Cesare Pavese
(1908-1950)


La chaqueta de cuero
(“La giacchetta di cuoio”, 1941)
Originalmente publicado en Feria d’agosto (1946)
Tutti i racconti (2002)



      Mi padre me deja pasar los días en la barraca del embarcadero, porque así me entretengo y aprendo un oficio sin darme cuenta. Ahora hay una dueña gorda, que grita siempre, y si hago ademán de tocar una barca, me ve, aunque sea desde la bodega, y grita que no es cosa mía. Detrás de la barraca están las mesitas y las sillas para los clientes, pero esta dueña no se deja ayudar, y si le llevo un encargo le dice enseguida a su hijo que coja él los vasos. En la barraca hace tiempo que no entro, y todavía más que no voy arriba a mirar el agua y las barcas desde la ventana de Ceresa. Aquí ya no viene ahora nadie, y aviado está mi padre si cree que aún puedo aprender el oficio.
       Esta señora Pina no tiene ni idea de lo que hay que hacer: tratan a los clientes como me tratan a mí. No basta con llevar chaqueta de cuero para dirigir un embarcadero; hace falta que la gente venga con ganas y vea en la cara del dueño que le gustan las barcas y el Po, y que divertirse es una gran cosa. Ceresa sí que era el hombre indicado: parecía jugar con todos y en las barcas andaba más él que los clientes. Cuando estaba Ceresa nunca faltaban risas: nos metíamos en el agua en bañador, se preparaba el alquitrán, se achicaban las barcas, y cuando hacía bueno se merendaba con el cubo de uvas sobre la mesa, bajo los árboles. Las muchachas que iban en barca se detenían a bromear bajo el cobertizo, y había una que quería que Ceresa la acompañase Po arriba. Ceresa le decía siempre que no podía abandonar el embarcadero y la taberna, y que viniese por la mañana temprano antes de salir el sol. Una buena mañana la idiota aquella fue, y Ceresa entonces le dijo que se levantase así todos los días y se le pasaría el dolor de cabeza.
       La chaqueta de cuero, que ahora la vieja se echa por los hombros cuando llueve, Ceresa la llevaba siempre y me acuerdo de que, una vez que íbamos en barca y vino un temporal, se la quitó y me la dio para abrigarme. Debajo iba siempre con el torso desnudo, y me decía que si yo hacía la vida del Po, de mayor tendría músculos como los suyos. Llevaba bigotes y a fuerza de estar al sol era rubio.
       El año pasado, por culpa de Nora, algunos dejaron de venir. Nora al principio era la criada que llevaba las bebidas a los clientes y por la noche se marchaba; después, el año pasado, por muy tarde que me fuera a casa, ella se quedaba aún en la barraca, y por la mañana cuando llegaba la veía ya mirando por la ventana. Nora era una mujer guapa; Ceresa no lo decía nunca, pero lo decían los jovenzuelos y los viejos que jugaban a las bochas. Nora estaba apoyada en la puerta, sujetándose un codo con la mano, vestida de rojo, y miraba a todos sin hablar. A mí, una vez que me senté en el peldaño esperando a Ceresa, me dijo:
       —Vete a tu casa, estúpido.
       Pero otras veces se reía cuando me sentaba en una barca con los pies en el agua, y si alguien pedía un remo o un cojín y no estaba Ceresa, me decía que lo fuera a buscar en el cobertizo.
       A mí me dio pena enseguida que Nora no se marchase ya de la barraca. Antes, cuando me acordaba de ella, decía yo también: «Es una chica guapa», y no pensaba en más. Pero si ahora le hacía compañía a Ceresa quería decir que era realmente algo extraordinario, y me daba pena porque no entendía qué era.
       Comían juntos bajo el cobertizo, y yo me quedaba todavía un rato para ayudarlos si regresaban las barcas, para que no tuvieran que levantarse; ellos charlaban, y me decían algo de vez en cuando, pero más que nada se guiñaban el ojo, y si Nora se iba a la cocina a buscar un plato, Ceresa estaba callado, mirando a la puerta. Hablaban entre ellos como no lo hacían conmigo; ni siquiera Ceresa, que bromeaba con todos, con ella era el de siempre, sino que decía cosas en voz baja, golpeando la mesa con la yema de los dedos y mirando hacia arriba, o bien subía y bajaba la cremallera de la chaqueta como si fuera un abanico, y Nora guiñaba los dos ojos y miraba la cremallera riéndose.
       Se veía que estaban juntos por la compañía y no para casarse, porque Nora nunca llevaba un vestido cualquiera de esos que se ponen en casa, sino que tenía aquel rojo, y otro blanco aún más bonito, y una vez que lavaba los platos y barría se quedaba en la puerta o iba a mirar el agua como hacen las chicas que alquilan las barcas. Cuando Ceresa la buscaba, ella se le acercaba caminando despacio y parecía siempre que no tenía nada que hacer. Y en cambio el día era largo y había mucho que hacer: ella servía en la taberna, lavaba las camisas y aún le sobraba tiempo para fumar un pitillo.
       Ahora que Nora era la dueña, Ceresa me decía que un día cogeríamos la barca él y yo y estaríamos fuera hasta la noche remontando el Po más allá de la presa. Nora no venía en barca con nosotros, decía que el agua apestaba, y cuando nos marchábamos con las redes y la cesta a pescar bajo el puente, nos miraba desde la ventana riendo. Para pescar, Ceresa se ponía solamente la chaqueta y el bañador negro muy ajustado, y saltábamos al agua y colocábamos la cesta contra las piedras, y, mientras yo sujetaba la barca, Ceresa molestaba a los peces con las manos. Al otro lado de la presa sabía de un lago extraordinario de donde se volvía con la cesta llena, y siempre decía que nos marcharíamos una buena mañana para regresar por la tarde. Muchas mañanas llegué al embarcadero esperando que esa fuera la buena, pero siempre surgía algo que hacer, o bien Ceresa tenía que acabar una conversación con Nora, o que embrear una barca que había quedado de la tarde anterior, y lo aplazábamos.
       Acabé yendo solo, al otro lado de la presa. Un día que Ceresa tenía cosas que hacer en Turín, me quedé solo con Nora, que limpiaba verduras en un cubo bajo el cobertizo. Nora no me quitaba ojo, sin hablar, y entonces me aburrí. Le dije que cogía la barca y me marché. Me quedé hasta mediodía en el agua y regresé convencido de que aquel día no vería a Ceresa y que más valía que me fuera a casa. En cambio, Ceresa ya había vuelto y se reía desde la ventana poniéndose la chaqueta, y me dijo que subiera. Di un paso, pero luego vi a Nora en la puerta, mirándome de soslayo, y no tuve el valor de entrar para subir.
       —Ceresa llama —dije.
       Y fui al cobertizo a dejar el remo. Nora me miró y remiró, y luego subió ella.
       Las mañanas eran las mejores horas, pues siempre se podía esperar más que por la tarde. Por la tarde debía irme, porque después de cenar Ceresa y Nora se vestían y se cogían del brazo; iban a Turín, al cine, de paseo. El embarcadero se quedaba vacío, cerraban la taberna en cuanto oscurecía. Antes siempre había alguien y Ceresa nos divertía: él no tenía frío, se quedaba en bañador incluso a oscuras. Me daba rabia que Nora, que nunca tomaba el sol y debía de ser blanca como la tripa de un pez, lo tutease y estuvieran siempre del brazo. Hubiera dado cualquier cosa por saber hablar como ellos.
       —Ya verás cuando me case —me dijo una mañana Ceresa—, será todo como antes.
       —Yo le sostenía el alquitrán y me daban ganas de llorar. No lloraba y miraba la barca, para que no se riese. Tenía cuidado de que Nora no me oyese desde la cocina, y eso que sabía perfectamente que de veras quería casarse con ella.
       —Yo no me casaría —dije bajito—, ya verás como, cuando te cases, Nora no volverá a ponerse el traje rojo y empezaréis a pelearos.
       —¿Qué le dijiste ayer a Zucca, mientras jugaba a las bochas?
       Ceresa siempre lo sabía todo. Pero era Zucca, el del bocio, quien hablando con otro había dicho que Nora era una mula y que Ceresa no debía casarse con ella. Yo solo lo había oído al llevar los vasos.
       —Eres un crío —dijo Ceresa—, no tienes que hablar como los mayores. Si Nora te dice algo, dímelo a mí.
       Pero Nora nunca me decía nada importante. A veces me echaba. Cuando trabajaba con Ceresa en una barca, ella nos miraba con cara de dueña desde la puerta, y yo no entendía si me miraba así a mí o a Ceresa. Ahora solo esperaba que volviera a salir la conversación para decirle que Nora era una mujer mala.
       Unos días después del asunto de Zucca, esperaba en la barca que Ceresa bajase, pero Ceresa no venía. Había subido un momento a coger tabaco, y yo desde el agua veía la ventana abierta, pero como el tiempo era estupendo podían llegar clientes y llevarse a Ceresa, y no veía la hora de que bajase. Era una tarde cálida, y ni siquiera se oía el rumor del agua contra las barcas. Luego vislumbré la espalda de Ceresa en la ventana y oí que hablaba hacia el cuarto y no se volvió a decirme nada. Entonces miré al sol, después cerré los ojos y me los apreté, y vi muchas manchas rojas y verdes y me aburrí. Esperé no sé cuánto, y en cierto momento descubrí a Ceresa bajo el cobertizo encendiendo un cigarrillo y preguntándome qué hacíamos. Le mostré el remo y Ceresa hizo un gesto como diciendo que le fastidiaba, pero saltó a la barca. Dejó que lo llevase hasta el puente, sentado sin hablar. Luego saltó al agua y pescamos, y de vez en cuando decía algo de los peces, pero no paraba de fumar y de erguirse para mirar el agua. Yo le hablé de la motora y discutimos sobre si marchaba con gasolina, pero él no me tomó el pelo como solía hacer, y tiraba los peces pequeños contra el fondo de la barca, diciendo:
       —Así reventéis también.
       Esta tarde pasó Zucca con el lanchón y dijo «Hola».
       —Tú sí que eres listo —dije echándoles agua a los peces, y Ceresa lo miró, después me miró riendo y me plantó la mano en la cabeza y me acarició.
       Y, sin embargo, no se había peleado con Nora. A las mujeres les gusta armar follón o por lo menos llorar; las mujeres son distintas de nosotros. Pero con Nora estábamos callados. Apuesto a que también a él le decía Nora a veces, como a mí: «Qué estúpido eres. Vete», y entonces Ceresa no podía hacer más que retorcerle la muñeca y rompérsela. Una sola vez que en presencia de dos clientes le dijo que cosiera el cojín roto de una barca, Nora cogió el cojín y lo tiró al agua. Después se encerró arriba y no quería abrirle. Yo me puse a servir las mesas de detrás de la barraca, donde no se habían dado cuenta de nada. Ceresa no me habló en todo el día y estuvo bajo el cobertizo limando un tolete y le daba él solo a la fragua y cogía los carbones y los tiraba con las manos al Po todavía chirriantes.
       Al día siguiente encontré la puerta atrancada. Llamé; no había nadie. Entonces me marché porque no quería que me encontrasen los clientes y tener que decirles que Ceresa se había peleado. El embarcadero estuvo muerto durante dos días. Después, una buena mañana vagaba por casualidad por la orilla y vi movimiento entre las barcas. Ceresa había regresado; había regresado Nora, que estaba en la ventana y se cambiaba de blusa. Ceresa estaba embarcando entonces a dos chicas, de esas que se desnudan bajo el cobertizo, y gritaban estupideces. Ceresa reía y sujetaba la barca.
       Por la noche celebramos que Nora hubiera regresado. Vinieron cinco o seis, barqueros y clientes —Zucca, Damiano, los de siempre—, pero parecían más alegres y estuvieron hasta medianoche charlando y bromeando. Todos decían que Nora debía bañarse, y que al día siguiente compraría un bañador y serviría en traje de baño a los jugadores de bochas. Después salió la luna, y el suelo estaba claro como a mediodía. Entonces Damiano trajo vino y se pusieron a jugar. Yo me caía de sueño, pero no quería marcharme; Nora se fijó y me dijo:
       —¿No te quieren en tu casa?
       Entonces me fui.
       Desde ese día, Nora se mostró más alegre, pero con Ceresa siempre estaba dispuesta a replicar, y a él no le importaba y se encogía de hombros. A veces yo me avergonzaba por él cuando aquella bruja decía tonterías en presencia de los demás. Se había comprado un bañador rojo como aquel vestido, y se lo ponía a mediodía para tomar el sol mientras iba y venía por delante del cobertizo, y lo llevaba incluso después, hasta que Ceresa la cogía de un brazo y la miraba con ojos feroces. Nora tenía una piel que parecía de mantequilla, pero nunca se bañaba en el Po. Cuando venía Damiano o el hijo de Zucca o unos soldados, se paraba a reír con ellos y a exhibirse. No entiendo qué es lo que la gente encuentra en las mujeres.
