Cesare Pavese
(1908-1950)


Primer amor
(“Primo amore”, 1937)
Originalmente publicado en Feria d’agosto (1946)
Tutti i racconti (2002)



      Antes de conocer a Nino nunca me había dado cuenta de que los muchachos con quienes gritaba y corría por las calles fueran sucios y llenos de remiendos. E incluso los envidiaba porque iban descalzos y alguno sabía apretar el talón contra los rastrojos sin hacerse daño. Mis pálidos pies de ciudad, en cambio, se contraían hasta en el intento de pisar el empedrado.
       De lo que había aprendido con ellos solo ciertas blasfemias le interesaban a Nino. Él vivía en un chalecito a la salida del pueblo y tenía muchas hermanas mayores que me intimidaban. Me paraba junto al murete y miraba entre los barrotes, esperando que Nino estuviera bajando ya por los peldaños del jardín; si se retrasaba, silbaba bajito fingiendo ser una culebra y proseguía más fuerte poco a poco, hasta que ladraba el perro. Nino llegaba corriendo, porque también él tenía miedo.
       Era imposible proponerle a Nino descalzarse o jugar con los otros. Sin haberle hablado nunca de eso, al cabo de unos cuantos encuentros me di cuenta de que con él me avergonzaba de aquellos compañeros. Pero lo bueno es que, por lo que decía casualmente, estaba claro que los conocía a todos, sabía sus juegos, entendía sus conversaciones; en suma, parecía uno de nosotros, salvo que llevaba una camisa y pantalones aún más limpios que los míos y le gustaba andar con las manos en los bolsillos por callejuelas apartadas, echando ojeadas entre la hierba o por las ventanas, mirando a los transeúntes y haciendo muecas de vez en cuando.
       Teníamos trece años, quizá catorce, y aquel verano realmente también yo me sentí de repente incómodo con aquellos andrajosos; si tenían nuestra edad eran blandos y bobos, si parecían flacos y vivos como nosotros andaban ya por los dieciocho años y no nos entendíamos.
       No recuerdo bien de qué hablaba con Nino los primeros días. Sé que una vez le pregunté cuántas hermanas tenía.
       —Ninguna —me respondió.
       —¿Cómo? ¿Y todas esas mujeres? ¿No son tus hermanas?
       —Son todas como mamá —me dijo, doblando la cabeza hacia un lado, como hacía a menudo—. Hermanas de verdad no tengo ninguna.
       Yo le contaba que una vez había ido de caza con un soldado que estaba de permiso. Se lo conté tantas veces, de cabo a rabo, que un buen día Nino me dijo:
       —Pum.
       —¿Qué pasa? —le solté—. Voy de caza yo también, ¿no se puede?
       Probé a llevarlo al regato, donde algunos de mis compañeros de por la mañana estaban pescando con cestas, todos salpicados de agua y barro. Nino se mantenía aparte, sonriendo ausente cuando desde el agua yo buscaba su mirada y su aprobación; y una vez que el hijo del herrero le tiró encima la cesta chorreante, gritándole que la agarrara, se apartó y no la recogió. Entonces le llamaron «pasmarote» y yo traté de justificarlo diciendo que llevaba el traje nuevo. Pero Nino los insultó y, como empezaron a tirarle barro, gritó exasperado que él tenía quien les ajustase las cuentas.
       Nino se pasaba las mañanas en casa, dando vueltas por las habitaciones. La primera vez que fui a buscarlo, mientras alargaba el cuello en dirección a su ventana, apareció una mujer alta y guapa que miró a través del jardín y me hizo una señal para que me acercase. Fingí no darme cuenta y me escabullí. Temí que Nino me hablara después de eso, pero no dijo nada.
       Desde aquel día repartí mi tiempo. A escondidas, iba a donde pastaban las cabras casi todas las mañanas con los mozalbetes de antes, y los asombraba con historias de la ciudad que poco a poco se convirtió en una especie de heredad mía, donde ocurrían extraordinarias aventuras en los tranvías y en los ascensores. Me interrumpía de vez en cuando y perseguía también yo a una cabra, o descortezaba una rama, o cazaba langostas. Por la tarde, en las horas calurosas, que antes pasaba en el henil o el establo, iba en cambio a recoger a Nino, y me parecía que perdía el tiempo, que me aburría, y sin embargo cada día estaba allí, y cuando regresábamos tras un tortuoso paseo por la cuesta arriba de la iglesia o a lo largo de los campos, habría querido entrar con él en el jardín, sentarme en las butaquitas de mimbre y dejarme mortificar por sus hermanas. Pero la primera vez que Nino me invitó no me atreví.
       De regreso de nuestra aventura del regato, le desaconsejé que mezclara a sus padres en nuestras cosas. Nino se rió entre dientes y me dijo que si me daba miedo que las mujeres de su casa supieran de mis andrajosos, podía estar tranquilo. Su amigo era muy distinto.
       Una tarde, al pasar por delante de la trastienda de los abonos, me hizo reparar en su risa. En la calleja estaba parado un automóvil bajo que yo ya había visto. Por la puerta entornada llegaba un vocerío sordo de un grupo y una sólida carcajada dominó de repente las voces, seguida por alguna otra más ronca. Entre el hedor de azufre y abonos, Nino se explicó un poco más y dijo:
       —Ahora sale. Salió un viejo jornalero, que nos reconoció y nos guiñó un ojo. Después, abriendo de par en par la puerta, gritó:
       —Tira.
