Cesare Pavese
(1908-1950)


Don Pietro
([Il signor Pietro], 1942)
Sólo hay un borrador inconcluso sin título
Tutti i racconti (2002)



      Mi padre murió cuando yo tenía seis años y llegué a los veinte sin saber cómo se comporta un hombre en casa. A los dieciocho años continuaba escapándome a los prados, convencido de que sin una carrera y una travesura el día era un día perdido. Mi madre había tratado de criarme duramente como hubiera hecho un hombre, y había conseguido que entre nosotros no hubiese besos ni palabras superfluas, ni yo supiese qué era una familia. Mientras fui débil y dependí de ella le tuve sobre todo miedo —un miedo que no excluía las escapatorias y los regresos—, y cuando fui hombre la traté con impaciencia y resignación como a una abuela.
       Ahora tenía hasta un trabajo, y eso también se lo debía a ella, que no solo me hizo estudiar, sino que me obligó a correr el riesgo de una oposición. A ella le tocó explicarme que a mi edad debía ser independiente. Por supuesto, continuamos juntos y vivíamos en una casa de la periferia que me gustaba porque delante tenía la avenida y la ciudad, detrás —por los ventanales de las escaleras— unos prados y, más lejos, grupos de árboles. Hasta unos años antes vivíamos en el campo y para mí un horizonte verde, los caminitos en los prados y las casas entre bosques y cañaverales querían decir libertad y ocio. Ahora que me pasaba el día detrás de una mesa, me contentaba al regresar por la tarde con echar una ojeada por las escaleras al gran vacío de cielo y prados para asegurarme de que seguían existiendo. Pero aun cuando al salir del trabajo me quedaran todavía varias horas de luz, nunca paseaba por aquella zona. Me detenía más bien en la estación Central, cuyo ajetreo me gustaba, o vagaba por ciertos barrios alejados del nuestro, donde había fábricas, bullicio y soledades repentinas.
       Un día, al regresar temprano, oí hablar en la sala y mamá me dijo vivamente a través de la puerta:
       —Ven, ven a ver quién está aquí.
       Yo tenía uno de mis días ariscos. Vacilé en la puerta de la sala y agucé el oído. Comprendí que callaban esperando verme aparecer. Eso me irritó tanto que habría querido estar aún en las escaleras. Retrocedí, grité algo desde el rellano y bajé a todo correr.
       Cuando se apagó el primer impulso estaba ya lejos, y mientras regresaba poco a poco al oscurecer me imaginaba sin querer la escena. Mamá me acogería sentada a la mesa, enfurruñada. En aquella época comíamos en la cocina, y una cena de dos acaba pronto, pero yo me quedaría sentado hasta que ella se levantase a recoger. Entonces me metería en mi cuarto y, sentado a la ventana, fumando en la oscuridad, esperaría a la noche. No me atrevería a salir y a dejarla sola como de costumbre, y al otro lado de la pared oiría el chapoteo de sus manos y el entrechocar de platos.
       En vez de eso encontré la casa iluminada y la mesa puesta en la sala, y mamá y don Pietro hablando de mí. Hacía quince años que no venía por casa y de momento no lo reconocí, pero él enseguida me habló de una tal Ninina, de quien parece que yo estaba enamorado en sus tiempos. Mamá fruncía el entrecejo, pero sonreía. Cuando nos sentamos a la mesa, habíamos recordado ya tantas proezas de mi infancia que me parecía volver a vivir en la quinta donde pasábamos el verano, por las noches, cuando él y papá llegaban juntos gritando y riendo por el caminito de la verja y yo, que los esperaba, corría a su encuentro y hurgaba en los bolsillos de papá, hasta que mamá aparecía en la balaustrada del jardín y se saludaban y charlaban así a distancia, y yo le tiraba a él del brazo para que no fuese a su casa sino que viniese a cenar con nosotros.
