Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura de Peter el Negro (1904)
(“The Adventure of Black Peter”)
Originalmente publicado en la revista Collier’s, Estados Unidos (27 de febrero de 1904);
re-impreso en The Strand Magazine, Inglaterra (marzo 1904);
The Return of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1905, 403 págs.)



      Nunca he visto a mi amigo en mejor forma, ni mental ni físicamente, como en 1895. Su fama creciente había traído consigo una inmensa clientela, e incurriría en una indiscreción solo con insinuar la identidad de algunos de los ilustres clientes que cruzaban nuestro modesto umbral de Baker Street. Holmes, sin embargo, como todos los grandes artistas, vivía para su arte, y, excepto en el caso del duque de Holdernesse, raras veces lo he visto pedir una gran recompensa por sus inestimables servicios. Tan poco materialista era —o tan voluble— que con frecuencia les negaba su ayuda a los poderosos y adinerados cuando el problema no despertaba su simpatía, mientras le consagraba semanas de la más intensa atención a los asuntos de algún cliente modesto cuyo caso presentase esas extrañas y dramáticas cualidades que atraían su imaginación y desafiaban su ingenio.
       En ese memorable año de 1895, había captado su atención una peculiar y anómala serie de casos que iban desde su célebre investigación de la repentina muerte del cardenal Tosca —cuyas pesquisas había llevado a cabo por expreso deseo de Su Santidad el Papa— hasta el arresto de Wilson, el infame amaestrador de canarios, que acabó con una plaga de estos en el East End de Londres. Justo después de estos dos célebres casos llegó la tragedia de Woodman’s Lee, y las oscuras circunstancias que rodearon la muerte del capitán Peter Carey. Ningún registro de los hechos del señor Sherlock Holmes quedaría completo si no incluyese algún informe de este asunto tan fuera de lo normal.
       Durante la primera semana de julio, mi amigo se había ausentado tan a menudo y durante tanto tiempo de nuestro alojamiento que estuve seguro de que tenía algo entre manos. El hecho de que varios hombres de mala catadura vinieran allí por esa época y preguntaran por el capitán Basil me hizo comprender que Holmes estaba trabajando en algún lugar bajo uno de los numerosos disfraces y nombres con que ocultaba su extraordinaria identidad. Tenía por lo menos cinco refugios en diferentes partes de Londres, donde podía cambiar de personalidad. No me contaba nada de sus gestiones y yo no tengo costumbre de obligar a nadie a contarme sus confidencias. El primer auténtico indicio que me dio de la dirección que estaban tomando sus investigaciones fue insólito. Había salido antes del desayuno y yo me había sentado a tomar el mío, cuando entró dando zancadas, con el sombrero en la cabeza y una gigantesca lanza de punta serrada bajo el brazo como si fuera un paraguas.
       —¡Santo cielo, Holmes! —exclamé—. ¿No me irá a decir que se ha estado paseando por Londres con eso?
       —He ido en coche al carnicero y he vuelto.
       —¿El carnicero?
       —Y vuelvo con un excelente apetito. Es indiscutible, mi querido Watson, el valor del ejercicio antes del desayuno. Pero apostaría algo a que no adivina la forma en la que me he estado ejercitando.
       —No voy ni a intentarlo.
       Se rió entre dientes mientras se servía el café.
       —Si hubiese mirado en el almacén de Allardyce, hubiese visto un cerdo muerto colgando de un gancho del techo, y a un caballero en mangas de camisa apuñalándolo frenéticamente con esta arma. Yo era el caballero enérgico, y me he convencido a mí mismo de que por mucho que me esfuerce no puedo traspasar al cerdo de un único golpe. ¿A lo mejor quiere intentarlo usted?
       —Por nada del mundo. Pero ¿por qué ha estado haciendo tal cosa?
       —Porque me parece que tiene una relación indirecta con el misterio de Woodman’s Lee. Ah, Hopkins, tengo su telegrama de ayer noche, lo he estado esperando. Pase y únase a nosotros.
       Nuestro visitante era un hombre sumamente despierto, de treinta años de edad, vestido con un discreto traje de tweed, pero mantenía el porte erguido de alguien acostumbrado a un uniforme oficial. Lo identifiqué enseguida como Stanley Hopkins, un joven inspector de policía en cuyo porvenir Holmes tenía grandes esperanzas, mientras que aquel a su vez le profesaba la admiración y el respeto de un discípulo por los métodos científicos del célebre aficionado. Hopkins tenía una expresión sombría en el rostro y se sentó con aire de hondo abatimiento.
       —No, señor, gracias. He desayunado antes de venir. He pasado la noche en la ciudad porque ayer debía presentar un informe.
       —¿Y de qué tenía que informar?
       —De un fracaso, señor, de un absoluto fracaso.
       —¿No ha avanzado nada?
       —Nada.
       —¡Vaya! Tendré que echarle un vistazo al tema.
       —Rezo porque lo haga, señor Holmes. Es mi primera gran oportunidad y ya no se me ocurre nada. Por Dios, ocúpese de ello usted mismo y écheme una mano.
       —Vaya, vaya, pues da la casualidad de que ya he leído todas las pruebas disponibles, incluido el informe de la investigación, con cierta atención. Por cierto, ¿qué piensa de esa petaca de tabaco encontrada en la escena del crimen? ¿No tiene ahí una prueba?
       Hopkins pareció sorprendido.
       —Era la petaca de la víctima, señor. Tenía sus iniciales dentro. Y era de piel de foca…, y él un antiguo cazador de focas.
       —Pero no tenía pipa.
       —No, señor, no pudimos encontrar pipa alguna; de hecho, fumaba muy poco. Sin embargo, puede que llevara tabaco para sus amigos.
       —Sin duda. Solo se lo menciono porque, si me hubiese encargado del caso, me hubiese inclinado por comenzar por ahí mi investigación. No obstante, mi amigo el doctor Watson no sabe nada del asunto y no me vendría mal tampoco escuchar el relato de los hechos una vez más. Denos solo unas cuantas pinceladas de los puntos esenciales.
       Stanley Hopkins sacó un papel del bolsillo.
