Amy Hempel
(Chicago, Illinois, 1951–)


En el cementerio donde está enterrado Al Jolson (1983)
(“In the Cemetery Where Al Jolson is Buried”)
Originalmente publicado en la revista TriQuarterly, 56 (invierno 1983, pp. 175-182);
Editors’ Choice: New American Stories (1983);
Reasons to Live
( New York: Alfred A. Knopf, 1985, 129 págs.)



Para Jessica Wolfson

      —Cuéntame cosas que no me importe olvidar —dijo ella—. Que sean banalidades; de lo contrario, déjalo.
       Empecé. Le conté que los insectos vuelan cuando llueve y que nunca se mojan porque no les cae una sola gota encima. Le conté que nadie en Estados Unidos había tenido un magnetófono antes de que Bing Crosby se comprase uno. Le conté que la luna tiene forma de plátano… que, cuando la vemos llena, la estamos viendo de canto.
       La cámara hizo que me cohibiese y me callé. Nos enfocaba desde un soporte instalado en el techo, como esas cámaras que utilizan en los bancos para fotografiar a los ladrones. Nos enfocaba para dirigir la señal a las enfermeras que estaban al fondo del pasillo en la Unidad de Cuidados Intensivos.
       —Sigue, chica —dijo—. Ya te acostumbrarás a ellas.
       Tenía público. Seguí. ¿Sabía ella que Tammy Wynette había cambiado la letra de su canción? En serio. Que ahora canta «Apoya a tus amigos» en vez de «Apoya a tu hombre». Que Paul Anka había hecho lo mismo, le dije. Ahora canta «Vas a tener un hijo nuestro», en vez de «Un hijo mío». Que estaba ya harto de las quejas de las feministas.
       —¿Qué más? —me preguntó—. ¿Sabes algo más?
       Oh, sí.
       Para ella siempre sabría algo más.
       —¿Sabías que la primera vez que enseñaron a hablar a una chimpancé mintió? Cuando le preguntaron quién se lo había hecho en la mesa de trabajo, dio por señas el nombre del limpiador. Y cuando la presionaron, dijo que lo sentía mucho, que en realidad había sido el director del proyecto. Pero ella era madre, de modo que me imagino que tendría sus razones.
       —Oh, eso está bien —asintió—. Una parábola.
       —Hay más anécdotas sobre esa chimpancé —le dije—. Pero te romperían el corazón.
       —No, gracias —y se rasca la mascarilla.

       Parecemos dos forajidas buenas. Buenas o malas, yo aún no me acostumbro a la mascarilla. Siempre estoy tocando la parte caliente por donde sale, gracias a Dios, mi aliento. Ella está acostumbrada a la suya. Sólo se ata las cintas de arriba. Las otras —como buena profesional que es ya— las deja colgando.
       Llamamos a este lugar Hospital Marcus Welby, en honor a la serie televisiva. Es ese edificio blanco con palmeras que aparecía como fondo de los títulos de crédito de aquella serie. Un hospital de Hollywood, aunque, en realidad, está varios kilómetros hacia el Oeste. Fuera del campo visual de la cámara, al otro lado de la calle, hay una playa.
       Me presenta a una enfermera como la Mejor Amiga. El artículo es más íntimo que el pronombre posesivo. Me da a entender que ellas son las íntimas, la enfermera y mi amiga.
       —Le contaba que en los viejos tiempos tomábamos ginger ale, de la marca Canada Dry, y nos hacíamos a la idea de que estábamos en Canadá.
       —Así de tontas éramos —digo.
       —Podríais ser hermanas —dice la enfermera.
       Me apuesto a que están preguntándose por qué he tardado tanto tiempo en llegar a este sitio tan glamoroso. Pero, ¿se lo preguntan?
       No se preguntan nada.
       Dos meses, y, ¿cuánto se tarda en llegar en coche?
       La mejor explicación que puedo dar es la siguiente: tengo un amigo que trabajó durante un verano en un depósito de cadáveres. Me contaba anécdotas de ese lugar. La que más me impresionó no fue la más horripilante, pero fue la que más me impactó. Un hombre tuvo un accidente y destrozó su coche en la carretera 101, en dirección al Sur. No perdió el conocimiento. Pero se le había desgarrado un brazo hasta el hueso mismo y, cuando lo vio… le dio un susto de muerte.
       Es decir, que se murió.
       De modo que no me había atrevido a mirar más de cerca. Pero ahora lo hago, y espero sobrevivir.

