Alberto Moravia
(1907-1990)

El diablo no puede salvar al mundo
La cosa e altri racconti (1983)


      Soy un diablo, muy viejo, sin duda, pero no soy un diablo bueno y mucho menos un pobre diablo. Si se piensa que en los últimos cien años me dediqué sobre todo al progreso científico y que los conocimientos conducentes a la bomba de Hiroshima los sugerí yo, uno por uno, al precio de sus almas, a todos los principales científicos del siglo, empezando por Albert Einstein, francamente se deberá convenir en que no soy un diablo de poca monta.
      En este punto alguien, tal vez, querrá saber cómo un hombre en muchos sentidos lisa y llanamente angelical como Einstein pudo jamás vender su alma a quien pasa comúnmente por ser el enemigo de la humanidad. Para responder a semejante pregunta es necesario recurrir a la psicología propia de los así llamados espíritus creadores, los inspire o no el diablo. ¿Oyó alguien hablar de algún poeta que renunciara a publicar sus versos? ¿O de un pintor que rasgara una tela a su juicio bien lograda? Lo mismo pasa con los científicos. Ninguno de los que concluyeron el pacto conmigo estaba dispuesto a renunciar a los descubrimientos que poco a poco yo les hacía efectuar, por más que todos se dieran cuenta, con lucidez, de que eran descubrimientos absolutamente diabólicos. Por desdicha, Einstein no era la excepción de esta regla, sabía muy bien que sus inventos llevaban directamente a algo terrible e indecible; pero les aseguro que esa conciencia no pesó para él ni un solo momento en los platillos de la balanza, imposible de abolir, del bien y del mal. En el máximo de los casos, trató de no pensar, de descargar la responsabilidad por las catástrofes previsibles y previstas sobre las espaldas de los restantes científicos que desarrollaran sus descubrimientos y de los jefes de Estado que se sirvieron de ellos, como en efecto sucedió después.
      No todo marcha sobre ruedas, sin embargo, en estos contratos diabólicos. Están aquellos individuos que, llegado el momento, se rehúsan a pagar la deuda; hay otros que desearían un poco más de éxito, de poder y de gloria; están, en fin, los que procuran embrollarme, los que quisieran saber un poco más que el diablo. Y se dio también el caso único de Gualtieri, a quien yo habría preferido perdonar la deuda. La siguiente es la historia verídica de esa tentativa.
      ¿Quién no conoce a Gualtieri, quién no lo ha visto al menos en fotografía? Un hombre viejo y, al mismo tiempo, juvenil: alto, delgado y de figura elegante; rostro seductor, a la vez severo y sonriente: ojos penetrantes a la sombra de espesas cejas negras, cabello plateado, gran nariz curva e imperiosa, boca altiva, noble. Y junto a este aspecto, que resulta, por decir lo menos, intimidatorio, la voz más dulce, las maneras más persuasivas que puedan imaginarse. Este hombre extraordinario ya era extraordinario cuando, apenas estudiante, lo abordé por primera vez con el propósito de hacerle firmar la carta fatal. Lo conocía ya de nombre por su profesor de física, Palmisano, otro que me había vendido el alma, sin resultado alguno, empero, debido a su increíble, patológica pereza. A punto de morir, Palmisano me dijo: «Tanto peor para mí: me condené por nada. Pero quiero recomendarte a Gualtieri, mi mejor alumno, un auténtico genio en potencia que, si se decide a concluir el pacto contigo, puedes estar seguro de que revolucionará la ciencia, entrará a sangre y fuego en un campo todavía hoy tan tranquilo».
      Esta recomendación me inspiró un ardiente deseo de tomar contacto con Gualtieri. Medité mucho sobre la manera de hacerlo. ¿Qué apariencia debía asumir para presentarme a él? ¿La del compañero de estudio? ¿La del industrial en busca de nuevos ingenios para su laboratorio? ¿La de la mujer enamorada? Me quedé con esta última posibilidad. Mi disfraz predilecto es el de personaje femenino. Si no fuera por otra causa, por la de que acompaña la tentación del éxito con la tentación, a menudo irresistible, del deseo.
      Con esta idea en la cabeza, me puse a seguirlo a Gualtieri a dondequiera que fuese, presentándome a él ya como estudianta de la universidad donde enseñaba, ya como mujer casada en algún salón o tertulia que frecuentara, ya como prostituta en la esquina de la calle donde vivía. Estas mujeres en las que me encamaba eran por igual de notable belleza y procuraban por todos los modos posibles hacerle comprender a Gualtieri que estaban dispuestas a hacerle el gusto. Pero Gualtieri, por entonces hombre joven que frisaba los treinta años, no se dignaba siquiera mirarlas, demostraba una indiferencia en cierto modo fácil y carente de esfuerzo: simplemente, se hubiera dicho que las mujeres no le interesaban.
      Desesperaba de abordarlo, cuando uno de aquellos días, hacia fines de un verano particularmente caluroso, encontré a Gualtieri en el último de los lugares donde hubiera pensado jamás que lo encontraría: en un jardín público. Estaba sentado en un banco, un libro en la mano, pero cerrado; parecía observar algo con ostensible atención. Disfrazado de hermosa muchacha morena, sentado frente a él, lo miré con insistencia, pero pronto me di cuenta de que sus ojos se dirigían a otra parte. Observaba con aire de profunda atención a un grupo de niñas de doce a quince años que, a poca distancia, se dedicaban al bien conocido juego de saltar con un solo pie sobre una serie de cuadrados trazados en la grava. El diablo, como se sabe, es muy intuitivo. Ver a Gualtieri con los ojos fijos en las niñas, a las que el juego les descubría las piernas por encima de la rodilla, y decidir que había encontrado no sólo el disfraz apropiado para abordarlo, sino también la manera de hacerle firmar inmediatamente el papel del pacto, fueron una y la misma cosa.
      Me levanté del banco, entré en un bosquecito, y allí de golpe me transformé (sí, sí, el diablo puede hacer esto y más) en una niña de alrededor de doce años, cabeza grande repleta de cabello, busto grácil, piernas largas y musculosas. Ya mismo me incorporé al grupo que jugaba, ya mismo me alzaba el vestido para saltar mejor. Soy el diablo, y reconozco que mis procedimientos resultan con frecuencia brutales, groseros; las medias tintas, la ambigüedad, no son para mí. En consecuencia, nadie deberá sorprenderse de que, para saltar, me levantara el vestido más que lo necesario; por añadidura, me las había ingeniado para no llevar nada puesto debajo. El ojo de Gualtieri vio inmediatamente esa nada; lo comprendí por la rapidez con que de pronto se abismó en la lectura del libro que tenía entre manos. Poco después, me aparté del grupo y me dirigí a él. Estaba segurísimo de lo que había hecho: de haber dado a primera vista en el centro de su blanco más íntimo.
      Me acerqué; tenía en la mano un cuaderno escolar común en cuya primera página sé que está escrito en caracteres góticos (todavía no he abandonado, ay, mis viejos hábitos de diablo de origen alemán) el contrato habitual. Con típica voz de muchachita petulante, le dije:
      —Colecciono autógrafos. ¿Quiere firmarme el cuaderno? —y al mismo tiempo le puse el contrato ante los ojos.
      Alzó la mirada, posándola primero en mis piernas desnudas y luego en mi rostro. Me miró bien de frente, como para asegurarse de mis intenciones, y me preguntó:
      —Querida, ¿en qué puedo serte útil?
      —Colecciono autógrafos. Quiero que me firmes el cuaderno.
      —Déjame ver.
      Le di el cuaderno, abierto en la página del pacto. Lo tomó y yo, en el acto, como para hacerle entender, fingí que me picaba el pubis y me rasqué a través del vestido. Me lanzó una mirada aguda, volvió a examinar el cuaderno. En aquel momento, las letras del contrato debían de llamear ante sus ojos; pero debo reconocer que no se le movió un músculo del rostro. Leyó y releyó esas pocas palabras, después dijo:
      —¿Entonces quieres mi firma?
      —Sí, por favor.
      —¿Y tú qué me darás a cambio?
      Ustedes pensaran ahora que habría sido fácil, además de lógico, contestarle que estaba dispuesta a hacer su gusto en el lugar, el momento y la manera que él prefiriese. Sin embargo, no, justamente no. Yo no estaba allí para favorecer sus inclinaciones viciosas, que, por otra parte, él podía desahogar sin por ello venderme el alma. No, yo estaba allí para un designio grandioso: hacer de él uno de los árbitros del destino del mundo. Esta idea se encontraba clara, bien que brevemente indicada, en el contrato (no hay un contrato tipo, todo contrato es personal) y él, sin duda alguna, había entendido todo en el momento mismo de dirigir la mirada al cuaderno. Algo parecido a un abismo debió abrirse frente a él, en ese momento, en el bochorno del día estival, en la trivialidad del jardín público. Después se arrojó de cabeza en ese abismo, con los ojos cerrados, resuelto a explorar su insondable profundidad. Repitió:
      —¿Puede saberse, en suma, qué me darás a cambio?
      —Todo lo que quieras —dije sinceramente.
      Con extremada frialdad, contestó:
      —Por el momento sólo te pido una pluma para firmar el cuaderno.
      Yo tenía en bandolera el bolso escolar. Hurgué, tomé mi pluma de colegiala y se la tendí. Firmó con decisión, me devolvió el cuaderno, alzó la mirada hacia mí y dijo con voz tajante:
      —Y ahora es inútil que te quedes plantada allí delante. Ve a jugar, ve a jugar. Y escúchame, de ahora en más, ponte la bombacha.
      Era ni más ni menos que lo que se le dice al diablo cuando se disfraza de niña. No me lo hice repetir; dije de un tirón:
      —Gracias por la firma y hasta muy pronto —y corrí a reunirme con el grupo de mis coetáneas.
      Así fue como firmó Gualtieri el pacto que, en el curso de treinta años de trabajo encarnizado, que yo alenté e inspiré, lo convirtió en uno de los científicos más famosos del mundo. Sin embargo, a pesar de la fama y la consiguiente riqueza, siguió enseñando en la Universidad de Roma. Y yo creí saber por qué. Digamos que se debió a su insaciable curiosidad por la femineidad. En efecto, a sus clases concurrían muchas estudiantas fascinadas por su aire, como ya hice notar, a la vez severo y dulce. Pero no me llegó al oído ni siquiera la más mínima noticia de una relación amorosa suya con una alumna. También me parecía conocer la causa de esa actitud correcta. En realidad, Gualtieri hubiera debido enseñar no en la universidad, donde el alumnado femenino ha superado en general los dieciocho años de edad, sino en un colegio secundario, en un aula atestada de jovencitas de doce años del género de las que había espiado en el jardín público. A este secreto deseo suyo se oponían el nivel de su magisterio, su fama. ¡Pero cuántas veces, me imagino, ha de haber envidiado de todo corazón a algunos de sus modestos colegas que debían vérselas con las niñas todavía impúberes de los años inferiores!
