Alberto Moravia
(1907-1990)

Las manos alrededor del cuello
La cosa e altri racconti (1983)


      La mujer dice:
      —Apriétame el cuello con las dos manos. ¿No es raro? ¿Un hombre alto y atlético como tú, con manos tan chicas? Apriétame en forma tal que los dedos se junten. No tengas miedo de hacerme daño, quiero ver si llegas.
      Timoteo abandonó el interior de la casa de verano y fue a apoyarse en la baranda de la terraza, frente al mar. El cobertizo de paja era sostenido por dos palos de pino apenas rebajados, que todavía conservaban alguno que otro trozo de corteza. Tenían aproximadamente el diámetro del cuello de su mujer. Mecánicamente, circundó uno con las manos, trató de juntar las puntas de los dedos, sin lograrlo. Entonces apoyó las manos en la baranda y miró el mar.
      Un nubarrón oscuro y oblicuo, similar a un telón alzado de un lado solo, se había suspendido sobre la superficie marina, que parecía casi negra, con reflejos verdes y violáceos matizados aquí y allá por frágiles crestas de espuma blanca. Las espumas surgían, corrían rápidamente sobre el agua, impulsadas por el viento, y desaparecían reabsorbidas. Timoteo pensó que faltaba poco para que se desencadenara un temporal; necesitaba deshacerse del cuerpo antes de que empezara a llover. Pero ¿cómo?
      Internarse en el mar con el bote de goma y arrojar el cuerpo al agua con un peso atado al cuello o a los pies ya era imposible, en vista de la inminencia del temporal; sólo restaba la fosa. Pero debía apurarse, porque cavar una fosa bajo la lluvia no sería ni fácil ni agradable. Se llenaría de agua; las paredes de la fosa, de arena, se desplomarían. Y la lluvia le castigaría rabiosamente el rostro.
      Permaneció un momento mirando el mar, que se ensombrecía cada vez más; después intentó de nuevo estrechar el palo con ambas manos, casi esperando, esta vez, juntar los dedos. Pero los dedos conservaron entre sus puntas una distancia no inferior a por lo menos un centímetro. Timoteo volvió al interior, a la cocina.
      Su mujer estaba de pie ante las hornillas, alta, desganada, con su cuello de forma cónica, más ancho abajo que en lo alto, bien visible bajo la masa indolente y compacta del espeso cabello. Timoteo miró el cuello, fuerte, grueso, musculoso, y recordó su muy ligera hinchazón por delante, como un indicio de buche; sin embargo, le pareció hermoso, precisamente por expresivo. Expresivo, ¿de qué? De una voluntad de vivir ciega, instintiva, obstinada, perversa.
      El camisón de la mujer, de gasa ajada, estaba como pellizcado entre los redondos glúteos; llegada directamente de la cama a la cocina, adormilada aún, no se había dado cuenta. Timoteo tendió el pulgar y el índice y liberó el camisón con gesto leve y respetuoso tratando de no tocar el cuerpo. Después dijo:
      —De modo que él te pedía que hicieran el amor sobre la mesa y tu lo complacías, ¿verdad? Muéstrame cómo lo hacían.
      La mujer protestó:
      —Fue hace muchos años, antes de que te conociera. Ahora te ha venido esa fijación.
      —Vamos, muéstrame —insistió Timoteo.
      La mujer alzó los hombros, como diciendo: «¡Ya que tanto insistes!». Se apartó de la cocina, fue a la mesada, se dobló en ángulo recto, hasta aplastar sobre el plano de mármol el vientre, el pecho y la mejilla izquierda. Después las manos fueron atrás, a levantar el camisón, descubriendo las nalgas blancas y oblongas, de forma oval. En esa posición aparecía, bajo los glúteos, la raja entre los muslos, oscurecida por peló negro, Las piernas eran largas, lisas, flacas como las de un muchacho. Estaba doblada sobre la mesada, las manos abiertas cerca de las orejas, los ojos abiertos, como en espera. Timoteo dijo:
      —Pareces una rana. ¿Y entonces, mientras tú estabas doblada así sobre la mesa, él te apretaba el cuello, se te echaba encima y hacían el amor?
