Cesare Pavese
(1908-1950)


La aventura
(“La avventura”, 1941)
Originalmente publicado en Primato de Roma (1 de septiembre de 1941)
Tutti i racconti (2002)



      Sandra se pasó la mañana sin alejarse de la estación. Se había metido por una avenida con plantas que parecían ramos de flores y caminaba mirando los escaparates, deteniéndose, volviéndose a veces. Luego advirtió que las casas de la avenida disminuían de altura, que el cielo allá al fondo estaba vacío, que la avenida acababa en una especie de recodo como un salto en el aire. Entonces se detuvo y desvió la mirada, indecisa, de un escaparate de fruta a las plantas, a las ventanas altas.
       Allí estaba el mar. Sandra aspiró el aire y sintió solamente el olor dulcísimo y agudo de las flores. Entonces retrocedió buscando aquel café que ya había visto. Le pareció no reconocerlo, casi le dio rabia, pero luego volvió a ver las mesitas de mimbre tapadas por la columna del soportal y diseminadas en la sombra. Había ya gente sentada a esas mesas con cara distraída y manos cruzadas; ninguna mujer. Sandra entró sin mirarlos. Mientras bebía la leche en la barra, y el camarero no le hacía el menor caso, pensó qué vida debía de ser aquella, a unos pasos de la playa, durante años y años...
       Con el camarero habló tan pronto como atrapó su mirada. Se hizo explicar dónde estaba la plazuela, pero ocurrió que él no se enteraba y tartamudeó un poco, como todos los mozalbetes de este mundo. Entonces Sandra se decidió y le enseñó la dirección al final de la carta; tuvo que explicarle que era un alojamiento cerca de la estación y decirle el nombre de los dueños. El camarero la acompañó hasta el umbral, entre las mesitas, y se explicó con muchos gestos: ahora bromeaba. Sandra se marchó enfadada.
       La plazuela estaba a dos pasos de la estación y llegó por una calleja con escalones de piedra. Sandra empezaba a esperar que las habitaciones estarían al menos tan altas que la vista saltaría sobre las casas de enfrente y descubriría el mar. Solo a ese precio renunciaba al cantil sobre las rocas. Miró a su alrededor en la plazuela desierta; había un cuadrado de cielo tierno, sembrado de nubes blancas que venían del mar. Una de las casas estaba flanqueada por un murete, y Sandra recordó que la carta decía planta baja con jardín: nada de vistas al mar, pues, nada de habitaciones abiertas al sol. Sandra se detuvo delante de las ventanas enrejadas del bajo, demasiado desilusionada e irritada para tener ganas de desalentarse, demasiado lejos de casa. Había alzado la vista al balconcillo del primer piso, adonde salió una señora gorda con un pañuelo en la cabeza a tender ropa. No valía la pena vivir junto al mar, para ser así de sórdida y gorda.
       Entonces fingió pasear y cruzó la plazuela. Estaba empedrada de forma desigual y en ella desembocaba una calleja más estrecha. Cuando llegó allí Sandra alzó la cabeza porque desde lo alto oyó una voz ronca y algo se movió y, delante, le llovió un chorro de agua. No tuvo tiempo de renegar: al fondo de la calleja, luminoso y lejano, apareció el gajo celeste del mar.
       Otras voces llegaron de la plazuela, violentas, y de nuevo se dejó oír la voz ronca. Sandra entró en la calleja y se dio cuenta de que le gritaban a ella, pero no se volvió. Descendió mirando el horizonte vago, abandonándose al placer de andar. Cruzó una calle asfaltada y llegó delante de la playa.
       Sandra estaba desesperada porque, ahora que la plazuela casi le había gustado, no conseguía vencer su indignación por aquel alboroto y por la grosería del agua. Cuando en su casa habían decidido que ella cogiera el tren sola y fuese a tratar lo del alojamiento, Tonino había observado:
       —Si lo logra sin romperse la cara.
       Pero debía lograrlo. Sandra miró el mar, miró la playa aún desierta.
