Cesare Pavese
(1908-1950)


El maizal
(“Il campo di granturco”, 1941)
Originalmente publicado en Il Messaggero de Roma (5 de octubre de 1941)
reproducido en Feria d’agosto (1946)
Tutti i racconti (2002)



      El día que me detuve al pie de un maizal y escuché el crujido de los largos tallos secos movidos por el aire, recordé algo que había olvidado hacía tiempo. Detrás del maizal, una tierra en pendiente, estaba el cielo vacío. «Este es un sitio al que hay que volver», dije, y escapé casi al punto, en bicicleta, como si debiera llevar la noticia a alguien que estuviese lejos. Era yo quien estaba lejos, lejos de todos los maizales y de todos los cielos vacíos. Ese día fue un campo de maíz; habría podido ser una roca colgada sobre un camino, un árbol aislado en el recodo de un collado, una vid al borde de un bancal. Ciertas conversaciones remotas se cuajan y concretan en el tiempo en figuras naturales. Estas figuras yo no las elijo: saben surgir ellas, aparecer en mi camino en el momento justo, cuando menos lo pienso. No hay ninguno de mis conocidos que tenga un tacto como el suyo.
       Lo que me dice el maizal en los breves instantes en que me atrevo a contemplarlo es lo que dice quien se ha hecho esperar y sin él no se podía hacer nada. «Aquí me tienes», dice simplemente quien se ha hecho esperar, pero nadie le quita la mirada rencorosa que se le lanza como a un amo. En cambio, al cielo entre los tallos bajos le echo un vistazo furtivo, igual que quien mira desde más allá del objetivo como a la espera de que este se desvele por sí mismo, sabiendo perfectamente que nada podemos prometernos que él ya no contenga, y que un gesto demasiado brusco podría derribarlo todo de mala manera. Nada me debe ese campo para que yo pueda hacer otra cosa que callar y dejarlo entrar en mí. Y el maizal, y los tallos secos, poco a poco me crujen y se me paran en el corazón. Entre nosotros no hacen falta palabras. Las palabras han sido pronunciadas hace muchos años.
       ¿Cuándo, realmente? No lo sé. Y ni siquiera sé qué podían haberse dicho un maizal y un muchacho. Pero un día me detuve, con toda seguridad —como si conmigo se detuviese el tiempo—, y después al día siguiente, y otro más, durante toda una estación y una vida, ante un campo semejante; y aquel había sido un límite, un horizonte familiar a través del cual las colinas, bajas de tan distantes que eran, se transparentaban como rostros en una ventana. Cada vez que me había atrevido a dar un paso por la selva amarilla, el maizal debía de haberme acogido con su voz crepitante y soleada, y mis respuestas habían sido los gestos cautos, a veces bruscos, con que apartaba las hojas cortantes, me inclinaba hacia las correhuelas y hundía la mirada más allá de los tallos altos en el vacío del cielo. Había en aquel crepitar un silencio mortal, de lugar cerrado y desierto, que abría en el cielo lejano una promesa de vida desconocida, inaccesible y atrayente como las colinas.
       Que el tiempo entonces se había parado lo sé porque aún hoy ante el maizal lo recupero intacto. Es un crujido inmóvil. Comprendo que tengo ante mí una certeza, que he como tocado el fondo de un lago que me esperaba, eternamente igual. La única diferencia es que entonces me atrevía a hacer gestos bruscos, penetraba en el maizal lanzando un grito a las colinas familiares que parecían esperarme. Entonces era un niño, y de aquel niño todo ha muerto salvo ese grito.
       La estación de aquel campo es el otoño, cuando todo despierta en la campiña detrás de las hileras del maíz. Se oyen voces, se hace la cosecha, de noche se encienden fuegos. La inmovilidad del campo contiene también estas cosas, pero como a cierta distancia, como promesas vislumbradas entre las ramas. Al secarse las hojas se abren trechos en el cielo cada vez mayores, se revelan más desnudamente las colinas lejanas. Se piensa también en lo que hay detrás, y en las presencias nocturnas al borde de la selva. Crece a veces en el recuerdo la crepitación de las hojas amarillas, y asusta igual que el rumor de un paso desconocido y temido, como el debatirse de cuerpos que luchan. Ahora, en la distancia, las fogatas nocturnas sobre los oteros y la anochecida entre los vagos tallos del maizal son una sola cosa. Solo tranquiliza la idea de que quien se ha arrojado al suelo para esconderse es el muchacho, y que de los tallos cuelgan gruesas panochas que los campesinos vendrán a recoger mañana. Y mañana el muchacho ya no estará.
       Estas cosas ocurren cada vez que me paro ante el maizal que me espera. Es como si hablase con él, aunque la conversación se haya desarrollado hace muchos años y se hayan perdido incluso las palabras. A mí me basta con el vistazo furtivo de que he hablado, y el cielo vacío se puebla de colinas y de apariencias.





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