Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura del vampiro de Sussex (1924)
(“The Adventure of the Sussex Vampire”)
Originalmente publicado, simultáneamente, en las revistas The Strand Magazine, Inglaterra
y Hearst’s International, Estados Unidos (enero 1924);
The Case-Book of Sherlock Holmes
(Londres: John Murray, 1927, 320 págs.)



      Holmes terminó de leer detenidamente una nota que le había llegado con las últimas cartas. Luego, con una risita sarcástica, que en él era lo más parecido a una risa, me la pasó.
       —Creo que se encuentra en el límite de la combinación de lo moderno con lo medieval, de lo práctico con la fantasía más desenfrenada —dijo—. ¿Qué le parece, Watson?
       Leí lo que sigue:

46, OLD JEWRY
       19 de noviembre
Asunto: Vampiros.

    Estimado señor:
     Nuestro cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson & Muirhead, comerciantes de té, de Mincing Lane, nos ha hecho una consulta en un comunicado de la misma fecha en referencia a los vampiros. Como nuestra firma está especializada en la tasación de maquinaria, difícilmente este asunto es de nuestra competencia, y, por lo tanto, le hemos recomendado al señor Ferguson que se ponga en contacto con usted y le exponga su caso. No hemos olvidado su afortunada intervención en el caso de Matilda Briggs.

Atentamente,
Morrison, Morrison & Dodd
El representante,
E. J. C.

       —Matilda Briggs no es el nombre de una joven, Watson —comentó Holmes en tono nostálgico—. Era un barco relacionado con la rata gigante de Sumatra, una historia para la que la gente no está todavía preparada. Pero ¿qué sabemos nosotros de vampiros? ¿Es de nuestra competencia? Cualquier cosa es preferible a la inactividad, pero parece que nos vemos mezclados en un cuento de los hermanos Grimm. Alargue el brazo, Watson, y veamos qué tiene la V que decir.
       Me eché atrás en mi asiento y bajé el enorme libro de consulta al que se refería. Holmes lo puso encima de su rodilla y sus ojos se movían despacio y con cariño por los antiguos casos recogidos en él, que se entremezclaban con la información reunida durante toda una vida.
       —Viaje del Gloria Scott —leyó—. Feo asunto. Me parece recordar que lo dejó por escrito, Watson, aunque no me siento capaz de felicitarle por el resultado. Victor Lynch, el falsificador. Veneno de un lagarto: el monstruo de Gila. ¡Un caso muy notable! Vittoria, la belleza del circo. Vanderbilt y el ratero. Víboras. Vigor, el asombro de Hammersmith. Bueno, bueno, con mi vieja enciclopedia. Es insuperable. Escuche esto, Watson. Vampirismo en Hungría. Aquí hay otra entrada, Vampiros en Transilvania.
       Pasó las páginas impacientemente, pero, después de una breve y detenida lectura, tiró al suelo el enorme libro con un gruñido de decepción.
       —¡Pamplinas, Watson, pamplinas! ¿Qué tenemos nosotros que ver con cadáveres vivientes que solo podemos encerrar en sus tumbas atravesándoles el corazón con una estaca? Es una pura locura.
       —Pero —respondí yo— ¿y si el vampiro no fuera necesariamente un muerto? Una persona viva podría adoptar ese vicio. Por ejemplo, he leído que hay viejos que se beben la sangre de los jóvenes con el fin de mantenerse en su plenitud.
       —Tiene razón, Watson. Aquí se menciona esa leyenda en una de estas entradas. Pero ¿debemos prestarle atención seriamente a ese tipo de cosas? Esta agencia tiene los pies en la tierra y así debe seguir siendo. El mundo es demasiado grande para nosotros. No necesitamos dedicarnos a los fantasmas. Me temo que no podemos tomarnos al señor Robert Ferguson muy en serio. Es posible que esta nota sea obra suya y puede que esclarezca en alguna medida lo que le preocupa.
       De encima de la mesa, cogió una segunda carta que nos había pasado inadvertida mientras Holmes había estado absorto con la primera. Empezó a leerla con una sonrisa de diversión en el rostro que se fue esfumando poco a poco para dar paso a una expresión de intenso interés y concentración. Cuando hubo terminado, se quedó ensimismado durante un rato con la carta colgando entre sus dedos. Después, con un sobresalto, dejó por fin de estar absorto.
       —Cheeseman’s, Lamberley. ¿Dónde está Lamberley, Watson?
       —Está en Sussex, al sur de Horsham.
       —No demasiado lejos, ¿verdad? ¿Y Cheeseman’s?
       —Conozco bien esa zona, Holmes. Está llena de casas de hace siglos a las que llaman por el nombre del que las construyó. Tiene una Odley’s y una Harvey’s y una Carrinton’s: se ha olvidado a sus constructores, pero sus nombres perviven en sus casas.
       —Así es —dijo Holmes con frialdad: era una de las características de su temperamento orgulloso y hermético el que, aun cuando clasificase tranquilamente y con precisión cualquier información novedosa, raras veces se lo reconocía a quien le informaba—. Me temo que sabremos mucho más de la casa Cheeseman’s de Lamberley antes de que termine este caso. La carta es, como me imaginaba, de Robert Ferguson. Por cierto, afirma que le conoce.
       —¿A mí?
       —Mejor léala.
       Me tendió la carta por encima de la mesa. Tenía la misma dirección que la primera en el encabezamiento.
       Decía:

    Estimado señor Holmes:
     Mis abogados me han recomendado que me ponga en contacto con usted, pero, en realidad, el asunto es de una naturaleza tan sumamente delicada que me resulta muy difícil hablar de ello. El interesado es un amigo en nombre del cual actúo. Este caballero se casó hará cinco años con una dama peruana, hija de un comerciante del mismo país, a quien conoció en relación con la importación de los nitratos. La dama era muy hermosa, pero el que ella tuviera origen extranjero y una religión distinta siempre ocasionaba un distanciamiento en los intereses y sentimientos del marido y la mujer, de ahí que, pasado un tiempo, el amor que profesaba a su esposa quizá se enfriase y viera su matrimonio como un error. Sentía que había facetas de su carácter en las que nunca podría ahondar ni comprender. Esto le resultaba aún más doloroso, pues era una esposa tan dulce como un hombre pudiera tener: todo indicaba que ella sentía auténtica veneración por su esposo.
     Ahora vayamos al punto en el que ya me extenderé más cuando nos encontremos. En realidad, le escribo para que se haga una idea general de la situación y para preguntarle si estaría interesado en el asunto. La dama empezó a manifestar algunos comportamientos muy curiosos y bastante ajenos a su ternura y talante amable de costumbre. Era el segundo matrimonio del caballero y había tenido un hijo de su primera mujer. Este chico tiene ahora quince años, es un joven encantador y muy cariñoso, aunque sufre una desafortunada lesión por un accidente de su infancia. Dos veces han sorprendido a la esposa agrediendo a este pobre muchacho sin provocación alguna por parte de este. Una de las veces le golpeó con un palo y le hizo un gran cardenal en el brazo.
     Esto tuvo poca importancia comparado con su conducta con respecto a su propio hijo, una cosita de menos de un año. En una ocasión, hace cerca de un mes, habían dejado unos minutos a este pequeño a cargo de su niñera. Un fuerte grito del bebé, como si le doliera algo, hizo que la niñera volviera a ver qué pasaba. Cuando entró corriendo en la habitación vio a la señora inclinada sobre el bebé y mordiendo, en apariencia, su cuello. Había una herida pequeña en el cuello de la que manaba un hilo de sangre. La niñera se quedó tan horrorizada que quiso llamar al marido, pero la dama le imploró que no lo hiciera y hasta le pagó quinientas libras para comprar su silencio. No le dio nunca una explicación y, por el momento, dejaron a un lado el tema.
     Sin embargo, a la niñera aquello le había causado una impresión espantosa y, desde entonces, empezó a vigilar estrechamente a su señora y no bajó la guardia en lo referente al bebé, a quien quería de todo corazón. Le pareció que, del mismo modo que ella vigilaba a la madre, la madre la vigilaba a ella, y que, cada vez que se veía obligada a dejar al bebé solo, allí estaba la madre para estar con él. Día y noche protegía la niñera al niño, y día y noche la madre, sigilosa y acechante, parecía estar aguardando como un lobo a un cordero. Debo escribirle lo más increíble de todo, pero le ruego que se lo tome en serio, porque la vida de un niño y la cordura de un hombre dependen de ello.
     Al final llegó un día terrible en que no se le pudieron ocultar más los hechos al marido. A la niñera la traicionaron los nervios; ya no podía soportar la tensión por más tiempo y le confesó todo al hombre. A este le pareció una historia tan descabellada como quizá le parezca a usted en este momento. Sabía que su esposa era una esposa cariñosa, y, salvo los ataques a su hijastro, una madre cariñosa. ¿Cómo iba ella, entonces, a causarle daño a su pequeño? Le dijo a la niñera que estaba delirando, que sus sospechas eran cosas de lunática, y que no toleraría esas calumnias contra su señora. Mientras hablaban, oyeron un repentino grito de dolor. Niñera y señor se precipitaron al cuarto del bebé. Imagínese lo que sintió, señor Holmes, al ver que su esposa se estaba poniendo en pie tras estar arrodillada junto a la cuna y ver sangre en el cuello desnudo del niño y en la sábana. Con un grito de horror, giró el rostro de su mujer hacia la luz y vio sangre alrededor de sus labios. Fuera de toda duda, había bebido sangre del pobre bebé.
     Así está el asunto ahora mismo. Ella está encerrada en su habitación. No ha dado explicación alguna. El marido se ha vuelto medio loco. Sabe tan poco como yo del vampirismo más allá del nombre. Hasta ahora pensábamos que era un cuento disparatado de regiones extranjeras. Y, sin embargo, aquí, en el mismo corazón de la muy inglesa Sussex… bueno, acerca de todo ello podemos hablar con usted por la mañana. ¿Me recibirá? ¿Utilizará sus enormes aptitudes para ayudar a un hombre trastornado? Si es así, haga el favor de enviar un telegrama a nombre de Ferguson, a Cheeseman’s, Lamberley, y estaré en su domicilio alrededor de las diez.

