Cesare Pavese
(1908-1950)


La familia
(“La famiglia”, 1941)
Tan sólo hay un borrador
Tutti i racconti (2002)



      Antes, cuando llegaba el verano, íbamos en barca. La cogíamos en el puente, nos poníamos en bañador y llegábamos hasta los bosques. Nos quedábamos toda la tarde. Entonces, que éramos jóvenes, con frecuencia llevábamos compañía, pero —como suele ocurrir— no estábamos a gusto, y necesitamos unos años para comprender que esas cosas no se hacen al aire libre. Ahora, al evocarlo, Corradino se avergonzaba.
       Cuando anduvimos alrededor de los treinta años, Corradino tenía cierta experiencia y creía ser el mismo de entonces, pero el día que regresó al río, la idea de ponerse a remar le desagradó y, contempladas las barcas desde lo alto del puente, volvió a montar en bicicleta y regresó a casa. Sin embargo, al día siguiente fue a los mismos bosques, por una larga carretera polvorienta, y tras llegar al Sangone por senderos mucho más río arriba de lo que nunca había llegado con la barca, encontró un remanso claro y tranquilo, encerrado entre zarzas y malezas. El sitio le gustó, y se quedó en bañador, se zambulló, se tumbó al sol y fumó mirando al cielo entre los sauces; pasó una hora inolvidable. Volvió con la bicicleta muy pronto, y eso se convirtió en una costumbre. Era el mes de julio. El peligro estaba en quedarse demasiado y aburrirse, pero Corradino, que hacía tiempo había empezado a conocerse, tomaba precauciones y no fue nunca hasta bien entrada la mañana o una hora antes de la puesta del sol. Así tenía que regresar rápidamente.
       Sin embargo, una vez llegado a aquel arenal, hacía siempre las mismas cosas. Tomaba un poco el sol, cruzaba a nado el agua pedregosa, salía chorreante y, colgándose de la rama horizontal de un árbol, se calentaba y robustecía con flexiones. Todo eso para disfrutar, con cuerpo y respiración más frescos, del cigarrillo que fumaba después.
       En la vida ordinaria —todos lo sabían— Corradino sentía horror a la soledad. Vivía en una habitación amueblada, pero frecuentaba habitualmente nuestras casas, y nada le espantaba más que una noche entregado a sus solos recursos. Esperaba siempre hasta el final recibir una llamada telefónica o una visita imprevista, pero aunque esas cosas ocurren a veces en pleno verano cuando la ciudad está semivacía, en aquel julio nadie dio señales de vida y Corradino estaba abandonado a sí mismo. No me dijo por qué no adelantaba las vacaciones y se reunía de inmediato en la playa con ciertas personas muy queridas. Vivía con un ansia aburrida, en el trabajo y en las ocupaciones habituales, y aplazaba día tras día las decisiones; su única meta cotidiana era la escapada entre los sauces. Muy pronto su cuerpo empezó a broncearse, y eso parecía darle un sentido a aquellos días, como la muda de ciertos animales da un sentido a sus estaciones. De joven Corradino había sido enfermizo, y se había curado con los sudores y el pleno sol de los paseos en barca. Estaba convencido de que el cuerpo que llega al invierno sin haberse bronceado está indefenso ante los achaques. Pero la muda de aquel año —me dijo a menudo— le parecía algo más que una cuestión de higiene: era un retorno, un replegamiento sobre sí mismo, condición activa de algún advenimiento que él notaba inminente. Tenía manías de esas.
       Ese año Corradino telefoneaba aún de vez en cuando a una chica —Ernesta— y se la llevaba a su cuarto por la tarde. La chica acudía —estaba siempre libre— y lo dejaba cansado y mortificado. Era una amistad de los veinte años; se habían vuelto a ver con largos intervalos y el encuentro siempre había terminado en noches sin más consecuencias. Pero desde que Corradino se había resignado a vivir solo, había buscado más a menudo a Ernesta que, siempre complaciente, se había convertido ya en una amiga fija. Al principio Corradino la llevaba también de paseo, al café, al teatro; ahora, cuando le telefoneaba, se daba por supuesto que iría directamente a su casa. Naturalmente, Ernesta, hija de una mercera, se habría casado con él de buena gana. Era una mujer sencilla, incapaz de divertirse ni de buscarse un marido, como él le aconsejaba; prefería fiarse de la intermitente necesidad que Corradino tenía de ella, y lo miraba dócil, con los ojos muy abiertos, blandos. Corradino se enfurecía y estaba de mal humor al día siguiente de esos encuentros.
       Desde comienzos de julio se había propuesto no verla más. La soledad de los sauces le daba una especie de orgullo, una necesidad de hacer el vacío a su alrededor, que no había experimentado desde los años de la adolescencia.
       —En vez de envejecer, vuelvo a ser un crío —me dijo.
       Pero la lentitud de las horas ahora que casi todos se iban, la disminución del trabajo, la desocupación y el bochorno de la estación lo indujeron a buscar ese placer, aunque monótono, una vez más.
       Ernesta llegó, como siempre, mostrándose agradecida de que se hubiera acordado de ella. Fue inevitable que le viese la piel oscura, y Corradino le dio una explicación evasiva. Pero cuando salieron juntos y compraron el helado —Ernesta era golosa como una niña, y también esto molestaba a Corradino— la conversación volvió sobre el bronceado, y con la habitual intromisión que ponía en estas cosas.
       —Nadie me lleva nunca a tomar el sol a la piscina —dijo Ernesta.
       —¿Por qué no vas tú sola?
       Ernesta sonrió.
       —No sería serio.
       Corradino la miró de soslayo, fingiendo sonreír.
       —No hay nada serio —dijo—, diviértete mientras eres joven.
       —Ya no soy joven —respondió Ernesta.
       En su interior Corradino gritaba: Esta es la última vez, y con la yema de los dedos le rozó el cabello. Sonrió sin mirarla. Como un perro acariciado, Ernesta le restregó la mejilla contra la mano. Esa noche Corradino no dijo nada más, ni siquiera mientras esperaban el tranvía. Calló ostentosamente, para que Ernesta entendiera.
       —Estás cansado —dijo ella, cuando estaban a punto de separarse.
       —Adiós —dijo Corradino marchándose.
       Todos los días tienen un mañana, y Corradino regresó a sus sauces. Desnudo al sol, fumó de mal humor el pitillo mientras miraba a su alrededor: los mismos cantos embarrados de la orilla, el mismo silencio, las mismas hojas inmóviles. Empezó a pensar que de un día para otro nada cambiaba en aquel claro, que al mismo recortarse de los árboles sobre el cielo correspondían siempre idénticas sensaciones y pensamientos. Probablemente había visto y fantaseado las mismas cosas muchos años antes, cuando subía remando hasta los bosques. Las gotitas de agua, los sauces, el paso de un pájaro, el sol inmóvil sobre la piel. Lo nuevo, pensó, es que no necesito compañía y me bronceo solo. En verano al aire libre el mal humor es solo languidez, y la mucha luz lo desmiente. No obstante, Corradino tuvo tiempo de advertir —eso se dijo aquella noche— que también su despedida de Ernesta se asemejaba a otros muchos rencores del pasado, a un antiguo deseo de soledad. Lo irritaba esa insistencia de las cosas en presentársele siempre con la misma cara. Al regresar en bicicleta por las carreteras desiertas del mediodía, le pareció que la ciudad estaba deshabitada de veras.
       Ese año yo hacía excursiones y Corradino, hombre sedentario, no quiso saber nada de acompañarme.
       —Te broncearás lo mismo en la montaña —le dije la tarde que hablamos de eso— y si, como creo, esa manía es solamente soltería, te encontraremos una distracción. Pero Corradino me repitió su máxima, que era dejar que las cosas sucedieran, y miró la tapicería entre mi mujer y yo con un aire desolado que me hizo sonreír. Su aspecto estival con dientes y ojos blancos prometía mucho más y, según mi mujer, era el de un hombre que prepara algo, por ejemplo que está rumiando casarse. Pero Corradino, que nos hablaba con frecuencia y desagrado de su comportamiento con Ernesta, esa tarde no insistió. Dijo en cambio otra cosa, más rara: que si tuviera que casarse, no lo haría sino después de haberse bronceado bien al sol. Mi mujer le preguntó por qué.
       —Para convertirme en otro —rezongó Corradino.
       —Coquetuelo —dijo mi mujer.
       Cuando nos marchamos, aún no había encontrado a Cate. En cualquier caso, no me lo dijo. Me habló largamente, con una curiosa exaltación, de los distintos afanes que sentía en sí, «afanes de tranquilidad», como los llamaba, deseo de que le ocurriera algo, de que su vida cambiase pero sin abandonar una sola de sus costumbres.
       —Quisiera convertirme en otro sin darme cuenta —me decía.
       La cosa me pareció natural, y se lo dije.
       —Ya estás en los treinta. Los años pasan para todos.
       Corradino se quedó cortado. Y enseguida echó más leña al fuego y se puso a contarme que el suyo no era un deseo de situarse, de ascender de categoría, de cambiar de mesa en el periódico donde trabajaba.
       —Esas cosas las pensaría si estuviera enamorado. Pero no, me importan un pepino. Pienso en el pasado más que en el futuro. Quisiera ser otro.
       No supo explicarme más, y ni siquiera a Giusti, un amigo nuestro, el único que se quedó en Turín en condiciones de hacerle compañía, le dijo gran cosa. Es cierto que Giusti, hombre cáustico, no era el tipo más adecuado para servirle de confesor, pero ellos dos se entendían y probablemente Corradino habría acabado por utilizarlo si el otro no hubiera venido a reunirse con nosotros. Sin embargo, en las pocas noches que aún se vieron antes de agosto, Giusti advirtió que algo preocupaba a Corradino. No tanto por las conversaciones como por las febriles ojeadas que, sentados en el café, le veía lanzar bajo los soportales, si había soportales, o en la oscuridad entre los árboles, si se sentaban al aire libre.
       —Tú no me pareces veraniego —le dijo una noche—, no te prueba la cura de calor. Si no fuera evidente que tienes una mujer entre manos, te diría que cambiaras de aires — continuó ante el silencio del otro—. Te sentaría bien.
       Pero Corradino había encontrado una respuesta y bromeaba sobre la perspicacia del amigo, aunque no de forma tan despreocupada que no se le notase la voz ronca.
       —Bueno —dijo Giusti—, no quiero insistir. —Y observó en la boca de Corradino una mueca de despecho por la ocasión esfumada.
       Porque naturalmente Corradino era de ese tipo de hombres al que los amigos, igual que las mujeres, tenían que rogar y buscar con tenacidad.
       —Creo que es timidez —había dicho Giusti una vez que discutieron también sobre eso—. Será bonito dejarse querer. Lo dicen todos. Pero sin tener cara dura no puede durar. No es natural. Es darle a la mujer la sartén por el mango.
       —La verdad es que no es nada bonito —contestó Corradino—. Las haces desgraciadas, eso sí.
       —No me hagas reír —dijo Giusti—, cuando una mujer te salta encima, ya se ha hecho sus cuentas. Es timidez, te digo.
       Entonces Corradino calló un momento, luego dijo que era cuestión de costumbre y que tenía la ventaja de que, con una mujer que se resiste, todo es ganancia para el tímido, porque así no sucede nada.
       —¿Conque hay una mujer que se resiste? —dijo Giusti, riendo.
       —Y no sucede nada —respondió Corradino.
       —Te gustará la situación...
       —Pues sí.
       En agosto Giusti se vino a la montaña con nosotros y dejó a Corradino, como nos dijo cuando le pedimos noticias, solo y malísimamente acompañado.
       —Ese hombre está loco —decía—. Ya verás como este año pasa el verano en Turín. Si al menos fuera capaz de llevársela a la playa...
       Pero Corradino había dicho que quizá no fuera a la playa, y eso intrigó mucho a mi mujer, que conocía a ***, a quien Corradino había tratado en la Riviera el año anterior.
       —Los hombres sois estúpidos —dijo—. Con una chica guapa, rica y distinguida como Marina, que no pide más que dejarse conquistar, os perdéis detrás de quién sabe qué mujerzuela.
       —Que a lo mejor no existe —objeté.
       Por aquellos días no sabía de Cate y a lo sumo pensaba en Ernesta, a quien, por mucho que conociera a Corradino, no consideraba capaz de hacerle perder el sueño.
       —Ya veremos —concluimos—. Con tal que no sacrifique las vacaciones, es muy capaz.
       Echamos al correo una postal para él firmada por todos, y pensábamos en otras cosas, en nuestras excursiones, cuando me llegó una carta en respuesta. En ella Corradino dejaba claro que no era una respuesta a la postal común —e incluso me rogaba que me considerase su único confidente y no lo traicionase—, pero que la postal le había hecho recordar que tenía un amigo y que más valía desahogarse.
       Por lo demás —decía—, sigo yendo al Sangone y estoy solo como un perro. Pero aquello para lo que me preparaba, ya entiendes, ha ocurrido. Empiezo a creer que hay una Providencia. Alguien diría que basta con querer intensamente algo para que algo suceda, pero no todos los días son fiesta y, aunque acerté al quedarme en Turín esperando lo imprevisto —obligándolo a manifestarse—, hay ahora un escollo, muchos escollos, que me cortan el camino y me romperán la cabeza. Más no puedo decir. Tengo un lío inverosímil. Pero me parece que la vida me está proporcionando una ocasión única para convertirme en otro, ya sabes cómo. Tengo en la cabeza ideas clarísimas al respecto. Hasta ayer mi desgracia era que no sabía salir de mí mismo, de mi círculo natural. Si todos comprendieran como he comprendido yo —esta mañana lloraba de rabia— qué es esta condena a lo idéntico, a lo predestinado, por la cual en el niño de seis años están esculpidos ya todos los impulsos y la capacidad y el valor que tendrá el hombre de treinta, nadie más se atrevería a pensar en el pasado y se inventaría un detergente para lavar la memoria. En la vida cotidiana uno cree ser distinto, cree que la experiencia lo cambia, se siente regocijado y dueño de sí, pero imagínate que venga una crisis, imagínate que le den un empujón y una patada en la cara y que la vida le imponga: «Ea, decídete», y él hará infaliblemente lo que ha hecho siempre en el pasado, escapará si es cobarde, resistirá si es valeroso. Parece una estupidez, pero no lo es. Porque tampoco se trata solo de escapar o de resistir: las cosas son más complicadas. Se trata de entender, de pesar, de valorar: es cuestión de gustos, y los gustos no cambian, como es sabido. Quien tiene miedo a la oscuridad, tendrá miedo a la oscuridad.
       Ahora estoy a punto de poder hacer cosas que nunca habría hecho. La vida en esto me ha ayudado, no digo más. Podría incluso hacer una cosa que no tiene ninguna relación verdadera con cuanto me sucede: recomenzar desde el principio. Ya ves que valía la pena quedarme en Turín.
       P. S. Aunque estoy muy contento, no creas que no haya pasado y no pase momentos negros. Pero si te dijese cuáles, no lo entenderías. Me convenzo una vez más de que todo sucede como en la guerra: es indescriptible.
       La juzgué una carta inocua y naturalmente la vio mi mujer. Dijo que no entendía nada. Yo vacilaba, pero acabamos por enseñársela también a Giusti, que prometió no hablarle de ella. Giusti sonrió al leerla y comentó que ya le había oído decir algo parecido.
       —No me asombraría que fuese ya padre —concluyó.
       Entonces telegrafiamos a Corradino: «Esperamos aclaraciones. Nosotros bien». Me desagradaba tomarle el pelo, pero Giusti dijo tales cosas que escribí yo mismo el telegrama.
       Cate no era para Corradino más que un vago recuerdo. Se habían conocido siendo él estudiante, porque una amiga de Cate iba en barca con un colega más viejo que Corradino, y un día habían salido al campo con vino y fonógrafo y se habían divertido mucho. Durante unos meses, aquel año, Corradino y Cate, la empleadita, habían continuado viéndose obstinadamente, intentando ir en barca —Corradino se encolerizaba porque quería tener una amiga como el otro—; Cate lo había contentado una vez, dos, tres veces, pero Corradino fue el primero en hartarse y no la había buscado nunca más. Me habló de ello unos años después con un curioso remordimiento, diciendo que había sido una tontería, una mezcla de frenesí y de bestialidad, cosas que se hacen, pero que no deberían hacerse.
       Y ahora se habían encontrado. Dice Corradino que todo sucede porque lo queremos, pero ¿cómo podía haber querido el encuentro él, que aquella noche se abandonó como un muerto en manos de Giusti y fue con él a donde no iba nunca? No lo entiendo.
       Caminaban y la conversación languidecía. Fue entonces cuando Giusti propuso una sala de baile para acabar la velada.
       —Pero ¿no estás cansado? —dijo Corradino riendo. La idea de ir a bailar no se le había ocurrido desde hacía años.
       —¿Por qué no haces un crucero? —decía Giusti—. Los treinta años son la mejor edad. Caminaban en la penumbra de una avenida y a Corradino le resultó fácil refunfuñar, con más seriedad de la que ponía en la voz, que un viaje siempre es más divertido oírlo contar que hacerlo.
       —Eres el mismo de siempre —dijo Giusti—. ¿Dónde vas este año? ¿A Camogli?
       Entraron en el Varietà del parque. Allí había baile para Giusti y cerveza y unas atracciones para Corradino. Los veladores estaban dispuestos en torno a una gran pista de cemento vacía, y al fondo, por encima de la orquesta, se abría el escenario dorado adonde salía en ese momento una cantante. En el tiempo de buscar un sitio y sentarse, ella había lanzado el último grito y se inclinaba entre los aplausos. Corradino sonrió avergonzado.
       —¿No sabías que era tan elegante? —dijo Giusti.
       —Nunca vengo.
       La velada transcurría monótona. Entre un número y otro se cerraba el telón rojo sangre y la orquesta convocaba a las parejas en la pista de cemento. Giusti pronto empezó a dar vueltas en busca de una pareja de baile, y Corradino le gritó a sus espaldas que no la encontraría. Pero al cabo de un rato debió de encontrarla porque no regresó, y en la maraña de piernas danzantes Corradino entrevió un par de pantalones blancos que le parecieron los suyos. Pasó algún otro número sin que el otro volviera a aparecer, y Corradino se entretuvo mirando distraído a las cantantes, tratando de abandonarse a aquella pizca de música y excitación que llenaba la noche del parque. Finalmente, durante un baile, vio relampaguear sobre un hombro desnudo los ojos y el guiño de Giusti.
       Él y la mujer se acercaron al velador. A Corradino se le había metido en la cabeza que estaba de más y apenas miró a la dama de su amigo —tenía los hombros semidesnudos: en la furia del baile debía de habérsele resbalado el tirante—. Giusti los presentó y llamó al camarero. La mujer alargó la mano, una mano húmeda de trasudor; Corradino sonrió.
       —Lo siento, no bailo —dijo enseguida. La muchacha lo miró sorprendida. Giusti hizo que se sentaran.
       Se abrió el telón y eso salvó la conversación. Salió una española, y Giusti se las arregló para decir impertinencias. La muchacha escuchaba con aire atento, luego de repente palmoteaba con gesto infantil y le daba la razón a Giusti, le agarraba la muñeca, se le reía en su cara. Tendría unos veinte años.
       El baile siguiente fue de ellos. La muchacha se volvió a Corradino y le sonrió complaciente. Al quedarse solo, Corradino paseó la mirada por la pista, por los muchos grupitos donde un hombre, un jovenzuelo, se inclinaba ante una mesa. A veces la mujer estaba ya de pie con los brazos extendidos, y el hombre todavía hendía el gentío.
       De pronto, tuvo la impresión de que alguien lo había mirado desde alguna parte. Se volvió y vio una serie de cabezas —un vejete, espaldas femeninas, la cara echada hacia atrás y risueña de un tipo—; ningún conocido. Experimentó cierto malestar y buscó un pitillo removiéndose en la silla, porque estaba seguro de que, si alguien lo había mirado, ese alguien era una mujer. Rebuscó con los ojos entre las parejas y no vio ya a los otros dos. Menos mal, pensaba, que esa estúpida está con Giusti. Se figuró la escena en que aquella mujer de la mirada se presentaba en su mesa para invitarlo a bailar. De una mujer se podía esperar todo. Mirando de nuevo los veladores de al lado, advirtió que de la pared en penumbra colgaba un largo espejo y que quizá el relámpago de la mirada le había sido enviado desde el centro de la pista. Se perdió. Pero mientras tanto pensó que había sido la música la que le había hecho pensar en una mujer.
       Escuchó aquella música, cerrando los ojos para captar en su interior la sensación huida. No vio nada. El ritmo repetía con trivial clamor el latido de la sangre. Se sucedieron unos aplausos dispersos.
       Cuando los otros dos volvieron, Corradino propuso un licor y, ante los ojos divertidos de Giusti, pegó animadamente la hebra con la muchacha. Esta no pedía nada mejor que bromear y se las tuvo tiesas con él, arrogante. Dijeron muchas estupideces. La orquesta tocaba.
       —¿Nos permites bailar?
       Corradino se había levantado y miraba a Giusti.
       —Faltaría más.
       Se levantó también la chica.
       Se abrazaron y se marcharon. Cuando estuvieron en medio de la pista, Corradino le dijo:
       —¿Vamos a tomar algo?
       Fueron, riendo como si estuvieran escapándose. La muchacha sorbió una menta; Corradino tomó un licor. De pie, delante de la barra, la muchacha juró que no lo había mirado en el espejo. Corradino la abrazó de nuevo y la arrastró a la pista en los últimos compases, estrechándola contra su cuerpo, volviéndose ágilmente a derecha e izquierda. Cuando la música calló, la chica hizo el ademán de recobrar el resuello apretándose la mano sobre el estómago, roja y risueña.
       —Volvamos —dijo Corradino.
       El resto de la velada no volvió a tocarla. Dejó que fueran y vinieran, dejó que se hablasen al oído; en cierto momento que la muchacha le habló, provocadora, fingió no entender. Asintió sin una palabra cuando Giusti le dijo:
       —Disculpa, nosotros nos vamos.
       De nuevo se abrió el telón. Por un instante se hizo un silencio, luego salió un malabarista japonés. Corradino contempló los primeros gestos, las grandes mangas floridas y revoloteantes. De vez en cuando se alzaba un aplauso. También esto terminó.
       Corradino caminó hacia la salida pisando la grava crujiente. La música empezaba entonces, y se formaban parejas que se cruzaban en su camino. Anduvo más ligero, rozando la pared; al llegar a los arbustos de laurel que formaban el fondo, se volvió. Allí estaban los ojos.
       Por un instante Corradino no la reconoció, se quedó cortado: se le metió en la cabeza que Cate se encontraba entre los arbustos por casualidad, o que no era la Cate de antes, no lo esperaba. Pero antes de que Cate dijese: «Corrado», ya le había dirigido una sonrisa y tendido las manos. Cogió la suya con efusión, exagerando el asombro, pero no estuvo seguro de que era Cate hasta que ella se hubo apartado para llevarlo a un lado. Reconoció el gesto.
       Corradino recuerda que antes que nada le preguntó si había sido ella la mujer del espejo. Y tuvo que preguntarlo con preocupada insistencia porque —me dijo— Cate le replicó alegremente si no tenía otra cosa que preguntarle en aquel momento. Y así no respondió a su pregunta, pero ya Corradino había confundido el recuerdo de aquellos ojos con el rostro presente y sabía muy bien que había sido ella.
       Hablaba con una voz sinuosa y sonora de inflexiones cordiales, tanto que Corradino no tuvo tiempo de avergonzarse de sí como debía, cuando ya otra vergüenza —más urgente — se había superpuesto, la de tutearse con una mujer adulta y complaciente que le era casi desconocida.
       Cate se sentó con brío en el banco de la entrada, sin soltar la mano de Corradino, cruzando las piernas con finas medias. Tenía uñas y labios escarlata y llevaba una chaqueta casi masculina sobre la blusa escotada: un traje de viaje, sin duda. De la Cate de antaño no quedaban más que los ojos y el cabello. Corradino le buscó en el rostro las marcas de los años, pero solo vio un rubor de alegría.
       Yo sabía que Giusti le telefoneó al día siguiente y que Corradino, cortando en seco sus cumplidos, le había contestado:
       —Vete al infierno. «Perdona si ayer te dejamos plantado», quería decir Giusti, que se preciaba de delicado, pero dijo en cambio: —¿Qué mosca te ha picado?
       Corradino, que esperaba una llamada muy distinta, dijo simplemente que no sabía aún qué iba a hacer esa noche, y a partir de ese día se volvió evasivo, su cara asumió aquel aire de tensión que luego nos describiría Giusti.
       Cate era realmente una desconocida. Corradino ni siquiera había tenido tiempo de sentirse a disgusto cuando ella lo había dejado estupefacto contándole que era artista de variedades y que regresaba de Nápoles: estaba en Turín para descansar y se encontraba en el parque porque su mundo era ese, un mundo de delincuentes pero que tenía su encanto, y le preguntó de sopetón si había contraído matrimonio. Eso mismo dijo: contraer matrimonio. Corradino le dio una turbada respuesta, sorprendido de contar con su voz más simple cosas que no decía a menudo: que se sentía envejecer y no pensaba en casarse, pero que no añoraba sus veinte años. Miraba de soslayo la punta de los zapatitos de Cate, escuchando la orquesta al otro lado del seto.
       —Estás muy cambiada —dijo finalmente.
       —¿Qué es? ¿Un piropo? —replicó Cate con media sonrisa.
       Que era otra —una mujer— se comprendía por semejante respuesta. Ambos sonreían sin mirarse. Corradino no sabía si se sonreía a sí mismo, a su vergüenza o a su ingenuidad. Ya no era la Cate que había caminado de su brazo humillada y en silencio, la Cate que escondía en el bolso una gastada borla de polvos y un pañuelito sucio. También la voz había cambiado: tenía golpes, tenía una energía en su franqueza, una prontitud agresiva que justamente olían a escenario.
       —Creía que te habrías casado —murmuró Cate.
       —Sabes que no soy de esos —dijo Corradino.
       En el tiempo que estuvieron sentados —la orquesta seguía tocando y las cantantes chillaban— pasó algún individuo por delante de ellos, gente que iba y venía, una mujer oxigenada y vistosa, y saludaban a Cate, unos de palabra, otros con un ademán. Cate respondía a todos con alegría.
       —Oye —le dijo levantándose—, quitémonos de la corriente. ¿Estás solo esta noche?
       Entonces fueron del brazo a dar una vuelta por el dique, y por la voz de Cate se notaba que era un gesto espontáneo de cordialidad y no un derecho que creyese tener. A Corradino le quemaba los labios una justificación, una alusión despreocupada al pasado: oírla hablar de entonces sin rencor, a lo mejor tontamente, y reírse juntos. En cambio, en la semioscuridad de las plantas donde el mugido de la presa tapaba la orquesta, Cate volvió a hablar de su oficio, de plazas y de rivalidades. Había estado incluso en las colonias, ¡Trípoli era una ciudad magnífica!
       —Fui una estúpida al no quedarme allá —decía—. Hay una elegancia que vosotros ni siquiera soñáis. Gastan más que los otros. De noche, café, teatros, es una fiesta. Aquí las variedades son un funeral.
       —En resumen, has hecho carrera —dijo Corradino.
       —Me gano la vida —replicó Cate, apretándole el brazo—. Feliz tú, qué vida llevas. Si supieras cuántas he pasado. Si no fuera por lo de mamá, no lo habría logrado.
       Y contó, bajando la voz, que su madre había muerto, que la había matado su padre, de tanto maltratarlas a las dos. Las primeras veces que ella cantó, su padre había ido al teatro a gritarle que lo dejase; por su culpa había perdido contratos.
       —¿Y sabes cantar de verdad? —bromeó Corradino.
       Cate le tironeó del brazo.
       —Eres el mismo de siempre —exclamó enfurruñada—. No quieres creerme...
       —Pero ¿cómo lo hiciste?
       —Estudié, encontré quien me ayudara. Me ayudó también mamá. ¿Tú no me hubieras ayudado?
       Cate se había detenido, extendiendo el brazo y reteniendo a Corradino, y lo miró con franqueza. Corradino sonrió.
       —Y tú, ¿qué haces? ¿Sigues estudiando? —dijo Cate reemprendiendo la marcha.
       Era de madrugada cuando Corradino miró el reloj encendiendo una cerilla. Decidieron coger un taxi. Fue durante el trayecto, para romper el silencio, cuando Corradino le preguntó si volvería a verla. Lo preguntó sin intención, casi sin querer, para complacer a Cate y reparar en cierto modo su grosería del pasado.
       —Telefonéame —le dijo—, yo al parque no voy nunca.
       Le pareció que Cate esperaba su invitación, estaba feliz con ella, porque le apretó la mano y susurró «Cariño» a su oreja. De pronto, Corradino la habría abrazado, pero el taxi aflojó la marcha y Cate decía:
       —De acuerdo.
       Al volver a casa esa noche, Corradino pensó en la amiguita de Giusti y se dijo que cada cual tiene las aventuras que se merece. Ahora estaba contento de no haber tratado de abrazar a Cate, no porque temiese verse rechazado, sino porque todo el asunto de esa noche se había desarrollado bajo un signo de franqueza y confianza que eran mucho más extraordinarias si se pensaba en el pasado.
       Y todavía por la mañana, al despertarse, sonreía. Pero luego la llamada de Giusti —él no telefoneaba nunca, y justamente ese día tenía que ocurrírsele—, y en compensación el silencio de Cate, lo pusieron de tan mal humor que no tuvo ganas de ir al Sangone. Un saludo de Cate, aunque solo fuera por teléfono, habría significado mucho para él esa mañana. ¿Cómo no lo entiende, esa estúpida?, pensó. Llegó así la noche y le falló Giusti, le falló Cate, le fallaron todos. Podía ir al parque, la hubiera encontrado, pero se forzó.
       —No, que venga a buscarme. —Y se metió en un cine.
       Con Giusti se vio al día siguiente, y fue cuando hablaron de la iniciativa amorosa. Fue Giusti con sus razonamientos el que le metió en la cabeza a Corradino la posibilidad de probar otra vez con Cate, ahora que ella era experta en el mundo. Corradino reconoce que la idea de esa noche nació en parte de su despecho, de la desazón y de las chanzas de Giusti. Pero ya esa misma noche, al regresar a casa, pensó que en cualquier caso el no haber dejado de amarlo le tocaba a Cate, y se acostó satisfecho. Al día siguiente, el silencio del teléfono le heló la sonrisa en la cara, y el rosado día que había esperado empezó angustioso como siempre. Pero Corradino fue al Sangone y allí, fresco y bronceado, contemplando sus sauces, recuperó su placer. Pensó en Camogli y en su destino, y se preguntó qué haría en ese momento Marina. Entonces sonrió de veras. Empezaba a comprender que había ocurrido algo, que su espera de aquellos días estaba satisfecha: con el encuentro de Cate había resurgido el pasado y todo se justificaba: la vida estaba llena de cosas cordiales, bastaba con dejar que ocurriesen. Se sintió, en suma, libre, libre y solitario. Era lo que siempre había querido.
       Pero Cate no telefoneaba. Una vez a la semana, Corradino estaba de guardia, y esa noche se retrasó hasta la madrugada porque le gustaba regresar al alba por las calles desiertas. Vagabundeó hasta que el calor remitió y en la entrada de unos soportales tropezó con Cate.
       —Hola —se dijeron riendo.
       Cate, con la blusa de siempre, azul claro escotada, era una mujer guapa. Aparentaba sus veintiocho años y parecía más alta, más grande. Sobre todo tenía un modo de sonreír cortado, que el maquillaje acentuaba. Estaba buscando medias y Corradino la acompañó.
       Reía muy a gusto y Corradino, agotado por la vigilia, no tenía fuerzas para resistir y, viniera o no a cuento, le hizo eco. No se cogieron del brazo.
       Como no tuvieron una conversación lógica, Corradino advirtió que no sabía qué decir y quedó encantado: comparaba mentalmente a Cate con Marina y sonreía. Suceda lo que suceda, está claro que somos unos extraños, pensaba. Delante del mostrador de las medias, Cate mandó abrir un paquete y le desdobló una en la mano.
       —¿Te gusta? —le dijo.
       Al salir, Corradino la cogió del brazo instintivamente. Dieron juntos unos pasos, luego él mismo se apartó. Cate lo miró cortada, luego le preguntó por qué no había vuelto al parque. Desde ese momento la conversación se cohibió, y Corradino dijo muchas cosas mirándose la punta de los zapatos. Dijo en sustancia que la había esperado, pero que al parque no quería ir porque no le gustaba aquella gente, y que se divirtieran lo que quisieran, pero que él no tenía ganas de divertirse.
       Pero cómo pasaba las tardes, le preguntó Cate.
       —Esta tarde, por ejemplo, he trabajado hasta la noche.
       Entonces Cate sonrió —una sonrisa incrédula, repentina— y le preguntó si no tenía una amiga.
       —No —dijo Corradino.
       Cate no se asombró; continuó sonriendo y Corradino sostiene que en ese momento comprendió que lo estaba juzgando. No habló, dudando entre la seguridad en sí mismo y la despreocupación. Pero —dice— en ese instante Cate decidió —y quizá fue un bien— el destino de ambos.
       Ella misma le preguntó dónde vivía, y aceptó acompañarlo a casa. Durante el trayecto la conversación giró en torno a sus trabajos, y Corradino se jactó bastante de la comodidad y el futuro del suyo. Dijo incluso que eran colegas; los dos trabajaban para un público.
       —Ganarse la vida es bonito —observó Cate.
       La patrona cerraba los ojos cuando Corradino llevaba a una mujer. Oyó atravesar el pasillo y se contentó con asomarse desde la cocina, pero, en cambio, no había hecho todavía la cama del día anterior. Corradino cerró la puerta, fastidiado, y le dijo a Cate que lo disculpara. Estiró la manta sobre el lío de pijama y sábanas, y corrió las cortinas de la ventana. La estancia adquirió una penumbra rosada, tolerable.
       Corradino recordará siempre aquella luz tranquila. Cate se había sentado en la butaca, con las piernas cruzadas y las manos en los brazos. El otro día ahí estaba Ernesta, pensó Corradino, y hete aquí que Cate lo miraba igual que Ernesta —con los ojos blandos, absortos—, como si las frases que habían intercambiado, subiendo la escalera y riendo, estuvieran excluidas de aquella habitación, perteneciesen al exterior, al alboroto de la calle.
       Hablaban de ir en barca y Cate fumaba un pitillo. Era como una conversación normal: Corradino decía que no había vuelto a ir, y Cate, exhalando el humo, escuchaba seria, como por obligación.
       —Tomo el sol, eso sí.
       Cate callaba.
       Al subir las escaleras había dicho:
       —Voy a fumar un pitillo contigo.
       Y ahora el pitillo estaba a punto de acabarse y nada ocurría. Corradino pensó con repugnancia en la inminente soledad, y su rencor contra Cate aumentó. Fue entonces cuando se armó de valor y le preguntó si tampoco ella había vuelto a ir en barca. Se lo preguntó entre el humo, casi sin mirarla.
       —¿Te gustaría que hubiese vuelto?
       —No decía conmigo —balbució Corradino.
       Entonces Cate sonrió, una sonrisa tan ambigua que Corradino no pudo apartar de ella los ojos. Ha venido para vengarse, pensó desesperadamente, ha venido para eso.
       —Corrado, eres el de siempre. Claro que he ido en barca... Pero tú, en todos estos años, ¿no has pensado en mí ni siquiera una vez?
       Corradino asintió con la cabeza, sin quitarle ojo. La sonrisa de Cate se había vuelto sutilísima, y se desvaneció poco a poco, sin hostilidad.
       Cate se levantó y fue a dejar la colilla, en la mesa, junto a Corradino. Él iba a abrazarla, pero de pronto Cate volvió la cara, precisamente debajo de la suya, acalorada. Agitada, lo escrutaba, con mirada solícita y seria, como cuando se consuela a un niño.
       —Me gusta tu cuarto —dijo—. ¿Llevas mucho tiempo aquí?
       Corradino balbució una respuesta, y ya Cate estaba en la ventana. Apartó la cortina y miró a la calle. Corradino no se movió: era ridículo perseguirla.
       Cate se volvió, otra vez alegre.
       —Tienes la peluquería delante mismo del portal. Tus amigas estarán contentas. No quería subir, discúlpame. Pero soy curiosa.
       Corradino le había cogido una mano. Cate dejó que le besase la palma —eran raras las uñas esmaltadas— y dijo con chanza:
       —No soy una dama. He hecho mal subiendo; me voy.
       Corradino le sujetaba la mano y no sabía bromear, no sabía actuar en serio.
       —No, no has hecho mal —murmuró.
       —Lo digo por ti —respondió Cate.
       Le preguntó si al menos podría volver a verla.
       —¿Hoy? —Cate pensó un momento—. En el jardín de la plazuela de al lado de casa. Pasaste por allí la otra noche. ¿Hacia las cuatro?
       Cate no quiso salir con él; se largó enseguida, y lo dejó en el pasillo.
       Corradino esperó un rato a oscuras, detrás de la puerta, que aquellos pasos murieran escaleras abajo, luego salió furtivo para que la patrona no se enterase. No se sentía con ganas de acabar la mañana en la reclusión de la estancia.
       Era ridículo perseguirla, pero fue al jardín. Total, el trabajo empezaba a las seis: aquel día todo se conjuraba. Fue diciéndose: Siempre puedo echarme atrás. Esperó incluso que Cate no estuviera y no volver a verla nunca.
       Recordaba el jardín como unos cuantos árboles entre las manzanas y una fuente y una franja de cielo. Lo divisó desde una esquina, lleno de sol, polvoriento y chillón. Jugaban unos niños; había mujeres y alguna niñera. Corradino buscó con los ojos la fuente. Ocultado por un tronco, examinó indiferente los grupitos. Se había imaginado una cita solitaria, y los niños vocingleros le pusieron los nervios más de punta de lo normal.
       Cate lo vio: estaba sentada en un banco a la sombra y le quitaba la chaqueta a un chiquillo que escapó liberándose de un tirón. Corradino se adelantó de mala gana; Cate no estaba sola: dos chicas con pinta de criadas se sentaban allí; menos mal que un soldado, apoyado en un árbol, les daba palique.
       —Buenos días —dijo Cate con cordialidad.
       Una de las criadas volvió la cara redonda para mirarlo. Lo escudriñó bien de pies a cabeza, luego sonrió, como Cate sonreía al tenderle la mano. Corradino dijo algo; la criada seguía mirándolo, y entonces Cate se puso en pie diciendo:
       —Es una desesperación.
       Tenía aún en la mano la chaqueta del crío y se protegió con ella los ojos para encontrarlo entre los demás.
       Corradino esperaba que Cate se alejase con él del banco, pero vio con desagrado que Cate volvía a sentarse. Entonces perdió la paciencia y dijo, picado:
       —¿Qué, Cate, haces de niñera?
       Mientras hablaba miró a la criadita con tanta atención que esta apartó los ojos y se volvió ostentosamente hacia su soldado.
       —Hago de madre —dijo Cate.
       —¿Quién es ese niño?
       —Mi hijo.
       Corradino retrocedió un paso. Vio un brillo, un rubor en los ojos de Cate, que imponían silencio. La criadita no se había vuelto.
       Cuando finalmente las dos chicas se fueron a buscar a sus mocosos y el soldado se hubo alejado, Corradino se sentó en el banco y pidió explicaciones a Cate.
       —Te he dicho que es mi hijo. Y cuando salgo de viaje lo dejo con mi hermana. Está casada y vive ahí, en el tercer piso.
       —Pero tú no estás casada —balbució Corradino.
       —¿Y qué? —dijo Cate con sencillez—. ¿No se puede tener un hijo sin estar casada? A veces ocurre.
       Corradino dice que Cate hablaba sin inmutarse y ponía en ello cierto acento. Dice que cuando le preguntó por qué no se lo había dicho antes, Cate contestó que primero quería saber si le disgustaba.
       —¿Por qué? ¿Sabes ahora si me disgusta? —preguntó Corradino.
       —Debí decírtelo esta mañana —replicó Cate, y lo miró fijamente—. Esta mañana comprendí que debía decírtelo.
       Corradino de momento no supo qué contestar, pero luego volvió a la carga y le preguntó de nuevo si ahora sabía si le disgustaba. Era jugar al escondite, y Cate salió del paso contestando que ellos eran amigos y debían comprenderse. Dino —el chiquillo— regresó corriendo en ese instante, haciendo saltar la gravilla.
       Cate lo sujetó y le atusó el cabello, le quiso poner la chaqueta porque estaba acalorado y le dijo que saludase.
       —¿Cuántos años tienes? —preguntó Corradino.
       —Seis y medio —respondió Dino con voz clara, jadeante—, camino de los siete.
       Cate le preguntó con quién jugaba. Dino soltó unos nombres, indicó balcones de la manzana, habló de clases.
       —¿Vas al colegio? —preguntó Corradino.
       —Pues claro —contestó Cate—, si va a ser ingeniero tiene que estudiar.
       —¿Quieres ser ingeniero? —dijo Corradino.
       El sí de la respuesta llegó con salpicaduras de grava. Dino estaba ya lejos.
       —Es un destrozón —dijo Cate.
       Callaron un rato, mientras ella ordenaba un bolso, sin mirarlo.
       —Es un niño guapísimo —dijo Corradino, mirándole las manos que torturaban el bolso. Volvió a ver aquellas uñas rojas en los cabellos agitados del chiquillo y se avergonzó de haber pensado esa mañana en seducirla—. ¡Muy bien, Cate! ¿Y vives con su padre? ¿Puedo saber eso al menos?
       —Lo hemos criado mamá y yo —replicó Cate, levantándose de pronto, colorada y orgullosa—. No hay más que saber.
       Al día siguiente llegó una postal de Camogli, donde entre muchas firmas estaba el nombre de Marina. También su padre y su madre habían firmado y Corradino miró durante un buen rato aquellos nombres. Estos se han reunido en consejo, pensó burlón, y salió mirando de soslayo el teléfono, con el terror de que estallase el sonido. Esa mañana quería estar solo.
       No le quedó tiempo para el Sangone y fue más pronto a la trattoria, pero a punto de entrar en ella vaciló y se decidió por un restaurante insólito. Allí al menos no había caras conocidas, y los camareros hacían reverencias y el servicio era tal que ni Marina lo hubiera desaprobado. La comida le costó el doble, pero una vida solitaria como la suya costaba siempre muy poco. Nunca he mantenido niños, pensaba ese día, no he sabido ligarme a nadie. Ese es mi natural. He conocido mujeres y las he dejado plantadas. Mañana, si Marina me aceptara, la dejaría también a ella.
       Todo ese día lo pasó de mal humor, y por la noche se vio con Giusti. No se atrevió a proponerle ir al parque y escuchó toda la noche la cháchara de Giusti, que advirtió su murria y trató de distraerlo. En cierto momento se enzarzaron y Corradino le dijo que la experiencia sirve para enseñarnos, no lo que debemos hacer sino lo que inevitablemente haremos, dado que un hombre, por excepcional que sea, es como un puente que tiene cierta resistencia y no más. Llega una carreta que pesa más, y el puente se hunde.
       —Bien, pues eso es lo bueno —dijo Giusti—, así uno se hace antes sus cuentas.
       Corradino, que se había animado hablando, no continuó la confesión hasta preguntarle qué cuentas puede hacer quien ha advertido que no resiste ni siquiera un grillo y que cruje todo el día. Pero Giusti lo había visto animarse y eso le satisfizo, y pasó a decir que, tratándose de mujeres —porque estaban hablando de mujeres, ¿no?—, que el puente lo hicieran ellas. Aquí empezaron a bromear y el tema se perdió.
       Tal era la compañía de aquellos dos. Corradino dice que sentía a menudo la necesidad de desahogarse conmigo, y que, cuando a finales de julio se marchó Giusti, experimentó un alivio. Esta vez estuvo solo de veras, y en parte le agradó: él era así. Reanudó los baños entre los sauces.
       —¿Ves? —me dijo textualmente al año siguiente—, yo aquel julio esperaba algo, y cuando se espera algo, algo sucede. Pero para ponerme en ese estado me aislaba, me iba por la mañana al Sangone a buscarme a mí mismo en el agua y bajo el espejo del sol. Quien busca, encuentra. ¿Y qué podía encontrar en medio de aquellos sauces, desnudo, mirándome el ombligo y el miembro como si estuviera a punto de hacer un hijo? Encontraba un ser ridículo y superado (yo mismo) y con Cate en la cabeza, porque pensaba más en Cate que en Marina, me odiaba cada vez más, volvían a salir a flote todas mis lacras, descubría, esa es la cosa, que yo a la gente, y en especial a las mujeres, la había tratado siempre de la misma manera: conocida y plantada. Con nadie hice nunca vida en común ni asumí mis responsabilidades. No soy amigo de nadie, ni siquiera tuyo.
       Sobre este asunto de la amistad, Corradino vuelve a menudo, me lo explicó más veces, y sostiene que no es un verdadero amigo mío porque está celoso de mi mujer. Según cuenta, le daba rabia que Cate no telefonease por aquellos días, porque eso significaba que tenía algo mejor, aunque esa cosa mejor fuese solamente el pequeño.
       —Y fíjate —me dice— que habría podido ir al parque.
       Otra cosa que le fastidiaba era la duda de que ya en el pasado, cuando él la había violentado y humillado, Cate pudiera haberlo juzgado con aquella sonrisa ambigua. Sufría de veras con eso, porque la sospecha le tocaba en lo más vivo.
       A primeros de agosto, Corradino se decidió por Camogli y pidió las vacaciones. De haber podido se habría largado esa misma tarde, pero en la oficina le comunicaron que faltaban todos y que tenía que esperar una semana. Corradino sonrió y refunfuñó:
       —Peor para Marina. Al día siguiente llevó a Cate en barca, según quedaron por teléfono sobre la marcha. La noche antes había estado en el parque, donde la había encontrado bastante maquillada y con un sombrero nuevo. Al ir a su encuentro, Corradino le había visto esta vez, en el reflejo del escenario, la cara del oficio, aquellos rasgos gastados y demasiado vistosos que huelen a luces falsas y a vida nocturna. Cate había estado como siempre, le había dado la mano y hablado con confianza, pero a Corradino le había agradado mirarla como si no la hubiese visto nunca y había tratado de convencerse de que esa Cate era la auténtica. Lo habría conseguido bailando con ella (Una pieza puedo bailarla contigo, Corrado), de no haber tenido compañía en la mesita, la compañía entremetida de quien en el parque se encontraba como en su casa y no permitía otra conversación que la suya. Gente de las variedades que tuteaba a Cate. Solo durante aquella pieza Corradino había podido hacerle prometer que telefonearía a la mañana siguiente. Y había telefoneado, y concluido ella misma:
       —Vayamos en barca.
       Corradino sabía que la propuesta de Cate era inocente, pero la rabia que le acompañó por el camino no brotaba de eso. Bajaron al embarcadero sujetándose, no del brazo — Corradino le cogió el codo con la mano—, y saltaron riendo y tropezando a la barca; Corradino la sostuvo, estuvo a punto de caer, se sentaron. Cate reía —reía como todas las mujeres en esos casos— y se recogía la falda en las rodillas. En este gesto, y en el rostro feliz de dientes descubiertos, Corradino entrevió el inconsciente pasado de cuando eran jóvenes y comprendió que Cate iba en barca por el capricho de recobrar, y juzgar en la comparación, sus días lejanos.
       Cate ahora se había acomodado. Corradino se quedó desnudo de cintura para arriba, mostrando el bronceado, y empezó a remar. Se deslizaron junto a la orilla, en el verde tierno del Valentino.
       —¿Por qué no llevas a tu hijo al parque? —dijo de pronto Corradino, apretando los dientes.
       Pero Cate no recogió el odio de la voz; paseaba ante sí los ojos entornados al sol, disfrutando. Ahora que se había quitado el sombrero, sus labios y la garganta al aire no eran tan jóvenes y traicionaban el desgaste de la vida nocturna.
       Al oír la pregunta de nuevo, Cate contestó que por ahora Dino estaba con su hermana; no tenía edad de entender que las variedades son un oficio como cualquier otro. Quizá, dentro de unos años, si ella se había situado, se lo llevaría consigo de gira, pero en cualquier caso debía estudiar y para estudiar no hay que distraerse.
       —Siempre lo pienso —dijo—. No quiero que de mayor me pueda acusar de haberle fallado.
       Corradino calló, inclinando y cruzando los remos.
       —Pero ¿tienes medios para sacarlo adelante? —dijo de pronto.
       Cate respondió sonriendo que hasta ahora siempre se las había arreglado.
       —En nuestro oficio hay muchos canallas, pero también hay gente buena. Tengo quien me ayuda —dijo.
       —¿Ese tipo de ayer? —rezongó Corradino—. ¿Qué es? ¿Músico?
       Cate no dejó de sonreír y no contestó con palabras. Pero en el modo como lo miró había una concentración, una insistencia que resultaba incómoda.
       Al sol se empezaba a sudar. Corradino dejó los remos, e inclinándose sobre el agua se salpicó la espalda con la mano hueca. Luego se mojó el cabello.
       —¿No tienes calor, Cate?
       Cate negó la cabeza, sin dejar de mirarlo con aquellos ojos ambiguos. Eso, se dijo Corradino buscando los remos a tientas, me hace un examen; piensa en cómo era en tiempos; se acuerda de las bobadas que decíamos.
       —¿No sería más sencillo que lo mantuviera su padre? —preguntó alzando la cabeza al final—. ¿Sabes al menos quién es su padre?
       Cate se encogió de hombros; ni siquiera se ofendió. Lo miraba no ya fijamente, sino como a hurtadillas; con el sol de pleno en el rostro no se supo si se ruborizaba.
       —Corrado —dijo bajito—, tú sabes quién es su padre.
       Corradino dice que soltó los remos y notó cómo se le ponía la carne de gallina. Cate seguía mirándolo, con una sonrisa de pena en los ojos, y ante aquellos ojos Corradino encontró fuerzas para contenerse, aferrar los remos, lanzar un suspiro.
       —¡Ah, no! —gimió con un tono que, por un poco, podía resultar irónico, pero que los ojos de Cate obligaron al punto a sonar abrumado.
       Corradino dice que en los instantes siguientes sintió sobre todo un gran calambre en el estómago y, como un atolondrado, no dejaba de pensar que llevaba días, desde aquella noche del encuentro y también desde antes, presintiendo aquella angustia y sabiendo que para él comenzaba algo irreparable. Dice que mientras escuchaba y balbucía, remaba de vez en cuando para enderezar la barca, y que Cate se interrumpía con una risa forzada, que era como una defensa, como diciendo que aquella conversación la tenía con él igual que con otro, como se charla cuando uno está solo y bromea para darse valor. Una cosa —dice— fue evidente desde el principio: Cate no hablaba para conmoverlo, para atraparlo. E incluso adoptaba un tono vacilante, de esfuerzo, como si supiese que le hacía daño y quisiera dejarlo, ahorrárselo.
       —Acababas de dejarme —decía—. ¿De qué iba a servir? Ambos habríamos estado mal. En aquella época yo estaba loca, pero no hasta el punto de no entender que querías plantarme.
       Corradino se aferró a ese tono de Cate porque vio en él no la salvación —en el futuro no se atrevió a pensar—, sino una simple posibilidad de no volverse loco allí mismo, un permiso que Cate le daba para continuar siendo él. Dice que hizo las objeciones más estúpidas y que mientras tanto pensaba que —como era cierto— sus palabras eran inútiles; pero ¿qué hace uno cuando oye decir que tiene un hijo desde hace años, y apenas conoce a la madre?
       —Cuidado, hay una barca —dijo Cate.
       Corradino tuvo que recoger los remos y apartarse. Eran cuatro en la barca —iba también un soldado— y al rozarles rechazaron la suya con las manos y dijeron algo, riéndose de Cate. Regresaron al embarcadero, la proa dio un golpe seco contra el muelle, tan fuerte que la dueña empezó a quejarse, pero Cate y Corradino no se quedaron a oírla. Estuvieron enseguida en la avenida; no hablaron. Cuando reanudaron su paso normal, iban del brazo.
       Era evidente que ahora Cate esperaba algo de él. Por ejemplo, que comenzara a reprocharle que se hubiera atrevido a afrontar por sí sola un sacrificio tan grande. En cambio, Corradino dijo que el niño tenía seis años y ellos no se veían desde hacía ocho. Cate negó con la cabeza. Hacía siete.
       —Discúlpame —dijo entonces Corradino—, pero es como recibir un ladrillazo en la cabeza.
       Cate le apretó el brazo y con voz más tranquila, ahora que ya no se veían los ojos, empezó a decirle que no le guardaba rencor, que le había hablado no sabía muy bien por qué, que ninguno de ellos tenía la culpa, o solo ella por haber sido tonta.
       —Lo que ha ocurrido no cambia nada, Corrado. Solamente querría que me entendieras.
       Corradino buscaba afanosamente algo que decir que le diese gusto.
       —¿Cómo que no cambia nada? —exclamó.
       —Seguimos siendo amigos como antes —dijo Cate—. No tengas miedo.
       Entonces a Corradino le sucedió una cosa curiosa. A medida que las palabras de Cate —aunque podría jurar que ella le dijo mucho más de lo que recuerda— confirmaban la primera impresión de que ella estaba decidida a no pedirle nada, ni a solicitar su ayuda, ni mucho menos que se casara con ella; que, en resumen, le había confiado el secreto por debilidad y ahora pensaba marcharse estrechándole la mano y obligándolo a esa deuda; a medida que esto se hacía evidente, Corradino sentía nacer en sí un rencor, un sentimiento de orgullo herido, como si el acreedor fuera él.
       La idea de tener un hijo era monstruosa —y tenerlo de aquel modo, fiarse de aquel modo de la palabra de Cate era absurdo—, y no obstante la mera sospecha de que aquellas mujeres —ella, su madre y su hermana— habían manejado como propio aquel niño durante seis, siete años, lo habían criado, tratado, vestido, como si él no existiese pero sabiendo, al menos Cate, que era suyo, le encendía la sangre.
       Soltándose, agitado, del brazo, Corradino dijo la primera cosa amable, la única de aquel día:
       —A lo mejor se me parece.
       Y lanzó un suspiro. Se sentía vigilado por los ojos de Cate.
       —No —dijo Cate—, no creo. Cuando sea un jovencito, a lo mejor...
       —Imagínate. Le había puesto mi nombre —refunfuña Corradino cada vez que me habla de eso—. Pero estaba convencida de que no se me parecía. Probablemente tenía razón, pero ¿son cosas como para decírselas a quien ha sabido en ese momento que es padre y aún no ha salido de su asombro?
       La fuerza de Cate —dice Corradino— era esta, hecha de ingenuidad. Cate no tenía secretos, lo decía todo crudamente, a lo mejor mirando a la cara y riendo para darse valor. No se preocupaba de ocultar una decisión, un sentimiento que le pareciera experimentar. O quizá hacía eso solo con Corradino porque sabía que era la manera más segura de dominarlo y protegerse.
       —Eres bueno al hablar así —le dijo en el jardincillo ese mismo día—, pero yo nunca podré darte la seguridad de que Corrado es hijo tuyo. He hecho mal al hablarte de eso. Estas cosas o se dicen enseguida o ya no se dicen nunca.
       Y así Corradino, que había ido a verles para decirle al niño: «¿No sabes quién es tu padre?», se marchó con la impresión de haber sido él el seducido, siete años antes. Dino jugaba con los demás como de costumbre, y lo tuvo entre sus rodillas solo el ratito que necesitó Cate para sacar la merienda del bolso. Corradino lo había cogido por las muñecas y le costaba trabajo sujetarlo. Sintió sus brazos resistirse enérgicamente, como quien se asombra de la fuerza de un perrillo. La voz aguda que alzó debatiéndose le llegó al corazón. Corradino no había pensado nunca que entre mayores y niños hay una lucha abierta, una desconfianza perpetua, y que los niños no lo saben pero viven celosamente en otro mundo. Cuando se quedaron solos, Cate dijo que Dino, en resumidas cuentas, era obediente, pero que agradarle era difícil y el año pasado por no saludar a un tipo se había pasado toda una tarde escondido al final de la escalera.
       —¿Y de su padre no sabe nada? —dijo Corradino.
       Cate negó con la cabeza.
       —¿No pregunta?
       —Sí, ha preguntado, pero nunca quise decirle que había muerto. Por ahora se contenta con saber que no está.
       Fue entonces cuando Corradino se lo jugó todo y dijo, interrumpiéndose varias veces, que ella, Cate, debía comprenderlo (Hablo como una mujer, pensó) y dejarle tiempo para orientarse, para conocer a Dino, conocerla a ella, convencerse de que quería a su hijo, y de momento le daba las gracias, más aún, no tenía palabras, por tantos sacrificios como ella debía de haber hecho. Y Cate, en calma pero resuelta, le había dado aquella contestación.
       Recordándolo, Corradino empezó a sentirse justificado. Esa noche (su primera noche de padre) anduvo dando vueltas solo, fumando nerviosamente, reexaminándolo todo. Era evidente que Cate, si de verdad no quería nada de él, no había mentido y aquel Corrado era hijo suyo. En cambio, si Cate acababa enredándolo y aceptando —¿qué?, ¿casarse o solo dinero?—, entonces la duda persistía. Cuando vio claramente el dilema, Corradino hizo una mueca. No tuvo fuerzas para carcajearse.
       En el recuerdo que le quedó, Corradino insiste en que aquella noche festiva fue bastante diferente de otras semejantes que había pasado huyendo por las calles de un acceso volcánico de celos, amor o entusiasmo. Dice que, incluso cuando la sensación del precario equilibrio en el cual aún se mantenía lo desgarrase, sentía bajo la efervescencia una calma, una certeza y una esperanza que no querían abandonarlo. Como de costumbre, cuando me habló de esto, sostuvo que esa seguridad le venía solamente de lo que Cate había dicho para tranquilizarlo, y, más que de las frases, de la voz de ella, resuelta a no ceder y a no dejarse ayudar. A partir de entonces, dice Corradino, había comprendido que Cate no quería saber nada de él, y esta era la calma, la esperanza que lo sustentaba.
       Pero sé que a Corradino le gusta calumniarse e intenté convencerlo de que, si entre los pensamientos agitados de esa noche no estaba la sensación de futilidad de tantas de sus crisis, eso nacía sobre todo de que esta vez la crisis lo trataba como a un hombre, planteándole, en vez de tonterías, realidades, vidas humanas, un problema de conducta que lo arrancaba de su aislamiento. Pero Corradino niega con la cabeza y dice que lo cierto es todo lo contrario: que por Cate no sentía una brizna de amor, sino más bien ojeriza como por todos los tercos, y en cuanto a Corrado, a su amenazado hijo, dice que aún hoy piensa en él como en un extraño, pese a estar convencido de que Cate no le mintió.
       —No estoy hecho para el amor paterno —protesta—, la idea de que mi hijo hubiese acabado en manos ajenas, ante todo me daba una sensación de haber escapado de un peligro, y luego, si acaso, me indignaba como indignan un robo o una estafa.
       —Pero es natural —le digo—, la paternidad está compuesta también de eso.
       —Explícame, entonces —comienza él riendo—, cómo es que ya aquella noche yo sabía, sabía, que, transcurridos seis días, me marcharía a Camogli y dejaría a Dino y Cate y correría detrás de Marina.
       —¿Y la carta que me escribiste a la montaña?
