Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura del colegio Priory (1904)
(“The Adventure of the Priory School”)
Originalmente publicado en la revista Collier’s, Estados Unidos (30 de enero de 1904);
re-impreso en The Strand Magazine, Inglaterra (febrero 1904);
The Return of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1905, 403 págs.)



      Hemos tenido algunas entradas y salidas dramáticas en nuestro pequeño escenario de Baker Street, pero no logro acordarme de ninguna más repentina y alarmante que la primera aparición de Thorneycroft Huxtable, M. A., Ph. D., etc. Su tarjeta, que parecía demasiado pequeña para sobrellevar el peso de sus distinciones académicas, lo precedió unos segundos, y, entonces, entró él: hasta tal punto enorme, solemne y pomposo que parecía la encarnación misma del aplomo y la entereza. Y, sin embargo, su primer acto, cuando se cerró la puerta tras él, fue tambalearse hasta la mesa, cuyo apoyo perdió cayendo al suelo, y allí se quedó aquella figura majestuosa postrada y sin conocimiento sobre nuestra alfombra de piel de oso delante de la chimenea.
       Nos pusimos de pie de un salto, y, por unos instantes, miramos con callado asombro a aquel pesado pecio, que nos hablaba de alguna tormenta repentina y funesta lejos de allí, en el océano de la vida. Entonces, Holmes corrió con un cojín para la cabeza y coñac para los labios. El rostro recio y pálido estaba surcado por arrugas de preocupación, las bolsas que colgaban de los ojos cerrados eran del color del plomo, la boca sin fuerza caía tristemente hacia las comisuras, la redondeada barbilla estaba sin afeitar. El cuello y la camisa sufrían la suciedad de un largo viaje, y el cabello se encrespaba desgreñado en la cabeza bien proporcionada. Ante nosotros yacía un hombre gravemente conmocionado.
       —¿Qué tiene, Watson? —preguntó Holmes.
       —Agotamiento absoluto…, posiblemente nada más que hambre y cansancio —dije con un dedo sobre su débil pulso, cuya corriente vital fluía escasa y exigua.
       —Un billete de ida y vuelta desde Mackleton, norte de Inglaterra —dijo Holmes, sacándolo del bolsillo del reloj—. Todavía no son las doce. Desde luego, ha salido temprano.
       Los párpados fruncidos habían empezado a estremecerse, y enseguida dos ojos grises ausentes dirigieron su mirada hacia nosotros. Un momento después, el hombre se ponía en pie con dificultad y la cara roja de vergüenza.
       —Disculpe esta flaqueza, señor Holmes, he estado un poco tenso. Gracias, si pudiera darme un vaso de leche y una galleta, sin duda me encontraría mejor. He venido personalmente, señor Holmes, para asegurarme de que regresa conmigo. Temía que ningún telegrama le convenciera de la urgencia imperiosa del caso.
       —Cuando se encuentre lo bastante recuperado…
       —Ya me encuentro bien otra vez. No puedo imaginar cómo he llegado a estar tan débil. Señor Holmes, deseo que venga a Mackleton conmigo en el próximo tren.
       Mi amigo negó con la cabeza.
       —Mi colega, el doctor Watson, puede decirle que ahora mismo estamos muy ocupados. Me veo retenido por ese caso de los documentos Ferrers, y se va a presentar el asesinato Abergavenny ante el tribunal. Solo una cuestión muy importante podría sacarme de Londres ahora mismo.
       —¡Importante! —Nuestro visitante se llevó las manos a la cabeza—. ¿No ha oído nada del secuestro del único hijo del duque de Holdernesse?
       —¡Cómo! ¿El que fuera ministro del gobierno?
       —Exacto. Había tratado de mantenerlo lejos de los periódicos, pero se rumoreaba algo en el Globe de esta noche. Pensé que podía haber llegado a sus oídos.
       Holmes estiró bruscamente su brazo largo y delgado y escogió el volumen H en su enciclopedia de referencia.
       —«Holdernesse, sexto duque de, K. G., P. C.»
[K. G.: Knight of the Garter, caballero de la orden de la Jarretera. P. C.: Privy counsellor, consejero privado de la reina], ¡medio alfabeto!; «barón de Beverly, conde de Carston», ¡madre mía, vaya lista!; «lord lugarteniente de Hallarnshire desde 1900. Casado con Edith, hija de sir Charles Appledore, 1888. Heredero y único hijo: lord Saltire. Posee unos doscientos cincuenta mil acres. Minas en Lancashire y Gales. Reside en: Carlton House Terrace; Holdernesse Hall, Hallamshire; Carston Castle, Bangor, Gales. Lord del Almirantazgo, 1872; ministro de…». Vaya, vaya, ¡desde luego, este hombre es uno de los súbditos más importantes de la Corona!
       —El más importante y tal vez el más rico. Soy consciente, señor Holmes, de que adopta una actitud muy elevada en lo relacionado con su profesión y que está dispuesto a trabajar por amor al trabajo. Debo decirle, no obstante, que su Excelencia ya ha anunciado que le será entregado un cheque de cinco mil libras a la persona que pueda decirle dónde está su hijo y otras mil a quien le dé el nombre del individuo, o individuos, que lo hayan raptado.
       —Principesca oferta —dijo Holmes—. Watson, creo que deberíamos acompañar al doctor Huxtable de vuelta al norte de Inglaterra. Y, ahora, doctor Huxtable, cuando se haya terminado esa leche, podría contarme lo que ha pasado, cuándo pasó, dónde pasó, cómo pasó y, por último, lo que el doctor Thorneycroft Huxtable, del colegio Priory, cerca de Mackleton, tuvo que ver con el asunto, y por qué viene tres días después de los hechos —el estado de su afeitado nos proporciona la fecha— a solicitar mis humildes servicios.
       Nuestro visitante se había terminado su leche con galletas. Había recobrado el brillo de los ojos y el color de sus mejillas cuando empezó a explicar, con mucha energía y lucidez, la situación.
       —He de informarles, caballeros, que en el colegio Priory, del que soy fundador y director, preparamos a los chicos para secundaria. Es posible que mi nombre les venga a la memoria por el Glosas a Horacio de Huxtable. El Priory es, sin excepción alguna, el mejor y más selecto colegio preparatorio de Inglaterra. Lord Leverstoke, el conde de Blackwater, sir Cathcart Soames: todos me han confiado a sus hijos. Pero creí que mi colegio había alcanzado su apogeo cuando, hace tres semanas, el duque de Holdernesse me envió al señor James Wilder, su secretario, con el anuncio de que el joven lord Saltire, de diez años de edad, su único hijo y heredero, estaba a punto de quedar a mi cargo. Ni se me pasaba por la cabeza que fuera el preludio de la desgracia más abrumadora de mi vida.
       »El chico llegó el uno de mayo, al comenzar el último trimestre. Era un joven encantador y pronto se adaptó a nuestras costumbres. Debo decirles —confío en no parecer indiscreto, pero las confidencias a medias resultan absurdas en un caso así— que en casa no era completamente feliz. Es un secreto a voces que la vida matrimonial del duque no había sido un remanso de paz, y el asunto había acabado con una separación de mutuo acuerdo. La duquesa ha fijado su residencia en el sur de Francia. Esto había sucedido muy poco tiempo antes, y era sabido que las simpatías del chico habían estado claramente del lado de la madre. Al irse esta de Holdernesse, se quedó abatido, y ese fue el motivo de que el duque desease enviarlo a mi establecimiento. A los quince días, el chico estaba casi como en casa y parecía absolutamente feliz.
       »Fue visto por última vez la noche del 13 de mayo, es decir, la noche del pasado lunes. Su habitación estaba en la segunda planta, y se accede a ella por otra habitación más amplia en la que duermen dos chicos. Estos no vieron ni oyeron nada, de modo que no cabe duda de que el joven Saltire no salió por allí. Su ventana estaba abierta, y hay una robusta planta de hiedra que llega hasta el suelo. No había rastro de pisadas abajo, pero está claro que es la única salida posible.
       »Nos dimos cuenta de su ausencia a las siete de la mañana del martes. Había dormido en su cama. Iba completamente vestido antes de marcharse, con su uniforme habitual de chaqueta negra, estilo Eton, y pantalones grises oscuros. No había indicios de que hubiese entrado nadie en la habitación, y, con bastante seguridad, unos gritos o una pelea se hubieran oído, puesto que Caunter, el chico más mayor de la habitación interior, tiene el sueño muy ligero.
