Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura del fabricante de colores retirado (1926)
(“The Adventure of the Retired Colourman”)
Originalmente publicado en la revista Liberty, Estados Unidos (18 de diciembre de 1926);
re-impreso en in The Strand Magazine, Inglaterra (enero 1927);
The Case-Book of Sherlock Holmes
(Londres: John Murray, 1927, 320 págs.)



      Sherlock Holmes andaba de un humor melancólico y filosófico esa mañana. Su temperamento práctico y despierto se veía sometido a esa clase de reacciones.
       —¿Lo ha visto? —me preguntó.
       —¿Se refiere al anciano que acaba de irse?
       —Ese mismo.
       —Sí, me he cruzado con él en la puerta.
       —¿Qué le parece?
       —Un pobre hombre: patético, insignificante y destrozado.
       —Exacto, Watson. Patético e insignificante. Pero ¿no son todas las vidas patéticas e insignificantes? ¿No es la historia de un microcosmos de la totalidad? Alargamos la mano. Atrapamos algo. Y ¿qué queda en nuestras manos al final? Una sombra. O peor que una sombra: la tristeza.
       —¿Es uno de sus clientes?
       —Bueno, supongo que podemos llamarlo así. Me lo ha mandado Scotland Yard. Igual que un médico que, de vez en cuando, le manda los pacientes incurables a un curandero. Consideran que no pueden hacer nada más y que, le pase lo que le pase al paciente, no puede ponerse peor de lo que está.
       —¿De qué se trata?
       Holmes cogió una tarjeta llena de manchas de la mesa.
       —Josiah Amberley. Dice que es el socio más joven de Brickfall & Amberley, que se dedican a fabricar materiales artísticos. Habrá visto sus nombres en las cajas de pinturas. Hizo su pequeña fortuna, se retiró del negocio a los sesenta y uno, se compró una casa en Lewisham y se dispuso a descansar tras una vida de incesante trabajo. Uno habría pensado que tenía un futuro aceptablemente asegurado.
       —Pues sí, la verdad.
       Holmes le echó una ojeada a unas notas que había garabateado en la parte de atrás de un sobre.
       —Retirado en 1896, Watson. A comienzos de 1897, se casó con una mujer veinte años más joven, y una mujer atractiva, además, si la fotografía no miente. Una vida desahogada, una mujer, tiempo libre: parecía tener la vida resuelta. Pero, a pesar de todo, en dos años se ha convertido en lo que ha visto: un pobre hombre triste y destrozado que se arrastra bajo el sol.
       —Pero ¿qué le ha pasado?
       —La vieja historia de siempre, Watson. Un amigo traicionero y una mujer caprichosa. Por lo que parece, Amberley solo tiene una afición en la vida, el ajedrez. No lejos de su casa, en Lewisham, vive un joven médico al que también le gustan los escaques. He anotado su nombre, se llama doctor Ray Ernest. Ernest solía pasar tiempo en la casa y de ello se derivó, como es natural, la intimidad entre él y la señora Amberley, porque debe reconocer que nuestro desgraciado cliente tiene pocos encantos visibles, sean cuales sean las virtudes de su interior. La pareja se largó la pasada semana juntos: rumbo desconocido. Es más, la desleal cónyuge se llevó entre su equipaje la caja fuerte del anciano con una buena parte de los ahorros de su vida dentro. ¿Podemos encontrar a la señora? ¿Podemos recuperar el dinero? Hasta ahora un problema de lo más corriente, pero que resulta vital para Josiah Amberley.
       —Y usted, ¿qué va a hacer?
       —Bueno, da la casualidad de que la pregunta de momento, mi querido Watson, es «¿qué va a hacer usted?», si va a ser tan bueno como para sustituirme. Ya sabe que estoy muy atareado con ese caso de los dos patriarcas coptos, que debería resolverse hoy. No tengo tiempo para ir a Lewisham; sin embargo, las pruebas reunidas sobre el terreno tienen un valor especial en este caso. El viejo ha insistido mucho en que vaya, pero le he explicado mis inconvenientes. Ha accedido a reunirse con un representante.
       —No faltaba más —le respondí—. Confieso que no creo que vaya a ser de mucha ayuda, pero estoy dispuesto a hacerlo lo mejor posible.
       Y así fue como una tarde de verano me puse en camino para Lewisham, fantaseando un poco con que en una semana el caso del que me iba a encargar fuera el tema de discusión en toda Inglaterra.

