Cesare Pavese
(1908-1950)


Viaje de bodas
(“Viaggio di nozze”, 1936)
Publicado póstumamente en Notte di festa (1956)
Tutti i racconti (2002)


I

      Ahora que, a fuerza de cardenales y remordimientos, he comprendido cuán necio es rechazar la realidad a cambio de fantasías y pretender recibir cuando no se tiene nada que ofrecer, ahora Cilia está muerta. A veces pienso que, resignado al trabajo y a la humildad como vivo ahora, sabría adaptarme con gozo a aquel tiempo, si volviera. O quizá sea esta otra de mis fantasías: maltraté a Cilia cuando era joven y nada debía agriarme, la maltrataría ahora por la amargura y el malestar de una mísera conciencia. Por ejemplo, aún no me ha quedado claro del todo en estos años si de veras la quería. Ahora la echo de menos, no cabe duda, y la hallo en el fondo de mis pensamientos más íntimos; no pasa un día sin que hurgue dolorosamente en mis recuerdos de aquellos dos años, y me desprecio por haberla dejado morir, sufriendo más por mi soledad que por su juventud; pero —lo que importa— ¿la quise de veras, entonces? Ciertamente no del modo sereno y consciente que se debe amar a una mujer.
       En verdad, le debía demasiadas cosas, y no sabía corresponder sino con ciegas sospechas sobre sus motivos. Y por suerte mi innata ligereza no supo hundirse en estas turbias aguas, y entonces me contentaba con una instintiva desconfianza y negaba peso y cuerpo a ciertos pensamientos sórdidos que, acogidos en el fondo del alma, me la hubieran envenenado del todo. De todas formas, ciertas veces me preguntaba: ¿por qué se habrá casado Cilia conmigo? No sé si lo que me proponía la pregunta era la conciencia de una recóndita valía mía, o de una profunda ineptitud; el caso es que cavilaba.
       No cabía duda de que era Cilia quien se había casado conmigo, no yo con ella. Aquellas tardes de abatimiento transcurridas en su compañía paseando sin tregua por las calles, llevándola del brazo, fingiendo desenvoltura, proponiendo en broma saltar juntos al río —no daba yo mucha importancia a estas ideas, porque estaba acostumbrado— la trastornaron y la enternecieron, tanto que, de su sueldo de dependienta, quiso ofrecerme una pequeña suma para sostenerme mientras buscaba un trabajo mejor. No quise el dinero, pero le dije que me bastaba con encontrarme con ella por la tarde, aunque no fuéramos a ningún sitio. Así fuimos resbalando. Empezó a decirme con mucha dulzura que me faltaba una compañía digna con la cual vivir. Y que yo daba demasiadas vueltas por las calles, y que una mujer enamorada habría sabido arreglarme una casita tal que, solo con entrar en ella, me pondría alegre, por cansado o disgustado que me hubiera dejado el día. Traté de contestar que ni siquiera solo apenas lograba salir adelante, pero sabía bien que esa no era la razón.
       —Entre dos se ayudan —dijo Cilia— y ahorran. Basta con quererse un poco, Giorgio.
       Yo estaba cansado y abatido esas tardes, Cilia era cariñosa y seria, con el bonito abrigo que se había hecho ella y el bolso agrietado. ¿Por qué no darle aquella alegría? ¿Qué mujer más apropiada para mí? Conocía el trabajo, conocía las privaciones, era huérfana de obreros; no le faltaba un talante activo y grave, más que el mío, de eso estaba seguro.
       Le dije divertido que si me aceptaba brusco y haragán como era me casaría con ella. Estaba contento, aliviado por el calor de la buena acción y por el valor que descubría en mí.
       —Te enseñaré francés —le dije.
       Ella me respondió riendo con sus ojos humildes y colgándose de mi brazo.


