Cesare Pavese
(1908-1950)


Gafe
(“Iettatura”, 1936)
Tutti i racconti (2002)



      Un día oí decir a la cajera:
       —Ahí lo tienes, parece un enfermo. ¡Qué odioso es!
       Y me volví muy sorprendido. Hablaban de mi compañero, que asomaba lentamente por la escalera con una brazada de libros. En el momento en que me volví solo emergía del suelo su cabeza calva; luego aparecieron los hombros encorvados, el largo guardapolvo gris, y Berto vino a dejar los libros que llevaba en rimero contra el pecho en el mostrador. Había en su cara una inmóvil tensión de angustia, como la de quien se esfuerza por no llorar, y sus ojos parecían extrañamente hundidos bajo los párpados, brillantes como el agua de un pozo.
       —Y eso que no está casado —susurró el primer dependiente a la cajera, que tenía aún la boca encrespada por la mueca.
       Me miró a mí, que los escuchaba, y me hizo un gesto. Acerqué la cabeza a sus cabezas inclinadas y me trajo a la memoria ciertas tardes cuando uno sale de la tienda a la tibieza primaveral. Nunca había estado tan cerca de aquella mujer, inalcanzable para mí, un simple mozo.
       —Gigi nos está oyendo —dijo sonriendo.
       —¿Tiene siempre esa cara en el almacén? —me preguntó el dependiente, sombrío.
       —Pero, señor, todos tenemos una cara —respondí.
       —Eres un muchacho despierto —prosiguió—. ¿No te dice qué le pasa, no se queja contigo? No hay derecho a mirar a la gente de ese modo sin un motivo.
       —Yo un buen día reclamo —dijo la cajera.
       —Si la tienda se hubiera incendiado o despidieran a alguien, diría que es gafe; pero no soy supersticioso —soltó el otro, preocupado—. ¿Tú qué dices, Gigi?
       —A mí cuando pasa por delante me da repelús —silbó la cajera—. Temo que haya salido de la cárcel.
       —Edad tiene: unos cuarenta años.
       Yo nunca había tenido tales sospechas. Era entonces muy joven y poco propenso a estudiar las caras ajenas; y mucho menos la del silencioso Berto. Lo veía muy poco, porque yo andaba todo el día en bicicleta entregando pedidos. Las raras horas que pasaba en el almacén deshaciendo paquetes o buscando volúmenes para los dependientes, casi siempre veía a Berto de espaldas, vuelto hacia las estanterías, buscando con la cabeza inclinada a un lado. O bien cruzaba con pasos rápidos, como una sombra, mirándome sin decir nada. Si le gritaba algo, se daba la vuelta sobresaltado y me servía enseguida. Alguien avejentado, me parecía, quizá impotente. Una vez que regresé empapado de lluvia me lanzó una media sonrisa, estirando la cara y guiñando aquellos ojos distantes.
       De veras parecía un enfermo, como decía la cajera. Pero un enfermo de fotografía, con expresión inmóvil y grabada indeleblemente encima. Hasta el amarillento malsano de las fotos viejas se vislumbraba a su alrededor, en la cansada reverberación de las bombillas baratas. Pero él ni siquiera se quejó nunca de esa tacañería del dueño, que hacía que nos doliera la frente al leer estanterías arriba, salvo con la muda desnudez de aquellos ojos, siempre a punto de llenarse de lágrimas. Una vez que me estaba desojando para encontrar un libro en un rincón, maldije aquel tinglado y encendí una cerilla. Berto vino corriendo y la apagó. Luego dijo, lleno de indignación, que había peligro de incendio.
       Era la tarde en que me había enterado del disgusto de los dependientes. Miré a Berto y lo encontré repelente. Aquella cabeza pelada; la boca caída, enderezada a fuerza de muecas; y la piel toda arrugada, contraída, como por una fiebre congelada en los huesos o en el alma, me irritaron.
       —¿Te duele la barriga, o qué? —le voceé enderezándome.
       Berto me repitió con su voz apagada que no se podía encender, que él fumaría de buena gana en el almacén, pero que el dueño se lo había dicho muy clarito y tenía toda la razón. Se me escapó una risita y le expliqué que me refería de veras a una enfermedad: cólicos, gastritis, intestinos.
       —¿O tienes purgaciones, tal vez? —concluí.
       —Las tuve a tu edad —dijo Berto, vacilando—. Feo percance. Pero me curé bien.
       —Y ahora, ¿qué te duele?