       »Cuando nos dimos cuenta de la desaparición de lord Saltire, pasé lista de inmediato a todo el establecimiento: chicos, profesores y sirvientes. Fue entonces cuando llegamos a la conclusión de que lord Saltire no había huido solo. Heidegger, el profesor de alemán, había desaparecido. Su habitación estaba en la segunda planta, en el otro extremo del edificio, y daba al mismo camino que la de lord Saltire. También había dormido en su cama, pero parecía haberse ido a medio vestir, puesto que su camisa y sus calcetines estaban tirados en el suelo. Sin lugar a dudas, había bajado por la hiedra, porque pudimos ver las huellas de sus pies en el césped en donde había aterrizado. Normalmente, Heidegger guardaba su bicicleta en un pequeño cobertizo junto al césped, y esta tampoco estaba allí.
       »Llevaba dos años con nosotros y había llegado con las mejores referencias, pero era un hombre taciturno y silencioso, no muy popular ni entre los profesores ni entre los chicos. No se encontró rastro alguno de los fugitivos, y hoy jueves por la mañana seguimos sabiendo tan poco como el martes. Por supuesto, se pidió información a Holdernesse Hall. Está solo a unas millas y nos imaginábamos que, en un arranque de nostalgia, habría regresado con su padre, pero no sabían nada de él. El duque está sumamente alterado, y, en lo que a mí respecta, ya han visto el estado de postración nerviosa en el que me han sumido la incertidumbre y la responsabilidad. Señor Holmes, si alguna vez ha llegado al límite de sus capacidades, le ruego que lo haga de nuevo, porque nunca en su vida ha tenido un caso que sea más digno de ello».
       Sherlock Holmes había escuchado con sumo interés el relato del desdichado maestro. Las cejas fruncidas y el ceño muy marcado entre ellas mostraban que no necesitaba que lo exhortaran a dedicarle toda su atención a un problema que, aparte de los enormes intereses en juego, debía captarla de manera inmediata dada su pasión por lo complejo y lo intrincado. Sacó en ese momento su libreta y anotó uno o dos recordatorios.
       —Ha sido usted un negligente al no venir a buscarme antes —dijo muy serio—. Hace que comience mi investigación con una grave desventaja. Es inconcebible, por ejemplo, que esa hiedra y ese césped no le hayan proporcionado nada a un observador experto.
       —No me culpe a mí, señor Holmes. Su Excelencia deseaba a toda costa evitar todo escándalo público. Temía que la infelicidad de su familia los humillara ante la gente. Le horroriza profundamente hacer algo de esa clase.
       —Pero ¿ha habido alguna investigación oficial?
       —Sí, señor, y ha resultado muy decepcionante. Enseguida se obtuvo una aparente pista, puesto que informaron de que un niño y un joven habían sido vistos saliendo de una estación cercana en un tren de primera hora. Solo la pasada noche se tuvieron noticias de que se había seguido a la pareja hasta Liverpool, y resultó no tener conexión alguna con el asunto en cuestión. Entonces, con toda mi decepción y desesperación, después de una noche de insomnio, vine directamente a verle a usted en el primer tren.
       —Supongo que se relajó la investigación en el lugar mientras seguían esa pista falsa.
       —Fue abandonada por completo.
       —Así que se han perdido tres días. El caso ha sido manejado de la forma más lamentable posible.
       —Eso creo, lo admito.
       —Y, a pesar de todo, debería haber una solución final. Me alegrará mucho estudiarla. ¿Han sido capaces de encontrar alguna conexión entre el chico perdido y ese profesor de alemán?
       —Ninguna en absoluto.
       —¿Está en clase de ese profesor?
       —No, nunca ha cruzado una palabra con él hasta donde yo sé.
       —Desde luego, resulta muy peculiar. ¿Tenía el chico bicicleta?
       —No.
       —¿Se ha echado en falta alguna bicicleta más?
       —No.
       —¿Seguro?
       —Bastante.
       —Vaya, ¿no estará sugiriendo ahora que ese alemán anduvo en bicicleta a las tantas de la noche con el chico en brazos?
       —Desde luego que no.
       —Entonces, ¿qué teoría le ronda por la cabeza?
       —Puede que la bicicleta no sea más que un señuelo. Puede que haya sido escondida en algún sitio y que se hayan marchado ambos a pie.
       —En efecto, pero parece un señuelo bastante absurdo, ¿no cree? ¿Había otras bicicletas en el cobertizo?
       —Varias.
       —¿No habrían escondido un par si hubiesen querido dar la impresión de que se habían marchado con ellas?
       —Pues supongo que sí.
       —Por supuesto que sí. La teoría del señuelo no funciona. Pero ese elemento es un excelente punto de partida para una investigación. Después de todo, una bicicleta no es una cosa fácil ni de esconder ni de destruir. Otra pregunta: ¿solicitó alguien ver al chico el día antes de su desaparición?
       —No.
       —¿Recibió alguna carta?
       —Sí, una.
       —¿De quién?
       —De su padre.
       —¿Abre las cartas de los chicos?
       —No.
       —¿Cómo sabe que era de su padre?
       —En el sobre estaba su escudo de armas, y la dirección la había escrito el duque con esa letra ceremoniosa suya. Además, el duque recuerda haberla escrito.
       —¿Cuándo había recibido carta antes de eso?
       —Ninguna desde hacía varios días.
       —¿Recibió en alguna ocasión carta procedente de Francia?
       —No, nunca.
       —Por supuesto, ya ve adónde quiero llegar. O al chico se lo llevaron por la fuerza, o se fue por su propia voluntad. En este último caso, sería esperable que un muchacho tan joven hubiese necesitado un acicate del exterior que lo incitase a hacer una cosa así. Si no ha recibido visitas, ese algo debe de haber llegado por carta. De ahí que trate de descubrir quiénes le habían escrito.
       —Me temo que no puedo ayudarle mucho. El único que le escribía, hasta donde yo sé, era su propio padre.
       —Quien le escribió el mismo día de su desaparición. ¿Las relaciones entre el padre y el hijo son afectuosas?
       —Su Excelencia nunca es muy afectuoso con nadie. Se halla absolutamente inmerso en asuntos públicos de amplio alcance y parece bastante ajeno a todas las emociones humanas. Pero, a su manera, siempre ha sido atento con el niño.
       —Pero las simpatías de este último están del lado de la madre, ¿no es así?
       —Sí.
       —¿Lo ha dicho él?
       —No.
       —El duque, ¿entonces?
       —Cielo santo, ¡no!
       —Entonces, ¿cómo lo sabe?
       —He mantenido algunas charlas confidenciales con el señor James Wilder, el secretario de Su Excelencia. Fue él quien me informó acerca de los sentimientos de lord Saltire.
       —Ya veo. Por cierto, esa última carta del duque… ¿fue encontrada en la habitación del chico después de haberse ido?
       —No, se la había llevado con él. Creo, señor Holmes, que es hora de que salgamos para Euston.
       —Pediré un carruaje. En un cuarto de hora estaremos a su servicio. Si telegrafía a casa, señor Huxtable, sería bueno que le dejara creer a la gente de los alrededores que las pesquisas continúan en Liverpool, o en cualquier otro sitio adonde lleve esa pista falsa. Entretanto, trabajaría tranquilo en las mismas puertas del colegio y tal vez el rastro siga lo bastante fresco como para que dos viejos sabuesos como Watson y yo podamos olfatearlo.

       Aquella noche nos hallábamos en la atmósfera fría y tonificante de la región de Peak, en el que se encuentra el célebre colegio de Huxtable. Era ya noche cerrada cuando llegamos. Encima de la mesa de la entrada había una tarjeta, y el mayordomo le susurraba algo a su señor, que se volvió hacia nosotros con los rasgos de su rostro alterados.
       —El duque está aquí —dijo—. El duque y el señor Wilder están en el estudio. Vamos, caballeros, y se los presentaré.
       Yo, por supuesto, conocía por las fotografías al célebre estadista, pero la persona en sí era muy diferente de sus retratos. Era un hombre alto e imponente, vestido de forma impecable, con un rostro flaco y demacrado, y una larga nariz que se curvaba de manera grotesca. Su tez era de una palidez cadavérica, que resultaba más sorprendente por el contraste con su larga barba, aunque rala, de un vívido rojo, que ondulaba sobre su chaleco blanco, a través de cuyo borde brillaba la cadena de su reloj de bolsillo. Así era la presencia imponente que nos miraba impasible en el centro de la alfombra de la chimenea del doctor Huxtable. Junto a él había un hombre muy joven, que me imaginé que era Wilder, el secretario privado. Era bajo, nervioso, despierto, con unos ojos azules claros y un rostro expresivo. Fue él quien, de inmediato, con un tono mordaz y seguro, comenzó la conversación.
       —Doctor, Huxtable, esta mañana le he avisado demasiado tarde para impedir que se marchara a Londres. Me había enterado de que su propósito era invitar al señor Sherlock Holmes a asumir el mando del caso. A Su Excelencia le ha sorprendido, señor Huxtable, que hubiese dado tal paso sin consultarlo con él.
       —Cuando me enteré de que la policía había fracasado…
       —Su Excelencia no está en absoluto convencido de que la policía haya fracasado.