       Se sacude una mantita de verano, dejando al descubierto una pierna que no querrías ver por nada del mundo. Si exceptuamos eso, al mirarla comprendes que la ley exija que haya dos personas con el cuerpo en todo momento.
       —He pensado en algo —dice—. Lo pensé anoche. Creo que aquí hace muchísima falta, y con urgencia. Ya sabes, que alguien lo haga por ti cuando no puedes hacerlo tú misma, pongamos por caso. Les llamas siempre que quieras… Por ejemplo, cuando no hay más remedio.
       Coge el teléfono de la mesilla y se enrolla el cable alrededor del cuello.
       —¡Mira! —exclama—. Fin del trayecto. —Sigue hablando, aunque aturdida por algo. Pero no sé por qué—. No consigo acordarme —me asegura—. Según la psiquiatra Kübler-Ross, ¿qué paso venía después de la Negación?
       Creo recordar que el siguiente era la Ira. Después venían el Regateo, la Depresión y así sucesivamente. Pero me guardo mis suposiciones.
       —Lo único que falta saber es… cuándo viene la Resurrección. Dios sabe que me gustaría hacerlo según mandan los cánones. Pero esa psiquiatra omitió la Resurrección.

       Se ríe y me aferro a esa risa de la misma manera en que alguien colgado sobre un barranco se aferra a la cuerda que le lanzan.
       —Cuéntame lo de la chimpancé que habla con las manos. ¿Qué hacen cuando el experimento termina y la chimpancé dice «No quiero volver al zoológico»? —como no contesto, añade—: Vale, entonces cuéntame otra historia de animales. Me gustan las historias de animales. Pero que no sea morbosa…, no quiero saber nada de perros guías que se quedan ciegos.
       No, no pensaba contarle ninguna historia morbosa.
       —¿Qué te parece una de perros para sordos? —le pregunto—. No están perdiendo audición, pero están volviéndose muy críticos. Por ejemplo, está la de ese perro labrador de Nueva Jersey que despierta a la madre sorda y la arrastra al dormitorio de su hija porque la niña está leyendo con una linterna debajo de las sábanas.
       —Me estás matando —dice—. Sí, estás matándome del todo.
       —Dicen que los perros inteligentes obedecen, pero que los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer.
       —Sí, los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer. Ahora mismo, por ejemplo.

       Está flirteando con el Buen Doctor, que acaba de entrar. A diferencia del Mal Doctor, que comprueba el gotero antes de dar los buenos días, el Buen Doctor dice cosas como «Dios no les dio a los epilépticos un tembleque elegante». El Buen Doctor se adjudica puntos por los minusválidos que podría haber atropellado en el aparcamiento. Como el Buen Doctor está un poco enamorado de ella, dice que quizás un año. Acerca una silla a la cama y sugiere que a lo mejor me gustaría pasar una hora en la playa.
       —Cuando vuelvas, tráeme algo. De la playa o de la tienda de regalos —me dice—. Aunque sea feo.
       El médico corre la cortina de la cama.
       —¡Espera! —grita ella.
       Me asomo.
       —Cualquier cosa, salvo una suscripción a una revista.
       El médico aparta la mirada.
       Veo que su boca esboza una sonrisa.

       Con frecuencia, lo que parece peligroso no lo es…, como, por ejemplo, las serpientes negras o las turbulencias en un cielo despejado. Mientras que las cosas que están ahí mismo, como esta playa, están cargadas de peligros. Un polvo amarillo que asciende de la tierra, el calor que hace madurar los melones por la noche… Son señales inequívocas que presagian terremotos. Puedes estar sentada aquí, trenzando tranquilamente los flecos de tu toalla, y la arena, de repente, te traga igual que un reloj de arena. El aire brama. En los apartamentos baratos de la costa, las bañeras se llenan solas y los jardines se levantan y se enrollan igual que olas verdes. Si no ocurre nada, el polvo irá a la deriva y el calor aumentará hasta que el temor se convierta en deseo. Sólo una catástrofe puede apaciguar esos nervios.