       —¿Ahora? —El estupor, superponiéndose a la tensión habitual, le blanqueó aún más la cara. Movió los ojos—. No tengo nada. ¿Por qué? ¿Estoy mal?
       Era sincero, con toda seguridad.
       —Pareces un muerto, eso es lo que tienes. ¿Te pegan en tu casa?
       La animación de Berto se desvaneció.
       —Muchacho —dijo luego hablando bajito—, yo vivo solo. Hace mucho tiempo que nadie me pega. Habré cogido frío; soy viejo, por eso tengo mala cara.
       Aquel modo serio y estupefacto de recibir las preguntas me impidió continuar. Era como andar por la arena: mucha fatiga y poco camino. Pero no había mentido, no. Y, por lo demás, si se estudiaba un poco, en su rostro no se descubrían indicios de enfermedad. Habría sido preciso un dolor lancinante, continuo, para contraerle la boca de aquel modo y hundirle los ojos tan a fondo. Y, además, ¿qué enfermo no aprovecha ávidamente una ocasión de quejarse? Lo de Berto era más bien desolación, como la que aparece en la cara de un niño mimado a punto de llorar. También yo empezaba a sentirme malo en su presencia. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
       Al día siguiente, al subir a buscar un paquete, aproveché un momento en que dos clientas pelmas preguntaron por el dueño para no sé qué lío, y me acerqué al primer dependiente que las miraba lívido y correcto.
       —Parece que no está enfermo —le murmuré, orgulloso de la confidencia.
       —¿Qué? ¿Quién? —me acosó él.
       —Berto —dije intimidado.
       —¡Al diablo! La culpa de que no salgan los pedidos es de ustedes. Al mirarles a la cara, uno se olvida de los libros. ¿Qué hacen siempre ahí abajo?
       Me escabullí como pude. La cajera, en cambio, a mediodía, me llamó muy amable en el pasillo y, poniéndose el sombrero, me dijo que si no podría subir los libros yo solo.
       —Tú, Gigi, eres más rápido; y además en la tienda hacen falta personas de buena presencia. ¿Cómo se puede soportar a ese viejo imbécil? —Y agregó, agitándose toda—: Lo veo incluso de noche, a oscuras, como un fantasma.
       Le respondí que yo encantado de servir los libros, pero que cuando andaba de recados tenía que hacerlo Berto. La guapa Luisa se marchó sonriendo.
       Durante varios días, después de la tarde de la cerilla, no vi mucho a mi colega. Ahora nos despedíamos a la salida, y a menudo notaba aquellos ojos sobre mí y, al encontrarlos, recibía una penosa sonrisa. Esa mueca suya me alarmaba y me provocaba un malestar casi físico. Subyacía siempre aquella angustia cobarde, aquella despiadada soledad de los ojos. ¿Cómo se colorearía el mundo a través de aquellos ojos?
       Una tarde salimos juntos; ya era de noche y yo, exaltado por una brisa que traía olor a nieve, invité a Berto a sentarnos y tomar un trago en una taberna. Recuerdo que al doblar la esquina Berto alzó la cabeza hacia el gran edificio de la Central, que al anochecer ensartaba hasta el cielo innumerables ventanas iluminadas, y dijo deteniéndose:
       —Cuánta gente trabajando. Esos estarán toda la noche.
       —¿Y tú qué haces por la noche?
       —Me meto en la cama a leer. No tengo otras satisfacciones.
       Ya sabía qué leía. Casi todas las tardes, me había dado cuenta unos días antes, al salir se metía en el bolsillo interior del gabán algún libro, que reponía con furtiva delicadeza a la mañana siguiente. Unas veces era un manual de historia, con más frecuencia una novela. Por lo demás, yo sospechaba que la cajera hacía lo mismo. En la taberna bebí un cuartillo y Berto tomó café. Eso me calentó un poco la sangre y olvidé el malestar de su presencia. Le expuse mis proyectos, mi aspiración a convertirme en primer dependiente, y confesé que, mientras, me contentaría con llevar a la cajera a la colina.
       Berto escuchaba con su habitual mueca de sufrimiento.
       —Eres joven —me dijo—. Tienes mucho tiempo; hasta puedes convertirte en propietario. Olvídate de la cajera: por bien que te salga, una mujer no puede darte más que hijos. Tienes mucho tiempo por delante. Ahora piensa en ganar dinero.
       —Y a ti, ¿qué te han hecho las mujeres? —le pregunté.
       Apretando los ojos como si quisiera sonreír, Berto respondió gravemente:
       —Nada. —Luego repitió—: Nada. Y ojalá te ocurra lo mismo, Gigi. A muchos les hacen daño. Piensa que solo hay una mujer apropiada para cada hombre, y no siempre se la encuentra.
       —¿Solo una? —dije preocupado.
       —Pero somos injustos —continuó Berto—. A las mujeres les pasa lo mismo. ¿Qué les damos nosotros a las mujeres? Muchos las maltratan.
       —Yo no —repliqué.
       En resumen, aquella tarde la figura de Berto se me veló de niebla, y al dejarlo hasta le di la mano. Pero ya por la noche, dormitando, experimentaba una vaga aprensión por haberme mostrado tan abierto ante aquellos ojos muertos. Al amanecer recordé con un estremecimiento que su mueca angustiosa la había visto en mi propia cara, reflejada en un escaparate, una vez que de niño mi padre me echó de casa chillando y dando patadas. Luego había encontrado trabajo y había vuelto a casa, pero todavía recordaba temblando tamaña aventura. Los pensamientos que había tenido entonces —el más alegre había sido tirarme al río— volvieron a mi mente. Ahora bien, Berto tenía justamente la cara de quien se ha tirado. Y aún lo lamenta. Siempre, de la mañana a la noche.
       Al día siguiente había nuevas remesas que subir a la tienda y los dos íbamos y veníamos con grandes brazadas de libros, vigilados por el primer dependiente. Durante toda la mañana este anduvo con los nervios de punta y a Berto en especial no le dejaba pasar ni una. Yo me escurría en silencio y noté que, a la primera aparición del pobrecillo, un dependiente próximo a la caja se rebuscó en el bolsillo de los pantalones con vigor y le dijo algo a la guapa Luisa. Esta soltó una risita y luego le echó una ojeada resentida a Berto, que se tambaleaba bajo su carga. El dueño asomaba la cabeza de vez en cuando por su cubículo y volvía a meterse en él satisfecho.
       A eso del mediodía hubo un momento de respiro, y el primer dependiente me llamó para encargarme unos mandados.
       —Berto es un buen hombre, ¿sabe? Debe de haberlo dejado plantado su mujer —dije con desenvoltura.
       El otro me miró fijamente.
       —Que lo haya plantado quien quiera, pero trata mal los libros.
       —¡Cómo! Si los lee nuevecitos, sin hacerles un doblez... —dije.
       —¿Cuándo lee?
       Me mordí la lengua.
       —No sé..., en el almacén, un vistazo, en los ratos libres. También yo leo algo.
       —¿Qué? ¿Es que los dependientes leemos durante la venta? ¡Ah! ¡Por eso no subís cuando se os llama! Que sea la última vez.
       —No, hombre, no es eso. Berto no pierde el tiempo. Y yo habré leído tres páginas en dos meses. Solamente me ha dicho que le gusta la lectura.
       —Pero no compra libros —concluyó, sombrío.
       Pasé toda esa tarde por la ciudad repartiendo paquetes. Saltaba a la bicicleta y a correr. Era un trabajo sin futuro, como el de mozo de carnicero, y a veces humillante, pero hoy quisiera volver a aquellas escapadas a tumba abierta por las calles más dispares, siempre alegre e irresponsable. A veces llegaba a avenidas lejanas, tranquilas, donde no había estado nunca, y hacía tales sprints por el asfalto que no me parecía que aquello fuera trabajar. Luego regresaba despreocupado, serpenteando a paso de hombre, y miraba a las chicas y terminaba el pitillo. Me pagaban por aquello.
       Por la tarde regresé cuando ya había oscurecido. Había lucido un poco el sol en la ciénaga helada de las calles, y casi no sentía los dedos en el manillar. Entré en la tienda cuando la estaban cerrando.
       Encontré al primer dependiente, muy seco, paseando con aire ofendido por delante de la caja, donde la guapa Luisa se dedicaba a examinarse las uñas. Del cubículo de dirección llegó una voz colérica:
       —¿Sabe que lo suyo es casi un robo?
       Crucé miradas con los otros dos dependientes, quienes me hicieron con las manos el gesto de quien se va. Creí que lo decían por mí y me flojearon las piernas. Eché otro vistazo alrededor y nadie se movía. Entonces crucé toda la sala, levantando la bici sobre el parquet, y bajé al almacén. La luz estaba ya apagada.
       Me quedé a oscuras, indeciso, hasta que ya en el último peldaño oí cómo la voz histérica gritaba:
       —¡Váyase, le digo! Y deje de mirar de ese modo.




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