       Se me hizo de noche antes de estar de vuelta en Baker Street y realizar mi resumen de la misión. La enjuta figura de Holmes estaba arrellanada en su sillón mientras se elevaban de su pipa lentas volutas de tabaco rancio. Tenía los párpados cerrados con tal abandono que casi hubiese creído que estaba durmiendo, pero los levantaba un poco al detenerme o al narrar algún pasaje cuestionable de mi relato y dos ojos grises me atravesaban con esa mirada inquisitiva suya.
       —El santuario, así se llama la casa del señor Josiah Amberley —le expliqué—. Creo que le resultaría interesante, Holmes. Parece un patricio arruinado que se hubiera visto obligado a tratar con la chusma. Ya conoce esa zona, las calles monótonas de ladrillo, las agotadoras carreteras de las afueras. Justo en el centro, como una islita de comodidad y cultura clásica, se encuentra esa antigua casa rodeada por un alto muro de color tostado, salpicado de liquen y coronado de musgo, la clase de muro…
       —Ahórrese la poesía, Watson —me interrumpió Holmes bruscamente—. Tomo nota de que era una tapia de ladrillo de las altas.
       —Exactamente. Si no le hubiese preguntado a un gandul que estaba fumando en la calle, no habría sabido que se trataba de El Santuario. Lo menciono por una razón. Era un tipo alto, moreno, con un gran bigote y con bastante aspecto de militar. Asintió en respuesta a mi pregunta y me lanzó una curiosa mirada de interés, que un poco más tarde me vendría a la memoria.
       »No había hecho más que cruzar la puerta de la propiedad cuando vi que el señor Amberley bajaba hacia mí por el camino de acceso a la casa. Yo solo lo había visto fugazmente esta mañana y, desde luego, me había dado la sensación de ser un tipo raro, pero, al verlo a plena luz, su apariencia me resultó incluso más anormal.
       —Naturalmente, yo ya lo he analizado, pero me interesaría que me comentara su impresión —me dijo Holmes.
       —Me pareció un hombre literalmente dominado por la preocupación. Llevaba la espalda encorvada como si soportara un gran fardo. Sin embargo, no era el enclenque que yo me había imaginado al principio; sus hombros y su pecho tenían las hechuras de un coloso, aunque su cuerpo se va escurriendo en un par de piernas de alambre.
       —Zapato izquierdo arrugado; derecho, liso.
       —No me había dado cuenta.
       —No, ya sabía yo que no. Me percaté de que tiene una pierna artificial. Pero continúe.
       —Me chocaron los ricillos de pelo gris que le colgaban por debajo de su viejo sombrero de paja, el rostro con esa expresión violenta y ansiosa y los rasgos de profundas arrugas.
       —Muy bien, Watson. ¿Qué le dijo?
       —Empezó a desahogarse conmigo y me contó todos los atropellos que había sufrido. Nos paseamos juntos por el camino y, por supuesto, aproveché para echar un buen vistazo a mi alrededor. Nunca he visto un lugar peor cuidado. Todo el jardín estaba echado a perder y me daba la impresión de una dejadez rampante, de que las plantas habían crecido a la buena de Dios, sin arte alguno. Yo no sé cuántas mujeres decentes habrían podido soportar una situación así. La casa también estaba extremadamente desastrosa, pero parecía que el pobre hombre era consciente y estaba tratando de ponerle remedio porque había un montón de pintura verde en mitad de la entrada y llevaba una brocha gruesa en la mano izquierda. Se había estado dedicando a las molduras.
       »Me hizo pasar a su pringoso templo y charlamos un buen rato. Por supuesto, estaba decepcionado porque usted no hubiese ido en persona. “Era difícil de creer —dijo—, que una persona tan humilde como yo, sobre todo después de mis onerosas pérdidas, pudiese obtener toda la atención de un hombre tan célebre como el señor Holmes”.
       »Le aseguré que ni se había planteado la cuestión financiera. “No, por supuesto, lo hace por amor al arte —dijo—, pero, incluso por el lado artístico del crimen, habría encontrado algo digno de estudio. Y por el de la naturaleza humana, doctor Watson: ¡cuánta triste ingratitud hay en todo esto! ¿Cuándo le negué yo nada de lo que pedía? ¿Se ha mimado tanto alguna vez a una mujer? Y ese joven… que podría haber sido mi propio hijo. Que le había abierto de par en par las puertas de mi casa. ¡Y mire, mire cómo me han tratado! Ay, doctor Watson, ¡qué mundo tan horrible, tan horrible!”.