II

       En aquellos tiempos me creía sincero y puse también en guardia a Cilia sobre mi pobreza. Le advertí que apenas ganaba para vivir al día y que no sabía lo que era un sueldo. El colegio donde enseñaba francés me pagaba por horas. Un día le dije que, si pretendía alcanzar una posición, debía buscar a otro. Cilia me ofreció enfurruñada seguir trabajando de dependienta.
       —Sabes perfectamente que no quiero —rezongué.
       Con estas disposiciones nos casamos.
       Mi vida no cambió sensiblemente. Cilia ya había venido antes algunas tardes a estar conmigo en mi cuarto. El amor no fue una novedad. Cogimos dos habitaciones atestadas de muebles; el dormitorio tenía una ventana clara, a la que acercamos la mesa con mis libros.
       Cilia sí se convirtió en otra. En mi fuero interno, había temido que una vez casada mostrara un vulgar desaliño que me imaginaba que su madre había tenido, y en cambio la encontré incluso más atenta y fina que yo. Siempre arreglada, siempre aseada; hasta la pobre mesa que me preparaba en la cocina tenía la cordialidad y la atención de aquellas manos y aquella sonrisa. Su sonrisa, en efecto, se había transfigurado. Ya no era la de la dependienta que hace una escapada, entre tímida y maliciosa, sino el trepidante aflorar de una íntima alegría, sosegada y solícita a la vez, seria, sobre la flaca juventud del rostro. Yo experimentaba una sombra de resentimiento ante aquella señal de una alegría que no siempre compartía. Se ha casado conmigo y se lo pasa en grande, pensaba.
       Solo por la mañana, al despertarme, mi corazón estaba sereno. Volvía la cabeza de su lado, en la tibieza, y me acercaba a ella, que dormía o lo fingía, y le soplaba en el cabello. Cilia, riendo soñolienta, me abrazaba. Tiempo atrás, en cambio, mis despertares solitarios me helaban y me dejaban acoquinado mirando el tenue resplandor del alba.
       Cilia me amaba. Una vez levantada, para ella se iniciaba una nueva alegría: moverse, poner la mesa, abrir ventanas, mirarme a hurtadillas. Si me sentaba a la mesa, andaba a mi alrededor con cautela para no molestar; si iba a salir, me seguía con la mirada hasta la puerta. A mi regreso, se ponía en pie con rapidez.
       Había días en que no volvía a casa de buen grado. Me crispaba pensar que inevitablemente la encontraría esperándome —aunque ya sabía simular desinterés—, que me sentaría a su lado, que le diría más o menos las mismas cosas, o a lo mejor nada, y que nos miraríamos incómodos, y sonreiríamos, y lo mismo al día siguiente, y lo mismo siempre. Bastaba un poco de niebla o un sol gris para empujarme a tales pensamientos. Otras veces era una límpida jornada de aire claro o un destello de sol sobre los tejados o un perfume en el viento el que me envolvía y arrobaba y me rezagaba por las calles, reacio ante la idea de no estar ya solo y no poder vagabundear hasta la noche y comisquear en una taberna al final de una avenida. Con lo solitario que siempre había sido, no traicionarla ya me parecía hacer mucho.
       Mientras aguardaba en casa, Cilia se había puesto a zurcir y ganaba algo. El trabajo se lo daba una vecina, una tal Amalia, de unos treinta años, que una vez nos invitó a comer. Vivía sola, debajo de nosotros; poco a poco cogió la costumbre de subir a trabajar con Cilia, y pasaban juntas las tardes. Tenía la cara desfigurada por una quemadura horrible, que se había hecho de pequeña al caerle en la cabeza una olla hirviendo, y dos ojos tristes y tímidos, llenos de deseos, que cedían bajo las miradas, como para disculpar con su humildad sus rasgos deformados. Era una buena chica. Le dije a Cilia que me parecía su hermana mayor y bromeé y le pregunté si, de abandonarla yo un buen día, se iría a vivir con ella. Cilia me concedió traicionarla con Amalia si quería, pero si lo hacía con otra, ¡ay de mí! Amalia me llamaba señor y se mostraba tímida en mi presencia, algo que a Cilia le daba una alegría loca y a mí me halagaba una pizca.


