Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


La aventura de la inquilina del velo (1927)
(“The Adventure of the Veiled Lodger”)
Originalmente publicado en la revista Liberty, Estados Unidos (22 de enero de 1927);
re-impreso en in The Strand Magazine, Inglaterra (febrero 1927);
The Case-Book of Sherlock Holmes
(Londres: John Murray, 1927, 320 págs.)



      Si tenemos en cuenta que el señor Sherlock Holmes estuvo en activo durante veintitrés años y que, durante diecisiete de ellos, me permitió colaborar con él y tomar notas de sus actividades, resultará evidente que dispongo de una gran cantidad de material en mi poder. El problema no ha sido nunca encontrar de qué hablar, sino elegir de qué hacerlo. Existe una larga hilera de anuarios que llenan un estante y hay cajas archivadoras llenas de documentos, una absoluta mina para el estudioso no solo del crimen, sino de los escándalos sociales y oficiales de la última etapa del período victoriano. Con relación a estos últimos, puedo afirmar que los autores de esas cartas desesperadas que imploran que no se vea comprometido el honor de su familia o la reputación de célebres antepasados, no tienen nada que temer. La discreción y el elevado sentido de la honorabilidad profesional que siempre han distinguido a mi amigo siguen guiando la elección de estos anales, y no se abusará de su confianza. Debo condenar, sin embargo, de la manera más enérgica los intentos realizados últimamente de robar y destruir estos documentos. Conocemos la fuente de estas agresiones y, si se repitieran, tengo autorización del señor Holmes para afirmar que pondremos en conocimiento del público toda la historia relacionada con el político, el faro y el cormorán amaestrado. Hay por lo menos un lector que sabrá de lo que hablo.
       No resulta razonable suponer que cada uno de esos casos le dieran a Holmes la ocasión de demostrar aquellos curiosos dones, su instinto y capacidad de observación, que he tratado de presentar en estos anales. Unas veces recogía sus frutos con mucho esfuerzo, otras le caían como llovidos del cielo. Pero, con frecuencia, las tragedias humanas más espantosas estaban relacionadas con aquellos casos que le ofrecían menos oportunidades para hacerlo, pero este es uno de ese tipo y me gustaría ahora recordarlo. En mi relato, he cambiado ligeramente nombres propios y lugares, pero, aparte de eso, los hechos sucedieron como se recogen.
       Una mañana, a finales de 1896, recibí una nota apremiante de Holmes en que me pedía que acudiera a su casa. Cuando llegué, me lo encontré sentado en una atmósfera cargada de humo con una mujer anciana y maternal, con aire de dueña de pensión entrada en carnes, sentada en otro sillón enfrente de él.
       —Esta es la señora Merrilow, de South Brixton —me indicó mi amigo con un gesto de la mano—. A la señora Merrilow no le molesta el tabaco, Watson, por si quiere dejarse llevar por esa indecente costumbre suya. La señora Merrilow tiene una interesante historia que contarnos que es muy posible que nos lleve a acontecimientos en los que su presencia quizá sea de utilidad.
       —Todo lo que esté en mi mano…
       —Como comprenderá, señora Merrilow, si voy a visitar a la señora Ronder, preferiría tener un testigo. Hágaselo saber antes de que nos presentemos allí.
       —Dios le bendiga, señor Holmes —dijo nuestra visitante—, está tan deseosa de verle que podría llevarse a toda la parroquia con usted.
       —Entonces iremos a primera hora de la tarde. Antes de salir, comprobemos que nuestros datos son correctos. Si los repasamos, le ayudará al doctor Watson a comprender la situación. Dice que la señora Ronder ha sido inquilina suya durante siete años y que solo le ha visto una vez la cara.
       —¡Y ojalá no lo hubiese hecho! —dijo la señora Merrilow.
       —Estaba, si no he entendido mal, horriblemente mutilada.