       »Y con esa cantilena me tuvo una hora o más. Por lo que parece, no había sospechado que tramasen nada. Estaban solos en la casa salvo por una mujer que va por la mañana y que se marcha todas las tardes a las seis. Esa tarde en concreto, el viejo Amberley, que había querido darle a su mujer un capricho, había comprado dos entradas para el anfiteatro del teatro de Haymarket. En el último momento, ella se quejó de un dolor de cabeza y se negó a ir. Se fue él solo. Parece que no cabe duda acerca de ese hecho, porque me sacó la entrada desaprovechada que le había comprado a su esposa para que la viera.
       —Eso es curioso… muy curioso —intervino Holmes, cuyo interés en el caso parecía estar aumentando—. Le ruego que continúe, Watson. Me está llamando mucho la atención su relato. ¿Examinó personalmente esa entrada? ¿No se quedaría con el número del asiento, por casualidad?
       —Pues sí lo hice —le respondí con cierto orgullo—, daba la casualidad de que era mi número de siempre en la lista del colegio, el treinta y uno, así que no se me ha ido de la cabeza.
       —¡Excelente, Watson! Entonces, su asiento era el treinta o el treinta y dos.
       —Así es —le contesté algo confundido—. Y era en la fila B.
       —Perfecto. ¿Qué más le contó?
       —Me enseñó lo que llamó su cámara acorazada. Y lo cierto es que es una cámara de seguridad, con una puerta y un cierre de hierro, y a prueba de robos, como él aseguraba. Sin embargo, por lo que se ve, la mujer había tenido un duplicado de la llave y entre ambos se habían llevado efectivo y bonos por valor de unas siete mil libras.
       —¡Bonos! ¿Y cómo iban a deshacerse de ellos?
       —Me dijo que le había dado una lista a la policía y que esperaba que no lograsen venderlos. Había regresado del teatro alrededor de la medianoche y se había encontrado con que le habían saqueado la casa, que la puerta y la ventana estaban abiertas y que los fugitivos se habían marchado. No había ninguna carta ni ningún mensaje, ni ha tenido noticia alguna desde entonces. Avisó enseguida a la policía.
       Holmes estuvo cavilando unos minutos.
       —Dice que estaba pintando. ¿Qué estaba pintando?
       —Bueno, estaba pintando el pasillo. Pero había pintado ya la puerta y las molduras de esa habitación de la que le hablo.
       —¿No le pareció una ocupación chocante dadas las circunstancias?
       —«Uno tiene que entretenerse en algo para mitigar el dolor». Así me lo explicó él mismo. Sin duda, era una excentricidad, pero es que él es a todas luces un excéntrico. Hizo pedazos una de las fotografías de su esposa en mi presencia… La hizo pedazos en un violento arrebato de ira. Y chilló: «Ojalá nunca vuelva a ver su condenada cara en mi vida».
       —¿Algo más, Watson?
       —Sí, una cosa que me chocó más que cualquier otra. Me había dirigido en coche a la estación de Blackheath y había cogido ya mi tren cuando, en el momento mismo en que estaba poniéndose en marcha, vi a un hombre que se metía precipitadamente en el vagón contiguo al mío. Ya sabe que enseguida me quedo con las caras, Holmes. No tengo duda de que se trataba del hombre alto y moreno a quien me había dirigido en la calle. Lo he visto otra vez en el puente de Londres y luego lo he perdido de vista entre la multitud. Pero estoy convencido de que me estaba siguiendo.
       —¡Sin duda! ¡Sin duda! —dijo Holmes—. Un hombre alto, moreno y con un gran bigote, ¿dice? ¿Con unas gafas de sol de cristales grises?
       —Holmes, parece usted adivino. No se lo he dicho, pero tenía unas gafas de sol de cristales grises.
       —¿Y un alfiler de corbata de la masonería?
       —Pero ¡Holmes!
       —Es bastante sencillo, mi querido Watson. Pero ahora concentrémonos en lo práctico. Debo admitirle que el caso, que me había parecido tan irrisorio en su simpleza para que no mereciese apenas que le prestase atención, está adquiriendo a gran velocidad un aspecto muy diferente. Es verdad que, aunque se le ha escapado todo lo que era importante en su misión, incluso esas cosas que han acaparado su atención dan pie a graves conjeturas.
       —¿Qué se me ha escapado?