       —Nunca se da cuando piensas en él, ¿verdad? —comentó una vez—. Terremoto, terremoto, terremoto.
       —Terremoto, terremoto, terremoto —repetí yo.
       Y no nos cansábamos de decirlo, como el aviofóbico que mantiene el avión en el aire con sus oraciones, hasta que una réplica resquebrajó el techo de la habitación.
       Aquello ocurrió después del terremoto grande del 72. Estábamos en la universidad. Nuestro dormitorio se encontraba a ocho kilómetros del epicentro. Cuando terminó el corrimiento y mi pulso farfullero empezó a desacelerarse, ella hizo un bebedizo mezclando cinco partes de champán con una de zumo de naranja, y bromeó con la idea de vivir en Ocean View, Kansas. Le ofrecí llevarla en coche a Hawai, con arreglo a las teorías del nuevo mundo que, según pronosticaban los videntes, afloraría para la próxima vez, o la siguiente.
       Ahora no podría decir esa palabra… siguiente.
       —¿La siguiente de quién? —podría haberme preguntado ella.

       ¿Era yo la única en percibir que los expertos habían dejado de decir si y ahora hablaban de cuándo? Desde luego que no. Los temerosos podían contarse por miles. Observábamos a los escarabajos japoneses, a la busca de algún cambio en su comportamiento. Cualquier cambio podría significar una intensificación de la violencia natural.
       Quería que ella tuviese tanto miedo como yo. Pero me decía:
       —No sé, pero el caso es que no tengo miedo.
       No le tenía miedo a nada, ni siquiera a volar.
       Cuando tengo que viajar en avión, sueño que nos abrochamos el cinturón y que el avión avanza por la pista. Despega a unos cincuenta y cinco kilómetros por hora, y después ya estamos en el aire, rozando las copas de los árboles. Aun así, llegamos puntualmente a Nueva York.
       Es muy agradable.
       Una noche volé a Moscú de esa manera.

       Sólo una vez había volado ella conmigo. Aquella vez que voló conmigo, comía nueces de Macadamia mientras las alas pegaban botes. Sabe que la punta de las alas puede inclinarse nueve metros hacia arriba o hacia abajo sin que el avión se caiga. Ella se lo cree. Confía en las leyes de la aerodinámica. Mi mente se desbarajusta. Me cuesta trabajo aceptar que un buque de guerra flote, ya que todo el mundo sabe que el acero se hunde.
       Ahora veo miedo en su cara, y no voy a procurar ahuyentárselo. Hace bien en tener miedo.
       Después de un temblor, las noticias de las seis emiten la secuencia de una película en la que un grupo de alumnos de primer grado, a instancias de su maestra, amonestan al patio de recreo destrozado.
       —Tierra mala —gritan, porque la ira es más fuerte que el miedo.

       Pero hoy la playa está calma. Aquí todo el mundo está sedado, adormecido o parece indiferente. Las adolescentes se ponen unas a otras aceite de coco en las zonas del cuerpo a las que resulta difícil llegar por una misma. Huelen a esencia de copra. Abren con dificultad las polveras que parecen conchas de almejas. Los espejos atrapan el sol y arrojan un haz de rayos blancos sobre los hombres satinados. Las chicas se adornan el pelo húmedo con flores de seda con arreglo a lo que aprendieron en la revista Seventeen. Posan.
       Unos tipos detienen sus coches tuneados para observarlas y de paso se toman unas cervezas. Se vuelven ruidosos cuando las chicas comprueban las líneas del bronceado. Cuando se les acaba la cerveza, se largan, alardeando de sus coches, bulevar arriba.
       Sobre esta salud agresiva se alzan las terrazas gemelas de hierro forjado de Palm Royale —pintadas en un tono rosado igual que el de los flamencos—, donde cada vez que cambian las sábanas se muere alguien. Hay una ambulancia en la entrada de coches, y los residentes que aún quedan están asomados a los balcones, inquietos y en silencio, inclinados hacia adelante.
       El océano que contemplan es peligroso, y no sólo por la resaca. Casi pueden verse los coletazos de los tiburones toros, acechantes.
       Si ella mirase, podría verlo, podría ver parte de esto, desde la ventana. Sería la primera en decir que qué poco hace falta para que todo se eche a perder.

