Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura de los tres estudiantes (1904)
(“The Adventure of the Three Students”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (junio 1904);
The Return of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1905, 403 págs.)



      En el año noventa y cinco se produjo una suma de acontecimientos, en la que no es necesario entrar, que motivó que el señor Sherlock Holmes y yo pasáramos unas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y durante esa época nos sucedió la pequeña —pero instructiva— experiencia que me dispongo a relatar. Obviamente, algunos detalles que le facilitarían al lector identificar con exactitud la universidad o al criminal serían imprudentes y ofensivos. Un escándalo tan penoso podemos permitirnos que sea olvidado. Con la debida discreción, el incidente en sí mismo, sin embargo, puede ser descrito, puesto que sirve para ilustrar algunas de aquellas cualidades por las que mi amigo resultaba extraordinario. Trataré de evitar en mi exposición términos tales que pudieran ser utilizados para acotar los acontecimientos a algún lugar en particular o dar una pista respecto a las personas interesadas.
       En esa época nos albergábamos en una pensión cerca de una librería en donde Sherlock Holmes se dedicaba a ciertas búsquedas laboriosas sobre los primeros fueros ingleses —búsquedas que condujeron a resultados tan llamativos que podrían ser el tema de uno de mis futuras historias—. Ahí fue donde una noche recibimos una visita de un conocido, el señor Hilton Soames, tutor y auxiliar en el College of St. Luke’s. El señor Soames era un hombre alto y enjuto de una naturaleza inquieta y excitable. Siempre lo había tenido por alguien de comportamiento intranquilo, pero en esta ocasión en particular se hallaba en tal estado de incontenible agitación que estaba claro que había acaecido algo muy infrecuente.
       —Confío, señor Holmes, en que podrá dedicarme unas horas de su valioso tiempo. Hemos sufrido un incidente muy penoso en St. Luke’s, y, de hecho, si no fuera por la feliz casualidad de su estancia en la ciudad, no hubiera sabido qué hacer.
       —Ahora mismo estoy muy ocupado, y desearía que no me distraigan —respondió mi amigo—. Preferiría con mucho que solicitara la ayuda de la policía.
       —No, no, señor mío, tal opción es completamente imposible. Cuando se pone uno en manos de la ley, ya no se puede detener, y este es precisamente uno de esos casos en que, por la reputación de la universidad, es absolutamente indispensable evitar el escándalo. Su discreción es tan bien conocida como sus aptitudes, y usted es el único hombre en el mundo que puede ayudarme. Se lo ruego, señor Holmes, haga lo que pueda.
       El talante de mi amigo no había mejorado porque se le hubiese privado de los agradables alrededores de Baker Street. Sin sus álbumes de recortes, sus productos químicos y su hogareño desorden, se encontraba a disgusto. Se encogió de hombros con un asentimiento descortés, mientras nuestro visitante, con palabras apresuradas y ademanes nerviosos, inició atropelladamente su historia.
       —He de explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día del examen para la beca Fortescue. Soy uno de los examinadores. Soy profesor de griego, y la primera de las pruebas consiste en un extenso pasaje de traducción del griego que el candidato no haya visto. Este pasaje se imprime en el papel del examen, y, por supuesto, sería una inmensa ventaja si el candidato pudiera prepararlo con antelación. Por ese motivo, se toman grandes precauciones para mantener el examen en secreto.
       »Hoy, aproximadamente a las tres en punto, llegaron las pruebas de ese examen enviadas por los impresores. El ejercicio consiste en medio capítulo de Tucídides. Tuve que repasarlo minuciosamente para que no hubiera ningún error en absoluto en el texto. A las cuatro y media todavía no había terminado mi tarea. Sin embargo, le había prometido a un amigo tomarme el té en su estudio, así que dejé las pruebas de imprenta sobre mi escritorio. Estuve ausente bastante más de una hora.
       »Sabe usted, señor Holmes, que las puertas de nuestro colegio mayor son de dos hojas: la de dentro forrada de fieltro verde y la de fuera de pesado roble visto. Cuando me acerqué a mi puerta exterior, me quedé asombrado al ver una llave en ella. Por un momento, me imaginé que había dejado la mía allí, pero, al notarla en mi bolsillo, me di cuenta de que estaba todo bien. El único duplicado que existía, hasta donde yo sé, era ese, que pertenecía a mi sirviente, Bannister, un hombre que se ha ocupado de mis aposentos durante diez años, y cuya honestidad está absolutamente por encima de toda sospecha. Confirmé que la llave era en realidad la suya, que había entrado en mi habitación para preguntarme si quería el té y que había dejado sin darse cuenta la llave en la puerta al salir. Su visita a mi habitación debió de suceder a los pocos minutos de marcharme. Su descuido con la llave no hubiera supuesto mucho en cualquier otra ocasión, pero en un día como el de hoy precisamente ha tenido una consecuencia de lo más lamentable.
       »En el momento en que miré hacia mi mesa, fui consciente de que alguien había estado revolviendo en mis papeles. Las pruebas estaban en tres tiras largas. Las había dejado todas juntas. Ahora, descubría que una de ellas estaba tirada en el suelo, una en la consola cercana a la ventana y la tercera donde la había dejado».
