y un velo de novia, todo ello deslucido y empapado. Encima colocó un anillo de boda reluciente.
       —Aquí tiene, maestro Holmes —dijo—. A ver cómo roe usted este hueso.
       —Vaya, vaya —dijo mi amigo, lanzando al aire anillos de humo azul—. ¿Ha encontrado todo esto dragando el Serpentine?
       —No. Lo encontró un guarda del parque flotando cerca de la orilla. Las prendas han sido identificadas como las que vestía la novia, y me pareció que, si la ropa estaba allí, el cuerpo no podía andar muy lejos.
       —Según este brillante razonamiento, todos los cadáveres deberían de encontrarse cerca de su ropero. Y dígame, por favor, ¿qué esperaba conseguir con todo esto?
       —Una prueba que implicara a Flora Millar en la desaparición.
       —Me temo que le va a resultar difícil.
       —¿De veras? —exclamó Lestrade, algo picado—. Pues yo me temo, Holmes, que sus razonamientos y sus deducciones no le sirven para mucho. Ha metido dos veces la pata en otros tantos minutos. Este vestido sí acusa a la señorita Flora Millar.
       —¿Y de qué modo?
       —En el vestido hay un bolsillo. En el bolsillo hay un tarjetero. En el tarjetero hay una nota. Y he aquí la nota. —La depositó de un manotazo sobre la mesa, delante de él—. Escuche esto: «Nos veremos cuando todo esté arreglado. Ven enseguida. F. H. M.». Pues bien, desde un buen principio he tenido la teoría de que lady Saint Simon fue atraída con engaños por Flora Millar y de que esta, sin duda con la ayuda de cómplices, es responsable de su desaparición. Aquí, firmada con sus iniciales, está la nota que le pasó disimuladamente ante la puerta, y que sirvió como cebo para hacerla caer en la trampa.
       —¡Muy bien, Lestrade! —dijo Holmes riendo—. Es usted fantástico.
       Cogió el papel con indiferencia, pero algo llamó al instante su atención y lanzó un grito de entusiasmo.
       —¡Esto sí que es importante! —aseguró.
       —¡Vaya! ¿Se lo parece?
       —Ya lo creo. Y le felicito calurosamente. Lestrade se levantó con aire triunfal e inclinó la cabeza para mirar la nota.
       —¡Pero…! —exclamó atónito—. ¡La está usted mirando por el otro lado!
       —Al contrario, la miro por el lado debido.
       —¿El lado debido? ¡Usted está loco! ¡La nota a lápiz está por aquí!
       —Pero por aquí hay algo que parece el pedazo de una factura de hotel, que es lo que a mí me interesa, y mucho.
       —Eso no significa nada. Ya me había fijado —dijo Lestrade—. «4 de octubre, habitación ocho chelines, desayuno dos chelines y seis peniques, cóctel un chelín, almuerzo dos chelines y seis peniques, copa de jerez ocho peniques». No veo nada de particular.
       —Es probable. Pero, aunque usted no lo vea, es importante. También la nota es importante, o al menos lo son las iniciales. Le felicito, pues, de nuevo.
       —Ya he perdido bastante tiempo —dijo Lestrade poniéndose en pie—. Yo creo en realizar un trabajo duro, en la calle, y no en sentarse junto al fuego y urdir bellas teorías. Buenos días, señor Holmes, y ya veremos quién llega antes al fondo de la cuestión. Recogió las prendas de ropa, las volvió a meter en la bolsa y se encaminó hacia la puerta.
       —Le voy a dar una pequeña pista, Lestrade —dijo Holmes lentamente—. Voy a darle la verdadera solución del enigma. Lady Saint Simon es una entelequia. No existe ahora ni ha existido nunca tal persona.
       Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Después se volvió hacia mí, se dio con un dedo tres golpecitos en la frente, meneó solemnemente la cabeza y salió apresuradamente de la habitación.
       Apenas se había cerrado la puerta tras él, cuando Sherlock Holmes se levantó y se puso el abrigo.