       ¡Cuando regresé a la habitación había una segunda cama!
       El corazón me latió dos veces antes de comprender qué significaba aquello. Entonces se hizo tan patente como un ataúd abierto.
       «Quiere que esté con ella en todo momento», pensé. «Quiere mi vida».
       —Acaba de irse Gussie, te la has perdido —me dijo nada más entrar.
       Gussie es la criada de sus padres, ciento treinta y cinco kilos de narcolepsia. A menudo le dan los ataques ante la tabla de la plancha. Todas las fundas de las almohadas de la familia están ribeteadas de quemaduras.
       —Ha tenido que ser un viaje duro para ella —le digo—. ¿Cómo está?
       —Bueno, no se ha quedado dormida, si te refieres a eso. Gussie es fantástica. ¿Sabes lo que me ha dicho? Pues me ha dicho: «Cariño, déjate ya de tantas mortificaciones. Sigue rezando, arrodíllate ante el Señor…», yo, que ni siquiera puedo levantarme de la cama.
       Se encogió de hombros.
       —¿Me estoy perdiendo algo?
       —El tiempo presagia terremoto —le contesté.
       —Lo mejor que puede hacerse con los terremotos es no vivir en California.
       —Un consejo muy útil —le dije—. Hablas igual que el reverendo Ike: «Lo mejor que puede hacerse por los pobres es no ser uno de ellos».
       El reverendo Ike nos vuelve locas.
       Me di cuenta de que tenía la cara hinchada.
       —¿Sabes una cosa? Me siento muy mal. Tengo la intención de dejar de divertirme.
       —Los antiguos tenían un dicho: «Hay momentos en que los lobos callan y momentos en que la luna aúlla».
       —¿Qué es eso? ¿De los indios navajo? —me preguntó.
       —Un graffiti en el vestíbulo de Palm Royale —le contesté—. He comprado el periódico. Te leeré algo.
       —¿Aunque no me interese nada?
       Lo abrí por la página de trivialidades. Le dije:
       —¿Sabías que a los flamencos, cuantas más gambas comen, más rosadas se les ponen las plumas? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías por qué los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores porque, si no, de qué otra manera iban a evitar que se les congelara la comida?
       Me fui a la página tres, a una sección de noticias de agencia fechada en la ciudad de México. Le leí la noticia titulada HOMBRE ROBA BANCO CON POLLO. Trataba de un hombre que compró un pollo asado en un puesto callejero que había a una manzana del banco. Al pasar por delante del banco, tuvo una idea. Entró y se dirigió a una ventanilla. Apuntó con la bolsa de papel a la cajera y ella le dio los ingresos del día. El olor de la salsa de barbacoa facilitó su captura.

       Dijo que la historia le había dado hambre. De modo que entré en el ascensor y bajé seis plantas para ir a la cafetería. Regresé con todo el helado que me había encargado. Me tumbé en la cama contigua a la suya. Ambas teníamos las camas regulables elevadas para disfrutar de una visión óptima del televisor. Desperdigamos por las sábanas los envoltorios de los helados y picoteamos almendras tostadas de entre las gasas.
       Éramos Lucy y Ethel, Mary y Rhoda in extremis. Las persianas estaban echadas para evitar reflejos en la pantalla.
       Vimos una película protagonizada por unos hombres con los que antes creíamos que nos hubiera gustado acostarnos. El de ella era un poli duro que intentaba detener al mío, un violador despiadado que perseguía a camareras especializadas en recepciones.
       —Es una buena película —dijo en la escena en que unos francotiradores abatían a los dos.
       Yo ya la echaba de menos.

       Una enfermera filipina entró de puntillas y le puso una inyección. Antes de irse, recogió de la mesita de noche los palos de los helados, suficientes para entablillar a un animal pequeño.
       La inyección nos puso soñolientas a las dos. Nos dormimos.
       Soñé que ella era una decoradora que estaba arreglándome la casa. Trabajaba en secreto, cantando para sus adentros. Cuando terminó, me condujo, orgullosa, hasta la puerta.
       —¿Qué te parece? —me preguntó, mientras me empujaba delicadamente al interior.
       Cada viga, alféizar, estante y pomo estaba adornado con banderitas alegres, y unas serpentinas de crespón de color pastel ribeteaban los brillantes espejos.