       —No se enfade, mi querido amigo. Sabe que se lo digo de forma bastante impersonal. Ningún otro lo habría hecho mejor. Algunos posiblemente ni siquiera tan bien. Pero es obvio que se le han escapado algunos aspectos esenciales. ¿Qué opinión tienen los vecinos acerca del tal Amberley y de su mujer? Seguramente eso tenga su importancia. ¿Qué piensan del doctor Ernest? ¿Era el alegre donjuán que uno se imaginaría? Con su atractivo natural, todas las damas son sus ayudantes y sus cómplices. ¿Qué me dice de la chica de la oficina de correos o de la mujer del frutero? Puedo imaginármelo susurrándole tiernas naderías a la joven señorita del Ancla Azul y recibiendo cosas sustanciosas a cambio. Se ha dejado todo esto sin hacer.
       —Todavía puede hacerse.
       —Ya se ha hecho. Gracias al teléfono y a la ayuda de Scotland Yard suelo poder obtener lo fundamental sin dejar esta habitación. De hecho, la información de que dispongo confirma la historia de este hombre. Tiene fama local de tacaño al igual que de marido cruel e intransigente. Es cierto que poseía una gran suma de dinero en esa cámara acorazada. También lo es que el joven doctor Ernest, que no estaba casado, jugaba al ajedrez con Amberley y que hacía el tonto con su esposa. Se diría que todo esto es un juego de niños y se podría pensar que no hay nada más que decir… y a pesar de todo… ¡a pesar de todo!
       —¿En qué reside la dificultad?
       —Quizá en mi imaginación. Bueno, dejémoslo aquí, Watson. Evadámonos de este agotador mundo del trabajo diario por la puerta lateral de la música. Carina canta esta noche en el Albert Hall y todavía nos da tiempo a vestirnos, cenar y disfrutar de ello.

       Por la mañana me levanté a buena hora, pero algunas migas de pan tostado y dos cáscaras de huevo vacías me dijeron que mi compañero se había levantado todavía más temprano. Me encontré una nota garabateada encima de la mesa.

     Querido Watson:
     Hay uno o dos nexos entre los hechos que quisiera comprobar con el señor Josiah Amberley. Cuando lo haya realizado, podremos descartar o no el caso. Lo único que le pediría es que se encuentre disponible alrededor de las tres de la tarde, porque cabe la posibilidad de que pueda necesitarle.

S. H.

       No supe nada de Holmes en todo el día, pero a la hora citada regresó a casa serio, inquieto y abstraído. En esas ocasiones, lo más inteligente era mantenerse al margen.
       —¿Ha venido ya Amberley?
       —No.
       —¡Ah! Lo estaba esperando.
       No lo decepcionó, porque el estricto anciano llegó poco después con una expresión de gran preocupación y perplejidad en el rostro.
       —He recibido un telegrama, señor Holmes. No logro sacar nada en claro de él.
       Se lo tendió a Holmes y este lo leyó en voz alta.

VENGA ENSEGUIDA SIN FALTA. PODEMOS DARLE INFORMACIÓN SOBRE SU RECIENTE PÉRDIDA.

ELMAN
LA VICARÍA

       —Enviado a las dos y diez desde Little Purlington —dijo Holmes—. Little Purlington está en Essex, creo, no lejos de Frinton. Pues tendrá que marcharse enseguida, desde luego. Resulta evidente que es alguien de fiar, el vicario del pueblo. ¿Dónde tengo mi directorio Crockford del clero? Sí, aquí está: «J. C. Elman, M. A., residencia en Moosmoor, cerca de Little Purlington». Consulte los trenes, Watson.
       —Sale uno a las cinco y veinte de Liverpool Street.
       —Excelente. Lo mejor es que vaya con él, Watson. Puede necesitar ayuda o consejo. Hemos llegado claramente a un momento crítico en esta historia.
       Pero nuestro cliente no parecía ansioso en absoluto por marcharse.
       —Esto es absolutamente absurdo, señor Holmes —dijo—. ¿Qué puede saber este hombre de lo que ha sucedido? Es una pérdida de tiempo y de dinero.
       —No le habría mandado un telegrama si no supiera algo. Envíe uno enseguida diciendo que está en camino.
       —No creo que vaya.
       Holmes adoptó su actitud más severa.
       —Nos causaría la peor impresión posible tanto a la policía como a mí mismo, señor Amberley, si, cuando aparece una pista tan obvia, se negara a seguir su rastro. Sospecharíamos que, en realidad, no se está tomando muy en serio esta investigación.
       Esa insinuación pareció horrorizar a nuestro cliente.
       —Vaya, desde luego, si lo va a ver de esa manera, iré —dijo—. A primera vista, me parece absurdo suponer que este párroco sabe algo, pero si usted cree…
       —Vaya si lo creo —dijo Holmes enfáticamente.
