Cesare Pavese
(1908-1950)


Granujas
(“Carogne”, 1937)
Publicado póstumamente en Notte di festa (1956)
Tutti i racconti (2002)


I

      Ni uno solo de los tres detenidos podía sentir el chapoteo del mar, que ese día debía de estar como una balsa de aceite, pero los tres estaban tirados en los catres como si hicieran el muerto. Con los ojos entrecerrados, el estrépito y las voces de la calle llegaban impregnados de sol y arena y llenaban de mar tórrido los muros de la celda.
       Los tenebrosos cajones de madera que revestían por el exterior las dos rejas dejaban abrirse en lo alto dos angostos rombos de cielo pálido y, debajo, la madera acribillada y agrietada brillaba con imperceptibles agujeritos luminosos. La penumbra hablaba de la furia del sol contra la pared.
       —Llega el tren —exclamó Nanni, sacando los pies descalzos del catre.
       Los otros dos no se movieron. Nanni, sujetándose los pantalones, corrió a la ventana. Aguzó el oído al cielo externo, y se volvió hacia la otra reja. Se oyó un ruido tintineante y un estruendo, y con un gemido Nanni se dobló sobre sí.
       —Mira tú qué cerdo. Te lo hago lamer —gritó el Rubio, sentándose en el catre.
       Nanni se apretaba la punta del pie brincando.
       —¿Quién deja el balde por ahí? —jadeó curvado—. ¿La tomas conmigo? Me he quedado cojo. Díselo al helado.
       Echando una ojeada al orinal prontamente enderezado por Nanni, el Rubio volvió a tumbarse en el catre, arqueando el tórax bajo la camiseta roja y estirándose hasta crujir.
       En el silencio la voz del tercero, todo de blanco, tendido con calcetines en los pies y la barba gris al aire, dijo:
       —¿Es que ese chico espera el indulto del tren? Todos los días a estas horas empieza a echar espuma. No es natural. Si no aprende a estar tranquilo en la cárcel, ¿dónde aprenderá?
       El Rubio asomó carcajeante.
       —Cuando uno tiene la conciencia sucia —dijo—, todos los trenes son para él. Vendrán a buscarlo con las esposas, lo subirán al tren, hará un viajecito a oscuras, y luego se sentará en el banquillo con dos carabinieri y allí le leerán la sentencia a trabajos forzados. Mira qué cara pone. Los rapan, Nanni, los visten con arpillera y les encadenan el pie. ¿Cuántas gallinas has robado, Nanni?
       —Robé un burro que eres tú.
       El Rubio dio una patada de alegría al aire y una sandalia desabrochada salió disparada y cayó sobre la cama del viejo.
       —Eh, helados —dijo alegre, metiéndose las palmas de las manos bajo la nuca y cruzando las piernas—. ¿Cuándo le traerán más cigarrillos?
       —Aquí no hay quien duerma —prorrumpió el viejo volviéndose hacia la puerta.
       —¿Por qué no vino con el carrito y el negocio? —continuó el Rubio—. En los seis días que cumple lo pasaríamos bien. Para usted su vieja, para mí sandía helada y para este Nanni la heladería para curarse las tercianas. Mírelo cómo aprieta.
       Nanni había permanecido agarrado a la reja y sentía a través del fustán la quemazón de la pared a la cual se adhería; sin ver nada clavaba los ojos en el resplandor de una rendija del cajón y aguzaba el oído a los rumores externos. Comenzaba el regreso de los bañistas de la estación, adonde iban a disfrutar del primer fresco y a saludar el paso del tren. Ahora volvían de la playa los señores de blanco, mujeres con sandalias y la cabeza desnuda, voceantes, mozalbetes, niños, muchachas que reían. Nanni no veía nada; se esforzaba por imaginar cómo era aquella calle de delante de la cárcel que bajaba hacia el mar, pero ni siquiera sabía si había árboles o casas bajas o setos de flores. Al entrar no se le había ocurrido mirar.
       Nanni se volvió, todo sudado por haber estado de pie, y un estruendo de voces y de ruidos, un nutrido rumor de pasos se oyó al otro lado de la puerta, en la entrada.
       También el Rubio se había enderezado sobre el codo, volviendo unos ojos inquietos. Resonaban voces insólitas.
       Ante un acento más fuerte hasta el heladero levantó la barba desganado, torciéndose hacia los dos. Se miraron a la cara.
       —¡Eh, Rubio! El viaje podría ser para ti —observó burlón—. ¿O para Nanni? Qué suerte a quien le caiga, viajará con el fresco y estará al fresco. Las cárceles de la provincia no son como las de los juzgados.
       —¡Por los clavos de Cristo! Ni en la cárcel se está tranquilo —blasfemó el Rubio, saltando del catre.
       Nanni observó despacio, mirando fijamente la puerta:
       —A estas horas el tren ya está lejos. Gente que llega, no que se marcha.
       El vocerío continuaba. Alguien saludó y se fue. Se oía ahora a Ciccia parloteando y dando órdenes. Luego el chapoteo del agua en una palangana y los tintineos y rociadas de quien se lava.
       —¿Quién quieres que llegue en tren a este agujero? —dijo el Rubio—. Para mí que han venido a afeitarle la barba a ese bobo.
       —Aún no tiene barba —dijo el viejo.
       —Tendrá tiempo de crecerle en presidio —rió el Rubio.
       —Habrán cogido a algún otro; es de un pueblo en el que no se paran con el primer muerto.
       Chirrió una vuelta de llave, saltó el pestillo. Apareció Ciccia de costado, empujando la puerta con el trasero. Nanni contempló el vano luminoso.
       —No hay otro sitio, padre, métase aquí por ahora —rezongó Ciccia entre sus bigotes—. No tendrá dónde dormir, pero juro por Dios que alguien desalojará... por una noche...
       Apareció en el umbral, en la repentina corriente, un hombre atezado, con una apretada y sucia chaqueta de tela gris. Pero su cara era enjuta y removía a su alrededor, entornándolos, dos ojos chispeantes y con ojeras.
       —... Póngase cómodo, padre, no hay más camas, alguien tendrá que cederle la suya..., el más joven..., Nanni. Más tarde veremos..., ahora me ocupo del sediento..., tenemos un sediento. Vosotros, dejadle un sitio y no digáis porquerías, el padre os oye... Tenga la bondad...
       La puerta se cerró. El hombre del rostro enjuto se adelantó unos pasos y alzó una mano.
       —Hola a todos —dijo bajito.
       El Rubio se había levantado, pasando a su espalda, y le miraba la cabeza.
       También el heladero se había levantado y se alisaba la barba.
       —¿Es usted un cura disfrazado? —soltó finalmente el Rubio, volviendo frente a él y sin quitarle el ojo de encima.
       —Sí, soy sacerdote —respondió él, sin moverse.
       El Rubio le echó un vistazo y se dejó caer en el catre.
       —Y, perdone, ¿qué viene a hacer aquí?
       —Vamos, ea, no le haga caso —se entrometió el heladero—. Cállate, inútil. ¿El padre ha llegado en tren? ¡Cuánto habrá sudado, eh!
       —Disculpadme, hijos —dijo el cura cerrando los ojos—. Estoy cegado por el mucho sol de ahí fuera. No distingo bien. Espero no molestaros. Me marcho mañana de madrugada.
       —¿Y adónde va? —preguntó el Rubio.
       —Me llevan al confinamiento. A las islas.
       —¿También a los curas?
       —¿Por qué no? —dijo el heladero—. La justicia es para todos.
       —¿Confinamiento? ¿Qué se hace para ir al confinamiento?
       —Cuando a uno no lo pueden meter en la cárcel, lo mandan al confinamiento —explicó el heladero.
       Los ojos del cura estaban ahora inmóviles. Nanni, que se había acercado, le vio las mejillas jaspeadas por una barba de tres días y, a pesar del cansancio que le marcaba las ojeras, un relampagueo enérgico bajo la frente.
       —¿Y este que no habla? ¡Pero si eres aún un niño! —dijo el cura, consternado.
       —Nanni está por unas gallinas —dijo el Rubio—. Le echaron el guante anteayer.
       —¿Has robado? —exclamó el cura—. ¡No puedo creerlo! ¿No tenías una madre que pensara en ti? ¿Tocar los bienes ajenos?
       —Ya ve, padre —dijo el heladero—. Tiene usted razón: no lo digo por el Rubio, que se merece esto y aún más, pero a una familia como la de Nanni no le deberían encarcelar al chico. Seamos justos: salen adelante con esas gallinas.