Atentamente,
R
OBERT FERGUSON

    P.D.: Creo que su amigo Watson jugaba al rugby en el Blackneath cuando yo jugaba en la posición de tres cuartos del Richmond. Es la única referencia personal que le puedo dar.

       —Naturalmente que me acuerdo de él —comenté dejando a un lado la carta—. Bob Ferguson, el Alto, el mejor tres cuartos que haya tenido Richmond alguna vez. Siempre fue un buenazo. Es muy de propio de él preocuparse tanto por la suerte de un amigo.
       Holmes me miró con aire meditabundo y negó con la cabeza.
       —Nunca sé dónde tiene sus límites, Watson —me dijo—. Todavía hay en usted posibilidades por explorar. Tome nota de un telegrama como la buena persona que es: «Estudiaré su caso con mucho gusto».
       —¡Su caso!
       —No debemos dejarle pensar que esta agencia es una casa de idiotas. Por supuesto que es su caso. Envíele ese telegrama y olvidémonos del asunto hasta mañana.

       A las diez en punto de la mañana siguiente, entraba Ferguson en nuestro domicilio. Yo lo recordaba como un tipo alto y flaco, de pies ligeros y buena cintura que lo habían llevado a sobrepasar muchas veces a la zaga contraria. Seguramente no haya nada más penoso en esta vida que ver la decadencia de un buen atleta al que uno ha conocido en su plenitud. Había echado a perder su magnífica figura, el cabello rubio le escaseaba y llevaba los hombros caídos. Me temo que le causé la misma impresión.
       —¿Qué hay, Watson? —me dijo con una voz que seguía siendo grave y afectuosa—. No se parece ya mucho al hombre que era cuando le empujé por encima de las vallas contra el público del Old Deer Park. Me imagino que yo también he cambiado un poco. Pero lo que más me ha avejentado ha sido lo sucedido estos últimos días. Veo por su telegrama, señor Holmes, que es inútil fingir que represento a nadie.
       —Es más sencillo ser directos —dijo Holmes.
       —Naturalmente. Pero puede imaginarse lo difícil que resulta cuando se trata de una mujer a la que tiene la obligación de ayudar y proteger. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo ir a la policía con una historia así? Y, a pesar de todo, hay que proteger a los chicos. ¿Es una locura, señor Holmes? ¿Es algo hereditario? ¿Ha visto algún caso similar a lo largo de su trayectoria profesional? Por el amor de Dios, deme algún consejo, que estoy desesperado.
       —Es muy comprensible, señor Ferguson. Ahora siéntese aquí y serénese y respóndame a unas pocas preguntas con claridad. Le puedo asegurar que yo no estoy en absoluto desesperado y que confío en encontrar alguna solución. Antes de nada, dígame qué medidas ha adoptado. ¿Su mujer sigue cerca de los niños?
       —Tuvimos una bronca espantosa. Es una mujer muy dulce, señor Holmes. Si hay alguna mujer que haya querido a un hombre en cuerpo y alma, es ella. Le llegó al alma el que descubriera su terrible e increíble secreto. Ni siquiera quería hablar de ello. No respondió de ninguna manera a mis reproches, salvo mirarme con una especie de desvarío y desesperación en los ojos. Luego fue precipitadamente a su habitación y se encerró allí. Desde entonces, se ha negado a verme. Tiene una criada que está con ella desde antes de casarnos, una tal Dolores, que es más una amiga que una sirvienta. Es ella quien le lleva la comida.
       —Entonces ¿el niño no se encuentra en peligro inminente?
       —La señora Mason, la niñera, me ha jurado que permanecerá a su lado día y noche. Puedo confiar absolutamente en ella. Estoy más intranquilo por el pobre Jack, porque, como le contaba en mi carta, a él ya lo ha atacado dos veces.
       —Pero ¿le hirió alguna de las dos?
       —No, aunque le pegó violentamente. Resulta más horrible todavía porque el pobrecillo es un lisiado inofensivo. —La expresión desolada de Ferguson se mitigó al hablar de su hijo—. Podría imaginarse que la condición de mi querido muchacho ablandaría a cualquiera. Se cayó en su infancia y se le torció la columna, señor Holmes. Pero en su interior alberga el corazón más tierno del mundo.