       Y así pusimos en marcha nuestro viaje. Holmes me llevó aparte antes de que dejáramos la habitación y me dio un consejo, lo que me indicó que lo consideraba un asunto importante.
       —Haga lo que haga, compruebe que va realmente —me dijo—. Si se escabullese de usted o regresara, vaya al teléfono más cercano y diga esta única palabra: «Huido». Lo dispondré todo aquí de modo que me informen esté donde esté.
       Little Purlington no es un lugar al que se acceda con facilidad, porque se encuentra en una vía secundaria. No tengo un recuerdo agradable del viaje, porque era un día caluroso, el tren, lento, y mi acompañante arisco y silencioso, y apenas hablaba más que para hacer algún comentario mordaz de vez en cuando acerca de la inutilidad de nuestros métodos. Cuando por fin paramos en la pequeña estación, nos quedaba un camino en coche de unos tres kilómetros antes de llegar a la vicaría, en donde un cura fornido, solemne, más bien pomposo, nos recibió en su despacho. Tenía nuestro telegrama delante.
       —Y bien, caballeros —preguntó—, ¿qué puedo hacer por ustedes?
       —Hemos venido —expliqué— en respuesta a su telegrama.
       —¡Mi telegrama dice! Yo no he enviado ningún telegrama.
       —Me refiero al telegrama que le envió al señor Josiah Amberley acerca de su esposa y su dinero.
       —Si se trata de una broma, es de muy dudoso gusto —dijo el vicario muy acaloradamente—. Nunca he oído hablar de dicho caballero y no he telegrafiado a nadie.
       Nuestro cliente y yo nos miramos el uno al otro con asombro.
       —Quizá haya alguna confusión —intervine—, ¿es posible que existan dos vicarías? Tenemos aquí el telegrama en cuestión, firmado por un tal Elman y con remite de la misma.
       —Aquí solo hay una vicaría, señor mío, y solo hay un vicario, y este telegrama es una falsificación bochornosa, cuyo origen, por supuesto, será investigado por la policía. Mientras tanto, no veo qué objeto tiene alargar esta entrevista.
       Así que el señor Amberley y yo nos vimos en el arcén de la carretera de lo que me pareció ser el pueblo más primitivo de Inglaterra. Nos dirigimos a la oficina de telégrafos, pero ya estaba cerrada. Sin embargo, había un teléfono en el Blasón del Ferrocarril y gracias a este me puse en contacto con Holmes, que compartía nuestro asombro por el resultado de nuestro viaje.
       —¡Muy extraño! —dijo la voz en la distancia—. ¡Muy extraño! Mucho me temo, mi querido Watson, que no hay tren de vuelta esta noche. Le he condenado a los horrores de una posada de pueblo por descuido. No obstante, siempre tiene a la naturaleza, Watson… a la naturaleza y a Josiah Amberley, siempre puede estar en estrecho contacto con ambos.
       Cuando me colgaba, oí su risita mordaz.
       Pronto se me hizo palpable que la reputación de tacaño que tenía mi acompañante no era inmerecida. Había mascullado ante los gastos del tren, había insistido en viajar en tercera clase, y ahora se quejaba ruidosamente de la cuenta del hotel. A la mañana siguiente, cuando por fin llegamos a Londres, resultaba difícil adivinar cuál de los dos se encontraba de peor humor.
       —Lo mejor es que de camino se pase por Baker Street —le aconsejé—. Es posible que el señor Holmes tenga nuevas instrucciones.
       —Como sean tan valiosas como las últimas, no me servirán de mucho —replicó Amberley cáusticamente con el ceño fruncido.
       Sin embargo, me acompañó. Yo ya había avisado a Holmes de la hora de nuestra llegada, pero nos aguardaba un mensaje en el que nos decía que se encontraba en Lewisham y que nos esperaría allí. Aquello fue una sorpresa, pero una mayor fue descubrir que no estaba solo en el salón de nuestro cliente. A su lado se sentaba un hombre impasible de gesto adusto, un hombre moreno con gafas de sol de cristales grises y un enorme alfiler masónico que sobresalía de su corbata.
       —Este es mi amigo el señor Barker —dijo Holmes—. También ha seguido con interés su caso, señor Amberley, aunque hemos estado trabajando de manera independiente. Pero ambos tenemos que hacerle una misma pregunta.
       El señor Amberley se dejó caer pesadamente en su asiento. Sentía avecinarse un peligro inminente. Lo leí en la tensión de su mirada y en la crispación de su rostro.