       Holmes se inmutó por primera vez.
       —La primera página, en el suelo; la segunda, en la ventana; la tercera donde la dejó —dijo.
       —Exacto, señor Holmes. Me sorprende usted. ¿Cómo es posible que supiera eso?
       —Le ruego que continúe con su interesantísima exposición.
       —Por un momento, me imaginé que Bannister se había tomado la imperdonable libertad de inspeccionar mis papeles. Sin embargo, lo negó, con suma gravedad, y estoy convencido de que estaba diciendo la verdad. La alternativa era que alguien al pasar hubiera visto la llave en la puerta, hubiese sabido que me hallaba fuera y hubiera entrado para mirar en los papeles. Hay una amplia suma en juego, porque el importe de la beca es muy cuantioso, y un hombre sin escrúpulos bien podía haber corrido el riesgo con el fin de obtener ventaja sobre sus compañeros.
       »Bannister estaba muy consternado por el incidente. Estuvo a punto de desmayarse cuando descubrimos que habían estado manoseando los papeles. Le di un poco de coñac y lo dejé desplomándose en la silla mientras realizaba un examen más minucioso de la habitación. Pronto vi que el intruso había dejado otras huellas de su presencia además de los papeles arrugados. En la mesa de la ventana había varias virutas de un lápiz al que había sacado punta. También había tirada una punta rota de grafito. Evidentemente, el granuja había copiado el ejercicio con muchas prisas, se le había roto el lápiz y se había visto obligado a afilarlo de nuevo».
       —¡Excelente! —dijo Holmes, que había recobrado su buen humor mientras su atención quedaba más cautivada por el caso—. Le ha sonreído la suerte.
       —Eso no es todo. Tengo una mesa de estudio nueva con una delgada capa de cuero rojo. Estoy dispuesto a jurar, al igual que Bannister, que estaba lisa e impoluta. Ahora descubría un corte limpio en ella de más o menos tres pulgadas de largo: no un mero arañazo, sino un auténtico corte. No solo eso, sino que encima de la mesa, descubrí una bolita de masilla, o barro, con motas de algo semejante al serrín en ella. Estoy convencido de que estos rastros los dejó el hombre que rebuscó entre los papeles. No había huellas ni otra prueba en lo referente a su identidad. Me sentía perdido, cuando de repente se me ocurrió una buena idea: que estaba usted en la ciudad, y me vine a verlo directamente para poner el asunto en sus manos. ¡Ayúdeme, señor Holmes! Ya ve mi dilema. O bien encuentro a ese hombre, o si no el examen se debe posponer hasta que se preparen nuevos ejercicios, y puesto que esto no puede realizarse sin una explicación seguida de un feo escándalo, quedaría en entredicho la reputación no solo del colegio, sino de la universidad. Por encima de todas las cosas, desearía resolver el asunto de manera reservada y discreta.
       —Estaré encantado de investigarlo y de darle el consejo que pueda —dijo Holmes levantándose y poniéndose el abrigo—. El caso no carece por completo de interés. ¿Había visitado alguien su habitación después de que le llegaran los ejercicios?
       —Sí, el joven Daulat Ras, un estudiante indio que vive en la misma escalera, vino a preguntarme algunos detalles sobre el examen.
       —¿Se presenta a la convocatoria?
       —Sí.
       —¿Y los ejercicios estaban encima de su mesa?
       —Que yo sepa, estaban enrollados.
       —Pero ¿podían ser reconocidos como pruebas de imprenta?
       —Es posible.
       —¿Nadie más en su habitación?
       —No.
       —¿Sabía alguien que esas pruebas estarían allí?
       —Nadie excepto el impresor.
       —¿Lo sabía el tal Bannister?
       —No, de ninguna manera. Nadie lo sabía.
       —¿Dónde está Bannister ahora?
       —Estaba muy afectado, el pobre hombre. Lo dejé desmoronado en la silla, de tanta prisa que tenía por venir hasta usted.
       —¿Dejó la puerta abierta?
       —Guardé bajo llave los papeles primero.
       —Entonces, eso significa, señor Soames, que a menos que el estudiante indio reconociera el rollo como pruebas de imprenta, el hombre que las estuvo revolviendo, se topó con ellas de manera accidental sin saber que estaban allí.
       —Eso me parece a mí.
       Holmes puso una sonrisa enigmática.
       —Bueno —dijo—, vamos allá. No es uno de sus casos, Watson: es mental, no físico. Muy bien, venga si quiere. Ahora, señor Soames…, ¡estamos a su disposición!

       La sala de estar de nuestro cliente daba, a través de una ventana con celosía larga y baja, al vetusto patio cubierto de liquen del antiguo colegio. Una puerta de arco gótico conducía a una escalera de piedra desgastada. En la planta baja estaba la habitación del tutor. Encima había tres estudiantes, uno por piso. Ya anochecía cuando llegamos a la escena del misterio. Holmes se detuvo y miró seriamente la ventana. Entonces, se acercó y, de puntillas, estirando el cuello, miró dentro de la habitación.
