Alberto Moravia
(1907-1990)

Esa maldita pistola
La cosa e altri racconti (1983)


      ¿Qué hacer? Después de dos o tres horas de furioso insomnio, me levanto de la cama en la oscuridad, busco a tientas la mesa de noche, tomo la pistola, abro la puerta y paso a la sala. También aquí la oscuridad es completa, deben de ser las tres, la hora más oscura; enciendo la lámpara que hay junto a la chimenea; me duele un poco la cabeza por el vino que bebí, pero el pensamiento está lúcido, ¡casi demasiado! Mecánicamente, me dejo caer tal como estoy, en pijama y descalzo, en el sillón situado junto al negro, nocturno espejo de la ventana. Aprieto la pistola en el puño, tengo el dedo en el gatillo, gesto expresivo de toda una relación existente entre yo y este objeto amado-odiado. Así es, porque en definitiva ella me destruirá a mí, o yo a ella…
      Pero recapitulemos. Nadie más que Dirce, que en este momento duerme como una piedra en el otro cuarto, nadie más que ella sabe de esa pistola, de marca norteamericana, calibre nueve, con el número de matrícula limado y un total de veinte balas, de las que hay cinco en el cargador y una en la recámara. Pero nadie lo sabe, Dirce sabe que nadie lo sabe, y a partir del día en que empecé a estar harto de ella y a hablar de separarnos, a partir de ese día preciso, ella, y de esto no puede haber duda alguna, me extorsiona. Naturalmente, se trata de una extorsión hipócrita, disfrazada de solicitud, como cuando me dice, por ejemplo, «ahora que tienes esa pistola de numeración limada que te dejó ese magnífico amigo tuyo, te das cuenta de que puedes ir preso». Porque ha de saberse que para justificar ante ella esa pistola, inventé la historia de un amigo en apuros que me pidió que le guardara el arma. En realidad fui yo, y únicamente yo, quien se metió en este embrollo, sólo Dios sabe por qué. La pistola había llegado a ser una obsesión, y en consecuencia la compré, en el mercado negro, y desde entonces heme aquí en poder de una pistola prohibida, más que prohibida, cuya posesión por mí, si se descubre, puede costarme por lo menos tres años de cárcel.
      Esto Dirce lo sabe y no se cansa de recordármelo, en un tono que oscila entre la amenaza y la broma.
      —Estás en mis manos con esa pistola —dice—. Si no caminas derecho, te denuncio.
      O bien, más siniestramente:
      —¿Leíste en el diario? Arrestaron a un individuo porque tenía una simple pistola de aire comprimido. ¡Imagínate qué te pasaría a ti, que tienes nada menos que un arma de guerra!
      O más aún, magnánima:
      —Quédate tranquilo, soy una tumba, no hablo ni siquiera en sueños.
      Hasta que un día, tras un altercado muy violento en que casi llegamos a las manos, me advirtió francamente:
      —En tu lugar, no hablaría tanto de separamos. Ten cuidado, mucho cuidado: sé bastantes cosas sobre ti.
      —La pistola, ¿eh? ¡Siempre la pistola!
      —La pistola y algo más.
      A todo esto, ya me imagino la pregunta que alguien me haría: «Si esa pistola era tan comprometedora, ¿por qué no deshacerse de ella en un lugar seguro, en el río, en una alcantarilla, donde fuese?». Contesto: «Mientras tanto, me había aficionado a ella, era un objeto bellísimo, me había costado un montón de dinero. Y además hubiera debido suprimirla antes de que Dirce llegara a saber que la tenía». Pero, maldito de mí, por vanidad y por exhibicionismo lo primero que hice, cuando ella vino a vivir conmigo, fue mostrársela, ilustrarla sobre su potencia de fuego, desarmarla y rearmarla ante sus ojos. Ni tampoco puedo negar que me jacté de tener buenas razones para guardar en mi casa ese objeto prohibido. El caso es que hice de todo, ni más ni menos que de todo, para justificar esa amenazante frase, «la pistola y algo más». Ahora, después de lo sucedido durante la fiesta en casa de Alessandro, empiezo a comprender qué podría significar ese tan oscuro cuanto funesto «algo más».
      ¡Desde luego, Alessandro! ¡Hablemos de Alessandro! ¡Y, ante todo, de la nariz de Alessandro! Sí, porque toda la impresión de ambigüedad subrepticia y siniestra que me inspira ese hombre misterioso se origina en la nariz. ¿Cómo es la nariz de Alessandro? Es una nariz inconvincente; una nariz que vista de frente parece curva, de aletas grandes y punta hacia abajo, en tanto que si se la mira de perfil, parece recta, de aletas estrechas y punta hacia arriba. Una nariz, por decirlo todo, de persona doble, triple, cuádruple. Una nariz de servicio secreto, de espía. Una nariz, en suma, que significa todo un programa; pero cuál sea ese programa, vaya uno a saberlo. O más bien yo no conozco ese programa; pero Dirce, ella, a juzgar por varios indicios, parece pensar que está perfectamente a la vista. De no ser así, no se entiende por qué una vez, durante una de nuestras habituales discusiones, me salió, como de casualidad, con esto:
      —¿Quieres saber algo de Alessandro, el que nos invita siempre? Y bien, creo que daría cualquier cosa por saber lo de tu pistola.