       Holmes había cogido la carta del día anterior y la estaba releyendo.
       —¿Quién más vive en su casa, señor Ferguson?
       —Dos sirvientes que no llevan mucho con nosotros. Un mozo de cuadra, Michael, que duerme en la casa. Mi esposa, yo, mi hijo Jack, el bebé, Dolores y la señora Mason. Eso es todo.
       —Tengo entendido que no conocía muy bien a su mujer cuando se casó con ella.
       —La había conocido hacía solo unas semanas.
       —¿Cuánto tiempo lleva con ella esa criada, Dolores?
       —Unos años.
       —Luego, en realidad, Dolores conoce mejor la forma de ser de su esposa que usted.
       —Sí, se podría decir que sí.
       Holmes tomó nota.
       —Sospecho —dijo— que puedo ser más útil en Lamberley que aquí. Es un caso en el que se impone que investigue sobre el terreno. Si la dama permanece en su habitación, nuestra presencia no le causará molestia ni inconveniente alguno. Nos alojaremos en la posada, por supuesto.
       Ferguson se mostró aliviado.
       —Tenía la esperanza de que viniera, señor Holmes. Hay un tren magnífico a las dos que sale de la estación Victoria si le es posible venir.
       —Desde luego que nos es posible ir. Ahora mismo estamos ociosos. Puedo dedicarle todas mis energías. Naturalmente, Watson viene con nosotros. Pero hay uno o dos aspectos que deseo tener muy claros antes de empezar. Esta infeliz dama, según creo, parece haber atacado a ambos niños, al hijo de usted y al suyo propio.
       —Así es.
       —Pero las agresiones adoptan diferentes formas, ¿no es cierto? Ha pegado a su hijo.
       —Una vez con un palo y otra con las manos desnudas de manera muy violenta.
       —¿No dio ninguna explicación de por qué lo golpeó?
       —Ninguna, excepto que lo odiaba. Es lo que decía una y otra vez.
       —Bueno, se han dado casos así entre las madrastras. Diríamos que se trata de celos póstumos. ¿Es celosa por naturaleza?
       —Sí, es muy celosa, celosa con toda la impetuosidad de su vehemente amor tropical.
       —Pero el chico… tiene quince, según creo, y es probable que mentalmente sea muy maduro para su edad, dado que su cuerpo tiene limitada la acción. ¿No le dio una explicación de esas agresiones?
       —No, me aseguró que no había motivo alguno.
       —Antes de aquello, ¿se llevaban bien?
       —No, nunca se apreciaron lo más mínimo.
       —Pero, a pesar de ello, dice que es cariñoso.
       —Nunca ha habido un hijo que adore más a su padre en este mundo. Mi vida es su vida. Le fascina todo lo que digo o hago.
       Holmes volvió a tomar nota. Durante un rato, se quedó absorto en sus pensamientos.
       —Sin duda, usted y el chico pasaban mucho tiempo juntos antes de este segundo matrimonio. Estuvieron muy unidos, ¿verdad?
       —Muchísimo.
       —Y, sin duda, el chico, que es tan cariñoso por naturaleza, sentía veneración por el recuerdo de su madre.
       —Veneración absoluta.
       —La verdad es que parece un chico muy interesante. Otro detalle más acerca de las agresiones. ¿Los extraños ataques contra el bebé y las agresiones contra su hijo se produjeron por la misma época?
       —Así fue en el primero de los casos. Parecía que se hubiese adueñado de ella alguna especie de exaltación y que desahogase su rabia con ambos. En el segundo de los casos, Jack fue el único que la padeció. La señora Mason no tiene queja de ella con relación al bebé.
       —Desde luego eso complica el asunto.
       —La verdad es que no le sigo, señor Holmes.
       —Probablemente no. Uno elabora teorías provisionales y espera a que el tiempo o un conocimiento más detallado las hagan saltar en pedazos. Una mala costumbre, señor Ferguson, pero el ser humano es débil por naturaleza. Me temo que su viejo amigo ha ofrecido una visión exagerada de mis métodos científicos. Sin embargo, solo le diré que, en este momento, su problema no me parece irresoluble y que puede contar con que estaremos en la estación Victoria a las dos.