       —Ha tenido que entrar por la puerta. No hay otra abertura salvo la del cristal —dijo nuestro docto guía.
       —¡Vaya! —replicó Holmes, y sonrió de una manera singular mientras miraba a nuestro acompañante—. Bueno, si no hay nada que podamos obtener de aquí, más vale que vayamos adentro.
       El profesor abrió con llave la puerta de fuera y nos invitó a pasar a su habitación. Permanecimos en la entrada mientras Holmes realizaba un examen de la alfombra.
       —Me temo que aquí no hay huellas —dijo—. No cabría esperar casi ninguna en un día tan seco. Su sirviente parece haberse recuperado bastante. Lo dejó en una silla, dijo. ¿En qué silla?
       —En la de allí, junto a la ventana.
       —Ya veo. Cerca de esta mesa pequeña. Ya pueden entrar. He terminado con la alfombra. Estudiemos primero la mesa pequeña. Por supuesto, está bastante claro lo que ha pasado. El tipo entró y cogió los papeles, hoja a hoja de la mesa del centro. Los llevó a la mesa de la ventana, porque desde allí podía ver si venía por el patio, y así podía escaparse.
       —A decir verdad, no pudo —dijo Soames—, porque entré por la puerta lateral.
       —¡Ah, eso es bueno! Bien, en cualquier caso, lo tenía en mente. Déjeme ver los tres trozos. No hay huellas digitales…, ¡no! Bueno, llevó este primero y lo copió. ¿Cuánto tardaría en hacerlo, utilizando cada posible contracción? Un cuarto de hora, no menos. Luego lo tiró al suelo y cogió el siguiente. Estaba en medio de ello cuando su regreso motivó que se marchara a toda prisa…, a toda prisa, dado que no tuvo tiempo de volver a colocar los papeles que le dirían que había estado aquí. ¿No oyó pasos apresurándose por la escalera mientras entraba por la puerta exterior?
       —No, creo que no.
       —Bien, escribió de manera tan frenética que rompió su lápiz, y tuvo, como observó usted, que sacarle punta de nuevo. Esto es interesante, Watson. El lápiz no era uno ordinario. Era de un tamaño mayor del habitual, de mina blanda; por fuera era de color azul oscuro, el nombre del fabricante estaba impreso en letras plateadas, y el trozo que quedaba es solo de una pulgada y media de largo más o menos. Busque un lápiz así, señor Soames, y tendrá a su hombre. Si añado que posee una navaja ancha y muy desafilada, habrá obtenido una ayuda adicional.
       El señor Soames estaba un poco abrumado a causa de este torrente de información.
       —Puedo seguirle en los otros puntos —dijo—, pero, de verdad, este asunto de la largura…
       Holmes le tendió un pedacito con las letras NN y un espacio de madera en blanco detrás.
       —¿Lo ve?
       —No, me temo que ni siquiera ahora…
       —Watson, siempre me he mostrado injusto con usted. Hay más personas como usted. ¿Qué podría ser esto de NN? Es el final de una palabra. Son conscientes de que Johann Faber es la marca de fabricante más común. ¿No es evidente que lo que queda del lápiz es lo que normalmente sigue al Johann? —inclinó la mesa pequeña bajo la luz eléctrica—. Esperaba que, si el papel en el que escribió era fino, hubiese dejado alguna marca sobre esta superficie pulida. No, no veo nada. No creo que haya nada más que podamos sacar de aquí. Ahora pasemos a la mesa del centro. Esta bolita es, supongo, la masa negra y pastosa de la que hablaba. A grandes rasgos de forma piramidal y ahuecada, por lo que veo. Como dice, parece tener partículas de serrín en ella. Vaya, esto es muy interesante. Y el corte…, una auténtica cuchillada, ya veo. Comienza con un fino arañazo y termina con una raja dentada. Le estoy muy agradecido por llamar mi atención sobre este caso, señor Soames. ¿Adónde lleva esta puerta?
       —A mi dormitorio.
       —¿Ha estado en él desde su aventura?
       —No, salí directo a buscarle.
       —Me gustaría echarle un vistazo. ¡Qué habitación más encantadora y más clásica! Quizá pudieran esperar un minuto hasta que haya examinado el suelo. No, no veo nada. ¿Qué pasa con esta cortina? Cuelga su ropa detrás. Si alguien se vio obligado a esconderse en esta habitación, debió hacerlo ahí, puesto que la cama es demasiado baja y el armario no es lo bastante profundo. No hay nadie ahí, supongo.
       Mientras Holmes descorría la cortina, me di cuenta, por cierta leve rigidez y actitud vigilante, que estaba preparado para una emergencia. A decir verdad, la cortina descorrida no desveló nada salvo tres o cuatro trajes que colgaban de una cuerda de tender. Holmes le dio la espalda y se inclinó de repente hacia el suelo.
       —¡Bueno, bueno! Pero ¿qué es esto? —dijo.
       Era una pequeña pirámide de un material negro semejante a la masilla, exactamente como la de encima de la mesa del estudio. Holmes la tuvo en su palma abierta iluminándola con la luz eléctrica.
