Amos Oz
(Jerusalén, Israel, 1939-)


Nómadas y víbora (1963)
(“Nomad and Viper”)
ארצות התן
Where the Jackals Howl and Other Stories
(Jerusalem: Massada Ltd., 1966)



1

      El hambre los trae.
       Por miedo al hambre huyen hacia el norte, ellos y sus rebaños polvorientos. De octubre a marzo, en el desierto del Néguev no ha habido ni un día de lluvia para aliviar la maldición. La tierra arcillosa se ha pulverizado. El hambre se ha propagado por los campamentos y ha hecho estragos en los rebaños de los nómadas.
       Las autoridades militares se han apresurado a analizar la situación. Pese a las numerosas dudas, han decidido abrir a los beduinos los caminos que conducen al norte: no se puede exponer a toda una población, hombres, mujeres y niños, a los horrores del hambre.
       Oscuras, delgadas y musculosas avanzan las tribus del desierto a lo largo de los caminos de tierra arrastrando al ganado. Su ruta serpentea por barrancos ocultos a los ojos de los sedentarios. Un persistente flujo corre hacia el norte, rodeando los lugares habitados, mirando con los ojos abiertos de par en par las imágenes de la tierra poblada. El ganado negro se dispersa por los rastrojos amarillentos y los devora con dientes fuertes y vengativos. La marcha de los nómadas es secreta, contenida, oculta a las miradas. Se esfuerzan en no toparse contigo. Desean minimizar su presencia.
       Tú te cruzas con ellos con un tractor ruidoso, les arrojas nubes de polvo, y ellos agrupan amablemente a los animales y te dejan un paso ancho, más ancho de lo necesario. Desde la distancia, te miran fijamente. Se quedan petrificados como estatuas. Y el aire asfixiante del desierto difumina sus rasgos y les da a todos el mismo aspecto, un pastor y su cayado, una mujer y su hijo, un anciano y sus ojos perdidos en las profundidades de las cuencas. Algunos están medio ciegos, o tal vez solo lo finjan con un vago propósito mendicante. Un propósito que alguien como tú jamás comprenderá.
       Su pobre ganado no es como el nuestro: una maraña de animales de pelo ralo, apretados, cobijados unos en otros, apiñados en un amasijo oscuro y tembloroso. Un rebaño silencioso, humilde como sus mudos pastores.
       Los camellos son los únicos que rechazan la sumisión. Desde lo alto de su cuello clavan en ti una mirada fatigada, triste y burlona. Hay como una vieja sabiduría en los ojos de los camellos, y cómo llamar a ese ligero y constante temblor que recorre la piel de esos camellos.

       A veces consigues sorprenderlos. Cuando atraviesas a pie los campos, puedes toparte con un rebaño perezoso que permanece inmóvil, bajo el sol abrasador del mediodía, como si hubiese echado raíces en la árida tierra. Y en el centro duerme el pastor, oscuro como un bloque de basalto. Te acercas y arrojas una intensa sombra sobre él. Te sorprendes al comprobar que tiene los ojos abiertos. Enseña casi todos sus dientes en una sonrisa lisonjera. Unos brillan y otros están podridos. Su olor te golpea. Frunces la nariz y los labios. La mueca de tu cara actúa en él como un puñetazo. Se levanta con un movimiento suave, y se queda en pie con la espalda encorvada y los hombros caídos. Le clavas una mirada azulada, fría. Él amplía la sonrisa y suelta alguna sílaba gutural. Su vestimenta es una mezcla, una chaqueta europea, corta y de rayas, encima de una túnica blanca del desierto. Ladea la cabeza. Una luz aplacada cruza de vez en cuando por sus ojos. Si no le reprendes, de pronto alarga la mano izquierda y en un hebreo rápido pide un cigarro. Su voz tiene un tono sedoso, como el de una mujer tímida. Si ese día estás de buen humor, te pones un cigarro entre los labios y arrojas otro a su mano cuarteada. Tu sorpresa es mayúscula cuando, del fondo de su túnica, saca un mechero dorado y te ofrece una repentina llama. La sonrisa no se borra de sus labios. Una sonrisa demasiado prolongada, una sonrisa insulsa. Un rayo de sol se refleja en el grueso anillo de oro que corona su dedo y salta a tus ojos parpadeantes.
       Al final das la espalda al nómada y sigues tu camino. Tras cien, tras doscientos pasos, vuelves la cabeza y lo ves ahí parado, tal y como estaba, atravesando tu espalda con la mirada. Puedes jurar que aún está sonriendo. Y que seguirá sonriendo durante un buen rato.

       Y también, sus cánticos cada noche. Una especie de lamento triste y prolongado flota en el aire desde el anochecer hasta la madrugada. Las voces penetran por los caminos y los jardines del kibutz y enriquecen nuestras noches como con una indescriptible pesadez. En cuanto te vas a la cama por la noche, un tambor lejano marca el ritmo de tu sueño, como los latidos de un obstinado corazón. Las noches son cálidas y están cubiertas por un velo de neblina. Jirones de nubes besan la luna como caravanas de ligeros camellos, camellos sin cencerro.
       Las tiendas de los nómadas están hechas de telas negras. Mujeres descalzas deambulan por allí de noche sin que se las oiga. Los perros de los nómadas, flacos y perversos, salen del campamento y provocan a la luna durante toda la noche. Sus ladridos desquician a los perros del kibutz. Uno de nuestros mejores perros enloqueció una noche, irrumpió en el gallinero y causó estragos entre los polluelos. Los vigilantes nocturnos no le dispararon por maldad. No les quedó más remedio. Cualquiera en su sano juicio justificaría lo que hicieron.