       —Algo de razón tiene el buen Lestrade en lo que dice sobre el trabajo en la calle —comentó—. Así pues, Watson, creo que voy a dejarle un rato solo con sus periódicos.
       Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes se marchó, pero no tuve tiempo para sentirme solo, porque antes de que transcurriera una hora llegó un recadero con una gran caja plana. La abrió, ayudado por un muchacho que le acompañaba, y, con gran asombro por mi parte, se desplegaba al poco rato sobre nuestra modesta mesa de caoba una cena fría pero epicúrea. Había un par de becadas, un faisán, un paté de foie gras y varias botellas añejas cubiertas de telarañas. Tras disponer aquellas exquisiteces, los dos visitantes se esfumaron cual genios de Las mil y una noches, dando como única explicación que todo estaba pagado y que les habían encargado llevarlo a nuestra dirección. Poco antes de las nueve, Sherlock Holmes irrumpió en la estancia. Su expresión era grave, pero había un resplandor en sus ojos que me hizo pensar que no habían fallado sus suposiciones.
       —Veo que han traído la cena —observó frotándose las manos.
       —Parece que espera usted invitados. Han traído comida suficiente para cinco personas.
       —Sí, creo muy posible que algún invitado se deje caer por aquí. Me sorprende que lord Saint Simon no haya llegado todavía. ¡Ah, creo que oigo sus pasos en la escalera!
       Era, en efecto, nuestro visitante de la tarde, que entró apresuradamente, balanceando sus gafas más vigorosamente que nunca y con una expresión de profundo desconcierto en sus aristocráticas facciones.
       —Veo que mi mensajero ha dado con usted —dijo Holmes.
       —Sí, y debo confesar que el contenido del mensaje me ha dejado perplejo. ¿Tiene usted fundamentos que apoyen lo que dice?
       —El mejor posible.
       Lord Saint Simon se desplomó en un sillón y se pasó una mano por la frente.
       —¿Qué dirá el duque —murmuró— cuando sepa que un miembro de su familia se ha visto sometido a semejante humillación?
       —Se trata de un puro accidente —observó Holmes—. Yo no veo humillación por ninguna parte.
       —Usted mira las cosas desde otro punto de vista.
       —Yo no creo que se pueda culpar a nadie. A mi entender, la dama no podía actuar de otro modo, aunque la brusquedad de su proceder resulte sin duda lamentable. Al no tener madre, carecía de alguien que la pudiera aconsejar en estas situaciones.
       —Ha sido un desaire, señor Holmes, un desaire público —dijo lord Saint Simon, tamborileando con los dedos sobre la mesa.
       —Debe ser usted indulgente con esa pobre muchacha, colocada en una situación tan insólita.
       —No pienso ser indulgente. Estoy realmente indignado, y me considero víctima de un abuso vergonzoso.
       —Creo que han llamado —dijo Holmes—. Sí, se oyen pasos en el vestíbulo. Dado que yo no puedo convencerle de que considere el asunto con benevolencia, lord Saint Simon, he traído un abogado que tal vez tenga más éxito.
       Abrió la puerta e hizo pasar a una dama y a un caballero.
       —Lord Saint Simon —siguió diciendo—, permita que le presente al señor Francis Hay Moulton y a su señora. A ella creo que usted ya la conoce.
       Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había puesto en pie de un salto. Muy erguido, con la mirada baja y una mano metida en la pechera de su levita, era la viva imagen de la dignidad ofendida. La dama se había adelantado rápidamente y le había tendido la mano, pero él se obstinó en no levantar la vista. Posiblemente esto le ayudó a mantener su firme resolución, pues era difícil resistirse a la mirada suplicante de la mujer.
       —Estás enfadado, Robert —dijo ella—. Bueno, supongo que te sobran motivos.
       —Por favor, no te molestes en ofrecerme tus disculpas —dijo lord Saint Simon con acritud.
       —Sí, ya sé que te he tratado muy mal y que debía haber hablado contigo antes de marcharme, pero estaba trastornada y, desde que vi aquí a Frank, no supe lo que hacía ni lo que decía. Me pregunto cómo no caí desmayada delante mismo del altar.
