Amos Oz
(Jerusalén, Israel, 1939-)


Esperando (2008)
(“Waiting”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker, 84 (40, 8 de diciembre de 2008, págs. 82–89);
Escenas de la vida rural
[Temunot me-ḥaye ha-kefar]
Scenes from Village Life
(Nueva York: Houghton Mifflin Harcourt, 2009, 182 págs.)



1

      Tel Ilán, un pueblo veterano con cien años cumplidos, estaba rodeado de plantaciones y campos de frutales. En las laderas de las colinas del este se extendían viñedos para la producción de vino. Al otro lado de la carretera de acceso crecían hileras e hileras de almendros. Los tejados se sumergían en el espeso verdor de las copas de los viejos árboles. Muchos habitantes se dedicaban aún a la agricultura y contaban con la ayuda de jornaleros extranjeros que vivían en cabañas en la parte trasera de las haciendas. Pero algunos del pueblo ya habían arrendado sus granjas y vivían de alquilar habitaciones, de galerías y boutiques de moda, así como de trabajos en el exterior. En el centro del pueblo se habían abierto dos restaurantes exclusivos para gourmets, una bodega casera y una tienda de peces de colores. Uno de los vecinos había montado una pequeña fábrica de muebles de estilo antiguo. Los sábados, el pueblo se llenaba de visitantes que paseaban o compraban gangas. En cambio cada viernes al mediodía el pueblo se quedaba vacío y todos los habitantes se echaban a descansar tras las persianas bajadas.
       Benny Avni, el alcalde de Tel Ilán, era un hombre alto, delgado y de hombros caídos, usaba una ropa algo descuidada, un jersey largo y demasiado ancho, que le daba un aspecto torpón. Tenía unos andares testarudos, iba un poco inclinado hacia delante, como cortando el viento al andar. Su rostro era agradable, su frente grande, sus labios delicados, y en sus ojos marrones había una mirada atenta y curiosa, como si estuviera diciendo constantemente: te aprecio y me gustaría que me contases algo más sobre ti. Aunque también sabía rechazar a una persona sin que esta apenas percibiese el rechazo.
       Un viernes del mes de febrero, a la una del mediodía, Benny Avni estaba solo en el despacho del Ayuntamiento respondiendo a las cartas de los ciudadanos. Todos los trabajadores del Ayuntamiento se habían marchado ya a sus casas a descansar, porque los viernes el Ayuntamiento se cerraba a las doce. Benny Avni tenía la costumbre de dedicar el mediodía de los viernes, después del cierre de las oficinas, a escribir una carta personal a todo aquel que se hubiese dirigido a él. Aún le quedaban dos o tres cartas más y luego tenía pensado irse a casa, comer, ducharse y dormir hasta el atardecer. Por la noche, la noche de Shabbat, Benny Avni y su mujer, Nava, estaban invitados a unas veladas de canto coral en casa de Dalia y Abraham Levin al final del callejón de La Cuesta del Pozo.
       Cuando estaba respondiendo de su puño y letra a una de las últimas cartas, alguien llamó tímidamente a la puerta. Era un despacho temporal, amueblado tan solo con un escritorio, dos sillas y un archivador, ya que el Ayuntamiento llevaba varios meses de obras. Benny Avni dijo, pase, y alzó la vista de los papeles. Entró un chico árabe llamado Adel, un estudiante o un antiguo estudiante que vivía y trabajaba en la casa de Rahel Franco, al final del pueblo, cerca de la muralla de cipreses del cementerio. Benny lo reconoció, sonrió con afecto, le miró con buenos ojos y dijo:
       Siéntate.
       Adel, un chico con gafas, pequeño y delgado, continuó de pie con recelo frente a la mesa del alcalde, a dos pasos de ella, inclinó la cabeza en señal de respeto y se disculpó:
       Seguro que molesto. Las oficinas ya están cerradas.
       Benny Avni dijo:
       No importa. Siéntate.
       Adel dudó un instante, se sentó en el borde de la silla sin apoyarse en el respaldo y dijo:
       Ocurre lo siguiente. Su mujer me ha visto venir hacia el centro y me ha dicho que me pasara por aquí y le entregara algo. Más exactamente, una carta.
       Benny Avni alargó el brazo y cogió la nota que le tendía Adel.
       ¿Dónde te la has encontrado?
       Junto al Parque del Memorial.
       ¿En qué dirección se fue?
       No se fue. Se sentó en un banco.
