D. H. Lawrence
(Eastwood, Inglaterra, 1885 - Vence, Francia, 1930)


La hija del tratante de caballos (1922)
(“The Horse-Dealer’s Daughter”)
Originalmente publicado en England My England and Other Stories (1922)


      —Y tú, Mabel, ¿qué piensas hacer? —preguntó Joe, con ligereza.
       Él se sentía completamente a salvo. Sin preocuparse por su respuesta, se dio la vuelta, empujó una brizna de tabaco hacia la punta de la lengua y la escupió. Como él se sentía a salvo, lo demás carecía de importancia.
       Los tres hermanos y la hermana rodeaban la mesa de desayuno vacía, intentando celebrar una absurda reunión. El correo de la mañana había asestado el golpe final a las vicisitudes familiares y todo había terminado. Incluso el triste comedor, con sus pesados muebles de caoba, parecía esperar que acabaran con él.
       Pero la reunión no conducía a nada. Un extraño aire de ineficacia flotaba alrededor de los tres hombres mientras se repantigaban en las sillas, fumando y meditando vagamente sobre su situación. La muchacha estaba sola, una joven más bien menuda y de aspecto taciturno, de veintisiete años. No tenía nada que ver con sus hermanos. Habría resultado hermosa si no hubiera sido por la inexpresividad de su rostro, «el de un bull-dog», decían ellos.
       Se oyó un estruendo de cascos de caballo en el exterior. Los tres hombres se dieron la vuelta con desgana para mirar. Más allá de los oscuros arbustos de acebo que separaban la franja de hierba de la carretera, divisaron una recua de caballos de tiro que sacaban de su recinto para hacer ejercicio. Aquella sería la última vez. Eran los últimos caballos que pasarían por sus manos. Los jóvenes les dirigieron una mirada muy dura de reprobación. Estaban asustados ante el desmoronamiento de sus vidas, y el sentimiento de desastre que les invadía no les dejaba la menor libertad interior.
       Sin embargo, se trataba de tres individuos fuertes y bien parecidos. Joe, el mayor, era un hombre de treinta y tres años, corpulento y atractivo, de tez rubicunda. Tenía el rostro muy colorado, se retorcía el bigote negro con uno de sus gruesos dedos, y su mirada era inquieta y poco profunda. Mostraba su dentadura de un modo muy sensual al reírse, y no parecía nada inteligente. En aquel momento contemplaba los caballos con una expresión vidriosa de impotencia en los ojos, con cierto estupor ante la ruina.
       Los enormes caballos de tiro pasaron a gran velocidad. Cuatro de ellos, con las cabezas atadas a las colas, avanzaron con dificultad hacia un sendero que salía de la carretera, pisoteando desdeñosos el fino y oscuro barro con sus grandes pezuñas, balanceando suntuosamente sus anchas grupas, y trotando un pequeño trecho mientras eran conducidos al camino, a la vuelta de la esquina. Cada uno de sus movimientos reflejaba una fuerza hercúlea y aletargada, y una estupidez que los mantenía sometidos. El cuidador, en cabeza, miraba atrás y tensaba la cuerda que los unía. Y la recua desapareció de la vista subiendo por el sendero; la cola del último caballo, tensa y erguida, se alzaba por encima de su ancha y cadenciosa grupa mientras los animales avanzaban como en un sueño por detrás del seto.
       Joe los contempló con ojos vidriosos y desesperanzados. Los caballos eran casi tan importantes para él como su propio ser. Tenía la impresión de que todo había acabado. Afortunadamente, estaba prometido a una mujer de su edad, y el padre de ella, administrador de una propiedad vecina, le conseguiría trabajo. Contraería matrimonio y llevaría un arnés. Su vida había terminado, a partir de ahora sería un animal doblegado.
       Se volvió inquieto, con las pisadas de los caballos que se alejaban resonando en sus oídos. Luego, con una agitación absurda, cogió las sobras de tocino que había en los platos y, con un silbido apenas perceptible, se las arrojó al terrier que dormía junto a la pantalla de la chimenea. Observó cómo las engullía y esperó a que le mirara. Entonces esbozó una débil sonrisa y, con voz aguda y algo estúpida, exclamó:
       —No comerás mucho más tocino, ¿verdad?
       El perro movió tristemente la cola y, doblando las patas traseras, dio unas cuantas vueltas antes de tumbarse de nuevo.
       Reinó otro silencio estéril en la mesa. Joe se arrellanó en su asiento, sin querer marcharse hasta que el cónclave familiar se disolviera. Fred Henry, el segundo de los hermanos, se sentaba muy erguido, con sus largas piernas y su aire despierto. Había contemplado el paso de los equinos con más sangre fría. Aunque fuera un animal como Joe, seguía manteniendo la calma, nadie se la había arrebatado. Era el amo de cualquier caballo, y su actitud era de condescendiente autoridad. Pero no tenía poder sobre las situaciones de la vida. Empujó hacia arriba su grueso bigote castaño, lejos de su labio, y miró con irritación a su hermana, que continuaba impasible, inescrutable.
       —Irás a vivir con Lucy algún tiempo, ¿no es así? —inquirió.
       La muchacha no respondió.