       —¿Desea usted, señora Moulton, que mi amigo y yo abandonemos la habitación mientras usted explica lo ocurrido?
       —Si se me permite dar mi opinión —intervino el caballero desconocido—, en este asunto ya ha habido demasiados secretos. Por mi parte, me gustaría que toda Europa y toda América oyeran la verdad.
       Era un hombre bajo, robusto, tostado por el sol, de expresión vivaz y movimientos ágiles.
       —En tal caso, contaré nuestra historia —dijo ella—. Frank y yo nos conocimos el año 84, en el campamento minero McQuire, cerca de las Rocosas, donde papá tenía la concesión de un terreno. Nos hicimos novios. Pero un día papá dio con una buena veta y se forró, mientras la concesión del pobre Frank resultó no valer nada. Cuando más rico se hacía papá, más pobre se hacía Frank, y llegó un momento en que papá se negó a que nuestro compromiso siguiera adelante y me llevó a San Francisco con él, pero Frank no se dio por vencido y me siguió hasta allí. Nos vimos en secreto. Si mi padre se hubiera enterado, se habría puesto furioso, así que lo mantuvimos entre los dos. Frank dijo que también él se haría rico y que no volvería a buscarme hasta que tuviera tanto dinero como papá. Yo prometí esperarle hasta el fin de los tiempos, y juré que mientras él viviera no me casaría con otro hombre. Entonces me dijo: «¿Por qué no nos casamos ahora mismo y así estaré seguro de ti? No rebelaré que soy tu marido hasta que vuelva». Bueno, discutimos el asunto, y él lo tenía todo resuelto, incluso con un cura esperando. Nos casamos, pues, allí mismo, y después Frank se fue a hacer fortuna y yo me fui con papá.
       »Lo siguiente que supe de Frank fue que estaba en Montana, después oí que andaba buscando oro en Arizona, y más tarde me llegaron noticias de Nuevo México. Y un día salió en los periódicos un largo reportaje sobre un campamento minero atacado por apaches, y allí estaba el nombre de mi Frank entre las víctimas. Caí desmayada y estuve muy enferma durante meses. Papá creyó que estaba tuberculosa y me llevó a la mitad de los médicos de San Francisco. Durante un año o más no hubo noticias, y no dudé de que Frank estaba muerto. Entonces apareció en San Francisco lord Saint Simon, nosotros vinimos a Londres, se acordó el matrimonio, y papá estaba muy contento, pero yo seguía convencida de que ningún hombre podría ocupar el lugar de mi Frank.
       »Aun así, si me hubiera casado con lord Saint Simon, hubiera cumplido con mis deberes. No tenemos poder sobre nuestro amor, pero sí sobre nuestras acciones. Fui con él al altar con la intención de ser tan buena esposa como me fuera posible. Pero ya pueden imaginarse lo que sentí cuando, al acercarme al altar, dirigí la vista atrás y vi a Frank, que me observaba desde el primer banco de la iglesia. Al principio lo tomé por un fantasma, pero miré de nuevo y él seguía allí, como preguntándome con la mirada si yo me alegraba de verlo o lo lamentaba. No sé cómo no caí redonda al suelo. Todo daba vueltas a mi alrededor y las palabras del sacerdote me sonaban en los oídos como el zumbido de una abeja. No sabía qué hacer. ¿Debía interrumpir la ceremonia y montar un escándalo en la iglesia? Me volví a mirarlo, y me pareció que él sabía lo que yo estaba pensando, porque se llevó un dedo a los labios para indicarme que no dijera nada. Después le vi garabatear en un papel y supe que me estaba escribiendo una nota. Al pasar junto a su banco, camino de la salida, dejé caer mi ramo a su lado y él deslizó la nota en mi mano al devolverme las flores. Eran solo unas palabras, donde decía que me reuniera con él cuando me hiciera una seña. Por supuesto, no dudé ni un segundo que mi primera obligación era para con él, y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que me pidiese.