       Adel se levantó, dudó, preguntó si necesitaba algo más de él, Benny Avni sonrió y respondió encogiéndose de hombros que no necesitaba nada, y Adel dijo, muchas gracias, y se fue con los hombros caídos. Benny Avni extendió la nota doblada y encontró en ella, con la caligrafía redonda y serena de Nava, sobre una hoja arrancada de la libreta de la cocina, estas cinco palabras:
       No te preocupes por mí.
       Esas palabras le sorprendieron. Todos los días le esperaba en casa para comer, él llegaba a la una y ella terminaba a las doce su trabajo como maestra de escuela. Benny y Nava se seguían queriendo tras diecisiete años de matrimonio, pero en su vida cotidiana reinaba casi siempre un respeto mutuo mezclado con cierta impaciencia comedida. A ella no le gustaba su actividad pública ni sus tareas municipales, que le seguían a casa, y no podía soportar esa amabilidad democrática que derrochaba indiscriminadamente. Él, por su parte, estaba un poco harto de su entusiasta devoción por las artes y por las pequeñas figuras de barro que moldeaba y cocía en un horno especial. El olor del barro cocido que desprendía a veces su ropa no le resultaba agradable.
       Benny Avni marcó el número de su casa y dejó que el teléfono sonara ocho o nueve veces hasta convencerse de que, efectivamente, Nava no estaba en casa. Le resultaba extraño que hubiese salido justo a la hora de comer, y más extraño aún que le hubiese mandado una nota con un mensajero sin molestarse en poner adónde iba ni cuándo volvería. La nota no le entraba en la cabeza y el mensajero le parecía un tanto peculiar. Pero no se preocupó. Nava y él solían dejarse pequeñas notas debajo del jarrón del salón si salían de casa sin avisar.
       Por tanto, Benny Avni terminó de escribir las dos últimas cartas, una a Ada Dvash sobre el traslado de la oficina de correos y la otra al tesorero del Ayuntamiento sobre la pensión de uno de los empleados, archivó las cartas entrantes, dejó las suyas en el estante del correo saliente, comprobó las persianas y las ventanas, se puso su abrigo tres cuartos de ante, cerró su despacho con dos vueltas de llave y se fue. Tenía intención de pasar por el Parque del Memorial, por el banco donde Nava quizás aún seguiría sentada, recogerla y marcharse con ella a casa a comer. Nada más salir dio media vuelta y regresó a la oficina, porque creía que había olvidado apagar el ordenador o dejado la luz del servicio encendida. Pero el ordenador estaba apagado, al igual que la luz del servicio, y Benny Avni volvió a salir, cerró su puerta con dos vueltas y fue a buscar a su mujer.



2

      Nava no estaba en el banco del Parque del Memorial y no se la veía por ningún sitio. Pero Adel, el estudiante delgado, estaba sentado allí, solo, con un libro abierto bocabajo en las rodillas; en vez de leer miraba la calle, y sobre su cabeza cantaban los gorriones en las copas de los árboles. Benny Avni le puso la mano en el hombro y preguntó con delicadeza, como si temiera hacerle daño, ¿Nava no estaba aquí? Adel respondió que antes estaba pero que ahora ya no. Ya veo que no está, dijo Benny Avni, pero pensé que a lo mejor tú sabías adónde ha ido. Adel dijo:
       Perdone. Lo siento mucho.
       Y Benny Avni respondió:
       Está bien. Tú no tienes la culpa.
       Se dio media vuelta y se fue a casa por la calle Sinagoga y la calle de Las Tribus de Israel. Caminaba en diagonal, con la cabeza y los hombros ligeramente inclinados hacia delante, como luchando con un obstáculo invisible. Todo el que se cruzaba con él por la calle le saludaba con cariño, porque Benny Avni era un alcalde querido y aceptado por la mayoría de los ciudadanos. También él saludaba a todos con una agradable sonrisa y preguntaba, ¿qué tal está?, ¿cómo va todo?, y a veces añadía que el asunto de la acera levantada se estaba solucionando. Enseguida todos se irían a casa a comer y a descansar y las calles del pueblo quedarían desiertas.