       Voló un saquito pesado, que el viejo cogió al vuelo y dejó en el coche. Voló otro, después otro más.
       —Ayúdanos, señorito —dijo el jornalero mostrando las encías. Nino saltó el umbral y desapareció. Yo me quedé cerca del automóvil, tratando de adivinar las sombras que se agitaban allá dentro.
       Cuando el automóvil estuvo casi lleno y yo ayudaba al viejo a acomodar los saquitos aparecieron en el umbral Nino y un hombre de cabello rizado, pañuelo al cuello, cinturón rojo y botas. Iba remangado y ocupaba toda la puerta. Nino le llegaba al codo.
       Habló con voz risueña a Nino, y también a mí:
       —Os habéis hecho amigos, ¿eh?
       Me guiñó un ojo y me cogió una mano; yo me debatía. Me flexionó a la fuerza dos o tres veces el antebrazo, después dijo:
       —Nino, no hagas que te pegue porque es más fuerte que tú. —Luego, incorporándose, miró a su alrededor y añadió—: ¿Listos?
       Sacó un cigarrillo y lo encendió. Saltó al automóvil, nos dijo: «Hasta otra», y se marchó.
       Esa tarde Nino se acaloró hablándome. No podía estarse quieto en el murete donde fuimos a sentarnos, pero no tenía los habituales ojos inquietos. Resplandecía ante mis preguntas.
       Bruno trabajaba de chófer, pero era un amigo de veras. Había ido a recogerlo a la estación el día de su llegada y durante todo el camino en torno a la colina, hacia el chalet, había hablado con él, contestando apenas a su madre y a sus hermanas cuando hablaban, explicándole todo a él. Y todavía ahora le preguntaba a veces cómo lo pasaban aquellas becerritas de sus hermanas, y becerritas quería decir «estúpidas como becerras». Una sola cosa le gustaba a Bruno de sus hermanas: los cigarrillos americanos que se hacía llevar por Nino cada vez que podía, con caja y todo, porque el mérito estaba en la caja.
       Nino habló de todo esa tarde. Habló del baño de su casa, donde había un perfume mejor que el de los prados, y donde le habría gustado llevar a Bruno para que se lavase su hedor de hombre hecho y derecho, aunque limpio. Pero sobre todo le habría gustado que él y yo lo acompañásemos en el automóvil, vagando por los pueblos de las colinas, divirtiéndonos y aprendiendo a conducir.
       Bruno se lo había prometido, pero nunca se presentaba la ocasión. Bruno atormentaba a todo el mundo, y se divertía diciéndole siempre que todos eran más fuertes que él. En estas me dio un pellizco como para arrancarme la piel y saltó hacia atrás.
       —Veamos si eres más fuerte —gritó irritado, y recogió una piedra.
       «¿Por qué haces esto?», le habría preguntado a Nino, de haber sido uno de aquellos momentos en que nos parábamos mudos ante la verja del chalet, antes de separarnos. Pero si hubiera sido uno de esos momentos, ni siquiera habríamos hablado. No entendía, de veras, qué necesidad tenía Nino de interrumpir la alegría de la conversación para decirme una maldad. Yo no me bañaba en una hermosa bañera como él, pero me pesaba ser más fuerte.
       —Les dice a todos que son más fuertes —insistió Nino, dejando caer la piedra y acercándose con cara maligna.
       No me fié de contestar con la misma sonrisa.
       —También a ti te gusta Bruno, ¿eh? —continuó Nino—. Ándate con ojo que a él le gustan las becerras. Mis hermanas.
       —¿Todas? —pregunté.
       —Todas —contestó Nino.
       —Pero los hombres escogen una —dije.
       —Qué idiota eres —replicó Nino—. No se puede casar con ellas.
       —Pero si has dicho que hablaba solo contigo...
       —Porque ellas no le contestan. Son idiotas.
       Volví a casa disgustado, avergonzándome de los bigotes de mi padre y del hule manchado de vino sobre el que cenábamos. Mi hermanita chillaba. Nunca había viajado en automóvil y pensaba en lo bonito que habría sido hacerlo con Nino y Bruno; pero que las hermanas de Nino fueran idiotas, y él tan maligno, me humillaba. Por suerte no le había dicho que una noche había soñado con ellas.
       A la mañana siguiente sentí vergüenza de ir al pastizal con los muchachos de siempre, y me dispuse a pasar el tiempo como Nino, desayunando, lavándome, dando vueltas por la casa: en resumen, a llegar como él al mediodía. Pero a las diez estaba en el corral y ya no sabía qué hacer.
       Los manzanos bajos del fondo, junto a la casa del aparcero, me los sabía de memoria. Ganduleé por el porche de enfrente, donde estaba la pila de haces de leña del año anterior, y pasó la mujer del aparcero con un cubo. Llevaba en la cabeza gris un pañuelo amarillo e iba arremangada. Entonces comprendí por qué Nino podía estar toda la mañana sin jugar: en su jardín iban y venían las hermanas, y debía de ser de verdad muy bonito vivir con ellas, si le gustaban hasta al chófer. Yo solo tenía a mi madre y a la criada, que se ajetreaban como los campesinos, y mi padre no regresaba hasta la noche.
       La aparcera corrió al establo. Oí a la vaca mugir con un rabioso estallido que parecía un llanto. Me asomé a la puerta. La mujer acudió irritada.