2

      Tal vez pienses que las incursiones de los nómadas enriquecen nuestras noches asfixiantes con una dimensión poética. Tal vez lo vean así algunas jóvenes sin pareja. Pero nosotros no podemos pasar por alto la sucesión de incidentes prosaicos e incluso horrendos, como la enfermedad de la boca y de las pezuñas, como el destrozo de las parcelas y la plaga de pequeños hurtos.
       La enfermedad llegó del desierto, la portaban en la saliva los animales abandonados a los que jamás se les había realizado una revisión veterinaria en condiciones. Aunque nos apresuramos a adoptar medidas de prevención, la epidemia contagió a nuestro rebaño y a nuestras vacas, afectó gravemente a la producción de leche y también mató a algunos animales.
       Respecto a las parcelas destrozadas, debemos reconocer que jamás logramos atrapar a ningún nómada con las manos en la masa. Tan solo encontramos huellas de personas y de animales en los huertos, en los campos de forraje e incluso en lo más profundo de los campos de frutales bien vallados. Así como maliciosos desperfectos en los tubos de riego, en los banderines que señalan los linderos de las parcelas, en los aperos de labranza dejados en el campo y en otros utensilios.
       La verdad es que nosotros no somos comedidos, no creemos en la moderación o en el vegetarianismo. Esto se refiere sobre todo a los jóvenes del kibutz, pues entre los fundadores hay algunos que se aferran a las ideas de Tolstói o a otras semejantes. Para no sobrepasar los límites del buen gusto no detallaré aquí los aislados actos de represalia que, de forma excepcional, cometieron algunos jóvenes a los que se les acabó la paciencia, robo de ganado, apedreamiento de un joven nómada sospechoso y aporreo de un pastor junto a los grifos en la parcela más oriental hasta dejarlo inconsciente. En defensa de los que perpetraron ese último acto de venganza diré sinceramente que el pastor en cuestión tenía una cara maquiavélica: tuerto, babeante, con la nariz partida y unas mandíbulas —eso lo juraron al unísono todos los que participaron en aquel acto— de las que salían unos dientes largos, afilados y curvados como los de un zorro. Alguien con ese aspecto es capaz de cualquier abominación. Y sin duda no olvidarán la lección.