       La puerta de la calle no estaba cerrada y en la cocina aún estaba encendida la radio. Alguien hablaba del desarrollo de la red de vías férreas y de las ventajas del transporte ferroviario sobre el transporte por carretera. En vano buscó Benny Avni una nota de Nava en el lugar de siempre, bajo el jarrón del salón. Sin embargo, sobre la mesa de la cocina lo estaba esperando su comida, un plato tapado con otro para que la comida no se enfriase: un cuarto de pollo, puré de patata, zanahorias hervidas y guisantes. A ambos lados del plato había un cuchillo y un tenedor, y debajo del cuchillo había también una servilleta doblada. Benny Avni metió el plato durante dos minutos en el microondas porque, a pesar de estar cubierto, la comida se había enfriado un poco. Entre tanto, sacó del frigorífico una cerveza y la sirvió en un vaso grueso. Luego se sentó a comer y lo hizo con apetito, aunque sin apreciar los sabores, mientras oía la radio, que ahora estaba emitiendo música ligera con largos cortes publicitarios. Durante uno de esos cortes le pareció oír los pasos de Nava por el patio, por el camino que conducía a la casa. Se levantó, se acercó a la ventana de la cocina y permaneció un buen rato mirando afuera, pero el patio estaba vacío y entre los cardos y los trastos se veían el mango de un carrito de bebé destrozado y dos bicicletas oxidadas.
       Tras la comida, dejó los cacharros en el fregadero y se dispuso a ducharse. De camino al cuarto de baño apagó la radio. Un profundo silencio reinaba en la casa. Solo se oía el tictac del reloj. Las dos gemelas de doce años, Yuval e Inbal, estaban de excursión por la Alta Galilea. Su habitación estaba cerrada y él, al pasar, abrió la puerta y echó un vistazo dentro. Las persianas de la habitación de las chicas estaban bajadas y flotaba en el aire un ligero olor a detergente y a ropa planchada. Cerró con cuidado la puerta de la habitación de las chicas y se dirigió al cuarto de baño. Tras quitarse la camisa y los pantalones y quedarse en ropa interior, cambió de idea y se acercó al teléfono. Aún no estaba preocupado, pero, a pesar de todo, se preguntó adónde habría ido Nava y por qué no lo había esperado, como de costumbre, para comer. Llamó a Gili Steiner y le preguntó si por casualidad Nava estaba con ella. Gili dijo:
       No, ¿por qué? ¿Te ha dicho que venía a verme?
       Benny Avni dijo:
       Pues eso, que no ha dicho nada.
       Gili dijo:
       La tienda de ultramarinos cierra a las dos. Quizás se haya acercado allí un momento.
       Benny Avni dijo:
       Gracias, Gili. No pasa nada. Seguro que vuelve enseguida. No estoy preocupado.
       A pesar de todo buscó el número de teléfono de la tienda de ultramarinos de Victor. El teléfono estuvo un buen rato sonando sin que nadie se molestase en descolgar. Finalmente del auricular salió la voz nasal de tenor del viejo Lieberson, que dijo en tono salmódico:
       Sí, dígame. Al habla Shlomo Lieberson, de la tienda de ultramarinos. ¿En qué podemos ayudarle?
       Benny Avni preguntó por Nava, y el viejo Lieberson contestó con tristeza:
       No, amigo Avni, lo lamento, tu bella esposa no ha estado aquí hoy. No hemos tenido el placer de ver el resplandor de su rostro. Y dudo que lo tengamos ya, porque dentro de diez minutos cerramos y nos vamos a casa a prepararnos para recibir el Shabbat.
       Benny Avni entró en el cuarto de baño, se quitó la ropa interior, reguló el agua caliente y se dio una larga ducha. Cuando se estaba duchando le pareció oír chirriar la puerta. Por tanto, mientras se secaba, alzó la voz y llamó: ¡Nava! Pero no hubo respuesta. Se puso una muda limpia y unos pantalones caqui, luego peinó la cocina, dio media vuelta y se dirigió al salón, indagó en el rincón de la televisión y de allí fue al dormitorio y a la terraza cerrada, que era el rincón de creación de Nava. Allí se encerraba durante horas y modelaba figuras de barro, figuras de seres inexistentes y de boxeadores con mandíbulas cuadradas y a veces también con la nariz rota. Nova cocía todas esas figuras en un horno situado en el almacén. Por tanto, fue al almacén, encendió la luz y se quedó inmóvil un instante, parpadeó y solo vio las estatuillas desfiguradas y el horno apagado rodeado de sombras oscuras que giraban entre los estantes polvorientos.
       Benny Avni se preguntó si debía echarse a descansar sin esperarla. Regresó a la cocina para meter los cacharros en el lavavajillas y mientras lo hacía lo examinó, tal vez por su contenido podría saber si Nava había comido sola antes de irse o si aún no había comido. Pero el lavavajillas estaba casi lleno de cacharros sucios y era imposible saber cuáles había utilizado Nava para la comida y cuáles llevaban allí más tiempo.
