D. H. Lawrence
(Eastwood, Inglaterra, 1885 - Vence, Francia, 1930)


La mariquita (1923)
(“The Ladybird”)
Originalmente publicado en The Ladybird, The Fox, The Captain’s Doll (Londres, 1923);
The Captain’s Doll: Three Novelettes (Nueva York, 1923)



      ¡Cuántas espadas albergaba lady Beveridge en su agujereado corazón! Sin embargo, siempre parecía haber espacio para otra; desde que hubo resuelto que su amable y compasivo corazón nunca moriría. De no haber sido por su determinación, ella misma habría muerto de puro dolor, entre 1916 y 1917, cuando sus muchachos fueron asesinados, y también su hermano, cuando la muerte parecía dispuesta a segar con amplios golpes a toda su familia. Pero olvidémoslo.
       Lady Beveridge amaba a la humanidad y, pasase lo que pasase, continuaría amándola. Más aún, en términos humanos, amaría a sus enemigos. No a los criminales entre sus enemigos, los hombres que cometían atrocidades, sino a los hombres que eran sus enemigos sin haber elegido ese papel. No sería arrastrada a ningún odio generalizado.
       Alguien la había llamado «el alma de Inglaterra». No era un apelativo malicioso a pesar de ser medio irlandesa, si bien era descendiente de una vieja, aristocrática y leal familia, famosa por sus hombres brillantes. Y ella, lady Beveridge, tuvo durante años tanta influencia sobre el tono general de la política inglesa como cualquiera de sus contemporáneos. Amiga íntima de los auténticos líderes en la Cámara de los Lores y en el gabinete ministerial, estaba satisfecha de que los hombres actuaran, a condición de que aspiraran de ella, como si fuese la rosa de la vida, la pura fragancia de la verdad y del amor genuino. No albergaba dudas en lo que se refería a su propio espíritu.
       Ella, ella nunca abandonaría su delicada bandera de seda. Por ejemplo, a lo largo de todo el dolor de la guerra nunca olvidó a los prisioneros enemigos: estaba dispuesta a hacer cuanto pudiera por ellos. Durante los primeros años aún mantenía su influencia, pero en los últimos años de la guerra el poder fue escapándose de sus manos y de las de su clase, y descubrió que ya no podía hacer nada, o casi nada. Luego pareció que las múltiples espadas habían acertado en el corazón de aquella pequeña pero inflexible Mater Dolorosa. La nueva generación se burlaba de ella. Ya no fue nunca más la pequeña aristócrata de moda. Desde la guerra, su salón estaba pasado de moda.
       Pero no nos anticipemos. Los años 1916 y 1917 fueron los años en que el viejo espíritu murió para siempre en Inglaterra. Pero lady Beveridge siguió luchando. Estaba siendo derrotada.
       Fue en el invierno de 1917, o al final del otoño. Había pasado quince días enferma, golpeada, paralizada por la horrible muerte de su hijo menor. Sentía que debía abandonar, dejarse morir. Luego recordó cuántas personas se encontraban también postradas por el dolor.
       Se levantó pues, temblando, débil, para hacer una visita al hospital donde yacía el enemigo enfermo y herido, cerca de Londres. La condesa de Beveridge era todavía una mujer privilegiada. La sociedad estaba empezando a burlarse un poco de este pequeño y desgastado pajarillo, de una dignidad y una estética ya superadas, pese a lo cual nadie osaba pensar de ella con maldad.
       Hizo llamar a su coche y salió sola. El conde, su marido, se había marchado con sus penas a Escocia. Así que, en una soleada y descolorida mañana de noviembre, lady Beveridge llegó al hospital situado en Hurst Place. El guardia la conocía, y la saludó cuando pasó a su lado. ¡Ah, qué acostumbrada estaba a recibir muestras de profundo respeto! Resultó extraño que reaccionara tan amargamente cuanto el respeto se fue haciendo más superficial. Pero así fue. Para ella fue como el principio del fin.
       La enfermera jefe la acompañó a la sala de pediatría. ¡Ay!, todas las camas estaban ocupadas y muchos hombres yacían sobre camastros colocados en el suelo. Reinaba en el lugar una desoladora y abarrotada monotonía, y la desesperanza, como si nadie pareciese querer producir un sonido o pronunciar una palabra. Muchos de los hombres estaban demacrados y sin afeitar. Uno de ellos deliraba, hablando incoherentemente en dialecto sajón. Llegó directamente al corazón de lady Beveridge. Había sido educada en Dresde y había dejado muchas y buenas amistades allí. También sus hijos se habían formado allí. Escuchó el dialecto sajón llena de congoja.
       Era una mujer menuda, frágil, parecida a un pajarito, elegante aunque con ese toque intelectual e inconfundible del novecientos. Revoloteó delicadamente de una cama a otra hablando en perfecto alemán aunque con un ligerísimo acento inglés, preguntando siempre si había algo que ella pudiera hacer. Los internados eran en su mayor parte oficiales y caballeros. Hicieron pequeñas peticiones que ella apuntaba en una libreta. Su semblante largo, pálido y bastante marchito, así como sus pequeños gestos nerviosos, inspiraban en cierto modo confianza.
       Un hombre permanecía tumbado bastante tranquilo, con los ojos cerrados. Tenía la barba negra. Su rostro era más bien enjuto y cetrino. Podría haber estado muerto. Lady Beveridge le miró gravemente y el miedo apareció en su cara.
       —¡Vaya, el conde Dionys! —exclamó agitada—. ¿Duerme usted?
       Se trataba del conde Johann Dionys Psanek, un noble de Baviera. Le había conocido cuando era un chico, y no hacía mucho, en la primavera del catorce, él y su esposa habían pasado unos días en la casa de campo de lady Beveridge, en Leicestershire.
       El hombre abrió sus ojos negros, unos ojos grandes y ciegos, con largas y curvadas pestañas. Era un hombre pequeño, tan pequeño como un niño, y también su rostro era más bien reducido. Sus rasgos eran delicados, como si estuviesen iluminados por una penetrante y varonil energía. Ahora su tez morena y amarillenta parecía muerta, y las cejas marrones y bien delineadas parecían trazadas en el rostro de un cadáver. Sin embargo, sus ojos estaban vivos, aunque solo levemente, pues no veían ni eran capaces de reconocerla.
       —¿Me reconoce, conde Dionys? —preguntó lady Beveridge inclinándose sobre el lecho—. Me reconoce, ¿no es así?
       Pasaron unos instantes sin que obtuviera respuesta. Entonces los ojos oscuros expresaron un gesto de familiaridad y en su boca apareció el fantasma de una sonrisa cortés.
       —Lady Beveridge.
       Los labios formaron las palabras, aunque apenas si salió de ellos sonido alguno.
       —Me alegro mucho de que pueda usted reconocerme. Siento mucho que le hayan herido. Lo siento mucho.
       Los ojos negros la contemplaban, fijos, desde la terrible lejanía de la muerte.
       —¿No hay nada que pueda hacer por usted? ¿Nada en absoluto? —dijo ella hablando siempre en alemán.
       Al cabo de un rato, en la distancia, llegó la respuesta desde sus ojos, una mirada exhausta, de negativa, y el deseo de que le dejasen solo. Era incapaz de desarrollar el necesario esfuerzo para recuperar la lucidez. Sus párpados se cerraron.
       —Lo siento mucho —repitió ella—. Si hubiera algo que yo pudiese hacer.
       Los ojos volvieron a abrirse mirando hacia ella. Por fin parecía escuchar, y era como si sus ojos expresasen el último y agotado gesto de una cortés reverencia. Luego, lentamente, sus párpados volvieron a cerrarse.
       La pobre lady Beveridge sintió otra estocada de pesar en su corazón mientras permanecía inmóvil contemplando el rostro inmóvil y la fina barba negra del herido. Los pelos negros brotaban de su piel, muy finos y delicados, sin ser demasiado tupidos. Era un pequeño rostro aborigen, extraño y oscuro, dotado de una nariz pequeña y bien formada: no era un rostro ario. Y estaba muriéndose.
       Tenía un proyectil alojado en la parte superior del pecho, y otro le había roto una de sus costillas. Llevaba cinco días en el hospital.
       Lady Beveridge pidió a la enfermera jefe que la llamara si ocurría algo. Luego se marchó en su coche, muy entristecida. En lugar de dirigirse a su casa prefirió ir al apartamento de su hija, muy cerca de Hyde Park. Lady Daphne era pobre. Se había casado con un plebeyo, hijo de uno de los políticos más famosos de Inglaterra pero sin dinero, y como el conde había dilapidado la mayor parte de la enorme fortuna que había recibido, su hija tenía comparativamente muy poco.
       Lady Beveridge sufría cada vez que atravesaba el estrecho portal que llevaba al apartamento, bastante feo, de su hija. Lady Daphne estaba sentada junto a la estufa eléctrica en el pequeño salón pintado de amarillo, hablando con una visita. Al ver a su madre se puso en pie de inmediato.
       —Vaya, mamá, ¿tenías que salir? Estoy segura de que no.
       —Sí, Daphne querida. Claro que tenía que salir.
       —¿Cómo estás?
       La voz de la hija sonó lenta y sonora, protectora y triste. Lady Daphne era alta, y solo contaba veinticinco años. Había sido una de las grandes bellezas de su generación, al estallar la guerra, y su padre había esperado un espléndido casamiento. En realidad se había casado con la fama: pero sin dinero. Ahora la pena, el dolor y la pasión frustrada le habían causado grandes males. Su marido había desaparecido en el frente del este. Su hijo había nacido muerto. Sus dos queridos hermanos habían muerto. Y ella se sentía enferma, siempre enferma.
       Alta y maravillosamente formada, tenía el elegante porte de su padre. Sus hombros seguían siendo esbeltos, pero ¡qué delgado era su blanco cuello! Llevaba un sencillo vestido negro bordado con colorida lana por la parte superior y sostenido por un cinturón flojo, también de color. No se le veían adornos. Su rostro era encantador, limpio, de complexión exótica y suave, y sus mejillas de un delicado color rosa. Su pelo era suave y abundante, de un rubio pálido, dorado y ceniciento. Su cabello y su complexión estaban tan perfectamente cuidados que parecían casi artificiales, como una flor de invernadero.
       Pero en realidad su belleza valía poco. Amenazada por la tisis, se la veía demasiado delgada. Los ojos eran lo más triste de la muchacha. Tenían el borde ligeramente enrojecido, y estaban agotados por los nervios, y los párpados, recorridos por ligeras venas, resultaban pesados, como si no quisieran seguir levantados. Eran unos ojos grandes y de un maravilloso azul turquesa. Pero estaban inflamados, lánguidos, prácticamente sin vida.
       De pie, aquella niña alta, joven y grácil contemplaba a su madre con afectuosa solicitud mientras sentía el corazón lleno de cenizas. La pequeña y patética madre, tan maravillosa a su manera, no necesitaba en realidad que la compadecieran. Su vida residía en sus penas y en sus esfuerzos por consolar a los demás. Pero Daphne no había nacido para el dolor y la filantropía. Con su magnífica presencia y sus piernas largas, fuertes y bien contorneadas, era más Artemisa o Atalanta que Dafne. Había cierta amplitud en su frente e incluso en su barbilla, que hablaba de un temperamento fuerte y audaz, y la curiosa y angustiada inclinación de sus ojos mostraba una salvaje energía escondida.
       Esto era precisamente lo que la enfermaba: su salvaje energía. La había heredado de su padre y de la raza temeraria a la que pertenecía. Su título nobiliario arrancaba de un alocado y temerario soldado de frontera, y tal era la sangre que seguía circulando por los suyos. Pero, ¡ay!, ¿qué debía hacerse con ella?
       Daphne se había casado con un hombre adorable que en verdad le resultó un marido igualmente adorable. Sin embargo, lo que ella necesitaba era un hombre temerario, a pesar de que, mentalmente, detestaba ese tipo de hombres: había sido educada por su madre para admirar tan solo a los hombres buenos.
       De modo que su pasión imprudente y antifilantrópica no encontraba ninguna vía de escape, si bien —pensaba ella—, tampoco debía buscarla. Así que su propia sangre se volvía contra ella, le golpeaba los nervios y la destruía. Únicamente la frustración y la ira la habían hecho enfermar, haciendo pensar a los médicos que se trataba de tisis. Allí estaban, estampadas sobre su boca más bien ancha: la frustración, la ira, la amargura. Allí estaban, en el balanceo de sus ojos claros, en la apartada mirada de sus rasgados ojos: la misma ira alimentándose furtivamente de sí misma. Ese furor enrojecía sus ojos y agotaba sus nervios. Sin embargo, toda su voluntad se concentraba en la adopción del credo materno, y en la condena de su atractivo, brutal y orgulloso padre que tantas desgracias había causado a la familia. Sí, su voluntad giraba en torno a la idea inconmovible de que la vida tenía que ser amable, tranquila y benevolente, en tanto que su sangre era atrevida: la sangre de los indómitos. Su voluntad era más fuerte que su sangre, pero esta se cobraba su venganza. Así sucede hoy con muchos temperamentos fuertes: están hechos añicos en el interior.
       —¿No has tenido noticias, querida? —preguntó su madre.
       —No. Mi suegro ha sabido que los prisioneros ingleses han sido trasladados a Hamrun y que los turcos facilitarían más detalles. Corría el rumor entre algunos prisioneros árabes de que Basil era uno de los británicos llevados allí, y que estaba herido.
       —¿Cuándo supiste eso?
       —Primrose vino esta mañana.
       —Entonces hay esperanza, querida.
       —Sí.
       Nunca hubo nada más sordo y amargo que aquella afirmación de esperanza pronunciada por Daphne. La esperanza se había transformado casi en una maldición para ella. Hubiese querido que no se necesitara tal cosa. Ah, el tormento de aguardar y el insulto que implicaba para el alma. Como la insistente viuda que recibe su merecido. ¿Por qué no podría ser todo un limpio desastre y acabar con ello de una vez? Este ir y venir con desaliento era peor que el desaliento mismo. Ya había esperado demasiado. ¡Ah, con cuánta angustia había aguardado a sus queridos hermanos! Y sus dos seres más queridos estaban muertos. Como lo estaban también tantos otros por quienes alentara esperanzas. Muertos. Solo aquella incertidumbre por su marido la hería todavía.
       —¿Te sientes mejor, querida? —preguntó insatisfecha la madre.
       —Algo mejor —fue la contenida respuesta.
       —¿Y las noches?
       —Peores.
       Se produjo una pausa.
       —¿Vendrás a comer conmigo, Daphne querida?
       —No, querida madre. Prometí almorzar en casa de los Howard, con Primrose. Pero aún tengo un cuarto de hora. Siéntate.
       Las dos mujeres tomaron asiento cerca de la estufa eléctrica. Se produjo un incómodo silencio sin que ninguna de las dos supiese qué decir. Entonces Daphne se puso en pie y miró a su madre.
       —¿Estás segura de que te encuentras ya lo suficientemente fuerte como para salir? —preguntó—. ¿Qué te ha hecho salir tan de pronto?
       —Fui a Hurst Place, hija. Tenía a esos hombres en la cabeza después de leer todo lo que dicen los diarios.
       —¿Por qué sigues leyendo los diarios? —exclamó Daphne con ardiente y amarga ira—. Bueno —dijo de nuevo más serena—. ¿Y te sientes mejor ahora que has ido por allí?
       —Hay tanta gente que sufre además de nosotras, querida.
       —Ya lo sé. Y eso hace que las cosas sean aún peores. No importaría si fuésemos únicamente nosotras. Importaría pero podríamos soportarlo más fácilmente. Somos parte de una muchedumbre. Todos estamos en la misma situación.
       —Y algunos en peores que la nuestra, hija.
       —¡Exactamente! Y cuanto peores son las cosas para todos, peor lo son para cada uno.
       —¿Lo crees así, querida? Trata de no verlo todo demasiado negro. Según mi modo de sentir, si soy capaz de dar un poquito de mí misma a los demás, me sentiré reconfortada. Así me siento cuando pienso en lo que puedo dar a los hombres que yacen allá, Daphne, siento que lo estoy haciendo por mis propios hijos. Ya solo puedo ayudarles ayudando a los demás. Y todavía puedo hacer eso, Daphne querida.
       La madre posó su manita blanca sobre la mano larga, fría y blanca de su hija. Las lágrimas asomaron a los ojos de Daphne y su boca se torció en una pétrea mueca.
       —Es tan maravillo por tu parte, mamá, que puedas pensar así —dijo.
       —Pero también tú piensas así, amor mío. Sé que lo haces.
       —No, no lo hago. Cada vez que veo a alguien padecer estas horribles calamidades, deseo con más fuerza que llegue el fin del mundo. Aunque veo con toda claridad que ese final no ha de llegar.
       —Pero mejorará, querida. Atravesamos un período de grave enfermedad, como si una terrible neumonía desgarrara el pecho del mundo.
       —¿De verdad piensas que las cosas mejorarán? Yo no.
       —Mejorarán. Por supuesto que mejorarán. Resulta perverso pensar de otro modo, Daphne. Recuerda todo lo que ha sucedido antes, en esta misma Europa. Oh, hija, debemos tener una visión más amplia de las cosas.
       —Sí, supongo que así debe ser.
       La hija habló con rapidez, con sus labios, en un tono resonante y monótono. La madre hablaba con el corazón.
       —¿Sabes, Daphne? Encontré a un viejo amigo entre los hombres hospitalizados en Hurst Place.
       —¿Quién?
       —El pequeño conde Dionys Psanek. ¿Le recuerdas?
       —Algo. ¿Qué ha sucedido?
       —Está bastante malherido, en el pecho. Parece muy grave.
       —¿Hablaste con él?
       —Sí. Le reconocí a pesar de la barba.
       —¡La barba!
       —Sí, una barba negra. Supongo que no ha podido afeitarse. Es asombroso que aún se encuentre con vida el pobre hombre.
       —¿Por qué es asombroso? No es un hombre viejo. ¿Qué edad tendrá?
       —Entre treinta y cuarenta. Pero está tan grave, tan malherido, Daphne. Y parecía tan pequeño, tan amarillento: smorto [en italiano: pálido, ceniciento], ya conoces la palabra italiana. El aspecto que tiene la gente muy morena. ¡Hay algo tan desalentador en él!
       —¿Parece tan pequeño ahora? Qué extraño —dijo la hija.
       —Bueno, no tan extraño. Tiene algo de esa terrible lejanía de los niños muy enfermos que no aciertan a decir qué les duele. Pobre conde Dionys, Daphne. No recordaba, querida, que sus ojos fuesen tan negros, y tan arqueadas y largas sus pestañas. Nunca había pensado en él como en un hombre guapo.
       —Ni yo. Solo algo cómico. Un hombrecillo tan aseado…
       —Sí. Pero incluso ahora, Daphne, hay algo remoto y de alguna forma heroico en su oscuro rostro. Algo primitivo.
       —¿Qué te dijo?
       —No pudo hablarme. Solo articuló mi nombre con sus labios.
       —¿Tan grave está?
       —Oh, sí. Temen que muera.
       —Pobre conde Dionys. Me gustaba. Era un poco como un mono pero tenía su encanto. Me regaló un dedal en mi decimoséptimo cumpleaños. Un dedal muy divertido.
       —Lo recuerdo, querida.
       —Una esposa desagradable, sin embargo. Me pregunto si le importa morir tan lejos de ella. Me pregunto si ella lo sabe.
       —No lo creo. En el hospital ni siquiera sabían bien su nombre. Solo que era coronel de no sé qué regimiento.
       —El cuarto de caballería —dijo Daphne—. Pobre conde Dionys. Siempre pensé que el suyo era un nombre encantador: conde Johann Dionys Psanek. Era un dandi extraordinario. Y un bailarín extraordinario, pequeño pero eléctrico. Me pregunto si realmente le importa morir.
       —Estaba tan lleno de vida, a su manera un poco animal. Dicen que los hombres menudos siempre son algo engreídos. Pero ahora no parecía engreído, querida. Tenía algo de muy viejo en su semblante, y sí, también cierta belleza, Daphne.
       —Te refieres a sus largas pestañas.
       —No. Tan inmóvil, tan solitario… como de una antiquísima raza. Supongo que pertenecerá a una de esas curiosas y pequeñísimas castas aborígenes de Europa Central. Yo sentí algo bastante nuevo a su lado.
       —Qué amable de tu parte —dijo Daphne.
       No obstante, Daphne telefoneó al día siguiente a Hurt Place para preguntar por el conde. Se encontraba más o menos igual que la víspera. Siguió telefoneando cada día, hasta que en cierta ocasión le dijeron que parecía un poco más fuerte. El día que recibió el mensaje comunicándole que su marido se hallaba vivo, aunque herido, en Turquía, y que sus heridas sanaban, se olvidó de telefonear para interesarse por el pequeño conde enemigo. Pero al siguiente telefoneó para anunciar que iría a verle al hospital.