       Nanni retrocedió con los ojos arrasados en lágrimas y chocó, mudo, con la espalda contra el muro. Cuando el tumulto de su sangre se calmó, volvió a distinguir ante sí la celda y al viejo de barba gris sentado junto al cura en un catre.
       El cura ahora miraba al suelo y no alzaba la mirada a la cara de nadie. Una camisa de cuello blanco deshilachado le cerraba la garganta, sin corbata. Tenía las manos apoyadas en las rodillas vestidas de pesado paño negro, y las mangas canijas dejaban al descubierto sus antebrazos. Nanni lo sorprendió en un momento en que, mirando furtivo de soslayo, se frotaba una muñeca. Bajaron la frente los dos.
       —¿Ha viajado con cadenas? —preguntó el Rubio.
       Saltó el pestillo otra vez y reapareció Ciccia. Llevaba en la mano una hogaza y bajo el brazo las mantas, que dejó en el taburete. Nanni le vio los ojos brillantes.
       —Ciccia, ¿por qué no le da a probar al padre, al menos, ese vinillo que se bebe usted solo? —dijo el Rubio.
       —Claro, ¿y por qué no a todos? ¿Por qué no a todos? No estamos en la taberna. Abres y cierras, abres y cierras, todos mandan como si fueran señores. El preso no soy yo. No lo digo por usted, padre, la cosa no va con usted, hablo por estos gandules. Y encima nos llaman verdugos. ¿Qué, cómo se encuentra? ¿Mala compañía, eh? Qué quiere, estamos en la cárcel. ¿Le cede alguien el catre? Espere...
       Hizo ademán de salir y el Rubio gritó a su espalda:
       —La rendija, Ciccia, la rendija para el reverendo padre.
       Ciccia entró inmediatamente con aire atontado, chupándose los bigotes.
       —No me confundas —rezongó—. Buscaba las mantas y ya están aquí.
       Atrajo hacia sí el taburete y se sentó con un suspiro, apoyado en la esquina de la pared, entornando la puerta a su espalda.
       —Para usted no hay sitio y para mí no hay tranquilidad —dijo mirando de reojo al cura—. Nos tenía que caer encima un homicidio, no bastan estas buenas piezas. Sí, desde ayer tenemos un asesino. En toda la mañana no hizo más que pedir agua: ni que quisiera ahogarse. Sería mejor para él y para todos.
       El cura, que había escuchado con la cabeza gacha, alzó de repente dos ojos fijos.
       —¡Señor! —dijo uniendo las manos—. Ese hombre está peor que todos los que nos encontramos aquí. ¿Dónde está? ¿Pide un sacerdote?
       —Es muy probable cuando aún está que echa las muelas por la rabia de que lo hayan cogido —dijo el Rubio.
       —Pero ¿qué ha hecho? ¿Quién es? —apremió el cura.
       —Anteayer nadie sabía quién era —dijo Ciccia—. Es de los aldeanos de la baja montaña, parece que estuvo trabajando en La Spezia. En cuanto al crimen, tres navajazos en la barriga de un tipo, historias de mujeres, no sabemos; pero había vino por medio, porque en todo el día no ha comido y solo pide de beber, y no es gente que sufra de fiebre... ¿Le han dado agua fresca al padre?
       —Entonces, ¿es joven?
       —Parece que su quinta entra este año. Todas esas cosas no se las quiere contar ni al brigada: las dirá en La Spezia...
       Nanni vio que el cura se levantaba enojado y se dirigía rápidamente a la ventana. Apenas le dio tiempo a inclinarse y empujar bajo el catre el orinal, mojándose el pie con el líquido derramado. Sin verlo, el cura se volvió y retrocedió. Luego repitió el paseo, seguido por las miradas de todos. Y luego otra vez, de un lado a otro, con los brazos cruzados apretándose los codos sobre el pecho, la cabeza inclinada, los labios trémulos. Todos le miraban la tonsura, hasta que el heladero rompió el silencio, vuelto hacia Ciccia:
       —Si demuestra que mató con vino en el cuerpo, puede salir con una docena...
       El cura se plantó delante de Ciccia.
       —Pero ¿está solo en el mundo? ¿No lo visita nadie?
       Ciccia, estupefacto, levantó un ojo entrecerrando el otro.
       —¡Bonito pájaro que visitar! Le tocará al juez a su tiempo.
       —Pero, la familia, ¿no han venido? ¿No tiene mujeres en su casa? Ese desgraciado las necesita. ¿El párroco no visita la cárcel?
       El heladero y Ciccia exclamaron al mismo tiempo:
       —No se puede sin permiso.
       Luego Ciccia continuó:
       —Las mujeres vendrán, por desgracia. Se plantan delante de la puerta con los niños en brazos y no se puede dar un paso sin que te pisen los pies. Una vez el brigada...
       —Pero ¿y el párroco? ¿No viene el párroco? Es su deber.
       Ciccia alargó los labios:
       —Nunca se le ha visto.
       El Rubio, que tendido en el catre mordisqueaba un trozo de pan dijo:
       —En La Spezia hay un fraile que quería confesar a un amigo mío. La Spezia es otra ciudad.
       El cura, agitadísimo, bajó los ojos hasta los pies de Ciccia. A Nanni le daba la impresión de que iba a escupir algo. Las mejillas tensas se enrojecían. Luego, como si engullese un bocado, alzó la barbilla.
       Ciccia lo miró de soslayo y le guiñó un ojo al heladero. Levantándose con trabajo del taburete y sacudiendo el manojo de llaves, le dijo al cura:
       —Confiese a estos mozalbetes, padre, no ven a un cura con frecuencia, confiéselos. A ese otro me lo confieso yo, las órdenes son órdenes. Voy a por más agua.
       En cuanto hubo salido enganchando la cadena sobre la rendija, el Rubio saltó del catre y, apuntando a la puerta, arrojó el mendrugo de pan.
       —Cabrón, a nosotros agua y él vino. ¿No le dice nada, helados, por los toscanos que le birla?
       En aquel instante se oyó un portazo, ruido de pasos al correr, una voz inarticulada y un tintineo de llaves. Retumbó un gran choque en la puerta y por la rendija relampaguearon los bigotes de Ciccia, que con un gemido insinuó:
       —Aquí no.
       Luego lo oyeron correr afuera, abrir de golpe la verja y gritar sacudiendo las llaves.
       El cura había vuelto a sentarse en el catre y miraba fijamente el suelo entre las rodillas, absorto. Nanni vio al Rubio correr a la puerta y bramó, agitándose, algo hacia el exterior. La voz trastornada de Ciccia respondió. Y, de repente, otro empujón a la puerta echó hacia atrás al Rubio y golpeó la rendija: cerraron con llave.


II

       Estupefacto, Rocco empujó la puertecita, que se abrió de par en par sin chirriar. En la entrada llena de luz no había un alma y por el vano de la verja se veían los guijarros cegadores de la calle. Se podía caminar hasta allí.
       En la cerradura de la verja estaba la llave y Rocco le dio la vuelta acompañándola de puntillas. Desde detrás de una de las portezuelas enrejadas llegó una voz excitada. Rocco se precipitó fuera de un salto.
       Al fondo de la calleja, contra el cielo, la arista blanca debía de ser el cuartel de los carabinieri, y Rocco se lanzó hacia el otro lado, dispuesto a correr y a doblar la esquina, con ojos deslumbrados y la espalda encogida: de un segundo a otro esperaba una descarga.
       En la calle transversal no vio un alma. Le llegaba un estrépito de voces y de playa, un campaneo remoto, ecos de música. Sintió que le rozaba el cuello algo vivo. Alzó la cabeza: era el aire libre; y más allá de un penacho claro de verdor, sobre un murete rojo vio una zona de cielo más desteñida inmóvil.
       Lo miraban a lo largo de toda la calle interminables persianas bajadas al sol. Rozando los muros, llegó a un sendero por el cual iban y venían bañistas a la playa. Rocco cerró los ojos como para zambullirse, y chocó contra una mujer gorda que con sus grandes pies desnudos metidos en sandalias ajadas pasaba arrastrando una niña amarilla. Rocco se ganó un seco codazo sin levantar la cabeza ni escuchar, y saltó hacia el otro lado. Allí un hermoso automóvil gris insistía con el claxon, atascándolo todo. Rocco salió disparado, en loca carrera.
