Amy Hempel
(Chicago, Illinois, 1951–)


Hoy tendré un día tranquilo (1985)
(“Today Will Be a Quiet Day”)
Originalmente publicado en la revista The Missouri Review, Volume 8, Number 2 (1985, pp. 25-30);
Reasons to Live
( New York: Alfred A. Knopf, 1985, 129 págs.)



      —Creo que es al revés —dijo el muchacho—. Creo que si ahora se produjese un temblor, el puente se desplomaría y quedarían las rampas.
       Miró a su hermana con satisfacción.
       —Lo que quieres es asustar a tu hermana —dijo el padre—. Sabes que lo que dices no es verdad.
       —No, en serio —insistió el muchacho—. Además, he oído a los pájaros cantar en mitad de la noche. ¿No es eso una advertencia?
       La chica lanzó una mirada venenosa a su hermano y se metió en la boca un puñado de bolitas de pasas recubiertas de chocolate. Los tres estaban dentro del coche en el puente Golden Gate, en medio de un atasco.
       Aquella mañana, antes de despertar a sus hijos, el padre había llamado para cancelarles sus clases de música, decidido a disfrutar de aquel día con ellos. Quería saber cómo estaban, nada más. Simplemente eso: cómo estaban. Creía que sus hijos eran tan autosuficientes como esos perros que a veces se ven regresar a casa con la correa en la boca. Pero uno puede interpretarlo mal.
       Vaya que sí.
       El muchacho tenía un amigo que se había tirado por una ventana de Langley Porter, el hospital psiquiátrico. Estuvo internado allí durante dos semanas, y la mayor parte del tiempo lo había pasado jugando al ping-pong. Todo lo que el amigo le dijo el día en que el muchacho fue a visitarlo y perdió todas las partidas fue: «Nunca juegues al ping-pong con un paciente psiquiátrico porque esto es lo único que hacemos y vamos a machacarte». Aquella misma noche, el amigo cortó en dos el cinturón rojo que llevaba puesto y dejó una de las mitades en la cama. Eso ocurrió el año pasado por estas fechas, cuando el muchacho tenía doce años.
       Crees que no corres peligro, pensó el padre, pero es como pensar que eres invisible cuando cierras los ojos.

       Aquel día iban camino de Petaluma, la capital de la nación en materia de pollos, huevos y competiciones de pulsos, con la idea de almorzar allí. El padre se había ofrecido a llevarlos a las semifinales de pulso masculino, aunque se decía que las competiciones habían perdido interés desde que se tomaron las nuevas medidas de seguridad, ya que ahora resultaba difícil ver una muñeca o un brazo rotos. Como lo mejor que uno podía esperar ver era, como mucho, algo dislocado, le dijeron que preferían ir a Pete’s, una gasolinera convertida en restaurante. Las hamburguesas tenían nombre de coches, pero los surtidores aún expedían gasolina.
       —¿Me das una? —preguntó el muchacho, refiriéndose a las bolitas de pasas.
       —No —le contestó su hermana.
       —¿Me das dos?
       —No deberíais comer golosinas antes del almuerzo —dijo el padre. Lo dijo con la comprensión propia de un padre que disfruta de sus hijos y que se regodea diciendo cosas propias de Padre.
       —Querrás decir de la cena —precisó la chica—. Será la hora de cenar cuando lleguemos a Pete’s.

       Eran los carriles en dirección norte los que estaban retenidos. El tráfico hacia el Sur pasaba como un rayo; es decir, a la velocidad habitual.
       —Fijaos en eso —dijo el muchacho desde el asiento trasero—. ¿Habéis visto la pegatina que lleva ese Porsche en el parachoques? «Si no te gusta cómo conduzco, apártate de la acera». —Se dirigió a su hermana—: Acabo de resolver mis compras de Navidad.
       —Para que lo sepas te diré que he sacado la nota más alta en la autoescuela —dijo ella.
       —Me parece que a la vuelta voy a dejar que conduzca tu hermana —dijo el padre.
       Desde el asiento trasero llegaron sonidos de sirenas, gritos de auxilio y después cantos fúnebres.
       La chica le habló al padre con un marcado acento de complicidad:
       —Cuando oyes hablar a la gente, ¿no te entran ganas de abandonarlo todo?
       —¿No sabéis ningún chiste? No me he reído en todo el día —se quejó el padre.
       —¿Te he contado el de la guillotina? —preguntó la chica.
       —No se ha reído en todo el día, así que ya se lo has tenido que contar —dijo su hermano.
       La mirada que la chica lanzó a su hermano podría haber planchado la ropa. Después la bajó.
       —¡Oh, oh! —exclamó ella—. El pajarito ha salido de la jaula.
       Su hermano se subió la cremallera del pantalón y le dijo que contase el chiste.