       Sobre los fogones había una olla con pollo estofado. Tampoco por esa olla se podía averiguar si Nava había comido y dejado carne para el día siguiente o si había salido sin comer. Benny Avni se sentó junto al teléfono y marcó el número de Batya Rubin, para preguntar si, por casualidad, Nava estaba allí. Pero el teléfono sonó diez o quince veces sin que nadie respondiese. Benny Avni se dijo, pero bueno, de verdad, y se fue al dormitorio a descansar. Junto a la cama estaban las zapatillas de Nava, pequeñas, de colores y algo desgastadas en el tacón, como dos barcas de juguete. Estuvo tumbado unos quince o veinte minutos sin moverse y con los ojos fijos en el techo. Nava se ofendía fácilmente y con los años él había aprendido que cualquier intento de apaciguarla con palabras no hacía más que empeorar las cosas. Por tanto decidió refrenarse y dejar que el tiempo aplacara su enfado. Ella se dominaba, pero no olvidaba. Una vez, la mejor amiga de Nava, la doctora Gili Steiner, le propuso a él montar en la galería del Ayuntamiento una pequeña exposición con las estatuillas que Nava modelaba. Benny Avni le prometió que lo pensaría con mucho gusto y le daría una respuesta, pero al final decidió que tal vez eso fuera motivo de un escarnio público: al fin y al cabo, los trabajos de Nava solo eran el entretenimiento de una aficionada ama de casa, y la exposición podía hacerse en algún pasillo del colegio donde Nava trabajaba y no en la galería del Ayuntamiento, para evitar chismorreos sobre nepotismo y todo eso. Nava no dijo ni una palabra, pero se pasó varias noches planchando en el dormitorio hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Lo planchó todo, hasta las toallas y las colchas.
       Al cabo de veinte minutos, Benny Avni se levantó de pronto, se vistió, bajó al sótano, encendió la luz, con lo que hizo huir a toda una bandada de insectos, registró los baúles y las maletas, tocó a tientas el taladro eléctrico, golpeó el tonel de vino, que le devolvió un sonido grave y hueco, apagó la luz, subió a la cocina, tuvo un minuto o dos de indecisión, se puso el abrigo tres cuartos de ante encima del grueso jersey y salió de casa sin cerrar con llave. Inclinado hacia delante como luchando con un fuerte viento enemigo, se fue rápidamente a buscar a su mujer.



3

      Los viernes al mediodía no había nadie por las calles del pueblo, todos descansaban un rato y reponían fuerzas para festejar el Shabbat por la noche. Era un día gris y húmedo, nubes bajas se habían posado sobre los tejados de las casas y estelas de fina niebla flotaban por las calles vacías. A ambos lados de la calle, las casas permanecían cerradas y envueltas en un profundo sopor. El viento de un mediodía de febrero hacía revolotear un trozo de periódico viejo por la carretera vacía y Benny, el encorvado, lo recogió y lo metió en un cubo de basura. Un gran perro callejero se pegó a él junto al Parque de los Pioneros y comenzó a seguirle mientras gruñía, refunfuñaba y le enseñaba los dientes. Benny reprendió al perro, pero el perro se revolvió como si fuera a saltar sobre él. Benny se agachó, cogió una piedra y agitó el brazo en el aire. El perro se apartó con el rabo entre las piernas, pero continuó siguiendo a Benny Avni a una distancia prudencial. Así caminaban los dos por la calle vacía, separados por unos diez metros, y giraron a la izquierda hacia la calle de Los Fundadores. También aquí estaban todas las persianas bajadas para el descanso del mediodía. Casi todas eran viejas persianas de madera pintadas de verde oscuro, persianas con algunas varillas combadas o rotas.
       De vez en cuando, en las haciendas que antaño fueron granjas y ahora estaban abandonadas, veía Benny Avni un palomar descuidado, un redil de cabras convertido en almacén, la carrocería de una vieja furgoneta medio hundida en el herbario silvestre junto a un cobertizo de latón descuidado, una caseta de perro abandonada. Altas palmeras crecían en las fachadas de las casas. También en la fachada de su casa hubo dos viejas palmeras, pero fueron arrancadas por deseo de Nava cuatro años antes, porque el susurro de las hojas con el viento en la ventana del dormitorio le impedía dormir por las noches y hacía que se enfadase y angustiase.
