Cesare Pavese
(1908-1950)


Entre mujeres solas
(Tra donne sole, 1949)


1

      Llegué a Turín bajo la última nieve de enero, como sucede con los saltimbanquis y los vendedores de turrón. Recordé que era carnaval al ver bajo los soportales los puestos y los mecheros incandescentes del acetileno, pero aún no había oscurecido y fui andando de la estación al hotel, atisbando fuera de los soportales por encima de las cabezas de la gente. El aire crudo me mordía las piernas y, cansada como estaba, me demoraba ante los escaparates, dejaba que la gente me empujara, y miraba a mi alrededor ajustándome el abrigo de pieles. Pensaba que ahora los días se alargaban, y que pronto un poco de sol disolvería aquel barrillo y abriría la primavera.
       Así volví a ver Turín, en la penumbra de los soportales. Cuando entré en el hotel no soñaba sino con un baño caliente y tumbarme y una noche larga. Total, en Turín debía quedarme una temporada.
       No llamé a nadie y nadie sabía que me alojaba en aquel hotel. Ni siquiera un ramo de flores me esperaba. La camarera que me preparó el baño me habló inclinada sobre la bañera, mientras yo daba vueltas por la habitación. Son cosas que un hombre, un camarero, no haría. Le dije que se fuera, que me las arreglaría sola. La muchacha balbució algo, mirándome de cara, agitando las manos. Entonces le pregunté de dónde era. Se ruborizó intensamente y me respondió que era veneciana.
       —Se nota —le dije—. Yo soy turinesa. ¿Te gustaría volver a casa?
       Asintió con una mirada socarrona.
       —Pues hazte cargo de que yo aquí vuelvo a casa —le dije—, no me estropees el placer.
       —Usted disculpe —me dijo—. ¿Puedo irme?
       Cuando estuve sola, dentro del agua tibia, cerré los ojos irritada porque había hablado de más y no merecía la pena. Cuanto más me convenzo de que hablar sin necesidad no sirve de nada, más hablo. Especialmente entre mujeres. Pero el cansancio y aquel poco de fiebre se diluyeron pronto en el agua y evoqué la última vez que había estado en Turín —durante la guerra—, al día siguiente de una incursión. Todas las cañerías habían saltado, ni pensar en un baño. Lo recordé con gratitud; mientras en la vida hubiera un baño, valía la pena vivirla.
       Un baño y un cigarrillo. Mientras fumaba con la mano a flor de agua, comparé el chapoteo que me mecía con los días agitados que había vivido, con el tumulto de tantas palabras, con mis desasosiegos, con los proyectos que siempre había realizado y sin embargo esa noche se reducían a aquella bañera y aquella tibieza. ¿Había sido ambiciosa? Volví a ver las caras ambiciosas: caras pálidas, marcadas, convulsas —¿había alguna que se hubiera distendido en un instante de paz?—. Ni siquiera al morir esa pasión se mitigaba. A mí me parecía que jamás me había relajado un momento. Acaso veinte años antes, cuando era aún una niña, cuando jugaba por las calles y esperaba con ansia la temporada de los confeti, de los barracones y las máscaras, tal vez entonces me hubiera abandonado. Pero en aquellos años, para mí carnaval no significaba más que tiovivos, turrón y narices postizas. Después tuvo que ver con la manía de salir, de ver, de correr por Turín, con las primeras escapadas por las callejas con Carlotta y las otras, con la emoción de sentirnos seguidas por primera vez. También esa inocencia había acabado. Extraña cosa. La tarde del jueves de carnaval, cuando papá se agravó, para después morir, lloré de rabia y lo odié pensando en la fiesta que me perdía. Solamente mamá me entendió aquella tarde, y me tomó el pelo y me dijo que me quitara de en medio, que fuera a llorar al patio de Carlotta. Pero yo lloraba porque el que papá estuviese a punto de morir me asustaba y me impedía por dentro abandonarme al carnaval.
       Sonó el teléfono. No me moví de la bañera porque estaba feliz con mi cigarrillo y pensaba que probablemente aquella tarde remota me había dicho por primera vez que si quería hacer algo, obtener algo de la vida, no debía ligarme a nadie, depender de nadie, como estaba ligada a aquel inoportuno papá. Y lo había logrado, y ahora todo mi placer era diluirme en aquella agua y no contestar al teléfono.
       El sonido insistió, al cabo de un rato, y parecía irritado. No acudí, pero salí del agua. Me sequé lentamente, sentada en la toalla, y estaba untándome una crema alrededor de la boca cuando llamaron.
       —¿Quién es?
       —Una nota para la señora.
       —He dicho que no estoy.
       —El señor insiste.
       Tuve que levantarme y girar la llave. La veneciana impertinente me tendió la nota. Le eché un vistazo y le dije a la chica:
       —No quiero verlo. Que vuelva mañana.
       —¿La señora no baja?
       Me sentía la cara embadurnada, ni siquiera podía hacerle una mueca. Dije:
       —No bajo. Quiero un té. Dile que mañana a mediodía.
       Cuando estuve sola, descolgué el auricular, pero enseguida contestaron de recepción. La voz rascaba sobre la mesita, impotente como un pez fuera del agua. Entonces grité algo al teléfono, debí de decir que era yo, que quería dormir. Me desearon buenas noches.
       Media hora después, la camarera no había regresado aún. «Esto sucede solo en Turín», pensé. Hice algo que nunca había hecho, como si fuera una niña tonta. Me puse la bata y entreabrí la puerta.
       En el discreto pasillo, varias personas, camareros, señores, mi chica impertinente, se agolpaban ante una puerta. Alguien, en voz baja, exclamaba algo.
       Después la puerta se abrió de par en par, y despacio, con muchos miramientos, dos batas blancas sacaron una camilla. Todos callaron y abrieron paso. En la camilla estaba tendida una muchacha —rostro hinchado y cabellos en desorden—, vestida de noche, de tul celeste, sin zapatos. Aunque tenía los párpados y los labios muertos, se adivinaba un mohín que había sido gracioso. Miré instintivamente bajo la camilla, por si goteaba sangre. Escudriñé las caras —eran las de costumbre, unos fruncían los labios, otros parecían reír malignos—. Capté la mirada de mi camarera, corriendo tras la camilla. Sobre las voces quedas del corrillo (había también una señora con abrigo de pieles y se retorcía las manos) se alzó la de un médico —salió por la puerta secándose las manos— y declaró que se había terminado, que despejaran el paso.
       La camilla desapareció por las escaleras; oí exclamar:
       —Despacio. —Miré de nuevo a mi camarera. Había corrido ya hasta una silla al final del pasillo, y volvía con la bandeja del té.
       —Se sintió mal, qué desgracia —dijo entrando en mi habitación. Pero le brillaban los ojos y no se contuvo. Me lo contó todo. La chica había entrado en el hotel por la mañana; venía sola de una fiesta, de un baile. Se había encerrado en la habitación; no se había movido en todo el día. Alguien había telefoneado, habían ido a llamarla, un policía había abierto. La chica estaba en la cama, moribunda.
       La camarera continuaba:
       —Envenenarse en carnaval, qué lástima. Y la familia es muy rica… Tienen un chalet precioso en la piazza d’Armi. Si se salva es un milagro…
       Le dije que quería más agua para el té. Y que no volviera a entretenerse por las escaleras.
       Pero esa noche no dormí como había esperado y mientras me revolvía en la cama me habría dado de puñetazos por haber metido las narices en el pasillo.



2

      Al día siguiente me trajeron un ramo de flores, los primeros narcisos. Sonreí pensando que en Turín nunca había recibido flores. Pero no era Turín quien me los mandaba. El encargo venía del bobo de Maurizio que había pensado en darme una sorpresa a mi llegada. Pero le había salido mal. «Ocurre también en Roma», pensé. Vi a Maurizio desconsolado callejear por via Veneto después del adiós, y entre el último café y el primer aperitivo rellenar el impreso de la Fleurop.
       Me pregunté si la chica de ayer habría tenido flores en la habitación. ¿Hay gente que para morir se rodea de flores? Quizá sea un modo de infundirse valor. La camarera fue a buscarme un jarrón, y mientras me ayudaba a colocar los narcisos me contó que los periódicos no hablaban del intento de suicidio.
       —Quién sabe cuánto habrán pagado para mantenerlo oculto. La han llevado a una clínica privada… Ayer por la noche estuvieron investigando. Debe de haber un hombre por medio… Merece la cárcel, quien induce a una muchacha…
       Le dije que una chica que pasa la noche de baile en baile y en lugar de volver a su casa se va a un hotel, tiene la obligación de saber cuidarse.
       —Ah, sí —dijo la otra, indignada—, la culpa es de las madres. ¿Por qué no acompañan a sus hijas?
       —¿Qué madres? —dije—. Estas chicas siempre han estado con su madre, han crecido entre algodones, han visto el mundo desde detrás de los cristales. Cuando se trata de salir adelante frente a una dificultad, no saben y se derrumban.
       Ahora Mariuccia se reía, como diciéndome que ella sabía apañárselas y salir adelante. Me la quité de encima y me vestí. Por las calles hacía frío y estaba despejado; durante la noche había llovido sobre el barrillo, y ahora el sol entraba bajo los soportales. Parecía una ciudad nueva, Turín, una ciudad recién terminada, y la gente corría, se encontraba casualmente como ocupada en darle los últimos toques y en reconocerse. Paseé bajo los edificios del centro, mirando los grandes comercios que esperaban al primer cliente. Ninguno de aquellos escaparates y muestras eran modestos y familiares, como los recordaba, ni los cafés, ni las cajeras, ni las caras. Solamente el sol oblicuo y el aire saturado de humedad no habían cambiado.
       Y nadie estaba de paseo, todos parecían ocupados. Por la calle la gente no vivía, solo se escapaba. Y pensar que en tiempos aquellas calles del centro me habían parecido, al pasar por ellas con mi gran caja de modista bajo el brazo, un reino de gente de vacaciones y despreocupada, como entonces me imaginaba los centros de veraneo. Cuando se tienen ganas de una cosa, se la ve por todas partes. Y todo eso solo para sufrir, para darme patadas en los tobillos. «¿De qué tendría ganas —me pregunté— esa estúpida que ayer se tomó el veronal?». Un hombre por medio… De jóvenes somos tontas. Mi veneciana tenía razón.
       Regresé al hotel y vi delante de mí la cara inesperada del flaco Morelli, el de la nota. Se me había olvidado.
       —¿Cómo se las arregló para encontrarme? —le dije riendo.
       —No tiene importancia. Esperé.
       —Toda la noche.
       —Todo el invierno.
       —Quiere decir que tiene tiempo.
       Yo a este hombre lo había visto siempre en bañador, en las playas romanas. Tenía vello en el tórax delgado, un vello gris, casi blanco. Ahora la corbata de seda y el chaleco claro lo convertían en otro.
       —¿Sabe que es usted joven, Morelli? —le dije.
       Se inclinó y me invitó a almorzar.
       —¿Le dijeron ayer por la noche que no salgo?
       —Pues comamos aquí —dijo él.
       Estos tipos que bromean sin reír nunca no me desagradan. Intimidan un poco y, precisamente por eso, una mujer se siente segura con ellos.
       —Acepto —le dije—. Con tal de que me cuente algo divertido. ¿Cómo van los carnavales?
       Cuando estuvimos sentados, no me habló del carnaval. Ni siquiera habló de sí mismo. Habló, sin sonreír, de un salón de Turín —dijo el nombre, el de unos nobles— donde ocurrió que ciertos señores importantes, que esperaban a la dueña de la casa, se habían quedado en paños menores, y después se volvieron a sentar en las butacas, fumando y charlando. La señora, pasmada, debía de estar convencida de que el juego estaba de moda, que era una prueba de ingenio, y había bromeado un buen rato con sus huéspedes.
       —Ya ve, Clelia —me dijo Morelli—, Turín es una ciudad vieja. En cualquier otro sitio esto habría sido una ocurrencia de muchachos, de estudiantes, de profesionales bisoños. Aquí, en cambio, se le ocurre a gente mayor, comendadores y coroneles. Es una ciudad alegre…
       Siempre impasible, se inclinó murmurando:
       —La cabeza pelada de allá abajo es uno…
       —¿No me tomará por esa condesa? —le dije feliz—. Yo también soy de Turín.
       —Oh, usted no es de ese mundillo, lo sabe muy bien.
       No era del todo un cumplido. Volví a verlo con su vello gris.
       —¿Se desvistió también usted? —dije.
       —Querida Clelia, si quiere formar parte de ese salón…
       —¿Qué haría allí otra mujer?
       —Le enseñaría a la dueña a hacer estriptís… ¿A quién conoce en Turín?
       —Entrometido… Las únicas flores que he recibido en Turín han venido de Roma.
       —¿La esperan en Roma?
       Me encogí de hombros. El astuto de Morelli conocía a Maurizio. Sabía también que yo bromeaba de buen grado, pero que los gastos de la playa me los pagaba yo.
       —Soy una mujer libre —dije—. No reconozco sino una obligación, la que imponen un hijo o una hija. Y por desgracia no tengo hijos.
       —Pero usted podría ser mi hija… ¿O me hace demasiado viejo?
       —Soy yo quien es demasiado vieja.
       Finalmente se abrió y sonrió, con aquellos vivos ojos grises. Sin mover la boca, sin hacer una mueca, se llenó de alegría y me escrutó con fruición. Yo sabía también esto. No era un tipo como para liarse con una niña.
       —Usted que lo sabe todo de este hotel —dije—, cuénteme del escándalo de ayer. ¿Conoce a la chica?
       Me escrutó de nuevo y movió la cabeza.
       —Conozco al padre —declaró—, un hombre duro. Voluntad de hierro. Una especie de búfalo. Construye motocicletas y anda por la fábrica en mono.
       —He visto a la madre.
       —No conozco a la madre. Buena gente. Pero la hija está loca.
       —¿Loca perdida?
       Morelli se ensombreció.
       —Quien lo ha intentado una vez vuelve a caer.
       —¿Qué dice la gente?
       —No lo sé —contestó—. Esas conversaciones no las escucho. Son como las historias de la época de guerra. Puede haber de todo. Puede ser un hombre, un disgusto, una obsesión. Pero la verdadera causa es una sola.
       Se tocó la sien con el dedo. Volvió a sonreír, con los ojos. Extendió la mano a las naranjas y me dijo:
       —Siempre la he visto comer fruta, Clelia. Esa es la auténtica juventud. Deje las flores para los romanos.
       El tipo calvo de la historieta le gruñó algo al camarero, tiró la servilleta y se marchó, gordo y solemne. Nos hizo una inclinación. Yo me reí en su cara; Morelli, impasible, le hizo un gesto con la mano.
       —El hombre es el único animal —observó— que gana cuando va vestido.
       Cuando llegó el café aún no me había preguntado qué hacía en Turín. Probablemente lo sabía y no había necesidad de decírselo. Pero tampoco me preguntó si me quedaba poco o mucho. Eso me gusta en la gente. Que dejen vivir.
       —¿Quiere salir esta noche? —me dijo—. Turín de noche.
       —Primero debo echar una ojeada a Turín de día. Deje que me organice. ¿Usted está en este hotel?
       —¿Por qué no viene a mi casa?
       Tenía que decírmelo. Dejé caer la propuesta como si se tratara de un precio absurdo. Le dije que, si acaso, pasara a recogerme a las nueve. Él repitió:
       —Puedo hospedarla en mi casa.
       —Tonto —le dije—, no somos unos críos. Iré a hacerle una visita un día.
       Esa tarde me fui por ahí por mi cuenta, y él por la noche me acompañó a un baile de máscaras.



3

      Al volver, al atardecer, Morelli, que me esperaba en el salón, observó que había salido con abrigo de entretiempo, sin las pieles. Lo hice subir y, mientras me arreglaba, le pregunté si se pasaba el día en el hotel.
       —La noche la paso en casa —me dijo.
       —¿De veras? —Hablaba en el espejo, dándole la espalda—. ¿Por sus tierras no pasa nunca?
       —Paso en tren cuando voy a Génova. Mi mujer vive allí. Para ciertos sacrificios no hay como las mujeres.
       —¿También las casadas? —rezongué.
       Oí que reía.
       —No solo ellas. —Suspiró—. Me da pena que usted, Clelia, ande por ahí vestida con un mono, vigilando a los albañiles… Además, ese sitio de via Po no me gusta. ¿Qué se creen que venden?
       —Turín es una auténtica portería —dije.
       —Las ciudades envejecen, como las mujeres…
       —Para mí no tiene más de treinta años. Treinta y cuatro, vamos… Pero via Po no la escogí yo. La escogieron en Roma.
       —Ya se ve.
       Nos marchamos. Me agradó que Morelli, que lo entendía todo, no entendiese por qué aquel día había salido con abrigo. Lo pensaba mientras subíamos al taxi, y lo pensé después. Creo que en aquella barahúnda del baile de máscaras, cuando a fuerza de jerez, kümmel y presentaciones me vi llevada a sentirme excitada e infeliz, se lo dije. En vez de ir a via Po, había ido a la peluquería. Una peluquería pequeña, a dos pasos del hotel, y mientras me secaba el pelo, oía la voz aguda de la manicura contar tras la mampara de cristales cómo esa mañana la había despertado el olor de la leche vertida sobre el gas. «Qué asco. Ni el gato lo soporta. Esta noche me toca fregar el hornillo». Me bastó esto para ver una cocina con una cama deshecha, los cristales sucios en el balcón, las escaleras oscuras, como excavadas en los muros. Al salir de la peluquería solo pensaba en el viejo patio, y regresé al hotel, dejé las pieles y me puse el abrigo de entretiempo. Tenía que volver a aquella via della Basilica, y a lo mejor alguien podía reconocerme; no quería tener pinta de soberbia.
       Había ido; primero había dado una vuelta por los parajes. Conocía las casas, conocía los comercios. Fingía detenerme a mirar los escaparates, pero en realidad vacilaba, me parecía imposible haber sido niña por aquellas esquinas y al tiempo sentía como miedo de ya no ser yo misma. El barrio estaba mucho más sucio de como yo lo recordaba. Bajo los soportales de la plazuela vi la tienda de la vieja herborista; había ahora un hombrecillo flacucho, pero los saquitos de semillas y los manojos de hierba seguían siendo los mismos. Desde allí, en las tardes de verano llegaba un perfume intenso, de campo y de especias. Algo más lejos, las bombas habían desmantelado una calleja. ¿Qué habría sido de Carlotta, de las chicas, del Largo? ¿De los hijos de Pia? Si las bombas hubieran convertido aquel barrio en una sola explanada habría sido menos difícil pasear con los recuerdos. Me metí por la callejuela prohibida, pasé ante las puertas de baldosas. Cuántas veces habíamos escapado a la carrera delante de aquellas puertas. Aquella tarde que había mirado a la cara a un soldado que salía de allí con aire sombrío, ¿cómo había sido? Y cuando había llegado la edad en que me habría atrevido a hablar de eso y cuando, más que miedo, aquel lugar me dio rabia y asco, entonces ya iba al taller en otro lugar y tenía amigos y sabía por qué trabajaba.
       Había llegado a la via della Basilica y no tuve valor. Pasé por delante de aquel patio, alcé los ojos, entreví la bóveda baja y los balcones. Estaba ya en la via Milano. Imposible volver. El colchonero me miraba desde la puerta.
       Algo le dije, de todo esto, a Morelli, en el clímax del baile cuando era casi de madrugada y, derrengados, bebíamos y hablábamos para aguantar un poco más. Decía:
       —Morelli, esta gente que baila y se emborracha, ha nacido de pie. Han tenido criados, nodrizas, sirvientes. Han tenido veraneos, favores. ¡Bonita fuerza! ¿Cuál de ellos habría sabido llegar de la nada, desde un patio que es un agujero, hasta este baile, de máscaras?
       Y Morelli me daba palmaditas en el brazo y me decía:
       —Ánimo. Hemos llegado. Y si es necesario llegaremos hasta casa.
       —Es fácil —decía yo— para las hijas de familia y sus madres vestirse como van vestidas. No tienen más que pedir. Ni siquiera tienen que ponerle los cuernos al amigo. Palabra que prefiero vestir a las putas auténticas. Ellas al menos saben lo que es trabajar.
       —¿Se visten también las putas? —decía Morelli.
       Habíamos cenado y bailado. Habíamos conocido a mucha gente. Morelli tenía siempre alguien detrás que le gritaba: «Luego nos vemos». Alguna cara y algún nombre los reconocí. Eran gente que en Roma había pasado por nuestro salón de prueba. Reconocí algún vestido, un traje largo bordado de una condesa cuyo maniquí teníamos en la casa. Yo misma lo había expedido el día anterior. Una señora bajita con volantes me lanzó hasta una sonrisa; se volvió su acompañante; lo reconocí también a él; se habían casado el año anterior en Roma. Se contorsionó en un gesto de saludo —era un diplomático alto y rubio—, luego sufrió un tirón; supongo que su mujer lo llamaba al orden recordándole que era la modista. Fue así como empezó a hervirme la sangre. Luego hubo una colecta para los pobres ciegos. Un señor de esmoquin con un gorro rojo de papel soltó un discurso con chistes sobre los ciegos y los sordos, y dos señoras con los ojos vendados corrieron por la sala, agarrando a los hombres, que pagaban un tanto y luego podían besarlas. Morelli pagó. Después la orquesta volvió a tocar y algún corrillo empezó a armar follón, a cantar y a perseguirse. Morelli volvió a la mesa con una gruesa dama vestida de lamé rosa —la panza de un pez— y un jovencito y una señora más fresca que entonces acababan de bailar y se dejaron caer en peso sobre el diván. Enseguida el hombre dio un salto.
       —Mi amiga Clelia Oitana —decía Morelli.
       La señora gorda se sentó y me miró abanicándose. La segunda, enfundada en violeta ceñido y escotado, me había registrado ya de arriba abajo con los ojos y sonrió a Morelli, que le encendió el cigarrillo.
       No recuerdo qué dijeron al principio. Yo no le quitaba ojo a la sonrisa de la joven. Tenía aspecto de haberme conocido de siempre, de tomarnos el pelo a Morelli y a mí, a todos, y sin embargo ahora solo miraba su humo. La otra reía y parloteaba de bobadas. El jovencito me invitó a bailar. Bailamos. Se llamaba Fefé. Me dijo algo de Roma, trató de pegarse y de estrecharme contra él, me preguntó si Morelli era mi caballero. Le dije que yo no era un caballo. Entonces, riendo, se apretó más aún. Debía de haber bebido más que yo.
       Cuando regresamos solo estaba la señora gorda, y seguía abanicándose. Morelli andaba por allí. La panza de pez envió al jovencito, irritado, a buscar algo, luego me palmeó la rodilla con su mano pequeña y me miró, maliciosa. De nuevo me hirvió la sangre.
       —¿Usted estaba en el hotel —bisbiseó— cuando la pobre Rosetta Mola se sintió mal ayer por la noche?
       —¡Oh! ¿La conoce? ¿Cómo está? —dije enseguida.
       —Se dice que fuera de peligro. —Y meneó la cabeza y suspiró—. Y dígame, ¿durmió de veras en ese hotel? Qué chiquilladas. ¿Estuvo encerrada todo el día? ¿De verdad estaba sola?
       Los ojos grandes y vivarachos penetraban como dos agujas. Quería contenerse y no lo conseguía.
       —… Imagínese que nosotros la vimos la misma noche del baile. Parecía tranquila… Una gente tan distinguida. Bailó mucho.
       Vi a Morelli acercarse.
       —… Y, dígame, ¿la ha visto, después? Estaba aún vestida de noche, dicen.
       Farfullé algo, que no había visto nada. Había un proceder furtivo en el tono de la vieja que me indujo a callar. Aunque solo fuera por despecho. Llegaban todos, Morelli, la morena de violeta, el antipático de Fefé. Pero la vieja, desencajando los ojos vivarachos y grandes, dijo en cambio:
       —Pues esperaba que la hubiese visto… Conozco a los suyos… Qué desgracia. Quererse matar. Qué día ha pasado… Lo que es cierto es que no debía de estar rezando sus oraciones en aquella cama.
       La morena fumaba acurrucada en el diván y me dijo mirándonos burlona:
       —Adele ve sexo por todas partes. —Aspiró la bocanada—. Pero ya no está de moda… Solo las criadas o las modistillas quieren matarse tras una noche de amor…
       —Una noche y un día —dijo Fefé.
       —Bobadas. No habrían bastado tres meses… Para mí que estaba trompa y se equivocó en la dosis.
       —Probable —dijo Morelli—. Más aún, es seguro. —Se inclinó ante la regordeta. Más que abrazarla le tocó el hombro, y se marcharon, él bromeando, la vieja saltando.
       La morena se volvió entre el humo, me echó una ojeada y alabó la fantasía de mi traje. Dijo que en Roma era más fácil vestirse. Y añadió:
       —Hay otra sociedad. Es más exclusiva. ¿Se lo ha hecho usted?
       Me lo preguntó así, con aquella pinta descontenta y burlona.
       —No tengo tiempo de hacerme los vestidos —salté—. Estoy siempre ocupada.
       —¿Ve a gente? —me dijo—. ¿Ve a este? ¿Ve a aquel? —No acababa nunca de soltar nombres.
       —Este y aquel —le dije— no pagan de día las deudas que contraen de noche. La tal —le dije—, cuando le vencen demasiadas facturas, desaparece y se va a Capri.
       —Estupendo —gritó la morena—, qué simpáticos.
       La llamaron entre la multitud, alguien había llegado, ella se levantó, apagó el cigarrillo y salió corriendo.
       Me quedé sola con Fefé, que me miraba aturullado. Le dije:
       —Tiene usted sed, joven. ¿Por qué no se da una vuelta?
       Me había explicado ya que su sistema para beber era dar una vuelta por las distintas mesas, reconocer a alguien en cada una y aceptar una copa. «Se mezcla el alcohol, pero paciencia —decía riéndose—. Al bailar se bate el cóctel».
       Lo despaché. Volvió Morelli y me lanzó su débil sonrisa.
       —¿Le gustaron las damas? —me dijo.
       Fue entonces cuando advertí que no me importaba gran cosa la fiesta, y empecé a desahogarme con él.