       Estaba despierto, más inquieto y físicamente más excitado. Pudieron advertir la tensión del dolor entre las cejas, y su curioso apogeo en forma de náusea alrededor de su nariz. Su rostro le pareció a Daphne extrañamente oculto detrás de la negra barba, que en cualquier caso era muy fina y con cada uno de sus pelos creciendo separadamente de los otros, muy finos y sutiles, sobre el rostro lívido y ligeramente translúcido. Su bigote trazaba una línea delgada y morena en torno al labio superior. Tenía los ojos muy abiertos, intensamente oscuros, y no se apreciaba en ellos expresión alguna. Observó a las dos mujeres aproximándose a través del atestado y lúgubre lugar, aunque su expresión no mostraba haberlas visto. Sus ojos parecían demasiado abiertos.
       Era un día frío y Daphne llevaba un negro abrigo de piel de foca, con un cuello de mofeta subido hasta las orejas y un sombrero de apagado color dorado con las alas colgándole hasta las cejas. Lady Beveridge se cubría con su abrigo de marta y hacía gala de esa extraña y descuidada elegancia tan suya y que la asemejaba a un pollo de plumas erizadas.
       El hospital trastornó a Daphne. Miraba a un lado y a otro a pesar suyo, y cada cosa que veía le inspiraba un sordo sentimiento de horror, el horror de aquellos hombres heridos y enfermos que además eran sus enemigos. Se erguía, alta y desafiante con aquel abrigo, al lado de la cama, muy cerca de su menuda madre.
       —Espero no molestarle con mi visita —dijo al herido en alemán. Sentía la falta de práctica al hablar otra lengua.
       —¿Quién es usted? —preguntó el hombre.
       —Es mi hija, lady Daphne. A mí me recuerda: soy lady Beveridge. Esta es mi hija, a quien conoció usted en Sajonia. Lamentó mucho saber que estaba usted herido.
       Los negros ojos se posaron sobre la pequeña dama. Luego volvieron a la erguida figura de Daphne. Un cierto temor fue apareciendo en sus cejas enfermas. Resultaba evidente que su presencia le imponía y asustaba. Volvió el rostro a un lado. Daphne advirtió que su fino y delicado cabello cubría en parte las pequeñas orejas de animal.
       —¿No me recuerda usted, conde Dionys? —le dijo con voz sorda.
       —Sí —repuso él. Pero mantuvo el rostro inmóvil.
       Daphne se sintió confusa y avergonzada, como si hubiese dado un faux pas al decidir visitarle.
       —¿Prefiere usted que le dejemos solo? —dijo—. Lo siento mucho.
       Su voz era monótona. Se sintió ahogada de repente dentro de su abrigo de pieles, así que lo entreabrió, mostrando su blanca y delgada garganta y el sencillo vestido negro sobre su pecho plano. El conde se volvió con desgana para mirarla. La miró como si contemplase a una extraña criatura que se hubiese posado a su lado.
       —Adiós —dijo ella—. Espero que se mejore usted.
       Miraba al conde con una rara y pesada mirada, con los ojos casi cerrados y los párpados caídos. Se dio la vuelta dispuesta a marcharse. Conservaba la línea rojiza en torno a los ojos delatando su cansancio.
       —Es usted tan alta… —dijo él, todavía atemorizado.
       —Siempre lo he sido —contestó ella, volviéndose un poco hacia él.
       —Y yo pequeño —dijo.
       —Me alegra mucho que mejore usted.
       —A mí no.
       —¿Por qué? Estoy segura de que también usted lo celebra. Como nosotras, pues deseamos que se ponga bien.
       —Gracias —dijo el conde—. He deseado la muerte.
       —No diga eso, conde Dionys, mejórese usted —exclamó ella a la manera grave y lacónica de su infancia.
       El hombre la miró con un lejano aire de reconocimiento. Levantaba la nariz, corta y algo puntiaguda, con el cansancio y el esfuerzo propio del dolor. Sus cejas estaban tensas. La contemplaba con la curiosa llama del sufrimiento, que fuerza a prestar cierta atención a los hechos exteriores, pero que solo se habla a sí misma.
       —¿Por qué no dejaron que muriese? —dijo—. Yo deseaba la muerte.
       —No —contestó Daphne—. No debe decir eso. Debe usted vivir. Si todavía podemos vivir, debemos hacerlo.
       —Deseaba morir —insistió él.
       —Oh, bueno —dijo ella—. Ni la propia muerte podemos obtener cuando la deseamos, o cuando creemos desearla.
       —Eso es cierto —concedió el conde, mirándola siempre con sus abiertos ojos negros—. Siéntese, por favor. Es usted demasiado alta cuando está de pie.
       Era evidente que aún se sentía algo atemorizado por su imponente figura, erguida sobre él.
       —Siento ser tan alta —dijo Daphne sonriendo, y tomó la silla que le ofrecía un enfermero.
       Lady Beveridge había ido a hablar con los internos. Daphne tomó asiento sin saber qué más decir. Los ojos tan negros del conde la confundían.
       —¿Por qué viene usted aquí? —preguntó él—. ¿Por qué viene su madre? —preguntó.
       —Por si se puede hacer algo —contestó.
       —En cuanto me encuentre bien le agradeceré a usted, señora, todas sus atenciones.
       —De acuerdo. En cuanto se recupere, permitiré al señor conde que me dé las gracias. Póngase bien, por favor.
       —Somos enemigos —dijo el conde.
       —¿Quiénes? ¿Usted y yo, y mi madre?
       —¿No lo somos? No hay nada más difícil que estar seguro de algo. ¡Ojalá me hubiesen dejado morir!
       —Eso es, al menos, bastante desagradecido, conde Dionys.
       —¡Lady Daphne! ¡Lady Daphne! Sí, es un magnífico nombre. ¿Siempre le llaman lady Daphne? Recuerdo que era usted una adolescente preciosa.
       —Más o menos —dijo ella contestando a su pregunta.
       —¡Ay! Todos deberíamos tener ahora nombres nuevos. Pensé en uno para mí pero lo he olvidado. No más Johann Dionys. Eso se acabó. Soy Karl, o Wilhelm, o Ernst, o Georg. Son nombres que detesto. ¿También los detesta usted?
       —No me gustan particularmente. Pero no los detesto. De todos modos, no puede usted dejar de ser el conde Johann Dionys. Si lo hace yo tendré que dejar de ser Daphne. Me gusta mucho su nombre.
       —¡Lady Daphne, lady Daphne! —repitió él—. Sí, suena realmente bien. A mí me resulta maravilloso. Pero estoy diciendo tonterías. Me oigo a mí mismo diciéndole a usted tonterías. —La miró con ansiedad.
       —En absoluto —dijo ella.
       —¡Ay! Llevo sobre los hombros una cabeza que es como el molinillo de un crío. No puedo evitar que salgan de ella estas estúpideces. Por favor, váyase, no me haga caso. Ni yo mismo puedo escucharme.
       —¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó lady Daphne.
       —¡No! ¡No, no! ¡Ojalá pudiese ser enterrado en lo más hondo, muy profundamente, donde todo se olvida! Pero me han devuelto a la tierra. No me importaría que me sepultasen vivo con tal de hallarme a mucha profundidad, en lo más oscuro, con la tierra encima de mí.
       —No diga eso —dijo Daphne poniéndose en pie.
       —No, lo digo cuando no deseo decirlo. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cómo he vuelto a la vida para llegar a esto? ¿Por qué no puedo dejar de hablar?
       Ladeó el rostro. Su pelo negro, fino y revuelto era muy largo y le brotaba en abundancia de la nuca suave y atezada. Daphne le miró apenada. El herido no podía mover el cuerpo. Solo podía mover la cabeza. Y yacía con ella apartada, con el sedoso pelo de su barba saliendo extrañamente desde la garganta y por debajo de la barbilla, y subiendo hasta los orificios de las orejas. Estaba completamente inmóvil. Daphne se dio la vuelta buscando a su madre. Súbitamente había comprendido que los vínculos, las conexiones entre aquel hombre y su vida en el mundo se habían roto, y que yacía allí abandonado, con su palpitante humanidad, arrojado fuera del cuerpo de esa misma humanidad.
       Pasaron diez días antes de que volviese otra vez al hospital. Había deseado no ir nunca más, olvidarle, como uno trata de olvidar las cosas incurables. Pero no podía olvidarle. El conde volvía una y otra vez a su mente. Tenía que volver. Había oído que se recuperaba con mucha lentitud.
       Parecía estar realmente mejor. Sus ojos no estaban ya tan abiertos, habían perdido aquella negra expresión fija que le daba un aspecto tan poco natural y desagradable. La contempló con cautela. Ella se había quitado sus pieles y llevaba solamente su vestido y una negra y suave toca emplumada.
       —¿Cómo se encuentra? —le preguntó manteniendo la cara apartada, evitando encontrarse con sus ojos.
       —Estoy mejor, gracias. Las noches no me resultan tan largas.
       Lady Daphne se estremeció. Sabía lo que eran las noches largas. Él observó su rostro cansado, el rojizo ribete que bordeaba sus ojos.
       —¿Se encuentra usted mal? —le preguntó—. ¿Tiene algún problema?
       —No, no —contestó ella.
       Le había llevado un ramo de flores rosadas, con pétalos como las margaritas.
       —¿Le gustan las flores? —preguntó lady Daphne.
       Él hombre las miró. Luego sacudió suavemente la cabeza.
       —No —dijo—. Cuando voy a caballo, atravesando pantanos o colinas, me gusta verlas a mis pies. Pero no aquí. Ahora no. Por favor, no traiga usted flores a esta tumba. Ni siquiera me agradan en los jardines, cuando parecen solo una tapicería para la vida humana.
       —Me las llevaré de vuelta.
       —Hágalo, por favor. Déselas a la enfermera.
       Daphne permaneció quieta.
       —Tal vez quisiera usted que no viniese a molestarle —dijo.
       El herido la miró fijamente.
       —No. Usted es como una flor detrás de una roca, al lado de una corriente de agua helada. No, usted no vive demasiado —dijo—. Me temo que no soy capaz de hablar sensatamente. Quisiera mantener mi boca cerrada. Cada vez que la abro hablo absurdamente. Se me escapa de la boca.
       —No ha dicho usted nada absurdo.
       Pero él permaneció silencioso, mirando muy lejos de ella.
       —Quisiera que me dijese si no hay realmente nada que yo pudiera hacer por usted —dijo lady Daphne.
       —Nada —contestó.
       —Si puedo escribir alguna carta por usted…
       —Ninguna.
       —Pero su mujer, y sus dos hijos… ¿saben ellos dónde se encuentra usted?
       —Me inclino a pensar que no.
       —¿Y ellos dónde se hallan?
       —Lo ignoro. Probablemente en Hungría.
       —¿No están en su casa?
       —Mi castillo fue incendiado durante los disturbios. Mi mujer se marchó a Hungría con los niños. Tiene allí a sus parientes. Se alejó de mí; yo también lo deseaba. También por ella, deseaba estar muerto. Perdóneme el tono personal.
       Daphne le miró, aquel tipo pequeño, obstinado y extraño.
       —Pero tiene que haber alguien a quien quisiera contarle lo que le ha sucedido, alguien de quien quisiera tener noticias…
       —Nadie. Nadie. Desearía que la bala me hubiese atravesado el corazón. Querría estar muerto. Es solo que llevo un demonio en mi cuerpo, un demonio que no morirá.
       Daphne le observó mientras seguía con la cabeza vuelta y su expresión impenetrable.
       —Seguro que no es ese demonio el que le ha mantenido a usted con vida —dijo—; sino algo bueno.
       —No, un demonio.
       Se sentó mientras le miraba largamente, con expresión dubitativa.
       —¿Debe uno odiar a un demonio que le mantiene con vida? —preguntó.
       El conde fijó los ojos en ella con un toque de satírica sonrisa.
       —Si uno vive, no.
       Daphne apartó los ojos en el momento en que él la miró. Por nada del mundo se hubiera enfrentado directamente a aquellos ojos oscuros.
       Ella se marchó, y él yació sereno. El conde no leía ni hablaba a lo largo de aquellas largas noches y cortos días de invierno. Se limitaba a yacer inmóvil durante horas, con sus negros ojos abiertos, observando cuanto había a su alrededor con un gesto de disgusto y sin hacer caso de nada.
       Daphne iba a visitarle de vez en cuando. Nunca se olvidaba de él por mucho tiempo. Parecía aparecer en su cabeza de repente, como por arte de magia.
       Un día él le dijo:
       —Veo que está usted casada. ¿Puedo preguntarle quién es su marido?
       Daphne se lo dijo. También que acababa de recibir carta de Basil. El conde sonrió apenas.
       —Puede usted prepararse para un feliz reencuentro —comentó—, y para concebir a nuevos y encantadores hijos, lady Daphne. ¿No es así?
       —Sí, así es.
       —Pero está usted enferma —dijo el conde.
       —Sí… un poco.
       —¿Qué le ocurre?
       —Oh —contestó lady Daphne nerviosamente y volviendo el rostro a un lado—. Hablan de los pulmones. —Odiaba referirse a aquello—. ¿Cómo ha sabido usted que estoy enferma? —añadió rápidamente.
       El conde sonrío imperceptiblemente.
       —Lo veo en su rostro y lo escucho en su voz. Se diría que el diablo le hubiera lanzado un maleficio.
       —¡Oh, no! —contestó ella apresuradamente—. Pero ¿parezco enferma?
       —Sí. Parece que algo la hubiese golpeado en pleno rostro y usted no pudiera olvidarlo.
       —Nada me ha golpeado —dijo—. A menos que sea la guerra.
       —¡La guerra! —repitió él.
       —Bueno, no hablemos de eso.
       Otro día le dijo:
       —El año ha pasado ya. El sol debe de brillar por fin, incluso en Inglaterra. Temo curarme demasiado pronto: soy un prisionero, ¿no es así? De todos modos quisiera que brillase el sol. Quisiera que el sol brillase sobre mi rostro.
       —No siempre será usted un prisionero. La guerra terminará. Y el sol ya brilla, incluso en el invierno inglés —dijo ella.
       —Desearía que brillase sobre mi rostro —repitió él.
       Así que cuando en febrero apareció una mañana azul y radiante, esa mañana que sugiere amarillos azafranes y el aroma de la hierba y de la tierra húmeda y caliente, Daphne llamó a un taxi, que la llevó rápidamente al hospital.
       —Usted ha venido a ponerme al sol —le dijo él en cuanto la vio.
       —Sí, a eso he venido.
       Habló con la enfermera jefe y llevaron su cama a una habitación provista de una ventana que llegaba casi hasta el suelo. Allí le colocaron, a pleno sol. Le bastaba volverse para ver el cielo azul y las centelleantes copas de los árboles purpúreos y desnudos.
       —¡El mundo! ¡El mundo! —murmuró él.
       Permaneció con los ojos cerrados y el sol sobre su rostro moreno, inmóvil y transparente. El aire penetraba y salía invisiblemente de su nariz. Daphne se preguntaba cómo podía permanecer tan quieto, cómo podía vérsele tan absolutamente inmóvil. Era cierto lo que había dicho su madre: parecía como si le hubieran moldeado cuando el metal se hallaba al rojo vivo. Todos sus rasgos mostraban un cincelado perfecto. Era tan pequeño, pero tan perfecto a su modo.
       De pronto se abrieron sus ojos oscuros y la sorprendió mirándole.
       —El sol hace que hasta la ira se abra como una flor —dijo.
       —¿La ira de quién? —preguntó.
       —No lo sé. Pero puedo hacer flores mirando a través de mis párpados. ¿Sabe usted cómo?
       —¿Se refiere a un arco iris?
       —Sí, flores.
       Y ella le vio, con una curiosa sonrisa en los labios, mirando el sol a través de sus párpados entrecerrados.
       —El sol no es inglés, ni alemán, ni bohemio —dijo—. Soy un súbdito del sol. Pertenezco a la estirpe de los adoradores del sol.
       —¿Sí?
       —Sí, así es realmente, por tradición. —La miró sonriendo—. Y usted parece una flor que va a fundirse —agregó.
       Ella le sonrió levemente y sus ojos le miraron con lenta y cautelosa expresión, como si temiese algo.
       —Soy mucho más fuerte de lo que usted imagina —dijo Daphne.
       Seguía mirándola.
       —Un día, antes de que me marche, permítame que cubra sus cabellos con mis manos. ¿Lo hará? —Levantó sus manos gráciles, cortas y oscuras—. Déjeme envolver su pelo con mis manos, como un vendaje. Me duelen. No sé qué les sucede. Tal vez sea efecto de las explosiones. Pero si pudiera rodear sus cabellos con ellas… ¿Sabe? Es el oro hermético… con tanta agua dentro de él, agua lunar. Eso calmará mis manos. Un día, ¿querrá usted…?
       —Esperemos hasta que llegue el día.
       —Sí —repuso él. Y de nuevo se quedó estático.
       —Lo que me preocupa —dijo al cabo de un rato— es que me quejo como un niño, y pido cosas. Siento como si hubiese perdido mi virilidad por el momento. ¡La continua explosión de pistolas y granadas! Parece que me hubieran arrancado el alma, como un pájaro que escapa presa del espanto. Pero volverá, ¿sabe? Le estoy tan agradecido… es usted buena conmigo a pesar de haber perdido mi alma, y no trata de aprovecharse de mí. Su alma es serena y heroica.
       —¡No! ¡Cállese!
       Una expresión de vergüenza, angustia y repulsión cruzó la cara del conde.
       —Lo que sucede es que no puedo evitarlo —dijo—. He perdido mi alma, y no sé hacer otra cosa más que hablarle a usted. No puedo detenerme. Sin embargo, no hablo con nadie más. Con usted trato de no decir nada, pero no puedo evitarlo. ¿Hace usted que las palabras salgan de mi boca?
       Sus grandes ojos verdes y azulados parecían el corazón de alguna curiosa flor muy abierta, una rosa de Navidad con sus pétalos de nieve y de rubor. Sus cabellos brillaban con fuerza, como si fuesen oro líquido. Se mantuvo allí, pasiva pero indomable, con la lúcida persistencia de su rubia e invernal naturaleza.
       Otro día, cuando fue a verle, él la contempló durante un largo rato y después le dijo:
       —¿Le dice todo el mundo que es usted encantadora? ¿Que es usted bellísima?
       —No todos exactamente —contestó.
       —¿Y su marido?
       —Me lo ha dicho, sí.
       —¿Es caballeroso? ¿Es tierno? ¿Es un amante cariñoso?
       Ella desvió la cabeza, disgustada.
       —Sí —contestó secamente.
       El hombre no dijo nada. Cuando ella volvió a mirarle estaba tumbado con los ojos cerrados y una vaga sonrisa que parecía rizarse en torno a su corta nariz transparente. Daphne apenas podía vislumbrar su carne a través de la barba, como se ve el agua a través de las cañas. Su cabello negro estaba cepillado, liso como el cristal, y sus cejas brillaban como una comba de vidrio negro sobre la cobriza opalescencia de su frente.
       Habló de pronto, sin abrir los ojos.
       —Ha sido usted muy amable conmigo.
       —¿De veras? No le dé importancia.
       Abrió los ojos y la miró.
       —Todo encuentra su pareja —dijo él—. El armiño, el lince y el halcón. Uno piensa a menudo que solo la paloma, el ruiseñor o el ciervo de grandes astas poseen gentiles compañeras. Pero el lince y los osos polares del norte las tienen también; una blanca hembra de oso se tiende con sus crías bajo una roca como se oculta la serpiente, y el oso nada en el mar volviendo lentamente, como un copo de nieve o la sombra de una blanca nube sobre la mar moteada. Yo la vi, y no disparé contra ella; ni tampoco contra él al llegar con el pez en la boca, caminando torpe y empapado hacia las rocas negras, con su color blanco amarillento.
       —¿Ha estado usted en los mares del norte?
       —Sí. Y he frecuentado a los esquimales siberianos, y atravesado la tundra. Un blanco halcón de mar hace su nido en una roca alta, y a veces escruta en torno con su blanca cabeza, por encima del borde de la roca. Este no es solo un mundo de hombres, lady Daphne.
       —Desde luego que no.
       —De ser así resultaría muy triste.
       —Ya lo es bastante.
       —Los zorros tienen sus agujeros, y hasta tienen compañeras, lady Daphne, a las que ladran y de las cuales reciben respuesta. La víbora encuentra también a su pareja. Psanek significa paria, ¿lo sabía usted?
       —No.
       —Los parias y los bandidos son quienes suelen gozar de las mejores compañías femeninas.
       —Así es —dijo ella.
       —Seré un Psanek, lady Daphne. No seré Johann Dionys nunca más. Seré Psanek. La ley ha disparado a través de mí.
       —Podría usted ser Psanek y Johann y Dionys al mismo tiempo.
       —¿Con el sol sobre mi cara? Tal vez —dijo mirando el cielo.
       Abundaron los días hermosos en la primavera de 1918. En marzo el conde estaba en condiciones de levantarse. Le vistieron con un simple uniforme azul marino. No estaba demasiado delgado, solo oscuramente translúcido, ahora que la barba estaba afeitada y el pelo bien cortado. Su pequeñez llamaba la atención, pero era varonil, perfecto dentro de sus pequeñas proporciones. Toda la sonriente pulcritud que le hacía parecer un mono a ojos de Daphne cuando esta era una niña había desaparecido. Sus ojos eran oscuros y altivos, y parecía albergar en su interior sus propias reservas, sin hablar con nadie si podía evitarlo, ni con las enfermeras, ni con los visitantes o con sus camaradas oficiales y prisioneros. Parecía haber tendido una sombra entre él y los demás, y a través de dicha sombra miraba con sus oscuros ojos magníficamente contorneados, como un altanero animalillo desde la sombra de su cueva. Solo con Daphne reía y charlaba.