       —¿Cuál es la pregunta, señor Holmes?
       —Nada más que esta: ¿qué ha hecho con los cuerpos?
       Aquel hombre se puso en pie de un salto con un grito ronco. Manoteó en el aire con sus manos huesudas. Tenía la boca abierta, y, por un instante, se asemejó a alguna horrible ave de presa. De repente, vislumbramos al Josiah Amberley real, un demonio deforme con un alma tan retorcida como su cuerpo. Al desplomarse en su asiento, se llevó una mano a los labios como si contuviera la tos. Holmes se abalanzó hacia su cuello como un tigre y le obligó a torcer la cara hacia el suelo. De entre sus labios jadeantes cayó una pastilla blanca.
       —Sin prisas, Josiah Amberley. Hay que hacer las cosas bien y dentro de un orden. ¿Qué le parece, Barker?
       —Tengo un coche en la puerta —dijo nuestro silencioso compañero.
       —No hay más que unas yardas hasta la estación. Iremos juntos. Puede quedarse aquí, Watson. Regresaré en media hora.

       El antiguo fabricante de colores poseía la fuerza de un león en ese torso enorme que tenía, pero, en manos de dos hombres expertos en dominar a la gente, se encontraba indefenso. Lo arrastraron hasta el coche, resistiéndose y forcejeando, y me dejaron vigilando a solas la aciaga casa. Sin embargo, Holmes estuvo de vuelta en menos tiempo de lo que había mencionado con un inspector de policía joven y elegante.
       —He dejado a Barker encargándose del papeleo —me dijo Holmes—. No conocía a Barker de antes, Watson. Es mi odiado rival en la costa de Surrey. Cuando me habló de un hombre alto y moreno, no me fue difícil imaginarme quién era. Tiene varios buenos casos en su haber, ¿verdad, inspector?
       —Desde luego, se ha entrometido varias veces —respondió el inspector con cierta reserva.
       —Como los míos, sus métodos son poco ortodoxos, de eso no cabe duda. Lo poco ortodoxo a veces es útil, ¿sabe? Usted, por ejemplo, con la obligada advertencia acerca de que se puede utilizar en contra de uno cualquier cosa que diga, nunca habría podido embaucar a este granuja para que soltara lo que ha sido prácticamente una confesión.
       —Puede que no. Pero, en cualquier caso, avanzamos, señor Holmes. No se piense que no nos habíamos formado una opinión sobre este caso; habríamos atrapado a nuestro hombre. Discúlpenos si nos sentimos indignados cuando se mete en un caso con métodos que no podemos utilizar y nos roba todo el mérito.
       —Nadie robará nada, MacKinnon. Le aseguro que me mantendré al margen de ahora en adelante, y, en cuanto a Barker, no ha hecho más que lo que le he dicho yo.
       El inspector pareció considerablemente más tranquilo.
       —Eso es muy generoso por su parte, señor Holmes. Puede que los halagos o los reproches no signifiquen mucho para usted, pero es muy diferente para nosotros cuando los periódicos empiezan a machacarnos a preguntas.
       —Así es. Pero, como está bastante claro que van a hacerlas en cualquier caso, lo mejor sería tener respuestas. ¿Qué le dirá, por ejemplo, al reportero inteligente e intrépido cuando le pregunte acerca de los detalles exactos que despertaron sus sospechas y que, al fin y al cabo, le convencieron en cierta medida de lo que realmente sucedió?
       El inspector pareció confundido.
       —No parece que hayamos determinado todavía en absoluto lo que realmente sucedió, señor Holmes. Dice que el detenido, en presencia de tres testigos, ha confesado en la práctica, al tratar de suicidarse, que ha asesinado a su esposa y a su amante. ¿De qué otros hechos dispone?
       —¿Ha organizado el registro?
       —Hay tres agentes de camino.
       —Entonces, pronto dispondremos del hecho más claro de todos. Los cuerpos no pueden andar muy lejos. Pruebe con los sótanos y el jardín. No debería llevar mucho tiempo cavar en los lugares esperables. Esta casa es más vieja que las tuberías del agua. Debe de haber un pozo abandonado en alguna parte. Pruebe suerte allí.
       —Pero ¿cómo lo sabe y cómo lo hizo?