       —Tengo unas pocas fechas que les darán una idea de la carrera del fallecido, el capitán Peter Carey. Nació en el cuarenta y cinco, tenía cincuenta años de edad. Era un ballenero y cazador de focas muy intrépido y exitoso. En 1883 capitaneaba el vapor Sea Unicorn, de Dundee. Hizo entonces varios viajes seguidos y, al año siguiente, 1884, se jubiló. Después estuvo viajando unos años, y por último compró un pequeña propiedad llamada Woodman’s Lee, cerca de Forest Row, en Sussex. Allí vivió durante seis años, y allí murió hace hoy justo una semana.
       »La vida de este hombre presenta algunos detalles muy singulares. En su día a día era un puritano riguroso…, un tipo triste y callado. Vivían en su casa su mujer, su hija, de veinte años, y dos sirvientas. Estas últimas cambiaban continuamente porque nunca había un ambiente muy acogedor, y algunas veces llegaba a sobrepasar todo lo soportable. El tipo se emborrachaba intermitentemente y, cuando le daba por ahí, era un auténtico desalmado. Era conocido por sacar de casa a su mujer y a su hija en mitad de la noche, y azotarlas en el jardín hasta que despertaban a todo el pueblo con sus gritos.
       »Fue llamado a declarar una vez por una agresión salvaje al párroco, un anciano que lo había ido a visitar para reprenderlo por su conducta. En resumen, señor Holmes, tendría que buscar mucho antes de encontrar a un hombre más peligroso que Peter Carey, y he oído que tenía el mismo carácter cuando capitaneaba su barco. En el negocio era conocido como Peter el Negro, y se le dio ese nombre no solo por su rostro atezado y el color de su enorme barba, sino por su carácter tormentoso, que era el terror de todos los que lo frecuentaban. No necesito decir que era detestado y evitado por todos sus vecinos y que no he oído ni una sola palabra de pesar por su horrible final.
       »Debe haber leído, señor Holmes, en el resumen de la investigación algo acerca del camarote de este hombre, pero tal vez su amigo no haya oído nada de ello. Se había construido él solo una caseta de madera —siempre la llamaba “el camarote”—, a unos cientos de yardas de su casa, y allí era donde dormía cada noche. Era una cabaña pequeña de una sola habitación, de dieciséis pies por diez. Llevaba siempre la llave en el bolsillo, se hacía la cama él mismo, la limpiaba, y no permitía que nadie pusiera un pie más allá del umbral. Hay unas ventanas pequeñas a cada lado, con unas cortinas echadas que nunca descorría. Una de esas ventanas daba hacia la carretera principal, y, cuando había luz en ella por la noche, los del pueblo solían señalársela unos a otros y preguntarse qué estaría haciendo Peter el Negro en ella. Esa es la ventana, señor Holmes, que nos da uno de los pocos testimonios convincentes que aparecen en la investigación.
       »Recordará que un albañil, Slater de nombre, que estaba caminando de vuelta de Foster Row alrededor de la una de la madrugada, dos días antes del asesinato, se paró cuando pasaba por sus tierras y miró el cuadrado de luz que todavía brillaba entre los árboles. Jura que era claramente visible la silueta de la cabeza de un hombre en la cortina, y que esa silueta sin duda alguna no era la de Peter Carey, a quien conoce bien. Era de un hombre con barba, pero la barba era corta y encrespada hacia delante con una forma muy diferente a la del capitán. Eso dice, pero había estado dos horas en el bar, y hay cierta distancia desde la carretera hasta la ventana. Además, esto se refiere al lunes y el crimen se cometió el miércoles.
       »El martes, Peter Carey estaba de un humor de mil diablos, enajenado por la bebida y tan violento como una peligrosa bestia salvaje. Vagaba por la casa, y las mujeres corrían al otro extremo cuando oían que llegaba. Avanzada la tarde, se fue a su cabaña. Alrededor de las dos de la madrugada, su hija, que dormía con la ventana abierta, oyó un alarido espantoso procedente de allí, pero como no era algo fuera de lo común que chillara y gritara cuando estaba bebido, no hizo caso. Al levantarse a las siete, una de las doncellas se percató de que la puerta de la cabaña estaba abierta, pero le tenían tanto miedo a ese hombre que hasta el mediodía nadie se aventuró a bajar para ver lo que había sido de él. Mirando por la rendija de la puerta abierta, vieron algo que las hizo correr con el rostro lívido al pueblo. Una hora después, estaba yo en el lugar y me quedaba al cargo del caso.
       »Bueno, como sabe, señor Holmes, soy de nervios bastante templados, pero le doy mi palabra de que me eché a temblar cuando metí la cabeza en esa caseta. Zumbaba como un armonio con las moscas y moscardones, y el suelo y las paredes eran como las de un matadero. La había llamado camarote, y desde luego que era un camarote, porque hubiese creído que estaba en un barco. Había una litera en una punta, un cofre de marinero, mapas y cartas de navegación, una imagen del Sea Unicorn, una hilera de cuadernos de bitácora en un estante, todo exactamente como se imagina uno que se encontraría en la habitación de un capitán. Y allí, en medio, estaba él mismo, con el rostro retorcido como un alma condenada al tormento, y su gran barba encrespada hacia arriba con gesto agónico. Atravesando su ancho pecho, tenía clavado un arpón de acero, y estaba profundamente hundido en la madera de detrás. Lo habían pinchado como a un escarabajo en un corcho. Por supuesto, estaba completamente muerto, y llevaba así desde el momento en que dio el último alarido de agonía.
       »Conozco sus métodos, señor, y los estuve aplicando. Antes de permitir que movieran nada, examiné lo más cuidadosamente posible la tierra del exterior, y también el suelo de la habitación. No había huellas».
       —¿Quiere decir que no vio ninguna?
       —Le aseguro, señor, que no había ninguna.
       —Mi buen Hopkins, he investigado muchos crímenes, pero todavía no he visto ninguno que haya sido cometido por una criatura voladora. Siempre y cuando el criminal use dos piernas, siempre habrá alguna muesca, alguna abrasión, algo desplazado de forma insignificante que pueda ser detectado por el investigador científico. No resulta creíble que esa habitación salpicada de sangre no contuviera un rastro que hubiese podido ayudarnos. Sin embargo, según los informes de la investigación, ¿no es cierto que había algunos objetos que no dejó pasar por alto?
