Cesare Pavese
(1908-1950)


El Castello
(“Il Castello”, 1942)
Inconcluso
Tutti i racconti (2002)



      Bañistas los ha habido siempre por estos pagos, y en verano asoman por la carretera de la colina, entre los cañaverales, y se vuelven a mirar el mar. Puede ocurrir incluso que con el tiempo llenen la ciudad, y en el muelle se vean montones de casetas. Si es cierto que el puerto se ciega y que un día será una playa, veremos también eso. Pero yo no lo creo. Ni tampoco creo que el puerto haya cambiado gran cosa. Es que los muchachos de entonces ya no están. Ni tampoco los viejos están: muerto Gregorio, ya no hay nadie en el Castello que sepa decir una palabra a los que vienen a tierra y los conozca y los contente. Los pocos que caen por aquí cogen el camino de la avenida y se van enseguida de mujeres. Duermen quién sabe dónde.
       El invierno pasado, que estábamos recién casados, yo bajaba al Castello todos los días. Era Ginia la que decía:
       —¿Dónde estás? Aquí me basto yo, quiero verte siempre alegre. Vete de paseo.
       A mí la afición de ver mundo ya se me había quitado, pero las mujeres no quieren un hombre entre sus faldas todo el día: les gusta que regrese a cierta hora y contarle lo que han hecho y hacerse contar. Y además ahora que espera un hijo necesita moverse y correr del huerto a la bodega.
       Algunas mañanas veía desde la carretera los vapores que andaban por los muelles humeando en el cielo sereno, y raras veces, eso sí, a lo mejor un velero que parecía inmóvil. De niño bastaba eso para ponerme alas en los pies; estaba seguro de que en el curso del día el Castello se llenaría de gente, tratantes, amos, criados, mozos de cuerda, todos entrando y saliendo por la puerta, todos contentos de la ocasión de ver novedades.
       Al atardecer salían del Castello los marineros borrachos y nosotros los esperábamos, les hacíamos hablar y gritar, y a la mañana siguiente teníamos diversión descargando saquitos, cajas de fruta, cuerdas, de todo. Nosotros, los muchachos, éramos los dueños de las barcas y los veleros de entonces. La plazoleta del embarcadero del Castello era nuestro reino, y todavía hoy a mediodía despide un olor, una reverberación que me recuerda aquellos tiempos.
       Este verano pasé por allí una vez, hacía calor, y dije: «Estarán a la sombra». Entré en el Castello, no vi a nadie. Me senté pegado a la reja de la ventana para vigilar la plaza y esperé. La tarbea del Castello tiene las paredes forradas de madera y no hay barra: sirven directamente desde la cocina. En la cocina alguien lavaba los platos; nadie venía. Me levanté para que me oyeran y metí la nariz en la cocina: el grifo del fregadero estaba abierto y el agua hacía aquel ruido al caer sobre los platos. Como si la puerta estuviera cerrada, dormían todos, incluso las sirvientas.
       Cuando le cuento estas cosas a Ginia se ríe y dice que la culpa es de las mujeres.
       —Ojalá el Castello fuese mío —repite.
       Según ella, no saben servir a los viejos clientes ni a los nuevos. Dice que si uno quiere bañistas, tiene que empezar por las lámparas y las mesitas, derribar tabiques, pintar puertas y convertir el patio en un jardincillo. Pero tampoco ella entiende que el Castello es el Castello, y que entonces daría lo mismo trasladarlo a la avenida.
       Yo pasaba de buena gana por allá, esperando siempre ver en la puerta a uno de aquellos gordos tratantes de cadena de oro y a su lado el rabadán con la gorra hasta las orejas y el bastón pelado, porque también el ganado pasaba antes por el Castello. Pero ahora hasta los tratantes van vestidos como nosotros, y no volví a ver a ninguno. Estaba Ciccotto, eso sí, que venía de ver a Carmela. Desde críos esos dos se habían hecho compañía y ya entonces para entrar en el Castello había que ser amigo de Carmela, que desde los escalones nos miraba jugar en la plaza y le tenía miedo al agua. Cuando ella lo miraba, Ciccotto se tiraba de cabeza a aquella agua negra con zambullidas que lo llevaban al fondo, y salía alzando algo en la mano, piedras, trozos de hierro que había encontrado. Carmela se escapaba de casa con él para ir a por higos o uvas a la colina, y se los comían juntos, detrás de una paredilla o debajo de un puente. En aquel tiempo Carmela iba descalza como nosotros. Ciccotto vivía en una calleja a unos pasos de la plazoleta, donde su padre había trabajado de herrero y su madre ahora vendía fruta. En los años que nos quitamos las ganas de ver mundo —uno trabajó lejos de casa, otro se casó quién sabe dónde, otro debe de haber muerto— él no se movió de la plazuela. En la caja de reclutas le encontraron una enfermedad y le dieron un año de vida. Y él, que primero trabajaba en la fábrica y ganaba más que nadie, volvió a casa y empezó a escupir sangre.