       Entre un plato y otro mamá se levantaba para ir a la cocina, y él una vez la siguió mientras continuaba hablando. Yo no sabía darle conversación, y aquel ardor no me desagradó. Nos habló de su mujer, una argentina que iba a reunirse con él en Génova, donde querían instalarse. Don Pietro había sido tan amigo de papá que entre nosotros se decía que fue su muerte lo que lo indujo a correr mundo. Pero ahora era viejo —nos dijo—, era viejo y quería detenerse. Noté que sus ojos oscuros y vivos estaban llenos de energía, y alto, con entradas y vigoroso como era todavía, más que envejecido don Pietro parecía uno de esos hombres que han alcanzado un equilibrio tan sólido que permanecen inalterables.
       A partir de esa noche vino a vernos a menudo. Decía que debíamos tener paciencia, pero que estaba solo y nosotros le hacíamos de familia. Pasaba las mañanas organizando cierta empresa que debía darle estabilidad; escribía largas cartas de negocios y esperaba llamadas telefónicas en su hotel. Yo pasaba a mediodía a saludarlo y a invitarle a venir por casa. Lo esperaba sentado en un butacón, entre las idas y venidas de la gente, y comprendía que un hombre que ha vivido siempre en hoteles, en estaciones y de viaje, debía tener esa cara y esa energía. Don Pietro las había visto de todos los colores en su vida, y los primeros días habló volublemente de ello, con mamá y conmigo, haciendo un gesto de la mano como para decir que aquellos tiempos se habían acabado. Pero a mí me parecía que su voz, su paso y el pronto con que despedía a sus interlocutores, y el propio ceño que empleaba conmigo, conservaban el tono de su vida reciente.
       Hasta ahora le había ocultado que trabajaba en el ayuntamiento. Pero una vez, mientras lo acompañaba a casa, al versar la conversación sobre mi padre, no pude por menos de confiarle mi empleo.
       —Haces bien —dijo distraído, y volvió sobre el tema que le interesaba.
       En nuestra casa se había dicho siempre que papá, de haber vivido, habría querido hacer de mí un marino, un capitán de barco, para que me moviese y viese mundo. En mi fuero interno le estaba agradecido por haberme destinado a una vida hermosa, y aunque la suerte me había dado otra cosa, no por ello dejaba de fantasear mañana y noche, yo solo, cuando salía de casa, sobre que por fin comenzaba mi viaje, que me bastaba caminar hasta el final de la ciudad, hasta los baldíos de los suburbios, para que algo ocurriese: al doblar la esquina de la última casa, en el cielo fresco o en los arreboles del atardecer, se me aparecería el mar, un mar nunca visto, inmenso y humeante de puertos, de playas, de fragores. En mi mente, incluso, la imagen de este espectáculo se mezclaba con el recuerdo difuminado de papá, y siempre me había mostrado avidísimo de noticias sobre él, de anécdotas, de singularidades suyas; no me cansaba, por ejemplo, de escuchar a mamá el relato de su fuga del colegio a los quince años, cuando mi padre había dormido dos noches debajo de un puente, mientras nevaba a su alrededor. Ahora sé que hurgaba en mis recuerdos, en mis instintos, en toda mi conciencia, para descubrir en la raíz la identidad de mi natural con el suyo, solo porque en él sentía prefigurado mi destino.
       Me había fastidiado que mamá ya la primera noche alabase con don Pietro mi apego a papá. Sin embargo, no pude contenerme y hablando con él volví sobre el tema.
       —Tu padre —dijo entonces don Pietro— era un hombre clarividente y le habría dado una patada al ayuntamiento, pero sabía que iba a morir pronto. Eso le quitó toda iniciativa.
       Me quedé a disgusto y decidí callarme. La noticia de que papá, por los años en los que yo salía de la infancia, había presentido la muerte no me resultaba nueva. Lo recordaba agitado y con la cara roja, una tarde remota que se había acercado a la ventana y vociferaba ronco que se ahogaba, que no había aire.