III

       El escaso bagaje de estudios que ha sustituido malamente en mí la práctica de un oficio, y que es la raíz de muchas de mis aberraciones y malas acciones, podía haber resultado un buen medio de comunión con Cilia si no hubiese sido por mi inconsistencia. Cilia era muy despierta y deseaba saber cuanto yo sabía, porque, como me quería, se sentía culpable de no ser digna de mí y no se resignaba a ignorar nada de lo que yo pensase. Quién sabe, si yo hubiera logrado darle esa pobre alegría quizá habría comprendido en la tranquila intimidad de la ocupación común cuán digna era ella, y hermosa y real nuestra vida, y quizá Cilia viviría aún a mi lado, con aquella sonrisa que en dos años helé en sus labios.
       Comencé con entusiasmo, como siempre hago. La cultura de Cilia consistía en unas cuantas novelas por entregas, las crónicas del periódico y una dura y precoz experiencia de la vida. ¿Qué debía enseñarle? De momento ella habría querido aprender francés, un idioma que, quién sabe cómo, ya sabía un poco y que, sola en casa, consultaba en mis diccionarios; pero yo aspiré a más y pretendí enseñarle cabalmente a leer, a entender los mejores libros, algunos de los cuales —mi tesoro— tenía en la mesa. Me lancé a explicarle novelas y poesías, y Cilia hizo lo que pudo por seguirme. Nadie me supera en reconocer lo que de hermoso y exacto tiene una fábula, un pensamiento, y en decirlo con frases encendidas. Me esforzaba por hacer que sintiera la frescura de páginas antiguas, la verdad de todos aquellos sentimientos, experimentados cuando ni yo ni ella estábamos siquiera en el mundo; y cuán bella y distinta ha sido la vida para tantos hombres y en tantas épocas. Cilia me escuchaba atenta, me hacía preguntas y a menudo me ponía en aprietos. A veces, mientras andábamos por la calle o cenábamos en silencio, ella emitía una voz cándida para pedirme que le aclarara ciertas dudas, y un día que le respondí sin convicción o con impaciencia —no recuerdo— se le escapó la risa.
       Me acuerdo de que mi primer regalo de casado fue un libro, La hija del mar. Se lo hice un mes después de la boda, precisamente cuando empezamos las lecturas. Hasta entonces no le había comprado ni cacharros ni ropa, porque éramos demasiado pobres. Cilia se puso muy contenta y forró el volumen, pero no lo leyó nunca.
       Con nuestros escasos ahorros íbamos alguna vez al cine, y Cilia se divertía de veras. Le gustaba también porque podía apretarse contra mí y pedirme de vez en cuando explicaciones, que sabía entender. Nunca quiso que Amalia viniera con nosotros al cine, aunque una noche esta le pidió permiso. Nos habíamos conocido en un cine, me decía, y en aquella dichosa oscuridad teníamos que estar solos nosotros.
       La creciente frecuencia de Amalia en casa y mis merecidas desilusiones pronto me hicieron que descuidara, y luego abandonara, las lecturas educativas. Ahora, cuando me daba la vena cordial, me contentaba con bromear con las dos muchachas. Amalia perdió parte de su apocamiento y una noche que regresé del colegio muy tarde y nervioso llegó a clavarme en la cara su tímida mirada con un relámpago de desconfiado reproche. A mí me desazonó aún más la horrenda cicatriz de aquel rostro. Intenté malignamente hallar sus rasgos desfigurados, y, una vez solos, le dije a Cilia que a lo mejor Amalia de pequeña había sido parecida a ella.
       —Pobrecilla-soltó Cilia—, gasta todo el dinero que gana en intentar curarse. Espera encontrar marido.
       —¿Es que las mujeres no saben hacer otra cosa que buscar marido?
       —Yo ya lo he encontrado —sonrió Cilia.
       —¿Y si te hubiera ocurrido como a Amalia? —reí burlón.
       Cilia se acercó a mí.
       —¿No me querrías? —preguntó, balbuciendo.
       —No.
       —Pero ¿qué te pasa esta noche? ¿Te disgusta que Amalia venga por casa? Me da trabajo y me ayuda.
       Me pasaba que aquella noche no podía dejar de pensar que también Cilia era una Amalia y las dos me disgustaban, y yo mismo me daba rabia. Miraba a Cilia con ojos duros y su ofendida ternura me apiadaba y me irritaba. Había visto en la calle un marido con dos niños sucios en brazos, y detrás una mujercita marchita, su esposa. Me imaginé a Cilia vieja, desfigurada, y se me hizo un nudo en la garganta.
       Fuera había estrellas. Cilia me contemplaba silenciosa.
       —Voy a dar un paseo —le dije con una fea sonrisa, y salí.