       —No sé qué otra cosa puedes hacer —prosiguió Fred Henry.
       —Colocarte de criada —interrumpió Joe, lacónicamente.
       La joven no movió ni un músculo.
       —Si yo fuera ella, estudiaría para ser enfermera —dijo Malcolm, el más pequeño de todos. Era el benjamín de la familia, un muchacho de veintidós años, de rostro lozano y alegre.
       Pero Mabel no le prestó la menor atención. Llevaban tantos años hablando de ella a su alrededor que apenas les oía.
       El reloj de mármol de la repisa de la chimenea señaló la media hora, el perro se levantó inquieto de la alfombrilla que había junto al fuego y miró al grupo que rodeaba la mesa del desayuno. Pero siguieron celebrando aquel inútil cónclave.
       —Bueno —exclamó de pronto Joe, sin motivo—. Tengo que marcharme.
       Empujó la silla hacia atrás, separó bruscamente las rodillas para dejarlas libres, como si montara a caballo, y se acercó a la chimenea. Pero no salió de la habitación; le intrigaba saber qué harían o dirían sus hermanos. Empezó a cargar su pipa, mientras observaba al perro y le decía:
       —¿Vienes conmigo? Conque vienes conmigo, ¿eh? Tal como están las cosas, eso es pedirme demasiado, ¿sabes?
       El animal movió débilmente la cola, y el hombre estiró la mandíbula, cubrió su pipa con las manos y empezó a dar fuertes chupadas, abandonándose al tabaco y contemplando al perro con mirada ausente. Éste fijó sus ojos en él con tristeza y desconfianza. Joe seguía en pie con las rodillas hacia fuera, como si montara a caballo.
       —¿Has recibido alguna carta de Lucy? —preguntó Fred Henry a su hermana.
       —La semana pasada —contestó la joven, sin inmutarse.
       —Y ¿qué decía?
       No hubo respuesta.
       —¿Te pedía que fueras a vivir una temporada con ella? —continuó Fred Henry.
       —Decía que puedo ir cuando quiera.
       —Entonces será mejor que lo hagas. Dile que irás el lunes.
       Mabel recibió estas palabras en silencio.
       —Lo harás, ¿verdad? —insistió Fred Henry, con cierta exasperación.
       Pero ella no dijo nada. El silencio que reinaba en el cuarto era de impotencia e irritación. Malcolm sonrió neciamente.
       —Tendrás que decidirlo antes del próximo miércoles —señaló Joe en voz alta—, o te encontrarás viviendo en el bordillo de una acera.
       El rostro de la joven se oscureció, pero continuó impasible.
       —Ahí está Jack Fergusson —exclamó Malcolm, que miraba sin propósito claro por la ventana.
       —¿Dónde? —dijo Joe, alzando la voz.
       —Acaba de pasar.
       —¿Viene a casa?
       Malcolm estiró el cuello para ver la verja de entrada.
       —Sí —replicó.
       Hubo un silencio. Mabel seguía sentada en la cabecera de la mesa, como si hubiera cometido algún delito. Entonces se oyó un silbido en la cocina. El perro se levantó y ladró con estridencia. Joe abrió la puerta y gritó:
       —¡Pasa!
       Al cabo de un momento, entró un joven. Iba envuelto en un sobretodo y en una bufanda morada de lana, y se había calado una gorra de tweed, que no se quitó. Era de estatura media, su rostro era más bien pálido y delgado, sus ojos parecían cansados.
       —¡Hola, Jack! ¿Qué tal, Jack? —exclamaron Malcolm y Joe.
       Fred Henry se limitó a decir: «¡Jack!».
       —¿Cómo va todo? —preguntó el recién llegado, dirigiéndose claramente a Fred Henry.
       —Igual. Tenemos que marcharnos el miércoles. ¿Has cogido un resfriado?
       —Sí… y además bien fuerte.
       —¿Por qué no te quedas en casa?
       —¡Quedarme en casa yo! Cuando no me tenga en pie, quizá tenga esa suerte —contestó el joven con voz ronca y un ligero acento escocés.
       —¡Vaya desastre! —exclamó Joe con regocijo—. Un médico visitando a sus pacientes con ese catarro. No parece lo mejor para ellos, ¿verdad?
       El joven médico dirigió lentamente su mirada hacia él.
       —¿Acaso te ocurre algo? —le preguntó con sarcasmo.
       —No, que yo sepa. ¡Maldita sea! Espero que no, ¿por qué lo dices?
       —Estás tan preocupado por los pacientes que pienso si tú serías uno de ellos.
       —¡Maldita sea, no! Jamás he sido el paciente de ningún condenado médico, y espero no serlo nunca —respondió Joe.
       En ese momento, Mabel se levantó de la mesa y todos parecieron darse cuenta de su presencia. Empezó a apilar los platos. El joven médico la miró, pero no le dijo nada. No la había saludado. Ella salió de la habitación con la bandeja, con el rostro impasible, imperturbable.
       —Entonces, ¿cuándo os marcháis? —quiso saber el médico.
       —Yo cojo el tren de las once cuarenta —repuso Malcolm—. ¿Vas a bajar con el carruaje, Joe?
       —Sí, te lo había dicho, ¿no?