       —Bueno, señor Holmes, decir que eso es una cara, es mucho decir. Así me pareció a mí. Una vez, la vio un momento nuestro lechero cuando miraba por la ventana del piso de arriba y se le cayó la lechera y toda la leche en el jardín de la entrada. Para que se haga una idea. Cuando la vi —cosa que sucedió por descuido suyo—, se la tapó corriendo y luego me dijo: «Ahora, señora Merrilow, por fin sabe por qué nunca me quito el velo».
       —¿Conoce algo de su pasado?
       —Nada de nada.
       —¿Le dio alguna referencia cuando llegó a su casa?
       —No, señor Holmes, pero me pagó en metálico, y mucho. Un trimestre de alquiler encima de la mesa por adelantado y ningún inconveniente acerca de las condiciones. En estos tiempos, una mujer pobre como yo no puede permitirse rechazar una oportunidad como esa.
       —¿Le dio alguna razón por la que hubiese elegido su casa?
       —Mi casa se encuentra bastante lejos de la carretera y está más retirada que la mayoría. Por otra parte, solo acepto un inquilino y yo no tengo familia. Me da la impresión de que había probado en otros sitios y que supuso que mi casa era la que mejor le venía. Lo que busca es intimidad y está dispuesta a pagar por ella.
       —Dice que, durante todo este tiempo, nunca le enseñó la cara excepto una vez por accidente. Desde luego, es una historia que llama la atención. Y mucho. No me extraña que quiera que investigue.
       —Yo no, señor Holmes. Mientras me pague el alquiler, estoy más que satisfecha. No se podría tener un inquilino más tranquilo ni que diera menos problemas.
       —Entonces ¿qué ha cambiado en todo esto?
       —Su salud, señor Holmes. Da la impresión de que se está consumiendo. Y hay algo terrible que la obsesiona. Se la oye gritar: «¡Asesinato! ¡Asesinato!». Y una vez oí que decía: «¡Bestia sanguinaria! ¡Monstruo!». Eso gritaba. Fue por la noche y los gritos retumbaron por toda la casa y me entraron escalofríos por todo el cuerpo. Así que me fui a hablar con ella por la mañana. «Señora Ronder —le dije—, si hay algo que la atormente por dentro, puede ir a la iglesia, o puede ir a la policía. Unos u otros deberían poder ayudarla en algo». «Por el amor de Dios, ¡a la policía sí que no! —me respondió ella—, y la iglesia no puede cambiar el pasado. Aunque me aliviaría si alguien supiera la verdad antes de morir». Yo le dije: «Bueno, pues si no quiere hacerlo con la policía, ahí tiene a ese detective sobre el que hemos leído». Le pido que me perdone, señor Holmes. Y ella aceptó de inmediato. «Con él, sí —me dijo—, qué raro que no se me haya ocurrido antes. Tráigamelo aquí, señora Merrilow, y, si no quiere venir, dígale que soy la mujer de Ronder, el del espectáculo de fieras. Dígale eso, y dele el nombre de Abbas Parva. Aquí tiene cómo se escribe, Abbas Parva. Eso hará que venga si es el tipo de hombre que me imagino».
       —Y tanto que me hará ir —comentó Holmes—. Muy bien, señora Merrilow. Me gustaría charlar brevemente con el doctor Watson. Nos llevará hasta la hora de comer. Calcule que estaremos por su casa de Brixton a eso de las tres.
       Tan pronto como nuestra visitante había salido de la habitación andando como un pato —no hay otra expresión para describir la manera en que se movía—, Sherlock Holmes se lanzó con intensa energía hacia el montón de cuadernos de notas del rincón. Durante unos pocos minutos, se oyó cómo pasaba constantemente hojas, y luego, con un gruñido de satisfacción, dio con lo que estaba buscando. Estaba tan alterado que no se levantó, sino que se quedó sentado en el suelo como un extraño Buda, con las piernas cruzadas, los enormes volúmenes a su alrededor, y uno de ellos abiertos encima de las rodillas.