      La mujer respondió:
      —Sí, quería que me pusiera así, tenía esa obsesión, como tú, ni más ni menos. —Lo dijo con voz cansada. Un momento después, agregó—: Entonces, si no quieres hacer el amor, como este mármol me aprieta la barriga, me enderezaré.
      —Enderézate —contestó rabiosamente Timoteo.
      Ella lo hizo tras bajarse antes con cuidado el camisón hasta las pantorrillas y sacudir la cabeza para ordenarse de nuevo el pelo alborotado. Timoteo la vio otra vez, erguida frente a las hornillas, vigilar la cafetera; y comprobó de nuevo que el cuello tenía forma cónica y, por delante, una leve hinchazón. El cuello de una mujer joven y bella que cualquier hombre habría sido capaz de rodear con las manos. Pero él no podía, tenía manos demasiado pequeñas.
      La mujer dijo:
      —El café está listo. ¿Comemos los bizcochos, o prefieres que te haga tostadas?
      —Los bizcochos. ¿Sabes acaso dónde está la pala, la del mango pintado de verde?
      Ella repuso que estaba en el cuarto de las escobas. Timoteo tomó la pala y salió al jardín.
      Frente a la cocina había un pequeño patio de cemento donde se dispersaban cajas despanzurradas botellas vacías, latas abiertas. Más allá se extendía un vasto arriate, donde Timoteo se proponía plantar pitósporos. Más allá, se alzaba el desmoronamiento arenoso del médano. En el arriate, a causa de la sequedad, la arenosa tierra parecía gris y friable, casi polvo.
      El cuerpo estaba allí donde lo había puesto durante la noche: supino, las piernas y los brazos abiertos, la cabeza volcada hacia atrás. Por falta de la pala, que no había logrado encontrar, Timoteo había juntado tierra con las manos y la había dispersado a puñados sobre el cuerpo, más como si hubiese querido revestirlo que cubrirlo de tierra.
      En efecto, apenas lo había velado y, por añadidura, en forma muy desigual: la cara estaba cubierta, pero el cuello emergía, con esa parte levemente hinchada sobre la cual los dedos no alcanzaban a cerrarse; también los senos despuntaban de la tierra, como de un extraño corpiño; el pubis estaba lleno de tierra, pero la convexidad de la panza sobresalía. Timoteo empuñó el mango de la pala y, con el filo, dibujó en la tierra el contorno de la fosa. Ahora debería cavar dentro de ese contorno hasta una profundidad de por lo menos medio metro. Timoteo se puso con empeño al trabajo.
      La mujer se asomó a la puerta de la cocina y dijo:
      —A veces pareces sencillamente un loco. Anoche, por ejemplo, me sometes primero a un interrogatorio implacable para saber en qué forma Girolamo y yo hacíamos el amor sobre la mesa: y tú cómo te ponías, y cómo te doblabas, y él cómo se subía, y cómo te apretaba el cuello. Después, ni más ni menos que como un loco, tomas la pistola y corres abajo a disparar contra ese pobre perro vagabundo que se había puesto a hurgar en la basura. Muy bien, estamos en una villa aislada. ¡Pero, imagínate que hubieras matado a un hombre! Y ahora déjate de cavar, lo enterrarás después, entra a tomar café.
      —Quiero terminar el pozo antes de que estalle la tormenta —contestó Timoteo.
      En la cocina había poca luz; la mujer permanecía sentada con los ojos fijos en la mesa, meditabunda. Irritado, Timoteo le preguntó:
      —¿Podría saberse qué estás pensando?
      —En lo que hacíamos cuando oíste al perro, saltaste de la cama y tomaste la pistola, exactamente como un loco.
      —¿Y qué hacíamos?
      —Yo te había dicho que me apretaras el cuello, como lo apretaba Girolamo. Me había impresionado, de pronto, el pequeño tamaño de tus manos. Él podía contornear mi cuello con sus dedos; yo quería saber si tú eras capaz de hacerlo. Pero todo era una broma. Y en cambio tú…
      —¿Yo?
      —Tú pusiste una cara terrible… Ahora dame el gusto: levántate y échame las manos al cuello. Pero de manera tal que yo pueda mirarte a los ojos. Quiero ver si tienes la misma mirada de anoche.