       —Pero, sin duda, señor Wilder…
       —Es usted muy consciente, doctor Huxtable, de que a Su Excelencia le preocupa muy especialmente evitar todo escándalo público. Prefiere tener involucradas a las menos personas posibles en el caso.
       —Este asunto se puede remediar de forma muy sencilla —dijo el intimidado doctor—. El señor Sherlock Holmes puede regresar a Londres en el tren de la mañana.
       —Ni hablar de eso, doctor, ni hablar de eso —dijo Holmes, con su voz más empalagosa—. Este aire del norte es agradable y tonificante, así que propongo que pasemos unos días en estos páramos y mantener ocupada la mente lo mejor que pueda. Que me albergue bajo su techo o en la posada del pueblo es, por supuesto, decisión suya.
       Me percaté de que el infeliz doctor se encontraba en el límite de la indecisión, de donde lo rescató la voz profunda y sonora del duque de barba roja, que retumbó como el gong de la comida.
       —Estoy de acuerdo con el señor Wilder, doctor Huxtable, de que lo sensato hubiese sido consultarlo conmigo. Pero, dado que ya ha informado al señor Holmes del asunto, sería, en efecto, absurdo que no hiciéramos uso de sus servicios. Nada de irse a la posada, señor Holmes, me complacería que viniera y se instalara conmigo en Holdernesse Hall.
       —Gracias, Excelencia. Para los fines de mi investigación, creo que sería más sensato por mi parte permanecer en el escenario del misterio.
       —Como guste, señor Holmes. Cualquier información que el señor Wilder o yo podamos facilitarle está, desde luego, a su disposición.
       —Probablemente me sea necesario verle en su mansión —dijo Holmes—. Ahora mismo, señor, tan solo me gustaría preguntarle si le ha encontrado una explicación a la misteriosa desaparición de su hijo.
       —No, señor, no la he encontrado.
       —Discúlpeme si aludo a algo doloroso para usted, pero no me queda alternativa. ¿Cree que la duquesa tiene algo que ver con este asunto?
       El poderoso ministro titubeó de manera ostensible.
       —No lo creo —dijo por fin.
       —La otra explicación más obvia es que el chico haya sido secuestrado con el fin de pedir un rescate. ¿No le han hecho ninguna exigencia en ese sentido?
       —No, señor.
       —Una pregunta más, Excelencia. Tengo entendido que escribió a su hijo el día en que sucedió el incidente.
       —No, le escribí el día anterior.
       —Exactamente. Pero ¿la recibió ese día?
       —Sí.
       —¿Había en su carta algo que hubiese podido trastornarlo o incitarlo a dar un paso así?
       —No, señor, desde luego que no.
       —¿Mandó usted mismo esa carta?
       La respuesta del noble fue interrumpida por su secretario, quien le cortó con cierto acaloramiento.
       —Su Excelencia no tiene por costumbre enviar las cartas él mismo —dijo—. Esa carta se encontraba con otras encima de la mesa de estudio, y yo mismo la eché en el correo.
       —¿Está seguro de que esa se hallaba entre las demás?
       —Sí, reparé en ella.
       —¿Cuántas cartas escribió Su Excelencia ese día?
       —Veinte o treinta. Tengo una amplia correspondencia. Pero ¿no resulta esto en cierto modo irrelevante?
       —No del todo —dijo Holmes.
       —En lo que a mí respecta —continuó el duque—, le he advertido a la policía de que centrasen su atención en el sur de Francia. Ya he dicho que no creo que la duquesa lo alentara a un acto tan horrible, pero el chico tenía unas opiniones de lo más desatinadas, y es posible que se fugara a su encuentro, con ese alemán como cómplice. Creo, doctor Huxtable, que vamos a regresar ya a la mansión.
       Pude advertir que Holmes le hubiese deseado hacer más preguntas, pero las maneras bruscas del noble indicaban que la entrevista llegaba a su fin. Se hizo evidente que para su temperamento profundamente aristocrático esa discusión de los asuntos íntimos de su familia con un desconocido era completamente detestable, y que temía que cada nueva pregunta iluminara los rincones discretamente oscurecidos de su historia ducal.
       Cuando el noble y su secretario se hubieron marchado, mi amigo se puso enseguida, con su inconfundible entusiasmo, de lleno en la investigación.
       Examinamos el dormitorio del chico cuidadosamente, y no proporcionó nada salvo la convicción absoluta de que solo podía haberse escapado por la ventana. La habitación y los efectos personales del profesor de alemán no aportaron más pistas. En su caso, una rama de hiedra había cedido bajo su peso, y vimos gracias a la luz de la linterna la huella en el césped en donde había apoyado sus talones. Esa concavidad en el césped corto y verde era el único indicio material de su inexplicable fuga nocturna.
       Sherlock Holmes se marchó del edificio solo, y no regresó hasta después de las once. Se había hecho con un gran mapa de los alrededores trazado por el cuerpo de artillería, y lo trajo a mi cuarto, donde lo desplegó sobre la cama, y, tras haber logrado dejar en equilibrio la lámpara en medio de esta, comenzó a fumar encima, y de vez en cuando señalaba objetos de interés con el apestoso ámbar de su pipa.
       —Este caso cada vez me gusta más, Watson —dijo—. Definitivamente, hay ciertos puntos de interés relacionados con él. En esta etapa inicial, quiero que comprenda estas peculiaridades geográficas, pues es posible que tengan mucho que ver con nuestra investigación.
       »Mire este mapa. Este cuadrado sombreado es el colegio Priory. Pondré un alfiler en él. Ahora, esta línea es la carretera principal. Puede ver que pasa de este a oeste frente al colegio, y también que no hay ninguna carretera secundaria durante una milla en ninguno de los dos sentidos. Si esas dos personas se marcharon por carretera, fue por esta carretera».


       —Exacto.
       —Por una casualidad feliz y excepcional, somos capaces, en cierta medida, de comprobar qué sucedió en esa carretera durante la noche en cuestión. En este punto, en donde está apoyada mi pipa, hubo un agente regional de servicio desde las doce hasta las seis. Es, como puede observar, el primer cruce en el lado este. Este hombre declara que no se ausentó de su puesto ni un instante, y está seguro de que ni el chico ni el hombre hubiesen pasado por ese camino sin ser vistos. He hablado con este policía esta noche, y me parece una persona completamente digna de confianza. Esto zanja el asunto por este lado. Ahora tenemos que ocuparnos del otro. Aquí hay una posada, el Toro Rojo, cuya posadera se encontraba enferma. Había mandado llamar a un médico de Mackleton, pero no llegó hasta la mañana, por estar ocupado con otro caso. La gente de la posada estuvo alerta toda la noche, esperando su llegada, y parece que uno u otro estuvieron echando un ojo a la carretera. Declaran que no pasó nadie. Si su testimonio es bueno, entonces somos lo bastante afortunados como para dar por zanjado el oeste, y también para decir que los fugitivos no utilizaron esa carretera en ningún caso.
       —Pero ¿y la bicicleta? —objeté.
       —Efectivamente. Ahora llegamos a la bicicleta. Para seguir con nuestro razonamiento: si esas personas no se fueron por carretera, tuvieron que cruzar por el campo hacia el norte o hacia el sur del edificio. Eso está claro. Sopesemos uno y otro camino. Al sur del edificio hay, como puede observar, una amplia zona de terreno cultivable, dividido en pequeños campos, con muros de piedra entre ellos. Por aquí, yo diría que una bicicleta no puede pasar. Podemos descartar esa idea. Volvamos al campo que hay al norte. Aquí hay una arboleda, señalada como «Ragged Shaw», y al otro lado hay un vasto páramo irregular, Lower Gill, que abarca diez millas y que tiene una pendiente gradual. Aquí, a un lado de este erial, se encuentra Holdernesse Hall, a diez millas por carretera, pero solo a seis a través del páramo. Es una llanura especialmente desolada. Unos pocos granjeros del páramo tienen parcelas pequeñas en donde crían vacas y ovejas. Salvo estos, el chorlito y el zarapito son los únicos habitantes hasta que se llega a la carretera principal de Chesterfield. Aquí hay una iglesia, ya ve, unas pocas casas de campo y una posada. Más allá, las colinas se vuelven escarpadas. Seguramente es aquí en el norte donde debemos centrar nuestra búsqueda.
       —Pero ¿y la bicicleta? —insistí.
       —¡Ya vamos, ya vamos! —dijo Holmes impaciente—. Un buen ciclista no necesita una carretera principal. Hay caminos que cruzan el páramo y había luna llena. ¡Pero bueno! ¿Qué pasa?
       Alguien tocaba a la puerta insistentemente, y al momento entraba en la habitación el doctor Huxtable. En la mano llevaba una gorra azul de críquet con un emblema blanco en la visera.