       —Su visitante parece haber dejado restos en su dormitorio al igual que en su sala de estar, señor Soames.
       —¿Qué podría querer de aquí?
       —Creo que está bastante claro. Usted volvió por un camino inesperado, así que no reparó en usted hasta que no estuvo en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Recogió todo lo que podía traicionarlo y se metió precipitadamente en su dormitorio para esconderse en él.
       —Dios mío, señor Holmes, ¿quiere decir que en todo el tiempo que me pasé hablando con Bannister en esta habitación hubiésemos tenido al tipo atrapado de haberlo sabido?
       —Así lo entiendo yo.
       —Seguramente haya otra posibilidad, señor Holmes. No sé si ha visto la ventana de mi dormitorio.
       —Con celosía, bastidor de plomo, tres hojas separadas, una batiente de bisagra y lo suficientemente ancha como para que pase un hombre.
       —Exacto. Y da a un rincón del patio para que no quede a la vista del todo. El tipo pudo haber entrado por allí, dejar rastro al cruzar por el dormitorio y, finalmente, como se encontró la puerta abierta, escapar por allí.
       Holmes negó con la cabeza de manera impaciente.
       —Seamos prácticos —protestó—. Creí entenderle que hay tres estudiantes que usan esa escalera y que tienen costumbre de pasar por su puerta.
       —Sí, eso es.
       —Y que todos se presentan a este examen.
       —Sí.
       —¿Tiene alguna razón para sospechar de alguno de ellos más que de los otros?
       Soames dudó.
       —Es una pregunta muy delicada de responder —dijo—. No quiero sembrar sospechas cuando no hay pruebas.
       —Oigamos las sospechas. Yo buscaré las pruebas.
       —Les explicaré, entonces, en pocas palabras, el carácter de los tres hombres que viven en estas habitaciones. El de más abajo es Gilchrist, un alumno y atleta excelente, juega en el equipo de rugby y en el de críquet de la universidad, y obtuvo el galardón azul
[El Blue (azul) es la máxima distinción deportiva otorgada en origen por las universidades británicas de Oxford y Cambridge y, posteriormente, imitada por el resto de las universidades británicas, australianas y neozelandesas] en carrera de vallas y en salto de longitud. Es un tipo excelente y todo un hombre. Su padre era el tristemente célebre sir Jabez Gilchrist, que se arruinó en el hipódromo. Dejó a mi alumno en la pobreza, pero es diligente y aplicado. Lo hará bien.
       »En el segundo piso vive Daulat Ras, el indio. Es un tipo callado e inescrutable, como la mayoría de los indios. Trabaja bien, aunque el griego es lo que lleva más flojo. Es constante y metódico.
       »El piso de arriba pertenece a Miles McLaren. Es un tipo brillante cuando decide trabajar…, una de las mentes más brillantes de la universidad, pero es rebelde, disoluto y amoral. Estuvo a punto de ser expulsado por un escándalo de juego en su primer año. Ha estado holgazaneando todo este curso, y debe de estar esperando aterrorizado el examen».
       —Entonces, ¿es de él de quien sospecha?
       —No me atrevería a tanto. Pero de los tres resultaría tal vez el menos improbable.
       —Exacto. Ahora, señor Soames, echemos un vistazo a su sirviente, Bannister.
       Era un tipo bajo, de cara pálida, bien afeitado y pelo canoso, de unos cincuenta años. Todavía sufría por esta repentina perturbación de la tranquila rutina de su vida. Su cara rolliza estaba crispada por el nerviosismo y no lograba dejar quietos los dedos.
       —Estamos investigando este lamentable asunto, Bannister —le comentó su jefe.
       —Sí, señor.
       —Tengo entendido —dijo Holmes— que dejó su llave en la puerta.
       —Sí, señor.
       —¿No resulta muy extraño que lo hiciera el mismo día en que estaban esos papeles dentro?
       —Resultó muy desafortunado, señor. Pero ya me había sucedido lo mismo en otras ocasiones.
       —¿Cuándo entró en la habitación?
       —Serían las cuatro y media. A esa hora se toma el té el señor Soames.
       —¿Cuánto tiempo permaneció en ella?
       —Cuando vi que no estaba, me retiré enseguida.
       —¿Miró estos papeles de encima de la mesa?
       —No, señor; por supuesto que no.
       —¿Cómo llegó a olvidar la llave en la puerta?
       —Tenía la bandeja del té en la mano. Pensé en volver después por la llave. Y luego se me olvidó.
       —¿La puerta exterior tiene cerrojo?
       —No, señor.
       —Entonces, ¿estuvo abierta todo el tiempo?
       —Sí, señor.
       —¿Hubiese podido huir alguien de la habitación?
       —Sí, señor.
       —Cuando el señor Soames regresó y lo llamó, ¿estaba usted muy alterado?
       —Sí, señor. Nunca me había pasado tal cosa en los muchos años de servicio que llevo aquí. Estuve a punto de desmayarme, señor.