      —¿Y por qué?
      —Está claro: para denunciarte. O bien para extorsionarte y que tú hagas lo que él quiera.
      —¿Qué es lo que quiere él?
      —A mi juicio, ante todo me desea a mí. Pero al mismo tiempo quiere otras cosas.
      —¿Cuáles?
      —Otras.
      Dejemos esto así. Examinemos en cambio, minuciosamente, la velada de ayer. Haré como con la moviola (mi profesión es el montaje cinematográfico): detendré la película de la memoria, de vez en cuando, sobre una imagen, es decir, sobre un recuerdo particularmente significativo. He aquí la primera. Estamos en el automóvil, Dirce y yo, frente a la puerta de Alessandro. Sin bajar, digo:
      —En definitiva, ¿puede saberse la verdad? ¿Alessandro nos invita porque está enamorado de ti, o bien porque quiere entrar en nuestra intimidad, para vigilarme mejor?
      —A mi juicio, ambas cosas.
      —Entonces, en suma, ¿quién es Alessandro?
      —¿Y eso quién lo sabe? Un tipo algo raro, no hay duda.
      —Como ves, también tú lo piensas. A todo esto, ¿de qué vive?
      —Él dice: export-import.
      —Sí, lo de siempre, los llamados negocios. Todo en él despierta sospechas. Por ejemplo, su manera de vestir, tan gris, burocrática. Se nota que un día podría deshacerse de todo ese gris y aparecer en uniforme militar, con tal o cual grado, y las insignias.
      —Sí, no lo había pensado, es verdad.
      —¿Qué me aconsejas, entonces? Por ejemplo, ¿qué debo hacer con la pistola?
      —Tú quieres que nos separemos. Ayer, sin más, me tomaste de un brazo y me sacaste literalmente de casa, en camisón, al rellano de la escalera. De modo que ahora, a otra cosa, no me pidas consejos. Sólo te digo: ten cuidado.
      —¿Cuidado con qué?
      —Ante todo, conmigo.
      ¡Querida! Pero no nos demoremos, el filme de la velada corre veloz en la moviola de la memoria, y he aquí otro cuadro. Somos unas veinte personas, en el salón de Alessandro. ¡Salón! Digamos, más bien, una exposición perpetua de cojines de tipo oriental, sobre los cuales la gente se acurruca como mejor puede, unos contra otros, unos sobre otros. Entre paréntesis, ¿cómo se hace para charlar en el suelo, para comer en el suelo, para vivir, resumámoslo, en el suelo? Desde luego, el sobreentendido de todos estos desenvueltos y comodísimos cojines es la promiscuidad más descarada y, al mismo tiempo, más hipócrita…
      En efecto, ahora, mientras con una mano sostengo el plato lleno de tallarines y con la otra empuño el tenedor, tratando, mientras tanto, de no perder el equilibrio ni volcar el vaso lleno de vino que he encastrado en el cojín, no puedo menos que mirar a Dirce, acurrucada también ella, precisamente delante de mí, sobre un cojín, apoyada de espaldas en la pared. Ni dejaré de decir que el dueño de casa, el inefable Alessandro, está acurrucado junto a ella y que, por más que aguce la vista, no acierto a entender dónde tienen las manos. Naturalmente, ya han comido, o más probablemente no comerán, pues tienen algo mejor que hacer. Charlan, ríen, en suma se comunican. ¿En qué forma se comunican? Es fácil decirlo: Dirce se sienta con las piernas cruzadas, de vez en cuando finge tambalearse y cae encima de Alessandro, el cual, por su parte, se apoya con la mano detrás de Dirce y entretanto, al hablarle, le roza la oreja con los labios.
      Desde luego, apenas me siento amenazado por un rival, esta compañera mía que tanto desprecio, de la que me propuse deshacerme, puedo decirlo, desde el día en que se inició nuestra relación, esta Dirce de ningún modo hermosa, más bien fea, vuelve como milagrosamente a gustarme.
      Prosigamos. He aquí otra imagen, ay, muy inquietante. Ahora me he levantado trabajosamente de mi cojín; vaso en mano, me dirijo en línea recta a Alessandro y Dirce. Me planto de pie frente a ellos y elevo mi vaso en un brindis sarcástico:
      —¡Salud! ¡Qué linda pareja hacen! ¡Qué bien quedan juntos!