4

      Pero antes de dejarme, esa noche, Morelli me dijo algo. Me dijo que yo tenía prejuicios —uno solo, pero gordo—, creía que trabajar y abrirse camino, o incluso el simple hecho de trabajar para vivir, valía las cualidades —alguna idiota, de acuerdo— de la gente de buena cuna. Me dijo que al hablar con resentimiento de ciertas fortunas, tenía aspecto de irritarme con el mismo placer de vivir.
       —En el fondo, Clelia —me dijo—, usted no vería con buenos ojos ni siquiera un premio en las apuestas de caballos.
       —¿Por qué no? —le dije.
       —Porque sería lo mismo que nacer en buena cuna. Sería una casualidad, un privilegio…
       No respondí, estaba cansada, le tiré del brazo.
       Morelli dijo:
       —¿En serio hay esa gran diferencia entre no hacer nada porque uno es demasiado rico y no hacer nada porque es demasiado pobre?
       —Pero alguien que llegue por sí solo…
       —Eso es —dijo Morelli—, llegar. Un programa deportivo. —Torció apenas la boca—. El deporte significa renunciar y morir pronto. ¿Por qué, si alguien puede, no debería pararse en el camino y disfrutar del día? ¿Es necesario siempre haber padecido y salir de un agujero?
       Yo no respondía y le tiraba del brazo.
       —Usted odia el placer de los otros, Clelia, este es el hecho. Y hace mal. Se odia a sí misma. ¡Y pensar que ha nacido con clase! Difunda alegría a su alrededor, relaje el ceño. El placer de los otros es también suyo…
       Al día siguiente fui a via Po, sin anunciarme, sin telefonear a los contratistas. No sabían que estaba ya en Turín; quería tener una impresión clara de lo que estaba hecho y cómo se había hecho. Cuando entré en la larga calle y vi al fondo la colina con retazos de nieve y la iglesia de la Gran Madre, recordé que era carnaval. También aquí, puestos de turrón, de trompetas, máscaras y serpentinas llenaban las arcadas de los soportales. Era muy de mañana, pero ya la gente hormigueaba hacia la plaza del fondo, donde están los barracones.
       La calle era aún más ancha de lo que recordaba. La guerra había abierto un hoyo terrible, despanzurrando tres o cuatro edificios. Parecía una plaza, una hondonada de tierra y piedras, donde crecía algún matojo de hierbas, y hacía pensar en el camposanto. Nuestra tienda estaba aquí, al borde del vacío, blanca de cal y sin revestimiento, en construcción.
       Encontré a dos decoradores, sentados en el suelo, con un gorrito blanco de papel. Uno disolvía albayalde en un bidón; otro se lavaba las manos en una pileta improvisada, sucia de cal. Me miraron entrar sin inmutarse. El segundo tenía un cigarrillo encajado en la oreja.
       —El aparejador —dijeron— no viene a estas horas.
       —¿Cuándo viene?
       —No viene antes de la tarde. Tiene un trabajo en la Madonna di Campagna.
       Pregunté si eran ellos toda la cuadrilla. Me miraron las caderas con cierto interés, sin levantar demasiado la vista.
       Di una patadita.
       —¿Quién de vosotros es el jefe?
       —Estaba aquí —dijo el primero—. Estará en la plaza. —Volvió a mirar en el bidón—. Vete a llamar a Becuccio.
       Becuccio llegó, un joven con un jersey y pantalones militares. Comprendió al punto la cosa, era despierto. Gritó a aquellos dos que acabaran con el pavimento. Me acompañó por las salas, me explicó el trabajo realizado. Me dijo que habían perdido tiempo porque estaban esperando hacía días a los electricistas, era inútil terminar con los anaqueles si no se sabía por dónde pasaban los cables. El aparejador los quería tapados; Industria aconsejaba que no. Mientras hablaba, yo lo miraba; era grueso, con el pelo rizado, enseñaba los dientes al sonreír. Llevaba en la muñeca un brazal de cuero.
       —¿Desde dónde se puede telefonear al aparejador?
       —Yo me ocupo —dijo enseguida.
       Llevaba mi abrigo de entretiempo, no las pieles. Cruzamos via Po. Me llevó a un café donde la cajera lo acogió con una sonrisa evidente. Cuando contestaron al teléfono, me dio el receptor. La voz gruesa y gruñona del aparejador se suavizó enseguida cuando dije quién era. Se quejó que de Roma no le habían contestado a una carta, sacó a colación incluso las licencias municipales; lo corté en seco y le dije que viniera dentro de media hora. Becuccio sonrió y me sostuvo la puerta.
       Pasé todo el día entre olor a cal. Revisé los proyectos y las cartas que el aparejador sacó de un carterón de piel. Con dos cajas, Becuccio nos había hecho una salita en el primer piso. Tomé nota de los trabajos inminentes, calculé los plazos, hablé con el hombre de las instalaciones. Se había perdido más de un mes.
       —Mientras dure el carnaval… —decía el aparejador.
       Lo interrumpí. A finales de mes queríamos la tienda.
       Repasamos los plazos. Primero había interrogado a Becuccio y me había hecho mi idea. También me había puesto de acuerdo con el de las instalaciones. El aparejador tuvo que comprometerse.
       Entre una discusión y otra deambulaba por las habitaciones vacías, donde ahora los pintores trabajaban de pie. Había aparecido otro par por el patio. Bajaba y subía una fría escalera sin pasamanos, atestada de escobas y botes, y el olor de la cal —un olor vivo, de montaña— se me subía a la cabeza, casi como si este fuera un edificio propio. Por una ventana vacía del entresuelo vislumbré via Po, festiva y rebosante a esa hora. Era casi el crepúsculo. Recordé el ventanuco de mi primer taller, desde el cual espiábamos el atardecer dando las últimas puntadas, con ansia de que llegase la hora y salir fuera, felices. «El mundo es grande», me dije en voz alta, sin saber bien por qué. Becuccio esperaba discreto en la sombra.
       Tenía hambre. Estaba cansada del baile del día anterior y Morelli probablemente me estaba esperando en el hotel.
       Sin decir nada para el día siguiente, me marché. Pasé media hora entre la multitud. No me dirigí hacia la piazza Vittorio, fragorosa de orquestas y tiovivos. El carnaval me ha gustado siempre olfatearlo en las callejuelas y en la penumbra. Me acordé de muchas fiestas romanas, de muchas cosas enterradas, de muchas tonterías. De todo eso no quedaba sino Maurizio, aquel loco de Maurizio, un equilibrio y aquella paz. Quedaba que estaba callejeando así, dueña de mí, dueña de vagar por Turín y de pararme y de disponer para el mañana.
       Advertí, caminando, que evocaba aquella tarde de hacía diecisiete años cuando había dejado Turín, cuando había decidido que una persona puede amar a otra más que a sí misma, y sin embargo yo sabía que lo único que quería era salir de allí, poner los pies en el mundo, y me era menester aquella excusa, aquel pretexto, para dar el paso. La tontería, la alegre inconsciencia de Guido cuando había creído que me llevaría consigo y me mantendría. Yo lo sabía todo ya desde el principio. Lo dejé hacer, intentarlo, debatirse. Hasta lo ayudaba, salía antes del trabajo para hacerle compañía. Esos eran mi enfado y mi mal talante, que decía Morelli. Me había reído y había hecho reír tres meses a mi Guido. ¿Había servido de algo? Ni siquiera había sido capaz de dejarme plantada. No se puede amar a otro más que a sí mismo. A quien no se salva por sí solo, no lo salva nadie.
       Pero —y en eso a Morelli no le faltaba razón—, a pesar de todo, me sentía obligada a agradecer aquellos días. Estuviera donde estuviese, vivo o muerto, le debía a Guido mi suerte y él ni siquiera lo sabía. Me había reído con sus frases disparatadas, con aquel modo que tenía de arrodillarse en la alfombra y darme las gracias por ser toda para él y por quererlo, y yo le decía:
       —No lo hago adrede.
       Él dijo una vez:
       —Los favores más grandes se hacen sin saberlo.
       —Tú no los mereces.
       —Nadie merece nada —me había respondido.
       Diecisiete años. Me quedaban por lo menos otros tantos. Ya no era joven y sabía lo que un hombre —incluso el mejor— puede valer. Volví a andar entre los soportales y miré los escaparates.



5

      Por la tarde, Morelli me llevó a un salón. Me sorprendió encontrar allí a muchos jóvenes, siempre se dice que Turín es una ciudad de gente vieja. Es cierto que chicos y chicas hacían rancho aparte, como si fueran críos, y los mayores, sentados en torno a un sofá, escuchábamos a una vieja pelma, con cinta al cuello y chal de terciopelo, contar no sé qué historia de un coche y del barrio de Mirafiori, donde estaba la Fiat. Todos callaban ante la vieja, alguien fumaba como a escondidas. La vocecita irritada se detenía cuando entraba alguien, dejaba que se intercambiaran saludos y a la primera pausa reanudaba el discurso. Morelli, con las piernas cruzadas, escuchaba atentísimo, y algún que otro señor clavaba la mirada ceñuda en la alfombra. Pero poco a poco me fui dando cuenta de que no era necesario hacerle caso a la vieja. Nadie pensaba en responderle. De medio lado en su silla, alguna mujer parloteaba en voz baja, o se levantaba y hablaba con otros a través de la sala.
       La sala era bonita, con arañas de lágrimas, y un suelo de mármoles de colores que fuera de la alfombra se sentía bajo los pies. Estaba encendida la chimenea, al lado del sofá. Yo, sin moverme, miraba las paredes, las telas, las bomboneras. Había demasiadas, pero toda la habitación era así, como una arqueta, y los cortinajes tapaban las ventanas. Sentí que me tocaban en el hombro, me llamaban por mi nombre, y me encontré delante de la hija de la dueña de la casa, larga y alegre. Intercambió conmigo unas frases y después me preguntó si conocía a este y a aquel.
       En voz baja respondí que no.
       —Sabemos que viene de Roma —gritó riendo en el repentino silencio—, pero ayer por la noche conoció a una amiga mía. ¿Por qué lo niega?
       —¿A qué amiga?
       Las dos del baile de máscaras, lo había comprendido. Pero las intromisiones me fastidian.
       —¿No conoció tampoco a Fefé?
       —Me pregunto cómo ha podido recordarlo él. Estaba borracho como una cuba.
       Esta respuesta la conquistó. Tuve que levantarme y seguirla al corrillo de los jóvenes, en el umbral de la sala. Me dijo nombres, Pupé, Carletto, Teresina. Me dieron la mano serios, serios o molestos, y esperaban que alguien hablara. La profusión de palabras con que la rubia me había arrancado del sofá no impidió que me sintiera también allí como una intrusa, y sin embargo sabía desde hacía tiempo que en estos casos siempre hay quien está peor. En mi interior maldije a Morelli y me sentí con el ánimo por los suelos: volví a ver la vida de Roma, volví a ver el baile y mi cara en el espejo esa mañana. Me consolé con la via della Basilica y con que en el mundo podía estar sola, y que a fin de cuentas aquella era gente a la que no volvería a ver.
       La misma rubia me miraba aturdida y, me pareció, desilusionada. Luego dijo:
       —Vamos, díganse algo.
       Para tener veinte años y tantas ganas de reír, no era gran cosa. Pero no conocía yo a Mariella y su tenacidad —era nieta de la vieja del sofá—. Miró a su alrededor y exclamó:
       —¿Dónde está Loris? Buscad a Loris. Quiero ahora mismo aquí a Loris. —Alguien fue a buscar a Loris. Los otros siguieron hablando, una arrodillada junto a una silla, otras sentadas; un jovencito con barba de mosca dominaba el cotarro y defendía de las chicas a cierto amigo ausente, un tal Pegi, que aquel invierno había paleado la nieve en las avenidas —por comprometerse, decía él, por excentricidad, decían ellas.
       «¿Comprometerse, qué significa?», pensaba, cuando llegó Loris, con la cabeza baja. Llevaba al cuello una chalina negra, era pintor. Me entró la sospecha de que toda su importancia entre aquella gente procedía de la chalina y de las cejas peludas. Miraba mal, como un toro.
       Esbozó una breve sonrisa. Mariella se derrumbó sobre una silla y nos dijo:
       —Vamos, vamos, hablemos de los trajes.
       Cuando al fin comprendí de qué se trataba —una chica que chillaba con más fuerza que los demás se puso a explicármelo— hice como si nada y sonreí impasible. Ahora hablaban Mariella y los otros.
       —Sin trajes y sin decorados no se puede.
       —Payasadas. Entonces es preferible la Carmen.
       —Mejor será que hagamos un baile de disfraces.
       —La palabra poética debe resonar en el vacío.
       —Pero ¿quién de vosotros la ha leído?
       Eché una ojeada al otro lado de la sala donde la vieja, irritada, hablaba y hablaba a su círculo de gente y los señores, en el reflejo de la chimenea, miraban fijamente la alfombra, las mujeres se agitaban y entre las manos habían aparecido las primeras tazas de té.
       Entre nosotros, Loris dijo despacio:
       —No se trata de imitar el viejo teatro. No somos tan civilizados. Se trata de dar la palabra desnuda de un texto, pero sin puesta en escena no podemos porque también ahora en esta habitación, vestidos así, entre estas paredes, formamos parte de una puesta en escena, que debemos aceptar o rechazar. Cualquier ambiente es puesta en escena. Hasta la luz…
       —Pues entonces representémosla a oscuras —chilló una muchacha.
       Mientras Loris hablaba de aquel modo, Mariella se levantó y escapó a vigilar el servicio, luego llamó a las chicas. Me quedé sola con unos cuantos y con aquel Loris que ahora callaba y sonreía disgustado.
       —Hay algo en esa idea de la oscuridad —dijo uno.
       Miramos a Loris que miraba al suelo.
       —Tonterías —dijo una señora bajita que estaba sentada, enfundada en un traje de raso que valía más que muchas palabras—, uno va al teatro a ver. ¿Dais o no dais un espectáculo? —Tenía unos ojillos libidinosos que reían frente a los muchachos.
       El pintor no se dignó atender a aquel razonamiento y cambiando de expresión dijo groseramente que no quería té, que quería una copa. Entretanto llegaban las tazas hasta nosotros, y Mariella dejó una botella de coñac sobre la chimenea. Me preguntó si habíamos resuelto algo.
       —¿Tenía que resolver algo? —dije—. No lo sabía.
       Mariella gritó:
       —Pero debe usted ayudarnos. Usted entiende de modas.
       Un movimiento general del sofá señaló que algo ocurría. Todos se levantaban, abrían paso, Mariella corrió hacia allá. La vieja se marchaba. No oí lo que dijo, pero una guapa camarera la cogió del brazo, ella golpeó el suelo con el bastón, miró a su alrededor con esfuerzo, con sus ojos vivos, y entre inclinaciones se marcharon las dos, despacio, a saltitos.
       —La abuela quiere que tengamos abiertas las puertas, así nos oye desde la cama —dijo Mariella volviendo tan pimpante—, quiere oír los discos, la conversación, la gente. Está tan enamorada de nuestros amigos…
       En la primera ocasión, bloqueé a Morelli en un rinconcito y le pregunté cuál era su idea.
       —¿Ya de morros? —dijo él.
       —Menos que usted, que se ha tragado a la vieja. De todos modos.
       —No hable mal de la vieja —observó Morelli—. Doñas Clementinas se ven pocas. Han muerto hace tiempo. ¿Sabe que doña Clementina es hija de una portera? Fue actriz, bailarina, mantenida, y de los tres hijos que tuvo con el viejo conde, uno se marchó a América, el otro es arzobispo… Por no hablar de las hijas…
       —Pobrecilla. ¿Y por qué no se retira al campo?
       —Pues porque es ingeniosa. Porque le gusta mandar en su casa. Clelia, debería usted conocerla.
       —Es tan vieja… Da miedo.
       —Por eso hay que conocerla. Si tiene miedo de los viejos, tiene miedo de vivir.
       —Creía que me había traído a conocer a los otros.
       Morelli miró en la sala los grupitos sentados, las parejas que confabulaban al fondo.
       Hizo una mueca y rezongó:
       —¿Se bebe ya?



6

      Esa tarde no se volvió a hablar de la puesta en escena. Veía revolotear la chalina negra de Loris, pero me mantenía lejos, y también Mariella debió de haberlo comprendido, porque me llevó al círculo de ciertas señoras donde estaba su madre y nos hizo hablar de modas. ¿Creía darme gusto? Volvió sobre el tema de su amiga del baile, dijo que habría querido ir ella también, pero que se sentía aún demasiado joven. Me vino a la mente la camilla y el vestido de tul.
       —Oh, podías haber ido —dijo la bajita enfundada en raso—, nadie se propasó. Conozco a gente que a media fiesta cambió de local para divertirse.
       —¿Bailar un rato en la oscuridad? —dijo Mariella riendo burlona.
       —De veras —dijo otra.
       —Un pequeño baile a oscuras —terminó Mariella, mirando a su alrededor. Las señoras sonrieron, escandalizadas y contentas. No era nada boba Mariella, era ella la que llevaba el salón, y había nacido entre aquellas conversaciones. Me pregunté si habría sabido abrirse camino empezando desde abajo como la abuela había hecho en su juventud. Me vino a la memoria el razonamiento de Morelli y me detuve.
       Precisamente hablamos de Morelli y de la vida que llevaba. Con Roma y las villas romanas y algún nombre sonoro dicho oportunamente dejé calladas a las más desdeñosas del corro. Di a entender que Morelli era como de la familia en ciertas casas, y que Roma es la única ciudad de la que no es necesario salir. Son los otros los que vienen a Roma. Mariella aplaudió y dijo que se divertía mucho y que un día pasaría por Roma. Una de ellas mencionó el Año Santo.
       —Esos desgraciados. ¿Qué hacen? —dijo de pronto Mariella—. ¿No los oyen?
       Así se disolvió nuestra tertulia y los distintos grupos se confundieron en torno a la negra chalina de Loris, que discutía asaltado por tres o cuatro chicas. Como por jugar, él y los demás se habían bebido todo el coñac, y ahora estaban dando voces como toros sobre no sé qué asunto —si en la vida se es uno mismo o si se debe representar un papel—. Me asombró oír a una muchacha flaca —flequillo, labios gruesos y cigarrillo— gritar el nombre de la morena del baile de máscaras, Momina. «Lo ha dicho Momina, lo ha dicho Momina», decía. Cuando Mariella se metió en el grupo, y alrededor se habían congregado aquellos distinguidos señores, una voz insegura decía: «Quien hace el amor se quita la máscara. Se desnuda». Mientras Mariella se ocupaba de ellos, me volví hacia Morelli. Tenía un aire satisfecho, miraba como si llevara monóculo. Le dirigí una sonrisa de inteligencia y cuando estuvo a mi lado le pregunté en voz baja por qué no mandaban al jardín a los más amartelados.
       —Estarían al fresco y dejarían de molestar.
       —No se puede —dijo—. Si se han de decir obscenidades, las señoras y los dueños de la casa tienen que oírlas. Es más correcto.
       Le pregunté quiénes eran aquellos mozalbetes. Me dijo sus nombres, dio a entender que no todos eran gente como es debido, que la juventud se había corrompido y se corrompía —no soy clasista, pardiez—, pero después de la guerra, e incluso antes, ¿quién entendía ya nada? Según él, solo podíamos mezclarnos con la gente sabiendo bien quiénes éramos nosotros.
       —Y estos ahora ya no saben ni quiénes son ni qué quieren —dijo—. Ni siquiera se divierten. No saben conversar: gritan. Tienen los vicios de los viejos sin tener su experiencia…
       Yo pensaba en el traje de tul y estuve a punto de hablarle de ello, para preguntarle si había vuelto a oír algo de la chica. No lo hice, comprendí que en esas cosas era testarudo, que con todos sus modales tenía vello en el estómago, estaba canoso, envejecía. «Tienes la edad de mi padre —pensé—, sabes tantas cosas y no sabes nada. Él al menos se callaba y nos dejaba hacer a nosotras…».
       Morelli ahora discutía en el montón. Le estaba diciendo al de la barbita de mosca que aprendieran a tratar a las señoras en vez de discutir entre sí sobre imbecilidades, que aprendieran a vivir y acabaran de crecer, y el otro, claro, quería convencerlo y llevarlo a reconocer que en la vida todos representamos un papel. Nunca había visto a Morelli tan aburrido. Las señoras se divertían.
       Cogí al vuelo a Mariella, que sonreía con desenvoltura a un señor preocupado, y me la llevé aparte y le dije que nosotros —es decir, yo— quería despedirme y agradecerle la velada. Se asombró y me dijo que quería volver a verme, que quería hablarme de muchas cosas, convencerme de que hiciera algo para ellos y Momina ya le había dicho lo agradable que era.
       —No ha venido esta tarde —dije por decir algo.
       Mariella se animó y la disculpó. Dijo que habían hablado por teléfono, que Momina no sabía, que quería visitar a los Mola.
       —¿Sabe…? —y bajó la voz alzando los ojos.
       —Sí —dije—. ¿Cómo está Rosetta?
       Entonces Mariella cambió de color y, consternada, dijo que si conocía a Rosetta teníamos que hablar de ella; era una pobre chica a quien los suyos no entendían y le hacían la vida imposible, era fuerte y llena de sensibilidad, tenía absoluta necesidad de vida, de cosas, era muy madura para su edad y a ella ahora le daba miedo que su amistad no sobreviviera a aquella terrible experiencia.
       —Pero ella, la chica, ¿cómo está?
       —Sí, sí, se ha recuperado, pero no quiere vernos, no quiere ver a nadie. Pregunta solo por Momina y solo la ve a ella…
       —Si es solo eso… —dije—, con tal de que esté bien.
       —Claro, pero me temo que me odie…
       La miré. Aquella pequeña mueca consternada no era para mí.
       —Será la náusea del veronal —dije entonces—. Cuando se está mal del estómago, repugna ver a la gente…
       —Pero ve a Momina —replicó de pronto Mariella—, me da rabia.
       «Tienes que crecer, querida —pensé—, yo en tu lugar sabría dominarme mejor».
       —Rosetta no tomó el veronal para contrariarla —dije esto con una sonrisa y con cara de despedida. Mariella recobró enseguida su sonrisa y me tendió la mano.
       Me despedí de los que estaban más cerca. Dejé a Morelli en su corrillo entre la chalina y las mujercitas, y me marché. Fuera lloviznaba y cogí un tranvía en la avenida.



7

      No habían pasado dos días cuando, una mañana, Mariella me llamó por teléfono. Yo no había vuelto a ver a nadie y pasaba todo el tiempo en via Po. La voz de la muchacha reía, insistía, suspiraba con volubilidad. Quería que viera a sus amigos, que lo hiciera por ella, que los ayudara. ¿Podría ir esa tarde a su casa a tomar una taza de té? O, mejor, ¿querría pasar un momento por el estudio de Loris?
       —Así los animaremos —me dijo—. Si supiera lo simpáticos que son.
       Pasó a recogerme por via Po, vestida con un alegre chaquetón de piel al estilo cosaco. La casa estaba al otro lado del Po. Seguimos los soportales alrededor de la plaza y Mariella, apartándose, no echó ni una sola ojeada a los barracones. Yo pensaba en cómo unos cuantos días me habían alejado de Roma, en cómo en Turín me encontraba ya con los compromisos y las relaciones de alguien que siempre hubiera vivido allí. Hasta Maurizio, desde aquella mañana de mi llegada, no me había vuelto a mandar narcisos.
       Charlando, Mariella me contaba muchas cosas de la vida de Turín y de los comercios. Para haberlos visto siempre desde el lado del cliente, los conocía bien. Juzgar un comercio por el escaparate es difícil para quien no hace los escaparates. Mariella, en cambio, los entendía. Me hablaba de su abuela, que aún ahora era el terror de las modistas.
       Llegamos a lo alto de una escalera sucia y me desagradó. Habría querido continuar conversando. Mariella llamó.
       Todos los estudios de pintores son iguales. Reina el desorden de ciertas tiendas, pero hecho adrede y estudiado. No se sabe cuándo trabajan, parecen siempre descontentos de la luz. Encontramos a Loris sobre la cama deshecha —sin chalina esta vez— y la chica del flequillo nos abrió. Llevaba un abrigo raído y miró de mala manera a Mariella. Fumaba. También Loris fumaba, en pipa, y los dos recelosos. Mariella rió animada y dijo:
       —¿Dónde está mi taburete? —Loris no se movió de la cama.
       Nos sentamos con aire festivo. Mariella empezó con su cháchara, pidió noticias, se asombró, fue a la ventana. Loris, sombrío, taciturno, apenas contestaba. La otra, la delgada, que se llamaba Nene, me estudiaba. Era una extraña chica de labios gruesos que podía tener unos veinticinco años. Fumaba con gestos impacientes y se mordía las uñas. Sonreía bien, como una niña, pero sus prontos resultaban incómodos. Estaba claro que, en su fuero interno, tenía a Mariella por tonta.
       Lo que pasó ya me lo esperaba. Empezaron a hablar de sus asuntos, de gente que yo no conocía, de la historia de un cuadro que se había vendido antes de estar acabado, pero luego el pintor se había dado cuenta de que ya estaba hecho del todo y no quería tocarlo más y el cliente lo quería acabado de veras, y el otro no quería saber nada y no había manera. La tal Nene se acaloró y se indignó y se agitaba, mordía el cigarrillo, le quitaba la palabra de la boca a Mariella. Yo comprendo que, según el oficio que tiene, la gente hable; pero nadie como los pintores y todos esos que se oyen discutir en fondas y mesones. Lo entendería si dijeran los pinceles, los colores, el aguarrás —las cosas que utilizan—; pero no, esa gente habla de manera enrevesada solo por gusto; y sucede que de ciertas palabras nadie sabe el sentido, y siempre hay otro que en un momento dado se pone a discutir, dice que no quiere decir esto, cambia todo. Son palabras como las de los periódicos cuando hablan de cuadros. Yo me esperaba que también Nene exageraría. Y en cambio, no. Charlaba con ligereza y rabia, pero no perdía aquel aire de niña; le explicaba a Mariella que nunca es demasiado pronto para dejar de pintar un cuadro. Se tuteaban. Loris callaba, chupando la pipa. Mariella, a quien no le importaban nada los cuadros, se salió del tema en un momento dado. ¿Por qué no discutíamos la puesta en escena? Loris se revolvió en la cama, Nene nos miró a las dos con mala cara. Ella misma se dio cuenta y se echó a reír. Me sorprendió su risa fresca, como ríen las dependientas, como yo misma río algunas veces.
       —Pero se ha ido todo a pique —dijo Nene—. Después de la historia de Rosetta, no se puede poner en escena un suicidio…
       —Bobadas —gritó Mariella—, ¿quién había pensado en eso?
       Nene de nuevo nos miraba, provocadora y feliz.
       —Son historias de mujeres —dijo Loris con tono despectivo—, les interesa a los dueños de la casa. Por mí, ya os podéis figurar. Pero tenemos que vérnoslas con las Martelli, con gente que paga. Yo no sé qué hizo Rosetta… E incluso me gusta esa fantasía de la realidad, por la cual las situaciones del arte pierden altura y se convierten en vida. No me interesa dónde empieza el caso personal… Pero sería demasiado hermoso si de veras Rosetta hubiera obrado por sugestión… En cualquier caso, a las Martelli no les parece bien.
       —¿Qué tiene que ver eso? —dijo Mariella—. El arte es otra cosa…
       —¿Estáis seguras? —razonaba Loris—. Es otro modo de verlo, si queréis, pero no es algo distinto. Por mí, quisiera poner en escena justamente el hecho de la sugestión dramática, estoy seguro de que sería fantástico… un papier collé de crónica teatral… considerar esos trajes que lleváis, esta habitación, esta cama, como el atrezo del teatro de María Magdalena… Un teatro existencial… ¿Se dice así?
       Me miraba a mí, precisamente a mí, desde aquella cama, con sus ojos peludos. No puedo soportar a los cuentistas y ya estaba a punto de soltarle un par de cosas cuando Nene intervino, como si fuera lo más natural:
       —Si Rosetta hubiera muerto de veras, se podría hacer. Un hommage à Rosette
       Mariella dijo:
       —¿Y quién no quiere?
       —Momina —respondió la otra—. Las Martelli, el presidente, Carla y Mizi. Era amiga de Momina.
       —Esa estúpida debía haber palmado, habría sido mejor —rezongó Mariella.
       Estoy acostumbrada a oír, en nuestra tienda, escándalos y chismorreos de toda Roma, pero este altercado entre amigas porque una tercera no había conseguido quitarse de en medio, me impresionó. Casi, casi pensé que la representación había empezado ya, y que todo se desarrollaba de un modo ficticio, igual que en un teatro, como quería Loris. Al llegar a Turín había entrado en el escenario, y ahora yo también estaba representando. «Es carnaval —me decía a mí misma—, ya verás como en Turín todos los años gastan estas bromas».
       —Por mí… —dijo Loris mordiendo de nuevo la pipa—. Poneos de acuerdo vosotras.
       Yo estudiaba el flequillo y los labios gruesos de Nene, aquel abrigo desteñido. La gente vive de forma rara. Al oírlos hablar de su oficio y del derecho que tenían a vender el género no terminado estaba claro que más que el dinero defendían su arrogancia. «Tú pasas hambre, amiga mía —quería decirle—, y vienes con tanto cuento. ¿Dónde duermes de noche? ¿Te mantiene alguien? Mariella no pinta cuadros, nació en buena cuna y tiene abrigo de pieles». Se habían puesto a pelearse otra vez sobre la obra de teatro y decían que ya no había tiempo de encontrar otra, y que bueno, que por este año ya no se haría nada.
       —¡Esa estúpida! —decía Mariella.
       —Leamos un acto único, sin acción y sin decorado —decía Nene.
       Y entonces se metía Loris, las miraba con disgusto, como locas que eran, y decía:
       —Está bien. Pero entonces no me vengáis a buscar a mí.
       Volví a fijarme en un cuadro sin marco que estaba apoyado en el suelo bajo la ventana. Parecía sucio, sin acabar; desde que había llegado me preguntaba qué sería. No quería llamar la atención para que Mariella no dijera: «Vamos, enséñale los cuadros». Pero aquel lío de colores violetas y negruzcos me fascinaba; no quería mirarlo y una y otra vez volvía a él, pensaba que era como toda la habitación y la cara de Loris.
       Dije algo. Pregunté para cuándo era la representación.
       —¿Quién sabe? —dijo Nene—. Nadie ha puesto un céntimo hasta ahora.
       —¿No tienen quien pague?
       —Quien paga —dijo Mariella con malicia— pretende imponernos sus gustos también a nosotros. Por eso…
       Loris dijo:
       —Estaría encantado si alguien me impusiera un gusto… Pero ya no se encuentra a nadie que tenga un gusto. No saben lo que quieren…
       Mariella rió, dentro de sus pieles. Nene, agitándose, dijo:
       —Hay demasiadas Martelli y demasiadas Mizi en esta historia. Demasiadas féminas histéricas… Momina…
       —Esa exagera —dijo Mariella.
       —Momina sabe lo que quiere. Dejadla hacer.
       —¿Y entonces quién viene a oírnos? —dijo seca Mariella—. ¿Quién representa? ¿Las féminas histéricas?
       —Representar queda excluido. Basta leer.
       —Cuentos —dijo Loris—, queríamos dar color a un ambiente…
       Siguieron así un buen rato. Estaba claro que al pintor le apetecía manchar telones para sacar algo. Y que a Mariella le apetecía hacer de actriz. Solo Nene no tenía pretensiones, aunque algo había debajo, también en su caso.
       Fue entonces cuando llegó Momina.