       El joven inspector se sobresaltó al oír los comentarios irónicos de mi compañero.
       —Fui un tonto al no recurrir a usted en el momento, señor Holmes. Sin embargo, ya no se puede remediar. Sí, había varios objetos en la habitación que requerían una especial atención. Uno era el arpón con el que se perpetraron los hechos. Lo habían arrancado de un armero de la pared. Otros dos permanecían allí, y había un hueco para el tercero. En el mango estaba grabado: «S. S. Sea Unicorn, Dundee». Eso parecía demostrar que el crimen había sido cometido en un momento de ira, y que el asesino había cogido la primera arma con la que se había topado. El que el crimen se hubiera perpetrado a las dos de la madrugada, y, sin embargo, Peter Carey estuviera completamente vestido, sugería que tenía una cita con el asesino, lo que queda confirmado por el hecho de que hubiese una botella de ron y dos vasos manchados sobre la mesa.
       —Sí —dijo Holmes—, creo que ambas inferencias son admisibles. ¿Había otra bebida en la habitación aparte del ron?
       —Sí, había un botellero que contenía coñac y whisky encima del cofre de marinero. No obstante, no tiene importancia para nosotros, puesto que las licoreras estaban llenas, y, por lo tanto, no se habían utilizado.
       —A pesar de todo, su presencia tiene cierta importancia —dijo Holmes—. Sin embargo, oigamos algo más sobre los objetos que, según usted, parecen relevantes para el caso.
       —Estaba esa petaca de tabaco encima de la mesa.
       —¿En qué parte de la mesa?
       —Estaba en el centro. Era de piel de foca sin curtir: la piel de pelo liso con una correa para atarla. Dentro se lee «P. C.» en la solapa. Había media onza de un potente tabaco de marinero en ella.
       —¡Excelente! ¿Qué más?
       Stanley Hopkins sacó de su bolsillo un cuaderno de tapas grisáceas. Por fuera estaba rugoso y desgastado; las hojas, por dentro, desvaídas. En la primera página tenía escritas las iniciales «J. H. N.» y la fecha «1883». Holmes lo puso encima de la mesa y lo examinó a su concienzuda manera, mientras Hopkins y yo mirábamos por encima de un hombro cada uno. En la segunda página habían escrito con letra de imprenta «C. P. R.», y luego venían varias hojas más con números. Otros encabezamientos son Argentina, Costa Rica, São Paulo, cada uno seguido por páginas de símbolos y cifras.
       —¿Qué idea tiene acerca de esto? —preguntó Holmes.
       —Parecen listas de valores bursátiles. Creo que «J. H. N.» son las iniciales de un corredor y es posible que «C. P. R.» fuera su cliente.
       —Pruebe con Canadian Pacific Railway —dijo Holmes.
       Stanley Hopkins soltó una palabrota entre dientes y se dio un golpe en el muslo con el puño.
       —¡Pero qué tonto he sido! —exclamó—. Es lo que usted dice. Entonces, «J. H. N.» son las únicas iniciales que tenemos que resolver. Ya he examinado las listas antiguas de la Bolsa de Valores, y no he logrado encontrar a nadie en 1883, ni entre sus miembros ni entre los corredores externos, cuyas iniciales se correspondan. A pesar de todo, me da la sensación de que es la pista más importante que tengo. Me reconocerá, señor Holmes, que hay una posibilidad de que esas iniciales sean las de la segunda persona que estuvo presente…, en otras palabras, del asesino. Defendería también que la introducción en el caso de un documento vinculado con numerosos títulos de gran valor nos proporciona, por primera vez, un indicio del motivo del crimen.
       En la cara de Sherlock Holmes se podía ver que lo habían cogido completamente desprevenido con ese nuevo giro de los acontecimientos.
       —Tengo que admitir ambos puntos —dijo—. Le confieso que este cuaderno, que no aparecía en el informe de investigación, modifica algunas opiniones que es posible que me hubiese formado. Había llegado a una teoría del crimen en la que no había lugar para esto. ¿Ha tratado de seguir el rastro de alguno de los valores mencionados aquí?
       —Ahora mismo se están llevando a cabo pesquisas sobre ellos en las oficinas, pero me temo que el registro completo de los accionistas de estos negocios sudamericanos se encuentra en Sudamérica, y que transcurrirán algunas semanas antes de que podamos seguirle el rastro a las acciones.
       Holmes había estado examinando la cubierta del cuaderno con su lupa.
       —Creo que hay una mancha aquí, ¿no es así? —dijo.
       —Sí, señor, es una mancha de sangre. Ya le he dicho que había recogido el cuaderno del suelo.
       —¿La mancha de sangre se encontraba por arriba o por abajo?
       —Por el lado de las tablas.
       —Lo que prueba, por supuesto, que el libro se cayó después de que se hubiese cometido el crimen.
       —Exactamente, señor Holmes. Valoré esa posibilidad, y deduje que el libro se le había caído al asesino con las prisas de la huida. Se encontraba cerca de la puerta.
       —Supongo que no se ha encontrado ninguno de esos valores entre las propiedades del difunto.
       —No, señor.
       —¿Tiene alguna razón para sospechar que se tratara de un robo?
       —No, señor. No parecía que hubiesen tocado nada.
       —Vaya, desde luego es un caso muy interesante. Entonces, había un cuchillo, ¿no es así?
       —Un cuchillo todavía en su funda. Se hallaba a los pies del fallecido. La señora Carey lo ha identificado como perteneciente a su marido.
       Holmes se quedó ensimismado durante un rato.
       —Bueno —dijo por fin—, supongo que tendré que ir y echar una ojeada.
       Stanley Hopkins dio un grito de alegría.
       —Gracias, señor. Me va a quitar un auténtico peso de encima.
       Holmes negó con el dedo al inspector.
       —Hubiese sido una tarea más fácil hace una semana —dijo—. Pero es posible que incluso ahora mi visita no sea completamente infructuosa. Watson, si dispone de tiempo, me alegraría mucho que me acompañara. Si puede ir llamando a un coche, Hopkins, estaremos listos para salir para Forest Row en un cuarto de hora.

