Cesare Pavese
(1908-1950)


El Capitán
([Il Capitano], 1941)
Borrador sin título, inconcluso
Tutti i racconti (2002)


I

      Subía yo aquella escalera semioscura en ciertas tardes silenciosas, después de haber dejado en la esquina a mi chica, y a medio subir miraba por un ventanuco que daba al cielo desnudo. No me paraba; hacía una caricia mental al gran cielo que llegaba hasta allí dentro y llamaba a la puerta. Ahora sé que mi anfitrión, en el rápido vistazo que me echaba, ponía la misma furtiva intensidad que un momento antes yo había dedicado al cielo, pero entonces era yo más tonto: me figuraba agradarle mostrándome fatuo. Conversábamos; poco a poco yo callaba y dejaba cuajarse en la estancia el silencio de antes; dejaba que las lóbregas paredes se agigantasen en torno a la luz de nuestro rincón, y sabía que mi anfitrión se contentaba con eso, y que una hora después, cuando me marchase, me diría que volviera.
       Como era un hombre grande, no viejo, de ademanes cautos y robustos como un campesino, no me atrevía a aludir con palabras claras a lo que en esas tardes me exaltaba: habría sido tan absurdo como preguntarle si aprobaba un color o un perfume. Pero deseaba que sintiese en mí una capacidad de travesura que pudiera hacerle sonreír.
       —¿Cómo se visten ahora las mujeres? —me preguntó una vez. Alcé la cabeza, asombrado—. Quiero decir, ¿qué efecto os hacen a vosotros, los jóvenes? —Yo vacilaba, y él agregó—: Claro, para vosotros siempre están vestidas del mismo modo.
       Tenía salidas de esas, inesperadas. Yo lo visitaba con cierta frecuencia, simplemente porque la esquina de las despedidas estaba justamente debajo de su casa, y el portal de aquella enorme manzana no se cerraba a ninguna hora de la noche. Creo que no había portero. Había ido a verlo la primera vez enviado por ciertos amigos politicastros, pero él, en vez de responder a mis alusiones se quedaba callado o, sacudiéndose de improviso, me hacía insólitas preguntas y se las contestaba él solo, escuchando después sin pestañear lo que yo sabía decirle. En aquella única gran habitación había olor a cerrado y cierto orden desordenado debido al mucho espacio vacío. Solamente en el rincón iluminado, formado por dos viejas butacas y una estantería llena de periódicos donde estaba colocada la lámpara, se sentía uno en una estancia habitada. Experimentaba una sensación azarosa al encontrarme con él en aquella intimidad, y cierta nostalgia del aire libre y del mañana, que es inseparable de la soledad nocturna. Aquella pausa vespertina después de la compañía que dejaba era como un sello de virilidad. Y la sonrisa y los pensamientos fatuos se los dedicaba a mi anfitrión para gozar mejor en contraste con su presencia y declararle la modestia con que lo escuchaba.
       Una noche me dijo:
       —¿Por qué vienes a verme en vez de ir a divertirte?
       Le sonreí con media sonrisa.
       —A tu edad yo era más espabilado —prosiguió.
       —Hay tiempo para todo —respondí.
       —¿Por qué quieres dedicarte a la política, que no es tu oficio?
       Esto me hirió. Dejé pasar un poco de tiempo, nosotros hablábamos así, y dije con cierto pesar que precisamente quería oír para hacerme una idea. Pero él no prosiguió la conversación y esa noche, al despedirme, no me dijo que volviera. Quizá era solo mi inquietud lo que me hizo percibir un olvido ocurrido ya otras veces, pero en cualquier caso reflexioné mucho sobre aquel trato injusto. Luego, como suele suceder, no tardé en convencerme de que la culpa era mía y me desesperó que aquel condenado hubiera calado tan bien mi secreto.
       Por consiguiente, al día siguiente choqué con la chica, que quería saber por qué estaba distraído, y a ella no podía contarle, claro, aquel juicio; conque pasé unos instantes acobardado, descubriéndome inepto para todo. Pero unas tardes después subía de nuevo aquella escalera, porque el hábito y la estación conspiraban para hacerme buscar esa pausa nocturna. El Capitán —así lo llamaban— me abrió la puerta con la indiferencia habitual, y me acogió como si no hubiera pasado nada.