       —¿Estás enamorado? —me preguntó don Pietro mirándome de soslayo, y me dio tanta rabia que estuve en un tris de plantarlo y escapar a casa. Pero precisamente íbamos hacia casa, me lo habría encontrado delante y sus chanzas habrían durado más. Esa tarde me contenté con volver a sacar la conversación de sus tiempos, y mamá, que siempre me había enseñado a no ceder a la ira poniéndome el ejemplo de papá, que, sabiendo que iba a morir, había vivido soportándolo, dijo esa noche que, si Enrico hubiese llevado la vida de Pietro, quizá no habría muerto porque lo que lo había matado había sido el resignarse, el emperrarse en un trabajo sedentario, sin tomarse jamás una distracción. Me sorprendió la voz distinta de lo normal, más enérgica y casi rencorosa, con que acabó esta frase. Era como si desahogase un odio. Menos mal que don Pietro empezó a contar de cuando mi padre la cortejaba y a él le tocaba entretener al perro mientras papá subía nada menos que una escalera de mano para dejar una notita en cierto palomar. Luego se encontraban en los bailes. Mamá entonces tenía un célebre vestido celeste que quería decir algo; cuando aparecía de blanco, en cambio, quería decir lo contrario. Mamá ahora ya no se acordaba, y, por mucho que buscaron, no encontraron el sentido del mensaje.
       —Quizá Enrico lo sabría —observó don Pietro—, si estuviera con nosotros.
       Una cosa que no me habría atrevido a decirle a nadie, y mucho menos a don Pietro, era que lo envidiaba sobre todo porque vivía en un hotel. Él entraba y salía sin reparar en ello, pero durante los pocos minutos que yo pasaba esperándolo estudiaba ávidamente personas y equipajes, más los equipajes que las personas, ya que estas, una a una, eran las consabidas caras que se ven por la calle o en el tranvía, mientras que ciertas maletas multicolores, llenas de etiquetas, me hablaban como si estuvieran vivas. De don Pietro no vi ni siquiera una maleta porque siempre me encontré con él en el vestíbulo, y a él no le gustaba hablar de sus viajes, salvo lo mínimo indispensable. Estaba más bien preocupado por sus llamadas telefónicas, y un día que el portero le dio una carta, cuyo sello vi al vuelo que era exótico, apenas la miró y se la metió en el bolsillo. Dos días después, parándose de repente en la puerta del hotel, dijo que su mujer estaba en Génova. Se marcharía al día siguiente.
       Vino a casa a la cena de despedida y trajo champán, para estar alegre, dijo, porque su mujer no toleraba la alegría y era el último que iba a beber. Mamá nos miró beber preocupada, pero cuando don Pietro brindó por el futuro, alzó también ella con sus dedos huesudos la copa y tocó la suya, y luego la mía, con mucha seriedad. No le vi los ojos, porque ya había tomado un sorbo y nadaba en otros pensamientos. Ni la miré a la cara cuando le dije que salía con don Pietro para acompañarlo al hotel, pero recuerdo que nos recomendó a los dos que no nos enfriáramos.
       Era una noche de niebla y no sé por qué había querido salir con nuestro invitado. Probablemente, como ya lo había hecho otras veces, seguí la costumbre. Pero también me parecía imposible que se fuese así, como una visita, sin volver sobre la conversación de mi padre y de mi futuro. En su fuero interno seguro que pensaba que yo debía cambiar de vida. La calle estaba jalonada por montones de nieve, y entre un banco y otro de niebla titilaba alguna estrella. Hice observar a don Pietro que al día siguiente haría bueno, sería un alba roja de niebla. Y de sol. Él olfateó el frío y me preguntó a qué hora iba a la oficina. Le contesté que salía de casa con la fresca, porque, antes de encerrarme en mi sótano, me gustaba vagar por las calles desiertas. Trabajaba en la planta baja, pero pronuncié sótano casi con lágrimas en los ojos.
       —Hace frío —rezongó don Pietro—. ¿Tomamos algo?
       El primer letrero de café fue el nuestro. Yo iba a sentarme, pero don Pietro encargó dos vinos calientes en la barra.
       —Diablo —dijo—, para entrar en calor no hay que sentarse. A tu edad yo no hacía eso. Si acaso se va de un café a otro, como hacen los marineros.
       Trasegué el vino. Don Pietro lo sorbía despacito sacando el labio del cuello de piel, y en todo el tiempo que tuvo el vaso en la mano no dijo una palabra. Era viejo de veras, pero el cabello rubio y los ojos expresivos lo convertían en un hombre vivo. La mujer anémica y sombría que nos había servido lo miraba con el rabillo del ojo, como fascinada.