       Tras bajarnos en el pequeño apeadero de la estación, fuimos en coche unas millas a través de lo que quedaba de los extensos bosques que fueron una vez parte de esa gran arboleda que, durante tanto tiempo, mantuvo a raya a los invasores sajones: la impenetrable Weald, durante sesenta años, baluarte de Gran Bretaña. Habían sido despejados vastos parajes de aquella, porque es la sede de las primeras siderurgias de la región, y habían talado los árboles para fundir el mineral. Ahora los yacimientos más ricos del norte se habían llevado el negocio, y nada, salvo esos bosquecillos devastados y las enormes cicatrices en la tierra atestiguaban el trabajo pretérito. Aquí, en un claro sobre la verde ladera de una colina, había una casa de piedra baja y alargada, a la que se llegaba por un camino curvo que cruzaba el campo. Más cerca de la carretera y rodeada de arbustos por tres de sus lados, estaba la pequeña cabaña, con una ventana y la puerta orientadas en nuestra dirección. ¡Era la escena del crimen!
       Stanley Hopkins nos condujo primero a la casa, donde nos presentó a una mujer ojerosa de pelo gris, la viuda del hombre asesinado, cuyo rostro demacrado y profundamente arrugado, con la mirada furtiva de terror en lo más profundo de sus ojos enrojecidos, delataba los años de adversidad y maltrato que había sufrido. Con ella se encontraba su hija, una chica pálida de cabello rubio, cuyos ojos centelleaban desafiantes al mirarnos mientras nos contaba que estaba muy contenta de que su padre hubiese muerto y que bendecía la mano que había acabado con él. El hogar que había formado Peter Carey era deprimente, y, cuando nos vimos de nuevo al aire libre, nos sentimos aliviados. Entonces nos encaminamos por el sendero que los pasos del fallecido habían abierto por el campo.
       La barraca era una vivienda muy simple, de paredes de madera, techo de tablillas, una ventana junto a la puerta y otra en el otro extremo. Stanley Hopkins sacó la llave del bolsillo y se había inclinado hacia la cerradura cuando se quedó quieto con una mirada de atención y sorpresa en el rostro.
       —Alguien ha tratado de descerrajarla —dijo.
       No cabía duda de ello. El enmaderado estaba cortado y se veían arañazos blancos cruzando la pintura, como si se hubiesen hecho en ese momento. Holmes había estado examinando la ventana.
       —También han intentado forzarla. Quienquiera que sea no ha logrado entrar. Debe de haber sido un ladrón muy mediocre.
       —Esto es rarísimo —dijo el inspector—. Juraría que estas marcas no estaban aquí ayer por la tarde.
       —Algún curioso del pueblo, quizá —sugerí.
       —Es muy improbable. Pocos de ellos se atreven a poner un pie en estas tierras, y mucho menos a intentar entrar a la fuerza en la cabaña. ¿Qué piensa de ello, señor Holmes?
       —Creo que la suerte nos sonríe.
       —¿Quiere decir que va a venir de nuevo esa persona?
       —Es muy probable. Vino con la esperanza de encontrar la puerta abierta. Trató de entrar con la hoja de un cortaplumas muy pequeño. No pudo arreglárselas. ¿Qué cree que hará ahora?
       —Venir otra vez por la noche con una herramienta más práctica.
       —Eso diría yo. Será nuestra culpa si no estamos aquí para recibirlo. Entretanto, veamos el interior del camarote.
       Habían borrado las huellas de la tragedia, pero los muebles en el interior de la pequeña habitación permanecían como habían estado la noche del crimen. Durante dos horas, extremadamente concentrado, Holmes examinó cada objeto uno tras otro, pero en su rostro se adivinaba que la búsqueda no daba sus frutos. Solo se detuvo una vez en su paciente investigación.
       —¿Ha quitado algo de este estante, Hopkins?
       —No, no he movido nada.
       —Han cogido algo. Hay menos polvo en esta esquina del estante que en el resto. Es posible que fuera un libro apoyado sobre este lado. Es posible que fuera una caja. Bueno, bueno, no puedo hacer nada más. Caminemos por estos hermosos bosques, Watson, y concedámosles unas horas a los pájaros y a las flores. Nos reuniremos con usted más tarde, Hopkins, y veremos si podemos conocer más de cerca al caballero que ha venido aquí de visita esta noche.
       Eran pasadas las once cuando preparamos nuestra pequeña emboscada. Hopkins era partidario de dejar la puerta de la cabaña abierta, pero Holmes era de la opinión de que despertaría las sospechas del extraño. La cerradura era una absolutamente sencilla, y solo se necesitaba una buena hoja para hacerla saltar. Holmes sugirió también que esperásemos no dentro de la cabaña, sino fuera entre los arbustos que crecían alrededor de la ventana más alejada. De esta forma, lograríamos observar a nuestro hombre si encendía una luz, y ver qué se proponía en esa sigilosa visita nocturna.
       Fue una guardia larga y meditabunda, y, sin embargo, provocó en nosotros algo de la emoción que debe de sentir un cazador cuando se encuentra junto a una charca y espera la llegada de la fiera sedienta. ¿Qué salvaje criatura era la que podía saltar sobre nosotros de la oscuridad? ¿Era un feroz tigre del crimen, que solo podía ser atrapado tras una lucha muy reñida contra centelleantes zarpas y colmillos, o resultaría ser algún chacal al acecho, peligroso solo para el débil y el indefenso?
       Nos agazapamos entre los arbustos en absoluto silencio, a la espera de cualquier cosa que pudiera ocurrir. Al principio, los pasos de unos lugareños rezagados, o el ruido de unas voces procedentes del pueblo, aliviaron nuestra vigilancia, pero gradualmente estas interrupciones disminuyeron y se impuso a nuestro alrededor un absoluto silencio, exceptuando las campanadas de la remota iglesia, que nos indicaban el avance de la noche, y por el susurro y el murmullo de una lluvia fina que caía entre las hojas que nos resguardaban.