       —No sabemos estar solos —dijo, burlón.
       Escondí mi satisfacción y rezongué que no iba a verlo por desgana, sino porque aprendía algo. No me preguntó qué; dijo en cambio que había que aprender a estar solo. Protesté que vivía solo, y él sonrió de nuevo y se inclinó adelante hacia la luz.
       —Eres demasiado joven para eso —dijo—. Sois todos demasiado jóvenes. Os gusta charlar. La compañía hace decir tonterías.
       Pensé que para actuar hacía falta también compañía y se lo dije. No me contestó y continuó:
       —¿Qué creéis hacer con tanta charla?
       —Yo charlo solo con las mujeres.
       Como de costumbre, la conversación se empantanó en un silencio y en vano hice otra pregunta sobre si tenía algo que reprocharme. Enmudeció mirando la mesa y no alzaba la vista. En mi fuero interno me sentí contento de que no la tomase con mi chica, y ya estaba a punto de repetir aquella sonrisa boba, cuando prosiguió:
       —La cárcel tiene eso de bueno, que enseña a no charlar.
       —Pues yo pensaba que se salía con grandes ganas de compañía.
       —Ciertamente. Los primeros tiempos —rezongó—. Pero luego adviertes que has aprendido a prescindir de ella. Todo el mundo se vuelve como una prisión. Y vosotros la necesitáis.
       Fue por esos días cuando mi amigo N., uno de los que me habían enviado allí, me habló de él con condescendencia. Estábamos discutiendo un proyecto suyo, y recuerdo que en cierto momento le pregunté qué opinaba el Capitán. Mi amigo me miró de soslayo, casi torvo, y suspiró. Pregunté fastidiado si tenía algo contra él. Mi amigo me contó entonces que el Capitán, con su prolongada reclusión, había perdido el contacto con la realidad y era ya un hombre del pasado, incapaz de seguirnos.
       —Pero podría mandarnos —dije.
       Mi amigo me miró de mala manera otra vez. Cuando hablé de él con el Capitán, este no se inmutó y me contestó que era un joven de fiar.
       —¿Vale algo? —insistí. El Capitán se irritó y, como yo me callé, respondió—: Tú eres demasiado inteligente. No imites a tus camaradas. Trabaja.
       No podía explicarle lo que había dicho de él y la disputa terminó. Después de todo, el mundo no consistía solo en aquel desván. Lo que yo hacía con los amigos tenía un significado.
       Sin embargo, me quedé a disgusto la vez siguiente, cuando, fresco aún por el vistazo a la ventana, encontré sentado en nuestro rincón al propio N. Alzó los ojos de una revista y esbozó un saludo distraído. No los había oído conversar desde fuera porque mi amigo hablaba naturalmente quedo y el Capitán debía de estar escuchando, como de costumbre. Me paré en medio de la estancia y pregunté si estorbaba.
       —Siéntate y no hagas el bobo —dijo N.
       Pero me quedé en la penumbra, apoyado en el respaldo de la butaca, mirando al Capitán, que había vuelto a sentarse frente a nosotros. Me pareció que esperaban que yo dijese algo, pero estaba perfectamente decidido, ya que el azar me había convertido en un intruso, a quedarme a orillas de la luz y a disfrutar con la discusión. Mi amigo torció el gesto para echarme una ojeada y farfulló:
       —¿Os habéis peleado?
       Creía colocarme en una situación de disculpa, ya que sabía muy bien que todas las noches dejaba a la chica a esas horas.
       —Seguid con vuestra conversación —respondí—. Como si yo no estuviera.
       Se miraron a hurtadillas —el Capitán sin inmutarse— con pinta de divertirse, y N., volviendo a darme la espalda, desembuchó, como si de verdad yo no estuviese, sus razones a plena luz.
       —Se lo decía, Capitán. Pippo es así. A él le gusta mirar. Mira las cosas más peligrosas. No hay espectáculo que lo espante. Pero Pippo no está. Eso es para él la actividad clandestina.
       —También a él le llegará el día —dijo apacible el Capitán.
       Mi amigo no sabía que ya habíamos hablado de eso y se asombró de aquella indiferencia. Pero, conociéndome, sabía que no era el momento de ofenderme. Volvió a hablar de sus planes con voz tranquila. Yo me había puesto a pasear por la estancia deteniéndome de vez en cuando para atisbar la expresión de la cara del anfitrión. Me parecía más atento que de ordinario.
       Eran las mismas cosas que el día antes N. quería ocultarle. Por lo bajo me agradó que siguiese así mi idea, pero iba de un lado a otro silencioso, sospechando alguna finura. El Capitán fruncía el entrecejo.
       —¿Estáis todos de acuerdo? —preguntó bruscamente.
       No le contestamos de inmediato, porque cada uno de nosotros esperaba a que el otro hablase, luego advertí que N. le había contestado ya con un ademán afirmativo de la cabeza.
       —No —dije entonces, fastidiado—. Yo, por ejemplo, no estoy de acuerdo.
       —Lo sabemos —repuso N. con tono frío—. Y nos gustas justamente por eso.
       Entonces me encogí de hombros y dije:
       —Idiota.
       Habló el Capitán y explicó su idea. No había preguntado si nuestro proyecto nos parecía o no factible —estas cosas nunca son factibles—, sino si los distintos camaradas estaban decididos a arriesgar la piel. Conociéndonos, él lo dudaba.
       Entonces N. empezó a explicarle que no veía ningún peligro, con tal de que las cosas se hicieran como es debido, y yo me reía porque conocía mejor que él la convicción del Capitán: que la juventud corriese riesgos, para que se curtiese. Cuando N. hubo expuesto bien claramente su postura, el Capitán se encogió de hombros y concluyó:
       —Entonces es inútil. Os aconsejo que no os molestéis.
       —¿Lo ves? —le oí decirme bajando las escaleras—, el Capitán no nos sigue. ¿Estás convencido?
       —Pero tiene razón —rezongaba yo, y le expliqué de mala gana que había que ser muy ingenuo para no haber entendido que el Capitán nos consideraba unos charlatanes.
       —Por eso debemos demostrarle que no lo somos —replicó N.
       Normalmente soy taciturno. Pero esa noche mi chica me tenía absorto por completo; por eso estuve con ellos locuaz y agresivo. En un rinconcito del café ella y yo nos habíamos hecho ciertas promesas y luego habíamos caminado en amor y compañía bajo los árboles primaverales. A casa del Capitán había subido con el corazón ligero. Ahora, callejeando por las avenidas con mi amigo, era incapaz de decidirme a regresar a casa. La conversación y el tenso ambiente de antes cedieron.
       Éramos viejos camaradas y a menudo nos ocurría eso de caminar uno junto al otro callados, pensando cada cual en sus asuntos, sin vergüenza. Esa noche yo no pensaba en nada; disfrutaba con el recuerdo y anticipaba el fervor de otras muchas discusiones futuras, porque me parecía ser capaz de hacerlo y emprenderlo todo, en una perenne noche de marzo. Era joven.
       —Pobrecillo —dijo N.—. Da pena.
       —¿Nosotros no? —repliqué.
       —Me da pena —contestó N.— porque es un hombre acabado.
       —Ha trabajado más que nosotros.
       —Como sea, está acabado.
       —Pero no lo dice —protesté.
       —Me pregunto si también nosotros seremos un día como él —suspiró—. Si dura esta situación, mucho me temo que sí.
       De día hacía sol, y no puedo decir cuánto me gustaba. Ese año trabajaba —era el primer año que trabajaba—, y subir por la mañana a la gran fábrica acristalada donde dibujaba delante de una ventana me aclaraba las ideas. Bajaba a veces a una tarbea donde unos obreros vigilaban una hilera de máquinas y al pasar le guiñaba el ojo a un tornero, un mocetón despierto; solo necesité unas cuantas frases para calarlo. Todavía no nos habíamos puesto de acuerdo ni relacionado, pero sabía perfectamente que, si yo quisiera, me bastaría con hablarle. Retrasaba ese momento porque en el fondo comprendía que no era nuestra acción la que podía importar, mientras que el tácito entendimiento era —al menos para mí— mucho más valioso. Me daba la sensación de que, con independencia de mí y de los camaradas, era la propia realidad la que se movía hacia nosotros.


II

       Mi chica mantuvo sus promesas, y por consiguiente volvía a casa bastante más tarde, cansadísimo y feliz. Ya no tenía ocasión de subir donde el Capitán, pero a menudo pensaba en él y lo imaginaba allá arriba solo y huraño, delante de las ventanas que ahora con el buen tiempo debía de tener abiertas. N. dijo que alguien iba aún a verlo, porque en sus tiempos había tenido muchos camaradas y los pocos que no se habían dispersado trataban de ayudarlo.
       Por aquellos días N. iba y venía a la estación, ocupadísimo en organizar a sus enlaces con la provincia, y como sabía que yo no los valoraba gran cosa, me hablaba muy poco de ellos. Por suerte mi trabajo me ataba a la ciudad, porque si no me habría sentido también en la obligación de hacer algún viaje. La cautela con que actuaba N., que no era un chiquillo, me inspiraba cierta angustia. También me inquietaba que, entre una excursión y otra, N. volvía a estar normal y me telefoneaba, quedábamos en vernos, hablaba de mí en sus salones y a mis objeciones respondía que la policía tenía demasiado que hacer persiguiendo al fantasma en la provincia para pensar en atraparlo en la ciudad. Por el momento había depositado en mi cuarto unos panfletos que yo conocía.
       En compensación, me reprochaba a menudo que subiera a ver al Capitán en cuanto me separaba de la chica: en mi lugar él no se fiaría. Perdí la paciencia y le dije que más bien se anduviera él con ojo con los muchachos que se encontraban con ciertas señoritas en sus salones: las mujeres y la política no casan.
       Eso era lo bueno entre nosotros, y creo que era el único de sus amigos, que podía decirle la verdad en la cara. En esos casos adoptaba un aire grave y me explicaba su postura. Y esa vez me explicó que sus señoritas no eran mujeres sino conciencias que, como yo y como él, se sentían en el deber de actuar.
       —En la época en que tus obreros sabían luchar, no sabes a cuántas mujeres, a cuántas obreritas, organizaban.
       Me conocía bien el amigo, y al darme estas respuestas sonreía.
       —Conciencias —refunfuñaba—, no me hagas reír.
       Pero el tema estaba iniciado y N. insistía en que era preciso tener el valor del propio ambiente.
       —Pero yo no tengo un ambiente —respondía encabronado, y mi amigo reía y me preguntaba dónde pasaba las tardes.
       —Por las calles —respondí.
       —Acabará, acabará —dijo—. También tú cumplirás con tu deber.
       A veces me exasperaba y trataba de vivir en otras partes mi jornada. Llevaba en barca a la chica o, si alguien me telefoneaba, ponía la condición de que iríamos a la colina a beber una botella, con tal de no acabar por aburrimiento en casa de N., siempre dispuesto a prestarnos oídos.
       En la fábrica, el tornero guiñaba los ojos, socarrón; hablaba por los codos y, sin embargo, no se decidía a entrar en harina. Se contentaba con mirar con la boca torcida, ante mis ojos, ciertas inscripciones góticas que coronaban la pared. Lo nuestro era un juego. Pero a hablar con él —que se llamaba Severino— me había comprometido con N. una vez que, impaciente ante sus sarcasmos, le había contestado que yo trabajaba bajo cuerda. En realidad lo había dicho por decir, pero N., diabólico, en vez de reír se había hecho el solícito, había apretado las mejillas y había demostrado creerme. Hasta hizo correr la voz entre los amigos de que a mí me correspondía aquel trabajo, que yo era serio, y me creó una fama de experto.
       De todos modos, no me decidía a sondear al tornero. Prefería coger al vuelo sus salidas, sus muecas disimuladas sobre el pitillo furtivo, la gran insolencia que sabía poner hasta en sus pasos cuando tenía que presentarse a un superior. Me preguntaba cómo pasaría las tardes. Probablemente haciendo el amor como yo. Se entendía con sus compañeros con ojeadas. Me gustaba.
       Un día acepté acompañar a N. a no sé qué expedición en bicicleta, a localizar a cierta persona que debía hacerle cierto favor, sacarlo de dudas sobre un tipo de quien se había servido incautamente.
       —No creo —me dijo con sencillez— que sea un espía, porque a estas horas estaríamos detenidos todos.
       Mientras pedaleábamos, se justificó con que había que actuar y a veces que confiar a ciegas. Dijo también bromeando que daba igual fiarse siempre, hacer como los cruzados: dejar a Dios, es decir a la cárcel, el cuidado de distinguir entre santos y réprobos.