       Ciccotto venía todos los días al Castello con una bufanda al cuello, y Carmela, que ahora ya no iba descalza, se hacía esperar sin consideración. Durante toda la mañana ya era mucho si entraba un mozo de cuerda a tomar de pie un aguardiente. Él deambulaba de la cocina al patio; la cuñada o la sirvienta le decían que Carmela había salido, y entonces él volvía a las mesas, se ponía junto a la ventana y esperaba mirándose las manos. Yo lo encontraba así, o bien al entrar lo veía alzar los ojos hacia la puerta, aquellos ojos sucios de la enfermedad.
       —Soy yo —le decía—, ven a tomar el sol.
       Ciccotto se encogía de hombros, pero luego le parecía bien, pasábamos a la cocina, decíamos algo a las mujeres y salíamos al patio, aquel pequeño patio de un solo nivel en el que sobresalía el olivo del centro. Era un grueso olivo que por la parte de la tapia avistaba el mar, y también allí habíamos reinado subiéndonos a él para mirar en las habitaciones. En cierto momento Carmela se asomaba a una ventana, con los brazos desnudos, peinándose; no había salido, se levantaba entonces. Ciccotto, con los ojos hacia arriba, fingía mirar entre las hojas.
       Carmela tenía geranios en la ventana y los regaba con el agua de la jofaina. No sé qué querían decir los geranios, pero a Ciccotto le gustaba enormemente cuando ella, al vernos, los tocaba y limpiaba.
       Nos parábamos y dejábamos de hablar. La criada salía a la puerta de la cocina a tirar algo y se reía. A mí, con todas aquellas mujeres, me parecía volver a la niñez.
       Pero había días en que Carmela había salido de veras, y entonces las mujeres, al encontrarse con Ciccotto, le decían que se quitase de en medio, que se fuese a esperarla a la plaza. Él vagaba con aquella cara descontenta y metía la nariz en todas partes. Algunos días venía hacia mí bajando las escaleras; no sé qué había hecho allá arriba en las habitaciones vacías. En vez de estar al sol en el patio calentándose, andaba siempre por los rincones o en las puertas, entre aquellos muros gruesos y enmohecidos. Yo me imaginaba que golpeaba los muros con los nudillos para comprobar lo espesos que eran. El Castello es viejo, viejas las mesas, viejos los cristales, viejas las piedras. Eran viejos también los licores, comprados aún por Gregorio: muchas botellas no se habían vuelto a abrir desde entonces. De no haber sido por mí, que por educación tomaba un aguardiente de vez en cuando, él no hubiera dejado un céntimo en el Castello.
       Hacía frío aquel invierno, pero Ciccotto estaba siempre sudado y adelgazaba a ojos vistas. No sé qué se dirían él y Carmela, pero los dejaba solos cuando Carmela entraba en la sala vestida para salir, y me metía en la cocina a escuchar a la cuñada, que en aquellos momentos se azacanaba y regañaba a la criada y partían leña o charlaban en secreto. Hacía tiempo que Carmela no ayudaba en la cocina, y cuando se peleaban le gritaba a la cuñada que por ella podían cerrar aquel cuchitril al día siguiente. Entonces se marchaba por la plazoleta, desocupada, siempre enfadada, y al único que saludaba era a Ciccotto. Si él hubiera tenido un oficio, si al menos no hubiera estado moribundo, estoy seguro de que ella lo habría escogido. Cuando Carmela no volvió por el Castello y se supo que había escapado con uno, Ciccotto fue el único en no cambiar de cara y me dijo que sabía hacía tiempo que acabaría así. Soltó un buen escupitajo en el pañuelo y no se movió de la mesa donde se sentaba, todo jorobado. A mí me parecía aún ver a Carmela sentada a su lado en el borde de la mesa, con las piernas cruzadas, y no podía creer que se hubiese ido de veras abandonándolo así.





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