       La carta, rezonga Corradino. Había ocurrido esto. Al día siguiente de aquella noche se había despertado con una sensación de angustia, de aniquilamiento del corazón y, como suele ocurrir, en el duermevela había tocado el fondo del disgusto. Con la atroz evidencia que adquieren al alba ciertas ideas, se había sentido desnudo en la cama, mezquino y culpable. Comenzaron a pasar por su mente en un crescendo de remordimientos sus contadas mujeres: Ernesta, Cate, una dependienta sin nombre, las prostitutas sin rostro y hasta, aunque nunca la había tocado, Marina. Todas le dijeron lo mismo, lo agobiaban con el mismo recuerdo, como debe suceder a un acusado caído en manos de sus acusadores. Incapaz de defenderse, en el alba silenciosa, Corradino vio esta vez lúcidamente lo que él sostiene que es su realidad. Había tratado a aquellas mujeres siempre del mismo modo, con ninguna había sido capaz de decir una palabra de hombre, de salir de su aislamiento. ¡Si al menos hubiera sido brutal, capaz de dominación o estupro! Esa mañana pensó que él las había violado a todas al dejarse violar, y en primer lugar a las prostitutas, con las cuales —imposible vencerse— pasaba siempre por todo un caballero, una persona distinguida, y todavía ahora a los treinta años le preguntaban si era estudiante. Y todas —Ernesta, Cate, y mañana Marina— acababan por apartarse de él, despechadas y desilusionadas por su invencible dejar hacer. Ahora bien —esto le escoció a Corradino—, si se había comportado así con todas, quería decir que su realidad era esta y siempre reaccionaría de ese modo. La resistencia del puente.
       Esa mañana regresó al Sangone, para pensar sobre estas cosas en la calma del sol. Se desnudó entre los sauces y luego, fumando, miró su cuerpo secarse a la luz. Se cae por su peso que la humillada tristeza del despertar se había ya disipado en la luz y en el cansancio; pensaba ahora, como era inevitable, en Cate y el chiquillo. Y sobre su cuerpo bronceado y adulto hacía comparaciones con la estatura de Dino, con las piernecillas y las muñecas de aquel diablo mucho más vigoroso de lo que él se esperaba, de lo que él — estaba seguro— lo había engendrado. Era indiscutible que el mérito de haberlo hecho tan valiente y sano correspondía a Cate. Y entonces —aunque suspendido el juicio de si era o no su padre— comenzó a preguntarse si también en aquel cuerpecito estaría madurando un carácter como el suyo, solitario y esquivo. Sería un experimento pensaba. Si, lejos de mí, llega a parecérseme un día, quiere decir que el carácter viene dado por el nacimiento y no por el ambiente. Es el caso de los huérfanos. Ante este pensamiento Corradino volvió a avergonzarse y se dijo que él por desgracia no había muerto y que era su obligación casarse con Cate. Con la misma evidencia con la cual había sentido su futilidad al despertarse por la mañana, comprendió esta vez que tenía un deber que cumplir. Un deber —dice ahora burlón— que no era desagradable: Cate es una mujer guapa y me dará otros hijos.
       Fue entonces cuando, conmovido por esas veleidades, concibió la carta que debía escribirme, y sobre todo aquellas frases: «... hay ahora un escollo, muchos escollos, que me cortan el camino y me romperán la cabeza ... todo sucede como en la guerra: es indescriptible ... Podría incluso hacer una cosa que no tiene ninguna relación verdadera con cuanto me sucede»; y esta cosa —es obvio— fue lo que hizo cuando al cabo de seis días subió al tren para Camogli.
       Una revelación como la de la barca habría debido acercarlos al menos por un tiempo, por un día, habrían debido verse y hablar de nuevo —¿no volvería a subir Cate a su habitación?—, pero al separarse no se habían citado, como de costumbre. Estaba claro, eso sí, que se podían encontrar en el parque de noche. Corradino pensó que era un modo de Cate de imponerle su ambiente y vengarse. Siete años antes, una tarde —aquella tarde— la había dejado en una esquina olvidándose de darle una cita y nunca más se habían visto.
       Pero Corradino volvió al jardincillo. Hizo una escapada, porque lo esperaban en el periódico; asomó entre los árboles, se detuvo detrás de una mata. No quiso dejarse ver por Cate, o no se atrevió; quizá fue la idea novelesca de esconderse para espiar a su hijo. Siguió con los ojos a un crío que ya conocía; vio a otro, y a otro más: allí estaba Dino. Formaban un corro, y el propio Dino contaba animadamente a sus compañeros apuntando sucesivamente con el dedo el pecho de cada uno. Luego se alzó un griterío y todos escaparon. Se formó, más lejos, un grupito de tres, entre ellos Dino, y comenzaron a chillar apretando los puños. Al cabo de un momento se apartó Dino trotando con su cuello flotante, y corrió hasta el banco de Cate, que se había levantado y lo llamaba. Corradino la vio agarrarlo del brazo y hablarle.
       —Es cobarde, como era yo —farfulló desviando los ojos y alejándose.
       Esa misma noche fue al parque. Resistió hasta el final —era Cate la que tenía que telefonearle— sentado delante de la ventana de par en par, mirando el día caer. Dice que como de costumbre a esa hora pensó en Camogli, en Marina.
       El teléfono sonó de improviso. Corradino palideció de rabia cuando oyó la voz de Ernesta. Le preguntó bruscamente por qué telefoneaba. La otra, con voz vacilante, balbució que no tenía noticias, que no había nadie, que creía que se había marchado ya al campo. Quería saludarlo.
       —Pues ya ves que aún estoy aquí —respondió Corradino, dulcificando la voz.
       Ernesta calló, sin colgar. Corradino callaba.
       —Entonces, adiós —dijo Ernesta bajito. Corradino le devolvió el saludo y colgó.
       Cogió el tranvía, decidido, y fue al parque. Cate no estaba aún. Él quería hablar, quería moverse, hacer algo. Vio al tipo de la última vez, el que había cotorreado sobre canciones con Cate, y a quien Cate al contestarle miraba a los ojos con calor. Era un hombre guapo de sienes plateadas. Lo abordó. Mientras conversaban, apareció Cate.
       —Oh, os habéis hecho amigos —dijo—. Esperadme.
       Esa noche cantaba una tal Naldina, a la que todos ellos conocían y que iban y venían a saludar. Era una mujer más joven que Cate, una rubia ajada y florentina, que reía con arrebato y dominaba al público con gestos de predicadora. Mientras escuchaban, Corradino se preguntó cómo sería Cate en el escenario. Así sentada a su lado y atenta con la mano bajo la barbilla a la voz descarada de la otra, tenía algo de absurdamente infantil y al tiempo maternal que le hizo sonreír.
       —¿Canta bien? —le preguntó al oído.
       Cate se enfurruñó un instante y, sin apartar los ojos del escenario, sonrió.
       La Naldina, aplaudidísima por su grupo, menos por las otras mesas, fue luego a sentarse con ellos, pasando entre las parejas vestida con el traje de noche con el que había cantado. El músico de Cate, de voz cortés, cuarentón, la acogió con entusiasmo —todos se tuteaban— y entonces Corradino advirtió que también él era toscano. Cuando le encendieron el cigarrillo, Naldina escrutó a Corradino, y mientras tanto todos, incluida Cate, hablaban del distinto calor del público de Florencia y de Roma.
       —Vosotros sois más flojos, ea —dijo la Naldina soltando una bocanada, cuando Corradino hubo dicho también la suya, y Corradino la detestó, la detestó de pies a cabeza, odió su mirada, su voz, su oficio, su modo de vestir. La odiaba tanto más porque en ella había algo de Cate: aquella llaneza, aquel bastarse a sí misma, aquel charlar entre ellas de cosas fútiles con la gravedad de las mujeres.
       Todos hablaban de sus asuntos, todos en torno a la Naldina; solamente el cortés toscano, aunque intervenía con salidas repentinas en la conversación general, habló con Corradino y entabló con él una charla sostenida. Corradino le contestó sobre temas vírgenes para él, pero Cate lo había presentado como periodista y tenía que aguantar el tipo. Don Pippo —todos lo llamaban Pippo— estaba preocupado por un asunto de protección sindical de las orquestas, y con ello Corradino se convenció definitivamente de que era músico. De vez en cuando también Cate volvía la vista, a la escucha.
       Luego Pippo y la Naldina se levantaron para bailar y ella le dijo a Cate haciendo una mueca:
       —Me das permiso, ¿verdad?
       Y todos sonrieron y rieron.
       Llegó un momento esa noche en que los dos estaban sentados solos en el banco de la entrada, y Cate callaba nerviosa, esperando a alguien, respondiendo apenas a la conversación de Corradino. El parque estaba ya casi vacío; la Naldina y don Pippo faltaban hacía media hora. Corradino lo había entendido todo; desde la última noche lo había entendido; solo le quedaba una duda y la barajaba para sí, aunque fuera una duda absurda.
       —¿Cuánto tiempo hace que conoces a ese maestro Pippo?
       Cate se puso colorada y quiso saber por qué lo preguntaba.
       —Por nada —dijo Corradino—. Veo que te fías mucho de él y no quisiera que fuese un recién llegado.
       Entonces Cate le contó con alborozo que lo había conocido hacía dos años, que era un excelente compañero, trabajador, de esos que hacen carrera sin renegar de los colegas.
       —¿Y qué hace aquí en Turín?
       —Tú podrías ayudarle —le dijo Cate.
       Corradino escuchó cómo podía ayudarle, y contestó que en la radio no conocía a nadie.
       —Bastaría una palabra a fulano —dijo Cate, con cierto fervor pero sin dejar de alargar el cuello hacia la entrada.
       Corradino sonrió.
       —Tengo mucho que agradecerte —dijo—. No solo no me echas en cara a nuestro hijo, sino que quieres que te ayude a librarme de ti.
       Cate frunció la frente. No comprendió las palabras, comprendió el sentimiento. Se confundió un instante, pero sin ruborizarse, porque estaba ya roja; lo miró de soslayo, con los ojos reblandecidos.
       —Corrado —dijo—, no tenemos la culpa. —Y le apretó la muñeca con gesto convulso.
       —Tu pianista es soltero, naturalmente —continuó Corradino.
       Cate asintió, sin mirarlo.
       Entonces enmudecieron ambos. Corradino, sonriendo para dominarse, comprendía que Cate pensaba ya en otro, en aquel Pippo. Aquella agitación suya con los sentimientos más absurdos era un desperdicio, inútil. Se puso en pie, tendiendo la mano a Cate.
       —Buenas noches —le dijo. Cate lo miró vivamente, y le tendió la mano vacilando.
       —Hasta la vista —balbució.
       Durante unos días Corradino, en los momentos más críticos de su espera, se complació evocando la turbación de Cate y su nueva capacidad de ver todo desde arriba adquirida en el instante en que había sonreído en vez de ofenderse. Basta una nadería, pensaba, basta sorprender a una mujer cuando ella no se lo espera para volver a ser el amo. ¿Amo de qué? Le tocaba a Cate dar señales de vida, y pasaron dos largos días sin que el teléfono sonase.
       Corradino se prohibió también dirigirse al jardincillo, y para resignarse se decía que a lo mejor el niño era hijo del tal Pippo y que Cate, descuidada por este, había intentado un timo para que él, Corradino, la compadeciera y así poder arrancarle una recomendación con la cual colocar a su amante y recobrar sus gracias. Pero en este caso su espera en mitad del verano, su preparación en soledad, su necesidad de una soledad distinta, se deshinchaban y esfumaban. Corradino habría aceptado también eso, pero no podía renunciar a la dureza, a la seria sencillez de Cate: ahora que se trataba de luchar, quería una Cate por la cual valiese la pena sentirse celoso. Y que Dino fuera su hijo le espoleaba la sangre, le daba derecho a mirar a la cara a Cate.
       —Ciertas desgracias se desean —dice aún hoy Corradino.
       Pero el teléfono callaba. La noche del tercer día (dos noches más y después vacaciones), al regresar de la oficina, Corradino encontró nuestro telegrama. Dice que de momento sonrió complacido ante la idea de que yo hubiera dado tanta importancia a su carta; pero luego lo releyó, empezó a avergonzarse, se sintió embromado y sufrió mucho. Recordó cuanto había escrito y la humillación de aquella mañana, la efervescencia de aquella noche cuando la idea de tener un hijo y de no poseerlo le llenaba el corazón de generosas veleidades. Conque había ocurrido que también esta vez él a lo tonto se había acostumbrado. Su realidad era esa, como al despertarse había pensado aquella mañana. Su resistencia había cedido como de costumbre, y solo le quedaba lamentarlo. Quiero hacer algo, se dijo.
       Pero no hizo nada. Simplemente fue al parque y pasó la consabida noche en el velador de los artistas, escuchando las tonadillas, viendo bailar. En un momento que se quedaron solos, le pidió a Cate noticias de Dino y la escuchó hablar de sus preocupaciones, de la índole y los asuntillos del niño. Advirtió que Cate era feliz, y estaba un poco orgullosa de contarle esas cosas. Bailaron.
       Luego acompañó al maestro Pippo al bar y le dijo que Cate había aludido a su caso pero no se había explicado bien; ¿no podría él precisarle algo de su pasado? En la charla que siguió, Corradino tuvo la confirmación de que aquel hombre conocía a Cate desde hacía solo dos años. Aunque pianista, hablaba con gran sentido común y parecía persuadido de no ser un dios. Había tocado en las variedades para vivir, pero su educación era más seria; aludió de pasada a un conservatorio y sobre todo emitió sabrosos juicios sobre los cantantes del parque, que hicieron olvidar a Corradino su odio. Cate fue a buscarlos.
       En presencia de ella, Corradino le preguntó bromeando cómo cantaba Cate. Pippo siguió la broma y respondió que las mesas del Varietà habían oído ya cosas peores. Cate lo miró entre provocativa y enojada y dijo que no todos podían tener las dotes de la Naldina. Pippo sonrió; sonrió también Corradino y estaba a punto de decir: «¿No ha aparecido esta noche?», cuando Pippo observó con calma:
       —Mala cosa, una chica como esa.
       Con Cate —era evidente— se había reconciliado, si es que se habían peleado. Corradino se preguntaba si el pianista sabría de Dino y qué pensaba de eso.
       En una pausa de la conversación dijo de sopetón que dentro de dos días le daban las vacaciones y se marcharía.
       —Me voy al campo.
       Cate dijo, bajo la mirada de Pippo:
       —Lástima.
       —Pero antes intentaré hablar en la radio —agregó Corradino.
       Charlaron sobre el campo y Cate dijo con sencillez que ese año sentía no poder llevar a Dino.
       —Haces mal —interrumpió Pippo—, ayer, sin ir más lejos, el crío me dijo que se aburre y que más valdría ir a la escuela. Son niños...
       En la punzada de celos que lo traspasó, a Corradino se le saltaron las lágrimas. Por un instante, ofuscado, no oyó las palabras de los dos y no las recuerda. Cuando se hubo recobrado estaban yendo —con él— hacia la mesa. Aprovechó entonces que el pianista se distrajo hablando con un tipo y, aferrando a Cate por la mano, le susurró con los dientes apretados:
       —Me marcho pasado mañana. Quiero hablarte. Mañana por la mañana te espero en mi casa.
       Cate, pasmada, lo miró apenas, y agachó la cabeza.
       —Telefonea al menos —balbució aún Corradino.
       Pero Cate no fue al día siguiente. Corradino sufrió de orgullo, de celos, de humildad; halló apenas alivio en la idea de que lo que sufría era una injusticia, y se dijo y repitió que no la merecía. Hasta la ausencia de amor e incluso la ojeriza que sentía por Cate le parecían un sacrificio que hacía por el niño. En ese estado telefoneó a un conocido recomendándole al tal Pippo, persona seria y capaz. Se sintió generoso.
       Como para recompensarlo, Cate le telefoneó esa tarde a la oficina. Le dijo que había tenido que hacer, pero que mantenía la promesa de despedirlo. ¿No iba esa noche al parque?
       Corradino dulcificó la voz y contestó que había hablado de Pippo en la radio. Cate calló un instante.
       —¡Eh! —dijo Corradino—. ¿Qué pasa?
       Pero la voz de Cate prosiguió enseguida alegre y le dio las gracias en nombre de Pippo.
       —No, esta noche no voy —dijo entonces Corradino—. Total, ¿qué hago allí? —Cate contestó algo, pero Corradino continuó—: Ese es tu mundo, yo no tengo nada que ver. Ven tú esta noche conmigo.
       —No puedo, Corrado.
       —Estoy solo, Cate.
       Vio sus ojos serios, culpables, bajos, y la boca pegada al aparato como para darle un beso o susurrar.
       —Iré mañana —dijo Cate—. Al mediodía.
       Se encontraron en una esquina y Corradino comprendió de inmediato que no subiría. Tenía pinta de ajetreada y lo llevó hacia una tienda. Se miraron de soslayo, a pesar del saludo cordial.
       Cuando le pidió que subiera, ella negó con la cabeza.
       —¿De qué tienes miedo? —estalló Corradino—. Ya no eres una niña.
       —Si fuera una niña iría —dijo Cate.
       Fueron entonces a sentarse a un café y Cate callaba. A Corradino se le pasó por la cabeza Pippo, pero no se atrevió a empezar. Se miró en los espejos y vio una nuca enérgica, bronceada, que no le pareció la suya. Nadie diría que nosotros dos tenemos un hijo, pensó. Cate se había destocado y echado el cabello hacia atrás, y ahora lo miraba de hito en hito, con los mechones castaños sobre los ojos. ¿Sabía que estaba provocativa con aquel gesto? Parecía más joven, y al mirarlo jadeaba.
       Me mira por última vez, rumió Corradino. Hagamos la escena.
       Cuando Cate por fin se recobró y sonrió arrugando la boca, Corradino dijo:
       —Cuanto más lo pienso, menos te reconozco. Ya no eres tú.
       Entonces hablaron. Cate dijo que era vieja, sin más, y Corradino no protestó, solo repuso que también él era viejo.
       —Estamos casi en las bodas de plata —observó Cate, y sonrió.
       Bromearon un poco, y le preguntó dónde cantaría aquel invierno. Cate dijo que no sabía, que por ahora había tiempo.
       —Dino tendrá pronto un papá, ¿verdad? —observó Corradino con aire indiferente, pero Cate no se alteró; lo dejó hablar y siguió mirándolo, esta vez con dureza.
       —Ya lo tiene —murmuró.
       —Lo tiene, pero no lo ve —replicó Corradino.
       Cate calló, impasible. Entonces Corradino le dijo que quería casarse con ella. Se lo dijo tranquilo, como quien habla de otro, y cuando hubo acabado se encontró conmovido, sudado, trastornado.
       Pero Cate había respondido ya, con un ademán y una sonrisa serena. Callaron un largo instante.
       —Ya ves —dijo Cate con la voz tranquila—, has de comprender que ya no soy la misma y que tú, en cambio, no has variado. Para mí ha pasado demasiado tiempo. Tú no crees que Dino sea tu hijo y tienes razón. Fui una estúpida al hablar aquel día.
       —Pero ¿y si lo creyera? —preguntó Corradino.
       Cate escuchó aquellas palabras como si las viese.
       —¿Y si lo creyera? —repitió Corradino.
       —No es eso —contestó Cate girando los ojos y volviendo a mirarlo—. Llevamos una vida muy distinta. Ni siquiera sabríamos de qué hablar. No estarías contento.
       —Eres tú la que no estaría contenta.
       —Corrado —dijo Cate—, ¿vamos a casa? Son y media, pasadas.
       Y así salieron, y Corradino la acompañó hasta el portal de su casa, rozándole el codo, cambiando de lado cuando cambiaban de acera, diciéndose cosas inútiles y corteses. En un momento en que Cate hizo una mueca, notó con placer que a fin de cuentas tenía una sonrisa vulgar.
       —No eres una mujer —le dijo.
       —¿Qué soy?
       —Eres tú —rezongó Corradino.
       Cuando se despidió de ella —y fue una despedida sin ceremonias, casi sin incomodidad—, Corradino cruzó el jardincillo sin detenerse. No encendió un cigarrillo hasta que hubo doblado la esquina. Lo encendió tratando de recordar si en el café había fumado, pero no lo logró.





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