       —Le estuve dando vueltas a este caso en su momento, Watson. Aquí tiene mis notas al margen para probarlo. Le confieso que no llegué a ninguna conclusión. A pesar de ello, estoy convencido de que el juez de instrucción se equivocaba. ¿No recuerda nada de la tragedia de Abbas Parva?
       —Nada, Holmes.
       —Pues ya andaba usted conmigo por entonces. Pero lo cierto es que mis propias ideas acerca del caso eran muy superficiales, porque no había nada con lo que guiarme y ninguna de las partes había contratado mis servicios. Tal vez quiera leer lo que se dijo en los periódicos.
       —¿No podría resumirme los aspectos esenciales?
       —Sin ningún problema. Ya verá cómo se va acordando al contárselo. Ronder, desde luego, andaba en boca de todos. Era rival de Wombwell, y de Sanger, y uno de los propietarios de circo más importantes del momento. Sin embargo, hay indicios de que se dio a la bebida y de que tanto él como su espectáculo iban de mal en peor en la época de la gran tragedia. La caravana había parado a pasar la noche en Abbas Parva, que es un pueblo pequeño de Berkshire, donde sucedió aquel horror. Iban de camino a Wimbledon, viajaban por la carretera, y no habían hecho más que acampar, sin representar ninguna función, puesto que el pueblo era tan pequeño que no habrían recuperado ni el dinero de la apertura.
       »Entre otros espectáculos, tenían a un espléndido león norteafricano. Se llamaba Rey del Sáhara, y tanto Ronder como su esposa tenían costumbre de realizar sus números dentro de la jaula. Aquí, como ve, hay una fotografía de la función para que observe que Ronder era un enorme tocino de hombre y que su esposa era una mujer de lo más imponente. En la investigación, hubo testigos que afirmaron que el león daba ciertas muestras de ser peligroso, pero, como suele pasar, uno se acostumbra a todo, y no hicieron mucho caso.
       »Al león lo solían alimentar por la noche Ronder o su esposa. A veces iba uno, a veces ambos, pero nunca permitían que lo hiciera ningún otro, porque suponían que mientras fueran ellos quienes le llevaran la comida, los tendría por benefactores y no se mostraría violento con ambos. Esa noche de hace siete años en concreto, fueron los dos a darle de comer, y se produjo un horrible suceso cuyos extremos nunca quedaron claros.
       »Parece ser que, en torno a la medianoche, despertaron a todos en el campamento unos rugidos del animal y los gritos de la mujer. Todos los mozos y empleados salieron de sus tiendas corriendo, linterna en mano, y gracias a la luz de estas vieron un horrible espectáculo. Ronder yacía, con la parte posterior de la cabeza aplastada y un profundo zarpazo en el cuero cabelludo, a unos diez metros aproximadamente de la jaula, que se encontraba abierta. Junto a la puerta de la jaula, estaba tendida boca arriba la señora Ronder, con el animal gruñendo e inclinado hacia ella. Había desgarrado su rostro de tal manera que a nadie se le pasó por la cabeza que pudiera vivir. Varios de los hombres del circo, encabezados por Leonardo, el forzudo, y Griggs, el payaso, alejaron al animal con unas varas, hasta que retrocedió de un salto adentro de la jaula y lo encerraron de inmediato en ella. Era un misterio cómo se había escapado. Se dedujo que la pareja había tratado de entrar en la jaula, pero que la puerta se quedó abierta y el animal se había abalanzado sobre ambos. Entre los testimonios, no había más aspectos de interés excepto que la mujer, que deliraba a causa del dolor, seguía gritando “¡Cobarde! ¡Cobarde!” mientras la llevaban de regreso al carromato en donde vivía la pareja. Pasaron seis meses antes de que estuviera en condiciones de ofrecer su testimonio, pero, como era previsible, la investigación ya se había cerrado con el esperable veredicto de muerte accidental.
       —¿Y qué otra cosa iban a pensar? —intervine.