       —¡Por fin tenemos una pista! —exclamó—. ¡Gracias a Dios! ¡Por lo menos estamos sobre el rastro del chico! Esta gorra es suya.
       —¿Dónde ha sido encontrada?
       —En el carromato de los gitanos que acamparon en el páramo. Lo abandonaron el martes. La policía ha dado hoy con ellos y han registrado su caravana. Han encontrado esto.
       —¿Qué explicación han dado?
       —Mintieron y dieron evasivas…, dijeron que la habían encontrado en el páramo el martes por la mañana. ¡Esos granujas saben dónde está! Menos mal que están todos a buen recaudo entre rejas. El miedo a la ley o al bolsillo del duque seguro que les saca todo lo que saben.
       —No está mal por el momento —dijo Holmes cuando por fin el doctor se había marchado de la habitación—. Al menos confirma la teoría de que es por la parte de Lower Gill donde debemos buscar. En realidad, la policía no ha hecho nada en los alrededores, excepto arrestar a esos gitanos. ¡Mire aquí, Watson! Hay un cauce de río que cruza el páramo. Lo he señalado aquí en el mapa. En algunas partes se ensancha hasta volverse una ciénaga. Esto es así en particular en la región entre Holdernesse Hall y el colegio. En vano buscaríamos huellas en otra parte con este tiempo seco, pero en ese punto, sin duda, hay una posibilidad de que hayan dejado algún rastro. Le llamaré temprano mañana por la mañana, y usted y yo probaremos si podemos esclarecer el misterio.
       Acababa de amanecer cuando me desperté descubriendo la figura alta y delgada de Holmes junto a mi cabecera. Estaba completamente vestido y al parecer ya había salido.
       —Ya he acabado con el césped y el cobertizo —dijo—. También he dado un paseo a través de Ragged Shaw. Ahora, Watson, tiene un chocolate listo en el cuarto de al lado. Le debo rogar que se dé prisa, porque nos tenemos una larga jornada por delante.
       Le brillaban los ojos, y le ardían las mejillas con la excitación del maestro artesano que ve el trabajo que tiene por hacer. Un Holmes muy diferente este hombre enérgico y despierto del soñador pálido e introspectivo de Baker Street. Mientras observaba esa figura ágil, llena de energía contenida, me dio la impresión de que, en efecto, nos aguardaba un día agotador.
       Y, sin embargo, comenzó con una decepción muy amarga. Con grandes esperanzas, fuimos campo a través por el páramo turboso y rojizo, cruzado por un millar de caminos de ovejas, hasta que llegamos a una zona amplia de un verde claro que distinguía a la ciénaga que había entre nosotros y Holdernesse. Desde luego, si el muchacho hubiese vuelto a casa, tenía que haber pasado por allí, y no podía haber pasado sin haber dejado huellas. Pero no se podía ver ningún indicio ni de él ni del alemán. Con expresión sombría, mi amigo anduvo dando zancadas por la orilla, y observó impacientemente cada mancha de lodo sobre la superficie musgosa. Había rastros de oveja en abundancia, y en otro lugar, algunas millas más abajo, las vacas habían dejado sus huellas. Nada más.
       —Primer planchazo —dijo Holmes, observando con tristeza la irregular extensión del páramo—. Hay otra ciénaga más abajo y una estrecha garganta entre ellas. ¡Vaya, vaya! Pero ¿qué tenemos aquí?
       Habíamos llegado a un pequeño trecho oscuro del camino. En medio de este, claramente dibujada en la tierra empapada, había la huella de una bicicleta.
       —¡Viva! —exclamé—. La tenemos.
       Pero Holmes negaba con la cabeza, y en su rostro había confusión y ansiedad más que alegría.
       —Una bicicleta, por supuesto, pero no la bicicleta —dijo—. Estoy familiarizado con cuarenta y dos dibujos diferentes de neumáticos. Esta huella, como puede observar, es de una Dunlop, con un parche en la cubierta. Los neumáticos de Heidegger eran unos Palmer, que dejan rayas longitudinales. Aveling, el profesor de matemáticas, está seguro de ello. Por lo tanto, no es la huella de Heidegger.
       —Entonces, ¿del chico?
       —Es posible, si pudiéramos probar que cogió una bicicleta. Pero en este punto hemos fracasado completamente. Esta marca, como puede observar, pertenece a un ciclista que venía del colegio.
       —¿No iba hacia él?
       —No, no, mi querido Watson. El dibujo que se hunde más en el suelo es, por supuesto, el de la rueda trasera, sobre la que descansa el peso. Observará que hay varios lugares en que se cruza y borra la huella más superficial de la delantera. No cabe duda alguna de que venía del colegio. Es posible que esté relacionada con nuestra investigación o es posible que no, pero vamos a desandar su rastro antes de seguir más allá.
       Así lo hicimos, y después de cien yardas perdimos el rastro cuando salimos de la parte cenagosa del páramo. Tras volver sobre el sendero, nos encontramos con otro lugar por donde corría, cruzándolo, un arroyo. Aquí, de nuevo, nos encontramos con la huella de la bicicleta, aunque casi borrada por las pezuñas de las vacas. Después de aquello, no hubo más indicios, pero el sendero seguía directo hacia Ragged Shaw, el bosque que estaba detrás del colegio. La bicicleta tenía que haber salido de ese bosque. Holmes se sentó en una piedra y apoyó la barbilla entre las manos. Me había fumado dos cigarrillos antes de que se moviera.
       —Bueno, bueno —dijo por fin—. Desde luego, es posible que un hombre astuto pudiera cambiar el neumático de su bicicleta con el fin de dejar una huella desconocida. Un criminal que llegara a tener una idea así es alguien con quien me enorgullecería relacionarme. Dejaremos esta cuestión sin resolver y volveremos sobre la pista a nuestra ciénaga, porque hemos dejado mucho terreno sin explorar.
       Seguimos con nuestra inspección sistemática de la orilla empapada del páramo, y pronto nuestra perseverancia quedó magníficamente recompensada. Por la parte baja del cenagal cruzaba derecho un sendero embarrado. Holmes soltó un grito de alegría mientras se acercaba a él. Un dibujo semejante a un delgado haz de cables de telégrafo pasaba por su centro. Era el neumático Palmer.
       —Aquí tenemos a Herr Heidegger, sin duda alguna —exclamó Holmes exultante—. Mi razonamiento parece correcto, Watson.
       —Le felicito.
       —Pero todavía nos queda camino por recorrer. Le ruego que camine lejos el sendero. Ahora sigamos la pista, me temo que no nos llevará mucho más allá.
       Sin embargo, descubrimos, mientras avanzábamos, que en esta parte del páramo proliferaban los tramos blandos y que, aunque con frecuencia perdíamos de vista el rastro, lográbamos siempre retomarlo de nuevo.
       —¿Se da cuenta —dijo Holmes— de que, indudablemente, el ciclista está acelerando? No cabe duda de ello. Mire esta huella, en la que se ven ambos neumáticos claramente. Uno está tan hundido como el otro. Eso solo puede significar que el ciclista está apoyando su peso sobre el manillar, como se hace cuando se está yendo a todo correr. ¡Dios mío! Ha tenido una caída.
       Había una mancha extensa e irregular que tapaba por unas yardas la huella. Luego había unas pocas pisadas y volvía a aparecer el neumático.
       —Un derrape —sugerí.
       Holmes levantó una rama pisoteada de aulaga. Para espanto mío, vi que las flores amarillas se encontraban salpicadas de rojo. También en el sendero y entre el brezo había manchas oscuras de sangre coagulada.
       —¡Malo! —dijo Holmes—. ¡Malo! ¡Manténgase a un lado, Watson! ¡Ni un paso de más! ¿Qué interpreto de esto? Cayó herido, se puso en pie, volvió a montar, continuó. Pero aquí ya no hay rastro. Vacas a este lado del sendero. ¡No lo cornearía un toro! ¡Imposible! Pero no veo huellas de nadie más. Tenemos que seguir adelante, Watson. Seguro que, con las manchas sumadas al neumático para orientarnos, ya no puede escapársenos.
       Nuestra búsqueda no fue muy larga. Las huellas de neumático comenzaban a retorcerse de manera disparatada por el sendero húmedo y reluciente. De repente, mientras miraba al frente, el brillo del metal llamó mi atención de entre las tupidas matas de aulaga. Sacamos de ellas una bicicleta, con neumáticos Palmer, un pedal doblado, y toda la parte delantera pringada y embadurnada de sangre. Al otro lado de los arbustos había un zapato tirado. Los rodeamos corriendo y ahí yacía el infeliz ciclista. Era un hombre alto, de barba abundante, y unas gafas con uno de los cristales roto. La causa de su muerte era un terrible golpe en la cabeza, que le había aplastado en parte el cráneo. Que hubiese continuado después de haber recibido una herida así decía mucho de la vitalidad y el valor de ese hombre. Llevaba zapatos, pero no calcetines, y su abrigo abierto dejaba ver un pijama debajo. Era, sin duda, el profesor de alemán.
