Alberto Moravia
(1907-1990)

El diablo va y viene
La cosa e altri racconti (1983)


      Esconderse es relativamente fácil; el problema estriba en cómo ocupar el tiempo mientras se está escondido. En este tabuco o cuarto único, como se lo quiera llamar, no tengo libros, ni discos, ni radio, ni televisión; sólo tengo un diario que mi vecina del departamento de abajo me trae todas las mañanas junto con las compras del día; en consecuencia, sólo me resta ocuparme de mí mismo, que es justamente lo que no quisiera hacer. Pero el caso es que no sé hacer otra cosa o, más bien, no tengo otra cosa que hacer. De modo que medito, calculo, reflexiono, especulo, analizo, y así por el estilo; pero, sobre todo, fantaseo. Algunos días llueve; y el rumor de la lluvia que tamborilea sobre el tejadillo de lata de la puerta de vidrios, y allí afuera, sobre la terraza, el rumor como de personas que conversan rápidamente en voz muy baja y hacen pausas para recobrar el aliento, estimulan mis fantasías.
      Fantaseo cuando estoy tendido sobre la yacija andrajosa que me sirve de lecho y de diván; fantaseo al apoyar la frente sobre el vidrio de la puerta y mirar la pequeña terraza encajada entre viejos techos de tejas, chimeneas, claraboyas y campanarios altos y bajos; fantaseo de pie en la pequeña cocina, negra y angosta, mientras espero que hierva el agua del té. Y así también me imagino que un día de estos oiré detenerse el ascensor en mi piso, hecho no sólo insólito sino excepcional, porque mi único cuarto no pasa de ser la antecámara de la terraza, adonde nadie va; e imagino que un paso leve, lento, tal vez cojeante, se acerca a mi puerta.
      Después un dedo, el suyo, oprimirá el botón del timbre, habrá un sonido corto y alusivo que reconoceré, iré a abrir, así sea con cierta lentitud y repugnancia: por más que invocada y esperada, la suya es una visita poco agradable. La sorpresa inicial consistirá en verlo presentarse bajo la apariencia de niña cuyo pelo tira al rubio, de descoloridos ojos celestes, nariz de aletas fruncidas, boca desdeñosa. Vestirá un voluminoso abrigo blanco de piel sintética; me llamará la atención el hecho de que ese abrigo no esté empapado, puesto que llueve torrencialmente: es lógico, el diablo fabrica esa piel, pero no lleva la perfección hasta el punto de empaparla. De pronto me dirá, con voz argentina y petulante:
      —He venido a encontrarte, ¿qué estás haciendo?
      —Ya lo ves —contestaré—, nada. Y tú, en todo caso, ¿de dónde vienes?
      Hará un gesto vago:
      —Vivo aquí al lado, en esta misma callejuela. Mi madre salió, y aproveché su ausencia para hacerte una visita.
      No diré nada, pensaré que todo es mentira: la madre, la callecita, la visita; pero concordante con la metamorfosis en niña. Después le pregunté:
      —¿Por qué cojeas?
      —Me lastimé, me caí por la escalera mientras llevaba la botella de leche. —A continuación se sacará el abrigo, diciendo—: Pero hace mucho calor aquí dentro. ¿Siempre tienes encendida la estufa?
      Observaré que está vestida con una camisa mínima y una pollera cortísima; el resto son puras piernas, robustas, largas, musculosas piernas de mujer. Sobre el pecho le colgará un pendiente extraño, una garra encapsulada en oro. Podría ser una garra de un león, como se ven tantas en África; pero los leones tienen garras claras, y ésta en cambio es negra.
      Mientras la miro, la niña dará vueltas por el cuarto, haciendo una cantidad de preguntas sobre tal o cual objeto, tal como lo hacen los niños. Esto, ¿qué es? ¿Para qué sirve esto? Esto, ¿por qué lo tienes? ¿Y quién te dio esto? Y así sucesivamente. Serán objetos de los más comunes; pero yo estaré atento, sospechando todo el tiempo que pronto pasará de los objetos insignificantes a los significativos. Y, en efecto, de pronto abrirá un cajón de la mesa de noche y llevará la pequeña mano a empuñar la culata del revólver.