       Habían sonado las dos y media, y era esa hora tan oscura que precede al amanecer, cuando los tres nos sobresaltamos con un leve pero agudo chasquido que procedía de la puerta. Alguien había entrado al camino de acceso a la casa. Se hizo de nuevo un largo silencio, y había empezado a temerme que era una falsa alarma cuando se oyeron unos pasos sigilosos del otro lado de la cabaña, y un momento más tarde una estridencia y tintineo metálicos. El tipo estaba tratando de forzar la cerradura. Esta vez su habilidad fue mayor o su herramienta mejor, porque de repente hubo un ruido seco y un chirrido de goznes. Luego se encendió una cerilla, y, un momento después, llenaba el interior de la cabaña la luz constante de una vela. No le quitábamos ojo, a través de la cortina de gasa, a la escena de dentro.
       El visitante nocturno era un hombre joven, delgado y enclenque, con un bigote negro que aumentaba la palidez mortal de su rostro. No podía tener mucho más de veinte años. Nunca he visto ser humano alguno que pareciese tan patéticamente asustado, porque sus dientes castañeteaban de manera visible y le temblaba todo el cuerpo. Iba vestido como un caballero, con una chaqueta Norfolk y pantalón bombacho, y una gorra en la cabeza. Observamos cómo miraba a su alrededor con ojos aterrados. Entonces, dejó el cabo de la vela encima de la mesa y desapareció de nuestra vista en uno de los rincones. Volvió con un gran libro, uno de los cuadernos de bitácora que estaban alineados en las baldas. Apoyándose sobre la mesa, pasó rápidamente las hojas de ese volumen hasta que dio con la entrada que estaba buscando. Entonces, con un gesto rabioso de su puño, cerró el libro, lo volvió a colocar en el rincón y apagó la luz. Apenas se había dado la vuelta para marcharse de la cabaña cuando la mano de Hopkins le agarró el cuello, y oí su gran grito de terror al comprender que lo habían atrapado. Se encendió de nuevo la vela, y ahí estaba nuestro lamentable prisionero encogiéndose y tiritando en las garras del detective. Cayó sobre el cofre marinero, y nos miró impotente a cada uno de nosotros.
       —Y ahora diga, mi querido amigo —dijo Stanley Hopkins—, ¿quién es usted y qué está buscando aquí?
       El tipo se calmó y nos miró a la cara en un esfuerzo por serenarse.
       —Supongo que son detectives, ¿verdad? —dijo—. Imaginan que estoy relacionado con la muerte del capitán Peter Carey. Les aseguro que soy inocente.
       —Eso habrá que verlo —dijo Hopkins—. Antes de nada, ¿cómo se llama?
       —John Hopley Neligan.
       Vi cómo Holmes y Hopkins intercambiaban una breve mirada.
       —¿Qué está haciendo aquí?
       —¿Puede quedar entre nosotros?
       —No, desde luego que no.
       —¿Por qué debería contárselo?
       —Si no tiene una respuesta, es posible que le vaya mal en el juicio.
       El joven dio un respingo.
       —Bueno, pues se lo contaré —dijo—. ¿Por qué no iba a hacerlo? No soporto pensar que se resucita este viejo escándalo. ¿Han oído hablar de Dawson y Neligan?
       Pude ver en el rostro de Hopkins que no, pero Holmes estaba profundamente interesado.
       —Se refiere a los banqueros del West Country —dijo—. Quebraron dejando un millón en deudas, arruinaron a la mitad de las familias de Cornwall y Neligan desapareció.
       —Exacto. Neligan era mi padre.
       Por fin, sacábamos algo en claro, y, a pesar de ello, parecía haber una gran laguna entre un banquero fugado y el capitán Peter Carey pinchado contra la pared con uno de sus propios arpones. Todos escuchábamos atentamente las palabras del joven.
       —Mi padre era el verdadero implicado. Dawson se había jubilado. Yo solo tenía diez años en aquel momento, pero era lo suficientemente mayor como para sentir vergüenza y horror por todo lo sucedido. Siempre se ha dicho que mi padre robó todos los títulos y huyó. No es cierto. Tenía la creencia de que, si le daban tiempo para liquidarlos, se pagaría bien y a cada acreedor la deuda íntegra. Salió en su pequeño yate hacia Noruega justo antes de que se emitiese su orden de arresto. Puedo recordar esa última noche que se despidió de mi madre. Nos dejó una lista de los valores que se llevaba, y juró que volvería tras limpiar su buen nombre y que nadie de los que habían confiado en él sufriría por ello. Pues bien, nunca se volvió a oír una palabra de él. Ambos, el yate y él, se desvanecieron completamente. Mi madre y yo creíamos que, tanto uno como otro, con los valores que se había llevado consigo, estaban en el fondo del mar. Sin embargo, teníamos un amigo de confianza, que es un hombre de negocios, y fue él quien descubrió hace algún tiempo que algunos de los valores que mi padre llevaba consigo habían vuelto a aparecer en el mercado de Londres. Pueden imaginar nuestra sorpresa. Me he pasado meses tratando de seguirles la pista y, por fin, tras muchas incertidumbres y dificultades, descubrí que el vendedor original había sido el capitán Peter Carey, el propietario de esta cabaña.
       »Lógicamente, hice algunas averiguaciones sobre él. Me enteré de que había estado al mando de un ballenero que debía regresar de los mares del Ártico en el mismo momento en que mi padre estaba cruzando hacia Noruega. El otoño de ese año fue tormentoso, y hubo una larga serie de tempestades del sur. Es muy posible que el yate de mi padre hubiese sido empujado hacia el norte por los vientos, y ahí tropezarse con el barco del capitán Peter Carey. Si ocurrió así, ¿qué había sido de mi padre? En cualquier caso, si podía probar mediante el testimonio de Peter Carey cómo habían llegado esos valores al mercado, sería una prueba de que mi padre no los había vendido y que no tenía como objetivo aprovecharse de ellos cuando se los llevó.