       —Dice bien. Sin embargo, había un par de detalles que preocupaban al joven Edmunds, de la comisaría de Berkshire. ¡Un chico listo! Más tarde lo enviaron a Allahabad. Así fue como me enteré de todo, porque se dejó caer por aquí y nos fumamos un par de pipas charlando sobre el caso.
       —¿Un hombre delgado de pelo rubio?
       —El mismo. Ya sabía yo que no tardaría en atar cabos.
       —Pero ¿qué es lo que le preocupaba?
       —Bueno, nos preocupaba a ambos. Era endiabladamente complicado reconstruir lo sucedido. Póngase en el lugar del león. Se ve libre. ¿Qué hace? Pega media docena de saltos que le llevan a Ronder, este se da la vuelta para huir —las heridas se encontraban en la parte posterior de su cabeza—, pero el león lo derriba de un zarpazo. Entonces, en lugar de seguir dando brincos y escapar, se vuelve hacia la mujer, que estaba junto a la jaula, y la tumba de un golpe y le mordisquea la cara. Pero, por otra parte, aquellos gritos dejaban entrever que su marido la había decepcionado de alguna manera. ¿Qué podía haber hecho el pobre diablo para ayudarla? ¿Entiende el problema?
       —Claro.
       —Y, además, hay otra cosa. Me ha venido ahora a la mente al pensar en ello de nuevo. Uno de los testigos aseguró que en el preciso momento en que el león rugía y la mujer chillaba, se oyó a un hombre gritando aterrorizado.
       —Aquel hombre era Ronder, sin duda.
       —Bueno, la verdad es que su cráneo estaba destrozado, así que difícilmente uno podría esperar volver a oír nada de su boca. Hubo al menos dos testigos que hablaron de los gritos de un hombre que se entremezclaban con los de la mujer.
       —Yo habría pensado que todo el campamento estaría ya chillando por aquel entonces. Respecto a los demás detalles, creo que podría sugerir una solución.
       —Estaría encantado de sopesarla.
       —Estaban los dos juntos, a diez metros de la jaula, cuando el león quedó libre. El hombre se volvió y lo derribó. A la mujer se le ocurrió entrar en la jaula y cerrar la puerta. Era su única salida. Se dirigió hacia allí y, justo cuando llegaba, la fiera saltó tras ella y la tumbó de un golpe. Estaba furiosa con su marido por haber avivado la rabia de la bestia dándose la vuelta. Si le hubiesen hecho frente, lo habrían amedrentado. De ahí, sus gritos de «¡Cobarde!».
       —¡Brillante, Watson! Su diamante solo tiene un defecto.
       —¿Qué defecto, Holmes?
       —Si ambos estaban a diez pasos de la jaula, ¿cómo se quedó libre la fiera?
       —Cabe la posibilidad de que tuvieran algún enemigo que la liberara.
       —Y ¿por qué los atacaría de una manera tan brutal cuando estaba acostumbrado a jugar y a hacer truquitos con ellos dentro de la jaula?
       —Es posible que ese mismo enemigo hubiese hecho algo que le enfureciera.
       Holmes se me quedó mirando pensativo y permaneció en silencio durante un rato.
       —Bueno, Watson, esto es lo que he de decir sobre su teoría. Ronder tenía muchos enemigos. Edmunds me dijo que era un espanto de hombre cuando estaba curda. Un abusón de enormes dimensiones que insultaba y le soltaba latigazos a cualquiera que se interpusiera en su camino. Sospecho que esos gritos acerca de un monstruo de los que nos habló nuestra visitante sean reminiscencias nocturnas del difunto amado. Sin embargo, todo esto no son más que cábalas hasta que tengamos todos los datos. Hay perdiz fría en el aparador y una botella de Montrachet. Renovemos fuerzas antes de que volvamos a requerirlas.

