Cesare Pavese
(1908-1950)


El diablo sobre las colinas
(Il diavolo sulle colline, 1948)


I

      Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Pero tenía un amigo que aún dormía menos que yo y algunas mañanas le veía pasear por delante de la estación a la hora de la llegada y salida de los trenes. Lo habíamos dejado poco antes en su portal, ya de madrugada, pero Pieretto había querido dar otra vuelta, ver el amanecer y tomar un café; luego estudiaba las caras adormiladas de los barrenderos y los ciclistas. Ni siquiera él recordaba con claridad las conversaciones sostenidas durante la vigilia nocturna. Las había digerido y ahora decía con tranquilidad:
       —Es tarde ya, me voy a la cama.
       Alguno de aquellos que trotaban detrás de nosotros no llegaba a comprender qué hacíamos a una determinada hora, acabado el cine, las diversiones, las tabernas, los temas de conversación. Se sentaba con nosotros en un banco, nos oía gruñir, burlarnos, se exaltaba ante la idea de ir a despertar a las chicas y esperar la aurora arriba en las colinas. Luego, apenas nosotros cambiábamos de humor, dudaba y encontraba el valor suficiente para irse a su casa. Al día siguiente nos preguntaba:
       —¿Qué hicisteis después?
       No era fácil dar una respuesta: escuchar un borracho, ver cómo encolaban carteles, dar una vuelta por los mercados, ver pasar las ovejas por los paseos… Pieretto decía solemne:
       —Conocimos a una mujer.
       El otro no nos creía, pero se impresionaba igualmente.
       —Se necesita mucha perseverancia —seguía Pieretto—. Se pasa y se repasa bajo el balcón durante toda la noche. Ella lo sabe, se da cuenta. No es necesario conocerla, lo presiente. Llega un momento en que no puede aguantar más, salta de la cama y abre las persianas. Tú apoyas entonces la escalera…
       A pesar de ello, y entre nosotros, no se hablaba muy a gusto de mujeres, al menos no con seriedad. Si me gustaban Oreste y Pieretto era porque no me lo decían todo acerca de ellos. Las mujeres, aquellas que separan, debían llegar más tarde. Por el momento se hablaba sólo de este mundo, de la lluvia, del sol, y nos gustaba tanto que ir a dormir lo considerábamos una pérdida de tiempo.
       Una noche de aquel año llegamos a la orilla del Po y nos sentamos en un banco del paseo. Oreste había refunfuñado:
       —¿Por qué no vamos a dormir?
       —Échate ahí —le contestamos—. ¿Por qué te has de empeñar en estropearnos el verano? ¿No puedes dormir con un solo ojo?
       Nos miró a hurtadillas, apoyando la mejilla en el respaldo. Yo decía que jamás tenía que dormir uno en la ciudad.
       —Siempre está todo encendido, como si fuera de día. Habría que hacer algo distinto cada noche.
       —No sois más que unos chicos —dijo Pieretto—. Unos chicos codiciosos.
       —Y tú —le dije—. ¿Qué eres? ¿Un viejo?
       Oreste dio un salto:
       —Los viejos, dicen, no duermen nunca. Nosotros damos vueltas y vueltas durante la noche. Quisiera saber quién es el guapo que duerme.
       Pieretto reía.
       —¿Qué pasa? —le pregunté.
       —Que para dormir bien antes se necesitan las mujeres. Ésa es la razón por la que ni los viejos ni vosotros podéis dormir.
       —Será —murmuró Oreste—, pero en este instante me caigo de sueño.
       —Tú no eres de ciudad —dijo Pieretto—. La gente como tú encuentra en la noche cierto sentido. Eres como los perros de un establo, o como las gallinas.
       Eran ya las dos pasadas y la colina, más allá del Po, centelleaba.
       Hacía fresco, casi frío.
       Volvimos hacia el centro. Yo reflexionaba en la extraña habilidad que tenía Pieretto para ponerse siempre a cubierto y decir que éramos unos ingenuos. Ni Oreste ni yo, por ejemplo, perdíamos mucho el sueño pensando en las mujeres. Me pregunté por enésima vez qué vida podía haber hecho antes de venir a Turín.
       En los bancos del jardín de la estación, bajo la escasa sombra de aquellos arbolillos, dormían a boca abierta dos mendigos. Descamisados, cabellos y barba revueltos, parecían gitanos. Los urinarios se hallaban cerca y, aunque la noche supiera a fresco de verano, reinaba en aquel lugar un tufo fuerte que se resentía de un largo día caluroso, sol, movimiento y barullo de sudor, de asfalto derretido, de multitud sin paz. Por la noche, en aquellos bancos —flaco oasis en el corazón de Turín—, suelen sentarse mujeres, solitarios, vendedores ambulantes, despistados, y se aburren, esperan, envejecen. ¿Qué es lo que esperan? Pieretto decía que algo grande: el hundimiento de la ciudad, el Apocalipsis. A veces una tormenta de verano los barría de allí y lavaba toda clase de huellas.
       Los dos de aquella noche dormían como muertos estrangulados. En la plaza desierta algún letrero luminoso hablaba aún al cielo vacío, arrojando sus reflejos sobre los dos muertos.
       —Ésos están a gusto —comentó Oreste—; nos enseñan cómo debe hacerse.
       Hizo ademán de irse.
       —Ven con nosotros —le dijo Pieretto—; en casa no te espera nadie.
       —Ni tampoco adonde vais vosotros.
       Pero se quedó. Fuimos por los nuevos soportales.
       —Aquellos dos… —dije despacio—. Debe ser bonito despertarse con el primer rayo de sol en la plaza.
       Pieretto no dijo nada.
       —¿Adónde vamos? —pregunté.
       Pieretto se detuvo después de unos pasos.
       —Me parece bien ir a algún sitio —dije—. Pero ahora todo está cerrado. No se ve un alma. Me pregunto para qué sirve tanta luz.
       Él no soltó su acostumbrada pregunta: «¿Y tú para qué vives?», pero dijo:
       —¿Vamos a la colina?
       —Está lejos.
       —Sí… Pero tiene siempre aquel olor…
       Bajamos por la calle central. Al llegar al puente sentí frío; después acometimos la subida con paso rápido para salir de aquellos parajes conocidos. Había humedad, estaba oscuro, sin luna, brillaban las luciérnagas. Al cabo de un rato aminoramos la marcha, sudábamos. Hablábamos con calor de nosotros, arrastrando a Oreste en la conversación; aquellos caminos los habíamos recorrido muchas veces empujados por la fuerza del vino y la compañía. Pero eso no importaba, era un pretexto para ir, subir, sentir la loma de la colina bajo nuestros pies. Pasábamos entre campos, recintos, rejas, vallas, olíamos el asfalto y el bosque.
       —Para mí no hay diferencia alguna con una flor en un jarrón —sentenció Pieretto.
       Por extraño que parezca nunca habíamos subido hasta la cima, al menos por aquel camino. Tenía que haber un punto, un paso en donde el camino se hiciera más llano, el extremo elevado de la colina que yo imaginaba como un último obstáculo, un balcón abierto hacia el mundo externo de la llanura. Desde otros puntos, Superga, del Pino, habíamos mirado hacia allá en pleno día. Oreste nos había señalado en el horizonte de aquel mar de rocas, sombras vagas y selváticas, sus pueblos…
       —Es tarde —dijo Oreste—. Antes había varios locales por aquí.
       —Cierran a una hora determinada —aclaró Pieretto—. Sin embargo, los clientes que se quedan siguen armando jaleo dentro.
       —¿Merece la pena subir a la colina en verano —dije— para divertirse con puertas y ventanas cerradas?
       —Tendrán jardines, prados —dijo Oreste—. ¡Quién sabe! Dormirán en el parque.
       —Pero también los parques se acaban —dije—. Luego viene el bosque y las viñas.
       Oreste gruñó. Dijo a Pieretto:
       —Tú no conoces el campo. Das vueltas y vueltas durante toda la noche, pero el campo auténtico no lo conoces.
       Pieretto no respondió. A lo lejos, quién sabe dónde, ladraba un perro.
       —¿Nos quedamos aquí? —dijo Oreste después de una curva.
       Pieretto pareció salir de su abstracción:
       —Las liebres y las culebras se esconden bajo tierra porque tienen miedo del que pasa. El olor que se siente es de gasolina. ¿Dónde está ese campo que tanto os gusta?
       Se agarró a mí salvajemente:
       —Si degollaran a uno en el bosque, ¿crees que lo considerarían como una empresa legendaria? ¿Callarían los grillos junto al muerto? ¿Crees que el lago de sangre sería algo más que un esputo?
       Oreste, entonces, escupió con disgusto:
       —Atención —dijo—, viene un coche.
       Lento y silencioso apareció un coche descubierto, color verde pálido. Se detuvo suave y dócilmente. Una mitad permaneció en la sombra bajo los árboles. Lo miramos en suspenso.
       —Lleva los faros apagados —dijo Oreste.
       Pensé que en el coche podía haber una pareja y me hubiera gustado estar lejos en aquel instante, no ver a nadie. ¿Por qué no se iban los del coche hacia Turín y nos dejaban a solas con nuestra Naturaleza? Oreste dijo por señas que debíamos movernos.
       Rozando el coche esperaba oír murmullos o risas; en cambio vi un hombre solo al volante. Era joven y estaba boca arriba, mirando extrañamente hacia el cielo.
       —Parece muerto —dijo Pieretto.
       Oreste había salido ya de la sombra. Anduvimos bajo el canto de los grillos y en aquellos pocos pasos muchas cosas vinieron a mi mente bajo los árboles. No me atrevía a volverme. Pieretto, a mi lado, callaba. La tensión se hizo intolerable. Me detuve.
       —Imposible —dije—; ése no duerme.
       —¿De qué tienes miedo? —preguntó Pieretto.
       —¿Lo has visto bien?
       —Duerme.
       Pero no duerme uno de aquella manera, con el coche en movimiento. En mis orejas aún resonaba la explosión de ira de Pieretro.
       —Si al menos pasara alguno…
       Nos volvimos a mirar la curva negra de árboles. Una luciérnaga atravesó la carretera centelleando como la colilla de un cigarrillo.
       —Esperemos a ver si arranca.
       Pieretto comentó que quien tenía un coche como aquel bien podía hacer lo que le viniera en gana y quedarse allí mirando las estrellas. Escuché con atención.
       —A lo mejor nos ha visto.
       —Veamos si responde —dijo Oreste. Entonces lanzó un grito lacerante, bestial. Un grito que comenzó como un bramido y que llenó el cielo y la tierra, un mugido de toro que terminó en carcajada de borracho. Oreste evitó con un salto mi patada. Escuchamos. El perro se puso a ladrar de nuevo y los grillos callaron asustados. Nada. Oreste abrió la boca para volver a gritar y Pieretto dijo:
       —Preparados.
       Esta vez mugieron juntos, largamente, con estridencias y variaciones. Se me puso la piel de gallina pensando en que, como el rayo de luz de un faro en la noche, una voz semejante llegaría a todos lados, al fondo de los senderos, a las sombras, al interior de los cubículos y de las raíces, llenaría y haría vibrar todo en la noche.
       El perro enloqueció. Escuchamos de nuevo sin apartar los ojos de la curva. Estuve a punto de decir: «Se habrá muerto de miedo». En aquel momento oí el chasquido de la portezuela del coche al cerrarse de un golpe. Oreste me dijo al oído:
       —Ahora es cuando llega la policía.
       No ocurrió nada durante unos minutos. El perro, al fin, se había callado y todo a nuestro alrededor se llenaba de nuevo con los chirridos de los grillos bajo las estrellas. Mirábamos fijamente la banda de sombra.
       —Vamos —dije—. Somos tres.



II

       Lo encontramos en el estribo del coche con la cabeza entre las manos. No se movió. Lo miramos a distancia, como un animal peligroso.
       —Parece que está vomitando —dijo Pieretto.
       —Puede ser —dijo Oreste. Fue hacia él y le puso la mano en la frente como cuando se hace para saber si se tiene fiebre. El otro apretó la frente contra la mano como un perro que juega, Los oímos hablar y forcejear ligeramente. Oreste se volvió a nosotros.
       —¡Es Poli! —nos dijo—. Es una sorpresa. Lo conozco. Son los dueños de una finca.
       El otro cogió la mano de Oreste y sacudió la cabeza como uno que sale del agua. Era un guapo muchacho y tendría algún año más que nosotros; tenía profundas ojeras y una expresión aterrada. Agarrado a la mano de Oreste nos miró como si no nos viera. Oreste le preguntó:
       —Pero ¿no estabas en Milán?
       El otro contestó:
       —¿Has venido a buscar ardillas?
       —¿Dónde crees que estamos? —dijo Oreste y liberó su mano al mismo tiempo. Luego añadió mirando el coche—; ¿lo habéis cambiado?
       «¿Por qué diablos se meterá a razonar con un borracho? —pensé. El susto de antes se había convertido en irritación—. ¿Por qué no lo deja en la cuneta?».
       Poli nos miraba. Parecía un enfermo mirando desde el fondo de la cama, aterrorizado y triste. Ninguno de nosotros, después de haber bebido, se había reducido jamás a aquel estado. Sin embargo, era, en todo, digno del coche que llevaba. Me avergoncé de aquel grito de poco antes.
       —¿Se ve Turín desde aquí? —preguntó levantándose con agilidad y mirando a su alrededor—. Tendría que verse. ¿Lo veis vosotros?
       De no haber sido por la voz, que tenía un tono embrutecido, ronco y débil al mismo tiempo, parecía casi normal. Miró a su alrededor y entonces dijo a Oreste:
       —Vengo aquí desde hace tres noches. Hay un sitio desde el cual se ve Turín. ¿Queréis acompañarme? Es un lugar muy bonito.
       Oreste le preguntó a quemarropa:
       —¿Te has escapado de casa?
       —Me esperan en Turín —contestó Poli—. Gente rica, insoportable. —Nos miró sonriendo con aquellos ojos suyos, como si fuera un niño avergonzado—. ¡Qué asco da cierta gente que todo lo hace con guantes! Incluso los hijos y los millones.
       Pieretto lo miraba con sorna. El otro sacó los cigarrillos y los ofreció a todos. Encendimos.
       —Si me vieran contigo y tus amigos se reirían de mí. Pero yo disfruto plantando a aquella gente.
       Pieretto dijo en voz alta:
       —Se divierte usted con bien poca cosa.
       —Me gustan las bromas —dijo Poli—. ¿A usted no?
       —Para hablar mal de uno que se ha enriquecido —contestó Pieretto— hay que hacer como él. O vivir sin gastar nada.
       Poli, consternado, preguntó:
       —¿Usted cree? —Lo dijo ansiosamente y hasta el propio Oreste sonrió. Luego, Poli abrió los brazos como haciéndoles cómplices y comentó con voz bajísima—: Aún hay otro motivo.
       —¿Cuál es?
       Poli dejó caer los brazos suspirando. Ahora nos miraba humildemente desde el fondo de los ojos; parecía estar mal en aquel momento.
       —Esta noche me siento como un dios —dijo despacio.
       Nadie se rió. Tras un instante de silencio, Oreste propuso:
       —Vamos a ver Turín.
       Bajamos por el camino hasta la terraza de una curva desde donde se veía el brillante resplandor de Turín. Nos detuvimos. Poco antes, cuando nosotros subíamos a la colina, no habíamos vuelto la cabeza. Poli, con el brazo sobre los hombros de Oreste, miraba el mar de luces. Arrojó el cigarrillo.
       —¿Qué hacemos? —preguntó Oreste.
       —¡Qué pequeño es el mundo —dijo Poli sin oírle—: callejuelas, patios, chimeneas! Visto desde aquí parece un mar de estrellas. Y, sin embargo, cuando uno está allá en medio, ni se da cuenta.
       Pieretto se apartó unos pasos. Después de mojar las plantas gritó:
       —Usted se está burlando de nosotros.
       Poli continuó tranquilamente:
       —Me gusta el contraste. Solamente con los contrastes se siente uno más fuerte, superior al propio cuerpo. La vida es banal si no hay contrastes. Yo no me hago ilusiones.
       —¿Y quién se las hace? —preguntó Oreste.
       El otro levantó los ojos sonriendo:
       —¿Quién? Los que duermen en aquellas casas. Ellos creen ser alguien, sueñan, se despiertan, hacen el amor, son «tal y cual», pero, en cambio…
       —En cambio, ¿qué? —dijo Pieretto acercándose.
       Con la interrupción de Pieretto, Poli perdió el hilo. Chasqueó los dedos buscando la palabra.
       —Decías que la vida es pesada —dijo Oreste.
       —La vida depende de nosotros —dijo Pieretto.
       Poli dijo:
       —Sentémonos.
       No parecía borracho. Empecé a creer que aquellos ojos extraviados eran como su camisa de seda, su apretón de manos, el coche magnífico: algo habitual e inseparable en él.
       Charlamos durante un rato sentados en la hierba. Los dejé hablar mientras escuchaba el canto de los grillos. Poli no hacía caso de los sarcasmos de Pieretto. Explicaba por qué, desde hacía tres noches, huía de Turín y de la humana sociedad. Nombró hoteles, gente importante, mantenidas. A medida que Pieretto oía y aceptaba, yo me separaba, me convencía de que era sólo un ingenuo, volvía a mí el humor de antes cuando, al escuchar la llegada del coche, pensábamos que era una pareja haciéndose el amor. De pronto dije:
       —¿Vale la pena haber dejado Turín para no hacer otra cosa que charlar?
       —¡Es cierto! —dijo Oreste—. Lo mejor es ir a casa. Mañana hay que trabajar.
       Se levantaron Poli y Pieretto.
       —¿No vienes? —me dijeron.
       Mientras íbamos hacia el coche, me quedé rezagado con Oreste para preguntarle por Poli. Me dijo que eran propietarios, tenían tierras, una gran finca, una colina entera.
       —Cuando era un chico íbamos juntos a cazar. Era ya un rebelde, aunque, claro, no bebía de esta manera.
       Luego se volvió hacia Poli y gritó:
       —¿Iréis este año al Greppo?
       Poli interrumpió su discusión con Pieretto para decir:
       —Papá nos dejó allí el año pasado y se llevó el coche. No podíamos salir. La gente tiene ideas extrañas. Quería apartarme, ¿de qué? No sé si volveré. Todo lo más a pasar un día con algún amigo y unos discos.
       Abrió las portezuelas del coche y nos invitó. Yo hubiera querido no subir porque comprendía que con él no podíamos ser nosotros mismos. Teníamos que escucharlo y aceptar su mundo contestando a tono. Ser corteses con él significaba servirle de espejo. No acertaba a comprender cómo Oreste había convivido con él durante varios días. Poli, al volante, preguntó:
       —Entonces, ¿se va?
       —¿Adónde?
       —¡Al Greppo!
       —¿Estás loco? ¡Yo quiero irme a dormir! —saltó Oreste.
       Protesté y dije que era una cosa absurda.
       —Aún no es de día —dijo Poli—. Son sólo las cuatro menos algo. A las cinco estamos allí.
       Todos a la vez gritamos que teníamos una casa.
       —Llévanos abajo. Ya tendremos ocasión de ir al Greppo.
       —¿Podemos fiarnos? —murmuré.
       —Yo quiero irme a dormir —insistió Oreste—. Déjanos en Porta Nuova.
       Bajamos hacia Turín. El coche rodaba con suavidad, seguro de sí. Pieretto, junto a Poli, no había abierto la boca.
       Estábamos ya en los paseos luminosos y abandonados. Oreste bajó en Vía Niza, junto a los soportales. Desde el estribo dijo a Poli:
       —¡Hasta la vista!
       En un instante me dejaron ante el portal de mi casa. Los saludé. Le dije a Pieretto que nos veríamos al día siguiente. El coche desapareció con ellos dos.



III

       Durante el día sudábamos a causa de los estudios, sobre todo Oreste, que hacía medicina. Pieretto y yo preparábamos leyes y habíamos dejado para octubre el esfuerzo mayor. Oreste, en cambio, a causa de los estudios no salía con nosotros por la noche pero, a primeras horas de la tarde, sabíamos siempre dónde encontrarlo. Como él tenía los padres en un pueblo, en Turín había alquilado una habitación e iba a comer a un restaurante.
       Al día siguiente de aquella noche fui a buscarlo. Lo encontré mordisqueando una manzana, con el codo sobre su cartera y apoyado de espaldas contra la pared. Me peguntó si había visto a Pieretto.
       Hablamos de un proyecto que teníamos para aquel año. Queríamos ir a pasar unos días al campo, al pueblo de Oreste. Su casa era espaciosa y nos divertiríamos. La idea de Pieretto y mía era colgarnos la mochila a la espalda y hacer el camino a pie. Oreste dijo que eso era inútil porque campo y calor lo tendríamos en abundancia una vez llegados al pueblo.
       —¿Qué decías de Pieretto?
       —Que no creerás que se fueron anoche a dormir.
       —¿No estará estudiando?
       —Muy fácil —contestó—. Con el otro y su coche. ¿No viste lo pronto que se pusieron de acuerdo los dos?
       Hablamos de la noche anterior, de Poli, de aquel modo tan extraño de comportarse. Oreste dijo que no era nada extraño. Él, con Poli se trataba de tú, aunque el padre fuera un hombre extrarrico, un comendador de Milán que poseía aquella enorme finca, pero a la cual no iba nunca. Poli había crecido en ella, de verano en verano, con diez amas de cría, coches, caballos. Sólo cuando se alargó los pantalones tuvo permiso para salir fuera y conocer a algún paisano suyo. Durante dos o tres temporadas, al paso de las perdices, había ido a cazar con los otros. Era un buen chico y sabía razonar. Le faltaba firmeza, eso sí. A mitad de una cosa cambiaba de idea.
       —Es la clase de vida que llevan —dije yo—. Son como mujeres.
       —No es tonto. ¿Has visto lo que dice de sus semejantes?
       —Lo dijo por decir; además, estaba borracho.
       Oreste negó con la cabeza.
       —Poli no estaba borracho. Un borracho es otra cosa. O quizás está borracho sólo desde hace tres días y le gusta comportarse como un cerdo. Es algo mucho peor. A un borracho se le llega a querer.
       Oreste tenía salidas inesperadas.
       —No las tomó contra sus semejantes —dije—, sino contra el que ha hecho dinero y no sabe vivir. Tú que eres amigo suyo tendrías que conocerlo.
       —Ya sabes cómo son estas cosas —dijo Oreste—. Ir de caza juntos es como ir a la escuela. A mi padre le gustaba.
       Terminó de beber y nos fuimos. Insinué que a Poli le habría dicho Pieretto las mil y una. Luego tiene aquel modo suyo de reír que parece que le está escupiendo a uno a la cara. Pieretto no se preocupa jamás de si la gente se ofende o no.
       —¡Quién sabe! —dijo Oreste—. Yo, por mi parte, no he visto nunca a Poli ofendido.
       Aquella noche no vi ni a Pieretto ni a Poli. Durante aquel año y cuando estaba solo lo pasaba mal. Volver a casa para estudiar no tenía sentido alguno, estaba demasiado acostumbrado a vivir, a hablar con Pieretto y recorrer las calles. Había en el aire, en el movimiento, en la oscuridad misma de los paseos, algo que no entendía, cosas de las que me gustaba gozar. Me hallaba siempre a punto de interpelar a una chica o de meterme en un figón equívoco, o bien tirar adelante por uno de los paseos, y caminar hasta que se hiciera de día para encontrarme entonces en cualquier sitio. O bien, daba vueltas por las calles de siempre, pasaba y repasaba las encrucijadas y los letreros, veía de nuevo las mismas caras. A veces me plantaba en una esquina y me quedaba allí media hora, furioso conmigo mismo.
       Pero aquella noche me fue algo mejor. El reciente encuentro con Poli me había quitado muchos escrúpulos y me decía que en el mundo, de día y de noche, había privilegiados todavía más absurdos que yo. Porque eso es lo que sin saberlo me habían inculcado padre y madre, provincianos en ciudad; las locuras de los pobres te serán consentidas, las de los ricos, nunca. Se entiende, pobres, que no quiere decir mendigos.
       Pasé el rato en un cine, divertido e inquieto pensando en Poli. Como al salir no tenía sueño, anduve por callejas desiertas bajo las estrellas y el aire fresco de la noche. He nacido y vivido en Turín, pero aquella noche pensaba en los callejones del pueblo de mis padres, abiertos en mitad del campo. En un pueblo semejante había vivido Oreste y, en cambio, allí, seguramente, volvería. Y volvería para quedarse. Aquélla era su ambición porque, deseándolo, podía quedarse en la ciudad. ¿Había en ello alguna diferencia?
       Ya en la puerta de casa oí que me llamaban. Era Pieretto quien, destacándose de la sombra de la pared, atravesó la calle y me alcanzó. Quería estar conmigo, hablar. No tenía sueño. Si no lo había visto antes es porque había pasado el día con Poli. La noche pasada la habían terminado dando vueltas por el campo en el coche hasta encontrarse por la mañana junto a los lagos, bajo el sol. Allí Poli se había sentido mal y se cayó como un saco al bajar del coche; quizá la causa había sido el efecto deslumbrador del sol. Estaba lleno de cocaína, envenenado. Pieretto había telefoneado al hotel de Turín y alguien le había respondido que llamara a Milán. «No tengo dinero para hacerlo», había gritado. Entonces un cura que sabía guiar subió al coche y llevaron a Poli a Novara. Un doctor lo había despertado, hecho sudar y vomitar; luego riñeron con el cura porque acusaba a Pieretto de haber sido el causante de la mala inspiración del amigo. Finalmente Poli estuvo en condiciones de aclarar la cosas, pagar el médico, el teléfono, la comida y a continuación llevar el cura a casa, el cual fue haciéndoles un largo sermón acerca de los pecados y del infierno.
       Pieretto estaba contento. Había disfrutado con las locuras de Poli, con la excursión a los lagos, con la cara del sacerdote. Poli había ido a darse un baño y a cambiarse. Había por en medio una señora, una especie de furia que lo había seguido de Milán a Turín y lo asediaba sin descanso en el hotel enviándole flores.
       —Será algo estúpido —dijo Pieretto—, pero sabe vivir. Para el dinero que gasta, se divierte.
       —Es un inconsciente —dije yo—. Se pasa de la raya.
       Me explicó que, al fin y al cabo, Poli no hacía nada distinto a nosotros. Nosotros, pobretones y burgueses, pasábamos las noches hablando sentados en los bancos e incluso fornicábamos pagando anticipado y bebíamos vino, Él tenía otros medios: drogas, libertad, mujeres de clase. La riqueza es potencia, eso es todo.
       —Estás loco —dije—. Nosotros razonamos las cosas. A mí me gusta saber por qué disfruto cuando voy de paseo. Por ejemplo, tú buscas Turín mientras yo quiero subir a la colina. A mí me gustan los olores de la tierra, ¿por qué? A Poli, estas cosas no le interesan. Es un inconsciente, hasta Oreste lo asegura.
       —Sois unos estúpidos —rebatió Pieretto. Me explicó entonces que existe siempre una necesidad de experiencia, de peligro; que los límites están colocados de acuerdo con el ambiente en que se vive—. Puede que Poli diga y haga tonterías, puede que un día se deje la piel, pero sería más triste si viviera como nosotros.
       Fuimos discutiendo como siempre. Pieretto sostenía que Poli hacía bien conociendo la vida según sus medios.
       —¡Pero si sólo dice tonterías! —objetaba yo.
       —No importa —decía Pieretto—; a su modo se las ingenia y toca cosas que vosotros ni siquiera sospecháis.
       —¿Por qué? ¿Ha intentado darte coca?
       Él contestó irritado que Poli de la cocaína no hacía una escena teatral. Hablaba poquísimo, pero con el cura conversó acerca del pecado, demostrando profundidad de ideas y una cierta experiencia. Me reí abiertamente y Pieretto se enfadó:
       —¡Te escandalizas porque uno toma cocaína y luego te ríes si se habla del pecado!
       Se detuvo delante de un bar, diciendo que iba a telefonear. Al cabo de un rato se asomó a preguntar si Oreste iba a venir con nosotros.
       —Es medianoche y Oreste duerme a estas horas. Sus medios se lo exigen.
       Pieretto volvió al teléfono y siguió hablando y riendo. Al salir dijo:
       —Vamos con Poli.



IV

      Me atemorizó la idea de pasar de nuevo una noche en blanco. Ni mi padre ni mi madre hubieran dicho nada: dos palabras acerca del tiempo, una ojeada por encima del plato, cautas preguntas acerca de los exámenes. Yo no sé cómo Pieretto se comportaría con los suyos. A mí, aquellos rostros inermes me daban pena y me preguntaba qué clase de tipo era mi padre a los veinte años y qué chica fue mi madre, y si un buen día yo llegaría a tener unos hijos tan extraños. Probablemente los míos pensaban en el tapete verde, en mujeres, en la antecámara de la cárcel, ¿qué sabían ellos de nuestras inquietudes nocturnas? A lo mejor tenían razón; se trata siempre de un tedio, de un vicio inicial, de ahí nacen las cosas.
       Al llegar al hotel vimos a Rosalba, que paseaba arriba y abajo, y a Poli maniobrando en el coche. Entonces dije a Pieretto:
       —Pactos claros esta noche. Es ya la media.
       Pero era evidente que Poli buscaba nuestra compañía para limitar las expansiones de aquella mujer. Bromeaba. Nos la había presentado diciéndole a ella que éramos «lo mejor de Turín», que escuchara y aprendiera. En el mundo de Poli se llega hasta la grosería sirviéndose de la gente con alegre despreocupación. No acertaba a comprender por qué Pieretto se prestaba a ello.
       Rosalba se colocó junto a Poli. Era delgada —¡pobrecilla!—, tenía los ojos enrojecidos, era afectada y llevaba una flor en el pelo. No podía estarse quieta y ya antes, mientras esperaba que nos acomodásemos, nos lanzaba miradas afanosas, sonrisas, se miraba en su espejito de mano. Llevaba un vestido de color rosa. Con aquel traje de noche parecía la madre de Poli. Él seguía bromeando mientras nos contaba mil cosas, Miraba a Rosalba con sus ojillos vivos, reía y guiaba. En un instante estuvimos fuera de Turín. Pieretto se inclinó hacia delante y le dijo algo. Poli frenó de golpe. Estábamos en el campo negro, ante las montañas. Rosalba reía excitada.
       —¿Adónde se va?
       Yo dije claramente que no me apetecía estar fuera toda la noche.
       Poli se volvió para decirme:
       —Deseo que nos haga compañía. Confíe en nosotros, no volveremos tarde.
       —Parémonos aquí, Poli. ¿Por qué te empeñas en correr toda la noche? ¡Eres siempre tan temerario! —dijo la mujer desolada.
       Poli dio vuelta a la llave; antes de arrancar habló con ella. Yo veía las dos cabezas juntas, distinguí el ansia y la intimidad de las voces, luego la cabeza de ella afirmó con fuerza. Poli se volvió y nos sonrió.
       Volvimos hacia Turín. A través de los paseos desiertos de la periferia flanqueamos la colina negra en la noche, luego corrimos a lo largo del Po. Pasamos Sassi. Se veía que tanto Poli como Rosalba conocían aquellos lugares. Ella se acercaba a sus hombros. ¿Qué encontraría Pieretto en aquellos dos? Me preguntaba si ella sabría lo de las drogas de Poli y me los imaginaba borrachos, detestables. La novedad de aquella carrera, los bruscos saltos en la noche, las aguas negras y la negra colina inminente no me dejaban pensar.
       —¡Ya estamos! —gritó Rosalba mientras Poli aminoraba la marcha ante una villa iluminada. Dobló sobre la grava y se detuvo en un patio en donde había otros coches aparcados. Delante de nosotros, contra el río, vi un espacio en la penumbra con mesitas y lámparas discretas. Vi también las chaquetas blancas de los camareros.
       Cuando terminó la agitación y embarazo de sentarnos y ordenar las consumiciones —Rosalba había cambiado ya de idea varias veces; no escuchaba, se enfadaba, hablaba en voz alta; Pieretto se puso de bruces sobre la mesa enseñando bien los puños deshilachados de su camisa—, decidí dejarlos hablar y me dije: «Después de todo, éste es un café como los demás». Me abandoné en la silla y tendí la oreja hacia el lado de la sombra intentando oír el murmullo del río.
       Pero me equivocaba porque no era un café como los demás. Una orquestina tocó con gran fragor para cesar súbitamente. En el centro de las lamparitas hizo su aparición una mujer que se puso a cantar. Llevaba un traje de noche y flores en los cabellos. Poco a poco, de las mesitas surgieron parejas que se pusieron a bailar abrazadas en la penumbra. La voz de la cantante las guiaba, hablaba por ellas, se plegaba, susurraba con ellas. Parecía una fiesta, un rito convulso entre el río y la colina en donde, al grito de la mujer, respondían las expresiones de todos. Porque la mujer, una Rosalba en verde oliva, gritaba en el centro, se balanceaba con las manos sobre los senos y gritaba, invocaba alguna cosa.
       Rosalba apretaba con aire beatífico la mano de Poli y él, como si no lo advirtiera, hablaba con Pieretto.
       —Cualquiera tendría que contar por su cuenta —dijo Pieretto—. Hay cosas que tendríamos que hacer nosotros, pero nosotros solos.
       —El que baila está muy ocupado —contestó Poli riendo—. Hay que perdonarlo.
       —El que baila es un tonto —dijo Pieretto—, porque busca a su alrededor lo que ya tiene entre sus brazos.
       Rosalba aplaudió con la alegría convulsa de una niña. Impresionaba ver su rostro con aquellos ojos encendidos. En aquel momento llegaron licores y café y ella se apartó de Poli.
       La orquestina volvió a sonar, pero esta vez sin canto. Callaron las otras voces musicales y quedó sólo el piano, que ejecutó unos minutos de variaciones, dignas de aplauso. Aun sin querer, había que escucharlas. Luego la orquesta cubrió el piano y lo sumergió. Durante el número, las lámparas y reflectores que iluminaban las plantas cambiaron mágicamente de color y fuimos verdes, encarnados, amarillos.
       —Un lugar discreto —dijo Poli mirando a su alrededor.
       —Gente letárgica —añadió Pieretto—. Aquí estaría bien el grito de Oreste.
       Poli levantó el rostro asombrado y recordó:
       —Nuestro amigo, ¿se ha ido a dormir? Me hubiera gustado que estuviera aquí con nosotros.
       —Se resiente de la noche de ayer —dijo Pieretto—. ¡Lástima! Hay cosas que no soporta.
       Vi a Rosalba como desnuda en el gesto que hizo. Tuvo un sobresalto.
       —Quiero bailar —dijo secamente a Poli.
       —Querida Rosi —contestó él—, no puedo permitir que mis amigos se aburran. Sería una descortesía. Estamos en Turín. Es una ciudad bien, no lo olvides.
       Ella se puso tan colorada como el fuego. Me di cuenta de lo loca y torpe que era. Quién sabe, a lo mejor en Milán tenía hijos. Recordando la historia de las flores que enviaba a Poli, aparté la mirada y oí que decía Pieretto:
       —Me gustaría mucho sacarla a bailar, Rosalba, pero sé que no puedo esperar fortuna. Desgraciadamente no soy Poli.
       Ella nos lanzó una mirada de asombro. La orquesta seguía sonando y algo añadí yo también. No sabía bailar. Poli, impasible, esperó que terminara la pieza y continuó:
       —Quiero deciros que estos días, para mí, son extremadamente importantes. Ayer sucedieron muchas cosas. Aquel grito de la otra noche me ha despertado. Fue como el grito que despierta a un sonámbulo. Ha sido una como la crisis violenta que resuelve una enfermedad.
       —¿Estabas enfermo? —preguntó Rosalba.
       —Peor —contestó Poli—. Era como un viejo que se cree muchacho. Ahora sé que soy un hombre: vicioso, débil, pero hombre. El grito me ha mostrado a mí mismo, no me hago ilusiones.
       —Potencia de un grito —dijo Pieretto. Sin querer fijé mi mirada en los ojos de Poli; tenía ojeras.
       —Veo mi vida —continuó— como si fuera la de otro. Sé quién soy ahora, de dónde vengo, qué hago…
       —Ese grito —interrumpí— ¿lo había oído usted antes?
       —¡Eres duro! —dijo Pieretto.
       —Es el reclamo que se usaba en la caza —dijo sonriendo.
       —¿Habéis ido de caza? —saltó Rosalba.
       —Fuimos a la colina.
       Siguió un silencio embarazoso en el que todos, excepto Poli, nos miramos las uñas. Noté que Rosalba, afanosamente, taconeaba el tiempo de la música. Sobre la voz cadenciosa y el roce de las parejas, pensé en el coro de grillos allá en la colina negra.
       —¿No tenéis más historias que contar? ¿Podemos bailar ahora? —dijo Rosalba.
       Poli ni se movió siquiera. Pensaba en su grito.
       —Es bonito despertarse sin hacerse ilusiones —continuó sonriendo—. Uno se siente entonces libre y responsable. Una fuerza tremenda está en nosotros: la libertad. Se puede llegar a la inocencia, se está dispuesto a sufrir.
       Rosalba aplastó el cigarrillo en el cenicero. Mientras estaba callada, ¡pobrecilla!, tan delgada y devorada, era soportable, al menos para nosotros, que en aquellos años no sabíamos bien el significado de la palabra saciedad. La voz educada de Poli la domó, la contuvo. Ella se retorcía como si estuviera desnuda. Finalmente le dijo:
       —Di claramente lo que piensas, ¿quieres huir de Turín?
       Poli, ceñudo, le tocó la espalda y luego la cogió por los sobacos, como se hace para mantener el equilibrio de uno que está a punto de caerse. Pieretto se inclinó hacia delante para no perderse la escena. Rosalba jadeaba con los ojos semicerrados.
       —¿La contento? —preguntó Poli, dubitativo—. ¿La saco a bailar?
       Al quedarnos solos en la mesa, Pieretto recogió mi mirada. La voz de oliva de la mujer llenó la noche. Hice una mueca y dije:
       —Mierda.
       Pieretto, contento, se sirvió licor, me sirvió a mí y repitió:
       —Adonde fueres… ¿No te gustan?
       —He dicho mierda.
       —No es muy listo —dijo—; con esa mujer se podría hacer mucho más.
       —Es una estúpida —dije.
       —Una mujer enamorada es siempre estúpida.
       Escuché algunas palabras de la canción. Decían «vivir vivir —tomar tomar— sin pasión». Por muy aburridos y descontentos que estuviéramos era difícil resistir a la cadencia de la música. Me pregunté si se oiría desde las colinas.
       —Estas noches modernas —dijo Pieretto— son viejas como el mundo.



V

      Aquella noche bailó también Pieretto con Rosalba porque ésta, enfadada con Poli, quería humillarlo. No sé el licor que llegamos a beber entre todos; parecía que la noche no iba a terminar nunca, pero la orquesta había cesado hacía un rato y Rosalba llamó a un camarero. Quería que Poli pagase y nos llevase a comer algo al Valentino. Yo veía agitarse el vestido rosa en el cerco de lamparitas —últimas luces del lugar—, y del Po salían ráfagas nocturnas de frío. Como Poli continuara hablando con Pieretto y el camarero, Rosalba se fue al coche e hizo sonar repetidas veces el claxon. Entonces salieron todos, dueño, camareros y clientes que bebían el último sorbo en el mostrador. Rosalba saltó a tierra y gritó:
       —¡Poli, Poli!
       Al regreso Poli guió, ciñendo a Rosalba con el brazo. Ella sonreía con beatitud, satisfecha de él. De cuando en cuando se volvía a nosotros y nos sonreía casi como si fuéramos cómplices. Pieretto estuvo todo el tiempo silencioso. No entramos a Turín, el coche tomó una ruta distinta, más allá de los puentes, hacia la carretera de Moncalieri, pero ni allí nos detuvimos; era evidente que se hacían kilómetros porque sí, para esperar las primeras luces del día. Cerré los ojos, borracho.
       Me despertó un movimiento, un salto como sobre las ondas de un vértigo; aquella pesadilla duraba ya un buen rato y un cielo luminoso, profundo, se abría en lo alto, pareciéndome que iba a caer sobre nosotros. Me desperté en una luz fría y rosa. El coche brincaba sobre los guijarros de un pueblo: amanecía. Parpadeé, vi que todos dormían y que el pueblo estaba cerrado y desierto. Sólo Poli manejaba con tranquilidad el volante.
       Se detuvo cuando el sol apareció sobre la cima de una colina. Pieretto estaba alegre; Rosalba guiñaba los ojos. Con aquel vestido rosa se la veía vieja. Sentía pena y rabia a la vez por todos ellos. Poli se volvió y nos dio los buenos días con jovialidad.
       —La culpa es mía —dije—. ¿Dónde estamos?
       —Telefonea a tu casa —me dijo Pieretto—; di que no te has encontrado bien.
       Los otros dos se habían puesto a bromear y a morderse las orejas. Rosalba se quitó las flores del pelo y, salvándolas de Poli, me las ofreció:
       —Tenga —dijo roncamente—; no nos estropee la fiesta.
       Durante el rato que duró aún la carrera fui oliendo las flores; confieso que padecí. Era la primera vez que una mujer me ofrecía flores y tenían que venir de una como Rosalba. Yo estaba enfadado con Poli después de todas las historias de la noche. Apareció el campanario de otro pueblo. Llegamos a la plaza por una calleja cubierta. Bajo los balcones barrigudos y en la sombra de la mañana una muchacha regaba las piedras de la calle con una botella. En el café, también el suelo había sido regado y tenía olor a bodega y a lluvia. Nos sentamos ante una ventana. Pedí el teléfono. No lo había.
       —Por tu culpa —dijo Poli a Rosalba—, si no me hubieras hecho bailar…
       —Si no hubieras bebido tanto —saltó ella—. No comprendías nada. Sudabas coñac.
       —¡Déjame en paz! —le dijo él.
       —¿Por qué no dices a tus socios lo que decías allí? Repítelo, que ellos también lo oyeron.
       —Era una conversación muy importante —dijo Pieretto—. La inocencia y la libre elección.
       La mujer que nos servía, mirando de reojo a Rosalba, dijo que en Correos había un teléfono. Al levantarme pedí a Pieretto el portamonedas. Rosalba también se levantó y dijo:
       —Te acompaño; aquí huele a manicomio.
       Salimos a la plaza, ella en rosa, alta, delgada, un verdadero espectáculo. Algunas cabezas aparecieron en las ventanas, pero las calles seguían desiertas.
       —A esta hora deben estar ya todos en el campo —dije por decir algo.
       Ella me pidió un cigarrillo.
       —Común Macedonia —dije.
       Se detuvo, encendió y dijo sonriendo en voz baja y con esfuerzo:
       —Usted es más joven que Poli.
       Arrojé vivamente la cerilla que me quemaba. Ella continuó:
       —Más sincero que Poli.
       Me aparté sin dejar de mirarla.
       —Ya estamos —dijo ella—, es mi piel, no haga caso. Dígame una cosa.
       Quiso saber qué habíamos hecho aquellos días con Poli. Cuando empecé a hablar del encuentro, parpadeó sorprendida:
       —¿Iba solo? ¿Y por qué a medianoche en la colina?
       —Él estaba solo, pero eran ya las tres.
       —¿Cómo fue hablar con él?
       —Más que a mí —le dije—, conocía a Pieretto y a Oreste. Yo me había ido a dormir, pero Pieretto estuvo con él hasta por la mañana; parecía algo borracho, como siempre; podría preguntar a Pieretto lo que habían hablado.
       Comprendí al instante que ella no había perdido el tiempo y que, mientras bailaba con Pieretto, ya le había interrogado. Me miró con aquellos ojos. Aparté la mirada y anduvimos sobre el empedrado de guijarros.
       Mientras esperaba en Correos que me pusieran la comunicación le dije a Rosalba, que fumaba en el quicio de la puerta:
       —Oreste conoce a Poli desde que eran chicos. La otra noche estaba con nosotros.
       Ella no respondió, pero siguió mirando la calle; me acerqué a la puerta y escruté el cielo.
       Después de hablar y gritar con mi madre en la pequeña cabina fui hacia la salida. Rosalba no se había movido. Pregunté alegremente:
       —¿Nos vamos?
       —Su amigo —dijo ella— es listo. ¿No sabe si Poli le ha dicho algo?
       —Fueron a los lagos.
       —Ya lo sé.
       —Estaba borracho y se sintió mal.
       —No; antes de eso —le temblaba la voz.
       —No lo sé. Lo encontramos en la colina mirando las estrellas.
       Entonces, Rosalba, con un gesto rápido, se cogió de mi brazo. Dos campesinas que pasaban se volvieron a mirarnos.
       —Usted me comprende, ¿verdad? —preguntó jadeante—. Usted ha visto cómo me trata. Ayer creí morirme; llevo tres días sola en el hotel. Ni siquiera puedo salir de paseo porque me conocen. Estoy en sus manos, en Milán creen que me he ido al mar. Poli me abandona, se cansa de mí, ni siquiera baila ya conmigo.
       Yo miraba los guijarros y adivinaba las cabezas en los balcones.
       —… Usted lo ha visto esta noche contento. Cuando está borracho aún me soporta, pero se emborracha más y hace cosas peores para huir de mí. —La voz se hizo más jadeante—. Vivimos al día, ¿sabe?
       No dejó mi brazo ni siquiera al entrar cuando levanté la cortina de colgajos tintineantes. En la sombra, Pieretto y Poli confabulaban. Pieretto gritó:
       —¿Qué se come, aquí?
       Trajeron huevos y cerezas. Yo procuraba no mirar a Rosalba. Poli, partiendo el pan, continuó su discurso.
       —Cuando más caído está uno más fuerte es la decisión a tomar. Se toca el fondo. Cuando todo se ha perdido nos encontramos a nosotros mismos.
       Pieretto reía.
       —Un borracho es un borracho —dijo—; no elige ni la droga ni el vino. Eligió una sola vez hace millones de años cuando gritó el primer ¡viva!
       —Hay una inocencia —dijo Poli—, una claridad que viene del fondo.
       Rosalba callaba; yo no me atrevía a mirarla.
       —Pues yo te digo —interrumpió Pieretto— que si te has olvidado de la hora esta noche es porque habías perdido la posibilidad de elegir.
       —Yo busco esa clase de inocencia —balbuceaba él, testarudo—; cuanto más la conozco más me convenzo de que soy un vil y de que soy sólo un hombre. ¿Te persuades de que el estado ideal del hombre es la debilidad? ¿Cómo puedes sentir algún alivio si antes no te precipitas?
       Rolsalba seguía comiendo cerezas; callaba. Pieretto movió varias veces la cabeza y dijo: «No». Yo pensaba en la conversación de poco antes, y no tanto en las palabras como en la voz y el apretón del brazo. Los ojos me hacían daño de cansancio. Cuando nos levantamos para marchar la miré de reojo. Me pareció tranquila, adormilada.



VI

      Los dejamos en la puerta del hotel, bajo la escuálida luz de la mañana perdida. El reverbero del sol en los escaparates me hería los ojos. Atravesé con Pieretto los jardines. No hablamos; yo pensaba en Oreste.
       —Hasta la vista —dije al llegar a la esquina.
       Fui a casa y me arrojé sobre la cama. Oí a mi madre agitarse en el pasillo y retrasaba el momento del encuentro. No quería dormir, sólo recuperarme un poco. En mi cansancio me era fácil no pensar en la noche, en el desorden, en los sollozos de Rosalba, y hundiéndome en aquel cielo que había soñado en el duermevela bajo la luz fresca, me detenía en las callecitas del pueblo, miraba hacia arriba. Conocía esa clase de aldeas amontonadas en el campo. Conocía también el huerto de verano de la casa de los viejos adonde mis padres me enviaban cuando era chico, un pueblo en la llanura, entre acequias y cercados de árboles, de callecitas con los soportales bajos y rajas de cielo altísimas. De mi infancia no me quedaba otra cosa que el verano. Las estrechas calles que desembocaban en los campos por todas partes, de día y de noche, eran las cancelas de la vida y del mundo. Gran maravilla era un coche ruidoso, llegado quién sabe de donde y que atravesaba el pueblo por la calle principal para desaparecer quién sabe hacia donde, hacia qué nuevas ciudades, hacia el mar, entre el remolino de los muchachos y del polvo.
       Me vino la idea, en la oscuridad de mi cuarto, de atravesar las colinas, con la mochila a la espalda, acompañado de Pieretro. No envidiaba los coches, porque en coche se atraviesa, pero no se conoce una tierra. «A pie —le decía a Pieretto— vas verdaderamente por el campo, tomas los senderos, costeas las viñas, ves todo. Es la misma diferencia que existe entre mirar el agua o arrojarte dentro. Mejor un pordiosero, un vagabundo». Pieretto reía en la oscuridad y me decía que hoy se encuentra gasolina por todo el mundo.
       —No es cierto —saltaba yo—. Los campesinos no saben lo que es la gasolina. Guadaña y azada son esenciales para ellos. Para lavar un barril o cortar la leña estudian aún la luna. Yo los he visto. Cuando amenaza el granizo extienden dos cadenas…
       —… y pagan la contribución —añadía Pieretto—. Y trillan con máquinas y dan sulfato a las viñas.
       —Se sirven de ello —grité en voz baja— sí, es cierto, pero viven de modo distinto. En la ciudad no saben estar.
       Él reía con malicia.
       —Sí, sí, regala un coche a uno de ellos. Ya verás cómo corre. Y lo más seguro es que no te invite a subir ni a ti, ni a Rosalba ni a ninguno de nosotros. El campesino de hoy sabe hacer negocios mejor que tú.
       Yo pensaba en Oreste, que estudiaba para médico:
       —Ahí tienes a un campesino que vive en la ciudad —dije—. Tiene más ciencia que nosotros, pero sabe controlarse. Para él la noche tiene otro sentido, tú mismo lo has dicho.
       El timbre del teléfono interrumpió mi duermevela. Me llamaron. Creí que sería Rosalba, que aquella historia no había acabado. Era la hermana de Pieretto, quería saber si lo había visto; hacía dos días que estaba fuera de casa.
       —Hemos estado juntos hasta hace media hora, no tardará. —Para no preocuparla no le dije nada de lo sucedido.
       —Canalla, ¿se puede saber dónde habéis dormido?
       —No hemos dormido.
       —Quien duerme no peca —chilló ella riendo.
       —¿Y quién habla de dormir?
       En la mesa conté que habíamos tenido un pinchazo. Mi padre dijo que un neumático puede provocar una desgracia, sobre todo si el que conduce está borracho. Luego añadió que no había que aprovecharse de los amigos, pues resulta que después no se puede corresponder con ellos.
       Decidí estudiar por la tarde, pero antes, para recuperarme, me di un baño. Pensé que también Rosalba y Poli se lo habrían dado y si Rosalba no era demasiado vieja para desnudarse. Hacia el atardecer sonó el teléfono. Era Pieretto.
       —Estoy con Oreste —dijo—; ven cuanto antes.
       —Estoy estudiando.
       —Ven, hombre, que merece la pena —insistió—: aquellos dos se han dado un balazo.
       Sudamos discutiendo en el restaurante con Oreste. Él venía del hospital, había telefoneado ya dos veces a sus amigos enfermeros para adquirir noticias. Poli estaba moribundo, tenía una bala en el costado que le rozaba un pulmón. Rosalba, a los camareros que corrían, gritaba: «¡Matadme! ¿Por qué no me matáis a mí también?». Tanto había gritado que habían tenido que encerrarla en el baño.
       —¿Cuándo ha sido? —pregunté.
       —Ella le ha disparado por rabia —dijo Oreste—. Gritaba ya desde hacía rato. Se la oía desde el bar. ¡Vete a saber la porquería que hay debajo!
       Había sido a media tarde. Poli, antes del hecho, debía de haber tomado algún estupefaciente porque reía desde la cama beatíficamente.
       Hablamos durante toda la noche. Ahora, tanto en el hospital como en el hotel, esperaban instrucciones de Milán. Rosalba estaba encerrada en su habitación; su destino dependía de la vida de Poli y de la llegada del padre de él. Éste era un hombre que, no gustándole el escándalo, podía, con dos palabras, detener las indagaciones y hacer callar a todo el mundo. Estaba sí, el revólver de Rosalba, un juguete de señora, en madreperla, pero alguien estaba ya dispuesto a sustituirlo por otra arma más adecuada.
       —Potencia del dinero —dijo Pieretto—. Con él te puedes pagar un delito o una agonía.
       Oreste telefoneó de nuevo.
       —Está a punto de llegar el viejo —dijo vuelto a nosotros—. Menos mal. A lo mejor conoce a Rosalba.
       Le dijimos que el culpable era Poli, que habíamos pasado la noche con ellos y que Poli trataba a la mujer con desprecio y grosería.
       —Se lo ha buscado —dijo Pieretto—. Una Rosalba como ésa parece hecha a propósito.
       —Yo me vuelvo al hospital —dijo Oreste—. Le van a hacer una transfusión de sangre.
       Aquella noche paseé con Pieretto. Estaba exhausto de agitación y de sueño. Él gruñía, decía de las suyas. Le conté que por la mañana Rosalba me había preguntado por Poli.
       —Tenía que suceder —dijo Pieretto—. Una mujer puede aceptar todo menos que al hombre le ataque una crisis de conciencia. ¿Sabes lo que me dijo ella esta noche? Que a pesar de su juventud, Poli no se vuelve a mirar a una mujer.
       —A mí me preguntó qué hacíamos en la colina.
       —Hubiera preferido que hiciera el cerdo. Son cosas que una mujer comprende.
       Le dije que, para mí, el cerdo lo hacía de todos modos, que tanto la coca como la libre elección me parecían unas animaladas. Se burlaba de todo y de todos. Le estaba bien lo sucedido.
       Pieretto, sonriendo, dijo que tanto si moría como si no, nos había tocado un caso bonito.
       —No lo creerás, pero ¿qué es lo que buscamos por las calles cada noche? Algo que rompa la monotonía, ¿no?
       —Quisiera oírte si te hubiera tocado a ti.
       —¡Pero si no haces otra cosa que pensar noche y día en cómo salir de la jaula! ¿Por qué crees que vamos al otro lado del Po? Sólo que te equivocas; las cosas más imprevistas suceden en una habitación de Turín, en un café, en un tranvía.
       —Yo no busco imprevistos.
       —Éste es el mundo de los Poli —dijo—. Convéncete.
       Poli seguía al día siguiente entre la vida y la muerte. Le hicieron unas cuantas transfusiones más de sangre y sudaba en la cama. Según Oreste, ahora que no se drogaba y que su padre lo cuidaba, parecía un niño atemorizado a punto de echarse a llorar. El viejo había visto a Rosalba; lo que habían hablado no se sabía, pero a ella la habían encerrado en un convento de monjas y no se hablaba del homicidio.
       —Ha sido un accidente —decía el cirujano a sus ayudantes.
       Esta clase de noticias gustaban a Pieretto y Oreste lo sabía.
       ¡Pobre Oreste! Estuvo a punto de perder el curso. Hacía turnos a la cabecera de la cama de Poli como un enfermero. Habló con el viejo comendador y se dio a conocer. Dijo que éste hablaba del campo, de la cosecha y de la siembra como si verdaderamente entendiera. Llegaba al hospital guiando el coche verde de Poli. Era él quien enviaba por la mañana a dormir a Oreste.
       Finalmente llegó la noticia de que Poli se salvaría. Pieretto fue a verlo: «Es siempre el mismo. Ahora lee a Nino Salvaneschi». Yo no fui. Hablamos aún durante unos días de todo ello y luego Oreste nos dijo que lo habían enviado al mar en coche-cama.



VII

      Aquel verano iba a menudo al Po. Una hora o dos por la mañana. Me gustaba sudar remando para luego arrojarme al agua fría, aún oscura, que entraba en los ojos y los lavaba. Iba casi siempre solo porque a aquella hora Pieretto dormía. Si venía él, gobernaba la barca mientras yo nadaba. Remontábamos la corriente bajo los puentes a fuerza de remar, a lo largo de la ribera amurallada, para salir, entre márgenes y árboles, a un lado de la colina. La colina era bonita al volver, fumando la primera pipa. A pesar de estar ya en el mes de junio, en aquella hora le velaba una neblina húmeda, un hálito fresco de raíces. Fue, sobre las tablas de aquella barca, cuando empecé a tomar gusto al aire libre y comprendí que el placer del agua y de la tierra continúa más allá de la infancia, más allá de un huerto o de un frutal. La vida, pensaba yo aquellas mañanas, es como un juego bajo el sol.
       Pero no jugaban aquellos hombres que recogían la arena con el agua a las rodillas: izaban, jadeando, paladas de barro, y las arrojaban a la barcaza. Al cabo de una o dos horas, la barcaza descendía llena, a flor de agua, y el hombre, delgado y ennegrecido, con un chaleco sobre el torso desnudo, la gobernaba lentamente con una pértiga. Descargaba su arena en la ciudad, pasados los puentes, y volvía a remontar el río. Lo remontaban a grupos, bajo el sol cada vez más alto. Pero cuando yo dejaba el río, ellos habían hecho ya dos o tres viajes. Y durante todo el día, mientras daba vueltas por la ciudad, mientras estudiaba, hablaba, descansaba, aquellos hombres subían y bajaban por el río, descargaban, saltaban al agua, se cocían al sol. Pensaba en ello especialmente durante la noche, cuando empezaba nuestra vida nocturna y aquéllos volvían a sus casas, barracas cerca del río, pisos populares, y se tumbaban a dormir. O en la taberna se echaban un trago. Cierto, también ellos veían el sol y la colina.
       Cuando sudaba remando, mi sangre permanecía fresca durante todo el día vigorizada por el contacto con el río. Era como si el sol, el peso vivo de la corriente me hubieran infundido una virtud, una fuerza ciega, alegre e íntima, como la de un tronco o un animal de los bosques. También Pieretto, cuando venía conmigo, gozaba de la mañana. Descendiendo hacia Turín, arrastrados por la corriente, lavados los ojos por el sol y el agua, nos secábamos boca arriba y la colina, la orilla, las villas y las manchas de los árboles lejanos se recortaban en el aire.
       —Si uno hiciera todos los días esta vida —decía Pieretto— se convertiría en un animal.
       —No tienes más que mirar a los areneros.
       —Ésos no —dijo—; ésos sólo trabajan. Un animal de salud y de fuerza… de egoísmo. A eso me refiero al dulce egoísmo que engorda.
       —¿Acaso es mía la culpa? —refunfuñé.
       —¿Y quién te acusa? Nadie tiene la culpa de haber nacido. La culpa es de los otros. Siempre de los otros. Nosotros vamos en barca fumando en pipa.
       —Es decir; no somos bastante animales.
       Pieretto reía.
       —¡Quién sabe lo que es un verdadero animal! Un pez, un mirlo, una lagartija, a lo mejor una ardilla. Hay quien dice que en el interior de cada bestia hay un alma… un alma en pena. Eso sería como el purgatorio…
       —No hay nada que sepa tanto a muerte —continuó— como el sol del verano, de la gran luz, de la naturaleza exuberante. Tú hueles el aire y sientes el bosque y te das cuenta de que a los árboles, plantas y animales no les importa nada. Todo vive y se consume por sí mismo. La Naturaleza es la muerte…
       —¿Qué tiene que ver en eso el purgatorio? —pregunté.
       —No hay otro modo de explicar la Naturaleza —contestó—. O no es nada, o las almas están dentro.
       Era esta una vieja conversación. Y era también lo que más irritaba de Pieretto. Yo no soy como Oreste, que cuando le oía aquellas salidas se encogía de hombros y se echaba a reír. Cada palabra que sabe a campo me toca de cerca y me sacude. No conseguía, así como así, encontrar las palabras justas para responderle, de forma que me callaba y seguía manejando la pagaya.
       También él se bebía con los ojos el agua goteante. Fue él quien el año anterior había dicho: «¿Qué diablos hacéis con el Po? ¿Por qué no vamos?». Así había roto aquella timidez nuestra, de Oreste y mía, que no hacíamos una cosa simplemente porque no la habíamos hecho nunca.
       Pieretto hacía pocos años que estaba en Turín. Antes había vivido en varias ciudades, detrás de su padre, arquitecto sin paz ni sosiego que plantaba y levantaba a capricho el campo y la familia. En cierta ocasión, en Puglia, los había finalmente colocado en un convento y dejado a madre e hija con las monjas, mientras ellos vivían con los frailes en una celda, desde donde el viejo vigilaba ciertos trabajos de restauración. «Mi padre —decía Pieretto— nunca ha sabido manejar a los curas. Le dan miedo. No puede sufrirlos y reñía con ellos porque tenía terror a que pudiera hacerme cura o fraile». Ahora el viejo, un gigante con la camisa abierta, se había calmado y se contentaba con Turín. Tenía a la familia allí pero él iba de aquí para allá. Las pocas veces que lo había visto bromeaban él y el hijo, se daban consejos, hablaban como yo no sabía que se pudiera hablar a un padre. En el fondo, aquella manera demasiado libre no me gustaba, y el padre parecía un nuestro e inútil coetáneo.
       —Tú estabas mejor en el convento —le decía Pieretto— porque vivías como un soltero.
       —Historias —decía el viejo—. Se está bien allí donde se tiene el alma en paz. Y si no, mira cómo engordan los frailes.
       —Los hay también delgados.
       —Ésos se han equivocado, son gente triste. Fea señal ser santo. No saben estar en compañía.
       —Es como viajar en moto —decía Pieretto—. Como si un fraile fuera en moto, ¿quién puede creerlo?
       El viejo lo miró con sospecha.
       —¿Y qué hay de malo en ello?
       —Nada —contestó su hijo—. Ahora un santo es como un fraile que va en moto.
       —Un anacronismo —dije yo.
       —La vieja tienda —dijo el viejo irritado—. La religión es como una tienda vieja. Ellos lo saben mejor que nosotros.
       Aquel año el viejo trabajaba en Génova. Tenía un contrato y Pieretto iría allí a bañarse. La hermana se fue por aquellos días y él quería que fuéramos nosotros, Oreste y yo, para ver un poco de gente. Pero existía el viejo proyecto de ir al pueblo de Oreste. En mi casa los excesos no gustaban y el Po me disculpaba de ir al mar. Decidí permanecer solo en Turín, esperando que ellos volvieran para luego echarnos el saco a la espalda y emprender el camino hacia el campo.
       Nunca hubiera pensado que aquel principio de verano en la ciudad podía gustarme tanto. Sin los amigos, ni una cara conocida por las calles, pensaba en los días pasados, iba en barca, imaginaba cosas nuevas. La hora de más inquietud era la noche y eso se comprende, pues Pieretto me había viciado. La más bonita, al mediodía hacia las dos, cuando las calles vacías no contenían más que una raya de cielo. Una cosa que hacía a menudo era sorprender alguna mujer en la ventana; aburrida, absorta como sólo las mujeres saben estar. Al pasar levantaba la cabeza y entreveía un interior, una habitación, un trozo de espejo. Llevaba conmigo aquel pequeño placer. No envidiaba para nada a mis dos socios, que a aquella hora vivían en las playas, en los cafés, entre las bañistas bronceadas y semidesnudas. Claro que se divertían mucho pero también volverían. Mientras, yo paseaba por las mañanas, me tostaba al sol, disfrutaba lo mío. También al Po venían chicas, gritaban desde las barcas, a la orilla del Sagone; hasta los areneros levantaban la cabeza y reían. Yo sabía que un día u otro conocería alguna y que algo sucedería; me imaginaba los ojos, las piernas, los hombros, una mujer estupenda, y remaba y fumaba en pipa. Era difícil en el agua, de pie sobre la barca, colocando el remo verticalmente, no comportarse como un atleta, un primitivo, no escrutar el horizonte o la colina. Me preguntaba si la gente como Poli hubiera gustado de aquel placer y comprendido mi vida.
       Llevé una chica al río hacia finales de julio, pero no hubo nada de estupendo ni de nuevo. La conocía, era dependienta en una librería, huesuda y miope, pero se cuidaba las manos y tenía cierto aire lánguido. Fue mientras yo miraba unos libros cuando ella me preguntó dónde tomaba el sol. Prometió, feliz, que iría conmigo al río el próximo sábado.
       Llegó con un trajecito de baño blanco debajo de la falda. Se la quitó dándome la espalda y riendo. Luego se tumbó sobre los cojines de la barca quejándose del sol y contemplándome remar. Se llamaba Teresina —Resina—. Cambiamos algunas palabras acerca del calor, de los pescadores, de los establecimientos balnearios, de Moncalieri. Más que del río, ella hablaba de piscinas. Me preguntó si iba a bailar. Con los ojos entrecerrados parecía distraída.
       Detuve la barca bajo los árboles y me arrojé al agua. Ella no se bañó porque se había untado con aceite y olía a toilette. Cuando salí del agua goteando me dijo que nadaba muy bien y se puso a pasear por la orilla. Las piernas largas, enrojecidas, no eran feas. No sé por qué, me dio pena. Le puse los cojines sobre las piedras y me dijo que cogiera la botellita de aceite y le untara la espalda, adonde ella no llegaba. Arrodillado le froté con los dedos y reía y me decía que fuera bueno. Reía apoyando su nuca en mis labios. Retorciéndose, me besó en la boca. Sabía lo que hacía. Le pregunté: «¿Por qué te has dado tanto aceite?».
       Y ella, nariz contra nariz: «¿Qué quieres hacer, canalla? ¡Eso está prohibido!».
       Continuó riendo con aquellos ojos pequeñitos y me dijo por qué no me daba también aceite. La apreté cuerpo contra cuerpo. Ella se apartó y dijo: «¡No, no, date aceite!».
       No pasó de unos cuantos besos, aunque aceptó el ir detrás de las matas. Pasado el primer despecho me alegré que todo terminara allí. Bajo el sol, sobre la hierba, aquel perfume y nuestros cuerpos desentonaban. Son cosas que se hacen en una habitación de la ciudad. Un cuerpo desnudo no es bonito al aire libre. Me aburría, ofendía aquel lugar. Acepté acompañarla a una piscina en donde Resina, feliz, miró a los otros bañistas y tomó gaseosa con una caña.



VIII

      No volví a verla porque me fastidiaba la historia del aceite, de la piscina, del pacto implícito en el juego. En realidad estaba mucho mejor solo y tampoco era la primera chica que me desilusionaba. Quiero decir, que en vez de presumir con Pieretto de una gran aventura, le diría que no hay mujer que valga una mañana de agua y de sol. Sabía de antemano la respuesta:
       —Una mañana, no, pero una noche, sí.
       A Oreste, en el mar con Pieretto, no me lo imaginaba. El año anterior había ido yo con Pieretto y su hermana, pero no Oreste. Él había escapado a su pueblo, arriba, en lo alto de las colinas. «No sé qué encuentra —decía Pieretto—; tendremos que ir nosotros». Así había nacido el proyecto de ir a pie, pero durante el invierno Oreste nos disuadió de ello porque decía que era mejor pasar un mes entre las viñas que en la carretera. No se equivocaba, pero Pieretto rebatía que no. Él no era un tipo calmo y ya el año anterior, cada mañana, buscaba una playa nueva, metía las narices en todos los sitios y hacía amistades de una punta a otra de la costa. Figones o grandes hoteles, para él era lo mismo; no tenía preferencias. No sabiendo un dialecto, hablaba todos. Decía: «Esta noche al casino a jugar». Y ya se tratase del bañero, del dueño, o de una vieja que alquilaba habitaciones, encontraba siempre el punto de menor resistencia y pasaba la noche jugando en el casino. Daba risa verlo, pero con las mujeres no tenía suerte; su manera de ser con ellas era del todo inútil. Las atontaba a palabrería, las ahogaba prácticamente; luego perdía la paciencia, se volvía insolente, fracasaba. No estaba muy seguro de lo que buscaba en ellas. «Para gustar a las mujeres —le consolaba yo— hay que pasar por estúpido». «No es cierto, no es suficiente —decía—; es necesario ser estúpido». Era bajo de estatura, con el pelo ensortijado y de piel oscura, mejillas secas. Parecía nacido para arrancar la chica a cualquiera, tanto si reía como si le guiñaba el ojo. Frente a Oreste, grueso y huesudo, y a mí, no había duda que él era el más atrayente. Y, sin embargo, ni siquiera en la playa conquistaba una chica. «Te agitas demasiado —le decía—; no das tiempo a que te conozcan. Una chica, ante todo, quiere saber con quién se juega el tipo».
       Íbamos por la carretera de la costa, a pie, sobre el mar, buscando cierta playita.
       —Aquí tienes las mujeres y aquí tienes el baño —me dijo.
       Allá abajo, empequeñecidas por la distancia, se desnudaban Linda y Carlota, la hermana y una amiga, una muchacha bien hecha, más adulta que nosotros. De encontrarla en el paseo nos hubiéramos vuelto a mirarla.
       —Nos esperan —dijo él.
       —La ha traído Linda para ti.
       Pieretto levantó una mano hacia el sol y lanzó un gran grito. Pero el susurro del mar, que arriba apenas llegaba, debió de cubrir la voz. Entonces arrojamos piedras. Las chicas alzaron la cabeza y se movieron. Debían de gritar algo que nosotros no oímos.
       —Bajemos —dije.
       Para llegar hasta ellas tuvimos que nadar. Jugamos con las chicas sobre los escollos y entre las salpicaduras del agua; luego me tendí bajo el peso del sol a quemarme, mirando la espuma que corría por la arena. Pieretto entretenía a la hermana y a la amiga. Recuerdo que comimos melocotones.
       Hablaban de los huesos, de los trozos de periódico que se encuentran en las playas desiertas. Él decía que en el mundo no hay un solo rincón virgen; decía que hay demasiada gente que cree que las nubes y el horizonte marino son puros y salvajes. Decía que la vieja pretensión del hombre de encontrar una mujer intacta era un residuo del mismo gusto. «La estúpida manía de llegar el primero». Carlota, con el pelo sobre los ojos, le hacía frente. No comprendía la broma y reía resentida.
       Precisamente a ella con este discurso. Carlota era una chica que decía sencillamente: «Madre mía, qué preciosidad». Y lo decía del mar, de un niño, de un gato. Tenía, eso sí, varios amigos para la playa y para el baile, pero sostenía que podía sufrir el frecuentar en la ciudad a quien la había visto desnuda en la playa. Con Linda paseaban de bracete.
       Pieretto no hacía caso de esas cosas. Linda, desde la roca donde estaba, le dijo que callase. Él, entonces, se puso a hablar de la sangre, dijo que el gusto de lo intacto y de lo salvaje es esparcir la sangre.
       —Se hace el amor para herir, para esparcir sangre —explicó—. El burgués que se casa y pretende una virgen, quiere sentir esa satisfacción.
       —¡Cállate! —gritó Carlota.
       —¿Por qué? —preguntó él—. Todos esperamos que nos toque al menos una vez.
       Linda se levantó, se estiró al sol y propuso una nadada.
       —Y se va al monte a cazar por el mismo motivo. La soledad en el campo da sed de sangre.
       Desde aquel día no se vio más a la bella Carlota en los lugares intactos.
       —Estáis frescos —comentó Linda.
       Era así como Pieretto se jugaba las chicas, sosteniendo, además, haber maniobrado en ventaja suya. Luego descubría lugares nuevos, gente nueva y todo cambiaba. Terminada la temporada de baños, las únicas amistades que había hecho eran el dueño de cualquier garito y algún viejo jubilado.
       De aquella playita escondida me acordé durante mucho tiempo. En el fondo, el mar, grande e inaferrable, no me decía gran cosa. Me gustaban los lugares que tenían forma, sentido —ensenadas, caminitos, terrazas, olivares—. A veces, de bruces sobre una roca, contemplaba una piedra grande como el puño que, contra el cielo, parecía una enorme montaña. Estas son las cosas que me gustan.
       Ahora pensaba en Oreste y en que era el primer año que él veía el mar. Estaba seguro de que Pieretto no lo dejaría dormir y los sabía capaces de todo, desde bañarse desnudos. Luego estaban Linda y sus amigas, y el padre, persona imprevista y violenta. Añoraba ciertas madrugadas antelucanas y el paseo furtivo a lo largo del mar bajo la tibieza de las últimas estrellas. Estaba seguro de que Oreste no necesitaba condimento alguno para disfrutar de sus vacaciones, pero hubiera pagado por oírle decir, llevándole en la barca sobre el Po, si aquel mundo le convenía.
       En cambio, ni él ni Pieretto volvieron por Turín. Volvió Linda, que trabajaba en una oficina y me telefoneó a principios de agosto.
       —Óigame bien —me dijo—; sus amigos le esperan en un pueblo que no sé cómo se llama. Podemos vernos y le daré las instrucciones.
       Le dije un nombre —las colinas de Oreste. Era allí. Aquellos dos se habían ido directamente.
       La encontré antes de cenar delante de un café. Estaba tan bronceada que al principio no la reconocí. También esta vez me habló riendo, como se suele reír con los muchachos.
       —¿Me invita a un vermut? —me dijo—. Es una costumbre de la playa.
       —¡Qué rabia da volver en agosto! —suspiró, sentándose y cruzando las piernas—. ¡Bendito de usted que no se ha movido aún de aquí!
       Hablamos de los otros dos.
       —No sé lo que habrán hecho —dijo—. Yo los he dejado chapotear en el agua; son ya bastante grandes. Este año tenía mis propios amigos, gente ya hecha, demasiado para vosotros…
       —¿Qué hace la bella Carlota?
       Ella rió abiertamente.
       —A veces, Pieretto abusa. Todos somos así en la familia. También a mí me sucede. Somos tremendos. Y con los años empeoramos.
       No le llevé la contraria. La miraba de soslayo. Ella se dio cuenta y me hizo una mueca.
       —De acuerdo —dijo—, no volveré a tener vuestros veinte años, pero tampoco soy vieja.
       —Viejo se nace —sentencié—, no se vuelve.
       —Ésta es una de las salidas de Pieretto —gritó—. ¡De las suyas!
       —Soltamos una al día —contesté con una mueca—. Hasta que decimos basta.



IX

      La casa de Oreste era como una terraza rosácea y áspera y dominaba, en la gran luz, un mar de valles y barrancos que hacía daño a los ojos. Había corrido durante toda la mañana por la llanura, una llanura que conocía, y, desde la ventanilla, había visto las herrumbrosas arboledas de mi infancia, espejos de agua, ocas, prados. Pensaba en ello todavía cuando ya el tren corría ligero entre escarpados abruptos donde había que mirar hacia el alto para ver el cielo. Entre bochorno y polvo me encontré en la placita de la estación, los ojos llenos de lomas calcinadas. Un grueso carretero me mostró el camino. Debía subir, subir, porque el pueblo estaba arriba. Arrojé la maleta al carro y, al paso lento de los bueyes, subimos a la misma marcha.
       Llegamos arriba por entre viñedos y rastrojos secos. A medida que las vertientes se ensanchaban a mis pies, distinguía nuevos pueblos, nuevas viñas, nuevas cuestas. Pregunté al carretero quién había plantado tantas vides y si bastaban los brazos para trabajarlas. Él me miró con curiosidad; hablaba intentando saber quién era yo. Dijo:
       —Las viñas han estado siempre, eso no es como hacer una casa.
       Bajo el murallón que sostenía el pueblo estuve a punto de decirle qué idea habían tenido de plantar las casas allá arriba, pero aquellos ojos guiñando en el rostro oscuro me hicieron callar. Respiraba ahora un olor de aire y de higos y me pareció sentir la brisa marina. Respiré con fuerza y dije:
       —¡Qué aire más rico!
       El pueblo era una calle llena de piedras a cuyos lados se abrían patios y alguna villa con balcones. Vi un jardín lleno de dalias, clavelillos y geranios —dominaban los colores escarlata y amarillo— y flores de judías y calabazas. Entre las casas se veían ángulos frescos, escaleras, gallineros, viejas campesinas sentadas. La casa de Oreste estaba en un rincón de la plaza, sobre el mirador de las murallas, y tenía un rosáceo color jaspeado; era una verdadera villita descolorida por las hiedras y el viento. Porque allá arriba tiraba el viento incluso a aquella hora; me di cuenta apenas desemboqué en la plaza y el carretero me indicó la casa. Estaba sudando y fui derecho hacia los tres escalones de la puerta. Llamé con la aldaba de bronce.
       Mientras esperaba miraba a mi alrededor: el revoque, áspero en aquella luz; un manojo de hierba sobre la terraza contra el cielo; el gran silencio meridiano. En el estrépito del carro que se alejaba pensé que aquéllos, para Oreste, eran lugares familiares, que había nacido y crecido allí, que debían decirle quién sabe el qué. Pensé en los lugares que hay en el mundo y que pertenecen a alguien, que ese alguien lo lleva en la sangre y ningún otro lo sabe. Volví a llamar con la mano.
       Me respondió una mujer a través de las persianas. Exclamó, se informó, refunfuñó. Ni Oreste ni su amigo estaban en casa. Me dijo que esperara; pedí excusas por haber llegado a aquella hora; finalmente abrieron.
       Por todos los sitios aparecían mujeres; viejas, criadas, niñas. La madre de Oreste, una mujerona con el delantal de cocina, me acogió agitada, se informó de mi viaje, me hizo entrar en una estancia a la sombra (cuando abrió las ventanas me di cuenta de que era un salón con porcelanas y cuadros, fundas en los muebles, un biombo de bambú, jarrones de flores), me preguntó si quería café. Se olía a pan y a fruta. Se sentó ella también y me entretuvo con la sonrisa de superioridad de Oreste entre los labios. Me dijo que Oreste regresaría en seguida, que los hombres volverían pronto, que se comía dentro de una hora y que todos los amigos de Oreste eran buenos: ¿no iban juntos a estudiar? Luego se levantó y dijo:
       —Hace viento. —Y cerró las persianas—. Usted perdonará, tendrán que dormir juntos. ¿Quiere refrescarse un poco?
       Cuando llegaron ellos yo conocía ya toda la casa. Nuestra habitación daba al vacío, sobre las colinas lejanas; nos lavábamos en un barreño, salpicando los ladrillos rojos.
       —No haga caso si se moja el suelo, eso espanta a las moscas.
       Había ya salido al mirador, bajado a la cocina; las mujeres trabajaban en el hogar sobre el fuego crepitante; había deshojado un almanaque y viejos libros de escuela en el despacho del padre, adonde éste entró luego vociferando, pero yo lo conocía por las fotografías del salón. Llevaba bigotes y me encendió el cigarrillo y me habló de muchas cosas. Quería saber si yo también venía de la playa, si mi padre poseía tierras, si había estudiado para cura como mi amigo. Procedí con cautela y le dejé hablar; después de todo era posible eso también.
       —¿Se lo ha dicho Oreste?
       —Ya sabe lo que ocurre —dijo—, se habla; las mujeres creen estas cosas, quieren creer. Pieretto sabe mucho de curas, ha estudiado, habla del seminario y de las reglas. Mi cuñada quiere hablar con el párroco.
       —Eso se dice por decir, ¿aún no lo han conocido?
       —Para mí… —dijo el hombre de los bigotes— son todo historias para pasar el rato. Pero las mujeres pierden la cabeza.
       —Lo mismo dice su padre. —Le conté entonces cómo había estado Pieretto en el convento, que a causa de ello había llegado a comprender a los curas, que los había visto trabajar y eso que ni él ni su padre eran creyentes—. Se divierte, eso es todo.
       —Me gusta, me gusta mucho —dijo—. Pero, por favor, no hable de ello. ¡Dentro de un convento! ¡Hay que ver!
       —Llegaron Oreste y Pieretto, despechugados. Me dieron palmadas en la espalda. Estaban negros y famélicos y fuimos a la mesa en seguida. A la cabecera se colocó el padre; las mujeres iban y venían, viejas tías, hermanitas. Conocí a la víctima de Pieretto, la cuñada Luisa, una vieja rubicunda sentada al otro lado de la mesa. Las niñas bromeaban, se burlaban de ella y hablaban de ciertas flores para el altar que el sacristán había puesto en el agua bendita. Se aludió a la Virgen de agosto. Yo observaba a todos. Parecía que Pieretto estaba advertido: comía y callaba.
       No sucedió nada. Hablamos de los baños de Oreste. Yo dije que había ido al Po a tomar el sol y que el río estaba lleno de bañistas. Las niñas escuchaban con atención. El padre dejó que terminara y luego dijo que sol había en abundancia en todos los lados, pero que a la Riviera, en su tiempo, no iban más que los enfermos.
       —No se va por el sol —dijo Pieretto—, ni siquiera por el agua.
       —¿Por qué se va? —preguntó Oreste.
       —Para ver a tu prójimo desnudo como tú mismo.
       —¿También en el Po —preguntó solícita la madre— hay establecimientos balnearios?
       —¡Ya lo creo! —dijo Oreste—. Y se canta y se baila.
       —Desnudos —sentenció Pieretto.
       La vieja Justina gruñó al fondo.
       —Comprendo los hombres —dijo con desprecio—, pero que vayan muchachas es una vergüenza. Tendrían que dejarlos solos.
       —No querrá que bailen entre hombres —dijo Pieretto—. Sería una indecencia.
       —Más indecencia es una chica que se desnuda al aire libre —gritó la vieja.
       Continuamos comiendo con apetito y la conversación siguió. A veces eran cosas de ellos, murmuraciones del pueblo, cuestiones de trabajo, de tierras, pero apenas Pieretto abría la boca, la atmósfera se caldeaba. De no haber sido porque íbamos juntos y su conducta se convertía en la mía, hubiera podido divertirme. En cambio, Oreste me miraba contento, le reían los ojos, era feliz viéndome en su casa. Le amenacé con la mano y luego, con los dedos, le hice seña del que camina. No entendió y lanzó a su alrededor una ojeada cómica. Creía que ya estaba aburrido de estar en la mesa.
       —Bonita broma —les dije—. ¿No teníamos que venir a pie?
       Oreste se encogió de hombros.
       —Ya te hartarás de ir por campos y viñedos —me dijo—; hemos venido aquí para eso.
       El padre no había comprendido. Le explicamos el proyecto que teníamos de ir a pie desde Turín. Una hermanita de Oreste puso un gesto de estupor y se llevó las manos a la boca.
       —No tiene sentido; para eso hay un tren —dijo el padre.
       —Pero es bonito ir a pie cuando todos van en tren —saltó Pieretto—. Es una moda como la de los baños de mar; ahora que todo el mundo tiene baño en casa, es bonito dárselo fuera.
       —Habla por ti, que has estado —dije yo.
       —Hay que ver cómo es la gente —dijo el padre—. En mis tiempos, la moda sólo era para las novias.
       Nos levantamos de la mesa entorpecidos y adormilados. Las mujeres no me dejaron un momento el plato vacío y el padre, a mi lado, no cesaba de llenarme el vaso.
       —Vaya a dormir, que hace calor me dijeron.
       Subimos, los tres a la tórrida habitación. Para reanimarme me lavé la cara en el blanco barreño y le dije a Oreste:
       —¿Hasta cuándo dura la fiesta?
       —¿Qué fiesta?
       —La del engorde. Aquí se come una viña por vez.
       —Si llegas a venir a pie… —dijo Pieretto.
       Oreste se reía en la luz rasgada de las persianas cerradas. Se había quitado la camisa y me enseñó los músculos negros y rotundos.
       —Se está bien —dijo, y se tumbó en la cama.
       —Oreste ha tomado gusto a tocar y a bailar —dijo Pieretto—. Cuando está en el baile cree hallarse en el mar. Aún lo huele cuando ve una chica.
       —Estos campos sí que huelen bien de verdad —dije, apartando un poco la persiana—. Mira allá abajo, eso sí que parece un mar.
       —Se te permite porque es el primer día —dijo Pieretto—. Contempla hoy el panorama, mañana será distinto.
       Los dejé hablar y reír a su modo.
       —Estáis contentos —dije—. ¿Qué pasa?
       —Has comido, has bebido, ¿qué más quieres? —dijo Pieretto.
       —¿Quieres fumar una pipa? —me ofreció Oreste. Aquel tono de conjura en la habitación oscura me fastidió un poco. Dije a Pieretto:
       —Has escandalizado a las mujeres de esta casa. Siempre serás el mismo. Terminarán por arrojarte de aquí.
       Oreste se sentó en la cama:
       —Basta de bromas. Os quedaréis hasta la vendimia.
       —¿Y qué haremos durante todo el agosto? —refunfuñé. Me quité la camiseta por encima de la cabeza. Cuando lo conseguí, oí a Pieretto:
       —Está negro como un cangrejo.
       —También en el Po brilla el sol tanto o más que en la Riviera.
       Ellos seguían riendo.
       —¿Qué os pasa? ¿Estáis borrachos?
       —Enséñanos el ombligo —dijo Oreste. Aparté un poco el cinturón de los pantalones y mostré una faja de vientre pálido. Ellos gritaron:
       —¡Infame! ¡Él también! ¡Comprendido!
       —Estás señalado —dijo Pieretto con aquel modo suyo tan abominable—. Vendrás al pantano con nosotros. No hay que tener miramiento alguno; al sol no se le puede esconder nada.



X

      Fuimos al día siguiente. Era un curso de agua en mitad de la cuenca que dividía nuestro collado de un altiplano accidentado. Se descendía a través de viñedos, entre campos de maíz, hasta una grieta escabrosa llena de acacias. Allá, un hilo de agua formaba varios estanques sucesivos, uno de los cuales se hallaba al fondo del manantial. Desde aquel lugar lo único que se veía era el cielo y un ribazo de matas. En las horas de calor el sol caía perpendicular.
       —¡Qué pueblo! —dijo Pieretto—. Para quedarse en cueros hay que meterse bajo tierra.
       Aquél era su juego. Salían de casa hacia mediodía y estaban en aquel lugar una o dos horas, desnudos como culebras, bañándose y revolcándose en el sol dentro de la tierra agrietada. El objeto era atezarse las ingles, las nalgas, cancelar la infamia, ennegrecerlo todo. Luego subían a comer. Cuando yo llegué venían precisamente de allá.
       Ahora comprendía aquel hablar y agitarse de las mujeres. No se sabía nada de la idea de Pieretto, pero sea entre hombres, sea en calzoncillos, un baño entre los maizales desarrollaba la fantasía.
       Aquella tarde descubrí otras cosas. El primer día que se llega a un sitio es difícil dormir, aunque todos vayan a echar la siesta. Mientras la casa se adormilaba y en todas las habitaciones zumbaban las moscas, bajé la escalera de piedra y fui a la cocina, desde donde salía un rumor sordo, como de cuna, y parloteo. Encontré a una hermanita y a la mamá de Oreste que, con las mangas remangadas, amasaba con vigor sobre la mesa. Una vieja, en una tinaja, fregaba los platos. Me sonrieron diciéndome que estaban preparando la cena.
       —¿Tan pronto? —exclamé.
       La vieja de la tinaja se volvió con una sonrisa desdentada:
       —Comer se hace de prisa —gruñó.
       —En esta casa estamos demasiadas mujeres —dijo la mamá de Oreste enjugándose la frente—. Dos hombres o cuatro no aumentan el trabajo.
       La niña de las trenzas rubias que echaba agua sobre la harina se encantó mirándome.
       —¡Muévete! —dijo la madre—. ¿Eres tonta? —Y continuó amasando.
       Me quedé a mirarlas. Les dije que no tenía sueño. Fui al cubo colgado de la pared y estaba a punto de beber en el cazo chorreante cuando la madre gritó:
       —¡Dina, dale un vaso!
       —No lo necesito —dije—; cuando era chico en mi pueblo también bebía así.
       Me puse a hablar con ellas de mis establos, de mis huertos regados, de los prados.
       —Menos mal que ya conoce el campo —comentó la madre—. Así ya sabe lo que es.
       Se habló entonces de Pieretto, que estaba acostumbrado a otra vida y había vivido siempre en la ciudad.
       —No se preocupe de él, señora —le dije riendo—. Nunca ha estado tan bien como ahora. —Le hablé entonces de aquel padre loco que tenía y que los había llevado de aquí para allá viviendo en conventos, villas y hasta buhardillas—. A Pieretto le gusta hacer diabluras y bromear, pero no pasa de ahí, es todo alegría. Cuando se le conoce bien, gana el ciento por ciento.
       —Aquí ha de contentarse con Oreste —dijo la madre, que seguía amasando—. Nosotras somos mujeres ignorantes.
       La ignorancia era el mal menor. Claro que eso no se lo dije, pero me alegraba que en aquella casa no hubiera más que mujeres maduras y niñas. Figurémonos una chica de nuestra edad, hermana de Oreste, y nosotros alrededor de ella. O una amiga, una Carlota cualquiera. En cambio, la niña mayor era Dina que tenía once años; aquella que en la mesa se había llevado las manos a la boca para reírse.
       Cuando pregunté por un estanco, la madre ordenó a Dina que me acompañase. Salimos juntos a la plaza y volvimos a recorrer la calle de aquella mañana. El viento había cedido y, a la sombra de las casas, mujeres y viejos tomaban el fresco. Volvimos a pasar por el jardín de las dalias y noté que entre una casa y otra se abría el vacío del valle, apareciendo a nuestra misma altura colinas como islas en el aire. La gente nos miraba, con recelo; la pequeña Dina caminaba a mi lado arregladita y limpia y hablaba de ella. Le pregunté dónde estaban las viñas de su padre.
       —En San Grato. —Y me indicó la espalda amarilla de nuestra colina que se vislumbraba sobre las casas al otro lado de la plaza—. Allí está la que hace la uva blanca. Luego está el Rasotto con el molino. —E indicó en el valle un declive de pradería y arbolado—. Allá celebran la fiesta detrás de la estación. Ya ha sido este año; hubo fuegos artificiales. Los vimos desde la terraza con mamá.
       Le pregunté quién trabajaba la tierra.
       —¿Quién? —me miró estúpidamente—. Los jornaleros.
       —Creí que tú con tus hermanas y tu padre.
       —¡Oh! No tenemos tiempo —Dina me miró extrañada—. Ya hay bastante con vigilar si se han hecho los trabajos. Papá los manda y luego vende la cosecha.
       —¿Te gustaría trabajar la tierra? —pregunté.
       —Se vuelve una morena y, además, es trabajo de hombres.
       Cuando salí de la tienda, un sótano oscuro que olía a azufre y a algarrobas, Dina me esperaba muy seria.
       —Muchas mujeres toman el sol en el mar —dije—. Está de moda volverse morenas. ¿Has visto el mar?
       Me habló de todas estas cosas durante el camino. Dijo que al mar iría cuando se casara, no antes. El mar es un sitio adonde no se debe ir sola, ¿quién podía llevarla ahora? Oreste no, era demasiado joven.
       —Tu mamá.
       Mamá, dijo Dina, era una mujer demasiado a la antigua. Decía que para hacer algo importante antes había que casarse.
       —¿Vamos a ver la iglesia?
       La iglesia estaba en la plaza; era grande, de piedra blanca, con ángeles y santos en las hornacinas. Abrí la puerta y Dina miró al interior. Entramos y ella se arrodilló y santiguó. Contemplé la iglesia un momento en la sombra fresca y colorada. Al fondo blanqueaba el altar como un pedazo de turrón, muchas flores y una lucecita.
       —¿Quién trae las flores a la Virgen? —pregunté.
       —Las niñas.
       —¿Y recoger las flores en el campo no os vuelve morenas? —le hice la pregunta en voz baja.
       Al salir tropezamos en la puerta con una vieja: Justina. Se apartó muy dignamente; me reconoció, reconoció también a la niña y apretó los labios en forzada sonrisa. Me aproveché de su estupor para bajar los escalones, pero la vieja no pudo aguantarse, se volvió y exclamó:
       —Eso está muy bien hecho; ante todo, Dios. ¿Ha conocido ya al párroco?
       Balbucí que había pasado por allí casualmente, sin intención alguna, movido por la curiosidad.
       —No hay por qué avergonzarse —dijo—; ha hecho algo bien hecho. Nada de respetos humanos. Me ha consolado verlo.
       La dejamos allí y atravesamos la plaza. Dina me dijo que la vieja estaba a todas horas en la casa parroquial y que plantaba todos los trabajos de casa, el lavado de la, ropa, el fregote, la costura, lo que fuera con tal de no perder una sola función.
       —Si todos hicieran como tú —decía la mamá—, ¿adónde iría la casa?
       —Al paraíso —contestaba Justina.
       Otras cosas sucedieron aquel día, otros encuentros. Por la noche comimos y bebimos, dimos vueltas por el pueblo bajo las estrellas.
       Pensaba en ello al día siguiente, tendido junto al manantial, bajo el sol feroz, mientras Oreste y Pieretto se remojaban como chiquillos. Desde mi sitio veía el cielo descolorido por el reverbero solar y sentía bajo mí temblar y zumbar a la tierra. Pensaba en aquella idea de Pieretto que decía que el campo calcinado bajo el sol de agosto hace pensar en la muerte. No iba equivocado. El estremecimiento de hallarnos allí desnudos y de saberlo, de escondernos a todas las miradas y bañarnos ennegrecidos como troncos de árboles, era algo siniestro, más bestial que humano. Adivinaba en la alta pared de la hoya, matorrales, raíces y filamentos como negros tentáculos: la vida interna y secreta de la tierra. Oreste y Pieretto, más acostumbrados que yo, charlaban, saltaban, se revolcaban y se burlaban de mis caderas pálidas e infamantes.
       Nadie podía sorprendernos allá porque si se movían las cañas producían un ruido más que rumoroso. Estábamos bien seguros. Oreste, dentro del agua, decía:
       —¡Tomad el sol por todos lados hasta volveros como toros!
       Era extraño pensar desde allá abajo en el mundo de arriba, en la gente, en la vida. La noche antes habíamos dado vueltas y más vueltas por el pueblo, por la plaza, animados por el vino y por el fresco; saludábamos y reíamos con la gente; habíamos oído cantar. Había un grupo de jóvenes que gritaba y llamaban a Oreste; el párroco, que paseaba a la sombra de las casas, y no nos perdía de vista. Palabras y bromas cambiadas bajo las estrellas, sin ver bien las caras, con una mujer, con un viejo, con alguno de nosotros, y que me produjeron una extraña alegría, un sentido festivo e irresponsable que los asaltos del viento tibio, el parpadeo de las estrellas y las luces lejanas prolongaban hasta el porvenir, a la vida entera. Los niños en la plaza se perseguían ensordecedores. Habíamos hecho proyectos, nombrado los pueblos diseminados por los alrededores, hablado de los vinos que había que beber, de los placeres que nos esperaban, de la vendimia.
       —En septiembre —dijo Oreste—, iremos a cazar.
       Y entonces me acordé de Poli.



XI

      Hablamos de ello en seguida oyendo el canto de los grillos.
       —El Greppo está allá arriba —decía Oreste—, donde aquel montón de estrellas. Aflora apenas a la orilla del altiplano. Con los primeros rayos del sol se ven las puntas de los pinos.
       —Vamos, adelante —dijo Pieretto.
       —Pero de noche —dijo Oreste— no vale la pena, y además, estoy seguro de que Poli sigue todavía en la Riviera.
       —Si no se queda para siempre —dijo Pieretto.
       —Estaba bien. A esta hora se habrá curado del todo.
       —Le disparará cualquier otra chica.
       —¿Le ha de tocar siempre a él?
       —¿Cómo? —gritó Pieretto al viento—. ¿No sabes que lo que te toca una vez se repite de nuevo? ¿Que como has reaccionado una vez reaccionarás siempre? No es la casualidad la que te proporciona los problemas. Volvemos a caer. Eso se llama destino.
       Hablamos de Poli en la mesa al día siguiente al subir del pantano.
       —¿Sabéis a quién he visto este año? —dijo Oreste al círculo de caras.
       Cuando contó la historia de los disparos, de las heridas, de Rosalba, del coche verde, de las carreras nocturnas, ante un barullo ansioso de ávidas preguntas y exclamaciones, la madre, en una pausa, dijo incrédula:
       —¡Un niño tan guapo! Me acuerdo cuando pasaban en el coche con las sombrillas abiertas. Lo llevaba la nodriza vestida de puntillas, con los agujones… Era el año en que yo esperaba a Oreste.
       —¿Estás seguro que hablas de Poli, el del Greppo? —preguntó bruscamente el padre.
       Oreste empezó de nuevo con la noche de la colina.
       —¿Y quién es esa mujer? —preguntó la madre.
       Las niñas escuchaban con la boca abierta.
       —Lo siento por el padre —dijo el de Oreste—. Un hombre que era el dueño de todo Milán. Así termina a veces el dinero.
       —Sí, sí, terminar —dijo Pieretto—. Gracias al dinero el padre ha arreglado todo en el mejor de los modos. Eso son cosas que suceden en las mejores familias.
       —En la nuestra, no —dijo Oreste.
       Intervino Justina, la vieja. Había escuchado todo hasta entonces y ahora se hallaba dispuesta a saltar como un halcón mirando del uno al otro.
       —Tiene razón el señor —dijo refiriéndose a Pieretto—, son pecados que se cometen en todos los sitios. Si en vez de dejarlos en libertad como sí fueran perros, padre y madre mandaran en los hijos, les pidieran cuentas…
       Continuó así durante un buen rato. La tomó otra vez con el baile, con los baños de mar. Alguna palabra de la hermana, ojeadas de las niñas, nada de ello fue suficiente para detenerla. Lo consiguió, al fin, la vieja Sabina, no sé si criada, abuela o tía, que desde el fondo de la mesa preguntó, parpadeando, de quién se hablaba.
       Le gritaron. Ella entonces, resentida, dijo, con aquella voz aguda y estridente, que la casa del Greppo estaba abierta, que el marido de la modista de la estación había visto pasar los baúles, que no sabía nada del muchacho, pero que allá arriba seguro que había mujeres.
       Aquella tarde subimos a San Grato, situado al dorso de la colina detrás del pueblo, en donde el padre, allí desde la hora de la siesta, nos recibió con afecto. Los jornaleros regaban de sulfato las hileras, se movían curvados bajo la canícula, con blusas y calzones endurecidos y salpicados de azulete, bombeando desde el morral de hierro el agua coloreada. Los pámpanos goteaban, las bombas chirriaban. Nos detuvimos ante la gran tina llena de agua inocente, profunda y opaca, como un ojo celeste, como un cielo al revés. Le dije al padre de Oreste lo extraño que me parecía tener que regar los racimos de uva con aquella rociada venenosa; los grandes sombreros de los trabajadores estaban manchados de lo mismo.
       —Antes —dije—, la uva crecía sin tantos baños.
       —¡Vete a saber! —dijo, y gritó algo a un muchacho que dejaba una botella sobre la hierba—. Vete a saber cómo lo hacían antes. Ahora todo son enfermedades. —Miró al cielo dubitativo—. Con tal que no nos caiga un temporal —refunfuñó—. Los temporales lavan la viña y se llevan el sulfato.
       Oreste y Pieretto me llamaron desde lo alto. Estaban bajo un árbol dando saltos.
       —Vaya, vaya con ellos a comer ciruelas —dijo—, eso si es que han dejado alguna los pájaros.
       Atravesé el rastrojo seco y los alcancé en el calabazar. Me parecía estar en el cielo. A nuestros pies, empequeñecida, se veía la plaza del pueblo y una jungla de techos, de escaleras, de gallineros. Le entraban a uno ganas de saltar de colina en colina, de abrazar todo con la mirada. Dirigí la vista adonde terminaba el altiplano, busqué las puntas de los pinos. La gran luz se engolfaba allá abajo, en el vacío de las vertientes. El horizonte temblaba. Entrecerré los ojos y distinguí únicamente polvillo.
       El padre nos alcanzó, saltando sobre los terrones.
       —Es un pueblo magnífico —dijo Pieretto con la boca llena—. Tú, Oreste, eres un loco si no vives aquí.
       —Mi idea —dijo el padre, mirando a Oreste— era que este jovencito frecuentase la Escuela Agraria. Cada vez se hace más difícil aprovechar la tierra.
       —En mi pueblo se dice que un agricultor sabe mucho más que un perito agrónomo.
       —Y es cierto —dijo el padre—; ante todo, la práctica. Pero ahora se hace todo a base de química y abonos y, para estudiar medicina, que es algo que sirve a los demás, más valía aprender a disfrutar de los bienes propios.
       —La medicina es también agraria —dijo Oreste con alegría—. El cuerpo sano es como un árbol que da frutos. Pero si no eres listo no te los dará a ti.
       —¿Tiene muchas enfermedades la vid? —dijo Pieretto.
       El padre dirigió la mirada hacia la viña de abajo, sobre cuyas hileras se levantaban nubecillas inocentes:
       —Sí, muchas. La tierra degenera; será verdad, como dice su amigo, que antes el campo era más sano. El caso es que ahora, apenas uno vuelve la espalda, al día siguiente es ya un mal año.
       Sin verlo, oí reír a Pieretto.
       —… La tierra es como la mujer —continuaba el padre—. Sois aún jóvenes, pero lo sabréis a su tiempo. No hay un solo día en que no tenga algo la mujer: dolor de cabeza, de espalda, lunática… Debe ser el efecto del mes, la luna que sube y baja. —Nos guiñó el ojo melancólico.
       Pieretto rió de nuevo.
       —Tú —me asaltó bruscamente—, no sé por qué dices que el campo ha cambiado. El campo lo hacen los hombres, los arados, los sulfatos, el petróleo…
       —Se comprende —dijo Oreste.
       El padre aprobó.
       No hay nada de misterioso en el campo —siguió Pieretto—. Hasta la azada es un instrumento científico.
       —No he dicho nunca que la tierra haya cambiado.
       —Buen Dios —añadió el padre—, se ve el valor de la azada cuando un campo se abandona. No se reconoce. Parece un desierto.
       Miré a Pieretto. Callé, pero me eché a reír. Habló él:
       —El pantano es otra cosa.
       —¿Qué cosa?
       —Distinto de estas viñas, por ejemplo. Aquí reina el hombre, en el pantano los sapos.
       —Sapos y culebras están en todo el campo —dije—. Y también los grillos y los topos. Y los árboles y las plantas son iguales en todos los sitios. De día y de noche. Un campo sin cultivar tiene las mismas raíces que éste.
       El padre escuchaba pensativo. Se volvió y dijo:
       —Si queréis ver un campo inculto ahí están las tierras del Greppo. ¡Dios mío! Todo el día estoy pensando en ese chico y en su padre. Hay cosas que sólo ahora se comprenden. Cuando el abuelo vivía en esa finca sólo se compraba aceite y sal. Mala cosa es poseer tierra y no estar en ella.



XII

      Todos los días íbamos al pantano. Sobre todo por la mañana, a la ida, se discutía y se reía. Era maravilloso encontrar prados todavía empapados de agua. A veces, en nuestro agujero, ya ardiente por el sol, bajo mi espalda y piernas, la tierra olía aún a mojado y a nocturno. Ahora conocíamos todos los rincones del bosque, cada luz, cada ruido o rumor de la mañana. Había un momento durante el bochorno en que pasaba como una nube blanca y el agua, entonces, parecía opaca y las imágenes de las paredes parecían estar al revés, y las flores, el cielo, parecían más intensos destacando en la sombra.
       Aquel baño para nosotros era casi un vicio, aunque ya estábamos completamente negros. El primer domingo que, en vez de ir allí, paseamos al mediodía por delante de la iglesia entre la gente festiva, oyendo la misa desde el umbral, entre el ir y venir de los muchachos y el órgano y las campanas, encontré a faltar hallarme desnudo y aplastado por el sol, sintiendo la tierra debajo de mí. Pensé en cosas que luego no dije a ninguno.
       A Pieretto, que miraba irónico la nuca de Oreste, le murmuré:
       —¿Te imaginas a esta gente, desnuda al sol como nosotros?
       Como no respondió me enfrasqué de nuevo en mis pensamientos. Tuve una discusión en la viña con Oreste (pasábamos las tardes en San Grato, y Pieretto, aquel día, nos había dejado solos). ¿Existe en el campo un rincón, un ribazo, un lugar inculto en donde nadie haya puesto el pie, en donde desde el principio de los tiempos la lluvia, el sol y las estaciones se suceden sin que lo sepa el hombre? Oreste decía que no, que no hay quebrada ni fondo de bosque que la mano o el ojo del hombre no hayan molestado, por lo menos cazadores, y en otro tiempo los bandidos, que estaban en todas partes.
       —Campesinos —decía yo—, labradores. Los cazadores no cuentan. El cazador se comporta como el animal que persigue. Yo quería saber si el campesino como tal había llegado a todos los rincones y si esos mismos rincones habían sido tocados con la mano, si aquella tierra había sido violada.
       —¡Quién sabe! —dijo Oreste, pero no me entendió. Sacudió la cabeza y me lanzó una ojeada maliciosa que me recordó a su madre.
       Estábamos sentados en una terraplén de la viña y al levantar los ojos veíamos oscilar los pámpanos. Mirando desde abajo una viña que asciende hacia el cielo, le parece a uno estar fuera del mundo. A los pies los terrones calcinados, los tallos retorcidos y, en los ojos, la fuga de festones verdes, las cañas iguales tocando el cielo. Se huele y se escucha.
       —El carretero que encontré en la estación —dije al cabo de un rato— decía que las viñas siempre han estado ahí.
       —Puede ser —contestó Oreste—, cuando las ataban con salchichas y por debajo corría leche.
       —Y, sin embargo —proseguí—, las ciudades también han existido siempre. A lo mejor sucias, barracas de paja, grutas o cavernas, pero el hombre significa ciudad. Hay que reconocer que Pieretto tiene razón.
       Se encogió de hombros. Era su modo de discutir, tan bueno como otro.
       —A Pieretto debe saberle mal cuando mamá cierra la puerta de casa a medianoche. A él que en Turín decía que las noches eran suyas.
       —Una noche de estas —dije— hacemos una salida. Me gustaría ver cómo son las colinas a la luz de la luna. Ayer ya tenía una raja.
       —Nos bañamos con la luna en el mar —dijo—. Parece que bebes leche fría.
       No me lo habían dicho nunca y me sentí triste, abandonado, celoso.
       —El tiempo pasa —dije— y la uva no madura, ¿cuándo nos volvemos a Turín?
       Pero Oreste no quería ni oír hablar de ello, me preguntó qué más quería: comía, bebía buen vino, no hacía nada en todo el día…
       —Precisamente por eso. Tu mamá trabaja, todos trabajan para nosotros.
       —¿Te aburres? —preguntó—. ¿Crees que molestas? Tía Justina te aprecia. (Era yo quien había querido ir a misa por miramiento a la familia, no por otra cosa).
       —¿No vamos hoy al Molino?
       Todos los días bajábamos de la colina a la cuenca en donde estaba la otra finca. Dábamos vueltas por detrás de la alquería, el padre salía al porche y nos daba de beber. Pero lo más bonito del Rosotto era la siega del heno, los profundos prados de trébol, los tropeles de ocas. Por la tarde jugábamos a los bolos con los criados Pale y Quinto, mientras Oreste iba a despachar algunos asuntos a la estación.
       —A mí me parece —dijo Pieretto— que esto huele mal. Cuando estábamos en Génova todos los días iba a correos.
       Si se lo decíamos a Oreste sacudía la cabeza y se echaba a reír. La misma sonrisa nos hizo cuando pasamos por una casa llena de geranios a la orilla de la vía. Gritó un saludo y una voz fresca y femenina le respondió. Él dijo que tenía algo que hacer y nos dejó.
       —Entonces —dijo Pieretto, cuando Oreste apareció de nuevo—, ¿es la hija del jefe de estación?
       Él se echo a reír pero no dijo nada. En el valle del Molino había algo así como un cielo propicio. Incluso en el paso a nivel donde esperaban los carros y las bestias se impacientaban, se respiraba un aire distinto. Las casitas y el jardín de la estación recordaban los alrededores de una pequeña ciudad en las noches de mayo al fondo de los paseos, cuando las chicas pasean y ondadas de olor de heno invaden la ciudad. Hasta los criados del Rosotto, que iban despechugados y descalzos, sentían el efecto de los trenes y charlaban de cerveza y carreras ciclistas.
       Pero no cerveza, sino vino bebimos la tarde de la siega del heno. El padre de Oreste nos había dicho; «Venid antes de que llegue la noche», y con la chaqueta por encima de los hombros se había alejado cuesta arriba. Había cierto movimiento de fiesta en la estación, y Oreste tenía que hacerse perdonar por nosotros una ausencia más larga que las otras. De las bodegas del Rosotto salía una botella y luego otra. Era un vino que dejaba la boca cada vez más seca. Bebimos los tres bajo el pórtico que daba a los prados. No acababa de entender si tanta dulzura pasaba del vino al aire o viceversa. Me parecía beber el mismo perfume del heno.
       —Es vino de fresa —dijo Oreste—. De mis primos de Mombello.
       —Somos unos estúpidos —dijo Pieretto—, buscamos día y noche el secreto del campo y lo tenemos aquí dentro.
       Luego nos preguntarnos por qué, mientras en Turín nos gustaban las tabernas, desde que estábamos en el campo no habíamos cogido una borrachera.
       —Hay que salir de noche —dije—. No podemos emborracharnos en tu casa.
       —Bebe —apremió Oreste—, ahora estamos en mi casa.
       Del vino se pasó a los caballos. En el Rosotto había un birlocho de tres plazas. Oreste dijo que bastaba enganchar el caballo y salir.
       —Vamos a Mombello, a casa de mis primos. Tengo ganas de verlos. Son estupendos. Podernos salir por la mañana y volver por la noche.
       —Y así nos perdemos el baño —refunfuñé—. Esta mañana lo eché de menos.
       —¿Y a quién le importa? —mugió Pieretto—. ¡Estoy harto de verte desnudo!
       —¡Tú te lo pierdes! —contesté.
       —No seas bruto —gritó—. Sólo toleraría verte otra vez en cueros si llegara a emborracharme.
       Oreste nos llenó los vasos.
       —Esto es algo que no se puede hacer —dije al cabo de un rato—: estar desnudo en el bosque y pillar una borrachera.
       —¿Por qué no? —preguntó Oreste.
       —Ni tampoco se puede hacer el amor en un bosque. Me refiero a un bosque verdadero. Amor y bebida son cosas de personas civilizadas. Cuando iba en la barca…
       —No has entendido nada interrumpió Pieretto.
       —Cuando ibas en la barca… —dijo Oreste.
       —Había conmigo una chica que se prestaba; pues bien, no pude. No pude yo. Me parecía ofender algo o alguno.
       —No tienes idea de lo que es una mujer —dijo Pieretto—. Pero en el pantano bien estás desnudo.
       Confesé que sí, pero que siempre sentía algo de angustia.
       —Me parece estar cometiendo un pecado —admití—; quizás es hermoso por eso.
       Oreste asintió sonriendo; me di cuenta que estábamos borrachos.
       —La prueba —añadí— es que estas cosas se hacen a escondidas.
       Pieretto dijo que había muchas cosas que se hacen a escondidas y no son pecado. Todo es cuestión de usos y buenas maneras. Pecado es solamente no comprender lo que se hace.
       —Ahí tienes a Oreste —continuó—. Todos los días va a ver a escondidas a su chica. Está aquí, a dos pasos, no hacen nada obsceno, hablan en el jardín, se cogen de la mano. Ella dice que cuando acabe la carrera será todo suyo, él responde que es cuestión de otro año, luego viene el servicio militar, más tarde deberá encontrar la iguala, en fin, tres años, ¿va bien así?, Oreste menea la cola y le besa las trenzas.
       Oreste, rojo como un pimiento, sacudió la cabeza y le amenazó con la botella.
       —… ¿Y tú dices que eso es pecado? —continuó Pieretto, esquivando el golpe—. Esta escenita, este juego de sociedad, ¿es pecado? Él podía confiar un poco en nosotros y contarnos algo, ¿no? Oreste no es un buen amigo. Anda, Oreste, dinos algo, al menos el nombre, al menos el nombre.
       Oreste, colorado como un tomate, seguía sonriendo.
       —Otro día —dijo—. Esta noche bebamos.



XIII

      Pero yo sabía todo por Dina, a la que encontré cierto día sentada en un escabel en la terraza mientras cosía.
       —Así que vas a casarte pronto —le dije.
       —Antes se casará usted —me contestó—, que ya está en la edad.
       —Yo tengo tiempo. Y si no, ahí tienes a Oreste, que ni siquiera piensa en ello.
       Seguí jugando a preguntas y respuestas y Dina disfrutaba con mi estupor. En voz baja, con malicia, vació el saco. Me dijo que Oreste hablaba con Cinta. Los padres de ella lo sabían, pero aquí, en casa, no. Cinta era hija del peón caminero y trabajaba con la modista; era buena y ella misma se hacía los vestidos e iba en bicicleta. Dina sabía también que como el padre de Cinta se cuidaba él mismo la viña, Oreste se veía obligado en el pueblo a fingir que todo era una broma.
       —¿Es guapa? —le pregunté—, ¿te gusta?
       Dina se encogió de hombros.
       —Por mí… quien ha de casarse con ella es Oreste.
       Y fue Dina quien, la noche del heno, se dio cuenta de que estábamos borrachos.
       —Esta noche con Oreste se ha hablado de Cinta —le soplé sobre los escalones donde estábamos sentados.
       Y ella, mirándome con aquellos ojos grandes:
       —¿Habéis abierto una botella? ¿Cuántas?
       —¿Y tú cómo lo sabes?
       —Porque durante la cena ha tapado su vaso con la mano.
       Me preguntaba qué clase de mujer sería la pequeña Dina. Miraba a las viejas, a Justina, a las otras, a la madre de Oreste, las comparaba con las chicas del pueblo que veíamos en el campo, piernas sólidas, morenas, caras rechonchas, de buena sangre. Era el viento, la colina, la sangre espesa que las hacía así, duras y robustas. A veces, mientras bebía o comía —minestra, carne, pimientos, pan—, me preguntaba qué efecto me harían dentro aquel alimento áspero y rico, aquellos jugos terrestres que eran los mismos que olíamos en el viento. Y, sin embargo, Dina era rubia y diminuta, una avispa. Cinta debía ser así —pensaba—, frágil y esbelta, como una cepa. A lo mejor, comía sólo pan y pescado.
       Se desencadenó un temporal que azotó el campo y encharcó los caminos; afortunadamente no granizó. Era la mañana en que íbamos a enganchar el birlocho. Nos quedamos en casa, de una ventana a la otra, entre mujeres y niñas que corrían y chillaban bajo los relámpagos. El padre se puso las botas y salió. El crepitar de los sarmientos en el hogar arrebolaba la cocina de una luz rojiza que daba reflejos fantásticos a los festones de papel coloreado, a la batería de cobre, a las estampas de la Virgen y a los ramos de olivo colgados de la pared. De los trozos de conejo sobre el tajo ensangrentado venía olor de albahaca y de ajo. Temblaban los cristales. Alguien, arriba, gritaba que cerrasen las ventanas. «¡Y Justina que ha salido!», gritaban en la escalera. «¡Figúrate! —se oyó la voz de la madre—; por ella no hay que preocuparse, encuentra siempre cobijo». Durante el diluvio hubo un momento de extraña soledad, casi de paz y de silencio. Me detuve bajo la escalera donde desde la claraboya cegada llegaban las gotas y el olor de agua. Se oía la masa de agua, casi sólida, caer y mugir. Me imaginaba el campo humeante e inundado, el pantano hirviendo, las raíces descubiertas y los rincones más celados de la tierra penetrados y violados.
       Terminó de pronto, tal como había comenzado. Cuando salimos al mirador con Dina, con las otras —nos llegaban las voces de todo el pueblo—, el cemento, sembrado de hojas, tenía ya charcos secos. Corriendo el viento de la vega, las nubes galopaban espumosas. El mar de las colinas, casi negro, salpicado de crestas blancuzcas, parecía más próximo que de costumbre. Pero no fueron las nubes, ni tampoco el horizonte lo que me asombró. Me invadió un olor loco de mojado, de frondas, de flores aplastadas, un olor acre, casi de adobo, de rayos y raíces. Pieretto gritó: «¡Qué delicia!». Hasta Oreste respiraba y reía.
       Aquella mañana no fuimos al pantano, pero el padre nos llevó a San Grato para ver los daños. Allá arriba la fruta estaba tocada y alguna teja se había roto. Con las niñas, recogimos del barro grandes cestos de manzanas y melocotones enfangados. Levantamos las ramas caídas. Era hermoso ver ciertas pequeñas florecitas, al borde mismo de la viña que, al salir el sol, renacían gráciles, milagrosas. La sangre espesa de la tierra era capaz hasta de eso. Todos decían que los bosques se llenarían de setas.
       Pero no fuimos a buscar setas. Al día siguiente fuimos a ver a los primos de Oreste. Desde la estación, por un caminito adyacente, el caballito nos llevó por una pendiente casi llana de un campo de maíz a otro, luego de un bosquecillo a otro maizal. El sol matutino había hecho milagros. De no haber sido por la dureza de la carretera y el olor del viento, nadie hubiera dicho de la tormenta del día anterior. Corríamos entre campos por la insensible subida, bajo la sombra ligera de las acacias o encajados entre las cañas.
       La casa estaba al fondo de la altiplanicie, entre colinas bajas, perdida entre cañizares y encinas. De vez en cuando me volvía porque, poco antes, saliendo de una estrechura entre peñascos, Oreste había dicho, mirando al cielo:
       —Mirad el Greppo.
       A ras de las viñas que subían a lo alto vi una enorme vertiente boscosa, oscura de humedad. Parecía deshabitada, no se veía un campo ni un techo.
       —¿Aquella es la finca? —pregunté.
       —La casa está encima, la esconden los árboles. Desde allá se ven todos los pueblos de la llanura.
       Bastó un pequeño valle para tapar la vista del Greppo; cuando llegamos a la casa de los primos de Oreste, todavía lo buscaba entre los árboles.
       Al principio no comprendí su entusiasmo por los primos. Eran éstos hombres hechos y derechos, uno incluso canoso, vestidos con camisa a cuadros y fustán, manos gruesas y velludas, que salieron al patio y, sin asombro, detuvieron el caballo.
       —Es Oreste —dijeron.
       —¡David! ¡Cinto! —gritó Oreste saltando a tierra.
       Tres perros de caza se le echaron encima, un poco gruñendo y saltando alrededor de Oreste. Era un gran patio de tierra morena, casi roja, como las viñas que habíamos atravesado. La casa era de piedra, esfumada de verde cobre por la vid trepadora. Una ventana en la planta baja se veía negra, vacía.
       El caballo fue llevado a la sombra, bajo las encinas, y dejado allí para calmarse y descansar.
       —¿Son todos médicos? —preguntó David arqueando una ceja.
       Oreste le explicó con calor quiénes éramos.
       —Vamos al fresco —dijo Cinto abriendo paso.
       Aún bebíamos cuando el día estaba terminando y eso que agosto tiene los días largos. De vez en cuando uno de los dos se levantaba, desaparecía en una especie de gruta y volvía a salir con un vino más negro. Terminó que todos bajamos a la cantina y aquí David llenaba de los barriles el vaso empañado, agujereando el plaste y tapándolo con el dedo. Eso fue por la tarde. Mientras tanto habíamos visitado la casa y las viñas, comido polenta, embutidos y melones, visto mujeres y niños en la oscuridad. La habitación era baja, rústica como un establo; se salía afuera y se veían los estorninos a bandadas alzarse sobre los campos punteados de encinas.
       Al lado, del establo había un pozo, y David subió un cubo de agua, metió racimos de uva blanca y nos dijo que comiéramos. Pieretto, sentado sobre un cepo de madera, reía como un niño, hablaba con la boca llena. Cinto, el más joven de los dos, daba vueltas alrededor del pozo, escuchaba, y miraba complacido el caballo.
       Aquel día hablamos de todo, es decir: cosecha, caza, temporal, resultado del año.
       —En invierno, aquí —había dicho yo—, estaréis encerrados. Esto es muy bajo.
       —Cuando se necesita, vamos arriba —dijo David.
       —¿No sabes que el invierno es la estación de ellos? —dijo Oreste—. ¿Sabes lo bonito que es ir a cazar con la nieve?
       —Bonito es todo el año —añadió David—. Cuando se da bueno el día.
       Pareció que hasta los perros entendían. Se levantaron y nos miraron inquietos.
       —Aquí nadie os controla —dijo Pieretto—. Habrá que ver las liebres que mataréis en agosto.
       —Díselo a Cinto —se echó a reír David—; díselo a él que tira al faisán.
       Oreste levantó la cabeza como si olfatease.
       —¿Hay siempre faisanes por esta parte? —Miró a Cinto, luego a David—. ¿Sabéis que a Poli, el del Greppo, le dispararon como a un faisán?
       Los dos escucharon en silencio. Mientras Oreste contaba lo ocurrido, David le llenaba el vaso. Me di cuenta de que la historia, ya vieja, tenía un aire inverosímil, desentonado; ¿qué relación tenía con aquel vino, aquella tierra y aquellos dos?
       Cuando Oreste terminó miró a los dos hermanos y luego a nosotros.
       —No has dicho que toma cocaína —dijo Pieretto.
       —Es cierto. No tiene la cabeza en su sitio.
       —Él sabrá lo que hace —dijo David—; menos mal que ya está curado.
       —No sabemos si está en el Greppo —dijo Oreste.
       —Sí —contestó Cinto con aire sosegado—, porque van a comprar a Due Ponti.
       —¿Y qué dice el guardián? —preguntó Oreste agitado.
       Cinto sonrió con ironía. David contestó por él:
       —Ha habido problemas con el maíz. Con tanta pluma como le hemos matado, ahora nos sale con el maíz. Pero ya sabes como es él… No nos hablamos. Dejémoslo.



XIV

      Salimos con la luna y el aire fresco del atardecer. Sabía mal dejar aquella isla, aquella inmensa campiña roja, con las vides flacas y negras bajo las encinas.
       —Vamos, que anochece —dijo Pieretto.
       El caballito partió como un perro de caza. Mientras pasaba bajo un manzano, Pieretto levantó la mano y nos cayó una granizada.
       —¡Hola! —gritábamos chasqueando la lengua.
       —¿Has bebido en tu vida tanto vino y lo has aguantado así? —preguntó Pieretto.
       —Cuando se bebe al aire libre —dijo Oreste— no hay peligro de borrachera.
       Luego me guiñaron el ojo y me dijeron:
       —Tú que dices que en el campo ni se bebe ni se hace el amor, ¿qué dices ahora?
       Desvié la cuestión como si apartara una mosca.
       —Me gustan esos dos —dije en el viento de la carrera.
       Hablamos de David y de Cinto, de los vinos, de la uva en el cubo, de lo hermosa que es la vida genuina.
       —Lo más grande de todo —dijo Pieretto— es cómo tienen a sus mujeres. Nosotros afuera, bebiendo y charlando, y ellas y sus retoños en la cocina para no molestar.
       El sol rasando las viñas daba un color rojizo, una sombra rica en cada terrón, en cada tronco de árbol.
       —Pero trabajan —dije—; ellas son las que hacen esta tierra.
       —Tú, Oreste, eres un estúpido —decía Pieretto—. ¡Qué Turín! ¡Qué Sala de Anatomía! Lo que debes hacer es cavar y trabajar tus tierras en paz.
       Oreste, con los ojos fijos en la nuca del caballo, siguiendo con la barbilla la curva de la carretera, dijo con calma:
       —¿Y quién te dice que no es eso lo que quiero hacer? Dame tiempo.
       —Hay que ver cómo sois —observé—. Tenéis unos padres que os quieren; al uno fraile, al otro agrónomo. No queréis saber nada de eso y los hacéis sufrir. Tú, Pieretto, acabarás ateo, pero fraile; tú, Oreste, médico de pueblo.
       —Hay que ayudar al padre, hay que enseñarle que la vida es difícil —sonrió Pieretto complacido—. Si luego, como es justo, llegas adonde él quería, se le convence de que está equivocado y de que lo que has hecho ha sido por su bien.
       —¿De veras —pregunté a Oreste— te casarás con aquella chica?
       —No habla, no habla —dijo Pieretto—; tiene la excusa de que hoy estamos borrachos.
       Era hermosa la luna, entre blanca y amarilla, en el crepúsculo, y empecé a pensar en su rayo nocturno sobre el inmenso lugar, sobre la tierra, sobre los prados. Recordé la vertiente del Greppo, pero la vi desaparecer a nuestras espaldas en el aire puro. «¿Eran aquellas…?», estuve a punto de decir, pero en aquel momento habló Oreste.
       —Se llama Giacinta —dijo sin mirarnos y luego gritó blandiendo el látigo—: ¡Dios bendito, este año enloquezco!
       La noche antes, como ni él ni Pieretto podían dormir, habían recordado la vida hecha en la playa. Oreste decía que las colinas bajas, entre las cuales ahora corríamos, le habían parecido, ya desde pequeño, un horizonte marino. Un misterioso mar de islas y lejanías donde, desde lo alto del mirador, se perdía en la fantasía. «Tantos deseos como tenía entonces de ir, de tomar el tren, de ver y hacer. Ahora, en cambio, estoy bien aquí, ni siquiera sé si el mar me gusta».
       —Pero estabas como un grillo —dijo Pieretto.
       Llegamos cantando, el último trozo a pie, con la sana intención de volver a beber. Son cosas que las mujeres comprenden, así que nos pusieron en el mirador una mesita y una botella.
       —Eso es —dijo la madre—; haced la cura de la luna. La luna las oye de todos los colores.
       No hacía viento y el pueblo dormía. Sólo los perros ladraban quién sabe dónde. Fue la noche de Oreste. Nos contó todo acerca de Giacinta. Cuando la luna tramontó y cantó el gallo, Pieretto dijo:
       —¡Maldita sea! ¡Me has hecho venir las ganas!
       Al día siguiente era domingo. ¡Cómo pasan las semanas! Dimos unas vueltas por la plaza, entre hombres y muchachas veladas que hacían pensar en el gran sol y en el pantano. Estuvimos en la misa así, mirando al sol. Me preguntaba yo si en Mombello los primos taciturnos eran gente de hacer fiesta, si interrumpían alguna vez su modo de vivir —la era, la tierra, la gruta del vino—, para mezclarse con la gente. Su fiesta era la caza, la espera paciente, la soledad de los crepúsculos. Cuando la iglesia se fue vaciando, miré los rostros uno a uno, buscando una mirada, un ceño burlón, calmo y salvaje a la vez como los primos de Oreste. Salieron nuestras mujeres. Justina nos escrutó ávidamente empujando a las niñas y empezó la discusión.
       Quería saber por qué íbamos a misa, si después la perdíamos estando fuera del recinto sagrado.
       —¿Qué es eso del recinto sagrado? —preguntó Oreste.
       Pieretto soltó una más gorda. Explicó que todo el mundo es la iglesia de Dios y que hasta san Francisco se arrodillaba en el bosque.
       —San Francisco era santo —gruñó la vieja—. Y creía en Dios.
       —A la iglesia sólo van los que no creen en Él —añadió Pieretto—. No me dirá que el arcipreste cree en Dios con aquella cara.
       A nuestro alrededor se hablaba de fiestas y ferias inminentes porque finales de agosto es tiempo vacío en el cual el campo está entre grano y vendimia y ello da respiro a los labradores para que se muevan, contraten y discutan. Por todas partes había fiestas y se hablaba de acudir a ellas.
       —¡El culto —decía Justina—, el culto! Si no se respetan los ministros del culto, es que no es ni cristiano ni italiano.
       —Religión —intervino el padre de Oreste— no es sólo ir a la iglesia. Religión es algo más difícil. Se trata de educar a los hijos, mantener una familia, vivir de acuerdo con todos.
       —Dígame —chilló Justina a Pieretto—, ¿qué es la religión según usted?
       —La religión —dijo Pieretto deteniéndose— es comprender cómo van las cosas. No sirve el agua bendita. Hay que hablar con la gente, hay que comprenderles, saber lo que quieren cada uno de ellos. Todos desean algo en la vida, hacer algo que ellos mismos no saben bien qué es. Pues bien; para cada uno de estos seres, para cada deseo de ellos, existe Dios. Basta comprender y ayudar a comprender.
       —Y cuando estás muerto —dijo Oreste—, ¿qué has comprendido?
       —¡Maldito enterrador! —saltó Pieretto—. Cuando uno está muerto ya no hay deseos.
       Continuamos en la mesa. Pieretto dijo que admitía los santos, es más, en realidad no había más que santos porque cada uno, con su deseo, no es otra cosa que un santo y si lo dejaran hacer daría sus frutos. Los curas, en cambio, se agarran a los santos más famosos y dicen «Llagamos como él. Él nos salvará», y no tienen en cuenta que en el mundo no hay dos gotas de agua iguales y que todos somos distintos.
       Justina callaba, lanzándole ojeadas asesinas. A las cuatro estábamos sentados en el mirador tomando café, y del mar ardiente de la campiña subían voces sumisas, rumores y ráfagas de viento. Desde la sombra donde estábamos se veían las vertientes de los valles, grandes laderas como vacas acurrucadas. Cada una de aquellas colinas era un mundo hecho de lugares sucesivos, inclinados y llanos, sembrados de viñedos, de campos, de bosques. Había casas, árboles, horizontes. Y después de tanto mirar siempre se descubría algo: un árbol insólito, una curva del sendero, una era, un color no visto aún. El sol, desde poniente, hacía resaltar cada menudencia y hasta el extraño pasillo marino, la nube vaga del Greppo, era más tentadora que de costumbre. Iríamos al día siguiente sobre el birlocho. Con tal de trasnochar cualquier conversación era buena.