       No se detuvo hasta llegar a la puerta de Petro. Entró reculando, mirando la calleja, y en la sombra fresca se volvió y saltó escaleras arriba. Llamó, con el corazón en un puño.
       Abrió una muchachita blanca en la penumbra. Petro no estaba, ¿qué quería? Rocco le puso una mano en la mejilla y avanzó, cerrando la puerta a su espalda. La cría lo siguió hasta la pequeña cocina.
       —Eh, ¿qué quiere? —preguntó.
       —Espero a Petro. Vengo desde La Spezia. ¿No ves lo sudado que estoy? ¿Por qué no está Petro?
       La niña lo miraba entre asustada e impertinente.
       —¿Es usted al que han detenido?
       A Rocco se le heló el sudor.
       —¿Qué sabes tú?
       —Lo ha dicho Petro esta mañana. Usted es Rocco porque lleva bigotes. ¡Si lo viese mamá! Por suerte está en casa del abuelo cogiendo flores.
       —¿Petro no está?
       —Petro trabaja en el Nettuno. ¿Por qué no lo va a buscar a la playa?
       —¿Qué decía Petro?
       —Entonces, ¿usted es de veras Rocco y no viene de La Spezia, como ha dicho, sino que ha estado en la cárcel?
       —¿Qué decía Petro?
       —Petro solo ha dicho que lo han detenido, pero mamá ha chillado toda la mañana que esos eran los amigos de Petro y que ella lo había sabido siempre, y que también le ocurriría a Petro si seguía yendo a La Spezia en vez de trabajar. Pero ¿no van a detener a Petro?
       —Oye, tampoco a mí me han detenido —dijo Rocco, mirándola a los ojos—. Ya ves que estoy libre. Solo quiero hablar con Petro.
       —Entonces voy a buscarlo —dijo la cría, saltando hacia la puerta.
       —¡No! —gritó Rocco, corriendo tras ella—. Tengo tiempo, esperaré. ¿Cuándo vuelve?
       —Al anochecer, cuando cierren el balneario.
       Rocco se sentó junto a la ventana, que el último sol llenaba de un polvillo oblicuo, y se escudó con una hoja de la contraventana. Oculto así, como detrás de la reja cubierta, no veía más que un trozo de cielo, pero si movía un poco la cabeza podía divisar en el resplandor luminoso la ladera árida y florida del monte que caía a plomo. La niña había vuelto a sus tareas en la mesa y picaba vigorosamente con la tajadera las verduras para la sopa. De vez en cuando se volvía para remover entre el humo picante una sartén en la que freía algo.
       Rocco buscó un pitillo que no tenía. Se quitó entonces la pesada chaqueta de fustán y, sosteniéndose las mejillas entre las manos, continuó contemplando el cielo. Lentamente el destello del sol se iba suavizando y el aire se volvía más sereno. Rocco sintió de pronto escalofríos y clavó ferozmente los ojos en el suelo. Oyó a la niña decir:
       —¿No estará enfermo?
       —¿Hay luna esta noche? —preguntó Rocco.
       —Oh, sí, iremos en barca con los pescadores. ¿Vendrá usted?
       Rocco sonrió y le hizo un gesto de que callase.
       La habitación estaba semioscura y la niña volvía del vestíbulo sosteniendo con las dos manos una lámpara de petróleo para encenderla, cuando oyeron llamar a la puerta. La niña dejó a toda prisa la lámpara y corrió de nuevo hacia la entrada. Rocco alzó la cabeza, con el corazón en un puño. La cría gritaba:
       —Está Rocco, está Rocco.
       Y con pasos agitados entró Petro. Llevaba una camiseta oscura, con los brazos al aire. Rocco se puso en pie de un salto y apenas entrevió su cara en la sombra.
       —He venido a cenar —balbució.
       —¿Te han dejado marchar?
       —Encontré la puerta abierta.
       —¿Te han soltado? ¿Estás libre? —jadeó Petro.
       —Es fácil que lo suelten a uno. Encontré la puerta abierta y salí.
       —Pero, entonces, ¿lo has matado de veras? ¿Te has escapado?
       —¿Y por qué no iba a matarlo? Claro que lo maté. Y quisiera no haberlo hecho, para matarlo otra vez. ¿También tú eres como el resto de la gente?
       La niña los estaba mirando con la cara levantada. Petro, sobresaltado, dijo ronco:
       —Enciende la luz, Mina, y vete para allá.
       La cría obedeció, y Rocco saltó a cerrar la otra contraventana. La cocinita cegaba. Mina bajó despacio la mecha.
       —Largo, largo —exclamó Petro.
       Mientras la niña salía, Petro contemplaba la pared. En la camiseta azul estaba escrito «Nettuno». Apretaba la boca y miraba de través, como si él fuera Rocco.
       —¿Te han visto entrar aquí? —preguntó bruscamente, con voz sofocada.
       —Escapé a escondidas —dijo Rocco.
       —Pero ¿por qué viniste aquí?
       —¿Adónde iba a ir? No conozco a nadie. Era de día. Pero esta noche me marcharé.
       —Habla bajo. Nadie se escapa de día. ¿Rompiste la reja?
       —Se ve que nunca has estado en chirona —se carcajeó Rocco—. Las rejas son de hierro. Pasé por la puerta. Se ve que el viejo de los bigotes se creyó que cerraba y en vez de eso volvió la llave en el vacío. Pero no te preocupes, esta noche me marcho.
       Se oyó la vocecita de Mina detrás de la puerta:
       —Se está quemando la salsa. —Y la niña corrió al fogón.
       Petro paseó a lo largo de la mesa, mirando al aire. Rocco se había sentado de nuevo de espaldas a la ventana. Permanecieron mudos, mientras la niña se ajetreaba con una olla. De la calle ascendía un rumor amortiguado.
       —¿Tienes un pitillo? —preguntó Rocco.
       —¿Rocco se queda a cenar esta noche? —preguntó Mina.
       Petro no respondió. Al adelantar los labios y el cigarrillo a la cerilla, Rocco vio que le temblaba la mano y que, para apagar, la sacudía rabiosamente. Estuvieron mudos otro rato. La cría entrechocaba platos sobre la mesa.
       —¿Quién es esa mujer? —prorrumpió Petro.
       —¿Qué mujer?
       —Todo el mundo sabe que os peleasteis en el mesón por una mujer. No me digas que te echaste sobre él porque se sonaba la nariz.
       Rocco alzó una cara atenta. Mina bajó los ojos sobre los platos.
       —Si nadie lo sabe, mejor —dijo Rocco, despacio—. Necesito que nadie lo sepa. Le va bien y le va mal. ¿Hay luna esta noche?
       —¿Qué tiene que ver la luna?
       —Con las mujeres tiene que ver, sí. Van de acuerdo. ¿Son muy claras estas noches?
       —¿Por qué?
       —Porque debo salir, tonto, y con la luna me cogen. —Rocco bajó la voz sobre la última palabra. Mina seguía mirándolo, fascinada.
       —No sé qué puedes hacer —dijo Petro, agitándose—. Embarcarte, sabes perfectamente que es imposible.
       —Lo sé —contestó Rocco, bajito.
       —¿Quieres volver a la montaña, con los tuyos?
       —Demasiado lejos e inútil —dijo Rocco—. Es el primer sitio adonde irán a buscarme.
       —Y entonces, ¿por qué has escapado? —saltó Petro—. Deberías haberlo pensado antes. ¿Quieres morir como un ratón aquí dentro?
       —Más bien como un gato —replicó Rocco, apretando los labios en una fea sonrisa.
       Mina puso en la mesa pimientos y tomates rojos, que sacó chorreando de un cubo. A un brusco gesto de Petro, Rocco acercó su silla a la mesa. Acababa el cigarrillo y mientras tanto Petro, cortando rodajas de tomate, pidió el aceite, irritado, a la cría. Esta le pasó aceite y sal evitando las miradas de Rocco, y luego se volvió hacia el fogón, a rebozar pescado.
       —¿Está fuera tu madre? —preguntó Rocco, tirando el cigarrillo—. Veo que lo pasas bien. ¿Cuánto te dan en el Nettuno?
       —Una miseria. Come.
       —Nada de tomates, allá dentro —dijo Rocco, con la boca llena—. Y hace un calor del demonio. Igual que aquí —dijo volviéndose hacia la ventana—. Es como estar en la cárcel.
       —Abre las contraventanas —ordenó Petro a la cría—. No quiero reventar. Total, no nos ven.