      En la relación del diablo con quien ha concluido un pacto con él hay una regla, jamás infringida, según la cual el acreedor diabólico sólo se presenta dos veces: en la firma del pacto y en el momento en que se paga la deuda, es decir, al morir el deudor. Sin embargo, el diablo puede, si se le antoja, vigilar, espiar, seguir de cerca a su víctima, disfrazándose en todas las formas que le parezcan convenientes. Debo confesar que Gualtieri despertaba mi curiosidad, al margen de su profesión, como hombre. Había en él una soberbia perversa que no me parecía en verdad condecir con la situación de inferioridad en que él se había puesto desde la firma del pacto conmigo. Recuerdo al respecto una anécdota significativa. En los primeros tiempos, muy orgulloso de mi conquista, seguía de cerca a Gualtieri en sus muchos y crecientes éxitos. Una noche estaba junto a él disfrazado de mozo, en un restaurante donde sus colegas habían querido agasajarlo con un banquete. En cierto momento, uno de ellos le pregunta:
      —Vamos, Gualtieri, confiésalo, ¿no habrás hecho un pacto con el diablo?
      —No —dice él con calma—, no lo he hecho, pero estaría dispuesto a hacerlo.
      —¿Y por qué?
      —Porque ahora el diablo sabe un poco menos que el hombre. De modo que el pacto se lo propondría yo a él, no él a mí. Es decir, no sería él quien me dictara las condiciones, sino yo a él.
      ¡Habráse visto! ¡Quería dictarme las condiciones a mí! Tanta presunción me ofendió; en consecuencia, para mí fue una cuestión de honor encontrar el punto débil de este hombre, al parecer ignorante de que debía a mí, y sólo a mí su estrepitoso éxito. Hubiese querido doblegar ese orgullo suyo, en cierto modo luciferino; de vez en cuando, me sentía a punto de pensar que, de nosotros dos, el diablo era él. Encontrado el punto débil, sería fácil devolverlo, según se dice, a su lugar de mísera criatura humana. Parecerá extraño, ahora, que yo no me diera cuenta de que el punto débil de Gualtieri no era otro que su desmesurada ambición. Pero la particular inclinación erótica de que yo me había servido para hacerle firmar el pacto me ocultaba la realidad, es decir, el hecho de que las niñas le gustaban, sí, pero no hasta el punto de anteponerlas al éxito. En suma, aunque el sexo hubiera servido para facilitar el pacto, el pacto a su vez concernía a la ciencia y no al sexo. Todavía no había olvidado la larga y aguda mirada que Gualtieri había lanzado a las piernas desnudas de la niña en que yo me había convertido ni de aquella frase, «y escúchame, de ahora en más, ponte la bombacha», y me pareció oportuno transformarme de acuerdo con nuestro primer encuentro, que, en realidad, había creado para siempre cierto género de relación entre él y yo. En consecuencia, un atardecer me puse a esperar a Gualtieri en el jardín de la universidad, después de la lección habitual. Estaba disfrazado de mujer de cierta edad, digamos cincuenta años, aspecto modesto y serio, ropas oscuras, aspecto desmentido sin embargo, en forma característica, por un maquillaje vistoso y equívoco. Gualtieri camina cabizbajo, sumido en sus reflexiones, de pronto le cierro el paso y le digo:
      —Profesor, una sola palabra.
      Se detiene, me mira fijamente, me dice:
      —Discúlpeme, no tengo el placer de conocerla y estoy apurado, de modo que…
      Lo interrumpo inmediatamente, bajando la voz en forma exagerada y tuteándolo:
      —Cuando sepas lo que tengo que decirte, la prisa se te pasará.
      Frunce el ceño, pregunta:
      —Pero ¿quién es usted?
      —Alguien que te conoce —contesto en seguida— y quiere hacerte un favor. Espera, escúchame: tiene once años, está intacta, la madre ya está de acuerdo, se encuentra a tu disposición en este número de teléfono.
      Le entrego un trozo de papel con el número. De pronto se diría que una punzada en el corazón le corta la respiración y le paraliza las piernas. Permanece inmóvil, toma mecánicamente el trozo de papel, abre la boca, vacila y después dice:
      —¿La madre está de acuerdo?
      —Desde luego.
      —¿Y la niña es virgen?
      —Claro que sí. Tú te presentas y la desvirgas con tu enorme miembro.
      De pronto un fuerte rubor le tiñe el rostro, como a una persona que se siente insultada y quiere reaccionar. Pero se limita a decir:
      —¿Y éste es el número telefónico?
      —Claro. Yo estoy junto a ese teléfono prácticamente las veinticuatro horas del día. Tú telefoneas, vienes, y a los diez minutos llega la niña.
      —¿Con la madre?
      —Sí, con la madre.
      Parece un obseso, da vueltas en torno de la idea de la madre que vende a la hija como alrededor de algo fascinante e incomprensible. Por fin se va, sin saludarme, llevándose al bolsillo el papel con el número de mi teléfono.
      Esta vez estaba seguro del éxito de mi intervención, pues sabía que en algunos casos, como el de Gualtieri, pocas palabras imprevistas y perentorias, dichas en el momento oportuno, pueden hacer que la resistencia más encarnizada se desplome de golpe. Pero me equivocaba. Ni al día siguiente ni a los subsiguientes Gualtieri dio señales de vida. De modo que al fin dejé de perder tiempo y fatiga: por más que el diablo lo pueda todo, encarnarse en una vieja y redomada rufiana y apostarla en el jardín de la universidad para ofrecer sus servicios a un profesor famoso y respetable no es poca cosa.
      De cualquier modo, la tan visible y tan profunda turbación de Gualtieri frente a la proposición de la rufiana me convenció de que estaba en el buen camino: sólo se trataba de insistir. Pensé entonces en otra transformación, esta vez más directa. Sabía que Gualtieri estacionaba el auto cerca de su casa, en un barrio viejo de la ciudad. Un atardecer, bajo la apariencia de una jovencita de trece años, abrí la puerta y me acurruqué en el asiento trasero. ¿Quieren saber qué aspecto tenía? Es fácil decirlo: salvo por un pequeño triángulo de tela en el pubis, estaba totalmente desnuda. Gualtieri sube, enciende el motor; entonces me adelanto, le cubro los ojos con las manos, y le digo:
      —Adivina quién soy.
      Él no se sobresalta, no se sorprende, acepta inmediatamente el juego infantil:
      —¿Quién eres?
      Le contesto con la voz arrastrada y vulgar de ciertas muchachitas del pueblo:
      —Mamá me echó de casa porque esta vez la hice demasiado grave. Y entonces, no sabiendo adonde ir, me refugié en tu auto. Te conozco mucho, sé quién eres, siempre te veo pasar por aquí, estoy segura de que no me echarás también tú.
      El no dice nada; lleva la mano al espejo retrovisor, me encuadra. Exclama:
      —¡Pero tú eres un varoncito!
      Le contesto poniéndome de pie y bajándome el slip:
      —¡Qué varoncito! ¡Fíjate un poco si soy un varoncito!
      Él mira, largamente; después, en forma inesperada, dice:
      —Ah, es verdad, eres una mujercita. Bueno, bájate.
      Yo protesto inmediatamente:
      —Mi mamá me echó desnuda de casa diciéndome que me hiciera regalar un vestido por los hombres que me pagan. ¿No quieres comprarme un vestidito?
      —No, bájate.
      —Yo no bajo, me avergüenza bajar desnuda como estoy.
      No dice nada, baja del auto, abre la puerta, me agarra de un brazo y me saca afuera como se extrae de sus valvas un molusco. Vuelve a subir, y parte.
      Entonces comprendí que debía pensar en algo distinto: un hombre como Gualtieri no se deja seducir por una tosca rufiana o por una pequeña prostituta. Había pecado por grosería, por exceso de confianza en mí mismo; se necesitaba una tentación más compleja, más criminal, más extraña, digamos, en definitiva, más diabólica. Lo pensé bastante, y a continuación me asombré de no haberlo pensado antes: era lo primero que hubiera debido ocurrírseme. Gualtieri se había casado tarde, con una mujer mucho más joven que él, había tenido con ella una hija, se había separado, y la hija, ahora de once años, alternaba permanencias en casa de la madre con períodos en la del padre. Esta hija era lo que comúnmente se llama una verdadera belleza; su persona infantil pero, extrañamente, no inmadura, exhalaba el encanto de una sensualidad inconsciente y, por esto, tanto más provocativa. Yo debía por lo tanto obrar en forma tal que Paola, pues así se llamaba la hija, indujera a caer en tentación al padre, y que a su vez Gualtieri se enamorase de la hija. En otras palabras, debía fomentar un incesto, empresa que incluso el diablo acomete de mala gana, porque a menos que se den condiciones especiales y particularmente favorables, la relación sexual entre progenitores e hijos enfrenta un tabú férreo contra el cual es muy poco lo que se puede hacer. En este caso, empero, por una vez existían esas condiciones particularmente favorables: Gualtieri amaba a las niñas. Asimismo, la tentación era favorecida por el carácter soberbio del individuo, para quien incluso el tabú podía convertirse en cierto momento más en un incentivo que en un impedimento. Quedaba la niña. Tal vez alguien quiera saber cómo hace el diablo para «desencadenar» a una niña de once años. En este caso se trató de algo sumamente simple. Una mañana de aquel verano me transformé, con mucha rapidez, en una de esas comunes mariposas blancas llamadas piérides. Revoloteando, entro por la ventana abierta en el cuarto de la hija. Allí está la bellísima Paolina, inmersa en el sueño, completamente desnuda, tendidas las largas piernas fuera de la sábana, apartada a causa del fuerte calor. Tras dar vueltas de un lado para otro, voy por fin a posarme sobre el pubis de la durmiente, exactamente allí donde un ligero pliegue de la carne anuncia el comienzo del sexo. Sólo un instante, pero en ese instante logro infundir en la niña de once años la malicia, la voluntad, el deseo de una mujer de treinta. Mi intervención «actúa».
      Esa misma tarde, ya algo avanzada la hora, Paola, como inspirada, toma el libro de matemática, el cuaderno, y va resuelta al estudio del padre. Sin llamar, entra y dice a Gualtieri, quien está leyendo sentado al escritorio:
      —Papá, me habías prometido corregirme el deber; aquí estoy.
      Gualtieri no sospecha nada, responde que está dispuesto, le indica una silla junto a la suya. Pero Paola contesta:
      —Me sentaré en tus rodillas, así veré mejor las correcciones —y sin una palabra más se le sube a las rodillas y se acomoda lo mejor que puede.