       Holmes le dio respetuosamente la vuelta al cuerpo y lo examinó con gran atención. Entonces se sentó ensimismado durante un rato, y pude ver por su ceño fruncido que ese lamentable descubrimiento no nos había aportado, a su parecer, mucho a nuestra investigación.
       —No es fácil decidirse, Watson —dijo por fin—. Yo preferiría continuar con esta investigación, puesto que ya hemos perdido tanto tiempo que no podemos permitirnos desperdiciar una hora más. Pero, por otra parte, tenemos la obligación de informar a la policía de este hallazgo y de cerciorarnos de que se trate como merece el cuerpo de este pobre hombre.
       —Yo podría llevar una nota.
       —Pero necesito su compañía y su ayuda. ¡Espere un momento! Allí hay un tipo cortando turba. Tráigalo aquí y que venga él con la policía.
       Llevé al campesino hasta allí y Holmes envió al asustado hombre con una nota para el doctor Huxtable.
       —Ahora, Watson —dijo—, hemos encontrado dos pistas esta mañana. Una es la bicicleta con el neumático Palmer, y ya vemos adónde nos ha llevado eso. La otra es la bicicleta con el Dunlop que tiene un parche. Antes de que comencemos a investigarla, tratemos de recabar lo que realmente sabemos a efectos de sacar el máximo provecho de ello y de discernir lo esencial de lo accidental.
       »Ante todo, deseo subrayar que el chico se fue, sin lugar a dudas, por su propia voluntad. Bajó por su ventana y se marchó, solo o con alguien. Eso seguro».
       Asentí.
       —Bien, ahora, volvamos a este desdichado profesor de alemán. El chico estaba completamente vestido cuando se fugó. Por lo tanto, sabía por anticipado lo que iba a hacer. Pero el alemán iba sin calcetines. Indiscutiblemente actuó con muy poco tiempo.
       —Sin duda.
       —¿Por qué se fue? Porque vio, desde la ventana de su dormitorio, la fuga del chico. Porque deseaba alcanzarlo y llevarlo de vuelta. Cogió su bicicleta, persiguió al muchacho, y en la persecución halló la muerte.
       —Así parece.
       —Llego ahora a la parte crucial de mi razonamiento. La acción lógica de un hombre que persigue a un chico hubiese sido correr tras él. Sería consciente de que podría alcanzarlo. Pero el alemán no lo hace así. Recurre a su bicicleta. Me han dicho que era un ciclista excelente. No lo hubiese hecho si no hubiera visto que el chico tenía algún medio rápido de huida.
       —La otra bicicleta.
       —Sigamos con nuestra reconstrucción. Halló la muerte a cinco millas del colegio: ahora bien, no por medio de una bala, que incluso un muchacho quizá pudiera disparar, sino por un golpe brutal propinado por un brazo fuerte. El muchacho, entonces, tuvo un compañero en su fuga. Y la fuga fue apresurada, puesto que pasaron cinco millas antes de que un ciclista experto pudiera alcanzarlos. No obstante, inspeccionamos el terreno alrededor de la escena de la tragedia. ¿Qué encontramos? Unas huellas de vaca, nada más. Exploro una zona amplia alrededor de esta y no hay senderos en cincuenta yardas. Es posible que el otro ciclista no tuviera nada que ver con el presente asesinato. Tampoco había ninguna huella humana.
       —Holmes —exclamé—, eso es imposible.
       —¡Espléndido! —replicó—. Un comentario muy revelador. Es imposible tal y como lo he expuesto, y, por lo tanto, en algún aspecto lo debo haber expuesto de manera errónea. No obstante, puede verlo usted mismo. ¿Se le ocurre dónde puedo haberme equivocado?
       —¿No podría haberse fracturado el cráneo en una caída?
       —¿En una ciénaga, Watson?
       —Más no se me ocurre.
       —¡Esta sí que es buena! Hemos resuelto algunos problemas más difíciles. Por lo menos, tenemos suficientes elementos si sabemos utilizarlos. Entonces, prosigamos, y tras haber agotado las Palmer, veamos lo que las Dunlop con parche en la cubierta pueden ofrecernos.
       Retomamos la huella y la seguimos durante cierto trecho, pero pronto el páramo subió describiendo una larga curva cubierta de brezo, y dejamos el cauce del río detrás de nosotros. Más allá no podíamos esperar ayuda alguna de las huellas. En el lugar donde vimos el último neumático Dunlop, este nos podía haber conducido por igual a Holdernesse Hall, cuyas majestuosas torres se erguían a unas millas a nuestra izquierda, o a un pueblo chato y gris que había delante de nosotros y que indicaba la posición de la carretera principal de Chesterfield.
       Cuando nos acercábamos a la destartalada y sórdida posada, que tenía el emblema de un gallo de pelea encima de la puerta, Holmes soltó un repentino gemido y se agarró de mi hombro para evitar caerse. Había tenido una de esas violentas torceduras de tobillo que de repente dejan a uno desvalido. Con dificultades, renqueó hasta la puerta, donde un anciano achaparrado y moreno estaba fumándose una pipa negra de barro.
       —¿Cómo está usted, señor Reuben Hayes? —dijo Holmes.
       —¿Quiénes son y cómo se saben mi nombre tan al dedillo? —respondió el paisano con un destello de sospecha en sus ojos astutos.
       —Bueno, está impreso sobre el tablón de encima de su cabeza. Es fácil reconocer al dueño de su casa. ¿Supongo que no tienen nada que se parezca a un carro en su cuadra?
       —No, no tengo ningún carro.
       —Casi no puedo ni poner el pie en el suelo.
       —No lo ponga en el suelo.
       —Pero no puedo caminar.
       —Bueno, pues, entonces, vaya a la pata coja.
       Los modales del señor Reuben Hayes estaban lejos de ser corteses, pero Holmes se lo tomó con admirable buen humor.
       —Mire, buen hombre —le dijo—, me encuentro en un aprieto bastante engorroso para mí. No me importa cómo seguir con mi camino.
       —Ni a mí tampoco —dijo el hosco posadero.
       —El asunto es muy importante. Le ofrecería un soberano por utilizar una bicicleta.
       El posadero aguzó los oídos.
       —¿Adónde quiere ir?
       —A Holdernesse Hall.
       —Compadres del duque, ¿a que sí? —dijo el posadero inspeccionando nuestras ropas manchadas de barro con mirada irónica.
       Holmes se rió campechanamente.
       —Aun así, se alegrará de vernos.
       —¿Por qué?
       —Porque le llevamos noticias de su hijo desaparecido.
       El posadero dio un violento respingo.
       —¿Cómo? ¿Van tras su pista?
       —Ha sido visto en Liverpool. Esperan encontrarlo en cualquier momento.
       Nuevamente se produjo un rápido cambio en la recia cara sin afeitar. De repente, se comportó de manera cordial.
       —Tengo menos razones que nadie para desearle bien alguno al duque —dijo—, porque una vez fui su cochero jefe, y muy mal que me trató. Me largó sin una carta de recomendación siquiera por las mentiras de un comerciante de maíz. Pero me alegra oír que el joven lord ha sido visto en Liverpool, y les ayudaré a llevar las noticias a la mansión.
       —Gracias —dijo Holmes—. Comeremos algo primero. Luego puede traernos la bicicleta.
       —No tengo bicicleta.
       Holmes levantó el soberano.
       —Le digo, amigo, que no tengo. Les dejaré dos caballos para que puedan llegar hasta la mansión.
       —Eso está bien —dijo Holmes—, hablaremos de ello cuando hayamos comido algo.
       Cuando nos dejó a solas en la cocina enlosada, fue sorprendente lo rápido que puso bien ese tobillo esguinzado. Estaba ya casi anocheciendo, y no habíamos probado bocado desde la mañana temprano, así que nos tomamos la comida con calma. Holmes estaba absorto en sus pensamientos, y se acercó una o dos veces a la ventana y miró con interés hacia fuera. Daba a un sórdido patio. En una de las esquinas había una forja, donde se encontraba trabajando un muchacho mugriento. Al otro lado estaba la cuadra. Holmes se había sentado de nuevo después de uno de esos paseos, cuando, súbitamente, se levantó de un salto de su silla con una sonora exclamación.
       —Cielo santo, Watson, ¡creo que ya lo tengo! —exclamó—. Sí, sí, tiene que ser así. Watson, ¿se acuerda de que hoy hemos visto algunas huellas de vaca?
       —Sí, varias.
       —¿Dónde?
       —Vaya, pues por todas partes. Había en la ciénaga y también en el sendero, y también cerca de donde el pobre Heidegger halló la muerte.
       —Exacto. Bien, ahora dígame, Watson, ¿cuántas vacas ha visto en el páramo?
