Alberto Moravia
(1907-1990)

La mujer de la casa del aduanero
La cosa e altri racconti (1983)


      Soy un hombre de orden, no sólo psicológica, sino también profesionalmente: presto servicio, en carácter de aduanero, en el aeropuerto. Como a todo hombre de orden, sin embargo, me complace de vez en cuando olvidarme del orden y dejar que pase de contrabando la mercancía de la imaginación. Dedico el sábado y el domingo, precisamente, a fantasear. Me saco el uniforme, me tiendo en la cama y fijo el pensamiento en algo que recientemente me haya llamado mucho la atención. Hoy, no bien me tendí en la cama, en el silencio de la casa desierta, no tardé demasiado en encontrar el asunto que había hecho impacto, recientemente, en mi imaginación.
      Fue la valija de una viajera de edad ya algo madura, que debía de haber sido hermosa en su juventud. Lo que me hizo sospechar de ella fue su comportamiento cortado, demasiado comedido y presuroso para resultar sincero. Le formulé la habitual pregunta de si tenía algo que declarar, y se sobresaltó como si le hubiera puesto una mano acusadora en la espalda; se apresuró a repetir que no tenía nada, absolutamente nada, sólo prendas de vestir. La miré con atención: tenía uno de esos rostros gastados, de rasgos finos y bien dibujados, pero insignificantes, en los que más se advierte el esfuerzo por disimular mediante artificios la edad: cabellos rizados y peinados en globo sobre la frente y las orejas, sombra en los párpados y bajo los ojos, colorete en los labios, polvo en las mejillas. A lo que se sumaba una expresión, ¿cómo decirlo?, patética, dolorosamente seductora.
      Vestía una cantidad de ropa que en el momento no pude distinguir muy bien; confusamente, advertí un pañuelo de cuello, una casaca de terciopelo, un chaleco de lana, una remera, una blusa, un corpiño, todo eso de talles y colores variados. Tal vez por su complicada manera de vestirse, o quizá por su inseguridad, pensé que podría ser una de las así llamadas «aventureras», personaje literario, pero siempre de actualidad, que podía significar cualquier cosa, desde drogas hasta espionaje. Le indiqué secamente, señalando su elegante valija, de ésas de fuelle:
      —Ábrala.
      —Pero si le he dicho que no tengo nada que declarar —objetó inmediatamente.
      —Ábrala, por favor.
      Suspiró, tomó del bolso un manojo de llaves, abrió la valija. Yo separé las dos valvas con una especie de violencia sádica, hundí las manos en el interior. Contenía un revoltijo de gasas, sedas y no sé cuántas otras telas blandas, leves y escurridizas, revoltijo, pensé, típicamente femenino, porque a ningún hombre se le pasaría por la cabeza disponer en forma tan promiscua su ropa en una valija.
      Mientras revolvía con ambas manos todas esas telas blandas y vagamente perfumadas, pensé que las mujeres más que a vestirse, como los hombres, tienden a decorarse; en efecto, las ropas que visten no se les adhieren al cuerpo, sino que lo envuelven en forma seductora y misteriosa, escondiendo lo que hay, simulando lo que no hay. ¿Y qué decir, proseguí para mis adentros, sin dejar de revolver, del hecho de que las ropas femeninas no se quedan quietas sobre el cuerpo, como en el caso de los hombres, sino que se mueven, revolotean, se inflan, se desinflan, ondulan, y demás? ¿O bien, pasando al otro extremo, se adhieren demasiado, y entonces el cuerpo femenino parece prisionero de una cantidad de tejidos elásticos, ligas, portasenos, portaligas y otras ataduras similares? Por lo tanto, o la gasa que revolotea seductora, o bien la vaina estrecha, hermética. En medio de estos pensamientos, terminé de revolver sin hallar nada, y entonces saqué las manos de los trapos, cerré yo mismo las valvas de la valija y marqué con tiza una crucecita en el cuero para indicar que el equipaje podía pasar. La mujer me expresó una gratitud tal vez excesiva, con una sonrisa amplia y brillante, y desapareció tras la vagoneta de las valijas.
      Ahora, al pensar en ese incidente mínimo, me detengo de nuevo en la diferencia que hay entre las ropas femeninas y las masculinas. ¿A qué se debe esa diferencia? ¿Qué impulsa a las mujeres a vestirse en forma tan distinta? ¿Por qué sus telas son cortadas en tal forma que pongan de relieve las líneas curvas, en tanto que las de los hombres tienden a crear la línea recta? ¿Qué significa la preferencia de las mujeres por los tejidos livianos, transparentes, blandos, acariciantes, revoloteantes? Me detengo en estas meditaciones y por fin, dando vueltas y más vueltas, en la mente confusa, siempre a las mismas preguntas, me adormezco.
      Duermo alrededor de media hora; el sonido del timbre de la puerta, ruido horroroso que, como vivo solo, he procurado que sea muy fuerte, me hace dar un salto en la cama. Aguzo el oído un instante, preguntándome quién puede buscarme a esta hora, en la tarde de domingo; después me pongo la camisa y la chaqueta, me dirijo descalzo hasta la entrada y aplico el ojo a la mirilla.
      Vaya, una mujer. Una mujer de aproximadamente cuarenta años, rostro gastado y fino que, ignoro por qué, tengo la impresión de haber visto ya. Después la chaqueta de terciopelo abierta sobre la blusa, los muchos rizos que como perifollos le rodean la cara, el pañuelo de cuello mal anudado, me hacen comprender en seguida dónde la vi antes: días atrás, en el aeropuerto, al llegar un vuelo creo que de Madrid. Bajo la mirada y entonces, como confirmando mi recuerdo, descubro la valija de fuelle cuyo interior tanto y tan inútilmente revolví. Echo la cadena, entreabro apenas la puerta y pregunto:
      —¿A quién busca usted?
      Con desconcertante familiaridad, me responde:
      —Te busco precisamente a ti, rico tipo.
      —Me disculpará, pero no la conozco, es la primera vez que la veo y…
      —Vamos, vamos, menos palabras, abre esta puerta y déjame entrar.
      Fascinado por tanta seguridad, saco la cadena, abro la puerta. Ella entra y de pronto me envuelve una ola de perfume, un perfume dulzón, pesado y, sin embargo, penetrante y en cierto modo picante. Entra con ímpetu, moviendo vivamente la amplia falda tableada; dice con voz resonante:
      —Te busco precisamente a ti, Athos Canestrini, precisamente a ti.
      —Pero yo, repito, no la conozco.
      —Es verdad, no me conoces o más bien no quieres conocerme. Lo cual no impide que yo te busque.
      —¿Qué significa esto?
      —Pronto te lo diré. Entretanto, hazme pasar al dormitorio.
      —¿No sería mejor que fuéramos a la sala?
      —No, nada de eso. Debemos ir al dormitorio.
      —Pero ¿por qué?
      —Ahora lo verás. —La precedo al dormitorio. Es una habitación grande, con dos ventanas; hay una cama matrimonial, un armario, una cómoda, sillas: los muebles habituales. Al entrar, dice inmediatamente—: Qué habitación fría, austera y sobre todo… mentirosa.
      —Mentirosa, qué ocurrencia. ¿Podría saberse por qué?
      —Porque, en realidad, a ti te gustaría un cuarto totalmente distinto.
      —¿Es decir?
      —Un dormitorio, diríamos, más femenino. Pero ahora ese dormitorio te lo organizaré yo. Mira.
      Deja la valija sobre una silla y empieza a sacar una cantidad de objetos de tocador que deposita, uno tras otro, sobre el mármol de la cómoda: cepillos, cepillitos, peines, frascos, frasquitos, cajas, cajitas, vasos, estuches y así sucesivamente. Dispone las cosas en perfecto orden, alrededor del espejo. La valija parece inagotable; cuanto más saca de ella, más parece haber. Por fin dice:
      —Ya está. Ahora la cómoda no resulta tan triste.
      Me callo, me limito a observarla.
      Ahora extrae de la valija un largo camisón recamado de gasa, una combinación de seda, otras prendas íntimas que va a colgar del perchero. Entretanto, como al pasar, se ha ingeniado para dejar en las sillas medias, combinaciones, blusas, polleras y no sé cuántas prendas más. Y ahora, por añadidura, siempre de la valija mágica, saltan un pijama negro, un par de chinelas verdes, un batón rojo. Satisfecha, se vuelve hacia mí y dice:
      —¿Qué me cuentas? ¿No es mejor así? —Yo la miro, estupefacto. En seguida agrega—: Ven aquí. —Me acerco. Henos aquí los dos, uno junto al otro, frente al espejo de la cómoda. La mujer dice—: Mira, fíjate bien, ¿no crees que nos parecemos?
      Observo, y reconozco que tiene razón. Tenemos los mismos rasgos, los mismos ojos, la misma nariz, la misma boca. Nos pareceríamos todavía más si no hubiese en el rostro de ella esa expresión frívola y patética que por fortuna está del todo ausente en mi cara.
      Ella, tranquilamente, dice:
      —¿Comprendes, ahora? Yo soy tú y tú eres yo. Yo soy la versión femenina, y tú la masculina, del mismo individuo, del mismo Athos Canestrini. Bueno, ahora me desvestiré, me tenderé en cama, descansaré un poco. Y tú, ¿qué proyectas hacer?
      Aturdido, balbuceo:
      —Pero… yo estoy en mi casa, pienso hacer lo que siempre hice hasta el día de ayer, descansar, leer, reflexionar, quizá fantasear.
      —¿Fantasear qué? ¿Que yo ocupo tu sitio? No hay nada que fantasear: es un hecho. De aquí en adelante, en el aeropuerto estará la versión masculina de Athos Canestrini, y en casa la versión femenina. Y ahora, hasta luego, debes ir al aeropuerto, nos veremos esta noche.
      —¿Y tú qué harás en esta casa, que es mi casa?
      —Es cosa mía, ¿por qué debería decírtelo? De cualquier manera, la convertiré en algo más alegre, más acogedor, más frívolo. —Entretanto, como si tal cosa, se desnuda, no tiene vergüenza de mostrarme un cuerpo en el cual, como en el rostro, los artificios, en vez de esconderlos, destacan los signos de la edad. Pienso que la cosa no tiene remedio; salgo del dormitorio seguido por su voz, que recomienda—: Y cierra bien la puerta.
      Ahora estoy en la entrada. Al abrir la puerta, casi me llevo por delante un tronco humano de la especie más común, de piel oscura, pelo alborotado, cara de rasgos groseros y sensuales, contextura atlética, que, con voz de fuerte entonación dialectal, me dice:
      —¿La señora Canestrini?
      —Aquí no hay ninguna señora —y… me despierto.
      De modo que sólo había soñado: ¡aquella señora de la valija, en el aeropuerto, debió de haberme producido en verdad una fuerte impresión! Recorrí con la mirada mi frío y triste dormitorio de soltero y me dije que, tal vez, en mi sueño hubiese habido algo de verdad: el inconsciente deseo de contar con una casa más habitada y habitable. Me puse a pensar en los embellecimientos que me reservaba para mí mismo introducir: flores, cuadros, chucherías, alfombras, cojines y otras cosas por el estilo. En medio de estas agradables conjeturas, me volví a dormir.



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