8

      Entró con aquella pinta descontenta de ama y señora que era la suya. Sus guantes valían solos tanto como todo el estudio. Nene, que le abrió la puerta, parecía la criada. Se saludaron riendo.
       —Pero usted trata a todos —dijo al verme.
       —No es difícil en Turín —respondí.
       Fue de un lado a otro, se acercó a los cuadros, y comprendí que era miope. Menos mal. Vigilé a Mariella.
       —Encended —nos dijo—, ¿no veis que es de noche?
       Con la luz, la ventana desapareció, y el cuadro se convirtió en un amasijo de caras desolladas.
       —A nadie le parece bien —dijo Nene—. Tampoco a mí. Se pierde tiempo con historias estúpidas y aún no sabemos qué se hará. Tiene razón Clara, interpretaremos a oscuras, como una emisión de radio.
       Momina sonrió, con su aspecto descontento. No le respondió y, en cambio, dijo a Loris que había hablado con Fulano de Tal que había dicho esto y lo otro, y Loris sentado en la cama farfulló algo, y se sujetaba el tobillo. Mariella intervino en voz alta y estuvieron parloteando y riendo, y Nene dijo: «Cosas de locos», y del teatro no hablaron más. Ahora Momina llevaba la conversación y salió la historia de un tal Gegé de Piovà que había encontrado a una amiga de la infancia en el bar de un gran hotel —no se veían hacía años—, se le había acercado: «Hola». «Hola». «Me han dicho que te has desarrollado», y metiéndole la mano en el pecho sacó uno de los senos, y ambos se habían echado a reír junto con el barman Filippo y los presentes. Momina y Nene se rieron; Mariella hizo una mueca; Loris, saltando de la cama, dijo:
       —Es cierto. Tiene unas tetas magníficas.
       —Malvados —dijo Mariella—. Vanna no es así.
       —¿No son magníficas? —dijo Loris.
       Continuaron así, y Momina se iba por las ramas, me miraba de reojo de aquella manera suya, sin perder detalle, me interpelaba, quería fascinarme. Me agradó que no volvieran sobre el asunto de la representación teatral. Quien no estaba a sus anchas era Mariella, se veía que la otra le quitaba su lugar. Momina era más joven que yo, pero no mucho; iba muy bien vestida, con un traje de chaqueta gris bajo el abrigo de castor, y tenía una piel que había recibido masaje, un semblante fresco; explotaba su miopía para darse un aire de desapego. Me acordé del traje violeta del baile de máscaras, y le miré el anular, que estaba desnudo.
       —Nos vamos —dijo Mariella de pronto.
       Momina nos dijo que la esperáramos, que tenía el coche abajo. Llenamos las tres el topolino verde; yo esperaba algo mejor. Mariella quiso ir detrás. Al ponerlo en marcha, Momina me dijo:
       —Es todo cuanto me pasa mi marido.
       —Ah —dije.
       —Vivo sola —observó Momina al arrancar—, es mejor para él y para mí.
       Quería bajar en via Po, echar una última ojeada; Momina dijo:
       —Quédese conmigo esta tarde.
       Mariella, detrás, no hablaba. La dejamos delante de la verja, en su calle. Para que pudiera salir bajamos también nosotras inclinando los asientos. En el último momento se había puesto a hablar del drama de María Magdalena, y se quejaba de Momina, de nosotras, nos acusaba de dar al traste con las cosas. Momina le respondió fríamente; chocaron, yo miraba las plantas. Ahora estaban calladas.
       —Mañana te cuento —dijo Momina. Volvimos a subir las dos.
       Me llevó al centro, no dijo nada de Mariella. Habló en cambio de Nene, y dijo que hacía esculturas preciosas.
       —No entiendo por qué pierde el tiempo con ese Loris —sonrió—. Es tan inteligente. Una mujer que vale más que el hombre que le toca es una gran desgracia.
       Le pedí que me llevara a via Po.
       Cuando salí de los soportales y me acerqué al coche, Momina estaba fumando un cigarrillo y miraba ante sí en la oscuridad. Me abrió la portezuela.
       Fuimos a tomar el aperitivo a la piazza San Carlo. Nos sentamos en dos butaquitas al fondo de un café nuevo, dorado, con la entrada aún atestada de vallas y escombros. Un sitio elegante. Momina se echó hacia atrás el abrigo de pieles y me miró.
       —Usted conoce ya a todos mis amigos —me dijo—. De Roma a Turín hay un buen salto. Debe de ser bonito trabajar como usted…
       «¿Qué buscas? ¿Un empleo?», pensé.
       —… No se asuste —continuaba—, es tan pequeño el mundillo de aquí, de Turín… No quiero pedirle consejos. Usted tiene gusto, pero me basta con mi modista… Es un placer hablar con quien vive una vida diferente.
       Hablamos un poco de Turín y de Roma —me miraba entrecerrando los ojos en medio del humo—, de las casas que no se encuentran, de aquel nuevo café; dijo que nunca había estado en Roma, pero había estado en París, y si yo pensaba que iría a París por mi trabajo; era absolutamente necesario; viajar por trabajo era la única forma posible de viajar, ¿y por qué me iba a contentar con Turín?
       Entonces dije que a Turín me habían mandado.
       —Nací en Turín.
       También ella había nacido en Turín, me dijo, pero se había criado en Suiza y casado en Florencia.
       —Me educaron para ser una señora —dijo—. Pero ¿qué es una señora que no puede coger el tren mañana e ir a España, ir a Londres, ir a donde le parezca?
       Abrí la boca, pero ella dijo que después de la guerra solo quien trabajaba como yo podía permitirse ese lujo.
       —Pero quien trabaja no tiene tiempo —dije.
       Y ella, tranquila:
       —No vale la pena trabajar solo para venir a Turín.
       Creí haberla comprendido y le dije que yo me había ido de Turín hacía casi veinte años, y que había venido también para volver a ver mi casa.
       —Usted está sola, me parece.
       —La casa donde vivía, el barrio…
       Me miró con su sonrisa descontenta.
       —No entiendo esas cosas —dijo fría—. Probablemente usted no tiene ya nada que ver con la muchacha que nació en Turín. Su familia…
       —Muertos.
       —… Si no estuvieran muertos, ahora le darían risa. ¿Qué tiene ya en común con ellos?
       Era tan fría y despegada que la oleada de sangre se me quedó en la cara y no supe qué decir. Me sentí tonta. «Después de todo, es un cumplido que te ha hecho». Ella me miró burlona, como si hubiera comprendido.
       —No me dirá, como alguien que conozco, que es bonito nacer en un patio…
       Le dije que lo bonito es pensar en el patio, haciendo la comparación.
       —Lo sabía —dijo ella riendo—, vivir es una cosa tan tonta que uno se aferra incluso a la tontería de haber nacido…
       Sabía hablar, no cabía duda. Paseé la mirada por los dorados, por los espejos, por los grabados colgados de las paredes.
       —Este café —dijo Momina— lo ha puesto en pie un hombre como usted, con voluntad de hierro…
       Había logrado hacerme sonreír. «¿Eres estupenda porque has estado en París —pensaba— o has estado en París porque eres estupenda?».
       Pero ella me dijo, brusca:
       —¿Se divirtió en el baile de máscaras la otra noche?
       —¿Era un baile de máscaras? —murmuré desilusionada—. No me había dado cuenta.
       —Dicen que es carnaval —soltó Momina en voz baja, risueña—, estas cosas suceden.
       —¿Y la guapa Mariella —dije— por qué no va a esos bailes?
       —¿Le ha dicho hasta eso? —sonrió Momina—. Pues entonces son amigas de verdad.
       —Aún no me ha pedido que le vuelva un traje del revés.
       —Lo hará, lo hará —dijo Momina—. En Turín todas somos así…



9

      Soy una tonta. Esa noche me disgustó haber hablado mal de Mariella, mientras que ella había defendido, en el estudio de Loris, a aquella chica, a Vanna. Me quedó mal sabor de boca. Sabía perfectamente que eran solo palabras, que aquella gente —todos ellos, incluso Morelli— vivían como los gatos, siempre dispuestos a arrebatarse la presa, pero en resumidas cuentas me disgustó y me decía: «Soy como ellos». No duró mucho, de todos modos, y cuando Momina me preguntó qué hacía por la noche, acepté hacerle compañía. Volvimos al hotel a cenar y, naturalmente, apareció Morelli, que vino a charlar a nuestra mesa, sin asombrarse de vernos juntas. A media cena llegó la llamada que esperaba de Roma. Durante unos minutos en la cabina discutí sobre via Po, hice proyectos, respiré el aire de costumbre. Al regresar a la sala, Morelli y Momina me dijeron que lo olvidara, habían decidido disfrutar, iríamos juntos a algún sitio y después a casa de Morelli.
       Aquella noche Morelli quiso conducir el coche y hasta pasamos por la Feria del Vino; trató de hacernos beber como se hace con las chicas inexpertas, pero acabó bebiendo él más que nosotras y, como en un juego, anduvimos por infinitos locales, bajamos y subimos, me quité y me puse el abrigo de pieles, un baile y fuera otra vez, muchas caras me parecían conocidas, en un momento dado perdimos a Momina y la encontramos de nuevo en la puerta de la sala siguiente, charlando y riendo con el portero. No creía que hubiera tanto movimiento en Turín, Momina abandonó su aire ausente conmigo, se le rió en la cara a Morelli, hasta propuso dar una vuelta por las tascas de Porta Palazzo, donde se bebe vino tinto y prostitutas corrientes hacen la calle.
       —No es París —dijo Morelli—, contentémonos con estos cuatro pederastas.
       En un local cerca de la via Roma, junto a la piazzeta delle Chiese, Morelli fingió contratar cocaína con el batería, eran grandes amigos, tomamos un cóctel que nos ofrecieron; el batería se había puesto a hablar de cuando tocaba en el Palacio Real. «Su Alteza… porque para mí es todavía Su Alteza…». Para librarme de él bailé con Momina. Es una cosa que me da grima bailar con una mujer, pero quería salir de dudas, y ese sigue siendo el camino más rápido. Nadie se fijó en nosotras; Momina bailó hablándome al oído, me abrazó ardiente, se restregó y rió y me soplaba en el pelo, pero no me pareció que buscara nada más; no hizo ningún gesto; estaba solo un poco loca, borracha. Menos mal. Habría sido una incomodidad que no deseaba en modo alguno.
       Y llegamos, por último, al portal de Morelli. Nos introdujo un poco inseguro en el ascensor y hablaba y hablaba con las dos. Entramos en la casa mientras decía:
       —Con estas charlas se alarga la vida… Estoy encantado de no ser aún viejo, si fuese viejo buscaría la compañía de niñas… Ustedes no son niñas, son auténticas mujeres… Viciosas, maliciosas, pero mujeres… Saben conversar… No, no, no soy viejo…
       Entramos riendo y la casa me gustó de inmediato. Era evidente que estaba vacía y era muy grande. Nos dirigimos al salón, con grandes butacas, lleno de azaleas y de alfombras. La galería que daba al paseo debía de ser preciosa en verano.
       Con un vaso panzudo en la mano, hicimos proyectos. Momina me preguntó si iba a la montaña. Había aún nieve. Morelli, testarudo, hablaba de Capri, del pinar de Fregene, intentaba recordar si ese año tenía negocios en Roma que sirvieran de excusa a unas vacaciones, un viaje cualquiera. Yo le dije que era extraño que precisamente los hombres se apegaran tanto a las apariencias.
       —Si no fuese por los hombres —dije—, en Italia habría ya divorcio.
       —No es necesario —observó Momina tranquila—, con un marido una se entiende siempre.
       —Admiro a Clelia —dijo él—, que ni siquiera ha querido probar…
       Después balbució:
       —¿No es mejor que nos tuteemos? Tú, Momina, antes me tuteabas…
       —No creo, pero da lo mismo —dijo Momina—. No es por meterme en tus cosas —dijo mirándome—, pero, si te casaras, ¿querrías tener hijos?
       —¿Tú los has tenido? —dije riendo—. La gente se casa para eso.
       Pero ella no se rió.
       —Quien tiene hijos —dijo mirando el vaso—, acepta la vida. ¿Tú aceptas la vida?
       —Si uno vive la acepta —dije—, ¿no? Los hijos no cambian la cuestión.
       —Pero no los has tenido —dijo apartando la cara del vaso y escrutándome.
       —Los hijos son un gran lío —dijo Morelli—, pero a todas las mujeres les apetecen.
       —A nosotras no —dijo Momina, de pronto.
       —Siempre he visto que a quien no ha querido hijos le tocan los de los demás…
       —No es eso —lo interrumpió Momina—. La cuestión es que si una mujer tiene un hijo, ya no es ella. Debe aceptar muchas cosas, debe decir que sí. ¿Y vale la pena decir que sí?
       —Clelia no quiere decir que sí —dijo Morelli.
       Entonces dije que no tenía sentido discutir estas cosas, porque a cualquiera le gustaría un hijo, pero no siempre se puede hacer lo que se quiere. Quien quiera tener un hijo que lo tenga, pero hay que andarse con cuidado para proporcionarle primero una casa, medios, para que no tenga luego que maldecir a su madre.
       Momina, que había encendido un cigarrillo, me miró fijamente con sus ojos entornados en medio del humo. Volvió a preguntarme si aceptaba la vida. Dijo que para tener un hijo había que llevarlo dentro, convertirse en una perra, sangrar y morir —decir que sí a muchas cosas—. Quería saber eso. Si aceptaba la vida.
       —Dejadlo ya —dijo Morelli—, ninguna de vosotras está encinta.
       Bebimos aún un poco de coñac. Morelli quería que escucháramos discos, dijo que, total, su sirvienta dormía a pierna suelta. Del piso de arriba llegaba un retumbar de pisadas y un gran estruendo.
       —También ellos están de carnaval —dijo con un aire tan serio que se me escapó la risa.
       Pero por dentro me había impresionado aquella historia del decir que sí; Momina fumaba acurrucada sin zapatos en el sofá, conversábamos sobre bobadas, ella me estudiaba con su aire descontento, como una gata, escuchando; yo hablaba pero por dentro estaba mal, muy mal. Nunca había pensado de ese modo en las cosas que Momina había dicho, eran meras palabras, lo sabía, «estamos aquí para divertirnos», pero de momento era cierto que no tener hijos significa tener miedo de vivir. Me vino a la mente la muchacha del hotel, con su tul celeste, y me decía: «Ya verás como esa esperaba un niño». También yo estaba un poco borracha, y en cambio Morelli cuanto más tiempo pasaba más joven se volvía, caminaba por la habitación, nos entretenía, hablaba de desayunar. Cuando salimos —se empeñó en venir a toda costa también él— me acompañaron en coche hasta el hotel; y así por aquella vez no volvimos a hablar de esas cosas.



10

      Uno de aquellos días —lloviznaba— tuve que volver antes del atardecer a la zona de la Consolata. Buscaba un electricista y me daba cierta impresión volver a ver las viejas tiendas, los grandes portales en las callejuelas, y leer los nombres —de las Orfane, de la Corte d’Appello, Tre Galline— reconociendo los letreros. Ni siquiera los guijarros de las calles habían cambiado. No llevaba paraguas y, bajo las estrechas franjas de cielo en medio de los tejados, recuperaba el olor de los muros. «Nadie sabe —me decía— que tú eres aquella Clelia». No me atrevía a detenerme y meter las narices en los viejos escaparates.
       Pero cuando estaba a punto de marcharme, no me contuve. Estaba en la via Santa Chiara y reconocí la esquina, las ventanas enrejadas, el cristal sucio y empañado. Crucé decidida el pequeño umbral y sonaron las campanillas, como entonces, y al pasarme la mano por el abrigo de pieles lo noté empapado. En el aire cerrado las estanterías con las muestras de botones; el pequeño mostrador, el olor a ropa blanca, eran los de siempre.
       La única novedad era una lámpara verde, que iluminaba la caja registradora. En el último momento esperé que hubieran traspasado el comercio, pero la mujer delgada, de cara huesuda y desdeñosa, que se levantó tras el mostrador era Gisella en persona. Creo que cambié de color y deseé haber envejecido así yo misma. Gisella me miraba de hito en hito, desconfiaba con una media sonrisa de invitación en la boca fina. Era triste, pero correcta.
       Entonces me dijo, con un tono que antaño nos habría hecho reír a las dos, si deseaba comprar algo. Le respondí guiñando un ojo. No me entendió y empezaba a repetir la misma frase. Yo la interrumpí con la mano.
       —¿Es posible? —dije.
       Tras la alegría inicial y la sorpresa, que no bastaron para darle color (había salido de detrás del mostrador, y nos habíamos acercado a la puerta, para vernos mejor), conversamos así, haciéndonos fiestas, y ella me miraba el abrigo de pieles y las medias con ojos intrigados, como si fuera su hija. No le dije todo lo que había hecho y por qué estaba en Turín; dejé que pensase lo que quisiera; aludí vagamente a que vivía en Roma y a que tenía trabajo. Cuando éramos dos crías, a Gisella la ataban muy corto, tanto que conmigo se quejaba de no poder siquiera ir al cine, y yo entonces le decía que viniera a pesar de todo.
       Me había preguntado ya si me había casado, y ante mi encogimiento de hombros, impaciente había lanzado un suspiro, no sé si por mí o por sí misma.
       —Estoy viuda —me dijo—, Giulio ha muerto. —Giulio era el hijo de la mercera, la tía abuela que había criado a Gisella en la tiendecita cuando se quedó huérfana, y ya en mis tiempos se sabía que quería hacerla su nuera. Giulio era un chico tísico muy largo que llevaba una capa en vez de abrigo o de jersey, y en invierno iba siempre a sentarse en los escalones de la catedral a tomar el sol. Gisella nunca hablaba de Giulio; era la única que no creía que la vieja la tenía en casa para hacerla casarse con aquel enfermo, y decía que no estaba enfermo. Gisella era entonces esbelta, juiciosa —en casa solían ponérnosla de ejemplo.
       —¿Y Carlotta? —le dije—. ¿Qué hace? ¿Sigue bailando?
       Pero Gisella hablaba ahora del comercio y me endosó las quejas de costumbre —estaba encantada de tenerme allí y poderse desahogar—. Me impresionó el tono rencoroso con que dijo que Carlotta había seguido su camino —había sido bailarina en Alemania durante la guerra, luego nadie la había vuelto a ver—. Volvió a hablar del comercio, de la sangría que había sido la muerte de Giulio —en el sanatorio, con tantos gastos hasta hacía tres años—, de la muerte de la vieja y de los malos tiempos antes aun de la guerra. Sus hijas —tenía dos, Rosa y Lina, una tosía, era anémica, la otra no, quince años, las dos estudiaban— eran un gran problema, la vida estaba cara, y la tienda no rendía ya como en otros tiempos.
       —Pero estáis bien, seguís teniendo la casa…
       Una miseria, me dijo, ya nadie pagaba el alquiler: ella ahora los había desahuciado y alquilaba a un taller de muchachas. «Es más rentable, nosotras nos hemos apretado, vivimos arriba». Alcé la cabeza, rememoré las dos habitaciones de arriba, la escalerilla; la cocinita. En tiempos de la vieja subir aquella escalera era un riesgo, la vieja estaba siempre por medio, llamaba a Gisella, le decía que no saliera a la calle. Me impresionó que ahora Gisella se comportaba como la vieja señora, suspiraba, entornaba los ojos; hasta la sonrisa resentida que lanzaba a mis pieles y a las medias tenía una sombra de aquel resentimiento con que la vieja nos juzgaba a nosotras.
       Llamó a las hijas. Habría querido irme. Aquel era todo mi pasado, insoportable y sin embargo tan distinto, tan muerto. Me había dicho muchas veces en aquellos años —y también más adelante, al pensar en ello— que el objetivo de mi vida era triunfar, convertirme en alguien, para regresar un día a aquellas callejas donde había sido niña y disfrutar con el calor, el estupor, la admiración de aquellos rostros familiares, de aquella pobre gente. Y había triunfado, regresaba, y los rostros, la pobre gente, todos habían desaparecido. Carlotta se había ido, y el Largo, Giulio, Pia, las viejas. También Guido se había ido. A quienes quedaban, como Gisella, no le importábamos ya nada nosotros, ni aquella época. Maurizio dice siempre que las cosas se consiguen, pero cuando ya no sirven.
       Rosa no estaba, había ido a casa de los vecinos. Pero Lina, la sana, corrió escaleras abajo, saltó a la tienda, se detuvo recelosa y seria fuera del cono de luz. Iba vestida de franela, nada mal, y estaba bien desarrollada.
       Gisella hablaba de hacerme un café, de llevarme arriba; yo le dije que era mejor que no dejáramos la tienda. Y en efecto, sonó la campanilla y entró un cliente.
       —Ay, sí —dijo Gisella cuando la puerta se hubo cerrado—, éramos chicas que trabajábamos, entonces… Otros tiempos. La tía sabía mandar.
       Miraba a Lina, con una mueca de placer. Era evidente que había elegido el papel de la madre que se mata a trabajar y no permite que sus hijas se manchen las manos. Ni siquiera dejó que Lina hiciera el café. Corrió arriba ella y lo preparó. Yo intercambié unas frases con la hija —me miraba complacida—, le pregunté por su hermana. Entró una mujer vacilando y Gisella gritó desde arriba:
       —Ahora mismo voy.
       Había dicho decidida que estaba en Turín de paso; que me marchaba al día siguiente, no quería servidumbres. Pero Gisella no insistió; llevó de nuevo la conversación a la vieja, me hizo charlar delante de su hija: sobre cómo la vieja mandaba y daba también consejos a las chicas de los demás. Sucede siempre. Con la disculpa de criarla, de darle una casa y un marido, la vieja había hecho de Gisella otra igual que ella —y esta ahora trabajaba con sus hijas—. Pensaba en mi madre, si habría sido así —y en si es posible vivir con alguien y mandar en él, sin dejarlo marcado—. Yo me había escapado a tiempo de mi madre. ¿O no? Mamá rezongaba siempre que un hombre, un marido, era un mal negocio, que los machos no son malos, sino necios —y he aquí que yo también la había obedecido—. Hasta mi ambición, mi manía de arreglármelas sola, de bastarme, ¿no venía de ella?
       Antes de que me marchase Lina estuvo charlando, como suele ocurrir, de alguna compañera de escuela y encontró la manera de hablar mal de ella, de preguntarse de dónde sacaban las familias los medios para mandarlas a la escuela. Yo intentaba acordarme de cómo era a aquella edad, de qué habría dicho en un caso como este. Pero yo no había ido a la escuela, no tomaba café con mi madre. Estaba segura de que dentro de poco, a mis espaldas, Lina habría hablado de mí con su madre como hablaba de sus compañeras de escuela.



11

      Solo las horas que pasaba en via Po no me parecían perdidas. Me tocaba también andar en busca de una u otra cosa; a veces veía a alguien en el hotel. El Miércoles de Ceniza, albañiles y pintores habían terminado; quedaba el trabajo más difícil, la decoración. Estuve a punto de coger de nuevo el tren e ir a discutirlo otra vez todo; por teléfono no había forma de entenderse con Roma. Me decían: «Confiamos en ti, decide», y al día siguiente telegrafiaban que esperara una carta. El arquitecto decorador vino a cenar conmigo en el hotel; acababa de regresar de Roma y tenía una carpeta llena de bocetos. Pero era joven y contemporizaba; no quería comprometerse y me dio la razón; al mirarlos desde aquí, todos los bonitos proyectos de Roma se derrumbaban. Había que contar con la luz de los soportales y tener presentes los otros comercios de la piazza Castello y de via Po. Me convencí de que tenía razón Morelli; el sitio era imposible, un barrio como ese ya no quedan en Roma, quizá solo extramuros. La gente pasea por via Po solo el domingo.
       Este arquitecto era pelirrojo, terco y peludo, un muchacho; hablaba siempre de chalets en la montaña; entre bromas y veras me esbozó el proyecto de una caseta de vidrio para tomar el sol en invierno. Me contó que él vivía mucho fuera de casa, como yo, pero con una diferencia, que yo mañana podía ponerme un modelo que me gustara, mientras que en sus chalets vivían solo los zopencos que tenían medios, casi siempre robados. Saqué a colación los pintores de Turín, al tal Loris. Él se encolerizó, se acaloró, dijo que prefería a los pintores de brocha gorda.
       —Un pintor de brocha gorda conoce el color —dijo—, un encalador podría, mañana, estudiando, convertirse en pintor de frescos o autor de mosaicos. Quien no ha empezado dando cal a una pared no sabe qué es la decoración. Estos pintores de Turín ¿para quién pintan y qué pintan? No tienen ambiente. Lo que hacen no le sirve a nadie. ¿Usted haría un vestido que no fuese para llevar, sino para guardarlo bajo vidrio?
       Le dije que no hacían solo cuadros o estatuillas, sino que hablaban de montar un espectáculo. Hablaban mucho de eso. Le dije nombres.
       —Buen percal —me interrumpió sarcásticamente—, buen percal. ¿Qué diría usted si esa gente preparara un desfile de modelos e invitase a Clelia Oitana a verlo?
       Entonces seguimos bromeando y llegamos a la conclusión de que solo nosotros los escaparatistas, arquitectos y modistas éramos artistas auténticos. Acabó, como me imaginaba, invitándome a ir con él a la montaña a ver un refugio que había proyectado. Le pregunté si no tenía nada más cómodo que proponerme. A lo mejor un edificio en Turín. Me miró con un solo ojo, riendo.
       —Mi estudio… —dijo.
       Estaba harta de estudios y de charlas. Casi prefería a Becuccio y su brazal de cuero. Este otro se llamaba Febo —así estaba escrito en todos sus proyectos—. Me reía en su cara, con su misma impertinencia, y lo mandé a la cama como a un chaval que se ha pasado de listo.
       Pero Febo era pelirrojo, terco y peludo, y debía de haber decidido que yo le iba. Logró saber exactamente cómo estaba con Mariella, con Nene y con Momina, de Morelli y su coñac, de mi visita al estudio de Loris. Al día siguiente vino a decirme que quería acompañarme a una exposición. Le pregunté si no sería mejor que decidiéramos sobre unos visillos. Me contestó que el ambiente más adecuado era la exposición, se tomaba una copa y se estudiaba la decoración del local, de muy buen gusto. Fuimos, y ya al subir las escaleras oí reír a Nene.
       Aquella sala era una mezcla de montaña y de bar de principios de siglo. Nos servían unas muchachas con delantalitos de cuadros. Como hasta las butacas y las mayólicas eran de exposición, uno estaba incómodo, se sentía como exhibido en un escaparate. Febo no dijo si también él había participado en la decoración. En las paredes se veían cuadros y estatuillas; no los miré. Miré a Nene que, con su trajecito de siempre, reía a más no poder, tirada en una butaca, retorciendo las piernas, y por detrás un camarero de negro le encendía el cigarrillo. Allí estaba Momina, y otras señoras y muchachas. Había un viejecito con barba de chino que, sentado ante Nene, esbozaba su retrato. En las puertas de la sala, la gente se asomaba, pocos —el público que miraba a los artistas.
       Pero Nene se fijó pronto en mí, y vino a preguntarme si había visto ya sus obras. Estaba alegre, excitada, me echó el humo a la cara. De verdad que los labios gruesos y el flequillo la convertían en una niña. Me llevó ante sus estatuas —pequeños desnudos deformados que parecían de barro—. Los miré doblando la cabeza hacia un lado; pensé —no lo dije— que del vientre de Nene bien podían nacer hijos así. Nene me miraba ávidamente, con la boca abierta, como si yo fuese un guapo mozo; yo esperaba que alguien hablara, incliné la cabeza hacia el otro lado. Febo, abrazándonos a las dos por la cintura, dijo:
       —Aquí estamos en el cielo y bajo tierra. Hacía falta una mujercita como tú, Nene, para mostrarnos estas cosas terribles…
       Se originó una discusión, en la que participó también Momina. No les hice caso. Estoy acostumbrada a los pintores. Miraba la cara de Nene, que seguía ceñuda o azorada las frases de los otros, como si todo dependiese de ellos. ¿Había perdido de veras su jactancia o también esto era un papel? El más increíble de todos era Febo. Tan solo la víspera había dicho pestes de Nene y los suyos.
       Hablaban de ella con buen humor, y ella se hacía la chiquilla, la confusa. Ya antes, aquel gesto de enseñarme las estatuillas me había incomodado. ¿No podía dejar que las viese sola? Pero Nene cultivaba una fama de chica mal educada e impulsiva. Quizá tenía razón. «Aquí falta solo Mariella —pensé—. ¿Qué diría Becuccio de estas chifladas?».
       A la idea de Becuccio se me escapó la risa. Febo se volvió repentinamente de buen humor, se me acercó y bisbiseó en mi mejilla:
       —Es usted un tesoro, Clelia. Apuesto a que usted los hace mejor, los niños, ¿me equivoco?
       —Creí que hablaba en serio antes —le respondí—. La más sincera aquí dentro sigue siendo Nene…
       —Este arte visceral me ha dado apetito —bisbiseó él—. ¿Y si tomáramos unas salchichas?
       Bebiendo grappa y comiendo salchichas, se volvió a hablar de la montaña. Hasta el viejo pintor de la barbita era un competente alpinista. Quedaron para una excursión a aquel refugio, se distribuyeron los papeles, mañana había que telefonear a diestro y siniestro.
       —Id vosotros —dijo Momina—. Yo no voy al refugio. Clelia y yo nos quedaremos por el camino… ¿Nunca has estado en Montalto?