       Fue una tarde de un gris día neblinoso de noviembre cuando, tras haber dejado nuestras maletas en el Chequers, en Lamberley, transitamos en coche por la arcilla de un largo y serpenteante sendero de Sussex hasta llegar por fin a la casa de campo vetusta y apartada donde vivía Ferguson. Era un edificio grande y desangelado, muy viejo en la parte central y muy nuevo en las alas, que estaban rematadas con chimeneas de estilo Tudor y un tejado a dos aguas con tejas de Horsham salpicadas de liquen. Los escalones de la entrada se habían combado y en los viejos azulejos que revestían el porche había dibujados un queso y un hombre, blasón del constructor original. En el interior, los techos estaban estriados por pesadas vigas de roble, y los suelos irregulares, abombados y con profundas abolladuras. En todas partes del ruinoso edificio se percibía un olor a viejo y a decadencia.
       Había un salón principal muy grande al que nos condujo Ferguson. Allí, en una enorme y rancia chimenea tras una pantalla de hierro con fecha de 1670, ardía y crepitaba un magnífico fuego de leña.
       Cuando miré en torno a mí, vi que en la sala había una peregrina mezcla de fechas y lugares. Las paredes, revestidas de madera hasta media altura, probablemente fueran de la época del propietario original, un pequeño terrateniente del siglo XVII. Sin embargo, estaban adornadas en la parte baja por una acertada serie de acuarelas modernas, mientras que en la parte de arriba, donde la madera de roble daba paso al yeso amarillo, había colgada una cuidada selección de herramientas y armas sudamericanas que, sin duda, había traído la dama peruana que se encontraba en la planta superior. Holmes se levantó, con esa viva curiosidad que emanaba de su inquieta mente, y las estudió con cierta dedicación.
       —¡Pero bueno! —exclamó—. ¡Pero bueno!
       Había un perro de aguas echado en una cesta en la esquina. Se acercó despacio hacia su amo, caminando con dificultad. Sus patas traseras se movían de forma irregular y arrastraba la cola por el suelo. Luego le lamió la mano a Ferguson.
       —¿Pasa algo, señor Holmes?
       —El perro. ¿Qué le ocurre?
       —Al veterinario también le extrañó. Una especie de parálisis. Pensaba que era meningitis, pero se está poniendo mejor. Estará bien del todo muy pronto, ¿a que sí, Carlo?
       La cola gacha se estremeció asintiendo. Los ojos tristes del perro nos miraban a uno y a otro. Sabía que estábamos hablando de su caso.
       —¿Sucedió de repente?
       —En una única noche.
       —¿Hace cuánto?
       —Hará cuatro meses.
       —Muy curioso. Da mucho que pensar.
       —¿Qué conclusión saca de ello, señor Holmes?
       —Una confirmación de lo que ya había pensado.
       —Por amor de Dios, ¿en qué está pensando, señor Holmes? Para usted quizá sea un mero rompecabezas, pero para mí es una cuestión de vida o muerte. Mi esposa, una presunta asesina; mi niño, en constante peligro. No juegue conmigo, señor Holmes. Esto es algo mortalmente serio.
       El enorme tres cuartos estaba temblando de los pies a la cabeza. Holmes le puso la mano suavemente en el brazo.
       —Me temo que sea cual sea la solución le va a resultar dolorosa, señor Ferguson —dijo—. Me gustaría ahorrarle todo el sufrimiento que me sea posible. No puedo decirle más por el momento, pero, antes de marcharnos de esta casa, espero poder tener algo definitivo.
       —¡Ojalá sea así! Si me perdonan, caballeros, voy a subir a la habitación de mi mujer para ver si ha habido algún cambio.
       Se fue unos minutos, durante los cuales Holmes retomó su examen de las curiosidades de la pared. Cuando nuestro anfitrión volvió, estaba claro por la pesadumbre de su rostro que no había mejorado en absoluto. Venía con él una chica alta, delgada y de tez morena.
       —El té está listo, Dolores —le dijo Ferguson—. Vaya a ver si la señora tiene todo lo que desea.
       —Está mu malita —exclamó la chica que miraba indignada a su señor—. No quie comer. Mu malita. Nesecita un médico. Me da miedo estar sola con ella sin un médico.
       Ferguson se me quedó mirando interrogante.
       —Me alegraría mucho ser de alguna ayuda.
       —¿Vería la señora al doctor Watson?
       —Que venga. No le pediré permiso. Nesecita un médico.
       —Entonces iré con usted sin más preámbulos.
       Seguí a la chica, que estaba temblando presa de una fuerte agitación, escalera arriba y por un viejo pasillo. Al final de este, había una sólida puerta con remaches de hierro. Al verla, se me pasó por la cabeza que, si Ferguson trataba de abrirse paso por la fuerza hasta su esposa, descubriría que no era cosa fácil. La chica sacó una llave de su bolsillo y los pesados tablones de roble rechinaron sobre sus viejos goznes. Pasé adentro y ella me siguió rápidamente, cerrando la puerta al entrar.