       —Pues será mejor que subamos a Mabel en él. Si no te veo antes de irme, adiós, Jack —exclamó Malcolm, estrechándole la mano.
       Y abandonó la casa seguido de Joe, que parecía andar con el rabo entre las piernas.
       —¡Parece obra del diablo! —dijo el médico, cuando se quedó a solas con Fred Henry—. Entonces, ¿te marchas antes del miércoles?
       —Ésas son las órdenes —contestó su interlocutor.
       —¿Dónde? ¿A Southampton?
       —En efecto.
       —¡Diantre! —exclamó Fergusson, apesadumbrado.
       Los dos guardaron silencio.
       —Y ¿tenéis todos a dónde ir? —inquirió el joven médico.
       —Más o menos.
       Se produjo otra pausa.
       —Te echaré de menos, Freddy, muchacho —aseguró Fergusson.
       —Y yo a ti, Jack —respondió su amigo.
       «Te echaré terriblemente de menos», pensó el médico.
       Fred Henry se dio la vuelta. No había nada que decir. Mabel entró de nuevo para terminar de recoger la mesa.
       —¿Qué va a hacer entonces, señorita Pervin? —preguntó Fergusson—. ¿Irá a casa de su hermana?
       Mabel le miró con aquellos ojos graves e inquietantes que siempre le hacían sentirse incómodo, turbando su aparente desenvoltura.
       —No —replicó.
       —En nombre de Dios, ¿qué vas a hacer? Dinos qué piensas hacer —gritó Fred Henry, inútilmente.
       Pero ella se limitó a apartar la cabeza, y continuó con su trabajo. Dobló el mantel blanco y cubrió la mesa con el de felpilla.
       —¡La zorra con peor carácter que ha existido jamás! —rezongó su hermano.
       Pero ella terminó sus tareas con el rostro completamente impasible, mientras el joven médico la observaba con interés. Luego salió de la casa.
       Fred Henry la siguió con la mirada, apretando los labios mientras sus ojos azules reflejaban un fuerte antagonismo; hizo una mueca de amarga desesperación.
       —Aunque la despellejaras viva, no le sacarías nada más —exclamó, en tono resentido.
       El médico sonrió débilmente.
       —¿Qué piensa hacer entonces? —preguntó.
       —¡Que me aspen si lo sé! —contestó Fred Henry.
       Siguieron unos instantes de silencio. Luego el doctor se puso en marcha.
       —Nos vemos esta noche, ¿verdad? —dijo a su amigo.
       —Sí… ¿dónde quedamos? ¿Vamos a Jessdale?
       —No sé. Estoy tan resfriado. En cualquier caso, me acercaré a La Luna y las Estrellas.
       —Que Lizzie y May nos echen de menos por una vez, ¿eh?
       —De acuerdo… si no me encuentro tan mal como ahora.
       —Es lo mismo.
       Los dos jóvenes cruzaron juntos el pasillo y llegaron a la puerta trasera. La casa era muy grande, pero habían despedido a los criados y ahora estaba desierta. En la parte de atrás había un pequeño patio de ladrillo y fuera de él una enorme explanada, cubierta de una grava roja y fina, con caballerizas a ambos lados. Más allá se extendían los oscuros campos invernales, fríos y húmedos, en declive.
       Pero las caballerizas se hallaban vacías. Joseph Pervin, el padre, había sido un hombre sin educación que había llegado a ser un conocido tratante de caballos. Los establos habían estado repletos de animales, y había reinado un continuo alboroto y un ir y venir de caballos, tratantes y mozos de cuadra. En aquella época la cocina estaba llena de criados. Pero en los últimos años el negocio había declinado. El anciano se había casado por segunda vez para recuperar su fortuna. Ahora estaba muerto y todo se había venido abajo; lo único que quedaba eran deudas y amenazas.
       Durante meses, Mabel se había ocupado ella sola de la enorme casa, manteniendo el hogar en medio de la penuria para sus inútiles hermanos. Había llevado la casa durante diez años. Pero antes lo había hecho sin escatimar gastos. En aquella época, a pesar de su entorno brutal y grosero, la experiencia de tener dinero le había hecho sentirse orgullosa, segura de sí misma. Los hombres podían ser malhablados, las mujeres de la cocina podían tener mala reputación, sus hermanos podían tener hijos ilegítimos. Pero, mientras hubiera dinero, ella se sentiría tranquila, y salvajemente arrogante y reservada.
       Los únicos visitantes que llegaban a la casa eran tratantes de caballos y otros hombres sin educación. Mabel no se relacionaba con nadie de su propio sexo desde la marcha de su hermana. Pero no le importaba. Iba a la iglesia con regularidad, se ocupaba de su padre. Y llevaba en el pensamiento a su querida madre, que había fallecido cuando ella tenía catorce años. También había amado a su padre, de un modo muy diferente, confiando en él y sintiéndose segura bajo su protección, hasta que a los cincuenta y cuatro años había vuelto a casarse. Y entonces se puso en su contra. Ahora él había muerto y los había dejado llenos de deudas.