       »Bajé a Sussex con la intención de ver al capitán, pero fue en ese momento cuando sucedió su horrible muerte. Leí en el informe de la investigación una descripción de su camarote, en la que se indicaba que conservaba en él los viejos cuadernos de bitácora de su navío. Se me ocurrió que si podía ver lo que sucedió en el mes de agosto de 1883 a bordo del Sea Unicorn, podría resolver el misterio del destino de mi padre. La pasada noche traté de obtener esos cuadernos, pero fui incapaz de abrir la puerta. Esta noche lo he intentado de nuevo, y con éxito, pero descubro que las páginas concernientes a ese mes han sido arrancadas del libro. Ha sido en ese momento en el que me he visto preso entre sus manos».
       —¿Eso es todo?
       —Sí, eso es todo —dijo apartando la mirada.
       —¿No tiene nada más que contarnos?
       Titubeó.
       —No, no hay nada más.
       —¿No había estado aquí antes de la noche de ayer?
       —No.
       —Entonces, ¿cómo puede explicar esto? —exclamó Hopkins mientras levantaba el irrefutable cuaderno con las iniciales de nuestro prisionero en la primera hoja y la mancha de sangre en la tapa.
       El infeliz se desmoronó. Hundió el rostro entre las manos y se puso a temblar de arriba abajo.
       —¿De dónde lo ha sacado? —gimió—. No lo sabía. Pensaba que lo había perdido en el hotel.
       —Ya basta —dijo Hopkins con dureza—. Cualquier otra cosa que tenga que decir la dirá ante un tribunal. Ahora bajará andando conmigo a la comisaría. Bueno, señor Holmes, les estoy muy agradecido a usted y a su amigo por haber venido aquí a ayudarme. Parece que al final su presencia no era necesaria y que hubiera llevado a feliz término el caso solo, pero, a pesar de todo, me siento en deuda con usted. Les han reservado unas habitaciones en el hotel Brambletye, así que podemos bajar todos juntos al pueblo.
       —Bueno, Watson, ¿qué le parece? —preguntó Holmes cuando viajábamos de vuelta a la mañana siguiente.
       —Por lo que veo no se ha quedado conforme.
       —Oh, sí, mi querido Watson, me he quedado absolutamente conforme. Por otro lado, los métodos de Stanley Hopkins no me parecen recomendables. Me siento decepcionado con Stanley Hopkins. Hubiese esperado más de él. Uno siempre debería buscar una alternativa posible y estar precavido contra esta. Es la primera regla de la investigación criminal.
       —¿Cuál es, entonces, la alternativa?
       —La línea de investigación que he estado siguiendo yo mismo. Es posible que no nos lleve a nada. No puedo decirlo. Pero, al menos, continuaré con ella hasta el final.
       A Holmes le esperaban varias cartas en Baker Street. Agarró una de ellas al vuelo, la abrió y soltó una risilla triunfal.
       —Excelente, Watson. La alternativa avanza. ¿Tiene impresos de telegrama? Escriba solo un par de mensajes por mí: «Sumner, agente marítimo, Ratcliff Highway. Envíe tres hombres. A las diez de la mañana. Basil». Es mi nombre por esos lares. El otro es: «Inspector Stanley Hopkins, Lord Street 46, Brixton. Desayune aquí mañana a las nueve y media. Importante. Telegrafíe si puede venir. Sherlock Holmes». Mire, Watson, este caso lleva obsesionándome diez días. Por la presente, lo aparto de mi mente por completo. Confío en que mañana sea el último día que oigamos hablar de él.
       El inspector Stanley Hudson apareció a la hora exacta, y nos sentamos a disfrutar de un excelente desayuno que había preparado la señora Hudson. El joven detective estaba pletórico por su éxito.
       —¿De verdad cree que su solución es la correcta? —preguntó Holmes.
       —No podría imaginarme un caso más redondo.
       —No me parece concluyente.
       —Me sorprende, señor Holmes. ¿Qué más se le podría pedir?
       —¿Su explicación aclara todos los elementos?
       —Indudablemente. He descubierto que el joven Neligan llegó al hotel Brambletye el mismo día del crimen. Llegó con el pretexto de jugar al golf. Su habitación estaba en la planta de abajo y podía salir cuando quisiera. Esa misma noche fue a Woodman’s Lee, vio a Peter Carey en la cabaña, se peleó con él y lo mató con el arpón. Entonces, horrorizado por lo que había hecho, huyó de la cabaña, pero se le cayó el cuaderno que había llevado consigo con el fin de interrogar a Peter Carey por varios valores. Posiblemente, observaron que algunos de ellos estaban señalados y otros —la gran mayoría— no. Los marcados han sido localizados en el mercado londinense, pero los demás se suponía que todavía estaban en posesión de Carey, y el joven Neligan, según su propio relato, estaba deseoso de recuperarlos para hacer lo correcto con los acreedores de su padre. Después de su huida, no se atrevió a acercarse a la cabaña de nuevo por algún tiempo, pero, al final, se obligó a hacerlo con el fin de obtener la información que necesitaba. ¿No resulta todo esto obvio y sencillo?
       Holmes sonrió y negó con la cabeza.
       —Me parece que solo hay un inconveniente, Hopkins, y es que es imposible de por sí. ¿Ha intentado traspasar un cuerpo con un arpón? ¿No? Vaya, vaya, señor mío, debería prestarles más atención a esos detalles. Mi amigo Watson podría decirle que me pasé toda una mañana tratando de hacerlo. No es cosa fácil, y requiere un brazo fuerte y acostumbrado. Pero ese golpe fue asestado con tal violencia que la punta del arpón se hundió hasta el fondo en la pared. ¿Imagina a este jovencito anémico capaz de un ataque tan espantoso? ¿Es él quien estuvo dándole al ron con agua con Peter el Negro a altas horas de la noche? ¿Era su silueta la que se vio por la ventana dos noches antes? No, no, Hopkins, es otra persona y más temible a la que debemos buscar.
       La cara del detective se había puesto cada vez más larga durante el sermón de mi amigo. Sus esperanzas y ambiciones se estaban viniendo abajo. Pero no abandonaría su postura sin lucha.
       —No puede negar que Neligan estaba presente esa noche, señor Holmes. El cuaderno lo prueba. Me imagino que tengo evidencias suficientes como para satisfacer a un jurado, aun cuando sea capaz de encontrar algún defecto en ellas. Además, señor Holmes, yo he dado con mi hombre. Esa persona tan aterradora suya, ¿dónde está?