       —Dos franceses y un belga están esperando a que les corten la cabeza —empezó la chica—. Llevan al primer francés al patíbulo y le vendan los ojos. El verdugo suelta la hoja de la guillotina, pero resulta que la hoja se detiene a unos centímetros de la nuca del francés. Así que lo dejan en libertad y se larga gritando: «C’est un miracle! C’est un miracle!».
       —¿Y eso qué significa? —le preguntó el hermano.
       —Es un milagro —aclaró el padre—. Entonces llevan al segundo francés al patíbulo, y lo mismo: la hoja de la guillotina se detiene justo antes de cortarle la cabeza, lo dejan en libertad y se larga gritando: «C’est un miracle!». Por último, llevan al belga al patíbulo. Pero, antes de que le venden los ojos, levanta la vista, señala la hoja y grita: «Voila la dificulté!».
       Ella se parte de risa.
       —A lo mejor yo también me mearía en los pantalones si supiese lo que significa eso —dijo el muchacho.
       —Un chiste no puede explicarse —replicó la chica—. Pierde la gracia.
       —Ése es el problema —concluyó el padre.

       La camarera repartió la carta al grupo de tres que se había acomodado en una mesa de la esquina, en el lugar en el que antes estaba el área del cambio de aceite. Les dijo que la especialidad del día era pollo marroquí.
       —Eso es lo que quiero yo —dijo el muchacho—. Pollo morroquín.
       Pero lo cambió por una studeburger con patatas después de que su padre y su hermana hubieran pedido.
       —¿Quién echa de menos las clases de música? —preguntó el padre.
       —Papá, lo que te pregunté la semana pasada iba en serio —dijo la chica—. Lo de cambiarme a piano, ¿recuerdas? Mi profesor dice que un flautista de verdad respira con el estómago, y yo no puedo.
       —La verdadera razón por la que quiere cambiar es que se pondrá muy ancha de cintura cuando consiga respirar con el estómago —apostilló el muchacho—. Eso es lo único que le ha dicho su profesor.
       El chico untaba mantequilla fría en un trozo de pan de masa fermentada. Salió despedido un trozo que se estrelló en la manga de la camisa de su hermana.
       —¡Jo! —exclamó ella—. A ti no hace falta que te pongan tenedor y cuchillo. ¡Con un tirachinas tienes de sobra!
       —¿Quién os va a adoptar si pasáis de los buenos modales? —preguntó el padre—. Por una vez, podríamos tener la fiesta en paz, ¿no os parece?
       —Suena como aquel epitafio que elegiste —le dijo la chica—. ¿Lo recuerdas?
       El muchacho se unió a la conversación y dijo con la boca llena de pan:
       —Hoy tendré un día tranquilo. Porque nunca lo es si nosotros estamos cerca.
       —¡Vaya pareja! —dijo el padre.

       La camarera llegó con los platos. El padre le pasó azúcar al muchacho y sal a la chica sin que se lo pidieran. Miró cómo la chica echaba sal a las patatas.
       —Si me doliera la garganta, haría gárgaras con eso —le dijo.
       —Parece que ésta quiere derretir la nieve de una carretera —añadió el muchacho.
       El padre observaba la manera de comer de sus hijos… Comían deprisa. De hecho, lo llamaban «pasar la aspiradora». Cuando terminó él, ellos sorbían con las pajitas los vasos vacíos.
       —Es curioso —dijo—. Ya no tengo hambre.
       Todas las comidas las terminaba con esa frase. Era su manera de bendecir la mesa, una de las cosas propias de Padre que esperaban oír de él.
       —Eso me recuerda algo. ¿Le diste de comer a Rocky antes de salir? —preguntó la chica.
       —Oh, oh. Yo le di de comer ayer —contestó su hermano.
       —¡Yo le di de comer ayer! —repitió la chica.
       —Bueno, no te pongas así, vamos a llegar a un acuerdo. Hoy no le damos de comer al gato.
       —Me parece que estás pasándote de la raya —dijo el padre.
       Quería decir que no la provocara en lo referente a animales. Una vez, durante la cena, el gato entró corriendo en el comedor como si le persiguieran todos los demonios. Corrió alrededor de la mesa a toda velocidad, patinó en el parqué y acabó estrellándose contra una de las patas de la mesa. Cayó de costado y emitió unos ruidos cortos, como si le hubiese dado un acceso de tos.
       —¿No es un gato listo? —dijo la chica con arrobo, arrodillándose junto al gato—. Sabe que está herido.

       Durante años, su padre había tenido que decirle que los animales que se veían en las cunetas estaban dormitando.
       —Jamás se habría olvidado de darle de comer a Homer —le dijo la chica a su padre.
       —Homer era un perro —replicó el muchacho—. Además, estoy seguro de que si se me hubiese olvidado alguna vez, se habría largado a las montañas para comerse un ciervo.
       —O a una de esas exploradoras que venden galletas por las casas —precisó su padre.
       —Homer —suspiró la chica—. Espero que disfrute persiguiendo ovejas en aquel rancho de montaña.
       El muchacho la miró, incrédulo.
       —¿Te lo creíste? ¿De verdad te creíste esa historia?
       En la mente de la chica, un prestidigitador patoso tiró del paño y todos los platos se estrellaron contra el suelo. Tomó aire hasta que se le llenaron los pulmones, y después se llenó también de aire el estómago.
       —Creí que lo sabía —dijo el muchacho.
       Lo del perro había ocurrido hacía ya cinco años.
       —Los padres de la niña insistieron —dijo el padre—. Es la ley de California.
       —Pues odio California —dijo ella—. La odio a muerte.
       El muchacho dijo que los esperaría en el coche y se levantó de la mesa.
       —¿Qué te ayudaría? —le preguntó su padre.
       —Que Homer estuviese vivo —contestó ella.
       —¿Qué te ayudaría?
       —Nada.
       —Pide ayuda.
       Pellizcó un grano de sal que había en su plato y dijo:
       —Un paseo en coche. Conduzco yo.