       —No recuerdo haber visto ninguna.
       —Qué raro, Watson, que viéramos huellas a lo largo de todo nuestro camino, pero ni una vaca en todo el páramo. Pero que muy raro, ¿no le parece, Watson?
       —Sí, es raro.
       —Ahora, Watson, haga un esfuerzo, ¡vuelva la vista atrás! ¿Puede ver esas huellas en el sendero?
       —Sí, puedo.
       —¿Puede recordar que las huellas eran a veces de esta forma, Watson —colocó unas cuantas migas de pan de esta manera ::::— y a veces de esta otra —:.:.:.:.— y, en ocasiones, de esta —.’.’.’.—? ¿Logra acordarse?
       —No, no logro acordarme.
       —Pero yo sí. Podría jurarlo. No obstante, volveremos con tiempo y lo comprobaremos. ¡He estado más ciego que un topo al no haber sacado ninguna conclusión de ello!
       —¿Y cuál es la conclusión?
       —Únicamente que es una vaca muy notable aquella que puede ir al paso, al trote y al galope. ¡Por Dios, Watson, que no hay cerebro de posadero de provincias al que se le ocurra una artimaña así! No hay nadie a la vista, excepto el muchacho de la forja. Escabullámonos y veamos qué podemos encontrar.
       Había dos caballos de pelo crespo y enmarañado en la cuadra desvencijada. Holmes levantó la pata trasera de uno de ellos y se rió en alto.
       —Zapatos viejos, pero calzados de nuevo: herraduras viejas, pero clavos nuevos. Este caso promete ser un clásico. Crucemos el patio hacia la forja.
       El muchacho siguió con su trabajo sin prestarnos atención. Vi cómo la mirada de Holmes pasaba rápidamente de izquierda a derecha por el montón de madera y de hierro que estaba tirado por el suelo. De repente, sin embargo, oímos pasos detrás de nosotros. Era el posadero, con sus pobladas cejas fruncidas sobre sus despiadados ojos y sus oscuros rasgos temblando de ira. Llevaba un palo corto con punta de metal en la mano, y se acercaba de una manera tan amenazadora que me alegré al notar mi revólver en el bolsillo.
       —¡Espías del demonio! —exclamó el hombre—. ¿Qué están haciendo aquí?
       —Vaya, señor Reuben Hayes —dijo Holmes con frialdad—, alguien podría pensar que tiene miedo de que descubramos algo.
       El hombre se dominó con un tremendo esfuerzo, y su adusta boca se relajó con una risa falsa que resultaba más amenazadora que su ceño fruncido.
       —Les invito a que descubran lo que quieran en mi forja —dijo—. Pero, señor mío, es que no me hace gracia que la gente hurgue en mi casa sin preguntarme, así que, cuanto antes abonen lo que deben y se vayan, más contento estaré.
       —Claro, señor Hayes, no queríamos molestarle —dijo Holmes—. Les hemos estado echando un ojo a sus caballos, pero creo que iré andando después de todo. No está lejos, creo.
       —No hay más de dos millas hasta la puerta de la mansión. Por esa carretera de la izquierda.
       Nos observó con mirada sombría hasta que abandonamos su establecimiento.
       No fuimos muy lejos por esa carretera, porque Holmes se paró en el momento en que la curva impidió que nos viese el posadero.
       —Esa posada: caliente, caliente, como dicen los niños —dijo—. Parece que nos enfriamos a cada paso que damos lejos de ella. No, no, no puedo irme.
       —Estoy convencido —dije— de que este Reuben Hayes lo sabe todo sobre el asunto. Nunca he visto un maleante más obvio.
       —¡Ah! Le ha dado esa sensación, ¿verdad? Están los caballos, está la forja. Sí, es un sitio interesante, este «Gallo de Pelea». Creo que le tendríamos que echar otro vistazo de una manera discreta.
       Tras nosotros se extendía una ladera larga y pronunciada, salpicada de piedras de caliza grises. Habíamos abandonado la carretera, y estábamos subiendo la colina, cuando, al mirar en dirección a Holdernesse Hall, vi a un ciclista que venía a toda prisa.
       —¡Agáchese, Watson! —exclamó Holmes con una mano pesada sobre mi hombro.
       Apenas nos habíamos ocultado cuando un hombre pasó a toda velocidad a nuestro lado. En medio de una revuelta nube de polvo, vislumbré un rostro pálido y alterado: un rostro aterrorizado, con la boca abierta y los ojos mirando espantados al frente. Era como una extraña caricatura del atildado James Wilder, a quien habíamos conocido la noche anterior.
       —¡El secretario del duque! —exclamó Holmes—. Vamos, Watson, veamos qué hace.
       Corrimos escondiéndonos de roca en roca hasta que, en pocos instantes, llegamos a un punto desde el que podíamos ver la puerta delantera de la posada. La bicicleta de Wilder se encontraba apoyada contra la pared junto a la puerta. No había movimiento en la casa ni pudimos vislumbrar ningún rostro en las ventanas. El crepúsculo fue deslizándose lentamente mientras el sol se hundía tras las altas torres de Holdernesse Hall. Entonces, en la penumbra, vimos cómo se encendían los dos faroles laterales de una calesa en el patio de la cuadra de la posada, y poco después oímos el traqueteo de los cascos, mientras torcía hacia la carretera y se precipitaba a una velocidad frenética en dirección a Chesterfield.
       —¿Qué le parece eso, Watson? —susurró Holmes.
       —Parece una fuga.
       —Un hombre solo en un coche de dos ruedas, hasta donde alcanzo a ver. Bueno, desde luego no es el señor James Wilder, porque aquí lo tenemos, en la puerta.
       Un cuadrado rojo de luz aparecía en la oscuridad. En medio de este, se encontraba la negra silueta del secretario, con la cabeza hacia delante, mirando hacia la oscuridad. Resultaba evidente que estaba esperando a alguien. Entonces, por fin, se oyeron pasos en la carretera, por un momento se hizo visible una segunda silueta contra la luz, se cerró la puerta, y todo quedó a oscuras de nuevo. Cinco minutos más tarde se encendía una lámpara en una habitación de la primera planta.
       —Parece que en el Gallo de Pelea se da un curioso tipo de clientes —dijo Holmes.
       —El bar está al otro lado.
       —Así es. Estos son lo que uno podría llamar visitas privadas. Ahora bien, ¿qué demonios estará haciendo el señor James Wilder en ese cubil a estas horas de la noche y quién es el socio que viene a verlo aquí? Venga, Watson, debemos arriesgarnos y tratar de investigar esto desde más cerca.
       Bajamos ambos sigilosamente a la carretera y la cruzamos deslizándonos hasta la puerta de la posada. La bicicleta estaba apoyada todavía contra la pared. Holmes encendió una cerilla y la sujetó junto a la rueda trasera, y oí cómo se reía entre dientes cuando la luz incidió sobre un neumático Dunlop con un parche. Sobre nosotros estaba la ventana encendida.
       —Tengo que echar un vistazo por esa ventana, Watson. Si dobla la espalda y se apoya contra la pared, creo que puedo arreglármelas.
       Un momento después sus pies estaban encima de mis hombros. Pero apenas acababa de subir cuando estaba ya abajo de nuevo.
       —Venga, amigo mío —dijo—, nuestro día de trabajo ha sido ya lo bastante largo. Creo que hemos obtenido todo lo que podíamos conseguir. Hay un buen paseo hasta el colegio y, cuanto antes nos pongamos a ello, mejor.
       Apenas despegó los labios durante esa caminata agotadora por el páramo, pero tampoco entraría en el colegio cuando llegó, sino que se fue a la estación de Mackleton, desde donde podría enviar algunos telegramas. Avanzada la noche, oí cómo consolaba al doctor Huxtable, que estaba abatido por la muerte de su profesor, y más tarde aún entró en mi habitación tan despierto y enérgico como lo había estado al empezar la jornada.
       —Todo marcha bien, amigo mío —dijo—. Le prometo que antes de mañana por la noche habremos solucionado el misterio.
       A las once de la mañana del día siguiente, mi amigo y yo subíamos caminando por la célebre avenida de tejos de Holdernesse Hall. Nos invitaron a pasar por la impresionante entrada isabelina hacia el despacho de Su Excelencia. Allí nos encontramos con el señor James Wilder, comedido y cortés, pero con una sombra de ese pánico incontrolable de la noche anterior todavía acechante en su mirada furtiva y en sus facciones crispadas.
       —¿Han venido a ver a Su Excelencia? Lo lamento, pero resulta que el duque no se encuentra muy bien. Le han afectado mucho las trágicas noticias. Ayer por la tarde recibimos un telegrama del doctor Huxtable que nos hablaba de su descubrimiento.
       —Tengo que ver al duque, señor Wilder.
       —Pero se encuentra en su dormitorio.
       —Entonces, tendré que ir a su dormitorio.