       En varias haciendas crecían jazmines y espárragos, y en otras solo salían hierbajos entre los altos pinos que cuchicheaban con el viento. Benny Avni caminó con sus andares remadores, inclinado hacia delante, a lo largo de la calle de Los Fundadores y la de Las Tribus de Israel, pasó por el Parque del Memorial, se detuvo un momento junto al banco donde, según le había contado Adel, estaba sentada Nava cuando le pidió que cogiera la nota con las palabras No te preocupes por mí, y se la llevara a Benny a la oficina temporal del Ayuntamiento.
       Cuando Benny Avni se detuvo junto al banco, se detuvo también, a diez metros de él, el perro que le iba siguiendo. Esta vez el perro no gruñó ni le enseñó los dientes, sino que observó a Benny de lejos con una mirada perspicaz y escudriñadora. Nava se había quedado embarazada cuando los dos eran solteros y estaban estudiando en Tel Aviv, ella en la Escuela de Magisterio y él en la Facultad de Dirección de Empresas. Ambos decidieron de inmediato que debían interrumpir ese embarazo. Pero dos horas antes de la cita programada para las diez de la mañana en la clínica privada de la calle Reines, Nava recapacitó y quiso rectificar. Posó la cabeza en su pecho y se echó a llorar. Él no cedió y le dijo que debía ser razonable, que no había más remedio, que al fin y al cabo todo aquello era algo así como sacarse la muela del juicio.
       La esperó en un café frente a la clínica y entre tanto leyó los dos periódicos vespertinos y también los suplementos deportivos. Al cabo de algo menos de dos horas Nava salió muy pálida y los dos regresaron en taxi a su habitación en la residencia de estudiantes. En la habitación ya estaban esperando a Benny Avni seis o siete estudiantes escandalosos, chicos y chicas, que se habían congregado allí para una reunión concertada tiempo atrás. Nava se tumbó en la cama en un rincón de la habitación e intentó taparse hasta la cabeza, pero no fue capaz de evadirse de las discusiones, las risas, los chistes y el humo del tabaco. Se sintió débil, le entraron náuseas y tuvo que abrirse paso entre los congregados apoyándose en las paredes para llegar al servicio. Le daba vueltas la cabeza y le volvieron los dolores, porque la anestesia estaba dejando de hacerle efecto. En el servicio se encontró con que alguien había vomitado en el suelo y en la taza del váter. No pudo contenerse y también ella vomitó. Luego permaneció allí un buen rato y, de pie, se echó a llorar, con las manos en la pared y la cabeza entre las manos, hasta que todos los invitados escandalosos se dispersaron y Benny la encontró en el servicio de pie y temblando, entonces la cogió por los hombros y la condujo con cuidado a la cama. Al cabo de dos años se casaron, pero Nava no se quedaba embarazada. Varios médicos le pusieron distintos tratamientos. Trascurridos otros cinco años nacieron las gemelas, Yuval e Inbal. Benny y Nava no volvieron a mencionar aquella tarde en la habitación de estudiantes de Tel Aviv. Era como si hubiesen decidido que no había necesidad de decir nada. Nava daba clase en el colegio y en sus ratos libres moldeaba en la terraza cerrada monstruos y cabezas de boxeadores con la nariz rota que cocía en el horno situado en el almacén. Benny Avni fue elegido alcalde de Tel Ilán y casi todos los habitantes le profesaban cariño y afecto, porque sabía prestar atención a todo el que se dirigía a él y porque actuaba con decencia. Aunque también porque sabía doblegar los deseos de los demás a los suyos y lo hacía sin que los interesados se percatasen de ello.



4

      En la esquina de la calle Sinagoga, se detuvo un instante y se giró para ver si el perro aún le seguía los pasos. El perro estaba junto a la entrada de una hacienda, con el rabo entre las piernas y la boca ligeramente abierta, y miraba a Benny con paciencia y curiosidad. Benny lo llamó en voz baja, ven aquí, y el perro se estiró y alzó las orejas con la lengua rosada asomándole por la boca. Parecía que estaba interesado en Benny pero prefería mantenerse a cierta distancia de él. No había ni un alma en las haciendas del pueblo, ni un gato ni un pájaro, solo él y el perro y unas nubes tan bajas que casi tocaban las copas de los cipreses.