       Pasaba gente por la calle, se detenía en el muelle, había otros sentados en los veladores debajo de los árboles. Tomaban el sol fresco, nadie se bañaba aún. Sandra miraba el mar sin verlo, cuando un paso la alcanzó. Sintió que la aferraban de un brazo y no se asombró: se volvió despacio, separándose. Era un mocetón que parecía un bañista, con los hombros desnudos y bronceados, y sonreía como de broma.
       —Se ha escapado —dijo.
       —¿A qué viene eso? —replicó Sandra, huraña.
       Apartando el rostro y el codo de él atrapó en los ojos el cielo claro, el revoloteo de una sábana en una ventana, el perfil del promontorio detrás de la costa. Sintió el viento en la garganta y brotaron lágrimas de sus ojos. Los apretó para dominarse, pero una, estúpida y caliente, corrió por su mejilla. El otro no pestañeó. La miraba, socarrón.
       —La hemos llamado —le dijo—, ¿no nos oía?
       Sandra abrió los ojos, escarlata de rabia. El mocetón no reía. Aún tenía la mano con la que le había aferrado el codo adelantada hacia ella. El viento le agitaba el cabello. Sandra no contestó, no estaba segura de su voz. Se miraron un rato, cara a cara, luego él le cogió de nuevo el brazo —lo rozó—, y echó a andar hacia la salida de la calleja, como quien se desplaza para hablar con más comodidad. Sandra se desplazó con él.
       El joven le dijo que lo de la palangana había sido una grosería sin importancia: gentuza de la calleja que no sabía qué era la limpieza y la urbanidad ni que ella estuviera pasando. En cierto momento Sandra dijo:
       —Vale. ¿Y a usted qué le importa?
       El otro se quedó cortado. Entonces Sandra sonrió y le preguntó si vivía en la plazuela.
       —Si la molesto, me voy —dijo el otro, despacio—. Pero usted, ¿por qué llora?
       Sandra se tocó la mejilla de golpe y dijo:
       —¡No!
       —Antes —explicó el joven—. Antes la he visto llorar. ¿Le ocurre algo?
       Entonces Sandra tuvo que sonreír e hizo una mueca, y acabó diciendo:
       —Soy una estúpida.
       —Me llamo Nanni —dijo el otro con sencillez.
       Se quedaron un momento a la entrada de la calleja —que era su justificación—, pero Sandra se volvió enseguida al mar, y hablaron del mar. Cuando se tendieron la mano, Sandra no le dijo su nombre y se alejó sin volverse, contenta de haber estado desenvuelta. Bajó por un sendero a la playa y empezó a mirar el agua que espumeaba a sus pies, y esta vez respiró el olor a sal. Estaba sola en la larga playa, quieta ante el mar, con la barbilla hacia arriba. Si aquel Nanni se había quedado entre las palmeras de la avenida, ahora se estaría riendo.
       Sandra subió a la calle después de haber caminado hasta el final de las casetas, donde la arena se perdía en el lecho de un torrente. Regresó por la avenida, mirando los chalets con bonitos jardines en flor, que estarían aún florecidos en agosto. En agosto las hojas incluso habrían desaparecido, dejando flores y más flores sólidas y fragantes, Cuando llegó a la entrada de la calleja, volvió a ver al tal Nanni.
       Estaba quieto y miraba hacia arriba.
       —Busco alojamiento —dijo Sandra.
       El otro tampoco bromeó esta vez. Apretó los labios y dijo:
       —Es difícil.
       —¿Cómo, difícil? —exclamó Sandra—; tengo ya la carta.
       —¿Está sola? —preguntó Nanni.
       —Ahora sí. En agosto vendré con mi madre.
       Nanni sonrió contento, sin intención. Era tan alto que iba un poco encorvado, y los cabellos le temblaban al viento.
       —¿No está casada? —dijo.
       —Tengo diecinueve años —rezongó Sandra.
       Entonces Nanni le dijo que, si no hubiera estado ya en tratos, él podría enseñarle chalets, porque conocía a los guardas y también a algún dueño. Sandra lo miró incrédula, y a su sonrisa respondió que no estaba comprometida en absoluto y que podía visitar todos los alojamientos que quisiera. Pero los chalets eran demasiado lujo para ella. Nanni se encogió de hombros y le abrió camino.