       La chica arrancó el coche y gritó:
       —¡Dios! ¡Maldito seas!
       Con el motor apagado, el muchacho había sintonizado una cadena hispana. Al girar la hermana la llave de contacto, unos mariachis estallaron con sus corridos.
       —Maldito no es el apellido de Dios —dijo el muchacho, citando la leyenda de una pegatina que vio en un parachoques.
       —Cuando oyes hablar a la gente, ¿no te entran ganas de abandonarlo todo? —comentó el padre.
       —A callarse —dijo la chica mirando el espejo retrovisor, mientras metía una marcha.
       Condujo durante horas. A través de arboledas de eucaliptos de corteza descamada y húmeda y entre arbustos de acacias de flores amarillas que bullían de sus raíces. Atajó por la ruta de la costa y condujo por las tonalidades grises y verdosas de las piedras de la ciudad de Inverness.
       —Esto es lo que se dice un lugar pintoresco —comentó el muchacho.
       Aparte de ese comentario, nadie dijo ni mu.

       Nadie dijo ni mu hasta que el cielo empezó a encapotarse, y fue de nuevo el muchacho quien abrió la boca para preguntar si no deberían poner rumbo a casa.
       —No, no —le contestó su padre, e hizo alarde de mirar por la ventanilla, al cielo y luego al reloj, por ese orden—. No, tú sigue conduciendo… Se nos está haciendo temprano.
       Pero la lluvia cayó del cielo, y la chica se dirigió hacia el Sur para cruzar el puente. Encendió los faros y el salpicadero se iluminó de verde. Leyó el cuentakilómetros cuando iban acercándose a la casa: «Cuarenta y dos mil cuatrocientos cincuenta kilómetros».
       —¿Hoy? —preguntó el muchacho.

       Lo primero que hizo el muchacho fue coger a Rocky.
       —Que toque el gato —y se llevó al siamés hacia el piano de pared. Se sentó en la banqueta, con el gato sobre los muslos, y pulsó las teclas con las patas del animal. Rocky interpretó Nacida libre, aunque trataba de escabullirse.
       —Venga, Rocky, diez minutos más y descansamos.
       —Dámelo —exigió la chica.
       Frunció los labios y le dio un sonoro besazo.
       —Subid a Rocky y traeros también los sacos de dormir —ordenó el padre.
       Al ratito, tres sacos de dormir formaban un triángulo en el dormitorio principal. El padre era la hipotenusa. La chica le pidió que le cepillara el pelo, cosa que hizo mientras su hijo se comía una mandarina, pelándola muy cerca de la cara para inhalar sus efluvios y acercando cada gajo a la luz para ver si tenía alguna pepita. Encima de sus muslos, las patas del gato parecían pestañear como ojos soñolientos.
       —¿En qué estás pensando? —preguntó el padre.
       —¿Yo? —preguntó a su vez la chica—. En un Ford Thunderbird descapotable del 57, blanco y con la tapicería roja. Voy en él a Texas, con una falda de flecos, y me cambio el nombre por el de Ruby. O por el de Easy.
       El padre calibró ese sueño de un futuro inestable y le advirtió:
       —Lo que pronto madura, pronto se pudre.
       Un viento húmedo hizo vibrar los postigos combados de la ventana. El chico dio un respingo.
       —Odio la lluvia. La odio a muerte —dijo.
       El padre se levantó y aseguró el cierre de la ventana.
       —Como siga lloviendo de esta manera, se van a ahogar hasta las ranas.
       Estar allí, tumbados en la oscuridad, era lo mismo que estar de acampada bajo las estrellas, cantando alrededor del rescoldo de un fuego cercado por piedras.
       Ya se habían dado las buenas noches hacía unos minutos cuando el muchacho y la chica oyeron la voz de su padre surgir de la oscuridad.
       —Chicos, acabo de acordarme… Tengo que daros buenas noticias y malas noticias. ¿Cuáles queréis antes?
       Fue su hija la que contestó:
       —Acabemos de una vez. Empieza por las malas.
       El padre sonrió. Llegó a la conclusión de que estaban bien. Mis chicos son tan buenos como esta lluvia. Sonrió a las siluetas de la cabeza de ambos, porque sabía que estaban vueltas hacia él, y tuvo la impresión de que jamás volvería a sentirse no mejor, sino a sentir más que lo que sentía en aquel preciso instante.
       —Era mentira. No tengo malas noticias.




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