       El asunto de los hurtos es el que más nos preocupa. Cogen la fruta de los árboles antes de madurar, arrancan los grifos, merman los montones de sacos vacíos del campo, se cuelan en los gallineros y hasta sustraen los modestos objetos de valor que hay en nuestras pequeñas casas.
       La propia oscuridad es cómplice de sus crímenes. Raudos como el viento entran los nómadas en el recinto, y de nada nos sirven los vigilantes que ya teníamos apostados, ni los refuerzos enviados después. Hay veces que, montado en un tractor o conduciendo un jeep destartalado, sales casi a medianoche a cerrar los grifos de riego en un campo alejado y las luces de tus faros atrapan de pronto unas sombras furtivas, de personas o de animales nocturnos. Un vigilante furioso decidió una noche usar su arma, y mató en la oscuridad a un chacal extraviado.
       Evidentemente, la secretaría del kibutz no se quedó de brazos cruzados. En una o dos ocasiones, Etkin, el secretario, presionó a la policía para que actuara. Pero los sabuesos traicionaron o defraudaron a los policías: los condujeron unos pocos pasos fuera del recinto del kibutz y, después, levantaron los hocicos negros, lanzaron gemidos salvajes y se quedaron embobados con la mirada perdida.
       Las incursiones por sorpresa que se realizaron en los andrajosos campamentos no sirvieron de nada, era como si la propia tierra hubiese decidido encubrir el pillaje y mostrarse insolente con las víctimas. Al final, el anciano jefe de la tribu fue capturado y conducido a la secretaría del kibutz flanqueado a derecha e izquierda por dos nómadas impasibles, mientras los impacientes policías los empujaban y les decían una y otra vez yallah, yallah, vamos.
       Nosotros, los miembros de la secretaría, nos comportamos con educación y respeto con el anciano y sus hombres. Les pedimos que se sentasen en el banco, fuimos amables, les ofrecimos café humeante que había preparado Geulá por petición expresa de Etkin. El anciano, por su parte, nos respondió con grandes muestras de agradecimiento y buenos deseos, y también nos regaló una prolongada y constante sonrisa desde el principio hasta el final de la conversación. Se expresó en un hebreo esmerado y formal.
       Era cierto, algunos jóvenes de la tribu se habían apropiado de nuestras pertenencias. Para qué engañarnos. Los jóvenes no tenían educación, y el mundo era cada vez más horrendo. Por tanto, quería pedir respetuosamente nuestro perdón y devolver las pertenencias robadas. Lo robado clava sus dientes en la carne del ladrón, como dice el proverbio. Así eran las cosas, no había nada que hacer contra la inconsciencia de los jóvenes. Sentía mucho las molestias y los sinsabores que nos habían causado.
       Dicho lo cual metió la mano entre los pliegues de su manto y sacó de allí varios grifos, unos brillantes y otros oxidados, dos tijeras de podar, una hoja de cuchillo suelta, una linterna de bolsillo, un martillo roto y tres billetes mugrientos, en compensación por los daños y perjuicios.
       Etkin alargó la mano perplejo. Por razones que solo él conoce, decidió prescindir del hebreo usado por el invitado y responderle en un árabe poco fluido, un vestigio de lo aprendido durante la época de los disturbios y del sitio de la ciudad. Etkin empezó a hablar con acierto y claridad sobre la hermandad entre los pueblos, que era la piedra angular de nuestra ideología, y sobre la buena vecindad, de la que los pueblos de Oriente se sentían orgullosos desde tiempos inmemoriales y de la que, con mayor motivo, debían hacer gala en días de derramamientos de sangre y de odio gratuito.
       En justicia hay que decir que Etkin no dudó en detallar ante el invitado la lista exacta de hurtos, pérdidas y daños que el propio invitado —sin duda por descuido— había evitado mencionar y por los que no se había disculpado. Si se devolvía todo lo robado y cesaba de una vez por todas el vandalismo, nosotros estábamos dispuestos de corazón a pasar página y a entablar de nuevo unas buenas relaciones vecinales. Por supuesto sería provechoso e instructivo para nuestros hijos realizar una visita de cortesía al campamento beduino, de esas que ayudan a ampliar horizontes. Ni que decir tiene que, tras esa visita, habría otra de los niños de la tribu a nuestro kibutz, para profundizar así en el conocimiento mutuo.
       El anciano, vigilando que su sonrisa no se ampliase ni disminuyese ni un milímetro, comentó con gran profusión de cumplidos que los señores del kibutz no podrían presentar ninguna prueba de otros robos, fuera de los que ya había reconocido y por los que había pedido perdón. Selló sus palabras con muestras de agradecimiento, nos deseó salud, larga vida, una gran descendencia y una tierra de abundancia, se despidió y salió con sus dos acompañantes descalzos y cubiertos por mantos oscuros, y nada más cruzar el cercado del kibutz fueron tragados por el wadi.
       Como la policía no fue de ninguna utilidad e incluso abandonó la investigación, algunos jóvenes propusieron atacar a los salvajes por la noche y darles una buena lección en el idioma al que estaban acostumbrados y que mejor entendían.
       Etkin rechazó la propuesta con indignación y también con argumentos razonables. Durante la discusión, los jóvenes le espetaron a Etkin varias cosas que no voy a detallar para no sobrepasar el límite del buen gusto. Es extraño que Etkin se contuviese ante tal ofensa y que incluso le pareciese conveniente complacerles y prometerles que la propuesta se debatiría en la secretaría del kibutz. Tal vez temía que se diese rienda suelta a los más bajos instintos.
       Al atardecer, Etkin fue de casa en casa convocando a los miembros de la secretaría a una reunión urgente a las ocho y media. Cuando llegó a la habitación de Geulá, le habló de lo que pensaban los jóvenes y de la presión antidemocrática a la que le habían sometido, y le pidió que llevase a la reunión de la secretaría una jarra de café y mucha buena voluntad. Geulá respondió con una amarga sonrisa. Tenía los ojos lánguidos, porque, al llegar, Etkin la había despertado de un sueño turbulento. Mientras se cambiaba de ropa, cayó la tarde, húmeda, cerrada y ardiente.



3

      Húmeda, cerrada y ardiente cayó la tarde sobre las casas del kibutz, se enredó en los cipreses polvorientos, oprimió las parcelas de césped y los arbustos. Los aspersores comenzaron a rociar agua sobre la hierba sedienta, pero el agua era absorbida al instante, o puede que se evaporase antes incluso de tocarla. En la secretaría cerrada, un teléfono nervioso sonaba y sonaba inútilmente. De las paredes de todas las casas emanaba un vapor húmedo. Y por la chimenea de la cocina se elevaba hacia el cielo un hilo de humo recto como una flecha, porque no soplaba ni una gota de viento. Desde los fregaderos grasientos llegó un grito. Se había roto un plato y alguien se había cortado. Un gato gordinflón mató una lagartija o una culebra, arrastró su presa hacia el ardiente camino de cemento y jugueteó perezosamente con ella bajo la espesa luz del atardecer. Un viejo tractor rugió en un cobertizo, se ahogó, soltó una fuerte peste a carburante, carraspeó, y al final logró moverse y llevar la cena a los que hacían el segundo turno en uno de los campos más alejados. Geulá vio junto al árbol del paraíso una botella manchada de restos de un líquido grasiento. Le dio una patada y luego otra, pero la botella, en vez de estallar, rodó lentamente hacia los rosales. Arrojó una piedra grande. Intentó darle a la botella. Deseaba romperla. La piedra no dio en el blanco. La joven empezó a silbar una melodía indefinida.
       Geulá es una chica bajita, enérgica, de unos veintinueve años. Aunque aún no ha encontrado marido, no hay nadie en el kibutz que no aprecie sus grandes cualidades, como su absoluta dedicación a los problemas sociales y a las actividades culturales. Tiene la cara pálida y delgada. Es única preparando un café fuerte al que nosotros llamamos café que resucita a un muerto. Tiene dos permanentes surcos de amargura en las comisuras de los labios.
       Las tardes de verano, mientras nosotros nos tumbamos en grupo sobre una manta colocada en el césped y lanzamos al cielo chistes y gorgoritos mezclados con humo de tabaco, Geulá se encierra en su habitación y no se une a nosotros hasta haber preparado una jarra llena de café fuerte y abrasador. Y también es ella la que siempre se preocupa de que no falten galletas.