       —Creo que está en su cama.
       —Iré a verlo allí.
       La conducta fría e inflexible de Holmes le hizo ver al secretario que era inútil discutir con él.
       —Muy bien, señor Holmes, le diré que está usted aquí.
       Después de media hora de espera, apareció el prócer. Tenía el rostro más cadavérico que nunca, los hombros caídos, y me pareció que se había avejentado mucho con respecto a la mañana anterior. Nos saludó con imponente cortesía y se sentó tras su escritorio, con la barba roja cayendo en cascada sobre la mesa.
       —¿Y bien, señor Holmes? —dijo.
       Pero la mirada de mi amigo se mantenía fija en el secretario, que estaba de pie junto a la silla de su amo.
       —Creo, Excelencia, que podría hablar con mayor libertad en ausencia del señor Wilder.
       La tez del hombre se puso más pálida todavía y le lanzó a Holmes una mirada malintencionada.
       —Como desee Su Excelencia…
       —Sí, sí, será mejor que se vaya. Ahora, señor Holmes, ¿qué tiene que decirme?
       Mi amigo esperó a que la puerta se hubiese cerrado tras el secretario en retirada.
       —El caso es, Excelencia —dijo—, que, a mi colega, el doctor Watson, y a mí, el doctor Huxtable nos había asegurado que se había ofrecido una recompensa. Y me gustaría que me lo confirmara usted mismo.
       —Por supuesto, señor Holmes.
       —¿Se trataba, si se me informó correctamente, de una suma de cinco mil libras para cualquiera que le diera el paradero de su hijo?
       —Exactamente.
       —¿Y otras mil para el hombre que le diera el nombre de la persona o personas que lo mantienen secuestrado?
       —Exactamente.
       —¿En este último apartado se incluyen, sin duda, no solo aquellos que quizá lo raptaran, sino también aquellos que conspiran para mantenerlo de esta manera?
       —Sí, sí —exclamó el duque con impaciencia—. Si hace bien su trabajo, señor Sherlock Holmes, no tendrá razones para quejarse por haber sido tratado con tacañería.
       Mi amigo se frotó sus delgadas manos una contra la otra con un gesto de avaricia que fue una sorpresa para mí, que conocía sus gustos frugales.
       —Creo ver el talonario de Su Excelencia encima de la mesa —dijo—. Le agradecería que me extendiera un cheque por seis mil libras. No estaría mal tampoco, quizá, que lo cruzara. Mi banco es el Capital & Counties, sucursal de Oxford Street.
       Su Excelencia se enderezó muy severo en su silla, y miró impasible a mi amigo.
       —¿Es un chiste, señor Holmes? No creo que sea cosa de broma.
       —En absoluto, Su Excelencia. Nunca en mi vida he hablado más en serio.
       —Entonces, ¿qué quiere decir?
       —Quiero decir que me he ganado la recompensa. Sé dónde está su hijo, y algo, por lo menos, sé de aquellos que lo tienen retenido.
       La barba del duque se había vuelto de un rojo más violento que nunca en comparación con su rostro, espantosamente blanco.
       —¿Dónde está? —dijo entrecortadamente.
       —Está, o estaba la pasada noche, en la posada del Gallo de Pelea, aproximadamente a dos millas de la puerta de sus jardines.
       El duque se hundió en su silla.
       —¿Y a quién acusa?
       La respuesta de Sherlock Holmes fue sorprendente. Dio rápidamente un paso al frente y tocó al duque en el hombro.
       —Le acuso a usted —dijo—. Y ahora, Excelencia, voy a incordiarle con ese cheque.
       Nunca olvidaré el aspecto del duque cuando se puso en pie de un salto y manoteó al aire como quien cae en un abismo. Entonces, con un extraordinario esfuerzo de aristocrático autodominio, se sentó y hundió su rostro entre sus manos. Pasaron unos minutos antes de que hablara.
       —¿Cuánto sabe? —preguntó por fin, sin levantar la cabeza.
       —Los vi juntos ayer noche.
       —¿Lo sabe alguien además de su amigo?
       —No he hablado con nadie.
       El duque cogió una pluma entre sus temblorosos dedos y abrió su talonario.
       —Me atendré a la palabra dada, señor Holmes. Estoy a punto de rellenar su cheque, por poco grata que sea para mí la información que ha obtenido. Cuando se hizo esa oferta por primera vez, no tenía ni idea del giro que tomarían los acontecimientos. Pero usted y su amigo son hombres discretos, ¿verdad, señor Holmes?
       —Me cuesta entender a Su Excelencia.
       —Se lo diré sin rodeos, señor Holmes. Si únicamente ustedes dos están al tanto de este incidente, no hay motivo por el que deba salir de aquí. Creo que le debo un total de doce mil libras, ¿no es así?
       Pero Holmes sonrió y negó con la cabeza.
       —Me temo, Excelencia, que difícilmente se pueden arreglar las cosas de manera tan fácil. Hay que tener en cuenta la muerte del profesor del colegio.
       —Pero James no sabe nada de ese asunto. No pueden hacerle responsable de ello. Fue obra de ese matón salvaje de quien tuvo la mala suerte de servirse.
       —Debo adoptar, Excelencia, el punto de vista de que, cuando un hombre se embarca en un crimen, es moralmente culpable de cualquier otro crimen que se pueda derivar de él.
       —Moralmente, señor Holmes, sin duda tiene usted razón. Pero desde luego no a ojos de la ley. Un hombre no puede ser condenado por un asesinato en el que no se halla presente, y que considera tan abominable y odioso como puede hacerlo usted. En el mismo momento en que se enteró, me hizo una confesión completa, tan lleno de horror y remordimiento estaba. No tardó ni una hora en romper por completo con el asesino. Oh, señor Holmes, debe salvarle: ¡debe salvarle! ¡Le digo que debe salvarle!
       El duque había renunciado por completo a dominarse y andaba de un lado a otro de la habitación con el rostro convulso y los puños apretados agitándolos en el aire. Por fin, se controló y se sentó de nuevo tras su escritorio.
       —Aprecio el que haya venido aquí antes de hablar con nadie —dijo—. Por lo menos, podemos consultarle hasta dónde podemos minimizar este espantoso escándalo.
       —Exactamente —dijo Holmes—. Creo, Excelencia, que esto solo podrá ser si hay una absoluta franqueza entre nosotros. Estoy dispuesto a ayudar a Su Excelencia hasta donde yo alcance, pero con el fin de poder hacerlo debo comprender hasta el último detalle de este asunto. Deduzco por sus palabras que se refiere al señor James Wilder, y que él no es el asesino.
       —No, el asesino ha huido.
       Sherlock Holmes sonrió tímidamente.
       —Su Excelencia difícilmente está al tanto de mi humilde reputación, o no se le pasaría por la cabeza que es tan fácil huir de mí. Se arrestó al señor Reuben Hayes en Chesterfield ayer a las once de la noche, después de que yo informara a las autoridades competentes. He recibido un telegrama antes de marcharme del colegio del jefe de la policía local.
       El duque se recostó en su silla y se quedó mirando asombrado a mi amigo.
       —Parece tener aptitudes que son casi inhumanas —dijo—. ¿Así que han atrapado a Reuben Hayes? Me alegra mucho oír eso si no repercute en el destino de James.
       —¿Su secretario?
       —No, señor, mi hijo.
       Era el turno de que Holmes se quedara perplejo.
       —Le confieso que es la primera noticia que tengo, Excelencia. He de rogarle que sea más explícito.
       —No voy a ocultarle nada. Estamos de acuerdo en que una absoluta franqueza, por más dolorosa que pueda resultarme, es la mejor política en esta situación desesperada a la que la insensatez y envidia de James nos han sujeto. Cuando era muy joven, señor Holmes, amaba con ese amor que sucede solo una vez en la vida. Le propuse a la dama que nos casáramos, pero lo rechazó porque tal matrimonio hubiese podido echar a perder mi carrera. Si la dama hubiese vivido, seguramente no me hubiera casado con ninguna otra. Murió y dejó a este único hijo, a quien, por el amor que le tenía, he querido y cuidado. No podía reconocer la paternidad públicamente, pero le di la mejor educación posible, y, en cuanto llegó a la mayoría de edad, lo tuve siempre a mi lado. Se enteró de mi secreto, y ha abusado desde entonces del poder que tenía sobre mí y de su poder para provocar un escándalo, que me hubiese resultado abominable. Su presencia tuvo algo que ver con el infeliz desenlace de mi matrimonio. Sobre todo, desde el primer día odió a mi joven y legítimo heredero de un modo constante. Bien puede preguntarme por qué, en tales circunstancias, mantuve aun así a James bajo mi techo. Mi respuesta es que podía ver el rostro de su madre en él, y que por amor a ella no puse fin a mi largo sufrimiento. Y por todos sus graciosos gestos: no había ninguno que no lograra evocármela y traérmela a la memoria. No podía echarlo. Pero tenía tanto miedo de que le causara a Arthur —es decir, a lord Saltire— algún daño que lo envié por su seguridad al colegio del doctor Huxtable.