      De paso, yo aprovecho el meneo que imprime a sus caderas con el fin de acomodarse para provocar la impresión de que Paola quiere apresar entre sus nalgas el miembro del padre. Sin embargo, esto aún no basta: Gualtieri, por entender que la hija lo hace sin querer, todavía podría rehuir la tentación, hacer que Paola se baje de sus rodillas. Entonces obro de modo tal que Paola deje ver que lo ha hecho «a propósito». Se trata de una de las empresas más difíciles de mi larga carrera: hacer comprender a Gualtieri que Paola lo ha hecho a propósito y, al mismo tiempo, no se de cuenta de que lo ha hecho a propósito. En consecuencia, procedo del siguiente modo: Paola se mueve, se aprieta contra las piernas del padre y al fin, de pronto, logra «agarrar» a Gualtieri. Entonces, en el acto, se inmoviliza, como atenta a algo que está «sintiendo», y la lección ahora puede comenzar, pero en una atmósfera bien distinta de la que rodea de costumbre al padre solícito que corrige el deber de la hijita. Paola, distraída y pensativa, permanece quieta en forma muy poco natural para su habitual e incesante vivacidad; por su parte, Gualtieri denota en la voz lentitudes, vacilaciones inexplicables, indicadoras de una turbación profunda. Entretanto, mientras la lección avanza, yo no me estoy de brazos cruzados. Con el fin de crear una atmósfera a tono con la trágica transgresión del tabú del incesto, me las ingenio para desencadenar sobre la ciudad una espantosa tempestad.
      Sobre los campanarios, las cúpulas, los techos de Roma, está suspendida una masa de nubes oscura e inmóvil, como una frente agriada por torvos pensamientos; en el estudio reina casi la oscuridad; instintivamente, padre e hija se aprietan entre sí; como si sus manos fueran las de otro, Gualtieri, casi incrédulo, se da cuenta de que se atreven a una tímida caricia. Por un instante Paola lo deja hacer; después resopla, impaciente, le toma una mano y se la guía francamente al lugar exacto. Pero Gualtieri tiene un último destello de resistencia, y con la otra mano enciende la lámpara. Entonces Paola se desliza por sobre las rodillas y propone:
      —Baste de deberes. Ahora juguemos. Yo voy a esconderme; después, no bien me haya escondido, te llamo y tú me buscas. —Gualtieri acepta; ahora aceptaría buscarla hasta en el infierno. Paola, por sugerencia mía, agrega una recomendación—: Si me encuentras, es inútil que me pases las manos por encima para reconocerme. Grita mi nombre, no hay nadie más que nosotros dos en el departamento.
      Con este consejo, que en realidad es una provocación, Paola desaparece en puntas de pie.
      Gualtieri se queda sentado al escritorio, se toma la cabeza con las manos. Este gesto de desconcierto no le impide un minuto después, cuando llega el llamado que espera, «estoy escondida, puedes buscarme», ponerse en pie de un salto y salir velozmente del estudio. Entonces yo intervengo de nuevo, sirviéndome de la tormenta. Apago las luces en todo el barrio de Gualtieri; al mismo tiempo desencadeno a lo lejos un trueno ronco y cavernoso, de excepcional longitud, mientras un relámpago enceguecedor, de luz intensa y brillante, ilumina en forma tan clara como irreal la antecámara donde Gualtieri ya está escudriñando entre los pliegues de las cortinas. El relámpago se extingue, el trueno muere a lo lejos; en la oscuridad y el silencio del departamento sólo se oye el murmullo vasto y denso de la lluvia que cae sobre la ciudad. Pero he aquí que de pronto la voz de Paola grita:
      —¿Por qué no me buscas?
      Entre truenos y relámpagos, ya aparentemente resignado a lo que está por suceder, sale a tientas de la antecámara y entra en la sala. A todo esto, la sala, debido a su configuración misma, favorece mi plan, el cual consiste en hacer que el tabú del incesto sea infringido en una atmósfera de aquelarre. Se trata, en efecto, de una antigua terraza cuyas arcadas han sido cerradas con grandes ventanales. Si el incesto sobreviene, como no puede menos que sobrevenir, los relámpagos, los truenos, la lluvia que le servirán de fondo convencerán a Gualtieri de que incluso la naturaleza se subleva contra su horrible crimen. Pero también es verdad que si otro, en su lugar, se amilanaría, él, poseído en verdad por el demonio, tal vez sienta fortalecerse su coraje.
      Gualtieri, en consecuencia, entra a tientas en la sala. Tengo razones para creer que, llegado este punto, Paola ha de haber ultimado por cierto sus preparativos, y desencadeno por lo tanto un relámpago intensísimo cuya lívida luz dura por lo menos medio minuto. Entonces allá, en el fondo de la sala, Gualtieri ve a Paola tendida en un sofá, en la actitud de persuasiva espera de la célebre Maja desnuda (atención, yo soy un diablo culto) de Goya, es decir, con las dos manos juntas bajo la nuca, el pecho afuera, el vientre sumido y las piernas bien cerradas. Está completamente desnuda; la única diferencia que me he ocupado de establecer con el famoso cuadro reside en que la hendidura blanca, turgente e implume del sexo esté bien visible, constituya el centro de la visión. El relámpago se extingue, la oscuridad por fin lo sustituye; ahora espero de Gualtieri se arroje sobre la hija. Ya sé lo que sucederá: en ese mismo instante Paola se disolverá en una niebla entre los brazos del padre y él deberá conformarse con morder la tela del sofá. Tal es, en efecto, la norma de estos encantamientos diabólicos: ser reales sólo hasta cierto punto, es decir, hasta el punto, digámoslo así, de ruptura, como los sueños. Más allá de este punto, se convierten en fantasmas que una mente perturbada evoca.
      Pero me espera una sorpresa. En la oscuridad escucho de pronto un estallido de risa sarcástica, salvaje, y luego la voz de Gualtieri que exclama:
      —¡Un Goya! ¡Un Goya en mi casa! Necesito conservar el recuerdo de esta aparición. Tengo que fotografiar a mi pequeña duquesa de Alba. Ahora quédate quieta. Papá te fotografiará. ¡Y para captarte, en vez del relámpago de magnesio, utilizaré estos magníficos relámpagos de la tormenta!
      Dicho y hecho. Antes de que yo me recupere de mi estupor, Gualtieri saca del fondo de un bargueño una máquina fotográfica y a continuación, entre continuos estallidos de risa de entonación verdaderamente diabólica, sirviéndose, como lo ha anunciado, de «mis» relámpagos, retrata una y otra vez a la hija tendida en el sofá, desnuda. Inútil relatar lo que sigue, es decir, cómo a Gualtieri, a fuerza de fotografías, se le pasa el deseo incestuoso, y cómo al fin ordena a la hija que se vista y se vuelva a estudiar. De la rabia, suspendo la tempestad antes de tiempo. Gualtieri vuelve a su estudio y yo, derrotado, abandono la partida.
      ¿Han entendido? A último momento, en vez de desahogarse en la acción, Gualtieri eligió el camino de la contemplación. Recurrió al viejísimo truco de la reproducción artística, o casi artística. Y encima se burló de mí sirviéndose de los relámpagos de «mi» tempestad como de lámparas de magnesio. Lleno de malhumor, inmediatamente desactivé la carga de lujuria precoz de Paola, la hice recaer en el sopor de la inocencia infantil. En cuanto a Gualtieri, decidí no tentarlo más. Nuestro pacto vencía dentro de dos años; ya sólo me restaba esperar la medianoche del día fatal y cobrar mi deuda. Pocos días después, me enteré de que Gualtieri había aceptado enseñar en una universidad norteamericana y partido hacia los Estados Unidos.
      Alguien objetará que, para ser el diablo, me desalenté demasiado pronto. Siento que debo acerca de este punto una explicación. Como ya lo advertí, en realidad el hecho mismo de haber favorecido la ambición de Gualtieri me impidió, después de la noche del temporal, tentarlo de nuevo mediante la inclinación por los amores infantiles. No se puede servir a dos amos. El joven solitario e inseguro de su propio destino a quien había encontrado en el jardín público todavía vacilaba entre la ambición y el sexo. Al pedirle que firmara mi cuaderno de colegiala, me había valido ciertamente del sexo como de un medio para alcanzar mi objetivo, pero al mismo tiempo había hecho que él pusiera la ambición por encima de su vida. Incapaz de dominar su propia inclinación secreta, Gualtieri había encontrado por fin en la ambición, desde aquel momento, el límite que la conciencia le rehusaba. Un gran científico no puede pasar el tiempo al acecho de niñas. Así, Gualtieri se salvó en el momento mismo en que, al firmar el cuaderno, se perdía para siempre.
      De cualquier manera, durante casi dos años me desinteresé de Gualtieri. De los Estados Unidos me llegaban ecos de sus extraordinarios éxitos; pero yo no me complacía en ellos, y esto me resultaba extraño, porque después de todo eran obra mía. Habitualmente, en espera del momento de consignarlos a la condenación eterna, sigo atentamente los éxitos de todos aquellos que han concluido el pacto conmigo, y no puedo eximirme de experimentar cierta satisfacción, como un noble artesano ante el objeto que ha fabricado. En cambio, en el caso de Gualtieri, me di cuenta de que la acostumbrada complacencia artesanal era sustituida por un despechado sentimiento de frustración. ¿Por qué? Por fin, al cabo de largas reflexiones, llegué a la única conclusión posible: me había enamorado de Gualtieri. Alguien pensará en un amor homosexual: el diablo es varón. Pero no se trata de eso. El diablo puede ser indistintamente varón o mujer, heterosexual u homosexual. ¿Y cómo podría ocurrir de otro modo en vista de que, entre otras cosas, puede también ser mariposa? En el caso de Gualtieri, yo era mujer, irremisiblemente mujer. Despreciado y rechazado por él bajo un disfraz que me había sido impuesto por sus viciosas inclinaciones, yo ahora me había enamorado de él como si el disfraz mismo se hubiera transformado en mi segunda naturaleza. Era mujer y amaba a Gualtieri y ya no me importaba más saberlo locamente ambicioso y colmado de éxito; lo deseaba como amante, y antes de presentarle el cuaderno fatal quería hacer el amor con él, a cualquier precio.