       Lo que hubo entre Geulá y yo no viene al caso, y tan solo voy a hacer alguna pequeña alusión a ello. Hace mucho tiempo, Geulá y yo paseábamos juntos hacia los campos de frutales al anochecer, y charlábamos. Eso fue hace tiempo, y hace tiempo que acabó. Solíamos exponer ideas poco convencionales sobre la sociedad o discutir sobre la joven literatura. Los juicios de Geulá eran severos, a veces incluso despiadados, y me dejaban muy desconcertado. No le gustaban mis relatos por la extrema polarización de las situaciones, los paisajes y los personajes: faltaban tonos intermedios entre la luz y la oscuridad. Yo me justificaba o me defendía, pero Geulá siempre tenía pruebas, y también solía pensar de una forma muy metódica. A veces yo me atrevía a posar una mano reconciliadora sobre su nuca a la espera de que se calmase. Pero ella no conocía el descanso. Si se apoyó una o dos veces en mí, siempre lo hizo echando la culpa a una sandalia rota o a un dolor de cabeza. Y así fue como lo dejamos. Todavía suele recortar mis relatos de las revistas y colocarlos en archivadores dentro de un cajón dedicado exclusivamente a ellos.
       Y yo aún sigo comprándole para su cumpleaños el nuevo libro de alguno de los jóvenes poetas. Cuando ella no está, me cuelo en su habitación y dejo el libro sobre la mesa, sin dedicatoria, sin felicitación, sin nada. A veces coincidimos por casualidad en alguna mesa del comedor. Mis ojos huyen de su mirada, para no contagiarse de su tristeza burlona. Los días calurosos, cuando las caras se empapan de sudor, los granos de acné enrojecen en sus mejillas y ella parece haber perdido la esperanza. Con la llegada del otoño y del frescor, a veces, desde la distancia, la encuentro hermosa y atractiva. Esos días, Geulá suele salir al anochecer hacia los campos de frutales. Va sola y regresa sola. Algunos jóvenes, con una sonrisa maliciosa, me preguntan qué busca ella allí. Yo les respondo que no lo sé, y realmente no lo sé.



4

      Movida por el odio, Geulá cogió otra piedra para lanzarla contra la botella. En esa ocasión no falló, pero tampoco logró oír el estallido que deseaba oír: la piedra dio en la botella, produjo un sonido débil, y la botella fue a parar bajo uno de los rosales. Una tercera piedra, más grande y pesada que las dos anteriores, fue lanzada a una distancia irrisoria: la joven pisó la mullida tierra y se colocó justo encima de la botella. En esa ocasión se produjo un estallido seco, estridente, que no supuso ningún alivio, ningún descanso. Había que salir.
       Húmeda, cerrada y ardiente cayó la tarde, y el ardor se clavó en la carne viva como fragmentos de cristal. Geulá volvió sobre sus pasos, pasó por delante del porche de su casa, arrojó dentro las sandalias y bajó descalza por el sendero de tierra.
       Las plantas de sus pies se deleitaron con los terrones de tierra. La rugosa y áspera fricción hizo que sus terminaciones nerviosas temblaran y produjeran una estimulante excitación. Al otro lado de la colina rocosa la aguardaban las tinieblas: el campo de frutales con las últimas luces del día. El olor de los frutos en proceso de maduración y de los frutos a punto de estallar y el olor de la hojarasca muerta sobre la tierra. Con dedos decididos ensanchó la joven la brecha de la alambrada y pasó al otro lado. En ese mismo instante empezó a soplar una suave brisa.
       Era una templada brisa veraniega sin dirección definida. Y un sol viejo rodaba hacia el oeste como anhelando ser absorbido por los horizontes polvorientos. Por el camino de tierra, el último tractor regresaba resoplando desde las parcelas más alejadas. Seguro que era el tractor que había llevado la cena a los que hacían el segundo turno. Y parecía envuelto en humo o en neblina de verano.
       Geulá se agachó y recogió algunas piedras pequeñas del suelo. Y a continuación, como abstraída, empezó a arrojarlas otra vez al suelo. En sus labios, versos de poemas, versos de jóvenes poetas que le gustaban y también suyos propios. Se detuvo junto al tubo de riego, se inclinó, bebió agua como si besase el grifo. Pero el grifo estaba oxidado, el tubo aún abrasaba y el agua estaba templada y asquerosa. Pese a todo, agachó la cabeza y dejó que el agua le corriese por la cara y por el cuello y por debajo de la camisa. Un sabor amargo, un sabor a óxido y a polvo húmedo llenó su garganta. Cerró los ojos y se quedó inmóvil. Ni frío. Ni frescor. Tal vez una tacita de café. Pero solo después del campo de frutales. Ahora hay que irse.