       —Eso tengo entendido. ¿Dónde estaba cuando comenzó a sentirse mal?
       —¿Dónde estaba, señor? Pues, aquí, cerca de la puerta.
       —Qué raro, porque se sentó en esa silla de más allá, cerca de la esquina. ¿Por qué no lo hizo en estas otras sillas?
       —No lo sé, señor. Me daba igual dónde sentarme.
       —La verdad, señor Holmes, no creo que fuera muy consciente de ello. Tenía muy mal aspecto…, casi cadavérico.
       —¿Permaneció aquí cuando se marchó su jefe?
       —Solo un minuto o así. Entonces, cerré la puerta y me fui a mi habitación.
       —¿De quién sospecha?
       —Oh, no lo sabría decir, señor. No creo que haya ningún caballero en esta universidad que sea capaz de sacar provecho de semejante acto. No, señor, no lo creo.
       —Gracias, eso bastará —dijo Holmes—. Ah, una última cosa. ¿Le ha mencionado a alguno de los tres caballeros a quienes sirve que ha ocurrido algo?
       —No, señor, ni una palabra.
       —Muy bien. Ahora, señor Soames, daremos un paseo por el patio interior, si no tiene inconveniente.
       Tres cuadrados amarillos de luz brillaban por encima de nosotros en la creciente oscuridad.
       —Sus tres pájaros están en sus nidos —dijo Holmes mirando hacia arriba—. ¡Bueno, bueno! Pero ¿qué es esto? Uno de ellos parece estar bastante inquieto.
       Era el indio, cuya oscura silueta aparecía de repente contra la cortina. Caminaba con rapidez de un lado a otro del cuarto.
       —Quisiera echarles un vistazo a cada uno de ellos —dijo Holmes—. ¿Es posible?
       —Nada más fácil —respondió Soames—. Este conjunto de habitaciones es el más antiguo del colegio, y no es infrecuente que los visitantes pasen por ellos. Acompáñenme y los guiaré personalmente.
       —Nada de nombres, ¡por favor! —dijo Holmes mientras llamábamos a la puerta de Gilchrist.
       Abrió un tipo alto, rubio, esbelto, y nos invitó a pasar cuando comprendió nuestras intenciones. Había dentro algunos elementos verdaderamente curiosos de arquitectura doméstica del medievo. Holmes estaba tan encantado con uno de ellos que insistió en dibujarlo en su cuaderno, rompió su lápiz, tuvo que pedirle prestado uno a nuestro anfitrión, y, por último, una navaja para sacarle punta al suyo. El mismo curioso accidente le sucedió en la habitación del indio, un tipo silencioso, bajo, de nariz aquilina, que nos observaba con recelo y que se alegró de manera evidente cuando los estudios arquitectónicos de Holmes llegaron a su fin. No logré ver que en ningún caso Holmes hallara la pista que estaba buscando. Solo en el tercero, nuestra visita resultaría infructuosa. La puerta exterior no se abrió al tocar en ella, y de detrás de ella no salió nada más enjundioso que un alud de improperios.
       —Me da igual quiénes sean. ¡Váyanse al diablo! —se oyó bramar a la enfadada voz—. Mañana es el examen, y no quiero que me distraiga nadie.
       —Menudo maleducado —dijo nuestro guía, enrojeciendo de ira mientras nos retirábamos escaleras abajo.
       —Por supuesto, no se ha dado cuenta de que era yo quien estaba llamando, pero, a pesar de todo, su comportamiento es muy descortés y, de hecho, dadas las circunstancias, bastante sospechoso.
       La respuesta de Holmes no dejó de ser curiosa.
       —¿Puede decirme su altura exacta? —preguntó.
       —Pues, la verdad, señor Holmes, no me arriesgaría a tanto. Es más alto que el indio, pero no como Gilchrist. Supongo que rondará los cinco pies y seis pulgadas.
       —Eso es muy importante —dijo Holmes—. Y ahora, señor Soames, le deseo buenas noches.
       Nuestro guía alzó la voz presa del asombro y la consternación, y dijo quejándose:
       —Pero ¡cielo santo, señor Holmes, no irá a dejarme de esta forma tan brusca! No parece darse cuenta de mi posición. Mañana es el examen. Debo tomar una medida definitiva esta noche. No puedo permitir que mantengan el examen si han copiado uno de los ejercicios. Hay que enfrentarse a esta situación.
       —Lo que tiene que hacer es dejarla como está. Me pasaré mañana por la mañana temprano y charlaremos sobre el tema. Es posible que entonces me halle en situación de indicarle algún plan de acción. Mientras tanto, no haga ningún cambio…, ninguno en absoluto.
       —Muy bien, señor Holmes.
       —Puede quedarse completamente tranquilo. Sin ninguna duda, encontraremos alguna salida a sus dificultades. Me llevaré conmigo la masilla negra, también los residuos de lápiz. Adiós.
       Cuando salimos a la oscuridad del patio interior, miramos arriba de nuevo, hacia las ventanas. El indio seguía caminando por su habitación. Los otros eran invisibles.