       Visitaron dos. La primera era una casita muy mona, entre magnolios; pero no apareció la mujer que tenía la llave y se contentaron con echar un vistazo por las ventanas y hablaron del dueño, que estaba en América. No era la conversación de quien alquila un chalet. Fue entonces cuando Sandra miró las manos de Nanni y le preguntó por su oficio.
       —Cuando estaba en América, trabajaba de descargador —dijo Nanni, riendo.
       —¿Y ahora?
       Ahora, cuando estaba sin blanca, Nanni trabajaba de camarero. Sandra enmudeció y se puso contenta.
       El otro chalet estaba sobre el mar. Había una terraza para tomar el fresco y un jardín de adelfas y grava. La cancela entornada espantó a Sandra, pero Nanni la cogió del brazo y la hizo entrar. Encontraron a un viejo jardinero encorvado bajo un sombrerete, que escrutó a Sandra con ojos rojos y luego dijo a Nanni que la casa estaba en venta y se necesitaba algo más que él. Nanni bromeó un rato, y consiguió las llaves llamando a Sandra «la señora». El jardinero fue hasta el umbral, y les gritó a sus espaldas que no dejaran ventanas abiertas.
       No era, desde luego, el bajo de la plazuela. En el bochorno inmóvil del vestíbulo cerrado, Sandra pensó que estaba sola con un hombre y fuera había sol, pero este Nanni era un bonachón. Ni siquiera le había preguntado su nombre. A lo mejor se espera una propina, se dijo. Vagaron por las salas de muebles enfundados, y los ventanales, las patas brillantes de un piano, las arañas, le dieron rabia, tan rica e inalcanzable era la vida que evocaban.
       —Es muy bonito.
       Nanni, silencioso con sus alpargatas, abría y cerraba ventanas. En el primer piso salieron al balcón de la sala acristalada. Sandra miró con arrebato el jardín, la avenida de donde ascendía amortiguado el rumor de los transeúntes, y el mar, el mar espléndido, abierto y azulino, más alto —parecía— para quien estuviese en el balcón.
       —Me da pena, eso es —musitó Sandra—, que haya gente tan feliz.
       Nanni, apoyado en la balaustrada, la miró de soslayo, taciturno, con los ojos claros.
       —Aquí se está bien —dijo.
       Mientras entraban y él cerraba los cristales, le preguntó de pronto:
       —¿Cómo debo llamarla?
       Sandra se detuvo en el primer peldaño, lo esperó y se lo dijo. Entonces Nanni llegó a su lado y, mientras bajaban, la besó despacito en el cabello.
       Al final de la escalera, Sandra quería preguntarle: «¿Por qué me ha besado?», y en cambio dijo:
       —Es tarde, y aún no he visto el alojamiento. Esto no es para nosotras.
       Pero estaba furiosa por no saber decir otra cosa, y Nanni callaba, con las gruesas manos relajadas y tranquilas. En el umbral del vestíbulo entreabierto la detuvo la cortina de sol que penetraba desde el exterior. Nanni se volvió con calma, esperándola. Sandra, con el corazón en un puño, estaba a punto de llorar, de gritar, porque ahora volvería a ver la playa, la gente, porque también Nanni estaba a punto de convertirse en un extraño, como el chalet, como el mar, como la estúpida mañana. Sabe que me llamo Sandra, se dijo. ¿Por qué no habla, por qué?
       Luego se encontró entre los brazos de Nanni —sintió sus músculos contra la espalda—, y en vez de llorar o rebelarse, alzó los ojos y lo miró.
       Cuando Sandra volvió del baño al vestíbulo, Nanni le dijo:
       —Esta mañana ya has llorado dos veces.
       Sandra se detuvo en el umbral y sonrió apenas. Estaba diciéndose: Quizá sea el dueño del chalet, y se rió de sí misma.
       Nanni estaba de pie en la franja de sol y fumaba un cigarrillo. En la luz las espirales de humo parecían de seda, vetas de una madera preciosa.