       La joven había sufrido terriblemente durante el período de pobreza. Nada podía, sin embargo, debilitar el extraño y arisco orgullo animal que sentían todos los miembros de la familia. Para Mabel, todo había terminado. Pero ella no cambiaría. Seguiría su propio camino como hasta ahora. Siempre tendría la clave de su propia condición. Como un autómata, tenazmente, había soportado el día a día. ¿Por qué tenía que pensar? ¿Por qué tenía que contestar a los demás? Ya era bastante que hubiera llegado el final y no tuvieran salida. No quería volver a recorrer lúgubremente la calle principal del pequeño pueblo, eludiendo las miradas de todos. No quería volver a rebajarse, entrando en las tiendas y comprando los alimentos más baratos. Eso había terminado. No pensaba en nadie, ni siquiera en sí misma. Como un autómata, tenazmente, parecía sumida en una especie de éxtasis que la acercaba a su sublimación, a su propia glorificación, junto a su difunta madre glorificada.
       Por la tarde cogió una bolsa, con unas tijeras de podar, una esponja y un pequeño cepillo de fregar, y salió de la casa. Era un día gris de invierno; reinaba la tristeza en aquellos campos de color verde oscuro y el aire se veía ennegrecido por el humo de las fundiciones cercanas. Mabel avanzó rápida y sombríamente por la calzada, sin prestar atención a nadie, y cruzó el pueblo en dirección al cementerio.
       Allí se sentía siempre segura, como si nadie pudiera verla, aunque lo cierto es que estaba expuesta a las miradas de todos los que pasaban junto al muro del camposanto. Sin embargo, bajo la sombra de la enorme e imponente iglesia, entre las tumbas, se sentía inmune al mundo, tan protegida por los gruesos muros del cementerio como si hubiera entrado en otro país.
       Cuidadosamente, recortó la hierba de la tumba y dispuso los pequeños crisantemos rosicler en la cruz de latón. Después cogió un jarro vacío de una tumba cercana, trajo agua y, con todo esmero, del modo más minucioso, limpió la lápida de mármol y la albardilla con la esponja.
       Hacer esto le proporcionó una gran satisfacción. Tuvo la sensación de entrar en contacto directo con el mundo de su madre. Realizó el trabajo a conciencia, paseó entre los árboles en un estado rayano en la más absoluta felicidad, como si aquella tarea le permitiera establecer una conexión íntima y sutil con su madre. Pues la vida que llevaba en este mundo era mucho menos real que el mundo de ultratumba que había heredado de su madre.
       La casa del médico estaba justo al lado de la iglesia. Fergusson, contratado como mero ayudante, trabajaba sin descanso recorriendo los lugares más apartados. Mientras se dirigía presuroso a atender a los pacientes que había en la consulta, lanzó una mirada al camposanto y, con su perspicacia habitual, divisó a la joven limpiando la tumba. Parecía tan abstraída en sus pensamientos y tan distante que era como vislumbrar otro mundo. Algún elemento místico vibró en su interior. Aflojó el paso sin dejar de observarla, como si estuviera hechizado.
       Mabel levantó la vista, consciente de que él la examinaba. Sus ojos se encontraron. Y los dos se apresuraron a mirarse de nuevo, sintiendo, de algún modo, que el otro les había descubierto. Fergusson se quitó la gorra y siguió bajando por el camino. En su conciencia, como una visión, quedó grabado el rostro de la joven, alzando la vista de la lápida del cementerio y mirándole con aquellos ojos serenos, inmensos y portentosos. Su semblante era portentoso. Parecía hipnotizarle. Sus ojos emanaban un tremendo poder que se adueñaba de todo su ser, como si hubiera bebido una poderosa droga. Antes se sentía débil y agotado; y ahora tuvo la impresión de revivir, de haberse liberado de sus preocupaciones diarias.
       Terminó su trabajo en la consulta tan pronto como pudo, llenando apresuradamente de remedios baratos los frascos de los que esperaban. Luego, con las prisas de siempre, volvió a salir para hacer otra ronda de visitas antes de la hora del té. Siempre prefería andar, si podía, pero especialmente cuando no se encontraba bien. Imaginaba que el movimiento le ayudaba a restablecerse.
       Empezaba a anochecer. Era una tarde sombría y gris de invierno, y hacía un frío húmedo y cortante que embotaba todos los sentidos. Pero ¿por qué había de pensar o de reparar en ello? Subió rápidamente la colina y cruzó los campos de color verde oscuro, siguiendo la pista de ceniza. A lo lejos, más allá de una suave hondonada, se apiñaba el pequeño pueblo como un montón de brasas, la torre, la aguja, el grupo de casas bajas, transidas, extintas. Y en el extremo más cercano, en la pendiente de la hondonada, estaba Oldmeadow, la morada de los Pervin. Podía ver con claridad las caballerizas y las edificaciones anexas, que se extendían en la ladera. ¡No volvería a ir allí con la misma frecuencia! Perdería otro sostén, otro lugar: la única compañía que le importaba en aquel feo y extraño pueblo. Sólo le quedaría trabajar como un esclavo, correr de una morada a otra sin descanso entre los mineros y los trabajadores de las fundiciones. Aquello le dejaba exhausto y, sin embargo, ¡sentía tantos deseos de ejercer! Le reconfortaba entrar en las casas de los obreros, era como penetrar en la parte más íntima de su existencia. Su ánimo se sentía exaltado y satisfecho. Podía acercarse a las vidas de aquellos hombres y mujeres, rudos, con dificultades para expresarse, terriblemente emocionales. Protestaba, decía que odiaba aquel horrible agujero. Pero lo cierto es que le excitaba; el contacto con la gente tosca y de fuertes sentimientos servía de estímulo a sus nervios.