       —Vete, vete —me dijo, poniéndoseme delante para llenar el vano—, no hay que mirar. Vete y llama a Pietro; dile que es la hora. ¿Entendido?
       Pietro cavaba al fondo de un campo detrás de la casa. Volví con él, que pasó primero por la cocina a beber un trago de la botella, y nos acercamos al establo. De nuevo la vieja me rechazó. Pietro se volvió y farfulló:
       —Ve a decirle a tu madre que vamos a tener un ternero.
       Me quedé ganduleando, sobresaltándome de miedo ante ciertos mugidos bestiales que estallaban en el aire fresco, seguidos por gorgoteos moribundos. Luego se oyeron voces excitadas; la aparcera soltaba exclamaciones, y por último un chorrear de agua y tintinear de cadenas. Yo pensaba en el tripón deforme de la vaca, que había visto días antes.
       De repente se me pasó por la cabeza Nino y eché a correr para llegar a tiempo. Me presenté ante el chalet mientras salía una de sus hermanas, la rubia, que tenía una piel blanca, muy blanca, y me gustaba cuando paseaba en bicicleta. Me puso una mano en la cabeza, riendo, y me preguntó qué tenía. Buscaba a Nino.
       —¿Para qué? —insistió ella.
       —Nos ha nacido un ternero —balbucí muy colorado.
       La mujer me miró, alzó la mano y se rió con fuerza.
       —¿Es mono? —me preguntó.
       No supe qué decir. La otra se rió de nuevo.
       —¡Nino!
       Alguien respondió. Entonces me señaló con la mano, mirándome de soslayo, y se marchó abriendo la sombrilla.
       Cuando llegó Nino —el perro ladraba y correteaba haciendo tintinear la cadena— ya no me apetecía llevarlo al establo. Había vuelto a sentir vergüenza de aquel corral sucio delante de la casa. Le dije solo:
       —¿Quieres venir?
       Acabamos la mañana en el regato, donde estaban las lavanderas. Los dos callábamos.
       —¿Has visto alguna vez nacer un ternero? —pregunté de pronto—. Yo he visto nacer uno esta mañana. Daba miedo.
       —¿Gritaba? —me preguntó Nino.
       —No, gritaba la madre —contesté—: la vaca.
       —¿Por qué no me has llamado?
       Puse cara ofendida, como el día anterior.
       —Idiota —dijo Nino, muy agitado—, habríamos visto cómo nacen los niños. ¿De veras lo has visto todo?
       —¿Nunca has visto nacer a un niño? —respondí, dándome importancia.
       Nino calló y miró al suelo. Las lavanderas batían la ropa en las piedras. Había una gorda, arremangada hasta los hombros, que daba unos golpes muy fuertes, enseñando la axila y riéndose con una compañera. Se le estremecía todo el cuerpo, agachado en el paquete de las sayas.
       —Es como ver cagar a un caballo —proseguí con voz insegura—. Solo que es más gordo.
       —¿Lo has visto de veras?
       —Claro —respondí.
       —También tú has nacido así —dijo Nino con rabia.
       —Sí, también yo —respondí, tranquilo.
       Entonces Nino se dio un puñetazo en la cara y se dejó caer al suelo. De pie junto a él, lo miraba cohibido. Me senté para confesarle la verdad, pero en ese momento se echó a reír.
       Pero reía con bilis.
       —Si quieres venir en automóvil conmigo, dime cómo es.
       Miré fijamente a Nino: tenía los ojos y los labios brillantes. Balbució despacio:
       —¿Has visto a tu madre?
       Lo miré estupefacto y dije:
       —Eres un idiota.
       —Dímelo, ¿a quién has visto?
       —He visto al ternero.
       —A las mujeres, ¿no?
       —No. —Y miré al suelo.
       La voz de Nino me estalló cerca de la oreja.
       —Entonces, ¿no sabes cómo nacen?
       Confesé que ni siquiera había visto al ternero.
       Entonces Nino se revolcó en la hierba y se puso en pie.
       —Yo sé cómo nacen —dijo—. Sale sangre y tienen que sacarles al niño.
       —No siempre sale sangre.
       —Sí, sale siempre, porque las mujeres gritan.
       —No —dije—, oye. —Y le expliqué que había visto a una vaca después de nacer el ternerito y no había sangre, y el ternerito estaba solo un poco húmedo.
       —Las mujeres echan sangre —insistió Nino—. Tú no sabes nada.
       Me contó con voz ronca cómo lo hacían las mujeres. No le interrumpí, pero miraba fijamente la hierba.
       —¿También tus hermanas? —dije al final.
       —También.
       Esa tarde Bruno llegó inesperadamente al pueblo y nos llevó en el coche con él, porque transportaba una damajuana a la estación y había sitio. Nos metió en el asiento de atrás para sujetar la damajuana y nos pusimos en marcha. Durante todo el camino tuve el corazón en la garganta y me parecía volar como volaban los árboles y los mojones y los transeúntes. Entornaba los ojos en el sol, veía la nuca firme de Bruno sobre el pañuelo rojo y los saltos de su brazo posado en el volante. Temía que al pararnos se cayera la damajuana.
       Pero todo salió bien y fui yo el que me tambaleé completamente sudado, una vez en tierra. Bruno trasladó voceando la damajuana a la consigna; después nos condujo a la cantina de la estación. Me senté, intimidado, en la penumbra fresca, haciendo como Nino, que los miraba a todos a la cara y se reía con Bruno, alzando la cara para mirarlo.