              Era un lugar cerrado, húmedo y mal ventilado, como se podía esperar, dado que su ocupante raras veces salía de él. Había cierto desquite del destino en que, de mantener a los animales en una jaula, pareciera haberse convertido en un animal enjaulado. Se encontraba sentada en un sillón roto en un rincón oscuro del cuarto. Los largos años de inactividad habían ensanchado las líneas de su figura, pero, en su momento, debía de haber sido atractiva y seguía siendo voluptuosa y sensual. Le tapaba la cara un tupido velo oscuro, pero estaba recortado cerca del labio superior y dejaba al aire una boca de formas perfectas y una barbilla delicada y redondeada. Bien podía imaginarme que hubiese sido una mujer francamente extraordinaria. Además, tenía una voz agradable y muy armoniosa.
       —No le resulta desconocido mi nombre, señor Holmes —dijo—. Supuse que le haría venir.
       —Así es, señora, aunque no sé cómo estaba al corriente de que me interesaba su caso.
       —Me informaron de ello cuando recobré la salud y me interrogó el señor Edmunds, el detective del condado. Me temo que le mentí. Puede que hubiese sido más inteligente haberle contado la verdad.
       —Normalmente, es más inteligente decir la verdad. Pero ¿por qué le mintió?
       —Porque el destino de un tercero dependía de ello. Sé que era un tipo despreciable, pero no quería tener su ruina sobre mi conciencia. Habíamos estado tan unidos… ¡tan unidos!
       —Pero ¿y esa traba ya no existe?
       —En efecto. La persona de la que hablo ha fallecido.
       —Entonces ¿por qué no le cuenta ahora a la policía todo lo que sabe?
       —Porque debo tener en cuenta a otra persona. Y esa otra persona soy yo. No podría soportar ni el escándalo ni la notoriedad que conllevarían una investigación de la policía. No me queda mucho de vida, pero me gustaría morirme con tranquilidad. Sin embargo, quería encontrar a un hombre sensato a quien contarle mi terrible historia, de modo que, cuando haya desaparecido, todo quede aclarado.
       —Es todo un cumplido, señora. Pero, a pesar de ello, soy una persona responsable. No le prometo que, cuando me lo cuente, no piense que deba informar del caso a la policía.
       —No creo que lo haga, señor Holmes. Estoy muy al tanto de su carácter y de sus métodos, ya que llevo siguiendo su trabajo desde hace algunos años. La lectura es el único placer que el destino me ha permitido mantener y hay pocas cosas de este mundo de las que no esté al corriente. Pero, sea como sea, me arriesgaré a que se sirva de mi tragedia como a usted le parezca. Contarlo será todo un alivio.
       —A mi amigo y a mí nos encantaría escucharla.
       La mujer se levantó y sacó de un cajón una fotografía de un hombre. Evidentemente, se trataba de un acróbata profesional, un hombre de un físico magnífico, retratado con los enormes brazos cruzados sobre el pecho prominente y una sonrisa que aparecía bajo su poblado bigote: la sonrisa presumida de un conquistador.
       —Ese es Leonardo —nos dijo.
       —Leonardo, el forzudo, ¿el que ejerció de testigo?
       —El mismo. Y este… este es mi marido.
       Era una cara espeluznante, parecía un cerdo humano o, mejor dicho, un jabalí humano: tan bestial que daba miedo. No era difícil imaginar cómo a esa boca asquerosa le rechinaban los dientes, cómo echaba espumarajos de rabia por ella, ni eran difíciles de concebir las miradas aviesas de esos ojos malvados. Canalla, matón, animal: todo eso estaba escrito en esa cara de gruesos carrillos.