       Ambos comieron en silencio entre el fresco alboroto que subía de la calle. Mina sacó el pescado crujiente del fuego, y, dejándolo sobre la mesa, se sentó en el lado libre.
       —Entiendo cualquier cosa menos hacer esa estupidez por una mujer... —empezó Petro, masticando.
       —Oye, en La Spezia me conociste bien —cortó Rocco—. Vengo de la montaña, pero ya no soy un ceporro. ¿Quién te dijo que anduvieras con ojo cuando hacías el idiota con aquella putilla de Rosa? A esa le tiraba la paga. ¿Quién te dijo...? —Se detuvo mirando a Mina, que, plantada sobre los codos, esperaba—. Fui yo, ¿verdad? Entonces, ¿quién entendía a las mujeres? Pues déjalo estar: habré tenido un motivo.
       —Pero ¿la querías?
       Rocco no respondió.
       —¿Querías casarte con ella?
       —Si la hubiera querido, la habría matado a ella —dijo Rocco, apretando los labios.
       Petro paseó la mirada por su plato, vio a Mina y le gritó:
       —¿Tú qué haces? Lárgate de aquí.
       —Déjala comer-dijo Rocco—. Es mejor que se quede aquí... mientras esté yo.
       La niña, que había saltado hacia atrás, le echó una mirada asustada. Rocco le sonrió. Sin abandonar su aire grave, la niña lo miró suplicante.
       Petro acabó de comer a toda prisa, luego se levantó de repente y paseó por el cuarto.
       —Entonces, estabas borracho —prosiguió, convencido—. ¿Qué te había hecho, a fin de cuentas, aquel desgraciado? Tú mismo dices que no te importa...
       Se levantó también Rocco, cauto.
       —Me marcho ya —dijo, bajito—. Es de noche.
       —Si no querías casarte con ella, ¿qué sentido tiene? Con cerrar los ojos...
       —Mina, es hora de ir a la playa. Los pescadores nos esperan. ¿Estás lista?
       Mina agitó la barbilla de abajo arriba, desencajando los ojos hacia Petro.
       —Irá también Petro. Tengo que irme, Petro.
       Petro se detuvo avergonzado, mirando fijamente al suelo.
       —¿Y adónde irás? —balbució—. Si te ven...
       —No tengas miedo, saldré en un momento. Y no volveré nunca. ¿No tienes una camiseta de color? Te dejo la camisa y la chaqueta.
       Petro vaciló.
       —Para que no me reconozcan... Te dejo la chaqueta.
       —¡Ni hablar! —dijo Petro—. La chaqueta no la quiero. No es por el valor, entre nosotros, pero ¿y si luego reconocen la camiseta? Ya sabes que lo descubren todo. ¿Quién quieres que te vea de noche?...
       Rocco recogió su chaqueta. Se la echó al hombro y miró el cuarto a su alrededor. Fue a la mesa y cogió una hogaza.
       —Esta me la darás —dijo, metiéndosela en la chaqueta.
       —¿Está libre el camino? Estoy listo.
       Mientras Petro se volvía hacia la puerta, Rocco alargó rápido la mano hacia un cuchillo que había sobre la mesa y se lo metió en el bolsillo. Encontró los ojos estupefactos de Mina y le dirigió una sonrisa.
       —Adiós, Mina —le dijo—. Nunca le cuentes a nadie que he venido a verte. —Y luego salió detrás de Petro.
       Al bajar la escalera a tientas ambos callaban. Ya en la puerta, Petro se asomó a la palpitante tibieza y susurró:
       —Esta acera está en sombra. En la otra, mira, ya da la luna. Espera, pasa alguien.
       Rocco, detrás del batiente, observó en voz baja:
       —¡Y pensar que dentro de unos años también tu hermana será una mujer!
       —Rápido —dijo Petro—, ahora. Pégate al muro.
       Rocco salió de un salto a la penumbra.


III

       —Soy el de los helados —decía el viejo de blanco—. Nosotros comprendemos lo que es una desgracia, padre. Pago con seis días de cárcel la multa que el juez de primera instancia tuvo la bondad de imponerme por cierta leche...
       —Dígale que le cuente cómo es que nunca le incautan el carrito —interrumpió el otro.
       —No tiene mucha ciencia. Mi mujer posee y el que suscribe delinque.
       Un calor tremendo, ya no de reverberación sino de la propia piedra y del aire, sofocaba la prisión. El reverendo lo sentía en la cara y lo respiraba apenas, adensado con olor a sobaquina y el hedor del muro bajo el sol. Nanni lo seguía escrutando a hurtadillas, casi sin respirar el ambiente quieto.
       —¿El aire del mar no llega hasta aquí? —preguntó al viejo.
       —¡Aire de mar para los presos! —respondió la voz de mofa—. Nos quitan hasta el de la tierra que ha hecho el Señor.
       —Somos como capones en la jaula —dijo el Rubio—. Solo que no estamos capados de veras y nos tienen a dieta.
       Se le entreveía la piel estirada y sucia mientras guiñaba un ojo descubriendo los dientes. Con un esfuerzo, el clérigo levantó la cabeza y lo miró de hito en hito.
       —¿No vivía usted en un pueblo de mar? —preguntó el viejo.
       —Vengo de Alessandria, soy del campo.
       —¿Y son ellos los que lo han vestido de paisano?
       También Nanni, desde el catre, escuchaba atento.
       —Hágase la voluntad de Dios. El hábito daría escándalo —dijo el clérigo.
       —Pero uno siempre es cura, ¿no?
       —Ciertamente. —Y el clérigo giró los ojos—. El orden es como el santo bautismo: el sacerdote es sacerdote ante Dios, ocurra lo que ocurra; al igual que quien es cristiano deberá responder de su fe a Dios, ocurra lo que ocurra, y especialmente si reniega de ella. No se debe creer que mi pecado nos apartará de Dios: es pecado gravísimo creer eso, el pecado de Judas...
       El Rubio se había quedado en pie, encorvado y desmadejado, y escuchaba socarrón.
       —...pero debemos recordar que Su misericordia es infinita y nos tiende los brazos precisamente cuando lo hemos ofendido y renegado de Él con más brutalidad...
       El Rubio escuchaba con una risita. El clérigo entrevió a Nanni en la penumbra y sintió el resuello del viejo a su espalda. Bajó los ojos.
       —... y, ocurra lo que ocurra, perdonar siempre a los otros como el Señor nos perdona. Perdonar para ser perdonado. Perdonarnos a nosotros mismos en los otros, porque el mal existe ante todo en el corazón de cada cual, y ocurra lo que ocurra, la injusticia que sea, la culpa es siempre nuestra antes que de los otros.
       —Se nota por el acento que usted es piamontés —dijo el Rubio. Y, dándole la espalda—: ¡Eh, Nanni! ¿No se barre esta noche, que está el padre?
       Mientras Nanni, saltando al suelo, se inclinaba con ímpetu hacia el suelo negro, moviendo los brazos, el viejo se inclinó confidencialmente desde el catre.
       —¿Y cómo es que se encuentra aquí? ¿Enemistades?
       El clérigo se recobró ante aquella cara oscura y arrugada donde brillaban entre los pelos unos ojillos grises.
       —¿Alguna palabra de más?
       El clérigo vio a los dos jóvenes mirar hacia su lado —el Rubio apartaba entonces los labios del cuenco del agua— y afirmó con voz queda, sin vacilar:
       —Tuve la culpa de lo que dije e hice. Merezco cuanto me ocurre.
       —Ya —dijo el viejo en el silencio—, saben hacer que uno cargue con la culpa. Pero usted, que puede, ¿por qué no se defiende? Una petición a quien corresponda...
       —¿Cuándo aprenderemos a manejar la pluma, eh, helados? —terció el Rubio.
       —Cállate, maleante: en mis tiempos no nos enseñaban a leer y a escribir, sino a estar en nuestro sitio. ¡Para lo que te ha servido saber leer!
       El clérigo sentía que aquellas voces chocaban contra sus sienes en la cerrada inmovilidad. No llegaban rumores remotos del exterior. Al otro lado de los tableros negros había aún aire y luz.
       —Hágame caso —decía el viejo—, si uno ofende la ley, lo meten en la cárcel. Usted no está encarcelado: no ha ofendido la ley, habrá ofendido a alguien.