      —¿Y esto para qué sirve?
      —Sirve para defenderse.
      —¿Y eso qué quiere decir?
      —Defenderse disparando.
      —¿Disparando?
      —Sí. ¿Ves estos agujeros? En cada agujero hay un proyectil. Cuando se aprieta el gatillo, la bala sale a gran velocidad del cañón y va a clavarse en algún sitio, supongamos en ese armario, y hace un gran agujero, porque tiene mucha fuerza de impacto.
      —Y si en vez del armario es una mujer, un hombre o un niño, ¿qué sucede entonces?
      —Alguien quedará herido. O quizás morirá.
      —¿Y tú le disparaste alguna vez a alguien?
      Permaneceré callado un momento, diciéndome que la máscara ya ha sido hecha a un lado y que el interrogatorio va tomando la dirección prevista; después diré:
      —Sí, para defenderme. Pero una sola vez.
      Y ella, saltando inmediatamente a la última consecuencia:
      —Entonces, esa persona murió. ¿Qué era, una niña como yo?
      —No, era un hombre.
      —¿Un hombre malo?
      —Quién sabe. No lo conocía.
      —¿Entonces le disparaste porque no lo conocías?
      —Digámoslo, si quieres, así.
      —Y el segundo hombre, ¿por qué le disparaste?
      —No, nada de segundo hombre, no hubo un segundo hombre.
      —¿No tuviste el coraje de dispararle al segundo hombre?
      —¿Qué dices? Te lo repito: no hubo ni habrá un segundo hombre.
      No me responderá; dará aun otras vueltas por el cuarto, después irá a sentarse a la pequeña mesa, frente a la máquina de escribir, y dirá:
      —¿Qué es esto?
      —Ya lo ves, una máquina de escribir.
      —¿Y qué escribes?
      —Mis trabajos.
      —Bueno, déjame escribir algo también a mí.
      —Escribe, entonces.
      Se sentará a la mesita y lentamente, con aplicación, oprimiendo las teclas con un solo dedo, escribirá algo en la hoja. Yo iré a mirar y, por encima de la cabeza inclinada, veré formarse la siguiente frase: «¡No tienes coraje!». Terminará de escribir, bajará de la silla y empezará a saltar por el cuarto repitiendo, como un estribillo:
      —¡No tienes coraje, no tienes coraje!
      —Si no acabas con eso —le diré yo— te echo de aquí.
      Pero ella, siempre a los saltitos:
      —¡No tienes coraje, no tienes coraje!
      Entonces iré a la puerta y apoyaré la frente en el vidrio. Veré la azotea, encajada entre otras azoteas más bajas y más altas, y en la luz tenue y opaca de la lluvia, exactamente delante de mí, un refinado campanario barroco. Precisamente bajo la galería de las campanas, vislumbraré una gran lápida transversal que, vaya a saber uno por qué, nunca vi antes. Entonces leeré, grabado en grandes letras antiguas, en la piedra amarilla y picada, pulida por las lluvias: Errare humanum est, perseverare diabolicum. Bajo esta sentencia, entreveré otras palabras en latín, la fecha, el lugar, el nombre del personaje que puso la lápida.
      En ese momento, escucharé a mis espaldas la voz de la niña, que dirá:
      —Ahora vuelvo con mi mamá. A esta hora ya debe estar preocupada por mí, por no haberme encontrado en casa.
      Mecánicamente, sin volverme, le contestaré:
      —Sí, vete al infierno.
      En seguida, escucharé su voz, pero la verdadera, responderme con calma:
      —Iré, no lo dudes; pero contigo.
      Exclamaré yo, pero siempre sin volverme:
      —¡Te revelaste, por fin! Una niña, ¿eh? ¿Y cómo será, si me haces el favor de decírmelo, ese infierno? ¿Fuego, chirriar de dientes, hedor a carne quemada?