12

      Paramos el topolino en un chalet delante de las montañas. Estábamos nosotras solas. Los otros coches continuaron, nos esperaban en Saint-Vincent. Aquellos pocos días de buen tiempo habían bastado para hacer florecer las plantitas dentro de los invernaderos, pero los árboles del jardín estaban todavía secos. No tuve tiempo de mirar a mi alrededor, y ya Momina estaba gritando:
       —¡Aquí estamos!
       Esta vez Rosetta no llevaba el traje celeste. Vino a nuestro encuentro con falda y bambas, el cabello sujeto con una cinta, como si estuviéramos en la playa. Me dio la mano con fuerza, le dio la otra a Momina, pero no sonrió: tenía unos ojos grises y escrutadores.
       Apareció también la madre, con chancletas, gorda y asmática, vestida de terciopelo.
       —Rosetta —exclamó Momina—, puedes regresar. Ya no hay bailes en Turín…
       Las informó sobre los amigos, la excursión, el grupo. Me asombró que Rosetta aceptara aquel tono bromista y hablara, como ella, desenvuelta; me pregunté si de verdad la había visto en aquella camilla —¿hacía cuántos días? ¿Quince, veinte?—. Pero quizá Momina cotorreaba así para ayudarla, para sacarla a ella y a nosotros del apuro. Debían de conocerse bien.
       Quien tenía unos ojos espantados y acuosos, pobrecilla, era la madre, que delante de Momina se agitaba y me miraba con aprensión. Era tan remilgada que se quejó de la vida del campo, de la molestia de estar en el chalet fuera de temporada. Pero Rosetta y Momina no la animaron. Momina acabó riéndose en su cara.
       —¡Qué papá tan malo! —exclamó—. Condenaros así a prisión. Hay que evadirse, Rosetta. ¿De acuerdo?
       —Por mí, sí —dijo Rosetta a media voz.
       La madre temía que no estuviera bien.
       —No tienes esquís, no tienes nada —dijo—. Papá no sabe…
       —¿Quién habla de esquís? —dijo Momina—. Que vayan esos chiflados. Nosotras vamos a Saint-Vincent. Tampoco Clelia ha venido a esquiar…
       Pero antes la madre quiso darnos un té, preparar termos, equiparnos. Rosetta había corrido ya a vestirse, sin perder tiempo.
       Nos quedamos nosotras con la madre, Momina murmuró mientras bajaba la escalera:
       —¿Cómo está?
       La madre se volvió, con el puño en la mejilla. La recordé con sus pieles, corriendo por aquel pasillo. Balbució:
       —Por favor. Con tal de que no suceda nada…
       —Es necesario que regreséis —cortó Momina—. No debe esconderse. En Turín las amigas la despellejan…
       Llegamos a Saint-Vincent, siempre corriendo entre las montañas. También allí había sol sobre la nieve, y no muchos árboles. Me asombró el número de coches en el aparcamiento del casino.
       —¿No ha estado aquí nunca? —preguntó Rosetta a mis espaldas. Se había querido sentar atrás, con su chaquetón de pieles, y durante el trayecto habían hablado Momina y ella sin mirarse.
       —Es cómodo —dije—. A tres horas de coche.
       —¿Usted juega?
       —No creo en la suerte.
       —¿Qué otra cosa hay en la vida? —dijo Momina disminuyendo la velocidad—. La gente sueña con el coche para venir a ganarse el coche, que después le sirve para volver a irse… Así es el mundo.
       Habló con un tono definitivo que me pareció de chanza. Pero ni una ni otra se rieron. Bajamos.
       Nuestros amigos, por fortuna, se habían diseminado hacía rato por las salas de juego y pudimos sentarnos en el bar las tres solas. Estaba lleno de gente, hacía un calor de invernadero. Rosetta tomó una naranjada, y la sorbía quieta, mirándonos. Sus ojos grises hundidos reían poco. Parecía una chica tranquila y deportista, con aquel suéter amarillo y las medias enrolladas. Preguntó quién estaba con nosotros, aparte de Pegi y las chicas.
       La conversación giró sobre las amigas, sobre los últimos hechos de Turín. Momina dijo en algún momento que la representación hacía agua (estaba fumando, entornaba los ojos en el humo).
       —¿Por qué? —preguntó fríamente Rosetta.
       —No quieren desairarte —insinuó Momina—. Sabes, el drama acaba mal…
       —Tonterías —cortó Rosetta—, ¿qué tiene eso que ver?
       —¿Sabes quién defiende el viejo drama? —dijo la otra—. Mariella. A Mariella le apetece la representación y no ve ninguna alusión en ella. Dice que a ti no te importa.
       Rosetta me echó una ojeada rápida. Yo dije levantándome:
       —Disculpadme. Voy al baño.
       Las dos me miraron, Momina con cara divertida.
       Me quedé con la impresión de haber dicho una cosa de esas que no se dicen. Mientras deambulaba por los pasillos, me repetía para calmarme: «Qué imbécil. Así aprenderás a querer ser otra». Creo que hasta me había ruborizado.
       Me paré ante un espejo y entreví a Febo que salía de una sala de juego. No me volví hasta que entró otra vez. Al volver, dije:
       —Disculpadme.
       Y Rosetta, con aquellos ojos firmes:
       —Puede quedarse. No nos molesta en absoluto. No me avergüenzo de lo que he hecho.
       Momina dijo:
       —Tú que viste a Rosetta aquella noche, dinos cómo fue. ¿No la desnudarían las camareras, espero?
       Rosetta hizo una mueca, como tratando de reír. Se ruborizaba ella también. Se dio cuenta y endureció los ojos, mirándome fijamente.
       Dije algo, no sé, que estaban a su alrededor su madre y un médico.
       —No, no, cómo estaba Rosetta —dijo Momina, empecinada—. El efecto que causaba a una extraña. Entonces tú eras una extraña. Si estaba fea, trastornada, si era otra. Cómo somos de muertas. En el fondo no quería saber otra cosa.
       Debían de conocerse bien para hablarse así. Rosetta me miraba desde lo hondo de sus ojos, atenta. Dije que había sido solo un instante, pero me había parecido verle la cara hinchada, vestida de noche, de azul celeste y que no llevaba zapatos. De eso estaba segura. Tan en orden estaba y tan poco trastornada, dije, que había mirado debajo de la camilla por si goteaba sangre. Parecía una desgracia, una desgracia normal. En el fondo, alguien desmayado es como alguien que duerme.
       Rosetta respiró con fuerza, no trató de sonreír. Momina dijo:
       —¿A qué hora habías tomado el somnífero?
       Pero Rosetta no respondió a esto. Se encogió de hombros, miró a su alrededor y después preguntó en voz baja, vacilando:
       —¿De veras creyó que me había disparado?
       —Si de verdad estabas empeñada —dijo Momina—, era mejor dispararse. Te salió mal.
       Rosetta me miraba intimidada, desde lo hondo de los ojos —me pareció otra en ese momento—, y bisbiseó:
       —Después se está peor que antes. Eso es lo que espanta.



13

      No nos quedó más tiempo para hablar. Las chicas nos vieron, acudieron a nuestro alrededor y aparecieron otras caras de amigos comunes, hasta alguien de mi hotel. Ahora que sabían que estábamos en el bar, Febo, Nene y el tal Pegi, que jugaban y perdían con insolencia, reaparecieron varias veces a tomar copa tras copa. Nene y el joven Pegi acabaron peleándose medio borrachos, hasta el punto de que el viejo pintor y Momina se interpusieron para que nos marcháramos.
       —Vamos también nosotras —dijo Momina.
       Yo, mientras tanto, deambulaba por las salas, pero la gente agolpada en torno a las mesas de juego me pone los nervios de punta, y había grandes cuadros en las paredes, paisajes y mujeres desnudas, como si la finalidad de todos los jugadores fuera estar bien y mantener a mujeres desnudas con pieles. Lo que da rabia es tener que reconocer que todo se reduce a esto y que los jugadores tienen razón. Tienen razón todos, incluso los que viven allí, incluso las viejas venidas a menos que se comen con los ojos las apuestas de los otros. Por lo menos, al jugar no hay diferencia —nacidos de buena o de mala cuna, putas, carteristas, necios o astutos, todos quieren lo mismo.
       Llegó el momento en que Nene, desesperada, se arrojó sobre una silla y gritaba: «Sacadme de aquí, sacadme de aquí». Entonces nos encaminamos hacia los coches y cargamos a los otros. Nene, que solo entonces se fijó en Rosetta, comenzó a invocarla y a querer besarla. Rosetta, complaciente, le hizo olvidar el capricho encendiéndole el cigarrillo por la ventanilla.
       Partieron. Ahora nos tocaba a nosotras. Pero al mirarnos a la cara nos dio la risa.
       —Vamos a cenar a Ivrea —dijo Momina, aliviada—, luego regresaremos a Montalto.
       Entramos en las salas para echar un último vistazo. Momina dijo que quería ganarse la excursión, ahora que los gafes se habían ido.
       —Quédate a mi lado —le dijo a Rosetta—, estás llena de suerte, eres como la cuerda del ahorcado.
       Se sentaron a una mesa, muy serias. Me quedé mirando. En pocas jugadas, Momina perdió diez mil liras.
       —Prueba tú —le dije a Rosetta.
       Rosetta perdió otras cinco.
       —Vámonos al bar —dijo Momina.
       «Ya estamos —pensé—, ya empezamos».
       —Oigan —dije tomando el café—, las invito a cenar, pero déjenlo.
       —Préstame mil liras —dijo Momina.
       —Vámonos —dijo Rosetta—, no sirve de nada.
       Le di las mil liras y las perdimos también. Mientras en el guardarropa Momina cavilaba sobre la mala racha y nos poníamos nuestros abrigos de pieles, apareció por allí, socarrón, el testarudo de Febo.
       —¿Adónde van estas hermosas damas? —rió, burlón.
       No se había marchado. Nadie había pensado en ello. Se había quedado en la sala durante nuestras jugadas.
       —Ya está —dijo Momina—, la culpa es suya. Que se vaya, que se vaya…
       Subimos en cambio al topolino, aplastados, los cuatro. No era fácil librarse de él, tanto más cuanto que bromeaba enfurecido sobre la mala pata común y decía:
       —Me deben una compensación. Esta noche la pasamos juntos.
       Febo estaba como en su casa también en Ivrea, y nos llevó a un local de carreteros.
       —Bonito —dijo Momina al entrar.
       Pasamos a una especie de trastienda donde había una gran estufa candente de terracota, y el posadero, un hombretón con pelos en las orejas y un gran delantal, se ajetreó para quitarnos los abrigos, respetuoso.
       —Atiéndenos bien —dijo Febo.
       Yo miraba a Rosetta, que se quitaba la chaqueta de leopardo.
       —Todas sus pieles juntas no valen lo que el pelo de este hombre —bisbiseó Febo.
       —También el de nuestro ingeniero está bien —dijo Momina.
       —No soy el único —replicó él—. ¿Qué me dicen de Loris, que ya ni ve por el pelo? ¿Cómo es que no ha venido también?
       Momina se volvió a Rosetta.
       —Hubo un tiempo en que Loris te gustaba. Era tan divertido…
       —Para mí —dijo Febo—, el pelo es una gran cosa. ¿Quieren decirme qué haría Loris si no tuviese más que el vicio? Habría tenido que dejar hace tiempo su oficio. En cambio así puede continuar impune…
       —No tiene gracia —dijo Rosetta a media voz—. No tiene gracia y no es generoso. En tiempos eran amigos.
       —Hagámosla beber, hagámosla beber —gritó Febo—. Luego Rosetta nos contará de cuando todos éramos amigos de todos…
       Comimos como se come en estos sitios, y bebimos otro tanto. El posadero nos sugería misteriosos vinos viejos de aquella zona; Febo y él se guiñaban el ojo; después de cada plato se informaba de si había sido de nuestro agrado. Hasta Rosetta se animó y bromeaba; de Loris no se volvió a hablar. Bromeamos en cambio sobre los excursionistas, que a esas horas comían frío y carne en lata en el refugio proyectado por Febo, y Febo dijo con la boca llena:
       —Al menos se encuentran en un ambiente de buen gusto.
       —Si estuviera Morelli con nosotros —dijo Momina—. Estas cosas le encantan.
       —¿Quién es Morelli? —dijo Rosetta.
       —Es un señor mayor que sale con Clelia —dijo Momina alegremente—. Pero lo conoces, claro que sí…
       —Oh, en resumen —gritó Febo—, todos los más guapos no están. Conténtense con lo que tienen.
       Llegó la hora de cerrar y el posadero, con muchas sonrisas, nos puso en la puerta. Lo bueno fue que dejamos a Febo pagarlo con promesas. Quería pagar yo, pero Momina me dijo:
       —Nada de eso. Este ya nos cuesta demasiado dinero.
       Llevamos a Rosetta a Montalto. La madre estaba aún levantada, esperándola. Nos recibió llorosa y, mientras Febo en el automóvil seguía tirando de mí, Momina seguía fuera parlamentando y se hizo prometer que al día siguiente regresarían a Turín. Me despedí de Rosetta, que me dio la mano por la portezuela con una ojeada huraña, agradecida. Volvimos a marcharnos.
       —¿Por qué? —dijo Febo asomando la cabeza entre nuestros hombros—. ¿Por qué no nos han invitado a dormir en el chalet?
       —Demasiadas mujeres para un solo hombre —dijo Momina.
       —Cicateras —dijo él—. Por lo menos quedémonos en Ivrea. Conozco un hotel…
       No me lo esperaba, pero Momina aceptó.
       —Mañana volvemos a Montalto —me dijo—. Si hubiéramos ido al refugio, estaríamos fuera, ¿no?
       Cuando se habló de las habitaciones, Febo dijo:
       —Lástima que no nos den una de tres.
       —Para mí y para Clelia nos darán una.
       Pero apenas nos habíamos quitado el abrigo y mojado las manos (Momina llevaba en el bolso crema y perfume) cuando se abrió la puerta y Febo entró con una bandeja de licores.
       —Servicio —dijo—. Invita la casa.
       —Déjelo ahí —dijo Momina—. Buenas noches.
       No fue posible echarlo. Al cabo de un rato, Momina se sentó en la cama, yo me tendí al otro lado y me envolví en las mantas. Febo, sentado al lado de Momina, charlaba. Charlaban de mujeres, de locales de Turín. Las dijeron de todos los colores, con una libertad que era extraña entre dos que se llamaban aún de usted y que el día anterior no se conocían; Febo, soltando grandes carcajadas, se había tumbado ya dos o tres veces en la cama, y acabó quedándose. También Momina se extendió a su lado. Me adormilé, resignada, varias veces, y siempre al despertarme sobresaltada los encontraba allí tendidos, confabulando. Luego advertí que se habían envuelto en la misma manta. En cierto momento, ante un repentino estremecimiento de Febo, solté una patada que me impidieron las mantas. Entonces me senté en la cama y me puse a fumar. Momina había corrido al baño. Febo, desgreñado, me tendió un vasito de la botella casi vacía.
       Lo tuve encima como un diablo y arrancó las mantas. Se agitó poco y pronto fue cosa hecha. Momina no había regresado aún cuando ya Febo estaba de pie junto a la cama con los pelos tiesos como un perro y se arreglaba la cabeza.
       —¿Ahora nos deja dormir? —farfullé.
       Cuando hubo salido, me quité el traje (no me quité nada más) y de nuevo me envolví en la manta. Me adormecí antes de que Momina volviera.



14

      Por la mañana estaba ya abajo bebiendo mi café cuando bajó Momina. La había dejado con la cara hundida en la almohada entre los cabellos cortos, y la espalda desnuda como la primera noche que la había visto. Apareció ante mí perfectamente arreglada, pero los ojos los tenía sombríos. Vino a sentarse risueña, dejó el bolso y dijo bajito:
       —Qué madrugadoras somos. —Tomó café y me miraba—. ¿Qué, nos marchamos? —dijo dejando la taza.
       —¿No es mejor pagar?
       —Sería simpático, pero ¿nos toca a nosotras? —Me miró de soslayo, despegada—. Es un bonito recuerdo para cuando se despierte. Qué granuja.
       Conque nos marchamos. No dijo más. Subimos al coche en el garaje y pronto estuvimos en el campo.
       —Es pronto para pasar por casa de los Mola. Respiremos un poco de aire. ¿Conoces el Canavese?
       Así vagamos por el Canavese, que estaba completamente velado por bancos de niebla y cruzamos dos o tres pueblos.
       Atenta a la carretera, dijo de pronto:
       —Simpática, Rosetta, ¿no?
       —¿Qué es esa historia de Loris?
       —Hace un año —dijo Momina—, cuando Rosetta pintaba. Él le daba clases. Luego lo dejó. Tenían siempre a Loris en casa… Ya sabes cómo es Loris.
       —Como el amigo de esta noche —dije.
       Momina sonrió:
       —No exactamente.
       —¿No será…? —dije de pronto, y me detuve.
       —¿Qué? —exclamó Momina escrutándome—. Que… No. Historias pasadas. Lo sabría.
       —Una muchacha difícil… Suponte que le haya tocado una broma como la de esta noche.
       —Pero al hotel fue sola —dijo Momina—, y me lo ha dicho. Conmigo no finge. Es solo Adele la que ve amor en todo… Rosetta comprende estas cosas.
       —Y entonces, ¿por qué se ha envenenado? —dije—. ¿A su edad?
       —No por amor, estoy segura —dijo Momina frunciendo el entrecejo—. Ella lleva la vida que llevé yo, que llevan todas… Sabemos perfectamente qué es una polla…
       Enmudeció un poco, atenta a la carretera.
       —No sé —dije—, pero crea graves problemas. Sería mejor que no existiese.
       —Pueden darse casos —parloteó Momina—. Pero yo la echaría en falta. ¿Tú no? Imagínate. Todos majos y dignos, todos formales. Ya no habría momentos de verdad. Ya nadie estaría obligado a salir de su guarida, y a mostrarse como es, feo y sucio como es. ¿Cómo te las arreglarías para conocer a los hombres?
       —Creía que te gustaba gozar de ellos —dije eso y me detuve. Comprendí que era boba. Comprendí que Momina era peor que yo y que se reía de estas cosas.
       Pero no se rió. Lanzó un silbido, un leve silbido de desprecio.
       —¿Quieres que volvamos? —dijo.
       El zumbido del motor me amodorraba y pensaba en la noche, en el vello rojo de Febo. La neblina bajo el sol me daba una sensación de frescor, y advertí de repente que volvía a ver la lechería de baldosas donde había entrado sola tantas mañanas, antes de correr al taller, y Guido dormía saciado, en mi cama.
       —¿Tú por qué crees que Rosetta lo ha hecho? —preguntó Momina de improviso.
       —No lo sé —dije—. Puede ser…
       —No hay modo de saberlo —dijo bruscamente—. Te pone unos ojos asustados… se escurre… Nunca había hablado de eso con nosotras. Ya sabes lo que quiero decir…
       Llegamos a Montalto cuando los postigos estaban aún cerrados, pero un sol fresco llenaba el jardín. Momina, que me estaba contando con qué fuerza le entraba a veces el hastío —no la náusea de esto o de aquello, de una velada o de una estación, sino el asco de vivir, de todo y de todos, del tiempo que escapa tan pronto y sin embargo no pasa nunca—, encendió un cigarrillo y tocó el claxon.
       —Volveremos a hablar de esto —dijo riendo.
       El jardinero nos abría la verja. Entramos sobre la grava. Cuando salimos delante de los peldaños, la madre atemorizada apareció por la puerta.
       —Nada de nada tiene sentido —dijo aún Momina.
       Nos fuimos hacia Turín en caravana. Rosetta con nosotras; la madre con la doncella y el chófer en el gran automóvil venido a propósito de Turín. Toda la mañana, mientras esperábamos el coche, habíamos ganduleado por el chalet y por el jardín conversando, mirando las montañas. Había estado a solas con Rosetta una vez; me había llevado arriba, a una terraza, donde —me dijo— de niña se confinaba horas y horas para leer y mirar las copas de los árboles. Allá abajo estaba Turín —me dijo— y en las tardes de verano, desde aquel rinconcito, pensaba en los pueblos costeros donde había estado, en Turín, en el invierno, en los rostros nuevos que un día conocería.
       —A menudo engañan —le dije—, ¿no cree?
       —Basta mirarlos dentro de los ojos. En los ojos está todo —dijo ella.
       —Hay otro modo —respondí—, trabajar con ellos. La gente se traiciona trabajando. Es difícil engañar en el trabajo.
       —¿Qué trabajo? —dijo ella.
       Así viajamos hacia Turín y yo pensaba que ni ella ni Momina sabían qué es el trabajo; nunca se habían ganado la cena, ni las medias, ni los viajes que habían hecho y hacían. Pensaba en cómo es el mundo, en que todos trabajamos para no trabajar más, pero si alguien no trabaja nos da rabia. Pensaba en la vieja Mola, la señora, que había encontrado aquel trabajo de inquietarse por su hija, de andar detrás de ella, de no dejar que le faltara nada, y la hija le pagaba con aquellos sustos. Me volvieron a la memoria Gisella y sus hijas; la tiendecita, «nos hemos apretado», y todo para tenerlas sin hacer nada, entre algodones. Me volví mala. Vi de nuevo la cara de Febo. Me puse a pensar en via Po.
       Fui antes de anochecer, tras un baño que me di en el hotel. Nadie había ido a buscarme, ni siquiera Morelli. Pero en la mesita de noche había un ramo de lilas, con un telegrama de Maurizio. «Lo que faltaba», pensé. Al no hacer nada en todo el día, tenía tiempo para pensar en estas cosas. Hacía un mes justo que me había ido de Roma.
       Encontré a Becuccio que vigilaba la llegada de los cristales. No vestía ya los pantalones verdigrises ni el jersey, sino una cazadora con una bufanda amarilla. Seguía llevando el brazal. Su cabeza rizosa y sus dientes blancos me hicieron un curioso efecto. Casi, casi, mientras hablaba, estuve a punto de alargar una mano y tocarle la oreja. «Es el aire de la montaña», pensé espantada.
       En cambio le regañé fríamente por los retrasos de las entregas.
       —El arquitecto —dijo él.
       —El arquitecto no tiene nada que ver —corté—. Son ustedes los que tienen que estar encima de los proveedores…
       Comprobamos juntos los cristales y me gustaba cómo sus manos gruesas buscaban entre la paja las ménsulas, las bocas irisadas. En la gran habitación con la cal fresca, al crudo resplandor de la lámpara, aquellos vidrios brillaban como la lluvia a la luz de los faros. Los mirábamos a contraluz. Él dijo:
       —Parece cuando se cortan los raíles. —Había sido peón, una historia pasada, en las cuadrillas nocturnas del servicio de tranvías. En un momento dado me sentí coger la mano entre la paja. Le dije que tuviera cuidado.
       —Es una mercancía cara.
       —Lo sé —me contestó.
       —Nada —le dije—. Acabemos con las cajas.



15

      De hacer caso a los de Roma la tienda tendría que estar lista a mediados de marzo, y faltaban aún las bóvedas del primer piso. Trabajar con Febo se volvió difícil; empezó a decir que en Roma no entendían nada y que si yo no sabía imponerme, él sí. Había regresado de Ivrea con un talante socarrón; no llegó a hablar de la cuenta del hotel, pero me tuteó. Le dije que en Roma recibía órdenes, pero que en Turín las daba, y que cuánto quería por la molestia. Sin alzar la voz, lo conseguí. Al día siguiente me llegó un ramo de flores que le regalé a Mariuccia.
       Pero Roma era una complicación. En una prolongada llamada telefónica nocturna me dieron la noticia. Tienda y escaparates se quedaban igual pero en el primer piso las salitas de pruebas y el salón grande cambiaban de decoración, adoptaban un nombre y un estilo. Había que encontrar espejos, telas, arañas, grabados, aún no sabían si barrocos o qué. Tenía que decírselo al arquitecto, hacer proyectos, fotografías, mandar a alguien a Roma. Suspenderlo todo. Hasta las alfombras y los visillos.
       —¿Para el quince? —dije.
       No se trataba de una cuestión de tiempo. Mejor pronto, claro. En cualquier caso, dentro del mes.
       —Demasiado poco —dije.
       —Mande aquí al arquitecto.
       No lo mandé, fui yo. La noche siguiente me había bañado en mi casa y, tras ventilar las habitaciones, caminaba por el empedrado de costumbre. Siguieron dos días infernales de siroco en los que volví a ver las consabidas caras aburridas y nunca se llegaba al meollo de la cuestión. Eso era Roma, lo sabía. En medio de una discusión llegaba fulano o fulana, se ponía a hablar, nos levantábamos, decíamos: «Hay que tenerlo en cuenta». Faltaba siempre alguien, el que había empezado. Madame estuvo en un tris de convocar también a Febo, luego abandonó la idea. La conversación más sensata la tuvimos ante una mesa en el Columbia, mientras los demás bailaban. No la convencí de que valía más abrir incluso en mayo con los modelos de verano, pero me hice una idea de lo que tenían en la cabeza. Alguien había dicho que Turín era una ciudad muy difícil. Expliqué que también en Turín hay límites.
       Al propio Maurizio le molestó la llegada por sorpresa. Se creyó en el deber de esperarme, de estar a mi lado, de venir detrás de mí. Ostensiblemente, no me habló de Turín. Yo no le hablé de Morelli. Advertí que estaba mucho más sola en Roma, trepando por aquellas calles o entrando a tomar un café en Gigi, que en Turín en mi cama de hotel o en via Po. La última noche regresamos a casa tarde bajo un viento que movía las farolas y hacía crujir los postigos. No le dije que, por ciertas medias palabras y silencios de madame, había la posibilidad de que me confiaran Turín y que no tuviera que moverme más de allí. Le dije que se quedara en cama a la mañana siguiente y no viniera a la estación.
       En Turín lloviznaba. Todo estaba fresco, melancólico y neblinoso; de no haber estado en marzo habría dicho que estábamos en noviembre. Cuando Febo oyó que regresaba de Roma, enseguida se echó a reír, sarcástico, sobre el cigarrillo, hasta tal punto que el humo le hizo atragantarse, pero no estaba demasiado seguro de sí mismo. Cuando le conté aquella historia del barroco, me miró divertido.
       —¿Y ahora, Clelia —dijo bajito—, cómo se las arreglará?
       —Me buscaré un decorador que entienda de barroco —dije.
       —Turín está llena de barroco. Lo hay por todas partes, pero ninguno es bastante barroco.
       —Eso en Roma lo saben —dije—, pero no saben qué es el barroco…
       —Hagamos esto —dijo él, y empezó a trazar bocetos sobre el papel.
       Estuvo esbozando y fumando toda la tarde. Era estupendo. Yo miraba aquella mano roja y huesuda, sin pensar que era la suya. Me daba rabia que supiera tantas cosas, siendo tan joven, que bromeara así, que para él fuera como dinero que se había encontrado en el bolsillo sin haberlo metido. Tiempo atrás me había contado que él en la escuela de arquitectura había entrado solo ciertos días que sabía que iba a encontrar a una colega. Que el oficio lo había aprendido andando por el mundo con su madre, una vieja loca que montaba y desmontaba las casas como sombrillas de playa. Así, bromeando, me explicó que no había necesidad de cambiar nada en los saloncitos. Bastaba encontrar piezas de anticuario, y ni siquiera todas barrocas —alguna incluso provinciana, de gusto equívoco— y colocarlas bien, en el sitio exacto, darles luz como en el teatro. Se lo pasaba en grande y trató de besarme. Alcé la mano y me la besó.
       Al día siguiente apareció Morelli, inquieto, que me preguntó dónde había estado esos días. Le dije que tenía que ayudarme, porque la juventud de Turín era un auténtico desconcierto y que nosotros los viejos debíamos defendernos. Le pregunté si conocía anticuarios, si entendía de museos.
       Cuando comprendió lo que quería, me preguntó si me instalaba en Turín.
       Entonces fuimos a via Po y le enseñé los salones.
       —¿Sus pintores qué dicen? —me preguntó.
       —Si al menos entendieran de cuadros…
       —Aquí los cuadros serán los espejos —dijo él, serio—. No hay que hacer desaparecer a las clientas. No hay cuadro que valga una mujer guapa que se desnuda.
       Me acompañó a anticuarios por la zona de via Mazzini y mientras tanto hablábamos de Roma.
       —En Roma sería más fácil —decía yo—. Roma está llena de edificios antiguos en liquidación…
       Tampoco en Turín se andaban con bromas. Aquellos comercios eran la miel y nosotros las moscas. Apenas podíamos movernos entre montañas de cosas —piezas de marfil, cuadros desconchados, relojes de pared, estatuillas, flores de imitación, collares, abanicos—. Todo a primera vista parecía viejo y caduco, pero al cabo de un rato no había ni una pieza —una miniatura, un mango de paraguas— que no diera ganas de colocarlo a nuestro alrededor o de tener una casa y adjudicarle un sitio. Morelli decía:
       —Lo mejor no lo ponen a la vista. No saben quiénes somos. —Y me miraba juicioso y decía—: Aquí haría falta mi mujer.
       —¿Usted, cree en todas esas cosas? —me dijo, entre una acera y otra.
       —Da pena —le dije— pensar que, al morir, tus cosas acaban así en manos de otros…
       —Es peor cuando se van antes de que uno haya muerto —dijo Morelli—. Si estuviera aquí nuestra bella amiga, diría que también nosotros pasamos de mano en mano de quienes nos desean… Lo que salva a la gente son solo los cuartos… que pasan por las manos de todos.
       Entonces la conversación recayó sobre las mujeres y sobre las casas y sobre la abuela Clementina, que estaba ya en el mundo cuando alguno de aquellos quitasoles, de aquellas guitarras, de aquellos espejos herrumbrosos eran nuevos.
       —Esa ha sabido hacerse con su sitio. Nadie puede decir que lo tuviera en sus manos… Me hacen reír esos muchachos, esas amigas de Mariella que tienen los vicios y no la experiencia… Creen que basta con hablar. Quisiera verlos dentro de veinte años… La vieja llegó a donde quería…
       Entramos en otra tienda. Ya no hablábamos del barroco. Le dije a Morelli que era mejor ver un palacio, una casa, hacerse una idea del natural.
       —Vamos a ver a doña Clementina —dijo él—. Aquella noche había demasiada gente, pero ya solo las porcelanas merecen…



16

      Llegamos cuando salían unas señoras; me miraron. Hacía veinte años mi camino no pasaba por aquel barrio de Turín. Encontramos a Mariella y a su madre que acababan de tomar el té; la abuela —lástima— estaba adormilada, se estaba preparando para la noche, porque un violinista rumano iría a tocar y ella quería asistir. Esperaban a unos cuantos amigos, ¿queríamos participar también nosotros?
       Mariella me miró con reproche y mientras pasábamos al salón de las porcelanas me regañó en voz baja por no haberla avisado a tiempo de la excursión a Saint-Vincent.
       —Venga esta noche —me dijo—, estará Rosetta, todos los nuestros.
       —No veo ya a nadie. ¿Qué hacen?
       —No se sabe —dijo ella misteriosa—. Ensayar para creer.
       Me dio tiempo a tirarle de la chaqueta a Morelli para que no le contase a aquellas cotillas la historia de mis salones. La madre encendió las luces de la vitrina de las porcelanas, y nos contó algo de cada pieza. Habló del bisabuelo, de bodas, de tías, de la Revolución francesa. De ciertas miniaturas colgadas de la pared —mujeres rosadas, con pelucas—, Morelli sabía los nombres y nos los dijo. Contó la historia de una tal Giuditta —también de la familia— que se había tumbado bajo un árbol, en los jardines reales, y el rey de entonces entre las ramas le lanzaba cerezas a la boca. Yo miraba y trataba de entender la materia y el secreto —como se hace con un modelo— pero más que difícil era inútil. Aquella elegancia de las estatuas y de las cabecitas pintadas estaba hecha de nada, y sin los nombres, los razonamientos, las historietas de familia no bastaban para dar ambiente. Tendría que contentarme con Febo.
       Así, aquella noche volvimos para oír al violinista. Vi a la vieja rapaz con la cinta al cuello y la manteleta, vi el corro de señores ceñudos, las arañas, la alfombra. Juventud, había menos que la otra vez, estaban tan modosos en las sillas acolchadas, faltaba Loris. Entre las mujeres Rosetta y Momina me sonrieron.
       El violinista tocó bien, como tocan los violinistas en estos casos. Era un hombrecillo grueso, de pelo blanco, que besó la mano de todas; no se sabía si venía porque le pagaban o como amigo. Se reía con la lengua en la mejilla y nos miraba las piernas. Lo acompañaba al piano una dama linfática con gafas y una rosa roja en el hombro. Las señoras exclamaron: «¡Bravo!». En resumidas cuentas, me aburrí.
       Morelli aplaudía convencido. Cuando llegó el té, busqué a Rosetta y Momina.
       —En cuanto se levante la vieja —dijimos— nos vamos también nosotras.
       Mariella me pescó en un rincón:
       —Yo voy también —dijo—, espérenme.
       Acabó arrastrando tras nosotros a todos ellos, incluso al violinista. En el portal la dama de las gafas se puso a gritar: «El maestro quiere regalarse con nosotros». Todos hablaban en francés.
       En el coche me encontré junto a Rosetta. Le dije a oscuras, en la confusión: «Nos salió mal. Mejor Ivrea».
       —Aún no es de mañana —dijo Momina, subiendo.
       Para el violinista que estaba con las señoras y con Morelli en el enorme coche de Mariella regalarse con nosotros quería decir dar una vuelta por el centro, pararse ante los cafés, sacar la cabeza discutiendo y después hacer señas de ponerse de nuevo en marcha. Después de tres o cuatro de estos juegos, Momina dijo:
       —Que se vaya al diablo. —Y arrancó por su cuenta.
       —¿Adónde vamos?
       —A tu hotel —me dijo.
       Entramos gloriosas en la sala del hotel. Alguien alzó la cabeza.
       —¿No te da grima? —dijo a Rosetta que caminaba entre nosotras, con los puños tensos.
       Rosetta apenas sonrió. Dijo:
       —Está el peligro de que nadie haya pagado la cuenta. Con tal de que no nos echen…
       —¿Nunca has vuelto? —preguntó Momina.
       Rosetta se encogió de hombros.
       —¿Dónde nos sentamos? —dije.
       El camarero nos sirvió tres coñacs. Detrás de la barra, Luis me guiñó el ojo.
       —Esperemos que Mariella no nos encuentre —dije—. Me temo que el rumano no los regale demasiado.
       —Son muchos —dijo Rosetta—. Alguien invitará…
       Entonces dije que en Turín me sucedía esto, que evitaba a la gente. Tantos pintores, pura apariencia, músicos —en todas partes uno nuevo, ni siquiera en Roma la gente andaba de fiesta tan de continuo—. Y Mariella que quería representar a toda costa. Parecía que la guerra nunca hubiera existido.
       Rosetta, mimando su coñac, sonreía desde la butaca:
       —¿Lo dice también por nosotras —rezongó—, porque llevamos esta vida?
       —No lo sé —dije—, me parece que tanto jaleo no vale la pena.
       Momina, que no se había sentado aún, caminó inquieta entre la barra y nosotras dos.
       —No hay nada que valga la pena —dijo—. Antes al menos se podía viajar.
       Luego se echó en la butaca e hizo el gesto de quitarse el zapato.
       —Me temo que no estoy bien —dijo—. ¿No tienes una butaca arriba?
       Subimos en el ascensor. Yo no quitaba ojo a los movimientos de Rosetta. Salimos en el pasillo y me miró a hurtadillas; le hice un ademán como diciendo que había sido allí.
       —Estos pasillos son todos iguales —dijo ella, mirando la alfombra.
       —Como los días del año —dijo Momina—. Todas las puertas son iguales, y las camas, las ventanas, la gente que duerme aquí una noche… Hay que tener el valor de Clelia para vivir aquí…
       —O el suyo —dije señalando a Rosetta.
       —Oye —dijo Momina sin volverse—, ahora que nos suben nuestro coñac, si quieres apagamos la luz y tú nos cuentas cómo acabaste aquí y te equivocaste en la dosis… No creo aún…
       De repente, Rosetta se detuvo palidísima, apretó los puños y los labios. Pero estábamos ya en la puerta y dije:
       —Entremos.
       Rosetta entró, sin decir nada. Mientras nos sentamos en las butacas (Momina lanzó lejos los zapatos) y el camarero dejó la bandeja en la mesita, nadie habló y yo notaba que los ojos hundidos en las cuencas de Rosetta se llenaban de lágrimas. Momina no se había dado cuenta de nada.
       —¿No te sientas, Rosetta? —le dijo.
       Rosetta negó con la cabeza con fuerza, fue hacia la puerta, apagó la luz, y respondió con voz ronca:
       —Ya está.
       Por unos instantes en la oscuridad no hubo sino la punta roja del cigarrillo de Momina. Se oía el lejano rechinar de un tranvía. Adiviné la sombra más clara de la ventana.
       —¿La tenías tomada conmigo? —dijo Momina en chanza.
       Noté el esfuerzo de Rosetta para domar la voz. No lo consiguió. Balbució despacio:
       —No debes reírte.
       —Lo hago para darte ánimos —dijo la otra fríamente—. Lo hago por ti. Trata de ser inteligente, lo eres. ¿Qué ha sucedido? Por mi parte, nada. ¿Es que te ofendí? ¿Te dije que hicieras o no hicieras esto o lo otro? Solo te he ayudado a ver claro en tus líos. ¿Tienes miedo de esto? Yo comprendo matarse… todos lo piensan…, pero hacerlo bien, hacerlo que sea una cosa de verdad… Hacerlo sin polémica… Tú, en cambio, tienes pinta de modistilla abandonada.
       —Yo… te odio —balbució Rosetta, jadeante.
       —Pero ¿por qué? —dijo Momina seria—. ¿Qué me reprochas? ¿Haber sido demasiado para ti, o demasiado poco? ¿Qué tiene que ver eso? Somos amigas.
       Rosetta no contestó, y Momina no continuó. Las oía respirar. Dejé a ciegas la copa que tenía en la mano. Murmuré:
       —Siéntate.
       Se sentó. Comprendí que podía hablar. Entonces dije que, aunque yo nada tenía que ver, en vista de que estábamos juntas también yo podía decir una palabra. Las había oído de todos los colores sobre aquel asunto, y ninguna era verdad.
       —Si se trata de una cuestión entre vosotras dos —dije—, hablad claro y acabad de una vez.
       Momina se retorció en la butaca para buscar un cigarrillo. La luz de la cerilla me cegó; vislumbré su pelo corto sobre los ojos.
       —¿Qué pasa? ¿Habéis hecho el amor juntas?
       Ni una ni otra respondieron. Momina empezó a reír y a toser.



17

      —Ni siquiera puede decirse eso —prosiguió Momina quejosa, cuando ya entreveía las caras vagamente en la oscuridad—, menos mal que has apagado, querida. ¿Te convences de que de una cosa que podía ser hermosa y tener un sentido, has hecho un caso personal, un drama histérico?… ¿Has oído lo que dice Clelia?
       Lo había oído, y debía de estar roja como el fuego. No creo que llorara ya ni que tuviera miedo.
       —Vosotras dos no tenéis nada que ver con esto —dijo enfadada con su voz angulosa—. Tengo veintitrés años, conozco la vida. No la tengo tomada con nadie. Hablemos de otra cosa, ¿os molesta?
       —Dinos al menos qué se experimenta. En qué se piensa en ese momento. ¿Te miraste al espejo?
       No hablaba bromeando sino con voz de niña, como si ahora estuviera representando. También antes, cuando nos quedamos a oscuras, me había parecido una escena de teatro. De nuevo me asaltó la sospecha, nada menos, de que aquel día en la camilla no hubiera nadie.
       Rosetta dijo que no se había mirado al espejo. No recordaba si en la habitación había espejos. También entonces había apagado la luz. No quería ver nada, a nadie, solo dormir. Tenía un fuerte, un terrible dolor de cabeza. Que de golpe se le había pasado, curado, dejándola tendida y feliz. Qué feliz era, le parecía un milagro. Después se había despertado, en el hospital, bajo una lámpara que le hacía daño en los ojos.
       —¿Mal? —murmuró Momina.
       —Oh —dijo Rosetta—, despertarse es horrible…
       —Conocí a una cajera en Roma —dije— que a fuerza de verse en el espejo, en el espejo de detrás del mostrador, se volvió loca… Creía ser otra.
       —Habría que verse en el espejo… Tú, Rosetta, no has tenido valor… —dijo Momina.
       Charlamos así, del espejo y de los ojos de quien se mata. Llegó un momento en que, al volver el camarero con una nueva bandeja, encendimos la luz. La cara de Rosetta estaba tranquila, dura.
       Sonó el teléfono. Era Mariella y quería saber qué había ocurrido. No entendía mis palabras porque donde estaba atronaba una orquesta. Interrogué con los ojos a las dos. Grité al teléfono que había regresado porque estaba cansada. Que bailara y se divirtiera. Que la velada había sido simpática.
       Luego telefoneó Rosetta. Llamó a su casa. Dijo: «Mamá, ahora vuelvo». Momina se puso los zapatos y se marcharon.
       Al día siguiente tuve una visita de Rosetta en via Po. Entró con una sonrisa insegura, con su leopardo. Arriba, Febo y Becuccio tomaban unas medidas.
       —No querrá encontrar a nuestro amigo —le dije—. ¿Me acompaña a hacer compras?
       Me esperó en la sala grande, mientras yo gritaba por la escalera que salía. La vi tan joven, junto al escaparate, que pensé: «Mariella en su lugar sería una excelente cajera».
       Andando bajo los soportales, le dije que había pensado en darle trabajo. Ella sonrió, a su manera.
       —Se me ha ocurrido una idea —le dije—, un establecimiento atendido por sus amigas más distinguidas. ¿Le parecería bien? Los nombres más sonoros de Turín… Una en la caja, otra en los escaparates y en los salones…
       Siguió la broma. Me dijo:
       —¿Quién vendría a comprar? No quedarían nombres disponibles.
       —A lo mejor sus doncellas… Los nombres anónimos.
       —No sabríamos hacer nada…
       —Quién sabe… Como en las fiestas de beneficencia…
       —Señora Oitana, la envidio —me dijo—. Es hermoso trabajar como usted.
       —Algunas veces da rabia… Hay siempre un dueño.
       —Quizá el trabajo sea esto. Tener quien te dice qué hacer o qué no hacer… Es una salvación.
       —Pruebe a preguntárselo a su doncella.
       Vaciló.
       —Ayer —dijo—, he sido tonta…
       No la interrumpí…
       —… se dicen y se hacen muchas cosas falsas. Usted ya me entiende. Quisiera ser otra, como aquella cajera de Roma… Incluso loca, como ella. No debe creer en lo que dice Momina… Momina a veces resulta exasperante…
       —Momina en el fondo fue más discreta que yo… —farfullé, sin quitarle ojo.
       —Usted, señora Oitana, conoce muy bien la vida… —Buscaba las palabras—. A dos mujeres que tienen la conversación que nosotras tuvimos ayer, usted les retiraría su estima, ¿no?
       Se había parado, testaruda, me comía con los ojos. Ayer, en la oscuridad, debía de estar así de roja.
       La hice avanzar. Le dije que mientras una mujer se ruboriza aún no es cuestión de hablar de estima. (Ella se disculpó. Dijo: «Me ruborizo por nada»). Le dije que todo está bien mientras no perjudique la salud y no meta feas ideas en la cabeza. Le pregunté si era por eso por lo que había tomado el veronal.
       Nos habíamos detenido ante la florista de la via Pietro Micca. Era más fácil hablar. Le dije:
       —¿Le mandamos flores a Mariella, por lo de ayer?
       —Mandémoslas —dijo.
       Escogimos unos muguetes. Mientras la mujer disponía el verde, le dije a Rosetta:
       —A su edad no hay vicios, los vicios llegan más adelante.
       —No creo tenerlos —dijo ella con una mueca—. Sería mejor si los tuviese.
       Al volver bajo los soportales, le pregunté a qué juego jugábamos. ¿No se había matado por eso?
       Rosetta, atónita, me dijo que ni siquiera ella misma sabía por qué había entrado en el hotel aquella mañana. Incluso había entrado contenta. Después del baile de máscaras se sentía aliviada. Hacía mucho tiempo que la noche le inspiraba repulsión, la idea de haber terminado otro día, de estar sola con su hastío, de esperar tumbada en la cama la mañana, le resultaba insoportable. Aquella noche por lo menos había pasado ya. Pero luego, porque no había dormido y vagaba por la habitación pensando en la noche, pensando en todas las cosas absurdas que le habían sucedido por la noche y en que ahora de nuevo estaba sola y no podía hacer nada, poco a poco se había desesperado y al encontrar en el bolso el veronal…
       —¿Momina no estaba en el baile?
       No. Momina no estaba, pero en el hotel, ella, tendida en la cama, había pensado mucho, había pensado en tantas cosas que Momina decía, en sus conversaciones, en el valor de Momina que estaba más hastiada de la vida que ella, pero reía y decía: «Para matarme espero al buen tiempo, no quiero que me entierren con lluvia».
       —Yo —dijo Rosetta—, ni siquiera tuve la paciencia de esperar…
       —Pero ¿no se había peleado con Momina?
       —No, discutimos a veces, como ayer por la noche, pero somos buenas amigas. Momina es la única amiga que tengo.
       Daba igual. Dije brusca:
       —¿Amiga solo?
       Me miró, delgada, con aquellos ojos de gato. Empezó a ruborizarse apenas, luego se dominó nerviosamente.
       —¡Qué cosas me hace decir, señora Oitana! —balbució—. ¿Es necesario? Pero no me avergüenzo. Ya sabe lo que ocurre entre chicas. Momina ha sido mi primer amor. Hace muchos años, antes de que se casara… Ahora somos amigas, créame…



18

      Tuve que creerla. Le pregunté por qué no pensaba más bien en casarse. Se encogió de hombros. Dijo que conocía a los hombres.
       —Quizá no a todos —observé.
       —No es necesario —dijo.
       —No me dirá como Momina que le da miedo tener hijos.
       —Los niños me gustan —dijo—. Pero tendrían que seguir siendo siempre niños. Si pienso que después crecen y serán personas como nosotros, me da rabia… ¿No cree?
       —No los tengo —dije.
       Nos separamos, con la promesa de vernos de nuevo, pero estaba convencida de que no volvería. Rosetta había venido a buscarme por ingenuidad o por despecho, pero ahora debía de haber advertido que conmigo era imposible restablecer las distancias. Siempre volvíamos a caer en el mismo tipo de conversación.
       Fui a Milán a ver unos muebles de cristal, con Febo, que encontró un automóvil y me llevó. Todo fue bien, solo al regreso por la autopista nos paramos para encender un cigarrillo y Febo, con la cara de aquella noche en Ivrea, me puso las manos encima. Le hice tal moretón en un ojo que creí que lo había dejado ciego, pero al reanudar la marcha se portó bien y le expliqué que el mundo es grande y que no se debe hacer el amor con los compañeros de trabajo. Él miraba la carretera, mohíno. Le pregunté por qué no volvía a intentarlo con Momina, o incluso por qué no se buscaba una mujer entre las amigas de Momina. Gente rica e instruida, que sabía pintar y hacer teatro. Entonces me miró con un ojo divertido. Paró el coche. «Vuelta a empezar», pensé.
       —Clelia, Clelia —me dijo aunque sin tocarme—, ¿quiere ser mi mujer esta noche?
       —¿Es una proposición seria?
       —Somos ya marido y mujer. Usted me pega.
       —Puedo hacerle de madre, si quiere.
       —Sí, sí —dijo él, y batió palmas—, sí, mamá. ¿Me llevas a los prados a coger caracoles?
       En vez de eso nos detuvimos en un baile de pueblo fuera de Turín, y Febo, de buen humor, buscó camorra con una pareja de jovenzuelos que bailaban juntos y nos cortaban el paso. Lo amenazaron con dejarle morado el otro ojo. Era sorprendente cómo Febo, rubio y huesudo, se arriesgaba en aquel ambiente aldeano, sin saber siquiera el dialecto. Le dije que lo dejara y tuve que arrastrarlo lejos de allí. Entonces se le ocurrió que nos paráramos a cenar en una taberna, y me preguntó si no me gustaba a mí también escaparme de casa y hacer locuras.
       —No es nada difícil —dije—. Lo malo es sentirse en casa en una taberna.
       —Claro que sí —dijo él—, hagamos cosas malas.
       Encontramos un mesón al final del corso Giulio Cesare. Al principio Febo se calmó y pensamos en comer. Pero el mesonero no era el peludo de Ivrea y en la cocina no tenía gran cosa. Nos trajo los platos una criadita con chancletas, con los ojos rojos, que me miraba las medias, y también nos miraban los otros parroquianos, una vieja y unos chóferes. La estancia era fría, recién encalada y ya sucia; pensé que en mis tiempos eso era campo, carreteras abiertas y campo.
       —Las cosas que hacemos son malas de veras —le dije a Febo.
       Él trataba de excitarse y de encontrar bueno el vino. La chica, con sus ojos rojos, nos miraba desde la barra. Los otros ahora jugaban a las cartas, fumando y escupiendo.
       Acabada la tortilla, le dije que nos fuéramos.
       —Y sin embargo debe de haber un sitio… —decía él.
       Salimos ya oscurecido. El viento soplaba en las muestras rojas de neón diseminadas por la avenida.
       —Esta ciudad tiene su encanto —dijo Febo—. Usted no lo entiende, vive demasiado con los señores.
       Subí al coche con una rabia como para degollarlo.
       —Son ustedes y esas estúpidas, las Martelli y las Mominas, a quienes les gusta hacer cosas de señores —le dije—. Yo nací en Turín. Sé qué significa ver a otra con medias de seda y no tenerlas.
       Mientras nos peleábamos y él se carcajeaba, se detuvo otra vez, ante un café con un jardincillo iluminado.
       —Aquí de noche corre la sangre —dijo.
       La luz venía de los cristales de una sala grande, cuadrada, con bombillas desnudas. No había orquesta, sonaba una radio, y varias parejas bailaban voceando sobre la pista de cemento. Yo conocía aquellos sitios.
       —Si la sala común no le gusta —me dijo Febo al oído—, hay sitio arriba…
       Le dije que tomaba un café, pero que no quería quedarme. Ni para mí ni para él la compañía del otro era adecuada en aquel lugar.
       —Corre el riesgo de que lo deje plantado —le dije— y me junte con aquel tipo del fular.
       Febo miró al chico del fular que charlaba en una mesa con dos mujeres con el lápiz de labios sucio. Alzó una ceja. No respondió y se apoyó contra la barra, de espaldas.
       —Ese chico —le dije— no sueña con venir con usted o conmigo para pasar la noche. Mientras vive como vive no necesita cambiar de ambiente. Para él la elegancia son los perfumes que se compran en el estanco y las corbatas rojas y verdes. Él trabaja con aquellas mujercillas… ¿Por qué divertirse a su costa?
       Febo, con los codos hacia atrás apoyados en el mostrador, lo miraba. Como aún no estaba borracho, farfulló:
       —¿Habla la mujer o la compañera de trabajo?
       Le llamé bufón y le dije que hablaba en serio.
       Y él entonces alzando un ojo me preguntó en qué ambiente había nacido.
       —Más o menos en este —dije seca.
       El mozalbete del fular se habría dado cuenta de que Febo lo había mirado de hito en hito y ahora nos contemplaba a nosotros.
       —Y usted —dijo Febo, sin dejar de mirar impertinente la sala—, usted ha salido de su ambiente, se ha puesto medias de seda y se divierte con nosotros, gente instruida y bien, se divierte a nuestra costa. ¿Quién la ha llamado?
       Al hablar miraba al fular, que ahora se había movido y venía a su encuentro. Sentí que algo se tensaba en la sala, y la rabia, el miedo, el instinto de detener al otro me cegaron. Planté con todas mis fuerzas una bofetada en la cara de Febo, grité algo, lo agarré de un brazo. En la sala reían y nos abrieron paso. Llegamos al automóvil mientras de la puerta del local salían insolencias y carcajadas.
       Le dije:
       —Arranca, desgraciado.
       Arrancó con los dientes apretados y pasó el Dora como si el puente debiera hundirse tras él.
       —Ahora quiero bajar —dije.
       Él me miró, con aquella cara asombrada.
       —Y yo quiero beber —gritó—. Me tratan como a un borracho. Pues, al menos, lo seré.
       Me temblaban aún las manos y me quedé callada. Dejé que corriese. Pero aquella bofetada me parecía haberla recibido yo, y no me calmaba. Me decía: «No es peor que los otros. En su ambiente son todos así». Me lo decía y me lo volvía a decir, y me preguntaba si merecía la pena afanarse por llegar a donde había llegado, y no ser ya nada, ser peor que Momina, que al menos vivía entre los suyos. Las otras veces en tales casos me había consolado pensando que mi vida no valía por las cosas que había obtenido, por el puesto que había logrado, sino porque me lo había labrado, porque lo había conseguido. «Este es un destino como otro cualquiera —decía—, y me lo he labrado yo». Pero las manos me temblaban y no conseguía calmarme.
       Finalmente dije muy seca que quería bajar. Abrí la portezuela. Entonces Febo me besó a bulto gruñendo y paró. Salté a tierra y me marché.



19

      No es fácil huir de la gente desocupada. Al regresar me esperaba ya una tarjeta de invitación para una subasta de lujo, rubricada por Morelli, que me telefonearía al día siguiente. Empecé a darme cuenta de que, si al llegar a Turín hubiera alquilado una habitación, nunca me habría encontrado con Morelli ni con nadie. Salvo con Febo, por desgracia. Pero la vida que llevaba era esa —inútil añorar el tranquilo desorden de Roma—. Estas cosas se van por sí solas. Muchas veces durante los pasados años me había encontrado en un mundillo similar. Casi daban ganas de reír. Me había quedado Maurizio. ¿Cuánto tiempo duraría?
       Desde hacía varios días me desalentaba la empresa de via Po. Me lo había buscado. Tenía que correr, pensar yo en todo, agotar las posibilidades de Turín. Veinte años antes ni lo habría soñado. ¿Desde cuándo era algo estupendo? Acaso también yo hacía teatro como los desocupados de Turín, y a fin de cuentas era justo que los tuviera encima si trabajaba para ellos. Cuando me entran estas ideas quisiera poder escapar, plantarlo todo, volver al taller.
       Sobre aquella historia del mobiliario antiguo también Becuccio echó su cuarto a espadas. Sabía de unos ebanistas, padre e hijo, que antes de la guerra trabajaban en el Palacio Real y habían hecho allí restauraciones delicadas. Fuimos a buscarlos. Vivían al fondo de un patio, en una calleja sucia y estrecha, pero por dentro era un viejo palacio, había hasta árboles y una estatua. El ebanista, un viejecito, toqueteándose las gafas, desconfiado, se puso a charlar así al aire libre, en el patio. Cuando comprendió lo que queríamos, me dijo que era una lástima poner muebles bonitos en una tienda. Bastaba con cosas modernas, aglomerado y esmalte. Le dije que ya se había hablado de eso, pero que quería ver algo. ¿Qué quería ver, me dijo, si los palacios estaban todos cerrados? No quería ver palacios, dije, me bastaba una idea, una ambientación. Él dijo que si no quería ver, estaba claro que no entendía nada, y que entonces más valía que pusiera en la tienda las cosas de siempre.
       Becuccio le preguntó si no tenía algún trabajo en curso. El viejo se volvió hacia el taller y gritó en la oscuridad. Alguien se agitaba al fondo.
       —¿Tenemos algo? —gritó el viejo.
       El otro refunfuñó.
       —No hay nada —dijo el viejo tocándose las gafas—, qué quiere, uno ya no tiene ganas de trabajar para la gente.
       Becuccio se quedó a disgusto y empezó a soltar frases, y tuve que arrastrarlo de allí también a él. El ebanista se había metido de nuevo en el taller y ni siquiera le respondía. Regresamos juntos a via Po, donde Febo ya me esperaba para elegir las telas de las paredes. Le dije a Becuccio que era bonito llevar la vida de aquel viejo, darle con la puerta en las narices a los demás, y elegir el trabajo nosotros.
       —No debe de hacer mucho —dijo Becuccio—. La política se le ha subido a la cabeza.
       Después visité con Morelli aquella exposición, y había relojes de péndulo y servicios realmente preciosos. De vez en cuando se me escapaba:
       —Esto iría bien. —Pero recordaba que estaba allí solo por distraerme, para darle a Morelli oportunidad de acompañarme.
       —¿No quiere hacerse una casa para sí? —me decía Morelli.
       —Si un día una Clelia cualquiera me la monta…
       Él gozaba con su papel, entre aquellos cristales y las señoras que me miraban de reojo, y a muchas las saludaba. Yo pensaba en cuántas de ellas debían de conocer a Momina, a Febo, a Mariella y a los pintores. Turín es muy pequeño.
       Le pregunté a Morelli si alguien de aquella flor y nata hacía algo en serio. Él preguntó cómo.
       —Si tienen vicios —dije—, si se juegan el patrimonio, si son tan infames como quisieran. Hasta ahora he encontrado solo pequeños cerdos o muchachos jóvenes…
       —Ocurre —dijo Morelli— que somos más jóvenes nosotros que los muchachos… No saben nada.
       —Digo los ancianos como usted o como yo… Los que tienen tiempo y medios. ¿Disfrutan al menos? Yo, si no tuviese que trabajar, tendría vicios terribles. En el fondo no he satisfecho ningún deseo en mi vida…
       Morelli, serio, me dijo que tenía un vicio.
       —¿Y cuál? —Tenía el vicio de trabajar, de no tomarme nunca unas vacaciones.
       —Usted es peor que los industriales padres de familia —me dijo—, pero esos al menos eran hombres con bigote y han hecho Turín.
       —No tengo familia y aún no tengo bigote —dije.
       Morelli miró a su alrededor.
       —Hay una que se lo tomó en serio —añadí—, esa chica Mola…
       —¿Cree usted? —dijo, dudoso. Luego se irritó súbitamente—. Vale la pena trabajar día y noche para la familia. Si yo tuviera una hija que me gastara esas bromas ya la habría encerrado en un convento… En tiempos sabían hacer las cosas.
       —Creo —dije mirando a mi alrededor— que las chicas en los conventos empiezan siempre haciendo el amor juntas…
       —Pero salían mujeres con clase —saltó Morelli—, señoras, auténticas amas de casa. Al menos sabían hablar.
       —No es que sea un problema grave —dije—, en absoluto. Las chicas se enamoran todas de una amiga más despierta… Pero aquí en Turín tampoco se toman en serio estas cosas. Son tristes y tienen la náusea.
       —Discuten… —dijo Morelli.
       Y nosotros ¿qué hacíamos? De verdad, por las noches, cuando conseguía meterme sola en un cine, o por la mañana, cuando me demoraba tomando un café tras un escaparate en la via Roma, y nadie me conocía, y hacía proyectos imaginando haber montado quién sabe qué tienda, eran los únicos momentos hermosos de Turín. El verdadero vicio, el que Morelli no había dicho, era ese placer de estar sola. No son las chicas las que están bien en el convento, sino nosotros. Pensaba en aquella abuela de Mariella, que a los ochenta años le sacaba gusto a ver gente y a escuchar desde la cama el follón de los otros. Pensaba en Carlotta que había hecho la vida, y se había dejado el pellejo. En resumidas cuentas, hacer la vida no es sino soportar una compañía y llevártela a la cama aunque no tengas ganas. Tener dinero significa poderte aislar. Pero entonces, ¿por qué los desocupados que tienen dinero andan siempre en busca de compañía y de follón?
       Cuando era niña, envidiaba a las mujeres como Momina, Mariella y las otras, las envidiaba y no sabía cómo eran. Me las imaginaba libres, admiradas, dueñas del mundo. Al pensarlo ahora no me habría cambiado por ninguna de ellas. Su vida me parecía una estupidez, tanto más porque no se daban cuenta. Pero ¿podían obrar de otro modo? ¿En su lugar habría obrado yo de otro modo? Rosetta Mola era una ingenua pero ella las cosas se las había tomado en serio. En el fondo era cierto que se había matado sin motivo, desde luego no por aquella estúpida historia del primer amor con Momina o por algún otro enredo: quería estar sola, quería aislarse del bullicio; y en su ambiente no se puede estar solo, no se puede estar solo más que quitándose del medio. Ahora Momina y los otros la habían recuperado ya; habíamos ido juntas a buscarla a Montalto. Recordar aquel día me apenaba.



20

      Rosetta volvió, días después. También esta vez se detuvo vacilante en la puerta y fue Becuccio quien la vio y dijo:
       —Esa no me está buscando a mí.
       Esa mañana estábamos haciendo fotografías para mandarlas a Roma, y Febo encendía y apagaba los reflectores de los nichos retocando la pose de una estatuilla que nos servía de muestra. Bromeó con Rosetta y le dijo que en Ivrea lo habían seducido y abandonado dos malas mujeres. Luego habló de fotografiarnos a las dos delante de los escaparates para que se enterasen en Roma de lo que son las mujeres de Turín.
       —Nos haría falta Mariella —dije.
       Acabamos hablando de la representación, y Rosetta dijo que ahora los telones de fondo los estaba preparando Nene.
       —Es todo lo que sabe hacer —dijo Febo.
       Pregunté a Rosetta si ya no pintaba.
       —Eso fue una broma —dijo—. No se puede bromear siempre.
       —Estas chicas de Turín —dijo Febo— saben pintar, interpretar, tocar, bailar, hacer punto. Las hay que no paran nunca.
       Rosetta me miró melancólica. Por su traje recordé que fuera hacía sol, un hermoso día de mayo.
       —Solo los oficios que se hacen por hambre —dijo Rosetta— no se dejan. Me gustaría tener que ganarme la vida calcetando.
       Febo le dijo que no basta el hambre para triunfar; el oficio hay que saberlo como muertos de hambre y practicarlo como señores.
       —No se muere de hambre quien quiere —dijo Rosetta, con aquellos ojos firmes—, y el señor no es siempre quien tiene dinero.
       Becuccio los estaba escuchando, y el fotógrafo —corbata negra como Loris— se restregaba las manos.
       Dije que debíamos darnos prisa. Mientras sacaban las fotos, anduve con Rosetta arriba y abajo y le enseñé cómo quedaba la tienda. También a ella le gustaron los visillos y las telas. Discutimos sobre la iluminación. Me llamaron por teléfono.
       —Me marcho —dijo Rosetta—, gracias.
       —Nos veremos de nuevo —dije.
       Por la noche vi con otros a Momina —gente nueva, posibles futuros clientes— y se habló de una escapada en automóvil, de ir un domingo hasta la Riviera.
       —Se lo diremos también a Rosetta —dijo Momina.
       —Figúrate.
       Días después, pasaron en coche por via Po Mariella y Rosetta, y Mariella, que conducía, rubia y fresca, me gritó sin bajar que fuera de paseo con ellas.
       —Por la mañana trabajo —dije.
       —Venga a vernos —dijo ella—. La abuela quiere conocerla mejor.
       Le hice un gesto a Rosetta, y arrancaron.
       Al día siguiente Rosetta reapareció en la puerta, sola.
       —Entre —le dije—, ¿cómo está?
       Anduvimos por los soportales charlando y nos detuvimos ante el escaparate de la Bussola.
       —Casi casi nos convendría un saloncito así —dije.
       —¿Le interesan los libros? —dijo Rosetta animándose—. ¿Lee mucho?
       —Durante la guerra. No se sabía qué hacer. Pero no consigo hacerlo bien. Siempre tengo la impresión de meter las narices en asuntos ajenos…
       Rosetta me miró divertida.
       —… Me parece una cosa indecente. Como abrir las cartas de los demás…
       Rosetta en cambio había leído de todo. Había ido a la universidad, lo admitió mortificada, como si se avergonzase.
       —¿Cómo es que Momina ha estudiado en Suiza? —dije.
       Momina era hija de nobles, que la habían educado gastándose los últimos cuartos. Luego se había casado con un terrateniente de Toscana, y lo bueno que tenía era que nunca se hacía llamar baronesa. Por lo demás, el título ya no le correspondía. Rosetta conocía a Neri, el marido; había estado con ella en Versilia, precisamente el verano en que Neri la cortejaba. Un hermoso verano también para Rosetta. Se había divertido observando cómo Momina atormentaba a Neri; como un ratoncito. Hace cuatro años. Pobre Neri, era elegante y estúpido.
       —Lo que hace falta —observé.
       Pero después de la boda el tal Neri se había vengado. Después de todo, su abuelo aún había sido granjero, de esos que van a caballo con botas por el monte. Neri había pretendido vivir en el campo, cuidar sus tierras, y Momina lo había dejado plantado.
       —Y usted, Rosetta, ¿se parece a Neri o a Momina? —le pregunté.
       —¿Cómo?
       —Su padre es un hombre que trabaja —dije—. ¿Usted aprecia a su padre?
       —Me parezco a Momina —dijo sin vacilar, y sonrió.
       Y así fuimos a la Riviera. Hubo una novedad: Nene vino con nosotros. Llenábamos dos coches, dos Stude Baker magníficos. Yo estaba sentada entre Nene y Rosetta, y nos llevaba un tal barón, un tipo idiota que no entendía las bromas pero sabía de cuadros. Condujo todo el tiempo volviéndose a medias para conversar con Nene de puestas en escena y de nombres franceses. Momina iba delante, en el coche de Mariella, lleno de gente que yo acababa de conocer. Estaba aún oscuro y amenazaba lluvia. Pero todos juraban que el domingo en la Riviera hace sol.
       Rosetta apenas hablaba. De nuevo me asombró aquella Nene, escultora o pintora, labios gruesos y flequillo, y su modo descarado de reír como una niña. Y sin embargo tendría sus treinta años, poco más joven que yo. También era ingenua e impulsiva, y cuando Rosetta le preguntó cómo estaba Loris y por qué no venía también él, se confundió y bajó la voz como cogida en falta. Extraña muchacha, parecía una lagartija. Probablemente era de verdad estupenda, y un artista debe ser así.
       Pero yo tenía sueño, la noche la habíamos pasado en casa del barón cenando y esperando a las chicas para salir. Me quedé adormilada. En los Apeninos encontramos un viento desagradable y en medio de los bosques nos cogió la lluvia. Luego, a medida que aparecía la luz, la lluvia fue desapareciendo hasta que corrimos a lo largo del mar en el aire tibio, con las ventanillas abiertas, bajo la última llovizna. Allí los jardines estaban verdes y ya en flor. Le pregunté a Rosetta si ese año iría a la playa. Me dijo que no, que regresaba a Montalto.
       Nuestra meta era un chalet por encima de Noli, pero alguien dijo:
       —Vayamos a Sanremo.
       —Lo que es yo —dijo el barón—, querría tumbarme un rato.
       Mientras discutíamos, bajamos a la placita de Noli. Momina se reunió con nosotros. A esa hora, bajo la primera luz, la plaza estaba desierta, los cafés cerrados.
       —También esta vez somos madrugadoras —me dijo Momina.
       Rosetta fumaba con el bolso en bandolera, apoyada en la barandilla, dando la espalda al mar.
       —Nunca he visto el mar a esta hora —dijo Nene.
       —Lo consigues pasando la noche en blanco —dijo Momina—, pero no vale la pena. Mejor que el mar es este airecillo que huele a flores.
       Reemprendimos el camino. El barón se había salido con la suya. Cogimos la montaña, y entre las tapias y las curvas peligrosas llegamos al chalet, que era como un gran invernadero entre las magnolias.



21

      Caminando por el jardín, Rosetta me contó que el año anterior había querido hacerse monja. Me había alejado con ella y con Momina por el bosquecillo hasta una balaustrada desde donde se dominaba el mar.
       —Pero a las chicas como yo no las quieren —dijo.
       —¿Por qué, si tienes dinero? —dijo Momina.
       Rosetta se echó a reír bajito y dijo que las monjas tienen que ser vírgenes. Momina dijo:
       —Es un matrimonio como otro cualquiera. Todo lo que se le pide a una novia es que se vista de blanco.
       —Aquí arriba es bonito —dijo Rosetta—. Pero mañana será ya menos bonito. Para conservar el respeto por el mundo y la gente, hay que prescindir de todo. El convento lo resuelve.
       —¿Y qué habrías hecho tan sola? ¿Pintar vírgenes? —decía Momina—. Yo no sabría cómo pasar los días…
       Rosetta se encogió de hombros ante la alusión de Momina. Yo misma apenas me di cuenta. Pero ya Mariella y otros se acercaban bajo las magnolias, y Momina murmuró:
       —A cada día le basta su afán. Pasemos este…
       El día era verdaderamente prometedor, de no haber sido por las señoras, hermanas y amigas del barón, y sus hombres, que insistían en armar bullicio y dejaban sin resuello a los guardas, dos viejos a los que agobiaban para que abrieran, trajeran cosas, prepararan la galería. Momina puso un poco de orden al proponer que nos asignaran un cuarto y nos dejaran reposar una horita.
       Aquel chalet era una hermosura, lleno de muebles macizos y butacas, pero todo enfundado, hasta las arañas. El parquet de madera estaba aún encerado.
       —Parece un castillo medieval —dijo Mariella cruzando un pasillo.
       Cuando se calmó el ir y venir a los baños, me había sentado en una butaca de mimbre, y Mariella se acomodaba el pelo en un tocador, Momina se había quitado los zapatos y echado en la cama, Nene y Rosetta charlaban en la ventana abierta de par en par. Pensaba en esas películas de chicas americanas que viven todas en un cuarto, y una mayor que se las sabe todas hace de niñera de las otras. Y pensaba que es todo una ficción: la actriz que hace de ingenua es la mejor divorciada y pagada. Me reía para mis adentros, y Momina, que fumaba, dijo:
       —Si nos mandaran unas copas…
       —No entiendo —empezó Mariella— por qué doña Paola se viste así de gitana, con zarcillos…
       Hablaron un buen rato de los zarcillos y de las mujeres ausentes. En un momento dado me sobresalté en la butaca: me había amodorrado de nuevo. Sentí el fresco de la habitación y la voz agresiva de Nene que exclamaba:
       —Eres mala, eres mala, no necesito hacer de madre de nadie.
       —No lo necesitas, pero lo haces —dijo Momina.
       Nene, en medio de la habitación, gritó con voz chillona:
       —Los hombres son niños. Nosotros, los artistas, somos dos veces niños. Si quitas eso, ¿qué nos queda?
       —¿Qué quieres quitar? —dijo Momina—. A la vida no hay que quitarle nada, ya es cero de por sí. Ah —y se revolvió en la cama—, me dais asco…
       Dijo Rosetta, desde la ventana:
       —Si lo quieres, Nene, no te preocupes por lo que dice Momina. Lo hace para hacerte rabiar…
       —Está claro —dijo Mariella.
       —¿De quién habláis? —pregunté.
       —De ese genio de Loris —dijo Momina, saltando de la cama—, de un hombre que para tomar un baño necesita que una mujer lo ame… Prefiero a Fefé.
       Abajo habían golpeado un gong.
       —Vamos —dijo Momina—, las chicas, al salón.
       Consumimos en la galería el almuerzo que los guardas habían corrido a buscar al pueblo. Doña Paola con su capa escarlata de gitana hacía de anfitriona y se disculpaba porque teníamos que pasarnos los platos de mano en mano. Comimos con chianti y licores, en las copas de coñac. Mariella cotorreó sin parar. Hacia el final tuvieron que correr las cortinas, de tanto como daba el sol en los cristales.
       No era aún mediodía. Cuando nos levantamos buscaron algo que hacer y alguien dijo: «Bajemos al mar». Algún otro se perdió por el jardín. Se me había pegado un tipo gordote que quería enseñarme desde lo alto las antigüedades de Noli. Lo despisté con una excusa. Hice una escapada al cuarto del primer piso y me senté en la ventana. Fumé mirando las plantas.
       Del jardín subían llamadas y voces conocidas; volvían a hablar de ir a Sanremo. Se abrió de pronto la puerta; entró Mariella.
       —Ah, está usted —dijo—, perdone.
       En el umbral entreví al barón, que se retrajo.
       —¿Debo irme? —dije.
       Mariella me lanzó una graciosa sonrisa y le cerró la puerta en las narices al otro.
       —La buscaba. —Vino hacia mí—. Lo antipático de estas excursiones es que siempre hay alguien de más —parloteó—. Quería decirle, Clelia, que ayudemos a la pobre Rosetta… Ya sabe usted lo sensible que es, lo inteligente. Éramos muy amigas antes… Tenemos que sacarla de sus ideas morbosas, distraerla…
       Yo esperaba a ver adónde quería ir a parar. Veía aún la cara desdibujada del barón.
       —Dígaselo usted también. Sé que se han visto… Conmigo no sale de buena gana. Convénzala de que venga a los ensayos. No se consigue reunir a esas chicas. Qué difícil es montar algo…
       —Quizá —le dije— Rosetta ha crecido. Ya no quiere jugar con las muñecas.
       —No, no —dijo ella—, hay piques, celos…
       —No me parece que esté enfadada con Nene.
       —No es eso. Desde que Momina se puso en contra de la representación… También Momina, qué sensación de… Rosetta no quiere saber nada, nos abandona.
       —Creo —le dije— que Rosetta trató de matarse porque estaba harta de Momina, de la representación, de usted, de todos. ¿No cree?
       Me miró con frialdad, herida. Luego se recobró con vivacidad.
       —Usted exagera —dijo—, Rosetta es una muchacha inteligente y sincera…
       «Precisamente —quería responder—, precisamente», pero llamaron a la puerta. Era Momina.
       —Vamos a Sanremo —anunció.
       Luego, mirándonos con ojos empequeñecidos dijo:
       —Me dejáis estupefacta.
       No llegamos a Sanremo. Nene empezó a sentirse mal, a dar patadas, a dejarse caer sobre los cojines gimiendo:
       —Qué cosa más horrible. Me muero. Parad.
       También paró el primer coche.
       —Nada, nada —dijo el barón—, es que se marea. Este coche gasta estas bromas.
       Estaban mal también una mujer del otro grupo y el tipo gordote. Los hicimos vomitar sobre el parapeto. La más trágica era Nene, muy ojerosa y diciendo frases inconexas. Me explicaron que los grandes coches americanos son tan mullidos y cómodos que hacen el efecto del balanceo del mar.
       Nos habíamos detenido en una revuelta espaciosa, bajo una gran roca, frente al mar. Rosetta miraba la escena con expresión enfurruñada.
       —¿Se animan a continuar? —preguntamos a los tres.



22

      No se animaban, y entonces Momina y yo bajamos a la playa, entre las plantas carnosas. Mariella nos gritó que la esperásemos.
       —Esto es el mar —dijo Momina, apoyada contra la pared.
       —Mariella opina —le dije— que con Rosetta exageras.
       —¿Te parece que exagero? —dijo ella fríamente.
       Mariella, gritando «Uuh», llegó con dos o tres hombres.
       —¿Nos damos ese baño? —decían.
       —No, recoged guijarros —dijo Momina—, pero no os los metáis en la boca.
       Se alejaron de veras.
       —Oye —le dije, impresionada—, ¿os veis mucho Febo y tú?
       —Es presuntuoso, zafio, mocoso y peludo. ¿No basta? —Reía—. ¿Te interesas por ese?
       —No —murmuré—, quisiera saber si te gustan solo las mujeres.
       —¿Qué ha dicho esa estúpida?
       —Soy yo la estúpida. No consigo entender por qué Rosetta no se casa. No puede hacer otra cosa. ¿Sigue apegada a ti?
       Momina me escrutó un instante en el sol.
       —A mí no me gustan las mujeres, y a Rosetta tampoco. Esa es la verdad. Si me gustaran, puedes estar segura, no me lo pensaría dos veces. Es una idea que se le ha metido a Rosetta. Ocurrió hace tres años, estábamos en la playa como ahora… Entró en mi cuarto y me encontró… No estaba sola. Un jugueteo como en Ivrea. Ella entonces quiso hacerse la valiente, pero se le ha quedado la impresión y me considera… algo así… como su espejo. ¿Comprendes?
       Comprendía. La historia era tan absurda que debía ser cierta. Pero no me lo había dicho todo, estaba claro.
       —¿Y por qué no se casa?
       —¿Cambiaría algo? —dijo Momina—. No necesita labrarse una posición. Qué es un hombre, ya lo sabe… Y además en su casa la atan corto.
       Volvió Mariella con sus hombres. De arriba nos llamaban. Habían decidido montar en los coches y volver despacio a Noli. La idea de no ir a Sanremo no me disgustó, pero ¿qué haríamos en Noli? Por mi parte, decidí sentarme en aquella plaza y dejar que la tarde transcurriera así.
       Habíamos dejado a Nene en el otro automóvil; yo iba sentada entre Momina y Rosetta, delante estaba Mariella con el barón. Los dos conspiraban y de repente el barón se volvió y nos preguntó si aguantábamos bien el coche. Luego partió como el viento.
       Pasó Noli sin pararse, pasó Spotorno, entró en Savona. Esta historia empezaba a molestarme. Le di un codazo a Momina, le señalé a Mariella que se apretaba contra el otro.
       —¿No te sientes mal del estómago? —le pregunté cuando el coche grande aflojó la marcha, giró por acá y por allá y se detuvo. Nos dijeron:
       —¿Vamos a bailar?
       Pues sí que valía le pena venir a la Riviera. Encontramos un salón de té en una plaza y la gente que paseaba formó una hilera al bajar nosotros. Éramos de por sí un número de variedades.
       Una vez dentro, Momina expresó el pensamiento de todos.
       —Ya está —le dijo al barón—, usted dedíquese a Mariella. Hoy no me apetece bailar.
       —Tampoco a mí —dijo Rosetta.
       —Tampoco a mí.
       Era un local siglo XX, con tabiques perforados y palmeras.
       —Nosotras nos vamos a ver Savona —dijimos a los dos—. Que se diviertan.
       Salimos a callejear, aliviadas. No había mucho que ver en Savona y en domingo, pero la nueva ciudad surtió el consabido efecto. Había un gran cielo con algunas nubes, había aire de mar, caminábamos a la aventura. En un café tomamos pastas, mirando a las mujeres y a la gente que nos miraba. Así llegamos hasta el puerto, donde en vez de casas había feos mercantes negros y rojos.
       —Se acabó —dijo Momina—. Todo acaba.
       Pasamos por delante de unas tasquitas en semisótanos, donde freían pescado.
       —Ahí tienes —dijo Momina—, tu amigo Morelli nos invitaría a beber un litro. Lo malo es que no lo aguanta.
       —¿Tú lo aguantas? —dijo Rosetta.
       —En Roma eso se podría hacer —dije—. Es lo bueno de Roma.
       —El vino lo aguanto. No aguanto siempre a Morelli —nos dijo Momina.
       Nos apoyamos en el murete que daba al agua y encendimos un cigarrillo.
       —Esa vida la he llevado —le dije a Rosetta—. No en las tascas, sino en la lechería. Turín está llena de chicas que la llevan.
       —Debe de tener algo hermoso —dijo Rosetta—. Cuando iba al colegio, por la mañana, pasaba siempre delante de una lechería y, en invierno, por los cristales se veía la gente que se calentaba las manos con la taza. Debe de ser hermoso estar así, solas, mientras fuera hace frío…
       Le dije que no siempre por la mañana las chicas tienen tiempo de calentarse las manos. Se toma la taza y se corre a la oficina maldiciendo a alguien.
       Entonces Rosetta me dijo:
       —Según usted, ¿las chicas que trabajan son tontas? ¿Deberían venderse, entonces?
       Momina, que miraba al agua, dijo:
       —Parece una cloaca, no el mar. ¿Lavan en él los platos?
       —También ir a la oficina es venderse —respondí a Rosetta—, hay muchos modos de venderse. No sé cuál es el más inútil.
       Tampoco sabía por qué le decía estas cosas precisamente a ella. En realidad, pensaba algo muy distinto.
       Rosetta replicó, tocada:
       —Sé que la vida es difícil…
       —Oh, dejad de hablar de política —dijo Momina—. Echemos a andar.
       Caminábamos ahora por el centro de la calle. Rosetta, meditabunda, me echaba ojeadas. En algún momento dijo:
       —No debe pensar, señora Oitana, que desprecio a las prostitutas. Hay que hacer de todo para vivir. Pero ¿no es más sencillo vivir trabajando?
       —También el otro es un trabajo —dije—, no crea que lo hacen por otra cosa. En todas partes existe el engranaje.
       —En mi opinión, las prostitutas son estúpidas —dijo Momina—. Basta ver la cara que tienen algunas.
       —Depende de a qué llames prostituta —dijo Rosetta—. La cara que dices la tienen solo las que no han hecho fortuna.
       —Es cuestión de saber defenderse —dijo Momina.
       Por fin encontramos el Stude Baker en la plaza y nuestro local. Momina dijo:
       —¿Nos quedamos?
       Los dos bailaban entre las palmeras abrazados como novios. Estuvimos un rato mirándolos desde la barra. La alta estatura y la cabeza rubia de Mariella destacaban. «Ahí tienes una que sabrá defenderse», pensaba.
       Volvieron hacia nosotras con una sonrisa un poco desdibujada. Habían bebido bastante. El barón le pidió un baile a Rosetta. Bailaron. Luego les dijimos que era mejor regresar. Mariella, agitada, nos dijo que le habría gustado visitar Savona con nosotras. Rosetta dijo muy seria que no valía la pena.
       En un instante estuvimos en Noli, y aún no era de noche. El mar empezaba a adquirir color entonces. Encontramos a los otros en el café de la placita, aburridos y ruidosos. Decidimos cenar allí, y luego viajar cómodos, sin traqueteos.