       Junto al depósito de agua instalado sobre tres patas de hormigón había un refugio público y Benny Avni probó la puerta y vio que no estaba cerrada con llave. Por tanto, descendió los doce escalones. Una húmeda y mohosa ráfaga de aire rozó su piel, luego encontró a tientas el interruptor, pero en el refugio no había luz. A pesar de todo, entró hasta lo más profundo del espacio oscuro y se fue abriendo paso entre objetos indeterminados, un montón de colchones o de camas plegables y una especie de cómoda destrozada. Respiró a pleno pulmón el aire denso, se abrió camino por el espacio oscuro de vuelta a las escaleras y, de paso, volvió a probar en vano el interruptor. Luego cerró la puerta de hierro y salió a la calle vacía.
       Entre tanto, el viento casi se había aplacado, pero la espesa niebla difuminaba los contornos de las viejas casas, algunas construidas hacía más de cien años. El yeso amarillo de los muros estaba rajado y desconchado y de vez en cuando dejaba al descubierto calvas grises. Viejos pinos crecían grises en las haciendas y una muralla de cipreses separaba una casa de otra. Aquí y allá se veía un cortacésped oxidado, o un barreño destrozado en medio de una jungla de hierbajos, ortigas, cizañas y campanillas.
       Benny Avni silbó al perro, pero el perro seguía guardando las distancias. Delante de la sinagoga, construida cuando se fundó el pueblo, a comienzos del siglo
XX, había un tablón de anuncios donde se colgaban los carteles del cine local y de los productos de la bodega, junto a los bandos del Ayuntamiento firmados por él mismo. Benny se entretuvo un instante en observar aquellos anuncios, y por alguna razón los suyos le resultaron equivocados o completamente inútiles. Por un momento le pareció que una figura encorvada pasaba por la esquina de la calle, pero al acercarse solo vio arbustos en la niebla. La sinagoga estaba coronada por un candelabro de bronce y las puertas grabadas con leones y estrellas de David. Subió cinco peldaños y probó la puerta, que estaba cerrada pero no con llave. En la sala de la sinagoga el aire era frío, polvoriento y casi negro. Sobre el tabernáculo, cubierto con una cortina alzada e iluminada con una pálida vela eléctrica, estaba la inscripción TENGO SIEMPRE PRESENTE AL SEÑOR. Durante unos minutos, Benny Avni deambuló entre los asientos en penumbra y luego subió a la galería de las mujeres. Sobre los bancos había libros de oraciones deteriorados con encuadernaciones negras. Le llegó un olor a sudor rancio mezclado con el aroma de las viejas encuadernaciones. Palpó uno de los asientos, porque por un instante creyó que algo, un chal o un pañuelo, aún seguía allí.
       Al salir de la sinagoga, Benny Avni vio que el perro le estaba esperando al pie de las escaleras. Por tanto, dio un fuerte pisotón y dijo: Vete de una vez. Lárgate. El perro, que llevaba al cuello un collar de donde colgaba una placa con un número identificativo, ladeó un poco la cabeza, abrió la boca y sacó la lengua, como esperando pacientemente una explicación. Pero no hubo ninguna explicación. Benny se puso en camino, con los hombros caídos y el descuidado jersey asomando por debajo del abrigo tres cuartos de ante. Caminaba a grandes zancadas, con el cuerpo inclinado hacia delante, como el mascarón de proa de un barco rompiendo las olas. El perro no desistió, pero seguía manteniendo las distancias.
       ¿Adónde había podido ir? A lo mejor había ido a ver a alguna de sus amigas y se había entretenido más de la cuenta. A lo mejor se había tenido que quedar en el colegio por algún asunto urgente. A lo mejor estaba en la clínica. Unas semanas atrás, durante una discusión, Nava le había dicho que su afectividad era una máscara permanente y debajo de la máscara: Siberia. Benny no respondió, tan solo sonrió con afecto, como solía hacer siempre que se enfadaba con él. Eso sacó a Nava de sus casillas y dijo, no te importa nada, ni nosotros ni las niñas. Él siguió sonriendo con afecto y le puso una mano en el hombro para tranquilizarla, pero ella apartó su mano con un movimiento brusco, y salió dando un portazo. Al cabo de una hora le llevó una infusión con miel a la terraza cerrada que le servía de rincón de creación. Le pareció que se estaba templando ligeramente. No había ninguna templanza, pero Nava aceptó la infusión y le dijo en tono suave:
       Gracias, realmente no era necesario.



5

      ¿Y si mientras él deambulaba en la niebla por las calles vacías, ella había vuelto a casa? Por un momento sopesó la idea de dar media vuelta y regresar, pero pensar en la casa vacía, y sobre todo en el dormitorio vacío con sus zapatillas de colores semejantes a barcas de juguete a los pies de la cama, le repelía, por tanto decidió seguir con los hombros inclinados hacia delante por la calle de La Viña y la calle 1929 hasta llegar al colegio donde daba clase Nava. Apenas un mes antes, Benny había tenido una fuerte discusión con sus oponentes del Ayuntamiento y también con el Ministerio de Educación, y al final había logrado conseguir fondos para la construcción de cuatro aulas nuevas y de un amplio gimnasio.
       Las puertas de hierro del colegio ya estaban cerradas por el Shabbat. El edificio y el patio estaban rodeados por una valla de hierro coronada por bobinas de alambre de espino. Benny Avni rodeó todo el edificio dos veces hasta que encontró un sitio por el que se podía trepar y llegar al interior del patio. Saludó con la mano al perro, que lo observaba desde la acera de enfrente, se agarró a los barrotes de hierro, se impulsó, subió, apartó con la mano el alambre de espino, se arañó y saltó adentro torciéndose un poco el tobillo. Y cojeando ligeramente y sangrando por el dorso de la mano izquierda echó a andar por el patio.
       Atravesó el patio, entró en el edificio por una entrada lateral y se encontró en un largo pasillo con aulas a ambos lados. Un olor a sudor, a restos de comida y polvo de tiza flotaba en el aire. El suelo estaba salpicado de trozos de papel y cáscaras de naranja y mandarina. Benny Avni entró en un aula que tenía la puerta entreabierta y, sobre la mesa del profesor, vio un borrador polvoriento y una hoja arrancada de un cuaderno con unas líneas garabateadas. Se inclinó y comprobó la caligrafía, que ciertamente era de mujer pero no de Nava. Benny Avni dejó la hoja manchada con su sangre sobre la mesa del profesor y alzó la vista hacia la pizarra, donde estaba escrito con la misma caligrafía de mujer:
LA TRANQUILA VIDA RURAL FRENTE A LA BULLICIOSA VIDA URBANA, por favor hay que terminarlo para el jueves como muy tarde. Debajo de ese título aparecían las palabras: Hay que leer atentamente en casa los tres capítulos siguientes y estar preparados para responder oralmente a cualquier pregunta. En la pared estaban colgados los retratos de Herzl, del presidente del Estado y del primer ministro, así como varios carteles ilustrados, y en uno de ellos ponía: LOS AMANTES DE LA NATURALEZA CUIDAN LAS FLORES SILVESTRES.
       Los pupitres estaban amontonados, como si los alumnos los hubiesen empujado al salir de estampida hacia la puerta al primer toque de campana. En los alféizares de las ventanas había macetas con geranios que parecían raquíticos y descuidados. Frente a la mesa del profesor estaba colgado un gran mapa de Israel con un grueso círculo verde alrededor del pueblo de Tel Ilán entre las colinas de la región de Menashé. Y en la percha había un único y solitario jersey. Benny Avni salió del aula y continuó deambulando un rato más con una leve cojera por los pasillos vacíos. Gotas de sangre caían de su mano herida e iban marcando su recorrido. Al llegar a los servicios, que estaban al final del pasillo, sus pies lo empujaron hacia los de chicas. Un leve hedor le recibió, pero se dio cuenta de que ese hedor era algo distinto del que había en los servicios de chicos. Había cinco cabinas en los servicios de chicas y Benny Avni abrió todas las puertas y comprobó lo que había detrás, y también echó un vistazo al armario de los utensilios de limpieza. Luego salió y volvió sobre sus pasos, después fue por otro pasillo y luego por otro hasta que al final encontró la puerta de la sala de profesores. Dudó un instante, mientras acariciaba con un dedo la pequeña placa de metal donde ponía
SALA DE PROFESORES. PROHIBIDO EL PASO A LOS ALUMNOS SIN UN PERMISO ESPECIAL. Por un momento le pareció oír algo tras la puerta cerrada y temía molestar, aunque a pesar de todo sentía ansias de interrumpir aquella cita. Pero la sala de profesores estaba vacía y en penumbra, porque las ventanas y las cortinas estaban cerradas.
       Había dos filas de estantes a ambos lados de la habitación y en el centro una mesa ancha y larga rodeada de unas veinte o veinticinco sillas. Sobre la mesa había tazas de té y de café vacías y medio vacías, varios libros, agendas, algunos folletos y blocs de notas. Junto a la ventana alejada había un gran armario con un cajón para cada profesor. Buscó y sacó el cajón de Nava Avni, lo dejó sobre la mesa y encontró un montón de cuadernos, un paquete de tizas, una caja de pastillas para el dolor de garganta y una vieja funda de gafas de sol vacía. Tras reflexionar un rato volvió a dejar el cajón en su sitio.
       En un extremo de la mesa, sobre el respaldo de una silla, Benny Avni descubrió un pañuelo que le resultó familiar y parecido a uno de los pañuelos de Nava, pero cómo podía estar seguro de eso en la penumbra. A pesar de todo cogió el pañuelo, se limpió con él la sangre que le brotaba de la mano, lo dobló y se lo metió en el bolsillo de su abrigo de ante. Luego salió de la sala de profesores, cojeó por el pasillo lleno de puertas y al final giró hacia otro pasillo. Miró de pasada las aulas, probó la puerta de la enfermería, que estaba cerrada con llave, echó un vistazo al cuarto del conserje vacío, hasta que descubrió una salida por una puerta distinta a la que había entrado. Cojeó por el patio, volvió a trepar la valla, apartó y aplastó el alambre de espino, lo sorteó y saltó hacia la calle, en esta ocasión a costa de rasgarse la manga del abrigo.
       Se quedó un rato al pie de la valla del colegio y esperó sin saber qué estaba esperando, hasta que vio al perro sentado en la acera de enfrente y mirándolo muy serio a diez metros de distancia. Se le ocurrió intentar acercarse y acariciar al perro, pero el perro se levantó, se estiró, caminó lentamente hacia delante y siguió manteniendo la misma distancia.



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      Cerca de un cuarto de hora cojeó tras el perro por las calles vacías, con la mano ensangrentada vendada con el pañuelo que había cogido de la sala de profesores, el pañuelo de cuadros que quizá pertenecía a Nava o quizá solo se parecía un poco a uno de sus pañuelos. El cielo plomizo se enredó en las copas de los árboles y los bloques turbios de niebla se posaron entre las haciendas. Por un instante le pareció que dos o tres gotas de lluvia le habían caído en la cara, pero no estaba seguro y tampoco le importaba. Alzó la vista hacia una tapia porque creyó ver encima un pájaro, pero de cerca no era más que una lata de conservas vacía.
       Por el camino pasó por una callejuela estrecha entre dos altos setos de buganvillas, una callejuela que no hacía mucho había mandado pavimentar de nuevo y a la que se había acercado una mañana para comprobar cómo iban esos trabajos de pavimentación. Desde esa callejuela salieron otra vez a la calle Sinagoga, el perro iba delante y le marcaba el camino, y ahora la luz era más gris que antes. Por un instante sopesó la idea de regresar directamente a su casa, pues era posible que ella ya hubiese vuelto y ahora incluso estuviese echada descansando, sorprendida por su ausencia y, quién sabe, quizás también algo preocupada por él. Pero pensar en la casa vacía le asustó y, cojeando ligeramente, continuó siguiendo al perro, que iba delante sin mirar atrás y con el hocico un poco inclinado como olisqueando el camino. Pronto, quizá incluso antes de que anocheciera, llovería con fuerza y el agua lavaría los árboles polvorientos, los tejados y las aceras. Pensó en lo que podría haber sido y al parecer ya no sería, pero sus pensamientos se dispersaron. Nava solía sentarse a veces con las dos chicas en el porche de atrás, el que daba a los limoneros, y charlaba con ellas en voz baja. Él nunca sabía de lo que hablaban y tampoco le interesaba saberlo. Ahora se lo preguntaba y no sabía responder. Tenía la impresión de que debía tomar una decisión pero, aunque estaba acostumbrado a tomar muchas decisiones cada día, ahora le entraban dudas, y de hecho tampoco sabía lo que se requería de él. Y entre tanto el perro se detuvo y se sentó en la acera a diez metros de él, así que también él se detuvo junto al Parque del Memorial y se sentó en el banco donde al parecer se había sentado Nava dos o tres horas antes, cuando le pidió a Adel que fuese a las oficinas temporales del Ayuntamiento para entregarle su nota. Así pues, se colocó en medio del banco, con la mano ensangrentada vendada con el pañuelo, se abrochó el abrigo a causa de la fina lluvia que había comenzado a caer sobre él y se puso a esperar a su mujer.




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