IV

       No tenía amigos y a veces me daba cuenta de que Cilia era toda mi vida. Al cruzar las calles pensaba en eso, y me dolía no ganar lo bastante para pagarle mi deuda con comodidades y no tener que avergonzarme más al volver a casa. No derrochaba nada de nuestros ingresos —ni siquiera fumaba— y, orgulloso de ello, consideraba asunto mío al menos mis pensamientos. Pero ¿qué hacer con estos pensamientos? Regresaba a casa paseando, miraba a la gente, me preguntaba cómo muchos lograban la fortuna, y anhelaba cambios y extraños azares.
       Me paraba en la estación y escrutaba el humo y la agitación. Para mí la fortuna era siempre la aventura remota, la partida, el barco sobre el mar, la entrada en el puerto exótico entre fragor de metales y gritos, la eterna quimera. Una noche me detuve aterrado, comprendiendo de pronto que si no me apresuraba a hacer un viaje con la Cilia joven y enamorada, después una mujer ajada y un crío chillón me lo impedirían para siempre. Si apareciese de verdad dinero, reflexioné. Con dinero se hace todo.
       Hay que merecer la fortuna, me decía, aceptar las cargas de la vida. Me he casado, pero no deseo un hijo. Por eso soy mezquino. ¿Será cierto que con un hijo viene la fortuna?
       Vivir siempre absorto en uno mismo es deprimente, porque el cerebro habituado al secreto no se atreve a soltar tonterías inconfesables, que mortifican a quien las piensa. Mi aptitud para las sospechas recelosas no tenía otro origen.
       A veces fantaseaba mis sueños incluso en la cama. Ciertas noches sin viento, inmóviles, me sorprendía de improviso el silbido remoto y brusco de un tren, y hacía que me estremeciera pegado a Cilia, a la vez que me despertaba de mis desasosiegos.
       Una tarde que pasaba apresuradamente por delante de la estación, me topé de pronto con una cara conocida y me gritó un saludo. Malagigi: diez años sin verlo. Estrechándonos las manos, nos paramos a festejarnos. Ya no era sucio y maligno, demonio de manchas de tinta y complots en el retrete. Lo reconocí por su risa.
       —Malagigi, ¿aún estás vivo?
       —Vivo y contable. —La voz ya no era la suya. Me hablaba un hombre—. ¿Te marchas tú también? —me preguntó enseguida—. Adivina adónde voy. —Mientras tanto recogió del suelo una maleta de cuero, a juego con el claro impermeable y la elegancia de la corbata, y me cogió del brazo—. Acompáñame al tren. Voy a Génova.
       —Tengo prisa.
       —Luego me marcho a China.
       —¡No!
       —Todos igual. ¿No se puede ir a China? ¿Qué tenéis contra China? En vez de desearme suerte... Podría no volver. ¿Tú también eres como una mujer?
       —Pero ¿a qué te dedicas?
       —Me voy a China. Entra, vamos.
       —No, no puedo. Tengo prisa.
       —Pues entonces ven a tomar un café. Eres el último del que me despido.
       Tomamos café en la estación, en la barra, mientras Malagigi me informaba inquieto, a saltos, de su destino. No estaba casado. Había tenido un hijo que nació muerto. Había dejado la escuela después que yo, sin acabar los estudios. Había pensado en mí una vez al repetir un examen. Su escuela había sido la lucha por la vida. Todas las empresas se lo disputaban. Hablaba cuatro lenguas y lo mandaban a China.
       Insistiendo en la prisa que no tenía, irritado y descompuesto, me libré de él. Llegué a casa aún agitado por el encuentro; en mi interior brincaban convulsos pensamientos por el inesperado regreso de la adolescencia descolorida, con la exaltante impertinencia de aquel destino. No es que envidiase a Malagigi o me agradase, pero la repentina superposición sobre un recuerdo gris, que había sido también el mío, de aquella intensa y absurda realidad, malamente entrevista por mí, me atormentaba.
       La habitación estaba vacía, porque ahora Cilia bajaba a menudo a trabajar con la vecina. Me quedé un rato meditando en la oscuridad apenas velada por el resplandor azulado del hornillo de gas, sobre el cual hervía quieta la olla.