       Debajo de Oldmeadow, en la verde y suave hondonada encharcada de agua, había un estanque cuadrado muy profundo. Errante en medio del paisaje, el joven médico divisó con sus ojos de lince una silueta vestida de negro entrando en el campo y dirigiéndose hacia el estanque. La miró de nuevo. Podía ser Mabel Pervin. Súbitamente, su entendimiento y sus sentidos se aguzaron.
       ¿Por qué bajaba allí? Fergusson se detuvo en el camino que había en la parte más alta de la ladera, y se quedó observando. En efecto, una pequeña silueta negra se movía entre las sombras del crepúsculo. Le pareció contemplarla en medio de aquella penumbra como si fuera un vidente, con su imaginación, no con sus ojos. Y, sin embargo, podía verla con suficiente claridad siempre que no dejara de observarla. Tenía la sensación de que si apartaba la mirada de ella, la perdería para siempre en aquel oscuro y desapacible atardecer.
       Siguió atentamente los movimientos de la joven, firmes y decididos, como si algo la empujara y no tuviera voluntad propia, bajando en línea recta hacia el estanque. Al llegar, se quedó unos instantes en la orilla. No levantó en ningún momento la cabeza. Luego empezó a meterse poco a poco en el agua.
       Fergusson continuó inmóvil mientras la pequeña silueta negra avanzaba lenta y deliberadamente hacia el centro del estanque, muy despacio, adentrándose cada vez más en las tranquilas aguas, y prosiguiendo su marcha cuando el nivel le llegó al pecho. Entonces la perdió de vista en medio de la penumbra del lúgubre atardecer.
       —¡Santo Dios! —exclamó—. ¿Quién iba a imaginarlo?
       Y bajó presuroso, corriendo por los campos encharcados, abriéndose camino entre los setos, hasta llegar a aquella fría hondonada, tenebrosa y cruel. Tardó algunos minutos en llegar al estanque. Se detuvo en la orilla, jadeando. No podía ver nada. Sus ojos parecían penetrar en las aguas muertas. Sí, quizá aquello fuera la oscura sombra de su vestido negro bajo el agua.
       Entró lentamente en el estanque. Era muy profundo; sus pies se hundieron en el fondo de lodo, y un frío glacial abrazó con fuerza sus piernas. Mientras avanzaba, podía oler el fango gélido y putrefacto que estancaba aquellas aguas. Era lo menos apropiado para sus pulmones. No obstante, no hizo caso de su repugnancia y continuó adentrándose. El agua helada le llegó por encima de los muslos, de la cintura, del abdomen. La parte más baja de su cuerpo estaba sumergida en aquel siniestro y frío elemento. Y el fondo era tan viscoso e inestable que temía perder pie y hundirse. No sabía nadar y estaba asustado.
       Se agachó un poco, extendiendo los brazos por debajo del agua y moviéndolos en círculo, intentando encontrarla. El gélido estanque se agitaba por encima de su pecho. Se adentró algo más, y luego otro poco, con las manos sumergidas, y sintió cómo le cubría el agua. Y tocó el vestido de ella. Pero se le escapó de los dedos. Hizo un esfuerzo desesperado por asirlo.
       Y en ese momento perdió el equilibrio y se hundió, de un modo horrible, sintiendo cómo se ahogaba en aquel agua fétida y cenagosa, luchando como un loco durante unos segundos. Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, consiguió hacer pie, sacó la cabeza y miró a uno y otro lado. Respiró con dificultad, y comprendió que estaba vivo. Luego contempló el agua. Ella flotaba en la superficie, muy cerca. Fergusson agarró su vestido y, acercándola a él, se dio la vuelta para regresar a la orilla.
       Avanzó muy despacio, con sumo cuidado, absorto en su lento caminar. Fue subiendo y subiendo para salir del estanque. El agua ya sólo le cubría las piernas; y se sintió muy agradecido y aliviado por haber escapado de las garras del estanque. Cogió en brazos a la joven y llegó tambaleándose a la orilla, lejos del horror del oscuro y húmedo fango.
       La depositó en la hierba. Se hallaba inconsciente y había tragado mucha agua. Logró que la expulsara por la boca, e hizo cuanto pudo por reanimarla. No tardó en oír cómo respiraba de nuevo. Y lo hacía de forma natural. Insistió un poco más. Sentía cómo ella volvía a la vida bajo sus manos; estaba recobrando el conocimiento. Se secó el rostro y, envolviendo a la muchacha en su abrigo, contempló el mundo gris oscuro que les rodeaba, la cogió en brazos y avanzó tambaleándose por la orilla y por los campos.