       —Me da la impresión de que está en la escalera —dijo con calma—. Creo, Watson, que haría bien en tener ese revólver a mano.
       Se levantó y dejó un papel escrito encima de una mesa auxiliar.
       —Ahora estamos listos —dijo.
       Se acababa de oír cierta conversación un tanto brusca fuera, y ahora la señora Hudson abría la puerta para decir que había tres hombres que preguntaban por el capitán Basil.
       —Hágalos pasar uno a uno —dijo Holmes.
       El primero que entró era una manzana reineta de hombre, con carrillos sonrojados y patillas blancas y rizadas. Holmes se había sacado una carta del bolsillo.
       —¿Nombre? —preguntó.
       —James Lancaster.
       —Lo siento, Lancaster, pero las literas están ya ocupadas. Aquí tiene medio soberano por las molestias. Entre por favor en esa habitación y espere ahí unos minutos.
       El segundo hombre era un individuo alto y enjuto, con el pelo liso y mejillas cetrinas. Su nombre era Hugh Pattins. Recibió también su despido, su medio soberano y la orden de esperar.
       El tercer solicitante era un hombre de aspecto fuera de lo común. Un rostro de fiero bulldog quedaba enmarcado por una maraña de pelo y barba, y unos ojos descarados y negros brillaban bajo unas cejas espesas, erizadas, prominentes. Saludó y se quedó de pie a la manera de los marineros, y luego le dio vueltas a su gorra entre las manos.
       —¿Su nombre? —preguntó Holmes.
       —Patrick Cairns.
       —¿Arponero?
       —Sí, señor. Veintiséis viajes.
       —De Dundee, supongo.
       —Sí, señor.
       —¿Y listo para zarpar con un barco explorador?
       —Sí, señor.
       —¿Con qué paga?
       —Ocho libras al mes.
       —¿Podría zarpar de inmediato?
       —En cuanto coja mis bártulos.
       —¿Tiene sus papeles?
       —Sí, señor.
       Sacó un fajo de impresos desgastados y grasientos de su bolsillo. Holmes les echó una ojeada y se los devolvió.
       —Es usted el hombre que andaba buscando —dijo—. Aquí en la mesa auxiliar está el contrato. Si lo firma, quedará todo cerrado.
       El hombre de mar se tambaleó al cruzar la habitación y coger la pluma.
       —¿Firmo aquí? —preguntó encorvado sobre la mesa.
       Holmes se asomó por encima de su hombro y pasó ambas manos junto a su cuello.
       —Con eso basta —dijo.
       Oí un chasquido de acero y un bramido de toro enfurecido. Al momento siguiente, Holmes y el hombre de mar estaban rodando juntos por el suelo. Era un hombre de una fuerza tan enorme que, incluso con las esposas que Holmes había cerrado alrededor de sus muñecas de manera tan hábil, hubiese vencido rápidamente a mi amigo si Hopkins y yo no nos hubiésemos apresurado a ayudarlo. Solo cuando presioné el frío cañón del revólver contra su sien, comprendió por fin que era inútil resistirse. Atamos sus tobillos con una cuerda y nos levantamos sin aliento del forcejeo.
       —Lo lamento mucho, Hopkins —dijo Sherlock Holmes—, me temo que los huevos revueltos se han quedado fríos. Sin embargo, disfrutará del resto de su desayuno más a gusto, supongo, cuando piense que le ha puesto a su caso un broche final.
       Stanley Hopkins se había quedado sin habla del asombro.
       —No sé qué decir, señor Holmes —se le escapó por fin, con la cara muy enrojecida—. Me parece que me he puesto en ridículo desde el principio. Ahora entiendo lo que nunca debería haber olvidado, que yo soy el alumno y usted, el maestro. Incluso ahora mismo veo lo que ha hecho, pero no sé cómo lo ha hecho o lo que significa.
       —Bueno, bueno —dijo Holmes de buen humor—. Todos aprendemos con la experiencia, y su lección esta vez es que nunca debería perder de vista la alternativa. Estaba tan concentrado en el joven Neligan que no podía pensar ni un momento en Patrick Cairns, el auténtico asesino de Peter Carey.
       La voz ronca del hombre de mar interrumpió nuestra conversación.
       —Mire, jefe —dijo—, no me quejo de ser maltratado de esta manera, pero querría que llamara a las cosas por su nombre. Dice que asesiné a Peter Carey; yo, que maté a Peter Carey, anda que no hay diferencia. Puede que no se crea lo que digo. Puede que piense que les estoy largando un cuento.
       —En absoluto —dijo Holmes—. Oigamos lo que tiene que decir.
       —Se cuenta en un tris, y, por Dios, que cada palabra que diré es la pura verdad. Conocía a Peter el Negro y, en cuanto me sacó su cuchillo, lo atravesé con un arpón sin perder un segundo, porque sabía que era su vida o la mía. Así es como se murió. Puede llamarlo asesinato. De todas formas, me iba a morir pronto, ya fuera con una soga al cuello o con el cuchillo de Peter el Negro en el corazón.
       —¿Cómo llegó allí? —preguntó Holmes.
       —Se lo contaré desde el principio. Déjeme solo que me incorpore un poco para que pueda hablar con calma. Pasó en el ochenta y tres…, en agosto de ese año. Peter Carey era capitán del Sea Unicorn y yo el segundo arponero. Nos alejábamos del casquete polar de camino a casa, con viento de proa y una semana de tempestades del sur, cuando rescatamos a una pequeña embarcación a la que había arrastrado el viento hacia el norte. Solo había un hombre en ella…, un marinero sin experiencia. La tripulación había creído que se iba a ir a pique y se habían ido todos para Noruega en el bote salvavidas. Supongo que terminaron ahogándose. El caso es que trajimos a bordo a ese tipo, y el patrón y él charlaron varias veces largo y tendido en el camarote. Todo el equipaje que se había llevado con él era una caja de hojalata. Hasta donde yo sé, nunca se mencionó su nombre, y la segunda noche desapareció como si nunca hubiese estado allí. Se dijo que se había tirado por la borda o que se había caído por ella con el temporal que estábamos teniendo. Solo un hombre sabía lo que le había pasado, y ese era yo, porque vi con mis propios ojos cómo el patrón lo levantaba por los talones y lo pasaba por encima de la barandilla en el segundo turno de guardia de una noche cerrada, dos días antes de avistar los faros de Shetland.