       —Tengo que ir a casa —le dije cuando se despertó.
       Creyó que por casa quería decir su casa en el Cañón, y tuve que decirle: No, mi casa. Me retorcí las manos de la manera convencional en que lo hace la gente que sufre. Se suponía que yo tendría que ofrecerle algo. La Mejor Amiga. Ni siquiera podía ofrecerle que regresaría.
       Me sentí débil y pequeña y fracasada.
       También eufórica.
       En el aparcamiento me esperaba un descapotable. Una vez fuera de aquella habitación, bajaría a toda velocidad por la Autopista de la Costa, aspirando en el aire un olor a cangrejo. Una parada en Malibú para tomar sangría. La música en aquel lugar sería sensual y ruidosa. Tomaría papaya con gambas y helado de sandía. Después de la cena, reluciría de ansia, zumbaría de calor, vibraría de vida y me pasaría toda la noche despierta.

       Sin articular palabra, se arrancó de un tirón la mascarilla y la tiró al suelo. Le dio una patada a la manta y se dirigió a la puerta. Debió de haberle dado mucho coraje tener que detenerse para respirar y mantener el equilibrio antes de salir, dando un portazo, de la zona de aislamiento y de la habitación contigua, esa donde había que desinfectarse y ponerse las mascarillas blancas.
       Una voz alarmada gritó su nombre, y el personal corrió por el pasillo. Llamaron al Buen Doctor por el interfono. Abrí la puerta, y las enfermeras que estaban en el puesto de enfermería me lanzaron una mirada recriminatoria, como si esa huida hubiese sido idea mía.
       —¿Dónde está? —pregunté, y señalaron con la cabeza el cuartito de las medicinas.
       Me asomé. Dos enfermeras estaban arrodilladas junto a ella, hablándole en voz baja. Una le sujetaba una mascarilla sobre la nariz y la boca, la otra le masajeaba la espalda con lentos movimientos circulares. Las enfermeras levantaron la vista para ver si yo era el médico… y, como no lo era, siguieron con lo suyo.
       —Cariño, ya ha pasado, ya ha pasado —le susurraban.

       La misma mañana en que la llevaron al cementerio, aquel cementerio donde está enterrado Al Jolson, me matriculé en un cursillo para vencer el miedo a volar en avión.
       —¿A qué le tiene más miedo? —me preguntó el instructor, y le respondí:
       —A que termine este curso y siga teniendo miedo.

       Duermo con un vaso de agua encima de la mesilla de noche para así poder ver por el nivel si es el suelo de la costa el que está temblando o si soy yo la que sigue convulsionándose.

       ¿Qué recuerdo?
       Sólo recuerdo las trivialidades que oigo: que la madre de Bob Dylan inventó el tipex, que en una habitación tienen que reunirse veintitrés personas para que haya un cincuenta por ciento de posibilidades de que dos de ellas cumplan año el mismo día. ¿A quién le importa que sea cierto o no? En mi cabeza hay toallas de baño que envuelven esas historias. Nada más se filtra.
       Repaso los detalles que aparecerán cuando vuelva a contar todo aquello: un beso a través de una gasa quirúrgica, una mano pálida que corrige la posición de la peluca…
       Tomé nota de todos esos gestos a medida que iban ocurriendo, no retrospectivamente…, aunque no sé por qué el hecho de mirar atrás debiera revelarnos más cosas que un simple mirar a.
       Es posible que diga que me quedé a pasar la noche.
       ¿Hay alguien que pueda decir lo contrario?

       Me acuerdo de la chimpancé, la de las manos parlantes.
       En el transcurso del experimento, aquella chimpancé tuvo una cría. Imagínense el entusiasmo que debieron de sentir sus adiestradores cuando la madre, por iniciativa propia, empezó a hablar por señas a su cría recién nacida.
       Cariño, bebe leche.
       Cariño, juega a la pelota.
       Y cuando la cría murió, la madre se inclinó sobre el cuerpo, moviendo sus manos arrugadas con una elegancia animal, formando una y otra vez las palabras: Cariño, dame un abrazo, expresándose con fluidez en el lenguaje del dolor.




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