       —Bueno, Watson, ¿qué le parece todo esto? —le preguntó Holmes al llegar a la calle principal—. Vaya jueguecito de salón…, una especie de truco de trilero con tres cartas, ¿no? Tiene tres hombres. Tiene que ser uno de ellos. Escoja uno. ¿Cuál elige?
       —El malhablado del último piso. Es el que tiene los peores antecedentes. Y, a pesar de todo, ese indio está hecho un zorro. ¿Por qué si no caminaría de acá para allá sin parar por su habitación?
       —Eso no significa nada. Mucha gente lo hace cuando están intentando aprenderse algo de memoria.
       —Nos miraba de forma extraña.
       —Así lo haría usted si un tropel de desconocidos entrasen cuando se estuviera preparando para un examen que tiene al día siguiente y cada momento contase. No, no veo nada extraño en ello. Lápices, también, y navajas…, todo era satisfactorio. Pero ese tipo me ha dejado desconcertado.
       —¿Quién?
       —Pues Bannister, el sirviente. ¿Qué pinta en este asunto?
       —Me ha dado la impresión de ser un hombre absolutamente honesto.
       —A mí también. Eso es lo desconcertante. ¿Por qué un hombre absolutamente honesto…? Vaya, vaya, aquí tenemos una papelería grande. Empezaremos con nuestras averiguaciones aquí.
       Solo había cuatro papelerías de alguna consideración en la ciudad, y, en cada una de ellas, Holmes sacaba sus pedacitos y ofrecía pagar un buen precio por uno como ese. Todos estuvieron de acuerdo en que se podía encargar uno, pero que no era un tamaño corriente de lápiz y que raras veces tenían en el almacén. Mi amigo no pareció venirse abajo por su fracaso, sino que se encogió de hombros con una resignación algo cómica.
       —Nada bueno, mi querido Watson. Esta, la mejor y única pista definitiva, no conduce a nada. Aunque, de hecho, me caben pocas dudas de que podemos plantear un caso convincente sin ella. ¡Dios mío! Mi querido amigo, son casi las nueve, y la patrona murmuró algo de unos guisantes a las siete y media. Que con su incesante tabaco, Watson, y sus comidas a deshoras, ya le anticipo yo que le va a decir que se marche y que tendré que compartir su ruina…; no antes, sin embargo, de que hayamos resuelto el problema del tutor nervioso, el sirviente descuidado y los tres estudiantes resueltos.

       Holmes no hizo más alusiones al asunto ese día, aunque estuvo sentado sumido en sus pensamientos durante mucho tiempo después de nuestra cena tardía. A las ocho de la mañana entró en mi habitación justo en el momento en que terminaba de asearme.
       —Bueno, Watson —dijo—, ya es hora de que nos acerquemos a St. Luke’s. ¿Puede ir sin desayunar?
       —Claro.
       —Soames estará hecho un terrible manojo de nervios hasta que podamos decirle algo concluyente.
       —¿Tiene algo concluyente que contarle?
       —Eso creo.
       —¿Ha llegado a alguna conclusión?
       —Sí, mi querido Watson, he resuelto el misterio.
       —Pero ¿qué prueba nueva ha conseguido?
       —¡Ajá! No me he tirado de la cama a la intempestiva hora de las seis de la mañana para nada. Le he dedicado dos horas de duro trabajo y me he recorrido como poco cinco millas con algo que enseñarle. ¡Mire esto!
       Le tendió la mano. En la palma tres pequeñas pirámides de masilla negra y pastosa.
       —Pero bueno, Holmes, ¡ayer solo tenía dos!
       —Y una más esta mañana. Es un argumento razonable que de dondequiera que provenga la número tres es también el origen de las número uno y dos. ¿Eh, Watson? Bueno, acompáñeme y saquemos al amigo Soames de su sinvivir.

       El desgraciado tutor se encontraba, desde luego, en un estado de deplorable nerviosismo cuando nos encontramos con él en sus aposentos. En pocas horas comenzaría el examen, y todavía se hallaba ante el dilema de hacer públicos los hechos o de permitir que el culpable se presentara a la cuantiosa beca. Apenas podía quedarse quieto, de tan desasosegado como estaba. Corrió hacia Holmes con las dos ansiosas manos extendidas.
       —¡Gracias al cielo que ha venido! Me temía que lo hubiese dado por imposible. ¿Qué he de hacer? ¿Sigue adelante el examen?
       —Sí, desde luego que sigue adelante.
       —Pero ¿y ese granuja?
       —No va a presentarse.
       —¿Sabe quién es?
       —Eso creo. Si este asunto no ha de hacerse público, debemos concedernos algunas prerrogativas y tomar una determinación por nosotros mismos en un pequeño consejo de guerra de carácter privado. ¡Usted allí, se lo ruego, Soames! Watson, ¡usted aquí! Me pondré en el sillón de en medio. Creo que ahora resultamos lo bastante imponentes como para infundir terror en un corazón culpable. ¡Por favor, toquen la campanilla!
       Entró Bannister, y retrocedió con sorpresa y temor evidentes ante nuestro aspecto judicial.