       »Pues bien, me guardé lo que sabía para mí y esperé a ver lo que resultaba de aquello. Cuando volvimos a Escocia, se tapó fácilmente y nadie hizo preguntas. Un extraño muerto por accidente no era un asunto que le interesara a nadie. Poco después, Peter Carey abandonó el mar, y pasaron muchos años antes de que pudiera descubrir dónde estaba. Supuse que lo había hecho por lo que había en esa caja de hojalata, y que ahora podría permitirse pagarme bien por mantener la boca cerrada.
       »Me enteré de dónde vivía por un marinero que se lo había encontrado en Londres, y fui allí para presionarlo. La primera noche fue bastante razonable, y estaba dispuesto a darme lo que necesitara para librarme del mar de por vida. Teníamos que concretarlo todo dos noches más tarde. Cuando llegué, me lo encontré más que medio borracho y de un humor de mil demonios. Nos sentamos y bebimos y contamos historias de los viejos tiempos, pero, cuanto más bebía él, menos me gustaba la expresión de su cara. Me percaté de ese arpón de la pared, y pensé que posiblemente lo necesitara antes de que acabáramos la noche. Entonces, por fin, estalló, escupiéndome y maldiciéndome, con una mirada de asesino y un cuchillo enorme en la mano. No tuvo tiempo de sacarlo de la funda antes de que le hubiese atravesado con el arpón. ¡Cielo santo! Menudo alarido que dio, ¡y su cara no me deja dormir! Me quedé allí, con su sangre salpicando a mi alrededor, y esperé un momento, pero todo estaba en silencio, así que me armé de valor una vez más. Miré a mi alrededor, y allí estaba la caja de hojalata en una balda. En cualquier caso, tenía tanto derecho a ella como Peter Carey, así que la cogí y me marché de la cabaña. Me dejé como un tonto la petaca del tabaco encima de la mesa.
       »Ahora les contaré la parte más extraña de toda la historia. Acababa de salir fuera de la cabaña cuando oí llegar a alguien, y me escondí entre los arbustos. Apareció un hombre acercándose sigilosamente, entró en la cabaña, soltó un grito como si hubiese visto un fantasma y salió corriendo por piernas lo más rápido que podía hasta que lo perdí de vista. Quién era o qué quería está más allá de lo que les puedo decir. Por mi parte, caminé diez millas, cogí un tren en Tunbridge Wells y así llegué a Londres, y no se enteró nadie de nada.
       »Pues bien, cuando me puse a examinar la caja, descubrí que no había dinero en ella, y nada salvo papeles que no me atrevería a vender. Ya no podía apretar a Peter el Negro y estaba varado en Londres sin un chelín. Solo me quedaba mi oficio. Vi esos anuncios sobre arponeros y pagas altas, así que fui a los agentes marítimos, y ellos me enviaron aquí. Eso es todo lo que sé, y le vuelvo a decir que, si bien maté a Peter el Negro, la policía debería darme las gracias, porque les he ahorrado lo que vale una soga de cáñamo».
       —Una exposición de los hechos muy clara —dijo Holmes, levantándose y encendiendo su pipa—. Creo, Hopkins, que no debería perder ni un minuto en conducir a su prisionero a un lugar seguro. Esta habitación no está bien acondicionada para hacer de celda, y el señor Patrick Cairns ocupa una parte demasiado grande de nuestra alfombra.
       —Señor Holmes —dijo Hopkins—. No sé cómo expresarle mi gratitud. Ni siquiera ahora comprendo cómo ha hallado esta solución.
       —Simplemente teniendo la buena suerte de seguir la pista correcta desde el principio. Es muy posible que, si hubiese sabido algo acerca de este cuaderno, también me hubiese andado por las ramas, como le pasó a usted. Pero todo lo que conocía del caso apuntaba en una única dirección. La fuerza asombrosa, la habilidad en el uso del arpón, el ron con agua, la petaca de piel de foca con el tabaco basto: todo esto apuntaba a un hombre de mar, y a uno que había sido ballenero. Estaba convencido de que las iniciales «P. C.» en la petaca eran una coincidencia, y no las de Peter Carey, puesto que raras veces fumaba, y no se encontró pipa alguna en su camarote. Recuerda que le pregunté si había whisky y coñac en el camarote. Dijo que había. ¿Cuánta gente de tierra firme hay que beba ron cuando pueden tomar esas otras bebidas? Sí, estaba seguro de que era un hombre de mar.
       —¿Y cómo lo encontró?
       —Señor mío, el problema se había vuelto muy sencillo. Si era un hombre de mar, solo podía ser uno que hubiese estado con él en el Sea Unicorn. Hasta donde pude alcanzar, no había navegado en otro barco. Me pasé tres días mandando telegramas a Dundee, y al final averigüé los nombres de la tripulación del Sea Unicorn en 1883. Cuando encontré a Patrick Cairns entre los arponeros, mi búsqueda llegó a su fin. Deduje que el tipo estaba probablemente en Londres y que desearía abandonar el país por un tiempo. Por lo tanto, me pasé unos días en el East End, me inventé una expedición al Ártico, ofrecí unas condiciones tentadoras para los arponeros que sirvieran a las órdenes del capitán Basil… ¡y ya puede ver el resultado!
       —¡Increíble! —exclamó Hopkins—. ¡Increíble!
       —Tiene que conseguir que pongan al joven Neligan en libertad tan pronto como sea posible —dijo Holmes—. Le confieso que creo que le debe una disculpa. Deben devolverle la caja de hojalata, pero, por supuesto, los valores que vendió Peter Carey se han perdido para siempre. Aquí está el coche, Hopkins, y ya puede llevarse a su hombre. Si me necesita para el juicio, podrá encontrarnos a Watson y a mí en algún lugar de Noruega… Ya le enviaré los detalles.



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