       »James entró en contacto con ese tipo, Hayes, porque era arrendatario mío, y James actuaba en mi nombre. El tipo resultó ser un granuja desde el primer momento, pero por alguna extraña razón James se hizo íntimo amigo suyo. Siempre ha tenido inclinación por las malas compañías. Cuando James decidió secuestrar a lord Saltire, se valió de los servicios de este hombre. Recuerda que escribí a Arthur ese último día. Pues bien, James abrió la carta y metió una nota en la que le pedía a Arthur que se reuniese con él en un bosque pequeño llamado Ragged Shaw que está cerca del colegio. Lo hizo en nombre de la duquesa y de esa manera consiguió que fuera el chico. Aquella noche James fue allí en bicicleta —le cuento lo que él mismo me confesó— y le dijo a Arthur, con quien se reunió en el bosque, que su madre deseaba verlo, que estaba esperándolo en el páramo, y que, si volvía al bosque a medianoche, se encontraría con un hombre a caballo que lo llevaría con ella. El pobre Arthur cayó en la trampa. Llegó a la cita y se encontró con el tal Hayes, que tenía un poni para él. Montó Arthur y se pusieron juntos en camino. Parece ser —aunque de esto no se enteró James hasta ayer— que fueron perseguidos, que Hayes golpeó al perseguidor con su palo, y que el hombre murió a causa de las heridas. Hayes llevó a Arthur a su mesón, el Gallo de Pelea, donde lo recluyó en la habitación de arriba, al cuidado de la señora Hayes, que es una mujer amable, pero totalmente bajo el control del bruto de su marido.
       »Pues bien, señor Holmes, ese era el estado de la cuestión cuando le vi a usted hace dos días. No tenía más idea de lo sucedido que usted. Me preguntará cuál fue el motivo de que James cometiera un acto semejante. Mi respuesta es que el odio que le profesaba a mi heredero tenía mucho de irracional y fanático. Desde su punto de vista, debería haber sido él el heredero de todos mis bienes y estaba gravemente resentido con esas leyes de la sociedad que lo hacían imposible. Al mismo tiempo, había también un motivo concreto. Deseaba que rompiera el vínculo hereditario, y era de la opinión de que estaba en mis manos el hacerlo. Trataba de hacer un trato conmigo: devolverme a Arthur si rompía ese vínculo, y así hacer posible que le dejara mis bienes en mi testamento. Sabía perfectamente que nunca le pediría, por propia voluntad, ayuda a la policía contra él. Digo que me hubiese propuesto un trato así, pero, en realidad, no lo hizo, porque los acontecimientos se precipitaron de tal forma que no tuvo tiempo de poner en práctica sus planes.
       »Lo que hizo fracasar su retorcida trama fue que descubriera usted el cadáver de ese hombre, Heidegger. El horror se apoderó de James al conocer la noticia. Nos llegó ayer estando sentados ambos en este despacho. El doctor Huxtable había enviado un telegrama. James se sentía tan abrumadoramente apenado e inquieto que mis sospechas, que nunca había carecido de ellas del todo, se volvieran certezas, y lo acusé del delito. Lo confesó voluntariamente todo. Entonces, me suplicó que le guardara el secreto tres días más, con el fin de darle a su maldito cómplice una oportunidad de salvar su culpable vida. Cedí —como siempre he cedido— a sus ruegos, y James salió corriendo al instante hacia el Gallo de Pelea para advertir a Hayes y proporcionarle medios para huir. Yo no podía ir allí a plena luz del día sin dar lugar a comentarios, pero tan pronto como se hizo de noche, salí corriendo para ver a mi querido Arthur. Lo encontré a salvo y en buen estado, pero indeciblemente aterrorizado por el terrible crimen del que había sido testigo. En consideración a mi promesa, y muy en contra de mi voluntad, accedí a dejarlo allí tres días más a cargo de la señora Hayes, puesto que era evidente que era imposible informar a la policía de dónde estaba sin contarles también quién era el asesino, y no podía ver a ese asesino castigado sin llevar a la ruina a mi desdichado James. Me pidió franqueza, señor Holmes, y le he tomado la palabra, porque le he contado todo sin andarme con circunloquios y reservas. Ahora le toca a usted ser franco conmigo».
       —Lo seré —dijo Holmes—. En primer lugar, Excelencia, me veo obligado a decirle que se encuentra en una situación muy grave a los ojos de la ley. Ha tolerado un crimen y ha ayudado en su huida a un asesino, porque no me cabe duda de que el dinero que cogió James Wilder para ayudar a su cómplice a fugarse procedía del bolsillo de Su Excelencia.
       El duque asintió con la cabeza.
       —De hecho, es un asunto muy serio. Pero todavía más condenable, a mi entender, Excelencia, es su actitud hacia su hijo menor. No se le ocurre otra cosa que dejarlo en ese cubil durante tres días más.
       —Con la solemne promesa…
       —¿Qué son las promesas para la gente así? No tiene ninguna garantía de que no lo rapten de nuevo. Para complacer a su hijo mayor, culpable, ha expuesto a su hijo menor, inocente, a un peligro inminente e innecesario. Fue una acción sin justificación alguna.
       El orgulloso lord de Holdernesse no estaba acostumbrado a ser reprendido de esa manera en su propia mansión ducal. La sangre se le subió a la despejada frente, pero su conciencia lo hizo callar.
       —Le ayudaré, pero solo con una condición. Y es que llame a un criado y me deje darle las órdenes que quiera.
       Sin decir palabra, el duque apretó el timbre eléctrico. Entró un sirviente.
       —Le alegrará oír —dijo Holmes— que han encontrado a su joven señor. El duque desea que el carruaje vaya enseguida a la posada del Gallo de Pelea para traer a lord Saltire a casa.
       —Ahora —dijo Holmes cuando había desaparecido el exultante lacayo—, tras habernos asegurado el futuro, podemos permitirnos ser más indulgentes con el pasado. No tengo ningún cargo oficial, y no hay razón, siempre que se cumpla con los fines de la justicia, por la cual divulgue todo lo que sé. Respecto a Hayes, no digo nada. Le espera la horca y no haría nada para librarlo de ella. Lo que revele no puedo decirlo, pero no dudo de que Su Excelencia podría hacerle entender que le interesa callar. Desde el punto de vista de la policía, habrá secuestrado al chico para pedir un rescate. Si no lo descubren por sí mismos, no veo por qué razón debiera incitarlos a adoptar un punto de vista más amplio. No obstante, le advertiría a Su Excelencia que la incesante presencia del señor James Wilder en su hogar solo puede traerle desgracias.
       —Lo comprendo, señor Holmes, y ya está decidido que se marchará de mi lado para siempre y se irá a buscar fortuna a Australia.
       —En ese caso, Excelencia, dado que usted mismo ha afirmado que su presencia causaba en cierta medida la infelicidad de su vida matrimonial, le sugeriría que compensara como pudiera a la duquesa y que tratara de reanudar esas relaciones que quedaron interrumpidas de forma tan desdichada.
       —Eso también lo he arreglado, señor Holmes. He escrito a la duquesa esta mañana.
       —En ese caso —dijo Holmes mientras se ponía en pie—, creo que mi amigo y yo podemos felicitarnos por los diversos y felices resultados de nuestra breve visita al norte. Hay otro pequeño aspecto sobre el que deseo alguna aclaración. Este tal Hayes había herrado a sus caballos con herraduras que imitaban las huellas de vaca. ¿Aprendió del señor Wilder una argucia tan extraordinaria?
       El duque se quedó pensando un momento con una mirada de intensa sorpresa en la cara. Después, abrió una puerta y nos condujo a una vasta habitación acondicionada como museo. Nos acompañó a una vitrina en una esquina y señaló la inscripción.

    Estas herraduras —decía esta— fueron desenterradas en el foso de Holdernesse Hall. Se destinaban a los caballos, pero por debajo tenían forma de pezuña hendida de hierro con el fin de despistar a los perseguidores. Se cree que pertenecieron a alguno de los barones de Holdernesse que se dedicaba al saqueo en la Edad Media.

       Holmes abrió la vitrina, y, tras humedecerse el dedo, lo pasó por la herradura. Esta dejó en su piel una fina película de lodo reciente.
       —Gracias —dijo mientras cerraba de nuevo el cristal—. Este es el segundo objeto más interesante que he visto en el norte.
       —¿Y el primero?
       Holmes dobló su cheque y lo metió cuidadosamente en su libreta.
       —Soy un hombre pobre —dijo mientras le daba afectuosas palmaditas a la libreta y la introducía en las profundidades de su bolsillo interior.



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