       En la cama, había tumbada una mujer que tenía, evidentemente, mucha fiebre. No estaba consciente del todo, pero, cuando entré, se incorporó con ojos aterrados y, no obstante, muy bonitos, y me miró con desasosiego. Al ver a un extraño, pareció tranquilizarse y se volvió a hundir, con un suspiro, en la almohada. Me acerqué a su lado con unas pocas palabras para que se calmara y ella continuó tendida mientras le tomaba el pulso y la temperatura. Ambos eran altos, pero, a pesar de ello, me dio la impresión de que ese estado lo causaba más una alteración mental y nerviosa que una verdadera indisposición.
       —Está así un día y otro día. Me da miedo que se me muera —dijo la chica.
       La mujer volvió su atractivo y encendido rostro hacia mí.
       —¿Dónde está mi marido?
       —Está abajo y desearía verla.
       —No voy a verlo. No voy a verlo. —Parecía perderse otra vez en sus delirios—. ¡Es un desalmado! ¡Un desalmado! Ay, ¿qué tengo yo que ver con ese diablo?
       —¿Puedo ayudarla de alguna manera?
       —No. Nadie puede ayudarme. Es el fin. Se ha estropeado todo. Haga lo que haga, se ha estropeado todo.
       La mujer debía de estar sufriendo alguna clase de extraño delirio. No lograba imaginarme al honrado Bob Ferguson actuando como un desalmado ni como un diablo.
       —Señora —le dije—, su marido la quiere muchísimo. Está muy triste por estos sucesos.
       Volvió a dirigir hacia mí aquellos impresionantes ojos.
       —Me quiere. Sí. Pero ¿acaso yo no lo quiero? ¿No lo quiero hasta el punto de sacrificarme a mí misma en lugar de romperle el corazón? Así es como yo lo quiero. Y, a pesar de todo eso, ha sido capaz de pensar que yo… capaz de hablar de mí de esa manera.
       —Le desborda la pena, pero no logra entenderlo.
       —No, no logra entenderlo. Pero debería confiar.
       —¿No quiere verlo? —le sugerí.
       —No, no consigo olvidarme de esas palabras horribles ni de la expresión de su rostro. No quiero verlo. Ahora, váyase. No puede hacer nada por mí. Dígale únicamente una cosa. Quiero a mi hijo. Tengo derecho a mi hijo. Ese es el único mensaje que le quiero transmitir.
       Volvió el rostro hacia la pared y no dijo nada más.
       Bajé de nuevo al salón, donde Ferguson y Holmes seguían sentados junto al fuego. Ferguson escuchó de mal humor mi resumen de la entrevista.
       —Pero ¿cómo voy a enviarle al niño? —dijo—. ¿Cómo sé que no le va a dar otro extraño arrebato? ¿Cómo podré olvidarme alguna vez de cómo se levantó de su lado con su sangre en la boca? —Se estremeció al recordarlo—. El niño está a salvo con la señora Mason y debe quedarse con ella.
       Una elegante doncella, lo único moderno que habíamos visto en la casa, había traído un poco de té. Mientras lo estaba sirviendo, se abrió la puerta y entró un joven en la habitación. Era un chico singular, pálido de cara y rubio de pelo, con unos ojos azul claro nerviosos que se iluminaron con un brillo súbito de emoción y alegría cuando se detuvieron en los del padre. Se precipitó hacia él y le rodeó el cuello con los brazos impetuosamente con la falta de miramientos de una chica enamorada.
       —Ay, papi —exclamó—, no sabía que llegarías tan pronto. Habría estado aquí para recibirte. Ay, ¡me alegro tanto de verte!
       Ferguson se liberó delicadamente del abrazo con ligeras muestras de incomodidad.
       —Ay, amiguito —dijo, dando unas palmaditas en la cabeza rubia con mucha ternura—. He venido antes porque he convencido a mis amigos, el señor Holmes y el doctor Watson, de que se acercaran a pasar la tarde con nosotros.
       —¿El señor Holmes? ¿El detective?
       —Sí.
       El joven nos observó con una mirada muy penetrante y, al menos a mí me lo pareció, hostil.
       —¿Y qué hay de su otro hijo, señor Ferguson? —preguntó Holmes—. ¿Le importaría que conozcamos al bebé?
       —Pídele a la señora Mason que baje al niño —dijo Ferguson.
       El chico salió de allí con una curiosa manera de arrastrar los pies que me sugirió como médico que padecía una lesión en la médula espinal. Volvió poco después y tras él venía una mujer alta y huesuda que llevaba en sus brazos a un bebé precioso de ojos oscuros y cabello dorado, una mezcla fantástica de lo sajón y lo latino. Era evidente que Ferguson lo adoraba: lo cogió entre sus brazos y se puso a hacerle arrumacos de una manera muy tierna.
       —Hay que tener valor para querer hacerle daño —murmuró cuando miró el bultito de un rojo encendido en el cuello del pequeño.