23

      Al día siguiente recibí en via Po una visita de Nene, que quiso ver los saloncitos y me dijo que había sido una tonta al sentirse mal. Miró nichos y espejos, porcelanas y marcos, dando vueltas, y me invitó a una fiestecita que querían dar en el estudio de Loris. Preguntó por qué no decoraba la tienda con algo moderno. Habló mal de Febo. Citó a los pintores jóvenes de Turín, con intención e ingenuidad. Le respondí que estaba realizando proyectos y que aquellos días tenía mucho que hacer.
       Ese mismo día, Mariella me mandó un ramo de rosas blancas y una notita: «Recuerdo de una cándida excursión». Durante la cena de Noli la baronesa nos había interrogado a todas sobre si nos habíamos divertido en Savona. También Mariella me invitó a una velada restringida en su casa: había alguien que leía poesías. Le respondí que estaba ocupada.
       Morelli se invitó a cenar a mi mesa. Preguntó por qué no cenábamos arriba, en mi cuarto. Le respondí que esas cosas no las hacía ni siquiera con una amiga.
       Hasta Maurizio dio señales de vida con una larga carta, donde me decía que, a fin de cuentas, me echaba en falta, que alguien en Roma empezaba ya a tomarle el pelo por su viudedad, y que por favor no volviera casada con un jugador del Turín y que, en resumen, le dijera si tenía que confirmar el chalet para ese año. Advertí que ya no conseguía ver las caras de Roma, y a menudo en la memoria intercambiaba a Maurizio con Guido. Pero lo que no confundía era la época disparatada de Guido, sus accesos de malhumor, sus manías y las mías, y la tranquila resignación de Maurizio. Maurizio era listo. Maurizio no tenía prisa. Estas cosas se consiguen cuando ya se puede vivir sin ellas.
       Hablé de ello con Rosetta cuando volvió a verme. Reapareció de la misma manera, en la puerta, mientras yo salía. Le dije que me habían invitado a la fiesta de Loris.
       —¿Va a ir? —me preguntó, con una media sonrisa.
       —Nene me busca, Mariella me busca. De jovencita, cuando comía en la lechería, estas invitaciones me habrían vuelto loca. En cambio entonces íbamos a la colina.
       Rosetta me preguntó qué hacía los domingos en aquellos tiempos.
       —Ya se lo he dicho. A la colina. O a bailar. O al cine. A forcejear con los chicos.
       —¿Hacían esas cosas en la colina?
       —Pocas cosas. —La miré—. Mucho menos de lo que se hace en otros ambientes.
       —Loris —me dijo Rosetta— me llevaba a veces a los cafés de los bajos fondos.
       —Donde corre la sangre —le dije—. ¿Ha visto correr la sangre?
       —Loris jugaba al billar. Con frecuencia había variedades. Mujeres desagradables…
       —¿Usted cree en eso de los bajos fondos?
       —Son cosas que una hace por ver —dijo Rosetta—. Es una vida, es una miseria que a nosotros se nos escapa.
       —No basta con ver las cosas —le dije—. Apuesto a que de toda esa experiencia solo ha sacado una cosa…
       —¿Cuál?
       —Ha conocido mejor a Loris.
       Rosetta hizo algo que no me esperaba. Se rió. Se rió a su manera forzada, pero se rió. Dijo que tenía razón Nene, los hombres son niños, y los artistas dos veces niños. No había necesitado gran cosa para conocer a Loris, mucho menos que para liberarse de él.
       —No creo en esa historia de los niños —le dije—. Los hombres no son niños. Crecen incluso solitos.
       De nuevo Rosetta tuvo una salida que no me esperaba.
       —Ensucian —dijo—. Ensucian como niños.
       —¿Cómo que ensucian?
       —Lo que tocan. Nos ensucian a nosotras, ensucian la cama, el trabajo que hacen, las palabras que usan…
       Hablaba convencida. Ni siquiera estaba irritada.
       —Toda la diferencia estriba en eso —dijo—, los niños solo se ensucian a sí mismos.
       —¿Y las mujeres no ensucian? —dije.
       Me miró franca, con aquellos ojos profundos.
       —Sé lo que piensa —balbució—, no estoy diciendo eso. No soy lesbiana. He sido joven, eso es todo. Pero el amor, todo, es una cosa sucia.
       Entonces dije:
       —Momina me ha contado de ustedes dos. De aquel día en la playa en que usted, Rosetta, abrió una puerta y la encontró acompañada. Es eso lo que la ha disgustado, ¿no?
       —Momina —dijo Rosetta ruborizándose— hace muchas locuras. A veces se ríe, pero está de acuerdo conmigo. Dice que no hay agua que pueda lavar los cuerpos de la gente. Es la vida la que es sucia. Dice que todo es un error.
       Estuve a punto de preguntarle por qué vivía entonces, me contuve a tiempo. Le dije que en la época en que yo había estado enamorada, aunque comprendiera perfectamente —estas cosas se saben— que éramos dos locos, que mi hombre era un incapaz, que se quedaba en casa durmiendo mientras yo corría por Roma, a pesar de todo eso, no se aprende a bastarse por sí mismo si no se ha hecho la experiencia entre dos. No había nada sucio, solo era una inconsciencia —de animales, si se quería, pero también de gente inexperta que solo así puede comprender quién es.
       —Sucio puede serlo todo, es cuestión de entendernos —dije—, pero entonces también soñar de noche, también ir en automóvil… Ayer Nene vomitaba.
       Rosetta escuchó con una media sonrisa, más de la boca que de los ojos. Era la sonrisa de Momina cuando juzgaba a alguien.
       —Y pasado el amor —me dijo tranquila, como si todo estuviera arreglado—, habiendo comprendido quiénes son, ¿qué se hace con esas cosas que se ha aprendido?
       —La vida es larga —dije—. El mundo no lo han hecho los enamorados. Cada mañana es otro día.
       —Eso lo dice también Momina. Pero es triste que sea así. —Me miró como se mira a un perro. No nos habíamos parado siquiera en ciertos escaparates que yo quería ver. Estábamos ante el hotel.
       —Venga, pues, a la fiesta de Loris —me dijo—. Mariella querrá llevarme también a mí.
       Sucedió que, al telefonearme Momina, le dije que Mariella tenía razón, que ella exageraba con Rosetta. Pero por teléfono nunca se deberían tener estas conversaciones. Sentí la voz de Momina endurecerse. Sentí la mueca con que dijo:
       —Esa historia.
       Tuve que explicarle que se trataba solo de las conversaciones que sostenían. Que me parecía que Rosetta estaba ya demasiado descontenta de sí misma para escuchar sus salidas burlonas o llenas de dureza. Que más valía no hurgar en la llaga. Hablaba y notaba que hablar era una tontería. Momina ni siquiera tenía necesidad de componer la cara, hacía un ruido con la garganta siguiendo mis palabras. Dijo al final, con frialdad:
       —¿Eso es todo?
       —Oye, uno se pasa el día metiendo la nariz en los asuntos de los otros. Que por lo menos sirva de algo. Te he dicho mi opinión.
       —Y esa estúpida de Mariella…
       —Mariella no tiene nada que ver. Es una conversación entre nosotras.
       —No te doy las gracias.
       —¿Y quién te pide las gracias?
       —Comprendo.
       Después, como si nada ocurriera, hablamos de lo que haríamos esa noche.



24

      Momina se interesaba de vez en cuando por la tienda y me preguntaba si conseguiríamos inaugurarla en primavera.
       —Estoy harta —decía yo—, estoy desanimada. Ahora depende de Febo.
       —Pero estás trabajando mucho.
       —Con tantos escaparates preciosos como hay en Turín —dije—, ¿qué quieres hacer?
       Una tarde cogí a Becuccio y le pregunté si tenía una chavala. Él bromeó, sin comprometerse. Le dije que si quería hacerme compañía, ir juntos a alguna parte, me dejaba guiar. Bromeó un poco, no se fiaba, temía optar.
       —Que quede entendido —dije—, que cada cual paga lo suyo.
       Me miró con ojos alegres, ensanchando el pecho. Tenía todo, cazadora, bufanda, brazal de cuero. Se tocó la barbilla con los dedos, dudoso.
       —Esta noche —dije—. No mañana. Ahora mismo.
       —Me voy a afeitar —dijo.
       —Salgo dentro de media hora.
       Reapareció puntual. Debía de haber corrido quién sabe adónde para proveerse de dinero. Se había echado perfume en el pelo.
       —Comemos y luego vamos al cine —dijo.
       —Al cine ya voy sola. Esta noche quiero andar por ahí.
       —Pues entonces andemos.
       Me llevó a cenar a un mesón toscano del corso Regina.
       —Está sucio, pero se come bien —dijo.
       —Becuccio, no haga trampas. ¿Adónde va con sus amigos? —le dije.
       —Iremos luego —dijo él.
       Comimos y bebimos, hablamos de la tienda y de cuando vinieran de Roma a inaugurarla. Becuccio nunca había visto un desfile de modelos y me preguntó si se admitía también a los hombres. Se quejó de que su trabajo terminaba siempre con el revestimiento y antes de la última mano de albayalde. Le dije que lo invitaríamos.
       —En el arrabal del Dora están levantando otro edificio —me dijo—. El aparejador me manda a mí.
       Me contó que en los dos años que llevaba haciendo aquel trabajo nunca había visto una habitación bien organizada. A la empresa le entraban las prisas al final. Me aconsejó que tuviera cuidado los últimos días.
       Me servía de beber. Tuve que detenerle la mano. Le pregunté si quería emborracharme.
       —No, no —contestó—, al menos el vino lo pago yo.
       Luego hablamos de los peones que estaban fijando los anaqueles. Becuccio se reía.
       —Como el ebanista del Palacio Real. Yo lo pondría a hacer anaqueles, a ese monárquico.
       En un momento dado aplastó el cigarrillo y dijo que sabía por qué esta noche había salido conmigo.
       Lo miré.
       —Sí —dijo él—, es la propina.
       —¿Qué propina?
       —El domingo habremos terminado. Mi papel se habrá acabado. Y usted me hace este regalo.
       Lo miré. Hablaba con buen humor. Los ojos le reían, contento consigo mismo.
       —¿Le parece un regalo?
       —Habría querido que fuese antes —dijo él—, pero usted es lista. Ha esperado al final.
       Sentí calor en la cara.
       —Ándese con cuidado, que estoy borracha —dije—. No tengo nada que perder.
       Él tocó la botella.
       —Ya no hay más. —Llamó a la mujer.
       Le retuve la mano.
       —Ni lo sueñe. Ahora vamos con sus amigos.
       Salimos a la avenida. Me preguntó si de veras me interesaban sus amigos, si quería verlo jugar al billar.
       —¿Se avergüenza de mí? —le dije.
       Enseguida me cogió del brazo (habíamos echado a andar) y dijo que todas las mujeres son iguales:
       —«Miraré mientras juegas», dicen, pero luego no aguantan, se portan como en el dentista, se aburren. No me conviene llevarla. No estaría ni con usted ni atento al billar. En usted no puedo mandar…
       —¿Por qué? ¿En tu chavala mandas?
       Sin pensarlo lo estaba tuteando. No era la primera vez. Pero fue la primera que me respondió llamándome Clelia.
       —¿En Roma no hacen eso? —dijo—. ¿En usted, Clelia, no manda nadie? —Entonces dijo—: Decídase. ¿Adónde vamos?
       Fuimos a bailar al Nirvana. Nada menos. Becuccio quería hacer bien las cosas. Era un salón con columnas y una orquesta de cuatro. Me acordé de que había estado allí de paso, la noche de Morelli y Momina. «Sería cómico que nos encontráramos con alguien», pensaba. Becuccio, con su cazadora, me guió decidido hacia las mesitas del fondo. Me imaginé por un instante que salía con él todas las noches. Nos habríamos encontrado en la esquina del corso Regina y un buen día lo habría visto llegar en motocicleta. Me habría dicho, muy orgulloso: «Sujétate bien. Vamos a noventa». ¿Qué hombre habría sido Becuccio?
       Bailamos, bromeando sobre su chavala. Le dije:
       —Si la encontrase aquí bailando con el jefe de su oficina, ¿qué cara pondría? ¿Quién chillaría de los dos?
       —Depende de la disculpa que encontrara —dijo Becuccio, y guiñó un ojo.
       En mi fuero interno me había decidido. No estaba borracha, pero el mal humor, el cansancio, el despecho de antes me habían abandonado, bailaba y hablaba contenta, caliente por dentro. Al día siguiente pensaría en las cosas. Aquel poco de música y la bufanda de Becuccio bastaban por esa noche.
       —¿Nunca te ha ocurrido —le dije— conocer a chicas, incluso a las de la vida, que lo hacen por rabia? ¿O también a chicas que no quieren saber nada de eso, solo porque la tienen tomada con los hombres? ¿Chicas a quienes les molesta sentir a alguien en su cama?
       El caso es que hablaba demasiado. Y que soltaba las frases de Rosetta y de la otra. Becuccio me cogía entre sus brazos, me doblaba la espalda, caminaba casi encima de mí. Me había dicho ya al oído:
       —¿Nos marchamos?
       —Las chicas tienen muchos caprichos —respondió—. Quién sabe de dónde los sacan. Pero una vez en la cama, consienten.
       —¿Seguro? —le dije.
       Me llevaba del brazo y volvíamos a la mesita. Me ciñó el talle y me estrechó con fuerza.
       —No, Becuccio —dije, sin mirarlo—, también a mí me gusta sentirme sola.
       —¿Nos vamos fuera? —dijo él.
       Fuera, en el primer portal, trató de besarme.
       —Tranquilo —le dije—, no quiero hacerle daño a nadie.
       —Pues no nos lo hagamos a nosotros —balbució riendo. Trató de nuevo de besarme.
       Lo dejé. Me clavó contra la pared. Sentí el olor y el choque vivo de la boca y del pelo. No abrí la boca.
       —Eres joven —le dije sobre el hombro—, eres demasiado joven. Yo estas cosas no las hago por las calles.
       Durante un trecho caminamos del brazo, sin saber adónde íbamos. Me parecieron aquellas tardes de Guido, cuando Roma estaba lejos y yo no tenía aún dieciocho años. También la noche era la misma, finales de marzo o de septiembre. Becuccio no era militar, eso era todo.
       Volvía a estrecharme la cintura. Tenía ganas de besarlo. En cambio, dije:
       —¿Tú qué te imaginas?
       Se paró y me paró.
       —Que debes venir conmigo —dijo sombrío.
       —Iré —le dije—. Pero es un regalo de esta noche. Acuérdate.



25

      Becuccio era comunista y me dijo que había hecho la guerra. Le había preguntado si había sido soldado.
       —Estuve en Alemania —me dijo. Entonces pensé en Carlotta, si estaría viva aún y si alguna vez le habría ocurrido despertarse una mañana como yo en una ventana del valle Salice, ante aquellos árboles.
       —Tenemos hasta tranvía —dijo Becuccio.
       Bajó a pagar, y no desayunamos. El dueño, con camisa y chaleco, nos miró pasar sin decir nada. Yo pensaba que las cosas importantes suceden siempre donde menos se creería. Una fonducha miserable, una habitación con palangana, sábanas como para meterse a oscuras. Fuera Becuccio fumaba, al primer sol.
       Volví al hotel, sola. No estaba cansada, estaba calmada y contenta. Becuccio me había entendido, no había insistido en acompañarme. Estaba tan contenta que estuve a punto de decirme: «Hasta el domingo lo veré cuando quiera». Pero sabía que no debía hacer eso; ya el gesto de Becuccio de cogerme por la barbilla y mirarme dentro de los ojos me había molestado.
       En el hotel, Mariuccia, que me trajo el desayuno, vio la cama intacta y desencajó los ojos. Pensé qué cara habría puesto si me hubiese visto una hora antes. Le dije que no estaba para nadie y que quería tomar un baño.
       Esa mañana telefoneé a Febo a via Po. No estaba. Respondió Becuccio. Me llamó señorita con la voz de costumbre. Le dejé dicho que dijera ciertas cosas a Febo y me quedé libre. Llamé a Momina por teléfono; no estaba. Llamé a Mariella; habían ido a una misa por una dama parienta suya, muerta hacía unas semanas. La iglesia la conocía, era la Crocetta.
       Salí despacito por las avenidas que estaban echando las primeras hojas por aquellos días, y pensaba en los bosquecillos del valle Salice. Llegué a la Crocetta cuando el funeral había acabado; estaba aún el cartel con la esquela blanca y negra y las colgaduras fúnebres en la fachada de la iglesia. Leí el nombre de la difunta: había sido terciaria, medio monja. Un grupo de chicas y señoras charlaban mientras subían a un gran automóvil negro. Alguien me había dicho que la reja que cerraba aquellas columnas en lo alto de los escalones la habían hecho con el dinero de un legado, para que los mendigos no entrasen bajo el pórtico. Una mujer, sentada en un cesto sobre los escalones, vendía violetas.
       No sé por qué, pensé en entrar. Dentro de la iglesia hacía frío y, al fondo, un sacristán apagaba las últimas velas. Me quedé de pie, junto a una pilastra. Todas las iglesias son iguales. Olisqueé el olor a incienso y a flores marchitas. Pensé que también los curas entendían de decoración, pero que a ellos no les costaba trabajo; era siempre lo mismo, la gente iba de todas maneras.
       Dos mujeres salieron de la sombra. Rosetta y su madre. Nos saludamos con un ademán; en la puerta tocaron la pila del agua bendita y se persignaron. La madre llevaba un abrigo de pieles, con velo negro.
       Fuera nos saludamos y Rosetta me dijo que las acompañase a casa, a dos pasos. Charlamos así, de una cosa y otra; la madre me dirigió cumplidos por la tienda; llevaba en la mano el librito negro. Pese a las pieles tenía un aire casero e incluso al hablar se asombraba de todo, suspiraba. Se detuvieron ante la cancela de un chalecito cubierto de hiedra.
       —Venga a vernos —dijo la madre—, la casa es pequeña, pero usted sabrá disculparnos.
       Rosetta callaba; luego dijo que me acompañaba hasta el tranvía.
       La madre dijo:
       —No tardes. Se la confío.
       Nos alejamos por la pequeña avenida. Me informé sobre Momina y Mariella. Pregunté si había mucha gente.
       —¿No opina —dijo Rosetta— que hacer del mismo modo funerales, bautismos y bodas es una cosa injusta? Entiendo lo de casarse o hasta nacer, hay a quien le divierte y quiere hablar de ello, pero a quien muere deberían dejarlo solo. ¿Por qué atormentarlo más?
       —A algún muerto le importa —le dije.
       —Antaño, al menos a los suicidas los enterraban a escondidas.
       No respondí, caminaba. Dije de pronto:
       —No los atormentemos también nosotras…
       Cuando nos paramos en la esquina dije:
       —Rosetta, ¿quiere usted a su madre?
       —Supongo que sí —murmuró.
       —Porque su madre la quiere mucho —dije—. Mire las flores de ese árbol… Parecen copos de tul blanco.
       Esa tarde volví a ver a Becuccio. Había subido a una escalera para colgar una araña y hablamos, de abajo arriba, de la lámpara.
       Volví a ver a Febo y estábamos hojeando fotografías en el salón cuando advertí que Becuccio había entrado sin hacer ruido. Me subió al rostro una oleada de sangre y me temblaron las rodillas.
       —¿Qué pasa? —balbucí.
       Pero Becuccio dijo tranquilo que abajo me buscaban. Era Morelli, con unas señoras, que venían a visitar las obras. Los puse en manos de Febo y bajé a hablar con los electricistas. Ahora madame podía llegar de un día a otro, y desencadenarse el alud de la inauguración. Becuccio arriba y abajo por las escaleras me guiñó un ojo como diciendo: «Yo me ocupo». Febo, Morelli y las señoras se marcharon pronto, invitándome a un té. Dije que no, que me quedaba.
       Me quedé para probar a Becuccio. En las salas vacías, alguna en penumbra, alguna cegadora, me esperaba a cada paso verlo aparecer delante de mí. En cambio lo encontré en la puerta, poniéndose la cazadora.
       —¿Se va a casa, Becuccio?
       —Ah, está aquí —dijo él—. ¿Toma un vermut?
       Fuimos al café de enfrente, donde habíamos entrado el primer día. La cajera me miró como entonces. Becuccio contaba que estaba indignado con Febo, que, tras haber mandado repetir los anaqueles tres veces, hablaba aún de cambiar la posición de los cables y de romper los zócalos. Becuccio dijo que de soldado había conocido a gente como Febo, los oficiales de servicio.
       —Sabrá su oficio —dijo—, a la fuerza debe saberlo. También aquellos lo sabían. Pero no me gusta la gente que tira el material…
       Tomando el vermut, hice un gesto de brindis, un saludo con los ojos, y Becuccio arrugó la frente y sonrió. No, no era un chiquillo.
       Así, esa tarde me encontré con Momina y Rosetta en las salas de los pintores, donde habíamos decidido aquella excursión a Saint-Vincent. Alguien exponía cuadros, pero no había necesidad de mirarlos. Nos quedamos sentadas debajo de ellos, las tres, dejando que a nuestro alrededor la gente fuera y viniera. Aquellas caras me parecía conocerlas todas; eran las mismas de los hoteles, de los salones, de los desfiles de modelos. A nadie le importaban nada los cuadros. Pensé, sin querer, que para Rosetta y Momina yo debía de ser un tipo como Becuccio era para mí. También a mí me fastidiaba quien tira el material. Rosetta y Momina se habían puesto a hablar de música.




26

      Momina decía que las exposiciones, los conciertos, el teatro, son cosas bonitas solo porque va mucha gente.
       —Te imaginas —decía— estar sola en un teatro, en una galería…
       —Pero lo que molesta es la gente.
       —En efecto —decía Momina—. Un concierto, una compañía, un ballet no siempre gustan. Vas solamente cuando tienes ganas de ver y de charlar. Es como hacer una visita…
       —La música, no —dijo Rosetta—. Ante la música hay que estar sola. Cuando en Turín daban conciertos apetecibles…
       Yo me preguntaba qué habría dicho Becuccio. Pero era absurdo solo pensarlo. No hay como haber estado juntos de noche sobre la misma almohada para comprender que cada cual está hecho a su modo y tiene su camino.
       Le dije a Rosetta:
       —¿De veras le gusta la música?
       —No me gusta, pero es —dijo ella—… Es algo. Acaso solo sufrimiento.
       —Debe de ser como pintar —dijo Momina.
       —Oh, no —dijo Rosetta—, pintar es una ambición. En cambio, escuchando música te abandonas…
       Sonreí apenas en mi interior. Con tantas cosas como hay en el mundo, con tantas como ambas sabían y tenían, hablaban de la música como si fuese cocaína o el primer cigarrillo.
       —Creo —dijo Momina— que los artistas no sufren nada. Hacen sentir mal a quien los escucha, si los toma en serio.
       —Son los demás los que sufren y gozan —dijo Rosetta—. Siempre los demás.
       —Quien hace el vino no se emborracha —dije—. ¿Quieren decir esto?
       —Las putas no gozan nunca —dijo Momina. Hasta Rosetta se estremeció.
       —¿Quién más puta que Nene? —continuó Momina—. Es inteligente, conoce su oficio al dedillo, tiene todo el temperamento que una escultora puede tener. ¿Por qué no hace solo eso? Pues no. Tiene que vestirse de niña, enamorarse, entromparse. Un buen día hasta tendrá un hijo. Se ha puesto una careta… Ella cree que los demás se lo creen.
       —Eres mala —dijo Rosetta.
       —Momina tiene razón —rezongué—. Lo que cuenta es el trabajo, no el modo.
       —No sé lo que cuenta —dijo Momina. Nos miró casi sorprendida, ingenua—. Me temo que nada cuente. Todas somos putas.
       Llevamos a Rosetta a casa en automóvil y en la cancela del chalet me dijo aún, cohibida, si aceptaba tomar un té al día siguiente. Se lo dijo también a Momina.
       Cuando llegué ya estaba Momina. La madre, con un traje violeta de terciopelo, conversaba con una señora muy huraña que me acogió escudriñándome de las medias al pelo, y empezó a quejarse de las faldas de pliegues anchos y a decirme que no sé quién los haría pronto más pequeños. En estos casos, yo digo siempre que quien no acepta la moda en su momento, la lleva luego al año siguiente, cuando ha pasado. Entonces Momina se dedicó a discutir y a bromear, y Rosetta me llevó a la ventana y me dijo que tuviera paciencia, aquella mujer era una pesada.
       El salón era ligero y aireado, desde luego, no era la mano de la madre. Estaba dividido en dos partes por una arcada, a este lado las butacas y las mesitas ligeras, al otro lado una larga mesa reluciente bajo una araña y un ancho ventanal de tres huecos. Le pregunté a Rosetta si hacía mucho que vivían allí. Me dijo que no, que su recuerdo más lejano era la casa de Montalto; ella había nacido en borgo San Paolo, junto a la fábrica, pero el piso debía de estar ahora destruido o damnificado.
       —Querrá ver el jardín —dijo la madre.
       —Otra vez, no está aún en flor —dijo Rosetta.
       —Enséñale los cuadros —dijo la madre. La pesada había dejado de hablar de modas y dijo que también en Turín se hacían cosas bonitas—. No necesitamos que vengan de Roma —dijo—. ¿Verdad, Rosetta? También nosotros sabemos cortar y pintar.
       Después del té se fue, tenía que hacer aún otras visitas. La madre lanzó un suspiro, mirándonos de buen humor.
       —También esta —dijo—. Se cree que actúa bien. Mala cosa quedarse viuda.
       Fuimos hasta la habitación de Rosetta, que entreví apenas, blanca y azul, y una ventana al fondo. En el pasillo Rosetta abrió el armario para mostrarme cierto vestido que, según Momina, había sido un error. En el armario, en el lado de la hoja cerrada, entreví un tul azul celeste.
       Aquella casa, en el fondo, me gustó. La madre debía de estar apegada a ella, pobrecilla, casi como a su hija. Tenían una doncella, una campesinota pero de negro y con delantalito; la madre no le dejaba hacer nada, nos servía ella misma. Momina se había quitado un zapato y fumaba absorta, hundida en la butaca.
       A cierta hora llegó el padre, entró, circunspecto, con las gafas en la mano, los párpados enrojecidos.
       Era un hombre de color gris acero, toda la vida la tenía en el bigote, de cuerpo bajo y grueso, un poco ácido. Pero en el fondo de los ojos se parecía a Rosetta; miraba obstinado, con impaciencia. Momina le tendió la mano desde la butaca, con su malvada sonrisa. Balbució algo hacia mí, inclinándose, le echó una ojeada a su mujer. Era un hombre a la antigua, se notaba, no un Morelli. De pasada tocó la mejilla de Rosetta, una caricia, y ella apartó la cabeza, rápida.
       Dijo que no quería molestarnos, pero que tenía mucho gusto en conocerme. ¿Era yo la que venía de Roma y dirigía esa nueva firma? Antaño era Turín la que abría filiales en Roma.
       —Los tiempos cambian —dijo—. Advertirá que en Turín no es fácil mantenerse en pie. Aquí ha habido guerra.
       Hablaba a saltos, fatigado, convencido. Su mujer le llevó una taza. Él dijo aún:
       —¿Trabajan al menos en Roma?
       Le dije que sí. Miró a su alrededor.
       —Tenéis que vestiros —dijo—. Tenéis razón. El mundo está hecho para vosotras.
       Todas de pie, ahora, lo mirábamos sostener la taza. Su mujer, gorda y paciente con su terciopelo violeta, esperaba. Comprendí que era un viejo, tolerado, y que solo su trabajo contaba algo para las mujeres. Comprendí que él lo sabía y nos agradecía que lo dejáramos hablar.