       —Sea tan amable de cerrar la puerta —dijo Holmes—. Ahora, Bannister, ¿haría el favor de contarnos la verdad sobre el incidente de ayer?
       El hombre empalideció de golpe.
       —Se lo he contado todo, señor.
       —¿Nada más que añadir?
       —Nada en absoluto, señor.
       —Bueno, entonces, debo hacerle algunas preguntas. Cuando ayer se sentó en esa silla, ¿lo hizo para esconder algún objeto que le hubiese enseñado quien hubiese estado en la habitación?
       El rostro de Bannister estaba cadavérico.
       —No, señor, desde luego que no.
       —Es solo una pregunta —dijo Holmes en tono afable—. Admito abiertamente que soy incapaz de probarlo. Aunque parece bastante probable, puesto que en el momento en que el señor Soames se dio la vuelta, usted liberó al hombre que estaba oculto en ese dormitorio.
       Bannister se humedeció los secos labios con la lengua.
       —No había nadie, señor.
       —Ah, es una pena, Bannister. Hasta ahora había dicho la verdad, pero ahora sé que ha mentido.
       El rostro del hombre adoptó un semblante de hosco desafío.
       —No había nadie, señor.
       —¡Venga, vamos, Bannister!
       —No, señor, no había nadie.
       —En ese caso, no puede darnos más información. ¿Haría el favor de quedarse en la habitación? Quédese allá, junto a la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, voy a pedirle que tenga la enorme amabilidad de subir a la habitación del joven Gilchrist y pedirle que baje aquí.
       Un momento después, regresó el tutor, trayendo con él al estudiante. Era un hombre imponente, alto, ágil y flexible, de paso ligero y un rostro agradable y sincero. Sus ojos azules nos miraron preocupados a cada uno de nosotros, y, por fin, se quedaron fijos, con una expresión de consternación absoluta, en Bannister, que se encontraba en el rincón más alejado.
       —Cierre la puerta —dijo Holmes—. Ahora, señor Gilchrist, aquí nos encontramos a solas, y nadie debe saber nunca ni una palabra de lo que pase entre nosotros. Podemos ser totalmente francos el uno con el otro. Queremos saber, señor Gilchrist, cómo usted, un hombre honrado, ha llegado a cometer un acto semejante al de ayer.
       El desafortunado joven se tambaleó hacia atrás y le echó una mirada llena de terror y reproche a Bannister.
       —No, no, señor Gilchrist, señor, no he dicho en ningún momento una palabra…, ¡ni una palabra! —exclamó el sirviente.
       —No, pero lo acaba de hacer —dijo Holmes—. Ahora, señor, será consciente de que, tras las palabras de Bannister, su posición es desesperada y que su única oportunidad reside en una confesión sincera.
       Por un momento el señor Gilchrist, con una mano levantada, trató de dominar el temblor de sus facciones. Al siguiente, se había arrojado al suelo, junto a la mesa, de rodillas y, ocultando su rostro entre las manos, rompió a llorar de manera vehemente.
       —Vamos, vamos —dijo Holmes amablemente—, errar es humano, y por lo menos nadie puede acusarle de ser un despiadado criminal. Tal vez le resultara más sencillo si yo le contara al señor Soames qué ocurrió, y usted me corrigiera en lo que me equivocase. ¿Lo hago así? Bien, bien, no se esfuerce por contestar. Escuche y verá que no soy injusto con usted.
       »Desde el momento, señor Soames, en que me dijo que nadie, ni siquiera Bannister, podía haber contado con que los ejercicios estuvieran en su habitación, el caso comenzó a adoptar una forma definida en mi mente. El impresor podía ser descartado, por supuesto. Podía examinar los ejercicios en su propia oficina. Tampoco consideré que fuera el indio. Si las pruebas de imprenta estaban enrolladas, no era posible que supiera lo que eran. Por otro lado, parecía una coincidencia inimaginable que un hombre se atreviera a entrar en la habitación y que, casualmente, ese mismo día estuvieran los ejercicios encima de la mesa. Lo descarté. El hombre que entró sabía que los ejercicios estaban allí. ¿Cómo lo supo?
       »Cuando me acerqué a su habitación, examiné la ventana. Me hizo gracia cuando supuso que estaba valorando la posibilidad de que alguien, a plena luz del día, a la vista de esas habitaciones de enfrente, hubiese entrado forzándola. Tal idea era absurda. Estaba calculando lo alto que tendría que ser un hombre para ver al pasar qué papeles había en la mesa del centro. Yo mido seis pies de alto y podía, con esfuerzo. Nadie más bajo hubiese tenido oportunidad de hacerlo. Ya ve que tenía razones para pensar que, si uno de sus tres estudiantes era un hombre de una altura desacostumbrada, era, de los tres, al que más valía la pena vigilar.
       »Entré y compartí con usted lo que sabía con respecto a los indicios de la consola. No podía hacer nada con la mesa del centro, hasta que en su descripción de Gilchrist mencionó que hacía salto de longitud. Entonces, se me hizo claro todo en un momento, y solo necesitaba algunas pruebas para confirmarlo, que obtuve rápidamente.