       Le dije que en eso coincidía con el Capitán. Eso le hizo sonreír.
       —Sí —le expliqué—, dice que hay que llevar las cosas al límite. Cuantos más acaben en chirona, más revolucionaria se vuelve la situación.
       N. sonrió de nuevo con cierta tolerancia. Luego un recodo del valle lo distrajo y, mientras seguíamos corriendo, me di cuenta de que estaba bastante preocupado por el asunto del espía.
       La idea de la cárcel, siempre vaga y azarosa, adquirió en aquella carrera que parecía una fuga una desagradable consistencia y me dejó mal sabor de boca. La presencia de N. me parecía una señal tangible de la amenaza. Nuestros neumáticos susurraban en el asfalto mojado, y la idea de que aquella era nuestra última carrera me infundía una insólita tensión.
       —¿Quién es ese tipo que podría ser espía? —dije de pronto.
       Al saltar de la bicicleta delante del desnudo arcén de la avenida, N. no me contestó, y miró a su alrededor. Había unas casas bajas de tejado de madera, ya no casas obreras, sino barracas campesinas que la ciudad había absorbido. Había una puerta abierta, sobre un peldaño embarrado, y el letrero rezaba «Taberna».
       —¿Es aquí? —le pregunté.
       Apoyamos las bicicletas en una planta. N. me miró curioso y dijo:
       —El ambiente te gustaría.
       —Entra —le solté— y date prisa. Yo cuido las bicicletas.
       —Si vienen, silba —bromeó N. desde la puerta.
       Me encogí de hombros y me quedé solo. Entre los árboles se extendía el largo prado, los baldíos del arrabal, y más lejos surgían monótonas otras casas aisladas. Después de la lluvia, en el frescor del sol, aquellos eran mis parajes. Encendí un cigarrillo para saborear en paz mis pensamientos y el ansia de antes se aclaró no como miedo, sino como malestar ante la idea de que me arrancaran repentinamente de mis ocupaciones, del encuentro de después de la cena, de la llegada matutina a la fábrica, del vagabundeo, de las conversaciones, de los imprevistos cotidianos. Pero advertí que en el fondo la espera junto a las bicicletas no debía de diferir de una vida de cárcel salvo en la duración. Uno se detiene y piensa, me dije. Se detiene un poco demasiado, pero a fin de cuentas eso es todo. Mucho más agobiante era la duda de si en la cárcel se podría fumar. Preguntaré al Capitán, pensé. Si aún me daba tiempo.
       Naturalmente, tuve tiempo. Apoyado en la ventana del Capitán, la tarde siguiente, recordaba sonriendo nuestro día de campo —no había sido otra cosa— y el riguroso secreto que N. quería que le guardase con todos. Al subir, había encontrado una visita, una tal doña Bianca.
       —¡Oh, el amigo de Carlo! —había exclamado al oír mi nombre.
       El suyo, en cambio, no me dijo nada. Estaba sentada, absorta, casi en el borde de la butaca, y nos miraba alternativamente al Capitán y a mí con una solicitud muy maternal. La conversación murió pronto, porque a casa del Capitán yo iba para callar y en cambio la señora tenía pinta de esperarse quién sabe cuántas cosas, y varias veces iniciaba una conversación que ninguno de nosotros seguía. El Capitán intercalaba sarcasmos y refunfuños, que yo ya conocía. Finalmente la señora se removió como para levantarse, miró de soslayo la habitación y dijo:
       —Entonces aquellas cosas...
       El Capitán fue a buscar a un armario un paquete del tamaño de un cuaderno, que ella hizo desaparecer en el bolso.
       —Se hace lo que se puede —dijo furtivamente, levantándose.
       Cuando el Capitán entró tras haberse despedido de ella, yo me había apoyado en la ventana y pensaba precisamente en mi excursión.
       —¿De qué te ríes? —sonó su voz.
       —Suceden cosas ridículas —dije.
       Pero el Capitán estaba de mal humor. Le pregunté si lo había molestado. Dijo que no y cogió el sombrero.
       —¿Quieres que salgamos?
       En la calle rompió el silencio con un suspiro.
       —¿Y tú por qué vienes a verme? —preguntó.
       Se paró en medio de la plaza.
       —¿Hemos ofendido a la señora? —dije.
       Me miró de través; no parpadeé, un...





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