       —Le expondré primero cómo lo hizo, y luego le daré todas las explicaciones que le debo, y más aún a mi sufrido amigo aquí presente, cuya ayuda ha sido incalculable de principio a fin. Pero, para empezar, le haré un esbozo de la mentalidad de este hombre. Es sumamente insólita, tanto que creo que su destino probablemente se encuentre más en el hospital de Broadmoor que en el patíbulo. Tiene, en gran medida, la clase de mente que uno relacionaría más con el carácter italiano de la Edad Media que con el británico moderno. Era un miserable tacaño que hacía tan infeliz a su esposa con sus cicaterías que esta se volvió una presa fácil para cualquier desaprensivo. Esta figura entró en escena bajo la apariencia de un médico que jugaba al ajedrez. Amberley destacaba como ajedrecista —una señal, Watson, de una mente intrigante—. Como todos los tacaños, era celoso y sus celos se convirtieron en un delirio. Con razón o sin ella, se maliciaba una confabulación. Decidió vengarse y lo planeó con diabólica inteligencia. ¡Vengan conmigo!
       Holmes nos condujo por el pasillo con tanta seguridad como si hubiese vivido en la casa y se detuvo ante la puerta abierta de la cámara acorazada.
       —¡Qué asco! ¡Menuda peste a pintura! —exclamó el inspector.
       —Esa fue nuestra primera pista —dijo Holmes—. Se lo puede agradecer al doctor Watson por una observación suya, aunque no lograse extraer las conclusiones. Me puso sobre la pista. ¿Por qué este hombre en un momento así inundaría su casa de olores penetrantes? Obviamente, para encubrir otro olor que deseara ocultar… algún olor inculpatorio que habría sembrado sospechas en alguien. Luego teníamos la idea de una habitación como esta que ve aquí, con una puerta y un cierre de hierro, una sala herméticamente sellada. Ate ambos cabos y ¿adónde nos conducen? Eso solo podía averiguarlo si examinaba la casa yo mismo. En ese momento yo ya estaba seguro de que el caso era serio, porque había inspeccionado el libro de la taquilla del teatro Haymarket —otra diana del doctor Watson—, y había descubierto que esa noche no se habían ocupado ni la treinta ni la treinta y uno B del anfiteatro. Por tanto, Amberley no había estado en el teatro y su coartada se desmoronó. Metió la pata cuando le permitió a mi astuto amigo que se fijara en el número de asiento que le había comprado a su esposa. La pregunta que se planteaba entonces era cómo iba a lograr inspeccionar la casa. Envié a una persona al pueblo más absurdo que se me ocurrió y cité a mi hombre a una hora tal que no pudiera regresar al ir allí. Para evitar que no lo hiciera, le acompañó el doctor Watson. El nombre del buen vicario lo saqué, por supuesto, de mi Crockford. ¿Me siguen?
       —Magistral —dijo el inspector impresionado.
       —Como ya no tenía miedo de que me interrumpiese, procedí a allanar la casa. Robar en casas ajenas siempre ha sido una profesión alternativa que me habría gustado seguir y casi no me cabe duda de que habría llegado a lo más alto. Observen lo que encontré. Ven la tubería de gas que pasa junto al zócalo. Muy bien. Sube por la esquina de la pared y aquí hay una llave. La tubería entra en la cámara acorazada y termina en esa roseta de yeso del centro del techo, disimulada por los adornos. Ese extremo está abierto. En cualquier momento, al girar la llave de afuera, se puede inundar la habitación de gas. Con la puerta y el cierre cerrados y la llave completamente abierta, no le daría ni dos minutos de conciencia a nadie encerrado en esa habitación. No sé con qué artimaña diabólica les engañó para que vinieran, pero, una vez cruzaron la puerta, estuvieron a su merced.
       El inspector examinó la tubería con interés.
       —Uno de nuestros agentes mencionó el olor a gas —dijo—, pero, por supuesto, la ventana y la puerta estaban abiertas en ese momento y la pintura ya rondaba por aquí, por lo menos, parte. Había empezado a pintar el día anterior, según su declaración. Pero ¿luego qué pasó, señor Holmes?
       —Pues entonces tuvo lugar un hecho que no había previsto. Salía yo deslizándome por la ventana de la despensa nada más amanecer cuando noté una mano tirando del cuello de mi camisa y una voz que me decía: «Granuja, ¿qué estás haciendo aquí?». Cuando volví la cabeza, me topé con los cristales grises de mi amigo y rival, el señor Barker. Fue un encuentro curioso y nos hizo sonreír a ambos. Por lo que parece, lo había contratado la familia del doctor Ray Ernest para que investigara el caso y había llegado a la misma conclusión de que había truco en todo aquello. Había estado vigilando la casa unos días, había reparado en el doctor Watson y le había considerado obviamente uno de los sospechosos que la habían visitado. Le habría resultado muy difícil detener a Watson, pero, cuando vio a un hombre que salía escalando por la ventana de la despensa, su moderación llegó a su límite. Naturalmente, le conté en qué punto se encontraba el caso y decidimos colaborar.