5

      Los campos de frutales están pletóricos. Las ramas cargadas se enredan unas en otras, se unen por encima de las hileras de árboles y forman un dosel sombrío. Y debajo, la tierra regada conserva una latente humedad. Sombras y más sombras a los pies de los troncos nudosos. Geulá arranca una ciruela, la huele, la estruja. Un jugo espeso sale de ella. La imagen marea a la joven. Y el olor. Estruja otra ciruela. Arranca otra y la frota contra su mejilla hasta que la sangre la salpica. Después, de rodillas, recoge una rama seca y dibuja formas en la tierra. Líneas y curvas sin sentido. Ángulos agudos. Arcos. Un mugido lejano penetra en el campo de frutales. Se intuye un vago sonido como de cencerros. Geulá está a lo suyo. El nómada se detiene detrás de ella, silencioso como la niebla. Escarba en la tierra con los dedos de los pies. Su sombra cae delante de él.
       Pero la emoción ciega los ojos de la joven. Ni oye ni ve. Durante un buen rato continúa arrodillada y dibujando formas con la rama. El nómada la aguarda con paciencia y en completo silencio. De cuando en cuando cierra su ojo bueno y mira fijamente con el otro ojo, el ciego. Al final alarga la mano y le hace al aire una larga caricia. Su sombra le obedece y tiembla sobre el suelo. Geulá se asusta, da un salto, se apoya en el árbol más cercano, emite un sonido casi inaudible. El nómada relaja los hombros y muestra una débil sonrisa. Geulá levanta el brazo y pincha el aire con la rama que aún tiene en la mano. El nómada mantiene la sonrisa. Su mirada se dirige a los pies descalzos de la joven. Su voz es callada y el hebreo fluye de su boca con extraña suavidad.
       —¿Qué hora es?
       Geulá toma aire, todo el que le cabe en los pulmones, su semblante se afila, sus ojos se llenan de frialdad. Y responde en tono seco y con voz clara.
       —Son las seis y media. En punto.
       El árabe amplía su sonrisa y se inclina un poco, como agradeciendo un gran favor.
       —Muchas gracias, señora.
       Mientras tanto, los dedos de sus pies descalzos se clavan en la tierra húmeda, y los terrones se mueven como si por debajo escarbase un topo asustado.
       Geulá se apresura a abrocharse el botón del cuello de la camisa. Se ven grandes manchas de sudor en la zona de las axilas. Huele el sudor de su propio cuerpo y sus fosas nasales se dilatan. El nómada cierra su ojo ciego. Alza la cabeza. El ojo abierto parpadea. Su piel es muy oscura, está viva y caliente. Hay surcos grabados en sus mejillas. Es el hombre más extraño que Geulá ha visto jamás, y tiene un olor, un color y una respiración igual de extraños. Su nariz es fina, alargada, puede que un poco curvada, con una sombra de bigote debajo. Sus mejillas parecen hundirse hacia el interior de la boca. Y los labios, asombrosamente perfilados y delicados, mucho más finos que los de ella. Pero el mentón es enérgico, casi expresa desprecio o rebeldía.
       Este hombre posee una belleza repulsiva, concluye Geulá.
       Sin darse cuenta, responde con media sonrisa burlona a la persistente sonrisa del nómada. A continuación, el beduino saca de algún bolsillo oculto en su fajín dos cigarros arrugados, los coloca sobre su mano negra, extendida como para darle semillas a un gorrión, y le ofrece la mano a la joven. Ella recoge su sonrisa, asiente dos veces y coge un cigarro. Lo alisa con los dedos, despacio, como soñando, quita las arrugas, lo estira, y solo entonces se lo acerca a los labios. Antes de poder comprender el significado del brusco gesto del nómada, centellea delante de ella una pequeña llama. Geulá cubre con la mano el mechero que el hombre tiene entre los dedos, pese a que no sopla ni una ráfaga de viento en el campo de frutales, chupa de la llama, cierra los ojos. El nómada enciende también el otro cigarro y hace una educada reverencia.
       —Muchas gracias —dice con su voz de seda.
       —Gracias —responde Geulá—, gracias a ti.
       —¿Eres del kibutz?
       Geulá asiente con la cabeza.
       —Bieeen —una sílaba alargada sale de entre sus dientes amarillos—, eso está bieeen.
       La joven observa su manto oscuro, desértico:
       —¿No tienes calor con eso?
       El hombre le responde con una sonrisa confusa, culpable, como si le hubiesen pillado en una falta. También da un ligero e imperceptible paso atrás.
       —No hace nada de calor, en absoluto. De verdad que no. ¿Por qué? Hay aire, hay agua… —Y se calló.
       Las copas de los árboles ya van oscureciéndose. El primer chacal olfatea la cercanía de la noche y lanza un aullido cansado. El campo de frutales se llena de pequeñas y atareadas pisadas. De repente, Geulá distingue montones de destructivas cabras negras siguiendo a su amo. Sin hacer el menor ruido flotan entre los frutales. Geulá frunce los labios y lanza un brusco silbido de sorpresa.
       —¿Qué estás haciendo aquí? ¿Robar?
       El nómada se encoge como si le hubiese alcanzado una piedra. Empieza a golpearse el pecho con el puño hasta que resuena como una especie de salva.
       —No, robar no, en absoluto. De verdad que no —dice, y añade juramentos en su idioma y vuelve a sonreír en silencio.
       Su ojo ciego parpadea como con un tic nervioso. Y, entre tanto, llega una cabra flaca y empieza a rumiar a sus pies. Él la ahuyenta con una patada cruel y repite sus vehementes juramentos.