       Ya estaba por concluir el segundo año; entonces, de golpe, me decidí: me reuniría con Gualtieri en los Estados Unidos, y trataría de tentarlo una vez antes de presentarme con mi verdadera fisonomía de diablo para exigirle el cumplimiento del pacto. Pero quedaba la dificultad del disfraz. Gualtieri enseñaba en la universidad de A.; yo comprendí que no podría asistir a sus clases, como sería necesario que lo hiciese, bajo el aspecto de una niña de doce años. Sin embargo, era preciso que Gualtieri encontrara en mí, adulta, algo de la niña que lo había seducido años atrás. Me devané los sesos: ¿una cara redonda, de ojos muy abiertos, flequillo y rasgos diminutos, una cara de niña sobre un cuerpo de mujer? ¿Manos y pies pequeños? ¿Pecho apenas esbozado? ¿Estatura inferior a la normal? Poco a poco descarté todas estas hipótesis por la buena razón de que casi todas las mujeres tienen por lo menos uno de esos rasgos sin que por ello se las confunda con niñas. Luego, súbitamente, me vino un recuerdo. Aquella noche en que había llevado a Gualtieri hasta el umbral del incesto noté en su estudio, colgada de la pared, exactamente frente al escritorio, una fotografía ampliada y enmarcada. Debía de ser una foto tomada por Gualtieri durante algún viaje a Oriente. Se veía una mujer joven, camboyana, o malaya, o japonesa, que con una mano tenía de la mano a una niña y con la otra sostenía un gran cesto, lleno de fruta, apoyado en la cabeza. Debido a la postura del brazo, alzado para sostener el cesto, el paño que le envolvía los costados y que constituía todo su vestido se abría por delante y dejaba a la vista el sexo desnudo. Era un sexo de niña, es decir, una simple hendidura blanca, carente de vello y de bordes turgentes; pero la longitud de la hendidura no era la que se ve en una niña: empezaba un poco por debajo del ombligo y terminaba en algún punto entre las piernas. Un sablazo desnudo y cicatrizado, tanto más impresionante en cuanto ofrecía un acentuado contraste con la actitud materna de la mujer. Mientras Gualtieri me corregía el deber de matemática, yo había observado esa fotografía, y reflexionado que ese sexo era similar al mío y que, sin duda, Gualtieri la había hecho ampliar y enmarcar únicamente por esa particularidad, tan anormal, del sexo de niña en un cuerpo de mujer. Se comprendía, en suma, que todo el resto no le había interesado, sobre todo porque la fotografía no ofrecía ningún otro interés, era una de las que sacan de a millares los turistas en sus viajes a Oriente. Quedaba el problema, por demás poco importante, de si la fotografía había sido casual o más bien arreglada, preparada. Me incliné por esta segunda hipótesis; imaginé sin esfuerzo que Gualtieri pagaba una buena suma de dinero y después ponía en pose a la muchacha malaya, con una niña de la mano y un canasto lleno de fruta en la cabeza. Lo veía, hecho esto, separar el paño como un telón minúsculo, lo suficiente para que se viese entero el sexo desnudo, tan excepcional y sorprendente por su aspecto infantil y su tamaño adulto. Para alguien como él, descubrir esta anomalía, una mujer con sexo de niña, debió de haber sido lo que para un coleccionista de sellos postales es descubrir un raro ejemplar hasta ese momento inhallable.
      Entonces comprendí por primera vez que no eran tanto las niñas cuanto su sexo, y sólo el sexo con sus colores, su diseño y su relieve, lo que fascinaba a Gualtieri. Paradójicamente, podía pensarse que, más bien, codiciaría precisamente el contraste entre un cuerpo adulto y un sexo infantil. Tal vez hubiese amado incluso a una vieja que tuviera el sexo configurado de ese modo. Así, sobre todo, se explicaba una de las tantas fotografías que me había tomado la noche de la tormenta: muy cerca, rodilla en tierra, apuntando visiblemente con el objetivo al centro de mi cuerpo.
      No vacilé más. Me creé un personaje a la medida de las observaciones que he consignado hasta ahora: una mujer no demasiado joven, cercana de los treinta años, alta, formado todo su cuerpo como el de una adulta, salvo en el sexo. En cuanto a éste, opté por el de una niña, si bien monstruosamente grande, y blanco, sin vello, de bordes hinchados. Agregué un pecho bajo y abundante, de blandura y diseño decididamente maternales, caderas estrechas, trasero pequeño, piernas bien torneadas y muy largas. Al fin, recordando la fotografía de la muchacha malaya, decidí dotar mi rostro de rasgos euroasiáticos: ojos algo oblicuos, si bien desprovistos del pliegue mongólico, nariz y boca minúsculas, cabello negro y lacio. Sobre todo, contaba con el hecho de que en los Estados Unidos abundan los euroasiáticos; así recordaría Gualtieri a la muchacha malaya, sin sorprenderlo demasiado al mismo tiempo. Ultimo detalle: estaría profundamente instruida en la materia que Gualtieri enseñaba en su seminario. Me disponía, en consecuencia, a fascinarlo con dos monstruosidades: un sexo anormal y conocimientos jamás vistos.
      Muy contenta de ser lo que era, tomé el avión y, al cabo de un largo viaje, aterricé en el aeropuerto de A., en pleno desierto. El Estado donde se encuentra A. es famoso por su central nuclear, donde se realizan continuamente experiencias atómicas; la universidad, en rigor, sólo es un apéndice de la central. El seminario estaba en su clase inaugural cuando me presenté en el aula y fui a sentarme en la primera fila. En ese preciso momento, Gualtieri anunciaba el tema del seminario: posibilidades lejanas de futuros desarrollos de los descubrimientos más recientes. Era un título prometedor; después de la lección, que trató acerca de cuestiones generales, me acerqué a Gualtieri y me presenté. Inmediatamente comprendí que no me daba importancia alguna; para él no era más que una de las tantas alumnas. De modo que, aprovechando un momento en que estuvo solo, le lancé el flechazo de una observación de orden científico que exigía un conocimiento infinitamente superior al de sus alumnos. Una observación cuyos alcances, por decirlo todo, tal vez sólo tres o cuatro personas, en el mundo entero, eran capaces de advertir. Vi a Gualtieri estremecerse y mirarme fijamente, sorprendido, desde abajo de sus espesas cejas negras. Me preguntó en qué universidad había estudiado hasta ahora y le respondí que venía de la Universidad de Tokio. Me sentí muy satisfecha del estupor que le inspiré; en adelante no me confundiría con sus restantes alumnos. Pero no era más que el comienzo. Ahora debía lograr que se enamorara de mí; y ya sabía con certeza que sólo triunfaría mediante la exhibición de mi increíble, nunca visto, monstruoso sexo infantil.
      No era empresa cómoda: más fácil resulta mostrar el propio saber que exhibir la propia anomalía sexual. A decir verdad, fuese porque debía, al menos en los primeros tiempos, hacer el papel de docta o inocente estudiante, fuese porque aún esperaba no verme obligada a exhibirme, quise recurrir antes a las maniobras normales con que una mujer trata de atraer la atención del hombre que ama. Me sentaba, como lo dije, en la primera fila, no le sacaba los ojos de encima, y con las miradas intentaba expresar sin reserva alguna el sentimiento de amor que experimentaba por él. Pero pronto debí reconocer que Gualtieri no tenía interés alguno en mí, o al menos en la parte de mi persona que estaba en condiciones de ver. Para él era una bonita muchacha euroasiática, una de sus tantas alumnas; muy instruida, es verdad, incluso instruida hasta un punto sorprendente; pero eso era todo. Entonces, ¿qué hacer?
      Traté de abordarlo de nuevo con el pretexto de la materia a que se había referido en clase. Pero ahora, pasada la sorpresa inicial ante mis excepcionales conocimientos, Gualtieri, como lo advertí bien pronto, en vez de interesarse más aun por mí, tendía a esquivarme. Me pregunté varias veces por el motivo de esa actitud. ¿Lo turbaba el sentimiento que yo dejaba traducirse claramente en mis miradas? ¿O lo molestaban más bien mis conocimientos científicos? Al cabo de largas meditaciones, me dije que sin duda Gualtieri debía estar habituado al hecho, por lo demás halagador para su vanidad, de que las alumnas se enamoraran de él. Había en cambio, en la forma en que intentaba escapar de mis doctas observaciones, algo que no lograba comprender. Si yo era, desde luego, su alumna mejor informada y más brillante, ¿por qué trataba de mantenerme a distancia? Finalmente, fue el propio Gualtieri quien me proporcionó una explicación.
      Esto ocurrió a mitad del seminario. Las lecciones de Gualtieri habían empezado a tomarse cada vez más difíciles y oscuras; al mismo tiempo, se traslucía en él, visiblemente, un humor extraño, entre la violencia y la melancolía. Se mostraba brusco y al mismo tiempo triste, impaciente y a la vez sombrío. Se hubiera dicho que un pensamiento dominante e inconfesable lo atormentaba más y más a medida que pasaba el tiempo. Naturalmente, yo sabía muy bien cuál era ese pensamiento: dentro de poco, apenas unas semanas, vencería el término del pacto y yo me presentaría a él, con mi verdadero rostro, para retirar el precio de mis nada desinteresados favores. Sin embargo, extrañamente, tenía la impresión de que no sólo el pacto lo angustiaba; había algo más. Pero ¿qué era?
      Repentinamente, las lecciones sobre el futuro desarrollo científico asumieron un carácter a la vez fantástico y catastrófico, al menos para mí, que entre todos los alumnos era la única capaz de comprender adonde iba a parar Gualtieri. Fuese porque Gualtieri ya no se expresaba sino con enigmas, fuese porque se negaba, a cada pedido de aclaraciones, a dar explicación alguna, muchos alumnos desertaron del curso; las maneras bruscas, el discurso oscuro y, en general, la atmósfera trastornada del seminario desconcertaban a la mayoría. Al fin quedamos poquísimos, en un aula más bien grande. En la primera fila sólo estaba yo. Después, dos o tres filas de bancos atrás, se dispersaban no más que una docena de alumnos.
      De pronto, durante una lección particularmente espinosa, tuve una iluminación. Gualtieri hablaba en esa forma porque, según todas las evidencias, aludía a un particular descubrimiento suyo que aún no había alcanzado notoriedad. Nadie, en consecuencia, sabía algo de ese descubrimiento, excepto él; nadie, por lo tanto, podía comprender su alcance, excepto yo. Aquel día tomé una buena cantidad de anotaciones; después, de vuelta en casa, procuré enlazar unos con otros esos fragmentos dispersos. Lo que finalmente comprendí me hizo palidecer. Recuerdo que levanté la cabeza de la mesa y por un momento miré, a través del vidrio de la ventana, el desierto gris sobre el cual moría un sol rojo como el fuego. Incliné de nuevo la cabeza sobre mis papeles, reanudé el estudio de las anotaciones, y por fin debí convencerme de que mi primera impresión era exacta: Gualtieri hablaba, en realidad, del fin del mundo. En efecto, a esto y a ninguna otra cosa conducía el futuro desarrollo de la ciencia, tema al que había dedicado el seminario.