       Le pareció un camino increíblemente largo, y su carga era tan pesada que creyó que no llegaría nunca a Oldmeadow. Pero, finalmente, se encontró junto a las caballerizas y poco después en el patio de la casa. Abrió la puerta y entró en la vivienda. Depositó a la joven en la cocina, sobre la alfombrilla de la chimenea, y llamó a sus hermanos. No había nadie. Pero el fuego ardía en el hogar.
       Entonces se arrodilló de nuevo para atenderla. Respiraba con normalidad y tenía los ojos abiertos, como si se hubiera recobrado, pero había algo extraño en su mirada. Tenía conciencia de sí misma, pero no del mundo que la rodeaba.
       Fergusson corrió escaleras arriba, cogió mantas de una cama y las puso delante del fuego para que se calentaran. Entonces le quitó el vestido empapado y con olor a fango, la secó con una toalla y la envolvió desnuda en las mantas. Después se dirigió al comedor en busca de alguna bebida alcohólica. Encontró un poco de whisky. Tomó un trago y le dio a beber unas gotas a la joven.
       El efecto fue instantáneo. Ella le miró directamente a la cara, como si llevara un rato viéndolo, aunque acababa de percatarse de su presencia.
       —¿Doctor Fergusson? —dijo.
       —¿Sí? —respondió.
       Él se estaba quitando la chaqueta, y se disponía a buscar algo de ropa seca en el piso de arriba. No podía soportar el hedor del agua estancada y cenagosa, y temía horriblemente por su salud.
       —¿Qué he hecho? —preguntó Mabel.
       —Se ha metido en el estanque —contestó él.
       Había empezado a temblar como si estuviera enfermo, y a duras penas podía ocuparse de ella. Los ojos de la joven seguían clavados en él, y Fergusson sintió cómo su mente se nublaba mientras le devolvía impotente la mirada. Sus temblores disminuyeron, y pareció recobrar su fuerza vital, oscura y extraña, pero nuevamente poderosa.
       —¿He perdido el juicio? —inquirió la muchacha, sin dejar de mirarlo.
       —Quizá, por un momento —replicó.
       Estaba tranquilo, pues había recuperado el vigor; su extraño y febril nerviosismo había desaparecido.
       —Y ahora, ¿sigo desvariando? —preguntó Mabel.
       —¿Que si sigue? —reflexionó un instante—. No —repuso de corazón—, estoy convencido de que no.
       El joven volvió la cabeza. Estaba asustado, pues se sentía aturdido, y percibía vagamente que, en aquellos instantes, el poder de Mabel era superior al suyo. Y, mientras tanto, ella continuaba mirándolo fijamente.
       —¿Dónde puedo encontrar ropa seca para cambiarme? —dijo él.
       —¿Se tiró al estanque por mí? —quiso saber ella.
       —No —respondió—. Entré poco a poco. Pero también acabé sumergido en él.
       Reinó un momento de silencio. Él vaciló. Estaba ansioso por subir al piso de arriba y ponerse ropa seca. Pero otro deseo latía en su interior. Y la muchacha parecía retenerlo. Era como si su voluntad le hubiera abandonado y estuviera indefenso ante ella. Pero había entrado en calor. Ya no temblaba, aunque su ropa seguía empapada.
       —¿Por qué lo ha hecho? —preguntó Mabel.
       —Porque no quería que hiciera esa estupidez —exclamó el joven.
       —No era ninguna estupidez —dijo ella, con la mirada aún fija en él, tendida en el suelo y con un cojín del sofá bajo la cabeza—. Era lo más razonable. En ese momento, sabía muy bien lo que me convenía.
       —Iré a cambiarme de ropa —señaló Fergusson.
       Pero era incapaz de alejarse de su presencia hasta que ella se lo pidiera. Era como si Mabel tuviera en sus manos la vida que ardía en su interior, y él no pudiera arrancársela. O tal vez no quería hacerlo.
       Inesperadamente, ella se sentó. Entonces se dio cuenta de su estado. Sintió las mantas que la envolvían, tuvo conciencia de sus brazos y de sus piernas. Por unos instantes, creyó enloquecer. Miró a uno y otro lado, con desesperación, como si buscara algo. Fergusson se quedó quieto, asustado. La joven vio su ropa tirada en el suelo.
       —¿Quién me ha desnudado? —preguntó, mirándole directa e inevitablemente al rostro.
       —Yo —respondió él—, para que volviera en sí.
       Durante unos segundos, ella le contempló con desbordante intensidad, con los labios entreabiertos.
       —Entonces, ¿me ama? —dijo.
       El joven se limitó a clavar sus ojos en ella, fascinado. Su alma pareció fundirse.
       Mabel llegó de rodillas hasta él, que seguía en pie, y le abrazó; rodeó sus piernas, apretando los pechos contra sus rodillas y sus muslos, aferrándose a él con una extraña y convulsiva confianza, estrechando sus muslos contra ella, acercándolo a su rostro, a su garganta, mientras le miraba con ojos humildes y apasionados, transfigurada, victoriosa, por primera vez dueña y señora.
       —Me amas —susurró, en un singular estado de exaltación, anhelante, triunfal y confiada—. Me amas. Sé que me amas, lo sé.
       Y empezó a besarle apasionadamente las rodillas, a pesar de su ropa mojada… y a besarle apasionada e indistintamente las rodillas y las piernas, como si no fuera consciente de nada.
       El joven bajó la cabeza y miró los cabellos húmedos y enredados, los hombros salvajes, desnudos e irracionales. Estaba sorprendido, confuso y asustado. Jamás se le había pasado por la imaginación enamorarse de ella. Jamás había querido enamorarse de ella. Cuando la salvó y la ayudó a revivir, él era un médico y ella una paciente. Nunca había pensado en Mabel. Más aún, aquella intromisión del elemento personal era muy desagradable para él, una violación de su honor profesional. Era terrible tenerla allí abrazando sus rodillas. Era terrible. Se rebelaba contra ello, violentamente. Y, sin embargo… y, sin embargo… era incapaz de separarse de la joven.
       Ella le miró de nuevo, con la misma súplica de amor ilimitado y el mismo brillo aterrador y trascendente de triunfo. Al contemplar la llama delicada que parecía salir como una luz de su rostro, él se sintió indefenso. Y, sin embargo, nunca había querido amarla. Nunca había tenido esa intención. Y una cierta obstinación le impedía rendirse.
       —Me amas —repetía, en un murmullo de profunda y extática certeza—. Me amas.
       Las manos de Mabel le acercaban más y más a ella. Se sentía inquieto, incluso un poco horrorizado. Pues lo cierto es que no había querido amarla. Y, sin embargo, las manos de la joven le acercaban a ella. Se apresuró a extender el brazo para no perder el equilibrio, y agarró su hombro desnudo. Una llama pareció abrasar la mano que agarró su suave hombro. No tenía intención de amarla: toda su voluntad se resistía a hacerlo. Era terrible. Y, sin embargo, qué maravilloso era el tacto de sus hombros, que hermoso el resplandor de su rostro. Es posible que la muchacha hubiera perdido el juicio. Le aterraba someterse a ella. Y, sin embargo, algo también le dolía en su interior.
       Se había quedado observándola desde la puerta, a cierta distancia. Pero su mano seguía en el hombro de la joven. Ella se había callado de repente. Fergusson la miró. Y la expresión de Mabel reflejaba el miedo, la duda; y la luz de su rostro fue extinguiéndose para dar paso de nuevo a una oscura sombra. El joven no pudo soportar siquiera el roce de la pregunta que leyó en sus ojos, ni la lúgubre mirada escondida tras ella.
       Con un gemido interno, claudicó y dejó que su corazón se rindiera ante ella. Una sonrisa dulce y repentina iluminó el rostro del joven. Y los ojos de Mabel, que no se habían apartado nunca de su cara, se llenaron lentamente, muy lentamente de lágrimas. El contempló aquel agua extraña que brotaba de sus ojos como si fuera un manantial. Y su corazón pareció arder y consumirse dentro de su pecho.
       No pudo soportar seguir mirándola. Cayó de rodillas, cogió la cabeza de la joven y estrechó su cara contra su garganta. Ella guardaba silencio. El corazón de Fergusson, que parecía haberse roto, ardía en una especie de agonía dentro de su pecho. Y sintió cómo las lágrimas pausadas y ardientes de Mabel mojaban su garganta. Pero fue incapaz de moverse.
       Sintió cómo las lágrimas ardientes descendían por su cuello y continuó inmóvil, suspendido en una de las eternidades de los hombres. Sólo ahora se había vuelto imprescindible para él tener el rostro de ella junto al suyo; jamás permitiría que se alejase nuevamente de su lado. Jamás permitiría que escapara de su abrazo. Quería seguir así para siempre, con el corazón dolorido y, al mismo tiempo, rebosante de vida. Sin darse cuenta, miró su pelo suave, húmedo y castaño.
       Entonces, súbitamente, llegó hasta él el horrible hedor de aquellas aguas estancadas. Y, en ese instante, ella se apartó y levantó sus ojos melancólicos e insondables. Fergusson tuvo miedo de ellos, y empezó a besarla, sin saber lo que hacía. No quería que sus ojos tuvieran aquella expresión terrible, melancólica e insondable.
       Cuando Mabel volvió el semblante hacia él, un delicado rubor encendía sus mejillas; y el joven vio renacer aquel asombroso brillo de alegría en sus ojos que, en realidad, le aterrorizaba, pero que ahora deseaba ver, pues temía mucho más leer la duda en su mirada.
       —¿Me amas? —preguntó ella, con voz entrecortada.
       —Sí.
       Le resultó doloroso decir esa palabra. No porque fuese mentira. Pero llevaba tan poco tiempo siendo cierta que el hecho de pronunciarla pareció romper de nuevo su corazón destrozado. Y ni siquiera ahora quería que fuera verdad.
       La muchacha levantó el rostro hacia él, que se agachó para besarla en los labios, dulcemente, con uno de esos besos que esconden una promesa eterna. Y mientras la besaba, se le encogió nuevamente el corazón. Nunca había tenido la intención de amarla. Pero ahora todo había terminado. Había cruzado el abismo que le separaba de ella, y lo que dejaba atrás se había marchitado y estaba vacío.