V

       Muchas tardes transcurrieron así, solo en el cuarto, esperando, dando vueltas o tirado en la cama, absorto en aquel intenso silencio del vacío que la neblina del crepúsculo llenaba y mitigaba poco a poco. Los rumores de la calle o más lejanos —vocerío de chiquillos, fragores, chillidos de pájaros y alguna voz— apenas me llegaban. Cilia pronto advirtió que no me ocupaba de ella al volver y alargaba la cabeza, sin dejar de coser, desde el pisito de Amalia para oírme pasar y llamarme. Yo entraba con indiferencia —si me oía— y decía algo, y una vez le pregunté en serio a Amalia por qué no subía a nuestra casa, donde había mucha luz, y nos obligaba a mudarnos todas las noches. Amalia no dijo nada y Cilia, desviando la vista, se ruborizó.
       Una noche, por contarle algo, le hablé de Malagigi y la hice reír, feliz, con aquel estrambótico tunante. Pero me quejé de que él hiciera fortuna y fuera a China. —A mí también me gustaría —suspiró Cilia— que fuésemos a China.
       Hice una mueca.
       —Quizá en una fotografía, si se la mandamos a Malagigi.
       —¿Y para nosotros no? —preguntó—. Giorgio, aún no tenemos una fotografía juntos.
       —Dinero tirado.
       —Hagámonos una fotografía.
       —No vamos a separarnos. Ya estamos juntos día y noche. A mí no me gustan.
       —Estamos casados y no tenemos un recuerdo. Hagámonos una.
       No contesté.
       —Costará poco. La guardaré yo.
       —Háztela con Amalia.
       A la mañana siguiente, Cilia, de cara a la pared, con el cabello sobre los ojos, no quería mirarme. Después de unas cuantas carantoñas advertí que se resistía y salté de la cama fastidiado. También Cilia se levantó y, tras lavarse la cara, me dio el café con reservada calma, bajando la mirada. Me marché sin decir nada.
       Regresé al cabo de una hora.
       —¿Cuánto hay en la cartilla? —voceé.
       Cilia me miró sorprendida. Estaba sentada a la mesa con aire desalentado.
       —No lo sé. La tienes tú. Trescientas liras, creo.
       —Trescientas quince con sesenta. Ahí las tienes. —Y dejé el rollo sobre la mesa—. Gástalas como quieras. Vámonos de juerga. Son tuyas.
       Cilia se levantó y vino hacia mí.
       —¿Por qué haces esto, Giorgio?
       —Porque soy un estúpido. Oye, no tengo ganas de hablar. El dinero, cuando se tiene poco, no importa. ¿Sigues queriendo la fotografía?
       —Pero, Giorgio, quiero que estés contento.
       —Estoy contento.
       —Te quiero.
       —Yo también. —Le cogí un brazo, me senté y la atraje sobre mis rodillas—. La cabeza aquí, ea. —Y puse la voz mimosa de la intimidad. Cilia no decía nada y apoyaba su mejilla en la mía—. ¿Cuándo vamos?
       —No importa —susurró.
       —Pues entonces, oye. —Le cogí la nuca y le sonreí. Cilia, todavía palpitante, me abrazaba el hombro y quiso besarme—. Cariño. Razonemos. Tenemos trescientas liras. Demos una patada a todo y hagamos un viajecito. Pero enseguida. Ahora. Si lo pensamos, nos arrepentiremos. No se lo digas a nadie, ni a Amalia. Estaremos fuera solo un día. Será el viaje de bodas que no hemos hecho.
       —Giorgio, ¿por qué no lo quisiste hacer entonces? Decías que era una tontería.
       —Sí, pero esto no es un viaje de bodas. Ves, ahora nos conocemos. Somos como amigos. Nadie sabe nada. Y, además, lo necesitamos. ¿Tú no?
       —Claro, Giorgio, estoy contenta. ¿Adónde vamos?
       —No lo sé, pero pronto, ¿eh? ¿Quieres que vayamos al mar? ¿A Génova?