       —Robar no, de verdad, por Allah, robar no. ¡Está prohibido! ¡Está prohibido robar!
       —Lo prohíbe la Biblia —responde Geulá con una sonrisa malvada y seca—. Prohibido robar. Prohibido matar. Prohibido codiciar y prohibido cometer adulterio. Los justos están libres de toda sospecha.
       El árabe se encoge ante tal aluvión de palabras, y clava la vista en el suelo. Avergonzado. Culpable. Sus pies siguen pisoteando sin descanso los terrones desmenuzados. Quiere hacer las paces. Su ojo ciego se reduce mucho y, por un instante, Geulá se asusta: ¿eso es un guiño? También la sonrisa desaparece de los labios del hombre. Su voz es susurrante, dilatada, como si entonase una oración.
       —Eres una chica guapa, de verdad, muy guapa. Yo aún no tengo chica. Aún soy pequeño. Aún no hay chica. ¡Yaaa! —Concluye con un grito gutural dirigido a una cabra impertinente que tiene las patas delanteras apoyadas en el tronco de un árbol y mordisquea las hojas a dos carrillos. El animal mira a su amo con ojos pensativos y escépticos, mueve la barba de arriba abajo y vuelve a devorar el follaje con solemnidad.
       Sin previo aviso, con fascinante flexibilidad, el pastor salta por los aires, agarra a la cabra, la levanta por encima de su cabeza, suelta un grito feroz, aterrador, y arroja a la cabra al suelo sin piedad. Al final escupe y se dirige a la joven.
       —Es un animal —se disculpa—, un animal. No hay nada que hacer. No tiene cerebro. No tiene educación.
       La joven se aparta del tronco sobre el que ha estado apoyada hasta ese momento y se inclina hacia el nómada. Un dulce escalofrío recorre su espalda. Su voz aún es firme y fría.
       —¿Otro cigarro? —pregunta—. ¿No tendrás otro cigarro?
       El beduino la mira apenado, casi con desesperación. Lo lamenta. Explica que no tiene más, ni uno solo, ni uno pequeño. Nada. No quedan. Lo siente mucho. Con gusto le ofrecería. No hay. Se han acabado los cigarros.
       Entre tanto, la cabra golpeada se levanta tambaleándose. Dando un rodeo precavido, astuto, regresa al tronco. Por el rabillo del ojo vigila lo que hace su amo, disimulando. El pastor la observa sin moverse. La cabra se alza, apoya las pezuñas en el tronco y vuelve a rumiar tranquilamente. Entonces, el árabe coge una piedra grande y alza la mano con furia. Geulá le sujeta el brazo y le refrena.
       —Basta. ¿Por qué? Déjala. No comprende nada. Es un animal. No tiene cerebro. No tiene educación.
       El nómada obedece. Deja caer la piedra con absoluta sumisión. Entonces Geulá le suelta el brazo. Él vuelve a sacar de su fajín el mechero. Con dedos finos y pensativos, juguetea con él. Una llama diminuta sale por casualidad, y él se apresura a soplarla. El fuego se ensancha un poco, se ladea, se extingue. Después, muy cerca de allí, un chacal lanza un gemido intenso y penetrante. Entre tanto, todas las cabras se han unido a la primera y están absortas, rumiando con celeridad, casi con ira.
       Una especie de lamento ahogado sale de los campamentos beduinos situados en el extremo sur, y el grave sonido del tambor marca el ritmo de ese prolongado suspiro. Los hombres oscuros se sientan junto a las hogueras y lanzan al cielo una canción de una sola nota. La noche acoge la canción y responde con humildes cantos de grillos. Las últimas luces declinan por el extremo oeste. El campo de frutales se queda a oscuras. Llegan sonidos desde todas partes, el murmullo del viento, la respiración de las cabras y el susurro de la hojarasca. Geulá frunce los labios y silba una vieja melodía. El nómada la escucha, concentrado, absorto, ladea la cabeza lleno de admiración y abre un poco la boca. Ella se mira el reloj. Las manecillas parpadean con un destello fosforescente, verdoso, venenoso, y no dicen nada. Es de noche.
       Y después, el árabe le da la espalda, cae de rodillas, pega la frente al suelo y emite un balbuceo regular y constante.
       —Aún no tienes ninguna chica —Geulá interrumpe su rezo—, aún eres demasiado pequeño —dice con una voz fuerte y extraña.
       Tiene las manos en la cintura. Su respiración aún es rítmica. El hombre deja de mascullar, dirige hacia ella una cara oscura y le espeta algo en árabe. Todavía está agachado, pero su postura sugiere cierta alegría contenida.
       —Aún eres pequeño —repite Geulá—, muy pequeño. Veinte años. O quizá treinta. Pequeño. No hay chica para ti. Pequeño.
       El hombre le responde en su idioma, en tono solemne, alargando mucho las sílabas. Ella, con las manos en la cintura, lanza una risa nerviosa.
       —¿Qué pasa contigo? —pregunta riéndose—. ¿Por qué de repente me hablas en árabe? ¿Quién crees que soy? ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?
       El nómada vuelve a contestar en su idioma. Ahora se percibe en su voz un tono de terror. Con pasos suaves y vacilantes, retrocede como alejándose de un moribundo. La respiración de la joven se acelera, jadea, tiembla. Una única sílaba, salvaje, escapa de la boca del pastor: una señal entre él y sus cabras. Estas obedecen, se agrupan, el roce de sus patas sobre la alfombra de hojas muertas es como el sonido de una tela al rasgarse. Y todos los grillos se han callado. Las cabras se apiñan en la oscuridad, un amasijo erizado y aterrado, y son tragadas por la noche, y el pastor, rodeado por el rebaño, desaparece.