       —Quisiera poder deciros palabras mejores —respondió el clérigo— y con otra autoridad. Espero solamente que no os escandalicéis por lo que parezco y por cuanto os digo. Sé que en la cárcel nadie es culpable, siempre ha habido un error; pero sé también que nadie es inocente en la vida. Somos pobres hombres, somos pecadores; por eso, aunque creáis otra cosa, escuchadme. Si os digo que merezco cuanto me ocurre no es por falso orgullo de humildad. Ni tampoco en el sentido de que todos somos pecadores y todos merecemos cualquier cosa que nos ocurra. Aunque esto sea sacrosanto...
       —Pero, en resumen, ¿qué ha hecho? —cortó el Rubio.
       —Una cosa mala y necia, muchacho: murmuré contra un superior mío que me había parecido injusto.
       Nanni y el Rubio, pálido en la sombra, se miraron.
       —¿Y qué?
       El clérigo no sintió ya el sudor.
       —Ya veis —exclamó agitándose—, voy a admitir que lo fuese, injusto; que la persecución que yo había sufrido fuese inmerecida: ¿tenía derecho por ello a hostilizarlo, a buscar apoyos, a escribir memoriales que, una de dos, o eran falsos, y entonces no hay nada que discutir, o eran veraces, y ofendían igualmente esa autoridad que, fijaos bien, tiene todo el derecho a pretender mil respetos y, cuando manda, ha de ser obedecida, so pena de escándalos cada vez más graves?
       —Tú, Rubio, cállate —comenzó el viejo, meditabundo—. Lo comprendo, padre, no siempre es tan fácil hacer memoriales, en especial si la curia anda por medio. Pero ¿me quiere explicar cómo demonios ha venido a parar aquí? Usted viaja con los carabinieri, ¿no? ¿Qué tienen que ver las esposas con sus superiores?
       El reverendo clavó los ojos en la oscuridad del suelo.
       —Esta es la consecuencia de toda mala acción —dijo en voz baja—. Con esto podéis aprender cómo toda murmuración, todo resentimiento temerario, aunque sea en defensa de la propia justicia, son fuente de mal. La parroquia de la que fui alejado creyó en mis justificaciones y se produjeron palabras, tumultos en mi nombre, cuya culpa recae en verdad sobre mí, aunque bien sabe Dios que habría querido impedirlos.
       —¿Tumultos? —sonó la voz de Nanni.
       —¡Por los clavos de Cristo! —exclamó el Rubio—. ¿Llovieron palos y usted se lamenta?
       Retumbó detrás de la puerta la verja batida. En el rumor del silencio vago jadearon bajo la ventana voces cercanas. Alguien caminó en la entrada. La cara del viejo, la única aún visible en la oscuridad, se retiró con un suspiro.
       —¿Qué sucede, padre? Nos dejan a oscuras esta noche.
       —Ese es Ciccia —dijo Nanni.
       —¡Eh, Rubio! —exclamó el viejo—. Infórmate de cuándo nos trae el agua y nos enciende la luz. ¿Le habrá sucedido algo cuando gritaba?
       —Le habrán robado las llaves —rió el Rubio, y corrió hacia la puerta.
       Empezó a dar manotazos, lanzando llamadas. La puerta chirrió y se abrió la rendija, que los iluminó.
       —¿Qué sucede? —voceó Ciccia.
       —¿Qué le sucede a usted? Nos da con la puerta en las narices y nos deja a oscuras del todo y sin agua. Aquí no hay quien pare. Cumpla con su deber.
       La puerta retumbó.
       El Rubio, vuelto hacia los otros, decía:
       —Llega un olor a fritura de la verja que dan ganas de irse a cenar...
       La puerta volvió a rechinar. Esta vez se abrió de par en par con una oleada de aire luminoso y apareció Ciccia con la jarra. La dejó sin hablar; tenía un semblante fatigado, hasta los bigotes descompuestos, y ojos huidizos. Se volvió, torvo, como había entrado, y al salir echó la cadena. Una sucia luz amarillenta inundó la celda desde el techo. Todos se miraron.
       Reapareció Ciccia.
       —¿Habéis preparado la cama para el padre? —preguntó bruscamente.
       —Todavía no —balbució Nanni, erguido bajo la luz, buscando con los ojos las mantas.
       —Entonces venga usted conmigo, hay una cama mejor ya lista.
       —¿Yo?
       —Claro, dormirá solo en un catre. Quedarse aquí más de tres no es higiénico.
       —¡Oh! ¿Por qué nos lo quita? —dijo el viejo—. Nos estábamos haciendo amigos.
       —No echará nada de menos al perderos de vista. Mira qué muladar.
       —¿Y dónde diablos quiere meterlo? —preguntó el Rubio—. ¿Se lo lleva a su casa?
       —Esperaba la luz para limpiar —dijo Nanni.
       —Se ha quedado una celda libre; se ha marchado el asesino —masculló sombríamente Ciccia.
       —¿Lo han trasladado ya? —preguntó el viejo.
       —Se ha trasladado él solo: se ha marchado.
       —¿Ha muerto? —gritó el clérigo.
       —Se ha marchado, ¡caray!, se ha escapado, se ha dado el piro. No me haga blasfemar que no lo necesito. Son cosas que Dios no debería permitir.
       Le brillaban los ojos y los bigotes le bailaban. Echó una ojeada a los otros tres, embobados en la luz, y lanzó un gemido que era un eructo.
       El clérigo, ya en pie, abría la boca para decir algo cuando Ciccia lo interrumpió:
       —Venga conmigo, se despide mañana: estos no escapan, no tengo tiempo que perder.
       Mientras el viejo le lanzaba una risa burlona sin bajar del catre y Nanni lo miraba inmóvil, el Rubio lo siguió hasta la puerta.
       —Rece para que no cojan al preso esta noche, padre, porque si no, vuelve con nosotros. Hasta la vista.
       —Ojalá lo cogieran, lo meto en la bodega —dijo Ciccia, mientras cerraba.
       —Ojo con el vino —bromeó sofocada la voz del Rubio.
       Ciccia trajinaba con la puerta de la nueva celda. No despegaba los ojos del suelo.
       —... Si me abren un expediente. Ellos solo necesitan un reo. Si hubiera justicia, buscarían al asesino. Y en cambio quien paga el pato es el carcelero. ¿El crimen lo cometí yo? Y, sin embargo, es la ley. Pregunto: ¿la ley está hecha para los asesinos o para nosotros? Mire qué cerraduras. Sueldos de hambre, celdas que dan pena, no se pueden abrir ni cerrar, ya verá como los meten en una caseta de la playa y nosotros tendremos que responder. Gente que saca las navajas y encima ellos se andan con consideraciones. Tres veces le llevé agua, ni que fuera mi hijo (hay que dejarlos que revienten), y uno vuelve la cabeza un momento y arruinan a un hombre de bien. ¿De qué le sirve, pregunto? Para ellos no hay diferencia entre matar y escapar, con tal de hacer daño...
       Una vez abierta la puerta, Ciccia cerró y abrió con impulsos exasperados la gran cerradura.
       —Habrá querido volver a ver a los suyos —dijo el reverendo, recuperándose.
       —El brigada ya lo está esperando en su casa. Pero ¿cómo va a volver? Un evadido no tiene sentimientos. Vaya donde vaya, está al acecho. Se echará al monte, porque huir no puede, y volverá como una alimaña, hambriento y lleno de arañazos, entre los carabinieri. Me habrá quitado la paz para nada. Ya ha sucedido. Y entonces veremos si la culpa era mía. —Abrió la puerta de par en par y continuó—: A menos que ofrezca resistencia y lo dejen seco.
       En la celda reinaba la misma pálida luz que en la otra. Sobre el catre, contra la pared desconchada, estaba la sábana toda sucia y aplastada. En el suelo, un reguero de agua; y la jarra, sobre el taburete, panzuda. El aire inmóvil ahogaba de calor. Una hogaza morena, abandonada sobre la almohada, parecía una mancha de suciedad.
       Cuando calló el estrépito de la múltiple vuelta de llave que Ciccia daba desde el exterior y se alejaron los pesados pasos, el clérigo, parado en medio de la celda, se recobró. Miró a su alrededor uno por uno aquellos objetos, oprimidos por la luz, bajo las paredes desnudas y las rejas cegadas. Se acercó al catre y, cogiendo con las manos la áspera hogaza, la colocó sobre la jarra. Después, volviendo al catre, apoyó la mano en él y se arrodilló en el suelo, hizo la señal de la cruz y, ocultando el rostro entre las manos, inclinó la cabeza sobre el borde.


IV

       Rocco trepó por el sendero de los olivos, por el costado del chalet. No se distinguía entre los troncos y los reflejos, bajo la luna. Cuando el precipicio que daba al mar hubo desaparecido a aquella altura detrás de las hojas, aminoró el paso y, recorriendo con la vista sobre los amarillentos resplandores, sintió el sudor en el fresco.
       Se volvió y se dejó resbalar desde la pequeña colina hacia la casa oscura. Le había parecido oír voces más vivas en el jardín delantero del chalet; la cocina y el cuarto de Concia estaban a oscuras; todos estaban en la cancela. Al ras de la penumbra de los olivos dobló la esquina y forzó la vista entre los arbustos tenebrosos del jardín, que el haz de los faros de un coche junto a la cancela hendían y deslumbraban bajo la luna.
       Rocco vislumbró figuras excitadas de chicas y jovenzuelos de blanco, y un muchacho y otros que corrían voceando en aquella luz. Y allá abajo junto al coche estaba Concia, que tendía algo. Era Concia. Rocco se movió apenas apoyándose en un tronco y respiró el rico perfume del gran jardín requemado todo el día por el sol.
       Por fin los amos de Concia subieron al coche y, con los faros girando sobre las plantas y en el cielo, partieron. En los oídos de Rocco perduraron los últimos estruendos y hasta Concia parecía quieta allí, a la escucha. Sobre el jardín había vuelto la penumbra de la luna.
       De repente, Concia cogió carrerilla y llegó a los escalones del chalet antes de que Rocco saliera a la claridad. Como ella brincaba con la cabeza levantada y moviendo las largas piernas sin mirarlo, Rocco la contempló sin pensar en moverse. Había desaparecido.
       A la carrera, Rocco volvió al patio de los olivos detrás del chalet y salió a la luna. Casi enseguida se encendió la luz en el primer piso, en la habitación. Rocco se pegó al muro, tembloroso. Le costó trabajo no silbar.
       Estaba a punto de entrar resuelto en la cocina, cuando la puerta del fondo se abrió y Concia, erguida en el vano, buscó el interruptor.
       —No enciendas, Concia —dijo Rocco, y saltó a agarrarle el brazo, que se liberó de golpe. Ante el jadeo de terror de Concia, Rocco repitió—: No enciendas, oye. Acércate. —Y tiró de ella, reacia, hacia el centro de la cocina.
       —Me haces daño —dijo Concia, jadeante.
       —Lo sé —murmuró Rocco.
       Concia dejó de resistirse de pronto y le abandonó en la mano el brazo flácido.
       Se contemplaron resoplando. La cabeza negra de Concia se perfilaba oscuramente sobre la claridad de la puerta de fuera. Rocco adivinó la nariz trémula, los dientes, los ojos dilatados. La sintió contener el aliento y ensanchar los hombros. Apretó en su puño la muñeca sudada.
       Concia volvió a forcejear, inútilmente. Rocco la empujó con las rodillas, con los codos, hasta la pared de la entrada. Al sentirla chocar, apartó el cuerpo del de ella, sin soltarle la muñeca. Concia se abandonó sobre él, tratando de pegarse, relajándose, pero otro rodillazo la rechazó contra la pared.
       —Perdóname, Rocco —gimió echándole el brazo libre al cuello.
       Rocco no contestó y le cogió el brazo para apartarlo. Entonces Concia se soltó el brazo y le arañó la cara. Lucharon en silencio y Rocco volvió a golpearla contra la pared, clavándola con todo el peso de su cuerpo. Por la nariz arañada sintió el fuerte olor de ella.
       Concia lanzó un agudo chillido que hirió sus oídos.
       —Cállate —jadeó Rocco, tapándole los dientes—. Cállate, puta, nadie te oye.
       Concia le mordió el puño y se aflojó otra vez.
       —Cállate —dijo Rocco, apartándose—. Cállate o te degüello.
       El último chillido de Concia se interrumpió a la mitad, y de nuevo se quedaron escrutándose el uno al otro en el repentino silencio.
       —Si alguien ha oído... —balbució Rocco.
       —¿Crees que me das miedo? —se turbó la voz de Concia.
       —Si alguien ha oído...
       Fuera cantaban los grillos y la luna se alargaba unas losas sobre el umbral, oscureciendo la pared a la que estaban pegados. Rocco soltó el brazo de Concia y se plantó entre ella y la puerta. Si alguien venía, bastaba un salto. En el rincón de sombra distinguía apenas la larga mancha blanca del vestido, pero ni piernas ni rostro. No venía nadie.
       Concia, inmóvil contra la pared, tenía un hipo nervioso. Rocco sintió correr por su mejilla una lágrima tibia. Se limpió con la mano: era sangre.
       —Me has herido —gruñó.
       Concia lanzó una carcajada trastornada.
       —La culpa es tuya —dijo—. ¿Saben que estás aquí?
       —¿Quién quieres que lo sepa?... Y tú, ¿sabes de dónde vengo?
       —Me dijeron que te habían metido en la cárcel. ¿Qué hiciste? ¿Le pegaste a alguien?
       Rocco escudriñó la sombra.
       —Ven aquí —dijo.
       Al avanzar Concia, la cogió del brazo y tiró de ella hacia la puerta bajo la luna. Apareció el rostro moreno, los ojos blancos y una mueca que le descubría los dientes. Sin cerrar los labios, la mueca relampagueó en una sonrisa rápida y los ojos se entrecerraron bajo la luna. Rocco soltó el brazo y le agarró el rostro entre las manos. Sintió el temblor del cuerpo y vio los ojos dilatarse, debatirse, mientras los brazos le ceñían el cuello. Rechazó con la rodilla el cuerpo que buscaba el suyo, pero apretó entre los dedos aquel rostro.
       —Eres más falsa que Judas —le resolló en el aliento—. Hay que verte la cara y conocerte. Te maté al genovés y lo sabes... ¿Crees que servirá de algo esta vez?
       —Bésame..., cobarde —gimió Concia, con los ojos cerrados.
       Dientes contra dientes, Rocco jadeaba:
       —Lo he matado y lo sabes...
       Pero Concia, pegada a él con todo su cuerpo, sin apartar la boca decía:
       —Eres idiota..., idiota... ¿por qué no me tomas?
       De pronto, Rocco la ciñó de la cintura, sobándola como un insensato. Concia, colgada de su cuello, no dejaba de darle besos, entre sollozos nerviosos. Rocco la estrechó entre sus brazos, la alzó y, ciegamente, a tientas, cruzó la cocina, abrió la puerta y chocó contra la pared al subir la escalera. Sin decir palabra abrió la puerta de la habitación, y se arrojaron sobre la cama.
       Cuando Concia, extendiendo el brazo desnudo apagó la luz y se volvió hacia el otro lado, Rocco, sentado en la cama, parpadeó en la oscuridad. Por la ventana abierta entró poco a poco un resplandor —la ladera pálida de los olivos bajo la luna—, pero el alféizar estaba negro. Movió un poco la pierna y Concia se estremeció de repente.
       —Es tarde —rezongó.
       Concia no dijo nada.
       Entonces saltó de la cama y sintió, reprimido enseguida, un movimiento de Concia. Se inclinó en la oscuridad, sobre las baldosas frías, tanteando en busca de su pantalón. Al ponérselo encontró con la mano un ancho desgarrón entre las dos perneras, mientras miraba de reojo la cama, donde el cuerpo oscuro de Concia estaba tumbado, inmóvil. Se acercó a la ventana y aquella respiración lo seguía.
       —Acaba de una vez —dijo iracundo—. Se nota perfectamente que no duermes.
       Concia emitió un largo suspiro y desperezándose se sentó en la sombra.
       —Me había amodorrado, Rocco; ¿qué pasa? —gimió bostezando.
       —Eres más falsa que un gato, pero no vale la pena. ¿Quién te enseña? ¿Tus amas?
       —¿Por qué me humillas? —lloriqueó Concia.
       Rocco se volvió hacia la ventana.
       —Mira esto —dijo secamente. Sostenía en alto el cuchillo—. Míralo bien, era para cortarte el cuello. Y tú lo sabías. Pero no vale la pena. Míralo bien. —Apretó la punta entre los dedos y lo lanzó centelleante a lo alto, entre los olivos. Aguzó el oído atento a la caída, pero las frondas susurraron y no distinguió nada.
       Concia no se había movido.
       —Vístete, maldita. Esconde esas tetas. Deberías avergonzarte hasta del aire.
       Concia saltó de la cama.
       —Y si te oyen, Rocco...