       »Al llegar a casa se lo conté todo a mi doncella, que lo había conocido en California y siempre lo había apreciado mucho. Le mandé que no dijera nada, pero que tuviera a punto mi abrigo y algunas cosas. Sé que debería habérselo dicho a lord Saint Simon, pero resultaba muy difícil hacerlo delante de su madre y de todos aquellos personajes tan importantes. Decidí escaparme primero y dar las explicaciones después. No llevaba ni diez minutos sentada a la mesa, cuando vi a Frank por la ventana, al otro lado de la calle. Me hizo una seña y echó a andar hacia el parque. Yo dejé enseguida el comedor, me puse el abrigo y salí tras él. En la calle se me acercó una mujer que me dijo algo acerca de lord Saint Simon… Por lo poco que entendí, me pareció que él tenía también su pequeño secreto anterior a la boda… Pero enseguida conseguí deshacerme de ella y reunirme con Frank. Cogimos un coche, fuimos a unas habitaciones que había alquilado en Gordon Square y esta fue mi verdadera boda después de tantos años de espera. Frank había caído en poder de los apaches, se había fugado, había vuelto a San Francisco y había averiguado que yo le había dado por muerto y estaba en Inglaterra. Entonces me siguió hasta aquí y me encontró la mañana misma de mi segunda boda.
       —Lo leí en un periódico —explicó el americano—. Venía el nombre y la iglesia, pero no la dirección de la novia.
       —Entonces —prosiguió ella— discutimos lo que debíamos hacer, y Frank era partidario de rebelarlo todo, pero a mí me daba tanta vergüenza que me hubiera gustado desaparecer y no volverlos a ver a ninguno de ellos. Escribirle como mucho unas líneas a papá para hacerle saber que seguía viva. Para mí era horroroso pensar en todos aquellos lords y aquellas ladies sentados en torno a la mesa esperando mi regreso. Así pues, Frank hizo un fardo con mi vestido de novia y mis otras cosas y las tiró en un sitio donde nadie pudiera encontrarlas y seguir mi pista. Lo más seguro es que nos hubiéramos marchado a París mañana, pero este amable caballero, el señor Holmes, ha venido a vernos esta tarde y nos ha hecho ver con toda claridad que yo estaba equivocada y que Frank tenía razón, y que tanto secreto solo servía para empeorar las cosas. Después nos ha ofrecido la oportunidad de hablar a solas con lord Saint Simon y por eso hemos venido sin pérdida de tiempo a su casa. Ahora, Robert, ya sabes todo lo sucedido. Lamento mucho haberte hecho daño y espero que no te formes muy mala opinión de mí.
       Lord Saint Simon no había suavizado lo más mínimo su rígida actitud, y había escuchado el largo relato con el ceño fruncido y los labios apretados.
       —Perdonen —dijo—, pero no tengo por costumbre discutir mis asuntos personales más íntimos en público.
       —Entonces, ¿no me perdonas? ¿No estrecharás mi mano antes de que me vaya?
       —Oh, desde luego, si esto ha de hacerte feliz… Lord Saint Simon extendió la mano y estrechó fríamente la que ella le tendía.
       —Tenía la esperanza —sugirió Holmes— de que usted se uniera a nosotros en una cena de amigos.
       —Creo que eso es pedir demasiado —respondió su señoría—. Tal vez no me quede otro remedio que aceptar el curso de los acontecimientos, pero no espere que vaya a celebrarlo. Con su permiso, les deseo muy buenas noches.
       Hizo una amplia reverencia que nos abarcó a todos y abandonó a grandes zancadas la habitación.
       —En tal caso, espero que al menos ustedes me honren con su compañía —dijo Sherlock Holmes—. Siempre es un placer conocer a un norteamericano, señor Moulton, pues soy de aquellos que opinan que la tontería de un monarca y la torpeza de un ministro de tiempos remotos no impedirán que nuestros hijos sean algún día ciudadanos de una única nación, bajo una bandera que aunará la Union Jack con las Barras y Estrellas.