       —¿Por qué él? ¿Por qué no nosotros?
       —Porque tenía intención de llevar a cabo ese pequeño experimento al que ha respondido de manera tan asombrosa. Me temo que no habrían llegado tan lejos.
       El inspector se sonrió.
       —Pues puede que no. Imagino que tengo su palabra, señor Holmes, de que ya no va a intervenir en el caso y de que pondrá en nuestras manos toda su información.
       —Por supuesto, así lo hago siempre.
       —Pues bien, en nombre del cuerpo de policía se lo agradezco. Parece un caso evidente, tal y como lo ha expuesto, y no será muy difícil encontrar los cuerpos.
       —Le mostraré una pequeña evidencia, es un poco tétrica y estoy seguro de que ni siquiera Amberley se dio cuenta de ella —dijo Holmes—. Siempre obtendrá lo que busca, inspector, si se pone en el lugar del otro y piensa cómo habría actuado usted. Requiere de un pequeño esfuerzo de la imaginación, pero merece la pena. Ahora supondremos que se halla encerrado en este cuartito, no le quedan más de dos minutos de vida, pero quiere vengarse del desalmado que, probablemente, se está burlando de usted al otro lado de la puerta. ¿Qué haría?
       —Escribir un mensaje.
       —Exacto. Le gustaría decirle a todo el mundo cómo ha muerto. Sería inútil escribirlo en un papel; lo habría visto. Pero si lo escribe en la pared, alguien podría caer en la cuenta. Pues ahora, ¡mire aquí! Justo encima de este zócalo han garabateado con un lápiz morado: «Nos están…». Eso es todo.
       —¿Qué le parece a usted?
       —Bueno, no está más que a un palmo del suelo. El pobre hombre estaba muriéndose cuando lo escribió. Se desmayó antes de poder terminar.
       —Estaba escribiendo: «Nos están asesinando».
       —Así lo entiendo yo. Si encontrase un lápiz junto al cadáver…
       —Lo buscaremos, puede estar seguro. Pero ¿y esos bonos? Es evidente que no se produjo ningún robo. Sin embargo, disponía de esos activos. Lo hemos comprobado.
       —Puede estar seguro de que los ha escondido en un lugar seguro. Cuando todo aquello de la fuga hubiera pasado a la historia, los habría encontrado repentinamente y habría anunciado que los culpables se habían arrepentido y devuelto lo robado o que se les había caído por el camino.
       —Desde luego, parece haber contemplado usted todas las dificultades —dijo el inspector—. Naturalmente, se vio obligado a avisarnos, pero no logro entender por qué recurrir a usted.
       —¡Por fanfarrón! —contestó Holmes—. Se creía tan listo y estaba tan seguro de sí mismo que se imaginaba que nadie podía hacerle sombra. Además, a cualquier vecino suspicaz podía decirle: «Mire los pasos que he dado. Me he dirigido no solo a la policía, sino incluso a Sherlock Holmes».
       El inspector se echó a reír.
       —Pasaremos por alto ese «incluso», señor Holmes —dijo—, es uno de los trabajos de investigación más finos que puedo recordar.>br>
       Un par de días después, mi amigo me lanzó uno de los números quincenales del North Surrey Observer. Bajo una retahíla de exaltados titulares, encabezados por «El horror de El santuario» y que concluían con «Brillante investigación policial», había una densa columna impresa que ofrecía la primera narración del asunto paso a paso. El párrafo de cierre es representativo del resto. Decía lo siguiente:

    La extraordinaria agudeza con la que el inspector MacKinnon dedujo a partir del olor de la pintura que se podía estar disimulando otro olor, como podía ser el del gas; la audaz deducción de que la cámara acorazada podría ser también la cámara de la muerte, y las ulteriores pesquisas que condujeron al descubrimiento de los cadáveres en un pozo abandonado, astutamente disimulado por una caseta de perro, debería perdurar en la historia del crimen como un ejemplo permanente de la inteligencia de nuestros detectives de la policía.

       —Bueno, bueno, MacKinnon es un buen tipo —dijo Holmes con una sonrisa indulgente—. Puede archivarlo entre los demás casos, Watson. Quizá se pueda contar la verdadera historia algún día.


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