       Bruno pidió de beber y Nino quiso un granizado.
       Nos habíamos mojado los labios, cuando Nino tragó y dijo socarrón:
       —Berto, cuéntale a Bruno que has visto nacer un niño.
       Bruno me miró de soslayo, con un solo ojo. Dejó el vaso, frunciendo la boca.
       —Pero serás... —salté furioso.
       Bruno se enjugó el sudor. Se volvió a Nino.
       —Dile que aprenda a ser hombre, más bien. A vuestra edad lo necesitáis. En lo demás piensan las mujeres.
       —Ha nacido un ternero... —dijo Nino.
       —Han nacido dos asnos —interrumpió Bruno—. ¿No sabéis hablar de otras cosas?
       Se enjugó otra vez el sudor. Parecía fastidiado y nosotros callábamos, bajando la mirada. Nino masticaba su hielo, con la cabeza gacha.
       —Nino, ¿te ha dado cigarrillos Clara?
       Clara era la hermana rubia.
       —Los ha escondido —dijo Nino.
       Bruno lió el suyo, diciendo indiferente:
       —¿Queréis venir mañana a los Robini? Regresamos a mediodía. ¿Vienes tú también, Berto?
       —Déjame fumar —dijo Nino.
       Miré la manaza de Bruno liar un cigarrillo y no me atreví a pedir yo otro.
       —Nino, ¿vas mañana? —dije.
       Nino miró de reojo a Bruno y preguntó en voz baja:
       —¿Iremos a la tapia?
       Bruno asintió y le tendió el cigarrillo. Yo no entendía la cara pálida de Nino. Lo vi encenderlo con el cigarrillo de Bruno y que le temblaba la mano.
       —Bebe vino —invitó Bruno—. El hielo es para los enfermos.
       Yo sabía que a Nino le repugnaba el vino tinto y, sin embargo, lo vi coger el vaso y acercárselo despacio a los labios. Lo trasegó todo.
       —Salud —dijo Bruno—. Este invierno, cuando estéis en la ciudad, ya no tendréis buen vino. En la ciudad crecéis flacuchos. Tú, Berto, ¿tienes ya novia?
       Turbado, respondí:
       —No hay tiempo; en invierno vamos al colegio.
       —¿Por qué, en verano la tienes?
       —Yo... no.
       Bruno se echó a reír, franco.
       —Muy bien, ¿y en invierno ves a Nino?
       —Este año nos veremos —dije de golpe a Nino.
       —Ándate con cuidado, que Nino aprende esgrima y puede ensartarte —me soltó Bruno, guiñando un ojo.
       Nino no hablaba. Bebió otro vaso y apenas me escuchaba. Seguía con los ojos la muñequera de cuero que ceñía la muñeca cuadrada de Bruno.
       De repente, preguntó para qué servía.
       —Para romperles la cara a los pendencieros —dijo Bruno—. Se da un golpe sesgado, de abajo arriba, así no se lastiman los dedos, y hace el efecto de un guante de boxeo. Una noche, en Spigno, había uno que pasó junto al coche, que estaba parado en la estación, y escupió dentro. Escupió y siguió adelante. Nunca hay que aguantar un escupitajo, porque quien escupe tiene miedo. Me eché encima y le partí la cara. Así. ¿Veis para qué sirve?
       Nino tosió con el cigarrillo, sin apartar los ojos del rostro orgulloso de Bruno. Como las otras veces que habíamos fumado detrás de la iglesia, él aguantaba muy bien el humo. Debía de ser el vino lo que lo confundía. O quizá algún lío con Bruno. ¿Por qué Bruno llamaba a su hermana por el nombre?
       —Cuando tu madre y tus hermanas hagan esa excursión a Acqui que han dicho te enseñaré la plaza donde una vez paré a un perro rabioso metiéndole en la boca el cuero. ¿Veis las señales de los dientes?
       —No iré a Acqui con vosotros —dijo Nino.
       Bruno se echó a reír.
       —Berto, acaba de beber. Entonces, mañana.
       Fuimos a los Robini, y durante el camino, que hizo a toda velocidad, Bruno silbaba volviéndose hacia mí después de cada curva. Nino, sentado a su lado, clavaba la barbilla en el pecho, como si alguien le hubiera pegado, y dos o tres veces volvió la vista por las colinas, por el cielo, con un sobresalto, como si se despertase entonces.
       —El campo está seco este año —dije con tono resignado, como hacía mi padre.
       Bruno no se volvió, y se metió por un caminito lateral, que subía entre las acacias. Al cabo de unos cinco minutos de sentir ramas en la cara, nos paró a media ladera de un puentecito con pretil que cruzaba un barranco. Saltó a tierra y nos dijo:
       —Ahora, esperad. Vigilad el coche. —Paró el motor y quitó la llavecita—. No toquéis nada, porque, total, no se mueve. Ánimo, Nino. —Nos dio un cigarrillo a cada uno y los encendió—. Si sube alguien por la carretera, sea quien sea, tocad el claxon. ¿Entendido? Si todo sale bien luego te dejo conducir, Nino. Y a ti también, Berto, y estad atentos, sea quien sea.
       Cogió un sendero en cuesta y desapareció entre las acacias.