      Ahora comprendía, o al menos intuía oscuramente, el drama de Gualtieri. Había llegado a una conclusión catastrófica; al mismo tiempo, era amenazado por una catástrofe personal. Una catástrofe tenía conexión con la otra. En efecto, si Gualtieri no hubiera vendido su alma, no habría efectuado el descubrimiento; y precisamente este descubrimiento, alcanzado al precio de la catástrofe personal, amenazaba ahora con provocar la catástrofe universal.
      Esta intuición, muy humana, me hizo comprender de pronto algo que mi naturaleza de diablo hasta ahora me había ocultado: yo no estaba más allí para tentar a Gualtieri y humillarlo con su vicio; estaba allí porque lo amaba. Lo comprendí por el sentimiento de compasión afectuosa y por completo femenina que experimenté al mirarlo disertar en la cátedra, viéndolo tan desesperado y sombrío. Hubiese querido acercarme, acariciarle la frente, estrecharme a él, decirle palabras afectuosas. Pero a este sentimiento amoroso se oponía mi conciencia de los límites que imponía al amor el hecho de ser yo el diablo. Como lo dije, sabía muy bien que en el instante mismo en que Gualtieri me abrazara, me penetrara, me desvanecería como la neblina al sol. Antes, cuando pensaba en castigar a Gualtieri por su soberbia, sirviéndome para ello de su inclinación por las niñas, me había imaginado que el hecho mismo de desvanecerme entre sus brazos hubiera otorgado al castigo un carácter de befa muy a tono con mi índole diabólica. Pero ahora, al descubrir que lo amaba, me di cuenta de que la burlada hubiese sido precisamente yo. Me hubiera desvanecido precisamente en el momento supremo, inefable; y después sólo hubiese podido reaparecer ante él bajo mi horrible aspecto de diablo, para exigir su alma con el habitual y despiadado ritual; magro consuelo éste, del que me hubiese desprendido de buena gana: no quería su alma en otra vida, la quería en esta vida que vivíamos juntos. Empero, lo característico de la naturaleza humana a la cual me había convertido es seguir esperando con el cuerpo incluso cuando la mente desespera. En consecuencia, la certeza de que me disolvería en humo no bien llegáramos al abrazo no influía en modo alguno sobre mi sentimiento por Gualtieri. Aun sabiendo que jamás podría unirme a él, me sentía empujada hacia él por un poderoso impulso de entrega física; y casi esperaba, sí, oscuramente esperaba que fuera posible transgredir, al menos en este caso, la norma infernal. Pero ¿qué era, sino amor, esta esperanza de algún modo desesperada y de cualquier manera infundada por completo? ¿No era acaso ese mismo amor que al principio debía servirme para hacer caer a Gualtieri en la trampa y en cuyo lazo, en cambio, ahora sentía haber caído yo? Así fue como decidí sacar provecho de lo que había intuido para obligar a Gualtieri a fijarme una cita fuera de la universidad, posiblemente en su casa. Al concluir la lección siguiente a aquella que me había iluminado, me acerqué a él y hablando con voz bajísima le dije en tono confidencial:
      —Debe entenderse que el desarrollo de la ciencia, tal como usted lo ha presentado en su seminario, llevará directamente al fin de todas las cosas. ¿Es precisamente esto, verdad, lo que ha querido decir?
      Su aspecto me impresionó: enflaquecido, pálido, con las cejas rapaces suspendidas sobre las órbitas de los ojos hundidos y febriles, la aguileña nariz similar a un pico, parecía un ave de rapiña, de plumas erizadas y hostiles y pronta a agredir a todo el que osara acercarse a ella. En efecto, dijo casi con rabia:
      —No debe entenderse absolutamente nada. Diga, en todo caso, yo he entendido.
      —Sin embargo, está claro: de ciertas premisas no se puede extraer más que una conclusión.
      —¿Cuál, por favor?
      Su voz fue tan áspera que opté por contestar:
      —Desearía encontrarme con usted, posiblemente en su casa, para conversar de todas estas cosas.
      Con voz siempre alterada, dijo:
      —¿En mi casa? No es posible.
      —¿Por qué no es posible? Todo es posible para los hombres de buena voluntad.
      —Mira —contestó brutalmente—, he comprendido hace rato lo que estás buscando. Pero desgraciadamente no estoy enamorado de ti, ni creo que lo esté jamás.
      —¿Está muy seguro de eso?
      —Búscate un amante entre estos muchachos del seminario, en vista de que tienes tantas ganas. Y déjame de una buena vez en paz.
      Estas últimas palabras fueron pronunciadas en voz alta; por suerte los demás alumnos ya habían salido y estábamos solos. Recorrí con la mirada el aula, donde todas las filas de bancos vacíos parecían alentarme a intentar una intimidad mayor; por un instante tuve la loca tentación de levantarme la estrecha minifalda donde mis piernas estaban encerradas como en una vaina y hacerme poseer, como cualquier perra o gata, desde atrás, allí, bajo la cátedra. Fue un instante de deseo violento, maniático; luego, con moderación más humana, decidí limitarme a declarar mi amor. Sin embargo, algo de ese desvarío bestial e inocente debió quedar en la voz, humilde y bajísima, con que le respondí:
      —Te amo a ti, y a nadie más que a ti.
      En efecto, Gualtieri, como conmovido, de pronto se calmó. Levantó una mano, me acarició la mejilla, preguntó:
      —¿Verdaderamente me amas?
      —Mucho —respondí con ímpetu.
      —No lo pienses más —dijo, con decisión—. No estoy disponible, y esto no tiene remedio.
      Me rearmé de coraje y le expliqué audazmente:
      —Tengo razones para creer que en mi cuerpo hay una particularidad física que puede complacerte. En la próxima clase me las arreglaré para que esa particularidad esté ante tus ojos. Si es verdad que la cosa que te mostraré te gusta, te ruego que me hagas un gesto de consentimiento con la mirada, así —y bajé lentamente los párpados.
      Me miró un momento, perplejo y ya quizás turbado. Después dijo en tono paternal:
      —Eres una extraña muchacha.
      Le tomé la mano, me la llevé a los labios y la besé con pasión. Luego me fui rápidamente, con un apresurado «hasta mañana».
      En la tarde del día siguiente, antes de acudir a clase, saqué del armario un vestido camboyano, casaca y pantalón de tela negra. A fuerza de tijeras, aguja e hilo, alargué la apertura delantera, en la parte correspondiente al pubis, y apliqué de nuevo el cierre relámpago que había descosido: ahora, con el pantalón puesto, las dos partes del cierre apenas podían unirse; me bastaría tirar hacia abajo la lengüeta de la cremallera para que mi nutrido y elástico vientre de mujer joven sobresaliera de los pantalones, demasiado estrechos, y se exhibiera mi increíble sexo de niña. Mi idea era sentarme como de costumbre en la primera fila y, en un momento propicio, bajar el cierre relámpago y al mismo tiempo tender a manera de telón, sobre el espectáculo de mi sexo, los dos bordes de la casaca. De modo que Gualtieri tendría ante los ojos, durante toda la clase, esa particularidad física insólita y para él irresistible que en la víspera yo me había jactado de ser capaz de mostrarle.
      Inmediatamente noté, apenas iniciada la clase, que Gualtieri parecía turbado. Hablaba con fatiga, alternando frases dichas con rapidez y silencios demasiado largos, no tanto como quien no conoce el tema del que habla, sino como quien no logra concentrarse en lo que dice porque está pensando en otra cosa. Yo seguí la lección sin prestarle mayor atención, dedicándome a mirarlo; quería sorprenderlo con mi exhibición en el momento en que mirara abajo, hacia mí. Gualtieri hablaba con la cabeza apoyada en la mano, los ojos dirigidos al fondo del aula. Después, de pronto, se enderezó, se sirvió un vaso de agua. Sin pérdida de tiempo, tiré de la lengüeta del cierre relámpago, los pantalones de golpe se abrieron, el vientre emergió y entonces separé los bordes de la casaca, me estiré tendiendo las piernas, alzando el pubis. Sabía que en esa posición casi horizontal la blanca y turgente hendidura del sexo era visible en toda su anormal longitud, desde el fondo de los muslos separados hasta cerca del ombligo. Era el mismo sexo infantil que hace treinta años le hizo firmar el cuaderno en el jardín público; que la rufiana le ofreció en la universidad; que la pequeña prostituta de once años le mostró bajándose el slip en el automóvil; que, finalmente, su hija se dejó fotografiar y con tanta complacencia durante el temporal que yo desencadené sobre Roma. Es el sexo con que soñó toda su vida, y del que la ambición siempre le impidió disfrutar como no fuera en sueños. Ahora ese privilegiado y obsesivo objeto de sus deseos más secretos le era exhibido, propuesto, ofrecido en un momento en que no tenía nada que perder si lo aceptaba y le extraía su placer.
      Estaba segura de que ninguno de los pocos alumnos dispersos en el fondo del aula me veía; de modo que no vacilé en mantener lo más abierto posible el telón formado por los dos bordes de la casaca. También pensé, en cierto momento, pasarme la mano por el pubis, como hacen a treces niñas inconscientemente impúdicas y provocativas. Entonces, mientras alargaba con gesto distraído la palma de la mano sobre el vientre, en ese preciso instante volví la mirada y vi que la puerta del aula estaba entreabierta y dos ojos centelleantes me espiaban por la ranura. Casi en el acto volví a mirar a Gualtieri: bebía el agua que se había servido, y vi claramente que, por encima del borde del vaso, sus párpados se bajaban en señal de asentimiento.
      Cuán impresionable es la naturaleza femenina aunque sea el disfraz del demonio. Después de ver aquellos dos ojos que me espiaban, me sentí más muerta que viva; la habitual seguridad fue reemplazada por un sentimiento confuso de miedo y vergüenza. De poco me valía decirme «pero acuérdate de que eres el diablo»; aun así experimentaba los sentimientos de una mujer joven que se dio cuenta de que la espiaban mientras se dejaba llevar por una coquetería demasiado audaz. Este sentimiento de miedo se transformó en pánico cuando la puerta se abrió del todo y un muchacho de blue jeans y chaqueta a cuadros, cabello rojo y centelleantes ojos celestes vino a sentarse cerca de mí. Naturalmente, no bien vi a Gualtieri hacer la señal convenida me apresuré a cerrarme el pantalón. Pero en seguida comprendí que era demasiado tarde. Mi vecino escribió una esquela y, sin preocuparse mucho por disimularlo, me la pasó. No pude menos que leerla. Con las palabras más convenientes de la jerga estudiantil, se hacía el elogio de la cosa que yo había mostrado a Gualtieri; a continuación, en tono más bien perentorio, se me invitaba a encontrarme con su autor fuera del aula. Guardé el mensaje en el bolsillo y, con el corazón sobresaltado, miré a Gualtieri; concluida la lección, se ponía de pie. Me levanté de un salto del banco y fui a detenerme a un paso de la cátedra, en el preciso instante en que Gualtieri bajaba.