       —Estas dos imágenes les ayudarán, caballeros, a comprender la historia. Yo era una pobre chica criada en el serrín del circo y que saltaba por el aro antes de cumplir los diez años. Cuando me hice mujer, este hombre estaba enamorado de mí, si es que esa lujuria suya puede llamarse amor, y, en un mal momento, me convertí en su esposa. Desde ese día, viví un infierno, y él era el demonio que me torturaba. No había nadie en el circo que no supiera cómo me trataba. Me dejaba y se iba con otras. Me ataba y me azotaba con su fusta cuando me quejaba. Les daba pena a todos y todos lo detestaban, pero ¿qué podían hacer? Le tenían miedo, todos sin excepción. Porque en todo momento se comportaba como un hombre terrible, pero, cuando estaba borracho, era un criminal. Le acusaban una y otra vez de agresión y de maltrato a los animales, pero le sobraba el dinero y las multas no le suponían nada. Nos dejaron los mejores artistas y el circo empezó a entrar en decadencia. Leonardo y yo éramos los únicos que lo manteníamos en pie, con el pequeño Jimmy Griggs, el payaso. Pobre chico, no tenía mucho por lo que gastar bromas, pero hacía lo que podía para que no se desmoronara todo.
       »Entonces, Leonardo estuvo cada vez más presente en mi vida. Ya ven qué aspecto tenía. Ahora sé el alma mezquina que ocultaba tras ese cuerpo magnífico, pero, comparado con mi marido, era lo más parecido al arcángel san Gabriel. Yo le daba lástima, hasta que, al final, el roce se volvió amor, un amor profundo, profundo y apasionado, el tipo de amor con el que había soñado, pero que nunca había tenido esperanza de sentir. Mi marido sospechaba, pero creo que era tan cobarde como matón y Leonardo era el único hombre al que tenía miedo. Se cobró su venganza maltratándome más que nunca. Una noche, mis gritos atrajeron a Leonardo hasta la puerta del carromato. Esa noche estuvimos a punto de vivir una tragedia, y pronto comprendimos mi amante y yo que era inevitable. Mi marido no se merecía vivir. Planeamos que muriera.
       »Leonardo era un tipo brillante y calculador. Fue él quien lo planeó. Y no lo digo para acusarle de ello, que yo estaba dispuesta a llegar con él hasta el final. Pero yo nunca habría tenido el ingenio para urdir un plan como aquel. Fabricamos un garrote —más bien, Leonardo— y, en el extremo más pesado, fijó cinco clavos largos de acero, con las puntas hacia afuera, con la misma separación entre ellas que hay entre las uñas del león. Con eso le íbamos a dar a mi marido su golpe de gracia y, sin embargo, las pruebas indicarían que habría sido el león, al que dejaríamos libre, quien lo habría matado.
       »Cuando salimos mi marido y yo, como siempre, a darle de comer al animal, hacía una noche muy negra. Llevábamos la carne cruda en un cubo de cinc. Leonardo estaba esperando en la esquina de un gran carromato junto al que debíamos pasar antes de llegar a la jaula. Estuvo demasiado lento y pasamos de largo antes de que pudiera asestar el golpe. Pero nos siguió de puntillas y oí el crujido del garrote al aplastar el cráneo de mi marido. Me dio un vuelco el corazón de la alegría al oír ese sonido. De un brinco, llegué hasta la jaula y descorrí el cerrojo que cerraba la puerta del enorme león.
       »Y, entonces, sucedió algo terrible. Es posible que sepan lo rápido que estos animales perciben el olor de la sangre humana y hasta qué punto los saca de sí. Al animal algún curioso instinto le había dicho enseguida que habían asesinado a un ser humano. Cuando corrí los barrotes, salió de un salto y se me subió encima al momento. Leonardo podría haberme salvado. Si se hubiese dado prisa y le hubiese dado un garrotazo a la fiera, habría podido amedrentarlo. Pero le entró pánico. Lo oí gritar de terror y luego vi cómo se daba media vuelta y salía huyendo. En ese mismo momento, los dientes del león probaron mi rostro. Su aliento caliente y nauseabundo ya me había aturdido y casi no sentí dolor. Traté de apartar de mí las enormes mandíbulas humeantes y manchadas de sangre con las palmas de las manos mientras gritaba pidiendo auxilio. Era consciente de que había alertado al campamento y luego recuerdo vagamente a un grupo de hombres. Leonardo, Griggs y otros tiraron de mí para sacarme de entre las zarpas del animal. Ese fue mi último recuerdo, señor Holmes, durante muchos meses agotadores. Cuando me desperté y me vi en el espejo, maldije a ese león —¡que si lo maldije!—, no porque me hubiese quitado la belleza, sino porque no me había quitado la vida. Solo deseaba una cosa, señor Holmes, y disponía de dinero suficiente para cumplir ese deseo. Ocultar mi rostro de tal manera que nadie pudiera verlo, y vivir donde nadie a quien hubiera conocido me encontrara. Eso era todo lo que me quedaba, y eso es lo que he hecho. Soy una pobre bestia herida que se ha arrastrado a su cubil para morir: aquí acaba Eugenia Ronder.