       Después del beso, los ojos de Mabel volvieron a llenarse de lágrimas. Se sentó en silencio, lejos de él, con el semblante vuelto hacia un lado y las manos juntas en su regazo. Las lágrimas se deslizaban muy lentamente por sus mejillas. Reinaba un profundo silencio. El joven tampoco hablaba ni se movía, sentado en la alfombrilla de la chimenea. El extraño dolor de su corazón herido parecía consumirlo. ¿Cómo podía amarla? ¿Y eso era amor? ¡Mira que dejarse destrozar la vida de ese modo! ¡Él, un médico! ¡Sería el hazmerreír de todos si se enteraban! Le atormentó la idea de que los demás pudieran enterarse.
       En medio del dolor descarnado de sus emociones, la miró nuevamente. Seguía allí sentada, absorta en sus pensamientos. Fergusson vislumbró una lágrima y su corazón se inflamó. Entonces se dio cuenta de que uno de sus hombros estaba completamente destapado, un brazo desnudo, y de que podía ver uno de sus pequeños pechos; levemente, pues el cuarto estaba casi en la penumbra.
       —¿Por qué lloras? —inquirió Fergusson, con una voz extraña.
       Ella le miró; y, tras sus lágrimas, la conciencia de su situación llenó sus ojos de oscura vergüenza.
       —No lloro, de verdad —repuso la joven, observándole con cierto temor.
       Él alargó la mano, y cogió suavemente su brazo desnudo.
       —¡Te amo! ¡Te amo! —exclamó, con una voz dulce y trémula que no parecía la suya.
       Mabel se estremeció y bajó la cabeza. La ternura e intensidad con que él le agarraba el brazo la turbaban. Levantó su mirada.
       —Quiero subir —dijo—. Quiero subir a cogerte algo de ropa seca.
       —¿Por qué? —preguntó el joven—. Estoy bien.
       —Pero yo quiero subir —insistió—. Y quiero que te cambies.
       Fergusson soltó su brazo y ella se envolvió en la manta, contemplándole asustada. Pero siguió inmóvil.
       —Bésame —le pidió anhelante.
       El joven la besó, pero brevemente, algo enojado.
       Tras unos segundos, ella se levantó inquieta, cubriéndose con la manta. Fergusson observó su confusión mientras intentaba andar sin que ésta se cayera. La observó implacable, y ella lo sabía. Y mientras avanzaba, con la manta a rastras, él alcanzó a entrever sus pies, y su blanca pierna, e intentó recordar cómo era cuando él la había tapado. Pero luego rechazó esa idea, pues entonces ella no significaba nada para él, y todo su ser se negaba a evocar la imagen de Mabel cuando aún no significaba nada.
       Un ruido sordo dentro de la casa le sobresaltó. Entonces oyó su voz:
       —Aquí tienes la ropa.
       Fergusson se levantó y fue al pie de la escalera, donde recogió las prendas de vestir que ella le había tirado. Luego volvió junto a la chimenea para secarse y ponerse la ropa. Sonrió al ver su aspecto cuando hubo terminado.
       El fuego se estaba apagando, de modo que puso un leño. La casa estaba a oscuras, y sólo se veía la luz de una farola que brillaba débilmente detrás de los acebos. Encendió el gas con las cerillas que encontró en la repisa de la chimenea. Después vació sus bolsillos y amontonó todas sus cosas en un rincón de la antecocina. Luego recogió la ropa empapada de Mabel, con sumo cuidado, y la dejó en otro montón sobre la encimera de cobre.
       El reloj de la pared marcaba las seis en punto. Su reloj se había parado. Debía volver a la consulta. Esperó un poco, pero ella continuaba sin bajar. De modo que fue al pie de la escalera y le gritó:
       —Tengo que marcharme.
       Casi inmediatamente, la oyó acercarse. Llevaba su mejor vestido de voile negro, y su pelo estaba limpio, aunque seguía mojado. La joven le miró… y, a pesar de que no era ésa su intención, esbozó una sonrisa.
       —No me gustas nada con esa ropa —exclamó.
       —¿Estoy muy mal? —preguntó Fergusson.
       Los dos se sentían cohibidos.
       —Te prepararé un té —dijo ella.
       —No, debo irme.
       —¿De veras?
       Y volvió a mirarle con aquellos ojos enormes, angustiados y dubitativos. Y Fergusson comprendió de nuevo, por el dolor que sentía en su pecho, hasta qué punto la amaba. Fue hasta ella y se inclinó para besarla, suave, apasionadamente, con el beso de su corazón dolorido.
       —Y mi pelo huele fatal —murmuró con vehemencia—; y ¡soy tan horrible, tan horrible! Oh, no, soy demasiado horrible —y rompió a llorar amargamente, con verdadero desconsuelo—. No puedes querer amarme, soy espantosa.
       —No seas tonta, no seas tonta —exclamó él, tratando de consolarla mientras la besaba y la estrechaba en sus brazos—. Te quiero, quiero casarme contigo, nos casaremos en seguida, en seguida… mañana mismo, de ser posible.
       Pero Mabel seguía llorando a lágrima viva.
       —Me siento horrible. Me siento horrible. Siento que no soy nada adecuada para ti —dijo entre sollozos.
       —No, yo te quiero, te quiero —fue lo único que respondió, ciegamente, en un tono de voz que casi la asustó más que su horror a que no la quisiera.




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