       Hacía mucho sol y nosotros, resguardados a la sombra de las acacias, dominábamos desde lo alto un largo tramo del empinado caminito. No podía entrar nadie desde la carretera principal sin que nos diéramos cuenta. Yo nunca había estado allá arriba.
       Nino ya había estado allí, evidentemente. Sin volverse, fumaba sentado al volante y no se interesaba por los mandos que tenía a la vista. Fumaba como un hombre, sin mirar el cigarrillo, con brusquedad.
       —¿Tardará mucho Bruno? —pregunté.
       Nino no respondió. Salté a tierra, di una vuelta alrededor del coche y eché un vistazo a los faros y a los neumáticos polvorientos. Miré por encima del pretil el barranco reseco: solo debía de llenarse y espumear con las lluvias de otoño. Las raíces nudosas que afloraban daban ganas de bajar por allí, si no fuera por el miedo a las culebras. Tiré la colilla del cigarro, y luego traté de apagarla a escupitajos. Nino no se movía.
       —Hazme un poco de sitio —dije volviéndome.
       Nino me miró con los ojos entornados como cuando se ponía travieso.
       —¿Sabes adónde ha ido? —dijo.
       Me encogí de hombros. En ese momento un perro, no muy lejos, se puso a ladrar.
       —Eso es —dijo Nino—, ahora ha llegado a la casa. Va a ver a la mujer o a la hija de Martino, que lo esperan y atan al perro, y se acuestan juntos.
       —Pero si es de día —repliqué.
       Nino se encogió de hombros.
       —Se acuestan —continuó—. Así terminan antes. Pero si no viene nadie —y rió— se queda hasta una hora.
       —¿Y dónde está Martino?
       —Martino ha ido a la estación. Me enteré ayer.
       —¿Y si llega?
       —Si llega, aquí estamos nosotros para avisar.
       No estaba muy convencido.
       —¿Te lo ha dicho Bruno?
       Nino me echó una mirada feroz y tiró el cigarrillo.
       —No lo creo —proseguí—. Haría falta demasiado tiempo. Bruno tiene otras cosas en que pensar. Además, debe conducir...
       —¿Y qué?
       —... Estaría demasiado cansado —aventuré, vacilando.
       —Bruno es fuerte —dijo Nino con rabia—. Ya verás.
       —¿Qué?
       —Verás.
       El camino manchado de sol seguía estando desierto, y las hojas me temblaban ante la vista por el calor. O mejor dicho, era mi corazón el que latía aterrado, y el pueblo, mi casa, parecían muy alejados de aquella soledad y con aquellos pensamientos. Si por lo menos Nino no tuviera aquel tono hostil. Me vino a la cabeza Clara, que estaba en el chalet y no sabía nada de nosotros. También ella era una mujer. Inseguro, me senté entonces en el estribo del coche.
       —No lo creo —dije de pronto—. Martina va siempre a la iglesia.
       —Todas las mujeres van a la iglesia. ¿No sabes que se casan en la iglesia? Y dos se casan para acostarse, ¿no?
       —No lo creo —contesté—. Bruno es un hombre como nosotros.
       —¿Sabes lo que le voy a hacer?
       —¿Qué?
       —Verás.
       Subí al auto y me senté junto a Nino, que me miraba de reojo. Silbaba para sí.
       —Ahora se besan —dijo apretando los dientes.
       —Nino —exclamé—, si vuelve Martino, ¿qué hacemos? Lo contará en nuestras casas...
       —No volverá —respondió Nino—. ¿Hay alguien?
       Se volvió y escrutó el camino, la carretera y toda la llanura. Aguzamos el oído. Nadie.
       —A estas horas se han desnudado —continuó Nino, pálido.
       —Pero... —balbucí.
       —Y ahora, ¡listos! —gritó Nino, y apretó el botón del claxon.
       Contestaron los ladridos del perro. Me pareció que toda la espesura susurraba en el instante que siguió. Hice ademán de detener la mano de Nino, pero ya el aullido ronco del claxon, que parecía de un hombre degollado, volvía a estallar.
       Cuando Bruno asomó saltando desde el sendero, estábamos acurrucados en la hierba detrás de los troncos, donde me había arrastrado Nino. Bruno miró a su alrededor y contempló el caminito, con el cinturón rojo colgando de la mano.
       Ciñéndose los pantalones, miró otra vez alrededor y llamó en voz baja:
       —¡Nino!
       Nino me apretó el brazo.
       Bruno había subido al auto y escrutaba la carretera principal allá abajo, moviendo los labios. Tenía el cabello despeinado y la cara como si acabara de salir de debajo del grifo. Bajó del automóvil y anduvo hacia los árboles. Dándonos la espalda se plantó con las piernas separadas y al poco rato oímos un chorrito. Nino ahogó una carcajada.
       Entonces Bruno vino en nuestra dirección, mirando hacia arriba y abrochándose. Se inclinó de repente y saltó entre las ramas. Agarró de una pierna a Nino, que huía, y lo derribó al suelo. Yo me había puesto en pie y miraba. Sin hablar, Bruno cogió con una mano las muñecas de Nino y lo levantó como un conejo. Sosteniéndolo apartado, porque pataleaba y gruñía, empezó a darle golpes con el canto de la mano en los costados, y a cada palo lanzaba un rugido y apretaba los labios. Por un instante me miró sin verme, y entonces escapé al camino. Oí algún ruido más, y después apareció Bruno llevando a Nino bajo el sobaco, y lo arrojó dentro del automóvil. Me dijo con una voz muy desagradable:
       —Sube, que nos volvemos.
       En todo el trayecto Nino, acurrucado al lado de Bruno, no dijo una palabra. Yo sentía el viento fresco en la cara como si tuviese fiebre. Bruno paró delante del chalet. Me miró bajar y por un instante me pareció que se reía. Nino levantó la cara, rechazó mi brazo y se bajó inseguro. Escupió al suelo y se alejó por el jardín, cojeando.
       Al día siguiente no me atreví a llamar a Nino porque, cuando me acerqué a la verja, vi sentadas en el jardín a dos de sus hermanas, las morenas, que extendían las piernas al sol, y una leía.
       Al atardecer, mientras ganduleaba preocupado por los alrededores, fue de nuevo Clara la que se me acercó por detrás en bicicleta y saltó a tierra.
       —¿Adónde fuisteis ayer? —me preguntó—. ¿Qué le hizo Bruno a Nino? ¿Dónde estabais? —continuó—. Habla. Total, ya lo sé. Nino hoy está en cama. ¿Qué le habéis hecho a Bruno?
       —¿Dónde está Bruno? —le pregunté.
       Entonces Clara me miró atenta y echó a andar hacia la verja, empujando la bicicleta.
       —No sé dónde está Bruno. No lo conozco. Pero le habéis hecho algo, porque Nino no quiere decírmelo. ¿Fuisteis a los Robini?
       —El coche volcó —respondí.
       —¿Qué hacíais en los Robini?
       —Nada. Aprendíamos a conducir.
       Estábamos en medio del jardín y las sillas de mimbre bajo la sombrilla estaban vacías. La gravilla nos rechinaba debajo de los pies.
       —¿Fuisteis a ver a alguien?
       —Oh, no.
       —Nino está en cama. ¿Quieres venir a visitarlo? —dijo Clara seria.
       —Oh, no, pasaré mañana a recogerlo. Es tarde —dije deteniéndome.
       Clara sonrió.
       —¿Cómo está el ternero?
       —¿Qué ternero?
       —El que nació el otro día. ¿Es tuyo?
       Respondí con un gesto de la cabeza. Clara apoyó la bicicleta en el muro y subió los peldaños.
       —Adiós, ternerito —gritó volviéndose.
       Observé que era muy alta.
       Durante varios días Nino no salió y yo pasaba por delante del chalet, esperando ver a alguien. Era una temporada —a primeros de agosto— en que en el campo no hay nada: las manzanas y las primeras ciruelas terminan en julio, y hasta septiembre no empieza la uva. A la espera de Nino, no valía la pena volver a trabar amistad con los otros, y vagabundeé por las callejas. Pero estar solo es bonito un momento, cuando viene a la mente algo, o se ha visto entre los barrotes del jardín a Clara; todo el día, aburre.
       Recuerdo que una de esas tardes hubo una tremenda tormenta, sin granizo, pero fría y negra, que asustó mucho a mi madre y a las bestias del establo, y a mí no me desagradó porque la tarde fue fresca y al día siguiente había charcos de agua y capas de hojas caídas en el suelo. También entonces pensé en Clara y en sus hermanas, en si los rayos las habrían asustado.
       Cuando por fin se dejó ver, Nino fue de pocas palabras, y una o dos veces se me escapó la risa al verlo sentarse en los muretes con cierta cautela. Él me miraba a hurtadillas y parecía que hubiesen vuelto los primeros tiempos, cuando paseábamos taciturnos. Vino con una cajetilla entera, escrita en árabe, de hermosos cigarrillos que me dejaron atontado y perfumado. Una mañana que había vuelto al regato, lo vi llegar callandito con la chaqueta por los hombros, y se puso a fumar sentado en el terraplén. Enseguida estuvimos todos a su alrededor, y él dio pitillos a dos o tres y escupió al agua. Luego dijo, desganado:
       —¿Habéis visto al conductor de las Casas Negras?
       Habló de eso con el rubio de los molinos, que tenía un hermano mozo de estación, y se decidió que, si no era antes, Bruno debía pasar por el pueblo por la Virgen de Agosto para cargar harina.
       —Martino lo busca para arrancarle la piel a tiras —dijo Nino con calma.
       El hijo del herrero observó que aquel cigarrillo sabía a miel, aunque era fuerte. Volvimos hacia casa cuatro chicos (el herrero llevaba ya pantalones largos, hasta los tobillos desnudos, y se rascaba a menudo el pecho bajo la camisa). En dos o tres días Nino se había hecho amigo de ellos y se hablaban con risitas y codazos.
       Llegó el día en que Nino me preguntó:
       —¿A ti no te hizo nada aquella vez Bruno?
       —¿Quién tocó el claxon? —respondí.
       Nino —tenía los ojos huidizos esos días— me miró de reojo mientras caminábamos.
       —Berto, eres un ingenuo.
       Hacía ya varias tardes que desaparecía. Andaba por ahí con alguno de los otros; fueron incluso a pescar y supe que una vez Nino había llevado, además de cigarrillos, una lata de melocotones en almíbar. Le dije entonces:
       —Ándate con ojo, que no te quieren y van contigo solo porque les llevas cosas.
       Pero Nino me respondió que eso ya lo sabía.