      —Estoy perdida —le susurré en voz muy baja—, ese tipo del pelo rojo me vio.
      Gualtieri comprendió en seguida, dirigió la vista al estudiante, que en ese momento se levantaba a su vez del banco, y me dijo:
      —Ahora salgamos juntos, tómame del brazo y trata de hablarme.
      —¡Qué magnífica lección, profesor! —exclamé con fingida vivacidad—. ¿Puedo hacerle una sola pregunta?
      A la vez lo tomé del brazo, y tuve la alegría de sentir que él oprimía mi brazo con un cómplice apretón de entendimiento. Después me contestó, sin mirarme, en tono casual:
      —La pregunta la haré yo. ¿Estás verdaderamente hecha, en ese lugar, de ese modo, o bien…?
      —¿O bien qué? Soy así desde la infancia. He seguido siendo a los treinta años como era a los ocho.
      —¿No se trata de que te depilas, o de alguna otra cosa?
      —¿Depilarme? ¿Por qué debería hacerlo? Jamás tuve ni siquiera la sombra de un pelo.
      Ya estábamos fuera del aula, en el corredor. De pronto, el muchacho de cabello rojo y brillantes ojos celestes nos cerró el paso:
      —Profesor Gualtieri, ésta es mi muchacha. Le ruego, tenemos una cita para comer, esta misma noche.
      —¡No es verdad! —exclamé un poco histéricamente—. ¡No tenemos ninguna cita!
      El muchacho se mostró a la vez confundido y resuelto. Tendió una mano y, tomándome del brazo, dijo: —Vamos, vamos, hemos discutido un poco, lo reconozco, pero todo eso ya terminó. Bueno, saluda a tu profesor, y vámonos.
      Me sujetaba con fuerza el brazo, me clavaba en los ojos sus pupilas brillantes, un poco de loco. Dije:
      —Puras mentiras, jamás te vi en mi vida.
      Su pequeño rostro triangular estaba impasible, como de piedra, en lo alto de un largo cuello musculoso. Finalmente, en voz baja, como excluyendo a Gualtieri de la conversación, contestó:
      —Yo, en cambio, te he visto muy bien.
      Esta vez intervino Gualtieri, con ficticia y convencional autoridad:
      —Vamos, vamos, tiene que haber un error; ésta es mi hija y la verdad es que no te conoce. Como, por otra parte, tú no la conoces a ella. ¿Puedes decirme cómo se llama?
      El muchacho, con su cara pequeña en lo alto del cuello, no contestó. Sus ojos hablaban por él. Se advertía que hubiese querido gritar la verdad, es decir, que me había visto con el pubis desnudo, ofrecido al hombre que afirmaba ser mi padre. Pero era un muchacho, en definitiva, bien educado, no un malandrín. Se limitó a pronunciar entre dientes:
      —¡Lindo padre!
      Gualtieri me llevó, casi a paso de carrera, hacia la entrada. Minutos después íbamos velozmente en automóvil por el desierto, hacia el horizonte incendiado aún por el poniente. Gualtieri manejaba con intensa concentración, como quien piensa con empeño en algo y no acierta con una conclusión precisa. Por fin me dijo:
      —Ahora que lo recuerdo, ese estudiante no sabía tu nombre. Y ahora me doy cuenta de que tampoco yo lo sé.
      Me sentí mal. Por cierto tenía un nombre en el pasaporte que al llegar había mostrado a la policía, en el aeropuerto. Pero advertí que lo había olvidado. Para salir del paso dije:
      —Llámame Angela.
      Era, después de todo, un nombre que decía la verdad: el diablo es un ángel caído, proscripto del cielo, precipitado en la tierra. Serio, como hablando consigo mismo, contestó:
      —No, te llamaré Mona.
      —¿Por qué Mona?
      —En dialecto veneciano significa lo que me mostraste en clase. Pero, al mismo tiempo, es la segunda parte de De-mona, ¿sabes?, en mi idioma, el italiano, demonia. Por lo demás aquí, en los Estados Unidos, hay muchas mujeres que se llaman Mona.
      —Demona —repetí—, ¿por qué Demona?
      —O bien Mefista.
      De modo que había comprendido. O más bien trataba de adivinar, incitado por la sospecha ya más que legítima. Por un instante preví lo que sucedería si yo admitía que era el diablo. Lo menos que podía ocurrir era que Gualtieri, horrorizado por la idea de que bajo apariencias tan bellas se escondiera el viejo y repugnante cabrón infernal (así se representa la humanidad, desde tiempo inmemorial, mi figura, cuando en realidad soy un espíritu, y como tal, puedo ser cualquier cosa), jamás hiciera el amor conmigo, ese amor imposible al cual sin embargo aspiraba con todas mis fuerzas. De modo que decidí negar inmediatamente y negarlo todo:
      —¿Qué idea es ésta? ¿Por qué Mefista? No entiendo.
      Tras un momento de silencio, contestó entre dientes:
      —Porque tú eres el diablo. Admítelo y todo será más simple.
      ¿Qué quería decir con eso de «todo»? ¿La fatal revelación de la medianoche ya inminente, o bien el amor? Respondí:
      —Sé por qué piensas que soy el diablo. En tu lugar, francamente, yo pensaría lo mismo.
      Habíamos llegado, al cabo de una larga carrera, a un gran espacio asfaltado en medio del desierto. Desde lo alto de postes altísimos, fuertes lámparas proyectaban una luz poco menos que diurna sobre la inmensa explanada totalmente desierta. Se veían unos pocos automóviles estacionados aquí y allá, una grúa, un par de camiones del ejército norteamericano. Al fondo de la explanada se entreveían los portones cerrados de un recinto cuya empalizada, erizada de alambre de púas, se perdía de ambos lados en la oscuridad ya total de la noche. Gualtieri dio media vuelta y fue a detenerse en una zona de sombra, fuera de las luces enceguecedoras de las lámparas. Apagó los faros, pero encendió las luces internas del automóvil; después se volvió hacia mí:
      —¿Por qué, a tu juicio, yo pienso que eres el diablo?
      —Por parecerte que sólo el diablo podía tentarte en una forma tan particular.
      Me miró de soslayo, desde bajo las densas cejas.
      —No fue precisamente la manera lo que me pareció diabólico. Fue la cosa que me mostraste.
      Simulé no entender:
      —¿Qué tiene de diabólico el sexo de una mujer?
      Con aire pensativo, respondió:
      —El hecho es que sólo el diablo podía conocer mi particular tendencia erótica.
      Tuve un sincero arrebato emocional; le eché los brazos al cuello, le susurré al oído:
      —Si te complace, piensa entonces que soy el diablo. En realidad, no soy más que una pobre muchacha muy, muy feliz de estar en este momento contigo y de gustarte.
      Le besé la oreja, la sien, la mejilla, busqué sus labios con la lengua. Pero él dio vuelta el rostro, obstinadamente. Entonces murmuré:
      —¿Quieres que hagamos el amor aquí, en el automóvil? Vamos, ahora te mostraré de nuevo esa cosa que tanto te turbó durante la clase. Aquí la tienes, mírala, acaríciala, es para ti, es tuya.
      En mi turbación, no me daba cuenta de lo que decía. Experimentaba al mismo tiempo un violento deseo y una desesperación no menos violenta, por saber que no me era posible hacer el amor con Gualtieri: en el momento del amor, me disolvería en humo. Pero el deseo era más fuerte que la desesperación; y con una extraña esperanza de infringir la ley a la cual hasta ahora me había sometido, llevé ambas manos a mi pantalón, tiré hacia abajo la lengüeta del cierre relámpago y abrí lo más que pude los bordes de la casaca. Entretanto me tendía todo cuanto me lo permitía el asiento del automóvil, abría las piernas y susurraba, frenética:
      —Aquí la tienes, ¿la ves, te gusta? Ahora móntame, métemelo adentro.
      Esperé, con esa extraña esperanza en cierto modo desesperada, que me saltara encima. En cambio, me rechazó con dulzura y tendió la mano hacia el vientre, pero no para acariciarlo, como pensé por un instante, sino para tirar de nuevo hacia arriba la lengüeta del cierre relámpago. Sin embargo, no logró hacerlo porque mi vientre, que rebasaba el pantalón demasiado estrecho, lo impidió. De pronto dijo:
      —Está bien, no te cubras. Mientras te hable, te miraré y eso me dará coraje.
      De modo que había en él un apetito insaciable por lo mismo que estaba en el origen de su tragedia. Me senté algo oblicuamente, de modo que él pudiera mirarme cuanto quisiera, y le contesté:
      —Bien, mírame. ¿Qué es lo que tienes que decirme? ¿Por qué necesitas coraje para decirlo?
      Permaneció un instante en silencio, y después, mostrando con un gesto de la mano la explanada desierta, cruzada en ese momento con trote apacible por un animal que parecía un perro o un chacal, empezó:
      —¿Sabes dónde estamos? Frente al cerco que encierra el campo donde se hizo estallar el último artefacto nuclear. Ahora, seas el diablo o no, debes saber que te traje aquí porque me dispongo a decirte algo que tiene relación muy estrecha con el empleo que se da a este sitio.
      Una vez más fingí que no entendía; en tono ligero dije:
      —Pero ¿es posible que tú, un gran científico conocido en el mundo entero, crea en el diablo?
      Me dio una respuesta extraña y ambigua:
      —No creo, desde luego; ¿cómo se puede creer en el diablo? Pero existe en la realidad cierta cantidad de elementos que llevan a pensar que existe.
      Quise disimular la cuestión:
      —¿Qué elementos? ¿El hecho de saber que te gusta el sexo depilado? Vamos, traté de adivinar, y la suerte quiso que adivinara.
      —Ante todo, ya resulta más bien diabólico que hayas adivinado con tanta precisión lo que podríamos llamar mi especialidad erótica. La cual, para ser más exactos, no es el sexo depilado sino el sexo infantil. Pero ya no se trato de sexo, sino de algo bien distinto.
      —¿De qué?
      Paseó su mirada alrededor, por la explanada; el perro o chacal ya no estaba, todo era luz, soledad y silencio.
      —Se trata de eso —dijo al fin, indicando el portón del cerco—, por más que esté inexplicablemente ligado con esto —e indicó mi desnudo sexo—. Pero para que entiendas este acoplamiento de dos cosas, esto confusión, debo saltar treinta años atrás.
      Lo estimulé con simpatía:
      —Y bien, demos ese salto atrás.