       Nos quedamos un rato en silencio después de que la infeliz hubiese contado su historia. Entonces, Holmes estiró su largo brazo y le dio unas palmadas en la mano con una muestra de simpatía como pocas veces le he visto.
       —¡Pobre chica! —suspiró—. ¡Pobre chica! Es verdad que las sendas del destino son difíciles de comprender. Si en el más allá no hay ningún tipo de recompensa, entonces el mundo es una broma cruel. Pero ¿y qué ha sido del tal Leonardo?
       —Nunca volví a verlo ni a saber de él. Tal vez no he sido justa al sentirme tan enfadada con él. Habría sido tan probable que se hubiese enamorado de la cosa que el león había creado tanto como de uno de los monstruos de feria que paseábamos por el país. Pero, para una mujer, no es tan fácil dejar a un lado el amor. Me había abandonado entre las garras de una bestia, me había desamparado en la necesidad, y, a pesar de todo, no fui capaz de decidirme a enviarlo a la horca. En cuanto a mí, no me importa lo que me suceda. ¿Qué podría ser más espantoso que esta vida mía? Pero intercedí por Leonardo ante su destino.
       —¿Y está muerto?
       —Se ahogó el mes pasado bañándose cerca de Margate. Me enteré de su muerte por el periódico.
       —Y ¿qué hizo con ese garrote de cinco uñas, que es la parte más peculiar e ingeniosa de su historia?
       —No sabría decirle, señor Holmes. Hay una cantera de piedra caliza cerca de donde acampamos, con una poza verdosa y profunda al pie. Quizá en las profundidades de esa poza…
       —Bueno, bueno, ahora ya tiene poca importancia. El caso está cerrado.
       —Sí —repitió la mujer—, el caso está cerrado.
       Nos habíamos levantado para irnos, pero Holmes oyó algo en la voz de la mujer que atrajo su atención. Se volvió rápidamente hacia ella.
       —Su vida no le pertenece —le dijo—. No lo haga.
       —¿De qué le sirve a nadie ya mi vida?
       —¿Cómo lo sabe? Dar ejemplo sufriendo con paciencia es, en sí misma, la lección más valiosa de todas en este mundo impaciente.
       La respuesta de la mujer fue terrible. Se levantó el velo y se acercó a la luz.
       —Me extrañaría mucho que usted pudiera soportarlo —replicó.
       Era espantoso. No hay palabras para describir la forma de un rostro cuando este mismo desaparece. Unos bonitos y ardientes ojos marrones, que miraban con tristeza desde ese siniestro despojo, no hicieron sino más horrible su visión. Holmes levantó la mano en un gesto de compasión y de rechazo y nos marchamos ambos de la habitación.

       Dos días después, cuando fui a visitar a mi amigo, me señaló con cierto orgullo un pequeño frasco azul que había sobre la repisa de su chimenea. Lo cogí. Tenía una etiqueta roja de veneno. Y salió de él un agradable aroma a almendras cuando lo abrí.
       —¿Ácido prúsico?
       —En efecto. Me ha llegado por correo. «Le envío mi tentación. Seguiré su consejo». Así decía el mensaje adjunto. Creo, Watson, que seremos capaces de adivinar el nombre de la valiente mujer que lo ha enviado.



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