       En ese momento, dio la casualidad de que miré a Holmes y vi en su expresión que observaba todo con una atención muy particular. Su rostro estaba petrificado, como si lo hubiesen tallado en marfil, y sus ojos, que se habían detenido un momento en el padre y el hijo, estaban ahora clavados con impaciente curiosidad en algo al otro extremo de la habitación. Al seguir su mirada, no fui capaz de suponer sino que estaba mirando el jardín húmedo y melancólico del otro lado de la ventana. Bien es verdad que había una contraventana medio cerrada y estorbaba la vista, pero, a pesar de ello, era indudable que Holmes le dedicaba toda su concentración a la ventana. Entonces, sonrió y sus ojos se dirigieron de nuevo hacia el bebé. En su cuello rollizo, se veía esa pequeña marca abultada. Sin decir palabra, Holmes la examinó con cuidado. Por último, cogió uno de los puños llenos de hoyuelos que se agitaban delante de él.
       —Adiós, hombrecito. Has comenzado tu vida de manera extraña. Quisiera tener unas palabras con usted en privado, señora.
       Se la llevó a un lado y habló con ella con gran seriedad durante unos breves minutos. Solo oí las últimas palabras, que fueron: «Espero que su inquietud llegue pronto a su fin». La mujer, que parecía una persona hosca y callada, se retiró con el niño.
       —¿Cómo es la señora Mason? —preguntó Holmes.
       —No muy agradable en apariencia, como puede ver, pero tiene un corazón de oro y se desvive por el pequeño.
       —¿A ti te cae bien, Jack? —dijo Holmes, volviéndose de repente hacia el chico.
       Su expresivo rostro se ensombreció y negó con la cabeza.
       —Jacky es muy extremo en sus simpatías y antipatías —dijo Ferguson, que rodeó al chico con el brazo—. Por suerte, estoy entre las primeras.
       El chico suspiró y arrimó la cabeza al pecho de su padre. Ferguson lo apartó con delicadeza.
       —Venga, vete, Jacky, cariño —le dijo y se quedó observando a su hijo con ternura mientras se iba—. Y ahora, señor Holmes —prosiguió cuando el chico había salido—, creo sinceramente que le he hecho venir de manera absurda, porque ¿qué puede hacer usted salvo expresarme su apoyo? Debe de ser un asunto sumamente delicado y complejo, mirado desde su punto de vista.
       —Desde luego que es delicado —dijo mi amigo con una sonrisa de diversión—, pero hasta ahora no me ha chocado por su complejidad. Ha sido un caso para la deducción intelectual, pero, cuando esa deducción intelectual primera queda confirmada punto por punto gracias a un gran número de incidentes independientes, entonces lo subjetivo se vuelve objetivo y podemos decir con seguridad que hemos logrado nuestro propósito. De hecho, ya lo había deducido antes de marcharnos de Baker Street y el resto ha consistido meramente en observar y confirmar.
       Ferguson se llevó su enorme mano a la frente fruncida.
       —Por amor de Dios, Holmes —dijo con irritación—, si ha sido capaz de penetrar en la verdad de este asunto, no me siga teniendo en vilo. ¿Cómo están las cosas? ¿Qué debo hacer? No me importa cómo ha dado con los hechos, con tal de que realmente sean ciertos.
       —Le debo una explicación, por supuesto, y la tendrá. Pero ¿tiene inconveniente en que maneje el asunto a mi manera? ¿La dama puede recibirnos, Watson?
       —Está enferma, pero se puede razonar con ella.
       —Muy bien. Solo podemos aclarar el caso en su presencia. Subamos a verla.
       —No querrá verme —suspiró Ferguson.
       —Ya verá como sí —dijo Holmes y garabateó unas líneas en una hoja de papel—. Usted por lo menos va a poder entrar, Watson. ¿Tendría la amabilidad de entregarle esta nota a la dama?
       Volví a subir y le di esa nota a Dolores, quien abrió cautelosamente la puerta. Al instante, se oyó un grito procedente del interior, un grito en que parecían mezclarse la alegría y la sorpresa. Dolores se asomó afuera.
       —Los verá. Va a escucharlos —dijo.
       A mi llamada, Ferguson y Holmes subieron hasta la puerta. Cuando entramos en la habitación, Ferguson dio uno o dos pasos hacia su mujer, que estaba incorporada en la cama, pero ella le rechazó con un gesto de la mano. Él se hundió en un sillón, mientras Holmes se sentaba asimismo junto a él después de saludar con una reverencia a la dama, que se le quedó mirando con unos ojos desorbitados por la sorpresa.
       —Creo que podemos prescindir de Dolores —dijo Holmes—. Oh, como quiera, señora, si prefiere que se quede, no veo objeción alguna. Y ahora, señor Ferguson, le diré que soy un hombre muy ocupado con muchos clientes, y mis métodos han de ser breves y directos. La cirugía más rápida es la menos dolorosa. Permítame afirmarle algo que le dejará más tranquilo. Su mujer es una mujer excelente, muy cariñosa y a la que han tratado muy mal.
       Ferguson se levantó dando un grito de alegría.
       —Pruébelo, señor Holmes, y me sentiré en deuda con usted para siempre.
       —Lo haré, pero, para ello, debo herirle profundamente por otro lado.
       —Me da igual con tal de que pruebe su inocencia. Todo lo demás carece de importancia comparado con eso.
       —Permítale exponerle, en tal caso, la serie de razonamientos que me pasaron por la cabeza en Baker Street. La idea de un vampiro me resultaba absurda. Esas cosas no se encuentran entre las prácticas criminales de Inglaterra. A pesar de ello, su explicación era precisa. Había visto cómo la dama se levantaba junto a la cuna del bebé con sangre en los labios.
       —Cierto.
       —¿No le vino a la mente que se podía chupar una herida abierta con algún otro propósito que el de extraer sangre de ella? ¿No recuerda a la reina de la historia inglesa que chupó una herida para extraer veneno de ella?
       —¡Veneno!
       —En Sudamérica forma parte del menaje de la casa. Mi instinto presintió la existencia de esas armas de la pared antes de verlas con mis propios ojos. Podía ser otro veneno, pero a mí me vino ese a la mente. Ese carcaj pequeño vacío junto al arco para pájaros era justo lo que esperaba encontrar. Si alguien hubiese pinchado al bebé con una de esas flechas empapadas en curare u otra droga del demonio, habría supuesto su muerte, a menos que se succionase el veneno.
       »¡Y el perro! Si uno va a utilizar un veneno así, ¿no lo probaría antes para ver que no ha disminuido su potencia? No había previsto lo del perro, pero, al menos, supe ver lo que le pasaba y que encajaba con mi reconstrucción de los hechos.
       »¿Lo entienden ahora? Su mujer temía que en algún momento atacasen a su hijo. Vio cómo sucedía y salvó así la vida del bebé, pero, a pesar de todo, no quiso contarle toda la verdad porque sabía cuánto quería usted al chico y tenía miedo de que se le partiera el corazón.
       —¡Jacky!
       —Lo he estado observando mientras le hacía arrumacos al bebé hace un momento. Su rostro se reflejaba claramente en el cristal de la ventana donde la contraventana hacía de fondo. Vi unos celos, un odio tan feroz como pocas veces he visto en un rostro humano.
       —¡Mi Jacky!
       —Tiene que afrontarlo, señor Ferguson. Es más doloroso todavía porque lo que le ha llevado a hacerlo es un amor viciado, un amor maníaco y exagerado por usted, y, posiblemente, por su difunta madre. Su alma se consume de odio por este hermoso bebé, cuya salud y belleza contrastan con su propia debilidad.
       —¡Dios mío! ¡Es increíble!
       —¿He dicho la verdad, señora?
       La dama estaba sollozando con el rostro hundido en las almohadas. Ahora se volvió hacia su marido.
       —¿Cómo iba a contártelo, Bob? Me imaginé el desengaño que supondría para ti. Era mejor que esperara y que lo oyeras de otros labios que no fueran los míos. Cuando este caballero, que parece tener poderes mágicos, escribió que lo sabía todo, me alegré.
       —Creo que al señorito Jacky le prescribiría un año en el mar —dijo Holmes mientras se levantaba de la silla—. Solo hay una cosa en la que sigo a oscuras, señora. Puedo comprender perfectamente sus agresiones contra el señorito Jacky. La paciencia de una madre tiene un límite. Pero ¿cómo se ha atrevido a dejar al niño solo estos dos últimos días?
       —Se lo había contado a la señora Mason. Lo sabía.
       —Claro. Lo que lo imaginaba.
       Ferguson estaba de pie junto a la cama; le faltaba la respiración y le tendía las manos, temblorosas.
       —Supongo, Watson, que ha llegado el momento de que nos vayamos —dijo Holmes en un susurro—. Si usted agarra del codo a la excesivamente leal Dolores, yo la agarro del otro. Vamos, vamos —añadió mientras cerraba la puerta al salir—, creo que podemos dejarles que resuelvan lo demás entre ellos.
       Solo tengo una nota más acerca de este caso. Es la carta que Holmes escribió como respuesta final a la que da inicio a este relato. Decía así:

Baker Street
21 de noviembre
Asunto: Vampiros

     Estimado señor:
     Con relación a su carta del 19 de noviembre, tengo el placer de informarle que he investigado el asunto de su cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson y Muirhead, comerciantes de té de Mincing Lane, y que el caso ha concluido de manera satisfactoria.
     Le agradezco su recomendación.
     Sinceramente suyo,

SHERLOCK HOLMES


Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar