Cesare Pavese
(1908-1950)


Fidelidad
(“Fedeltà”, 1937)
Tutti i racconti (2002)


I

      Cuando trajeron a Amelio del hospital y lo metieron en la cama, los otros dejaron de ir a verlo, pero Garofolo empezó entonces. Antes no se había decidido porque, aunque Amelio había entrado en el hospital más manchado de gasolina que de sangre, decían que en aquella cama dormía ensangrentado, enyesado y atado como en una jaula de cemento. Garofolo había visto la motocicleta y había tenido de sobra.
       Pero ahora que Amelio estaba condenado a no moverse más, Garofolo sintió la necesidad de hacerle compañía y ayudarle en lo que pudiera. Le habían dicho que, cuando en el hospital le metían los cigarrillos en la boca y se los encendían, Amelio cerraba los ojos como un niño. Subió con los bolsillos llenos de cigarrillos, pero Amelio le pareció todo lo contrario de humillado: miraba a los ojos como si uno no estuviese. Garofolo no conseguía recordar la cara que tenía antes, pero los huesos de las mandíbulas y de las sienes formaban cavidades negruzcas que decían cuánto había chillado y apretado los dientes.
       A Garofolo siempre le había resultado difícil hacerle hablar. Mientras fumaba, Garofolo dejó escapar una sonrisa, que terminó en mueca.
       —¿De qué te ríes?
       —Me río de Masino.
       —No sé.
       —Quiso probar también él. Su padre estaba desmontando una moto; él, a todo lo que ve, le salta encima; una vez en marcha, se le quedó el manillar en la mano. Ahora tiene que pagarla.
       —Ignorantes —dijo Amelio—. Ni siquiera saben andar en bicicleta y se quieren meter a mecánicos.
       Hacía una mañana fresca, con un poco de niebla clara; una gran luz fría llenaba los cristales. Amelio estaba tumbado en el sofá de la cocina entre unas sábanas que se desbordaban por el suelo. Tenía destapado el pecho velludo, de un rubio más pálido que el del cabello, y, apoyado en los codos, se rascaba una tetilla.
       —Se diría que a alguien —dijo Garofolo. Fue a abrir de par en par los cristales—. Ni siquiera se oye la calle —continuó—, se está bien aquí arriba.
       Al volverse vio la cara tensa de Amelio echado boca arriba con la espalda arqueada sobre los codos. Tenía los ojos cerrados y respiraba.
       Antes de subir Garofolo había esperado a que la madre de Amelio pasase por delante del estanco. Pasaba todas las mañanas para ir a la compra y no había que dejarse atrapar porque cualquiera le servía de desahogo y tenía una manera de hablar tan rencorosa que se entendía que su marido estuviera siempre callado. Pobrecillo, su mujer había sido una real moza, y se ve que él había puesto toda su fuerza en aquel hijo violento y bien plantado y debía de parecerle mentira haber logrado tanto. Garofolo pensaba que de los dos, él sufría más, porque si de veras aquella mujer había sido guapa y fuerte como decían, un mozo como Amelio no debía de haberle parecido, igual que a su marido, un milagro.
       El viejo daba lástima. Había pasado unos días antes por el estanco —ya no todas las tardes, como antes— a comprar un medio toscano y había buscado en la caja con la cabeza gacha, con distraída meticulosidad, rezongando a flor de labios entre los bigotes, caídos y amarillentos como si también él estuviera paralizado.
       —¿Y Natalina? —preguntó Garofolo.
       Esta vez la mueca la hizo Amelio.
       —Hace frío —dijo.
       Cuando Garofolo volvió de la ventana, vio que Amelio reía descubriendo los dientes como cuando estaba bronceado por el sol.
       —Las mujeres son todas así: mientras funciona, funciona... Pero yo funciono aún.
       Garofolo sonrió.
       —¿Ha venido a verte?
       —Viene esta mañana.
       Garofolo se puso en pie.
       —Por eso la esperas en la cama —dijo riendo.
       Una vez en la calle, Garofolo se sintió feliz. Amelio estaba mejor que él, en resumidas cuentas. Eso es lo que significa saberse ganar a una chica: te hace compañía y disfrutas. Bajo el sol y las hojas secas, Garofolo cruzó la avenida y delante del estanco se volvió tras las piernas esbeltas de una que pasaba, envidiando a Amelio.
       A decir verdad, el trabajo lo hacían los clientes que tiraban el dinero sobre el mostrador y palpaban ellos solitos las cajetillas o los cigarros. Y además estaba su madre, que se ocupaba de los sellos y la sal. Un negocio que marchaba solo. Garofolo pensaba que, si hubieran tenido más sitio, su padre habría podido coger también a Amelio, que tenía que trabajar. Cuando allá arriba se decidieran a comprarle el cochecito y bajar a la planta baja. Pero ¿podría un cochecito girar detrás del mostrador?
       Hete aquí que a la una entró Natalina, sin sombrero y perfumada, y miró de pésimo humor a Garofolo, que salió de la trastienda. Natalina iba por allí raras veces —tenía un estanco delante del taller—, pero sabía que Garofolo era amigo de Amelio y antes de la desgracia había entrado alguna vez con él.
       —Hacía fresco esta mañana —dijo Garofolo—. Se estaba bien en cama.
       Natalina alzó la vista entre el cabello e hizo una mueca riendo. Garofolo abrió el mostrador y cogió los frasquitos de la vitrina. Mientras olfateaban, se esparcía más fino y más cálido el aroma moreno de ella.
       Después de la colonia, las violetas; después de las violetas, el Nocturno. Natalina tenía prisa y no encontraba uno de su agrado.
       —Tengo un hambre que no veo —dijo—. Pasaré otro día.


II

       Por la tarde Garofolo estaba aún contento y fue al billar. Encontró a Masino, con la cabeza vendada, esperando a alguien para quejarse.
       —¿Cómo va eso? —preguntó Garofolo.
       —Mal.
       —Anda, que la motocicleta está peor.
       —Hay que saber caer —dijo Masino.
       Se metió en la conversación el dueño, que llevaba un café:
       —Hay que aprender a estar tieso.
       —Si no llego a hacer la bola, me rompo el espinazo —replicó Masino, pinchado en lo más vivo. Se calló—. Como Amelio.
       Enmudecieron los tres un instante.
       —Amelio está bien ahora —dijo Garofolo—. Piensa ya en chicas.
       —¿Ah, sí? —dijo el dueño—, ¿no le causa molestias? Nunca lo habría creído. Bueno, pues puede estar contento.
       —¿Y las piernas? —interrumpió Masino.
       —Como si estuvieran secas. Tocada la espina dorsal, saltó la válvula. Los mandos están ahí.
       —Paciencia, paciencia, pero al menos salvó la pierna sin hueso —prosiguió el dueño—. Estoy muy contento, porque se lo merece. Lo necesitaba. Es un milagro que no les ocurre a todos. ¿Te lo ha enseñado?
       Garofolo sonrió:
       —No a mí.
       Garofolo pensaba que en la cocina de Amelio debía de haber quedado alguna huella de perfume. Quién sabe si al regresar sus padres, Amelio se había trasladado con Natalina al sillón del dormitorio. Total, se comportaban como marido y mujer y Amelio no era de los que tenían vergüenza.
       Amelio con Natalina había mandado siempre. Bastaba pensar en cómo la dejaba a la puerta cuando entraba a comprar cigarrillos y, cuando salía, ella corría a cogerle del brazo. Y por la calle, si se encontraba con alguien, Amelio se paraba a hablar como si estuviera solo. Una noche, Masino y Garofolo habían querido sacarla a bailar y, a la mitad de la pieza que bailaba con Masino, Natalina había dicho «perdón» y había escapado hacia el vestíbulo, donde la esperaba Amelio. No había momento en que no se les encontrase por ahí, y los domingos salían en moto.
       Garofolo trató varias veces de convencer a su padre de que cogiera a Amelio para el estanco, pero el padre ni siquiera le escuchaba y fue su madre la que, de una vez para siempre, le dijo con claridad que no hiciera tonterías. En realidad, ni él mismo lo pensaba de veras. «Ni siquiera puede bajar las escaleras.» Y, sin embargo, Garofolo pensaba que si la desgracia hubiera ocurrido en su familia, o si los viejos de Amelio hubieran tenido un estanco, algo se habría hecho.
       Pero las desgracias nunca vienen solas. ¿Qué vida debía de darles a Amelio y a su chica aquella vieja que ahora se peleaba con todos? Garofolo no volvió al día siguiente a ver a Amelio, en parte para no involucrarse demasiado y en parte porque no sabía si la vieja había salido.