      —Si eres el diablo, según sigo creyéndolo —dijo Gualtieri, como si hablara consigo mismo—, podrás comprobar que digo la verdad: sólo el diablo la conoce, sólo él podría desmentirme. Si no lo eres, si sólo eres una muchacha enamorada de mí, apreciarás mi confidencia, porque eres la primera persona en el mundo a quien cuento estas cosas.
      Así empezó Gualtieri lo que muy pronto se reveló como la historia de su vida entera, desde la lejana adolescencia hasta ese día. Me habló en forma ordenada, sosegada, racional; quien hablaba era ni más ni menos que el famoso científico; sin embargo, esa voz habituada a la fría exactitud de las demostraciones científicas ahora procuraba iluminar el panorama de una vida que no tenía nada de sosegado, de ordenado, de racional. Era la vida de un hombre que desde el fin de su infancia había tenido que vérselas con dos amos igualmente exigentes: la ambición y el sexo. Después, con el tiempo, este último se había especializado, por así decirlo, en la forma que se sabe. Al respecto, Gualtieri me dijo que su más secreta inclinación se había manifestado por primera vez con una niña de doce años, en nada diabólica; hija de la portera, de vez en cuando subía a su departamento para llevarle la correspondencia. Entre el estudiante de veinte años y la niña de doce había nacido un nexo amoroso que, según Gualtieri, no tenía nada de vicioso; la paidofilia específica llegaría después. El amor con la niña había durado sin remordimiento o escrúpulo alguno, con plena satisfacción de ambos, todo un invierno. Después la pequeña había sido enviada a casa de sus abuelos, en la provincia, y él se había quedado con la nostalgia de algo que, éstas fueron sus palabras, se parecía mucho a la relación que debió de haber existido entre Adán y Eva antes de que fueran expulsados del Edén.
      Naturalmente, él trató de repetir la experiencia, pero con resultados tan desagradables que le hicieron jurarse a sí mismo no recaer jamás. ¿Cuántas veces, antes de renunciar definitivamente, había intentado Gualtieri volver al paraíso de los amores infantiles? No me lo dijo, se limitó a aludir más bien vagamente a dos o tres encuentros «procurados», es decir, no sobrevenidos directamente como la primera vez, sino por intermedio de alguna de esas alcahuetas cuya apariencia yo había adoptado para abordarlo en la universidad. Esos así llamados encuentros lo hicieron caer en un envilecimiento tan hondo, que llegó a acariciar la idea del suicidio. Pero no se dio muerte; siguió conviviendo con sus dos pasiones, la de la ambición, aún distante de una realización adecuada, y la de la carne, ya rechazada y reprimida, si bien todavía presente en el carácter de tentación.
      En ese punto estaban las cosas cuando lo sorprendí en el jardín público en el acto de espiar las piernas de las niñas, actitud que demostraba, elocuentemente, que el rechazo y la represión pueden convertirse, en ciertos casos, en un incentivo y un condimento de la tentación. Curiosamente, Gualtieri ofreció de nuestro primer encuentro una versión muy parecida a la mía. Me dijo que las provocaciones de la niña lo turbaron tan profundamente, que de pronto decidió que si la tentadora se acercaba a él, olvidaría los escrúpulos y se abandonaría definitivamente a la fatal pasión. Se daba cuenta de que esto habría significado el fin de la ambición; sin embargo, como él mismo me lo dijo, en ese momento particular tenía para él más importancia ver, o bien no ver, según las peripecias del juego, la ingle desnuda de la niña que todos los maravillosos descubrimientos de Albert Einstein. Sin embargo, a la vez tenía lúcida conciencia de que se perdía para siempre, de modo que cuando la niña le manifestó ante los ojos la fórmula del pacto infernal, experimentó un alivio inmenso: más valía condenarse en la otra vida por causa de la ambición, que condenarse en ésta por un poco de ingle desnuda. Explicación que, según dijo, coincidía con la mía: también yo estaba convencido de que la ambición había vencido al sexo, sobre todo porque el pacto le había proporcionado la certeza de que podría satisfacerla más allá de sus más exaltadas esperanzas. Gualtieri, sin embargo, agregó:
      —No por eso deja de ser cierto que firmé en un momento de debilidad, casi de derrumbe. Y que esa debilidad, ese derrumbe, fueron provocados no ya por la perspectiva del éxito científico, sino por la visión de ese sexo infantil tan parecido al tuyo.
      Llegado este punto, debo proporcionar una importante información sobre la manera en que se firma un pacto infernal. El diablo debe comunicar a su víctima los términos del pacto, mostrándoselos escritos en letra clara en una hoja que ella firmará. Pero una vez leído el pacto, hete aquí que, por uno de los tantos misterios de la relación entre el diablo y los hombres, la escritura desaparece como si hubiese sido trazada con tinta deleble, y el condenado firma, en realidad, una hoja en blanco. Si ahora se desea saber por qué sucede esto, puedo proporcionar la siguiente respuesta: probablemente suceda porque se desea que el condenado se condene con plena libertad de elección, y que tenga hasta último momento la duda de haber padecido alguna alucinación o de haber soñado. Y así ocurrió con Gualtieri. Me dijo que, en efecto, en el momento de firmar, el texto escrito del pacto había desaparecido de la página. Sin embargo, inmediatamente había pensado que esa desaparición no debía modificar su decisión. Si había tenido una alucinación provocada quizá por lo que llamaba su propio derrumbe, tanto mejor: al menos, poniendo la ambición por delante del sexo se salvaría de un destino que le repugnaba y quería evitar a cualquier precio.
      Le pregunté en ese momento por qué entonces, si ni siquiera estaba tan seguro de haber firmado el pacto, hoy creía en el diablo con suficiente convicción como para imaginarse, sin más ni más, que pudiera esconderse bajo mi inocente apariencia de muchacha euroasiática. Simuló no haber escuchado la mención de nuestras relaciones y dijo que la prueba de que el diablo existe y de que él había en verdad firmado el pacto residía en el carácter actual de la investigación científica, tal como él mismo lo había descifrado e interpretado en treinta años de continuo y creciente éxito. Sí, el hecho de que la niña diabólica, en definitiva, lo hubiera llevado a firmar el pacto no ya con la promesa del triunfo y la gloria, sino con la exhibición de la ingle infantil desnuda, parecía demostrar que el demonio contaba siempre con el viejo y tradicional recurso del sexo. Pero ya no era así: la fuerza del diablo estaba hoy en la investigación científica. A continuación dijo:
      —Para que entiendas esta cuestión de las pruebas que demuestran la existencia del diablo, volveré al principio de mi vida, es decir, al momento en que decidí convertirme en científico. Porque antes, de muy joven, no me sentí atraído por la ciencia sino, aunque te parezca extraño, por la poesía. Era muy ambicioso; quería llegar a ser otro Leopardi, otro Hölderlin. Sin embargo, debido a que tenía un vivo interés por la ciencia, me inscribí en la facultad de física de la universidad. También, por pensar que no había contradicciones entre poesía y ciencia: en la antigüedad los poetas eran también científicos, y los científicos, poetas. Y en verdad debo al ejercicio de la poesía haber comprendido muy pronto algunas cosas fundamentales sobre la creatividad. Quiero decir que cada vez que me parecía haber escrito un poema no tan malo como los habituales, me daba cuenta de que esto había sucedido porque, mientras lo escribía, no estaba solo. Junto a mí advertía con perfecta seguridad la presencia de esa entidad misteriosa que en un tiempo se llamaba inspiración y que yo prefiero designar con el nombre de demonio. Era él quien dictaba dentro de mí; era él quien me hacía dar el salto de cualidad de la meditación fría a lo que sería necesario llamar el canto. Tú me preguntarás ahora: «Pero esas poesías, ¿eran verdaderamente hermosas?». Te contesto: eran las mejores que yo podía escribir. Pero lo mejor mío era ciertamente lo peor de un verdadero poeta. En suma, el demonio lo tienen tanto los buenos como los malos poetas. Es una cuestión de presencia, no de poesía. Si está presente, el demonio te hará escribir exactamente la poesía que eres capaz de escribir, y nada más.
      —En suma, eran malas.
      —Probablemente, sí. No puedo menos que pensarlo, porque en cierto momento abandoné la poesía por la física. Sin embargo, como te lo dije, la poesía me había servido para adivinar la existencia y la función del demonio.
      —O sea, del diablo.
      —Un momento. Por ahora, digamos el demonio. Al diablo me referiré después. Estamos en que me dedico con pasión a la física; la poesía desaparece de mi vida. Voy con una beca a los Estados Unidos, me convierto en el mejor alumno del célebre Steingold. Era ya un hombre muy viejo y, como hebreo, gran lector de la Biblia. Un buen día en que se hablaba de nuestra profesión, se nos viene con esta singular frase: «Dios ya es impotente, innumerables signos lo dan a entender. El poder ahora está en manos del diablo». Le pregunté por qué él, hombre creyente y practicante, decía semejante cosa. Y contestó: «Porque si Dios fuera poderoso no permitiría ni por un solo instante el progreso de la ciencia, sobre todo de aquella rama de la ciencia a la cual tú y yo nos dedicamos». Insistí en saber más, pero él calló con esta frase definitiva: «Tal vez la impotencia de Dios sea un signo de su poder. Dios ha decidido la pérdida de la humanidad, se declara impotente y deja rienda suelta al diablo».
      —Muy pesimista, tu Steingold.
      —No tanto, a fin de cuentas todavía creía en Dios. En tanto que yo no creo en Dios ni en el diablo sino sólo en mí mismo. De cualquier modo, no volví a hablar con Steingold sobre Dios ni sobre el diablo. Concluido el año del seminario, volví a Roma y seguí dedicándome con pasión a los experimentos de física nuclear. No pensé más en Steingold ni en sus palabras; pero debí volver a pensar en todo ello el día en que efectué el primer descubrimiento de los tantos a los que debo mi celebridad. Te cuento el caso. Durante mi trabajo, me di cuenta de que cada vez que mi mente daba el salto de la reflexión a la invención, de pronto me ponía a pensar con nostalgia y deseo en mis amores infantiles de tantos años atrás. Y después, cosa rara, puesto que ahuyentaba esos fantasmas de mi mente y me aplicaba de nuevo al estudio, me daba cuenta de que alguien, es decir, el demonio, o sea el diablo, me había hecho dar ese salto creativo. Sí, no había duda; el demonio actuaba, primero rara vez, después con frecuencia siempre mayor y siempre en conexión con mi especialidad erótica. ¿Cómo no ver entonces el nexo entre la renuncia al sexo y la creación científica? ¿Entre lo que hubiera podido ser mi ruina y lo que parecía ser mi gloria?
      En ese momento le pregunté:
      —Todavía no me has dicho, a todo esto, por qué ese demonio se transformó en el diablo.