27

      Rosetta me dijo que no comprendía a su padre.
       —Yo lo comprendo —dijo en cambio Momina—. Es de esos hombres que antes llevaba la barba. Luego de noche una mujer se la corta y ellos se pasan la vida redimiéndose.
       —Pero ha hecho una Rosetta —dije.
       —Probablemente no sabía cómo hacer para no hacerla.
       Momina aflojó la marcha, se detuvo junto al soportal, y ninguna de nosotras se movió.
       —Y sin embargo, Rosetta se le parece —dijo—. ¿No eras buena estudiante, Rosetta? Apuesto a que tu padre es de los que dicen: «Si fuera joven volvería a empezar».
       Rosetta dijo, sobre mi hombro:
       —Todos los jóvenes son tontos.
       —Y los viejos, y las viejas, y los difuntos. Todos equivocados. Oh, Clelia, enséñame el modo de ganar cuatro cuartos y escaparme a California. Dicen que allí no se muere.
       —¿Tú crees? —dijo Rosetta.
       Vi a Becuccio a través del escaparate y le hice señas. Cruzó los soportales y se inclinó ante la ventanilla. Mientras hablaba con él, Momina le preguntaba a Rosetta por qué no iban a la colina. Becuccio me dijo que aquellas cajas aún no habían llegado.
       —Tienes tiempo de dar una vuelta —dijo Momina.
       Arrancamos. Veía la cara de Rosetta por el espejo retrovisor. Estaba muda, enfurruñada, terca. A veces pensaba que era joven, jovencísima, una niña, de esas a las que les dicen «Di gracias» y no quieren saber nada. Bien pensado, era terrible tenerla así con nosotras y charlar con ella de aquellos temas, terrible pero también ridículo, grotesco. Traté de recordar cómo era yo a los veinte años, a los dieciocho —cómo era en los días de antes de juntarme con Guido—. Cómo era antes, cuando mamá me decía que no creyera en nada ni en nadie. Pobrecilla, ¿qué había ganado con eso? Habría querido oír los consejos que padre y madre daban a esta hija única, tan chiflada y tan sola.
       Momina me rozó con el codo, al tomar la cuesta de Sassi. Entonces comprendí que la verdadera madre, la hermana mayor, la hermana exigente y mala de Rosetta era ella, esta Momina que tiraba las piedras y ni siquiera escondía la mano —que, como yo con Becuccio, no tenía nada que perder.
       —Rosetta —le dije—, ¿usted no tiene más amigas que Momina?
       —¿Qué es una amiga? —dijo ella—. Tampoco Momina es amiga mía.
       Momina, absorta en las curvas, no dijo nada. Me vino a la mente que todos los años alguien se partía el cuello por la carretera de Superga. Íbamos a toda prisa, bajo los árboles altos. Cuando la cuesta se suavizó, empezamos a ver desde lo alto las colinas, el valle, la llanura de Turín. Nunca había estado en Superga. No sabía que fuese tan alto. Algunas noches, desde los puentes del Po, se la veía negra y enjoyada con una corona de luces, un collar echado de través sobre los hombros de una bella dama. Pero ahora era por la mañana, hacía fresco y había un sol de abril que llenaba todo el cielo.
       Momina dijo:
       —No puedo más. —Fue a pararse contra un montón de grava. El radiador humeaba. Entonces bajamos y miramos las colinas.
       —Es hermoso aquí arriba —dijo Rosetta.
       —El mundo es hermoso —dijo Momina, siguiéndonos—, si no fuera por nosotros.
       —Nosotros son los demás —dije mirando a Rosetta—. Basta con prescindir de los demás, mantenerlos a distancia, y entonces también vivir se convierte en algo posible.
       —Es posible aquí —dijo Rosetta—, por un momento, el tiempo de un paseo. Pero mire Turín. Es espantoso. Hay que vivir con toda esa gente.
       —No tienes que llevártelos a casa, en absoluto —le dijo Momina—. El dinero sirve para algo.
       Había un seto a lo largo de la carretera, y una verja; más allá un bosquecillo y una gran cisterna de cemento, una piscina, llena de agua terrosa y de hojas. Parecía abandonada; tenía aún la escalerilla de hierro para bajar.
       —¿De quién es este chalet? —dijo Momina—. Está que se cae.
       —Eso —dije—, restaurar este rinconcito e invitar a quien me gustara. Por la noche bajar a Turín en coche y, de tener ganas, ver a alguien. Así viviría yo si fuera vosotras. Ojalá lo hubiese tenido de niña.
       —Usted puede hacerlo —dijo Rosetta—. Más que nosotras. A lo mejor a usted le gustaría.
       —Esas cosas no se hacen —le dije—. Basta con tenerlas en la cabeza. Para llenar el día es necesario moverse. Ya no soy tan joven para estar a gusto en el campo.
       —En vista de que nada vale nada, habría que tenerlo todo —dijo Momina.
       —Si te faltara el pan —dije—, pedirías menos.
       —Pero lo tengo —dijo Momina gritando—. Lo tengo, el pan. ¿Qué puedo hacer si lo tengo?
       Rosetta dijo que hasta los frailes de los conventos renuncian a todo menos al pan.
       —Somos todos así —dije—. Primero comer y después rezar.
       Momina llevó el coche a una curva que dominaba Turín; levantamos la capota y nos sentamos dentro a fumar. Había en el sol cálido olor a hierba y a cuero.
       —Venga —dijo Momina—, vamos a tomar el aperitivo.
       Esa tarde un telegrama me anunció que al día siguiente llegaban de Roma. El alud comenzaba. Naturalmente, Febo se había marchado a unos asuntos propios y no contestó al teléfono. Me lancé al trabajo con Becuccio; encontramos dos decoradores, estaba ya oscuro y seguíamos martilleando, probando luces, descolgando cortinas. Llegaron las cajas; hice y rehíce un escaparate, con los pies descalzos, como una dependienta. A las ocho Mariella telefoneó, para recordarme la fiesta en el estudio de Loris. La mandé al diablo y volví a drapear telas, furibunda porque, total, sabía que era un trabajo inútil, hecho solo para quedar bien; al día siguiente madame lo reharía. La agencia que tenía que mandarme las dependientas telefoneó que solo podía disponer de ellas el lunes por la mañana. También esto era tiempo perdido, porque la contratación la llevaba madame, que la quería a mano, ya hecha, y luego la cambiaba a su capricho. Becuccio, dócil, corría, telefoneaba, rompía cajas, sin perder la calma. En cierto momento (los decoradores se habían ido ya) me dejé caer sobre un cajón, y lo miré desesperada.
       —He terminado hace una hora. Hoy es sábado —dijo él.
       —Bellaco —le dije—. También tú. Vete.
       —¿Vamos a tomar un bocado? —me dijo.
       Negué con la cabeza, mirando a mi alrededor. Entonces encendió un cigarrillo, despacio, y vino a metérmelo en la boca. Al abrir las cajas se había herido en una mano. Le dije que fuera a desinfectarse la herida.
       Volvió con un paquete de naranjas y pan. Comimos sentados en las cajas y al comer mirábamos a nuestro alrededor y hacíamos un balance. Todo lo posible se había hecho, faltaba solo un vistazo de Febo a los salones y la limpieza material.
       —Tenemos hasta tiempo de hacer una escapada al valle Salice —dijo Becuccio.
       Lo miré seria, luego hice una mueca, después le dije que esas cosas no salen bien dos veces. Él se me acercó y me cogió la barbilla. Nos miramos así, unos segundos. Me soltó y se apartó.
       Entonces dije:
       —Hay una fiesta en casa de un pintor. Van aquellas chicas. ¿Quieres venir tú también?
       Me miró fijamente un momento, con aire curioso. Negó con la cabeza.
       —No, patrona —dijo—. No llego más allá de las clases medias. No sirve.
       Me prometió que al día siguiente buscaría a Febo y me lo mandaría al hotel. Me acompañó hasta el portal de Loris, y se marchó sin insistir.



28

      Por suerte no había subido Becuccio. Los encontré y habían decorado de negro una gran chafarrinada sobre un catafalco y encendido alrededor cuatro velas. Hablaban de París, y naturalmente Momina echaba su cuarto a espadas. Pregunté qué ocurría. Nene, vestida de terciopelo rojo, me dijo desenvuelta que Loris celebraba la muerte de su segundo período y que haría un discurso polémico. Pero el vocerío era fuerte, y Loris, acurrucado en la cama, rumiaba algo por su cuenta, fumando con los ojos cerrados. Había mucho humo y varias caras que no conocía. Estaba el viejo pintor que había venido con nosotros a Saint-Vincent, estaba la señora bajita de raso con ojos libidinosos, estaba el Fefé del baile de máscaras, estaba Mariella, rubia y vociferante. No vi de inmediato a Rosetta; luego la encontré fumando en el vano de la ventana, frente a un tipo bajito medio jorobado, y acariciaba un gatito que tenía en el brazo.
       —¿Qué tal? —le dije—. ¿Es suyo?
       —Ha venido por los tejados —me dijo—. Nadie lo había invitado.
       El estudio estaba bastante en orden; en una mesa junto al fregadero había bandejas de entremeses y dulces, botellas, algún vaso. Todos tenían ya uno, en el suelo o en las manos. Pensé que ese día Nene debía de haber trabajado casi tanto como yo, pero que para ella todo acababa con la noche.
       Las voces y conversaciones que estallaban eran ya de gente tocada. Me mantuve aparte, ni siquiera saludé a todos al entrar; encontré donde sentarme y qué beber, apoyé la cabeza en la pared. Sobre todas las voces despuntó la de Mariella, que hablaba de un teatro de París y de una bailarina negra que no era la Baker.
       —Comed, comed —exclamaba Nene, preocupada.
       El jovenzuelo del baile de máscaras vino a encenderme el cigarrillo. Me miraba con ojos entornados.
       —¿Y aquel caballero suyo? —me dijo.
       —No soy un caballo —respondí.
       Se rió a carcajadas como la otra vez. Se metió las manos en los bolsillos, plantándose delante de mi silla.
       —Demasiadas mujeres aquí —me dijo—. Quisiera que estuviese usted sola.
       —No, no —le dije—, usted necesita ver gente. Siempre se aprende de la gente.
       —Invíteme a su taller. Todos hablan de él.
       —Cómo no. Usted es ya un cliente.
       Pero era tonto, no supo continuar. Se rió y me preguntó si me gustaban los gatos. Le dije que prefería los licores. Fue a servirme una copa, hizo el gesto de besarla y me la tendió.
       —Bébala, bébala, si le apetece —le dije. Acabó bebiéndosela.
       Yo escuchaba la conversación que el medio jorobado tenía con Rosetta. Era un muchacho viejo, de cara rugosa. Hablaba de los negros del Tombolo. Le decía:
       —Estaban siempre borrachos de alcohol y de drogas. Por la noche hacían orgías y se daban navajazos. Cuando una chica moría, la enterraban en el pinar y colgaban de la cruz las bragas y el sujetador. Andaban desnudos —decía—. Eran auténticos primitivos.
       Rosetta alisaba al gato y me miró de abajo arriba.
       —Se producían escenas de locos —decía el otro—. Los americanos daban batidas pero no conseguían desalojarlos. Vivían en cabañas de hojas. Nunca han sucedido semejantes cosas después de una guerra.
       Fefé echó su cuarto a espadas con la boca llena.
       —Lástima que se haya acabado —dijo—. Habría sido un bonito veraneo.
       El medio jorobado lo miró molesto.
       —¿Se escandaliza? —le dijo Rosetta—. ¿Hicieron algo distinto de nosotros? Era gente valiente, más que nosotros.
       —Entiendo a los negros —dijo entonces Fefé—, pero no entiendo a las mujeres. Vivir así en los bosques…
       —Morían como moscas —dijo el chico jorobado—. También los hombres morían.
       —Los mataron —dijo Rosetta—. Murieron de frío, de hambre, a tiros. ¿Por qué?
       —¿Por qué no? —dijo el jorobado riendo burlón—. Robaban. Se destruían entre sí. Se atiborraban de droga.
       El gato escapó del brazo de Rosetta. Ella se inclinó para volver a atraparlo y dijo:
       —En Turín se hacen las mismas cosas. ¿Dónde está el mal mayor?
       De la cama chillaban. Alguien había encendido una copa de licor y gritaba: «Apagad la luz». Entre los chillidos de las chicas destacó la voz de Mariella. Alguien —me pareció Momina— apagó de veras la luz. Sucedió un instante de confuso silencio.
       Busqué enseguida a Rosetta en las sombras. Me pareció volver a aquella noche en mi cuarto, cuando ella había apagado. Pero ya todos decían: «Qué bonito. Déjalo así». Las cuatro velas sobre el catafalco y la llamita azulada que alguien había puesto en el suelo nos daban la sensación de encontrarnos dentro de una gruta. Entonces gritaron: «Loris. Que hable Loris», pero Loris no se movía de la cama, y Nene fue a sacudirlo y se pelearon. Yo veía las dos sombras agitarse sobre la bóveda, oía blasfemar a Loris. Al parecer no habían venido muchos de los pintores invitados y él, grosero, decía que no era cuestión de hacer un discurso para nosotros. Lo bueno es que todos le cogieron la palabra y se volvieron a formar grupitos, y alguien se sentó en el suelo. Otra vez se pusieron a beber.
       Mariella pasó a mi lado y me preguntó si me divertía. Me dijo que mirase el catafalco —qué teatral resultaba, qué surrealista era— y volvió a empezar con su representación. Por suerte Nene vino a buscarla casi enseguida para que también ella pasara bandejas.
       Rosetta bebía mucho, estaba sombría. Ahora se sentaba en un grupo donde estaba Momina, a los pies de la cama de Loris, y contaban chistes, callaban, se reían sin ganas. En los reflejos de las velas yo trataba de no encontrar los ojos de Nene; se los había visto hinchados, me olía una crisis, su despecho crecía porque la fiesta iba decayendo. Solo le quedaba emborracharse, y dentro de poco lo haría; pero aún tenía la esperanza de que llegase alguien a devolverle vida.
       Alguien hablaba de marcharnos, de sentarnos con unas garrafas en los escalones del monumento al artillero. «Vamos en barca», dijo otra. «Vámonos de mujeres», dijo la voz estridente de un muchacho.
       Estas cosas hacen reír. Hasta Loris se rió en la cama, con su pipa.
       —Y nosotras —dijo una voz de mujer— vámonos de machos.
       Estábamos embrutecidos y descentrados. O acaso era el efecto de aquel cuadro de Loris, al que nadie hacía caso. Empezó a hablar el viejo pintor de los bigotes chinos.
       —En Marsella —dijo—, las señoras bien van al puerto a las casas de placer y pagan por que las dejen esconderse tras una cortina.
       Yo pensaba que habría tenido que irme a dormir y que mañana sería un día agobiante. Momina dijo:
       —¿Pagar por qué? Les hacen un favor a las casas.
       Loris, Fefé, el medio jorobado y los otros, todos gritaron que era estupendo hacer pagar a las mujeres. Nene entró en nuestro corrillo. Ahora formábamos un solo círculo, incluido el gato en las rodillas de Momina. Alguien me palpaba la cadera. Le dije que parase.
       —Oíd —dijo un chico nuevo, a quien no conocía—, pasando el Po se llega a la via Calandra. Ya sabemos —me miró a mí y a Momina con aire insolente— que a una señora no le gusta andar por ahí. Bueno, pues vayamos juntos. Por supuesto, a una tasca. Por los cristales se ven las idas y venidas. ¿Os parece bien?



29

      Nene nos suplicó que esperáramos por si venía todavía alguien, que comiéramos, que cantáramos a coro. Le dijo a Loris que no fuera cerdo. Quería al menos que bebiéramos, que esperáramos a la medianoche.
       —Es medianoche —le dijeron—. ¿No ves que ya está oscuro?
       —Luego volvemos —le dijo Mariella.
       —¿Nos llevamos el gato? —dijo otro.
       Para salir, alguien encendió la luz y todos tenían caras trastornadas. Perdí de vista a Rosetta y Momina; me tocó ir con el jorobado y con Fefé. Escaleras abajo era un jaleo; la voz de Loris retumbaba. Yo pensaba en marcharme, pero Fefé me decía tonterías y ya no veía a las otras por la avenida. En resumen, los seguí a la tasca de la via Calandra.
       No es una calleja y recuerda un poco via Margutta. El coche de Momina estaba ya parado delante de la tasca, y dentro había gran confusión; la gente de la barra nos miraba hostil. Supongamos que nosotras pudiéramos ser chicas de las casas de enfrente, pero ¿a esas horas y todas juntas? ¿Dando una vuelta con los clientes? Estas cosas me las imaginé, pero los chicos —y el propio Loris— las decían en voz alta. Me di cuenta de que todo era una burla que divertía a los chicos y a la que nosotras nos habíamos prestado como idiotas. No comprendía cómo Momina caía en eso. Pero Momina y Rosetta se habían sentado ya en las mesas de hojalata herrumbrosa y formábamos un círculo; se sentó Mariella, se sentó el pintor, se sentó Nene. A medida que iban entrando más de los nuestros, se volvía más difícil hablarnos y entender por qué estábamos allí. El dueño mandó apartarse a dos hombrecitos bigotudos que bebían en la esquina, y nos amontonó a todos junto a los cajones de madera de los ligustros, a la entrada.
       Ya antes, al entrar en la calle —había pocas farolas y ventanas, eso sí— habíamos visto un puesto y a un hombre de blanco que vendía turrón y tortas de castaña. Luego, grupitos de soldados, de muchachos que se escabullían dando voces en un portal, y ante ese portal Fefé había soltado una tosecilla. Era ancho, cerrado por una vidriera, semioscuro, y percibí el olor a meados, a acetileno y a fritura que de niña había sentido de noche debajo de mi casa.
       En la tasca Nene se quejaba de que desde su sitio no veía la calle. Ninguno de nosotros veía la calle; hasta había visillos en los cristales. Para observar aquel movimiento y disfrutar de él había que estar de pie en el mostrador, y desde allí asomarse, mirar por la puerta, en resumen, moverse. El medio jorobado y el muchacho elegante que nos habían llevado a la tasca se reían juntos y decían con Loris que una buena investigación sobre la vida puede hacerla solo una mujer que tenga el valor de ejercer. Mariella estaba en ascuas, Rosetta callaba un poco borracha, con el codo en la mesa.
       El dueño quiso saber qué íbamos a tomar. El local era bajo, estaba revestido de madera, olía a vino y a serrín mojado. Dejando aparte nuestra barahúnda y las frases idiotas de los muchachos, de Loris, era la típica tasca de gente tranquila. Hasta había una muchacha tras la barra, y un soldado le hablaba mirándonos de reojo a nosotros. De un momento a otro habría podido entrar Becuccio.
       En vez de contestarle al dueño, los nuestros seguían dando voces. Tengo que decir que me avergonzaban. Trataba de captar los ojos de Momina o de Rosetta, de hacerles señas de que nos marcháramos. Pero Momina gritaba algo, animada, fastidiada con Loris. Rosetta no respondía a mis miradas hoscas. Nene había desaparecido.
       Discutieron, discutieron, querían marsala con huevo, decían que en esos casos se toma marsala con huevo. La bajita vestida de raso reía más que los chicos, los excitaba, preguntaba dónde estaba Nene y si había cruzado la calle. De haber sido posible, habría entrado ella con los muchachos por el portal de enfrente. Lo dijo. Hasta le echó los tejos al soldado.
       Yo me esperaba lo que sucedió después. Nene regresó. Llegó vino —vino tinto, de barrica—, alguna de nosotras tomó aguardiente, tomó anís, tomó quina. Loris empezó a decir:
       —Madame (a Nene), madame, enséñenos las chicas. Estas que tenemos son zorras de poca monta.
       —Qué sabe él —dijo Momina entre dientes.
       Riendo y gritando, empezaron a decir que había que probarnos, hacer comparaciones, dar una puntuación. Entonces se inició una discusión sobre cuál de nosotras habría sido la mejor puta, por dotes de alma y cuerpo, dijo el jorobadito. Se discutió incluso a Mariella, que acabó por acalorarse y tomar en serio la puntuación. Casi, casi se peleó con Momina. Pero el viejo pintor dijo que todas éramos meritorias, que era cuestión de momento y de gustos, y que el criterio debía de ser otro, la tarifa, el local donde habríamos podido trabajar.
       Alguien trató de nombrar cabarets y escenarios. «No, no —dijo el jorobado—, aquí se habla de auténtico control de calidad». Continuaron un buen rato. Al final estaban con la cara roja, más los chicos que Mariella. A Rosetta no le encontraron un sitio. «Enfermera de la Cruz Roja —concluyeron—. Ingenua para combatientes».
       Pero no se detuvieron ahí. «Nos habéis metido el cuerpo en danza», empezaban a decir. Ahora quien estaba en ascuas era Fefé. Ya alguno había ido hasta la puerta y lanzaban miradas de idiotas hacia nosotras y hacia la calle. Se levantó Momina y también fue a la puerta. Los oí reír y cruzar réplicas. «Eso, eso —decían—. Entra un viejecito. Entra un grupo».
       —Rosetta —le pregunté fríamente—, ¿se divierte usted mucho?
       Rosetta tenía los ojos más hundidos que nunca, y me miró con una sonrisa vaga. Nene, que se debatía a patadas con su vecino, chocó con ella. Rosetta volvió a clavar los codos en la mesa y dijo:
       —Mañana será otro día, ¿no le parece?
       Volvió Momina de la puerta.
       —Esos necios —decía—, esos idiotas. Se han ido.
       Se habían ido Loris, el jorobado y otro. Se lo dijeron a Nene. Nene se encogió de hombros, vació su copa y sacó un lápiz. Escribió «cerdo» en la mesita. Nos miró descarada, suplicante, borracha.
       Esta vez al tocador la acompañó Mariella, y al pintor que sonreía bonachón y a Fefé les dije que pagaran la cuenta. Luego con Momina y Rosetta subí al coche y nos marchamos. Me bajé casi enseguida, en la Porta Nuova.



30

      Al día siguiente Becuccio me trajo a Febo a via Po. Fue un domingo vacío, inútil, porque nos pasamos la mañana retocando, apagando y encendiendo lámparas, fumando cigarrillos sentados en las butacas. Madame no había llegado. La historia de siempre. Invité a Febo y a Becuccio a almorzar en el hotel para poderme estar callada y descansar. Se liaron a hablar de política y Febo decía que en Rusia no hay libertad. «¿Para hacer qué?», le preguntó Becuccio. «Por ejemplo —decía Febo—, para montar una tienda como la nuestra, para decorarla como nos dé la gana».
       Becuccio le preguntó que para cuánta gente estaba hecha nuestra tienda. Febo dijo que no importaba la gente porque, total, buen gusto lo tenemos unos cuantos. Becuccio le preguntó si nosotros dos, que habíamos dirigido las obras, habíamos tenido libertad para hacer lo que se nos antojara. Febo respondió que en Italia todavía era posible que un artista hiciera lo que se le antojara porque los dueños que pagaban debían tener en cuenta los gustos del público.
       —Cuando dices público quieres decir la gente —le respondió Becuccio—, y la gente no importa porque buen gusto lo tenemos unos cuantos. ¿Quién decide, a fin de cuentas?
       —Decide el más listo —dijo Febo.
       Becuccio dijo que lo sabía perfectamente, pero que eso era lo malo. Fue la última vez que hablé con él. Se quedó un momento después de marcharse Febo, y me preguntó si volvería pronto a Roma. Le dije que, si pasaba por Roma, diera señales de vida. No me pidió la dirección de Roma. Sonrió, me tendió la mano (ya no llevaba el brazal) y se marchó.
       Estuve sola todo el día; paseé por mi zona de la via della Basilica. Ahora la plazuela, los portales, las tascas me asustaban menos. Porta Palazzo se llamaba piazza della Repubblica. Por las callejuelas vacías, en los patios, vi niñas que jugaban. Al atardecer se puso a lloviznar, una lluvia fresca que olía a hierba, y llegué hasta la piazza Statuto, bajo los soportales. Entré en el cine.
       Madame llegó de noche en automóvil, con su marido y todos los demás. Siempre la misma historia. Me despertaron por teléfono, yo creía que era Morelli. Pusieron el hotel patas arriba, me tocó volver a vestirme y tomar un café con ellos, oír la historia de una tormenta en los Apeninos. Volví a la cama de madrugada; estaba contenta porque ahora ya no tenía que mandar yo.
       Estando así en el mismo hotel, a un piso de distancia, no tuve ya un momento de paz. En la mesa, en via Po, en coche, estaba siempre con alguien. La decoración no le desagradó a madame; tuvo que decir algo sobre la escalera que no tenía alfombra, y en un momento dado habló de trasladar la tienda a la via Roma. Luego se marchó a París con dos diseñadores y nos dejó dicho a mí y a su marido que preparásemos la apertura para Semana Santa. Me pasé los días telefoneando y viendo maniquíes, estudiando programas, haciendo de secretaria y de ama de casa. Reapareció Morelli, aparecieron ciertas señoras que pedían descuentos, favores, empleos para ahijadas y conocidas. En una velada en el hotel volví a ver a Momina y a Mariella.
       Luego madame regresó de París, con algún modelo y con Febo. El muy cretino había ido por su cuenta y la había fascinado, la había convencido de montar un espectáculo para presentar los modelos. Empezaron a verse por el hotel y por via Po músicos y empresarios; ya no me parecía Turín; por fortuna bastaba con empezar una cosa para que al día siguiente se pensara ya en otra, y entonces dejé de ocuparme de eso y me pasaba los días en el taller.
       Un día me dije: «Qué será de Rosetta», y llamé a Momina.
       —Voy a verte —me contestó—, no sé qué decir. A ver si la tonta esa se ha matado otra vez.
       Esperé con el corazón en la garganta el coche verde. Cuando lo vi en la acera, salí de la tienda y Momina batió la portezuela, cruzó el soportal y me dijo:
       —Qué prisas.
       Iba elegante, llevaba una boina con una pluma. Subió conmigo a un saloncito.
       —Ha ocurrido que falta de casa desde ayer. La he llamado hace media hora por teléfono y la doncella me ha dicho que está de excursión conmigo.
       No había error. Ni Mariella ni Nene la habían visto. Momina no se atrevía a telefonear a su madre.
       —Esperaba aún que estuviera contigo —balbució con una mueca.
       Le dije que la culpa era suya, que aunque Rosetta no se hubiera suicidado, la culpa era suya. Le dije no sé qué. Me parecía tener razón y poder vengarme. La insulté como si fuese mi hermana. Momina miraba la alfombra y no intentaba defenderse.
       —Me fastidia —dijo— que creyesen que estaba conmigo.
       Llamamos a la madre. No estaba en casa. Entonces dimos una vuelta en coche por las tiendas y las iglesias donde podía haber ido. Volvimos al chalet, desde donde yo quería telefonear al padre. Pero no fue necesario. Mientras bajaba del coche la vi acercarse, gorda y negra, bajo los árboles de la pequeña avenida.
       Durante todo ese día, en compañía de los dos viejos que chillaban, telefoneamos y esperamos y corrimos a la puerta. A mí me parecía haber estado sorda y ciega, me volvían a la mente las palabras, las muecas, las miradas de Rosetta, y sabía que lo había sabido, sabido siempre, y que no había hecho caso. Pero luego decía: «¿Hubiéramos podido detenerla?» y decía: «A lo mejor se ha escapado como tú con Becuccio», y volvía a ver las muecas, las palabras, las miradas.
       Luego empezó a venir gente. Todos decían: «La encuentran. Es cuestión de tiempo».
       Vino Mariella, vino su madre; conocidos y parientes; vino alguien de la comisaría. En el salón aireado, bajo la gran araña, parecía una recepción, y se preguntaban cómo podía ser que quien como Rosetta tenía tanta necesidad de vivir, quisiera morir. Alguien decía que el suicidio debería estar prohibido.
       Momina charlaba con todos, cortante y cortés. No faltó quien me habló de mi trabajo y se informó sobre la apertura de la tienda. Otros por los rincones empezaban a dar su opinión sobre la historia de Rosetta. Yo no podía quedarme más. Madame me esperaba.
       Toda la tarde se me clavaron en la cabeza los ojos trastornados de la madre, la cara atontada y feroz del padre, y no lograba dejar de pensar en su parecido con Rosetta. Momina, que debía telefonearme, no daba señales de vida. Yo tenía una sesión con los diseñadores y con Febo. Me levanté y fui al teléfono.
       La doncella me dijo llorosa que habían encontrado a la señorita. Estaba muerta. En una habitación de alquiler de la via Napione. Se puso Mariella al teléfono. Me dijo con voz rota que no cabía duda. Momina y los otros habían ido a reconocerla. Ella no, no podía, habría enloquecido. La llevaban a casa. Se había envenenado de nuevo.
       A medianoche supe el resto de la historia. Pasó Momina por el hotel con el coche y me dijo que Rosetta estaba ya en casa, tendida en su cama. Ni siquiera parecía muerta. Solo una hinchazón en los labios, como si estuviera enfurruñada. Lo curioso había sido la idea de alquilar un estudio de pintor, pedir que le llevaran una butaca, nada más, y morir así delante de la ventana que miraba hacia Superga. Un gato la había traicionado, estaba en la habitación con ella, y al día siguiente, maullando y arañando la puerta, consiguió que le abriesen.

FIN




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