       —Ya verás —me dijo una vez Ceresa— como te gustarán también a ti.
       Pero hasta ahora aún no me ha ocurrido.
       Después Ceresa se peleó con Damiano. Se peleó un día que yo no estaba, y oí hablar de eso en la taberna al día siguiente. Se habían liado a puñetazos y habían gritado tanto que los tranviarios de la otra orilla los oían. Aquella vez miré a hurtadillas la cara de Nora, por si estaba enfadada también, pero más que enfadada me pareció asustada. En cambio, Ceresa no dijo nada y vino conmigo a pescar y aquel día no había ni un pez para pagarla con él, y él, de rabia, cogió la cesta y la golpeó contra el pilar. Después se tumbó en el fondo de la barca y me dijo que lo llevara a casa.
       Ahora si él no me decía que había que hacer algo, yo iba de mala gana al embarcadero. Había días en que nos quedábamos bajo el cobertizo sin hablar y no se veía a Nora. Pero era aún peor cuando ella circulaba por la cocina o servía a los clientes, porque entonces me esperaba siempre que dijese algo. Después un día busqué mi barquilla —la que me había hecho en el banco del cobertizo cuando Ceresa me dejaba trabajar— y no la encontré. Ceresa estaba sentado en el suelo contra el palo y le pregunté dónde estaba la barquilla; él me dijo que no lo sabía. Entonces corrí a la cocina y le pregunté a Nora y la oí decir tan tranquila que la había quemado en el fuego.
       Ceresa me preguntó aquel día por qué no aprendía un oficio.
       —Quiero ser barquero —respondí.
       —¿Estás loco? —exclamó él—, ¿no ves que es un oficio endemoniado? Dile a tu padre que te meta en la fábrica, díselo. Más te vale incluso ser soldado.
       Me dio pena, no por mí, que total no era nadie, sino por él, a quien ya no le gustaba el Po. Quería decirle que se casara con Nora, así mandaría mejor en ella, pero no sabía qué me iba a replicar. Me puse los pantalones y volví a casa.
       Nora se había dado cuenta de que me la había hecho gorda, porque al día siguiente me llamó a la cocina y me dio conversación. Me preguntó si me gustaba tanto ser barquero y si no tenía miedo de ahogarme. Yo le respondí que me gustaba porque era el oficio de Ceresa. Después me preguntó si era capaz de llevarla en barca. —Le pediré a Ceresa que nos deje ir a ver la presa. Si mañana hace bueno, vamos.
       Al día siguiente se puso el bañador y le pidió prestada la chaqueta a Ceresa. Cogimos el cestillo con la merienda y ella se sentó en los cojines. Ceresa nos miró marchar riendo. Una vez pasado el puente, me puse a remar con fuerza, y Nora me preguntó si estaba lejos. Le expliqué cómo se hacía para meter el remo, y ella probó. Vino a mi lado y por poco nos caemos al agua; todas las mujeres son iguales. Volvió a sentarse y me preguntó si sabía nadar y me dijo que me parase en la desembocadura del Sangone, donde el agua estaba tranquila.
       Até la barca a tierra, y mientras ella me miraba, me di una buena zambullida. Luego nadé en el Sangone y le grité que el agua estaba más fría que en el Po. Cuando llegué junto a la barca y empezaba a hacer pie, vi aparecer en la orilla a Damiano y un soldado. Eran amigos, pero al soldado no lo había visto nunca. Entonces se acercaron a la barca y empezaron a charlar con Nora. Yo saludé a Damiano, pero sin darle confianzas. Subí a la barca y me senté.
       Me daba rabia Damiano, porque sabía que remaba mejor que yo, y, si Nora le decía que nos llevase a la presa, yo quedaría como un estúpido. Pero Damiano y el soldado se sentaron en la orilla y empezaron a bromear. Yo no contestaba, y al cabo de un rato saltó también ella a tierra y dijo que quería pasear. El soldado le puso la mano en la cremallera de la chaqueta y dijo riendo:
       —Te hace falta aire.
       Era napolitano.
       Me quedé solo en la barca y pensaba que si Ceresa lo hubiera sabido, pobres de ellos; entonces volví al agua para que quien pasara no supiera que la barca era de Ceresa. Nora regresó cuando ya era de noche y me dijo que no debíamos decirle a Ceresa que habíamos visto a Damiano. Eso también lo sabía yo.
       Pero al día siguiente trató de nuevo de que la llevase —esta vez, a los molinos—, y me tocó no ir por el embarcadero, porque entre Ceresa que insistía y ella que me miraba como hacen las mujeres cuando están enfadadas, no podía decir que no. Fui al atardecer y la encontré ya con la falda puesta, pero, en vez de blusa, tenía aún la chaqueta de cuero. Se ve que ahora llevaba el bañador debajo de la falda. Me miró de mala manera, pero me quedé con Ceresa.
       Eran hermosas las mañanas de septiembre, cuando el Po formaba niebla y esperábamos a que el sol la abriese poco a poco. Ahora siempre había algo que hacer en la fragua o con el alquitrán, y a Nora no se la veía tan pronto porque iba al mercado. Ceresa hablaba menos que antes, pero yo estaba a gusto con él porque comprendía que andaba desganado y me dejaba enredar cuanto quisiera bajo el cobertizo. De vez en cuando él decía algo, y así le hacía compañía.
       Llegó por fin la temporada de la uva, y una tarde cogimos de las parras que cubrían la taberna y merendamos del cubo. Estaba también Nora y los tres comíamos riendo. Nora decía que había que andarse con ojo porque de noche nos la robaban. Después, para enseñarnos dónde podían esconderla los ladrones, se abrió la cremallera de la chaqueta. Entreví que debajo estaba desnuda, una cosa blanca y manchada; no llevaba el bañador. Se abrochó enseguida.
       Mientras merendábamos, había dos soldados bebiendo cerveza en una mesita, y uno me parecía el mismo amigo de Damiano que había bromeado con Nora. Pero ¿cómo asegurarlo?, todos se parecían. Nora no se había detenido cuando les llevó la cerveza.
       Pero al cabo de una hora los volví a ver tal cual, riendo y charlando con Nora. Ceresa había entrado en casa. Vi a Nora inclinarse sobre la mesita, y al soldado alargar la mano como aquel día, pero esta vez tiraba de la cremallera, y Nora, inclinada, se reía también. Me volví cuando noté que Ceresa estaba en la puerta. Me llamó y no dijo nada.
       Un momento después estaba yo solo en el campo de las bochas, las mesas estaban vacías, y Nora y Ceresa estaban en casa. Me quedé oyendo por si gritaban, pero nada se movía. Solo me daba miedo que llegase un cliente o regresase una barca y tener que llamar a Ceresa. Entre los árboles hacía bueno y caía la noche. Tenía frío. Tras los árboles oía a los pájaros que volaban bajo. Por el talud no pasaba ni un automóvil. Todos parecían muertos.
       Me dio vergüenza, miedo, no sé. Pensaba aún en aquella blancura de Nora. Me parecía que todo gritaba y me llamaba. Luego se abrió la ventana y Ceresa se asomó y dijo:
       —Pino, lárgate a casa.
       Cerró enseguida.
       Al día siguiente volví con el corazón en un puño. Pasé por el talud sin bajar; el embarcadero estaba tranquilo entre los árboles. No había nadie. Total, yo tenía que hacer un recado en el Dazio. Pero después de comer me decidí: Ceresa debía saber que yo no tenía la culpa. Vi un montón de barcas que iban y venían ante el embarcadero; vi a dos de paisano parados junto a un automóvil en la entrada del sendero. Comprendí que no se podía pasar, y entonces di un rodeo por el prado. Bajo el cobertizo todos iban y venían, pero Ceresa no estaba. Entonces me encontré con el hijo de Zucca, que me dijo que Ceresa había estrangulado a Nora y la había tirado al Po.
       Yo quería verlo para decirle lo de aquel día en el Sangone, pero nos hicieron despejar a todos los que estábamos y cuando él salió solo se oyó el ruido del automóvil. Después mi padre me dijo que cuanto menos hablara de eso, mejor, para mí y para todos.





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