       Cierto día de marzo estaban ambos sentados en la terraza del hospital, una mañana en que las blancas nubes desfilaban interminablemente, magníficas, por el cielo azul, y los rayos del sol atravesaban cálidos los lunares de sombra.
       —En su cumpleaños, al cumplir usted los diecisiete años, ¿no le di un dedal? —preguntó él.
       —Sí. Aún lo conservo.
       —¿Con una serpiente de oro en el fondo y un escarabajo de piedra verde en la punta, para empujar con él la aguja?
       —Eso es.
       —¿Lo usa usted alguna vez?
       —No. Rara vez coso.
       —¿Le molestaría coser algo para mí?
       —No admirará mis puntadas. ¿Qué quiere que le cosa?
       —Hágame una camisa que pueda usar. Nunca he usado camisas de una tienda, con el nombre del fabricante detrás del cuello. Me desagradan mucho.
       Daphne le miró, fijándose en sus pequeñas cejas altivas.
       —¿Debo pedir a mi doncella que le haga una camisa?
       —¡Oh, claro que no! ¡Por favor, no se moleste! No, por favor, no la querría a menos que la cosiera usted misma, con el dedal Psanek.
       Daphne hizo una pausa antes de responder. Entonces dijo lentamente:
       —¿Por qué?
       El conde se volvió hacia ella, contemplándola con sus ojos oscuros e indagadores.
       —No tengo motivo alguno —repuso en tono bastante altanero.
       Daphne dejó las cosas así. No fue a verle durante dos semanas. Un día, repentinamente, tomó el autobús de Oxford Street y compró una fina pieza de franela blanca. Había decidido que Dionys debía llevar franela blanca.
       Aquella tarde se dirigió a Hurst Place. Lo encontró sentado en la terraza, fumando pensativo y mirando a través del jardín el rojizo suburbio londinense, interrumpido por lunares de tierra sin cubrir y un lavadero con tejado de cinc.
       —¿Me dará usted las medidas para la camisa? —preguntó.
       —El número de cuello de esta camisa inglesa es quince. Si habla usted con la enfermera jefe ella le dará el resto de las medidas. Es un poco amplia, un poco larga de mangas como puede ver. —Sacudió los puños de su camisa por encima de las muñecas—. Toda ella es demasiado grande.
       —La mía probablemente será imposible de llevar, una vez que la haya hecho.
       —Oh, no. Que su criada le diga cómo se hace. Pero, por favor, que no sea ella quien la cosa.
       —¿Quiere usted decirme por qué desea que sea yo quien la haga?
       —Porque soy un prisionero vestido con ropa de otras personas, y no tengo nada que sea mío. Todo lo que toco me resulta desagradable. Si su doncella hace la camisa, seguirá siendo lo mismo. Solo usted puede darme lo que deseo, algo que se pueda abotonar alrededor del cuello y de las muñecas.
       —¿Y en Alemania… o en Austria?
       —Mi madre las cosía para mí, y después de ella, su hermana, que era la cabeza de la familia.
       —¿Su mujer no?
       —Claro que no. Se hubiera sentido insultada. Nunca fue nada más que un huésped en mi casa. En mi familia hay viejas tradiciones, pero conmigo terminaron. Lo mejor es que trate de revivirlas.
       —¿Empezando por la tradición en materia de camisas?
       —Sí. En nuestra familia las camisas han de ser confeccionadas y lavadas por una mujer de nuestra propia sangre. Al casarme, eso correspondía a mi mujer. Tenía entonces sesenta camisas, aparte de muchas otras cosas, todas ellas hechas por mi madre y mi tía, todas con mi inicial y con la mariquita, nuestro emblema.
       —¿Y dónde ponían la inicial?
       —Aquí. —Puso el dedo en su nuca, sobre la piel morena y transparente—. Me parece sentir aún hoy la mariquita bordada. En nuestra ropa no hay corona alguna, solo la mariquita.
       Ella permaneció silenciosa, pensando.
       —¿Me perdonará usted que le haya pedido esto? —dijo él—. Siendo un prisionero no me quedaba más remedio, y puesto que el destino la ha hecho a usted de tal manera que entiende el mundo como yo lo hago, lo que le pido no es del todo descortés. Habrá una mariquita en su dedo mientras cose; y aquellos que llevan la mariquita comprenden.
       —Supongo —respondió ella con acento meditativo— que tan malo es llevar su abeja en la camisa como en la gorra.
       El hombre la miró sin comprender.
       —¿No sabe usted lo que significa llevar una abeja en la gorra?
       —No.
       —¡Tener una abeja zumbando entre los cabellos! Estar fuera de sus cabales —dijo sonriendo.
       —¡Vaya! Y pensar que los Psanek han llevado una mariquita en el sombrero durante cientos y cientos de años…
       —Locos, locos de remate.
       —Tal vez —contestó—. Sin embargo, con mi mujer fui perfectamente cuerdo durante diez años. Deme ahora la locura de la mariquita. El mundo dentro del cual estaba cuerdo se ha puesto a delirar. La mariquita por la que estaba yo loco sigue cuerda.
       —Al menos mientras cosa las camisas, si es que las coso —dijo Daphne—, tendré a la mariquita en la punta del dedo.
       —Quiere usted burlase de mí.
       —No, pero sin duda sabe usted que resulta gracioso, con eso del insecto familiar.
       —¿Mi insecto familiar? Ahora quiere mostrarse grosera conmigo.
       —¿Cuántas motas ha de llevar?
       —Siete.
       —Tres en cada ala. ¿Y qué hago con la sobrante?
       —Ponga esa entre sus dientes, como el pastelillo de Cerberus[28].
       —Lo recordaré.
       Cuando llevó la primera camisa, se la entregó a la enfermera jefe. Luego encontró al conde Dionys sentado en la terraza. Era un maravilloso día primaveral. Muy cerca de él había unos olmos muy altos, y se oía el ruido de las cornejas.
       —¡Qué día tan maravilloso! —dijo Daphne—. ¿Le gusta ahora un poco más el mundo?
       —¿El mundo? —preguntó él mirando hacia arriba para verla, con el mismo descontento de siempre y el disgusto en su nariz fina y transparente.
       —Sí —contestó ella. Una sombra le cruzó el rostro.
       —¿Es esto el mundo? ¿Todas esas pequeñas cajas alineadas de ladrillo rojo, donde vive en parejas la gentuza que determina cuál será mi destino?
       —¿No le gusta Inglaterra?
       —¡Ah, Inglaterra! Casas pequeñas como pequeñas cajas, cada una con su doméstico británico y de su doméstica esposa, rigiendo cada uno de ellos el mundo, porque todos son muy parecidos, tan parecidos…
       —Pero Inglaterra no son solo casas.
       —¡Campos, entonces! Pequeños campos con innumerables setos, como una red irregular colocada sobre esta isla y cada cosa debajo de la red. Ah, lady Daphne, perdóneme. Estoy siendo desagradecido. Estoy tan lleno de bilis, de ira como dicen ustedes. Mi única sabiduría consiste en mantener la boca cerrada.
       —¿Por qué odia usted todo? —preguntó ella. Su semblante recogió una expresión de amargura.
       —No todo. ¡Si fuese libre! Si viviera al margen de la ley. Dígame, lady Daphne, ¿cómo se hace para quedar fuera de ella?
       —Hay que meterse dentro para eso, no quedarse fuera.
       La cara del conde adquirió una expresión de disgusto más intensa.
       —No, no. Soy un hombre, soy un hombre aun siendo pequeño. No soy un espectro que se cobija dentro de su concha. En mi alma hay ira, ira, ira. Denme un lugar para mi ira. Que abran espacios para eso.
       Sus ojos negros se clavaron en los de ella. Daphne los movía en redondo, como si fuese a caer en trance. Y con voz monótona, hipnotizada, dijo:
       —Será mucho mejor que domine usted su cólera. Por lo demás, ¿a qué se debe?
       —No tengo razones que la expliquen. Si hablásemos de amor usted no me preguntaría «¿por qué ama usted?». De todos modos es ira, ira, ira. ¿De qué otro modo quiere que la llame? Y carece de razón.
       De nuevo la miró con sus ojos atormentados y agudos, negros e inquisitivos.
       —¿No puede usted librarse de ella? —preguntó Daphne, apartando la mirada.
       —Si explotara una granada y me hiciera saltar en mil pedazos —dijo él— no destruiría el furor que hay en mí. Lo sé. No, nunca se disipará. Morir no es ningún alivio. La ira continuará gimiendo y rechinando tras la muerte. Lady Daphne, lady Daphne, hemos gastado todo el amor y esto es lo que nos resta.
       —Tal vez usted haya gastado todo su amor —contestó ella—, pero usted no es todo el mundo.
       —Lo sé. Solo hablaba por usted y por mí.
       —No por mí —contestó ella con rapidez.
       El hombre no dijo nada más, y permanecieron en silencio.
       Al cabo de un rato ella dirigió lentamente los ojos hacia él.
       —¿Por qué ha dicho usted que se refería a mí? —le preguntó con tono acusador.
       —Perdóneme. He hablado precipitadamente.
       Pero un vago toque de superioridad en el tono mostraba que había dicho lo que quería decir. Daphne permaneció en actitud reflexiva, con la frente fría y pétrea.
       —¿Y por qué me habla a mí de su ira? ¿Acaso eso mejora las cosas para usted?
       —Hasta la víbora halla compañera. Y lleva tanto veneno en la boca como ella.
       Ella tuvo un repentino arranque de risa.
       —Algo terriblemente poético lo que dice usted de mí.
       El hombre sonrió, aunque con la misma intención corrosiva.
       —¡Ah! —exclamó—. Usted no es una paloma. Usted es un gato salvaje con los ojos abiertos, medio dormida en una rama, en un sitio solitario. Yo los he visto. Y a veces me he preguntado: ¿en qué consistirán sus recuerdos?
       —Quisiera ser un gato salvaje —dijo ella de pronto. Él la miró con astucia, pero no contestó.
       —¿Quiere usted más guerra? —le preguntó Daphne con amargura.
       —¿Más trincheras? ¿Más grandes Bertas? ¿Más granadas y gases letales? ¿Más maniobras mecanizadas y científicas en los llamados «ejércitos»? Nunca, nunca más. Preferiría trabajar en una fábrica de botas y zapatos. Y preferiría morir deliberadamente de hambre a trabajar en una fábrica de botas y zapatos.
       —Entonces ¿qué es lo que quiere?
       —Quiero que mi ira tenga espacio para crecer.
       —¿Cómo?
       —Lo ignoro. Por eso sigo aquí sentado, día tras día. Espero.
       —¿A que su ira obtenga el espacio que necesita para crecer?
       —Eso es.
       —Adiós, conde Dionys.
       —Adiós, lady Daphne.
       Había decidido no volver a verle nunca más. No tuvo noticias de él, pero, ya que había comenzado la segunda camisa, decidió seguir adelante con ella. Se apresuró a terminarla, pues estaba empezando una serie de visitas que se completarían con una estancia veraniega en Escocia. Pensaba enviar la camisa por correo, pero, después de todo, decidió llevársela ella misma.
       Descubrió que el conde Dionys había sido trasladado de Hurst Place a Voynich Hall, donde estaban internados otros oficiales enemigos. Verse frustrada redobló la energía de su propósito. Al día siguiente tomó el tren que la llevaría a Voynich Hall.
       Cuando él entró en la antesala en que se recibían las visitas, Daphne sintió de inmediato la familiar influencia de su silencio y de su sutil poder. Su rostro mostraba todavía aquel tinte cetrino y transparente de alguien infeliz, pero su porte era orgulloso y reservado. Besó cortésmente su mano, y dejó que hablara ella.
       —¿Cómo está usted? —preguntó Daphne—. No sabía que estuviera aquí. Me voy fuera durante el verano.
       —Le deseo buen viaje —contestó. Estaban hablando en inglés.
       —He traído la otra camisa. Por fin la he terminado.
       —Es un honor más grande de lo que me atrevería a esperar —repuso él.
       —Me temo que le resultará más honorable que útil. La otra no le sirvió, ¿verdad?
       —Casi —dijo—. Sirvió al espíritu, ya que no a la carne. —El conde sonrió.
       —Hubiese preferido que fuese al revés, por una vez —dijo ella—. Lo siento.
       —No cambiaría una sola puntada.
       —¿Podemos sentarnos en el jardín?
       —Creo que deberíamos.
       Se sentaron en un banco. Otros prisioneros jugaban al croquet no muy lejos de ellos. Pese a todo, se encontraban relativamente solos.
       —¿Está usted mejor aquí? —indagó ella.
       —No tengo ninguna queja —respondió.
       —¿Y la ira?
       —Bien, gracias —contestó, volviendo a sonreír.
       —¿Quiere decir que se siente mejor?
       —Echa raíces fuertes —dijo él riendo.
       —Bueno, ¡mientras solo se trate de raíces…!
       —¿Y usted, señora, cómo está?
       —Estoy algo mejor —contestó.
       —Yo diría que mucho mejor —dijo el conde mirándola.
       —¿Quiere decir que tengo mejor aspecto? —preguntó ella con rapidez.
       —Mucho mejor. Es en su belleza en lo que piensa. Bueno, su belleza es casi ella misma de nuevo.
       —Gracias.
       —Usted mima a su belleza como yo a mi ira. Ah, señora, sea sabia y hágase amiga de su ira. Esa es la manera en que su belleza florecerá.
       —No me he portado con usted de manera poco amistosa, ¿verdad?
       —¿Conmigo? —Su rostro insinuó una sonrisa—. ¿Soy yo su ira? ¿Su cólera encarnada? Si es así, haga usted amistad con mi yo colérico, señora. No puedo pedir nada mejor.
       —¿Y de qué sirve hacer amistad con su yo colérico? Preferiría hacerla con su yo feliz.
       —Ese pequeño animal se ha extinguido —dijo él riendo—. Y me alegro de que así sea.
       —Pero ¿qué perdura? ¿Solo su yo colérico? En tal caso de nada sirve que trate de ser su amiga.
       —Recordará usted, mi querida lady Daphne, que la serpiente no chupa ella sola su veneno, y que el lince sabe dónde encontrar a su hembra. Recordará que cada uno posee su propia y querida pareja. —Se rió—. Su querida pareja mortal.
       —¿Y qué si recordara esos flecos sueltos de historia natural, conde Dionys?
       —La víbora hembra es delicada, refinada, y lleva con ligereza su veneno. La del gato montés tiene maravillosos ojos verdes, que ella cierra, como si estos fuesen una pantalla con sus recuerdos. La del oso polar se oculta, como hace la serpiente con sus crías, y su gruñido es la cosa más extraña del mundo.
       —¿Me ha oído usted gruñir alguna vez? —preguntó ella súbitamente.
       El conde se limitó a reír y a mirar hacia otro lado.
       Se produjo un silencio, e inmediatamente apareció entre ellos el particular estremecimiento del secreto. Algo que había llegado más allá de la tristeza, hacia otra comunión secreta, excitante, que ella nunca admitiría.
       —¿Qué hace usted aquí durante todo el día? —preguntó Daphne.
       —Juego al ajedrez, a ese estúpido croquet, al billar… Leo, espero y recuerdo.
       —¿Qué está esperando?
       —No lo sé.
       —¿Y qué es lo que recuerda?
       —Ah, eso… ¿Puedo decirle qué me divierte? ¿Puedo confiarle un secreto?
       —Por favor, no lo haga si realmente tiene importancia.
       —Solo la tiene para mí. ¿Quiere oírlo?
       —Solo si yo no tengo absolutamente nada que ver con él.
       —Nada. En fin, soy miembro de cierta sociedad secreta. No me mire así, no es nada de lo que deba asustarse, solo una sociedad al estilo de las masónicas.
       —¿Entonces?
       —Bueno, como usted sabe, los aspirantes se inician en determinados ritos y secretos. Mi familia siempre ha sido iniciada, de modo que también yo lo he sido. ¿Le interesa a usted?
       —Naturalmente.
       —Bien. A mí siempre me habían intrigado esos secretos, o por lo menos algunos de ellos. Algunos me parecían especialmente exagerados. Los que más me intrigaban eran aquellos que no parecían guardar relación alguna con la vida real. Cuando nos conocimos, en Dresde y en Praga, nunca hubiese imaginado usted que era yo depositario de un extraordinario conocimiento secreto, ¿no es así?
       —Nunca.
       —No. Se trataba de un pequeño espectáculo lateral. Yo era un pequeño y gesticulante miembro de una de estas sociedades. Pero ahora esta se ha hecho realidad. Se ha hecho realidad.
       —¿El conocimiento secreto?
       —Sí.
       —¿Qué, por ejemplo?
       —Tomemos el fuego real… Pero se aburrirá usted. ¿Quiere seguir escuchando?
       —Siga usted.
       —Esto es lo que me enseñaron: el verdadero fuego es invisible. La llama y el rojo fuego que vemos arder nos dan la espalda. Se alejan a toda prisa de nosotros. ¿Significa esto algo para usted?
       —Sí.
       —Pues bien, lo amarillo de la luz solar, la luz misma, no es más que la mirada del verdadero fuego original. Usted sabe que es cierto. No habría luz si no existiera la refracción, ni motas de polvo y de materia que transformaran el fuego oscuro en algo visible. Usted sabe que eso es un hecho. Y que, siendo así, hasta el sol es oscuro. Es solo su chaqueta de polvo lo que lo hace visible. Usted también sabe eso. Los verdaderos rayos de sol que llegan hasta nosotros fluyen sombríos, la móvil sombra del fuego genuino. El sol es oscuro; la luz del sol que llega hasta nosotros también lo es. La luz es tan solo el reverso de todo, su línea oculta, y los rayos amarillos son solo la huida de la perpendicularidad del sol que viene hacia nosotros. ¿Le interesa algo todo esto?
       —Sí —contestó dubitativamente.
       —Bien, entonces tenemos al mundo del revés. El verdadero mundo viviente del fuego es oscuro, palpitante, más tenebroso que la sangre. Nuestro mundo luminoso, este por el que transitamos, es simplemente el blanco reflejo de aquel.
       —Sí, me gusta eso —dijo ella.
       —¡Bien! Ahora escuche: sucede lo mismo con el amor. Este amor blanco que sentimos es igual. Es solo el reverso, el blanqueado sepulcro del amor verdadero. El verdadero amor es oscuro, un latir en medio de la penumbra, como un gato salvaje en la noche, al descorrerse la verde pantalla y encontrarse sus ojos con la oscuridad.
       —No, eso no lo entiendo —dijo Daphne con voz lenta y sonora.
       —Usted y su belleza no son más que el reverso de sí misma. Su verdadero yo es el gato salvaje, invisible en la noche, con el fuego rojo que acaso brote de sus amplios ojos oscuros. Su belleza es su sepulcro blanco.
       —Se refiere a los cosméticos —dijo ella—. No llevo nada de eso hoy, ni siquiera polvos.
       El conde se rió.
       —Muy bien —dijo—. Míreme a mí. Solía considerarme pequeño pero atractivo, y las damas me admiraban moderadamente, nunca demasiado. Un tipo pequeñín y pulcro, ya sabe. Bien, ese era solo el reverso de mi persona. En realidad soy un gato sombrío aullando en la noche, y es entonces cuando el fuego emana de mí. Este yo al que usted mira es mi sepulcro blanqueado. ¿Qué me dice?
       Ella estaba mirándole a los ojos. Podía ver la oscuridad mecerse en las profundidades. Percibió el fuego invisible y felino agitándose muy dentro de ellos, y sintió que se acercaba hacia ella. Volvió la cabeza a un lado. Él se rió entonces, enseñando sus fuertes y blancos dientes; parecían demasiado grandes, algo aterradores.
       Se puso en pie con intención de marcharse.
       —Bueno —dijo—. Tendré todo el verano para pensar en el revés de las personas. Escríbame, por favor, si tiene usted algo que decir. Escriba a Thoresway. Adiós.
       —¡Ah, sus ojos! —exclamó él—. Son como joyas de piedra.
       Estando lejos del conde, Daphne lo expulsó de su mente. Solo se compadecía de él, prisionero en aquel desolador Voynich Hall. Pero se abstuvo de escribirle, y él tampoco lo hizo.
       De hecho, su mente estaba ahora mucho más ocupada en su marido. Se estaban haciendo todos los arreglos para llevar a cabo el intercambio. Un mes tras otro Daphne esperaba su retorno, de modo que pensaba mucho en él.
       Cuando algo le sucedía, por insignificante que fuera, pensaba y pensaba en ello. La lucidez de su mente parecía hecha de planchas de piedra que la arrastraban hacia abajo; y cualquiera que pretendiese entrar en el interior de su conciencia debía romper dichas planchas pedazo a pedazo. Así que, a su manera, pensaba a veces en el revés del mundo del que hablaba el conde. Una curiosa palpitación se agitaba en su conciencia, aunque no era todavía una idea.