       —Te gusta, ¿eh? ¿Estás mejor? —me preguntó cuando hubo acabado, y una vez en la calle pareció más alegre. Se arrebujó en el abrigo de piel y observó melancólico—: Se hacen muchas cosas en este mundo para seguir a flote, cuando bastaría, en cambio, un vaso de vino.
       Cuando estuvimos delante del hotel hablaba aún del vino y decía que para quien no tiene tierras es difícil hacerse una buena bodega. De eso pasó a tocar la quinta que quería comprarse, de la cual hasta ahora había hablado solo con mi madre, y me explicó que, de no haber sido por su mujer, él se habría retirado al campo. Pero esperaba montar por lo menos una casa vinícola, y desde Génova vender por mar donde sabía él. Mientras tanto habíamos entrado, y él dijo:
       —¿Probamos el vino que tienen aquí?
       Se hizo llevar una botella vieja a una mesa del restaurante anejo por un camarero al que llamaba Giacomo. Bajo la pantalla, el aterciopelado color del vino resaltaba sobre la blancura del mantel. También don Pietro tenía ojos de terciopelo. Solo al acercar el vaso dejó de charlar.
       —No hacemos como los marineros —dije mirándolo—. Nos hemos sentado.
       No sé por qué hablé aquella noche. Mi huraña timidez se fundió con aquel calor cordial y con la repentina benevolencia de don Pietro. Si yo tenía aún los ojos húmedos no era, desde luego, por la pena de la separación. Le pregunté de sopetón a don Pietro si tendría para mí un puesto de marinero, de camarero en algún barco. Le dije que o él me liberaba de aquella vida o acabaría como papá. Hablé con ardor, y recuerdo que no me atrevía a detenerme por miedo a la inevitable respuesta.
       Pero don Pietro me miró gravemente y, sirviéndome más vino, adoptó un aire dolorido. Torció la boca y farfulló que yo era un estúpido. ¿Por qué no se lo había dicho antes?
       —No soy dueño de barcos —dijo—. Pero conozco a quienes los mandan. No te conviene embarcarte de grumete. Quien empieza por abajo nunca llega a nada. —Me miró de soslayo, con satisfacción—. Me parece estar viendo a tu padre —rezongó—. ¿De qué tienes miedo? Para llegar a algo hay que empezar a lo grande.
       Le dije que yo solo pedía dejar la orilla, respirar con otro aliento y le conté el viejo sueño de mi padre, le conté mis sueños, a él que me miraba de hito en hito, metido en el halo de luz, con una sonrisa entre incrédula y maquinal.
       De vez en cuando intervenía gravemente. Le hablé de veleros y puertos de arribada, y también él, enfervorizado, me habló de sus puertos, de sus arribadas, de sus ganancias. Discutimos sobre si era mejor un velero o una motonave. Me explicó, aunque ya lo sabía, que los veleros son ahora mirlos blancos, reliquias de museo, buques escuela. Cuando oyó que nunca había visto el mar, cambió de cara de golpe y porrazo, quedó consternado. Me apretó el hombro y me preguntó por qué no partía con él al día siguiente. Nos pusimos de acuerdo en que escribiría desde Génova en cuanto hubiera encontrado un buen puesto. Inmediatamente después me pareció cansado, lo vi soñoliento y me levanté para irme. Rezongó sin moverse, luego me tendió la mano.
       Esa noche no volví a casa. Entré en el café de la estación para saborear solo mi futuro y apreciar mi nueva independencia. Estaba borracho pero no de vino, e incluso sentía en mí una claridad y una osadía que luego no he vuelto a experimentar. Hacia la madrugada estaba cansado y, sin embargo, no tenía sueño. Regresé a casa de buen humor.
       No fue fácil calmar a mi madre, pero la idea de que dentro de poco tendría que habituarse a una ausencia muy distinta me convirtió en un buen chico. Naturalmente, no quería creer que hubiese pasado la noche solo, y esta imaginación suya me divertía. Vendrían también las mujeres, más adelante.





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