XV

      Pero también la colina del Greppo era todo un mundo. Se llegaba por las Costas, por entre lomas y pendientes solitarias, más allá de la tierra de las encinas. Cuando llegamos bajo aquella vertiente vimos los árboles en la carena, negros y luminosos recortados contra el sol. Desde una curva, a mitad de la altura, Oreste nos mostró, en el campo que habíamos recorrido, hasta dónde llegaban las tierras de Poli.
       Habíamos bajado del birlocho, que nos seguía a paso de hombre, y caminábamos por una carretera más ancha que el caminillo de antes. Esta carretera —a trozos asfaltada— cortaba vertientes salvajes, densas en zarzales y arbolado, toda barrancos y abismos. Pero lo que más asombraba era la confusión, el abandono. Tras algún viñedo desierto, medio comido por la hierba, en la selva cabalgaban algunos frutales, higos y cerezos cubiertos de trepadoras, sauces, mimosas, plátanos y saúcos. Al principio de la subida vimos un bosque de grandes adelfas y álamos tenebrosos, casi fríos; luego, a medida que subíamos hacia el sol, la vegetación se aligeraba; pero a las formas familiares se mezclaban plantas insólitas como oleandros, magnolias, algún ciprés y árboles extraños que jamás había visto yo, en tal desorden, que daba al descampado un aire de exótica soledad.
       —¿Es esto lo que tu padre decía? —pregunté a Oreste.
       Me respondió que el verdadero campo inculto ya lo habíamos pasado, un llano boscoso y arable en donde todos hacían y cortaban leña a su placer.
       —La idea era hacer un coto. Ya veis qué carretera habían abierto. En tiempos del abuelo de Poli venían aquí muchos señores. Entonces el llano era laborable y el viejo iba por ahí con el fusil y la fusta día y noche. Papá lo conoció. Era de allá abajo.
       Me hirió el olor del aire, una mezcla de fermentos vegetales quemados, tierra y sol con el hálito ardiente del asfalto. Olor que sabía a automóvil, a fuga, a carreteras costeras y a jardines sobre el mar. De un ribazo en el camino colgaban calabazas pálidas, que me parecieron palas de higos de India. Desembocamos en la cima entre matorrales, y aquí la mancha de árboles se hacía verdadero parque; un pinar cerraba la villa. Ahora, bajo nuestros pies, crujía la gravilla y, a través de los árboles, se veía el cielo.
       —Parece una isla —dijo Pieretto.
       —Un rascacielos natural —añadí.
       —Pero así como está —dijo Oreste— no le sirve a nadie. Se podía hacer una clínica, una clínica moderna con todas sus instalaciones. A dos pasos de casa, ¿no te parece?
       —Ya huele a muerte —fue la salida de tono de Pieretto.
       El tufo venía de un estanque a flor de tierra. Tenía unos diez metros de ancho y de largo, con alguna piedra en el centro y el agua verde cubierta de florecillas blancas.
       —Tienes hasta una piscina —le dije a Oreste—; arrojas ahí a los muertos y te resucitan.
       Entre los pinos se veía ya el blanco de la casa.
       —Nos detendremos aquí —dijo Oreste—. Voy a explorar.
       Nos quedamos solos con el caballo y yo miraba, en silencio, el extraño cielo entre los árboles. Mi esperanza era que Poli no estuviera y así, después de haber dado una vuelta por el parque, nos volveríamos a casa. El olor del estanque me había recordado el pantano y se inundó mi corazón con la nostalgia del lugar conocido. Si acaso, al bajar, echaría una ojeada al bosque que tenía aquel hermoso y salvaje abandono.
       —¿A quién buscan? —dijo una voz clara.
       Se había acercado furtiva por entre los árboles. Llevaba blusa y pantaloncitos blancos. Era una muchacha rubia, de ojos duros.
       Nos miramos. Era evidente que su voz revelaba a la señora, y en aquel momento caballo y birlocho nos parecieron ridículos.
       —Buscamos a Poli —dijo Pieretto con una sonrisa—, somos…
       —¿Poli? —interrumpió. Alzó las cejas casi ofendida. Para no mirarle las piernas tuve que mirar a otra parte, pero de todos modos me sentía como un patán.
       —Somos amigos de Poli —continuó Pieretto—, lo conocimos en Turín. ¿Cómo está?
       Tampoco gustó a la mujer aquella aclaración. Cambió la mueca por una sonrisa molesta y nos miró con impaciencia. En aquel momento apareció Oreste agitado.
       —Está Poli y está su mujer. ¿Quién iba a imaginarse que tenía una mujer…?
       Se detuvo al ver a la muchacha.
       —¿Le has visto? —preguntó Pieretto con calma.
       Oreste, encarnado hasta la nariz, balbució que el jardinero había ido a buscarlo. Nos miraba a nosotros y a la mujer. Dudaba.
       —Hablábamos por hablar —dijo Pieretto.
       De pronto la rubia se calmó. Nos miró con sonrisa maliciosa y nos tendió la mano. Dejó su aire de defensa.
       —Los amigos de mi marido son mis amigos —dijo riendo—. Ahí llega Poli.
       He recordado muchas veces aquel encuentro, el rubor de Oreste, los días que siguieron allá arriba. Me acordé de pronto de Giacinta, no sé por qué, porque Giacinta era morena. Hasta la idea de que Poli estuviera casado me molestó. Todo nuestro pasado con él resultaba prohibido, un obstáculo. ¿De qué hubiéramos hablado? Ni siquiera podía preguntarle cómo estaba su padre.
       Pero Poli nos acogió con aquel calor exagerado, un poco absurdo, ya costumbre en él. No parecía haber cambiado mucho; algo más grueso, de mirada dulce, infantil. Llevaba una camisa corta fuera de los pantalones y al cuello una cadenita. Nos dijo al instante que debíamos quedarnos con él día y noche y que le haríamos un gran bien con nuestras largas charlas.
       —Pero ¿no estás en plena luna de miel? —preguntó Pieretto.
       Los dos esposos se miraron, luego nos miraron a nosotros. Poli sonrió divertido.
       —La miel le produce urticaria —dijo la mujer compungida—. Eso es ya agua pasada. Estamos aquí única y exclusivamente para aburrirnos. Yo le hago compañía y le sirvo de enfermera.
       —La herida estará ya cerrada —dijo Oreste, Pieretto sonrió.
       Oreste comprendió su metedura de pata, se mordió el labio y balbució:
       —Tu padre es un hombre de una pieza. Pero tiene los cabellos blancos por culpa tuya.
       —Tendrán sed —dijo la mujer—. Acompáñalos, Poli. Yo iré después.
       Así, en la estancia toda llena de cristales, de cortinas y butacas, Poli continuó festejándonos y suspirando a gusto. Contestando a la pregunta de Pieretto de si su mujer estaba enterada de todo, dijo simplemente:
       —Sí. Hubo un tiempo que con Gabriella nos decíamos todo. Me ha ayudado mucho, pobre chica. Hemos hecho el loco juntos por el mundo. Luego la vida nos separó. Pero esta vez nos pusimos de acuerdo para pasar el verano como los chicos que un tiempo fuimos. Tenemos muchos recuerdos comunes.
       Pieretto le escuchaba con evidente cortesía. Quien no se pudo contener fue Oreste, que estalló:
       —Pero ¿qué hacías entonces en Turín, si ya estabas casado?
       Poli lo miró con disgusto, casi con miedo. Dijo únicamente:
       —No siempre se hace lo que los otros quisieran.
       Entró Gabriella y abrió el armario de los licores. Era un armario forrado de cristal que se iluminaba al abrirse. Hablamos del Greppo. Yo le dije que era hermoso allá arriba, que comprendía el pasar la vida entre bosques.
       —Sí, puede llegar a gustar —dijo ella.
       —¿Qué es lo que hacéis —quiso saber Pieretto— de la mañana a la noche?
       Gabriella se estiró en la butaca, tal como estaba, con las piernas desnudas.
       —Tomamos el sol, dormimos, hacemos ejercicio… No vemos a nadie.
       No podía acostumbrarme a aquel rostro impasible, negro de sol y malicioso. Era muy joven, debía ser más joven que Poli, pero a ratos tenía inflexiones roncas en la voz que me sorprendían. «¿Será la bebida? —pensaba—, ¿o será el resto?».
       —Nosotros tomamos una comida fría —dijo riendo—. Mermelada, galletas. La comida seria será esta noche.
       Protestamos que nos esperaban en casa, que el caballo esperaba, que teníamos que llegar antes de la noche.
       Poli se quedó pensativo, contrariado. Dijo á Pieretto que se había hecho la ilusión de que nos quedáramos con él, que tenía tantas cosas que decirnos. Le dijo a su mujer que diera orden de prepararnos habitaciones, las de arriba.
       Discutimos y resistimos medio en broma y medio en serio. La insistencia me fastidiaba y pensaba, mientras miraba a Oreste, en el camino de vuelta, en la ventana que le esperaba en la estación, en el crepúsculo.
       —Pero ¿qué puede importaros la casa donde os alojéis? —dijo Poli—. ¿Por qué me tratáis así?
       Gabriella levantó con gracia el vaso y lo miró consternada:
       —¿Tanto os interesan los pollos y los bailes públicos?
       Hasta Poli rió. Acordamos volver al día siguiente para quedarnos allí unos días.



XVI

      Dos días nos costó convencer a la familia de Oreste para que nos dejara volver allá arriba.
       —¿No estáis bien con nosotros? —dijo el padre.
       Las mujeres —ceñudas— confabularon en la mesa. Sólo la noticia de que Poli estaba casado tranquilizó a la madre, y las conversaciones se desviaron sobre el nuevo aspecto que la aventura de Poli asumía. Se quiso saber quién era la esposa, como era su obligación, si estaba deshecha por el dolor y al mismo tiempo firme y decidida a no dar su brazo a torcer.
       —A ella no le importa un pito. Toma el sol —dijo Oreste.
       —Esto sólo sucede cuando se vive separado.
       —Pero cuando dos se han separado —dijo el padre— es porque ya hay algo más.
       Oreste, harto, concluyó diciendo que la culpa era toda del dinero.
       —Si no se tiene mucho estudias o trabajas, no tienes tiempo para locuras. Bueno, ¿vamos o no vamos?
       Fuimos en el birlocho, pero aún no se había decidido si Oreste se quedaría con nosotros. Al despedirnos aquella tarde, Gabriella había dicho que era una lástima no poder ir a buscarnos con el coche, y Poli aclaró que se lo había llevado su padre para que no cayera en la tentación de correr más peligros y pudiera reponerse en serio. Volvimos a atravesar los campos, los bosquecillos de encinas, las profundas simas, las adelfas, la selva. En la mañana todo era lúcido y goteante, salvaje, solitario, con un zumbido de abejas, como un monte de otros tiempos. Busqué con los ojos los descampados abandonados. Pieretto dijo que era indigno que una colina entera perteneciera a un solo hombre, como en la época en que una sola familia llevaba el nombre del pueblo. Volaban los pájaros.
       —¿Forman parte de la finca también? —pregunté.
       En el rellano de pinos encontramos una novedad; hamacas y botellas, cojines abandonados sobre el prado. El jardinero se ocupó del caballo, lo llevó al establo. Pinotta, muchacha ruborosa y ceñuda que ya nos sirvió la otra vez, se quedó en la puerta del invernadero y nos observó sin salir al sol.
       —Duermen —dijo alzando la barbilla.
       En el invernadero se oía caer el agua.
       —¡Cuántas botellas! —dijo Pieretto conciliador—. ¿Han bebido como cerdos? ¿Hubo fiesta anoche?
       —Vinieron muchos de Milán —dijo la chica apartándose el pelo con el brazo—. Bailaron hasta que se hizo de día e hicieron batalla con los cojines. ¡Qué desastre! ¿Ustedes se quedan?
       —¿Dónde están los milaneses? —preguntó Oreste.
       —Vinieron y se fueron en coche. ¡Qué gente! Una mujer se cayó de la ventana.
       La mañana era fresca en el bosque de pinos. En la espera nos fumamos un cigarrillo. No se movía nadie en la casa. Me apoyé en un árbol y contemplé la llanura. Bebimos el fondo de una botella y le rogamos a Pinotta que nos abriera la veranda.
       Allí nos encontraron Poli y Gabriella. Se anunciaron con ruido. Pinotta echó a correr escaleras arriba, oímos voces, campanillazos, puertas que se cerraban. Finalmente bajó Poli en pijama, balbuciente y despeinado. Se quejó de que lo hubiéramos hecho esperar tres días; nos tendía la mano, discutimos en pie si la culpa de los excesos era del prójimo, o de quien se deja seducir.
       —Buenos amigos —dijo— me han traído un poco de vida milanesa. El caso es que no vuelvan, debemos estar nosotros solos.
       Entró Gabriella, fresca y vestida.
       —Vamos, ¿quieren darse un baño? —nos dijo—. Déjalos en paz, hombre, ya hablaréis después.
       Había olvidado el color miel de aquella cabeza y los pies desnudos en las sandalias, así como aquel aire perenne de llegar a una playa.
       —Espero que aquí no haya dormido ningún loco de esos —nos dijo al acompañarnos a las habitaciones.
       Fue entonces cuando Oreste, con decisión, declaró que él se iría a dormir a su casa; nos dejaba a nosotros en el Greppo y, si acaso, volvería en bicicleta.
       —¿Por qué? —dijo ella haciendo una mueca—. ¿Mamá no quiere que se pierda? —Y luego añadió riendo—: Haced lo que queráis, ésta es vuestra casa y el camino de vuelta ya lo conocéis.
       Al bajar al salón los encontré con Oreste. Pieretto se había quedado chapoteando en el baño. Me gritó algo a través de la puerta. Cuando entré en la sala de cristales no me había resignado a la aventura. Pinotta acababa de ordenar los jarrones, recoger los platos y vasos, limpiar los ceniceros. La sala presentaba ahora un aspecto delicioso, con los muebles y las cortinas claras y ligeras. En las otras habitaciones se amontonaban, desde los tiempos del abuelo cazador, adornos más rústicos: sillones, mesas de madera de encina —una cama con baldaquín—, pero aquí, en la sala, se notaba la mano de Poli y de Gabriella —«¿o de Rosalba?», me preguntaba—. No podía apartar de mi mente a Rosalba, las manchas de sangre, la estúpida maldad de aquellos días. La vergüenza que sentía al caminar por las alfombras, a comportarme educadamente, a ver a Pinotta llamada y ordenada con dureza y alegría era producto del recuerdo de Rosalba, de la sospecha que cosas semejantes pudieran suceder en medio de tanta limpieza y educación.
       Aquella mañana hablamos de los bosques. Fue porque Oreste decía que a mí me gustaba el campo, tanto, que había renunciado al mar por el placer de venir aquí. Gabriella, entonces, habló del mar, de cierta playa con un pequeño puerto en donde tenían amigos y los olivos llegaban hasta el agua. Era un mar privado, una playa acotada, prohibida, con la piscina en medio del bosque para los días de viento y nadie podía entrar allí, ninguno que no fuera del grupo. Poli criticó el buen gusto de los dueños de la casa; según él los criados iban vestidos de pescadores, con la faja en la cintura y el clásico gorro en la cabeza.
       —Estúpido, eso fue sólo para el día de la fiesta —dijo Gabriella con un tono que no me gustó. Vi una chispa, una mueca maligna, como el día de nuestro primer encuentro.
       —¿Había un bosque que llegaba hasta el agua? —preguntó Oreste.
       —Existe todavía. Esas cosas no cambian.
       Había vuelto a su tono habitual, pero, hablando, no perdía de vista a Poli, Él fumaba y sonreía abstraído.
       —En aquel bosque, Gabriella bailó Chopin —dijo mirando enfatuadamente el humo—. Danza clásica, descalza, con el velo, bajo la luna, ¿te acuerdas, Gabriella?
       —¡Qué lástima! —dijo ella—. ¡Qué lástima que ayer no estuvieran tus amigos!
       Llamó a Pinotta para ordenarle que abriera las vidrieras.
       —Aún huele a la noche pasada —refunfuñó—. Los eróticos y los borrachos dejan tufo, como las bestias. Era odiosa aquella pintora tuya que fumaba habanos.
       —Yo creí que la orgía se celebró bajó los pinos —dije.
       —Son como los monos —saltó ella—; se esparcieron por todos los sitios. No excluyo que un par de ellos estén aún por el bosque.
       Poli sonrió pensando en algo.
       —¿No baja Pieretto? —preguntó.
       Cuando al fin apareció, Gabriella nos había ya dicho que al Greppo se venía con absoluta libertad, se iba, se venía; quien deseaba estar solo, hacía bien en estar solo.
       —Usted baja y yo subo —le dijo a Pieretto—. Sean buenos chicos.
       Ya la otra vez había desaparecido a la misma hora. Poli dijo que iba a tomar el sol. Habíamos hablado de ello en el birlocho y Pieretto comentó: «Ésa está señalada como nosotros, ¿por qué no le decimos que nos acompañe al pantano?».
       Me hubiera gustado estar solo, dar vueltas a mi gusto por la colina hasta la hora del almuerzo. En cambio, tomé a Oreste del brazo y nos fuimos juntos. Poli y Pieretto se quedaron discutiendo.



XVII

      Al atardecer, Oreste, molesto, se marchó en el birlocho y se hizo de noche en el Greppo. Conseguí estar solo bajo los pinos hasta la hora de la cena. Pieretto y Poli charlaban junto al estanque. Poli, que todo el día había estado con el rostro hinchado y cansado, hablaba con voz sumisa —me parecía oírle aquella noche en la colina, la noche de los gritos de Oreste—. Notaba, más allá del seto, las exclamaciones de Pieretto, sus salidas perentorias. Poli se quejaba, hablaba de sí mismo, de su cuerpo.
       —Al fin he comprendido que debía curarme, reponerme como si fuera un niño… Ciertas cosas nunca se llegan a saber del todo. Morir no me dio miedo. Lo difícil es vivir. Estoy agradecido a aquella desgraciada que me lo enseñó.
       Hablaba despacio, con fervor, con aquella voz baja y clara.
       —En lo más profundo de nosotros hay una gran paz, una alegría… Todo lo nuestro nace de ahí. He comprendido que el mal, la muerte, no viene de nosotros, no somos nosotros quienes los hacernos. Yo perdono a Rosalba; ella quiso ayudarme. Ahora es todo más fácil… Hasta Gabriella.
       —¡Historias! —le interrumpió Pieretto con un gruñido. Las dos voces se confundieron un instante, pero ganó la de Pieretto—. Eres un cara dura, pero a mí no me la das. Ni Rosalba quiso ayudarte ni tú tienes derecho a compadecerla. Érais dos cerdos. Deja en paz la inocencia.
       —Estaba todo decidido —decía Poli en voz baja—. Nosotros no somos quienes nos damos la muerte.
       Las voces se alejaron bajo la luna. Olfateé los pinos en el aire todavía tibio. Sabía casi a marina, pinchaba. Durante todo aquel día vagabundeamos por el bosque. Gabriella nos había conducido a una pequeña gruta bajo la roca rodeada de helechos en donde brillaba un poco de agua estancada. En una hondonada encontramos un árbol con melocotones dulces como la miel. Oreste estaba sombríamente alegre. Lanzaba aquellos gritos suyos salvajes para asustar a Gabriella. Por la noche me di cuenta de que en el Greppo no se oían voces de campo, cloqueos, cantos de gallos, ladridos. Desde allí arriba se dominaba la llanura como desde una nube.
       Fuimos a cenar cuando ya era noche oscura, con la mesa deslumbrante preparada en el salón. Pinotta temía las ojeadas de Gabriella y acudía a todo.
       —La mesa es sagrada —había dicho Gabriella—; mientras se puede se debe hacer de cada comida una verdadera fiesta.
       Exigía flores aquí y allá, puestas con gracia sobre el mantel. Bajó con las sandalias, pero se había cambiado de vestido. Nos dijo con amabilidad: «Sentaos». Yo procuré no mirar los puños de la camisa de Pieretto.
       Hablamos de Oreste, de su humor sombrío, de cuando él y Poli recorrían los bosques. Hablamos de la vida de la ciudad y de la del campo, de Poli muchacho y de la necesidad de soledad que pronto o tarde nos alcanza a todos. Gabriella habló de viajes, del aburrimiento mundano, de extraños encuentros en los hoteles de la montaña. Había nacido en Venecia. Nosotros confesamos que sólo éramos dos estudiantes.
       Pinotta, con aquel paso suyo que parecía ir descalza, nos sirvió durante todo el tiempo. Comprendí que en algún lugar de la cocina debía haber otra mujer, la cocinera, la verdadera dueña de la casa. Miraba las flores, el mantel blanco, tragaba sin ruido, no apartaba la vista de Gabriella. No estaba muy convencido de encontrarme allí, ni de que semejante casa surgiera como una isla en aquella tierra de campesinos. Pensaba en los festones de papel coloreado de casa de Oreste, en las panochas amarillas, en la era, en las viñas, en los rostros, mirando en los umbrales de las puertas. Gabriella comía con desgana. Poli, inclinado sobre el plato, escuchaba a Pieretto, que charlaba y charlaba del placer que sentía paseando en la noche.
       Miraba a Gabriella y me preguntaba si Oreste no había sido más listo que nosotros. Con muy buenas maneras se había vuelto a su casa a dormir, a estar solo, a pensar en nosotros, pero lejos. Él conocía mejor a Poli, sabía muchas cosas, pero estaba claro que en el Greppo no se hallaba a gusto. No había escapado de allí sólo para correr a ver a Giacinta. Días atrás, discutiendo acerca de si Gabriella era digna de venir con nosotros al pantano, habíamos comentado: «¿Qué harán esos dos en el campo?». Nos preguntábamos si habían ido para estar solos y en paz. «¿Qué hacemos nosotros? ¿Qué sabe Gabriella de Rosalba?». Ella parecía inteligente. «¿Y si por la noche tomaban juntos la cocaína?».
       —Creedme —dijo Pieretto—, esos dos se detestan.
       —Entonces, ¿por qué están juntos?
       —¡Si yo lo supiera!
       Menos mal que en la mesa Poli no cesaba de llenar nuestros vasos. Hasta Gabriella bebía a sorbos gustosos, echando hacia atrás la cabeza como un pajarillo. Yo pensaba: «A lo mejor si beben abundante serán más sinceros, más ellos mismos. Gabriella dirá entonces que quiere de veras a su Poli y Poli dirá que Rosalba era fea, que era para él un vicio, una locura y que gracias a nuestro encuentro aquella noche se ha curado, a nuestro encuentro y al berrido que lanzó Oreste. Bastará eso —me decía— y nos haremos amigos en seguida, dejaremos en libertad a Pinotta y nos iremos contentos a pasear o a dormir». La vida en el Greppo habría cambiado.
       —Os aburriréis —dijo de pronto Gabriella—; aquí por la noche no tenemos más que grillos. Ha hecho bien vuestro amigo en ponerse a salvo.
       —Los grillos, la luna —dijo Pieretto— y nosotros.
       —Con tal que estén contentos —dijo ella jugueteando con la rosa que tenía delante. Luego levantó los ojos interrogante—. Sé que en Turín, con Poli, frecuentaban ciertos locales nocturnos.
       Nos miró un instante y se echó a reír.
       —Vamos, vamos, ¿quién se ha muerto? —exclamó—. Todos somos pecadores. Los infortunios rejuvenecen y nadie es culpable. Habíamos perdido un hijo pero nos ha sido dado de nuevo. Matemos el ternero.
       Poli la miró de arriba abajo, bufando.
       —¡Señora! —gritó Pieretto—. ¡Brindo por el ternero!
       —Nada de señora —corrigió ella—; podemos llamarnos por nuestros nombres. Al fin y al cabo tenemos amigos comunes.
       —Aquí va a terminar como anoche —dijo Poli sombrío.
       Gabriella sonrió con maldad.
       —Falta la música —dijo— y nadie está borracho hoy. Mejor, así podemos hablar con sinceridad.
       —Se puede beber después —dijo Pieretto.
       —Si quieres música —dijo Poli levantándose— puedo poner un disco.
       Vi la mano sutil estrujar la rosa que había dejado caer y no me atreví a mirarla a la cara.
       Poli se había sentado, sin poner el disco.
       —La música quiere alegría —dijo—. Bebamos otro poco. —Alargó el brazo hacia el vaso de ella con una seña.
       Gabriella aceptó el vino y lo bebió. Bebimos todos. Yo pensaba en Oreste y en su viña.
       Mientras en el silencio encendía un cigarrillo, Gabriella aspiró el humo, nos miró y se echó a reír.
       —No nos hemos entendido. Sinceridad no es delito. Odio los delitos pasionales. Quería solamente que alguno de ustedes me dijera si Poli, aquella noche en la colina, estaba muy gracioso cuando descubrió la vida sincera…



XVIII

      —Déjame hablar —continuó ella—. Entre dos se habla muy poco, sobre todo si ya se conocen las respuestas. Es como estar solo. Desearía que alguno me dijera si aquella noche… vosotros estabais… si Poli explicó a la compañía su vida inocente. Que la ha descubierto en Turín, ya lo sé. Pero yo quisiera ver los rostros, los rostros de los que estaban con él, de los que le escuchaban. Porque Poli es sincero —prosiguió Gabriella—, es ingenuo y es sincero como debe ser un hombre, y no siempre comprende que las crisis de conciencia no convienen a todos. Esa ingenuidad suya —sonrió— es hermosa. Pero quisiera saber la cara que pusieron al oírle.
       Y nos clavó aquellos ojos, duros y maliciosos.
       Poli no se descompuso. Tenía el aire de esperar otra cosa. Fue Pieretto quien dijo:
       —Furor blanco con la espuma. Se oía el rechinar de los dientes. Alguien tenía siete diablos en el cuerpo.
       No me gustó la cara de Poli. Nos miraba estirado, con los ojos hinchados y a medio cerrar.
       —Quos Deus vult perdere —dijo Pieretto—. Suele pasar.
       Gabriella lo miró fascinada un instante y rió estúpidamente. Cambió el tono de voz y propuso:
       —¿Salimos a tomar el aire?
       Nos levantamos en silencio y bajamos la escalera. Nos invadió el cántico de los grillos, el olor del cielo.
       —Vamos a ver la luna desde el bosque —dijo Gabriella—. Luego nos traerán el café.
       Aquella noche Pieretto fue a mi cuarto. La idea de dormir en aquella casa, de despertarme a la mañana siguiente y luego bajar, encontrar de nuevo a aquellos dos, hablar con ellos, sentarnos a la mesa y esperar la noche otra vez, me ponía enfermo. El rato bajo los pinos y la luna había durado lo suyo. Gabriella no aludió al pasado. Con desenvoltura nos hizo hablar de nosotros.
       Pero era precisamente eso lo que me producía malestar; la tensión, la sospecha, las cosas no dichas. Sabía que los dos, Poli y Gabriella, eran lo mismo dispuestos a desencadenarse de nuevo para pasar otra noche como fuera. La noche anterior aquellos árboles y la luna debían de haber visto cosas de todos los colores. ¿Por qué aquellas conversaciones ambiguas, como la hiedra que esconde un pozo, cuando todos sabíamos de qué pozo se trataba?
       Se lo dije a Pieretto mientras fumaba el último cigarrillo:
       —¿Quieres decirme qué hacemos en esta casa? Ésta no es gente para nosotros. Ellos tienen dinero, amigos; para ellos el tiempo es siempre bueno. ¿Has visto alguna vez comer con las flores en el plato? Era mejor la viña de Oreste y el pantano. Él sí que lo ha sabido hacer.
       —Pero Gabriella te gusta —me dijo.
       —¿Gabriella? ¡Pero si siempre está riñendo! Nos ha medido de la cabeza a los pies. No sabe qué hacer con nosotros. Mira, Oreste…
       —Ya verás como vuelve… —interrumpió Pieretto.
       —Eso espero. Mañana…
       —No grites —observó—. Yo de aquí no me muevo ni aunque me arrojen a patadas. Es una comedia demasiado bonita. Mientras dure…
       Entonces hablamos de Poli y de su extraño destino, del don que tenía de exasperar a las mujeres.
       —Es todo un tipo —dijo Pieretto—. Tendría que ser ermitaño. Ha nacido para vivir en una celda y no lo sabe.
       —No se diría. Sabe elegir las mujeres.
       —¿Y qué quiere decir eso? Se le echan encima como furias.
       —Pero él se deja. Gabriella es su mujer. No eres tú quien duerme con ella.
       Él me miró con aquel modo suyo entre estúpido y divertido.
       —Cuidado que eres tonto —dijo—. Gabriella no duerme con Poli. Cualquiera se daría cuenta de ello. Hay que tener ojos en la cara.
       Disfrutó con mi estupor y continuó:
       —Ni el uno ni el otro piensa en ello. No sé por qué están juntos. Por otra parte, puede ser que ni siquiera se lo pregunten.
       Dormí bien en la cama blanda con edredón de seda. Estar solo, después de que durante días y semanas habíamos dormido los tres en el mismo cuarto, me dejó fresco y reposado como aquel cielo que saludé por la mañana desde la ventana. Todo estaba despierto y vivo, y el sol que llenaba la llanura más allá de los pinos me hizo comprender que el horizonte era vasto y las cosas que haríamos en el Greppo disfrutando de los bosques y de la compañía, charlando, jugando, absorbiendo por otros los poros del cuerpo aquel reino. Había hendiduras, barrancos, largas tardes, la gruta de Gabriella. Habíamos ya hablado de volver allá.
       A media mañana llegó Oreste tocando el timbre de la bicicleta como si fuera un cartero. Venía con Pinotta, que había ido a hacer la compra a Due Ponti. Lo bueno es que nos trajo verdaderamente el correo, tarjetas postales llegadas para nosotros. Gabriella gritó desde la ventana:
       —¡Si para tenerlo con nosotros es necesario, diré a mis amigos que escriban todos los días!
       Entramos con ella y nos sentamos en espera de Poli. Oreste, de buen humor, nos contó que había visto vuelos de pájaros en el campo y oído aleteos que prometían un anticipo de caza.
       —¿Tanto le gusta esparcir la sangre, Oreste? —preguntó Gabriella—. Por favor, ¿por qué no nos llamamos por nuestro nombre? Al campo se viene para estar en libertad, ¿no?
       Oreste volvió al tema de la caza y dijo que Poli no debía dormir hasta tan tarde. La mejor hora de caza durante el verano es antes del alba, y cuanto antes se acostumbra uno…
       —¿Dónde está el viejo perro de Rocco? —preguntó Oreste.
       —Debe estar muerto —contestó ella—. ¿Se lo ha preguntado a Poli? A propósito, Poli no quiere saber una palabra de muertes. ¿Se lo ha dicho?
       Oreste le miró interrogante.
       —No encuentra ya gusto alguno —explicó Gabriella—. No le va con su nueva vida. Pero —sonrió— los filetes se los come.
       —Lo sospechaba —murmuró Pieretto.
       Oreste no comprendía nuestra alegría y nos miraba inquieto.
       —Anoche se habló de Poli —explicó Gabriella—. Debe usted quedarse aquí con nosotros, porque todas las cosas suceden por la noche.
       Luego ella se fue. Dimos vueltas por las habitaciones alrededor de la veranda. Había libros, viejos libros encuadernados, mesitas de juego, un billar. Me gustaba la luz verde de los pinos en las ventanas. En un rincón encontré novelas, revistas ilustradas y el cestito de trabajo de Gabriella. De la cocina nos llegaban olores diversos. Aún no habíamos visto al jardinero.
       —Con tanta tierra como posees —dijo Pieretto a Poli—, ¿por qué no la trabajas?
       A la sonrisa vaga de Poli dijo Oreste:
       —Se necesita una persona bien distinta a él. Verás cómo con el tiempo su padre lo venderá todo. ¡Si ni siquiera la utilizan para cazar!
       —¿Y por qué tendría que labrar la tierra? —pregunté a Pieretto alzando los ojos de la revista.
       —Porque un hombre en crisis coge siempre la azada y la hinca en la tierra —sentenció—. Es la madre común, la que no engaña a sus hijos. Tú tendrías que saberlo.
       —Pero —dijo Poli— si queréis, en septiembre, preparamos una batida…
       Nadie dijo nada. Yo pensaba que septiembre estaba cerca, diez días solamente, y si era correcto que estuviéramos allí tanto tiempo. Parecía que se estaba de acuerdo en ello. No dije nada y abrí la revista.
       Al almuerzo, Gabriella bajó con el albornoz y sabía a sol. Riendo, en la sombra de las persianas, llevó de nuevo a Oreste al tema de la caza.



XIX

      Así que también Oreste se quedó en el Greppo. A veces escapaba en la bicicleta y luego volvía. La colina parecía cocer al sol de agosto; madreselvas y menta levantaban a su alrededor una barrera invisible y era hermoso caminar hasta llegar al punto de salir afuera para volver de nuevo al bosque, como un insecto o un pájaro. Parecía como si tuviéramos las piernas enriscadas en aquel perfume, en aquel sol. Por la tarde bajábamos en grupo, los primeros días por cuestas abruptas hasta las viñas sofocadas por la hierba; una vez dimos la vuelta a toda la colina, llegando por entre los matorrales a un pequeño pabellón negro, a través de cuyas grietas se veía el cielo. Pero ni de vallas ni caminos se veía rastro alguno; el paraje era sólo un matorral, aunque antes fuera un jardín y la barraca un pabellón. Oreste y Poli lo llamaban la pagoda china y recordaban cuanto todavía estaba cubierta de gelsominas. Ahora, al acercarnos, oíamos entre las ortigas el estrépito de topos y ratas. La colina la había devorado. Pero el contraste no entristecía, la mancha boscosa aparecía así más virgen y salvaje. Nuestras voces entre los matojos no bastaban para violarla. La idea de que en los bosques el gran sol de verano sabe a muerte era cierta. Aquí nadie cavaba la tierra para recoger algo, nadie vivía allí. En un tiempo habían probado y después lo dejaron.
       Pieretto dijo a Gabriella:
       —No entiendo por qué no pasan el invierno en este pabellón. Comerían raíces y encontrarían la paz de los sentidos. En verano el campo es desagradable; una orgía sensual de pulgas y jugos. El invierno, en cambio, es la estación del alma.
       —¿Qué te pasa? —dijo Oreste.
       Y Gabriella saltó como una víbora:
       —¡Qué loco!
       Poli sonrió mientras el otro continuaba:
       —Seamos sinceros. El campo en agosto es indecente. ¿Qué diablos hacen tantos sacos de simiente? Hay olor de coito y de muerte. ¿Y las flores, y las bestias en celo, y las frutas que caen?
       Poli reía.
       —¡El invierno, el invierno! —gritaba Pieretto—. Al menos la tierra permanece sepultada. Se puede pensar en las cosas del alma.
       Gabriella le miró a él y a Poli sonriendo fugazmente:
       —Sé cómo hay que pasar el invierno refunfuñó y me gusta este olor indecente.
       Durante los primeros días Pieretto y Poli pasaron muchos ratos juntos; y nosotros salíamos con Gabriella hasta la loma y nos fumábamos un cigarrillo sentados en la cuneta y mirando los árboles minúsculos en la llanura.
       Al contrario de Poli, que nunca decía nada sobre aquellos lugares, Gabriella buscaba y hacía indicar a Oreste los pueblos, las carreteras, las ermitas, Quería saber cómo vivían los campesinos, dónde había crecido Oreste cuando chico, dónde iban de caza. A mí me gustaba, sobre todo, ver desde lo alto el lugar de las encinas, aquel Mombello de tierra roja, donde vivían los hermanos. Hablamos de ello en cierta ocasión cuando Gabriella, curiosa, me preguntó si allí vivía la chica de Oreste. Le respondí que algo mejor: «dos hombres estupendos que trabajaban sus viñas y se bastaban por sí solos». Oreste callaba. A mí me parecía, haciendo el elogio de David y de Cinto, estar hablando de él. Gabriella había dicho: «¿Por qué trabajan ellos si son los dueños?». Le expliqué que eso era lo bonito, que solamente trabajando la propia tierra se es digno de vivir en ella, el resto es servidumbre. Cerró irónicamente los labios, que parecían rosáceos, tan quemadas tenía las mejillas. Dijo: «Se ve que hay gente así».
       Paseando con ellos, entre el olor de mastranzo y tierra reseca, no podía quitarme de la mente que, con respecto a la viña de San Grato, nosotros éramos solamente un horizonte, una isla en un cielo marino. No sé si Oreste pensaba en ello; él no era el tipo de hombre para pensar en estas cosas. Le dije bromeando:
       —Si hubieras nacido en el Greppo tu horizonte sería aquel otro. —Señalé con el dedo la llanura donde blanqueaban las aldeas—. ¿Ya se te han pasado las ganas de embarcarte, de dar la vuelta al mundo?
       —Allá abajo hay arrozales —dijo Oreste— y luego Milán.
       —No habléis mal de Milán —intervino Gabriella—. Tendré que volver allá un día u otro.
       Los primeros días pensaba que Gabriella me gustaba y que no había mal alguno en estar cerca de ella. Solos, con Oreste y ella, podíamos hablar sin que la sombra de Poli nos fastidiase. No nos venía a la mente ni el recuerdo de él ni el de Rosalba, y si se aludía a ello alguna vez, Gabriella era la primera en sonreír. La mayoría de las veces hablábamos poco. Oreste, como de costumbre, callaba; yo no me fiaba del todo; sentía en ella como un desprecio, un juego superfluo, incluso cuando reía y aplaudía. Quizá Pieretto le podía hacer frente, pero también él iba con precaución. En el fondo lo que más me gustaba de todo era pensar que estábamos viviendo en el Greppo, en donde ella también vivía, que respiraba como nosotros el olor de los bosques. Lo más hermoso era cuando descendíamos a la gruta o a las viñas, comíamos fruta salvaje, nos echábamos en la hierba, nos cocíamos al sol. Había siempre algo, un rincón, un grupo de árboles, que yo no había visto, tocado, absorbido. Había aquel vago olor de agosto, de salmuera terrestre más fuerte que en otro lugar. Había también el placer de pensar en todo ello, de noche, bajo la gran luna que aclaraba las estrellas, y sentir a nuestros pies, por todos lados, la colina secreta que vivía su vida.
       Oreste, delante de nosotros, bromeaba de una vez que había ido a caballo. Poli, detrás, discutía con Pieretto.
       —Hay un valor en la vida de los sentidos, en el pecado. Pocos hombres saben los confines de la propia sensualidad… saben qué es un mar. Se necesita valor y uno sólo puede salvarse tocando el fondo.
       —Pero no hay fondo.
       —Es algo que transporta a uno más allá de la muerte —concluyó Poli.



XX

      Por la noche nos quedábamos en la veranda bebiendo, escuchando discos, jugando.
       —¿Hay alguien más inútil que yo? —decía Gabriella—. Ni siquiera sirvo para divertiros.
       Bailaba un poco con cada uno de nosotros. Luego volvía a sentarse. Las primeras noches callábamos y escuchábamos, siguiendo con los ojos los pasos, la falda azul celeste.
       —¿Quién puede ser más inútil que yo? —repitió cierta noche estirándose—. Estoy cansada de vivir.
       —Parece que lo dice en serio —susurró Pieretto.
       —Cansada de todo —prosiguió—, de despertarme por la mañana, de vestirme para bajar, de vuestras conversaciones tan inteligentes. Me gustaría ir a la taberna y emborracharme con los peones.
       —Eso es masoquismo —dijo Poli.
       —¿Y qué? —dijo ella—. Me gustaría un hombre que me destrozara. No merezco otra cosa.
       —¡Oh! Ya estamos en crisis.
       —Sí —cortó ella fríamente—. En crisis. Eso está muy de moda por aquí. Usted, Oreste, ponga mucha atención o terminará como nosotros.
       —¿Él solamente? —preguntó Pieretto.
       Gabriella torció la boca:
       —Frente a Oreste no somos más que carroñas —dijo. Y abarcó con una ojeada a todos, incluyéndome a mí—. Es el único sincero y sano.
       Oreste la miró con tal brusquedad que nos hizo reír a todos. Ella también sonrió:
       —¿No es cierto que usted no tiene crisis de sinceridad? —le dijo—. ¿Ha mentido alguna vez en su vida, Oreste?
       —Hay crisis y crisis… —comenzó Poli.
       —¡Ya lo creo! —contestó Oreste contento—. ¿Y quién no cuenta paparruchas?
       Entonces Poli empezó a quejarse y a acusarnos, a Gabriella, a la gente, de detenernos en la superficie de las cosas, de reducir la vida a un drama inútil, a una serie de gestos y etiquetas sin sentido. La gente se agitaba y se jugaba la conciencia en las cosas más materiales y estúpidas. Quién pensaba en el empleo, quién en los vicios mezquinos, quién en el mañana. Todos se debatían y rellenaban el día con palabras y vanidad.
       —Pero si queremos ser sinceros —dijo—, ¿qué es lo que nos importa de estas bobadas? Somos carroña, eso es lo que somos. Y entonces digo yo, ¿a qué se llama crisis? No precisamente a emborracharse con los mozos de cuerda y los patanes que no valen un dedo más que nosotros. No hay más que concentrarnos en nosotros mismos para descubrir quiénes somos.
       —Ya lo has dicho tú —dijo Pieretto.
       —¿Para que sirve todo lo demás? —continuó el otro, testarudo—. El resto se compra, los otros pueden hacerlo por ti.
       —No todos disponen de medios suficientes —dijo Oreste.
       —¿Y bien? He dicho pueden, no que lo hagan. Son siempre cosas que no dependen de nosotros. Nadie puede decirte quién eres.
       —¡Pero si somos carroña! —saltó Gabriella—. ¡Oh, Poli! ¿No estabas de acuerdo en que lo somos?
       —Poli sostiene otra cosa —dijo Pieretto—. Sostiene que todos tenemos tendencia a contentarnos con la etiqueta, con el juicio corriente. No basta saber que somos carroña, eso es demasiado poco, hay que preguntarse por qué y comprender que podríamos no serlo, que también nosotros estamos hechos a semejanza de Dios. Así resulta más divertido.
       Gabriella fue a poner un disco. A las primeras notas abrió los brazos e imploró:
       —¿Quién me quiere?
       Se levantó Oreste y nosotros continuamos hablando. Ahora Poli decía, mirando al soslayo, que si Dios estaba dentro de nosotros, no veía el motivo por el cual había que buscarlo en el mundo, en la acción.
       —Si nos ha sido dada la semejanza con Él —murmuró— ¿a quién toca sino al hombre interior?
       Yo seguía con los ojos la falda celeste y pensaba en Rosalba. Estuve a punto de decir: «Esta escena ha sucedido otra vez», pero me pareció que una extraña sorpresa iluminaba el rostro de Pieretto.
       —¿Estás seguro que eso no es una vieja herejía? —murmuró.
       —No me interesa —dijo Poli bruscamente—; me basta con que sea verdad.
       —¿Tanto te importa —dijo Pieretto— parecerte al Padre Eterno?
       —¿Y qué hay más que eso? —contestó el otro convencido—. ¿Te dan miedo mis palabras? Dales el nombre que quieras. Yo llamo a Dios la absoluta libertad y certidumbre. No me pregunto si Dios existe, me basta ser libre, cierto y feliz, como Él. Y para llegar, para ser Él mismo, basta que un hombre toque el fondo, se conozca profundamente.
       —¿Queréis dejarlo ya? —gritó Oreste por encima del hombro de Gabriella.
       No le hicimos caso. Pieretto dijo alegre:
       —Y tú, ¿tocas ese fondo? ¿Bajas a él a menudo?
       Poli asintió sin sonreír.
       —Creía —continuó Pieretto— que el mejor modo para conocerse uno era aceptar la propia responsabilidad. ¿Has pensado en lo que harías si viniese el diluvio?
       —Nada —dijo Poli.
       —No me has entendido —dijo Pieretto—. No lo que quisieras, sino lo que harías, lo que las piernas te harían hacer. ¿Escapar? ¿Caer de rodillas? ¿Bailar alegremente? ¿Quién puede decir conocerse a sí mismo si no ha visto de cerca la necesidad? La conciencia es sólo una cloaca. La salud está en el aire libre, entre la gente.
       —He estado entre la gente —dijo Poli cabizbajo— desde muy niño. Primero, en el colegio. Después, en Milán; siempre he vivido con ella. Me he divertido, no lo puedo negar. Supongo que esto pasa a todos. Me conozco y conozco a la gente… Ese no es el camino.
       —A mí —dijo Gabriella al pasar— me sabe mal morir porque no veré más a nadie.
       —¡Usted baile! —gritó Pieretto.
       —Pero tiene razón —dije a Poli—. Tú, en cambio, ¿ves a Dios en el espejo?
       —¿Qué quieres decir?
       —Pura lógica. Si el mundo no te interesa y llevas a Dios dentro de los ojos, mientras estés vivo lo seguirás viendo en el espejo.
       —¿Y por qué no? —dijo Poli—. La propia cara no la conoce ninguno.
       Hablaba con aire tranquilo que me hizo pensar.
       La música había cesado. En el silencio, a través de los cristales se oían los grillos.
       —Vuelve la angustia —dijo Gabriella a bracete de Oreste—. Estamos hartos de vosotros.
       Salimos todos bajo la luna que parecía ahora enorme y descendimos por la carretera.
       —Haría falta un local allá abajo —dijo Pieretto—; así tendríamos una meta.
       Gabriella, que nos precedía con Oreste, dijo:
       —¡Ay de vosotros si volvéis a hablar del diluvio!
       Yo caminaba entre los dos grupitos, olfateando la tierra, la luna, la hierbabuena. Pasamos bajo el talud de los higos de India. Las matas y los árboles sobre las lomas descubiertas hacían mil juegos de luna. Había en todo un hálito ligero que parecía el respiro de la noche.
       Oreste nos nombró los animales que poblaban el Greppo. Había urracas, ardillas y algún lirón, liebres y faisanes. Para mí los grillos y las cigarras me cantaban día y noche en la sangre, daban voces al verano, vivían. A veces su estruendo era tan grande que me hacía estremecer: tenía que llegar hasta las serpientes, hasta las raíces de la tierra. Me preguntaba si los dueños del Greppo, no tanto Poli y Gabriella que no eran nada, sino el antepasado cazador y los guardianes de su tiempo, habían amado esta tierra, este monte salvaje, como a mí me parecía amarlo ya. Cierto, mejor que nosotros, ellos lo habían poseído.
       Una cosa que la presencia de Gabriella me ayudó a comprender. Le hablé dentro de mí, como a veces discutía en voz baja con Pieretto. Aquel abandono, aquella soledad del Greppo, era un símbolo de la vida deshecha de ella y de Poli. No hacían nada por su colina y la colina no hacía nada por ellos. El desprecio salvaje de tanta tierra y tanta vida no podía dar otros frutos que no fuesen inquietud y futilidad. Pensaba de nuevo en las viñas de Mombello, en el rostro brusco del padre de Oreste. Para amar a una tierra hay que trabajarla y sudarla.
       Volvimos al día siguiente a aquel pabellón y aquí la idea de Pieretto de que el campo sabe a coito y a muerte, me hizo sonreír. Hasta el zumbido de los insectos ensordecía, y el fresco ardiente de la hiedra, y el lamento de una perdiz. Los dejé, a ella y a Oreste, en la sala derruida, mientras pateaban y gritaban para alzar el vuelo de las perdices y salí afuera al sol.



XXI

      Me burlé de Oreste porque desde hacía tres días no iba por el pueblo y dormía en una habitación de la planta baja, junto a la de la cocinera.
       —De él me fío —había dicho Gabriella.
       Oreste subía por la mañana a despertarme y fumábamos en la ventana.
       —Durante toda la noche he estado dando vueltas por los bosques —me dijo.
       —¿Por qué no me has dado un silbido? —dije—. Te hubiera acompañado.
       —Quería estar solo.
       Puse la misma cara que hubiera puesto Pieretto en semejantes circunstancias, pero me arrepentí. Oreste bajó los ojos como un perro.
       —¿Hay alguien más en esta historia?
       Él no respondió, miraba el cigarrillo.
       —Vamos a la terraza —dije.
       Se llegaba allí por una escalerita de madera que terminaba en una trampa. Nunca habíamos subido. Al mediodía Gabriella tomaba el sol en aquel sitio.
       Atravesamos el pasillo de puntillas. La escalerita rechinó inmediatamente bajo nuestros pies. Oreste salió el primero.
       Era una especie de galería descubierta bajo el cielo, y el sol fresco la inundaba completamente. Un muro de ladrillos la cerraba, y columnitas a todo alrededor sostenían traviesas de madera puestas en forma de pérgola. Sobre el muro, macetas con geranios de color escarlata y las puntas oscuras de los pinos que afloraban a su alrededor.
       —No está mal. Esta mujer sabe vivir.
       Oreste miraba perplejo. Taburetes y albornoces, así como una hamaca se hallaban plegados contra la pared. Pensé que desde la hamaca abierta no se debía ver otra cosa que el cielo y los geranios.
       —Querido mío —dije a Oreste—. No hay ninguna necesidad de llevarla al pantano. Está más negra que nosotros.
       —¿Tú crees que toma el sol aquí? —balbuceó.
       —¿Te ha invitado a venir? —sonreí y de nuevo me arrepentí. Oreste no apartaba los ojos del albornoz.
       —Felices las hormigas y los abejorros —dije—. Bajemos.
       ¿De quién era la culpa aquella mañana? ¿De quién me burlaba? Pensando en ello hoy, doy la culpa al Greppo, a la luna, a los discursos de Poli. Hubiera tenido que decir a Oreste: «Vámonos a casa». O hablar con Pieretto. Quizás éste aún hubiera podido salvarlo. Pero Pieretto, que comprende todo, durante aquellos días no se dio cuenta de nada.
       Por otra parte también me gustaba aquel juego. Se acercaba el mediodía y Gabriella, que durante toda la mañana había paseado por casa en pantaloncitos cortos, charlado y cerrado de golpe las puertas, que había hecho correr a Pinotta, Gabriella desaparecía de pronto, dejándonos bajo los pinos soleados o en la tranquila veranda leyendo o escuchándonos el uno al otro. Oreste y yo nos lanzábamos una ojeada; era un secreto nuestro, y aquella hora de sol transcurría en suspenso, lenta. Una mañana en que Poli se fue arriba y ya no lo vimos durante un rato, vi que Oreste palidecía. Yo no estaba celoso de él, no pensaba seriamente en Gabriella, pero ni siquiera me preguntaba si él lo pensaba. Disfrutaba con aquel juego, eso era todo. Era algo así como el secreto del pantano, tan innocuo como aquel, y procuraba que Pieretto no lo comprendiera. Porque era un tipo capaz de hablar de ello en la mesa.
       Cuando quise decir a Oreste: «¿Pero no te espera Giacinta?» comprendía que ya era tarde. Fue la mañana en que él no respondió a mi acostumbrada llamada: no estaba. Gabriella le había hablado. Salieron con el primer rayo de sol, juntos, después del temporal de la noche. Desde mi ventana los vi volver riendo sobre la hierba. Precisamente aquella mañana Poli no salió de su habitación. Me encontré a Pieretto y a Pinotta abajo, charlando. La criada me lanzó una mirada aviesa. Pieretto dijo: «Ya estamos de nuevo. Ese cretino ha vomitado». Pinotta contó que la habían llamado para limpiar la vomitona de la colcha.
       —¿Ha ocurrido otras veces? —preguntó Pieretto.
       —Siempre que beben demasiado —contestó ella.
       Pero la noche anterior no habíamos bebido más que naranjada, es más, el aire pesado y los primeros relámpagos nos produjeron una inquietud, un mal humor que en mí se había convertido en malestar, verdadero sentido de culpa y, volcando la conversación sobre nuestra estancia en el Greppo, dije que ya era tiempo de marcharnos. Me saltaron encima —ella también— y se empeñaron en explicarme que se estaba muy bien y que aún había que hacer tantas cosas.
       —La única que podría quejarse —dijo Poli— es Pinotta, pero Pinotta no puede quejarse.
       Entonces (el resplandor de los relámpagos aclaraba los pinos) añadí que no comprendía por qué ellos venían a estar solos al Greppo, si luego necesitaban nuestra compañía.
       —Presuntuoso —dijo Gabriella. Un trueno nos hizo entrar en la casa y no se habló más del asunto.
       Pieretto entró en mi habitación y discutimos la recaída de Poli.
       —Lo esperaba. Ese cretino se lo toma en serio —dijo—. Ya puede tenerlo el padre en el campo… Dentro de una hora se levantará. Peligro no hay… Esto sucede por ser hijos de Dios.
       —Menos mal que está Oreste.
       Pieretto torció la boca. Pensaba en Poli.
       —Es un vicioso —dijo—. La culpa es de este mundo en donde los padres tienen demasiados millones. Así, en vez de partir de la orilla como todos los animales, los hijos se encuentran ya en aguas profundas cuando aún no saben nadar. ¿Tú sabes qué clase de vida le han dado a este chico?
       Me contó una fea historia de criados, gobernantes que padre y madre le habían procurado en el Greppo hasta los trece o catorce años. Le habían enseñado toda clase de tonterías de las cuales la principal era que rico se nace y que era justo que las mujeres hicieran la reverencia a mamá. Ante Dios, se comprende, todos eran hijos suyos. En efecto, una criada se lo había llevado a la cama apenas cumplidos los doce años y le había chupado la médula durante meses. Luego, no contenta con eso, se lo llevaba al interior del bosque y jugaban a encorrerse, así que Poli era ya un libertino antes de ser hombre.
       —Para él la vida son esas cosas —decía Pieretto—. Robaba los somníferos a su madre para drogarse. Masticaba tabaco, abofeteaba a las criadas para tener así el pretexto absurdo de abrazarlas y que lo abrazaran.
       —El cerdo es él —dije con impaciencia—. ¿Qué tiene que ver el dinero? No todos los que son como él son iguales.
       —Se parecen, sí —dijo Pieretto—. Pero él tiene esto, diga lo que diga su mujer, que es más ingenuo que los demás. Él lo hace todo con seriedad. Ya verás como, si no se muere, se hace budista.
       Fue entonces cuando vi, a través de la ventana, a Gabriella y a Oreste que volvían riendo. Resbalaban sobre la hierba y se reían. Dije a Pieretto:
       —¿Y Gabriella? ¿No toma ella cocaína?
       —Ésa se burla de todos nosotros —dijo—; le divierte.
       —Pero ¿por qué están juntos?
       —Están acostumbrados a reñir.
       —¿No crees tú que se amen?
       Pieretto rió a su manera y silbó:
       —Esta gente —dijo— no tiene tiempo que perder. Sus problemas son más simples. Casi siempre de la parte del dinero.
       Bajamos a la veranda y vi a Oreste y la vi a ella. Gabriella venía de ver a Poli que tenía la habitación separada de la suya, y había dicho: «El enfermo ha resucitado». Nadie habló de la droga. Tanto a ella como a Oreste le reían los ojos de tal manera que nos olvidamos de Poli. Continuamos discutiendo el proyecto de ir al día siguiente a una fiesta de los alrededores a bailar; era un pueblo famoso por la feria de agosto. Cuando Gabriella se eclipsó a mediodía lancé una rápida ojeada a Oreste y vi que no quería responderme. Estaba sentado con abandono y rumiaba algo dentro de sí, pero aún le brillaban los ojos. Entonces pensé en serio en Giacinta.



XXII

      Para poder llevarnos a la feria, Oreste fue a casa a buscar el birlocho, pero como no cabían más que tres y a Poli le dolía la cabeza, y allí se iba a bailar, dije que yo también me quedaba en el Greppo, porque un día de permiso tiene su encanto.
       —Sois unos patanes —dijo Gabriella sentada entre Oreste y Pieretto—; pero siento que no vengáis.
       Se alejaron entre risas. Pasé la mañana en la gruta de la hierbabuena. En aquel punto el barranco daba en el cielo y un repecho escondía la llanura. Era un recuerdo de otros tiempos, quizás había habido allí una viña. En la boca de la gruta me puse desnudo y tomé el sol. Desde los días del pantano no lo había vuelto a hacer. Me asombré al encontrarme tan negro, casi tanto como los tallos de la hierbabuena. Pensé muchas cosas dejando vagar la mirada aquí y allá. De la mancha de árboles que cerraba y reparaba el claro podía llegar alguien, pero ¿quién? Ni las cocineras, ni Poli. Los espíritus del bosque, quizás, o un animal del Greppo —seres desnudos y salvajes como yo—. En el cielo claro, sobre las cañas, la hoz blanca de la luna daba un aire mágico, emblemático, al día. ¿Por qué existirá una relación entre los cuerpos desnudos, la luna y la tierra? Hasta el padre de Oreste había bromeado acerca de ello.
       Al mediodía volví a la villa entre pinos, vieja y blanca como la luna. Vagabundeé por detrás de la casa alrededor del invernadero, vi por la ventanilla la cabeza colorada de Pinotta que planchaba sobre una tabla. Mientras miraba por la puerta abierta aquellos ricos jarrones de flores ya marchitas, salió el viejo Rocco y refunfuñó alguna cosa entre dientes. Hablamos; me dijo que tenía buen color en la cara.
       Le dije que el aire del Greppo era bueno. Si Poli era un señor tan sano y vivaz, ¿no lo debía acaso a los años pasados en el Greppo? Pinotta se puso a escuchar con aquellos ojos suyos siempre enojados.
       —Sí, sí —dijo Rocco—, por aire no nos quejamos.
       «Estaría bien —pensé— que Poli hiciera el amor con ésta».
       Sonreí porque Rocco me miraba un poco atravesado. Luego escupió la colilla en la mano, una gruesa mano ennegrecida, y gruñó algo. Se quejó de la estación. Dijo que el agua del estanque no bastaba y que había que llevarla a brazo. Antes había una bomba pero ahora estaba rota.
       Pregunté de dónde procedía el agua que bebíamos.
       —Del pozo —dijo Pinotta.
       —¿Y quién la saca?
       La cabeza roja se agitó salvajemente.
       —¡Yo la saco!
       Quería que Rocco me describiera la selva, la vida de otros tiempos, pero los redondos ojos de Pinotta no me dejaban en paz. Pregunté entonces si alguien se bañaba en la terraza y con qué agua. Ella contestó a su modo: en la terraza la señora tomaba baños de sol.
       —Creí que usted llevaba el agua.
       —No se ha matado nadie aún.
       Hablaba ahora con más confianza y me preguntó por qué no había ido a la fiesta del pueblo con los otros. Este argumento interesó también a Rocco. Me miraron.
       —No cabíamos en el birlocho —corté.
       El viejo sacudió la cabeza. «Demasiada gente —refunfuñó—, demasiada gente».
       Poli, que seguía con mal color, bajó un momento a la hora de comer, luego volvió a su habitación y apareció de nuevo al anochecer. En todo el día apenas cambiarnos diez frases, no sabíamos qué decirnos, él sonreía con aquella sonrisa cansada y paseaba. Durante toda la tarde no hice otra cosa que hojear los viejos libros de la habitación de juego, álbumes amarillentos, viejas enciclopedias y colecciones ilustradas. Cuando, al crepúsculo, entró él, levanté la cabeza y le dije: «¿Volverán para la cena?».
       Levantó los ojos y aclaró: «Yo diría de beber algo, mientras», propuso.
       Bebimos sentados bajo los pinos.
       —El tiempo pasa —dije—. Incluso aquí, en donde todo parece detenerse. Usted, en el fondo, se encuentra bien solo.
       Sonrió. Estaba en mangas de camisa, moreno, y se le veía la cadenita.
       —¿Por qué —empezó— no nos tratamos de tú? Los dos somos amigos de Oreste.
       Así lo hicimos. Se informó educadamente de mi vida en Turín, de lo que pensaba hacer a mi regreso. Hablamos de Pieretto; le conté que las mujeres de la casa de Oreste lo creían un teólogo y él se echó a reír con animación; dijo que Pieretto valía mucho más, pero que tenía un defecto, no creía en las fuerzas profundas, en la inocencia inconsciente que está en nosotros mismos.
       Le pregunté si pasaría el invierno en el Greppo. Asintió taciturno.
       —Pienso —le dije— que el verte en este lugar en donde has estado de chico debe producirte cierta impresión. Para ti, todo debe tener una voz, una vida suya, especialmente ahora.
       Él callaba y escuchaba con sus ojos:
       —… Cuando llegué aquí —continué— sentí una gran emoción. ¡Figúrate! Y eso que no había estado jamás. Pero esta mezcla de abandono y de raíces —no simple campiña sino algo más— me interesaba. ¿Cuándo tú eras chico ya estaba así?
       Él seguía mirándome.
       —La casa es la misma —dijo al fin—; había más gente, más criados, pero no ha cambiado nada.
       —No hablo de la casa, sino de los bosques, de los viñedos mal cuidados, de este aire salvaje. Esta mañana tomando el sol en la gruta me parecía que la colina tenía sangre, voz, vida…
       Le vi replegarse:
       —… Tú, que has vivido tanto tiempo aquí, ¿has pensado así alguna vez del Greppo?
       Mientras hablaba me decía dentro de mí: «Si tú eres un loco, ahí tienes otro. ¡Quién sabe si alguna vez iremos de acuerdo!».
       Poli dijo, atormentando el vaso:
       —Como todos los chicos estaba loco por los animales. Teníamos perros, caballos, gatitos. «Bub» era un irlandés de trote que luego se rompió el lomo. De los animales me gusta la indolencia, son más libres que nosotros.
       —Quizás aquello que yo siento en las colinas lo encontrabas tú en los animales, ¿te gustaban las bestias salvajes, liebres, zorros…?
       —No —dijo resuelto—. Yo con los animales hablaba como contigo. No se puede hablar con los animales selváticos. Me gustaba «Bub» porque se dejaba azotar. Me gustaban los gatitos porque los tenía en las rodillas. ¿Comprendes? Como con una mujer, como estar con mamá…
       —Mamá es otra cosa —continuó—. ¡Pobrecilla! Me ha hecho sufrir. Fue el invierno que estuvo en Milán y pasé la Navidad sólo con los criados y la nieve. Miraba la nieve desde la oscuridad de la ventana y si las mujeres me buscaban no contestaba para hacerlas sufrir.
       Así pasó aquella noche. A medianoche nos pusimos a cenar. Pinotta nos miraba a los dos, solos en aquella mesa, y parecía divertirse bastante. Iba y venía taconeando. Sentía cierta ansiedad, más que el propio Poli. Bebimos bastante y en cierto momento, no sé cómo fue, le hablé de Rosalba. Le pregunté dónde estaba, qué había sido de ella.
       —¡Oh! —dijo melancólico—, ha muerto.



XXIII

      Cuando, a media mañana, llegaron los tres en el birlocho, yo estaba ronco y aturdido: durante toda la noche habíamos hablado de la muerte de Rosalba. Poli no sabía gran cosa. Se había matado en aquella pensión de monjas —veneno, un narcótico—, cuando él se marchó al mar. Habíamos paseado bajo los pinos, rodeado el estanque y hablado en voz baja hasta que se hizo de día. Él decía que la muerte no es nada porque no somos nosotros quienes la hacemos; dentro de nosotros hay gloria, paz y nada más.
       Le pregunté si la cocaína formaba parte de la paz del alma. Me respondió que todos empleaban drogas, del vino a los somníferos, del nudismo a la crueldad de la caza.
       —¿Qué tiene que ver el nudismo?
       —Mucho; hay quien va desnudo entre la gente por el gusto de embrutecerse y violar una norma humana.
       No bastó la noche entera para hacerle admitir que entre suicidio y muerte por enfermedad o por desgracia hay un buen salto. Luego hablaba de Rosalba con la voz balbuceante de un chiquillo emocionado. Hablaba con cierta ternura de cuando estuvo a punto de morir, de que ninguno tenía la culpa de nada; Rosalba estaba muerta; los dos estaban ahora bien.
       Durante toda la noche, casi dándole la razón, bebimos, discutimos y fumamos. El primer rayo de sol nos encontró en la butaca y a Pinotta despeinada haciendo café. Entre las agujas de los pinos se transparentaba la luna. Ahora hablábamos de caza, de los pobres animales; Poli decía que de todas las drogas no comprendía la sangre derramada; era eso lo que Rosalba le había enseñado; la sangre tiene algo de diabólico: «Oreste quiere ir a cazar, sin comprender que eso a un hombre puede llegar a repugnarle. Que vaya si quiere, pero que deje a los otros en paz».
       La luz del día me calmó un poco, pero la tensión, el cansancio, la ira sorda no me dejaron dormir. Cuando oí las voces alegres, me irrité contra Pieretto porque estaba seguro de que lo sabía y no me había dicho nada. No bajé en seguida; miraba vagamente el techo y pensaba que Rosalba, la cocaína, la sangre derramada y la colina, todo era un sueño, una burla que todos habían acordado jugarme. Bastaba descender, unirme a ellos, disimular, no dejarme arrastrar por sus burlas. Y, eso sí, reírme en su propia cara…
       Un fragor, un estallido me hizo saltar de la cama. Corrí a la ventana y los vi riendo mientras bajaban del birlocho. Oreste blandía un fusil aún humeante. Gabriella se había enganchado el borde del vestido y gritaba: «¡Ayudadme a bajar!».
       Salieron corriendo la cocinera y Pinotta; salió también Poli. Comenzaron las discusiones y los saludos. El vino, la feria, los baches de la carretera… «¡Cuánto nos hemos reído —decían—; hemos pasado por el pueblo de Oreste!». El caballo piafaba con la cabeza baja.
       Bajé yo también, y llegó el mediodía antes de que el barullo se calmase. Tumbados en las butacas suspiraban y vociferaban comentando una cosa y la otra. Reinaba entre ellos un entendimiento, el reflejo de la juerga común.
       —Gente que sabe divertirse —decían—. La de los pueblos es gente que se sabe divertir.
       Pieretto se había caído en una cuneta y pegado con un tabernero, luego había tocado las campanas y hecho salir al sacristán, robaron uva de una viña…
       —Y así —dijo Pieretto, sentado en el brazo de la butaca de Gabriella—, ¿has preparado tus fusiles, Poli? Si queréis, nosotros haremos de perros.
       Algo más tarde, por fin, se calmaron los ánimos. Gabriella subió para arreglarse. Miré a Oreste, tranquilo y feliz. La creciente intimidad con Gabriella iba reflejada en sus ojos. No había necesidad de preguntarle nada.
       Pero no comprendía a Pieretto, que se había puesto a bromear con Poli. Hablaban de un labrador que había conocido al abuelo de Poli y contaba cuántas mujeres había dejado encinta en los pueblos de alrededor.
       —Es un viejo gusto de familia —dijo Poli—. Al campo no le iba mal.
       —¡Qué lástima! —dijo Pieretto—. Qué lástima que Gabriella te quiera tanto como te quiere. Podría pagar deudas de familia. Tienes que mandarla a menudo a estas fiestas.
       Fuera lo que fuera lo que Pieretto tuviera en la mente, fue Oreste quien dio un grito inarticulado. Poli levantó un ojo con perplejidad. Oreste se hallaba ya ante Pieretto sin pronunciar palabra. Se miraron fijamente un instante, encarnados los dos, pero ya Pieretto había vuelto en sí.
       —¿Qué te ocurre? —preguntó bruscamente—. ¿Te ha hecho daño el tiro al plato?
       Oreste lo miró, miró luego a Poli, y salió sin pronunciar palabra.
       Apenas estuvimos solos en la escalera le pregunté a Pieretto si sabía lo de Rosalba. Me contestó con calma que hacía tiempo y que desde los días de Turín se lo esperaba. «¿Qué querías que hiciera una mujer en aquella situación? Una mujer no tiene escapatoria posible. Son incapaces de un pensamiento abstracto…».
       —Poli es un bastardo y un inconsciente.
       —¿No lo sabías? —dijo—. ¿Dónde vives?
       Le hubiera pegado. Me mordí la lengua. En aquel momento pasó Gabriella por el pasillo, nos lanzó un saludo y corrió escaleras abajo.
       —¿Qué clase de nuevo lío es éste? —pregunté—. ¿Quién de vosotros dos la ha seducido?
       —Quién cree haberla seducido querrás decir. No ha nacido aún quien lo llegue a conseguir.
       —Alguien se lo está tomando en serio.
       —Puede ser —se burló Pieretto—. ¿Le diste tú ese consejo?
       Comprendí entonces que él era aún más inocente que yo. Le tomé del brazo —algo que nunca había hecho— y nos acercamos a la ventana.
       —Ya hace tres días que dura —le dije— y puede haber un conflicto. Por algo decía yo que era mejor marcharnos. Por mí se pueden matar si quieren. No me importa Poli, pero me importa Oreste.
       —¿Qué te da miedo? ¿La escopeta? —dijo Pieretto echándose a reír.
       —Veo que tú también has pensado en ello. Lo que me da miedo es que no se le puede decir nada a Oreste.
       —¿Sólo eso?
       —No me gusta la cara de Poli, ni sus elocuentes discursos. No me gusta esa historia de Rosalba.
       —Pero te gusta Gabriella.
       —No cuando se emborracha. Esta gente no es como nosotros.
       —Pero tienen su encanto —dijo Pieretto—. Sí, hombre, tienen su encanto.
       —Tú dijiste que nos detestan.
       —¡Tonto! —dijo él—. Al menos la gente que nos detesta es sincera. ¿O acaso no te gusta la gente sincera?
       —Pero Oreste se ha de casar con Giacinta…
       Continuamos así hasta que nos llamaron para comer. Encontramos a Poli perplejo y aburrido, Oreste huidizo y Gabriella, con los cabellos lavados, que parloteaba de los madroños rojos que llevan los bueyes y del hedor abominable del acetileno.
       —A mí me gusta el olor de acetileno —dijo Pieretto—. Me recuerda los puestos de invierno y las cornetas de juguete.



XXIV

      Quise hablar con Oreste. No es que él me huyera pero tenía un aire entre sarcástico y ofendido que no ayudaba nada. Le detuve en la escalera y le rogué que me enseñara la escopeta.
       —¿Podremos ir de caza contigo? —pregunté.
       Escopeta y cartucheras las había arrojado sobre un diván de la habitación del billar. Cogí un cartucho rojo y le dije:
       —¿Es con uno de éstos con el que quieres matar a Poli?
       —¿Qué dices? —refunfuñó y me lo arrebató de la mano.
       Le dije si podía hablar. En voz baja (los otros estaban en la veranda) le dije que ahora que con Poli nos tratábamos de tú no podíamos menos que considerarlo como si fuera un amigo. ¿Creía él tratarlo así? Si quince días antes Poli hubiera intentado la conquista de Giacinta, y no estaba casada, ¿qué hubiera sucedido? Si al menos supieran disimular. Llegaría el momento en que Poli, harto, cansado, loco, inconsciente, abriría los ojos, ¿por qué no nos íbamos cuanto antes? Volveríamos a casa y tendríamos un buen recuerdo. ¿Adónde quería llegar?
       Oreste me escuchó, encarnado hasta la raíz de los cabellos, y estuvo a punto de interrumpirme varias veces, pero cuando terminé de hablar sonreía testarudamente y calló, mirándome de arriba abajo.
       —No es lo mismo —balbució por fin—. Yo no robo nada. Y tampoco queremos escondernos. Ella está de acuerdo.
       —Eso se ve. Es una mujer, pero ¿sabes cómo terminará todo?
       Me miró de nuevo con el rostro contraído.
       —Hace más de un año que se separaron —dijo—. Ella no lo puede ver. Fue el padre de Poli quien le dijo que viniera aquí para que él estuviera tranquilo y no hiciera locuras. Ya has visto cómo la trata Poli.
       No le dije que no se cura un enfermo haciéndole beber, haciéndole rabiar, haciendo el amor con otro en sus propios ojos. Era inútil porque Oreste me hablaba indignado, con aquella testarudez que quiere decir: «ahora o nunca».
       —Es una chica extraordinaria —dijo—. Tenías que haberla visto bailar, reír bromear con los músicos. Sabe estar con todos…
       —¿Te ha dicho ya que eres su hombre?
       Me miró con esfuerzo, compasivamente. Le brillaban los ojos. Días después, cuando nos dimos cuenta de que aquel juego era superior a nosotros, comprendí que aquella mirada había sido una tentativa de no ser insolente, de no ofenderme con su felicidad. Porque estas cosas nos daban vergüenza y no sabíamos hablar de ellas.
       —Por otra parte hasta Poli lo sabe. Desde la historia de Turín… Ella ya vivía sola.
       —¿Te lo ha dicho ella? Y si es así, ¿qué hacen aquí juntos?
       Continuamos así hasta que nos interrumpieron. No conseguí inquietarlo, arrancarlo de aquella convicción. Gabriella debió comprender que se hablaba de ella porque vino, me cogió de bracete y nos dijo:
       —Vamos, vamos, charlatanes —pero no me perdía de vista.
       Aquella tarde fuimos a cazar. Vino Poli con nosotros.
       —Nosotros hablemos, ellos disparan —le dijo Pieretto.
       Me pareció que Poli miraba a Oreste y a su mujer con aire divertido. De vez en cuando se detenía, entretenía a Pieretto, a mí, nos decía lo maravilloso que era que, entre tantos como había conocido aquellos años, ninguno le entendía como nosotros. Yo dejaba hablar a Pieretto. Tuve un arranque de impaciencia y me desvié por el camino. Sabía que Oreste y Gabriella tenían que bajar hasta las viñas para encontrar los faisanes, pero también sabía que Gabriella no pensaba en los faisanes, ni Oreste tampoco, ni siquiera Poli. Entonces decidí quedarme solo, en algún ribazo, entre las cañas y el horizonte. Así lo hice y me puse a fumar.
       Era duro no ver a Gabriella, no oírla parlotear, no estar con ella y con Oreste. Me pregunté si en aquel último coloquio con él no hubo por mi parte despecho y rencor. El pensamiento de que uno de nosotros se fuera con ella complaciente por el bosque, quizás al pabellón, y que juntos, a la luz del día… Recordaba el Po, el pantano. ¿En dónde estaba el olor de muerte del verano? ¿Y las charlas, y las conversaciones nuestras?
       Oí un disparo. Escuché. Siguieron voces alegres, distinguí la de Pieretto. Otro disparo. En pie, busqué con los ojos entre las viñas la nubecita de humo. Estaban allá abajo, casi entre las cañas. «Esos dos son bobos —murmuré—, tiran en serio a los faisanes». Me eché de nuevo sobre la hierba y desde allí escuchaba el murmullo de las cosas, la vibración de los disparos, la vida del Greppo que ahora podía gozar tranquilamente en todas sus profundidades y toda su paz.
       Subimos cuando la sombra del Greppo inundaba la llanura. Habían matado una docena de pajarillos que me enseñaron empapados en sangre, en el morral, entre los cartuchos. Gabriella daba el brazo a Oreste y a Pieretto y a mí me hizo un mohín de enfado. Me preguntaron dónde diablos había estado.
       —Ten cuidado, pueden dispararte sin darse cuenta en otra ocasión —dijo Poli con toda calma.
       En la mesa volvimos a hablar de la caza, de los faisanes, de las posibles batidas futuras. Oreste discutía excitado, convencido, como desde hacía tiempo no lo hacía. Gabriella se lo comía con los ojos con aire perplejo y distante.
       —Entre David y Cinto han terminado con la caza —dijo Oreste—. ¿Por qué no cambiáis el guardabosque?
       —Mejor —dijo Poli—. La caza es un juego de chicos.
       —De príncipes —corrigió Pieretto—, de señores feudales. Es lo que se espera del Greppo.
       Gabriella se encogió en la butaca y escuchó nuestra charla; no pidió ni las cartas ni música. Fumaba y escuchaba, nos miraba uno a uno y parecía sonreír. No quiso beber. Yo miraba a Poli y me preguntaba cómo serían las noches en el Greppo cuando ellos dos estaban solos. Un día u otro tendríamos que irnos y ellos también. Me invadió una gran pena, una gran tristeza ante la idea de que el verano en el Greppo, el amor de Oreste, aquellas palabras, aquel silencio, todo habría pasado dentro de poco, terminado para siempre.
       Gabriella saltó de la butaca, se quejó como una niña y dijo sin mirarnos:
       —Apagad la luz. ¿Verdad, Oreste, que para ver los murciélagos hay que apagar la luz?
       Fueron a sentarse en las escaleras y nosotros detrás. Había más estrellas que voces de grillos. Hablamos de estrellas y estaciones.
       —La última estrella de la mañana aparece allá arriba —dijo Oreste.
       Fueron él y Gabriella entre los árboles, pasearon juntos, mejilla contra mejilla, oíamos el ruido de sus pasos. Era extraño pensar que Poli estuviera sentado con nosotros, me pareció por un instante que el único verdaderamente sano allí era él. Los demás callábamos ansiosos.
       —Se parece a la noche de Turín —dijo Poli.
       —Falta algo —gruñí.
       —Falta el grito.
       Entonces Pieretto —lo oí jadear— lanzó aquel grito desgarrado a modo suyo y riéndose. Siguió un estrépito en la casa, sonaron puertas y la voz, ya lejana de Oreste, respondió.
       —Espero que Gabriella no coja un enfriamiento —dijo Poli.
       —Bebamos algo —dijo Pieretto.



XXV

      —Siento deseos de entrar en un bar —dijo Pieretto cuando volvimos a las escaleras con la botella—, pasar ante un cine, pasar una noche en Turín. ¿Vosotros no?
       —A veces —dijo Poli— me pregunto si las mujeres comprenden algo. Si comprenden lo que es un hombre… Las mujeres corren tras ellos o escapan para que las sigan. Ninguna mujer sabe estar sola.
       —A la una de la noche encuentras las que quieras —dijo Pieretto.
       —Hubo un tiempo en que yo las creía sensuales —dijo Poli mirando a la tierra—, creí que, al menos, sabían eso. Sí, sí, no van más allá de la piel. Ninguna de ellas vale un gramo de droga.
       —Pero ¿no depende un poco del hombre? —pregunté.
       —El hecho es —dijo él— que les falta la vida interior, libertad. Por eso van siempre detrás de alguien que no encuentran. Las más interesantes son las desesperadas, las que no saben gozar… No las satisface ningún hombre. Son verdaderas femmes damnées.
       —Dans les couvents —añadió Pieretto.
       —No —rebatió Poli—. En los trenes, en los hoteles, por el mundo. En las mejores familias. Las mujeres encerradas en un convento, en una pensión, es que han encontrado un amante, el dios al que ruegan o el hombre que han matado. No las deja un momento y ellas están en paz.
       Oí un rumor sobre la grava, esperé que fueran Oreste y Gabriella y se terminara todo. Pero debía ser una alguna lagartija.
       —Ese discurso no te afecta a ti —dijo Pieretto—. ¿O quieres matar a alguno?
       Poli encendió el cigarrillo y volvió a su posición normal, con los ojos semicerrados. Me parecía preocupado. Dijo desde su oscuridad:
       —No soy bastante altruista para hacerlo, ni es placer que me guste.
       —Él deja que la gente se mate por sí misma —contesté a Pieretto.
       Callamos durante un largo rato y miramos las estrellas. De la colina, en el fresco de los pinos, subía un olor dulce, casi de flores. Me acordé de las gelsominas del pabellón y de que en un tiempo, bajo la sombra del bosquecillo, debieron parecer otras tantas estrellas. ¿Había vivido alguien en aquel pabellón?
       —Los animales —siguió Poli— comprenden al hombre. Saben estar solos mejor que nosotros.
       Cuando Dios quiso volvió Gabriella corriendo.
       —¡No me coges! —gritaba.
       Llegó Oreste tranquilo.
       —Tu flor —le dijo.
       —Oreste ve en la oscuridad, como los gatos —rió ella—. Incluso me trata de tú. ¡Eso es! —gritó—. Tratadme todos de tú y no se hable más del asunto.
       Cuando al fin entramos y encendimos las luces estábamos ya más desenvueltos. Nos dispersarnos por la sala y Gabriella, canturreando, buscó un disco. Llevaba una flor en los cabellos. Se abandonó en una butaca y escuchó una canción. Era un blues lento, sincopado, con voz de contralto, que resonaba. Oreste callaba de pie junto al gramófono.
       —Es bonita —dijo Pieretto—. No la habíamos oído nunca.
       Gabriella sonreía y escuchaba.
       —¿Es de los discos de Maura? —preguntó Poli.
       Así terminó la velada y nos fuimos a dormir. Dormí mal, con sueño pesado. Me despertó Pieretto, que entró en mi habitación cuando el sol estaba ya bastante alto.
       —Me duele la cabeza —le dije.
       —No eres el único —dijo—. Oye y verás.
       La voz del disco, la de contralto, llenaba la casa.
       —Están locos, ¿a esta hora?
       —Es Oreste que saluda a su bella —dijo Pieretto—. Los demás duermen.
       Hundí la cabeza en la palangana y bufé:
       —¿No te parece que Oreste exagera?
       —Bobadas —dijo él—. A quien no comprendo bien es a Poli. No esperaba que se quejara. Se diría que rechaza los cuernos.
       Me estaba peinando y me detuve.
       —Si he comprendido bien —dije—, Poli está harto de mujeres. Ha dicho que lo dejaban sin respiración. Prefiere a los animales o a nosotros.
       —¡Ni lo sueñes! ¿No te das cuenta lo que sufre cuando habla de ellas? Ése es un loco enamorado.
       Cuando bajarnos, la canción había terminado hacía un rato. Pinotta quitaba el polvo; nos dijo que Oreste, apenas puesto el disco, se había ido en el birlocho diciendo que volvería a mediodía.
       —Ése no tiene paz —dijo Pieretto—. Ya estamos.
       —Volverá en bicicleta.
       Pieretto se echó a reír y hasta Pinotta me miró con impertinencia.
       No pude aguantarme.
       —Quién sabe —gruñí— el efecto que le producirá ahora la estación.
       —Le hará bien a la salud, le hará bien a la salud. —Pieretto se frotó las manos. Luego dijo a Pinotta—: ¿Se ha acordado de aquellos cigarrillos?
       A las once, no pudiendo más, llamé a la habitación de Poli. Quería pedirle una aspirina.
       —¡Adelante! —me dijo.
       Estaba en la cama del baldaquín, con un bonito pijama granate, y, sentada en el alféizar de la ventana, ya con pantaloncitos, se hallaba Gabriella.
       —Perdonad.
       —Éste es el día de las visitas —dijo mirándome divertida.
       Había algo extraño en el aire. No me gustaron sus caras. Ella misma se levantó para ir a buscarme el calmante. Atravesó la estancia de baldosas rosa lucidísimas y revolvió en un cajón.
       —Con tal que no me equivoque. —Me miró riendo en el espejo.
       —Está en el baño —dijo Poli.
       Gabriella salió.
       —Lo siento —balbucí—, la noche anterior no dormimos nada.
       Él me miraba sin sonreír, aburrido. Tuve la impresión de que no me veía. Movió la mano y sólo entonces me di cuenta de que estaba fumando.
       Volvió Gabriella y me dio el tubito.
       —Bajaremos en seguida —dijo.
       Pasé la mañana en la gruta, con mi dolor de cabeza. Me preguntaba si desde el mirador de Gabriella se veían las cañas donde yo estaba. Pensaba en la vieja Justina, en la madre de Oreste y en lo que hubieran dicho de haber sabido lo que sucedía en el Greppo. Pero aquella mañana me sentía más tranquilo, me parecía que lo más difícil hubiera sido aceptado, que todavía se podía arreglar algo. «Ése estúpido —me decía—, teniendo ya una chica… Por lo visto, está hecho así».
       Volví a subir, pero no encontré a nadie y me quedé bajo los pinos. ¡Quién sabe si habría vuelto Oreste! La llanura humeaba entre los árboles, en la luz. Cada vez que volvía de una de aquellas excursiones pensaba que podía ser la última, pero mientras Poli no nos arrojara de allí, quería decir que nos soportaba; de haber tenido razón Pieretto, Poli nos habría ya expedido. Poli era siempre el mismo: con tal de tener a Pieretto soportaba a Oreste e, incluso a mí, para hablar, por indolencia, por la villanía de siempre.
       Oreste acababa de llegar. Me lo dijo Pieretto.
       —Están tomando el sol en la terraza.
       Lo decía con aire inocente. Poli, junto a él, no pareció hacer caso. Tampoco parecía haber dormido mucho. Fumaba y vi que le temblaba la mano.
       —¿Toman el sol arriba? —balbucí.
       Me miró como se mira a uno que molesta. Se pusieron a hablar de Dios. Comiendo, Poli dijo algo. Se quejó con aquel de nosotros que se había puesto a tocar un disco a las siete de la mañana; la tomó con Gabriella, que le había despertado. Dijo con hastío:
       —Cada cosa a su tiempo.
       Ella lo miró con ferocidad. Pero fue Oreste quien, compungido, bromeando, declaró que el culpable había sido él.
       Todos nosotros guardamos silencio. Ella lo miró. Estaba de veras enfadada.
       —Tengo que vivir entre locos y fantoches —dijo con maldad.
       Entonces Oreste, rojo hasta la raíz de los cabellos, arrojó la servilleta y salió.




XXVI

      Siguió una tarde de penoso silencio. La ausencia de Oreste desbarató la caza. Gabriella se retiró a escribir cartas. Pieretto dijo:
       —¡Qué idiota! —Y se fue a dormir.
       El más ecuánime de todos me pareció Poli, que se quedó en el salón hojeando revistas, con la botella de coñac al lado. Al verme pasar ante la ventana como ánima en pena me preguntó por qué no me quedaba a beber con él y por qué no llamaba a Pieretto. Volví sobre mis pasos, grité el nombre de Pieretto y me fui.
       Anduve durante un buen rato. Hasta ese momento no había ido nunca hasta allí. Me encontré en el caminillo rojo de la altiplanicie, lleno de polvo y de estiércol de bueyes. Un enjambre de mariposas amarillas revoloteaba por encima de mi. El olor a trébol y a establo me gustó y me dije que el mundo no terminaba en el Greppo. Me armé de valor y decidí anunciar aquella misma noche que me volvía a Turín.
       Subiendo por el camino miré por última vez la colina. Desde abajo no se veían más que los pinos y las lomas abruptas. Verdaderamente el Greppo era una isla, un lugar inútil y salvaje. Me hubiera gustado en aquel momento estar lejos de allí, y volver a pensar en todo eso desde mi vida habitual. En tal forma aquel monte se había metido en mi sangre.
       Me encontré con Rocco, que bajaba despacio por el caminillo. Me dijo que arriba me buscaban.
       —¿Quién? —pregunté.
       —Por lo que dijo, los cuatro. Estaban tomando el te bajo los pinos.
       —¿También el doctor?
       —Sí, también el doctor.
       «Están locos», pensé, y llegué cauteloso a la cima. Gabriella, con falda rosa, gritó apenas me vio, me dijo que no debía traicionarla, ni tampoco desertar como ayer. Me encogí de hombros y sorbí el té. Oreste, como si nada hubiera pasado (tenía ya el fusil sobre las rodillas), explicó ciertas astucias de tiro. Como Dios quiso salimos a cazar.
       Esta vez bajamos en grupo. Toqué en el codo a Pieretto y le interrogué con los ojos. Él se encogió de hombros y miró al cielo.
       —Pero ¿no estaban enfadados? —murmuré.
       —Ha ido ella a su habitación —repuso.
       Me pegué a las costillas de Oreste y le pregunté dónde estaba la liebre que había que matar. En aquel momento Poli dijo algo y él se volvió. Gabriella me miró con una mueca que parecía una sonrisa. Como habíamos dejado el camino, un matorral era suficiente para escondernos de los demás. Latiéndome locamente el corazón (la tuteaba), balbucí:
       —¿Puedo hablarte?
       —Pardon? —dijo ella riendo siempre.
       —Esto no funciona, Gabriella —le dije—. Quería hablarte de Oreste.
       Nos habíamos detenido. Le vi los ojos muy cerca. Estaba seria y, sin embargo, reía.
       —Oreste me desespera —murmuró—. Oreste es malo.
       Yo le lancé una ojeada, pero ella se encogió de hombros y se separó de mí. Entonces habló con dureza:
       —Díselo tú también. A ti te escucha. Creo que sois buenos amigos, dile que no sea caprichoso. De tipos como vosotros no tengo miedo.
       Estábamos ahora entre los árboles y los matorrales. A pocos pasos detrás de nosotros se oía el parloteo de los demás. Gabriella me cogió la muñeca y susurró:
       —Tú no sabes bien cuánto lo quiero. No lo sabe nadie. Tan serio, tan gracioso, tan joven… ¡Ay de ti si se lo dices! Pero ha de obedecerme y no tener caprichos.
       Salimos al sol y los demás siguieron detrás de nosotros. Silbó algo sobre mi cabeza y resonó un disparo de fusil. Oía gritar a Pieretto. Ella también gritó. Gritamos todos. Oreste había tirado a un ánade —real nos dijo— pero había fallado.
       —Pero qué manera… —dijo Gabriella—. ¡Tirarnos en la nuca! ¡Podías habernos dado!
       Pero Oreste era feliz.
       —Solamente son perdigones —dijo—. Para matar a un hombre se necesitaría hacer el disparo a quemarropa.
       —Dame el fusil —exigió ella—. Quiero disparar yo también.
       Poli se había quedado al borde de la cuneta como si no tomara parte en el juego. Esperamos que pasara otra ave. Gabriella tenía el arma en el brazo. Oreste miraba de ella al cielo y estaba inquieto y feliz. Como al cabo de un rato no sucediera nada, Poli propuso dirigirnos al pabellón.
       Aquella noche en la mesa se habló y se bromeó a costa del ánade real.
       —Se hubiera necesitado un perro —se excusó Oreste.
       —Lo primero es un buen cazador —añadió Pieretto.
       Hablaban con calor, con la boca llena.
       —Veo que no has perdido el apetito —dije a Oreste.
       —¿Y por qué no había de tener hambre? —dijo Poli—. Es un cazador.
       —Además tiene que crecer —añadió presto Pieretto.
       —¿Qué tenéis contra Oreste? —saltó Gabriella—. Dejadlo estar. Es mi hombre.
       Oreste nos miraba entre confuso y alegre.
       —¡Atención! —dijo Poli—. Gabriella es una mujer. ¿Te has dado cuenta de que es una mujer? —preguntó entre ligero y burlón.
       —No es difícil —dijo ella—. Soy la única aquí.
       —La única —dijo Poli. Guiñó el ojo y sonrió.
       Pieretto tenía aire de comprenderlo todo y de estarse divirtiendo. Vi que Oreste inclinaba la cabeza y continuaba comiendo, parecía como si quisiera esconderse. Gabriella lo miró sin dejar aquella sonrisa punzante.
       ¿Cuánto hacía que le sonreía de aquella manera? Sonreía así a todos, a mí; incluso a Poli. Parecían haber vuelto los primeros días del Greppo. Ella y Oreste desaparecían, se eclipsaban en la terraza y en el bosque. Parecía que jugaban, no había necesidad alguna de esconderse. Yo creo que hubieran podido encontrarse y hablar ante nuestros ojos, ante los de Poli. Gabriella era así. Yo hubiera dicho que ella se reía de nosotros y que con Oreste se desahogaba por todos. Cuando por la noche nos veíamos alrededor de la mesa, el rostro de Oreste parecía el de un muñeco sorprendido. Ni yo ni Pieretto podíamos hacerlo saltar ni siquiera llevando la conversación al terreno de Poli. Por otra parte, ¿qué le importaba? Para Gabriella era sólo un pasatiempo. Se lo dije una noche en que lo vi pensativo, pero él me contestó:
       —¿Tú qué sabes?
       De vez en cuando reñían en silencio lanzándonos ojeadas. Por las mañanas, cuando Poli tardaba en bajar y Gabriella se encontraba con Oreste entre los pies, ella le decía que nos hiciera compañía, le rogaba que fuera a buscar flores, que acompañara a Pinotta a Due Ponti.
       —Muñeco —le decía vete, vete…
       Y se lo decía fastidiada, con una rápida sonrisa, saliendo y entrando de las habitaciones. Oreste entonces, desesperado, se iba bajo los pinos. Pero luego bajaba Poli y también Pieretto y entonces Gabriella lo llamaba con dureza, quería que él estuviera allí y le pasaba la mano bajo el brazo. Oreste obedecía bajo la sarcástica mirada de Poli.



XXVII

      —No me gusta mucho este pinar —dijo Pieretto acercándose cierta noche con Poli a los árboles—, no es muy salvaje. Se encuentran pocas culebras y bichos.
       —¿Qué te ocurre? —le dije.
       —Apuesto —dijo él— que tú sí te contentas con esto. —Sonrió.
       —Era mejor el pantano. Aquí ni siquiera podemos ponernos en cueros. Demasiado civilizado.
       —A mí no me lo parece —dijo Poli—; vivimos como campesinos.
       Apareció Gabriella entre los árboles y nos miró con sospecha.
       —¿Es un complot? —preguntó.
       —Ojalá —dijo Pieretto—. Poli está convencido de vivir como un campesino. A mí me parece que comemos y bebemos como cerdos, es decir, como señores.
       —¿Señores? —preguntó Gabriella enfadada.
       —¡Qué extrañas cosas tiene la gente! —dijo Pieretto echándose a reír—. ¿Os parece, acaso, que os ganáis la vida?
       —Si quieres quedarte en cueros puedes hacerlo —dijo entonces Poli.
       —Imposible —dijo Pieretto—. Aquí nos sentimos demasiado civilizados.
       —¿Queréis poneros desnudos? —dijo Gabriella—. ¿Y por qué no? Pero esas cosas no las hacen los campesinos.
       —¿Oyes? —Pieretto me miró—. La señora tiene tus ideas.
       —No me llames señora.
       —El hecho es —continuó Pieretto inexorable— que ponernos desnudos, como los animales, no es tan fácil. Y yo me pregunto por qué.
       Ella sonrió ligeramente.
       —Se entiende —recalcó Pieretto—; me refiero a vivir desnudos, no a desnudarse por juego.
       Por entre los árboles se acercó Oreste con aquel aire ofendido.
       —Por mí —dijo Poli—, estamos todos desnudos sin saberlo. La vida es debilidad y pecado. La desnudez es debilidad, es como tener una herida abierta… Las mujeres lo saben cuando pierden sangre.
       —Tu Dios debe estar desnudo —dijo Pieretto—; si se te parece debe estar desnudo.
       Nos sentamos a la mesa algo embarazados. Ni siquiera Pieretto bromeó aquella noche. El más inocente me pareció Oreste, que miraba tristísimo a Gabriella. Algo de la conversación bajo los pinos había quedado en el aire, algo que nos avergonzaba.
       De pronto me di cuenta de que entre Poli y Gabriella se cambiaron miradas: eran duras, casi ansiosas, auténticas. Me atacó la vieja impaciencia, la voluntad de estar solo.
       Esta vez habló Pieretto:
       —Los placeres del Greppo están en las últimas —dijo bruscamente—. Tú, Oreste, ¿qué me dices?
       Oreste, cogido por sorpresa cuando lanzaba a Gabriella una mirada enternecida, levantó la cabeza. Pero no sonrió nadie. Ni Poli ni Gabriella objetaron nada. Era evidente que algo sucedía. Volví a pensar en Rosalba.
       —Cazadores, la temporada ha terminado —dijo entonces Pieretto.
       Oreste sonrió tímidamente.
       —Queda aún la de paso —dijo de pronto Gabriella con inesperada vivacidad—. Las chochas, las estarnas. —Se enfadó—. Y antes tenéis que vendimiar.
       Hablamos de ello. Era la espina de Oreste, pues existía el acuerdo con su padre de que debíamos estar presentes para la vendimia en San Grato. Lo habíamos discutido a su tiempo y, como siempre, Oreste se enfadó.
       —Es un pecado que las viñas del Greppo las vendimien solamente los tordos —dijo Poli—. Consuélate, Oreste, tú vas allá abajo y nosotros te esperamos.
       Parecerá extraño, pero precisamente aquella atmósfera de malestar que reinó durante la cena restaba malicia a las miradas. En el silencio que siguió se oyó el resonar agudo de un claxon. Una luz repentina inundó los cristales y Gabriella saltó en pie, animada y exclamando:
       —¡Son ellos! ¡Han vuelto!
       Se oyó gritar y vociferar. El grito del claxon pareció aquel de Oreste. Poli se levantó de mala gana. Pinotta atravesó la sala camino de la cocina. En un momento me encontré solo, de pie, con Oreste. Recuerdo que me serví de beber no sé por qué, mientras afuera aumentaban las risas y el barullo. Puse la mano sobre la espalda de Oreste y le dije:
       —¡Valor!
       Comenzó así aquella noche que debía ser la última. Afuera, en el aire sutil y estrellado, reinaba olor de pinos y campo maduro. La luz brutal de los faros de los dos coches daba un color mágico a la grava del camino, a los troncos negros, al vacío de la llanura. De todas partes aparecían los amigos milaneses. Gabriella me presentó aquí y allá, estreché manos, las estrechó Pieretto y, cuando volvimos a entrar para sentarnos, no conocía a ninguno.
       Nuestra cena cambió de arriba abajo. Pinotta, que habitualmente nos servía con delantalito, apareció con cofia. Abrieron de par en par el mueble de los licores. Chicas y hombres se arrojaron sobre las butacas protestando y riendo; alguno había comido, algunos bebido; de los coches llegaron cestas, un diluvio de cosas; botellas, dulces; saltaron los tapones. Conté tres mujeres y cinco hombres.
       Las mujeres iban con vestidos de viaje, pañuelos en la cabeza, un arabesco de colores y de piernas desnudas. Ninguna de ellas valía lo que Gabriella. Vociferaban, pedían fuego, nos miraban descaradamente a la cara. Se cruzaban los nombres y oí el de Mara. Entre los hombres había un joven delgado con una extraña chaqueta que terminaba en la cintura. Lo llamaban Cilli y, al entrar, lanzó una mirada a Pinotta que les hizo reír a todos. Otro cogió a Gabriella por el brazo y los dos se dejaron caer sobre un sofá. Alguien asistía aparte al tumulto, saludaba a gritos.
       Mientras se desahogaban en aquel primer encuentro, fue imposible hablar de nada. Las referencias a Milán, las preguntas, las respuestas, la común excitación arrastraron incluso a Poli, que reía con las mujeres, guiñaba los ojos y respondía con volubilidad. Gabriella, con el rostro encendido, hacía frente a los más cercanos. El argumento de todos era una protesta contra la vida escondida de los dos, el inmoral egoísmo del amor en el campo, el aburrimiento deliberadamente buscado. Un hombre de traje claro, rostro fuerte y sarcástico —cierto Dodó, cuarenta años, según supe más tarde— en un momento de silencio declaró cínicamente que las aventuras se corren con las mujeres de los otros, nunca con la propia.
       Pieretto, como un perro de caza, olfateaba el ambiente. Me di cuenta de que Oreste había desaparecido y también Gabriella. Volvieron al instante, transportando una mesita. Vino Pinotta con los ojos bajos llevando hielo. Gabriella, riendo, batió palmas —me fijé que había cambiado de vestido, ahora llevaba uno azul—; invitó a quien quisiera a subir a lavarse. Nos quedamos en la veranda cuatro o cinco y una mujer delgada sentada junto a Poli.



XXVIII

      —Quiero que me cuente por qué vive aquí arriba —dijo a Poli la mujer delgada.
       —¿No lo sabe? —dijo él—. Papá me tiene prisionero.
       La mujer hizo una mueca. No era ya tan joven. Alargó la mano con el vaso y dijo:
       —Dadme.
       Tenía una voz seca y dura y los dedos cubiertos de anillos.
       —¿Papá o Gabriella? —preguntó riendo estúpidamente.
       —Lo mismo da —dijo un joven de cabellos revueltos medio tumbado en el brazo de un sillón—. Son siempre conveniencias familiares.
       Entonces Pieretto abrió la boca para decir:
       —En una sola noche no le arrancarán el secreto.
       Nadie le hizo caso. El joven añadió:
       —Nosotros queremos divertirte. Nos dijimos: quizá estando solo no bebe bastante. Hemos venido a darte un empujón. Dodó apostaba que ni siquiera sabes lo que se baila en Milán este año.
       —Esto —dijo Poli con seriedad, y levantando el dedo dio el tiempo.
       —No. —Rieron y gritaron todos. La delgada tosió sobre el vaso tintineante. Volvió aquel Dodó del rostro sarcástico y dientes de oro.
       —Vas un año retrasado —añadió el joven cuando pudo hacerse oír.
       —No más de tres meses —dijo impasible Dodó como si él llevara la voz cantante—. Poli tiene un atraso en su desarrollo que le dura desde hace tres meses.
       El tal Dodó era un hombre de tez bronceada, ojos fríos y que hablaba muy seguro de sí. Yo pensaba en el mal humor de Poli cuando los oímos llegar, pensaba en las miradas de antes. Ahora todo había cambiado y los amigos habían irrumpido alegremente por la escalera. Gabriella fue la última mientras el gramófono empezaba a rascar.
       Estaba en pie, casi apoyado en el alféizar y tenía un deseo inmenso de desaparecer, de escapar hacia el bosque. Pieretto, impertérrito, se había ya incorporado y hablaba con el grupo. Nadie bailaba aún. Cilli se divertía mordisqueando bocadillos con grandes movimientos de la nuez. Oreste había desaparecido de nuevo. Miré a Gabriella por él. Estaba hablando con Poli, y el joven de cabellos revueltos la tiraba de la muñeca. Ella reía y hablaba y se dejaba arrastrar. Estaba hermosa con aquel vestido. Me pregunté entonces cuántos de aquellos hombres la habían tocado, cuántos sabían de ella tanto como el propio Oreste.
       Las otras mujeres no me gustaron. Eran tantas otras Rosalbas. Abandonadas, morenas, rubias, sobre las butacas, reían tontamente, intercambiaban brindis. La delgada, enjoyada y maquillada más que ninguna otra, no se había movido. Escuchaba a los hombres con su pequeño rostro inocente y corrompido. Estaba sentada enroscada en el sofá con las piernas encogidas.
       Al cabo de un rato bailaban todos. La voz de contralto cantaba el blues. Oreste no estaba. Gabriella se abrazaba a Dodó, quien ni bailando perdía la calma. Me pareció evidente que aquél era el hombre adecuado para ella. De amplia frente y sarcástico, le susurraba algo y Gabriella reía en su mejilla.
       Atravesé el salón para servirme bebida y tropecé con Pieretto que lamía un pedazo de hielo.
       —¿Estás bien? —le dije.
       Me miró tolerante.
       El extraño Cilli se acercó por entre medio de las parejas. Me esperaba una broma —remilgos y su voz de gallo—. En cambio, me alargó la mano.
       —Encantado —dijo con voz tonta—. Simpático ambiente —y guiñó el ojo.
       —¿Es la primera vez que viene? —preguntó Pieretto.
       —No sé muy bien dónde estamos —dijo con aquella voz suya—. Estábamos jugando al póquer en el círculo cuando pasaron los amigos a buscarnos. Yo creí que íbamos al Casino, luego vi a Mara que me dijo: «Vamos a casa de Poli». ¿Quién se acordaba de él? Me han dicho que está loco. —Cerró los ojos como si él lo estuviera—. ¿Cómo está la criada? —bisbiseó—. Esa colorada… ¿potable?
       —Como el agua —dijo Pieretto.
       —¿Qué se dice de Poli en Milán? —le pregunté.
       —¿Quién sabía que aún estaba en este mundo? Él sirve sólo como excusa para una excursión.
       Se había vuelto hacia la puerta, con aquellos gestos de pájaro. Se ciñó la chaqueta en las caderas y se fue.
       —Elegante y sincero —farfullé mirando a Pieretto.
       Él sacudió la cabeza y miró a la mesa y a las parejas.
       —Todos ellos son sinceros —dijo convencido—. Comen, beben y se echan encima unos de otros. ¿Qué pretendes? ¿Que te enseñen cómo se hace?
       —¿Dónde está Oreste?
       —Si fueras de ellos harías lo mismo.
       Bebí otra copa de licor y me fui.
       Fue hermoso salir en la noche y detenerme al borde del barranco. La música y el barullo de los otros me llegaban amortiguados a mis espaldas, me aislaron ante el vacío del campo. Parecía flotar entre las estrellas.
       Cuando volví dije en un aparte a Gabriella:
       —Afuera espera Oreste.
       —Ese está loco…
       —No sé quien está más loco de los dos —dije—. A mí no me espera nadie.
       Se echó a reír y corrió hacia afuera.
       De cuando en cuando se formaba un grupo y Pieretto peroraba, reía, excitaba a las mujeres. Ninguno había propuesto salir en masa hacia los pinos. El gramófono, incansable, cantaba. En el fondo era fácil mezclarse con aquella gente. Ni las mujeres ni Dodó deseaban otra cosa que pasarlo bien. Bastaba, pues, gozar con ellos. La mañana estaba lejos aún.
       Los más asiduos bailando eran Poli y aquella delgada de los anillos. De pronto (Gabriella había salido y aún no había regresado) calló el gramófono. Poli y la delgada se detuvieron abrazados, apretándose. Los otros rodeaban a Cilli, quien, arrodillado en la alfombra, se posternaba maullando ante un retrato de Poli incrustado en el suelo. Pieretto asistía a la escena, todavía no satisfecho.
       Cilli comenzó las letanías. Mara, la amiga rubia de Dodó, se enjugó los ojos llorosos y les dijo que acabaran con aquello. Los otros aclamaron a Cilli. Poli se acercó vacilante y riendo como los otros.
       Pero Pieretto dijo entonces algo; dijo que un dios que se respete lleva la llaga en el costado:
       —Que el imputado se desnude —dijo— y que nos muestre la llaga.
       Se oyó aún alguna risita, luego todos se callaron y no rió nadie. La delgada, aparte del grupo, jadeaba:
       —¿Qué hacen ahora? ¿Qué pasa?
       Yo no me atrevía a mirar a Poli. Me bastó el otro rostro encendido.
       Alguien puso un disco y las parejas se formaron de nuevo. Me encontré bebiendo con Dodó, que miraba a su alrededor buscando algo.
       —No está —le dije—, pero volverá en seguida.
       Levantó el vaso guiñándome el ojo discretamente. Yo le hice un gesto, con mucha seriedad. Nos habíamos entendido.
       Estaba borracho. El barullo y el zumbido empezaban a nublarme la vista. Vi a Poli sentado al fondo. Alguien hablaba con él, estaba también Pieretto y parecía tranquilo, un poco desvanecido. Estaba pálido, pero todo ahora parecía pálido.
       Entraron Gabriella y Oreste.



XXIX

      Ahora muchos de ellos habían salido hacia los pinos. Se hablaba de darse caza unos a otros arriba en la colina. Buscaban a alguien, creo a Poli y a la de los anillos. El gramófono callaba. Bebí otra ginebra.
       Oreste pasó junto a mí y me dio una palmada en la espalda. Se le veía feliz, quién sabe cómo.
       —¿Van bien las cosas?
       Tenía los cabellos revueltos.
       —Si esos imbéciles se marcharan —dijo.
       —¿Qué dice Gabriella?
       —Que no ve la hora de que se vayan.
       Gabriella salió en aquel momento con Dodó.
       —Bien —le dijo—. Bebe.
       Entraba el fresco por la ventana, hacía casi frío (desde ahora, por la noche y por la mañana la llanura se llenaba de nieblas). Pinotta pasó ante las magnolias con una bandeja y, en la sombra, alguien la agarró: era Cilli. Ella huyó dando un brusco tirón y dejando caer los vasos. Al ruido de los cristales sonaron risas de entre los pinos.
       —Ya ves —le dije a Oreste—, esta noche se divierten a su gusto. ¿Dónde está Pieretto?
       —Ojalá se fueran —dijo él.
       Estábamos solos en la veranda.
       —Esta noche puedes decírmelo —murmuré detrás de mi vaso—. ¿Has estado en la terraza con ella? ¿Lo has conseguido?
       Oreste me miró con franqueza y movió ligeramente los labios. Me incliné hacia él, que movió la cabeza, sonriente, y se fue.
       Oí que alguien tosía en la escalera; luego, palabras a media voz. Por allí se iba a los dormitorios; a lo mejor se dirigían al mío. No me pude contener y me asomé a la puerta. No vi a nadie. Entonces me aventuré por la escalera dispuesto a sonreír casualmente. Las luces, encendidas profusamente, infundían, más que otra cosa, soledad. Nadie arriba tampoco. Entré en mi habitación, cerré a mis espaldas, encendí y apagué. No había nadie tampoco. Me senté a fumar ante la ventana y a oscuras. Oía gritos, voces confusas, pasos allá abajo, en los pinos. Pensaba en que el Greppo había perdido su virginidad.
       Un traspiés en el pasillo me sacó de mis pensamientos. Salí y vi la falda azul que revoloteaba. La alcancé a mitad de la escalera.
       Bajamos juntos y Gabriella me hizo un guiño. Le pregunté: «¿Cansada?». Se encogió de hombros. No le pregunté por Dodó.
       Yo también me dirigí a los pinos. Oí chillidos femeninos y la risa rasgada de Pieretto. «Se divierten», dije.
       Dejándose caer sobre los escalones, Gabriella me cogió la mano y me atrajo con fuerza hacia ella.
       —Quédate aquí un momento —me dijo confidencialmente.
       —¿Y si llega Oreste? —murmuré.
       —¿Te sabe mal? —sonrió—. ¿Quieres beber algo?
       —Oye —le dije—, ¿qué has hecho con Oreste?
       No me respondió pero tampoco soltó mi mano. Muy cerca sentía su respiración y su perfume. Arrimé mi mejilla a la suya y la besé.
       Se apartó; no dijo nada pero se apartó. No le había tocado la boca. No me había tampoco contestado. El corazón me latía tan fuerte que hasta ella podía oírlo.
       —Estúpido —dijo al fin fríamente—. ¿Has visto? Eso es lo que he hecho con Oreste.
       Estaba avergonzado y desesperado. La escuché con la cabeza baja.
       —No sois más que unos muchachos —me dijo—. Tú, Oreste y el otro. ¿Qué pretendéis? Somos amigos, ¿y después? Todo termina aquí. Este invierno volveréis a Turín. También Oreste debe volver. Díselo. Él tiene novia, que se case con ella. Yo no entro en esto.
       Calló. Al cabo de un rato le pregunté:
       —¿Estás celosa?
       —¡Oh, por favor, sólo me faltaba oírte esto!
       —Entonces el celoso es Poli.
       —No digas tonterías. Lo único que debes hacer es decir a Oreste que no puedo disponer de mí misma, ¿se lo dirás?
       —¿Qué tienes? ¿Lloras?
       La voz era tensa.
       —Sí, dile que lloro. Dile que entienda de una vez que Poli está enfermo y que lo único que deseo es que se cure.
       —Oreste dice que no sabes qué hacer con Poli. Estáis separados. Cuando Poli se hallaba en la clínica, ¿dónde estabas tú?
       Me arrepentí de haberlo dicho. Ella callaba. El corazón me golpeaba el pecho otra vez.
       —Oye —dijo—, ¿tú me crees?
       Esperé.
       —¿Me crees o no?
       Levanté la cabeza.
       —Yo, a Poli —susurró—, le quiero. ¿Te parece absurdo? —insistió.
       —¿Y él? ¿Te quiere?
       Se levantó y me dijo:
       —Piénsalo. Díselo a Oreste. Cuando os vayáis recálcaselo. Sé bueno.
       Se alejó hacia los pinos. La cabeza me daba vueltas. Cuando me levanté hubiera querido correr colina abajo, alejarme del Greppo, caminar, caminar hasta el amanecer, hasta Milán o quién sabe hasta dónde. En cambio, entré de nuevo en la sala para beber de nuevo.
       Entonces Poli bajaba por la escalera. Llevaba dos chaquetas sobre los hombros, aunque ninguna de ellas puesta. Tenía los ojos encendidos, como las brasas en la ceniza. Me rogó que me quedara con él, que fumara con él. Lo dijo despacio y con insistencia.
       Le pregunté si hacía tiempo que conocía a aquellos amigos y me di cuenta de que no estaba borracho, al menos no de alcohol. Tenía los mismos ojos de la primera noche, aquella que nos lo encontramos en la colina.
       —Poli —le dije— ¿no te encuentras bien?
       Me miró de arriba abajo asido fuertemente a los brazos de la butaca.
       —Empieza a hacer frío. Si al menos nevase. Así Oreste podría matar alguna cosa…
       —¿La tienes tomada contra Oreste?
       Movió la cabeza sin sonreír.
       —Quisiera que estuvieseis siempre aquí. ¿No te diviertes esta noche? ¿Quieres marcharte?
       —Tus amigos de Milán se irán por la mañana.
       —Me aburren —dijo—. Es gente vieja que no sabe hablar. —Tuvo un amago de vómito y apretó los labios. Bajó los ojos y se repuso—. Lo increíble —continuó— es cómo el alma más vieja que tienes dentro es precisamente aquella que tenías cuando eras chico. A mí me parece que siempre soy un muchacho. Esa es la costumbre más antigua que tenemos.
       Algún idiota, afuera, hizo sonar el claxon de uno de los coches y el grito ronco, cortado, sobresaltó a Poli.
       —Las trompetas del juicio —dijo sombríamente.
       En aquel momento entró Dodó. Nos vio y se detuvo.
       —Aquella bestia de Cilli —dijo— debe de haber quitado las bragas a alguna chica, te las da a oler y dice: «Si adivinas de quién son, la mujer es tuya». Yo me pregunto…
       Poli lo miraba apagadamente.
       —¿Estás borracho? —dijo Dodó—. ¿Está borracho? —Volvió a su mueca sarcástica, se frotó las manos y se dirigió a la mesa—. Hace fresquito —anunció—. No sé que les pasa a las chicas. —Vació el vaso y chasqueó la lengua—. ¿No hay nadie arriba? —Poli lo miraba siempre de aquel modo—. ¿Habéis visto a Gabriella?
       Cuando se hubo marchado, Poli continuó:
       —Es hermoso gritar de aquel modo en la noche. Parece una voz subterránea que viene de la tierra o de la sangre. Me gusta Oreste.



XXX

      El amanecer nos sorprendió a todos en la sala, en grupos de dos, de tres, solos, tumbados aquí y allá. Cilli y otro dormían. Quién miraba por las ventanas, quién parloteaba. Pieretto y Dodó bebían grappa a pequeños sorbos.
       Habíamos vuelto sin orden alguno; del bosque, de los pinos, del barranco. Pinotta, a quien fui a despertar llamando a su puerta, nos hacía café.
       Los rostros terrosos en la madrugada, se hicieron lívidos, luego rosa, mientras la luz eléctrica palidecía. Cuando la apagamos nos miramos unos a otros. Las mujeres fueron las primeras en reanimarse.
       Se fueron a pleno día, sobre la grava húmeda que casi no crujió a sus pasos. El viejo Rocco los vio pasar junto al estanque donde sumergía un tubo.
       —¡Volveremos! —gritaban—. ¡Por la autopista se llega pronto!
       —Iremos a Milán —dijo Gabriella.
       Poli había ya entrado. Pasando sobre la grava miramos a nuestro alrededor. En la rama baja de un pino cercano colgaba un chal a cuadros. Aparté con el pie un vaso intacto caído en el camino. Ahora, en la mañana, bajo la luz de siempre, no me atreví a recoger la mirada de Gabriella. También Oreste callaba con las manos detrás de la espalda.
       —Gente estúpida —dijo Pieretto—. Milaneses.
       Gabriella sonrió:
       —Eres trivial. Quizás ellos digan lo mismo de nosotros.
       —Es culpa de los hombres —continuó Pieretto—. Al hombre se le conoce por las mujeres que soporta.
       Dijo Oreste:
       —Tú no soportas ninguna.
       —Oíd —dijo Gabriella—: decididlo entre vosotros. Yo me voy a descansar. Haya paz.
       Se alejó en el aire claro. Entramos en la sala. Me parecía imposible volver a la vida de antes. Algo había cambiado. ¿Quién había pronunciado la palabra? Era como si ya nos hubiéramos despedido.
       En el desorden de la sala reinaba aquel olor a cerrado y a flores. Había también olor a cera y, en un plato, un cigarrillo terminaba de quemarse.
       —A Pinotta —dijo Oreste— la encontré esta noche en la cocina llorando porque ninguno la saca nunca a bailar.
       Nos quedamos allí en las butacas. Yo me esperaba el dolor de cabeza.
       —Bebe —dijo Pieretto—, es necesario. —Se sirvió él también.
       Hablamos de ir a Due Ponti a comprar. La idea nos gustó: «Así ayudaremos a Pinotta».
       Subí a mi habitación a coger la chaqueta. Mientras iba por el pasillo —aquel olor a visillos y a sol— oí toses, estornudos, quejidos. Era en la habitación de Poli. Puse la mano en la manilla y la puerta cedió. Poli, sentado en la cama y en pijama, levantó los ojos jadeante. Tenía en la mano un pañuelo blanco lleno de sangre. Se lo llevó a la boca.
       No sabía que hacer y él me miraba con aquellos ojos hinchados, inermes.
       —No comprendo —balbuceó jadeando.
       Hizo un gesto como para esconder la mano, pero la abrió: estaba sucia de sangre.
       —No es vómito —dijo—. Gabriella…
       La encontré en su habitación. Corrió poniéndose la bata. Poli la acogió sorprendido, con gesto de niño castigado.
       —No me duele —dijo—; sólo he esputado.
       Llamamos a Oreste, a Pieretto. Gabriella daba vueltas en torno a Poli. Todas las miradas, las palabras, los sobresaltos de aquellos días le quemaban en los ojos, como una fiebre. Aquella dureza ya no le abandonó.
       Oreste, voluntarioso y taciturno, auscultó a Poli mordiéndose los labios.
       —Vámonos —dije a Pieretto—; dejémosles tranquilos.
       —¿Tú sabías que era tísico? —nos dijimos en la veranda.
       —Con la vida que ha hecho no es nada extraño —dije—. Probablemente lo sabía…
       —No —dijo Pieretto—, en estos casos se cura.
       A veces resultaba ingenuo. Le dije que no basta tener en la mente la salud para hacer o no hacer una cosa. Le dije también que Poli, por loco que fuera, era un hombre melancólico, solo, de aquellos que a fuerza de pensar saben de antemano lo que ha de tocarles.
       —¿Sabías lo de Gabriella?
       —¿El qué?
       —Que está enamorada como un gato.
       Lo admitió, pero luego dijo:
       —¿Quién es el ratón?
       Bajaron todos, hasta Poli. Más que otra cosa se le veía fastidiado, los ojos excavados en el rostro apagado. Nos dijo con su voz de siempre que no era cosa de cambiar las costumbres, que el mundo está lleno de gente que pierde sangre por la nariz, y que vive quien tiene deseos de vivir.
       Oreste explicó, fríamente, que la cosa debía ser vieja y que no entendía cómo en la clínica no se habían dado cuenta. Hablaba sin mirar a Gabriella.
       —Tienes que visitarte cuanto antes —le dijo—; debes ir a Milán en seguida.
       Gabriella dijo entonces que iba a ir a Due Ponti para telefonear.
       —Voy yo en la bici —propuse.
       —Llévame a mí —insistió ella—; quiero hablar con su padre.
       Pero yo, en las bajadas, no sabía llevar a otro y entonces, como era lógico, le tocó a Oreste. Se fueron y él la tenía entre los brazos con la mejilla sobre su hombro.
       —¿Bebemos? —dijo Poli entrando en la casa—. Lo mismo da.
       Tintineó su copita. Estaba terroso pero sonreía. Yo pensaba ahora en aquella noche en la colina, cuando el coche verde había aparcado entre la sombra de los árboles.
       —No falta más que mi padre —dijo Poli—; menos mal que pronto terminará todo.
       Pieretto le dijo que no dijera estupideces.
       —¿Cambia eso algo? —Tosió y se tocó la boca. Sacó un cigarrillo.
       —¡Basta ya! —dijo Pieretto.
       —Tú también —dijo Poli, pero no lo encendió y lo dejó—. Los pequeños pecados son los que llenan el día. Jugarse la vida en un pequeño vicio, en cosas livianas. Es todo un mundo a descubrir.
       —El mundo es grande —dijo Pieretto y tragó su licor.
       Cuando volvieron Oreste y Gabriella estábamos un poco alegres y Poli balbuceaba que es fácil vivir cuando uno sabe liberarse de las ilusiones.
       Oreste le aconsejó que descansara para así tener fuerzas para emprender el viaje. Gabriella le quitó el vaso de la mano y le ayudó a extenderse en el diván. Luego ella y Pinotta dieron vueltas por la casa, mandando aquí y allá, vaciando cajones, empaquetando. Oreste la seguía con los dientes apretados.
       Poco después de mediodía llegó el coche; era el automóvil verde guiado por un joven en librea. «El señor commendatore —dijo con todo respeto— estaba fuera de Milán».
       Gabriella hizo cargar las maletas. Comimos en silencio. Ella tuvo que levantarse para hablar con el viejo Rocco. Solo me fui a sentar al borde del barranco y miré la llanura, la tierra selvática. Era un día de grandes nubes blancas en el cielo dulce que sabía a fruta.
       Subimos al coche. Nosotros tres detrás. Poli no dijo una palabra y me sorprendió que no tomase el volante. Oreste llevaba el fusil en bandolera y sostenía su bicicleta sobre el estribo.
       A los pies del Greppo no pensé en volverme. Hubo una discusión para enseñar la carretera al chófer. En pocos minutos nos encontramos en la estación, entre las casas floridas, ante las colinas familiares. Me pareció haberlas conocido siempre. Bajamos en el paso a nivel. Allí empezaba la carretera provincial con paracarros y cercados bajos, asfaltada y blanca. Cambiamos algunas palabras, bromeamos; el rostro duro de Gabriella sonrió un instante. Poli agitó la mano.
       Luego se alejaron y nosotros nos fuimos a beber al Molino.





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