       Dijo que sus ojos eran como joyas de piedra. ¡Qué horribles cosas se le ocurrían! ¿A qué quería él que se pareciesen? Pretendía que se dilataran y se transformaran por entero en pupilas negras, como las de un gato en la noche. Se estremeció convulsivamente ante aquel pensamiento y oprimió su pecho.
       Dijo que su belleza era su blanqueado sepulcro. A pesar de todo, sabía qué quería decir: deseaba amar lo que en ella había de invisible. Pero, ay, su perlada belleza le era tan querida, tan famosa alrededor del mundo…
       Dijo que su blanco amor era como la luz de la luna: pernicioso, el reverso del amor. Se refería a Basil, por supuesto. Basil siempre decía que ella era la luna. Pero lo cierto era que la amaba por ello. ¡Qué éxtasis! Se sobrecogió al pensar en su marido. Pero el amor de su marido también la había transformado en una mujer de nervios gastados. ¡Oh, sí!, gastados.
       ¿Cómo sería entonces el amor del conde? Algo secreto y distinto. Daphne no sería encantadora, o una reina para él. Él odiaba su belleza. El gato salvaje tiene su compañera. ¡Ah, el pequeño gato salvaje que él era!
       Retuvo el aliento, resuelta a no pensar más. Cuando pensaba en el conde Dionys sentía que el mundo se deslizaba fuera de ella. Se sentaba frente a un espejo, contemplando su maravilloso y bien cuidado rostro, que en tantas ocasiones había aparecido en revistas de sociedad. Le gustaba y la hacía envanecerse. Miraba sus ojos verdes y azulados, los ojos de un gato salvaje en su rama. Sí, sus encantadores iris verdeazulados eran tensos como una pantalla. ¿Y si se relajaran? ¿Y si se descorría la pantalla para revelar las oscuras profundidades, las pupilas negras y dilatadas? ¿Qué sucedería entonces?
       ¡Nunca! Siempre lograba contenerse. Sentía que se dejaría matar antes de abandonarse a esa relajación que el conde deseaba en ella. No podría. Simplemente no podría. Ante la mera insinuación de tal cosa algún nervio hipersensitivo la punzaba intensamente en el pecho, y ella retrocedía, obligada a mantenerse en guardia. Ah, no, monsieur le Comte, nunca hallará usted a lady Daphne con la guardia baja.
       Le disgustaba pensar en el conde. Era un hombrecillo impúdico, un impertinente. Un pequeño demente, en realidad. Un renegado. No, no, pensaría en su esposo, un inglés alto y adorable, bien educado, muy simpático y sincero, un hombre que en sus ojos zarcos llevaba siempre una expresión divertida. Pensó en el tono culto y refinado de su voz, y enseguida se encendió un fuego en su interior. Pensó en su cuerpo grácil y fuerte, tan bello y con la piel tan blanca, con el fino pelo castaño, cálido y rizado, salpicado de minúsculas llamas. Era él, él era Dionisos, lleno de savia, leche y miel, de áureo vino septentrional. Él, su marido; y no ese conde pequeño e irreal. Ah, soñaba con su esposo, con los días de amor y con la luna de miel, la sencilla y encantadora intimidad. Ah, la maravillosa revelación de aquella intimidad, cuando él se abandonó tan generosamente en ella. Sí, por esa razón era su mujer, porque se había entregado tanto a ella, con tanta generosidad. Como una espiga de maíz, él estaba allí para que ella le recogiera; su marido, su propio y encantador marido inglés. Ah, ¿cuándo estaría de vuelta? ¿Cuándo regresaría?
       Le llegaban cartas suyas: le decía cuánto la amaba. Aunque lejos, su vida era de ella, toda suya, fluyendo hacia Daphne como los rayos de luz fluyen desde una estrella blanca hasta nosotros, hasta nuestro corazón. Su amante, su esposo.
       Ahora esperaba estar pronto de vuelta. Todo había sido dispuesto. «Espero que no te desilusiones al verme de nuevo —escribió—, me temo que ya no soy el saludable y agradable muchacho que era. Tengo una enorme cicatriz a un lado de la boca, y estoy tan flaco como un conejo hambriento. El pelo se me está poniendo cano. No suena muy atractivo, ¿verdad? Y no lo es, en realidad. Pero una vez que me vaya de este lugar infernal y me halle otra vez junto a ti, volveré a florecer por segunda vez. La sola idea de estar en paz y en la misma casa contigo, serenos y en paz, me hace comprender que, si he estado en el infierno, también he conocido el cielo en la tierra y puedo esperar reencontrarlo. Ahora soy una bestia miserable, desagradable a la vista. Pero tengo fe en ti. Perdonarás mi apariencia y eso bastará para que me sienta bello.»
       Daphne leyó muchas veces esa carta. No le asustaban la cicatriz o su apariencia. Le amaría más aún por ello.
       Como ya se había puesto a hacer camisas —aquellas dos del conde habían constituido un enorme esfuerzo a pesar de que su doncella había acudido en su ayuda cuarenta veces—, pensó que lo mejor sería continuar. Tenía a mano bastante seda que podría servirle, y a su marido le gustaba la ropa interior de seda.
       Siguió usando el dedal del conde. Por fuera era de oro y por dentro de plata, y resultaba demasiado pesado. Una serpiente se enroscaba en torno a la base, y en la punta, destinada a oprimir la aguja, había engarzada una piedra casi translúcida, de color verde manzana —jade tal vez—, tallada como un escarabajo, con pequeñas motas. Era demasiado pesado, pero ella, de todos modos, cosía con mucha lentitud, y le gustaba sentir el peso en la mano. Mientras cosía pensaba en su marido, y se sentía enamorada de él. Pensaba en él, en cuán maravilloso era y en cuánto le amaría ahora que estaba delgado; le amaría todavía más. Le encantaría rastrear sus huesos, como si palpara su esqueleto vivo. Ese pensamiento la llevó a descansar sus manos en el regazo, y dejó vagar a su mente. Sintió entonces el peso del dedal en su dedo y se lo sacó, posando sus ojos sobre la piedra verde. La mariquita. La mariquita. Si su esposo volviera pronto, pronto… Era la espera lo que la hacía enfermar; solamente eso. Le había deseado tanto… Lo quería ahora mismo. ¡Ah, si ella pudiese acudir a su lado, hallarle, dondequiera que se encontrase, verle y tocarle y recibir todo su amor!
       Mientras divagaba, puso el dedal sobre la mesa ante ella, cogió un pequeño lápiz de plata de su cesta de labor, y en un trozo de papel azul que había sido la franja de un pequeño ovillo de seda escribió las palabras de un estúpido estribillo:

      

Wenn ich ein Vöglein wär
Und auch zwei Flüglein hätt,
Flög’ ich zu dir…

       Eso fue todo cuanto pudo hacer entrar en el pequeño trozo de papel celeste.
      

Si yo fuese un pajarillo,
y tuviese dos alitas,
volaría hacia ti…

       Bastante tonto, a decir verdad. Pero no lo tradujo para que no resultase tan ridículo.
       En aquel momento su doncella anunció a lady Bingham, la hermana de su marido. Daphne se puso nerviosa y estrujó con la mano el trozo de papel, en tanto que Primrose, su hermana, entraba en la habitación. La visitante no tenía nada de primaveral, con su rostro alargado y de aspecto inteligente, aunque no demasiado elegante con sus ropas nuevas.
       —¡Daphne, querida, qué escena tan doméstica! Supongo que se trata de un ensayo. Bueno, pues ya puedes ensayar: Basil está en el Ariadne, con el almirante Burns. Lo supo papá a través del almirantazgo. Muy adecuado. Estará aquí en uno o dos días. Espléndido, ¿a que sí? Y la guerra va a terminarse, o al menos eso parece. Ahora podrás estar a salvo con tu hombre, querida. Gracias al cielo, que todo esto termine. ¿Qué estás cosiendo?
       —Una camisa —contestó Daphne.
       —¡Una camisa! Vaya, qué hábil de tu parte. Yo no sabría ni por dónde empezar. ¿Quién te ha enseñado a coser?
       —Millicent.
       —¿Y cómo sabía coser ella? No es asunto suyo hacer camisas, como tampoco cojines ni fundas. Déjame ver. ¡Vaya, pero si eres una perfecta maravilla! ¡Y todo hecho a mano! Bassie no lo merece, querida, de veras que no. Deja que las encargue en Oxford Street. Lo tuyo es estar hermosa, no coser camisas. ¡Qué simpática costurerilla, o mejor aún, qué chica de aguja! Creo que es una sátira sobre nosotras, ¿no te parece? ¡Pero qué encanto, con sus alitas de nácar sobre su falda! ¡Y con esas encantadoras agujas de oro! Desatornillas la cabeza y te encuentras con que está llena de alfileres y agujas. ¡Mujer tenía que ser! Dice mamá que si quieres venir a comer al mediodía con nosotras, y yo te pregunto si quieres venir conmigo a Brassey’s, ahora, a tomar el té. Vamos querida, tengo un taxi esperando.
       Daphne hizo un ovillo apresuradamente.
       Cuando dos días más tarde quiso proseguir con su labor, no pudo encontrar el dedal. Preguntó a su doncella, en la que tenía plena confianza. La chica no lo había visto. Buscó por todas partes y preguntó a la nodriza, que era ahora su criada y su ama de llaves. No, nadie lo había visto. Daphne preguntó incluso a su cuñada.
       —¿Un dedal? No recuerdo ningún dedal. Me acuerdo de un pequeño y encantador alfiletero que tomé por una divertida sátira sobre nosotras las mujeres. No vi ningún dedal.
       La pobre Daphne iba de acá para allá, cavilando. No quería creer que lo hubiese perdido. Había sido como un talismán para ella. Luego trató de olvidarlo. Su marido estaba ya por llegar, pronto, muy pronto. Sin embargo, no llegaba a regocijarse por completo. Había perdido su dedal. Era como si el conde Dionys la acusara en sueños de algo, no sabía bien de qué.
       Aunque no quería realmente ir a Voynich Hall, allí fue, como si la guiase el destino. Era ya el final del otoño, unos días sumamente hermosos. Aquel fue el último de los días hermosos. Le dijeron que el conde Dionys se hallaba en el parquecillo, recogiendo castañas. Fue en su busca y sí, allí le encontró con su uniforme, inclinándose sobre las hojas brillantes y amarillas de un amable castaño, que yacían como una caduca aureola amarilla en torno a él, crujiendo a medida que las apartaba buscando castañas. Se inclinaba para cogerlas con sus pequeñas manos morenas y las ponía en su bolsillo. Pero al acercarse ella, quitó la corteza a una nuez para comérsela. Sus dientes eran blancos y poderosos.
       —Me recuerda usted a una ardilla haciendo acopio para el invierno —dijo Daphne.
       —¡Ah, lady Daphne! Estaba pensando y no la he oído llegar.
       —Pensé que buscaba castañas, pero le veo comer nueces.
       —¡También! —dijo riendo. Tenía un encanto súbito y oscuro cuando reía, mostrando sus dientes blancos y algo grandes. Daphne no estaba del todo segura de si le encontraba un poco repulsivo.
       —¿Estaba usted realmente pensando? —preguntó ella a su manera tranquila y resonante.
       —Se lo aseguro.
       —¿Y no le gustaba un poco la castaña?
       —Mucho. Como la leche dulce. Excelente, excelente… —Tenía fragmentos de nuez entre los dientes y los mordía con cuidado—. ¿Quiere una usted también?
       Tendió la mano, en cuya palma se veían unas pequeñas nueces pardas y anguladas. Daphne las miró, vacilante.
       —¿Son tan duras como suelen ser? —dijo.
       —No; son tiernas y muy buenas. Espere, abriré una para usted.
       Pasearon un poco al azar entre los árboles diseminados.
       —¿Ha tenido usted un buen verano? ¿Se siente fuerte? —preguntó el conde.
       —Casi completamente —contestó—. Un hermoso verano, gracias. Supongo que de nada valdrá que le pregunte si ha sido usted feliz.
       —¿Feliz? —La miró directamente. Sus ojos eran negros, y parecían examinarla. A Daphne le había parecido siempre que experimentaba un cierto desdén hacia ella—. Oh, si —dijo sonriendo—. He sido muy feliz.
       —Me alegro mucho.
       Siguieron andando un poco más y el conde se agachó a recoger una castaña verdosa de entre las hojas amarillas y marrones; la sostuvo con sus dedos delicados y que a Daphne aún le parecían garras.
       —¿Cómo se las ha apañado para ser feliz?
       —¿Cómo puedo explicárselo? Sentí que el mismo poder que había levantado las montañas podía echarlas abajo, sin importar cuánto tiempo pudiera requerirse.
       —¿Y eso fue todo?
       —¿Acaso no es suficiente?
       —Yo diría que es demasiado poco.
       El hombre se rió abiertamente, mostrando sus dientes vigorosos y negroides.
       —Usted no sabe cuánto significa eso —dijo.
       —¿La idea de que las montañas van a ser arrancadas? En todo caso, ocurrirá mucho después de mis días.
       —Ah, se aburre usted. Pero yo, yo he encontrado al dios que deshace las cosas, en especial aquellas cosas que el hombre ha levantado. ¿No dicen que la vida es una búsqueda de Dios, lady Daphne? Yo he encontrado a mi dios.
       —El dios de la destrucción —dijo ella palideciendo.
       —Sí, no el demonio de la destrucción sino el dios de la destrucción. El bienaventurado dios de la destrucción. Es extraño —se detuvo delante de ella, contemplándola—, pero he encontrado a mi dios. Es el dios de la ira, el que echa abajo los campanarios y las chimeneas de las fábricas. Ah, lady Daphne, es el dios de un hombre, es un dios del hombre. He encontrado a mi dios, lady Daphne.
       —Aparentemente. ¿Y cómo se dispone usted a servirle?
       Un resplandor inocente transfiguró el rostro del conde.
       —Oh, ayudaré. Ayudaré con mi corazón mientras no pueda hacer nada con mis manos. Le digo a mi corazón: golpea, martillo, golpea con pequeños golpes. Golpea, martillo de Dios, hazlos caer. Haz caer todo.
       Daphne frunció el ceño y su rostro reflejó una expresión de disconformidad.
       —¿Hacer caer qué? —preguntó con rudeza.
       —El mundo, el mundo del hombre. No los árboles; estos castaños, por ejemplo. —Levantó la mirada hacia ellos, hacia los penachos y piñones amarillos—. Esto no, ni esas brujas charlatanas, las ardillas, ni el halcón que llega. Ellos no.
       —¿Quiere usted que se golpee a Inglaterra?
       —¡Oh, no! ¡Oh, no! No más que a Alemania. Tal vez no tanto. No a Europa más que a Asia.
       —¿Simplemente el fin del mundo?
       —No, no, no. ¿Qué rencor puedo yo alimentar contra un mundo donde las nueces son tan buenas como estas? ¿Le gustó la suya? ¿Quiere comer otra?
       —No, gracias.
       —¿Qué rencor puedo albergar contra un mundo donde hasta los setos rebosan de frutos, donde cuelgan por doquier racimos de moras, donde crecen las fresas? Nunca podría odiar al mundo. Pero el mundo del hombre… lady Daphne —su voz bajó hasta transformarse en un susurro—, lo odio. —Silbó entonces—. ¡Golpea, corazoncito! ¡Golpea, golpea, atiza, pega! ¡Oh, lady Daphne! —Sus ojos se dilataron, rodeados por un anillo de fuego.
       —¿Qué? —dijo ella asustada.
       —Creo en el poder de mi corazón rojo y oscuro. Dios ha puesto el martillo en mi pecho, el pequeño martillo eterno. ¡Golpea, golpea, golpea! Golpea contra el mundo del hombre. ¡Golpea, golpea! ¡Y oye el delgado sonido de lo que se quiebra! El delgado sonido de lo que se quiebra ¡Escuche!
       Se quedó inmóvil y la hizo escuchar. La tarde estaba ya avanzada. Su extraña risa acentuaba las tinieblas en el aire. Hubiese podido creer fácilmente que oía el ruido apagado de algo que se rompe, crujiendo, a través del aire, el delicado sonido de algo que se parte.
       —¿Lo oye usted? ¿Sí? ¡Ah, si pudiese vivir mucho tiempo! ¡Si pudiese vivir para que mi martillo pudiese machacar y machacar, y que las grietas se hiciesen más y más profundas! ¡Ah, el mundo del hombre! ¡Ah, el goce, la pasión en cada latido del corazón! ¡Golpea cerca, golpea seguro y con certeza! ¡Golpea hasta destruirlo! ¡Golpea! ¡Golpea! Destruye el mundo del hombre, oh, Dios.
       Permanecía frente a ella con los dientes muy juntos y los labios despidiendo delgadas llamas hacia ella, como un pequeño demonio.
       —¿No cree que es un poco ridículo encomendar su corazón a la destrucción? —dijo ella—. Ya ha habido suficiente, de eso estoy segura.
       —Una carambola ridícula e indiscriminada. Pero la verdadera destrucción no ha comenzado todavía. ¡Espere, espere hasta que las altas y bajas chimeneas no sean más que piedras en el aire, como árboles en el viento! ¡Crash! Esto es lo que anhela mi alma. Y Dios está conmigo. Dios está conmigo.
       Parecía casi danzar a su lado sobre la hierba.
       —No me lo parece en absoluto —dijo Daphne—. Solo creo que se ha vuelto perverso de repente, nada más.
       —Espere —dijo el conde—. ¡Espere! Solo espere. Dios está conmigo.
       —Dicen que la guerra va a terminar. ¿Cree que eso es cierto?
       —Oh, sí. Por supuesto. Ya hemos tenido suficiente. Se acabó.
       —Desearía estar tan seguro como usted —dijo ella suspirando.
       —Esté segura —dijo el conde.
       —«No estamos seguros de la desgracia, y la felicidad nunca lo estuvo» —citó—. ¿Conoce a Swinburne? Mi marido vuelve a casa. Le espero cada día; cualquier día.
       —¡Ah! Qué dichoso por su parte.
       —Sí, así es —respondió Daphne en ese tono convencido que demostraba tanto carácter.
       —Ahora podrá cepillarse el cabello, que es como el oro sumergido, y perfumar el lirio flácido de su largo y blanco cuerpo, y descansar sus ojos verdes como el loto verde sobre el agua. Ahora podrá balancearse enfrente del espejo, enamorada, enamorada del amor, y anhelando ser amada. Ahora.
       —¿Y por qué no? —preguntó mirando hacia él.
       Él le devolvió la mirada con un fiero y oscuro desprecio.
       —Golpea, golpea sobre ella, pequeño corazón mío —le dijo—. Golpéala y destrúyela, entonces. Es hora de que caiga en el polvo.
       —Pero ¿por qué? —preguntó riéndose.
       —¡Ah, bien, pequeño lirio! Bien, quédese en su jarra de cristal. ¡Pequeño lirio arrancado! Su aroma es ya el de una flor marchita.
       —¿Por qué arrancado? —dijo un poco amargamente.
       —¡Arrancado! ¡Arrancado! —repitió.
       —¿No es eso mejor que un estúpido martillo?
       —Pero yo, incluso yo sé que usted tiene raíces. Usted y su blanco cuerpo inclinado están muriendo como un lirio en el cuarto de pintura; en su jarra de cristal. ¿Me permitirá hablarle de sus raíces, tan profundas e invisibles? Mi martillo golpea fuego, y su raíz se abre en su escala de lirio, llora a causa de las chispas de mi fuego, por mi fuego, por mi fuego, por su doliente raíz de lirio. Ah, usted, ¿acaso no la conozco? ¿No soy acaso un prisionero? Prisionero de la guerra. Oh, Dios, prisionero de la paz. ¿No la conozco, lady Daphne? ¿No la conozco acaso? ¿No la conozco?
       Daphne permaneció en silencio un momento, contemplando el titilar de una estación de ferrocarril a lo lejos.
       —No hablo del blanco lirio arrancado que es su cuerpo. No he arrancado flor alguna para mi vida ostentosa, únicamente, en la sombra yerta, la raíz de su lirio, lady Daphne. Oh, sí, sabrá usted durante el resto de su vida que yo conozco el lugar donde está enterrada su raíz, con su triste, muy triste hálito de vida. ¡Pero qué importa!
       Habían andado lentamente hacia la casa. Daphne seguía callada. Entonces dijo con un tono extraño:
       —¿Y nunca ha deseado usted besarme?
       —¡Oh, no! —contestó él con sequedad.
       Daphne tendió su mano.
       —Adiós, conde Dionys —dijo arrastrando las palabras.
       El conde se inclinó sobre la mano extendida pero no la besó.
       —Adiós, lady Daphne.
       Daphne se alejó con expresión de firmeza en el rostro. En adelante solo pensaría en Basil, su esposo. El conde tendría que morir para ella. Basil estaba en camino, muy cerca. Volvía del este, de la guerra y de la muerte; había pasado por el terrible fuego de la experiencia. Sería alguien diferente, alguien que ella no conocía. Era alguien nuevo, un amante desconocido que había atravesado el fuego y que había salido de él, extraño y renovado, como un dios. Ah, cuán nuevo y terrible sería su amor, purificado e intensificado por el formidable fuego del sufrimiento. Un nuevo amante, un nuevo novio, una nueva y sobrenatural noche de bodas. Se estremecía de excitación, anticipándose a lo que le esperaba. Apenas advirtió las excitadas explosiones emotivas del armisticio. Esperaba algo aún más maravilloso para ella.
       Apenas escuchó su voz por teléfono, su corazón se oprimió de temores. Era su bien conocida voz, seria, apocada, de lenta articulación, con la familiar y sutil sugestión deferente y el tono algo exagerado de los estudiantes de Cambridge. Pero había una diferencia: un nuevo y helado toque que le recorrió las venas como la muerte.
       —¿Eres tú, Daphne? Estaré contigo dentro de media hora. ¿Te va bien? Sí, acabo de pisar tierra e iré directamente a tu encuentro. Sí, en un taxi. ¿No habrá sido todo demasiado repentino, verdad, querida? ¿No? ¡Excelente, ah, excelente! ¡Media hora, entonces! Oye, Daphne, ¿no habrá nadie más en casa, verdad que no? ¡Completamente solos! ¡Muy bien! Podré llamar a papá más tarde. Sí, espléndido, espléndido. ¿Estás segura de que te encuentras bien, mi amor? Me muero de deseos de verte. Sí. Adiós. Media hora. Hasta luego.
       Cuando Daphne hubo colgado el auricular, se dejó caer en un sillón, al borde del desmayo. ¿Qué era lo que tanto la aterraba? La voz de él, alterada, parecida al acero helado y azul. No tenía tiempo para pensar. Llamó a su doncella.
       —Oh, señora, ¿no habrá recibido usted malas noticias, verdad? —exclamó Millicent al ver a su ama tan blanca como si se hallara muerta.
       —No, buenas noticias. El mayor Apsley estará aquí en media hora. Ayúdeme a vestirme. Llame primero a Murry’s para que envíe unas rosas, rosas rojas; y algunos lirios de color lila. Dos docenas de cada clase. De inmediato.
       Daphne fue a su habitación. No sabía qué ponerse ni cómo arreglarse el pelo. Hablaba con prisa a su doncella. Eligió por fin un vestido de color violeta. No sabía qué estaba haciendo. Mientras se vestía llegaron las flores y fue hasta la sala para colocarlas en los floreros. Cuando escuchó su voz en el vestíbulo, se hallaba aún frente al espejo pintándose los labios y quitándoselo para volver a empezar de nuevo.
       —¡El mayor Apsley, señora! —murmuró la doncella muy excitada.
       —Sí, ya le oigo. Corra a decirle que saldré dentro de un minuto.
       La voz de Daphne se había vuelto lenta y sonora como el tañido del bronce, como le ocurría siempre que estaba alterada. Su rostro estaba casi lívido y en vano se esforzaba por aplicarse bien el rojo de labios.
       —¿Qué aspecto tiene? —preguntó bruscamente cuando volvió su doncella.
       —Una larga cicatriz por aquí —dijo la chica, y trazó una línea oblicua desde su mejilla hasta la comisura izquierda del labio.
       —¿Le hace parecer muy diferente? —preguntó Daphne.
       —No tan diferente, señora —repuso Millicent gentilmente—. Sus ojos son los mismos, me parece.
       También ella estaba afligida.
       —Muy bien —dijo Daphne.
       Se miró al espejo largamente antes de apartarse. La visión de su propio rostro casi le hizo sentir náuseas. Había visto muchas cosas de sí misma. Aún ahora se sentía fascinada por la caída de sus párpados, cruzados por una red de venitas de color lila sobre los pesados ojos azul turquesa, amplios y extraños. Le daban un aspecto misterioso. Se dirigió una mirada larga y de soslayo, curiosa y algo oriental. ¿Cómo era posible que hubiese algo oriental en su cara? Ella, tan rotundamente inglesa y rubia, una Afrodita de la espuma, como Basil la había llamado poéticamente. Oh, bueno. Dejó sus reflexiones y atravesó el hall para llegar al salón.
       Él estaba de pie, nervioso en medio de la habitación y vestido de uniforme. Daphne apenas miró su rostro: solo vio la cicatriz.
       —Hola, Daphne —dijo, con la voz tomada por la emoción. Se adelantó hacia ella y la estrechó en sus brazos. La besó en la frente.
       —¡Estoy tan contenta, tan contenta de que haya sucedido por fin! —exclamó Daphne ocultando sus lágrimas.
       —¿Contenta de que haya sucedido qué, cariño?
       —De que hayas vuelto. —Su voz tenía la resonancia del bronce. Hablaba con cierta rapidez.
       —Sí, he regresado, querida Daphne. Todo lo que queda de mí.
       —¿Por qué? —exclamó ella—. Has vuelto entero, ¿no es así? —Estaba atemorizada.
       —Sí, aparentemente sí. Aparentemente. Pero no hablemos de eso. Hablemos de ti, cariño. ¿Cómo estás? Deja que te mire. Estas más delgada, un poco más madura, pero más encantadora que nunca. Mucho más hermosa.
       —¿Cómo?
       —No puedo decirlo con exactitud. Eras solo una niña y ahora eres una mujer. Supongo que eso es todo. Pero eres una maravillosa mujer, Daphne querida, mucho más maravillosa que todo lo que ha ocurrido durante estos años. No hubiese creído que iba a encontrarte tan bella. Lo había olvidado, o bien nunca supe apreciar tu belleza. Quiero decir que soy un tipo afortunado. Aquí estoy, vivo y bien, y te tengo a ti por esposa. Has madurado como una flor. Verdaderamente, mi amor, eres hoy más bella aún que la Venus de la espuma, más majestuosa. ¡Qué hermosa eres! Eres toda la hermosura de la tierra, como si fueses la luna madre del mundo. Afrodita. Dios ha sido bondadoso conmigo, después de todo. No debí haber soltado ni la menor queja. ¡Qué maravillosa eres, qué maravillosa eres, amor mío! Te había olvidado… pensaba conocerte tan bien. ¿Será verdad que me perteneces? ¿Eres realmente mía?
       Estaban sentados en el sofá amarillo. Él sostenía su mano mientras sus ojos la recorrían de arriba abajo, desde el rostro hasta la garganta y los pechos. El sonido de sus palabras y el fuerte y frío deseo implícito en su voz la excitaron, se sintió halagada e hizo que se le helase el corazón. Se volvió para mirar los ojos azul claro de su marido. No tenían ya aquella luz divertida, ni tampoco su antigua expresión juvenil. Ardían con una luz dura, fija y blanquecina.
       —Todo va bien. Eres mía, ¿no es así, Daphne querida? —Su voz era culta y musical, provista como siempre del ligero toque medroso característico de su buena educación.
       Ella le miró fijamente.
       —Sí, soy tuya —dijo sin convicción.
       —¡Amor mío! ¡Amor mío! —murmuró Basil besándole la mano.
       El corazón de Daphne se puso a palpitar de pronto con tal violencia que pensó que su pecho iba a estallar. Se levantó con un rápido movimiento y atravesó la habitación. Apoyó su mano en la repisa de la chimenea y miró hacia la estufa eléctrica. Podía escuchar el leve chasquido de los cables. Durante un rato ninguno de los dos habló.
       Luego ella se volvió para mirarle. Él la contemplaba con atención. Su rostro estaba demacrado y había en él una curiosa palidez subyacente, aunque sus mejillas no estaban blancas. La cicatriz corría, lívida, desde el costado de su boca. No era tan grande, pero parecía que afectase a toda su persona, y en cierto modo a su cerebro. En sus ojos se veía esa luz dura, fija y blanquecina que le fascinaba y también le resultaba terrible. Había cambiado. Era como la muerte: la muerte resucitada. Sintió que no se atrevería a tocarlo; la blanca muerte estaba todavía sobre él. Le parecía advertir que él evitaba todo contacto con una especie de intenso pesar. «No me toques, aún no he ascendido a la morada del Padre.» Sin embargo, en busca de contacto había venido. Algo, o alguien, parecía mirar por encima de sus hombros; su propio joven fantasma mirando por encima de los hombros. ¡Oh, Dios! Cerró los ojos y pareció que iba a desvanecerse. Él seguía en el sofá, inclinado hacia delante, observándola.
       —¿No te sientes bien, cariño? —preguntó. Había una extraña e inaprensible frialdad en su enorme fervor. No se movió para ir en su ayuda.
       —Sí, estoy bien. Es solo que, después de todo, ha sido demasiado repentino. Deja que me acostumbre de nuevo a ti —dijo apartando la mirada de él. Se sentía por completo como una víctima de su blanca y terrible cara.
       —Supongo que ha debido de ser un shock para ti —concedió Basil—. Espero que no dejes de amarme por ello. No será así, ¿verdad?
       ¡La extraña frialdad de su voz! Y también el fuego, raro y blanco.
       —No, no dejaré de amarte. —Habló en tono grave, casi como si se sintiera avergonzada. No se hubiese atrevido a decir otra cosa. Al decirlo lo convertía en algo cierto.
       —Si estás segura… —dijo—. No soy un espectáculo demasiado agradable, lo sé, con esta cicatriz. Pero si puedes perdonarme, querida… ¿Crees que podrás? —Había una especie de compulsión en su voz.
       Ella le miró y se sobrecogió un poco.
       —Te quiero, más que antes —contestó ella rápidamente. La voz de Basil era aterradora, inquisitiva.
       —¿Incluso con la cicatriz?
       Volvió mirarle con aquella mirada grave, de aspecto oriental, sintiendo que se moría.
       —Sí —replicó, mirando hacia la nada. Fue un momento terrible para ella. Una leve sonrisa, de aspecto algo tonto, se extendió por su cara.
       De pronto él se dejó caer ante ella y besó la punta de sus zapatillas, besó el empeine de su pie y besó el tobillo cubierto por una fina media negra.
       —Lo sabía —dijo con voz apagada—, sabía que me harías bien. Supe que si tenía que arrodillarme sería ante ti. Supe que eras la única: Cibeles, Isis. Supe que era tu esclavo. Lo supe. Todo ha sido solo una larga iniciación. Tuve que aprender a venerarte.
       Besaba sus pies una y otra vez, sin el menor atisbo de inhibición, sin el menor recelo. Luego volvió al sofá y se quedó allí, contemplándola.
       —No se trata de amor, sino de reverencia. Nuestro amor será un sacramento, Daphne. Eso es lo que debía aprender. Estás más allá de mí. Eres un misterio para mí. Dios mío, qué grandioso es todo. ¡Qué maravilloso!
       Ella seguía con la mano apoyada en la chimenea, con la mirada baja y sin contestar. Estaba asustada, casi aterrorizada, pero también emocionada hasta el fondo de su alma. Sentía realmente que podría resplandecer, tan blanca, y llenar el universo como la luna, como Astarté, como Isis, como Venus. La grandeza de su propio y pálido poder. Aquel hombre la veneraba religiosamente, no solo amorosamente. Estaba preparada para él, para el sacramento de su suprema idolatría.
       Él estaba sentado en el sofá, con las manos extendidas sobre el brocado amarillo, empujando con ellas hacia abajo, metidas en la espesa tapicería, entre el asiento y el respaldo. Eran unas manos blancas y largas, moteadas con algunas pálidas pecas. Sus dedos tocaron algo. Indagaron un poco y al fin lo extrajeron: era el dedal perdido, y dentro de él había un arrugado trozo de papel color celeste.
       —Oye, ¿es tuyo este dedal? —preguntó encantado.
       Ella se sobresaltó y se acercó rápidamente para cogerlo.
       —¿Dónde estaba? —preguntó agitada.
       Pero Basil no se lo entregó. Empezó a darle vueltas y sacó el trocito de papel azulado. Vio las débiles marcas del lápiz sobre la bola de papel y la desenrolló; y lentamente descifró el poema.

      

Wenn ich ein Vöglein wär
Und auch zwei Flüglein hätt,
Flog’ ich zu dir…

       —¡Esto es encantadoramente tierno! —dijo—. ¡Un Vöglein con dos pequeñas Flüglein! ¡Pero qué niñita más encantadora eres! ¿Hacia quién desearías volar si fueses un Vöglein? —La miraba con una curiosa sonrisa en los labios.
       —No lo recuerdo —contestó, volviendo la cabeza a un lado.
       —Espero que fuese hacia mí. De todos modos, así lo creeré, y te querré todavía más por ello. ¡Qué pequeña más encantadora! ¡Un Vöglein con dos alitas! ¡Vaya, qué maravillosamente absurdo por tu parte, querida!
       Dobló cuidadosamente el trozo de papel y lo guardó en su billetero, manteniendo todo el tiempo el dedal entre las rodillas.
       —Cuéntame, Daphne, ¿cuándo lo perdiste? —preguntó, tomándolo en sus dedos y examinándolo.
       —Hace cosa de un mes, tal vez dos.
       —Hace cosa de un mes, tal vez dos —repitió él—. ¿Y qué has estado cosiendo? ¿Te importa que te lo pregunte? Me gusta pensar en lo que hacías entonces. Yo me hallaba todavía en aquel asqueroso El Hasrun. ¿Qué cosías hace dos meses, querida, cuando perdiste tu dedal?
       —Una camisa.
       —¡Vaya! ¿Una camisa? ¿Para quién?
       —Para ti.
       —Bueno, ahora sí que tocamos con los pies en el suelo. ¿De veras me estabas cosiendo una camisa? ¿Está terminada? ¿Podría ponérmela ahora mismo?
       —Esa no está lista; pero la primera sí.
       —Pues deja que vaya a ponérmela, querida. ¡Pensar que la tendré junto a mi piel! Te sentiré en torno a mi cuerpo, cubriéndome. ¡Será maravilloso! ¿No vienes?
       —¿No me devuelves el dedal?
       —Sí, por supuesto. ¡Qué dedal tan noble! ¿Quién te lo dio?
       —El conde Dionys Psanek.
       —¿Quién es?
       —Un aristócrata de Bohemia que conocí en Dresde. Una vez fue a pasar unos días a nuestra casa de Thoresway, con una mujer muy alta. ¿No llegaste a conocerle?
       —No creo que lo hiciera, o al menos no lo recuerdo. ¿Qué aspecto tenía?
       —Era un hombre pequeño, con el pelo negro y la frente un poco estrecha y oscura. Bastante elegante.
       —No, no le recuerdo en absoluto. ¿De modo que fue él quien te lo dio? Me pregunto dónde estará en estos momentos. Probablemente se está pudriendo en alguna parte, el pobre diablo.
       —No, está internado en Voynich Hall. Mamá y yo hemos ido a visitarle varias veces. Estaba terriblemente malherido.
       —¡Pobre desgraciado! ¿En Voynich Hall? Le veré antes de que se marche. Un poco raro, eso de regalarte un dedal. Sí, extraño regalo. Por entonces tú eras una niña, claro. ¿Crees que lo mandó hacer él mismo, o crees que lo encontró en alguna tienda?
       —Creo que perteneció a la familia. La mariquita de la parte superior forma parte de su emblema. Y también la serpiente, me parece.
       —¡Una mariquita! Extraño motivo para un emblema. Los americanos llamarían a esto un bicho. He de verle antes de que se vaya. ¡Y tú me estabas cosiendo una camisa! Y luego me dejaste esta cartita en el sofá. Bueno, pues estoy muy contento de haberla recibido, y de que no se haya perdido en la oficina de correos, como tantas otras cosas. «Wen ich ein Vöglein wär’.» ¡Ah, Daphne, perfecta chiquilla! Ese es el encanto de las mujeres como tú: eres tan extraordinaria, estás tan alejada de toda adoración, y a la vez eres una niñita tan exquisitamente ingenua… ¿Quién podría resistirse a adorarte y a quererte, a ti, que eres mortal e inmortal a un mismo tiempo? ¿Quieres tu dedal? Aquí lo tienes. ¡Maravillosos, maravillosos deditos blancos! Ah, amor mío, eres más diosa que niña, tú, esbelta y grácil Isis de sagradas manos. Blancas, ¡blancas e inmortales! No vayas a decirme que tus manos pueden morir, mi amor; los encantadores dedos de Proserpina. Son tan inmortales como el mes de febrero y sus copos de nieve. Si elevas las manos, llega la primavera. No puedo evitar arrodillarme ante ti, querida. No soy nada más que un sacrificio para ti, una ofrenda. Desearía poder morir entregándome a ti por entero, ofrecerte toda mi sangre en el altar; para siempre.
       Daphne le miró con una larga y serena mirada, mientras él se volvía hacia ella con el rostro blanco por el éxtasis. No estaba asustada. En alguna parte melancólica de su ser sabía que todo aquello era absurdo; pero prefirió ignorarlo. La invadía una especie de sueño. Con sus serenos ojos verdeazulados, contemplaba su rostro extasiado, casi benévolo. Pero su mano derecha agarraba inconscientemente el dedal, y a él solo le tendió la izquierda. Basil tomó su mano y se puso en pie con aquel curioso éxtasis sacerdotal que hacía de él algo más que un hombre o un soldado; mucho, mucho más que un amante a sus ojos.
       Sin embargo, el regreso de su marido hizo que ella enfermase de nuevo. Después de todo, tras el amor de él, ella tenía que soportar su propio tormento. Para su vergüenza y pesar sabía que no era lo bastante fuerte, o lo bastante pura, para soportar aquel tremendo caudal de lujuriosa adoración. No era culpa suya si después se sentía débil y mohína, como si quisiera echarse a llorar, y se mostraba irritable y petulante, deseando que alguien la salvara. No podía volverse hacia Basil, su marido. Después de aquellos éxtasis de lujuriosa idolatría hacia ella, se apartaba de él. Sabía que no era la diosa, ni el ser incomparable que él veía en ella. Le incomodaba la fatal humildad de su época. No podía endurecer su corazón, quemar su alma hasta purificarla de aquella humildad, de aquel recelo. No podía creer, a fin de cuentas, en su divinidad femenina, solo en su propia y mortal condición.
       Aquella fiera sensación de encontrarse sola, aun en compañía de su esposo, el poder feroz de una mujer in excelsis, ¡ay!, era algo que no podía resistir. Podía elevarse momentáneamente, y alcanzar esa incandescente feminidad, trascendente y lunar; pero, ¡ay!, no le era posible permanecer intensificada y esplendorosa dentro de sus blancos poderes mujeriles, de su misterio femenino. Aflojaba la tensión, perdía su gloria y se irritaba; se irritaba, enfermaba y no hallaba la paz. Entonces, como es natural, su hombre se tornó ceniciento y en cierta manera un poco amargo, mientras ella sufría de los nervios y era incapaz de comer.
       Empezó a soñar con el conde Dionys, a pensar en él con anhelo. Que fuera a marcharse era algo que apenas podía tolerar. Cuando pensaba en ello, que pronto dejaría Inglaterra —y desapareciendo en la sombra para siempre—, la última chispa parecía morir en su interior. Sentía su alma perecer, en tanto que ella misma se quedaba gastada y sin alma, como una prostituta. Una diosa prostituta. Y su esposo, aquel blanco, intenso y demacrado pastor suyo, nunca dejaba de aparecerse ante ella, como una sed.
       —Mañana —le dijo haciendo acopio de todo su coraje y mirándole apenas—, mañana quisiera ir a Voynich Hall.
       —¿A ver al conde Psanek? Bien, sí, muy bien. Yo también iré. Me gustaría mucho conocerle. Supongo que ya no tardarán en repatriarle.
       Faltaban quince días para la Navidad y el tiempo era muy malo. Su marido vestía aún su uniforme caqui. Ella se puso su abrigo de piel negro y un velo de encaje negro sobre el rostro que le daba un aspecto misterioso. Pero lo levantó y lo sujetó hacia atrás de tal modo que formaba un marco para su cara. Se la veía muy hermosa así ataviada; su semblante puro como la más inmaculada de las flores, tocado por el rosa invernal en medio de la negrura de su atuendo y de las pieles. Solo podría haberse objetado que se parecía demasiado al retrato de una belleza moderna; resultaba demasiado real. Tenía el presentimiento de que el conde la odiaría por sus encantos demasiado obvios. Los vería y los odiaría. Aquel pensamiento era para ella como un ácido bálsamo: amaba su belleza con un ardor casi obsesivo.
       El conde se acercó con paso cauteloso, paseando la mirada desde la encantadora figura de lady Daphne hasta la de aquel distinguido y demacrado oficial que estaba a su lado. Daphne estaba absolutamente magnífica con su negro abrigo de piel, con el velo recogido hacia atrás por debajo del sombrero ceñido a la cabeza, del color del oro bruñido, y con su rostro como una rubia flor invernal que creciera en una hendidura sombría. Pero en su rostro, que sonreía con la satisfacción que le otorgaba su belleza y la certeza de que ambos hombres estaban pendientes de ella, obligando también a los restantes oficiales prisioneros a ponerse en estado de alerta, el conde pudo discernir la amargura de la insatisfacción y de la impotencia. Y posó su mirada en la lívida cicatriz que corría por la mejilla del mayor.
       —Conde Dionys, he querido venir a presentarle a mi marido. Permítame que se lo presente. Mayor Apsley, el conde Dionys Psanek.
       Los dos hombres se estrecharon las manos rígidamente.
       —Simpatizo con usted al verse atado a un lugar como este —dijo Basil con entonación suave y desenvuelta—. Yo lo odiaba, puedo asegurárselo, allá en el este.
       —Pero las condiciones en que usted se encontraba eran mucho peores que las mías. —El conde sonrió.
       —Bueno, quizá lo fueron. Pero la prisión es la prisión, aunque se trate del mismísimo cielo.
       —Lady Apsley ha sido mi preciado ángel del cielo —dijo el conde sin dejar de sonreír.
       —Temo que haya sido tan poco eficiente como la mayoría de los ángeles —dijo ella.
       La pequeña sonrisa no abandonaba el oscuro rostro del conde. Era verdad que tenía la frente corta, como ella había dicho; el cabello moreno caía sobre esta abundantemente, y las cejas formaban un espeso arco sobre sus ojos oscuros, que a su vez poseían unas largas y negras pestañas. Todo ello hacía que la parte superior de su cabeza pareciese muy oscura. Su nariz era pequeña y en cierto modo translúcida. Mantenía una expresión un poco burlona, intensificada por su porte pequeño y enérgico. Todavía vestía el uniforme azul marino, cuyo aspecto gastado no podía impedir la sombría llama de vida que parecía brotar de su cuerpo, brillando a través de la tela. No era delgado, pero aun así poseía una curiosa transparencia en la piel de la cara.
       —¿Qué más podría haber hecho? —dijo riendo, dirigiéndole una equívoca mirada con sus oscuros ojos.
       —Bueno, claro, podría haber sido un ángel liberador, una heroína del cine —repuso Daphne cerrando los ojos y volviendo el rostro a un lado.
       Durante ese espacio de tiempo, el alto y pálido mayor escrutaba al hombrecillo con una pequeña sonrisa fija. El conde parecía no darse cuenta de ello. Se volvió hacia Basil.
       —Me alegro de poder felicitarle, mayor Apsley, por haber regresado sano y salvo a su país.
       —Gracias. Espero estar en condiciones de felicitarle cuanto antes y de la misma forma.
       —Oh, sí —dijo el conde—. Dentro de poco seré embarcado de vuelta.
       —¿Tiene alguna noticia de su familia? —preguntó Daphne.
       —Ninguna noticia —contestó brevemente y con una súbita gravedad.
       —Parece que va usted a encontrarse con una buena confusión, allí en Austria —dijo Basil.
       —Probablemente sí. Era lo que cabía esperar —contestó.
       —Bueno, no lo sé. A veces las cosas toman giros inesperadamente favorables. Y creo que eso es muy cierto en mi caso particular.
       —¿Las cosas han cambiado para bien, entonces? —inquirió el conde cortésmente.
       —Así es. Hablo exclusivamente de mí, quiero decir, por decirlo egoístamente. Después de todo, lo que hemos aprendido es que un hombre puede hablar solo por sí mismo. Pienso que ha sido terrible, mas no un esfuerzo inútil, una dura prueba por la que necesariamente debíamos pasar.
       —¿Se refiere usted a la guerra?
       —A la guerra y a todo cuanto trajo consigo.
       —¿Y cuándo pasó usted por esa dura prueba? —preguntó solícitamente el conde.
       —En fin, se alcanza un estado de conciencia más elevado, y en consecuencia también de la vida. Y también, claro, un plano más elevado en el amor. Un plano sorprendentemente más intenso, de cuya existencia no se sospechaba.
       El conde miró a Basil y luego a Daphne, quien mantenía un gesto algo afectado con la cabeza.
       —De modo que la guerra ha sido de veras algo valioso —dijo.
       —¡Exactamente! —exclamó Basil—. Soy otro hombre.
       —¿Y lady Apsley? —preguntó el conde.
       —Oh. —El mayor se volvió hacia ella—. Es otra mujer, absolutamente. Y mucho más encantadora, más maravillosa todavía.
       El conde sonrió y se inclinó ligeramente.
       —Cuando la conocimos, hace diez años, hubiésemos dicho que eso sería imposible.
       —¡Muy cierto! —exclamó Basil—. Estas cosas siempre parecen imposibles; pero siempre están sucediendo cosas imposibles. De hecho, creo que la guerra ha abierto un nuevo círculo de vida para nosotros, un anillo más amplio.
       —Tal vez sea así —dijo el conde.
       —¿No lo siente usted así? —El mayor miraba con su blanca y penetrante atención al cetrino y cejijunto conde. El conde miraba a Daphne sin dejar de sonreír.
       —Todavía soy un prisionero, mayor, de manera que siento mi círculo un tanto estrecho.
       —Sí, claro, es natural. Por supuesto. Bueno, realmente espero que no siga usted siendo prisionero por mucho más tiempo. Debe de estar ansioso por volver de una vez a su país.
       —Me alegrará sentirme libre. Sin embargo —sonrió—, echaré de menos la prisión y mis visitas angelicales.
       Ni siquiera la propia Daphne hubiese podido asegurar que se burlaba de ella. Resultaba evidente que la visita no le era grata. Podía ver que Basil no le gustaba. Más aún, intuía que la presencia de su alto, demacrado e idealista esposo era odiosa para el pequeño hombre de tez oscura. Pese a todo, no perdía su sonrisa ni dejaba de pronunciar frases corteses.
       Por su parte, Basil parecía estar fascinado por el conde. Le observaba absorto y sin cesar, olvidándose por completo de Daphne. Ella conocía aquella sensación. Sabía que había sido arrojada fuera de la mente de su marido, como una lámpara que se lleva a otra habitación. Allí se quedaba él, en completa penumbra en lo que a ella se refería, y toda su atención se centraba en el otro hombre. Sobre su pálida y flaca cara había una sonrisa de divertida atención.
       —¿No se aburre mortalmente entre las visitas? —preguntó.
       El conde le miró con afectada franqueza.
       —No, en absoluto —dijo—. Puedo cavilar, sabe usted, sobre los hechos que van acaeciendo.
       —Creo que eso es lo malo —repuso el mayor—. Uno se sienta y se pone a cavilar, y se va aislando de todo, perdiendo el contacto con la realidad. Eso fue lo que me sucedió a mí, hallándome prisionero.
       —¿El contacto con la realidad? ¿Qué es eso?
       —Bueno, contacto con cualquiera en realidad, o con cualquier cosa.
       —¿Y por qué ha de tener uno contacto?
       —Vaya, pues porque es preciso —contestó Basil.
       El conde sonrió ligeramente.
       —Pero yo puedo sentarme y contemplar cómo fluye el destino, como agua turbia, en el fondo de mi propia alma —dijo—. Siento que allí, en la oscuridad de mi propia alma, suceden las cosas.
       —Así debe ser. Pero ocurra lo que ocurra, solo se trata de una cosa, realmente. Es un contacto entre la propia alma y el alma de algún otro ser, o de otros muchos. Nada más puede suceder a un hombre. Así es como lo veo yo. Acaso me equivoque. Pero así es como lo imagino desde que me hirieron y caí prisionero.
       La cara del conde se había oscurecido y su expresión era seria.
       —¿Es ese contacto un fin en sí mismo? —preguntó.
       —Bueno —dijo el mayor, quien había obtenido su diploma en filosofía—, yo diría que sí. Desemboca inevitablemente en alguna forma de actividad. Pero la causa y el origen y el ímpetu vital de toda acción, de toda actividad, ya sea constructiva o destructiva, se halla, a mi parecer, en el contacto dinámico entre seres humanos. Consiga establecer cierto contacto dinámico entre seres humanos, y tendrá la guerra. Otro tipo de contacto dinámico y conseguirá que todos se pongan a construir una catedral, como hacían en la Edad Media.
       —Pero ¿no serían la guerra y la catedral los verdaderos objetivos, y el contacto emocional tan solo el medio?
       —No lo creo —dijo el mayor, cuya curiosa y blanca pasión comenzaba a irradiar en su cara. Los tres estaban sentados en la pequeña habitación para jugar a cartas, a solas, gracias a la cortesía de los demás prisioneros. Daphne seguía envuelta en su vestido negro y favorecedor. Estaba sentada y los dos hombres la ignoraban. Bien podría ser una fea doña nadie, a juzgar por la atención que le prestaban. Estaba sentada en un sillón junto a la ventana del lúgubre cuartucho, con una expresión de descontento sobre su exótico rostro, que parecía como una delicada flor de invernadero, blanca y rosada. De vez en cuanto contemplaba con largas y lentas miradas a los dos hombres. A su marido, cuyo semblante pálido, intenso y resplandeciente, se tendía por encima de la mesa hacia el conde; y a este, que estaba sentado justo enfrente del otro, en una actitud que parecía la opuesta a la del otro hombre, y cuyo oscuro rostro parecía unirse para cristalizarse en una mirada oscura y desganada. Su marido no advertía nada salvo su propia intensidad blanca; pero el conde reservaba todavía un poco de su lúcida conciencia, una conciencia secundaria que, de alguna forma, se mantenía alerta con respecto a la mujer que se sentaba junto a la ventana. Toda su expresión y su atenta mirada se concentraban en Basil; pero en algún lugar a sus espaldas mantenía la atención sobre Daphne. Ella se sentía incómoda, insatisfecha, como les ocurre a las mujeres cuando los hombres se embarcan en una combustión verbal. Al mismo tiempo, ella seguía la discusión. Era curioso que, mientras sus simpatías se volcaban en ese momento del lado del conde, eran las palabras de su marido las que creía verdaderas. El contacto, el contacto emotivo era algo real, y el llamado «objetivo» tan solo era un subproducto. Incluso la guerra o las catedrales eran subproductos. Lo importante era lo que guerreros y constructores tenían en común, como un sentimiento grandioso y unificador: lo que sentían el uno por el otro y, por supuesto, por sus mujeres en particular.
       —Sin embargo, hay muchísimas clases de contactos —dijo Dionys.
       —Bueno, ya sabe usted —repuso el mayor— que me parece que solo hay realmente un único contacto supremo: el contacto del amor. Comprendo, claro, que el amor pueda asumir una infinita variedad de formas. En mi opinión, ninguna de ellas es equivocada siempre que sea realmente amor, y que uno honre aquello a lo que se dedica. ¡El amor cuenta con una extraordinaria variedad de formas! Y eso es todo cuanto la vida ofrece, según creo. Le advierto a usted que quien niega la variedad del amor, niega el amor en conjunto. Quien trate de compartimentar el amor en una serie de sentimientos aceptados, hiere el alma misma del amor. El amor debe ser multiforme. De lo contrario solo es tiranía, o muerte.
       —Pero ¿por qué llamar a todo amor? —le preguntó el conde.
       —Porque a mí me parece que es amor: el gran poder que agrupa a todos los seres, al margen de lo que pueda resultar del contacto. Existe el odio, por supuesto, pero no es más que el reverso del amor.
       —¿Cree usted que el antiguo Egipto fue edificado sobre el amor? —preguntó Dionys.
       —¡Claro que sí! Y tal vez fuera el más multiforme, el más amplio amor que el mundo ha conocido. Todos nuestros sufrimientos se reducen a nuestro estrecho modo de amar, exclusivo, y que hace que no haya amor en absoluto; más bien muerte y tiranía.
       El conde sacudió lentamente la cabeza, sonriendo apenas, con un toque de tristeza.
       —No —dijo—. No es eso. Ha de emplear usted otra palabra que no sea amor.
       —Estoy en absoluto desacuerdo con usted —dijo Basil.
       —¿Qué palabra, entonces? —dijo Daphne abruptamente.
       El conde la miró.
       —¿Cómo diría? No tengo término alguno. Debe ser algo absoluto para el hombre. Su voluntad; su voluntad sería algo absoluto para un hombre. Por encima de la interferencia de cualquier otra criatura. —La miró con sus obstinados ojos negros. Resultaba curioso, a ella le disgustaban intensamente sus palabras, pero simpatizaba con él. Por otra parte, creía absolutamente en las palabras de su marido, a pesar de que su simpatía física estaba en su contra.
       —¿Estás de acuerdo, Daphne? —preguntó Basil.
       —En absoluto —respondió mirando intensamente a su marido.
       —Yo tampoco —dijo Basil—. A mí me parece que, si amas, abandonas tu voluntad, se rinde uno al alma del amor. Si se refiere a que su voluntad es la voluntad de amar, estoy de acuerdo. Pero si se refiere a que su voluntad, su propia voluntad, es puramente autocrática, entonces discrepo, no estoy de acuerdo y nunca lo estaré. Me parece que es en eso en lo que precisamente nos hemos equivocado. El káiser Guillermo II deseaba el poder.
       —No, no —interrumpió el conde—. Ese era un charlatán. Carecía de una concepción sagrada del poder.
       —Demostró ser muy peligroso.
       —Oh, claro; pero la paz podría haber resultado aún más peligrosa.
       —Dígame, entonces: ¿cree que usted, como aristócrata, debería ejercer un poder feudal sobre unos cuantos centenares de hombres que han nacido siervos y no señores?
       —No como aristócrata hereditario, sino como hombre que es aristócrata por naturaleza —dijo el conde—. Es mi deber sagrado sostener en mis manos el destino de otros hombres, y darle forma. Pero no podré nunca cumplir con ese deber mientras los hombres no pongan voluntariamente su vida en mis manos.
       —No esperará usted que lo hagan, ¿verdad? —Basil le sonrió.
       —En este momento, no.
       —¡Y en ningún momento! —El mayor estaba siendo sarcástico.
       —En algún momento, los hombres que realmente viven acudirán suplicantes para poner sus vidas en manos de los grandes hombres, suplicando a aquellos grandes hombres que asuman la sagrada responsabilidad del poder.
       —¿Lo cree usted así? Acaso quiera usted decir que los hombres finalmente comenzarán a elegir líderes a los que puedan amar —dijo Basil—. Espero que así sea.
       —No, lo que quiero decir es que al final se doblegarán ante hombres más grandes que ellos: se volverán vasallos, por su propia voluntad.
       —¡Vasallos! —exclamó Basil sonriendo—. Vive usted en la Edad Media, conde.
       —Vasallos. No de cualquier aristócrata hereditario, así se llamen Hohenzollern, Habsburgo o Psanek —dijo sonriendo el conde—, sino del hombre cuya alma nació capacitada, capacitada para conducirse sola, para escoger y ejercer el mando. Las masas acabarán por ir a ese hombre, y dirán: tú eres más grande que nosotros. Sé nuestro conductor. Toma nuestra vida y nuestra muerte en tus manos, y dispón de nosotros según tu voluntad; pues vemos una luz en tu rostro, y el ardor en tu boca.
       El mayor permaneció un rato sonriente, verdaderamente entretenido y sorprendido, mirando al conde, que permanecía impasible.
       —Caramba, usted debe de ser una persona tremendamente ingenua, conde, si piensa que las masas modernas van a conducirse algún día de tal modo. Le aseguro a usted que nunca lo harán.
       —Si lo hicieran —dijo el conde—, ¿lo llamaría usted un nuevo reino del amor, o de alguna otra forma?
       —Bueno, desde luego, contendría un elemento del amor. Tendría que haber algún sentimiento de amor hacia sus líderes.
       —¿Así lo cree? Yo pensaba que el amor suponía una igualdad en la diversidad. Creía que el amor otorgaba a cada hombre el derecho a juzgar los actos de los otros hombres. «Este no ha sido un acto de amor. En consecuencia, es erróneo.» ¿Acaso la democracia, y el amor, no conceden a cada hombre ese derecho?
       —Ciertamente —aseguró Basil.
       —Ah, pero mi aristócrata elegido diría a aquellos que le han escogido: «Si me elegís, renunciáis para siempre al derecho de juzgarme. Si verdaderamente habéis escogido seguirme, habéis rechazado por ello toda facultad de criticarme. Nunca más podréis aprobarme o discrepar de mí. Habéis ejercitado el sagrado acto de elegir. En adelante solo podréis obedecer».
       —A pesar de todo —apuntó Daphne—, no podrían abstenerse de criticar todo eso.
       El conde la contempló quietamente, y por primera vez en su vida Daphne dudó de lo que decía.
       —El día de Judas —dijo el conde— termina en el día del amor.
       Basil despertó de una especie de trance.
       —Creo por supuesto, conde, que la idea es extraordinariamente divertida. Una completa regresión a los tiempos oscuros.
       —No es eso —contestó—. Los hombres, la masa de hombres, nunca antes había gozado de la libertad para ejercer el sagrado acto de escoger. Hoy, muy pronto, acaso lo consigan.
       —Oh, no lo sé. Muchas tribus eligen a sus reyes y caudillos.
       —Los hombres nunca hasta ahora han sido lo suficientemente libres para elegir, para saber realmente qué están haciendo.
       —¿Quiere usted decir que solo se liberaron para atarse voluntariamente a los nuevos amos y señores?
       —Eso es lo que he dicho.
       —Resumiendo, la vida no es más que un círculo vicioso.
       —En absoluto. Un círculo cada vez más amplio, como usted ha dicho. Y cada vez más magnífico.
       —Bueno, todo esto es extraordinariamente interesante y divertido, ¿no te parece, Daphne? A propósito, conde, ¿cuál será el lugar de las mujeres? ¿Se les permitirá criticar a sus esposos?
       —Solo antes del matrimonio —dijo el conde con una sonrisa—. Nunca después.
       —¡Espléndido! —dijo Basil—. En eso me muestro completamente de su lado, conde. Espero que estés escuchando, Daphne.
       —Oh, sí. Pero solo me he casado contigo. Tengo derecho a criticar a todos los demás —repuso ella con voz apagada y molesta.
       —¡Exactamente! ¡Muy inteligente! De modo que el conde no puede escapar. Y ahora dime, ¿qué piensas del aristocrático plan del conde para el futuro, Daphne? ¿Lo apruebas?
       —Claro que no, pero ten en cuenta que los hombres pequeños siempre han ambicionado el poder —replicó Daphne con crueldad.
       —Oh, también los altos, si vamos a eso —dijo Basil con ánimo conciliador.
       —Me lo han dicho antes —dijo el conde sin abandonar la sonrisa—: los hombres pequeños tienen tendencia a mostrarse prepotentes. Temo haber ofendido a lady Daphne.
       —No —dijo ella—, le aseguro a usted que no. Me divierte esto, eso es todo. Pero siempre me ha contrariado cualquier forma de dominio.
       —También a mí —concedió Dionys.
       —El conde no se refería al dominio, querida —terció Basil—. Vamos, existe una importante diferencia entre el poder responsable y el mando.
       —Cuando los hombres se ponen de acuerdo en que la haya —dijo Daphne.
       Se comportaba altivamente y estaba enojada, como si temiese perder algo. El conde le sonrió maliciosamente.
       —Se ha ofendido usted, lady Daphne. Pero ¿por qué? Está usted a salvo de la influencia de mi peligrosa y expansiva autoridad.
       Basil soltó una carcajada.
       —Es bastante gracioso oírle a usted hablar del poder y de no ser criticado —dijo—. Pero quisiera oír más sobre el tema. Sí, quisiera saber más.
       Cuando iban de vuelta a su casa, Basil dijo a su esposa:
       —Me cae bien ese hombrecillo, ¿sabes? Es un curioso gallito de pelea; y le hace a uno reflexionar.
       Lady Daphne se heló a cuatro grados bajo cero ante el frío viento que aquella frase representaba; y ninguna otra palabra salió de ella.
       Por curioso que pareciera, era Basil el que se sentía ahora atraído por el conde, y Daphne la que le rechazaba. No porque el amor por su marido la llevara a ello, no se trataba de eso en absoluto; sino porque sentía cierto resentimiento contra los hombres en general. Sin embargo, como tantas veces sucede en esta vida basada en malignos triángulos, Basil solo podía sentir su entusiasmo por el conde en presencia de su mujer. Cuando los dos hombres se quedaban solos, se sentían violentos, reacios, y apenas podían intercambiar una docena de frases. Cuando Daphne estaba presente, sin embargo, para completar el circuito de las corrientes opuestas, se acaloraban tanto como si se incendiara la casa.
       Esto, de todos modos, no representaba consuelo alguno para lady Daphne. Quedarse sentada simplemente, como una pasiva médium entre dos individuos que se soltaban absurdos filosóficos el uno al otro, no era precisamente divertido. Casi podía decir que odiaba al conde, aquel hombre pequeño y de frente baja, perteneciente a la raza de los esclavos prehistóricos; pero el rencor contra su marido blanquísimo, y espiritualmente intenso, era tan corrosivo como el vinagre. Humillada. Se sentía humillada en medio de los dos.
       ¿Qué sucedió después? Bueno, a decir verdad lo que vino luego fue enteramente culpa de Basil. El invierno estaba tocando a su fin. Era obvio que la guerra había terminado realmente; que Alemania estaba acabada. Los Hohenzollern se habían apagado como un miserable cohete de carnaval, los Habsburgo apenas si parpadeaban débilmente en la sombra, y los Romanoff se habían consumido sin siquiera chisporrotear. Hasta ahí las familias imperiales. En adelante, la democrática paz.
       El conde, claro, sería ahora embarcado de vuelta, como mercancía retornada por carecer de mercado. Había una paz mundial por delante. Una o dos semanas más y Voynich Hall se quedaría vacío.
       Basil, empero, no podía dejar que las cosas siguieran su curso natural. Estaba intrigado por el conde. Quería tenerlo como huésped antes de que se marchara. Y como el mayor Apsley podía conseguir por entonces cualquier deseo razonable, obtuvo el permiso para que el pobre conde pudiera permanecer quince días en Thoresway antes de ser embarcado rumbo a Austria. Earl Beveridge, cuya alma era negra como la tinta desde la guerra, nunca hubiese permitido que aquel pequeño enemigo entrara en su casa de no ser por el desprecio que se había despertado en él durante los dos últimos años hacia el degradante espectáculo de los llamados patriotas, quienes no habían dejado de aullar sus perrunas indecencias ante la faz pública. Aquellos perros habían conseguido mantener en suspenso a la prensa y al público británicos durante casi dos años. Su único objetivo era degradar y humillar todo cuanto de alto y digno quedaba en Inglaterra. Aquello era casi la peor pesadilla de todas, encaramarse a la cima de aquella espesa cantidad de porquería pública dispuesta a sofocar las almas de todos los hombres dignos.
       De ahí que Earl, quien nunca quiso encharcarse en tanta suciedad le ocurriera lo que le ocurriese, hincara sus tacones en el suelo y se mantuviera erguido sobre sus dos pies. Cuando Basil le pidió que permitiera al conde Dionys gozar de una quincena de decente paz en Thoresway antes de que todo hubiera terminado, lord Beveridge consintió tímidamente, hubiese o no escándalo. De hecho, fue sobre todo para desafiar al escándalo por lo que dio aquel paso; porque el recuerdo de sus dos hijos muertos le era amargo, y la idea de una Inglaterra postrada bajo las garras de unos apestosos perros mestizos le resultaba aún más odiosa.
       Lord Beveridge se encontraba en Thoresway para recibir al conde, quien llegó escoltado por Basil. El conde inglés era un hombre grande y atractivo, algo corpulento, con un rostro oscuro y sombrío que podría haber resultado altanero si la altanería no se hubiese convertido en algo tan ridículo. Era un hombre apasionado, con la sensibilidad, generosidad e instintiva inclinación por el despotismo de cualquier hombre apasionado. Su sombrío temperamento y su violenta susceptibilidad llevaban ya cincuenta años sometidas a una sutil represión, condena y repudio, de modo que casi había llegado a creer que no siempre llevaba la razón. Su pequeña y frágil mujer, toda ella amor hacia la humanidad, era lo más genuino de aquella pareja. A él se le tildaba de egoísta, procaz, cruel, etcétera, etcétera, de modo que ahora siempre parecía preferir quedarse al margen, en la sombra, dejándose arrastrar por la pálida gentuza de la prisa democrática. Esa era la impresión que causaba, la del hombre que se mantiene al margen, medio avergonzado, medio altivo, semioculto en el oscuro telón de fondo.
       Estaba un poco a la defensiva cuando Basil entró con el conde.
       —Ah, ¿cómo está usted, conde Psanek? —dijo, yendo a su encuentro con grandes pasos y con la mano tendida. Como era el padre de Daphne, el conde sintió cierta ternura hacia el taciturno inglés.
       —Me honra usted demasiado, señor, al recibirme en su casa —dijo orgullosamente el menudo visitante.
       El viejo conde le miró despacio, sin proferir palabra. Parecía querer rebajarle, en todos los sentidos.
       —Aún somos hombres, conde. Todavía no somos del todo bestias.
       —¿Quiere usted decir, lord Beveridge, que mis compatriotas son casi bestias? —preguntó el conde con una sonrisa y arrugando un poco su delicada nariz.
       Otra vez el anfitrión tardó en responder.
       —Tiene usted una baja opinión sobre mis modales, conde Psanek.
       —Aunque tal vez aprecie con justicia su significado, lord Beveridge —dijo sonriendo, con un osado gesto de desdén en la nariz.
       Lord Beveridge se ruborizó intensamente, tocado en su innata inclinación a la cólera.
       —Me alegro de que el conde Psanek me aclare mis propias intenciones —dijo.
       —Le ruego me disculpe, señor, si al hacerlo le he causado alguna ofensa —replicó el conde.
       Lord Beveridge cambió de color, advirtiendo que se acababa de comportar como un tonto. Dio la espalda al conde y enseguida se volvió de nuevo ofreciéndole una caja de cigarros.
       —¿Fuma usted? —preguntó. Había benevolencia en su tono.
       —Gracias —contestó el conde tomando un cigarro.
       —Me atrevería a decir —dijo lord Beveridge— que todos los hombres son bestias en cierto modo. Me temo que he caído en el hábito vulgar de hablar mecánicamente, sin cuidarme de lo que en realidad me interesa expresar. ¿Quiere usted sentarse?
       —Es solo como prisionero que he sabido aprender que no era en realidad una bestia. No, soy yo mismo, no una bestia —afirmó el conde tomando asiento.
       Lord Beveridge le miraba con curiosidad.
       —Bueno —dijo sonriente—, supongo que es mejor tomar una decisión al respecto.
       —Es necesario, si quiere uno estar a salvo de la vulgaridad.
       Lord Beveridge sintió una punzada acusadora. Con sus ojos pardos como ágatas, de mirada dura, estudió al pequeño conde.
       —Probablemente está usted en lo cierto —dijo.
       Pero desvió la cabeza.
       Eran cinco personas en la cena. Lady Beveridge actuaba como anfitriona.
       —Ah, conde Dionys —suspiró—. ¿Cree realmente que la guerra ha terminado?
       —Oh, sí —respondió enseguida—. Esta guerra ha terminado. Los ejércitos volverán a casa. Sus cañones ya no resonarán otra vez. Nunca más de este modo.
       —Así lo espero —dijo lady Beveridge con otro suspiro.
       —Estoy seguro.
       —¿Piensa usted que no habrá más guerras? —preguntó Daphne.
       Por alguna razón se había arreglado con sumo cuidado. Llevaba su nuevo vestido de chenille negra, rosa y plateada, con los hombros desnudos y el cabello peinado a la última moda. El conde, quien aún lucía su andrajoso uniforme, se volvió hacia ella. Estaba nerviosa, acelerada. Su delgado brazo blanco estaba junto al de él, con un adorno de plata en el hombro. Su piel era blanca como una flor de invernadero. Movía velozmente los labios.
       —No habrá nunca más una guerra como esta —dijo el conde.
       —¿Qué le hace estar tan seguro? —preguntó ella mirándole a los ojos.
       —La maquinaria de guerra ha escapado a nuestro control. Nunca volveremos a ponerla en marcha hasta que desaparezca hecha pedazos. Estaremos asustados.
       —¿Estará asustado todo el mundo? —insistió Daphne mirando hacia abajo y echando hacia atrás la barbilla.
       —Eso creo.
       —Así lo deseamos —dijo lady Beveridge.
       —¿Me permitirá usted preguntarle, conde —dijo Basil—, qué piensa sobre el modo en que ha terminado la guerra? Me refiero al modo en que ha terminado para ustedes.
       —¿Se refiere a que Alemania y Austria han perdido la guerra? Así debía ser. Todos hemos perdido la guerra. Europa entera.
       —En eso estoy de acuerdo —dijo Lord Beveridge.
       —¿Así que todos hemos perdido la guerra? —exclamó Daphne volviéndose para mirarle. El dolor se había apoderado del rostro moreno del conde. Sufría teniendo a una mujer sensible a su lado. Su piel era de una delicadeza tal que le hacía dar vueltas la cabeza. Sus hombros eran anchos, algo delgados, pero la piel era blanca y tan primorosa, tan propia de una flor de invernadero. Le afectó como el perfume de alguna flor blanca y exótica. Y parecía que ella le estaba enviando su corazón. Era como si deseara oprimir su pecho contra el suyo. Desde su pecho le amaba y le enviaba su amor. Esto apenaba al conde, pues deseaba permanecer sereno, y mantener su honor delante de sus anfitriones.
       La miró a los ojos, llenos los suyos de sabiduría y de dolor. Ella, con su silencio y sus breves palabras, parecía tenerlos a todos bajo un encantamiento. Parecía haber provocado un cierto silencio en la mesa, en medio del cual era ella la silenciosa dueña de la situación, inclinándose sobre el plato, dominándolos a todos silenciosamente.
       —¿Todos hemos sido derrotados? —repitió, en respuesta a su pregunta—. Ha sido una guerra suicida. Nadie podía ganarla. Ha sido un suicidio para todos nosotros.
       —No estoy tan segura —replicó Daphne—. ¿Qué ocurre con América y Japón?
       —Ellos no cuentan. Solo ayudaron a que nosotros nos suicidáramos. Ellos no entraron en guerra; no vitalmente.
       Había tal expresión de dolor en su rostro, y un sonido tan doloroso en su voz, que los demás cerraron sus oídos, tratando de no seguir sus palabras. Solo Daphne le obligaba a hablar. Era ella quien estaba extrayéndole el alma fuera de sí, tratando de leer el futuro en él como lo leen los augures en las palpitantes entrañas del animal sacrificado.
       Miró directamente a la cara del conde, en busca de su alma.
       —¿Cree que Europa se ha suicidado? —le preguntó.
       —Moralmente.
       —¿Solo moralmente? —Sus palabras brotaron lentas, como mortales palabras de bronce.
       —Es suficiente —dijo él sonriendo.
       —Cierto —repuso Daphne, dejando caer pesadamente los párpados. Desvió entonces la mirada, aunque él sentía que su corazón luchaba dentro de su pecho. ¿Qué hacía ella ahora? ¿En qué pensaba? Ella le había llenado de incertidumbre, de un vacilante temor.
       —Por lo menos —dijo Basil— esas infernales armas han callado.
       —Para siempre —confirmó Dionys.
       —Quisiera poder creerle, conde —repuso el mayor.
       La conversación se hizo más general, o más personal. Lady Beveridge preguntó a Dionys a propósito de su esposa y familia. El conde nada sabía, solo que se habían marchado a Hungría en 1916, cuando su propia casa fue incendiada. Su mujer podría haberse dirigido incluso a Bulgaria, con el príncipe Bogorik. Él no lo sabía.
       —¡Pero sus hijos, conde! —exclamó lady Beveridge.
       —No lo sé. Probablemente están en Hungría, con su abuela. Iré allí cuando regrese.
       —¿Nunca les escribió? ¿No hizo averiguaciones?
       —No podía escribir. Pronto lo sabré todo.
       —¿Tiene algún hijo varón?
       —No. Dos niñas.
       —¡Pobrecillas!
       —Sí.
       —Y digo yo, ¿no resulta un poco raro tener una mariquita en el emblema? —preguntó Basil con el fin de aligerar un poco la conversación.
       —¿Raro? ¿Por qué razón? Carlomagno llevaba abejas. Y es un Marienkäfer, un escarabajo sagrado. El escarabajo de Nuestra Señora. Pienso que se trata de un animal bastante heráldico, mayor. —El conde sonrió.
       —¿Está usted orgulloso de ello? —preguntó Daphne, volviendo a mirarle de nuevo repentinamente, con su mirada serena y cautivadora.
       —Pues sí, a decir verdad. Tiene una genealogía muy larga nuestro escarabajo moteado. Mucho más larga que los propios Psanek. Creo que se trata de un descendiente del scarabeus egipcio, ¿sabe?, que constituye un emblema muy misterioso. Así me vinculo con los faraones, justamente a través de mi mariquita.
       —¿Cree que su mariquita se ha ido arrastrando a lo largo de los siglos? —insistió Daphne.
       —¡Imagíneselo! —contestó él riendo.
       —El escarabajo es un insecto que pica —comentó Basil.
       —¿Ha leído usted a Fabre? —terció lord Beveridge—. Sugiere que el escarabajo, al formar una pelotita de estiércol en un terreno seco y antiguo, podría haber inspirado a los egipcios el Primer Principio, aquel que puso en marcha al mundo. Y así el escarabajo se convirtió en el símbolo del principio creador, o algo parecido.
       —La idea de que la tierra es una bolita de estiércol seco me parece buena —dijo Basil.
       —Entre las garras de una mariquita —agregó Daphne.
       —Son cosas que se aprenden cuando le da a uno por averiguar sus orígenes —comentó lady Beveridge.
       —Tal vez querían significar que era el principio de la descomposición lo que había echado a rodar el globo —dijo el conde.
       —La bola tendría que haber existido antes —objetó Basil.
       —Cierto. Pero no podía ponerse a rodar. El principio de la descomposición sería lo que le dio el impulso inicial. —El conde sonrió como si bromeara.
       —No soy egiptóloga —sentenció lady Beveridge—, de modo que no puedo juzgar.
       Lord Beveridge y su mujer dejaron la mansión al día siguiente. El conde permaneció allí con Dionys y la joven pareja. Era una maravillosa mansión isabelina, no demasiado grande pero provista de esas mágicas habitaciones que eran todo un centellear de ventanas de pequeños cristales cuando se las mira desde el interior. El interior era muy acogedor, artesonado hasta el techo, que estaba labrado y moldeado con láminas de oro. Estaba luego el amplio ventanal, con sus pequeños vidrios interponiéndose mágicamente entre uno mismo y el mundo exterior, con el escudo de la familia pintado en los cristales, alardeando de su color, y el amplio asiento junto a la ventana con los cojines de un verde apagado. Dionys vagaba por la casa como un pequeño espectro, a través de la sucesión de amplias y pequeñas habitaciones de luz titilante, con las salas y los vestíbulos al frente y a los costados del largo y amplio pasillo, a cada extremo del cual se veía el arranque de las anchas escaleras, y luego, más arriba, unas escaleras estrechas que llevaban a los dormitorios y también al tejado.
       Era el principio de la primavera y le agradaba sentarse sobre el tejado de color gris pálido, plomizo, que tenía aquellas extrañas ondulaciones y dientes, en forma de asientos, y que constituía en sí mismo un mundo en miniatura. Miraba el jardín y la extensión de césped que bajaba hasta el estanque arbolado, y también más allá, hacia los olmos, los caminos y los lindes de los condados. A la izquierda de la casa estaba la granja, con los almiares y los graneros de techos altos y el ganado de color rojo oscuro. A la derecha, lejos, más allá del parque, se veía una aldea entre los árboles, y la chispa de un gris campanario de iglesia.
       Le gustaba hallarse a solas, sintiendo en su alma el peso de su propio destino. Se quedaba horas enteras contemplando los olmos que se elevaban en fila como gigantes, como guerreros atravesando los campos. Lord Beveridge le había dicho que los romanos habían traído aquellos olmos a Inglaterra; le parecía ver todavía en ellos el espíritu de aquellos hombres. Sentado allí solo, en medio del sol primaveral, en la soledad del tejado, vio la belleza de aquella Inglaterra de cercados y de olmos; a los labriegos que, con lentos caballos, labraban la tierra cruzando los surcos pardos; y los techos de la aldea, con el campanario de la iglesia irguiéndose al lado de un alto y negro tejo; y el damero de los campos perdiéndose en la distancia.
       Vio también el encanto de la vieja mansión, el jardín con sus muros de piedra gris y los setos de tejos —anchos, muy anchos—, y al pavo real que se detenía para gritar y brillar en el atareado silencio de la primavera inglesa, cuando las celidonias se abren amarillas al pie de los cercados y las violetas comparten su secreto, y las primaveras y los azafranes varían sus terciopelos y sus llamas junto a los anchos senderos del jardín, y jirones de amarillos alhelíes se abren paso con triunfal hermosura por entre las grietas de la pared. Había un rebaño no muy lejos de allí, y podía oír el débil balido de los corderos y el más grave y satisfecho de las ovejas.
       Aquel era el hogar de Daphne, el lugar donde había nacido. Ella lo amaba con un afecto doloroso. Le era difícil olvidar a sus dos hermanos muertos. Paseaba bajo el sol por aquellos lugares, seguida de dos perros que jadeaban tras sus pasos. Hablaba con todo el mundo, con el jardinero, con los mozos del jardín y de los establos, con los peones de la granja. Aquello ocupaba buena parte de su vida, perderse por esas tierras hablando con los trabajadores. Por supuesto, ellos se mostraban respetuosos con ella, pero en absoluto atemorizados. Sabían que era pobre, que no podía permitirse un automóvil ni otras cosas, de modo que le hablaban con entera libertad, tal vez demasiada. Sin embargo, a ella le gustaba que fuese así. Era su única pasión en Thoresway, oír hablar y hablar a los empleados sobre cualquier cosa. La peculiar sensación de intimidad, por encima del muro social, la fascinaba. Aquellas vidas la fascinaban, lo que pensaban, lo que sentían. Y de todo aquello, era lo que sentían lo que más atraía a lady Daphne. Había un guardabosques al que podría haber amado, un tipo impúdico de tez encarnada, un muchacho afable y halagador que reía fuertemente; podría haberle amado de no haber quedado aislada a causa de su nacimiento, de su cultura, de su conciencia de pertenecer a una clase. Su conciencia parecía tender un gran abismo entre ella y las clases humildes, las clases inconscientes. Ella lo había aceptado así, puesto que era su destino. No podría entrar en contacto real con nadie, únicamente con los superconscientes, seres completos como ella; o como su marido; o como sus hermanos. Su padre tenía algo de la inconsciente sangre roja de la gente primitiva, pero era un hombre que se conducía como si le hubiesen maldecido. Y estaba el conde, por supuesto. El conde tenía algo que era cálido e invisible, una sombría llama de vida que podría calentar el frío y blanco fuego de su sangre. Mas…
       Se evitaban el uno al otro. Los tres se evitaban entre sí. Basil también permanecía solo, o se sumergía en la poesía. A veces, el conde y él jugaban al billar, y otras veces los tres daban una caminata por el parque. A menudo Basil y Daphne caminaban hasta la aldea para recoger el correo. Pero, a decir verdad, los tres se evitaban de continuo. Así fueron pasando los días.
       Al atardecer se sentaban en el pequeño cuarto del oeste, en el que había libros y un piano, y confortables muebles viejos tapizados de un ajado color rosa: una habitación en mal estado. Algunas veces Basil leía en voz alta; otras era el conde el que tocaba el piano. Y conversaban. Daphne, puntada a puntada, cosía una amplia colcha bordada que algún día acabaría si llegaba a vivir lo suficiente. Siempre se acostaban temprano. Y casi siempre se las arreglaban para evitarse.
       El dormitorio de Dionys estaba en el ala oriental, muy lejos de las otras habitaciones. Tenía el hábito de cantar cuando estaba enteramente solo, o mejor dicho, de entonar para sí las viejas canciones de su niñez. Solo lo hacía al sentirse en la más completa soledad, cuando las demás personas parecían desvanecerse en torno suyo y el mundo entero se disolvía en la oscuridad para dejarles solos, a él y a su alma, vivos ambos en medio de su pequeña noche, aislados para siempre. Entonces, inconscientemente, canturreaba con una tímida voz aguda y asfixiada, una voz que parecía profundamente soñadora, las canciones del dialecto de su niñez. Era un curioso sonido, el sonido de un hombre que está solo, inmerso en su propia sangre, casi el sonido del hombre que va a ser ejecutado.
       Daphne escuchó aquel sonido una noche, cuando bajaba las escaleras con la lámpara del pasillo para buscar un libro. No dormía bien y las noches eran para ella una tortura. Ella también, como una neurótica, estaba crucificada dentro de su propia e inquieta lucidez. Tenía un oído muy fino y se sobresaltó al oír la aguda voz del conde, como la de un murciélago, cantando para sí mismo. Se detuvo en medio del pasillo, tan amplio como una de las habitaciones y cubierto de una alfombra vieja de color lavanda, con un macizo y oscuro mueble que se adosaba a intervalos a la pared y una mecedora de roble, y a veces una alfombra oriental de un rojo que había perdido su intensidad. Sostenía en su mano la gran lámpara de cuerno que se dejaba cada noche al final del corredor. El curioso piar del conde, como un hechizo, le hizo olvidarse de todo. Era incapaz de entender una sola palabra; ni siquiera podía comprender el sonido. Después de escucharle durante un largo rato, siguió descendiendo por las escaleras. Cuando volvió, todo estaba de nuevo en silencio y la luz se había ido de debajo de su puerta.
       Después de aquello, se convirtió casi en una obsesión para ella: quería volver a escucharle cantar. Aguardaba con impaciencia a que diesen las diez para poder retirarse y, con más impaciencia aún, a que su doncella la dejara y que su esposo se acercase a desearle las buenas noches. Basil tenía su aposento al otro lado del corredor. Luego, con creciente anhelo, esperaba a que cesaran todos los sonidos de la casa; y abría entonces la puerta de su cuarto.
       Desde muy lejos, como si procediese de la invisible lejanía, como la voz de un ventrílocuo o el silbido de un extraño murciélago, llegaba el frágil y casi inaudible canto del conde, entonando para sí sus canciones antes de meterse en el lecho. Nadie más podía escucharlo, solo ella. Concentrándose, parecía oír de una manera sobrenatural. Había un sillón bajo junto a su puerta, y allí, envuelta en un inmenso y viejo chal negro, se sentaba pacientemente a escuchar. Al principio no podía oír nada. Oía el sonido, sí, pero no era más que eso: un sonido. Y luego, muy gradualmente, comenzaba a seguir el rastro de aquel sonido, una huella que parecía transportarla fuera del mundo, muy lejos. Y mientras seguía, muy lentamente, paso a paso, el fino rastro de aquel extraño canto, conoció la paz, y conoció el olvido. Podía ir más allá del mundo, mucho más allá, donde su alma se balanceara como un pájaro sobre sus alas, y todo era perfecto.
       Así sucedía en su elevado espíritu, pero por debajo latía un salvaje anhelo, el deseo de acudir, de entregarse finalmente; de acudir y experimentar la muerte, franquear la frontera y marcharse, marcharse por fin. Abandonarse a sí misma, dejar a aquella Daphne y alejarse de su padre y de su madre, de hermanos y marido y hogar y tierra y mundo: irse por fin. Dirigirse hacia la llamada del más allá. La llamada. Era el conde quien la llamaba. Él la requería. Estaba segura de que estaba llamándola. Fuera de sí misma, fuera del mundo la llamaba.
       Dos noches permaneció sentada en su dormitorio, al lado de la puerta entreabierta, escuchando. Cuando él terminaba ella se iba a dormir, para caer en encantados sueños, extraños y ligeros. Durante el día estaba hechizada. Se sentía extraña y liviana, como si toda tensión hubiese sido eliminada de su entorno. Una especie de presión la había sometido toda su vida. No lo había advertido hasta ahora, ahora que ya no existía y que sus pies eran tan ligeros, y que su aliento brotaba delicado y exquisito. Siempre había sentido una presión en el pecho que entorpecía su respiración; ahora, sin embargo, inhalaba y expiraba sin esfuerzo, deliciosamente. La vida acudía en forma de exquisitos soplos, rápidamente, encantada de ir hacia ella.
       La tercera noche el conde se mantuvo silencioso, a pesar de que Daphne esperó y esperó hasta las primeras horas de la mañana. Estuvo en silencio, sin cantar, y entonces ella sintió el pavoroso y negro presentimiento de que acaso no volviera a cantar nunca. Esperó como un condenado durante todo el día, y al llegar la noche tembló de terror. Era su más intenso y terrorífico miedo, que se rompiera el hechizo, verse de nuevo reducida a lo que era antes.
       Llegó la noche, y también aquella especie de desmayo; y por fin la llamada de la noche. ¡La llamada! Se puso en pie sin poder contenerse y avanzó deprisa por el corredor. Se veía luz debajo de la puerta. Se sentó en el gran sillón de roble que había junto a ella, envolviéndose fuertemente en su mantón negro. El pasillo estaba oscuro, con la única luz amarilla de la lámpara tachonada de agujeros. Más allá podía ver la luz en la puerta de su propio dormitorio: había dejado su puerta entreabierta.
       Pero no vio nada. Únicamente se envolvió estrechamente en el negro mantón y escuchó el sonido que salía de la estancia. La llamaba. ¡Ah, la estaba llamando! ¿Cómo podría no acudir? ¿Cómo no atravesar aquel umbral?
       Entonces el sonido cesó; y la luz se apagó por debajo de la puerta. ¿Debía regresar a su dormitorio? ¿Debía hacerlo? Oh, imposible. Tan imposible como que la luna volviera sobre sus pasos una vez se hubiese elevado. Daphne siguió sentada, envuelta con su negro mantón. De ser preciso, permanecería allí eternamente. Ya no podía regresar.
       Y entonces empezó el sonido más horrible de todos. Se inició con un ruido algo triste, lento, horrible como la muerte. Y súbitamente escuchó una verdadera llamada, parecido a un silbido aunque también al sonar de una flauta, y un extraño aleteo, imperativo, completamente inhumano. Daphne se puso en pie y, en aquel preciso momento, el sibilante palpitar de un emplazamiento pareció suplir al gemido de la muerte.
       Golpeó rápida y calladamente la puerta.
       —¡Conde! ¡Conde! —susurró. Cesó el sonido del interior y la puerta se abrió de repente. La lívida y oscura figura de Dionys.
       —¡Lady Daphne! —exclamó sorprendido, haciéndose automáticamente a un lado.
       —Usted llamó —murmuró ella rápidamente, y entró en el dormitorio con paso resuelto.
       —No, no he llamado —dijo amablemente, sin quitar la mano del picaporte.
       —Cierre la puerta —ordenó ella bruscamente.
       El conde hizo lo que le pedía. La habitación estaba completamente oscura. No había luna. Ella no podía verle.
       —¿Dónde puedo sentarme? —preguntó abruptamente.
       —La llevaré hasta el diván —dijo él extendiendo la mano y tocándola en la penumbra. Daphne se estremeció.
       Encontró el diván y se sentó. Estaba bastante oscuro.
       —¿Qué estaba cantando? —dijo con rapidez.
       —Lo siento mucho. No creía que nadie pudiese oírme.
       —Pero ¿qué era lo que cantaba?
       —Una canción de mi país.
       —¿Tiene alguna letra?
       —Sí. Habla de una mujer cisne enamorada de cierto cazador de los pantanos. Tomó apariencia humana y se casó con él. Tuvo tres hijos. Pero llegó una noche en que el rey de los cisnes, envuelto en tinieblas, la instó a retornar. Si no regresaba, el cazador moriría. Lentamente ella volvió a transformarse en cisne, y lentamente abrió sus grandes alas, y abandonó a su marido y a sus hijos.
       El silencio reinaba en la oscura habitación. El conde se había sobresaltado de veras al verse transportado del clima de su canción al más cotidiano de las convenciones humanas. Estaba afligido y avergonzado por la presencia de Daphne en su dormitorio. Ella, sin embargo, permanecía sentada y en silencio. El conde se sentó en una silla al lado de la ventana. Todo estaba muy oscuro. Fuera el viento soplaba racheado. Dionys no podía ver nada dentro de su cuarto, solo la débil línea de luz debajo de la puerta; pero podía sentir la presencia de la mujer en la oscuridad. Resultaba extraño sentirla cerca, allí, en la oscuridad, sin ver nada de ella, ni escuchar sonido alguno.
       Había sido herida en su estado de encantamiento, por el contacto con el ser cotidiano y material del conde; pero ahora, sentada en medio de la oscuridad, iba cayendo de nuevo en el hechizo. Asimismo el conde también, en el silencio que le rodeaba, se sentía deslizar otra vez fuera del mundo, dejándole de nuevo solo en la tierra umbría, sin nada entre él y el oscuro espacio infinito. Nada excepto ella. La oscuridad respondía a la oscuridad, y lo profundo respondía a lo profundo. Una respuesta cercana e invisible.
       No sabía qué hacer. Permaneció sentado y en silencio al igual que ella. La oscuridad de la habitación parecía viva como la sangre. No se sentía capaz de moverse. La distancia entre ambos parecía absoluta.
       Entonces, de pronto, sin saber cómo, atravesó la estancia en la oscuridad buscando el extremo del diván, y se sentó junto a Daphne. No la tocó ni ella esbozó movimiento alguno. La oscuridad fluía en torno de ellos, espesa como la sangre, y el tiempo parecía disolverse en ella. Así continuaron, sentados a una pequeña e invisible distancia, inmóviles, mudos, sin pensar nada.
       Luego, súbitamente, el conde sintió los dedos de ella tocándole el brazo, y una llamarada le envolvió transformándole en algo que ya no era un hombre. Era una forma envuelta en llamas, inconsciente, sentada y erecta como la estatua de un dios egipcio. Las yemas de los dedos fueron descendiendo por su cuerpo, y ella misma se deslizó hacia abajo con un extraño y silencioso movimiento, y él sintió el rostro de ella junto a sus pies y sus tobillos, las manos apresándole los tobillos. Sintió la frente y el cabello sobre ellos, el rostro contra los pies, y permaneció así, unida a él en medio de la penumbra, como suspendida en el espacio que se abría bajo el hombre. Él seguía sentado, rígido, inmóvil. Luego se inclinó hacia delante y posó la mano sobre el cabello de ella.
       —¿Vienes a mí? —murmuró—. ¿Vienes a mí?
       La llama que lo envolvía parecía balancearle en silencio.
       —¿Vienes realmente a mí? —repitió—. No tenemos ningún sitio adonde ir.
       Sentía los pies descalzos húmedos por las lágrimas. Dos cosas batallaban en su interior: la sensación de la eterna soledad, como el espacio, y la acometida de una intensa llama que le arrancaría de esa soledad llevándole hacia ella.
       Pensaba. Pensaba en el futuro. No había futuro para él en el mundo. Era consciente de que así era. No tenía futuro en aquella vida. Aunque siguiera viviendo, solo sería algo de apariencia duradera. Y pensaba que en la otra vida sería suya la herencia, y que el más allá le pertenecía.
       Un futuro en el mundo era algo que él no podía dar a Daphne. No podía ofrecerle una vida en el mundo. Era mejor seguir solo. Sin duda. Lo mejor sería seguir solo.
       Pero aquellas lágrimas en sus pies, y el rostro que le miraría al abandonarla… No, no. La próxima vida era la suya. Era el señor de la otra vida. ¿Por qué temer esta, entonces? ¿Por qué no aceptar el alma que ella le ofrecía? Ahora y para siempre, por la vida que llegaría cuando ambos muriesen. La llevaría con él al averno, a las tinieblas del Hades, como Francesca y Paolo. Y en el infierno la estrecharía con fuerza, a ella, reina del averno, él mismo, el señor de las profundidades. Amo de la vida por vivir. Padre del alma que la seguirá.
       —Escucha —le dijo suavemente—. Ahora eres mía. En las sombras me perteneces. Y también cuando mueras. Pero durante el día me eres ajena, porque entonces carezco de poderes. De noche, en las sombras y en la muerte me perteneces. Y así será para siempre. No importa que deba dejarte. Volveré de tanto en tanto. En la oscuridad eres mía, pero al llegar la luz no puedo reclamarte, pues carezco de poder y de sede. Así que recuerda: cuando lleguen las tinieblas yo siempre estaré en tu oscuridad. Y mientras viva, algunas veces, volveré a buscarte cuando me sea posible, cuando no sea un prisionero. Pero pronto tendré que marchar. Entretanto no lo olvides: eres la esposa nocturna de la mariquita, lo eres mientras vivas, y aun al morir.
       Más tarde, cuando la llevó de vuelta a su habitación, vio la puerta todavía entreabierta.
       —No deberías haber dejado la luz encendida en tu habitación —susurró.
       A la mañana siguiente había en el rostro del conde una expresión curiosamente remota. Estaba más callado que nunca, y parecía hallarse muy lejos. Daphne durmió hasta tarde. Tenía la extraña sensación de haber echado fuera de sí todas las preocupaciones. No le importaba ya nada, ni tampoco sufría, ni le asaltaba la inquietud. Todo eso había quedado atrás. Se sentía capaz de dormir, dormir, dormir; para siempre. También su rostro estaba muy sereno, con un delicado aspecto de virginidad que nunca antes había tenido. Siempre había sido Afrodita, la tímida. Y sus ojos, los verdeazulados, habían sido como lentas y vivas joyas resistentes. Ahora habían abierto como una flor que abandona el duro capullo, y tenían la belleza y la quietud de una noche tranquila.
       Basil advirtió el cambio enseguida.
       —Estás diferente, Daphne —dijo—. ¿En qué piensas?
       —No estaba pensando —dijo mirándole candorosamente.
       —¿Qué estás haciendo, entonces?
       —¿Qué puede estar haciendo uno cuando no se piensa? No me plantees enigmas, Basil.
       —No lo haré, si tú no lo quieres.
       Pero su mujer le tenía confundido. El ardor de su éxtasis por ella parecía haberle abandonado, a pesar de lo cual no se le ocurría otra cosa que hacerle el amor. Daphne se puso muy pálida. Se sometió a él agachando la cabeza porque era su esposa. Sin embargo le miró con miedo, con pesar, con verdadero sufrimiento. Él podía sentir el peso en su pecho, y supo que estaba llorando. Pero no había lágrimas en sus ojos; solo vio que estaba lívida. Sus ojos estaban cerrados.
       —¿Sientes dolor? —le preguntó.
       —¡No, no! —Abrió los ojos, temerosa de haberle molestado. No quería preocuparle.
       Basil estaba intrigado. Su reverente amor, su idolatría por ella se encontraba con una resistencia. Aquello estaba fuera de sus cálculos.
       Se dedicó a observarla cuando estaba con el conde. Parecía entonces tan mansa, tan virginal, tan diferente de lo que él conocía de ella. Permanecía tan serena, como una pequeña doncella. Y fue aquella serena e intacta imagen de virginidad lo que más le confundió, mezclando sus ideas y emociones. De pronto se avergonzó de hacer el amor con ella. Y por aquella vergüenza que sentía, aquella noche, de pie en el dormitorio, le dijo:
       —Daphne, ¿estás enamorada del conde?
       Él estaba junto al tocador. Se sentía incómodo. Ella estaba sentaba en una silla baja, ante el moribundo fuego de leña. Le miró con los ojos abiertos y cansados. Sin una sola palabra, con los ojos dilatados y una suave mirada, Daphne le observaba. ¿Qué le hacía sentirse tan confuso? Apartó los ojos de aquella mirada.
       —Perdóname, querida. No era mi intención hacerte una pregunta así. No le des importancia —dijo. Dio unos pasos y tomó un libro. Ella bajó la cabeza y siguió observando el fuego, abstraída, sin emitir sonido alguno. Luego se volvió a mirarla de nuevo, a la trenza que le había hecho la doncella con su brillante cabello para pasar la noche. Caía sobre el batín de color rosa. El corazón de Basil se enterneció al verla así. Parecía que fuese su hermana. La excitación del deseo le había abandonado, y ahora parecía ver claro y experimentar, por primera vez en su vida, sentimientos verdaderos. Era como una hermana muy querida para él, una hermana de su propia sangre, más cercana a él de lo que él pensaba que una mujer pudiera hallarse nunca. Tan cercana… tan querida… y el sexo y el deseo desaparecieron. No los quería, no los había querido nunca. Aquel nuevo y puro sentimiento era mucho más maravilloso.
       Se le acercó.
       —Perdóname, querida —dijo—, perdóname por haberte interrogado.
       Ella le miró con sus ojos abiertos, sin decir nada. Su rostro era encantador, benevolente. Y sus ojos se cubrieron de lágrimas.
       —Tienes derecho a interrogarme —dijo tristemente.
       —No. No, querida. No tengo derecho a hacerlo. ¡Daphne! ¡Daphne querida! Todo será como tú lo dispongas entre nosotros. ¿Verdad que así lo deseas? ¿No es cierto que todo será como tú lo quieras?
       —Tú eres el esposo, Basil.
       —Sí, amor mío. —Se dejó caer de rodillas a su lado—. Pero tal vez algo haya cambiado en nosotros. Siento como si no debiera volver a tocarte, como si nunca hubiese deseado tocarte de esa manera. Siento que estaba mal, querida. Dime qué piensas.
       —Basil, no te enfades conmigo.
       —No es enfado lo que siento, sino amor puro. Eso es lo que siento.
       —No nos acerquemos más el uno al otro, Basil, físicamente. ¿Querrás acceder a eso? Y no te enojes conmigo, dime que no te enojarás conmigo.
       —¿Por qué? —dijo él—. Creo que la parte sexual ha sido una equivocación. Debí haberte amado como lo hago ahora. Sé que esto es amor verdadero. Lo otro era siempre algo exaltado y nervioso. Sé que te amo ahora, cariño, ahora que me siento libre de aquello. Sin embargo, Daphne, ¿qué haré si ese otro yo vuelve a dominarme?
       —Sigo siendo tu esposa —replicó ella con calma—. Siempre seré tu esposa. Quiero obedecerte, Basil, haré lo que desees.
       —Dame la mano, amor mío.
       Le dio su mano, pero la expresión de sus ojos atemorizó y previno al mismo tiempo a Basil. Besó su mano y la dejó sola.
       Era al conde a quien ella pertenecía. Esto era algo que se había resuelto solo, allá abajo, en las profundidades de su alma. Si no podía casarse con él y ser su mujer en este mundo, la entrega sería no obstante para siempre. Daphne ni siquiera podía interrogarse sobre aquello. Las preguntas la habían abandonado.
       Era extraño cuán diferente se había vuelto; la dominaba una nueva y extraña quietud. Los últimos días se iban deslizando lentamente. Pronto se habría marchado: Dionys, con el rostro tranquilo y remoto, el hombre a quien pertenecía en la sombra y en la luz, para siempre. Él se marcharía. Dijo que así debía ser y ella había asentido. El dolor era profundo, muy hondo dentro de su ser. Él debía marcharse. Sus vidas no podrían ser una en este mundo. Aun presa de la angustia, Daphne supo que así debía ser, que él estaba en lo cierto. Él era infalible para ella. Sus palabras hablaban a lo más profundo de su alma.
       Daphne nunca le había considerado como amante. Cuando le conoció, era un pequeño oficial prisionero, callado, que nada reclamaba al mundo; y cuando fue hacia él como su amante, como su esposa, siempre estaba oscuro. Solo conocía su voz y su contacto en la oscuridad. «Mi esposa en la oscuridad», le había dicho él; y también en esto le creía. Nunca habría intentado contradecirle, no, no lo haría por nada de este mundo, pues quizá perdiera el oscuro tesoro de la quietud y los prodigios que preservaba en su pecho, aun cuando su corazón se retorcía de dolor sabiendo que él debía marcharse.
       No. Ella había hallado aquel prodigio maravilloso después de oírle cantar. Se había desprendido de pronto de sí misma para sumirse en aquella oscuridad, aquella paz, aquella serenidad que era como un río caudaloso y oscuro fluyendo eternamente en su corazón. Había acudido para olvidar las nuits blanches de todos sus días. Y Basil, milagrosamente, había cambiado casi de inmediato. Le temía, pues podía volver a cambiar. Siempre temería eso. Pero allá, muy dentro de sí misma, solo temía por aquel amor suyo hacia el conde, aquel amor oscuro e imperecedero que era como un río caudaloso corriendo para siempre en su interior. ¡Ah, que aquello no se rompiese!
       Sentía tal quietud dentro de ella. Podía sentarse y permanecer tranquila, sintiendo correr el día lentamente, encaminarse suntuosamente hacia la noche. Nada deseaba; nada le faltaba. ¡Ojalá Dionys no tuviese que marcharse! ¡Ojalá no fuese preciso que partiese!
       Al llegar la última mañana le dijo:
       —No me olvides. Recuérdame siempre. Dejo mi alma en tus manos y en tu seno. Nada podrá jamás separarnos, a menos que nos traicionemos el uno al otro. Si tienes que entregarte a tu marido, hazlo, y obedécele. Si me eres fiel, profundamente, fiel hasta lo más profundo de tu ser, él no podrá causarnos daño. Es generoso, así que debes serlo tú también. Y nunca dejes de creer en mí, porque aun desde la otra orilla de la muerte te estaré observando. Seré el rey del Hades cuando haya muerto, y tú estarás a mi lado. No volverás a abandonarme en la otra vida, así que nada temas en esta. No temas. Si has de verter lágrimas, viértelas; pero en lo más profundo de tu corazón debes saber que volveré de nuevo, y que te he de hacer mía para siempre. Así pues, permanece serena en lo más profundo, permanece serena, porque que eres la esposa de la mariquita.
       Reía al dejarla, con su risa maravillosa y temeraria, aunque eran extraños los ojos que le siguieron.
       Entró en el automóvil con Basil, de vuelta a Voynich Hall.
       —Creo que Daphne le echará de menos —dijo Basil.
       El conde nada contestó por unos momentos.
       —Si lo hace —repuso al fin—, no habrá amargura en ello.
       —¿Está usted seguro? —Basil sonreía.
       —Sí, si es que podemos estar seguros de algo.
       También el conde sonreía.
       —Ha cambiado, ¿no le parece?
       —¿Lo ha hecho?
       —Sí, esta cambiada desde que usted llegó, conde.
       —No la veo muy diferente de la niña de diecisiete años que conocí.
       —No, tal vez no. Entonces yo no la conocía. Pero es una mujer muy distinta a la esposa que yo conocía.
       —¿Lamenta esa diferencia?
       —No. No en lo que a ella se refiere. Está mucho más serena en su interior. ¿Sabe usted, conde?, algo de mí murió en la guerra. Siento que ha de llevarme una eternidad ponerme a meditar sobre todo eso.
       —Espero que lo consiga para su entera satisfacción, mayor.
       —Sí, también yo lo espero. Pero así es como me ha dejado, sintiendo como si necesitara toda la eternidad para reflexionar sobre ello, ¿sabe? Sin la necesidad de actuar; ni siquiera de amar, en realidad. Supongo que el amor es acción.
       —Acción intensa —dijo el conde.
       —Eso es. Sé de qué manera me siento. Solo le pido a la vida que me exima de cualquier otro esfuerzo, de cualquier acción sea de la clase que sea; e incluso del amor. Y entonces, para realizarme por entero, quisiera reflexionar por toda la eternidad. Por supuesto, no me importa trabajar: una acción mecánica. Es en sí misma una forma de inacción.
       —Un hombre solo puede alcanzar la felicidad persiguiendo su más íntima necesidad —dijo el conde.
       —¡Exactamente! —exclamó Basil—. No dictaré leyes para nadie, ni siquiera para mí mismo. Y viviré mi vida.
       —Entonces alcanzará la felicidad a su manera —afirmó el conde—. Encuentro muy difícil no dictarme leyes a mí mismo. Solo el pensamiento de la muerte, y de la vida después de la muerte, me apartan de hacerlo.
       —Como me ayuda a mí pensar en la eternidad —dijo Basil—. Supongo que acaba por ser una misma cosa.




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