      Timoteo obedeció, no sin decir:
      —Tú, y esta fijación tuya de hacerte apretar el cuello…
      Se levantó, se puso de pie junto a la esposa y le circundó el cuello con las manos. Ella echó atrás y lo miró a los ojos:
      —No, no tienes esa mirada tan terrible… —se interrumpió, se sacó del cuello una de las manos de Timoteo y la besó con fervor—:… ¡y tan hermosa!
      Timoteo agarró la mano izquierda y el pie izquierdo y tiró el cuerpo hacia sí. Era muy pesado, pero se movió; por efecto del movimiento, la tierra suelta que lo disimulaba sufrió como un terremoto: las partes más voluminosas, antes cubiertas sólo a medias, emergieron por completo; la tierra se escurrió en minúsculos desprendimientos. Timoteo dio otro tirón más, el cuerpo resbaló al interior de la fosa y quedó allí de costado, con la cabeza inclinada, el rostro a medias oculto por el cabello y los brazos, y las piernas encogidas: parecía dormir.
      Timoteo retomó la pala y empezó a arrojar tierra en la fosa, primero sobre las piernas, desde las cuales siguió hasta la cabeza. Quería dejar descubierto hasta el final el cuello, que ahora se podía ver de lado, desde la oreja hasta el pecho: era la parte del cuerpo de ella que más lo atraía, por esa fuerza y esa nerviosidad perversas, animales, que le eran propias.
      Su esposa le dijo:
      —Vamos, déjate de reflexionar así, con los ojos perdidos. ¿En qué piensas? ¿En el perro? Pobrecito, no deberíamos dejar afuera el tacho de la basura durante la noche. Ya se sabe que esta playa está llena de perros vagabundos, abandonados por los amos cuando, al terminar las vacaciones, se vuelven a Roma. Vamos, toma el café y vayamos a dar un paseo junto al mar antes de que estalle la tormenta. Es tan lindo caminar a lo largo del mar, en la arena, bajo la lluvia.
      La fosa ya estaba llena de tierra; pero era tierra blanda y oscura, y formaba un visible montón, fuese porque sobresalía del terreno liso, o porque era de color distinto. Timoteo vaciló, después subió al montón y lo pisoteó con cuidado, hasta dejar pareja la tierra. A continuación tomó una palada de tierra suelta y grisácea y la distribuyó minuciosamente sobre la fosa, para velar el color, más oscuro, de la tierra removida.
      La mujer dijo:
      —Vamos.
      —¿No vas a cambiarte? —preguntó Timoteo—. Todavía estás en camisón.
      La vio encogerse de hombros:
      —¿Y qué hay con eso? El camisón es una ropa como cualquier otra.
      Timoteo calló, la siguió al exterior de la casa, hacia la escalerilla que, a través de la vegetación, llevaba de la duna al mar.
      La fosa, emparejada y empolvada, en rigor no se veía. Un feo perro vagabundo, amarillo y pardo oscuro, salió de los médanos y fue directamente a la fosa. La olfateó y después, para alivio de Timoteo, fue a levantar la pata más allá. Por lo tanto, ya era seguro: la fosa no sólo no se veía; además, tampoco se «olía».
      La mujer caminaba adelante, junto al mar, sobre la arena todavía gris y seca. Las primeras gotas de lluvia empezaron a hacer agujeritos en la arena, cada vez más hondos. Retumbó un trueno, como una enorme bala de hierro sobre la superficie vítrea y resonante del mar. Ahora las gotas, como reunidas por el viento frío y violento, caían en ráfagas sobre la mujer. Allí donde la golpeaban, la gasa del camisón se adhería al cuerpo, y allí se transparentaba el color pálido de la piel. Ella tenía la cabeza inclinada hacia un hombro; se le veía todo un lado del cuello hasta la oreja.
      La mujer dijo:
      —Apriétame el cuello con las dos manos. ¿No es raro? ¿Un hombre alto y atlético como tú, con manos tan chicas? Apriétame en forma tal que los dedos se junten. No tengas miedo de hacerme daño, quiero ver si llegas.



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