       »Esto fue lo que pasó. Este joven le había dedicado la tarde a las pistas de atletismo, donde había estado practicando el salto. Regresó con sus zapatillas de saltar, que están provistas, como sabe, de varios tacos afilados. Al pasar por su ventana, vio, gracias a su gran altura, esas pruebas de imprenta encima de su mesa y supuso lo que eran. No hubiese sucedido nada malo de no haber visto, al pasar por su puerta, la llave dejada allí por un descuido de su sirviente. Un impulso repentino se apoderó de él de entrar y ver si eran realmente las pruebas de imprenta. Una proeza peligrosa no era, puesto que siempre podía fingir que sencillamente se había pasado para hacerle una pregunta.
       »Pues bien, cuando vio que eran realmente las pruebas de imprenta, fue entonces cuando cedió a la tentación. Dejó sus zapatillas sobre la mesa. ¿Qué fue lo que dejó sobre la silla de cerca de la ventana?».
       —Unos guantes —dijo el joven.
       Holmes le dedicó una mirada triunfal a Bannister.
       —Dejó sus guantes encima de la silla y cogió las pruebas, hoja a hoja, para copiarlas. Pensó que el tutor tendría que regresar por la puerta principal y que lo vería. Como sabemos, volvió por la puerta lateral. De repente, lo oyó en la misma puerta. No había forma de escapar. Se olvidó los guantes, pero cogió las zapatillas y se metió corriendo en la habitación. Ven que el arañazo de la mesa es leve en un extremo, pero que se hace más profundo en dirección al dormitorio. Eso en sí es bastante para indicarnos que habían tirado de la zapatilla en ese sentido y que el culpable se había refugiado allí. La tierra que rodeaba el taco se quedó encima de la mesa, y se desprendió una segunda muestra de ella y cayó en el dormitorio. Puedo añadir que me di un paseo hasta las pistas de atletismo esta mañana, vi que se utiliza esa arcilla negra tan persistente en el foso de salto de longitud y traje conmigo un ejemplo, junto con algo del fino polvillo o serrín que se esparce por encima para prevenir los resbalones de los atletas. ¿He dicho la verdad, señor Gilchrist?
       El estudiante se había levantado.
       —Sí, señor, es verdad —dijo.
       —Santo cielo, ¿no tiene nada que añadir? —exclamó Soames.
       —Sí, señor, tengo algo que añadir, pero me ha dejado apabullado la conmoción de que me hayan desenmascarado de forma tan deshonrosa. Tengo una carta aquí, señor Soames, que le he escrito esta madrugada en mitad de una noche de insomnio. Ha sido antes de que supiera que mi yerro había sido descubierto. Aquí está, señor. Verá que decía: «He decidido no ir al examen. Me han ofrecido un cargo en la policía de Rodesia y me marcho a Sudáfrica de inmediato».
       —Desde luego, me alegra oír que no iba a tratar de aprovecharse de su ventaja desleal —dijo Soames—. Pero ¿por qué ese cambio de intenciones?
       Gilchrist señaló a Bannister.
       —Ese es el hombre que me ha hecho recapacitar y me ha llevado por el buen camino —dijo.
       —¡Vamos, Bannister! —dijo Holmes—. Le habrá quedado claro por lo que he dicho que solo usted podía dejar salir a este joven, dado que usted había permanecido en la habitación, y tuvo que cerrar con llave cuando salió. Lo de escapar por la ventana resultaba increíble. ¿No puede aclarar el último punto en este misterio y contarnos las razones de sus actos?
       —Era bastante sencillo, señor, de haberlo sabido, pero ni con toda su inteligencia le hubiese sido posible saberlo. Hubo un tiempo, señor, en que fui mayordomo del buen sir Jabez Gilchrist, el padre de este joven caballero. Cuando se arruinó, llegué a la universidad como sirviente, pero nunca olvidé a mi buen patrón por haberse venido a menos. Cuidé de su hijo lo mejor que pude por los viejos tiempos. Pues bien, señor, cuando ayer entré en esta habitación, cuando se había dado la alarma, la primerísima cosa que vi fueron los guantes color canela tirados en esa silla. Conocía bien aquellos guantes y comprendí lo que significaban. Si el señor Soames los veía, todo habría terminado. Me dejé caer en esa silla y no me movió nada de allí hasta que el señor Soames fue a buscarle a usted. Entonces, salió mi pobre y joven señor, con quien había jugado a trotar en mis rodillas, y me lo confesó todo. ¿No le parece natural, señor, que lo salvara y no le parece natural también que tratara de hablar con él como hubiese hecho su difunto padre, y le hiciera entender que no podía sacar partido de un acto semejante? ¿Podría culparme por ello?
       —Lo cierto es que no —respondió Holmes, de manera cordial, poniéndose en pie de un salto—. Bueno, Soames, creo que hemos aclarado su problemilla, y nos espera el desayuno en casa. ¡Vamos, Watson! En cuanto a usted, señor, confío en que le espere un brillante porvenir en Rodesia. Ha caído bajo por una vez. Háganos ver en el futuro lo alto que puede llegar.



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