       Cuando los invitados se hubieron marchado, Holmes comentó:
       —Ha sido un caso de lo más interesante, porque demuestra con toda claridad lo sencilla que es la explicación de un asunto que a primera vista parece casi inexplicable. Nada más natural que la serie de acontecimientos tal como los ha narrado esta señora, aunque los resultados no puedan ser más extraños si los contempla, por ejemplo, el señor Lestrade de Scotland Yard.
       —Así pues, usted no se ha equivocado en ningún momento.
       —Desde un principio, dos hechos me resultaron evidentes. Primero, que la novia había acudido bien dispuesta a la boda; segundo, que estaba arrepentida de ella a los pocos minutos de regresar a casa. Era obvio que había ocurrido algo durante la mañana que la hizo cambiar de opinión. ¿Qué podía ser? No pudo haber hablado con nadie, porque estuvo todo el tiempo en compañía del novio. ¿Habría visto a alguien? En tal caso, tenía que tratarse de alguien procedente de Estados Unidos, pues llevaba demasiado poco tiempo en nuestro país para que alguien hubiera adquirido tanta influencia sobre ella como para que su mera visión la indujera a modificar radicalmente sus planes. Como ve, ya hemos llegado, por un proceso de exclusión, a la idea de que la novia había visto a un americano. ¿Quién podía ser, y por qué ejercía tanta influencia sobre ella? Podía tratarse de un amante o podía tratarse de un amigo. Sabíamos que había pasado su juventud en ambientes rudos y en condiciones poco habituales. Hasta este punto había llegado yo en mis conclusiones antes de escuchar el relato de lord Saint Simon. Cuando este nos habló de un hombre sentado en un banco de la iglesia, del cambio de humor de la novia, del truco tan transparente de recoger una nota dejando caer un ramo de flores, de la conversación con la doncella y confidente, y de la significativa alusión a «pisarle una concesión a otro», que en el argot de los mineros significa apoderarse de lo que otro ha solicitado antes, la situación quedó clara por entero Ella había huido con otro hombre, y este otro hombre debía ser un amante o un marido anterior, probablemente un marido.
       —¿Y cómo demonios consiguió usted localizarlos?
       —Pudo haber resultado difícil, pero nuestro amigo Lestrade tenía en sus manos una información cuyo valor desconocía. Las iniciales eran, desde luego, muy importantes, pero era todavía más importante saber que menos de una semana antes nuestro hombre había pagado su cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres.
       —¿Cómo dedujo lo de selecto?
       —Por lo selecto de los precios. Ocho chelines por una cama y ocho peniques por una copa de jerez indican que se trataba de uno de los hoteles más caros de Londres. No existen muchos que cobren esos precios. En el segundo que visité, en Northumberland Avenue, vi en el libro de registros que el señor Francis H. Moulton, estadounidense, se había marchado el día anterior y, al revisar su cuenta, me encontré los mismos cargos que había visto en la copia. Tenían orden de remitir su correspondencia al 226 de Gordon Square. Allí me encaminé, tuve la suerte de encontrar en casa a la pareja de tortolitos y me arriesgué a ofrecerles mis paternales consejos, indicándoles que sería mucho mejor, en todos los aspectos, que aclarasen un poco su situación, tanto al público en general como a lord Saint Simon en particular. Los invité a que se encontraran aquí con él, y, como ha visto, conseguí que también nuestro aristocrático cliente acudiera a la cita.
       —Pero no con muy buenos resultados —comenté—. Porque la conducta del caballero no ha sido precisamente elegante.
       —¡Ah, Watson! —dijo Holmes con una sonrisa—. Puede que tampoco usted se comportara con excesiva elegancia si, tras todo el trajín que supone un noviazgo y una boda, se encontrara privado en un instante de esposa y de fortuna. Creo que debemos mostrarnos indulgentes al juzgar a lord Saint Simon, y agradecer a nuestra buena estrella lo improbable de que lleguemos a vernos en su misma situación. Aproxime un poco su silla y páseme el violín, pues el único problema que nos queda todavía por resolver es cómo superar estas aburridas veladas otoñales.



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