       Se acercó a saltitos a la ventana, Rocco miraba al suelo. Concia alzó el brazo como para mantenerse en equilibrio; después giró sobre sí misma, volviendo la mejilla para mirarlo. Regresó sin un frufrú y se sentó en el borde de la cama.
       —Rocco —susurró en la sombra—. ¿Por qué querías matarme?
       Él no respondió.
       —¿Para llegar al par, Rocco? ¿No te bastaba con uno?
       Rocco rechinó los dientes.
       —Hablo en serio. Esas muecas hazlas antes, van bien. Pero si no vuelves a la cama, no las hagas; respóndeme. ¿Te crees que mi casa es un cine?
       —Cuidado, Concia —dijo Rocco, sofocado—. Sabes que te he visto. Y lo vi desde el bosque ponerse la chaqueta en esta ventana. Si no subí a estrangularte fue por tu anciana madre.
       —Y entonces mataste a ese, ¿quién dices que es? Claro, los hombres vienen a ponerse la chaqueta a mi ventana...
       —Concia, no te burles. Lo dijo él. Se lo hice escupir y él se jactó...
       —¿Y por eso matas a un hombre? En mi vida he visto a ese desgraciado, pero que el Señor le perdone...
       Concia buscó sobre la cama el vestido y se santiguó.
       Rocco siguió el gesto de la mano pálida. Balbució bajito:
       —También yo le perdono. La culpa de haberte conocido no fue suya.
       —Hace frío, Rocco —dijo vivamente Concia, y se puso el vestido.
       Luego, caminando descalza, rodeó la cama para ajustar la sábana. Rocco, apoyado en el alféizar, temblaba aún de corazón.
       —¿No tienes tabaco? —preguntó vacilante.
       Concia levantó la cabeza.
       —¿Cómo no se me ocurrió antes? Ahora mismo, malo.
       Corrió a un cajón y rebuscó. Mientras encendía apareció su rostro sonrojado y confuso, con los ojos en blanco. Se quedó atenta entre el humo de él, disfrutando de su caricia. Rocco se retiró.
       —Son extranjeros —rezongó.
       —Son del ingeniero —rió Concia.
       —¿Cuándo vuelve el coche?
       —Oh, claro, el coche. Vuelven casi de madrugada, pero entonces ya tendrás que haberte ido. ¿No quieres que Concia duerma un poco?
       Bruscamente, Rocco la rechazó y lanzó el cigarrillo por la ventana.
       —Sabes que me buscan por una muerte. Sabes que debo volver a presidio. Y solo tienes miedo. ¿Por qué ríes así?
       La punta roja se le cayó de la boca.
       —No me río.
       —Solo tienes miedo. Y me haces compañía porque temes darte la vuelta. ¿Por qué fingías antes y por qué finges ahora? Esta noche lo has traicionado también a él. Tú, tú debías morir.
       Ante el jadeo de Concia, Rocco alzó el puño.
       —Maldita, te ríes. Y en este cuarto donde nos has jodido. Con un hombre en presidio y otro enterrado. Tú, el cine lo has hecho tú en este cuarto. Siempre.
       Concia, con las manos en la cara, estalló en llanto.
       —No lloriquees o te estrangulo —gruñó Rocco—. No me vengas con llantos. Quien llora, llora a solas. Y tú mañana volverás con todos. Pero acuérdate siempre de que la asesina eres tú.
       —Yo te quería —dijo Concia, sollozando.
       —No digas eso —rugió Rocco—. Si volviera el otro, sería al otro.
       Concia se movió en la sombra y se puso a su lado despacio.
       —Rocco —y no levantó los ojos—, quédate... escondido... aquí conmigo...
       Rocco no dijo nada y se volvió hacia la ventana.
       —¿Quieres quedarte conmigo, Rocco? —prosiguió en voz baja Concia.
       Luego se apretó insinuante contra su costado, ofreciéndole los labios. Rocco apartó la cabeza y escrutó los olivos bajo el cielo límpido.
       —Ya no hay luna —respiró apenas Concia—. ¿No te han visto subir aquí?... Si pudieras quedarte, Rocco, todas las noches me castigarías, solos los dos... ¿Ya no me castigas?
       Rocco rechazó la boca que buscaba su mejilla y, de repente, Concia irguió la cabeza:
       —Sinvergüenza, ¿por qué tratas así a una mujer? Si no me quieres, vete, vete enseguida, escapa lejos, pero no me trates así porque sea una criada. —Y la voz desentonaba embargada por el llanto.
       Rocco agarró la chaqueta arrojada sobre el alféizar y, quitándose de delante a Concia de un empujón, atravesó pesadamente el cuarto, sin decir una palabra. Cuando llegó a la puerta se volvió y buscó con los ojos la figura blanca. La vio oscura contra la ventana y notó que lo miraba desesperadamente.
       —No sabes lo falsa que eres —dijo tranquilo, y desapareció en la penumbra.


IV

       Ciccia salió al aire frío alzando los ojos entorpecidos. No había nada ni en el cielo ni en la tierra, y del cuartel no venía nadie. También el mar a esa hora estaba quieto. Felices los peces que dormían bajo el agua.
       Ciccia entró y apagó el interruptor de las celdas. Todos dormían y no pensaban en eso. Sobre la puerta había ya claridad y comenzaba quién sabe qué hermoso día.
       Ciccia llevó la silla a la verja y se sentó resoplando. Le dolían las costillas y no era por la humedad del alba. Asomó la cabeza a la calle y no vio a nadie.
       La voz repentina que lo sacudió lo encontró adormilado. Era Cicciotto, solo.
       —En los bosques, nada. ¿Se te han escapado otros? —se burló.
       Ciccia le clavó una fea mirada y se enderezó atontado.
       —Hemos llegado hasta la torre, papá. El cabo me decía que, total, ya lo cogerán. Es cuestión de tiempo. Si no se dice nada a nadie, y lo cogen hoy, el brigada quizá no haga un informe. Pero hay que cogerlo.
       —¿Ha regresado el brigada?
       —Hacen falta seis horas solo para llegar allá arriba. Si lo hubiera cogido ya, regresaría esta mañana. Pero el cabo dice que según él no ha regresado a casa. Habría que saber quién era la mujer, seguro que ha ido a verla para esconderse o para cortarle el gaznate. A lo mejor hay alguna chica que la conoce.
       A Ciccia, meditabundo, le temblaban los bigotes.
       —Las muy zorras hacen esas cosas a escondidas. ¡Si fuera mi hija!...
       —Creo —dijo Cicciotto, enjugándose la frente sudada— que está aún en el pueblo, escondido en casa de alguien. Había demasiada luna esta noche, y las carreteras las hemos rastreado todas, Melo, los carabinieri y yo. Estaba tan claro que desde la torre veíamos la rompiente en el mar.
       —No charlotees tanto —refunfuñó Ciccia—. Solo sois capaces de hacer eso...
       —Si el brigada vuelve con las manos vacías, tiene la obligación de pasar la noticia a todo el litoral y entonces seguro que lo cogemos, incluso en su pueblo, si está.
       —Seguro y, una vez avisada La Spezia, a mí me procesan.
       —Si lo cogen no te hacen nada, papá. Pero ¿de veras pasó por la puerta?
       Ciccia soltó un rugido.
       —Y de par en par la encontró, de par en par como esta verja, y habría sido gilipollas de no salir. —Agitó el manojo de llaves—. Con esta herramienta que nos da el gobierno, ni la puerta del huerto cerraría, si tuviese huerto...
       —Di, papá, ¿tienes aquí la botella? —Ciccia lo miró desconfiado—. No, no, voy a casa a almorzar, pero decía que será mejor quitarla de aquí, por si abren un expediente. A lo mejor, dicen que habías bebido.
       Ciccia se chupó los bigotes e indicó que entendía. Cicciotto daba pataditas con las botas para desprender el barro, como si viniera de cazar en un pantano. De pronto levantó la cabeza.
       —¿Es posible que no haya tocado la cerradura? Dice el cabo que todo depende de eso para tu expediente. Si la hubiera forzado, no tendrías ninguna culpabilidad, ni tampoco él, porque la ley los protege siempre.
       Ciccia abrió un ojo de través.
       —Déjame ver esa cerradura —concluyó Cicciotto.
       Delante de la puertecita se inclinó, diciendo:
       —¿Está cerrada?
       —Sí, dentro está aquel cura..., uno que va confinado..., se marchará a las cinco, lo metí aquí porque estaba vacía...
       Cicciotto le dejó hablar con cara de mofa.
       —¿La vio el brigada?