       La noche de las fogatas de la Virgen, Nino no se dejó ver y sus hermanas no salieron al jardín a mirar los fuegos que punteaban las colinas. Era el primer año que yo pasaba solo e inquieto aquella fiesta. Supe al día siguiente por un muchacho que Nino había ido con los otros a hacer una fogata en el campo de los molinos, y en cierto momento había tirado de un empujón al hijo del herrero al fuego. Después se había escapado a su casa y el otro lo buscaba para matarlo.
       Nino esta vez me mandó llamar por medio del jardinero y me suplicó que fuera a avisar a Bruno. Las Casas Negras estaban lejos; sin embargo, fui y dejé recado en el garaje de que enviaran a Bruno al chalet. Mientras entraba en el jardín, me cayeron encima piedras y terrones: eran el hijo del herrero y los otros, apostados, por si Nino salía.
       Unas horas después llegó Bruno muy garboso, con su gran pañuelo y las botas, y lo paramos en la verja esperando que los otros tirasen. Bruno creía que la llamada era para la excursión a Acqui y le dio un pescozón a Nino, y este, ruborizándose, se puso a su lado y le preguntó si quería hacer las paces. Bruno no se emocionó, miraba al fondo del jardín. Luego soltó una gran carcajada y dijo:
       —Está bien, ¿qué es lo que necesitas?
       En ese momento un terrón le dio a Nino en la espalda. Nino saltó a un lado, apretó el puño de Bruno y le dijo:
       —Pégales a esos vagabundos.
       Cuando Bruno supo quiénes eran y qué querían, se volvió un poco a mirarlos y nos dijo con fuerza:
       —Sois peores que las mujeres. Y esos de allí, que no fastidien porque hay para todos.
       En ese momento apareció Clara, se reconocieron y empezaron a hablar de la excursión a Acqui. Nino me llamó a un bancal para enseñarme algo, y entré en el jardín, volviéndome a mirar a Clara, que escuchaba apoyada en la verja.
       Un minuto después, Bruno recibió una pedrada en la cara y Clara soltó un chillido; nosotros acudimos. Bruno estaba ya emprendiéndola a patadas con dos de la pandilla, uno de ellos el hijo del herrero. Me paré en la verja temblando de excitación y apretando los puños, ante la mirada de Clara: si aquellos tipos querían más, yo estaba dispuesto. Bruno regresó riendo y, despidiéndose de Clara, le dio otro coscorrón a Nino. Todos estábamos alterados.
       Siguieron unos hermosos días de agosto y Nino me dejaba entrar a menudo en el jardín (el perro estaba atado detrás del chalet) al regresar de alguna correría. Una vez nos sentamos a merendar pan y mermelada bajo la sombrilla, y Nino, tumbado en la butaca, me dijo que también en la ciudad tomaba siempre mermelada y que aquel invierno me haría ir con él a la clase de esgrima y ya vería qué bonito era. Después, al año siguiente, iría de nuevo al mar en julio y, si también iba yo, saldríamos en barca juntos. Me describió las piraguas, aunque para subir yo tendría antes que aprender a nadar.
       —¿No se casan tus hermanas? —le pregunté.
       —Una está casada —me dijo—, no está aquí. El año pasado tenía que casarse Clara, pero después se pelearon.
       —¿Y tu madre?
       Su madre era una de las morenas que yo había tomado por su hermana. No me lo podía creer.
       —No hay más que mujeres en mi casa —decía Nino—. Si por lo menos se hubiera ido Clara.
       Así era muy bonito estar con Nino. Ya no me decía maldades. Hicimos un viaje en automóvil con Bruno al pueblo vecino, esta vez sin pelearnos. Clara le mandó cigarrillos con nosotros, que él se metió en el bolsillo riendo.
      
       Solo el hijo del herrero nos daba cierta aprensión: aún tenía el pelo chamuscado y nos miraba ferozmente desde lejos, torciendo la boca. Pero una vez apareció socarrón en la explanada de la iglesia, donde paseábamos, y vino a nuestro encuentro. Le pidió a Nino un pitillo. Nino se encogió de hombros. Entonces le dijo:
       —Si me lo das, te digo una cosa como para que luego me regales una cajetilla.
       —Dáselo —susurré a Nino—, así haréis las paces.
       Pero Nino no tenía. El otro se reía.
       —No importa. Venid hasta el Huerto, os enseñaré una cosa sensacional.
       —¿Nos tomas por idiotas? —dijo Nino.
       Entonces el hijo del herrero acercó los dientes amarillos a la oreja de Nino y bisbiseó algo resoplando. Nino se puso pálido, saltó hacia atrás, me miró a mí, lo miró a él, y preguntó balbuciente:
       —¿Palabra?
       —¿Qué pasa? —pregunté.
       —Vamos —dijo Nino.
       El Huerto era una alquería que había detrás del chalet, en el declive de la colina. Entre el chalet y un primer barranco se extendía el viñedo, casi llano, cerrado por un cañaveral y casi sin cultivar. Llegamos al cañaveral y saltamos para desembocar entre las hileras; yo cogí en silencio un sarmiento nudoso, por si el hijo del herrero nos preparaba una emboscada.
       —¿Has visto a Bruno hoy? —pregunté de repente para que Nino entendiese, y entendiese el otro.
       Nino, a quien le temblaban los labios, no contestó. Se dirigían a la caseta roja, una barraca abandonada, cubierta de árboles, al fondo de las hileras. Habíamos jugado allí al fortín el año anterior.