VI

       Ya en el tren mostré cierta preocupación, y Cilia, que cuando salimos trataba de hacerme hablar y me cogía la mano y no cabía en sí, al encontrarme tan receloso comprendió y se puso a mirar con una mueca por la ventanilla. Yo contemplaba en silencio el vacío y escuchaba en el cuerpo el traqueteo cadencioso de ruedas y engranajes. Había gente en el vagón, en la que apenas me fijaba; a mi lado escapaban prados y colinas; enfrente Cilia, doblada sobre el cristal, también parecía escuchar algo, pero a ratos esbozaba una sonrisa con ojos fugaces. Me espió así, largamente.
       Llegamos de noche, y encontramos refugio en un gran hotel silencioso, oculto entre los árboles de una avenida desierta. Pero antes subimos y bajamos en una eternidad de tortuosas búsquedas. Hacía un tiempo gris y fresco, que daba ganas de pasear sintiendo el aire en la cara. Cilia, en cambio, se colgaba de mi brazo muerta de cansancio, y me alivió mucho encontrar donde sentarnos. Habíamos vagado por muchas calles deslumbrantes, por muchas callejas oscuras con el corazón en un puño, sin llegar nunca al mar, y la gente no se fijaba en nosotros. De no haber sido por la tendencia a salirnos de las aceras y por las miradas ansiosas de Cilia a transeúntes y casas habríamos parecido una pareja de paseo.
       Aquel hotel nos iba: ninguna elegancia, un mozalbete huesudo comiendo arremangado en una mesita blanca. Nos acogió una mujer alta y desdeñosa, con un collar de coral sobre el pecho. Me alegré de sentarme porque, de todos modos, pasear con Cilia no me dejaba concentrarme en lo que veía o en mí mismo. Preocupado y molesto, tenía que llevarla a mi lado y responderle al menos con gestos. Ahora bien, yo quería —quería— contemplar, conocer, solo yo, la ciudad desconocida; había ido adrede.
       Esperé abajo, tembloroso, encargando la cena, sin siquiera subir a ver la habitación y a discutir también yo. Aquel mozalbete me llamaba la atención, bigote rojizo, mirada nublada y solitaria. En el antebrazo debía de tener, descolorido, un tatuaje. Se marchó tras recoger una remendada chaqueta azul claro.
       Cuando cenamos era medianoche. En nuestra mesita Cilia se rió mucho del aire altanero de la dueña.
       —Nos creen recién casados —balbució. Luego, con ojos cansados y tiernos, preguntó, acariciándome la mano—: Lo somos, ¿verdad?
       Nos informamos de dónde estábamos. Teníamos el puerto a cien pasos, al fondo de la avenida.
       —Figúrate —dijo Cilia.
       Tenía sueño, pero quiso dar ese paseo.
       Llegamos a la barandilla de una terraza con el aliento entrecortado. Era una noche serena pero oscura, y las farolas hacían aún más profundo aquel fresco abismo negro que teníamos delante. No dije nada y aspiré estremecido el perfume salvaje.
       Cilia miraba a su alrededor y me indicó una hilera de luces, trémulas en el vacío. ¿Una nave? ¿El muelle? De la oscuridad llegaban lábiles efluvios, rumores, ligeros chapoteos.
       —Mañana —dijo extasiada—, mañana lo veremos.
       De regreso al hotel, Cilia se apretaba tenazmente contra mi costado.
       —Qué cansada estoy, Giorgio, qué bonito. Mañana. Estoy contenta. ¿Estás contento? —Y me restregaba la mejilla sobre el hombro.
       Yo casi no la sentía. Caminaba con las mandíbulas apretadas, respiraba, me acariciaba el viento. Estaba inquieto, lejos de Cilia, solo en el mundo. A la mitad de la escalera le dije:
       —No tengo aún ganas de dormir. Sube tú. Voy a dar una vuelta por el paseo y regreso.


VII

       Y también aquella vez fue lo mismo. Todo el daño que le hice a Cilia y por el cual me entra aún hoy un desolado remordimiento, en la cama, de madrugada, cuando no puedo hacer nada ni huir, todo ese daño yo ya no podía evitarlo.
       Lo hice todo siempre como un necio, un bobo, y solo me fijé en mí mismo al final, cuando hasta el remordimiento era inútil. Ahora vislumbro la verdad: me complací tanto en la soledad que atrofié todo sentido de relación humana y me incapacité para tolerar cualquier ternura y corresponder a ella. Cilia era un obstáculo para mí; simplemente no existía. Si por lo menos hubiera comprendido esto y sospechado cuánto daño me hacía a mí mismo mutilándome así, la habría podido resarcir con una inmensa gratitud, teniendo su presencia como mi única salvación.
       Pero ¿ha bastado alguna vez el espectáculo de la angustia ajena para abrirle los ojos a un hombre? ¿O son menester, en cambio, sudores de agonía y la pena viva que se levanta con nosotros, nos acompaña por la calle, se acuesta a nuestro lado y nos despierta de noche siempre despiadada, siempre fresca y vergonzosa?
       Bajo un alba neblinosa y húmeda, cuando la avenida estaba aún desierta, regresé entumecido al hotel. Encontré a Cilia y a la dueña en la escalera, riñendo a medio vestir, y Cilia lloraba. Cuando entré, la dueña, en bata, lanzó un chillido. Cilia se quedó inmóvil, apoyada en la barandilla; tenía una cara espantosa, deshecha, y todo el cabello y la ropa alborotados.
       —Ahí lo tiene.
       —¿Qué pasa, a estas horas? —pregunté, severo.
       La dueña, apretándose el seno, empezó a vociferar. La habían despertado a medianoche, faltaba un marido: lloros, pañuelos destrozados, teléfono, comisaría. ¿Qué modos eran esos? ¿De dónde venía?
       Yo no me tenía en pie y la miré ausente e irritado. Cilia no se había movido: solo respiraba hondo con la boca entreabierta, y su rostro alargado ardía.
       —Cilia, ¿no has dormido?
       No respondió. Lloraba inmóvil, sin pestañear, y tenía las manos unidas sobre el vientre, retorciendo el pañuelo.
       —Fui a dar un paseo —dije, sombrío—. Me detuve en el puerto. —La dueña estuvo a punto de replicar, encogiéndose de hombros—. Bueno, no me he muerto. Y me caigo de sueño. Déjenme echarme en la cama.
       Dormí hasta las dos, profundamente, como un borracho. Me desperté de pronto. La habitación estaba en penumbra; llegaban ruidos de la calle. Como por instinto, me quedé quieto: Cilia estaba sentada en un rincón, me miraba y miraba a la pared, se escrutaba las manos, estremeciéndose a veces.
       Al rato susurré, cauto:
       —Cilia, ¿estás de guardia?
       Cilia alzó la mirada con brío. Aquella mirada trastornada de antes se le había congelado en la cara. Movió los labios para hablar, y no dijo nada.
       —Cilia, no está bien eso de vigilar al marido —proseguí con vocecita burlona de niño—. ¿Has comido? —La pobrecilla negó con la cabeza. Entonces salté de la cama y miré el reloj—. A las tres y media sale el tren, Cilia, démonos prisa, que la dueña nos vea alegres.
       Luego, como no se movía, me acerqué a ella y le levanté el rostro sujetándole las mejillas.
       —Oye —le dije mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—, ¿es por lo de anoche? Habría podido mentir, contarte que me había perdido, darte jabón. Si no lo hice es porque no me gustan los melindres. Quédate tranquila, he estado siempre solo. Tampoco yo —y la sentí sobresaltarse—, tampoco yo me he divertido demasiado en Génova. Pero no lloro.




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