       Nanni la miraba, con firme sonrisa. De nuevo Sandra vaciló antes de hablar. Temía tener aún en la voz aquella ronquera, aquel desgarramiento.
       Nanni acabó el cigarrillo y lo tiró por la rendija. Con el movimiento que hizo, desbarató toda la pared luminosa, y Sandra fue hasta la puerta con pasos rápidos.
       —¿Quieres que nos vayamos? —le susurró en el hombro.
       Nanni asintió sin hablar y abrió la puerta. Dejó salir a Sandra y después cerró. Mientras Nanni giraba la llave, Sandra sintió el impulso de correr, huir, no verlo nunca más. En cambio, le dijo con voz arrogante:
       —Si escapase, dirías que soy una boba.
       Entonces Nanni la miró sorprendido.
       Cruzaron juntos la gravilla que rechinaba, y Sandra le preguntó si había perdido la lengua. Nanni dijo que ahora había que comer.
       —No tengo hambre —replicó Sandra—. No tengo hambre y tenemos que separarnos.
       Se sentaron, taciturnos, en un banco.
       —¿Comprendes? —dijo Sandra—. Debes dejarme sola. Es preciso que llore sola. Luego tengo que hacer. Nos veremos más tarde.
       Nanni se resignó, pero quiso una cita concreta. En aquel banco, a las cuatro.
       —Y ahora vete. Déjame sola.
       Sandra se quedó en el banco, porque la avenida estaba ya desierta. No tenía hambre. No tenía nada. El aire celeste y el mar casi invisibles en el sol no decían nada. Todo existía como antes, como ella. Y no le salían las lágrimas. Habría llorado si alguien hubiese ido a consolarla. No podía decidirse a coger enseguida el tren. Le desagradaba dejar el mar. Le desagradaba engañar a Nanni. Pero sabía firmemente que no regresaría a aquellos baños.
       Entonces se levantó y buscó la entrada de la calleja y comenzó a subir, con un paso que le pareció inverosímil de suelto y vigoroso que era. Se le escapó una sonrisa. Cuando desembocó en la plazuela, se acordó de la palangana y alzó la mirada. Todo estaba silencioso en el sol inmóvil; allá arriba ondeaba una sábana, tendida sobre la calleja. Entonces fue hacia la casa del balcón y bordeó el murete, desde donde volviéndose hacia la calleja vio otra vez el trozo aéreo de mar. Todo estaba igual.
       La dueña gorda de la mañana salió al balcón, en respuesta a los golpes que Sandra dio contra la puerta entornada. Seguía con el pañuelo en la cabeza, pero esta vez que se asomó a hablar, a Sandra le pareció por la voz una buena mujer. Sandra agitó la carta y la otra dijo que bajaba. Poco después se oyó ruido de pasos en la escalera interior.
       Cuando hubieron recorrido las tres habitaciones estrechas y oscuras —la vieja corría delante abriendo de par en par postigos y enderezando cuadros; había papel festoneado en las repisas—, hablaron de las comodidades y de la vecindad en el jardín lleno de malezas.
       —Esto sobre todo es una casa honrada —decía la vieja gorda—. Aquí no hay más que mi Nanni...
       Callaron al nombre de Nanni, y Sandra se asombró de no sentirse ruborizada. Sabía que debía suceder.
       —Ahora está arriba, comiendo una ensalada así de grande. ¿Usted gusta?
       Sandra dijo a la mujer que se lo agradecía, pero que tenía prisa.
       —Tome al menos unos melocotones. Espere.
       Sandra la vio correr a la puertecita de las habitaciones y la siguió sin decir nada hasta el fondo de la escalera. La vieja se agarró jadeando a la barandilla y empezó a subir.
       —Se los meto en una bolsa. Espere.
       Sandra la miró por detrás hasta que hubo desaparecido en la vuelta del descansillo, y después empujó la puerta despacito y salió. Cruzó la plazuela con el corazón brincándole. En la calleja echó a correr y no se detuvo hasta llegar al jardín de la estación.





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