       Regresó una tarde, cuando el perfume se había desvanecido del todo: la cocina olía a pies y a húmedo. Había poca luz —fuera lloviznaba— y a Amelio ese día no lo habían levantado: la puerta estaba abierta.
       Amelio tenía barba de muchos días y lo primero que pidió fue tabaco. Estaba apoyado en la pared fría, sentado bajo las mantas.
       —¿Cuándo os cambiáis de casa?
       Se sabía que hasta la primavera no se mudarían, era solo por preguntar.
       Amelio fumaba con los ojos cerrados.
       —Anoche se pegaron en el cine —dijo Garofolo—. Había uno que ponía una mano sobre el agujero y hacía sombras. Silbaron, luego se oyó gritar a una mujer y la sacaron fuera unos soldados, parecía muerta. Tenía una media arrancada, pero cuando volvió en sí se vio que era jorobada. Jorobada como una bruja. ¡Qué gente, meterse con una jorobada!
       —A oscuras —dijo Amelio—, todas van bien.
       —¿No te levantas? —preguntó Garofolo.
       —¿Y cómo? —respondió Amelio, y abrió los ojos—. Hace falta alguien con práctica para llevarme. Total, da lo mismo.
       —¿Dónde te ponen?
       —Ahí en el sillón.
       —¿Y tu padre?
       —Va tirando como puede. Los últimos cuartos se los han birlado para hacerme una cura eléctrica. No soy una dinamo.
       —¿Qué cura haces ahora?
       Amelio se encogió de hombros. Garofolo le preguntó si quería jugar a las cartas. Sacó el mazo del bolsillo —estaban ya húmedas— y se sentó con cautela en el sofá. Mientras repartía sobre la manta una brisca, dijo jovial:
       —Tendríamos que ser cuatro. —Y luego, dejando el mazo—: ¿Qué tal Natalina?
       Amelio miraba sus cartas y no contestó. Empezaron a jugar en silencio. Las manos huesudas y la cara chupada de Amelio parecían absortas. Garofolo ganaba, pero sin dinero no tenía gracia. Acabada la mano, nadie contó los puntos y lo dejaron. Unas cartas resbalaron hasta el suelo.
       Los ojos de Amelio brillaron como si tuviera fiebre. De pronto retorció los labios y lanzó un suspiro contenido.
       —Estoy harto de estar aquí dentro —lloriqueó quedo.
       A Garofolo le pareció oír a un niño. Agachándose a recoger las cartas balbució:
       —Piensa en recobrar las fuerzas, estás pálido. Cuando haga buen tiempo saldremos.
       —Mientras esté aquí dentro como una planta en el sótano, tendré esta cara. Fuerzas ya tengo. Mejor estaría si no las tuviera.
       —¿Por qué no abres nunca? —preguntó Garofolo.
       —Luego se hiela uno, ¿y quién cierra?
       —Está tu madre.
       Garofolo, apoyado en la pared, sonrió.
       —Esa solo tiene miedo de que alguien me traiga de beber. Olfatea hasta el aire. Guarda la botella bajo llave.
       —¿Quieres que te traiga yo? —preguntó Garofolo.
       Amelio se encogió de hombros.
       —Prefiero tabaco. Tabaco. Y luego, si hay, una copa.
       —Sí, pero debes cuidarte —contestó Garofolo levantándose—. Cualquier exceso te puede hacer daño. —Hablaba con los ojos en otra parte.
       —¿Te vas? —dijo Amelio.
       —Me voy antes de que vuelva la vieja.
       Le puso las tres cajetillas sobre la almohada.
       Amelio lo dejó llegar a la puerta, luego llamó:
       —¿No quieres verme las piernas?
       Garofolo se volvió y lo vio tendido en la cama, con las sábanas hasta los pies y la camisa sobre el vientre. Tuvo que acercarse. Las piernas huesudas y fuertes eran dignas de Amelio. Solo los muslos, al enflaquecer, se habían arqueado y vuelto de un blanco sucio bajo el vello. Amelio se torció para señalarlas con la mano.
       —Parecen sanas, ¿no? —dijo.


III

       Al volver a casa, Garofolo se paraba en la acera. No entendía por qué Amelio le había enseñado las piernas. En su recuerdo imaginaba, en cambio, blanco y macizo el cuerpo de Natalina.
       Al recordarlas, las piernas de Amelio le daban grima, no por la parálisis, sino porque volvía a ver hacia lo alto de los muslos la pelusilla tupirse en una selva rojiza.
       —Tendríamos que andar desnudos, para acostumbrarnos.
       Era raro que un hombre le hiciera más efecto que las mujeres. Pero se tranquilizó, advirtiendo que en realidad pensaba en Natalina.
       Al día siguiente en la tienda cada vez que entraba alguien, alzaba la vista. ¿Volvería? No se puede mandar en los pensamientos.
       Entró, en cambio, el padre de Amelio, con los ojos rojos, y le pidió un toscano. Entonces Garofolo recordó que era domingo.
       —¿Está bien Amelio? —preguntó afable.
       El viejo lo miró de abajo arriba, le tembló el bigote, y contestó como no había contestado nunca:
       —Tendría que reventar. —Luego se limpió la boca.
       Garofolo cayó de las nubes. Pero el viejo no había terminado.
       —Podía haber reventado en la fábrica y ganarse el subsidio de accidentes, y no hacer aquel vuelo de estúpido... ¿Quién le mandó pasar de noventa?... Tienen veinte años y se creen... No piensan en quien tiene sesenta...
       Estaba borracho y se marchó. Garofolo sabía que su madre había estado escuchando en la trastienda, dejando por un momento, satisfecha, de pelar patatas. No se atrevió a volverse.
       A Natalina la volvió a ver porque fue por su barrio a buscarla. Cuando divisó en la acera su estrecha falda, se adelantó mirándola fijamente, la recorrió con los ojos y le hizo un guiño. Le bastaba haberla mirado pensando en el secreto común. Natalina, sonriente, hizo ademán de detenerse.
       Recordándola del brazo de Amelio, Garofolo no se asombró. Se apoyó en el muro y le preguntó por qué no volvía por el estanco.
       Natalina lo miró divertida y le contestó que no tenía necesidad de nada. Garofolo cambió de conversación, para no ser pesado. Le preguntó cómo es que pasaba sola el domingo. Natalina se enfurruñó como una cría, luego, reanudando su camino, dijo:
       —No puedo fiarme de nadie; conmigo son todos unos descarados...
       —¿También yo? —preguntó Garofolo, resguardándose la mejilla.
       Natalina sonrió.
       —Oh, nosotros nos conocemos.
       Por la tarde fueron al cine, a platea, y Garofolo se avergonzaba de haberla buscado para mirarle las piernas. Natalina tenía una manera tan juiciosa de hablar que Garofolo se pasmaba al acordarse de las miradas impertinentes que, aferrada al brazo de Amelio, había lanzado en el pasado a los transeúntes que se fijaban en ella. No se atrevió a hablarle de eso, pero comprendió que todo venía del accidente. Pensaba que, haciéndole compañía de ese modo, la vigilaba para Amelio y le hacía un favor. No obstante, al día siguiente, cuando subió a verlo, no se atrevió a decirle nada porque estaba la madre en la cocina y ni siquiera pudo darle la botella que llevaba en el bolsillo del abrigo. Fumaron un cigarrillo, y se marchó.
       Natalina tenía necesidad de ser vigilada.
       —¡Muy bonito, muy bonito! —le dijo Masino un día que los encontró del brazo, y le echó una mirada que no le gustó nada. Natalina sonrió.
       Garofolo se acostumbró pronto al brazo cálido de Natalina y a las frases mesuradas que intercambiaban bromeando. Hablaban del tiempo pasado, cuando Natalina era toda de Amelio, hablaban de ello como de una cosa divertida y muy lejana. Después había venido la desgracia. La primera vez que Garofolo aludió a la presente situación de Amelio, Natalina le apretó la mano, contrajo el rostro y le dijo:
       —Siempre pienso en eso. No hablemos.
       Garofolo captó un relámpago en su mirada, que no era juiciosa, y comprendió que él no contaba para nada. Pero Natalina se apretó contra él y le dijo:
       —¡Estamos juntos!
       Cogieron así la costumbre de darse achuchones a veces mientras caminaban, siempre que no hubiera nadie.
       Entretanto pasaban los días, ahora nevaba o había niebla, y se estaba bien en el cine. Garofolo encontró uno en el quinto pino, que a Natalina le gustó.
       Natalina sentía remordimientos por la pobre chica a quien le robaba el acompañante; Garofolo negaba riendo.