      —Será la repetición de aquello que ya sabes.
      —Pero ¿quién te dijo, ante todo, que volveré a hacer lo mismo? ¿Y cómo sabes, en segundo lugar, que repetirlo constituirá para mí un tormento infernal?
      —Nada de eso, ningún tormento. Estarás bien y, dentro de los límites de la humanidad común, incluso te sentirás feliz.
      —Entonces, ¿por qué dices que eso será el infierno?
      —El infierno no consiste en sufrir más. Es repetir lo ya hecho y, a lo largo de las repeticiones…
      —¿Seguir siendo el mismo?
      —No. Por lo contrario. Convertirse en otro.
      —En otro: no entiendo.
      —Sin embargo, es simple. Si cometes un error, reconoces haberlo cometido, eres siempre el mismo; si no lo reconoces, y en cambio cometes otro error idéntico, eres otro.
      —¿En qué modo otro?
      —Sin tener siquiera el recuerdo del hombre que eras antes de repetir el error.
      —Ah, es por eso que, hace un momento, canturreabas «no tienes coraje, no tienes coraje».
      —Lo comprendiste, por fin.
      —En suma, ¿qué querías decirme?
      —Quería decir que tú me invocaste, me propusiste venderme lo que sabes, a cambio de que yo te haga reiniciar la vida en el instante mismo en que sucedió lo que sucedió. Yo vine y te contesto: puedo satisfacerte, pero en una sola forma, haciendo que te transformes en otro a lo largo de la repetición.
      —Pero, como primera medida, deberías encontrar argumentos convincentes para hacerme repetir lo hecho.
      —Por eso no te inquietes: soy maestro en el arte de encontrar argumentos.
      —La repetición. Hace un instante miré afuera y vi, por primera vez, esa lápida que está allá. Donde se dice precisamente que repetir es diabólico.
      —Y bien, no hacía falta la frase latina para comprenderlo. Bastaba un momento de reflexión.
      —Supongamos que yo repita. ¿No podría acaso reconocer por segunda vez que me he equivocado?
      —Ah, no, no, es demasiado cómodo. ¿Y yo con qué me quedaría? ¿Con un trozo de papel?
      —No estoy de acuerdo con el pacto, de modo que vete, hablaremos de nuevo.
      —Me invocaste diciendo que no soportabas más ser lo que eres, te declaraste dispuesto a ser otro, quienquiera que fuese el otro. ¡Y en cambio ahora me dices que hablaremos de nuevo!
      —Quisiera ser otro, sí, pero con el recuerdo de haber sido lo que soy.
      —No puedo hacer cosas así. ¿Con qué me quedaría yo?
      —Entonces, una vez más, vete.
      —Volveré. Pronto.
      En ese momento se producirá un breve silencio; después la voz de la niña dirá:
      —Es tarde, me vuelvo con mamá. Adiós.
      Me volveré, y la niña, ya enfundada en su piel sintética, vendrá a echarme los brazos al cuello, a besarme en las mejillas. No devolveré los besos; le abriré la puerta, la veré irse por el rellano; notaré, una vez más, que cojea.
      Esta fantasía me vuelve a diario y yo, reiterándola, la profundizo, la enriquezco. Ahora, por ejemplo, mientras me cocino un par de huevos en la hornilla, imagino que en vez de la niña, quien toca el timbre de mi puerta es la estudiante del primer piso, una hermosa muchacha pálida, de ojos verdes. Vendrá con un pretexto cualquiera, charlaremos, ella se quedará, todo terminará del modo previsto y previsible. Después, en el momento de máximo abandono, veré que le cuelga sobre el pecho el pendiente de la garra negra. Y cuando totalmente desnuda vaya de la cama a la ventana y, mirando afuera, exclame: «¡Qué hermosa terraza tienes, cuántos lindos tiestos de flores, qué magnífico campanario!», advertiré que cojea un poco. Cojeando girará por la pieza, como hacen a veces las mujeres en casa de un hombre nuevo, después abrirá el cajón…



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