      Dirce, con maldad, contesta:
      —¿No es verdad? Y decir que nos conocíamos desde tanto tiempo atrás y no nos dábamos cuenta…
      Otra imagen. Estoy borracho, o más bien simulo estarlo. Tengo una botella en una mano y un vaso en la otra; con paso vacilante salgo en busca de Dirce y Alessandro que, naturalmente, se han eclipsado. En el salón la fiesta continúa; hemos llegado al rito del cigarrillo que se pasan unos a otros, compungidos, después de haberle sustraído una bocanada. Con paso exageradamente titubeante, doy vueltas por la casa. Me asomo primero al dormitorio, todo en estilo turco o árabe, en suma oriental: lecho bajísimo, recargado de trapos, cubierto por los abrigos de los huéspedes, pendientes, chales, rosarios, estampas de colores, puñales, los habituales cojines, y en una caja de lokumes, que abro porque los dulces me gustan, nada menos que una pistola. Una pistola muy chica, de ésas de señora, con culata de nácar; en comparación con la mía, un juguete, una fruslería, una cosa ridícula. ¿A quién cree Alessandro que asustará con una pistola así?
      Del dormitorio paso al estudio: sorpresa, no hay nada oriental, sino muebles de estilo sueco, austeros, despojados, simples. A propósito, ¿qué estudia Alessandro? No veo ni un libro, sólo el teléfono: aquí hay gato encerrado. He aquí el baño, muy pequeño, repleto de toallas, batas, objetos de tocador, mujeres desnudas de revistas sexy clavadas a las paredes por encima de la bañera, frente a la taza del inodoro.
      ¿Qué me falta visitar para encontrar a los dos inencontrables? Sigo un corredor que lleva al fondo, y por una puerta de vidrio desemboco en el jardín. Es pequeñísimo, rebosa de árboles, de plantas, de trepadoras, de hierbas, húmedo, oscuro, y está lleno de fulgores inciertos, de sombras fantásticas. Helos allí, en actitud inequívoca: estrechados uno contra la otra, las manos de ella sobre los hombros de él, las manos de él quién sabe dónde. Inmediatamente se separan, como escaldados; tomo puntería, arrojo el vaso a la cabeza de Alessandro…
      Penúltima imagen. De vuelta en casa, Dirce y yo tenemos un violentísimo altercado, en cuyo fondo, sin embargo, más que el abrazo en el jardín, está siempre la cuestión de la pistola. Le reprocho con palabras muy duras su conducta, por parte baja desvergonzada; y ella, sentada en la cama, se limita a repetir:
      —Ten cuidado con tu forma de hablar.
      Lo dice una vez, dos veces, tres veces, con una voz tan amenazante que, al fin, no puedo menos que estallar:
      —Aludes a la pistola, ¿eh?
      —Sí, pero no sólo a la pistola.
      —Yo no tengo nada que ocultar.
      —Si no tienes nada que ocultar, ¿por qué limar entonces el número de matrícula? ¿Por qué no pedir permiso para la tenencia de armas?
      No sé qué decir; la injurio:
      —¡Espía, espiona, delatora, carroña!
      No se inmuta. Con calma, dice:
      —También Alessandro tiene una pistola, pero él la ha declarado en la forma regular.
      Arrebatado por el odio, aúllo:
      —Tiene una pistola que da risa, para señoritas, no pretenderás compararla con la mía.
      —Es verdad, pero la tuya está prohibida por la ley, la suya no.
      —¿Y de ahí qué?
      —De ahí que debes poner ese asunto en orden. Eso es todo.
      De pronto digo:
      —Bueno, vamos a dormir, ahora.
      No se lo hace decir dos veces; extrañamente dócil, se levanta, se desviste como todas las noches, se acuesta sin decir palabra, me vuelve la espalda y, según me parece, se duerme casi en seguida. En cambio yo, después de meterme en la cama, al lado de ella, y haber apagado la luz, no concilio el sueño ni, por lo demás, trato de conciliarlo. Echado de espaldas, con las manos bajo la nuca, dedico tres horas a pesar el pro y el contra de la situación.
      Última imagen, la que estoy viendo: yo sentado en el sillón, en pijama, pistola en mano, frente a la ventana de la sala, que, entretanto, se ha tomado menos nocturna, pues ya la sucia blancura del amanecer urbano se mezcla al negro de la noche. De pronto me decido, me levanto del sillón, vuelvo a la cálida e íntima tiniebla del dormitorio. A tientas me dirijo a la mesa de noche, abro el cajón, deposito, en el sitio habitual, la pistola. Después vuelvo a meterme bajo las cobijas, abrazo a Dirce, la atraigo hacia mí.
      En la oscuridad, siento que ella se echa atrás con un grito sofocado, empujándome el pecho con las manos. Entonces le susurro:
      —¿Quieres ser mi esposa?
      Pasa un instante que me parece una hora; después escucho su voz, que murmura con característica desconfianza:
      —¿Qué te ha dado?
      —Nada. Quiero que nos casemos.
      Permanece callada un momento más, y después dice, con singular penetración:
      —A mí me agrada, no pido nada mejor, aunque después nada cambiará, ¿no te parece? En tu caso es distinto, se ve que lo pensaste y entendiste qué es lo que te conviene; no tiene nada de malo, sin embargo. —Después, poniéndose tierna—: Bueno, hasta luego, maridito mío. Pero, entretanto, ¿por qué no tomas esa maldita pistola y vas a tirarla en el estanque del parque público, allí enfrente? A esta hora no hay nadie, ni un alma. Ve allí, y cuando vuelvas dormiremos muy bien, como duermen marido y mujer.



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