       A continuación, sola y temblorosa, ve un avión que pasa por las alturas negras sobre las copas de los árboles produciendo un ruido sordo, sus luces centellean intermitentemente con un ritmo tan preciso como el de los tambores: rojo, verde, rojo, verde, rojo. La noche cubre sus huellas. Olor a hogueras en el aire y olor a ceniza levantada por el viento. Solo hay una ligera brisa entre los frutales. Entonces le entra el pánico y se queda petrificada. Su boca se abre para gritar y, en su lugar, echa a correr; corre descalza hacia su casa, con todas sus fuerzas, y tropieza y se levanta y corre como si alguien la persiguiera, aunque solo la persigue el canto de los grillos.



6

      Regresó a su habitación y preparó café para los miembros de la secretaría, porque recordó que se lo había prometido a Etkin. En la calle ya se notaba frescor, pero dentro de la habitación las paredes estaban ardiendo, y también su cuerpo. Tenía la ropa pegada a la piel debido a la carrera, y las piernas arañadas y sucias. Las axilas desprendían un olor repugnante. Los granos de la cara le ardían. Hizo el café dejando que hirviera siete veces, un hervor tras otro, tal y como le había enseñado su hermano Ehud antes de marcharse y morir en una acción de represalia en el desierto. Apretó los labios y contó los hervores negros, subida y bajada de la espuma, subida y bajada de la espuma, y una especie de burbujeo contenido a punto de estallar. Y ya es suficiente. Hay que coger ropa limpia. Hay que ir al cuarto de baño.
       ¿Qué sabrá ese Etkin de los salvajes? Un socialista de pro. ¿Qué sabrá él de los beduinos? Un nómada huele la debilidad a distancia. Ofrécele una palabra amable, o una sonrisa, y se lanza como un animal e intenta violarte. Menos mal que he podido escapar de él.
       En el cuarto de baño, el desagüe estaba atascado y el banco grasiento. Geulá dejó la ropa limpia sobre el tabique de piedra de la ducha. No tiemblo por el agua fría. Tiemblo de asco. Qué dedos tan negros y cómo me ha agarrado del cuello. Y sus dientes. Y las cabras. Delgado y pequeño como un niño, pero qué fuerte. Solo con mordiscos y patadas he podido librarme de él. Hay que enjabonar bien el vientre y todo y volver a enjabonar una y otra vez. Sí, que vayan los chicos esta misma noche y ataquen su campamento y les rompan sus huesos negros por lo que me ha hecho. Ahora hay que irse.



7

      Salió del cuarto de baño y se dirigió a su habitación a coger la jarra de café para llevarla a la secretaría. Pero de camino oyó grillos y risas y recordó cómo estaba agachado a cuatro patas mientras ella, asustada, se quedó parada en la oscuridad. Y de repente vomitó entre los rosales. Y se echó a llorar. Luego le flojearon las rodillas. Se sentó a descansar en la tierra oscura. Dejó de llorar. Solo sus dientes castañeaban de frío o de compasión. De pronto, ya no tenía prisa, tampoco el café le parecía importante, y pensó: Hay tiempo, hay tiempo.
       Los aviones que esa noche surcaban el cielo debían de estar realizando prácticas de bombardeo en la oscuridad. Una y otra vez pasaban entre las estrellas con un constante centelleo de luces, rojo, verde, rojo, verde, rojo. Por el contrario, los cánticos y los tambores de los nómadas eran como los persistentes latidos de un corazón a lo lejos: uno, uno, dos, uno, uno, dos. Y silencio.