       —Despacio —murmuró Nino cuando estuvimos a poca distancia—. Deteneos. Tú, Berto, sujétalo.
       Avanzó un poco más y se detuvo en el descampado. La puerta de madera estaba cerrada. Nino dobló con ligereza la esquina y se puso de puntillas ante el ventanuco.
       Mi compañero se reía bajito.
       —¿Qué pasa?
       —Ven a verlo.
       Avanzamos también nosotros y nos reunimos con Nino, que estaba apoyado en la tabla de debajo de la ventana y miraba a través del cristal rajado. También yo eché una mirada al interior y no vi nada porque tenía los ojos aturdidos por el sol. Pero algo se movía entre las sombras.
       Luego distinguí una forma blanca tumbada, de la que se apartó un hombre que llevaba al cuello un pañuelo rojo. Era Bruno. La mujer era Clara, y tenía en el regazo desnudo una mancha dorada. El cristal polvoriento cubría la escena como con una niebla.
       —Es blanca —bisbiseó el hijo del herrero.
       Nino saltó hacia atrás.
       —Vámonos —dijo bajito, entre dientes—. Vámonos.
       Sentí que sus uñas se clavaban en mi espalda. El hijo del herrero le soltó una patada, hacia atrás.
       —Si no vienes, llamo a Bruno —dijo Nino, furioso.
       Entonces el otro se apartó y con una fea mirada burlona retrocedió por el descampado. Se miraron de hito en hito un instante, y después Nino se le echó encima. El otro escapó.
       Corrí también yo desesperadamente, apretando mi sarmiento. Junto a una hilera, casi en el cañaveral, Nino lo había alcanzado y derribado a tierra. Se mordían revolcándose. Me arrojé sobre el bulto y también yo asesté palos en aquellos pantalones remendados, en la camisa sucia, en los dientes amarillos. Al pegar pensaba que Clara me veía.
       Cuando el hijo del herrero se puso a llorar y a chillar, yo me solté y aparté también a Nino. Dejamos a nuestro enemigo en el surco y salimos corriendo.
       Creo que Nino tenía en la cabeza la misma idea que yo, porque, rendido y magullado como estaba también él, corría como un caballo tratando de distanciarse de mí. De pronto paré y lo dejé irse. Así evitamos hablarnos.
       Lo vi desde lejos doblar la esquina del chalet y me quedé solo, sobre el montón de grava de la carretera. Hasta que llegué cerca de casa no me di cuenta de que tenía el cuello lleno de sangre, pero no me importaba, entré por el portón y me tiré sobre el heno. Ya estaba oscuro cuando me levanté todo entumecido y, restregándome la mejilla para descostrar las gotas de sangre seca que parecían lágrimas, pensaba en si todas las hermanas serían como Clara.
       Al día siguiente supe que Nino se había roto un brazo y no me atreví a presentarme en el chalet, porque temía que nos hubieran visto.
       Durante muchas noches me quedé despierto horas y horas, con los ojos cerrados y apretando la almohada. Una noche que había luna, de no haber tenido miedo me habría levantado y habría ido en una carrera a la barraca para buscar si quedaba algún rastro. Fui después, por la mañana, aunque andaba por el viñedo un campesino y no me atreví a entrar.
       Salía raramente de mi corral porque me temía asechanzas y pedradas, pero los muchachos me llamaron para pescar porque necesitaban mi red. Y como Nino tenía un brazo roto, el hijo del herrero no se atrevió a decir palabra. Sin embargo, un día que hablábamos de ciertas cosas, escondidos en el henil con el rubio de los molinos, este me preguntó si también la hermana de Nino era rubia. Después me avergoncé, pero de momento no supe callar. Aunque hablé con el corazón en la boca y de repente me sentí desesperado, como cuando de niño, sentado desnudo en la silla de la cocina, miraba cómo echaban el agua para el baño. Entonces callé, y también el rubio callaba.
       Por fin, una mañana, Bruno, que pasaba en bicicleta, me sorprendió desmenuzando una rama bajo los sauces y se detuvo y me llamó. Llevaba al cuello un pañuelo negro y una blusa con bolsillitos.
       —¿Te has peleado con Nino?
       Nino le había dicho el día anterior que me buscara y me llevase a su casa. ¿Se había pegado conmigo? La historia que había contado del árbol seco no se tenía en pie. Aquel arañazo en la cara era de un muchacho.
       —Y, si no os conociese, diría que de una chica —concluyó.
       Yo lo miraba incrédulo.
       —Vete a verlo: entre hombres no hay que estar nunca en guerra. Ve, Nino te quiere. Os contaréis cómo nacen los niños.
       —Pero tú, ¿has ido a verlo? —pregunté, vacilante.
       —Claro. Somos amigos, ¿no? Es un chico estupendo. Con un brazo roto hace dos semanas y ya quiere volver a ir en automóvil conmigo.
       Bruno sacó un pitillo y lo encendió. Sopló el humo y enderezó la bicicleta.
       —¿Qué dicen sus hermanas? —pregunté.
       —Oh, a esas les importa un pepino —respondió Bruno, volviendo la cabeza—. Y a la madre menos que a nadie. La única que lo cuida un poco es la rubia.
       Se alejó por la carretera mientras yo lo seguía con los ojos pasmado, y en el fondo contento.





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