Cesare Pavese
(1908-1950)


Despertar
(“Risveglio”, 1942)
Originalmente publicado en Il Messaggero de Roma (10 de abril de 1942)
y en Il Secolo XIX de Génova (17 de abril de 1942);
reproducido en Feria d’agosto (1946)
Tutti i racconti (2002)



      Aquella noche yo había sufrido una gran humillación, de esas que se reciben en medio de la gente sin que la gente se dé cuenta. Seguimos sonriendo, mis interlocutores y yo, como si nada hubiera ocurrido, y en realidad para ellos nada había ocurrido: simplemente se había dicho una frase que para todos, incluido yo, era una broma. Pero un instante después respiraba con trabajo y me estaba encorvando en mi rincón, aturdido y absorto como un atolondrado. Por suerte nadie se fijó en mí y todos pensaban en hablar y hacerse oír. Incluso conseguí poco después intervenir también yo: traté de volver a llevar la conversación a la frase de antes; si eso era debilidad, o un desafío a mi angustia, no lo sé.
       Cuando todos se hubieron marchado, yo, que sin embargo me mostraba soñoliento y flojo, acompañé hasta su casa a mi amigo P. Mi amigo callaba, de buen humor, y en vista de que yo no hablaba, me echaba miradas curiosas. Yo me preguntaba por qué había ido con él, y anhelaba la soledad del regreso para abandonarme al abatimiento y tocar su fondo. Había algo no dicho entre nosotros, y la cautela del amigo inconsciente añadía un malestar a mi desesperación. Porque esa noche estaba verdaderamente desesperado.
       —Y mañana, ¿qué haces? —preguntó mi amigo, cuando estábamos a punto de llegar.
       No sé qué le respondí, quizá solo uno de los gestos de impaciencia habituales entre nosotros. Debió de creer que mi malhumor lo causaba el sueño, y se marchó por la acera resonante. Yo agucé el oído a sus pasos, casi fingiendo para mí que su alejarse era la última voz de la vida que me dejaba, y encontrando en esta fantasía una especie de desesperado alivio. Luego di media vuelta y reanudé mi camino, abandonado a mí mismo.
       Era una noche de junio, y la oscuridad palpitaba. Yo comparaba mi angustia con tamaña dulzura, y excavaba y volvía a excavar a cada paso en mi dolor como si todas las tinieblas estuvieran empapadas de él y bastase con avanzar para sentir su peso cada vez más intolerable. Advertí de pronto —y me detuve— que había desaparecido de mi mente la inocua frase con la cual todo había comenzado. Estaba parado en la acera de una plaza donde una fuente gorgoteaba. Aquel ruido me pareció fútil, pese a su encanto. Nada podía abolir ya la miserable realidad de mi existencia. De la dulzura de la hora captaba solo el silencio, el perfume, la calma. Era bien entrada la noche y había vagabundeado más de lo normal para distraer con la novedad de la cosa mi humillación. No podía resignarme a la idea de que me despertaría al día siguiente y, en el breve duermevela del alba, volvería a encontrar en el corazón, antes incluso de abrir los párpados, este tormento familiar. Estaba cansado y dolorido hasta tal punto que solo podía recobrarme mediante un esfuerzo, una ruptura.
       Decidí entonces esperar al día en las calles, pasar la noche en blanco, ya que toda la ciudad estaba desierta y el chirrido de algún carro lejano no era cosa de ciudad sino de campo. La tibieza del cielo ya no insinuaba una hora nocturna. Seguí caminando mientras miraba a mi alrededor, dirigiendo mis pensamientos desalentados al rumor de un remolino de hojas, a la negra transparencia del cielo. Nació así entre la noche y yo una intimidad vaga; vaga porque algo muy distinto me pesaba en el alma, y las casas, las farolas desiertas, la bóveda del cielo, pasaban a mi alrededor en silencio como ligera brisa. En el silencio mi gran dolor callaba casi amodorrado en lugar del cuerpo. Yo continuaba caminando; cruzaba callejas, plazas, avenidas; me acercaba al final de aquel camino interminable, que se acabaría solo en la mañana. Al tener una meta ya no temía al tiempo, y la propia soledad abolía la pasada conciencia de mí mismo. La mañana no me cogería a traición como suele; la hora insólita que vivía había absorbido ya toda la amargura, y yo iba a su encuentro como hacia algo nunca visto y mío. La saludé detrás de una casa de suburbio.
       Cuando se desplegó e inundó las calles, yo empezaba a aflojar el paso. Ahora podía incluso detenerme y saborear el cansancio, abandonándome a las voces que la llamaban, frescas. Pero al detenerme, al dejar de evocarla e ir a su encuentro, se convertiría en una mañana como tantas otras, como ya había temido durante la noche. Por eso continué avanzando, oponiendo al residual dolor mi infatigable voluntad de vigilia. Pasé las últimas casas, llegué a un puente; al otro lado del puente comenzaba la campiña. Miré fijamente, al fondo de la llanura, una posada minúscula y parda, y me dispuse a alcanzarla.





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