       Garofolo no tenía remordimientos. Estaba contento de salir con una chica como Natalina, que lo entendía todo al vuelo y le daba confianzas. Natalina era lista, y que era también experta se veía por la mueca que hacía cada vez que en la conversación salía aquel quinto pino. Garofolo envidiaba a Amelio, era natural: el olor y los gestos de Natalina le quemaban la sangre; pero, además, no se debe buscar a las mujeres solo porque debajo de la ropa están desnudas.
       —Tendríamos que dejarnos ver menos —decía Natalina—, encontrarnos solo en el café. La gente sabe que eres amigo de Amelio y enseguida piensa mal.
       También esto era justo. Decidieron no decirle a Amelio que se veían, porque, siempre solo y clavado a la cama, podía armar algún lío.


IV

       —Ayer vi a Amelio y jugamos a las cartas —le dijo una tarde—. Le llevé de beber. Es extraordinario. Ni siquiera bebido ha hablado de ti.
       —¿Y por qué iba a hablar? —dijo Natalina mosqueándose.
       Garofolo no supo qué contestar.
       —Todos los chicos tenéis ese vicio —continuó Natalina—, hablar, hablar. ¿Qué necesidad hay?
       —Pero... decía que Amelio no ha hablado.
       —Eso significa que tiene la cabeza en su sitio. Haz tú lo mismo.
       Con frecuencia Garofolo pensaba en cómo habrían ido las cosas si él hubiese estado en el lugar de Amelio y Amelio en el suyo. Y comprendía que era estúpido pensar en eso, porque en su lugar Amelio habría tenido a Natalina y no habría ocurrido nada. Pero él al menos, como vivía en un bajo, habría podido salir.
       Amelio, en cambio, todavía no salía. Subió a verlo una mañana que había salido un poco de sol. Mientras esperaba en la avenida a que bajase la madre, maquinaba preguntarle a Amelio si Natalina tenía prontos tan irracionales también con él. Pobrecillo, sería una catástrofe, se dijo, y mientras tanto la vieja, tras echar un torvo vistazo alrededor, salió del portal.
       Encontró a Amelio en la sórdida cocina arropado en una capa sorbiendo un tazón de leche. Se saludaron con un gesto.
       En cuanto bebió la leche, Amelio mordisqueó un poco de pan empapado en un plato de sopa fría. Masticó despacio, dejó el plato en la mesa y se abandonó en el sofá.
       —¿Has visto a alguien?
       Amelio se encogió de hombros y, girando sobre la cintura, alargó una mano desde las mantas.
       —Dame el orinal.
       Cogió el orinal entre los dedos huesudos y se lo metió bajo las sábanas. Garofolo fue a mirar por la ventana luminosa y volvió cuando Amelio, levantando las mantas, le tendió con cautela el recipiente.
       —Vacíalo en el fregadero —dijo Amelio.
       »¿Quién quieres que venga a verme? —preguntó, cuando hubo encendido el cigarrillo.
       —¿A Natalina la recibes aquí? —preguntó Garofolo.
       —¿Qué haces con Natalina?
       Garofolo alzó la mirada.
       —La he acompañado una vez al cine... Se queja de que está sola. ¿A ti quién te lo ha dicho?
       Amelio sonrió.
       —Natalina no está sola ni que la ates. Ojo con el estanco.
       Mientras Garofolo, de pie, apretujaba el cigarrillo, Amelio miraba tranquilo las mantas. El fregadero goteaba rítmicamente en un rincón.
       —Oye, Garofolo —dijo de repente Amelio—, hace tres meses que no salgo de casa. Mi padre no es capaz y para mi madre es pecado. Te toca a ti. Si no me encuentras una mujer, estoy perdido. No me traigas más bebida, y con ese dinero alquílame una. La traes aquí, cuando no haya nadie. —La sonrisa idiota de Garofolo le hizo alzar la voz—: Y dile que soy un lisiado, que no me venga luego con cuentos. Cógela flaca porque si no me aplasta. ¿Entendido?
       Garofolo tenía una pregunta en la punta de la lengua, pero no la hizo.
       Apretujó otro poco el cigarrillo, tiró la colilla y dijo con calma:
       —¿Cualquier mujer?
       —Que no sea demasiado gorda, pero tampoco un fideo.
       —Según como la encuentre. ¿A qué hora?
       —Mañana por la mañana a estas horas.
       —Si es que la he encontrado. ¿Voy ahora mismo?
       —Lárgate.
       Natalina lo vio en el portal al mediodía y dejó a toda prisa a sus colegas, que reían, y corrió a su lado.
       Cuando doblaron la esquina, Garofolo empezó:
       —¿Es cierto que hace tres meses que no vas a ver a Amelio?
       Natalina se detuvo, le apretó la muñeca y dijo bajito:
       —¿Quisieras que fuera?
       Como era sábado no había prisa. Caminando por las callejas desiertas, Natalina se lo contó todo, sin reprocharle que hubiera hablado con Amelio.
       —Lo quise mucho antes, y tú lo sabes —dijo Natalina mirando al frente—. Te lo he dicho sinceramente. Al hospital iba siempre a verlo, aunque si estaba allí la culpa era suya. Pero después —Natalina torció la boca—, después no pude resistir más. Es como si tuviera las piernas de piedra. ¿Tú querrías a una mujer con las piernas de piedra? Sueño con ellas de noche y me dan asco.
       —Pero es un hombre como cualquier otro —dijo Garofolo por decir.
       —¿Qué importa eso? —Y Natalina lo miró con reproche—. Una chica no busca solo eso. Y se lo he dicho.
       —¿Se lo has dicho?
       —Sí.
       Pasearon hasta la una y Natalina, sonriendo, se quitaba de la cintura la mano de Garofolo, que, pensando en la mujer que tenía que llevarle a Amelio, ya no se frenaba. Quedaron en que después de la cena ella pasaría por el estanco a recogerlo. Luego se dieron un beso en un portal donde entraba una franja de sol.
       Natalina no lo había dicho, pero Garofolo al volver a casa sospechaba que Amelio incluso la había maltratado.
       No obstante, salió por la tarde a aquel encargo. Experimentaba una sensación de irresponsable hastío al poner los pies en aquella casa, ahora que sabía que con Natalina era cuestión de tiempo y que a lo mejor se casaría con ella. Ligeramente jadeante pidió hablar con la dueña.
       De pie, en la puerta de una salita, la dueña lo escuchó sin pestañear.
       —Por la mañana, ¿a qué hora? —dijo.
       Garofolo vio confusamente algo desnudo en un espejo lateral.
       —Con ustedes, las cosas claras desde el principio. Son por lo menos cien liras...
       —Cien liras...
       Por la tarde Garofolo pensaba aún en ello y llegó a la conclusión de buscar una de las de la calle que, también en el futuro, estuviera al alcance de los medios de Amelio. Pero hasta la noche no era posible.
       Garofolo hizo tiempo sirviendo en el mostrador, un poco distraído, porque ahora pensaba con demasiado gusto en las piernas de Natalina. En el peor de los casos, con una chica como aquella valía la pena casarse. De no ser por aquella voltereta, Amelio seguramente se habría casado con ella.
       Se encontraron después de la cena y fueron de paseo. Esta vez Natalina ya no trataba de esconderse, y Garofolo tuvo incluso que maniobrar para meterse por un callejón oscuro.
       —Bobo —decía Natalina—, tenemos tiempo.
       Se besaron y se abrazaron. Luego fueron a bailar y Garofolo consiguió que bailase solo con él. Bailando, Natalina lo miraba, y estaban tan pegados como un solo cuerpo.
       La dejó en su portal cuando ya había luna. Al besarla Garofolo le dijo:
       —Me caso contigo y así Amelio no podrá decir nada.
       —¿Qué quieres que diga? —susurró Natalina mirándolo a los ojos.
       Luego Garofolo cruzó la ciudad hasta una avenida del centro, donde una vez lo habían parado una vieja y una joven que discutían. Hacía frío, y se detuvo muerto de cansancio al no ver a nadie: ¿quizá la claridad de la luna las echaba de allí? Entró por una calleja lateral y en el primer portal oyó una invitación.
       En la sombra Garofolo contempló un rostro descolorido que era todo ojos y boca. La mujer escuchó impaciente cogiéndole el brazo.
       —¿Y tú no me quieres? —dijo con voz bronca.
       Garofolo negó con la cabeza.
       —¿No tendrás enfermedades?
       —¡Pruébame, anda!
       Se citaron a las once del día siguiente. Sin soltarle el brazo, la mujer quiso un cigarrillo; Garofolo se lo encendió y, contento de no haber bromeado siquiera, se marchó pensando en Natalina.





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