       —Sí..., no, llegó solo hasta la verja. El reconocimiento del lugar lo hará hoy...
       —Si me hubieras llamado anoche, papá. ¿No puedes trasladar un momento a ese cura? Voy a buscar herramientas.
       Despertado a toda prisa, el cura se levantó, solo le faltaba la chaqueta. Virgen, qué barba de presidio tenía en la cara.
       —Rápido, padre, después rezará sus oraciones.
       Ayudando y empujando, Ciccia lo llevó a la otra celda. Abrió deprisa y lo metió dentro en la caliente oscuridad.
       —Ya se conocen. Tranquilo, es un momento.
       Cerró y volvió a la otra puerta. Claro, bastaban dos golpes. ¿No volvía Cicciotto?
       Comenzó a escarbar con otra llave, a hacer palanca y a romperse las uñas, pero no lo lograba. Habría sido necesario desclavarla, incluso. Metió la llave buena y en dos golpes le salió bajo la mano el pestillo, sólido como el hierro. Era hierro. Ni con un mazo se rompería.
       Giró la llave hacia atrás y el pestillo desapareció.
       Llegaba Cicciotto, acezante, con la caja. Resbaló en la entrada y se la arrojó a los pies.
       —Rápido, holgazán, que vienen los carabinieri del cura. ¿Cuándo pasa el tren?
       Ciccia chapuceó unos minutos, apretando los dientes, y rompió un destornillador. Gruñía y le pegó una patada a la caja.
       —Dame, papá, probaré yo.
       —Son cerraduras de caja fuerte. Ni el herrero lo consigue. Son los únicos cuartos que gastan de buena gana.
       —¿Quién rezonga?
       —He metido al cura con el de los helados. Decídete, hale.
       Cicciotto introdujo un simple gancho en el ojo y lo movió con cautela, buscando el alma del mecanismo.
       —No hay que romperla mal —decía entre dientes—, no tiene que cerrar, pareciendo cerrada. Hay que pensar que ese tipo no tenía martillos. Eso es... —Se detuvo un instante y apretó con cuidado, entornando los ojos—. Parece que resbala —dijo.
       —Dame, inútil. Vamos a romperla: eso significa que al brigada se le olvidó un clavo en el bolsillo. No estoy obligado a estar aquí todo el día. La habrá roto estando yo fuera.
       —¿Y si rellenáramos el agujero del muro? Tú girabas y lo notabas cerrado y, en cambio, no lo estaba.
       —Tú no sabes lo que es la cárcel. ¿Cuándo quieres que lo haya rellenado?
       —Ya está —exclamó Cicciotto, todavía inclinado trajinando—. El muelle salta. Coge el martillo.
       Ciccia le tendió el martillo sobre la nuca y Cicciotto, inmóvil, tanteó con la mano para recibirlo. Luego, apartándose de espaldas, dio en el gancho hundido un golpe decidido. El gancho cayó al suelo.
       —Inútil, se ha quedado la punta.
       —Qué va —dijo Cicciotto, levantándose—. Prueba la llave.
       Ciccia, ansioso, metió la llave y la giró en silencio. Lo intentó a la derecha y a la izquierda y nada se movió. Algo saltaba bajo el paletón, pero el pestillo no salía.
       Se enjugó el sudor.
       —Que vengan ahora —dijo, rabioso—. Ese malandrín está arreglado.
       —Lo bueno es que eso no es un cargo para él. Está admitido que trate de escapar. Para ti, sí, si supieran que has roto el muelle.
       —Yo no he roto nada. ¿Qué he roto?... Y tú, punto en boca, ¿eh?, zoquete... Llévate la caja.
       Cicciotto giró también la llave, mordiéndose la lengua, luego recogió las herramientas y se marchó.
       Ciccia giró otra vez la llave, con la puerta cerrada. Ya está, la puerta seguía abierta. Natural: nunca se había dado cuenta.
       Fue tirándose contento del bigote a la otra celda y bajó la mirilla. Una voz lenta hablaba. Ciccia gritó, agachándose:
       —Esté preparado, padre, se marcha dentro de poco. —Y volvió a cerrar.
       Reapareció Cicciotto en el umbral de la calle.
       —Papá, los carabinieri. —Y escapó, encorvado hacia delante.
       Ciccia miró fijamente la puerta vacía, el fresco adoquinado. Se oían pasos. Aparecieron las botas con polainas. Negros y rojos, el uniforme pesado, la gorra sesgada.
       —¿Estamos ya en pie, mozos?
       El fornido de bigote a cepillo tenía aún los ojos cerrados. Se sacó la gorra de un papirotazo y sonrió desabrido.
       —¿Todas las noches se corren estas juergas? —dijo de mala gana—. Nos las vimos y las deseamos para quedarnos en el cuartel. El brigada nos quería destacar también a nosotros. ¿Están de broma? Nosotros no somos de la fuerza.
       El otro esperaba en la puerta.
       Ciccia, andando a la celda, se volvió.
       —¿No ha vuelto nadie? —Hizo un mohín compungido y buscó la llave—. Son casos excepcionales. No todos saben descerrajar una puerta... ¿Se han bañado?
       —En sudor —rezongó el carabiniere, metiéndose la mano por el cuello—. Es una playa de mierda. Hay más piedras que agua.
       —Y mosquitos y zorras —agregó el taciturno de la puerta.
       —¿Nos da a ese cura? —se impacientó el bajito—. No vayamos a perder el tren.
       Ciccia abrió la puerta y llamó al reverendo. Se agolparon el Rubio y aquel Nanni, despidiéndolo. El Rubio le tendió la mano, voceando:
       —Buena estancia, padre, y acuérdese de los presos. —El padre salió de espaldas.
       —Rápido —le dijo Ciccia—. Vosotros, atrás.
       Rechazó a Nanni y cerró la puerta. Cesó el pataleo.
       Mientras rellenaba el registro de salida, el reverendo se acercó al carabiniere uniendo las manos. También el de la puerta se acercaba.
       —¿Hay noticias del joven que se ha evadido?
       —Aún no, padre. Será cuestión de tiempo. No se saldrá con la suya, seguro. Pero si hace otras tonterías, quien pagará el pato será nuestro portero.
       Ciccia levantó la cabeza.
       —Cuando uno ha cumplido con su deber...
       —¿Llama cumplir con su deber a dejarlo escapar? —cortó seco el carabiniere.
       Ciccia perdió el hilo. Vio al otro carabiniere, primero preocupado, echarse a reír. Bajó la cabeza y se tragó las palabras.
       El clérigo estaba inmóvil, en el centro de la estancia, con la chaqueta abrochada, los anchos pantalones pesados arrugados sobre los zapatos.
       —¿Se ha refrescado ya, padre? —dijo el carabiniere—. Disculpe, entonces.
       Se volvió hacia su compañero y este se acercó palpando la cartuchera en bandolera.
       Ciccia vio las dos manos superponerse y meterse cruzadas bajo el diente de los grilletes. Los dedos rápidos del carabiniere corrieron el tornillo y cerraron secamente el candado. El clérigo levantó la cabeza.
       —Reglamentos —dijo el bigotes, sacando el labio—. ¡Ah! El sombrero. ¿Dónde está?
       Cogió el chafado sombrero de una silla y se lo puso en la cabeza.
       Ciccia se levantó y tendió la pluma al carabiniere. Mientras este firmaba, fuera el coche hizo ruido al detenerse.
       —Por lo menos en este pueblo son puntuales —rezongó el carabiniere—. Que ustedes sigan bien. Y hágame caso, vaya a la taberna después de la última ronda, pero no antes.
       Salieron. El automóvil se alejó. Desde el umbral, Ciccia vio, al otro lado del muro, unas altas adelfas en flor dorarse en la cálida luz. Y se oían los primeros golpes de puertas, chillidos de niños, llamadas. El traqueteo de una carreta de mano hizo temblar el aire, pero no había nadie.
       Ciccia entró, entornó la verja y fue lento hacia el armario. Lo abrió cauto y cogió la botella, aclarándose la garganta. Ya el vaso mojado tenía aquel perfume. Ciccia se sirvió y, mientras bebía despacio, alzó los ojos hacia la bóveda. Oyó crujir la verja.
       A contraluz no reconoció enseguida a aquel vagabundo con la chaqueta al hombro, que paseó la mirada por la estancia. Luego le entró un sobresalto y se le cayó el vaso. Pero el otro dijo:
       —Beba, beba, ya sé el camino.





Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar