Cesare Pavese
(1908-1950)


La playa
(La spiaggia, 1958)


I

      Desde hacía tiempo había quedado con mi amigo Doro en que iría a pasar una temporada con él. Quería mucho a Doro y cuando, al casarse, se fue a vivir a Génova, lo sentí de veras. Cuando le escribí para decirle que no podía ir a la boda, recibí una respuesta seca y arrogante en la que me explicaba que si el dinero no sirve ni para establecerse en la ciudad que gusta a la mujer, no se comprende para qué puede servir. Luego, un buen día, de paso por Génova, me presenté en su casa e hicimos las paces. Me cayó muy simpática la mujer, una granujilla que me dijo graciosamente que la llamase Clelia y nos dejó solos todo el tiempo oportuno y cuando a la noche reapareció para salir con nosotros, se había convertido en una encantadora señora a quien, de haber sido yo otro, habría besado la mano.
       Durante aquel año pasé varias veces por Génova, y siempre iba a verles. Casi nunca estaban solos, y Doro, con su desenvoltura, parecía haberse adaptado a las mil maravillas al ambiente de su mujer. O más bien debería decir que era el ambiente de la mujer el que había reconocido en él a su hombre, y Doro les dejaba hacer, despreocupado y enamorado. De cuando en cuando tomaban el tren él y Clelia, y hacían un viaje, una especie de viaje de novios intermitente, que duró casi un año. Pero tenían el buen gusto de aludir apenas a ello. Yo, que conocía a Doro, estaba satisfecho de este silencio, pero también envidioso: Doro es una de esas personas a las que la felicidad vuelve taciturnas, y viéndole ahora siempre tranquilo y entregado a Clelia, comprendía cuánto debía gozar en la nueva vida. En realidad fue Clelia quien, cuando tuvo un poco más de confianza, me dijo, un día en que Doro nos había dejado solos:
       —Oh, sí, está contento —y me clavó la mirada con una sonrisa furtiva e irrefrenable.
       Tenían una villeta en la Riviera y a menudo el viaje consistía en ir allí. Era la villa en la que yo debía pasar una temporada. Pero aquel primer verano el trabajo me llevó a otra parte y además debo decir que sentía una especie de vergüenza ante la idea de entrometerme en su intimidad. Por otra parte, verles como siempre les veía en su ámbito genovés, pasar jadeante de cháchara en cháchara, soportar la serie de sus veladas que me dejaban indiferente, y hacer, en resumidas cuentas, todo un viaje para cruzar una mirada con Doro y dos palabras con Clelia, no valía demasiado la pena. Empecé a espaciar mis escapadas y me convertí en un escritor de cartas, tarjetas de felicitación y algún chisme de vez en cuando, que sustituían lo mejor posible a mi antiguo trato con Doro. A veces era Clelia quien me contestaba, una caligrafía apresurada y suelta, y amables noticias elegidas con inteligencia entre el cambiante cúmulo de los pensamientos y los hechos de otra vida y de otro mundo. Pero tenía la sensación de que era precisamente Doro quien, indolente, dejaba a Clelia esa carga, y me supo mal, y sin sentir ni siquiera el escozor de los celos, me alejé aún más. En el espacio de un año escribí quizá otras tres veces, hasta que un invierno recibí una fugaz visita de Doro que en todo un día no me dejó ni un momento y me habló de sus asuntos —venía para esto— pero también de viejas experiencias que nos interesaban a los dos. Me pareció más expansivo que antes, lo cual, después de tanto tiempo de estar separados, era lógico. Me invitó de nuevo a pasar unas vacaciones con ellos en su villa. Le dije que aceptaba con la condición de vivir por mi cuenta en un hotel y de vernos sólo cuando tuviésemos ganas. —Está bien —dijo Doro, riendo—. Como quieras. No queremos comerte—. Luego, durante casi otro año no tuve noticias y, llegada la temporada de baños, me encontré casualmente libre y sin un plan concreto. Tuve que escribir yo, esta vez, para preguntar si estaban dispuestos a recibirme. Me contestó un telegrama de Doro: «No te muevas. Voy yo.»



II

      Cuando me lo vi delante, bronceado y con aire veraniego, casi no le reconocí, y mi ansiedad se transformó en despecho. —No es éste el modo de comportarse —le dije. Él se reía. —¿Has reñido con Clelia? —¡Qué va!
       —Tengo trabajo —decía—. Acompáñame.
       Estuvimos paseando toda la mañana, hablando incluso de política. Doro decía cosas extrañas y varias veces le rogué que bajara la voz: tenía un ceño agresivo y sardónico como desde hacía tiempo no le había visto. Intenté preguntarle por sus cosas, con la intención de volver sobre Clelia, pero él se echó a reír de pronto y dijo: —Cambiemos de tema. Supongo que nos tiene sin cuidado, ¿no?—. Entonces seguimos caminando en silencio otro poco, hasta que empecé a tener hambre y le pregunté si quería tomar algo.
       —Más vale que nos sentemos. ¿Tienes algo que hacer?
       —Tenía que ir a veros.
       —Entonces, puedes hacerme compañía.
       Y se sentó él primero. Bajo el cutis bronceado, volvía a veces en torno sus blancos ojos, inquietos como los de un perro. Ahora que estaba frente a mí me daba cuenta, como también de que si parecía sardónico era sobre todo por el contraste de los dientes con la cara. Pero él no me dio tiempo para comentarlo y dijo enseguida:
       —Cuánto tiempo que no estábamos juntos.
       Quise ver hasta dónde llegaba. Estaba molesto. Encendí la pipa para darle a entender que tenía al tiempo de mi parte. Doro sacó sus cigarrillos con boquilla dorada, encendió uno y me sopló la bocanada, a la cara. Callé, esperando.
       Pero sólo al anochecer se desató. A mediodía comimos juntos en un fondín, empapados de sudor; luego volvimos a pasear y él entró en varias tiendas para darme a entender que tenía que hacer encargos. Al anochecer tomamos el viejo camino de la colina que tantas veces en el pasado habíamos recorrido juntos, y acabamos en un local entre casa de citas y figón que de estudiantes nos había parecido el non plus ultra del vicio. Dimos el paseo bajo una fresca luna de verano que nos repuso un poco del bochorno del día.
       —¿Están en el campo esos parientes tuyos? —pregunté a Doro.
       —Sí, pero tampoco pienso ir a verles. Quiero estar solo.
       Esto, en Doro, era un cumplido. Decidí hacer las paces con él.
       —Perdona —le dije quedo—. ¿Podré ir a la costa?
       —Cuando quieras —dijo Doro—. Pero antes acompáñame. Quiero hacer una escapada a mi tierra.
       De esto hablamos mientras cenábamos. Nos servía, escuálida y mal pintada, una hija del dueño, quizás la misma que en el pasado nos había atraído tantas veces allí arriba, pero vi que Doro no prestaba ninguna atención ni a ella ni a las otras hermanas más jóvenes que aparecían de cuando en cuando para servir a algunas parejas en los rincones. Doro bebía, eso sí, muy a gusto, y me incitaba a beber a mí y se excitaba hablando de sus colinas.
       Hacía tiempo que pensaba en ellas; hacía —¿cuánto?— tres años que no las había vuelto a ver, quería tomarse unas vacaciones. Yo escuchaba, y sus palabras me excitaban también a mí. Muchos años antes de que él se casase habíamos recorrido, a pie y con la mochila, toda la comarca, nosotros solos, despreocupados y dispuestos a todo, entre las alquerías, bajo las fincas, a lo largo de los torrentes, durmiendo a veces en los heniles. Y las conversaciones que habíamos sostenido… sólo de pensarlo me ruborizaba o me estremecía casi incrédulo. Teníamos entonces esa edad en la que se escucha hablar al amigo como si hablásemos nosotros, cuando dos personas viven esa vida en común que aún hoy, yo que soy soltero, creo consiguen vivir algunos matrimonios.
       —¿Pero por qué no haces la excursión con Clelia? —dije sin malicia.
       —Clelia no puede, no tiene ganas —-balbució Doro, apartando el vaso—. Quiero hacerla contigo.
       —Esta frase la dijo con énfasis, frunciendo el ceño y riendo, como hacía en las discusiones acaloradas.
       —En fin, que hemos vuelto a la adolescencia —murmuré, pero quizás Doro no me oyó.
       Una cosa no pude poner en claro aquella noche: si Clelia estaba al corriente de la escapada. Por un no sé qué en la conducta de Doro tenía la sensación de que no. Pero, ¿cómo insistir en un tema que mi amigo evitaba con tanta obstinación? Aquella noche le hice dormir en mi sofá —tuvo un sueño bastante agitado— y yo pensaba por qué para comunicarme una cosa tan inocente como el proyecto de una excursión había esperado hasta la noche. Me irritaba pensar que quizás yo era únicamente la pantalla de una disputa con Clelia. Ya he dicho que de Doro siempre estuve celoso.
       Esta vez tomamos el tren —muy de mañana— y llegamos cuando aún no hacía calor. Al fondo de una campiña, donde los árboles parecían diminutos, tan vasta era, surgían las colinas de Doro: colinas oscuras, boscosas, que alargaban sus sombras matutinas sobre los cerros amarillos, salpicados de alquerías. Doro —me había propuesto no perderlo de vista— ahora se tomaba la excursión con mucha calma. Había conseguido hacerle decir que duraría a lo más tres días. Incluso le disuadí de llevarse la maleta.
       Descendíamos mirando a nuestro alrededor, y mientras Doro, que conocía a todo el mundo, entraba en el Hotel de la Estación, yo me detuve en la plaza solitaria, tan solitaria que miré el reloj imaginando si sería ya hora de comer. No eran todavía las nueve, y entonces estudié con atención el empedrado nuevo y las casas bajas, con persianas verdes y balcones floridos de glicinas y geranios. La casa que en tiempo había sido de Doro se encontraba fuera del pueblo, en el espolón de un valle abierto a la llanura. Habíamos pasado una noche, durante la famosa excursión, en un antiguo aposento con flores pintadas en la sobrepuerta, dejando por la mañana las camas sin hacer ni tomarnos otra molestia que la de cerrar la verja. El parque que la circundaba no tuve tiempo de recorrerlo. Doro había nacido en aquella quinta —los suyos vivían en ella todo el año y en ella murieron— y al casarse la había vendido. Sentía curiosidad por ver la expresión de su cara frente a aquella verja.
       Pero cuando salimos del hotel para pasear, Doro se dirigió a un lugar totalmente distinto. Atravesamos la vía férrea y descendimos a lo largo del curso del río. Era evidente que andaba buscando un sitio a la sombra como en la ciudad se va al café. —Creí que íbamos a la casa —refunfuñé—. ¿No hemos venido expresamente para eso?
       Doro se detuvo, mirándome de arriba abajo: —¿Qué te crees? ¿Que estoy volviendo a mis orígenes? Lo que importa lo llevo en la sangre y eso nadie me lo quita. Estoy aquí para beber un poco de mi vino y cantar una vez con quien yo sé. Echo una cana al aire y se acabó.
       Quería decirle: «No es verdad», pero me callé. Di una patada a una piedra y saqué la pipa. —Ya sabes que canto mal —murmuré. Doro se encogió de hombros.
       Mañana y tarde transcurrieron en tranquilo vagabundeo por las subidas y bajadas del cerro. Parecía como si Doro se dedicase adrede a pasar por senderuelos que no llevaban a ninguna parte, sino que morían en el bochorno junto a un arenal, contra un cercado, bajo una verja cerrada. Subimos también un trecho de la carretera que atravesaba el valle, hacia el atardecer, cuando el sol, bajo ya sobre la llanura, la envolvía en polvillo y las acacias empezaban a temblar en la brisa… Me sentí revivir y hasta Doro se volvió más locuaz. Habló de un campesino que en sus tiempos había sido famoso por echar de casa a sus hermanas —tenía varias— y recorrer luego las alquerías donde ellas se habían refugiado, presentándose fuera de sí y exigiendo una comida de reconciliación. —Quién sabe si vive aún —dijo Doro—. Estaba en una alquería que podía verse desde allí abajo. Era un hombre enjuto que hablaba poco y al que temían, pero tenía una cosa: no quería casarse porque decía que le habría sabido mal tener que echar de casa incluso a su mujer. Una de las hermanas al final se había escapado de verdad, suscitando en el pueblo general satisfacción.
       —¿Qué era? ¿Un hombre representativo? —dije.
       —No, un hombre nacido para otro tipo de vida, un fracasado, una de esas personas que aprenden a ser astutas porque llevan una vida que no les satisface.
       —Entonces, todos deberíamos ser astutos.
       —En efecto.
       —¿Se casó, al final?
       —¡Qué va! Se quedó con una hermana, la más robusta, que le daba hijos y le cultivaba la viña. Y estaban bien. Y quizás están bien todavía.
       Doro hablaba en tono sarcástico, y mientras hablaba recorría la colina con la mirada.
       —¿Le has contado alguna vez esta historia a Clelia?
       Doro no me contestó; puso la cara de quien está pensando en otra cosa.
       —Clelia es de esas personas que se divertirían oyéndola —proseguí—. Sobre todo teniendo en cuenta que no es tu hermana.
       Pero como respuesta no obtuve más que una sonrisa. Doro, cuando quería, sonreía como un chiquillo. Se detuvo, apoyando una mano en mi hombro. —¿No te he dicho nunca que una vez vine con Clelia, aquí? —dijo. Entonces me detuve yo también. No dije nada y esperé.
       Doro prosiguió: —Creía que te lo había dicho. Me lo había pedido ella. Pasamos en coche con unos amigos. Estábamos siempre de viaje en aquel tiempo.
       Me miró y miró detrás de mí a la colina. Echó a andar de nuevo.
       También yo me puse en marcha.
       —No, no me lo has dicho nunca —murmuré—. ¿Cuándo fue?
       —No hace mucho —dijo Doro—. El año pasado.
       —¿Y te lo pidió ella? Doro asintió con la cabeza.
       —Pues has perdido demasiado el tiempo —le dije—. Tenías que haberla traído antes. ¿Por qué la has dejado en la playa, este año?
       Pero Doro sonreía ya de aquella manera tan suya. Me indicó con los ojos la escarpada pendiente de la colina más alta y no respondió. Subimos, taciturnos, mientras hubo luz, y arriba nos detuvimos para otear la llanura, donde nos pareció vislumbrar, en el cancán del polvillo, el oscuro copete de la villa prohibida.
       Ya de noche empezaron a aparecer en el hotel caras amistosas. Había un billar y se jugaba. Gentes de la edad de Doro —algunos oficinistas y un peón de albañil salpicado de cal— le reconocieron y le acogieron con alegría. Más tarde llegó también un señor anciano, cadena de oro en el chaleco, que se dijo encantado de conocerme. Mientras Doro jugaba y bromeaba, el anciano tomó café con aguardiente y, confidencialmente, inclinándose sobre la mesa, me fue informando de los asuntos de Doro y me contó toda la historia de la villa comprada por un tal Matteo cuando era un simple henil, con todos los bienes circunstantes, y este Matteo era no sé qué antepasado, pero luego el abuelo de Doro había empezado a especular vendiendo el terreno a trozos para construir la casa, y al final sólo quedó la gran villa, sin más bienes, y él había predicho a su amigo, que era el padre de Doro, que un buen día los hijos venderían incluso la casa, dejándole a él en el cementerio como a un vagabundo. Hablaba un apacible italiano salpicado de dialecto; no sé por qué, me dio la impresión de que era notario. Luego llegaron las botellas, y Doro bebía de pie, apoyado en el taco, guiñando el ojo a uno y a otro. En un momento dado quedábamos el peón de albañil que se llamaba Ginio, nosotros dos y un mocetón con corbata roja que Doro veía por primera vez. Salimos del hotel a dar una vuelta y la luna nos mostró el camino. Bajo la luna nos volvimos todos como el peón de albañil, al que las salpicaduras de cal vestían de máscara. Doro hablaba su dialecto; yo les entendía pero no sabía responder con soltura, y eso nos hacía reír. La luna lo bañaba todo, hasta las grandes colinas, en un vapor transparente que velaba, borraba todo recuerdo del día. Los vapores del vino bebido hacían el resto: ya no me preguntaba qué intenciones tenía Doro, caminaba a su lado, sorprendido y feliz de que hubiésemos recuperado el secreto de tantos años atrás.
       El peón de albañil nos condujo hasta la puerta de su casa. Nos dijo que no hiciésemos ruido por no despertar a las mujeres y al padre; nos dejó en la era, frente a los grandes huecos oscuros del henil, en la parte en sombra de un almiar, y reapareció a poco descalzo, con dos botellas bajo el brazo, riéndose y haciendo el tonto. Descendimos furtivamente por el prado, detrás de la casa, llevando con nosotros al perro, y nos sentamos al borde de una zanja. Tuvimos que beber de la botella, cosa que desagradó al mocetón de la corbata, pero Ginio dijo, riendo: Cabrón el que no me siga —y todos le seguimos.
       —Aquí podemos cantar —dijo Ginio aclarándose la voz. Entonó él solo, y su voz llenó todo el valle; el perro no podía estarse quieto; otros perros respondieron de cerca y de lejos, y entonces el nuestro empezó a ladrar. Doro reía, reía con un vozarrón alegre, luego bebió otro trago y se unió a la canción de Ginio. Pronto hicieron callar a los perros, lo suficiente por lo menos para poder darme cuenta de que la canción era melancólica, alargando las notas más bajas, con palabras extrañamente delicadas en aquel tosco dialecto. Naturalmente, es posible que a hacerlas aparecer de este modo en mi recuerdo hayan contribuido la luna y el vino. De lo que sí estoy seguro es de la alegría, la improvisa felicidad que experimenté tendiendo la mano para tocar el hombro de Doro. Noté el sobresalto en la respiración, y de pronto sentí un gran afecto hacia él, porque después de tanto tiempo estábamos otra vez juntos. El otro, que se llamaba Biagio, de vez en cuando aullaba una nota, una frase, y luego agachaba de nuevo la cabeza y reanudaba conmigo una conversación interrumpida. Le expliqué que no vivía en Génova y que mi trabajo dependía del Estado y de un viejo título obtenido en mi juventud. Entonces me dijo que quería casarse, pero haciendo una cosa bien hecha, y para hacer una cosa bien hecha había que tener la suerte de Doro, que en Génova había encontrado a un mismo tiempo mujer y hacienda. A mí la palabra «hacienda» me pone nervioso, y perdiendo la paciencia dije bruscamente: —Pero, ¿usted conoce a la mujer de Doro?… Entonces, si no la conoce, cállese.
       Cuando trato así a la gente es cuando me doy cuenta de que tengo más de treinta años. Estuve pensando un rato en esto, aquella noche, mientras Doro y el albañil empezaban con sus recuerdos de cuartel. Me llegó la botella que, antes de pasármela, el blanco Ginio limpió con la palma de la mano, y el trago que eché fue largo, para descargar en el vino los sentimientos que no podía desahogar con el canto.
       —Sí, señor, usted dispense —me dijo Ginio volviendo a tomar la botella—, pero si vuelve otro año estaré casado y le descorcharé una botella a su salud en casa.
       —¿Todavía te dejas mandar por tu padre? —dijo Doro.
       —No es que me deje, es que él manda.
       —Hace treinta años que te manda. ¿Aún no tiene los huesos molidos?
       —Es más fácil que le muela los suyos —dijo el de la corbata, riendo nervioso.
       —¿Y qué dice de Orsolina? ¿Te deja casarte con ella?
       —Todavía no se sabe —dijo Ginio, y retiró las piernas de la zanja y dio un corcovo sobre la hierba como una anguila—. Si no me deja, tanto mejor —gruñó, dos pasos más allá. A aquel hombrecillo blanco como un panadero, que hacía cabriolas y tuteaba a Doro lo recuerdo cada vez que veo la luna. Hice reír de buena gana a Clelia cuando se lo describí. Rió con ese aire feliz que tiene ella y dijo: —Qué chiquillo es Doro. No cambiará nunca.
       Pero a Clelia no le dije lo que sucedió después. Ginio y Doro emprendieron otra canción y esta vez berreamos los cuatro. Al final, desde la alquería una voz furiosa nos gritó que callásemos. En el silencio repentino Biagio chilló una insolencia y reanudó, provocante, la canción. También Doro volvía a cantar, cuando Ginio se puso en pie de un salto. —No —balbució—, me ha reconocido. Es mi padre—. Pero Biagio no quería hacer caso; y Ginio y Doro tuvieron que echársele encima y taparle la boca. Tambaleándonos y resbalando en la hierba, apenas nos habíamos ido apartando de allí, cuando a Doro se le ocurrió una idea. —Las hermanas de las Murette —dijo a Ginio—. Aquí no se puede cantar, pero ellas entonces cantaban. Vamos a casa de Rosa—. Y desde luego habría ido si no fuera por el mocetón, que me tomó del brazo y me susurró consternado: —Dios nos libre. Allí duerme el brigada—. No sabía qué hacer, pero alcancé a Doro y le aferré con dificultad por el brazo. —No mezcles vino y mujeres, Doro —le grité acaloradamente—. Recuerda que somos señores.
       Pero Ginio se acercó decidido y admitió que las tres muchachas habían engordado, pero que nosotros no íbamos por eso sino sólo para cantar una vez más, y aunque estuviesen gordas, ¿qué más daba? Una mujer tiene que estar bien hecha; y forcejeaba y tiraba de Doro y decía: —Verás cómo Rosa se acuerda—. Estábamos en el camino real, bajo la luna, todos, enfurecidos en torno a Doro, extrañamente indeciso.
       Al final ganó Rosa, porque él mocetón dijo con toda la mala idea: —Pero, ¿no te das cuenta de que no te quieren porque vas sucio de cal?—, y se ganó un moquete que le hizo retroceder tres pasos y escupir. Entonces se eclipsó como por encanto y de pronto le oímos gritar en el silencio de la luna: —Gracias, ingeniero. Se lo diré al padre de Ginio.
       Doro y Ginio se habían ya puesto en camino, y yo con ellos. No sabía qué decir, porque también yo vacilaba. Si algo sentía, era tan sólo que aquel cochino albañil me ganada ante Doro por intensidad de recuerdos comunes, que evocaban animadamente mientras nos dirigíamos hacia el pueblo. Hablaban a tontas y a locas, y aquel tosco dialecto bastaba para devolver a Doro el sabor auténtico de su vida, del vino, de la carne, de la alegría en que había nacido. Me sentía un intruso, un inepto. Tomé a Doro del brazo y me adelanté, con un gruñido. Después de todo, llevaba en el cuerpo el mismo vino que ellos.
       Lo que hicimos bajo aquellas ventanas fue una temeridad. Intuía que en algún rincón de la plazuela tenía que estar apostado Biagio y se lo dije a Doro, que ni siquiera me escuchaba. De buenas a primeras fue Ginio quien, riendo con una sonrisa maliciosa de bobo, llamó a la portezuela carcomida, bajo la luna. Hablábamos en un susurro, divertidos y exaltados. Pero nadie respondía y las ventanas permanecían cerradas. Entonces Doro empezó a toser, luego Ginio a coger piedras y a tirarlas arriba, después reñimos porque le dije que así rompería los cristales, y finalmente Doro cortó de golpe nuestra indecisión lanzando un aullido espantoso, bestial, modulado como esos con que los borrachos del campo acompañan a sus coros. Todos los silencios de la luna parecieron estremecerse. Varios perros remotos, de quién sabe qué corrales, contestaron furiosos.
       Se oyeron portazos y chirriar de postigos. También Ginio empezó a berrear algo como la canción de antes, pero en seguida la voz de Doro se unió a la suya y la sofocó. Alguien habló desde el otro lado de la plaza; relampagueó una luz en la ventana; callamos: apenas habíamos empezado a oír una retahíla de improperios y amenazas y ya el albañil se había arrojado contra la portezuela, descargando patadas y puñetazos. Doro me agarró del hombro y me arrastró hacia la parte en sombra de la casa de al lado.
       —Vamos a ver si le echan un jarro de agua —susurró con voz ronca, riendo—, quiero verle empapado como un pato.
       Un perro ladraba muy cerca; yo empezaba a sentirme avergonzado. Callamos entonces: incluso Ginio que se apretaba con las manos un pie descalzo y brincaba sobre los guijarros. Al callar nosotros se apagaron también las voces de las escasas ventanas; desapareció la luz; persistieron tan sólo, intermitentes, los ladridos. Fue entonces cuando oímos chirriar con cautela el postigo de arriba.
       Ginio se amilanó, en la sombra, entre nosotros dos. —Han abierto —nos gruñó en la cara. Le rechacé, porque recordé que estaba todo enharinado—. Adelante, date a conocer —le dijo Doro secamente. Desde la oscuridad Ginio llamó, mirando hacia arriba. Sentí bajo mi mano su cuello frío y áspero—. Cantemos —dijo a Doro. Doro no le hizo caso y dio un silbido quedo, como cuando se llama a un perro. Arriba cuchicheaban.
       —Adelante —dijo Doro—, date a conocer —y le dio un empujón que le echó bajo la luna.
       Ginio apareció de repente en la claridad, tambaleándose, sin dejar de reír, y levantó el codo para resguardarse de un supuesto proyectil. Todo callaba en la ventana. Los pantalones colgantes se le enredaron en un pie y casi le hicieron perder el equilibrio. Tropezó, y se sentó en el suelo.
       —Rosina, oh Rosina —gritó abriendo mucho la boca pero sofocando la voz—. ¿Sabes quién está aquí?
       Llegó de arriba una risa apagada, que en seguida cesó.
       Ginio volvió a hacer la anguila, esta vez en el duro suelo. Apoyando las manos hacia atrás, dio una serie de columbetas que le llevaron de nuevo hacia la línea en sombra. Doro se había levantado ya, con el pie listo para darle un puntillazo. Pero Ginio se puso ágilmente en pie y dando saltos gritaba: —Está Doro de las Ca’ Rosse que ha venido de Génova para veros—. Parecía enloquecido.
       Hubo arriba un movimiento y un crujir de cristales relampagueantes; luego un pesado batacazo contra la puerta, que se abrió hendiendo la blanca luz de la luna que la inundaba. Ginio, inmovilizado a mitad de su baile, estaba a dos pasos del umbral. En éste había aparecido un hombre rechoncho, en mangas de camisa.
       En aquel preciso instante, del fondo de la plaza se alzó una voz penetrante, insolente —la voz de Biagio— que gritó: —Marina, no abráis, están más borrachos que una cuba—. De la ventana llegaron exclamaciones, rumor de pisadas. Divisé vagamente brazos que se agitaban.
       Pero ya en el escalón el hombre y Ginio se habían agarrado y contendían bramando, separándose, jadeando como perros rabiosos. El hombre llevaba unos pantalones negros con galón rojo. Doro, que me estaba sujetando por el hombro, se separó de improviso y se arrojó en el tumulto. Lanzó unas patadas a ciegas, andando alrededor, intentando meterse en la refriega. Luego se apartó y se acercó a la ventana. —¿Eres Rosina o Marina? —gritó, con un pie en el umbral.
       Sobrevino un estallido, había caído algo: como se supo más tarde, una maceta. Doro saltó hacia atrás, sin dejar de mirar para arriba, donde ahora se movían por lo menos dos mujeres. —No lo hemos hecho adrede —dijo una voz apremiante, de mujer irritada—. ¿Le hemos hecho daño?
       —¿Quién es la que habla? —gritó Doro.
       —Soy Marina —dijo una voz más débil, suplicante—. ¿Se ha hecho daño?
       Entonces también yo salí de la sombra para hacer tercio. Ginio y el otro se habían separado y se acosaban, dándose mojicones rabiosos, entre gruñidos. Pero de pronto el «carabiniere» volvió de un salto a la puerta, apartando a Doro y arrojándolo hacia atrás. Las mujeres, arriba, chillaban.
       Volvieron a abrirse ventanas de par en par alrededor de la plazuela y voces enojadas, voces furiosas, se entrecruzaban. El hombre había cerrado la puerta y se oyó cómo la atrancaba con violencia. Sobre nuestras cabezas se ensartó todo un rosario de injurias, de quejas y de voces, dominado por la voz áspera de la primera de las dos mujeres. Oí —lo que acabó de disiparme los vapores del vino— que el nombre de Doro corría de ventana en ventana. Ginio empezó de nuevo a golpear la puerta y a gritar. De las ventanas en torno a la plaza empezaron a llover manzanas y unos proyectiles duros —huesos de melocotón— y luego, cuando ya Doro agarraba a Ginio y se lo llevaba, un fogonazo en aquella ventana y una gran detonación que nos hizo callar a todos.



III

      A Clelia, la primera noche que paseamos juntos por la ribera, le conté todo lo que pude de la hazaña de Doro, es decir, casi nada. Sin embargo, la extravagancia de la cosa la hizo sonreír enfadada. —Qué egoístas —dijo—. Y yo aquí, aburriéndome. ¿Por qué no me llevasteis con vosotros?
       Al vernos llegar, la tarde después de la escapada, Clelia no dio señal de sorpresa. Hacía más de dos años que no la veía. La encontramos, castaña, y bronceada, con pantalones cortos, en los escalones de la villa. Me tendió la mano con una sonrisa segura, moviendo los ojos, bajo el bronceado, más duros y nítidos que en otro tiempo. Y en seguida se puso a hablar de todo lo que haríamos al día siguiente. Retrasó, para agasajarme, su bajada a la playa. Bromeando le dije que le encomendaba a Doro porque tenía sueño, y les dejé para que pudiesen hablar ellos dos solos. Aquella misma tarde fui en busca de una habitación, y la encontré en una callejuela apartada, con la ventana que daba sobre un grueso olivo retorcido, crecido inexplicablemente en medio del empedrado. Tantas veces, después, mientras volvía solo a casa, me sorprendí a mí mismo mirándolo abstraído, que es quizá la cosa que mejor recuerdo de todo el verano. Visto desde abajo era nudoso y descarnado; pero desde la habitación, cuando me asomaba a la ventana, era un compacto bloque argentino de hojuelas secas y abarquilladas. Me daba la sensación de estar en el campo, en un campo desconocido, y a menudo buscaba un sabor salobre en el aire. Siempre me ha parecido extraño que en el linde mismo de una costa, entre tierra y mar, crezcan plantas y flores y corra agua buena para beber. A mi habitación se subía por una escalerilla exterior de piedra, pina y esquinada. Debajo de mí, en la planta baja, mientras me afeitaba y me acababa de arreglar, estallaba a ratos un alboroto de voces discordantes, no se podía distinguir si alegres o airadas, alguna de ellas de mujer. Miré a través de la reja, al bajar, pero el crepúsculo oscurecía las habitaciones. Sólo cuando me había alejado ya, una voz dominó a las demás, como en un solo, una voz fresca y recia que no pude decir de quién era pero que ya había oído antes. Luchando con esta incertidumbre, estaba a punto de volver atrás cuando se me vino a las mientes que, después de todo, éramos vecinos y que a un vecino siempre se le conoce demasiado pronto.
       —Doro anda por los bosques —dijo Clelia la tarde que caminábamos a lo largo de la playa—. Está pintando el mar—. Se volvió sin dejar de andar y esparció la mirada en torno. —Vale la pena. Mírelo usted también.
       Contemplamos el mar y luego le dije que no podía entender por qué se aburría. Clelia dijo, riendo: —Hábleme otra vez de aquel hombrecillo bajo la luna. ¿Qué es lo que gritaba? También yo miraba la luna, la otra noche.
       —Probablemente hacía dengues. Por lo visto cuatro borrachos no bastan para hacerla reír.
       —¿Estabais borrachos?
       —Evidentemente.
       —Qué chiquillos —dijo Clelia.
       Entre nosotros dos la noche de Ginio se convirtió en un lema, y me bastaba aludir al hombrecillo blanco y a sus cabriolas para que a Clelia se le iluminase el rostro de alegría. Pero cuando le expliqué, aquella noche, que Ginio no era un vejete calvo sino de la quinta de Doro, hizo un gesto de consternación. —¿Por qué me lo ha dicho? Lo ha estropeado todo. ¿Era un gañán?
       —Un albañil, para ser precisos.
       Clelia suspiraba. —Al fin y al cabo —le dije—, también usted conoce aquel pueblo. Puede imaginárselo. Si Doro hubiese nacido dos puertas más allá, quizás en este momento usted sería mujer de Ginio.
       —Qué horror —dijo Clelia, sonriendo.
       Aquella noche, cuando terminamos de cenar en la terraza, mientras Doro fumaba arrellanado en el sillón, en silencio, y Clelia había ido a vestirse para la velada, yo no podía borrar de la memoria la charla de poco antes. Se había hablado de un tal Guido, un cuarentón colega de Doro y soltero, que ya había conocido en Génova y encontrado más tarde en la playa en el grupo de Clelia —uno de sus amigos— y resultó que con él, durante aquel viaje en automóvil, habían pasado por el pueblo de Doro. Clelia, animada por un repentino recuerdo malicioso, contó sin hacerse rogar toda la historia de aquel viaje, y mientras hablaba daba la impresión de estar respondiendo a una pregunta que yo no le había hecho. Regresaban de no sé qué excursión a la montaña; conducía el amigo Guido, y Doro había dicho: «¿Sabíais que en esas colinas nací yo hace treinta años?» Y entonces todos, y Clelia la primera, tanto le dijeron a Guido que éste aceptó llegarse hasta allí. Era una locura, porque había que advertir del retraso al coche que les seguía y éste no acababa de venir, y tuvieron que estar esperando durante más de una hora en la bifurcación; cuando finalmente apareció, estaba ya anocheciendo, de modo que, tras cenar como pudieron en el pueblo, tuvieron que subir por misteriosos callizos sin letreros y atravesar colinas y más colinas, y cuando se encontraron de nuevo en la carretera de Génova era casi el alba. Doro se sentó al lado de Guido para reconocer los lugares, y nadie consiguió dormir. Una verdadera locura.
       Ahora que Clelia no estaba, pregunté a Doro si habían hecho las paces. Mientras hablaba pensaba: «Lo que necesitan es un hijo», pero éste era un tema que con Doro yo no había tocado más que en broma. Y Doro dijo: —Hace la paz quien ha hecho la guerra. ¿Qué guerra me has visto hacer hasta ahora?—. De momento callé. Entre Doro y yo, pese a toda la confianza que teníamos, el asunto Clelia no lo habíamos discutido nunca. Estaba a punto de decirle que se puede hacer la guerra, por ejemplo, saltando a un tren y huyendo, pero titubeaba; y en aquel momento Clelia me llamó.
       —¿De qué humor está Doro? —me preguntó a través de la puerta entornada de la habitación.
       —Bueno —farfullé sin entrar.
       —¿Seguro?
       Clelia se acercó a la puerta arreglándose el pelo. Sus ojos me buscaron en la penumbra, donde la estaba esperando. —Cómo, ¿son amigos y no sabe que cuando Doro permite que se burlen de él sin replicar es que está molesto e irritado?
       Entonces probé con ella. —¿Aún no han hecho las paces?
       Clelia se alejó y no dijo nada. Luego apareció de nuevo con aire decidido, diciendo: —¿Por qué no enciende?—. Me tomó del brazo y atravesamos así la habitación en penumbra. Cuando íbamos a salir al rellano iluminado, Clelia me apretó el brazo y susurró: —Estoy desesperada. Quisiera que Doro estuviese mucho con usted, porque son amigos. Sé que usted le hace bien y le distrae…
       Intenté detenerme y decir algo.
       —… No, no hemos reñido —dijo Clelia apresuradamente—. Y ni siquiera está celoso. Y ni siquiera me contesta. Sólo que no es el mismo. No podemos hacer las paces porque no hemos reñido nunca. ¿Comprende? Pero no diga nada.
       Aquella noche acabamos, con el automóvil del inevitable Guido, en un local en alto sobre el mar, por una carretera llena de curvas y hormigueante de bañistas. Había una orquesta y algunos bailaban. Pero el encanto del lugar estaba en ciertas mesitas a media luz, esparcidas por las hendiduras de la roca abiertas sobre el acantilado. Había un perfume de plantas aromáticas y floridas, mezclado con la brisa del mar abierto, y abajo, asomándose, se vislumbraban, diminutas, las hileras de luces de la costa.
       Intenté quedarme a solas con Clelia, pero no lo conseguí. A mi lado se sentaba Doro, o Guido, o alguna de sus amigas, personas aisladas e intermitentes con las que no se podía trabar una conversación porque se alternaban de baile en baile, y Clelia, en cambio, estaba siempre ocupada. Llegó un momento en que le dije: —Yo también bailo— con alegre asombro suyo, y la llevé bajo los pinos, fuera del recinto. —Sentémonos —dije— y me explicará esta historia.
       Intenté preguntarle por qué no reñía con Doro. Había que provocar una crisis —le dije— como se sacude un reloj para ponerlo de nuevo en marcha, y me negaba a creer que una mujer como ella no supiese, con una simple inflexión de voz, obligar a ser sincero a un hombre que, al fin y al cabo, aún hacía chiquilladas.
       —Pero Doro es sincero —dijo Clelia—. Incluso me ha hablado de aquella serenata que le dieron a Rosina. ¿Se divirtió?
       Creo que me puse colorado, más de despecho que de confusión.
       —Y también yo soy sincera —prosiguió Clelia, sonriendo. Dijo ahuecando la voz: —El amigo Guido incluso dice que mi defecto es que soy sincera con todo el mundo, que no doy a nadie la ilusión de tener un secreto para él solo. ¡Qué gracioso! Pero yo soy así. Y por eso he querido a Doro…
       Aquí se detuvo y me miró fugazmente: —¿Le parezco indecente?
       No dije nada. Estaba molesto. Clelia calló, luego prosiguió:
       —Ve que tengo razón. Pero yo soy indecente. Soy indecente como Doro. Por eso nos queremos.
       —Entonces, todo arreglado —le dije—. ¿A qué vienen tantas historias?
       Aquí Clelia refunfuñó de aquel modo infantil tan suyo. —¿Lo ve? También usted hace como los demás. Pero, ¿no comprende que no podemos reñir? Nos queremos demasiado. Si pudiese odiarle como me odio a mí misma, entonces sí que le maltrataría. Pero ninguno de los dos lo merece. ¿Comprende?
       —No.
       Clelia se calló, y escuchamos cómo crujía la grava, se interrumpía la orquesta y alguien cantaba.
       —¿Qué consejo le ha dado su Guido? —proseguí en el tono de antes.
       Clelia se encogió de hombros: —Consejos interesados. Él me hace la corte.
       —Por ejemplo: ¿tener un secreto para Doro?
       —Darle celos —dijo Clelia compungida—. El muy estúpido. No comprende que Doro me dejaría hacer y sufriría en silencio.
       En aquel momento llegó no sé qué amiga del grupo a buscar a Clelia, y la llamaba y reía: me quedé solo, sentado en el banco. Sentía aquel hosco placer mío de quedarme al margen, sabiendo que, a pocos pasos de la sombra, los demás se agitaban, reían y bailaban. No me faltaba materia para reflexionar. Encendí una pipa y me la fumé toda. Luego me levanté y anduve por entre las mesitas, hasta que encontré a Doro. ¿Vamos a tomar una copa al mostrador?
       —Al menos para ponerme a bien —empecé cuando estuvimos solos—, ¿puedo contarle a tu mujer que para que no nos diesen una paliza tuvimos que escapar a la mañana siguiente?
       Nos echamos a reír y Doro respondió con una sonrisa burlona: —¿Te lo ha preguntado ella?
       —No, te lo pregunto yo.
       —Naturalmente. Cuéntale lo que quieras.
       —Pero, ¿no estáis enfadados? Doro alzó la copa y me clavó la vista, pensativo. —No —dijo con calma.
       —Y entonces —dije—, ¿cómo es que Clelia te busca con ojos asustados, como un perro? Tiene el aspecto de una mujer que ha sido apaleada. ¿Le has pegado?
       En aquel momento la voz de Clelia, que daba vueltas en la pista con un individuo, nos gritó: —Borrachines— y vimos su mano agitarse en un saludo. Doro la siguió con la mirada, asintiendo abstraído, hasta que desapareció detrás de la espalda del bailarín.
       —Como ves, está contenta —dijo quedo—. ¿Por qué iba a pegarle? Nos llevamos mejor que muchos. No me ha dicho nunca una palabra desagradable. Estamos de acuerdo hasta en las diversiones, que es lo más difícil.
       —Ya lo sé que ella contigo está de acuerdo—. Me detuve.
       Doro no decía nada. Miró la copa con aire mortificado; la miró con la cabeza gacha, teniéndola a cierta distancia, luego la vació a hurtadillas, medio volviéndose, como cuando uno se aclara la garganta en público.
       —Lo malo —dijo con tono de conclusión, echando a andar—, es que hay demasiada confianza. Uno dice ciertas cosas sólo para complacer al otro.
       Clelia y Guido se acercaban a nosotros por entre los veladores.
       —¿Lo dices por mí? —dije.
       —También por ti —refunfuñó Doro.



IV

      Había temido que mi estancia en la costa significaría pasar días enteros en un hormigueo de desconocidos, y estrechar manos y dar las gracias y entablar conversaciones, con un trabajo de Sísifo. En cambio, salvo las inevitables veladas en grupo, Clelia y Doro vivían con bastante tranquilidad. Por ejemplo, a diario cenaba en la villa y los amigos no llegaban hasta entrada la noche. Nuestro trío no carecía de cordialidad, y aunque los tres escondiésemos tras de nuestra frente pensamientos inquietos, hablábamos de muchas cosas con el corazón en la mano.
       Pronto tuve algún suceso mío que contar —chismes del figón donde almorzaba, pensamientos extravagantes y casos extraños, esos casos que el desorden de la vida de mar favorece. La voz que había oído resonar a través de la reja la primera tarde mientras salía de casa, ya al día siguiente se me dio a conocer. Se acercó a mí en la playa un joven quemado por el sol que me saludó amablemente con la mano y pasó de largo. Le reconocí cuando ya había pasado. Era nada menos que un alumno mío del año anterior, que un buen día, sin avisar, había faltado a la acostumbrada clase en mi estudio, y no volví a verlo nunca más. Aquella misma mañana, me estaba tostando al sol, cuando se arrojó a mi lado un cuerpo atezado y vigoroso: de nuevo él. Sonrió mostrándome los dientes y me preguntó si me bañaba. Le respondí sin levantar la cabeza: por casualidad me hallaba lejos del quitasol de mis amigos y había confiado en estar solo. Él me explicó con sencillez que había venido a aquella playa por puro azar y que se encontraba a gusto. No habló del asunto de las clases. Por despecho le dije que la tarde antes había oído disputar a su familia. Él sonrió de nuevo y me respondió que era imposible porque su familia no estaba. Pero reconoció que vivía en una calle con un olivo. Y mientras se ponía en pie para irse habló de alguien que le estaba esperando. Aquella noche asomé la cabeza a la planta baja, de donde venía un penetrante olor a frito, y vi niños, una mujer con un pañuelo en la cabeza, una cama sin hacer, unos hornillos. Como me vieron pregunté por él, y la mujer —mi propia patrona— se acercó a la puerta y de cháchara en cháchara bendijo al cielo que yo conociese a su inquilino porque ahora estaba ya arrepentida de haberlo admitido y quería escribir a la familia, una gente tan buena que mandaba al hijo a la playa para que se distrajese, y él, ya la primera noche había llevado una mujer a la habitación. —Hay cosas que… —dijo—. Y todavía no tiene dieciocho años.
       Conté el caso a Clelia y Doro y describí la visita que Berti me hizo a la mañana siguiente cuando me encontró en lo alto de la escalera, tendiéndome la mano y diciéndome: —En vista de que ahora sabe donde vivo, es mejor que seamos amigos.
       —Verás cómo éste acaba pidiéndote la habitación —dijo Doro.
       Animado por la atención de Clelia, proseguí. Expliqué que el descaro de Berti era simplemente una timidez que, por autodefensa, se volvía agresiva. Dije que el año anterior, antes de desaparecer y probablemente de despilfarrar el dinero que debiera haber gastado en mis clases, el muchacho daba muestras de sumisión y siempre que me veía me saludaba con una tímida reverencia. Le había ocurrido lo que a todos: la realidad se disfrazaba de su contrario. Como esas almas tiernas que afectan rudeza. Yo le envidiaba —dije—, porque siendo un muchacho, podía aún forjarse ilusiones sobre su verdadero modo de ser.
       —Creo —dijo Clelia—, que yo debería ser de un carácter cerrado, receloso y perverso.
       Doro sonrió sin decir nada. —Doro no lo cree —dije—, pero también él, cuando se hace el brusco es porque tiene ganas de llorar.
       La doncella que nos cambiaba los platos se paró a escuchar. Se puso colorada y se apresuró. Proseguí: —Ya de pequeño era así. Lo recuerdo. Era de esos que se ofenden si les preguntas cómo están.
       —Sería fácil, si esto fuese verdad, comprender a la gente —dijo Clelia.
       Estas conversaciones cesaban cuando, después de cenar, llegaban los demás. Estaba, como de costumbre, Guido, que si dejaba el automóvil era únicamente para jugar a cartas; había alguna señora, muchachas, maridos esporádicos —el grupo genovés, en una palabra—. Para mí no era ninguna novedad que más de tres personas juntas forman muchedumbre, y que entonces nada puede decirse que valga la pena. Casi prefería las noches en que tomábamos el coche y recorríamos la costa en busca de fresco. Sucedía que en alguna terraza, mientras los demás bailaban, yo podía a veces cambiar cuatro palabras con Doro o con Clelia, o decir tonterías con toda convicción a alguna de las señoras. Bastaba entonces una copa y la brisa del mar para devolverme el equilibrio.
       De día, en la playa, era distinto. Se habla con extraña cautela cuando se está medio desnudo: las palabras no suenan del mismo modo, se deja de hablar y parece que el propio silencio profiera palabras ambiguas. Clelia tenía una manera extática de gozar del sol tendida en la roca, de fundirse con la roca, de tumbarse cara al cielo, respondiendo apenas con su susurro, con un suspiro, con un sobresalto de la rodilla o del codo, a las breves palabras de quien estuviese a su lado. Pronto me di cuenta de que, tendida así, Clelia no escuchaba realmente nada. Doro, que lo sabía, no le hablaba nunca. Permanecía sentado sobre su toalla, con las rodillas entre las manos, hosco, inquieto; no se tendía como Clelia; si alguna vez lo intentaba, a los pocos minutos empezaba a concomerse, a ponerse boca abajo, o a sentarse de nuevo como antes.
       Pero nunca estábamos solos. La playa entera bullía y barbullaba —por esto Clelia, a la arena de todos, prefería los escollos, la piedra dura y resbaladiza. Y cuando se ponía en pie, sacudiendo el pelo, aturdida y risueña, nos preguntaba de qué habíamos hablado, miraba para ver quién estaba. Estaban sus amigas, estaba Doro, estaba todo el grupo. Alguien salía en aquel momento del agua. Alguno que otro entraba en ella con cautela. Guido, con su albornoz blanco y esponjoso, llegaba siempre con nuevos conocidos, de los que se despedía junto al quitasol. Y luego subía al escollo y tomaba el pelo a Clelia, y jamás se metía en el agua.
       El momento más agradable era después de mediodía o al atardecer, cuando la tibieza o el color del agua inducían a bañarse a los más reacios o a pasear por la playa, y nos quedábamos casi solos, o a lo más con Guido, que charlaba amablemente. Doro, al que se le había ocurrido la melancólica idea de entretenerse con los pinceles, colocaba a veces su caballete sobre el escollo y pintaba barcas, quitasoles, manchas de color, contento de mirarnos desde lo alto y de escuchar nuestras chácharas. A veces llegaba en barca alguno del grupo, atracaba con cautela y nos llamaba. En los silencios que seguían, escuchábamos el chapaleteo del oleaje contra los guijarros.
       El amigo Guido decía siempre que aquel chapaleteo era el vicio de Clelia, su secreto, su infidelidad para con todos nosotros. —No lo creo —dijo Clelia—, lo escucho desnuda y tendida al sol, y quien quiera nos puede ver. —Quién sabe —dijo Guido. —Vete a saber las cosas que una mujer como usted se hace decir de la mareta. Me imagino lo que os decís antes, cuando estáis abrazados.
       Las marinas de Doro —hizo dos en aquellos días— estaban pintadas con colores pálidos e imprecisos, como si la misma fuga del sol y del aire, aturdidora y deslumbrante, le apagase las pinceladas. Alguien trepaba detrás de Doro, y seguía el movimiento de la mano y le daba consejos. Doro no respondía. A mí me dijo una vez que uno se divierte como puede. Intenté decirle que no pintase del natural porque de todos modos el mar era siempre más hermoso que sus cuadretes: bastaba con mirarlo. En su lugar, con la capacidad que él tenía, yo habría hecho retratos: es una satisfacción adivinar a la gente. Doro me respondió riendo que acabada la temporada de baños cerraba el pincelero y no volvía a pensar en la pintura.
       Una tarde en que habíamos estado bromeando sobre esto y caminábamos hacia el café de los aperitivos, el amigo Guido observó, con un tono socarrón, que nadie hubiera dicho que bajo la corteza dura y dinámica del hombre de mundo dormitaba en Doro el alma del artista. —Dormita, sí —respondió Doro, despreocupado y contento. —Qué es lo que no dormita bajo nuestra corteza. Habría que tener el valor de despertar y encontrarse a sí mismo. O por lo menos, hablar de estas cosas. Se habla demasiado poco, en este mundo.
       —Dilo ya —le dije—. ¿Qué has descubierto?
       —No he descubierto nada. Pero recuerda cuánto hablábamos de chicos. Hablábamos así, por hablar. Sabíamos muy bien que no eran más que palabras, y sin embargo el gusto que encontrábamos no nos lo quita nadie.
       —Doro, Doro —le dije—, te estás volviendo viejo. Deja estas cosas para los hijos que no tienes.
       Entonces Guido se echó a reír, con una risa cordial que le achicó los ojos. Tenía la mano en torno al hombro de Doro y al reír se apoyaba en él. Nosotros mirábamos incrédulos su cabeza medio calva y sus ojos duros de hombre apuesto en vacaciones.
       —Algo dormita también en Guido —dijo Doro—. A veces se ríe como un bobo.
       Observé más tarde que Guido reía de aquel modo solamente entre hombres. Aquella noche, después de acompañar a Doro y a Clelia hasta la verja de la villa, dejamos el coche en el hotel y dimos una vuelta juntos. Caminábamos a lo largo de la costa. Hablamos de nuestros amigos, casi sin querer. Guido explicó el viaje de Doro y su regreso inesperado, trayendo a colación lo del artista inquieto. Era curioso cómo Doro había conseguido convencer a todos de la seriedad de su juego. Se hablaba incluso, en nuestro corro cotidiano, de la conveniencia de persuadirle para que expusiese e hiciese del arte lo que se dice una profesión. —Pues claro, es lo mismo que yo le digo siempre —intervenía Clelia, voluble.
       —Qué locura —dijo Guido aquella noche.
       —Pero Doro bromea —dije.
       Guido calló durante unos pasos —llevaba sandalias y marchábamos lentamente, como dos frailes—, luego se detuvo y exclamó, brusco: —Conozco a los dos. Sé lo que hacen y lo que quieren. Pero no sé por qué Doro se dedica a pintar cuadros.
       —¿Qué mal hay en ello? Le distrae.
       Había de malo que, como todos los artistas, Doro no contentaba a la mujer.
       —¿Quieres decir…?
       —Quiero decir que el trabajo cerebral y nervioso debilita la potencia viril, razón por la que todo pintor pasa por períodos de terrible depresión.
       —¿Y los escultores, no?
       —Todos —murmuró Guido—, todos los locos que fuerzan su cerebro y que no saben cuándo es el momento de detenerse.
       Estábamos parados frente al hotel. Le pregunté qué vida había que llevar entonces, según él. —Vida sana —dijo—. Trabajar pero sin azacanarse. Distraerse, alimentarse, y conversar. Sobre todo, distraerse.
       Estaba frente a mí, balanceándose sobre los pies, las manos en la espalda. La camisa abierta le daba un aire socarrón de adolescente que se las sabe todas, de cuarentón que permanece adolescente por pereza. —Hay que comprender la vida —añadió, guiñando el ojo con una expresión de desasosiego—. Comprenderla cuando se es joven.



V

      Clelia me había dicho que cada mañana Doro escapaba de casa y se iba a bañar en el mar lechoso del alba. Por eso se estaba luego tan perezoso hasta mediodía detrás de su caballete. A veces, me dijo, iba ella también, pero no mañana, porque tenía demasiado sueño. Prometí a Doro que le acompañaría y precisamente aquella noche no pude dormir. Me levanté al amanecer y me dirigí, por las calles frescas y desiertas, a la playa todavía húmeda. Era la ocasión para detenerme a contemplar cómo el oro del sol incendiaba y recortaba toscamente los arbolillos en la cima de la montaña, pero al sentarme en la playa vi acercarse una cabeza por el agua inmóvil y dirigirse a la orilla y emerger goteante el cuerpo oscuro de mi joven amigo.
       Naturalmente, vino a hablarme, al tiempo que se frotaba, delgado y bajo, con la toalla. Escudriñé a lo lejos para ver si asomaba la cabeza de Doro.
       —¿Cómo es que estás solo? —dije.
       No respondió —estaba totalmente concentrado en su esfuerzo— y cuando hubo acabado se sentó a pocos pasos de mí, de cara al mar. Yo me puse de lado para no perder de vista la montaña bulleante de oro. Berti buscó con la punta de los dedos dentro de un hato, sacó un cigarrillo y lo encendió. Luego se disculpó porque sólo tenía uno.
       Me sorprendí de que fuese tan madrugador. Berti hizo un gesto vago y me preguntó si esperaba a alguien. Le dije que en la playa no se espera a nadie. Entonces Berti se tendió boca abajo de un voleo y, apoyándose en los codos, fumó, mientras me miraba.
       Me dijo que el aspecto de feria que la playa tomaba con el sol le irritaba. Chiquillos, quitasoles, niñeras, familias. Si de él dependiese, lo hubiera prohibido. Entonces le pregunté por qué venía a la playa: podía quedarse en la ciudad, donde no había quitasoles.
       —Dentro de poco dará el sol —dijo, volviéndose para mirar la montaña.
       Callamos un rato, en el silencio casi vacío de rumores.
       —¿Estará mucho tiempo aquí? —me preguntó. Le dije que no lo sabía y miré de nuevo a lo lejos. Se entreveía un punto negro. También Berti miró y me dijo: —Es su amigo. Estaba en la boya cuando he llegado. Cómo nada. ¿Usted nada?
       Al cabo de un rato tiró el cigarrillo y se levantó. —¿Estará hoy en casa? —dijo—. Tengo que hablarle.
       —Puedes hablarme también ahora —dije alzando los ojos.
       —Pero usted está esperando a alguien.
       Le dije que no hiciese el tonto. ¿De qué se trataba? ¿De clases?
       Entonces Berti volvió a sentarse y se miró las rodillas. Empezó a hablar como en un interrogatorio, abstrayéndose de vez en cuando. Dijo, en substancia, que se aburría, que no tenía compañía y que estaría muy, pero que muy contento de poder conversar conmigo, de leer juntos algún libro —no, no clases— sino leer como había hecho a veces en la escuela, explicando y discutiendo, enseñándole muchas cosas que él sabía que no sabía.
       Le miré de soslayo, hastiado y a la vez con curiosidad. Berti era uno de esos tipos que van a la escuela porque se les manda a la escuela, y cuando hablas te miran a la boca con los ojos hinchados y fastidiados. Ahora, desnudo y bronceado, se abrazaba las rodillas y sonreía inquieto. Quién sabe, pensé, si estos muchachos no son los más despiertos.
       Se fue cuando la cabeza de Doro estaba casi en la orilla. Se levantó bruscamente y dijo «hasta la vista». Por entre las casetas empezaban a pasear otros bañistas, y me pareció verle correr detrás de unas faldas que desaparecieron entre las casetas. Pero he aquí que Doro salía del agua, el cuerpo encorvado como para una escalada, terso y goteante, con la cabeza reluciente bajo el gorro que le daba un aire muy atlético. Se detuvo ante mí, tambaleándose, y jadeaba; bajo el esternón y en las costillas se le marcaba todavía la palpitación de nadar. Irresistiblemente pensé en Guido, en la conversación de la noche anterior, y se me escapó una sonrisa vaga. Doro, arrancándose el casco refunfuñó:
       —¿Qué pasa?
       —Nada —respondí—. Pensaba en nuestro magnífico Guido, que está engordando. ¡Vale la pena no casarse!
       —Si todas las mañanas nadase durante una hora, sería otro hombre —dijo Doro, y cayó de rodillas en la arena.
       Berti volvió a buscarme a la fonda a mediodía. Se detuvo entre las mesas con la chaqueta echada por los hombros sobre la pescadora azul. Le hice señas de que se acercase. Entonces vino hacia mí, agarrando al pasar una silla de una mesa, pero la atención con que yo le miraba debió de desconcertarle porque se detuvo, le resbaló la chaqueta y la recogió mientras dejaba la silla. Le dije que se sentara.
       Esta vez me ofreció un cigarrillo y en seguida se puso a hablar. Yo encendí la pipa sin responder. Le dejé decir lo que quiso. Me contó que por motivos familiares había tenido que dejar los estudios, pero que aún no se había colocado —y ahora que los había dejado, al verme había comprendido que estudiar, no de alumno sino por cuenta propia, por gusto, era una cosa inteligente. Dijo que me envidiaba y que hacía tiempo se había dado cuenta de que yo no era solamente un profesor, sino un hombre simpático. Tenía muchas cosas que discutir conmigo.
       —Por ejemplo —dije.
       Por ejemplo, contestó, ¿por qué las clases no se dan conversando con el profesor o incluso yendo de paseo con él? ¿Era realmente necesario perder el tiempo detrás de cuatro estúpidos que tienen parada a toda una clase?
       —En efecto, tenías tantas ganas de estudiar que no te bastaba la escuela y tomabas clases particulares.
       Berti sonrió y dijo que no era eso.
       —Y me desagrada —proseguí—, saber ahora que tus padres no son millonarios. ¿Por qué les hacías gastar el dinero en clases particulares?
       Sonrió de nuevo, de un modo que tenía algo de femenino y al mismo tiempo de desdeñoso. Son las mujeres las que responden así. Se lo ha enseñado alguna mujer, pensé.
       Berti me acompañó durante un trecho de camino —aquel día yo tenía que hacer una excursión con los amigos de Clelia— y me volvió a decir que comprendía perfectamente que yo había venido al mar para descansar y que no pretendía obligarme a darles clases, pero que por lo menos esperaba que toleraría su compañía y que charlaría alguna vez con él en la playa. Esta vez tuve yo la sonrisa femenina y dejándole en mitad de la calle, le dije: —Con mucho gusto, si estás realmente solo.
       La excursión de aquel día —íbamos todos, en el automóvil de Guido— tuvo un final desgraciado, porque una de las mujeres, una tal Mara, parienta de Guido, al ir a coger moras resbaló por una escarpa y se partió un hombro. Habíamos subido por la acostumbrada carretera de la montaña, más allá del local de la otra noche, pasadas las últimas villetas desperdigadas, en medio de los pinos y de las peñas rojas, hasta el altozano donde había visto aquella mañana fulgurar el primer sol. Trasladada la pobrecilla a la carretera, comprendimos en seguida que volver todos en coche era imposible. Guido, preocupadísimo, quiso tender a Mara, que gemía, sobre los cojines. Quedaba sitio para Clelia y para otras dos que nos miraron a Doro y a mí divertidas, y al final acabamos regresando a pie nosotros dos. No habíamos recorrido doscientos pasos cuando encontramos, sentada sobre un montón de guijo, a la segunda de las muchachas.
       Doro cortó bruscamente la conversación: —Vivir siempre entre mujeres, eso es lo que pasa.
       La habían hecho apearse para dejar sitio a Mara, que por lo que se quejaba se debía de haber roto realmente el hombro. Le había tocado a ella porque era la única chica del grupo. —Nosotras no somos mujeres —nos dijo enfadada—. Mara ha terminado de divertirse, este año. La llevan otra vez a Génova. —Nos miró de reojo, mientras caminaba. Doro le dedicó una sonrisita de acogida. Hablaron un poco de Mara y discutieron sobre cómo se tomaría la cosa su marido, aquel tipo tan enérgico que se zafaba de sus ocupaciones de Sestri sólo los domingos. —Estará contento de que la fractura le haya tocado a su mujer —dijo Doro—. Por fin podrá pasar un verano con ella.
       La muchacha —se llamaba Ginetta— soltó una carcajada rencorosa. —¿Usted cree? —dijo clavándole en la cara sus ojos pardos—. Sé muy bien que a los maridos les encanta cuando la mujer está lejos. Son egoístas—. Doro se echó a reír. —Cuánta sabiduría, Ginetta. Estoy seguro de que Mara en este momento no está pensando en esto. —Luego me miró a mí—. Hace falta ser un crío o soltero para decir estas cosas.
       —Yo no digo nada —refunfuñé.
       Aquella Ginetta era una hermosa muchacha que caminaba con decisión y que tenía la costumbre de sacudir el pelo hacia atrás como si fuesen crines. Iba a hablar cuando Doro se le adelantó.
       —¿Vendrá este año Umberto?
       —Los solteros son unos hipócritas —replicó ella—. No lo sé —respondió luego.
       —Tú gozas de todas las desventajas, Ginetta. Te casas con un soltero que ya te deja sola. ¿Qué es lo que te hará después?
       Ginetta, entre seria y alegre, miró frente a sí y meneó la cabeza.
       —Por lo general un marido ha sido antes un soltero —observé con calma—. De alguna forma hay que empezar.
       Pero Ginetta hablaba de Umberto. Nos contó que escribía que de noche las hienas aullaban de tal modo que le hacían pensar en los niños que no quieren dormir. Querida Ginetta, le decía, si nuestros hijos arman tanto alboroto me iré a dormir al hotel. Luego le decía que la gran diferencia entre el desierto y los países civilizados era que allí, con tanto ruido, no se podía pegar ojo. —Qué tonto —reía Ginetta—. Siempre estamos bromeando.
       Las revueltas de la carretera entre los pinos, por las que asomaba el mar, mezclaban para mí, a las volubles palabras de Ginetta, un humor sabroso, un ligero vértigo. Parecía como si el mar, allá en el fondo, nos atrajese. Hasta Doro caminaba más ligero. Estaba anocheciendo.
       —Pobre Mara —dijo Ginetta—. ¿Cuándo podrá volver a nadar?
       Aquella noche encontramos el quitasol vacío y desierta la playa. Nos metimos en el agua Ginetta y yo, y nadamos ras con ras, como en una carrera de natación, sin atrevernos a separarnos en el silencio del mar vacío. Regresamos sin decir palabra y yo veía, entre las brazadas, la elevada pendiente con pinos por donde habíamos descendido poco antes. Hicimos pie; Ginetta salió, brillante como un pez, y se fue a la caseta. Doro estaba acabando de fumar el cigarrillo que había encendido mientras me esperaba.
       Subimos juntos a la villa, donde ya estaba Clelia. Aquella noche, durante la cena, oí que Mara había vuelto a Sestri con Guido y que estaríamos solos y sin automóvil por unos días. La noticia me agradó, porque me gustaba pasar la noche en calma, conversando.
       —Esa boba —dijo Clelia—. Podía haber esperado hasta el final de la temporada para romperse el brazo.
       —Ginetta dice que los hombres somos unos egoístas —observó Doro.
       —¿Le gusta Ginetta? —me preguntó Clelia.
       —Es una chica que rebosa salud —dije—. ¿Por qué? ¿Hay algo más?
       —Oh, nada. Doro asegura que de muchacha me parecía a ella.
       Sentencié entonces que todas las muchachas se parecen, y que para poder juzgar hay que verlas cuando son ya mujeres.
       Clelia se encogió de hombros. —Quién sabe cómo me juzga a mí —murmuró.
       —Carezco de elementos —dije—. Sólo Doro podría juzgarla.
       Doro, inesperadamente, empezó a bromear y dijo que un hombre enamorado tiene una venda en los ojos y su opinión no cuenta. Habló de un modo que parecía Guido. Me lo quedé mirando estupefacto. Lo bueno era que Clelia no le hacía caso y se encogió otra vez de hombros murmurando que éramos todos iguales.
       —¿Qué pasa? —exclamé riendo.
       No pasaba nada, y Clelia con voz frágil empezó a quejarse de que se sentía un vejestorio y que pensando en su juventud, o, mejor, en su infancia, cuando era colegiala y cuando fue al primer baile y cuando se puso medias por primera vez, le daban escalofríos. Doro escuchó pensativo, sonriendo apenas. —Era una niña demasiado juiciosa —decía Clelia desolada—. Creía que si al día siguiente papá se hubiese vuelto pobre de repente o se hubiese incendiado la cocina, no habríamos tenido nunca más de qué comer. Me había montado en el jardín un escondrijo con nueces e higos secos, y esperaba que nos volviésemos pobres para ofrecer a papá mis provisiones. Habría dicho a papá y a mamá: «No os desesperéis. Clelia está en todo. La habéis castigado, pero ella ahora os perdona y no lo volváis a hacer». Qué tonta era.
       —Todos somos tontos, a esa edad —dije.
       —Me creía todo lo que me decían. No me atrevía a meter la cara entre los barrotes de la verja porque podía pasar alguien y sacarme los ojos. Y sin embargo, desde la verja se veía el mar y yo no conocía otra distracción, porque me tenían siempre encerrada, y me sentaba en el poyo y escuchaba a los transeúntes, escuchaba los ruidos. Cuando una sirena sonaba en el puerto, era feliz.
       —¿Por qué le cuentas estas cosas? —dijo Doro—. Para soportar los recuerdos de infancia de otra persona, hay que estar enamorado de ella.
       —Pero él me quiere —dijo Clelia.
       Charlamos largamente aquella noche, y después fuimos a ver el mar bajo las estrellas. La noche era tan clara que se vislumbraba la blancura del rompiente bajo la barandilla del Paseo. Yo dije que realmente costaba creer que todo fuera agua y que el mar me daba la sensación de estar viviendo bajo una campana de cristal. Describí mi olivo como una vegetación lunar, aun cuando no había luna. Clelia, volviéndose entre Doro y yo, exclamó: —¡Qué bonito! Vamos a verlo.
       Pero al atravesar la plazuela encontramos a ciertos conocidos, y tuvimos que contar lo de Mara, y, hablando hablando, Clelia se olvidó del olivo y volvieron todos a la villa a jugar a cartas. Un poco despechado les dejé, diciendo que estaba cansado.
       Al fondo de la plazuela tropecé con Berti que no tuvo tiempo de ocultarse en la oscuridad. Seguí adelante y fue Berti quien me dirigió la palabra.
       —¿Qué significa ese contarme los pasos? —dije entonces.
       Le había entrevisto una hora antes, bajo la villa, y se había pasado todo el tiempo rondando por el Paseo, a cierta distancia de nosotros. La chaqueta blanca sobre la pescadora resaltaba demasiado. Él me dijo —envalentonado por la oscuridad— que había oído algo de un accidente en el pinar y que había querido cerciorarse.



VI

      —Como ves, estoy vivo —le dije—. ¿Había necesidad de seguirme toda la noche?
       Me preguntó si iba a dormir. Nos detuvimos bajo el olivo, que era una mancha negra en la oscuridad. —Decían que una señora se ha matado —dijo Berti.
       —¿Te interesas también por las señoras?
       Berti miraba a mi ventana con la barbilla levantada. Se volvió con vivacidad y dijo que una desgracia puede decidir a un veraneante a irse, y él había pensado que yo y mis amigos nos habríamos ido.
       —¿Es pariente suya? —me preguntó.
       Comprendí, aquella noche, que cuando hablaba de mis amigos se refería a Clelia y Doro. Me preguntó de nuevo si Mara era pariente de ellos. La absurda sospecha de que se interesase en los treinta años de Mara me hizo sonreír. Le pregunté si la conocía.
       —No —dijo él—. Así, así.
       Le cité para el día siguiente en la playa, bromeando sobre su ocurrencia de leer en compañía. —Si crees que te voy a presentar chicas, te equivocas. Me parece que ya sabes arreglártelas por tu cuenta.
       Aquella noche fumé sentado en la ventana, pensando en las confidencias de Clelia, enojado por la idea de que Ginetta nunca me hubiese hecho nada parecido. Se apoderaba de mí una melancolía que ya conocía. Se añadió el recuerdo de la conversación con Guido, que acabó de desalentarme. Por fortuna estaba en el mar, donde los días no cuentan. «Estoy aquí para distraerme», pensé.
       Al día siguiente estábamos sentados en lo alto del escollo Doro y yo, y debajo de nosotros Clelia tendida boca arriba, cubriéndose los ojos. El quitasol, en la arena, estaba vacío. Volvimos a hablar de Mará y llegamos a la conclusión de que una playa está hecha de mujeres y a lo más de niños. Falta un hombre y nadie se da cuenta; falta una Mara cualquiera y un grupo se deshace. —Mira —decía Doro—, estos quitasoles son otras tantas casas: hacen media, comen, se mudan, van de visita: los pocos maridos que hay están al sol donde la mujer les ha puesto. Es una república de mujeres.
       —Se podría deducir que la sociedad la han inventado ellas.
       En aquel momento llegó a los escollos un nadador. Sacó la cabeza del agua, mientras se agarraba a la roca. Era Berti.
       No dije nada y me lo quedé mirando. Quizás no me veía, allí arriba, donde estaba —yo, cuando salgo del agua no veo a dos pasos— y se quedó apoyado en la roca, meciéndose en el oleaje. A la altura de su frente, a pocos pasos, estaba tendida Clelia, boca abajo e inmóvil. A Berti le chorreaba el pelo sobre los ojos, y para sostenerse hacía grandes gestos tentaculares que tienen algo de natación y de inestabilidad a un mismo tiempo. Luego se soltó de improviso y nadó de espaldas, y volvió nadando alrededor de una roca sumergida en el punto donde la arena se hacía escollo. Desde allí me gritó algo. Le saludé con una seña y me puse a hablar otra vez con Doro.
       Más tarde, cuando Clelia despertó de su beatitud y llegaron las demás muchachas y unos conocidos, yo recorrí la playa con los ojos y vi a Berti de pie entre las casetas con un periódico en la mano, leyendo. No era la primera vez. Pero aquella mañana era evidente que estaba esperando. Le hice señas de que se acercase. Insistí. Berti se movió, doblando el periódico sin mirarnos. Se detuvo junto a las rocas. Dije a Doro: —Este es el tipo emprendedor que te decía—. Doro miró y sonrió, luego se volvió a su pincelero. Entonces no tuve más remedio que bajar y acercarme a Berti para decirle algo.
       Presentar a un chico en bañador negro a muchachas que van y vienen en traje de baño y a señores en albornoz es algo que tiene poca importancia y, bien considerado, disculpable. Pero la cara seria y aburrida de Berti me irritó: me sentía ridículo. Murmuré bruscamente: —Aquí nos conocemos todos—, y al pasar junto a Ginetta que iba a bañarse, le dije: —Espérame.
       Cuando volví a la orilla —Ginetta permanecía en el agua durante más de una hora— lo encontré sentado en la arena, entre nuestro quitasol y el contiguo, y abrazándose las rodillas.
       Le dejé allí. Prefería hablar un poco con Clelia. Clelia salía en aquel momento de la caseta poniéndose un bolero blanco sobre el bañador. Fui a su encuentro y nos saludamos en broma. Nos alejamos poco a poco, hablando y cuando Berti hubo desaparecido detrás del quitasol me sentí más tranquilo. Dábamos el acostumbrado paseo por la playa, entre la espuma y los grupos tendidos y rumorosos.
       —Me he bañado con Ginetta —dije—. ¿Usted no se baña?
       Desde el primer día me había mostrado dispuesto, por pura cortesía, a meterme en el agua con ella, pero Clelia se había detenido, mirándome con una sonrisa ambigua. —No, no, al agua voy sola—. No hubo forma. Me explicó que ella todo lo hacía en público, pero con el mar prefería estar sola. —Pero es extraño. —Es extraño, pero es así—. Nadaba bien, y no era pues por timidez. Era una decisión. —La compañía del mar me basta. No quiero a nadie más. En la vida no tengo nada mío. Déjeme por lo menos el mar—. Se alejó nadando sin mover el agua, y a su regreso la esperaba en la arena. Volví sobre el mismo tema y Clelia a mis protestas, respondió con una ligera sonrisa. —¿Ni siquiera con Doro? —pregunté. —Ni siquiera con Doro.
       Esa otra mañana bromeamos sobre su baño misterioso, y saltábamos por encima de los cuerpos, nos reíamos de las barrigas, criticábamos a las mujeres. —Mire aquel quitasol rojo —dijo Clelia—, ¿sabe quién está debajo?—. Se entreveía en la gandula una huesuda desnudez cubierta por un traje de baño de dos piezas: sostén y bragas. Estaba bronceada a trozos; el vientre descubierto mostraba la huella de un anterior traje de baño normal. Las uñas de los pies y de las manos eran de color rojo sangriento. Del respaldo de la tumbona colgaba una bonita toalla rosa. —Es la amiga de Guido —susurró Clelia, riendo—. Él la lleva consigo y la tiene escondida, y cuando la encuentra le besa la mano y le hace cumplidos—. Luego me cogió del brazo y se inclinó: —¿Por qué sois tan vulgares los hombres? —Me parece que Guido tiene toda clase de gustos —dije—. En cuanto a vulgaridad no le falta. —No es verdad —dijo Clelia—, es esa mujer la que es vulgar. Él, pobrecillo, me quiere mucho.
       Empecé a explicarle que nada es vulgar de por sí sino que somos nosotros los que hacemos la vulgaridad según hablemos o pensemos, pero ya Clelia estaba mirando a otra parte y se reía de un gorrete rojo que un crío llevaba en la cabeza.
       Paseamos así hasta el final de la playa, y nos detuvimos a fumar en la escollera. Volvíamos luego aturdidos por el sol y yo dejaba errar la vista acá y allá sin interés, cuando entreví cerca de nuestro quitasol a Berti, que se alejaba —la espalda negra, el bañador— hablando con aire agitado a una mujer menuda en florido traje de mañana, extravagante, con altas sandalias y mejillas bruñidas, empolvadas. Clelia en aquel momento gritó algo a Doro, levantando el brazo, y los dos se volvieron —de prisa Berti, que escapó apenas nos vio; con aire desenvuelto y burlón la perinola, que luego se echó a correr detrás de Berti, llamándolo por su nombre.
       —Esa geisha que te perseguía —le dije cuando vino a buscarme al figón—, ¿era por casualidad la señora que te llevaste a casa aquel día?
       Berti sonrió indiferente, mirando el cigarrillo.
       —Veo que tienes buena compañía —proseguí—. ¿Por qué buscas otra? Menos mal que no te he presentado a aquellas señoritas.
       Berti me miraba fijamente, como cuando se aparenta estar pensando en algo. —No es culpa mía —dijo de pronto—, si la he encontrado. Pida perdón por mí a sus amigos.
       Entonces cambié de conversación y le pregunté si sus padres sabían algo de esas proezas. Él, con su acostumbrada sonrisa vaga, dijo despacio que aquella mujer valía más que muchas chicas de buena familia. Como por lo demás todas las mujeres como ella, que si llevaban una vida difícil era en provecho de las honestas.
       —¿O sea?
       —Sí. Los hombres están todos de acuerdo en frecuentar a las mundanas, con ellas se desahogan y ya no molestan a las otras. Entonces, que las respeten.
       —De acuerdo —le dije—. Pero entonces, tú, ¿por qué huyes y te avergüenzas de ella?
       —¿Yo? —balbució Berti. Era otra cosa, me explicó: él de las mujeres sentía repugnancia y le daba rabia que todos viviesen sólo para aquello. Las mujeres eran estúpidas y melindrosas: la fatuidad de los hombres las hacía necesarias; bastaba ponerse de acuerdo y no buscarlas más, para quitarles toda la soberbia.
       —Berti, Berti —le dije—. Encima hipócrita.
       Me miró sorprendido. —Servirse de una persona —continué—, y luego evitarla, eso no—. Vi entonces que sonreía y aplastaba el cigarrillo con ostentación. Con voz más tranquila dijo que no se había servido de aquella mujer, sino que —sonrió— aquella mujer se había servido de él. Estaba sola, se aburría en la costa; se habían encontrado en la playa —ella misma había empezado a bromear y a hacer melindres. —Lo ve —me dijo—. No le dije que no, porque me daba lástima. Lleva un bolso con el espejo todo roto. Yo la comprendo. Busca tan sólo compañía y no quiere un céntimo: dice que en la costa no se trabaja. Pero es mala. Es como todas las mujeres, que se aprovechan del ridículo para humillar a un hombre.
       Volvimos a casa por las calles desiertas de las dos de la tarde. Me había propuesto no dar más consejos a aquel muchacho: era tipo de dejar que se desahogase, para ver hasta dónde llegaba. Le pregunté si a aquella mujer, a aquella señora, no se la había traído por casualidad de Turín. —Usted está loco —me respondió bruscamente. Pero perdió toda espontaneidad cuando le pregunté que quién le había enseñado a excusarse de cosas que a la gente no le dan ni frío ni calor. —¿Cuándo? —balbució. —¿No me has dicho hace poco que pidiese perdón a mis amigos? —dije.
       Me explicó que, puesto que yo estaba en compañía, le sabía mal que le hubiésemos visto con aquella mujer. —Hay personas —dijo—, ante las que uno se avergüenza de hacer el ridículo. —¿Quién, por ejemplo? —Calló un instante. —Sus amigos —balbució desdeñosamente.
       Me dejó al pie de la escalera, y se alejó bajo el sol. Como en aquellas horas sofocantes Doro descansaba, yo, que no consigo dormir de día, había hecho ver que volvía a casa sólo por librarme de Berti. Y ahora empezaba el tedio cotidiano de las horas calurosas y vacías. Callejeé por el pueblo, como siempre, pero ya no me quedaba un rincón que no conociese. Tomé entonces el camino de la villa, impaciente por hablar con Clelia. Pero era desesperadamente pronto, y pasé mucho tiempo meditando, sentado en un parapeto detrás de unas plantas que se recortaban sobre el mar. Entre otras cosas pensé por vez primera que alguien, no conociendo bien a Clelia, habría dicho, viéndonos pasear y reír juntos, que entre nosotros había algo más que una simple amistad.
       Encontré a Clelia en el jardín, recostada a la sombra en una tumbona de mimbre. Parecía contenta de verme y se puso a hablar. Me dijo que Doro estaba harto de pintar siempre el mar y que quería dejarlo. Se me escapó una sonrisa. —Su Guido estará contento —dije—. ¿Por qué?—. Entonces tuve que explicarle que, según Guido, Doro pensaba más en la pintura que en ella, y ésta era la causa de sus divergencias.
       —¿Divergencias? —dijo Clelia, frunciendo el ceño.
       Me impacienté. —Vamos, Clelia, no querrá hacerme creer que un poquito no hayan regañado. Acuérdese de aquella noche en que usted me rogaba que le hiciese compañía y que le distrajese.
       Clelia me escuchó medio enfurruñada y negaba con la cabeza. — Nunca he dicho nada —murmuró—. No recuerdo. —Sonrió—. No quiero acordarme. Y usted, no sea grosero.
       —Caramba —dije—. El primer día que estuve aquí. Volvíamos de aquel viaje en que nos dispararon…
       —Qué gracioso —exclamó Clelia—. ¿Y aquel hombre blanco que hacía cabriolas?
       Tuve que sonreír, y Clelia dijo: —Todos os tomáis lo que digo al pie de la letra. Todos recordáis las cosas que digo. Y preguntáis, queréis saber. —Se enfurruñó de nuevo—. Me parece como si hubiese vuelto al colegio.
       —Por mí… —murmuré.
       —No hay que recordar nunca las cosas que digo. Yo hablo y hablo porque tengo una lengua en la boca, porque no sé estar sola. No me tome en serio usted también, porque no vale la pena.
       —Oh, Clelia —dije—, ¿estamos cansados de la vida?
       —¡Qué va! ¡es tan hermosa! —dijo ella, riendo.
       Entonces dije que no podía comprender al pobre Doro. ¿Por qué quería dejar de pintar? Con lo bien que lo hacía.
       Clelia se puso pensativa y dijo que de no haber sido la que era —una niña mimada que no sabía hacer nada— habría pintado ella el mar que le gustaba tanto y que era algo que le pertenecía; y no sólo el mar, sino las casas, la gente, las empinadas escalerillas, todo Génova. —Tanto me gusta —dijo.
       —Quizás es por esto que Doro escapó de casa. Por la misma razón. A él le gustan las colinas.
       —Es posible. Pero él dice que su pueblo sólo es bonito en el recuerdo. Yo no sería capaz. No tengo otra cosa.
       Sentados frente por frente —en medio, la mesita— esperamos a Doro. Clelia empezó de nuevo a hablarme de cuando era muchacha, y bromeó mucho sobre las ingenuidades de aquella vida, sobre el estrecho ambiente de vejestorios que querían hacer de ella una condesa y que la llevaban como un zarandillo por tres casas —una tienda, un palacio y una villa— y lo que a ella le gustaba era el triángulo de calles que las unía, atravesando toda la ciudad. El palacio del tío era un viejo caserón con frescos y brocados en vitrinas, como un museo, que visto desde la calle campeaba sobre el mar, y tenía grandes cristaleras emplomadas. De niña, decía Clelia, era una pesadilla entrar en aquel zaguán y pasar la tarde en la lúgubre penumbra de las saletas. Más allá de la techumbre estaba el mar, estaba el aire, estaba la calle bulliciosa; ella tenía que esperar a que mamá acabase de cuchichear con la vieja; y sin cesar, martirizada por el aburrimiento, alzaba los ojos a los cuadros oscuros, donde relampagueaban bigotes, capelos cardenalicios, mejillas descoloridas de muñecas sin edad.
       —Ve qué tonta soy —decía Clelia—, entonces que el palacio era casi nuestro, no lo podía soportar; ahora que somos pobres y no tenemos un céntimo, lo que daría por recuperarlo.
       Antes de que Doro apareciese en el balcón, Clelia me dijo aún que su madre no quería que se quedase en la tienda donde estaba papá, porque no estaba bien que una niña como ella oyese disputar detrás del mostrador y aprendiese tantas palabras groseras. Pero la tienda estaba llena de cosas y tenía escaparates centelleantes —los mismos objetos que inundaban el palacio— y allí la gente iba y venía y Clelia era feliz de ver al padre contento. Le preguntaba siempre por qué no vendían también los cuadros y las lámparas del palacio, y así nunca más se habrían arruinado. —He tenido una infancia juiciosa —me explicó sonriendo—. Me despertaba de noche con el pánico de que papá se hubiese vuelto pobre.
       —¿Y a qué venía tanto miedo?
       Entonces Clelia dijo que en aquellos años estaba siempre con el alma en un hilo. Los primeros pensamientos de amor los había tenido frente a un cuadro de san Sebastián mártir, un joven desnudo, el cuerpo cubierto de coágulos y de llagas, con las flechas clavadas en el vientre. Los ojos tristes y enamorados de aquel santo le hacían sentirse avergonzada de haberlo mirado, y ella identificaba el amor con aquella escena.
       —¿Y por qué le cuento todo esto? —dijo.
       Poco después apareció Doro en la terraza, muy ocupado en secarse el cuello. Me hizo señas y se metió dentro para bajar. Pregunté a Clelia si había cambiado de idea sobre el amor.
       —Naturalmente —me dijo.



VII

      Por la noche, cuando volvía a casa, me ponía a fumar en la ventana. Uno cree que de este modo facilita la meditación, pero la verdad es que fumando se disipan los pensamientos como niebla y a lo sumo se fantasea, que es muy distinto que pensar. Los hallazgos, las invenciones llegan, por el contrario, inesperadamente: en la mesa, nadando en el mar, hablando de cualquier cosa. Doro conocía mi costumbre de ensimismarme por un instante en lo más vivo de una conversación, para perseguir con la mirada una idea imprevista. También él hacía lo mismo, y en todo tiempo habíamos caminado muchas veces juntos, meditando cada uno en silencio. Pero ahora sus silencios —como los míos— me parecían distraídos, absortos, insólitos en suma. No hacía muchos días que estaba en la costa y ya me parecía un siglo. Sin embargo no había sucedido nada. Pero por la noche mientras volvía a casa, tenía la sensación de que todo el día transcurrido —el trivial día de playa— esperase de mí quién sabe qué esfuerzos de claridad para que pudiese recapacitar.
       Cuando, al día siguiente de la desgracia de Mara, vi de nuevo al amigo Guido con su maldito automóvil, en los pocos segundos que empleé en atravesar la calle para darle la mano, intuí más cosas que en todo el tiempo que empleaba por las noches en consumir una fumarada. Vislumbré, por ejemplo, que las confidencias de Clelia eran una inconsciente defensa contra la vulgaridad de Guido: hombre, por lo demás, educadísimo y galante, Guido estaba sentado, bronceado y róseo, tendiendo la mano y mostrando los dientes en un saludo. Guido era rico y bovino. Clelia reaccionaba furtivamente; por lo tanto le tomaba en serio y se le parecía. Quién sabe hasta dónde habría llegado con mis intuiciones si Guido no se hubiese echado a reír y no me hubiese obligado a hablar. Subí con él al automóvil y me llevó al café donde a aquella hora estaban todos.
       Mientras hablaban de Mara, yo procuraba meterme en mí mismo, y me pregunté si Doro interpretaba del mismo modo que yo los sentimientos de Clelia, y cómo podía ser que no le molestase que ni siquiera para mí Clelia tuviese secretos. Entre tanto llegaron ellos también y, tras los saludos de rigor, Guido dijo a Clelia que mientras atravesaba Génova había pensado en ella. Clelia le llamó perverso. Una broma, pero bastó para hacerme sospechar que las mismas confidencias de infancia se las había hecho en otro tiempo también a Guido, y la cosa se me indigestó.
       Después de cenar, Guido llegó a la villa; parecía contento; se había traído en el automóvil a Ginetta. Mientras Doro y Guido hablaban de negocios yo escuchaba a Clelia y Ginetta y pensaba en aquella ocurrencia de Doro cuando descendíamos de la montaña, que la característica del que se casa es vivir con más de una mujer. Pero, ¿era una mujer, Ginetta? Su sonrisa áspera y la vehemencia de ciertas opiniones la hacían parecer más bien a un adolescente sin sexo. Cada vez me resultaba más difícil concebir que Clelia hubiera podido parecerse a ella de muchacha. Había en Ginetta una picardía reservada, contenida, que sin embargo a veces le sacudía todo el cuerpo. No, desde luego, que ella se confesase a sus amigos, pero viéndola hablar se tenía la sensación de que nada de su fondo quedaba oculto. Los ojos pardos que abría sin ostentación, tenían la claridad del aire.
       Hablaban de no sé qué escándalo —no recuerdo bien— pero recuerdo que la muchacha lo defendía y apelaba a Doro y le interrumpía sin más ni más y Clelia, con mucha dulzura, seguía repitiendo que no era cuestión de moral, sino de gusto.
       —Pero se casarán —decía Ginetta.
       No era una solución, rebatía Clelia, casarse era una elección, no un remedio, y una elección hecha con calma.
       —Caramba, será una elección —interrumpió Guido—. ¡Después de todos los experimentos que han hecho!
       Ginetta no sonrió y arguyó que, si el objeto del matrimonio era la familia, tanto mejor si se hubiesen decidido en seguida.
       —Pero el objeto no es únicamente la familia —dijo Doro—. Es preparar un ambiente para la familia.
       —Mejor un hijo sin ambiente que un ambiente sin hijos —sentenció Ginetta. Luego se ruborizó y encontró mi mirada. Clelia se levantó para servirnos el licor.
       Después jugamos a cartas. Eran ya altas horas cuando Guido nos condujo a casa. Tras haber dejado a Ginetta frente al garaje, nosotros volvimos a pie hacia el hotel. Hubiese preferido dar aquel paseo solo, pero Guido, que durante toda la noche apenas despegó los labios y había jugado con agresiva falta de atención, me dijo que le hiciese compañía. Le hablé nuevamente de Mara. Guido sostuvo con desgana la conversación. Mara estaba en buenas manos y fuera de peligro. Al llegar frente a su hotel, siguió adelante.
       Llegamos taciturnos a la entrada de mi callejuela, e hice ademán de pararme. Guido prosiguió unos pasos más, luego se volvió con aire casual.
       —Deje que esperen —dijo—. Venga hasta la estación.
       Pregunté que quién me esperaba, y Guido dijo al descuido que, caramba, alguna compañía tendría. —Ninguna —le respondí—. Soy soltero y estoy solo.
       Entonces Guido murmuró algo, y con este argumento proseguimos el camino. Quién había de esperarme, volví a preguntar. ¿Acaso el joven de la playa?
       —No, no, profesor, me refería a una relación… una amistad.
       —¿Por qué? ¿Me ha visto con alguien?
       —No digo eso. Pero, en fin, un desahogo se necesita.
       —Estoy aquí para descansar —expliqué—. Y mi desahogo es estar solo.
       —Ya —dijo Guido, pensativo.
       Estábamos en la plazuela, frente al café, cuando me decidí a hablar. —Y usted, ¿tiene una compañía? —dije.
       Guido alzó la cabeza. —La tengo, sí —dijo agresivo—. La tengo. No todos somos santos. Y me cuesta un ojo de la cara.
       —Ingeniero —exclamé—, pues la tiene bien escondida.
       Guido sonrió complacido. —Es esto lo que me cuesta un ojo. Dos cuentas, dos domicilios, dos mesas. Créame, una amante es la mujer que resulta más cara.
       —Cásese —dije.
       Guido descubrió sus dientes de oro. —Seguiría siendo doble gasto. No conoce a las mujeres. Una amiga, mientras espera, no dice palabra. Tiene todas las de ganar. Pero el desgraciado que tiene mujer, está en sus manos.
       —Entonces, cásese con la amiga.
       —Está de broma. Éstas son cosas que se hacen de viejo.
       Le dejé frente al hotel, prometiéndole que al día siguiente pasaría para conocer a la señora. Me estrechó la mano con afabilidad. Mientras volvía a casa me acordé de Berti y miré a mi alrededor, y esta vez no estaba.
       Al día siguiente me entretuve escribiendo hasta que el sol estuvo alto y luego vagué por las calles considerando de nuevo las ideas de la noche anterior, que ahora, en el bullicio y la claridad del día, me resultaron descoloridas e inconsistentes. Quería llegar a la playa cuando ya estuviesen todos.
       Pero en la entrada de los baños encontré a Guido, esta vez con un albornoz marrón, que nada más verme me secuestró, y juntos nos encaminamos, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, a aquel concreto quitasol. Cuando llegamos Guido sonrió espontáneamente y exclamó: —Querida Nina. ¿Cómo has dormido? ¿Me permites? —y le dijo mi nombre. Rocé los dedos de aquella mano delgada y entre el resol y la sombrilla de por medio le vi sobre todo las piernas, largas y atezadas, y las complicadas sandalias que las remataban. Se había incorporado para sentarse en la gandula, y me miró con ojos duros, descarnados, como la voz con que se dirigió a Guido.
       Cambiamos unos cuantos cumplidos. Pregunté por su baño; me dijo que sólo se bañaba hacia el atardecer, en el agua tibia; dedicó alguna risita a mis ocurrencias y me retuvo la mano cuando me despedí, invitándome a que pasase de nuevo. Guido se quedó.
       Llegué al escollo y vi a Berti que, sentado en la roca, dirigía la palabra a una chica de unos dieciséis años amiga de Ginetta, y Doro, tendido en la arena entre los dos, se desentendía de ellos. Clelia, en aquel momento, estaba en el mar.



VIII

      Doro me explicó, una de aquellas mañanas, por qué estaba harto de pintar. Me había cogido del brazo y poco a poco nos habíamos alejado del pueblo, por el camino que se desplomaba sobre el mar.
       —Si volviese a ser muchacho —me dijo—, sólo sería pintor. Me largaría de casa, daría un portazo, pero sería una decisión definitiva.
       Aquella rabia me gustó y le dije que en tal caso no se habría casado con Clelia. Doro dijo riendo que aquélla era la única cosa en la que no se había equivocado. Clelia sí que era una hermosa vocación. Pero, dijo, no eran aquellos cuadros tontos que pintaba a ratos perdidos lo que le daba rabia, sino el haber perdido el entusiasmo y las ganas de hablar conmigo de tantas cosas, eso sí.
       —¿Qué cosas?
       Me miró con altivez de arriba abajo, sin soltarme, y empezó a decir que si me lo tomaba así no se quejaría más, porque también yo estaba envejeciendo y por lo visto esto le ocurre a todo el mundo.
       —Puede ser —dije—, pero si has perdido las ganas de hablar, yo no tengo la culpa.
       Me daba cuenta de que estaba despechado y que la cosa era ridícula, pero de momento callé y Doro dejó mi brazo. Miraba al mar bajo nosotros y una idea se me vino a las mientes: ¿no estarían hechas de tonterías semejantes las disputas entre él y Clelia?
       Pero he aquí que Doro volvía a hablar con la voz despreocupada de antes, y comprendí que de mi despecho ni siquiera se había dado cuenta. Le respondí con indiferencia, pero el rencor creció dentro de mí, una verdadera y auténtica ira.
       —Aún no me has explicado por qué has reñido con Clelia —dije al fin.
       Pero Doro me rehuyó de nuevo. Al principio no comprendió a qué estaba aludiendo, luego me miró de soslayo y me dijo: —¿Todavía piensas en eso? Qué tozudo eres. Sucede todos los días entre marido y mujer.
       El mismo día le dije a Clelia, que se quejaba de una novela aburrida, que en estos casos la culpa es de quien la lee. Clelia alzó los ojos y sonrió. —A todos os pasa lo mismo —dijo—. Venís aquí a descansar y os volvéis impertinentes.
       —¿Todos, quién?
       —Incluso Guido. Pero Guido por lo menos tiene la excusa de que su amiga le atormenta. Usted, no.
       Me encogí de hombros, con una mueca burlona. Cuando le dije que había conocido a aquella señora, Clelia enrojeció de placer y casi dando palmadas suplicó: —Dígame, dígame. ¿Cómo es?
       Sabía solamente que Guido tenía la vaga intención de largarla a alguien, por ejemplo a mí. Dije esto con el tono grave que gustaba a Clelia y la vi feliz. —Se queja de que le cuesta demasiado dinero —añadí—. ¿Por qué no se casa con ella, entonces?
       —Lo que faltaba —dijo Clelia—. Pero esa mujer es tonta. Basta con ver la inteligencia que demuestra dejándose encerrar en el armario como una caja. ¿Le gusta?
       —Hasta ahora sólo le vi las piernas. ¿Quién es? ¿Una bailarina?
       —Una cajera —dijo Clelia—. Una bruja que todo el mundo conocía en Génova, antes de que Guido cayese en sus garras.
       —Entonces, es lista.
       —Con Guido no hace falta serlo mucho —sonrió Clelia.
       —Yo creo que se hace la mansa para atraparle mejor —dije—. Es una buena señal cuando una mujer se deja encerrar en el armario. Quiere decir que se considera ya como de casa.
       —Si le parece una buena señal… —dijo Clelia enfadada.
       —Pero ¿qué mejor puede hacer que casarse con ella?
       —No, no —se indignó Clelia—. No le recibiría nunca más en mi casa.
       —¿Prefiere que un bruto como él se case con una Clelia o una Ginetta?
       La miré de soslayo para ver si reaccionaba, pero lo de bruto pasó. —Es una iniquidad —dijo Clelia—, que una muchacha esté sin defensa frente a vosotros los hombres. Hacen bien esas mujeres en tomaros el pelo.
       En efecto, una de aquellas tardes tuve la visita de Guido, nada menos que en casa. Se asomó a la puerta con una risita de disculpa y dijo que no quería interrumpir mi lectura. Le hice entrar, embarazado a mi vez por la camita de hierro, y que tomase asiento junto a la ventana. Se fue abanicando con el sombrero y luego me dijo que le disculpase ante Doro y Clelia, porque no podía ir a buscarnos con el coche. Tenía un compromiso.
       En la playa, aquella tarde, lo desollamos vivo, a Guido. Las más sañudas eran las muchachas, que tenían interés por el paseo en coche. Berti, que ya se había instalado en el grupo y circulaba a sus anchas, era el único que se mostraba indiferente. Le oí responder a Ginetta que en resumidas cuentas a la playa se venía para estar en el agua, y no para visitar santuarios.
       —Así que —le dije, sentándome a su lado en la arena—, ¿ya no piensas en las lecturas?
       —De buena gana —me dijo.
       —Tal vez con estas chicas.
       Me miró, mosqueado. —¿Yo? —dijo—. Era verdad que, sentado bajo el escollo, tenía un aire aburrido. Y antes, cuando le vi al llegar, las soportaba a todas con aire condescendiente, desdeñoso.
       —No me dirás que también nosotros te disgustamos. Eres tú el que ha venido a buscarnos.
       Berti sonrió. Pasó por delante Ginetta, ajustándose el gorro, preparada para nadar. Viéndola, desde donde yo estaba sentado, caminar lentamente, con el gesto de cubrirse la oreja, me pareció muy alta, más que mujer. Berti se miró las rodillas y murmuró: —Me fastidian. Nunca se sabe lo que es, una chica.
       Ante nosotros se paró Doro, e hizo ademán de echarse al suelo. —Éste es el estudiante —le dije. Les presenté. Se dieron la mano de rodillas.
       Luego Doro se puso a hablar conmigo de no sé qué, en uno de esos humores extraños y bruscos tan frecuentes en nuestra época de estudiantes. Era evidente que Berti no tenía nada que ver en esto. Por un lado escuchaba a Doro, por el otro no quitaba los ojos de mi mozalbete.
       Que de repente preguntó: —Ingeniero, ¿se quedará aún muchos días?
       Doro nos miró de reojo y no contestó. Berti esperó, ruborizado pese a estar tostado por el sol. Tras un largo silencio, yo dije que a finales de agosto me iba. Pero Doro, implacable, no abrió la boca. Los tres mirábamos al mar, donde Ginetta entraba en aquel momento y de donde inesperadamente emergió Clelia. Esperamos a que se acercase y yo no sabía si sonreír. Nos hizo una mueca, porque le resbaló un pie en los guijarros.
       —Id, el mar es vuestro —nos gritó acompañando a las palabras con la mano, y se dirigió al quitasol. Doro se había levantado. —¿Damos una vuelta? —me dijo. Me levanté mirando fugazmente a Berti. Estaba todavía contemplando el horizonte, con aire estoico.
       Más tarde, frescos y descansados, estábamos sentados en torno al quitasol, y Clelia fumaba un cigarrillo y yo la pipa.
       —Quién sabe a dónde habrá ido Berti —dije. Doro no se movió. Tendido entre nosotros, miraba al cielo. —Sois realmente amigos —dijo Clelia—, sois inseparables. —Hago de pantalla de sus amores —dije. —Hay una mujer que, si no, estaría celosa.
       Estas historias a Clelia le gustaban y tuve que contarle todo el asunto y la discusión en la fonda. Doro no decía nada y siguió mirando hacia arriba.



IX

      Volví a ver a Berti, con el ceño fruncido, en el hostal. Se ve que entró por pura ociosidad. Me dijo que quería venir a verme por la tarde, para leer conmigo.
       —¿Ya no te gustan las chicas? —dije.
       —¿Cuáles?… Las odio —me respondió.
       —¿No querrás decir que buscas la compañía del ingeniero?
       Me preguntó si Doro era realmente amigo mío. Le contesté que sí, él y la mujer eran los mejores amigos que tenía.
       ¿La mujer?
       —No sabía que Clelia era la mujer de Doro. Le brillaron los ojos. —¿De verdad? —repetía, y los bajaba con aquel aire impasible de fastidio, que era su aire serio. —¿Qué creías? —refunfuñé. —¿Que era una bailarina?
       Berti manoseaba el mantel y me dejó hablar. Luego me miró a la cara con dos ojos brillantes, ingenuos, en fin, sus ojos de muchacho, y volvió a preguntarme si por la tarde podía subir a mi casa.
       —¿No irá nadie a verle? —dijo.
       Era evidente que estaba pensando en Clelia.
       —¿Cómo es eso? —le dije—. ¿Odias a las mujeres y te pones colorado pensando en ellas?
       Berti me contestó no sé qué tontería, luego hubo una pausa y finalmente nos levantamos. Por la calle iba taciturno, pero contestaba animándose, con el aire de quien habla a trochemoche porque al fin y al cabo sigue en lo suyo. Me detuve bajo el olivo para hablar un momento con la patrona y él me esperó al pie de la escalerilla contemplando y acariciando la piedra lisa de la baranda, con una sonrisa entre tierna y desdeñosa en los labios. —Sube —le dije al reunirme con él.
       Cuando estuvimos arriba se acercó a la ventana, se apoyó en ella de espaldas y se quedó mirando cómo yo me movía por la habitación.
       —Profesor, estoy contento —se le escapó de repente, mientras le volvía la espalda y me enjuagaba la boca.
       Le pregunté por qué y él me respondió con un gesto, como queriendo decir: «Es así.»
       Tampoco aquella tarde leímos. Empezó a explicarme que de cuando en cuando le venían ganas de trabajar, un frenesí, un deseo de hacer algo, no tanto de estudiar como de tener un puesto de responsabilidad, pero arduo, para entregarse a él noche y día y convertirse en un hombre como nosotros, como yo. —Entonces, trabaja —le dije—. Eres joven; si yo pudiese estar en tu lugar…—. Me dijo entonces que no comprendía por qué la gente exaltaba tanto a los jóvenes: él habría querido tener ya treinta años —mejor que mejor—, eran estúpidos aquellos años intermedios.
       —Pero todos los años son estúpidos. Es una vez pasados cuando se vuelven interesantes.
       —No —dijo Berti, no encontraba realmente nada de interés en sus quince, en sus diecisiete años; estaba contento de haberlos pasado.
       Le expliqué que lo bonito de su edad era que las tonterías no cuentan y precisamente por lo mismo que a él le desagradaba: que sólo se les consideraba unos muchachos. Me miró sonriendo.
       —Entonces, lo que hago, ¿no son tonterías?
       —Según —le dije—. Si molestas a las mujeres de mis amigos desde luego será una tontería, además de una grosería.
       —No molesto a nadie —protestó.
       —Veremos si es verdad.
       Me confesó, poco antes de terminar la conversación, que había creído estúpidamente que la señora era la amante de mi amigo, y que al saber que en cambio era su esposa le había gustado, porque le daba mucha rabia que las mujeres, con la excusa de que son mujeres, se vendan al primero que encuentran. —Hay días en que el mundo, la vida, me parece un gran prostíbulo.
       En aquel momento le interrumpió una voz áspera, que yo conocía, una voz de mujer irritada que subió de la calle, replicando a la de nuestra patrona. Nos miramos. Berti calló y bajó los ojos. Comprendí que era la mujer de la playa, aquella a la que nosotros llamábamos por broma su amante. Berti no se movió.
       La patrona decía: —No está, no sé nada—. La otra chillaba denuestos, afirmando que nadie le había faltado nunca el respeto y que no bastaba con el agua bendita para lavarse la cara.
       Cuando callaron y alguien se alejó, esperé a que Berti hablara, pero Berti miraba al suelo con el rostro endurecido y distraído, y no decía nada.
       Le dije, cuando se iba, que hiciera lo posible para que aquellas cosas no volvieran a ocurrir. Corté el hilo y cerré la puerta.
       Al escollo aquella tarde no acudió. Vino Guido, enjugándose el sudor. Clelia le preguntó en tono burlón que cuándo volverían a bailar allá arriba.
       —¿Has oído? —dijo él a Doro—. Tu mujer tiene ganas de bailar.
       —Yo no —dijo Doro.
       Clelia me estaba contando algo acerca de una galería del viejo palacio de su tío, que aquella tarde le volvía a la memoria, y ahora le hubiese gustado encontrarse allí. Guido la escuchó un momento y luego dijo que yo era el hombre apropiado para apreciar las voces del pasado.
       Clelia sonrió desconcertada y le respondió que las conversaciones sobre el presente las esperaba de él. Miramos a Guido que guiñó un ojo —creo que a mí— y replicó a Clelia que por lo menos nos contase algo interesante —el primer baile—, el primer baile de una mujer está siempre lleno de sorpresas.
       —No, no —dijo Clelia—, queremos saber algo de su primer baile. O incluso del último, del de ayer noche.
       Doro se levantó y dijo: —No os excitéis. Yo me voy a nadar.
       —Es verdad —dije—. Siempre se habla del primer baile de las muchachas. ¿Y del de los jovencitos? ¿Qué les sucede a los futuros Guidos la primera vez que abrazan a una chica?
       —No existe una primera vez —dijo Clelia—. Los futuros Guidos no han empezado en una determinada ocasión. Lo hacían ya antes de nacer.
       Continuamos así hasta el regreso de Doro. Esas bromas agresivas gustaban a Clelia y mezclaba con ellas una segunda intención incitante, una malicia que —quizá me equivoco— Guido no siempre alcanzaba. O más bien tenía el aire de soportarlas preocupado por otras cosas, pero la complacencia malhumorada con que se prestaba al juego me hizo sonreír.
       Dije: —Parecéis marido y mujer.
       —Grosero —dijo Clelia.
       —Con una mujer como Clelia, ¿qué más se puede hacer sino bromear? —dijo Guido.
       —Sólo hay un hombre con el que no bromea —dije a mi vez.
       —Naturalmente —dijo Clelia.
       Doro volvió y se tumbó en la arena, al último sol. Al cabo de un rato Guido se levantó y nos dijo que se iba al bar. Se alejó entre los palos de los quitasoles cerrados y los encontronazos y los regateos del bullaje vespertino. Algo más lejos Ginetta y otros jóvenes alborotaban saludando a una barca que se acercaba. Nosotros tres callábamos; yo escuchaba el rumor de las zambullidas y de la vocinglería, amortiguado.
       —¿Sabe, Clelia —dije de pronto—, que mi estudiante al verla, ha decidido cambiar de vida?
       Doro alzó la cabeza. Clelia abrió los ojos, sorprendida.
       —Ha despedido a su amante y habla mal de todas las mujeres. Es una señal infalible.
       —Gracias —murmuró Clelia.
       Doro volvió a tenderse. —Ya que Doro está presente —proseguí—, puedo decirlo. Está enamorado de usted.
       Clelia sonrió, sin moverse. —Lo siento por esa… ¿No puedo hacer nada?
       Se me escapó una sonrisa.
       —Con tantas chicas que buscan —dijo Clelia—, resulta molesto.
       —¿Y por qué? —dije—. Él es feliz. Es más feliz que nosotros. Debería ver cómo acaricia los troncos, extasiado.
       —Si se lo toma así… —dijo Clelia.
       Doro se volvió del otro lado, en la arena. —Bueno, dejadlo ya —dijo.
       Le dijimos que se callase porque él no tenía nada que ver en aquel asunto. Clelia miró un momento a la arena, sin hablar. —Pero, ¿seguro que es verdad? —preguntó de pronto.
       Riendo, se lo aseguré. —Qué encuentra en mí ese tonto —dijo entonces. Me miró, recelosa. Sois todos unos tontos —dijo.
       Volví a repetirle que mi estudiante era feliz y que más valía así y que, por mi parte, habría aceptado ser tonto en esas condiciones.
       Entonces Clelia sonrió y dijo: —Es verdad. Es como cuando estaba sola en la galería y en vez de estudiar tiraba bolitas de papel al cuello de los transeúntes. Una vez un señor me esperó abajo y me dio mucho miedo. Quería saber qué le había escrito. Era un ejercicio de latín.
       Doro se reía, tendido boca arriba sobre la arena.
       —Y aquel señor era Guido —dije.
       Clelia me clavó la mirada. —Qué tenía contra Guido —me preguntó. Me sentí mortificado. —Le conozco —le dije.
       —Guido estas cosas no las hace —dijo Clelia—. Guido respeta a las señoras.



X

      Guido me invitó con mucha cautela a subir una tarde en coche hasta allí arriba. —Estará Nina. ¿No le importa, verdad?—. Miró de soslayo a Berti que se había quedado unos pasos atrás para dejarme hablar, y me echó una mirada, interrogador. Le pedí que nos llevásemos también a Berti, muchacho ingenioso y que sabía bailar, que ya era más de lo que yo sabía hacer. Guido frunció el ceño y dijo: —Desde luego—. Entonces les presenté.
       Fue una noche de silencios. Berti había creído que encontraría a Clelia y en cambio tuvo que bailar con Nina que le miraba de arriba abajo y así no decía palabra; nosotros, sentados a la mesita, callábamos y seguíamos con la vista a las parejas. No era que Guido quisiese sacarse de encima a Nina: las palabras que me dijo distraídamente me parecieron más bien un desahogo: —Tengo una edad, profesor, en la que no puedo cambiar de vida, pero si Nina quisiera distraerse, encontrar un ambiente, una compañía que le fuese de ayuda, lo vería con buenos ojos.
       —No tiene más que decírselo.
       —No —dijo Guido—. Se siente sola. Usted comprende, un hombre tiene amigos, tiene relaciones que atender. No siempre puede dedicarle su tiempo.
       —¿Una franca explicación no sería posible? —sugerí.
       —Con otras mujeres, no con ella. Una amiga, una vieja amiga, comprende… una mujer exigente, no sé si me explico.
       Luego Nina bailó varias veces con él, y Berti fumaba cigarrillos en la mesa, mirando a su alrededor. Me preguntó si la señora era esposa de Guido.
       —Ésta no —le dije—. Es de ese mundo que tú imaginas. ¿A quién buscas?
       —A nadie.
       —Mis amigos no vienen. Cuando está esta señora no vienen.
       Aquella noche, en la escalerilla, bajo el olivo, le pregunté si le gustaba Nina, y a su mueca repliqué que habría hecho un gran favor a Guido si la hubiese entretenido un poco. —Pero, si está harto de ella, ¿por qué no la planta? —dijo Berti. —Intenta preguntárselo —dije.
       Berti no se lo preguntó y en cambio, la noche después, cogida al vuelo la noticia de que subiríamos a bailar con Clelia y Guido, fue a pie —no sé si había cenado. Le vimos, mientras entrábamos sorteando las mesillas, sentado en un rincón. Tenía delante su bebida, y arrojó el cigarrillo. Pero no se movió.
       Por casualidad Ginetta no venía en el grupo. Para mí, ahora que ya me parecía leerle el pensamiento, era evidente que había contado con la presencia de Ginetta para empezar a bailar. Guido, totalmente rejuvenecido por la noche de libertad, miraba a su alrededor con aire satisfecho y le hizo una seña, distraídamente. Berti se levantó y vino hacia nosotros. Clavé la vista en el suelo: soy un cobarde. —¿Cómo está la señora? —preguntó Berti.
       Clelia rompió el embarazo general con una risita irrefrenable. Entonces Guido respondió: —Estamos todos bien —con un tono y un gesto vago que nos hizo sonreír a todos, menos a Berti que enrojeció. Se quedó un rato mirándonos y yo no pude resistir; dije, mirando de reojo a Clelia: —Éste es Berti, al que ya conocéis—. Doro, con aire aburrido, le hizo señas de que se sentara, murmurando: —Quédese con nosotros.
       Naturalmente, me tocó a mí entretenerle. Berti, sentado en el borde de la silla, nos miraba al soslayo, resignado. Le pregunté qué hacía solo, allí arriba, y Berti respondió con un mohín, haciendo como que escuchaba la orquesta, azorado. —Me dice mi amigo que ha dejado los estudios —dijo Doro, improvisamente—. ¿Qué hace?, ¿trabaja?
       —Estoy desocupado —respondió Berti con cierta violencia.
       —Mi amigo dice que se divierte —prosiguió Doro sin prestarle atención—. ¿Tiene amigos?
       Berti respondió simplemente que no. Callamos todos. Clelia, que estaba medio vuelta a la orquesta, volvió la cabeza y dijo: —¿Usted baila, Berti?
       Aquella frase se la agradecí. Berti pudo mirarla fijamente y asentir con la cabeza. —Lástima que Ginetta y Luisella no hayan venido —dijo Clelia—. Las conoce, ¿verdad?—. Sin apartar los ojos de ella Berti respondió que las conocía. —¿Y a mí no me saca a bailar? —dijo Clelia.
       Mientras se alejaban, ninguno de nosotros dijo nada. Guido se movió para recoger una cucharilla y mientras tanto mis ojos encontraban a los de Doro. Creo que leyó en mi cara una pregunta inquieta porque mientras yo, azorado, estaba para mirar a otra parte, vi que fruncía las cejas y sonreía a flor de labio.
       —¿Qué pasa? —dijo Guido, incorporándose.
       Clelia y Berti volvieron casi en seguida. No sé si la orquesta se dio más prisa que de costumbre o si mi inquietud me distrajo. Volvieron, y Clelia dijo algo, no recuerdo qué, lo que hubiese podido decir al apearse de un taxi. Berti la seguía como una sombra.
       Aquella noche bailaron todavía otra vez. Creo que fue Clelia la que le animó con una ojeada. Berti se levantó en silencio y esperó, sin mirarla apenas, a que Clelia se acercara. En los intervalos en que me sentaba a la mesilla, ora con Doro, ora con Guido, si alguno de nosotros dirigía la palabra a Berti, éste contestaba, condescendiente, con monosílabos. Guido bailó mucho con Clelia y volvía a la mesa con los ojos avispados. Luego nos quedamos todos un rato sentados cabe la mesilla, charlando. Berti procuraba no mirar demasiado a Clelia y miraba a la orquesta con aire aburrido y absorto. No hablaba. Fue entonces cuando Guido le dijo:
       —¿Tiene exámenes de septiembre, este año?
       —No —masculló Berti, tranquilo.
       —Porque tiene usted cara de exámenes, y no de persona educada.
       Berti sonrió bobamente. Clelia sonrió también. Doro no se movió. Pasaban los segundos y nadie hablaba. Guido nos miró de reojo y refunfuñó algo. Pero lo más ofensivo de todo era la sonrisa de desdén que le dedicó a Berti. Como diciendo: «Ahora ya está hecho. No pensemos más en ello.»
       Berti no decía nada. Seguía sonriendo vagamente. De pronto Clelia dijo: —¿Quiere que bailemos?—. Alcé la cabeza. Berti se había levantado.
       Clelia volvió sola a la mesa, saludando tranquilamente con una seña a alguien que conocía. Se sentó con un mohín de cansancio, casi un ceño, y sin mirarnos murmuró: —Espero que ahora seréis más divertidos—. Unos amigos surgieron en aquel momento de la penumbra y distrajeron nuestra atención.
       Cuando volvíamos en el automóvil, a una vaga pregunta mía Clelia respondió que Berti, mientras bailaba, no decía palabra. En cambio dijo muchas Guido, cuando, una vez solos, fuimos juntos, una última vez al bar. Me explicó que no podía soportar a los muchachos y no podía permitir que tuviesen aires de estar dándole una lección. —Sin embargo, también ellos deben vivir —dije—, y adquirir experiencia. —Que pasen antes todo lo que hemos pasado nosotros —replicó Guido, picado.
       En el bar le esperaba Nina. Me lo temía. Estaba sentada ante una mesita baja, con la barbilla apoyada en el puño, y seguía con la mirada las volutas del cigarrillo. Nos saludó con un gesto y, mientras Guido pedía algo en el mostrador, me preguntó con voz áspera y modulada, sin apartar la mano, por qué no me dejaba ver más a menudo.
       —¿Y anoche? —dije.
       —Usted no baila, no toma el sol, no come con nadie, ¿por qué no viene con nosotros? Oh, los amigos de Guido, ¿qué tiene esa mujer para seduciros a todos? No me dirá que a quien usted frecuenta es al ingeniero.
       —No digo nada —balbucí.
       Era tan tibia la noche que daba pena volver a casa. Quién sabe si Berti me esperaba al pie de la escalera. Probablemente habría ido a sentarse en la playa para saborear su vergüenza. Hubiese preferido no encontrarlo. Cuando llegué a mi habitación, estuve largo tiempo junto a la ventana.
       Berti me llamó al día siguiente desde la calle. Nuestra callejuela estaba aún completamente en sombra. Me preguntó si no iba a la playa con él. Calló un momento, luego me preguntó si podía subir. Entró con paso agresivo y los ojos brillantes y cansados. —¿Te parecen horas de venir? —dije. Tenía aspecto de no haber dormido, y por otra parte él mismo lo dijo casi en seguida, con un tono casual. Es más, parecía jactarse de ello. —Venga a la playa, profesor —insistió—. No hay nadie.
       Tenía que escribir una carta. —Profesor —me dijo tras un momento de silencio—, basta con hacer día de la noche. Todo se vuelve hermoso.
       Alcé los ojos del papel. —Los disgustos a tu edad son muy ligeros.
       Berti sonrió con cierta dureza. —¿Por qué habría de tener disgustos?—. Miraba a hurtadillas. —Creía que habías reñido… dije.
       —¿Con quién? —me interrumpió.
       —Entonces, está bien —murmuré.
       —Venga a la playa, profesor —dijo Berti—. El mar es grande.



XI

      Le dije que más tarde iría con mis amigos y que me dejase tranquilo. Se fue con su cara entre seria y aburrida, y al momento me dolió haberle tratado de aquel modo. Pero paciencia, concluí, que aprenda. Yo he aprendido.
       Me encontré con Guido en el bar. Llevaba, como de costumbre, la camisa de cuello abierto y unos pantalones blancos, y la falsa virilidad del bronceado me hizo sonreír. Guido me tendió la mano sonriendo, y alzó los ojos hacia los tejados, entre astuto y severo. —Qué día —dijo. Eran, realmente, un cielo y una mañana encantadores—.
       —Tome una copa de marsala, profesor. Esta noche, ¿eh?—. Me guiñaba el ojo, no sé por qué, y no me soltaba. —¿Y qué hace la hermosa Clelia? —dijo.
       —Acabo de salir de mi habitación.
       —Siempre tan morigerado, profesor.
       Echamos a andar. Me preguntó si me quedaría todavía mucho tiempo en la playa. —Empiezo a estar harto —dije—. Demasiadas complicaciones.
       Guido no me escuchaba, o quizás no me entendió.
       —Usted no tiene compañía —dijo.
       —Tengo a los amigos.
       —No basta. También yo tengo los mismos amigos, pero no estaría tan en forma esta mañana si hubiese dormido en una cama individual.
       Como yo callaba me explicó que también a él le gustaba la compañía de Clelia, pero que el humo no es el asado.
       —¿Y cuál es el asado?
       Guido se echó a reír. —Hay mujeres de carne —dijo— y mujeres de aire. Una bocanada después de comer sienta bien. Pero hay que haber comido antes.
       —Verdaderamente —le dije—, yo estaba en la costa por Doro.
       —A propósito —dije—, ya no pinta.
       —Ya era hora —replicó Guido.
       Pero ni Doro ni Clelia vinieron a la playa aquella mañana. Gisella y los demás no sabían nada. A mediodía me impacienté y aprovechando que hablaban de hacer una excursión en barca volví a vestirme y subí a la villa. Por la carretera, nadie. Estaba entreabriendo la verja cuando aparecieron por la grava Doro y un señor anciano con panamá y bastón que venía despacito hacia la carretera y escuchaba no sé qué, respondiendo con movimientos de cabeza. Cuando estuvimos solos, Doro me miró con ojos cómicamente inquietos: —¿Qué sucede? —dije. —Sucede que Clelia está encinta.
       Antes de alegrarme esperé que Doro tomase la iniciativa. Subimos por el sendero hacia los escalones. Doro parecía incrédulo y divertido. —En fin, estás contento, —le dije. —Antes quiero ver cómo acaba —murmuró—. Es la primera vez que me sucede.
       Clelia salía en aquel momento de la habitación y preguntó que quién estaba. Me sonrió, casi con aire de disculparse, y se llevó el pañuelo a la boca. —¿No le doy asco? —dijo.
       Luego hicimos comentarios sobre el doctor, que había hablado mucho de responsabilidad y que quería volver con no sé qué instrumento para hacer un diagnóstico científico. —Qué loco —decía Clelia.
       —Nada —prorrumpió Doro—. Hoy tomamos el tren y nos vamos a Génova. Tiene que visitarte De Luca.
       Clelia me miró resignada. —Ve —dijo—. Empieza la paternidad. Manda él.
       Dije que me sabía mal que tuviese que interrumpir el veraneo, pero que después de todo era algo maravilloso.
       —¿Y cree que a mí no me sabe mal? —murmuró Clelia.
       Doro contaba por los dedos. —Más o menos será…
       —Déjalo de una vez —dijo Clelia.
       En vez de tomar el tren fueron en el automóvil de Guido. Doro, que me acompañó hasta el pueblo, me confió que le daba cierto reparo la idea de tener que contarlo a la gente, y que hubiese preferido una luxación o una fractura. Charlaba con mucha volubilidad, haciendo bromas de cualquier nadería. —Estás más excitado que Clelia —le dije. —Oh, Clelia está ya resignada —replicó Doro—. Me da rabia, cuando está resignada.
       —Es como jugar a la lotería —dijo Doro—. Uno se ha metido el billete en el bolsillo y ya no se vuelve a acordar.
       Aquella tarde, cuando Guido paró el coche frente a la verja, yo estaba con Clelia, despidiéndome. La veía dar vueltas por las habitaciones, haciendo paquetes, y la doncella corría arriba y abajo. De cuando en cuando Clelia emitía un suspiro y se acercaba a la ventana donde yo me apoyaba, como la señora de la casa que va de un huésped a otro y a uno entre todos reserva los desahogos del cansancio y del aburrimiento.
       —¿Contenta de volver a Génova? —le dije.
       Con una sonrisa distraída asintió con la cabeza.
       —A Doro le gustan los viajes imprevistos —dije—. Esperemos que sea el último.
       Clelia tampoco cogió esta alusión. Dijo, en cambio, que en estas cosas no se puede asegurar nada; luego se puso colorada y salió del apuro protestando: —Ah, grosero.
       Le dije que también yo abandonaría la playa. Me volvía a casa. —Lo siento —dijo Clelia. —Al contrario —le respondí, estaba contento de haber pasado con ella su último verano de muchacha. Por un instante Clelia volvió a ser la de días pasados: se detuvo, con la cabeza levantada, y dijo quedamente: —Es verdad. Qué tonta. Se debe haber aburrido mucho, pobrecillo.
       Partieron a media tarde, con Guido que bromeaba, pero como Clelia se mostró en seguida desganada, creo que se calló. Me dijeron que les esperase porque contaban con volver dentro de unos días: les vi alejarse con cierta tristeza. En el fondo me dolía que Doro no me hubiese pedido que les acompañara.
       A la mañana siguiente, estaba con Ginetta en la playa, y, después de haber hablado un poco de Clelia, no sabía ya qué decirle, cuando unos jóvenes vinieron a llevársela. Deambulé por entre los quitasoles. Entreví a Nina y volví las espaldas. Sospechaba que iba a encontrar a Berti de un momento a otro.
       Pero a quien encontré, mientras volvía al camino, fue a Guido. Acababa de dejar el coche en el garaje. Me dijo que el matrimonio se quedaría en Génova. Su médico estaba ausente y Clelia había sufrido un poco durante el viaje. —Es un aburrimiento —-concluyó—, este año se escapan todos.
       Berti, como de costumbre, dio señales de vida en el hostal. Entró como una sombra y supe que lo tenía delante de la mesa aun antes de alzar la mirada. Me pareció tranquilo.
       A juzgar por su cara desganada y aburrida hubiera dicho que sabía lo de la partida. En cambio me preguntó simplemente si por la mañana había ido a la playa. Cruzamos cuatro palabras y mientras hablaba yo buscaba lo que podía decirle. Le pregunté que cuándo volvía a la ciudad.
       Hizo un gesto de fastidio.
       —Vuelven todos —dije.
       Cuando supo lo de Clelia se puso a juguetear con la caja de cerillas. No le revelé el motivo de la partida; después me pareció mortificado —se me ocurrió de pronto que quizás se consideraba él la causa, por el incidente del baile— y entonces le dije que según sus deseos la señora había hecho de buena esposa y concebido un niño. Berti me miró sin sonreír; luego sonrió sin motivo alguno, dejó la caja y balbució: —Me lo esperaba.
       —Es molesto —le dije—, que sucedan estas cosas. Las señoras como Clelia no deberían caer nunca.
       Sin que me diese cuenta del cambio, Berti se puso inconsolable. Recuerdo que volvimos juntos a casa y yo callaba y él callaba y miraba a su alrededor.
       —¿Volverás a Turín? —le dije.
       Pero él quería ir a Génova. Me pidió que le prestase el dinero para el viaje. Le dije que si estaba loco. Me respondió que podía haberme dicho una mentira y pedírmelo para pagar una deuda, pero que conmigo la falta de sinceridad era perder el tiempo. Quería simplemente ver de nuevo a Clelia y saludarla.
       —¿Qué crees? —exclamé—, ¿que se acuerda de ti?
       Entonces calló de nuevo. Yo pensaba en lo extraño de la situación: el que tenía el dinero para el viaje era yo, y no lo hacía. Mientras tanto llegamos a la callejuela y la vista del olivo me irritó. Empezaba a comprender que nada es más inhabitable que un lugar donde se ha sido feliz. Comprendí el por qué Doro un buen día había tomado el tren para volver a las colinas y a la mañana siguiente se había reintegrado a su destino.
       La misma noche nos encontramos en el café —estábamos todos, Guido también, Nina, en su mesita— y convencí a Berti para que regresara conmigo a Turín. Guido quería llevarnos a bailar, estaba dispuesto a llevarle también a él. Pero nosotros partimos aquella noche.



EL MAR

      A veces pienso que de atreverme a subir hasta lo alto de la colina, no me habría escapado luego de casa. La noche de San Juan debió de ser por entonces, porque ya varias veces habíamos tomado la carretera del valle y subido hasta los avellanos a buscar el rodal de las fogatas. Sabíamos que en la cima los había tan anchos como un prado. Pero un día Gosto se ufanó de que de muchacho su abuelo se había escapado de casa y caminando por el valle había subido tan alto que desde allí arriba veía el mar.
       El valle nos conducía a una viña casi llana, envuelta en jaras. Qué hacíamos allí hasta la noche, no lo sé. Mirábamos las copas de los árboles. Le decía a Gosto que en el mar no encienden hogueras, porque el mar es llanura, y tendido en la hierba me aburría contemplando las nubes. Había también grillos, en aquella viña, y me hubiese gustado ser como ellos para pasar allí la noche y allí encontrarme por la mañana con la primera luz, cuando el sol está todavía frío. El sol, en nuestra tierra, sale por detrás de las colinas bajas, donde el abuelo de Gosto había visto de muchacho el mar.
       Que el mar quedaba por aquella parte, se lo había dicho yo a Gosto. Los días de tempestad, era por allí que se alzaba el tiempo y el sol volvía a batir como sobre un gran campo de flores, mientras que donde estábamos nosotros aún goteaba. El mar yo siempre me lo he imaginado como un cielo sereno visto a través del agua. La carretera que desciende hasta las colinas no es un camino de campo; deja el valle y sale a una llanura que desciende siempre y que tiene unos árboles que parecen jardines. Una vez en el recodo, pasada la boca del valle, pasado el puente de hierro, está la casita de la Piaña, con su balcón de geranios. Allí abajo ya no hay viñas, ni bosques, ni establos; carrucos tirados por bueyes no suben por allí; suben, en cambio, los birlochitos a todo correr y pandillas con quitasoles.
       Toda la noche de San Juan, Gosto había estado vagando por el pueblo y yo no pude ir con él porque en casa contemplamos los fuegos desde la terraza. Gosto me esperaba abajo en la calle, y señalábamos gritando las hogueras más lejanas y las más grandes. Pero luego pasó la banda de música que iba al pueblo —estaban todos, Cándido también— y yo me pegaba a los barrotes y les llamaba; Cándido se detuvo para saludar a mis hermanas y bromear con ellas; luego se pusieron en fila, tocando, y Gosto con ellos, y se fueron a la plaza y durante toda la noche se oyó el clarinete de Cándido y trombones y guitarras y cantar a voz en cuello, especialmente las mujeres. Nosotros nos fuimos a dormir cuando las últimas hogueras se apagaban en las negras colinas, y en la cama lloraba de rabia, pero las voces dispersas de los borrachos y de los perros me hicieron pensar en la viña y en los birlochos y en las colinas que al día siguiente vería de nuevo a placer.
       En cambio al día siguiente no fuimos más allá de los avellanos, y la abuela de Gosto me ponía como ejemplo. Gosto reía. En casa me decían que tomara ejemplo de él que, solo en el mundo con la abuela, representaba a la familia entera. De nada sirvió entonces contar las cosas que habíamos hecho en el colegio, en Alba. No me creían. Decían y dicen que Gosto es más hombre que yo. En casa no saben las cosas que dice.
       Por lo pronto la idea del mar se me ocurrió a mí, no a él. Gosto no sabe lo que es ponerse frente a una casa y mirarla hasta que ya no parece una casa. Gosto es tan dueño de sus actos que hace todo lo que le dicen, pero solo no es capaz de nada. Todavía ahora no quiere creerme cuando le explico que la carretera no tiene fin, como no tienen fin las vías férreas, y de pueblo en pueblo avanza mientras haya tierra sin detenerse nunca. Dice que, de ser así, la gente no cesaría de caminar y todos darían la vuelta al mundo. Y en nuestra carretera habría una riolada de extranjeros de todos los países. —Todas las carreteras acaban en el mar —le decía—, donde están los puertos. Desde allí se embarca y se va a las islas, donde las carreteras empiezan de nuevo.
       No estaba convencido de que para ir hacia el mar bastase con ponerse en camino. —Hay que saber el camino —decía—. Pero el camino se sabe. Echas por la Piaña. —¿Estará lejos? —Pero si tu abuelo lo ha visto desde las Ca’Rosse. —¿Cuántos años hace que lo ha visto?
       Un día fuimos al taller del carretero que nos tomaba el pelo porque no sabíamos ir descalzos. Me detuve en la puerta y no vi casi nada en la oscuridad de los hornillos, pero oía golpear el hierro y Pietro me preguntó si también yo iba a la escuela, con Gosto. Y nos dijo que a nuestra edad él ya había cruzado las montañas para ir a trabajar y ¿qué sabíamos hacer nosotros? Entonces me di cuenta de que no sabíamos hacer nada. En aquel momento Pietro había dejado de golpear, y Gosto decía: —Hemos nacido con zapatos, nosotros. —Así es —dijo Pietro sin enfadarse—. Habéis nacido con zapatos.
       Pensé mucho en las palabras de Pietro, y al día siguiente pasamos por el taller para volver al tema. Pietro no se había movido del hornillo y nos dijo que no le tapásemos la luz.
       Aquel día nos contó que de muchacho había hecho de cerrajero y viajaban él y su amo buscando trabajo por los patios, y que llevaban consigo los hornillos y el carbón. Para cruzar las montañas habían tenido que ponerse alpargatas. Después trabajaron en las minas de hulla, tan lejos que para volver habían tenido que tomar el tren. Mientras nos contaba esto se asomó a la puerta y miró hacia la plaza. —¿Y el mar, Pietro, no lo has visto nunca? —le dijo Gosto. Entonces nos dijo que había estado en Marsella y que allí el mar lo tenía delante de la puerta. Miró a la plaza, donde caía la sombra de la casa, y dijo: —Como si estuviese aquí, en la plaza. Y animación día y noche. Más que en el mercado central—. Escupió en el sol y volvió adentro.
       Le preguntamos cómo está hecha la orilla del mar, pero no lo sabía o no comprendió lo que queríamos decir. Dijo que sí, el agua es verde y se mueve siempre y que continuamente hace espuma, pero dentro no había estado nunca y no sabía cómo es la tierra vista desde alta mar. Nos contó que los barcos tienen un color entre rojo y negro y que el puerto huele como las estaciones. Dijo que carga y descarga más carbón un puerto en un día que carros de uva todas nuestras colinas. Y los marineros, incluso los extranjeros, van vestidos como nosotros y no piensan más que en volver a casa. —Es duro el mar —decía—. Hay que haber nacido descalzo.
       Vino el mes de agosto, entre las primeras y las segundas cosechas, cuando en el campo ya no se hace nada y el día aún dura hasta la mitad de la noche. Sucedía a veces que me acostaba cuando afuera aún era claro y oía en la calle, bajo la terraza, reír a los demás y pasar gente. Por cualquier tontería me mandaban a la cama. Si Gosto venía a buscarme, le decían que era tarde y que hacía rato que estaba durmiendo.

       Al otro lado del Belbo iba de vez en cuando, pero yo me aburría más que en casa, donde por lo menos leía los tebeos. Tenía un armario lleno de ellos. Una tarde, a la caída del día, estaba leyendo en la terraza y Gosto me llamó desde la calle. Gritaba y yo también grité, pero cuando me dijo que escuchara allá abajo, oí voces lejanas, como cuando en septiembre se conversa en las viñas. Entonces me di cuenta de que la música, que por la tarde sonara en el viento, había cesado. En el Martino había boda y por la mañana habían vuelto del pueblo en coche: Cándido, los trombones y los flautines tocaban ya desde la noche antes. —¡Hay un fuego! —aulló Gosto—. Mis hermanas salieron a la terraza y miramos por encima de las plantas. Había tanto sol que no se veía claro, sobre las plantas parecía que el aire temblara. Alguien gritó que se oía llorar a las mujeres. De la casa en torno habían salido todos a la calle y hablaban, trepaban a los rimeros, las viejas llamaban. Gosto nos gritó que había pasado un mozo empapado en sudor que corría hacia el pueblo. Finalmente vimos el humo, salía por detrás de la colina que temblaba como si estuviera debajo del agua.
       Cuando desde la terraza me gritaron que no me moviera, ya estaba en la calle con Gosto y no podían detenernos. Respondí que iban todos, que allí estaba Cándido y que dejasen los periódicos en la terraza. Gosto corría ya, pataleando.
       No le había visto nunca tan colorado y excitado. Cuando por detrás del maizal apareció la columna de humo y se oyó el crepitar de las llamas, se puso a mugir haciendo el toro. —¡La hoguera! ¡La hoguera! —gritamos a un tiempo. Pero luego callé, incluso por respeto a los dueños; él, en cambio, se metió en el patio gritando y dando patadas, y si no le sujetan entra en la casa.
       El patio estaba lleno de enseres arrojados por puertas y ventanas, y en medio correteaban los conejos. Muchas mujeres sacaban más cosas; una, a causa de un grueso colchón no podía pasar por la puerta. Nadie hablaba; se oía solamente el bramido de las llamas en los heniles y, de cuando en cuando, una voz que daba órdenes.
       Suerte que el viento se llevaba humo y pavesas hacia la viña. Hacía un calor sofocante, y los tres o cuatro que sacaban cubos de agua del pozo, antes de pasárselos a los chicos que corrían, metían la cabeza dentro y se empapaban. Gosto ahora daba vueltas por entre las mesas aún puestas bajo los nogales y me hacía señas de que fuera también yo a servirme. Yo conocía a casi todos en aquel patio, y reconocí a la novia: vestida de rojo, estaba sentada en una silla, al sol, con los zapatos y las medias finas, y miraba al patio con aire de soberbia, como si ella nada tuviese que ver con aquello. Parecía que lloraba y que nadie hubiese de hablarle. Voceaban bajo los nogales, llamándose, y me vieron y dijeron quiénes éramos, yo y Gosto; como el domingo cuando pasan bajo la terraza para ir al pueblo. Alguien, sentado, comía. Por detrás de la casa salían los hombres, en mangas de camisa y sudorosos —el novio que blasfemaba— y se llenaban un vaso, decían algo, se daban palmadas en el cuello para aplastar las moscas. Al anochecer también yo fui a ver las llamas. La casa, por detrás, estaba despanzurrada, el establo y los heniles humeaban abiertos y despedían un calor insoportable. Allí encontré a Cándido que con el bieldo esparcía heno negro; no dijo nada; me guiñó el ojo sin reír y me hizo señas de que me fuese.
       En el patio las conversaciones continuaban. Ahora, mujeres y hombres, los dueños, la novia, estaban reunidos bajo los nogales, y quién vociferaba, quién callaba, quién daba un puntapié a un trebejo. Con Gosto recorrimos el patio, mirando las camas, los armarios, las cosas rotas y revueltas. Finalmente había comprendido que las caras avinagradas, el espanto, el ansia de aquella gente iban más allá del incendio, eran reproches, cominerías, mala sangre.
       —No podía casarme y vigilar la cuadra —gritaba el novio, todavía con el pañuelo de seda en torno al cuello—. Si en vez de escuchar la música… —Pero si la ha querido su hija, la música —decía entre dientes una vieja. Vi a Cándido que asomaba por detrás de la casa, y allí cambiaron de tema, ahora sobre la paja que quedaba.
       Desde la reja de la cocina se veían las habitaciones vacías, hundidas, en el fondo. En las paredes quedaba la seña de los muebles y colgaban aún los festones de papel. Afuera, unos muchachos gritaban, persiguiendo a los conejos. Una mujer descalza que entró de corrida en la cocina, escapó diciendo que el suelo quemaba.
       Que era tarde lo sabía. Gosto me dijo que, antes que se hiciese de noche, tenían que atrapar a los animales que al abrirse de par en par los establos se habían escapado. Bajo los árboles discutían el modo de hacerlo. Se dividieron en grupos, excluidas las mujeres: la novia, por aquella noche, tenía que ir a dormir a la Piaña, pero antes de atravesar los guijarrales del Belbo comieron algo y en la mesa éramos más de veinte.
       Mientras tanto, Cándido y los otros atrapaban a los animales en el campo. A los muchachos se nos prohibió que nos moviésemos: un buey que se estuviese abrasando fácilmente podía acornearnos. En el aire fresco les oímos gritar, a Cándido y a los suyos, arriba en las viñas.
       Mientras Gosto rebuscaba en el patio yo di una vuelta bajo los nogales, y escuchaba a las mujeres que debían ir a la Piaña. Por la Piaña pasa la carretera de las colinas: al otro lado de las colinas, es sólo cuestión de tiempo, está el mar. Bastaba con mirar por entre los troncos de los nogales, todo el valle desciende hacia allí. Pasada la llanura del Belbo se está ya en otros pueblos.
       Paseaba bajo los árboles y una de las mujeres, Clelia de la Piaña, me llamó y me dijo que si no cenaba con la novia. Vi a Gosto, sentado ya, que estaba comiendo. Me dieron carne, salchichón, buñuelos. Comí poco, pero bebí vino y dije a Gosto a través de la mesa: —A tu salud.
       La novia, Clelia y otras muchachas hablaron conmigo y con Gosto. Me preguntaron por mis hermanas, me dijeron que por qué no habían venido a las bodas también ellas. Una vieja dijo que nosotros los del pueblo éramos muy orgullosos. —Hemos venido nosotros en su lugar —dijo Gosto con la boca llena. —¿Lo saben que estáis aquí? —me preguntó Clelia, riendo.
       Cuando partimos para la Piaña era oscuro. Dos o tres de los músicos de Cándido nos acompañaban. Nosotros íbamos en medio de ellos y de las mujeres, y a mitad de camino era ya de noche. Cuando llegamos a la carretera sonó la guitarra y las muchachas empezaron a cantar, cogidas del brazo de la novia. Algunos de la comitiva se habían rezagado, jóvenes y muchachas, y se les oía reír y llamarse en los blancos guijos, más allá de los prados. Yo caminaba junto a Gosto y le dije: —Esta noche es la buena. —Y que lo digas —dijo él, corriendo.
       No todos cantaban; había parejas de muchachas que proseguían su camino hablando; había alguno que iba y venía de un grupo a otro, como los perros. Yo no me separaba de Clelia porque me gustaba oírla cantar.

       Frente a la alquería la novia volvió a llorar, porque el marido en vez de ir a dormir trabajaba también de noche. Todas, viejas y jóvenes, exclamaron que tuviese paciencia, que el novio estaba atrapando a los bueyes, que pronto estaría de vuelta. Clelia y los demás la acompañaron dentro, entraron en el patio; los músicos —guitarra y flautín— empezaron la serenata. Trajeron la lámpara del henil.
       Entonces nos quedamos en la carretera, en medio de la oscuridad. La casa de los geranios estaba en el recodo, a unos cien pasos. Dije a Gosto: —Si nos ven ahora, nos mandan a casa. —Estás loco —dijo él. —¿Vamos?—. Fuimos. Con todo lo que habíamos pensado en aquel viaje, partíamos de noche, al improviso. Gosto se lamentó de que lo hubiese decidido la cena de la novia. —Encontraremos otros incendios y otras novias —decía entre tanto. Yo sabía que en casa era ya como si me hubiese escapado.
       Era tan oscura la noche que sólo se veían las estrellas. Caminábamos como si por aquella carretera no hubiésemos pasado nunca. Gosto estaba aún alegre por el vino, porque hablaba del incendio y reía y bailaba en la carretera. —Gente como nosotros —decía—, tendría que ir siempre a las bodas—. Hablando, no seguía mi paso. Se paraba de vez en cuando para llamarme. —Si el Martino se quemase esta noche, verías qué hoguera—. Pero cuando en la carretera se cerraban los árboles, también él caminaba más rápido. No era que tuviésemos miedo. No parábamos de hablar. Reíamos. Bajo la casa de los geranios Gosto se puso a cantar, a gritar, como si conociese a alguien. Lejos, a nuestras espaldas, cantaban aún. Le dije que se callara y él dio una última voz:
       —¡Al fuego, Clelia!—. Miré en la oscuridad respirando apenas, porque sólo ahora empezaba la carretera y el aire estaba perfumado. Gosto echó a correr.
       La carretera hacía un recodo y seguía la cuesta, y poco después, en la parte del barranco no había ya los árboles que daban miedo. El margen de la carretera daba al vacío, sobre la llanura baja del Belbo, que a la luz de las estrellas aparecía sumida en la oscuridad. Y también las colinas cultivadas, que de día son amarillas, parecían pozos. Nos detuvimos para mirar al vacío. Allí abajo parecía que el viento atizase las estrellas. —Cuántos fuegos esta noche —dijo Gosto. —¿Cómo quieres que no haya un incendio? —Estúpido. Es Cassinasco. —Escuchemos a ver si se oye gritar—. Se oían los grillos. Reanudamos la marcha. Pero Gosto insistía en que allá abajo había fuego. —Quiero ver un incendio de noche —masculló, y luego gritó y echó a correr. Entonces corrí tras él por la carretera que subía, y más corría yo más gritaba él, hasta que llegamos a otra curva y aquí volvimos a ver, como un salto en el vacío, la llanura y, a lo lejos, un cielo negro de colinas. —No grites —le dije—. Si nos oyen…—. Escuchamos con atención para ver si la serenata había terminado, pero esta vez estábamos solos con los grillos. Hasta Gosto dejó de estar borracho y comprendió que gritar daba miedo.
       Ahora, echado en la hierba, quería pararse, y yo le dije que teníamos que llegar a las casas, por lo menos a los Robini, para encontrar un pajar. En aquel momento cantó el gallo, quién sabe dónde. —Lo ves —le dije—. Amanece y nosotros aún estamos aquí—. Tampoco Gosto sabía que cantan toda la noche. A partir de entonces empezamos a descender, mirando a nuestro alrededor por si clareaba. Queríamos llegar antes de que fuera de día a las colinas de enfrente. Pasamos los Robini, pasamos otras aldeas; bajo las estrellas se veía apenas la oscuridad de los campos, pero se sentía en el olor.
       Aquella noche duró quién sabe cuánto y no convenía volver atrás. Hacía tiempo que habíamos descendido a la llanura, y caminábamos entre los jardines y las villas. Antes, en la colina, se oía el cacareo de los gallos. Ahora, también Gosto se bamboleaba y no me contestaba. Cada vez que al fondo de la carretera se cerraban los árboles, yo le miraba y me parecía estar solo. Sabía que solamente la luna nos podía ayudar. ¿Pero, saldría la luna?, muy tarde era ya. Me pareció que los grillos habían dejado de cantar. Sabía que antes de amanecer tenía que levantarse el viento, pero todo estaba callado, las plantas y la carretera.

       Lo peor era que, en la oscuridad, con Gosto que se dormía de pie, me daba por pensar en casa. Y pensaba en la noche de las hogueras, cuando todos paseaban por el camino real y mientras yo estaba en la cama. Tenía razón Gosto, eran menester incendios y bodas para escaparse como lo habíamos hecho nosotros. Pensé tanto en ello, caminando en la oscuridad e imaginándome que a cada vuelta estaríamos a orillas del mar, que cuando luego nos detuvimos y descendimos bajo un puente para dormir al abrigo, me pareció que el mar debía de existir sólo de noche. No se lo dije a Gosto porque estas cosas cuando se dicen ya no significan nada; pero cuando despertamos bajo el puente, al sol, y fuera de la arcada se veía el agua correr bajo las plantas, descubrí que también el Belbo iba al mar y que la arena donde habíamos dormido era una playa.
       Bajo aquel puente encontramos a Rocco. Gosto, que se despertó antes que yo, le encontró lavándose los ojos. Más tarde traté de averiguar si ya había estado cerca de nosotros en la oscuridad y si había escuchado algo de lo que yo le decía a Gosto mientras nos dormíamos, pero no lo conseguí. En el tiempo que empleamos en mirar a nuestro alrededor, Rocco solamente nos preguntó si veníamos de lejos, y Gosto le dijo que se había quemado la casa. Luego me murmuró que Rocco no nos había ni visto ni conocido nunca y ¿qué importa?, bastaba con salir de allí abajo, pero Rocco nos siguió y trepaba más rápido que nosotros.
       Inmediatamente después del puente había una calle de plátanos y por esta calle vino hacia nosotros en el sol un birlocho tirado por un caballo al trote que ladeaba la cabeza como si estuviese jugando. Detrás de los plátanos se veía, a dos pasos, la colina, una hermosa colina baja color de uva blanca. Yo me detuve, dije a Gosto que dejase marchar adelante a Rocco; quería recordar una cosa. Estuve un rato mirando por entre las hojas de los plátanos, escuchaba sin volverme cómo se perdía el trote del caballo, y me parecía que aquel eco, aquel sol, la colina baja, los había visto antes, que ya había estado allí alguna vez. A dos pasos, entre los plátanos, me esperaba Gosto; más allá, el viejo Rocco se alejaba con sus andrajos y el bastón sin siquiera volver la cabeza. —Se ha ido —dijo Gosto. Al final de los plátanos surgían las primeras quintas de Canelli, y nosotros entramos mirando a nuestro alrededor. No sé por qué, no caminábamos por la acera sino por en medio de la calle. Así todos comprendían que éramos forasteros. Gosto hablaba sin tasa, no sabía que a esa hora es hermoso mirar. A mí me gustan los balcones y las terrazas sobre las callejas porque unas flores como las que tienen en Canelli no las había visto nunca. Miraba a todas partes, miraba a la gente que iba y venía. En la plaza encontramos una fuente como la de Alba y corrimos a beber en ella; Gosto llegó el segundo y me daba patadas, pero yo, bebiendo, le gritaba que él ya había bebido demasiado vino en casa de la novia. —Por eso tengo sed —decía él, y en aquel momento oí de nuevo la voz de Rocco.
       Había abierto su hatillo en el banco y se desataba la suela para cambiarse el trapo. Hablaba solo y decía que el agua no hay que malgastarla. —De todos modos seguirá saliendo —dijo Gosto—. La plaza es de todos—. Entonces Rocco no respondió y acabó de atarse la suela. Luego se levantó, se mojó los dedos en la fuente y se los secó en el trapo sucio. Hacía como las mujeres cuando han comido melocotones. Volvió a sentarse, abrió el hatillo y sacó pan y anchoas. —Volved a casa —refunfuñaba—. Volved. —Vamos —dije a Gosto—. Nosotros comeremos en Cassinasco. —¿Cómo habrá adivinado que nos hemos escapado? —gritó Gosto cuando llegamos al final de la plaza. Entonces le dije que había sido él mismo quien le había estado hablando bajo el puente del fuego y de la novia. —¿Qué te crees?, ¿que un vagabundo como ese puede comprender? —Teníamos que haber salido en septiembre —dijo él. —Sin uva, ya me dirás tú cómo lo hacemos para comer. —Basta con llegar a Cassinasco. Luego, veremos—. Pero en cambio volvimos donde Rocco para ver qué hacía, sin alejarnos de la acera. En la plaza batía el sol y Rocco no podía quedarse mucho tiempo allí. Mirábamos cómo acababa de comer su pan y luego, cuando se levantaba, unos chicos de Canelli llegaron a la fuente y empezaron a echarse agua. Él puso paz para poder beber. Luego atravesó la plaza y dobló la esquina.
       Le seguimos, corriendo, y Gosto, contento, se divertía como en la carretera. También a mí me gustó el juego, tanto más cuanto que Rocco salía del pueblo e iba en nuestra misma dirección. La colina quedaba al fondo, baja y parecía que se pudiese tocar. Rocco no se volvía. Cuando estuvimos a su altura Gosto le dijo: —Hola, padrino.

       Rocco no se sorprendió. Cuando Gosto le dijo que viajar de noche era más fresco respondió que no era de listos porque si no ves donde pones los pies se te agujerean los zapatos. Pasamos bajo la colina que antes teníamos enfrente: Rocco tomó un caminito que subía por una ladera de vides, y Gosto detrás de él. Yo me detuve. —Ven con Rocco —dijo Gosto—. Ni siquiera sabes a dónde vamos—. Para no echar a perder la mañana, accedí. Pero colinitas así las teníamos también en casa. Gosto saltaba en torno a Rocco, contándole que había sido un incendio maravilloso y que todas nuestras bestias habían muerto en el establo. Y le dijo que nos habían echado de casa porque había que sacar la cuenta de los daños. —Parece que vamos a Santa Libera —dije a Gosto. —Ésta es la viña del párroco —dijo Rocco, parándose. Y levantó el bastón.
       No se veía más que el cielo y un gran árbol de higos boñigares en el primer liño. Gosto dijo: —¡Ahora!—. Saltamos los espinos y empezamos a coger higos. —No comas —le dije—, ya comeremos luego—. Mientras Gosto subía al árbol me volví y no vi a Rocco. —Ten cuidado que las higueras son traidoras —dije en voz baja. Para comerlos, seguimos por el caminito hasta encontrar un buen sitio. Y estábamos ya sentados en la hierba cuando vemos el bastón de Rocco y luego a él, que nos espera. —Hay que dejarlos secar —nos dijo—, para comerlos este invierno—. Como si los estuviese comprando escogió de dos en dos un puñado de los más hermosos, y Gosto se los metía bajo sus narices. —Yo le llamo robar —refunfuñé—, cuando se guardan las cosas. —Eres tú, el que ha robado —me dijo Rocco. Aquella mañana acabamos por llegar a casa de Rocco. Era un muro de piedras que miraba al valle por detrás de la colina. No había patio, no había nada. Por lo visto estaba allí por caridad. Le preguntamos si tenía bienes. —No es necesario —dijo él, parándose. Al ver la casa, Gosto se puso como loco y decía: —Mira qué bonito es esto—; y le preguntó si también en invierno vivía allí. Rocco nos dejó entrar en la habitación, que estaba llena de calabazas, haces de maíz, manzanas puestas a secar y montones de hierba. Olía a corral y a cosecha. Rocco, junto a la ventana, había dejado el hatillo y esparcía los higos. Hizo con la mano un gesto de viejo y dijo: —Es mío.
       Sacar a Gosto de allí dentro era difícil. Y fuera el sol quemaba. Me dijo que hasta que no se come es mañana y que teníamos tiempo. —Has de admitir —dijo—, que aquí se está bien. Cuando queramos iremos a Canelli. Podemos pescar en el Belbo. —Valía la pena viajar de noche —le dije—, para pararnos a pescar en el Belbo. Yo no estoy de acuerdo. —¿No lo estás? —No lo estoy—. Y él: —Estamos a tres horas de casa. Cuando queramos nos volvemos—. Hablábamos en la puerta y Rocco no nos oía. —Entonces, ¿ya no quieres venir conmigo? —le dije secamente. Gosto no me respondió y se encogió de hombros—. Yo me voy —dije. En aquel momento apareció Rocco y nos dijo que fuésemos a buscarle hierba allá abajo. Esta vez el que se encogió de hombros fui yo y Gosto dijo: —¿No nos da desayuno? —Primero la hierba a los conejos —dijo Rocco. Entonces bajamos al valle a coger hierba. Gosto corría por el prado y daba vuelcos, pero yo le dije y le redije: —Esta noche estoy en Cassinasco. —Para ir bien, no hace falta —dijo él. —¿Para qué quieres subir hasta allí arriba? De todos modos el mar desde allí no lo ves.
       Ya sabía que el mar desde allí no se ve; lo supe desde cuando creíamos en las Ca’ Rosse, pero a Gosto no se lo había dicho nunca. Cuando el saco estuvo lleno volvimos donde Rocco, que nos dio unos cachos de pan y nos dejó que los untásemos con ajo. Él se puso el suyo en agua con sal, para hacer sopa de pan. —Hoy quiero desgranar el maíz —dijo Rocco. Gosto llevó la conversación sobre la colina de Cassinasco y le preguntó qué se veía desde allí arriba. Rocco nos dijo: —El campanario de Bubbio. —¿No acaba la colina? —Huy —dijo Rocco—, empieza allí. —Luego está Nizza —dije yo. —Usted, padrino, que ha viajado —dijo Gosto—, ¿el mar no lo ha visto nunca? —¿Qué mar? —dijo Rocco—. Quiá—. Escapé, aquella tarde, con Gosto que me venía detrás y gritaba que me parase. —Rocco nos ha dado de comer —decía—. Desgranémosle el maíz, al menos.
       Llegamos bajo la higuera. —Oye —le dije—. Para coger la hierba de los conejos no valía la pena escaparse de casa. Teníamos que haberlo pensado anoche. No podemos volver. —Pero la culpa la tiene aquel fuego —dijo él. — Estúpido —dije entonces—. Si anoche estabas buscando otros.
       Atravesamos Canelli y nos separamos en la plaza.

       Gosto se fue de verdad. Tomó la calle de los plátanos trotando como un caballo. Yo volví por el camino de antes y salí corriendo del pueblo por miedo de los chicos de Canelli que la tienen tomada con nosotros. Pero esta vez eché por la calle que subía y, volviéndome para mirar la plaza, me sentí contento de estar solo.
       Ahora ya no me importaba si del otro lado de Cassinasco se podía ver el mar. Me bastaba saber que el mar estaba, detrás de pendientes y pueblos, y pensar en él caminando entre los setos. Pensé en él toda la tarde, porque la colina es casi llana y el que mira cree siempre que está llegando y nunca llega. Terrazas, jardines y balcones se veían a cada recodo, y yo al principio los miraba, especialmente las plantas que tenían una hoja o un color nunca vistos. Era una hora, aquella, en la que no pasaba nadie, sólo algún birlocho que otro. Parándome, del otro lado de los setos, se olía a viña y se veían los cañaverales: es ésta la belleza de Canelli. Parece que uno está lejos, en un país distinto, y la colina no es ya colina, hasta el cielo es más claro, como cuando hace sol y llueve al mismo tiempo, pero labran los campos y vendimian la uva como nosotros.
       Llegué bajo los pinos de Cassinasco a la caída del día, a una hora en que Gosto estaría ya en casa. Recorrí el último trecho sin pensar en nada; había un seto de zarzas que tapaba la vista; tenía el sol a la espalda y mi sombra caía sobre las zarzas. Las casas de Cassinasco eran pequeñas y negras, pero bañadas por el sol como una iglesia. Finalmente volví al aire abierto. Vi otra colina y el cielo vacío.
       Me quedé allí mirando hasta que el sol se puso. Mientras miraba pensaba en lo que Gosto diría en casa, y en la cena que estaría comiendo. Quizás Gosto estaba todavía en la carretera y en casa creían que nos habíamos muerto. Me tendí en la hierba como hacía en la viña de los avellanos, y me refresqué mirando el cielo. Hambre no tenía: me parecía estar en la cama hacía rato. Dormía.
       Dormí de verdad y me desperté que era ya de noche. Soñaba en el incendio y oía gritar unas voces como si me llamasen. El cielo estaba lleno de estrellas y creía que Gosto estaba entre las plantan. En cambio estaba solo, y las plantas, a pocos pasos de mí, se balanceaban en un reflejo rojo que esclarecía toda la carretera.
       Por la carretera pasaba gente hablando y llamándose, e iban a la hoguera que había en un prado más allá de las plantas. Era una hoguera enorme que llenaba la oscuridad, y en los momentos que la gente callaba se la oía morder y estallar. Corrí también yo hacia el prado; había chicas que bailaban y se revolcaban por el suelo, y unos hombres echaban leña y haces de paja a más de cinco pasos, porque no podían acercarse a causa del calor. Yo grité: —Gosto, Gosto.
       Duró más de dos horas. Y en toda la colina de Cassinasco se encendían otras hogueras, pero la nuestra era de las más grandes. Con los chicos de Cassinasco las contábamos, y me dieron puñetazos en la espalda porque confundía las hogueras con las luces de las alquerías.
       Luego corrimos a ver quién conseguía llevarse una rama encendida de la pila. Un mocetón que me vio en la lumbre me preguntó: —¿Quién eres? —pero le dije que la noche de San Juan nosotros hacíamos venir a la banda y tocaban toda la noche. —No tengas miedo. La fiesta es mañana —me dijeron—. También nosotros tenemos música.
       En la carretera de cuando en cuando se oía una voz que chillaba de miedo. Corrían los hombres y se echaban a reír, porque allí les esperaban las muchachas. Un hombre me agarró cuando estaba a punto de recoger una rama. —Estás loco —me dijo—. ¿Y si caes en el fuego?—. Y me arrebató la rama y corrió con otros a la oscuridad y la arrojaron encendida hacia la carretera. Se oyó un gran griterío y una voz de mujer y luego risas y empezaron a puños. Si estuviera Gosto, pensaba. La llama era tan alta que iluminaba todo el valle. —Quién sabe si desde el mar la verán —decía; y cada vez que alguien echaba un haz, miraba abajo, al valle, para ver si por lo menos el Belbo brillaba. Sentía un gran deseo de estar a cielo descubierto en medio de los árboles, y de bailar y ver desde allí arriba todo cuanto me rodeaba.
       Del pueblo se oía de cuando en cuando a alguien que empezaba a tocar, pero no era una banda como la de Cándido: parecía sólo que estuviesen probando el aliento. La hoguera empezó a convertirse en brasas, y todos dijeron que se iban a beber. Los muchachos nos quedamos a revolver los tizones y sentir la flama, y yo me hice amigo de uno que se llamaba Maurizio y parecía de mi edad, pero en la oscuridad no le distinguía. Me dijo que venía de los bosques, en el carro con toda su familia, para ver la fiesta, y que aquella mañana se había puesto zapatos.

       Maurizio nos hacía reír cuando decía que los zapatos le desollaban los pies. Aquella noche le perdí, porque corrí al pueblo con los demás a oír la banda que tocaba, y nos paramos en la puerta de la hostería, que estaba llena de gente. Los músicos eran tres, pero dentro no se podía estar, tan fuerte tocaban. Pasé la noche en la plaza y junto a la puerta, y veía en las mesas el vino derramado. Pedí de beber y me dieron agua. Había quedado con Maurizio en que dormiría en la paja de su carro, pero él no me esperó.
       Cuando rompió el día hacía ya rato que estaba dando vueltas alrededor del lecho de la hoguera, y se oía cantar a los gorriones y yo no conseguía conciliar el sueño. Las matas se volvieron de color rosa, luego rojas, y finalmente asomó el sol por detrás de las colinas. Una cosa sabía: que el sol había encendido de aquel modo también el mar. La ceniza de la hoguera era blanca, y pensé riendo que en casa en aquel momento estaban encendiendo la lumbre. Pero tenía hambre: tenía hambre y los huesos molidos.
       Vagué toda la mañana por los caminos de la cima, mojándome los pies en la hierba, y comí moras. Por entre las plantas veía la cumbre de la otra colina, como desde casa se ve Cassinasco. En el pueblo, como en todos los pueblos, eran villanos. A la puerta de la hostería había salido una criada que, en vez de escucharme, tiró un cubo de agua.
       Si encontraba a Maurizio, comería. Pero, ¿cómo encontrarle si sólo le había visto a la luz de la llama?
       Así que salí del pueblo, porque los campesinos son iguales en todas partes. Pero no había un frutal que estuviese maduro y las manzanas crecían demasiado cerca de las casas. Desde las ventanas me veían. Por todas partes se oía hablar y aparecía gente.
       Entonces me eché en la hierba, en la cuneta de la carretera, para que me encontraran y comprendiesen que estaba muerto de hambre. —¿Qué puedo hacer? —decía, y también esta vez me adormilé.
       Me despertó el sol que quemaba y un ruido muy fuerte. Era una cigarra en una planta. Por la carretera ya no pasaba nadie y se oían voces en el pueblo. Parecía que viniesen de la colina de enfrente, en el viento.
       Fue entonces cuando decidí bajar hasta las afueras de Cassinasco, donde había visto los cañaverales al llegar. Quizás detrás de las cañas había una higuera. De todos modos a casa esta noche no llego, pensé, como si estuviese con Gosto. Corrí al pueblo, y apenas había puesto el pie en la calle, cuando vi venir a mi encuentro a Cándido, con su clarinete bajo el brazo.

       —¿Cómo es eso? —dijo, parándose. —Aquí estoy—. Lo que me gusta de Cándido es que no me trata como a un chiquillo. Me escucha cuando hablo y considera lo que digo. —¿Y a Gosto, dónde lo has dejado? —me dijo. —Gosto volvió ayer. ¿No le has visto? —Os hemos estado buscando todo el día en el Belbo—. Me miró con la misma cara que tenía en el Martino, sin reír. —Ayer el nombre te lo hemos gastado—. Me encogí de hombros y dije que estaba ya en Cassinasco. Entonces Cándido miró la calle, luego miró la colina. Pasó gente en un carro y le gritaron algo. Él dijo: —Buenas noches. —Cómo, ¿es ya de noche? —dije.
       —Ven arriba —dijo Cándido. —Vamos a ver—. Primero buscamos el teléfono y Cándido conocía a la chica. Una chica que se parecía a mi hermana. Bromearon un poco, luego le dio la comunicación. Cándido hizo llamar a mi casa y, mientras esperábamos, me dijo que él tenía que tocar en el baile toda la noche. —¿Seguro que quieres volver a casa?—. La chica nos escuchaba y le preguntó a Cándido, riendo, que cuándo bailaba él. —Ya no tengo tiempo, esta noche —dije yo—. He tardado dos días en venir aquí. —Así conoces el camino —dijo Cándido, y comprendí que no hablaba claro para no avergonzarme ante la muchacha.
       Finalmente sonó el teléfono y Cándido habló primero. —Están todos —me dijo. Gritó que estábamos en Cassinasco y ellos no comprendían y cuando tuve que hablar yo estaba temblando. No me riñeron; preguntaban dónde había dormido, emitían exclamaciones, se pasaban el aparato y querían que fuese a casa en seguida. No me cabía el corazón en el pecho, con la rabia de que la chica pudiese comprender. Pero ella hablaba con Cándido; entonces pregunté a media voz: —¿Y mamá? —Tonto, mamá te espera—. Respondí que volvería con Cándido, que estaba con él. Quisieron hablarle de nuevo, pero en aquel momento interrumpió otra voz y dijo que la comunicación había terminado. Entonces grité: —Volvemos mañana —y colgué en seguida.
       Fuimos a cenar a una casa a la salida del pueblo, donde estaban ya los demás músicos en el patio, y todos conocían a Cándido y le esperaban. El patio de la casa, con emparrado, daba a la cocina, y en la cocina todos se ajetreaban y había un fuego que parecía una hoguera. Cándido dijo que yo no había comido desde ayer, y las mujeres, asustadas, me dieron en un plato pan y uva albilla. Querían saber qué había hecho, pero con la boca llena no podía hablar. Me había sentado en el cajón de la leña y desde allí sentía el fuego y el olor de la carne que se estaba friendo y el rimbombo del estrado donde las mujeres amasaban el pan. Desde la puerta se veía la colina y un trozo de cielo, y nada era más hermoso que pensar en estas cosas, ahora que estaba con Cándido y que había hablado con mi familia y nadie sabía que allí abajo estaba el mar. La colina parecía una nube. Bastaba cerrar un poco los ojos y quedaba solamente aquella cepa. —No comas demasiado —dijo Cándido—. Luego hay canalones—. Entonces salimos al patio, donde los hombres bebían y charlaban. Bebían de pie, y me parecía estar bajo los nogales del Martino. —¿Habéis atrapado a las bestias? —pregunté a Cándido. —Dos se han escapado al otro lado del Belbo —dijo él con cara de gato.
       Entonces, mientras los músicos le llamaban, le dije que Gosto era un estúpido porque quería estar con un vagabundo del Belbo que nos mandaba a coger hierba. Él me dejó hablar y luego dijo: —Venirse a fiestas a Cassinasco, poco es. ¿Qué pensabas encontrar? De aquí no se va a ninguna parte—. Pero sin esperar a que le respondiese miró a los demás y me dijo: —Vas por buen camino. También yo hago como tú a veces.
       Ahora toda la gente que estaba en el patio esperaba a que tocasen. Cándido se puso en medio con el clarinete, y a mí cada vez que alarga los labios para atacar me gusta, porque se pone más serio que nunca. La voz del clarinete es la más bonita y dirige a las demás. Cándido aprieta la lengüeta por debajo del bigote y mira al suelo, pero es él quien lleva la batuta con los ojos. Durante todo el tiempo que estuvieron tocando no se oyó una palabra y la música llenaba el patio. Luego, de golpe, Cándido meneó la cabeza, alzó la boca del clarinete al cielo y la música calló.
       Aquella noche comimos como otros tantos novios, yo al lado de Cándido, y una mujer le preguntó en voz alta si yo era su hijo. Pero todos sabían que Cándido es joven y que sólo le gusta tocar, y reían. Una cosa sí tiene Cándido, y es que él bebe poco, y me decía que no bebiese porque luego uno no sabe lo que se dice. —Tú tienes que conservar la cabeza. Tú eres uno que estudia —me dijo también. Pero yo quería estar alegre esa noche, y bebía con los demás. Bebimos aún en el patio, cuando salimos al fresco. Bebimos y comimos uva. Yo miraba la colina oscura, donde no había ya ninguna hoguera, y me parecía que había nacido en aquel patio, que había estado siempre allí arriba, con Cándido.
       Él notó que tenía sueño y me dijo que me fuese a dormir. Casi reñimos, pero todos decían que la cama estaba preparada y que de todos modos en el baile me iba a aburrir. Respondí que no era el baile, sino que quería esperar la mañana. Cándido me dio la razón y poco después tuvieron que llevarme a la cama porque me caía de sueño.



LA CIUDAD

      Gallo no fue nunca, ni siquiera en el pueblo, uno de esos que gustan de ciertas conversaciones y se emborrachan en compañía para hacerlo con mayor libertad. Entre jóvenes siempre hay alguien que empieza y vacía el costal; pues bien, Gallo le dejaba hablar y no hacía caso, y una vez miró a dos que susurraban, cogió las cartas, las barajó y dijo con calma: —- Muchachos, estas cosas es mejor hacerlas que decirlas—. Estaba conmigo un día que volvíamos del pueblo a lo largo del balate, descalzos para tomar el fresco, y vimos bajo las plantas a una chica que salía en aquel momento del agua, convencida de que no pasaba nadie. Yo me quedé en una pieza, me puse como la grana y bajé inmediatamente los ojos; Gallo se echó a reír, palmoteo y dio una coz: la chica escapó.
       Cosas parecidas ocurrieron a menudo mientras estudiamos juntos en la ciudad y Gallo no acabó sus estudios. Trabé conocimiento con muchos compañeros, sobre todo suyos, y casi no pasaba noche que no nos sorprendiese la mañana bebiendo y jugando. Gallo me enseñó a divertirme sin perder los estribos; no que me diese consejos, pero me bastaba verle cuando daba las cartas o reía sobre el vaso o, impaciente, abría de par en par una ventana, para avergonzarme de mi exaltación. Por lo demás fue un buen amigo para todos, y si ninguno de nosotros, por lo menos en aquel entonces, hizo demasiadas tonterías, se lo debe en parte a él, que decía siempre que es mejor romperse la crisma que desear rompérsela.
       Yo entonces no aguantaba el vino como él (tengo dos años menos), y sé que, vagando por las calles después de una noche de juerga, Gallo me obligaba a caminar, diciendo que el aire era bueno y que las mujeres dormían, y que aquel era el momento para mostrarme un tipo resistente y superar el cansancio y el moho para encontrar de nuevo la salud, por ejemplo en la colina. Y me llevaba allí. Volvíamos luego con el sol, frescos y aturdidos, y el café con leche nos hacía reír. En aquellos tiempos compartíamos una gran habitación en el último piso, que parecía una buhardilla. Después del primer año, cuando la ciudad nos fue más familiar en horas y calles, sentíamos un placer todavía más vivo mirando a nuestro alrededor cuando callejeábamos, o esperando en una esquina. Hasta el aire de los paseos y de cada calle se había hecho ahora más acogedor, y lo que, yo por lo menos, no dejaba nunca de disfrutar, era la cara siempre distinta de la gente en los rincones más familiares. Más bonito todavía era saber que a ciertas horas bastaba con entrar en un café, pararse en un portal, silbar en una callejuela, y los viejos amigos aparecían al improviso, nos poníamos de acuerdo, caminábamos, nos reíamos. Se había convertido en algo hermoso, cuando iba en compañía, pensar que por la noche o al día siguiente podía estar solo si lo deseaba; o, cuando volvía a casa solo, que me bastaba con salir para reunirme con la pandilla. Por esto, después del primer invierno, decidimos separarnos, y encontré una habitación poco distante del centro, en una calle con árboles, en un tercer piso. Me persuadió Gallo diciendo que, si no tomaba yo la habitación, la tomaría él. Tenía visillos blancos en los cristales y un sofá-cama. Yo no estaba preparado para un ambiente tan de ciudad, y menos aún para la intimidad con la patrona que, según Gallo, se originaría. Esta mujer no tenía más inquilinos y me trataría como a un hijo. No era ya joven, pero tenía la piel cálida y los ojos vivos en su cuerpo menudo. Noté desde el primer encuentro que se apretaba la bata al seno, con un cuidado excesivo para ser inocente. Lo noté pero decidí hacerme el desentendido. La idea de buscarme en casa una mujer que pudiese entremeterse en mi vida y en la paz de mis derechos, me inquietaba. Y aunque a veces ella viniese a fumar un cigarrillo a mi habitación, riendo conmigo, no nos liamos. Prefería dejar que los amigos creyesen que había tenido suerte y pasar ciertas noches —especialmente en la buena estación— con la ventana abierta de par en par, excitado con la esperanza de que ella se decidiese a entrar en mi cuarto y me arrojara los brazos al cuello. Pero ese momento no llegó nunca, y Gallo defendió ante los amigos mi silencio.
       Nuestras aventuras eran solamente callejeras; y aun las juergas que tenían lugar en la gran habitación de Gallo tendían a la discusión, a la borrachera, al vocerío más que al desenfreno. Uno de los amigos, uno de la ciudad, que trajo una tarde a una muchachita que fumaba como un hombre y tenía las uñas pintadas, nos aguó la fiesta, Gallo le dijo que si quería usar la habitación por una tarde no tenía más que pedírselo, pero que donde se habla, una mujer está de más. Yo no era del mismo parecer, para mí una mujer es siempre una mujer, pero tal vez más intensamente que los demás sentí en nuestra conversación el embarazo y el peso de aquellos ojos curiosos. En aquel tiempo estaba ávido de compañía, de toda clase de compañía, pero especialmente la alegre y familiar de las caras conocidas. Nosotros los del campo somos así: nos gusta mirar al otro lado de la cerca, pero no saltarla. Los amigos que teníamos eran bienvenidos; pero una novedad imprevista nos molestaba. No quiero decir con esto que Gallo se privase de nada. Había días en que nos tocaba acabar la velada sin él, en el rincón de una taberna. Pero precisamente porque nos había dado con la puerta en las narices.
       En mi ansia de amigos y juergas pasé excitadísimo aquel curso, temiendo solamente la llegada del verano que lo interrumpía todo. Gallo no decía nada, pero yo sabía que para él, siempre igual a sí mismo, también el verano tendría sus placeres. Por ejemplo, volver entre los suyos, tomar parte en las labores del campo, en las tierras del padre, ir de fiestas a los pueblos vecinos. Cosas que para mí, en la exaltación de la nueva vida, carecían ahora de alicientes. Sabía que la ciudad tenía que ser, sería, más hermosa, con tal de seguir viviendo en ella y de tener el valor necesario. Hacía demasiado poco que había descubierto mi habitación, la alegría de entrar y salir de ella pasada la medianoche, las lentas tardes en que esperaba con Gallo a que viniesen los demás. Algunas noches me adormecía, cansadísimo, saboreando de antemano el día siguiente, un porvenir alegre y completamente disponible. Mi patrona se asomaba ahora a la puerta con una ligera sonrisa, girando el cigarrillo entre los dedos, y me preguntaba si podía entrar. Le ofrecía lumbre, y luego ella hablaba dando vueltas por la habitación y me trataba como a un hombre, y acababa por sentarse, pierna sobre pierna, en la poltrona próxima a la cama. La secreta posibilidad que encendía sus ojos me mantenía despierto y tenso. Comprendía que también ella lo había notado.
       El día que me despedí para volver a casa, me ayudó a hacer la maleta, y mientras tanto me preguntaba si me había divertido durante el año. Me sentí casi defraudado de que hubiese esperado aquel momento para llegar a las confidencias, y le dije y repetí que me esperase, que en otoño volvería a su casa. Se lo dije tantas veces que me sentí estúpido, pero también ella sonreía y me pareció conmovida.
       El verano pasó, para mí en espera, para Gallo en largas jornadas entre la era y el establo, levantándose con el alba, velando, discutiendo con los jornaleros. Cuando iba a buscarle, a la baja cocina de su alquería, me invitaba a almorzar o a cenar y me daba de beber, y su familia, sus hermanos, los abuelos, me hablaban como si no me hubiese movido nunca del pueblo. Esto no me desagradaba, pero además Gallo estaba enteramente ocupado en su jornada y sólo se acordaba del pasado algunas noches que volvíamos del pueblo bajo la luna. Por otra parte él, en la ciudad, estudiaba agronomía, y el próximo invierno sólo tenía que preparar la licenciatura. Yo pensaba en cosas muy distintas; entre los compañeros de la ciudad me había hecho muy amigo de uno que frecuentaba los teatros y discutía, y había encontrado en esto un nuevo sentido de la vida que me llenaba el día. Una noche de luna, precisamente en el balate, confesé a Gallo que con mi patrona no había llegado a nada. Gallo me habló de un amor suyo en la ciudad y me confesó que estuvo a punto de llevarse a la chica a casa de sus padres, pero que luego había comprendido que lo bonito de estas cosas es no hacerlas en serio. Es decir, en serio pero sin pasar de cierto límite. Le dije que yo, en cambio, estaba dispuesto a pasar todo límite, pero que no conseguía hallar el objeto.
       En noviembre encontré mi habitación ya alquilada, pero la patrona, siempre en bata y siempre solícita, me suplicó que fuese a verla, que no le hiciese aquel agravio. Con la confusión de la ciudad me olvidé de ella, y me alojé no sé dónde, en una pensión, hasta que, de acuerdo con Gallo, Volví al antiguo camaranchón común. Aquel año él ya no tenía necesidad de vivir allí; hacía escapadas; se quedó durante el invierno, pero al llegar la primavera empezó a viajar porque, ahora que no tenía que asistir a clase, su padre quería que ayudase en las faenas y no le concedió ni un mes seguido. Hubo, eso sí, francas veladas como antes, en las que se bebió y gritó en nuestra habitación; casi todos los compañeros volvieron con nosotros, pero comprendía que el alma del grupo era Gallo, y Gallo ahora tenía otras cosas en que pensar. Yo fui mucho al teatro —también esto era bonito— y los nuevos amigos aceptaron mi compañía. Con ellos la vida tenía un sabor distinto; íbamos, por ejemplo, a bailar; conocí a mujeres y chicas que luego volvía a encontrar en los cafés o en familia. Me esforzaba en distinguir las que eran hermanas de mis compañeros de las simples amigas nocturnas, ya que todas vestían y hablaban del mismo modo. Pero llegado abril y después mayo, eché a faltar las largas noches en vela que transcurrían bebiendo, cantando, discutiendo, en una hostería a trasmano; las caminatas con Gallo en el fresco del alba, las últimas chácharas junto a la ventana.
       Aquel año empezaron los estudios dos paisanos nuestros, muchachos todavía, uno de ellos, además, primo de Gallo. Yo no les quise en nuestra habitación, por más que Gallo dijese. —No soy una nodriza —objetaba, pero el verdadero motivo era más bien que empezaba a avergonzarme de nuestra torpeza campesina. Tenía, en cambio, un amigo, un estudiante jovencísimo, rubio, cuya hermana conocía. Eran gente de ciudad, acomodada, y él se llamaba Sandrino; la hermana, María. Sandrino discutía conmigo de teatro y le gustaba mucho nuestra habitación-buhardilla, desordenada y abierta sobre los tejados. Aunque parezca extraño, antes que a él había conocido a la hermana, no sé si en una excursión o en algún baile, y ella me había dicho que nuestra buhardilla era célebre en muchas casas, y discutida, vilipendiada o ensalzada según la edad de los que la juzgaban; en cuanto a ella, María me dijo que la cosa podría ser divertida pero, ¿por qué frecuentar ciertas mujerzuelas sin gusto y emborracharse? María decía divertida con el tono voluble que tienen precisamente las chicas de su clase —en sus labios la palabra resultaba bonita— y por más que yo rechazara la acusación con energía, meneaba la cabeza, sonriendo. Sea como fuere, a través de ella conocí a Sandrino, que ingresaba entonces en la universidad, y Sandrino me tomó un gran afecto, a mí y a algún compañero aficionado a discutir. Conoció también a Gallo, en una de las últimas apariciones de Gallo en aquellos meses antes de la licenciatura. Le llevé yo una noche con nosotros, porque al revés que su hermana, Sandrino hablaba de la borrachera sin darle importancia, como de una experiencia común; o, mejor, procuraba repetir que de nosotros le gustaba precisamente la fuerza, la vulgaridad campesina. Me lo dijo muchas veces, y en esto era todavía un chiquillo. Yo, que en aquel entonces creía haberme vuelto ya otro, experimentaba cierto fastidio.
       Gallo partió de nuevo al día siguiente, temprano. Me quedé solo en la habitación vacía, y desde la cama miraba la mesa llena de platos, vasos y trozos de papel, en el fresco gris de la mañana. Me sentía entorpecido por el desorden de la noche, e imaginaba a Gallo y su tren en la campiña, entornando los ojos, jugueteando con la imagen de una botella recortada en el alféizar y en el cielo. Sandrino era de veras un muchacho inteligente; había reído, cantado, discutido con nosotros; incluso habíamos hablado acaloradamente de libros. Un timbrazo me sobresaltó.
       Era Sandrino que venía a aquella hora insólita porque no había podido dormir, y me traía pan y fruta para desayunar. Mientras me vestía, volvimos a hablar de la velada, y Sandrino, vuelto hacia la ventana, decía que cualquiera, viviendo de aquel modo encima de los tejados, podría disfrutar de lo lindo. —Lo malo es que se envejece —dije—. Tenías que habernos visto el año pasado a Gallo y a mí, cuando a esta hora descendíamos por la colina, pasada la borrachera y muertos de cansancio.
       —Erais madrugadores —me dijo.
       —No nos acostábamos en toda la noche.
       —Era siempre de día para vosotros.
       —Sólo a las mujeres no les satisface esa vida —dije—. A las mujeres no les dice nada.
       Sandrino tenía de bueno que hablaba de mujeres sin inmutarse. Dijo tranquilamente: —Una mujer por la mañana debe de estar bien—, mientras yo cogía las cerezas para lavarlas.
       —Se puede hacer todo por la mañana, teniendo ganas —le dije—. Pero, ¿dónde encuentras una mujer que se contente con comer cuatro cerezas mirando los tejados?
       Sandrino me miró, rubio y admirado.
       —Yo prefiero las cerezas —dije.
       Hablamos de esto y ordenamos un poco la habitación. Sandrino me dijo que Gallo era un buen tipo, pero no tan inteligente como yo. —Está bien para pasar una noche cantando, pero nada más—. Cuando le dije que Gallo había sido mi guía y maestro, sonrió ligeramente —la sonrisa de su hermana.
       A eso de media mañana oí trastear en la puerta, e inmediatamente otro timbrazo. Sandrino dijo: —Será María. Ha dicho que pasaría por aquí—. Objeté consternado: —Pero si no ha venido nunca.
       —¿Y qué? —dijo Sandrino, tranquilo.
       En efecto era María, fresca e indignada por la larga escalera, que venía a inspeccionar el antro. Torció el gesto ante las botellas y los vasos amontonados en el alféizar, y me preguntó que quién barría la habitación. —La portera —dije. María miró cómicamente la puerta.
       Para mí aquella visita fue un golpe. Hasta entonces, mientras encontraba a María en otros sitios, me había comportado con cautela, le había dicho solamente las cosas que podía decirle, había reducido la rudeza de mis modales a una sequedad cortés. Pero que ella descubriese ahora los sucios rastros de nuestra alegría —colillas de cigarro, un frasco de vino en un rincón, recortes de periódico pegados en los cristales— me aterró. Ella fue lo suficientemente caritativa para elogiar la vista que se disfrutaba sobre los tejados y tenderme la mano con una fresca sonrisa. Incluso dijo: —¡Ay, los hombres!—, pero comprendí que no era ni el desorden ni la suciedad lo que la había ofendido. Pensé, cuando me dejaron solo, que si hubiese encontrado una huella de mujer, quizá no se habría sorprendido tanto. Es más, me dije, le habría gustado.
       Con Sandrino no podía desahogarme: hubiese sido como decirle que quería pasar por lo que no era. Y a María no era capaz de renunciar: ella me hablaba de otro modo que las bailarinas y prostitutas conocidas aquel año. Gallo me habría dicho que no hiciese el tonto y que recordase de dónde venía, pero de Gallo me avergonzaba, y me avergonzaba de haberlo presentado a Sandrino. Mi vida era otra. Menos mal que se acercaba el verano.
       Cuando Gallo se fue la última vez, en junio, licenciado y contento, respiré tranquilo. La habitación y las calles eran ahora algo mío. Escribí a casa que buscaba un trabajo en la ciudad y que me dejasen probar, porque si me ausentaba perdería los contactos necesarios para después de la licenciatura. De casa me mandaron dinero, encareciéndome que volviese para la vendimia.
       No podía haber hecho esto sólo por permanecer cerca de María, ya que ella con Sandrino y toda la familia, se fue de veraneo. Su compañía me duró aún un mes; les veía casi cada día; paseaba con ellos en bicicleta; con Sandrino bromeaba, con ella conversaba; fui aceptado en casa. Cuando vino el momento de la separación, su madre me preguntó si no volvía a casa yo también. Le contesté que tenía que trabajar y quedarme en la ciudad. Y la madre dijo a Sandrino, en presencia de María, que aprendiese de mí. María, complacida, me hizo un gesto de amenaza con la mano.
       Ahora estaba solo. Naturalmente no encontré ningún trabajo. En los días tórridos zanganeaba por las calles, especialmente por la mañana; saboreando las bandas de sombra fresca en la acera recién regada. Todas las mañanas abría de par en par la ventana que daba a los tejados, y escuchaba atentamente los rumores confusos que subían hasta allí. En el aire límpido los techos oscuros y rugosos me parecían una imagen de mi nueva vida: esperanzas efímeras sobre un fondo áspero. En aquella calma, en aquella espera me sentía renacer.
       Así fue, durante todo julio. Pero una tarde, a la hora en que cierran las oficinas, tropecé justo en la esquina de casa con una cara conocida. ¿Dónde la había visto? Se paró también. Me lo dijo ella misma: era Giulia, la amiguita de Gallo. Me preguntó dónde vivía y, cuando oyó que era allí arriba, se animó mucho y quería subir.
       —Pero, yo tengo que ir a cenar.
       —Vamos a cenar —me dijo—, esperaré a que hayas acabado—. De este modo aquella noche Giulia subió a mi habitación.
       Seguía siendo la muchacha morena, delgada y con el mechón sobre los ojos que había conocido con Gallo. Entonces se le agarraba del brazo con obstinación cuando no quería ir a algún sitio. Había trabajado de dependienta y de oficiala, ahora hacía de criada. De asistenta. Me dijo, sonriendo bajo el mechón, que podía quedarse toda la noche. Yo no quería, no puedo sufrir la presencia de una mujer cuando me despierto, pero me gustó tanto el modo como Giulia me echó los brazos al cuello, que accedí. Aquella noche, inevitablemente, acabé hablando de Gallo, y Giulia tuvo un gesto simpático: me puso un dedo en los labios y me hizo callar. Me gustó, repito.
       Al día siguiente, como había comprendido mis gustos, se fue temprano. Yo me quedé en la cama pensando en María.
       Con la llegada de agosto las calles quedaron casi desiertas. Giulia empezó a subir a casa por las tardes. Tenía un modo de pasar por encima de mí, furtivamente, y de tenderse a mi lado, que parecía un gato. Hablaba poco, era enjuta y musculosa. Fue la primera mujer que conocí verdaderamente. A la caída de la tarde, cuando el aire refrescaba, saltaba de la cama y se atareaba por la habitación. Entonces charlábamos. Intenté explicarle por qué me gustaba quedarme en la ciudad. Ella quería que la llevase al campo, por lo menos hasta los arrabales; y como me resistía, empezó a recordar a Gallo y con sonrisas maliciosas se preguntaba y me preguntaba dónde estaría en aquel momento. —Está en el campo —decía yo. Giulia abría los ojos y se hacía describir las colinas, los arroyuelos, las calles, las muchachas. Imitaba con la voz el ruido que hace la cadena del pozo al descender, y tenía explosiones de alegría en las que se me echaba encima, cuando también yo me había levantado, y volvía a derribarme sobre la cama. Había vivido siempre en la ciudad y no tenía familia. —¿Dónde duermes? —le pregunté. Cambió de conversación, y la sospecha de que pudiese tener otro hombre por las noches casi me alegró. Quería decir que para ella yo era un capricho, que todos nosotros éramos capricho.
       Que hubiese sido ya la amiga de Gallo me daba una sensación de seguridad, tanto más cuanto que de él hablábamos ahora como de un hermano mayor. Ella conocía también a la otra, aquella que Gallo había tenido durante dos años y con la que estuvo a punto de casarse. Se consolaron mutuamente cuando Gallo se fue.
       —¿Por qué? ¿Querías casarte con él?
       —¿Y quién no habría querido casarse con él? —respondió echándome una mirada.
       Para ser como Gallo le dije que quería regalarle un vestido. Giulia me hizo muchos mimos y cuando lo tuvo se plantó en la puerta para salir conmigo. Quería ir a bailar. Estas cosas gustaban a Gallo, pero a mí no me gustaban. Sin embargo, salimos en el crepúsculo tibio, y la llevé a cenar. Para llenar la noche la invité a beber. Bebimos mucho. Incluso compramos una botella y nos la llevamos a casa: Giulia, cogida de mi brazo, reía y forcejeaba para soltarse.
       Pasó así otra noche conmigo. Me parecía haber vuelto al año anterior, sino que en vez de amigos y discusiones acaloradas ahora tenía delante a una chica vivaracha y complaciente. Aquel día dormimos hasta muy entrada la mañana, y Giulia se fue a mediodía. Por la tarde llegó con provisiones y me dijo que ofrecía la cena. Yo puse el vino.
       Como, pasado el primer momento de entusiasmo, ya no sabía de qué hablar con ella, me gustó la idea de la bebida. No yendo al figón ahorraba bastante, y ahora cenábamos casi siempre juntos, en la habitación, de óptimo humor. Giulia tenía de bueno que se esmeraba por mantener un poco de orden, y yo me despertaba siempre al ruido del enjuague de los platos que ella lavaba antes de mediodía. Entonces prolongaba el duermevela, encobaba el dolor de cabeza y el malhumor, fantaseaba sobre antiguas borracheras, fingiendo una inmovilidad que sólo era del cuerpo. Veía de nuevo a los amigos, a Sandrino; temía catástrofes; me palpitaba el corazón en el silencio rumoroso. El estrépito del agua y de Giulia me llegaban como de distancias remotas.
       Una mañana llamaron a la puerta, oí voces, un timbrazo. Antes de que pudiese levantarme, la puerta se abrió y Giulia, descalza, con el torso desnudo, sólo con la saya, retrocedía ante Sandrino y María. De María vi apenas la mueca bajo el ancho sombrero de paja; luego dejé de verla.
       Mientras me vestía de cualquier modo, Sandrino me dijo con desenvoltura que habían vuelto a la ciudad para hacer unas compras y querían invitarme a pasar unos días con ellos en el campo. Mientras hablaba recorría con la mirada la mesa donde estaba todavía la botella y los vasos de la cena. Balbucí no sé qué, cuando la voz de María, imperiosa, gritó desde detrás de la puerta: —Déjale. Yo me voy—. Entonces Sandrino abrió los brazos con un gesto de impotencia y me dijo: —Hasta más ver, entonces—. Echó una mirada ambigua a Giulia y se fue.



LA CHAQUETA DE CUERO

      Mi padre me deja pasar el santo día en el barracón del embarcadero, porque ahí me distraigo y aprendo un oficio sin darme cuenta. Ahora hay una dueña gorda que grita siempre, y si hago el mínimo ademán de tocar una barca, me ve, aunque sea desde el sótano, y grita que deje lo que no es mío. Detrás del barracón están las mesitas y las sillas para los clientes, pero esta dueña no quiere que la ayude nadie, y si voy por unas consumiciones dice en seguida a su hijo que lleve él los vasos. En el barracón hace tiempo que no entro, y más aún que no subo arriba a mirar el agua y las barcas desde la ventana de Ceresa. Aquí ya no viene nadie, y mi padre está fresco si cree que todavía puedo aprender el oficio.
       Esta madama Pina no tiene ni idea: trata a los clientes como me trata a mí. No basta con llevar la chaqueta de cuero para gobernar un embarcadero; hace falta que la gente venga de buena gana y vea en la cara del dueño que le gustan las barcas y el Po y que divertirse es una buena cosa. Ceresa sí que era el hombre para eso: parecía que jugase con todos y en las barcas pasaba más tiempo él que los clientes. Cuando estaba Ceresa no faltaban nunca risas: estábamos en el agua en bañador, preparábamos la brea, achicábamos las barcas, y en verano merendábamos con el canasto de uva sobre la mesa, bajo los árboles. Las muchachas que iban a pasear en barca se paraban a bromear bajo el cobertizo, y había una que quería que Ceresa la acompañase Po arriba. Ceresa le decía siempre que no podía abandonar el embarcadero y la hostería, y que viniese por la mañana temprano, antes de salir el sol. Una buena mañana la estúpida aquella vino, y Ceresa entonces le dijo que se levantara así todos los días y se le pasaría la murria.
       La chaqueta de cuero, que ahora la vieja se echa sobre los hombros cuando llueve, Ceresa la llevaba siempre y me acuerdo de una vez que estábamos en la barca y se desencadenó un temporal, que se la quitó y me la dio para que me tapase. Debajo no llevaba nada, y me decía que, si hacía la vida del Po, de mayor tendría sus músculos. Llevaba un bigotillo que a fuerza de estar al sol era rubio.
       El año pasado, por culpa de Nora, algunos dejaron de venir. Nora antes era la criada que llevaba las bebidas a los clientes y por la noche se marchaba; pero el año pasado, por tarde que yo me fuese a casa, ella se quedaba en el barracón y al llegar por la mañana, la veía ya mirar desde la ventana. Nora era una hermosa mujer; Ceresa no lo decía nunca, pero lo decían los jóvenes y los viejos que jugaban a bochas. Nora se quedaba apoyada en el quicio con un codo en la mano, vestida de rojo, y miraba a todos sin hablar. A mí, una vez que me senté en el escalón esperando a Ceresa, me dijo: —Vuélvete a casa, imbécil—. Pero otras veces se reía cuando me sentaba en una barca con los pies en el agua, y si alguien pedía un remo o un cojín y Ceresa no estaba, me decía que fuese a buscarlo al cobertizo.
       A mí en seguida me apenó que Nora se quedase en el barracón. Antes, cuando pensaba en ella, también yo decía: «Es una hermosa muchacha» y no volvía a acordarme; pero si ahora se quedaba con Ceresa, quería decir que verdaderamente sucedía algo extraordinario; y me apenaba porque no comprendía qué podía ser.
       Comían bajo el cobertizo, juntos; y yo me quedaba un rato más, para ayudarles si volvía alguna barca, que no tuviesen que levantarse; y ellos conversaban, me decían algo de vez en cuando, pero sobre todo se guiñaban el ojo y, si Nora iba a la cocina a buscar un plato, Ceresa callaba, mirando la puerta. Entre ellos hablaban como no hablaban conmigo; ni tampoco Ceresa, que con todos bromeaba, era con ella el de siempre, sino que decía según qué cosas despacio, golpeando la mesa con la punta de los dedos y mirando hacia arriba, o bien movía la cremallera de la chaqueta como si fuese un abanico, y Nora guiñaba los dos ojos y miraba la cremallera, riendo.
       Se comprendía que estaban juntos para hacerse compañía, pero no para casarse, porque Nora no llevaba nunca un vestido cualquiera, de esos que se llevan para estar por casa, sino que se ponía el rojo, u otro blanco aún más bonito, y una vez lavados los platos y barrido, se quedaba en la puerta o venía a mirar el agua como hacen las chicas que alquilan las barcas. Cuando Ceresa la buscaba, ella llegaba caminando despacio y siempre parecía que no tuviese nada que hacer. En cambio la jornada era larga y no faltaba faena: ella servía en el figón, lavaba las camisas y aún le quedaba tiempo para fumarse un cigarrillo.
       Ahora que Nora era la dueña, Ceresa me decía que un día volveríamos a coger la barca él y yo, y estaríamos hasta la noche en el Po, navegando aguas arriba, pasado el dique. Nora no venía con nosotros en barca, decía que el agua olía mal, y cuando partíamos con las redes y la cesta para pescar bajo el puente, nos miraba desde la ventana, riendo. Para pescar, Ceresa sólo se ponía la chaqueta y el taparrabos negro muy ajustado y nos echábamos al agua y colocábamos la cesta en las piedras y, mientras yo controlaba la barca, Ceresa molestaba a los peces con las manos. Sabía de un lago extraordinario, más allá del dique, del que se volvía con la cesta llena, y decía siempre que saldríamos una buena mañana para volver por la noche. Durante muchas mañanas llegué al embarcadero esperando que fuese la ocasión, pero siempre surgía algún quehacer, o bien Ceresa tenía que acabar una conversación con Nora, o embrear una barca en la que había empezado a trabajar la noche anterior, y se aplazaba.
       Acabé yendo por mi cuenta, al otro lado del dique. Un día que Ceresa tenía algo que hacer en Turín, yo me quedé solo con Nora que limpiaba verdura en un cubo, bajo el cobertizo. Nora no me quitaba ojo, sin hablarme, y entonces me aburrí. Le dije que cogía la barca y partí. Estuve hasta mediodía en el agua y volví convencido de que aquel día no vería a Ceresa y que haría mejor yéndome a casa. En cambio Ceresa había vuelto y sonreía desde la ventana mientras se ponía la chaqueta, y me dijo que subiera. Di un paso pero luego vi a Nora contra el quicio, que me miraba de soslayo, y no me atreví a entrar. Dije: —Ceresa está llamando—, y fui al cobertizo a dejar el remo. Nora me miró fijamente y luego subió ella.
       Por la mañana era el mejor momento, porque siempre se podía esperar más que por la noche. Por la noche tenía que irme, porque después de cenar Ceresa y Nora se vestían y se cogían de bracete: iban a Turín, al cine, a pasear. El embarcadero quedaba vacío, cerraban la hostería al oscurecer. Antes siempre había alguien y Ceresa nos entretenía: él no tenía frío, se quedaba en taparrabos incluso de noche. Me daba rabia que Nora, que no tomaba nunca el sol y tenía que estar blanca como la panza de un pez, le tutease y anduviera siempre de bracete con él. Habría dado cualquier cosa por saber hablar como ellos.
       —Verás cuando me case —me dijo Ceresa una mañana—, todo volverá a ser como antes. Yo le sostenía la brea y tenía ganas de llorar. Pero no lloraba y miraba la barca, para que él no se riese. Estaba atento a que Nora no me oyese desde la cocina, aunque sabía muy bien que quería casarse de veras con ella.
       —Yo no me casaría —dije en voz baja—, verás como, cuando te cases, Nora no se vuelve a poner el vestido rojo y empezáis a reñir.
       —¿Qué le dijiste al Zucca, ayer, cuando jugaba a bochas?
       Ceresa lo sabía siempre todo. Pero fue el Zucca, el del bocio, quien hablando con otro había dicho que Nora era una mula y que Ceresa no debía casarse con ella. Yo sólo había escuchado al llevar los vasos.
       —Tú eres un chiquillo —dijo Ceresa—, no hables como los mayores. Si Nora te dice algo, me lo dices a mí.
       Pero Nora no me decía nunca nada importante. A veces me echaba a la calle. Cuando trabajábamos con Ceresa en una barca ella nos miraba desde la puerta con cara de dueña, y yo no comprendía si miraba de este modo a mí o a Ceresa. Ahora solamente esperaba que volviese a hablar de lo mismo, para decirle que Nora era una mujer mala.
       Unos días después del suceso del Zueca, esperaba en la barca a que Ceresa bajase, pero Ceresa no venía. Había subido un momento a buscar tabaco, y desde el agua veía la ventana abierta, pero como hacía buen tiempo podían venir clientes y llevarse a Ceresa, y no veía la hora de que bajase. Era una tarde calurosa y no se oía ni siquiera el rumor del agua contra las barcas. Luego entreveo la espalda de Ceresa en la ventana y oigo que habla hacia la habitación y no se vuelve para decirme algo. Entonces miro al sol, luego cierro los ojos y me los oprimo, y veía muchas manchas rojas y verdes y me aburría. Esperé no sé cuánto, y de pronto vi a Ceresa bajo el cobertizo que encendía el cigarrillo y me preguntaba que qué hacíamos. Le mostré el remo y Ceresa hizo un gesto como diciendo que no tenía ganas, pero saltó a la barca. Se dejó llevar por mí hasta el puente y estaba sentado sin hablar. Luego se arrojó al agua y pescamos, y de cuando en cuando decía algo de los peces, pero no dejaba de fumar y de erguirse para mirar el agua. Yo le hablé del bote automóvil y discutimos si iba o no con gasolina, pero él no me tomó el pelo como solía hacer, y arrojaba los peces pequeños contra el fondo de la barca diciendo: —Reventad vosotros también.
       Aquella noche pasó el Zucca con su lancha y dijo: «Eh.» —Tú sí que eres listo—, digo yo vertiendo el agua sobre los peces, y Ceresa le mira, luego me mira a mí riendo y me pone la mano en la cabeza y me la frota.
       Y sin embargo con Nora no había reñido. A las mujeres les gusta armarla o por lo menos llorar; las mujeres son diferentes de nosotros. Pero con Nora callábamos; apuesto cualquier cosa a que también a él Nora le decía a veces como a mí: «Qué imbécil eres. Vete de aquí», y entonces Ceresa no tenía más remedio que doblarle la muñeca y rompérsela. Sólo una vez que en presencia de dos clientes le dijo que cosiese el cojín roto de una barca, Nora cogió el cojín y lo tiró al agua. Luego se encerró arriba y no quería abrirle la puerta. Yo me puse a servir a las mesas de detrás del barracón, donde no se habían dado cuenta de nada. Ceresa no me habló en todo el día y se estuvo bajo el cobertizo limando un escálamo y afuellaba él solo la fragua y cogía los carbones todavía crepitantes con las manos y los arrojaba al Po.
       Al día siguiente encuentro la puerta cerrada. Llamo; no hay nadie. Entonces me voy, porque no quería que me viesen los clientes y tener que decirles que Ceresa se había peleado. El embarcadero estuvo muerto durante dos días; luego, una buena mañana, paseaba casualmente por la orilla y veo movimiento de barcas. Había vuelto Ceresa; había vuelto Nora que estaba en la ventana y se cambiaba la blusa. Ceresa embarcaba en aquel momento a dos muchachas, de esas que se desnudan en el cobertizo y gritan estupideces. Ceresa reía y sujetaba la barca.
       Por la noche hubo fiesta porque Nora había vuelto. Vinieron cinco o seis, entre barqueros y clientes —el Zucca, Damiano, los de siempre—, pero parecían más alegres y se estuvieron hasta las tantas hablando y bromeando. Todos decían que Nora tenía que bañarse, y decían que al día siguiente compraría el traje de baño y serviría en camiseta a los jugadores de bochas. Luego salió la luna y el boliche estaba claro como en pleno día; entonces Damiano trajo el vino y se pusieron a jugar. Yo me caía de sueño pero no quería irme; de eso se encargó Nora, que me dijo: —¿No te quieren en tu casa?— y entonces me fui.
       Desde aquel día Nora se volvió más alegre pero con Ceresa estaba siempre dispuesta a responder, y Ceresa no hacía caso y se encogía de hombros. A veces me avergonzaba yo por él, cuando aquella bruja decía tonterías delante de los demás. Se había comprado el traje de baño, un traje rojo como el vestido, y se lo ponía a mediodía para tomar el sol mientras iba y venía por delante del cobertizo, y luego se lo tenía puesto, hasta que Ceresa la agarraba de un brazo y la miraba con el ceño fruncido. Nora tenía una piel que parecía mantequilla blanca, pero en el Po no se bañaba nunca. Cuando venían Damiano o el hijo del Zucca o soldados, se quedaba para reír con ellos y exhibirse. Yo no comprendo qué es lo que la gente encuentra en las mujeres. —Verás —me dijo una vez Ceresa— como también a ti te gustarán.
       Pero hasta ahora esto no me ha ocurrido.
       Luego Ceresa se peleó con Damiano. Se peleó un día que yo no estaba, y oí hablar de ello al día siguiente, en la hostería. Llegaron a las manos y gritaban tanto que los tranviarios lo oían de la otra orilla. Aquella vez miré a hurtadillas la cara de Nora, para ver si también ella estaba enfadada, pero más que enfadada me parecía asustada. En cambio Ceresa no dijo nada y vino conmigo a pescar y ese día no hubo ni un pez para un remedio, y él de la rabia cogió la cesta y la arrojó contra el machón del puente. Luego se tendió en el fondo de la barca y me dijo que le llevara a casa.
       A partir de entonces, si no me decía él que había que hacer algo, yo iba de mala gana al embarcadero. Había días que estábamos en el cobertizo sin hablar y Nora no se dejaba ver. Pero aún era peor cuando Nora daba vueltas por la cocina o servía a los clientes, porque entonces me esperaba siempre que dijese algo. Luego, una vez, busco mi barqueta —la que me había hecho yo en el banco del cobertizo cuando Ceresa me dejaba trabajar— y no la encuentro. Ceresa estaba sentado en el suelo contra el palo y le pregunto que dónde estaba la barca; él me dice que no lo sabe. Entonces corro a la cocina y se lo pregunto a Nora y la oigo que me dice, tranquila, que la ha echado a la lumbre.
       Ceresa me preguntó aquel día que por qué no aprendía un oficio. —Pero si yo quiero ser barquero —respondo. —Estás loco —dice él—, ¿no lo ves que es un oficio detestable? Di a tu padre que te meta en una fábrica, díselo. Lo que a ti te conviene es hacer el servicio—. Me dio pena, no por mí, porque al fin y al cabo yo no era nada, pero por él, que ya no le gustaba el Po. Quería decirle que se casara con Nora, que así la gobernaría mejor, pero no sabía si me iba a contestar. Me puse los pantalones y volví a casa.
       Nora se dio cuenta de que me la había hecho gorda, porque al día siguiente me llamó a la cocina y me buscó conversación. Me preguntó si me gustaba tanto ser barquero y si no tenía miedo de ahogarme. Yo le respondí que me gustaba porque era el oficio de Ceresa. Luego me preguntó si era capaz de llevarla en barca. —Vamos a preguntar a Ceresa si nos deja ir a ver el dique. Si mañana hace buen tiempo, iremos.
       Al día siguiente se puso el traje de baño y le pidió prestada la chaqueta a Ceresa. Cogimos la cesta de la merienda y ella se sentó en los cojines; Ceresa miró cómo partía, riendo. Una vez pasado el puente me puse a remar a boga larga, y Nora me preguntó si estaba lejos. Le expliqué cómo se hacía para hundir el remo, y ella lo probó. Se puso a mi lado y por poco nos caemos al agua; las mujeres son todas lo mismo. Volvió a sentarse y me preguntó si sabía nadar en aguas profundas. Sabía que bajo el dique no se puede nadar y me dijo que nos parásemos en la desembocadura del Sangone donde el agua estaba tranquila.
       Amarré la barca a tierra y, mientras ella me miraba, di una buena zambullida. Luego nadé en el Sangone y le grité que el agua estaba más fría que en el Po. Cuando llegué junto a la barca y empezaba a hacer pie, vi aparecer en la orilla a Damiano y a un soldado. Eran amigos, pero al soldado no le había visto nunca. Entonces se acercaron a la barca y empezaron a hablar con Nora. Saludé a Damiano, pero sin darle confianza. Subí a la barca y me senté.
       Me daba rabia Damiano, porque sabía que remaba mejor que yo y, si Nora le decía que nos llevase al dique, yo quedaba como un estúpido. Pero Damiano y el soldado se sentaron en la orilla y empezaron a bromear. Nora respondía, y al cabo de un rato saltó también ella a tierra y dijo que quería pasear. El soldado le puso la mano en la cremallera de la chaqueta y dijo riendo: —Hace falta un poco de aire—. Era un napolitano.
       Me quedé solo en la barca y pensé que, si Ceresa se llega a enterar, la que se armaba, y entonces volví al agua, para que quien pasara no viese que la barca era de Ceresa. Nora volvió que era ya de noche, y me dijo que no teníamos que decir a Ceresa que habíamos visto a Damiano. Eso ya lo sabía yo.
       Pero al día siguiente intentó hacerse llevar de nuevo —esta vez a los Mulini— y me vi obligado a no ir al embarcadero, porque entre Ceresa que insistía y ella que me miraba como hacen las mujeres cuando están enfadadas, no podía decir que no. Fui hacia el atardecer y la encontré que se había puesto ya la falda, pero, en vez de la blusa, llevaba aún la chaqueta de cuero. Se conoce que ahora llevaba el traje de baño bajo la falda. Me miró con mala cara, pero yo me quedé con Ceresa.
       Eran hermosas las mañanas de septiembre, cuando el Po levantaba la niebla y esperábamos a que el sol la disipase poco a poco. Ahora siempre había algo que hacer, en la fragua, o con la brea, y Nora no aparecía demasiado temprano porque iba a la compra. Ceresa hablaba menos que antes, pero estaba a gusto con él porque comprendía que se sentía desganado, y me dejaba trastear a mis anchas en el cobertizo. De vez en cuando decía algo, y le hacía compañía de ese modo.
       Llegó finalmente la temporada de la uva, y una tarde arrancamos unos racimos de las parras que cubrían la hostería y merendamos con el cubo al lado. Estaba también Nora y comíamos los tres, riéndonos. Nora decía que había que ir con cuidado porque de noche la robaban. Luego, para mostrarnos dónde los ladrones podían esconderla, abrió la cremallera de la chaqueta. Entreví que debajo iba desnuda, y vislumbré algo blanco y pintojo; no llevaba el bañador. Cerró en seguida.
       Mientras nosotros merendábamos, había dos soldados que bebían cerveza en un rincón, y uno me parecía cabalmente aquel amigo de Damiano que había bromeado con Nora. Pero, ¿cómo podría asegurarlo?, se parecen todos. Nora, al servirles la cerveza, no se había detenido a hablar.
       Pero al cabo de una hora les volví a ver riendo y hablando con Nora, tan tranquilos. Ceresa se había metido en casa. Vi cómo Nora se inclinaba sobre la mesa y cómo el soldado alargaba la mano, igual que el otro día, pero esta vez tiraba de la cremallera hacia abajo, y Nora, echada hacia delante, reía con ellos. Sólo me volví al darme cuenta de que Ceresa estaba en la puerta. Me llamó, sin añadir una palabra.
       Poco después yo estaba solo en la bolera, las mesas vacías, Nora y Ceresa en la casa. Me quedé escuchando por si gritaban, pero no había el menor movimiento. Sólo tenía miedo de que llegase un cliente, o regresara una barca, y tener entonces que llamar a Ceresa. En las plantas dormía el aire y estaba anocheciendo; tenía frío. Más allá de las plantas oía a los pájaros que volaban bajo. Por la escarpadura no pasaba ni un automóvil. Todo parecía muerto.
       Tuve vergüenza, miedo, no sé. Pensaba aún en aquella blancura de Nora. Me pareció como si todo gritase y que me llamaban. Luego se abrió la ventana y Ceresa se asomó y dijo: —Pino, arrea a casa—. Cerró en seguida.
       Al día siguiente volví con el corazón en un puño. Pasé por la escarpadura sin descender; el embarcadero estaba tranquilo, en medio de las plantas. No había nadie. De todas formas tenía que llevar un recado al fielato. Pero después de comer me decidí: Ceresa debía saberlo que yo no tenía ninguna culpa. Veo una aglomeración de barcas que van y vienen frente al embarcadero; veo a dos de paisano parados junto a un automóvil, a la entrada del sendero. Comprendo que no se puede pasar y entonces doy la vuelta al prado. En el cobertizo todos van de un lado a otro, pero Ceresa no está. Entonces encuentro al hijo del Zucca que me dice que Ceresa ha estrangulado a Nora y la ha arrojado al Po.
       Yo quería verle para decirle lo de aquel día en el Sangone, pero nos hicieron despejar a todos y cuando él salió se oyó solamente el zumbido del automóvil. Después me dijo mi padre que cuanto menos hablase de aquello mejor. Para mí y para todos.



PRIMER AMOR

      Antes de conocer a Nino nunca me había dado cuenta de que los chicos con los que gritaba y corría por la calle fuesen sucios y andrajosos. Al contrario, les envidiaba porque iban descalzos y alguno sabía apretar el talón contra los rastrojos sin hacerse daño. Mis pálidos pies ciudadanos, en cambio, se contraían incluso al mero intento de ponerlos sobre el empedrado.
       De todo lo que había aprendido con ellos a Nino sólo le interesaban ciertas palabrotas. Nino vivía en una villeta a la salida del pueblo y tenía muchas hermanas mayores que me acobardaban. Yo me detenía junto al murete y miraba por entre los barrotes, esperando que Nino estuviese ya bajando por los escalones del jardín; si se retrasaba, silbaba bajito haciendo ver que era una serpiente y continuaba poco a poco más fuerte, hasta que el perro empezaba a ladrar. Nino llegaba corriendo, porque también él tenía miedo del perro.
       Era imposible proponer a Nino que se descalzara o que jugase con los demás. Sin que nos lo dijéramos, a los pocos encuentros me di cuenta de que con él me avergonzaba de aquellos compañeros. Pero lo curioso era que, por lo que decía al acaso, parecía que los conociese a todos, supiese sus juegos, comprendiese sus conversaciones: en una palabra, parecía uno de nosotros, salvo que venía de pantalón corto y camisa todavía más limpios que los míos, le gustaba deambular con las manos en los bolsillos por las callejuelas apartadas, escudriñando en la hierba o por las ventanas, mirando a los transeúntes y haciendo de vez en cuando una mueca a sus espaldas.
       Teníamos trece años, tal vez catorce, y verdaderamente también yo me sentí de pronto, aquel verano, descontento con aquellos arrapiezos: si tenían nuestra edad eran fofos y tontos, y cuando parecían delgados y despiertos como nosotros es que tenían ya dieciocho años y no podíamos entendernos.
       De qué hablábamos con Nino los primeros días no lo recuerdo bien. Sé que una vez le pregunté cuántas hermanas tenía. —Ninguna —me respondió. —Cómo: ¿y todas esas mujeres? ¿No son tus hermanas? —Son todas como mamá —me dijo ladeando la cabeza, como hacía a menudo—. No hay ninguna que sea de veras hermana.
       Yo le contaba que una vez había ido a cazar con un soldado que estaba de permiso; se lo conté tantas veces, de cabo a rabo, que un buen día Nino me dijo —¡Pum! —¿Qué pasa? —le dije. —También yo voy de caza, ¿no se puede?
       Intenté llevarlo a la balsa, donde algunos compañeros míos de por las mañanas estaban pescando con cestas, salpicados de agua y lodo. Nino se mantenía aparte, sonriendo ausente cuando desde el agua buscaba su mirada y su aprobación; y una vez que el hijo del herrero le arrojó la cesta chorreando, gritándole que la atrapase, él se hizo a un lado y no la recogió. Entonces le llamaron «media leche» y yo intenté disculparle explicando que llevaba el traje nuevo. Pero Nino se insolentó con ellos y, como empezaran a tirarnos pellas de barro, gritó enfurecido que ya tenía él quien les iba a ajustar las cuentas.
       Nino se pasaba las mañanas en su casa, dando vueltas por las habitaciones; la primera vez que fui a buscarle, estirando el cuello en dirección de su ventana, apareció una mujer alta y hermosa que miró a través del jardín y me hizo señas de que me acercara. Hice el distraído y me escabullí. Temí que Nino luego me hablase de ello, pero no dijo nada.
       A partir de aquel día dividí mi tiempo. Iba a apacentar las cabras, a escondidas, casi cada mañana, con los chicos de antes, y les asombraba con historias de la ciudad que poco a poco se convirtió en una especie de heredad mía en la que sucedían aventuras extraordinarias en los tranvías y en los ascensores. Cortaba el hilo de cuando en cuando y corría también yo tras una cabra, o descortezaba una rama, o cazaba saltamontes. Por la tarde, en las horas calurosas, que antes pasaba en el henil o en el establo, iba en cambio a buscar a Nino, y me parecía que estaba perdiendo el tiempo, que me aburría, y sin embargo, cada día estaba allí y, cuando volvíamos después de una tortuosa caminata por la cuesta de la iglesia arriba o a través de los campos, me hubiese gustado entrar con él en el jardín, sentarme en los silloncitos de mimbre y dejarme mortificar por las hermanas. Pero la primera vez que Nino me invitó, no me atreví.

       Volviendo de nuestra aventura de la balsa, le aconsejé que no metiera a la parentela en nuestros asuntos. Nino se rió entre dientes y me dijo que si tenía miedo de que las mujeres de casa supiesen lo de mis andrajosos, podía estar tranquilo. Muy otro era su valedor.
       Lo oí riéndose, una tarde, al cruzar frente a la trastienda de los Abonos. En la calleja estaba parado un automóvil bajo que ya había visto antes. Del umbral entreabierto llegaba un sordo parloteo de muchos y una recia carcajada dominó de pronto las voces, seguida por otras más roncas. En el tufo de azufre y abonos, Nino se adelantó ostensiblemente y dijo: —Ahora sale—. Salió un viejo bracero que nos reconoció guiñando un ojo; luego, abriendo la puerta de par en par, gritó: —Venga.
       Voló un saquito duro, que el viejo agarró al vuelo y colocó en el auto. Voló otro, luego otro.
       —Ayúdanos, señorito —dijo el jornalero mostrando las encías. Nino atravesó el umbral y desapareció. Yo me quedé al lado del coche, tratando de adivinar las sombras que se movían allá dentro.
       Cuando el coche estuvo casi lleno y yo ayudaba al viejo a colocar bien los sacos, aparecieron en el umbral Nino y un hombre de pelo rizado, un pañuelo en el cuello, cinto rojo y botas. Iba arremangado y ocupaba toda la puerta. Nino le llegaba al codo.
       Habló con voz risueña a Nino, y a mí también: —-¿Os habéis hecho amigos, eh?—. Me guiñó el ojo y me cogió una mano; yo forcejeaba. Me dobló dos o tres veces el antebrazo enérgicamente, luego dijo: —Nino, no te dejes pegar porque es más fuerte que tú—. Luego, levantándose, giró la cabeza a su alrededor y dijo: —¿Listos?
       Sacó un cigarrillo y lo encendió. Subió al auto y nos dijo: —Saludos— y arrancó.
       Aquella noche Nino se entusiasmó hablándome: no podía estarse quieto, en el poyo donde habíamos ido a sentarnos, pero no tenía los ojos inquietos como de costumbre. A mis preguntas le chispeaban.
       Bruno era conductor, pero un verdadero amigo suyo. Había ido a buscarle a la estación el día de su llegada y durante todo el camino que bordea la colina hacia la villa había hablado con él, contestando apenas a la madre y a las hermanas cuando hablaban, dirigiéndose siempre a él. Y aún ahora le preguntaba a veces cómo lo pasaban las becerritas de sus hermanas, y becerritas quería decir «estúpidas como becerras». Una cosa solamente le gustaba a Bruno de sus hermanas: los cigarrillos americanos que le traía Nino cada vez que podía, con la cajetilla y todo, porque la gracia estaba en la cajetilla.
       Nino habló de todo, aquella noche habló del baño de su casa donde había un perfume mejor que en los prados, y le hubiese gustado llevar allí a Bruno para que se lavase su tufo de hombre hecho pero limpio; y sobre todo le hubiese gustado ir con él y conmigo en el coche, recorriendo los pueblos de las colinas, divirtiéndose y aprendiendo a conducir.
       Bruno se lo había prometido pero no llegaba nunca la ocasión. Bruno atormentaba a todo el mundo y se divertía diciéndole siempre que todos eran más fuertes que él. Aquí me dio un pellizco como para arrancarme la piel y se echó hacia atrás. —Veamos si eres más fuerte— gritó enfurecido, y agarró una piedra.
       «¿Por qué haces esto?» le habría preguntado a Nino si hubiese sido uno de los momentos en que nos deteníamos en silencio junto a la verja de la villa, antes de separarnos. Pero si hubiese sido en aquellos momentos ni siquiera habríamos hablado. Verdaderamente no podía comprender qué necesidad tenía Nino de interrumpir el goce de la conversación para decirme algo malicioso. Yo no me bañaba en una hermosa bañera como él, pero en cambio me sabía mal ser más fuerte.
       —A todos les dice que son más fuertes —dijo Nino soltando la piedra y acercándose con cara malévola.
       No me atreví a corresponder con la misma sonrisa.
       —También a ti te gusta Bruno, ¿eh? —continuó Nino—. Vete con cuidado, porque a él le gustan las becerras. Mis hermanas.
       —¿Todas? —exclamé.
       —Todas —dijo Nino.
       —Pero los hombres escogen una —dije.
       —Qué estúpido eres —dijo Nino—. No puede casarse con ellas ni mucho menos.
       —Pero si me has dicho que sólo hablaba contigo.
       —Es porque ellas no le contestan. Son estúpidas.
       Volví a casa disgustado, avergonzándome del bigote de mi padre y del hule manchado de vino sobre el que cenábamos. Mi hermanita chillaba. No había viajado nunca en automóvil y pensaba en lo bonito que habría sido subir en él con Nino y Bruno; pero que las hermanas de Nino fuesen tan estúpidas y él tan malicioso me deprimía. Por suerte no le había dicho que una noche soñé con ellas.
       La mañana siguiente me dio vergüenza salir de nuevo a la dehesa con los chicos de siempre, y me dispuse a pasar el tiempo como Nino, desayunando, lavándome, dando vueltas por la casa; en suma, llegar a mediodía como él. Pero a las diez estaba ya en el patio y no sabía qué hacer. Los manzanos chaparros allí al fondo, junto a la pared trasera, me los sabía de memoria. Vagué por el soportal de enfrente donde estaba el rimero de fajinas del año anterior, y pasó la mujer del aparcero con un cubo. Llevaba en su cabeza canosa un pañuelo amarillo, e iba arremangada. Entonces comprendí porqué Nino podía estarse toda la mañana sin jugar: en su jardín las hermanas iban de un lado a otro, y tenía que ser verdaderamente hermoso vivir con ellas, si gustaban incluso al conductor. Yo no tenía más que a mi madre y a la criada que se atrafagaban como los campesinos, y mi padre no volvía hasta la noche.

       La casera corrió al establo. Oí mugir a la vaca con un estallido furioso que parecía que llorase. Me acerqué a la puerta. La mujer acudió, irritada. —Vete, vete —me dijo poniéndose delante para tapar el hueco con el cuerpo—, no se puede mirar. Anda y llama a Pietro; dile que ha llegado el momento. ¿Estamos?—. Pietro estaba cavando al final de un campo, detrás de la casa. Volví con él, que pasó antes por la cocina para beber un trago de la botella; y nos dirigimos al establo. De nuevo la vieja me echó. Pietro se volvió y murmuró: —Corre a decir a tu madre que le estamos haciendo el ternero.
       Me quedé vagando por allí, sobresaltándome de miedo a cada mugido bestial que estallaba en el aire fresco, seguido de borborigmos agonizantes. Luego prorrumpieron voces agitadas; la aparcera gritaba, y finalmente el borboteo del agua y un tintineo de cadenas. Yo pensaba en el barrigón deforme de la vaca, que había visto unos días antes.
       De pronto me acordé de Nino, y eché a correr para llegar a tiempo. En la puerta de la villa tropecé con una de las hermanas, la rubia, que tenía la piel tan blanca y que me gustaba cuando pasaba en bicicleta. Me puso una mano en la cabeza, riendo, y me preguntó qué me pasaba. Buscaba a Nino. —¿Para qué? —insistió ella. —Nos ha nacido un ternero —balbucí, enrojeciendo. La mujer me miró y apartó la mano, y rió fuerte.
       —¿Es bonito? —me preguntó. Yo no supe qué decir. Ella rió de nuevo, se volvió y llamó: —¡Nino! Alguien respondió. Entonces me señaló con la mano, mirándome apenas de soslayo, y se marchó abriendo la sombrilla.
       Cuando llegó Nino —el perro ladraba y corría de un lado a otro, haciendo tintinear la cadena— ya no tenía ganas de llevarle al establo. De nuevo me avergoncé de aquel patio sucio delante de la casa. Sólo dije: —¿Quieres venir?
       Aquella mañana acabamos en la balsa, donde estaban las lavanderas. Callábamos los dos.
       —¿Has visto nacer a un ternero? —dije de pronto—. Yo he visto nacer uno esta mañana. Daba miedo.
       Nino me preguntó: —¿Gritaba?
       —No, gritaba la madre —dije—, la vaca.
       —¿Por qué no me has llamado?
       Yo puse cara de ofendido, como el día antes.
       —Estúpido —dijo Nino exaltado—, habríamos visto cómo nacen los niños. ¿De veras has visto cómo lo hacía?
       —¿No has visto nunca nacer a un niño? —respondí dándome importancia.
       Nino calló y miró al suelo. Las lavanderas golpeaban la ropa contra las piedras. Había una, gorda, arremangada hasta los hombros, que daba golpes vigorosos, enseñando el sobaco y riendo con una compañera. Le bailaba todo el cuerpo, agazapado en el rebujo de las sayas.
       —Es como el cagar de un caballo —proseguí con voz insegura—, sólo que más grueso.
       —¿Lo has visto de veras?
       —Claro que sí —respondí.
       —También tú has nacido así —dijo Nino con rabia.
       —Sí, yo también —respondí tranquilo.
       Entonces Nino se dio un puñetazo en la cara y se dejó caer al suelo. En pie, a su lado, le miraba sin saber qué hacer. Me senté para confesarle la verdad, pero en aquel momento se echó a reír.

       Pero era una risa de conejo. —Si quieres venir en automóvil con nosotros, dime cómo es.
       Observé a Nino: tenía los ojos y los labios encendidos. Balbució despacio: —¿Has visto a tu madre?
       Le miré estupefacto y dije: —Qué estúpido eres.
       —Dímelo, ¿a quién has visto?
       —He visto al ternero.
       —¿A las mujeres, no?
       —No —y clavé la mirada en el suelo.
       La voz de Nino me estalló junto al oído: —Entonces, ¿no sabes cómo lo hacen?
       Confesé que no había visto ni siquiera al ternero.
       Entonces Nino se revolcó en la hierba y se puso en pie de un salto. — Yo sé cómo lo hacen —dijo—. Sale sangre y tienen que arrancarles el niño.
       —No siempre sale sangre.
       —Sí, sale siempre porque las mujeres gritan.
       —No —dije—. Escucha —y le expliqué que había visto una vaca después de nacerle el ternero y que no había sangre y el ternero estaba sólo un poco húmedo.
       —Las mujeres echan sangre —insistió Nino—. Tú no sabes nada.
       Me explicó con voz ronca cómo lo hacían las mujeres. No le interrumpí, pero tenía los ojos fijos en la hierba.
       —¿Tus hermanas también? —dije al fin.
       —También.
       Aquella tarde Bruno llegó inesperadamente al pueblo y nos hizo subir con él en el coche, porque tenía que llevar una damajuana a la estación y había sitio. Nos puso en el asiento trasero para sostener la damajuana y arrancamos. Durante todo el camino estuve con el corazón en un puño y me parecía volar como volaban los árboles y los guardacantones y los viandantes. Entornaba los ojos en el sol, veía la nuca firme de Bruno con el pañuelo rojo y la trepidación de su brazo apoyado en el volante. Tenía miedo de que al pararnos se cayese el garrafón.
       En cambio todo salió bien y fui yo el que se tambaleó, empapado en sudor, al apearnos. Bruno llevó, dando voces, la damajuana a facturar; luego nos llevó a la cantina de la estación. Me senté, encogido, en la penumbra fresca, haciendo como Nino que miraba a todo el mundo a la cara y reía con Bruno, alzando la cabeza para mirarle.
       Bruno pidió de beber y Nino, por su parte, quiso un granizado.
       Apenas lo habíamos acercado a los labios, cuando Nino bebió un trago y dijo, socarrón: —Berto, cuéntale a Bruno que has visto nacer un niño.
       Bruno me miró de través, con un ojo. Dejó el vaso frunciendo los labios.
       —Pero, si eres tú… —salté enfurecido.
       Bruno se enjugó el sudor. Se volvió a Nino: —Dile que aprenda a hacer el hombre, primero. Lo necesitáis, a vuestra edad. En lo demás ya piensan las mujeres.
       —Ha nacido un ternero… —dijo Nino.
       —Han nacido dos asnos —atajó Bruno—. ¿No tenéis otra cosa de qué hablar?
       Se secó otra vez el sudor. Parecía fastidiado y nosotros nos callamos, bajando los ojos. Nino masticaba el hielo con la cabeza gacha.
       —Nino, ¿te ha dado los pitillos, Clara?
       Clara era la hermana rubia. —Los ha escondido—, dijo Nino.
       Bruno lió el suyo diciendo, indiferente: —¿Queréis venir a los Robini, mañana? Estaremos de vuelta a mediodía. ¿Vienes también tú, Berto?
       Nino dijo: —Dame tabaco.
       Miré cómo la manaza de Bruno liaba el cigarrillo y no me atreví a pedir uno para mí. —Nino, ¿vas, mañana?— dije, en cambio. Nino miró de reojo a Bruno y preguntó quedo: —¿Nos pararemos en el pretil?—. Bruno asintió y le tendió el cigarrillo. No comprendía la palidez de Nino. Vi que encendía con el cigarrillo de Bruno y que le temblaba la mano.
       —Bebe vino —dijo Bruno—. El hielo es para los enfermos—. Sabía que a Nino el vino tinto le repugnaba y sin embargo vi cómo alargaba el vaso y lo acercaba despacio a los labios. Lo apuró de un trago.
       —Animo —dijo Bruno—. Este invierno, cuando estéis en la ciudad, se os habrá acabado el buen vino. Crecéis flacos, en la ciudad. Tú, Berto, ¿tienes novia, ya?
       Dije, embarazado: —No tengo tiempo: en invierno vamos al colegio.
       —Por qué, ¿en verano la tienes?
       —Yo… no.
       Bruno se echó a reír abiertamente. —Estupendo, ¿os veis en invierno tú y Nino?
       —Este año nos veremos —dije de pronto a Nino.
       —Ándate con tiento, porque Nino aprende esgrima y te ensarta—, me dijo Bruno guiñando el ojo.
       Nino no hablaba. Bebió otro vaso y me escuchaba apenas. Seguía con la mirada el brazalete de cuero que ceñía la muñeca cuadrada de Bruno. De pronto preguntó para qué servía.
       —Para romper la cara a los presumidos —explicó Bruno—. Se da un golpe de través, de arriba abajo, así no se lastiman los dedos y produce el efecto de un guante de boxeo. Una noche, en Spigno, uno que me pasa junto al coche —estaba parado en la estación— y escupe dentro. Escupe dentro y sigue adelante. No hay que tolerar nunca un salivazo, porque el que escupe es que tiene miedo. Me arrojo sobre él y le rompo la cara. Así. ¿Lo veis para qué sirve?
       Nino tosió contra el cigarrillo, sin apartar los ojos del rostro desdeñoso de Bruno. Como cuando fumábamos detrás de la iglesia, él soportaba muy bien el humo. Sería él vino lo que le turbaba. O tal vez algún lío con Bruno. ¿Por qué Bruno llamaba a las hermanas por su nombre?
       —Cuando tu madre y tus hermanas hagan el viaje a Acqui como han dicho, te enseñaré la plaza donde una vez detuve a un perro rabioso metiéndole el cuero en la boca. ¿Veis las señales de los dientes?
       —Yo no iré a Acqui con vosotros —dijo Nino.
       Bruno se echó a reír. —Berto termina de beber. Entonces, mañana.
       Fuimos a los Robini y durante todo el camino, que hizo a gran velocidad, Bruno silbaba volviéndose hacia mí después de cada curva. Nino, sentado a su lado, tenía la barbilla en el pecho, como si alguien le hubiese pegado; y dos o tres veces volvió los ojos a las colinas, en el cielo, bruscamente, como si acabara de despertarse.
       —El campo está seco, este año —dije con tono resignado, como hacía mi padre.
       Bruno no se volvió, y echó en cambio por un camino lateral, que subía entre acacias. Después de unos cinco minutos de ramaje en la cara, se detuvo a mitad de la cuesta, cerca de un puentecillo levantado sobre un barranco. Se apeó y nos dijo: —Entonces, me esperáis. Vigilad el coche—. Paró el motor y sacó la llave. —No toquéis porque de todos modos no se va a mover. Animo, Nino—. Nos dio un cigarrillo a cada uno y nos lo encendió: —Si alguien sube por el camino, sea quien sea, tocáis el claxon. ¿Comprendido? Si todo va bien luego te dejo conducir, Nino. También a ti, Berto, y cuidado, sea quien sea—. Echó por el sendero de la cuesta y desapareció entre las acacias.
       Hacía mucho sol y nosotros, resguardados a la sombra de las acacias, dominábamos desde lo alto un largo trecho del escarpado camino. Nadie podía venir desde la carretera principal sin que nosotros no nos diésemos cuenta. No había estado yo nunca allí arriba.
       Nino, evidentemente, había estado ya. Sin volverse, fumaba sentado al volante y no se interesaba por los mandos que tenía a la vista. Fumaba como un hombre, sin mirar el cigarrillo, con movimientos bruscos.
       —¿Tardará mucho, Bruno? —dije.
       Nino no respondió. Me apeé, di una vuelta alrededor del coche y eché un vistazo a los faros y a los neumáticos polvorientos. Miré desde el pretil el barranco seco: sólo con las lluvias de otoño se llenaría y espumaría. Asomaban a la superficie raíces nudosas y daban ganas de deslizarse hasta abajo, si no fuera por el miedo a las culebras. Arrojé la colilla y luego intenté apagarla a salivazos. Nino no se movía.
       —Déjame sentar un rato a mí —dije, volviéndome.
       Nino me miró con el guiño de ojos de cuando era malvado.
       —¿Lo sabes dónde ha ido? —dijo.
       Me encogí de hombros. En aquel momento un perro, no demasiado lejos, se puso a ladrar.
       —Mira —dijo Nino—, acaba de llegar a la casa de la mujer. Va a ver a la esposa y a la hija de Martino, que le esperan y atan al perro, y se acuestan juntos.
       —Pero si es de día —dije.
       Nino se encogió de hombros. —Se ponen sobre la cama —continuó—. Así acaban antes. Pero a veces se está hasta una hora —rió—, si no viene nadie.
       —¿Y dónde está Martino?
       —Martino ha ido a la estación. Lo oí ayer.
       —¿Y si vuelve?
       —Si vuelve, estamos nosotros para tocar la bocina.
       No estaba convencido. —¿Te lo ha dicho Bruno?
       Nino me echó una mirada furiosa y arrojó el cigarrillo.
       —No lo creo —proseguí—. Haría falta demasiado tiempo. Bruno tiene otras cosas en qué pensar. Y además ha de conducir el automóvil…
       —¿Y pues?
       —… Estaría demasiado cansado… —dije, titubeando.
       —Bruno es fuerte —dijo Nino con rabia—. Pero verás.
       —¿Qué veré?
       —Verás.
       La carretera salpicada de sol seguía desierta, y en el calor temblaban las hojas ante mi vista. O más bien era mi corazón que latía consternado, y el pueblo, mi casa, me parecían tan lejanos de aquella soledad y de aquella inquietud. Si por lo menos Nino no hubiese tenido aquel tono hostil. Me acordé de Clara que estaba en la villa y no sabía nada de nosotros. También ella era una mujer. Vacilante, me senté entonces en el estribo del coche.
       —No lo creo —dije de pronto—. La Martina va siempre a la iglesia.
       —Todas las mujeres van a la iglesia. ¿No sabías que se casan en la iglesia? Y cuando dos se casan es para ir a la cama, ¿no?
       —No lo creo —dije—. Bruno es un hombre como nosotros.
       —¿Sabes lo que voy a hacerle?
       —¿Qué?
       —Verás.
       Subí al auto y me senté al lado de Nino, que me miraba de reojo. Silbaba bajito.
       —Ahora se besan —dijo entre dientes.
       —Nino —exclamé—, si vuelve Martino, ¿qué hacemos? Lo encontrará en casa…
       —No volverá —dijo Nino—. ¿Hay alguien? —Se volvió y escudriñó el camino, la carretera y la llanura toda. Aguzamos los oídos. Nadie.
       —A estas horas están desnudos —continuó Nino, pálido.
       —Cuentos —balbucí.
       —Y entonces, listos —gritó Nino y le dio al claxon.

       Respondieron los ladridos del perro. Me pareció como si todo el boscaje recrujiera, en el instante que siguió. Intenté detener la mano de Nino, pero ya el alarido ronco del claxon, que parecía el de un hombre estrangulado, volvía a estallar.
       Cuando Bruno apareció saltando desde el sendero, nosotros estábamos agazapados en la hierba, detrás de los troncos, adonde me había arrastrado Nino. Bruno miró a su alrededor y miró hacia el camino con el cinturón rojo colgándole de la mano.
       Mientras se ceñía los pantalones miró de nuevo a su alrededor y llamó: —¡Nino!— en voz baja. Nino me apretó el brazo.
       Bruno había subido al coche y oteaba la carretera principal, moviendo los labios. Tenía el pelo en desorden y la cara como si hubiese salido en aquel momento de debajo de la bomba. Bajó del coche y se fue hacia las plantas. Vuelto de espaldas a nosotros se plantó con las piernas abiertas y poco después oí un chorro. Nino ahogó una; risita.
       Entonces Bruno vino en dirección a nosotros, mirando hacia arriba y abrochándose. De pronto se agachó y saltó por entre las ramas. Agarró por una pierna a Nino que huía y lo derribó. Yo me había puesto en pie y miraba. Sin hablar, Bruno aferró con una mano las dos muñecas de Nino y lo levantó como a un conejo. Teniéndolo apartado, porque coceaba, aullando, empezó a golpearle en los costados con el canto de la mano y a cada golpe lanzaba un rugido y apretaba los labios. Me miró un instante sin verme, y entonces eché a correr por la carretera. Oí todavía algún batacazo, y luego Bruno apareció sujetando a Nino por el sobaco, y lo arrojó al automóvil. Me dijo con voz nada amena: —Sube, que volvemos.
       Durante todo el viaje Nino, acurrucado al lado de Bruno, no dijo palabra. Yo sentía el viento fresco en la cara como si tuviese fiebre. Frente a la villa, Bruno paró. Me miró mientras bajaba y por un instante me pareció que reía. Nino levantó la cabeza, rechazó mi brazo y se apeó vacilante. Escupió al suelo y se alejó por el jardín, cojeando.
       Al día siguiente no me atreví a llamar a Nino porque, cuando me acerqué a la verja, vi sentadas en el jardín a dos de las hermanas, las morenas, con las piernas estiradas al sol, y una leía.
       Fue de nuevo Clara la que, al atardecer, mientras vagaba preocupado por allí cerca, me llegó por detrás en su bicicleta y se apeó.
       —¿Dónde fuisteis ayer? —me preguntó.
       —¿Qué le ha hecho Bruno a Nino? ¿Dónde estabais? —continuó.
       —Habla. De todos modos ya lo sé. Nino por hoy está en la cama. ¿Qué le habíais hecho a Bruno?
       —¿Dónde está Bruno? —dije.
       Entonces Clara me miró detenidamente y echó a andar hacia la bicicleta.
       —No sé dónde está Bruno. Yo no le conozco. Pero algo le habéis hecho, porque Nino no me lo quiere decir. ¿Fuisteis a los Robini?
       —Se volcó el coche —dije.
       —¿Qué hacíais en los Robini?
       —Nada. Aprendíamos a conducir.
       Estábamos en medio del jardín. Y las sillas de mimbre bajo el quitasol estaban vacías. La grava crujía bajo nuestros pies.
       —¿Habíais ido a ver a alguien?
       —Oh, no.
       Clara dijo, seria: —Nino está en la cama. ¿Quieres venir a verle?
       —Oh, no, pasaré mañana a buscarle. Es tarde —dije, parándome.
       Clara sonrió: —¿Cómo está el ternero?
       —¿Qué ternero?…
       —El que nació el otro día. ¿Es tuyo?
       Respondí con un movimiento de cabeza. Clara apoyó la bicicleta en la pared y subió los escalones. —Hasta la vista, ternerillo —gritó, volviéndose. Observé que era bastante alta.
       Durante varios días Nino no salió y yo pasaba por delante de la villa, esperando ver a alguien. Era una época —a principios de agosto— en que en el campo no hay nada: las manzanas y las primeras ciruelas terminan en julio, y hasta septiembre no empieza la uva. No valía la pena, mientras esperaba a Nino, reanudar la amistad con los otros, y vagué por las callejuelas. Pero estar solo es bonito un momento, cuando se te ocurre algo, o si se ha visto a Clara a través de los barrotes del jardín; todo el día, aburre.
       Recuerdo que una de aquellas tardes hubo un tremendo temporal, sin granizo pero frío y negro, que asustó mucho a mi madre y a los animales del establo, y a mí no me desagradó porque la noche fue fresca y a la mañana siguiente había charcos de agua y capas de hojas esparcidas por el suelo. Entonces pensé en Clara y en sus hermanas: en si los rayos las habrían asustado.
       Cuando, finalmente, se dejó ver de nuevo, Nino fue parco en palabras, y una vez o dos se me escapó la risa al verle sentarse en los poyos con cierta cautela. Él me miraba de reojo y parecía que habían vuelto los primeros tiempos, cuando paseábamos taciturnos. Vino con un paquete entero de bonitos cigarrillos escritos en árabe, que me dejaron aturdido y perfumado. Una mañana que había vuelto a la balsa, le vi llegar silencioso con la chaqueta al hombro, y se puso a fumar sentado en la presa. En seguida nos pusimos todos a su alrededor y él dio cigarrillos a dos o tres y escupió en el agua. Luego dijo con desgana:
       —¿Habéis visto al conductor de las Ca’Nere?
       Habló de esto con el rubio de los Mulini que tenía un hermano mozo de estación y se decidió que, si no antes, Bruno tenía que pasar por el pueblo por la Virgen de agosto, a cargar harina.
       Nino dijo con calma: —Martino le busca para quitarle el pellejo.
       El hijo del herrero opinó que aquel cigarrillo sabía a miel, pero que era fuerte. Volvimos a casa los cuatro chicos (el herrero llevaba ya unos pantalonazos largos hasta los tobillos desnudos y a cada momento se rascaba el pecho por debajo de la camisa). En dos o tres días Nino se había hecho amigo de ellos y se hablaban con risitas y codazos.
       Llegó el día en que Nino me preguntó: —¿A ti no te hizo nada aquella vez, Bruno?
       —¿Quién tocó el claxon? —respondí.
       Nino —tenía los ojos huidizos, aquellos días— me miró de soslayo, mientras caminábamos.
       —Tú, Berto, eres ingenuo.
       Hacía ya varias tardes que desaparecía. Iba a pasear con alguno de ellos; fueron incluso a pescar y supe que una vez Nino había llevado, además de los cigarrillos, una lata de melocotón en almíbar. Le dije entonces: —Ten cuidado, porque te odian y van contigo sólo porque les llevas cosas—. Pero Nino respondió que eso ya lo sabía.
       La noche de las hogueras de la Virgen, Nino no se dejó ver y sus hermanas no salieron al jardín a mirar los fuegos que punteaban las colinas.
       Era el primer año que pasaba solo y desasosegado aquella fiesta. Supe al día siguiente por un chico, que Nino había ido con los otros a hacer una hoguera en el campo de los Mulini y que de pronto había echado en el fuego de un empujón al hijo del herrero. Luego escapó a su casa y ahora el otro le buscaba para matarle.
       Nino esta vez me hizo llamar por el jardinero y me suplicó que fuese a buscar a Bruno. Las Ca’Nere caían lejos; sin embargo fui y dejé dicho en el garaje que mandasen a Bruno a la villa. Cuando, de regreso, entraba en el jardín, piedras y tierra me llovieron encima: era el hijo del herrero con los demás, apostados por si Nino salía.
       Unas horas más tarde llegó Bruno a toda prisa, con su pañuelazo y sus botas, y le paramos en la verja esperando que los otros tirasen. Bruno creía que la llamada era para lo del viaje a Acqui y dio un pescozón a Nino, y Nino, enrojeciendo, se acercó de nuevo y le preguntó si quería hacer las paces. Bruno no se impresionó y miraba al fondo del jardín. Luego soltó una carcajada y dijo: —Está bien, ¿qué necesitas?
       En aquel momento un terronazo alcanzó a Nino en la espalda. Nino se echó a un lado de un salto, apretó el puño de Bruno y le dijo: —Dales a esos golfos—. Cuando Bruno supo quiénes eran y qué querían se volvió un momento para mirarles y nos dijo: —Sois peores que las mujeres, vosotros también. Y aquéllos que no molesten porque hay para todos—. En aquel momento apareció Clara, se reconocieron y se pusieron a hablar del viaje a Acqui. Nino me llamó al arriate para enseñarnos algo y yo entré en el jardín, volviéndome para mirar a Clara que escuchaba apoyada en la verja.
       Un minuto después Bruno recibió una pedrada en la cara y Clara soltó un chillido: nosotros acudimos. Bruno la emprendía ya a patadas con dos de la pandilla, uno de ellos el hijo del herrero. Me detuve en la verja estremeciéndome de excitación y apretando los puños a los ojos de Clara: si los fulanos querían más, yo estaba dispuesto.
       Bruno volvió riendo y, despidiéndose de Clara, dio otro pescozón a Nino. Estábamos todos excitados.
       Siguieron hermosos días de agosto y Nino me admitía a menudo en su jardín (el perro estaba atado detrás de la villa) regresando de alguna correría. Una vez nos sentamos a merendar pan con mermelada bajo el quitasol y Nino, repantigado en la poltrona, me dijo que también en la ciudad comía siempre mermelada y que aquel invierno me llevaría a clase de esgrima con él y vería lo estupendo que era. Después, otro año, iría de nuevo a la costa, en julio, y si yo también iba saldríamos en barca juntos. Me describió las canoas, pero para ir en ellas antes tendría que aprender a nadar.
       —¿No se casan, tus hermanas? —le pregunté.
       —Una está casada —me dijo—, no está aquí. El año pasado tenía que casarse Clara, pero luego riñeron.
       —¿Y tu madre?
       Su madre era una de las morenas que yo había tomado por su hermana. No quería creerlo.
       —No hay más que mujeres, en mi casa —decía Nino—. Si por lo menos se hubiese ido Clara.
       Así era bonito estar con Nino. Ya no me zahería. Dimos otro paseo en automóvil con Bruno al pueblo de al lado, esta vez sin reñir. Clara le mandó por medio de nosotros unos cigarrillos, que él se metió en el bolsillo riendo.
       Solo el hijo del herrero nos inspiraba poca confianza: tenía todavía el pelo chamuscado y nos miraba torvamente, de lejos, torciendo la boca.
       Pero una vez se presentó, socarrón, en la plaza de la iglesia donde estábamos paseando y se acercó a nosotros. Pidió un cigarrillo a Nino. Nino se encogió de hombros. Entonces le dijo: —Si me lo das te digo una cosa que luego me regalas un paquete.
       —Dáselo —susurré a Nino—, así haréis las paces.
       Pero Nino no tenía. El otro reía. —No importa. Venid al Orto, os enseñaré una cosa sensacional.
       Nino dijo: —¿Nos tomas por idiotas?
       Entonces el hijo del herrero acercó los dientes amarillos al oído de Nino y le sopló algo en un cuchicheo. Nino se puso pálido, saltó hacia atrás, me miró, le miró y dijo, balbuceando: —¿Palabra?
       —¿Qué pasa? —pregunté.
       —Vamos —dijo Nino.
       El Orto era una alquería detrás de la villa, en la ladera de la colina. Entre la villa y el primer barranco se extendía una gran viña, casi llana, cercada por un cañizo medio fangoso. Llegamos al cañizo y lo saltamos, para aparecer en las cepas. Yo recogí en silencio un sarmiento seco y nudoso, por si el hijo del herrero nos preparaba una emboscada.
       —¿Has visto a Bruno, hoy? —pregunté de pronto para que Nino comprendiese, y comprendiese el otro.
       Nino, al que le temblaban los labios, no respondió. Se dirigían al Casotto Rosso, una barraca abandonada, cubierta de árboles, al final de las cepas. Allí había jugado al fortín el año anterior.
       —Despacio —murmuró Nino cuando estuvimos a poca distancia—. Paraos. Tú, Berto, sujétale—. Avanzó un poco más y se detuvo en la explanada. La puerta de madera estaba cerrada. Nino dobló ágilmente la esquina y se puso de puntillas ante el ventanuco.
       Mi compañero se reía satisfecho en voz baja.
       —¿Qué pasa? Ven a ver.
       Avanzamos a nuestra vez y nos pusimos al lado de Nino, que estaba apoyado en un saliente debajo del ventanuco y miraba fijamente a través del cristal rajado. También yo miré dentro y no vi nada porque tenía los ojos aturdidos por el sol. Algo, sin embargo, se movía en la sombra.
       Luego distinguí una forma blanca tendida, de la que se separó un hombre que llevaba un pañuelo rojo al cuello. Era Bruno. Y la mujer era Clara y tenía en el regazo desnudo una mancha dorada. El cristal polvoriento cubría la escena como por una niebla.
       —Está blanca —susurró el hijo del herrero.
       Nino saltó hacia atrás. —Vamonos —masculló quedo—. Vamonos.
       Sentí cómo me clavaba las uñas en la espalda. El hijo del herrero le dio un puntapié por detrás. —Si no vienes llamo a Bruno —dijo Nino rabioso—. El otro entonces se apartó, echándole una mirada con ceño burlón, y retrocedió en la explanada. Se miraron fijamente un instante y luego Nino se arrojó sobre él. El otro escapó.
       Corrí también yo, desesperadamente, apretando mi jerpa. Junto a una cepa, casi ya en el cañizo, Nino le alcanzó y le derribó. Se mordían revolcándose. Me metí en el fregado y empecé a dar golpes en los pantalones remendados, en la sucia camisa, en los dientes amarillos. Mientras golpeaba pensaba en que Clara podía verme.
       Cuando el hijo del herrero se puso a llorar y a aullar, yo me solté y separé asimismo a Nino. Dejamos a nuestro enemigo en el surco y echamos a correr.
       Creo que Nino estaba pensando en lo mismo que yo, porque, cansado y molido como estaba también él, corría como un galgo procurando ganar ventaja. De pronto me detuve y le dejé que siguiera. Así evitamos el tener que hablarnos.
       Le vi a lo lejos doblar la esquina de la villa y me quedé solo, sobre el montón de guijo de la carretera. Solamente cuando llegué a casa me di cuenta de que tenía el cuello lleno de sangre, pero no me importaba: atravesé el portal y me eché en el heno. Era ya oscuro cuando me levanté todo dolorido y, frotándome la mejilla para descostrar la sangre seca que parecían lágrimas, pensaba si todas las hermanas serían como Clara.
       Supe al día siguiente que Nino se había roto un brazo y no me atreví a presentarme en la villa, porque temía que nos hubiesen visto.
       Durante muchas noches permanecí despierto horas y horas, cerrando los ojos y apretando la almohada. Una noche de luna, si no hubiese tenido miedo me habría levantado para ir corriendo a la barraca y ver si quedaba algún rastro. Fui a la mañana siguiente, pero andaba por la viña un campesino y no me atreví a entrar.
       De mi patio salía poco, porque temía asechanzas y pedradas, pero los chicos me llamaron para ir a pescar porque necesitaban mi red. Y como Nino tenía un brazo roto, el hijo del herrero no se atrevió a decir palabra. Pero un día que hablábamos de ciertas cosas, escondidos en el henil con el rubio de los Mulini, éste me preguntó si también la hermana de Nino era rubia. Luego me avergoncé, pero en aquel momento no supe callar. Hablé, pero con un nudo en la garganta, y de pronto me sentí desesperado, como cuando de niño, en cueros en la silla de la cocina, miraba cómo vertían el agua para el baño. Me callé, y también el rubio callaba.
       Finalmente, una mañana, pasaba Bruno en bicicleta y me sorprendió acuchillando una rama bajo los sauces y me llamó, parándose. Llevaba un pañuelo negro al cuello y una blusa con bolsillos.
       —¿Has reñido con Nino?
       Nino le había dicho el día antes que me buscase y que me mandara a su casa. ¿Se había pegado conmigo? La historia que le había contado del árbol seco no valía. Aquel arañazo era de un chico. —Y si no os conociese, diría que es de chica —concluyó.
       Yo le miraba incrédulo.
       —Vete a verle tú también; entre hombres no hay que estar nunca en guerra. Ve, Nino quiere verte. Os contaréis cómo nacen los niños.
       —Pero ¿tú has ido a verle? —pregunté, titubeando.
       —Por supuesto. Somos amigos, ¿no? Es valiente, ese chico. Un brazo roto hace dos semanas y quiere volver a ir en automóvil conmigo.
       Bruno sacó un cigarrillo y lo encendió. Echó el humo y enderezó la bicicleta.
       —¿Qué dicen sus hermanas? —pregunté.
       —Oh, a ésas les tiene sin cuidado —respondió Bruno volviendo la cabeza—. Y a la madre más que a ninguna. La única que se preocupa un poco por él es la rubia—. Se alejó por la carretera mientras yo le seguía con la mirada estupefacto y en el fondo contento.



HISTORIA ÍNTIMA

      Por este camino pasaba mi padre. Pasaba de noche porque era largo y quería llegar temprano. Recorría a pie la colina, luego todo el valle y luego las otras colinas, hasta que aparecían a un tiempo el sol de cara y él en la cima última. El camino subía hasta las nubes, que se rompían al sol por encima del humo de la llanura. Yo las he visto estas nubes: relucían aún como oro; mi padre decía, allá en sus tiempos, que cuando eran bajas y encendidas le prometían una buena jornada. Entonces por los mercados corrían monedas de oro.
       Todavía hoy los viandantes van hacia la llanura doblados hacia delante con la capa rebozada. No miran a su alrededor, ni siquiera si el tiempo es sereno. Las sombras caen detrás, en el camino, y les siguen despacio. La colina les sigue, con su horizonte uniforme. Conozco ese horizonte, cada uno de los arbolillos que coronan las cimas. Sé lo que se ve bajo aquellos árboles.
       Mi padre no bajaba a la llanura con las primeras luces. Deambulaba por cuestas y alquerías para empezar el trato. Hablaba en los patios con gente soñolienta. Desayunaban. Bebían un vaso de vino en el umbral, taciturnos. Mi padre conocía a todo el mundo y se sabía los establos de todo el camino; sabía de las desgracias, las necesidades, las mujeres. Hablaba poco. Cuando encontraba en los patios a otros chalanes, se callaba y les dejaba que dijesen.
       Muchos años atrás —era viudo y nosotros, pequeños— alguien le había dicho que lo dejase y que enganchara la calesa. Pero era invierno y él decía que el caballo sufriría metido por aquellos andurriales. Con la capa sobre los ojos y la gorra de piel, partía en la niebla y subía a la Bicocca, dos valles más allá. Allí estaba la Sandiana que era la hija de un amigo suyo, joven y desesperada desde que se veía sola en aquellas viñas. Mi padre tenía la intención de traérsela a casa para que le hiciese un hijo más. Pero ella pasaba el día entero junto a la lumbre, en una habitación como un gallinero, y no hacía más que repetir que estaba sola y que tenía miedo. Luego se supo que un chalán forastero la había hablado de vender y de irse a vivir tranquilamente a la ciudad. Mi padre sospechaba algo y dio muchas vueltas para cerciorarse, hasta que un día en la Bicocca encontró al otro que se calentaba los pies a la lumbre. Pero todavía no comprendía quién podía comprar las tierras: sabía las intenciones de toda la gente de los alrededores. La mujer decía que no; mi padre volvió al atardecer y encontró a los hijos del chalán que cargaban los enseres. Entonces comprendió que era viejo. La Sandiana se fue a vivir cerca del mercado.
       Con nosotros no hablaba de estas cosas. Se sabían por la gente y por los suspiros que lanzaba por aquellos años. Ahora, cuando bajaba a la ciudad, iba a criar mala sangre allá abajo. Estaba en un patinillo bajo, cubierto de parra silvestre, donde el rumor del mercado llegaba apenas. El chalán, una vez vendida la tierra, había vuelto a su pueblo. La Sandiana esperaba, sentada junto a la estufa como una gata. Durante algún tiempo mi padre le mandó un plato caliente. Aquel invierno lo pasó en la hostería. Se sentaba, miraba el ir y venir de la gente, el humo, a los chalanes, y parecía que escuchase las conversaciones. Dejaba que los negocios los hicieran los demás. Pensaba todavía en la viña.
       La Sandiana no salió del patio en todo el invierno. Sin tierras, sabía que no valía ya nada; y, encima, estaba encinta. Se desahogaba con la mujer que le llevaba la comida, y decía que los viejos son peores que los jóvenes. Mandó decir a mi padre que se quería matar. Mi padre dejó que pasase el invierno; luego volvió a recorrer las colinas. En marzo le dijeron que había parido.
       Entonces fue a buscarla, y le propuso traérsela a casa. Dicen que la Sandiana, enflaquecida, lloraba; pero sé que mi padre tuvo que cortar y decirle que venía a nuestra casa para hacer de mujer donde no las había, y no de dueña. Pero tampoco de criada. No éramos señores.
       Así que dio una habitación a la Sandiana y al niño, y él siguió durmiendo solo. La idea de hacer aquel hijo se había esfumado con la viña. Ni siquiera en verano, que la Sandiana refloreció como una novia y daba de mamar al niño, cambió mi padre. Partía que era aún de noche, y la Sandiana se levantaba para prepararle las cosas. Entre ellos apenas hablaban. Nosotros, los chicos, incitados por la criada, aguzábamos el oído para enterarnos. La Sandiana nos gustaba también a nosotros. Nos atendía y nos ayudaba.
       Al atardecer, en verano, íbamos con ella por los campos. Conocíamos el camino por donde volvía mi padre, y bastaba con que lo vigiláramos desde lo alto. Llevábamos a la Sandiana a ver nuestros sitios, y ella sabía decirnos el nombre de los campanarios y de los pueblos más lejanos. Nos explicaba lo que allí arriba, desde los bosques, se veía en la llanura, y lo que hacía la gente en las casuchas aisladas. Nos hablaba de su padre y de cuando en la Bicocca eran tantos, hermanos y hermanas, y por la noche iban con el farol a cerrar establos y bodegas. Nos contaba que en invierno sus abuelos oían al lobo raspar en la puerta y seguían velando y entretejiendo cestas. Tomábamos por los senderos que atravesaban las viñas y el que llegaba primero gritaba y agitaba los brazos en alto. También ella corría.
       Aquel año yo había crecido, y en invierno tendría que ir a la escuela a la ciudad. La Sandiana me decía que allí estaría bien y que me olvidaría del pueblo. Me avergonzaría de casa y de nosotros. Yo comprendía que tenía razón, y sin embargo, aun ahora que el verano acababa, miraba los caminos, las nubes, las uvas, para grabarlo todo en mí y ufanarme luego. Me hubiese gustado haber nacido yo también en la Bicocca como sus padres y haber conocido a los hermanos y pasar aquellas noches en que iban los lobos. De esto habría querido ufanarme, y escuchando a la Sandiana sabía que me ufanaría. Así era yo ya entonces: disfrutaba, no de lo que hacía, sino de lo que oía a los demás. No me parecía a mi padre.
       La casa de la Sandiana estaba en manos de dos viejos colonos de un señor que la había vuelto a comprar y a quien nadie conocía, íbamos con frecuencia a aquella colina y desde allí se veían los pinos, negros detrás de la casa, altos como campanarios en medio de las viñas; llenos de pájaros que revoloteaban. La Sandiana nos llevó una vez hasta el patio; había un perro que la reconoció y corrió hacia ella brincando. Entonces salió la vieja y se pusieron a hablar y se pasearon juntas por la casa y por la era. Nosotros esperamos en el patio, junto al pajar, y tirábamos piedras al pino más grueso. Yo miraba el sendero que conducía de la heredad al pozo. No había estado nunca en un patio más vacío, parecía abandonado: ni había visto nunca a un perro como el que gruñía arriba con las mujeres; no era la voz de un perro, sino más feroz. Pensaba en los tiempos en que los hermanos de la Sandiana recorrían los bosques. El bosque era negro, profundo, al otro lado de la colina. Cuando volvió con la Sandiana y se quejaban juntas, la vieja nos dijo que quería darnos algo —un membrillo— pero no lo encontró. La Sandiana reía, contenta.
       El perro quería venir con nosotros; lo ataron a la cuerda. Para volver pasamos por otro sendero, y durante todo el camino la Sandiana no habló: solamente dijo que no le contásemos a mi padre que habíamos subido allí arriba, porque estaba demasiado lejos. Pero aquella noche me preguntó si sabía si mi padre había ido allí aquel verano. Le respondí que podía habérselo preguntado a la vieja, y entonces se calló.
       Una mañana encontramos a mi padre en la cocina. No era domingo, pero todo tenía un aspecto insólito. Volvió la Sandiana del patio con la cara agitada y el pelo sobre los ojos. El niño lloraba y mandaron a la criada a que lo calmara. Mi padre daba órdenes y bromeaba. No era aún el día en que yo tenía que partir y no comprendía el porqué de aquella agitación, pero luego lo supe por una palabra de la criada. La Bicocca era nuestra; mi padre la había comprado.
       Partieron en la calesa él y la Sandiana. La criada fue malvada aquel día, y nos dijo, como si fuésemos hombres, que ahora la dueña era la otra y que la Bicocca era suya y de su hijo. Aguardamos todo el día a que volviesen. Yo esperaba que al menos pasear por el bosque la Sandiana nos dejaría, y para merecérmelo cuidé del niño que —decía la criada— al fin y al cabo era mi hermano. Pensaba sobre todo en los hermanos muertos, y me llenaba de contento saber que también habrían sido hermanos míos. Aquella noche la criada dijo a mi padre que había que celebrarlo y fue a buscar vino.

       Tantos años habían pasado y tenían que pasar todavía, en invierno fui a la ciudad y cambié de vida; volví al año siguiente, era ya otro; iba al pueblo por las vacaciones y así me pareció haber sido muchacho sólo en verano. La Sandiana no cambiaba; el niño había muerto; así que el tiempo, en casa ni se sentía pasar. Aquellos años el Verano fue como cuando todavía no iba a la ciudad, un verano único y duradero.
       Todos los años contemplaba las nubes, las uvas y las plantas para ufanarme luego en la ciudad, pero, no sé cómo, una vez allá se me borraban del pensamiento y ni las mencionaba. Debía de llevar razón la Sandiana, que no se cansaba de preguntarme si los compañeros se habían burlado de mí y si volviese otra vez a la viña. Pero yo volvía contento a la viña y le preguntaba si se venía ella también. El mismo día de mi regreso recorría caminos y senderos, y aquellas mañanas me despertaba contento si hacía sol y más contento aún si llovía, porque no hay nada como el agua fresca para que te entren ganas de pasear por el campo. La Sandiana se reía si volvía mojado y cubierto de barro y me decía que iría conmigo algún día.
       No vino, pero una noche nos sorprendió el temporal en la carretera, y nosotros, los muchachos, teníamos miedo del trueno, la Sandiana del relámpago. A mí el relámpago me gustaba, aquella luz violeta y repentina que inundaba como el agua, pero la Sandiana contó que era de azufre y que mataba con su sacudida. —Si no es nada —le decía—, se ve una luz que pasa. —Tú no sabes —me respondió—, donde toca mata. ¡Madre mía!—. Yo entonces olisqueaba el aire húmedo y sentí finalmente el olor del relámpago: un olor nuevo, como de una flor nunca vista, aplastada entre las nubes y el agua. —¿Hueles? —le dije; pero la Sandiana se apretaba los oídos con las manos, en el porche donde nos habíamos refugiado. El perfume nos duró hasta llegar a casa: era fresco, picaba dentro de la nariz como cuando uno mete la cabeza en la jofaina. La Sandiana decía que aquello era viento que había pasado por los bosques, pero yo no lo había olido nunca, antes: era verdaderamente el olor del relámpago. —Quién sabe dónde habrá caído —dijo.
       Pero no quiso ir a comprobarlo. Por fuerza debía de haber caído en los bosques, porque tenía un fuerte olor a selvático. Ahora comprendía por qué se cuentan cosas tan extrañas de los bosques, por qué hay tantas plantas, tantas flores nunca vistas, y rumores de animales que se ocultan en las zarzas. Tal vez el relámpago se convierte en piedra, en lagarto, en una capa de florecillas, y hay que sentirlo en el olor. La tierra quemada no faltaba pero la tierra quemada no tiene aquel perfume de agua. La Sandiana me respondía y decía que no.
       En el bosque de la Bicocca había una hendidura en la toba. La Sandiana decía que hubo un terremoto aún antes de que nosotros naciésemos. Nadie, a excepción de alguna serpiente, podía pasarla. Pero yo una vez había visto allí arriba una hermosa flor lila y quién sabe si su olor no era el mismo del relámpago. Comprendía que el trueno hiciese las hendeduras, pero el temporal caía del cielo, y algo hermoso tenía que traer. —Qué va —dijo la Sandiana—, todo lo que nace está hecho de tierra; agua y raíces están en la tierra; dentro del trigo que comes y del vino de uva está todo lo bueno de la tierra—. Yo no había pensado nunca que la tierra sirviese para hacer trigo y para mantenernos, y menos ahora que estudiaba. Aunque poseíamos la Bicocca, no éramos campesinos. Pero cuando comía fruta, comprendía.
       Las frutas, según el terreno, tienen muchos sabores. Se conocen como si fuesen personas. Las hay secas, sanas, malas, aperas. Alguna es como las muchachas. Hay higos y uva albilla en la Bicocca que saben todavía a Sandiana. Yo las he comido de toda clase, y especialmente las silvestres, endrinas y níspolas acerbas.
       Especialmente las endrinas me apetecían. Todavía ahora lo dejo todo por las endrinas. Las huelo a distancia: forman setos espinosos, verdísimos a lo largo de los barrancos, en medio de las zarzas. A fines de agosto las ramas se cargan de granos azules, más oscuros que el cielo, aglomerados y sólidos. Tienen un sabor acídulo y muy áspero que no gusta a nadie, y sin embargo no les falta una punta de dulce. En noviembre han caído todas.
       Que las endrinas sepan a zumos silvestres se comprende además por los lugares donde crecen. Yo las encontraba siempre en la linde de las viñas donde termina el cultivo y ya sólo madura la aridez del terreno descampado. Entonces no pensaba en estas cosas: solamente habría deseado que mi padre, la Sandiana y todos los demás comiesen endrinas. De los otros no sé; la Sandiana decía que le mordían la lengua. —Por esto me gustan —decía yo—, las endrinas sí que se nota que crecen en el campo. Nadie las toca y sin embargo salen. Si el campo estuviese solo, seguiría produciendo endrinas.
       La Sandiana reía y decía: —Si supieses… —¿Si supiese qué?—. Hasta que un día me dijo que más allá de sus bosques, después del otro valle, en la Virgen del Roble, la cuesta estaba completamente cubierta de endrinos. —¿Vamos allá?—. Estaba demasiado lejos. —Pero ¿nadie las coge? —preguntaba.
       Pensaba siempre en eso. No sólo me veía incapaz de descubrir todas las de nuestros caminos, sino que había tantas colinas en el mundo, tantos campos inmensos, y por todas partes endrinas, riberas arriba, en los barrancos, en sitios inaccesibles donde nadie, ni aun queriendo, llega nunca. Pero las veía con las hojas crespas, con las ramitas cargadas de fruto, inmóviles, en espera de una mano que no llegaría nunca. Todavía hoy me parece un absurdo tanto derroche de sabores y de zumos que nadie gustará. Cosechan el trigo, vendimian la uva, y nunca hay bastante. Pero la riqueza de la tierra se manifiesta en estas cosas salvajes. Ni siquiera los pájaros, salvajes también, podían disfrutar de ellas, porque las espinas de las ramitas les herían en los ojos.
       Entonces pensaba en las cosas, en los animales, en los sabores, en las nubes que la Sandiana había conocido cuando vivía en los bosques, y comprendía que no todo estaba perdido, que hay cosas que basta con que existan y se es feliz sabiéndolo. Hasta las endrinas, decía la Sandiana, no se comen más que dos o tres cada vez. Pero es un placer saber que las hay por todas partes.
       Ya entonces bastaba con que dijese el nombre de un pueblo, y me parecía verlo. Sus pueblos estaban hechos de alquerías, de cañaverales y de cosechas, como los míos. Me parecía haber estado en ellos o que podía ir al día siguiente. Alguno asomaba por detrás de los bosques. Y sin embargo, si subía en la calesa con mi padre, partía como hacia un hallazgo. Virtudes de aquel matiz selvático que ella no conocía pero que yo ponía en todas partes.
       Un camino y un cañaveral son cosas corrientes, por lo menos donde vivimos nosotros, pero vistos así, a lo lejos, al pie de una cima y sabiendo que detrás hay otras cimas, otros cañaverales, y por más que cruces quedan siempre otros donde no iremos y donde alguien ha estado y nosotros no —esto es lo que pensaba escuchando a la Sandiana. Envidiaba a mi padre que había estado en tantos sitios y había recorrido aquellos caminos y aquellas cimas, de día y de noche. Que era fatigoso lo supe más tarde. Entonces me contentaba con mirarle por la noche cuando subía taciturno los tres escalones o nos esperaba a nosotros. En aquel momento no parecía mi padre. Se le veía en la cara que venía de lejos y que estaba cansado —también él traía en los ojos aquel aire selvático. Estaba tan cansado que, si la Sandiana le llamaba, se acercaba sin contestar. De los pueblos no hablaban nunca entre ellos.
       A veces nos llevaba un trecho de camino en calesa, pero poco, porque el caballo ya se fatigaba demasiado con él solo. Fuimos cada vez más lejos a pie. Solamente al principio y al final del verano recorría con él el camino de la ciudad y él guiaba, y yo pensaba en los días en que allí abajo había estado la Sandiana, y me parecía tanto tiempo porque entonces no había visto nunca la ciudad. Le preguntaba si era cierto que de joven iba a ella a escondidas, y él, brusco, bromeando, decía que solamente iban los viejos, para ver la fiesta, y volvían a pie por la noche mientras ellos, los muchachos, contaban las explosiones y miraban los destellos en lontananza. —Ahora tienen demasiados palacios —decía—, y se avergüenzan de nosotros los del campo. Se divierten encerrados. No vale ya la pena venir—. En el fresco del alba estaba atento para ver dónde acababa la carretera y empezaban los palacios, y había siempre como un humo dorado y nebuloso que parecía otro aire y uno entraba poco a poco y, una vez llegado, parecía imposible que hubiese todavía otros pueblos y otras colinas. Lejos, quién sabe dónde, estaba el mar. Se lo decía a mi padre y él se reía, brusco.
       Ahora que el tiempo ha pasado y que aquellos veranos los recuerdo, sé lo qué quería de la Virgen del Roble. Un seto de endrinas me cerraba el horizonte, y el horizonte son nubes, cosas lejanas, caminos, que basta con saber que existen. La Virgen del Roble ha existido siempre, y en todas partes, en las cuestas, en la cima de los pueblos, hay iglesias, masas de árboles empequeñecidos por la distancia. Dentro la luz tiene color, el cielo calla; y mujeres como la Sandiana permanecen de rodillas y se santiguan, siempre hay alguna. Si una vidriera de la bóveda está abierta, se siente un soplo de cielo más cálido, con vida, que son las plantas, los sabores, las nubes.
       Estas iglesias de las cimas son todas así. Siempre hay alguna más lejana, nunca vista. En el pórtico de cada una está todo el cielo y allí se sienten las endrinas y los cañaverales que el camino no permite alcanzar. Tanto da detenerse a dos pasos y saber que toda la tierra es un gran bosque que nunca podremos hacer de veras nuestro como un fruto. Es más, las cosas que crecen a dos pasos de nosotros reciben su sabor de las silvestres, y si el campo y la viña nos nutren es porque aflora en las raíces una fuerza oculta. Mi padre diría que en el mundo todo viene de abajo. Yo no sé si sabía nada de esto, pero la Virgen de los Robles era como el santuario de las cosas ocultas y lejanas que deben existir.
       Cuando, años atrás, murió mi padre, encontré en mi dolor una sensación de calma que no esperaba y que, sin embargo, había sabido siempre. Fui a la iglesia y al cementerio; volví a ver a las mujeres con el manto en la cabeza y los cuadritos del Vía Crucis, percibí el olor a incienso y a tierra cavada. Más abatida que yo, la Sandiana rezó sobre la tumba; luego volvimos juntos a casa y ella preparó la cena. Hacía mucho tiempo que no volvía y el patio me pareció más pequeño. Hablamos de mi padre y de la Bicocca, de la vendimia y de la muerte, y luego, muy avanzada la noche, me quedé solo en la ventana.
       Aquellos días volví a pensar en muchas cosas que había olvidado. Pensé que mi padre, ahora, existía como algo selvático y ya no necesitaba dar vueltas día y noche para decírmelo. La iglesia, como es justo, se lo había tragado, pero tampoco la iglesia va más allá del horizonte y mi padre, bajo tierra, no había cambiado. De cuerpo de sangre se había convertido en raíz, una entre las mil que cortada la planta perduran en la tierra. Estas raíces existen, el campo está lleno de ellas. Las vidrieras de colores de la iglesia nada cambian, y hacen pensar que nada cambia tampoco fuera, bajo el cielo, y que todo cuanto está lejos o sepultado sigue viviendo tranquilamente en aquella luz. Ahora en todas las cosas sentía a mi padre; su ausencia punzante y monótona sazonaba todo paisaje y toda voz del campo. No lograba encerrarlo de nuevo dentro del ataúd, en la tumba estrecha: como en todos los pueblos de estas colinas hay iglesias y capillas, así él me acompañaba a todas partes, me precedía en las cuestas, me quería muchacho. En los lugares más suyos me detenía por él; lo sentía chiquillo. Miraba la carretera por la parte del alba y la ciudad escondida al fondo, donde —¿cuánto hace de esto?— él había entrado una mañana, con su paso aldeano y absorto.
       Hablábamos de él. La Sandiana de niña le había visto bailar, y sabía la voz que tenía en aquel entonces. Decía que en vez de ayudar en el campo, él ya entonces estaba siempre por los caminos y compraba caballos. Compraba y vendía, pero más que el comercio lo que le gustaba era deambular. El sí que los había visto, los pueblos. A nuestra madre la encontró en la ciudad y se casó con ella sin decírselo a nadie; luego, de vuelta en el pueblo y hechas las paces, había dado un gran banquete de bodas. La primera de mis hermanas nació dos días después del banquete.
       Entonces mi padre era alegre y largo de manos. La Sandiana decía que a los cuarenta años se juntó con sus hermanos y rondaba con ellos bromeando como un mozo. Se veían siempre en la Bicocca, pero ella no pensaba que se casarían. Allí iba mi madre a buscarle cuando pasaba fuera las noches. Mi madre era joven, estaba siempre asustada, y parecía una niña a su lado. Quién hubiera dicho que tenía que morir ella primero. La Sandiana se olvidaba de mi padre y hablaba de mujeres, de ellas.
       Yo callaba y volvía a ver la ciudad en la niebla. No era esto lo que buscaba de él. Las mujeres le habían hecho padre mío, pero era algo más antiguo que esto, más secreto y sepultado para siempre. Quiero decir, un muchacho. También mi padre, como yo, había entrado en la ciudad, no para encerrarse en la escuela, sino para hacer fortuna. Había entrado selvático y no cambió. Yo me preguntaba qué le había arrastrado allí, qué rabia, qué instinto, a él que había nacido en el campo. La ciudad soñolienta al final le había parecido soberbia y no se estableció nunca en ella, pero sus mujeres las había encontrado allí, hasta la última, hasta la que venía de la Bicocca. Quizás sabía todo esto desde el principio. Quizás también él buscaba en la ciudad lo desconocido, lo selvático.
       Aquí me volvía a la Sandiana y le preguntaba si mi padre no había pensado nunca en establecerse en la ciudad. Ella parecía no entender y me decía que en tal caso no habría comprado la Bicocca. En cambio comprendía muy bien: la respuesta era aquella. A mi padre le gustaba ir a la ciudad desde una hacienda: su trabajo se hacía en una era y, de era en era, la ciudad se lo pagaba. Palacios y mercado para él querían decir todavía monedas de oro, carretadas de sacos y de cubas, campiña. En la ciudad no conocía de veras más que a los que venían del campo, como él. Con los demás sólo bromeaba. Así había sido de muchacho y así había muerto.
       Ahora era inútil subir aquellas cimas para estar solo con él. Me bastaba con encontrar un cañaveral, una higuera retorcida contra el cielo, una tierra labrada, para conmoverme y darme por satisfecho. Lo que quedaba lejos, más allá de las cimas, la ciudad, la llanura humosa, estaba sepultado, apenas una iglesia cubierta por los árboles en el horizonte.
       En cambio, los geranios que la Sandiana tenía en la ventana me parecían verdaderamente ciudad. Tenían un color muy vivo, como sólo lo tienen las amapolas, pero por la forma complicada y por las hojas se comprendía que no los produce el campo. Se acercaba el momento en que vería muchos en la llanura, en los balcones de las villas. Cuando veía a la Sandiana en la ventana regándolos me parecía que también ella era algo nunca visto, escarlata como ellos.
       La Sandiana era como una forastera. Lo que ella hacía siempre parecía nuevo, tanto más ahora que yo no estaba allí más que en verano. Cuando íbamos a la Bicocca la seguía a todas partes, por las habitaciones rojizas, por los graneros, ante la ventana. Adosados a las paredes había arcones macizos, siempre cerrados, y el solado estaba cubierto de trigo, de patatas, de maíz. Para atravesarlo había que descalzarse. La Sandiana daba vueltas, tocaba y miraba. —Qué frío hará en invierno en estas habitaciones —dije una vez. —¿Es que no hace frío en todas partes? —me dijo ella, brusca. Parecía que fuera la casa de otro y que ella volviese allí para conocerla más y mejor. Era feliz, se veía.
       —Ves, tu padre —decía— ha comprado todo esto para vosotros.
       Nada más llegar sacaba agua del pozo y la llevaba a la cocina. Si los campesinos salían a segar el heno o a lo que fuese, se ataba un pañuelo a la cabeza y se iba con ellos. Yo subía por los atajos de la cima a buscar endrinas allá del viñedo, y desde allí la veía moverse en medio del campo. Ya entonces me gustaba ocultarme en aquella soledad, en el erial junto a los últimos liños, a dos pasos del bosque. Luego me entraba miedo y volvía a todo correr por el sendero. Al verme correr así, todos se reían.
       —Si huyes —decían—, el miedo te atrapa.
       Era algo, el miedo, que existía para todos. La Sandiana me dijo que tenía que resistir. —Si te estás quieto en tu sitio, el miedo se asusta. Pero si huyes te sigue como el viento de noche—. Le respondí que incluso con luz tenía miedo. —Cuando hay luz tienes que mirarlo a los ojos. El miedo huye a esconderse—. Pero la idea de mirar al miedo me asustaba aún más. —¿Tú lo has visto? —le pregunté—. ¿Cómo és?
       —Pero si tú también lo has visto.
       —Yo no.
       La Sandiana reía. —Presta atención la próxima vez. Verás cómo es.
       Estas conversaciones me excitaban. —No es solamente el miedo —decía—. Cuando estoy solo en la viña o en el porche, espero algo. Siempre me parece que ha de suceder algo. A veces voy adrede. Si no fuese porque echo a correr, vería qué cosa es.
       —Pues párate —decía la Sandiana.
       —Es como cuando, para planchar, pones la plancha en la ventana.
       Sobre las brasas ves temblar el cielo. ¿Lo has visto tú?
       —Sí.
       —¿Tú, en el campo, no ves nunca nada?
       —Claro que veo.
       —No, tú te ríes. A mí me parece que de la tierra sale un calor continuo que mantiene verdes a las plantas y las hace crecer, y días que te da no sé qué pisarla, pues pienso que quizás pongo el pie sobre algo vivo y que, bajo tierra, se apercibe de ello. Cuando el sol es más fuerte se oye el ruido de la tierra que crece.
       A nadie más confiaba estas cosas. Pero la Sandiana decía que tenía razón; contaba que una vez tuvo una flor que se abría cada mañana al sol y se movía.
       —¿Las hay en los bosques?
       —Quién lo sabe —dijo la Sandiana—. En los bosques hay de todo.
       A los bosques íbamos a veces a buscar hongos, pero tenía que haber llovido, y ella sola encontraba más que todos nosotros juntos. Conocía el terreno y metía la mano bajo las hojas podridas: no se equivocaba nunca. A veces pasaba yo, miraba, y no había ninguno. Venía ella, parecía que le hubiesen crecido bajo los pies. Me decía riendo que los hongos crecen de golpe, de la noche a la mañana, de una hora a otra, y que conocen la mano. Son como los topos, se mueven; los hace el agua y el calor. Lástima que el camino era largo; sólo sabía ir con ella. Salíamos de casa por la mañana y llegábamos a las cimas sudorosos. Pasábamos un valle y una cuesta, perdíamos los senderos. Aquellas noches, en la cama, toda la colina me parecía un vivero caluroso de lluvia y de hongos, que solamente la Sandiana conocía palmo a palmo.
       Mi abuelo decía —me contó una vez— que todo esfuerzo que se haga en el campo, de noche se te devuelve en fuerza dentro de la sangre. Hay algo en la tierra que se respira al sudar. Y decía que cansa menos caminar por la heredad que por la carretera. Era ya viejo y con ésta nunca quiso tratos.
       —¿Por qué por la carretera?
       Preguntaba, pero había comprendido. La Sandiana me miró sin saber si echarlo a broma.
       —¿Por qué? En la carretera no labras.
       —Pero también es tierra.
       —Anda y pregúntaselo a él.
       En la Bicocca, en el barranco de toba, justo detrás de la casa, había una cavidad profunda que hacía de sótano, y allí tenían herramientas, carretas, trastos. Se me metió en la cabeza que lo había excavado el abuelo aquel. Con el tiempo la pared de la roca se había vuelto gris, pero en lo hondo, donde era más oscuro, sudaba todavía humedad y había un pozuelo. Allí crecía el culantrillo. Unas muchachas del pueblo dijeron que el culantrillo es una hermosa planta y la Sandiana fue una vez a arrancar unos cuantos para ponerlos en un florero. Yo le sostenía la vela.
       —Aquí estamos debajo de la colina —dije.
       —Hace más fresco que arriba.
       Mientras estuvimos bajo tierra yo pensaba en su abuelo y decía que el agua es el sudor de las raíces. Lo decía para mis adentros, porque temía que la Sandiana se burlase de mí. Pero no pude contenerme y le pregunté si también los geranios crecen bajo tierra. —Estás loco —gritó. Luego me preguntó por qué.
       —Se parecen.
       —¿Cómo?
       —En el campo no crecen.
       La Sandiana me preguntó: —¿No estamos en el campo?
       Entonces comprendí que era inútil decirlo y me di cuenta de que era verdad, el campo no es solamente la tierra, sino todo lo que hay dentro. Me vinieron ganas de quedarme allí abajo y de que afuera lloviese, creciesen los árboles, pasase la noche y la mañana. «Aquí de noche está oscuro —pensé—, dentro de la tierra es siempre de noche.»
       Volví alguna vez solo, pero como en todas partes donde había silencio, aguzaba el oído, perplejo. Desde el umbral atisbaba en la oscuridad. Creía oír el gorgoteo del agua que sudaba en la toba, empapaba la bóveda, se deslizaba por toda la colina. Pensaba en aquel vejarrón que caminaba solamente por los senderos. Él sí que debía de saber qué es el campo. Pero ahora estaba muerto y sepultado, y con un paso me encontraba en el patio bajo el cielo.

       Lo que le decía a la Sandiana sucedía a la hora en que todos duermen, entre la comida y la merienda, cuando quema el sol y aún ahora salgo a pasear. Salgo por entre las casas, en el resol blanco, y pienso en lo que pensaba entonces. Creo que me aburría y anhelaba el momento de reanudar la jornada, pero cabalmente en el tedio llegaba hasta el fondo del día y del verano. Nada ocurría, nada, ni siquiera una voz, en los patios y en las cuestas, y este vacío me encantaba como si el tiempo se detuviese en el aire. Había llegado al punto en que todo era posible y vigente; sólo no comprendía por qué entre tanto fervor todo callaba. Entonces miraba a las hormigas en el suelo, o a las plantas lejanas, minúsculas ellas también en la gran pendiente; y también las hormigas inquietas y las plantas parecían extraviadas en el tiempo. La colina está hecha toda de cosas distintas y a veces, volviendo a casa, subía a la ventana de los geranios para contemplarla. Geranios y cimas calcinadas al sol tenían en común la distancia, la riqueza oculta. Yo miraba desde las flores a las cimas, pero sin saber por qué lo hacía; y tampoco se lo habría dicho a la Sandiana, que quería burlarse de mí. Más bien me servía también ella de ventana, y muchas veces la miraba como miraba a los geranios criados en la ciudad. También ella había estado allí a su tiempo.
       La ciudad tenía callejuelas recogidas, en las que se abrían portones sobre jardines inesperados. Los vislumbraba al ir a la escuela y pensaba que eran otra campiña más secreta y más hermosa. Sabía con certeza que mi padre no los había mirado nunca y a ella no me atrevía a preguntar. Pero la Sandiana, que había estado en aquellas callejuelas, tenía que haberlos conocido; y traté de reconocer su viña virgen que en invierno era más roja que el fuego. Ni mi padre ni ella me habían hablado nunca de la parra; no sé de quién lo había oído. Pero en los patios no ponía los pies, me contentaba con pasar; cuando había una parra me preguntaba por qué la Sandiana no se habría quedado, e imaginaba que iba en aquel momento, que subía las grandes y solemnes escaleras, que estaba con ella en el palacio. A veces, en invierno, venían a verme juntos el domingo, y tenía permiso para salir con ellos, con ella; pero de los tiempos en que estuvo en la ciudad nunca sabía hablarle. Me llevaban hasta el mercado donde mi padre encargaba la merienda; luego él se entretenía charlando con el tabernero, nosotros salíamos a ver pasar a la gente. Echábamos por los soportales hasta el Castillo; había mujeres bien vestidas, señores, soldados, y chicos como yo, pero más ricos, y todos caminaban despacio, se paraban un poco, daban la vuelta, saludándose y parloteando. Me encantaban cuando el frío, las puertas de los cafés llenas de humo y doradas, pero la Sandiana me tiraba de la mano, si me escabullía se enfadaba, y asistía entre impaciente y curiosa hasta que yo lo había visto todo. Prefería las ocasiones en que tenía que hacer y nos abríamos paso por entre la muchedumbre recorríamos las callejuelas desiertas de mis jardines. Hacía frío, pero siempre podía decirle qué flores había en primavera y le preguntaba quién vivía en los palacios y si ella había entrado alguna vez. Ella me preguntaba de dónde eran mis compañeros, y envidiaba a los más ricos, pero decía que los ricos no viven en los palacios ni mucho menos, allí hace demasiado calor y el aire está encerrado; van en cambio al campo donde tienen las villas, a las montañas y al mar. De este modo hablábamos del mar; yo conocía a varios que en verano iban allí, ella me escuchaba y me preguntaba si de mayor llevaría a mis niños. Pero yo no pensaba en niños, pensaba en mí mismo, en costas lejanas y en largos viajes; pasábamos por delante de los portones y así las flores más ricas y ocultas se confundían con el mar en mi corazón. Pensaba entonces en la ventana de los geranios como en un fondo de lugares marinos. Por la noche volvía junto a los compañeros cargado de fruta, y la daba a los mejores y comíamos repitiéndonos las historias más absurdas.
       De este modo la riqueza, que era toda la jornada de mi padre, para mí se hacía fantasía y perdía aquella envidia con la que la sentía codiciada por todos. No comprendía aquella envidia. No comprendía, a decir verdad, qué era la riqueza. Me parecía algo exótico que más allá del horizonte prometiese estupores, como una luna de septiembre oculta todavía por los árboles. No comprendía todavía la relación del trigo y la uva con los palacios y la vida de la ciudad. La Sandiana, que recorría la Bicocca calculando las cosechas con malos ojos, me descorazonaba: yo buscaba las endrinas. Una vez, sin decírmelo, hizo rozar un ribazo de erial para sembrar trigo: cuando llegué estaba todo terminado y las matas arrojadas: les llamé de todo, di patadas —ella rió. No comprendía las lágrimas, y por esto no lloré. Tanto hice, que se enfadó y se lo dijo a mi padre, que me pegó. Luego se burlaron de mí toda la noche porque no entendía las cosas. Yo lloré a escondidas, y en venganza me guardé por un buen tiempo de mirar la colina a través de los geranios.
       Pero la miraba desde los cañaverales del camino, donde bastaba con pararse y se estaba solo, y también aquí la lejanía, filtrada por el cañaveral, parecía nítida y más azul, entre florida y marina. Subiendo más arriba —pero iba raramente y nunca solo— se entreveía la llanura; y minúsculas manchas perdidas en lo vago, que eran casas o pueblos, parecían velas, archipiélagos, espumas. Eran éstas las cosas que llevaba conmigo en invierno a la ciudad; y no las decía, las encerraba orgulloso en mi corazón. Escuchaba a los compañeros hablar y pavonearse; yo callaba, no porque no me gustase oírles, sino más bien porque comprendía que las cosas realmente verdaderas no hay modo de contarlas. No sólo es menester que quien escucha las sepa, sino que hay que saberlas ya al conocerlas y, en suma, es imposible saberlas por otro. Yo mismo me preguntaba cuándo había empezado a saber, pero era como si me hubiesen preguntado cuándo había conocido a mi padre. La Sandiana un buen día se vino a vivir con nosotros, y sin embargo ni siquiera de ella recordaba que no estaba antes. En aquellos tiempos sólo sabía que nada empieza sino al día siguiente.





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