       —Es simple. Ya estaba muy adelantado en la investigación que desembocaría en el descubrimiento final del que hablé, así fuera en términos enigmáticos, durante el seminario, cuando fui sorprendido por esta reflexión: desde el punto de vista de su utilidad para la humanidad, que es en definitiva, cuando ya se ha dicho todo, lo único que importa, todo el progreso científico del último siglo es absoluta, completamente negativo. Nuestros descubrimientos son maravillosos en sí mismos y por sí mismos; pero su aplicación tecnológica se dirige exclusivamente a la destrucción final de la humanidad. Cuando estos descubrimientos parecen útiles, como en el caso, por ejemplo, de la creación de nuevas fuentes de energía, se puede estar seguro de que la mismísima utilidad hubiese podido ser obtenida con otros medios. El carácter autodestructivo del progreso científico, sin embargo, encuentra un poderoso correctivo en la certeza intrínseca de la conciencia de estar cada vez más cerca de la verdad. Así ha ocurrido que muchos científicos llevaron a buen término sus investigaciones, despreocupados por sus aplicaciones prácticas. Se sentían justificados por la seguridad de marchar por el gran camino de la ciencia, y más allá de esta conciencia no se proponían llegar. Los efectos de sus invenciones no les interesaban; concernían a los jefes de Estado, los ministros, los generales, etcétera, etcétera. Pero yo no pude menos que recordar las palabras de Steingold sobre la ya comprobada impotencia de Dios y la consiguiente potencia del diablo. A partir de ese punto no me quedó más remedio que llegar a la única conclusión posible: es decir, que ese demonio que estaba junto a mí en el curso de mis experimentos, en vista del carácter totalmente autodestructivo de nuestra ciencia, sólo podía ser el viejo diablo, el enemigo de la humanidad tantas veces descripto en un pasado, a fin de cuentas, bastante reciente. Sí, una evolución científica que conduce directamente al fin del mundo sólo puede ser, aunque cuente con la aprobación de Dios, obra del diablo. De modo que lo repito: no creo en el diablo, pero sí creo en los indicios que demuestran su existencia. —Gualtieri calló un momento; después, inopinadamente, agregó—: El diablo me ha colmado de favores. Todo permite creer que, de acuerdo con la lógica diabólica, no podrá dejar de manifestarse en vivo dentro de poco, es decir, a medianoche.
      No me esperaba esa súbita conclusión; permanecí un momento desconcertada; dije con vehemencia:
      —Discúlpame, ¿pero qué tiene que ver esta medianoche con lo que has dicho? ¿Por qué el diablo debería presentarse precisamente esta medianoche y no en la medianoche del año próximo?
      —Porque esta medianoche —repuso con seriedad— se cumplen exactamente treinta años desde que me encontré con el diablo y le vendí mi alma a cambio de sus favores.
      —No hablas en serio. Primero dijiste que no crees en Dios ni en el diablo sino en ti mismo. Ahora vienes con ese disparate: que le vendiste tu alma al diablo. ¿Dónde está la lógica de todo esto?
      —Sin embargo, es así. En aquellas pocas líneas del cuaderno que me presentó la niña en el jardín público, estaba escrito que el pacto duraría treinta años. Esta noche se cumplen los treinta años.
      Era verdad. El pacto decía treinta años; tiempo suficiente para concluir una carrera. Contesté:
      —Aquella niña no era más que una niña. Y tú te imaginaste todo, el pacto, los treinta años, la medianoche.
      Me dio una respuesta singular:
      —Incluso si me lo hubiera imaginado, ¿qué importaría? Significaría que el diablo no está fuera de mí, objetivamente, sino dentro, subjetivamente. El resultado sería el mismo.
      Sin darse cuenta, Gualtieri rozaba en ese momento el máximo problema de mi existencia diabólica: el hecho de que, en el momento del abrazo, me desharía en humo. Como los sueños inspirados por el deseo. Como los fantasmas que presiden la masturbación. Dije impetuosamente:
      —El diablo no está fuera ni dentro de ti. No pienses más en el diablo; entrégate a la vida.
      —Es decir, a tu amor, ¿verdad? —Tras un suspiro, continuó—: De cualquier modo, si el diablo reapareciera disfrazado de niña, esta vez, condenado por condenado, no vacilaría en hacer el amor con él, si bien con una condición.
      —¿Cuál?
      —Ante todo, que el pacto se renueve por otros treinta años. Y además, que el diablo me haga hacer una carrera en dirección contraria a la que me hizo seguir hasta ahora.
      —¿Qué dirección?
      —¿Cómo decirlo? En dirección a un descubrimiento que salve a la humanidad de la catástrofe ya inevitable. Pero de estas cosas no se puede hablar a la ligera. Aunque para hablarte de ellas te haya traído a propósito aquí, al portón del recinto de las explosiones nucleares.
      Entonces me sentí mortalmente turbada. Comprendí adonde quería llegar él y me dije, con el corazón agitado, que me estaba chantajeando: o aceptas mis condiciones, o no hacemos el amor. Fingiendo no haber reparado en ese «a propósito» que me concernía, dije:
      —Como tú lo digas. Sin embargo, no te das cuenta de que el diablo puede hacer todo, salvo lo que comúnmente recibe el nombre de bien: salvar a la humanidad. ¿No adviertes que es precisamente eso lo que el diablo no puede hacer?
      Me miraba fijamente, parecía excitado por la perspectiva de estar a punto de hacer aquello que se había prohibido a sí mismo toda la vida. Dijo:
      —Vamos, el diablo puede hacerlo todo, incluso el bien.
      —Pero ¿quién te lo dijo?
      —Tú me lo dices.
      —¿Yo? ¿Qué tengo que ver yo?
      De pronto me puso un dedo en el pecho, empujando:
      —Porque tú eres el diablo, lo eres, ya no hay duda alguna al respecto, sólo el diablo podría saber que yo me vuelvo loco por esa monstruosa conformación tuya. Pero, ahora, yo tengo la sartén por el mango. Tú me amas, y yo te digo: o se renueva el pacto, con la consiguiente carrera de signo positivo, o bien nada de amor, me atengo al pacto, tú te llevas mi alma y la humanidad va hacia la catástrofe.
      Mil sueños explotaban ahora en mi mente como fuegos artificiales. Sí, era verdad, me decía; el diablo no puede hacer más que el mal; pero el diablo enamorado, gracias a la inmensa fuerza propia del amor, quizá pudiese hacer además el bien. Sería un milagro; pero el diablo debe creer en los milagros, pues, en caso contrario, ¿qué clase de diablo es? A la vez desesperada y esperanzada, dije:
      —No soy el diablo, soy una pobre muchacha que, como lo dices, está enamorada de ti. Intentemos hacer el amor, y entonces verás que no soy el diablo.
      —¿Por qué, cómo haré para verlo?
      No quise decirle la verdad, o sea, que con el diablo no se hace el amor porque, en el mejor momento, se disipa en humo. Respondí:
      —Lo verás a medianoche. Cuando te des cuenta de que no viene ningún diablo a llevarse tu alma.
      Ahora hablaba sinceramente. Hubiera hecho el amor con él, le hubiera concedido un plazo de treinta años más, habría vivido esos treinta años con él, inspirándole descubrimientos benéficos, en favor de la humanidad. ¿Qué me importaba? Con tal de satisfacer mi ardiente deseo, hubiese hecho incluso el bien. Gualtieri, con extraño fervor, contestó:
      —Pues no. Quiero hacer el amor precisamente con el diablo. Me excita la idea de que bajo esa apariencia tuya, tan hermosa, se esconde el viejo y hediondo cabrón. Quiero hacer el amor con él y sólo con él. No sé qué hacer con la pobre muchacha enamorada de mí. Haremos el amor y después me iré al infierno.
      Hice girar la vista alrededor, por el inmenso espacio asfaltado de la explanada, en una agonía de incertidumbre y de miedo. Después me decidí, le eché los brazos al cuello y grité:
      —Yo soy el diablo, sí, soy el diablo y te amo. Y ahora que lo sabes, hagamos el amor, sí, hagámoslo, por el amor de Dios, siento que esta vez se obrará el milagro y después seremos felices y viviremos juntos para siempre.
      Gualtieri no dice nada. Nuestras bocas se unen, nuestras lenguas se entrelazan, nuestras manos van adonde deben ir, la mía a extraer del pantalón un miembro extraordinariamente grueso y rígido, la suya a separar los labios, desnudos y turgentes de deseo, de mi sexo de niña.
      —Súbete encima —me susurra.
      Yo, arreglándomelas como puedo, a horcajadas sobre él, apoyada en las rodillas, en el angosto habitáculo del automóvil. Le digo anhelante al oído:
      —Apriétame, clávame. ¿No sientes que soy una mujer de carne y hueso y no un fantasma de humo?
      Y al decirlo lanzo adelante, impetuosamente, las caderas, me instalo con mi sexo entreabierto frente a su pene en estado de erección. Otro empujón más, mientras las bocas se funden en el beso, y el miembro penetra profundamente en la vagina. Exhalo un suspiro de alivio al sentir que tengo un vientre real, de carne y no de humo, en el cual ahora está hundido un pene también real, de carne y no de humo; empiezo a menearme furiosamente, con los muslos apretados a sus flancos, los brazos en torno del cuello, el mentón apoyado en su espalda, los ojos dirigidos a la explanada visible a través del vidrio de la ventanilla. Después la mirada baja hacia mi propio brazo, que le rodea el cuello, y veo, en el reloj pulsera, que es medianoche. En ese mismo instante, con horror indecible, siento que me esfumo. Contra mi voluntad, no obstante mi espasmódico deseo de seguir siendo real, advierto que me estoy convirtiendo en la materia impalpable de que están hechos los sueños, los fantasmas. Trozo por trozo, me disuelvo: primero la cabeza, el cuello, los brazos, el pecho; después los pies, las piernas, la pelvis. Al fin sólo queda mi increíble sexo de niña, blanco, sin vello, todavía hinchado de deseo insatisfecho. Similar a uno de esos anillos de humo que los fumadores expertos logran ensartar en la punta encendida del cigarro, la hendidura oblonga del sexo está suspendida un momento en el extremo del sexo de Gualtieri, y después, gradual y suavemente, empieza a deshacerse, a desvanecerse. Ahora entre los brazos, sobre las rodillas de mi amante no queda más que un tenue humo tembloroso, que muy bien podía haber salido del motor recalentado del automóvil. Y Gualtieri observa estupefacto y dolorido su propio miembro que, emergiendo recto del pantalón, eructa, con sacudidas intermitentes y violentas, borbotones y borbotones de semen, uno tras otro.
      Es exactamente así: el diablo puede hacer que otros hagan todo, excepto el bien. Y quien se hace la ilusión de poseerlo, al fin abraza la nada.



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