8

      Desde las ocho y media hasta casi las nueve estuvimos esperando a Geulá. A los nueve menos cinco, Etkin dijo que no entendía lo que pasaba, porque no recordaba que Geulá hubiese llegado tarde o hubiese faltado a una reunión jamás, pero que, en cualquier caso, había que comenzar a abordar el orden del día.
       Empezó repasando los hechos, detalló los daños que, al parecer, habían causado los beduinos, aunque no se había encontrado ninguna prueba criminal, y enumeró las medidas tomadas por iniciativa de la secretaría: apelar a la buena voluntad. Llamar a la policía. Aumentar la vigilancia alrededor del recinto. Utilizar sabuesos. Conversar con el anciano jefe de la tribu. Tenía que reconocer, dijo Etkin, que habíamos llegado a una especie de callejón sin salida. Pese a todo, él opinaba que había que mantener el sentido de la proporción y no dejarse llevar por radicalismos, porque el odio siempre genera más odio. Había que acabar con ese círculo vicioso de hostilidad. Por tanto, él rechazaba con toda su fuerza moral la actitud —y en concreto las intenciones— de algunos de los jóvenes. Y a buen entendedor pocas palabras bastan. Para terminar, quería recordar que el enfrentamiento entre pastores y labradores era tan antiguo como la civilización humana, como parecía demostrar el relato sobre Caín, que se alzó contra su hermano Abel. Nosotros, con el poder de nuestro mensaje social, debíamos acabar también con esa antigua hostilidad, al igual que acabamos con otros fenómenos horrendos. Y eso estaba en nuestras manos y dependía de nuestra fuerza moral.
       En la habitación había un ambiente tenso, incluso incómodo, porque Rami interrumpió dos veces a Etkin y hasta llegó a utilizar una vez esa palabra tan fea, «tonterías». Etkin se sintió herido, acusó a los jóvenes de estar planeando un acto criminal, y al final dijo: «Aquí no ocurrirá algo así».
       Geulá no llegó a la reunión y, por tanto, no hubo nadie que calmara los ánimos. Y tampoco se sirvió café. Después se inició un duro cruce de palabras entre Rami y yo: por edad, yo soy de los jóvenes, es cierto, pero mis puntos de vista son distintos. Al igual que Etkin, yo rechazaba el uso de la violencia, y tenía dos razones para ello. Cuando Etkin me dio la palabra, las expuse. Primero, hasta el momento no había ocurrido nada grave. Tal vez unos cuantos hurtos, y ni siquiera eso estaba confirmado, pues, de cada grifo o de cada alicate que algún tractorista se olvidaba en el campo o perdía en el garaje o se llevaba a casa, inmediatamente se culpaba a los beduinos. Segundo, no había habido ninguna violación ni ningún asesinato. En ese punto, Rami saltó como un resorte y me preguntó si quería esperar a que hubiese alguna pequeña violación sobre la que Geulá pudiese escribir poemas y yo, relatos. Me ruboricé y busqué una respuesta acertada.
       Pero Etkin, atónito ante tales groserías, le negó a Rami el uso de la palabra, y también a mí, empezó a explicar de nuevo su postura y preguntó qué cara se nos quedaría si escribiesen en el periódico que un kibutz había enviado a unos matones a saldar cuentas con los vecinos árabes. Cuando Etkin dijo la palabra «matones», Rami les hizo a sus compañeros un gesto usado habitualmente en los partidos de baloncesto. A esa señal, todos se levantaron y abandonaron la habitación indignados, dejando que Etkin sermoneara a gusto a tres ancianas y a un antiguo parlamentario ya retirado.
       Tras un instante de duda, también yo me levanté y seguí a los jóvenes: yo no compartía sus ideas, es cierto, pero se me había negado el uso de la palabra de forma arbitraria y ofensiva.



9

      Si Geulá hubiese llegado a la reunión, si hubiese llevado su espléndido café, tal vez se habrían calmado los ánimos. Y es posible que su capacidad de razonar hubiese logrado una especie de compromiso entre las partes en conflicto. Pero el café ya se había enfriado sobre la mesa de la habitación de Geulá. Y ella seguía tendida entre los rosales, detrás de la Sala del Recuerdo, mirando las luces de los aviones y escuchando los sonidos de la noche. Cuánto deseaba hacer las paces y perdonarle. No odiarle ni desearle la muerte, sino levantarse, ir hacia él, encontrarle entre los barrancos y perdonarle y no regresar nunca. Incluso cantarle una canción. Esos fragmentos afilados que le herían la piel hasta hacerle sangrar eran los pedazos de la botella que ella había roto con una piedra grande unas horas antes. Y esa cosa viva que se arrastraba entre los fragmentos de cristal y los terrones de tierra era una serpiente, tal vez una serpiente venenosa o tal vez una víbora. Sacaba una lengua bífida, y su cabeza triangular y fría estaba erguida. Sus ojos eran de cristal oscuro. Jamás podría cerrarlos, porque no tenía párpados. Una espina en la carne de la joven, o tal vez un fragmento de cristal. Estaba muy cansada. Y el dolor era sordo, casi placentero. Cencerros lejanos en sus oídos. Ahora, dormir. Con mirada cansada, a través de la gruesa capa de lágrimas, observaba al grupo de chicos que, atravesando el césped, se dirigían al campo o al wadi para castigar a los nómadas. Llevábamos palos cortos y gruesos en las manos. La emoción dilataba nuestras pupilas. Y la sangre latía con fuerza en las sienes.
       A lo lejos, en los oscuros campos de frutales, unos cipreses llenos de polvo se balanceaban de un lado a otro como con un callado fervor religioso. Ella estaba cansada, por eso no venía a nuestro encuentro para desearnos buena suerte. Pero sus dedos acariciaban la tierra y su rostro estaba muy sereno, era casi hermoso.




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