Ernest Hemingway
(1899-1961)

La capital del mundo

      Hay en Madrid infinidad de muchachos llamados Paco, di­minutivo de Francisco. A propósito, un chiste de sabor madri­leño dice que cierto padre fué a la capital y publicó el siguien­te anuncio en las columnas personales de El Liberal: PACO, VEN A VERME AL HOTEL MONTAÑA EL MARTES A MEDIODÍA, ESTÁS PERDONADO, PAPÁ; después de lo cual fué me­nester llamar a un escuadrón de la Guardia Civil para disper­sar a los ochocientos jóvenes que se habían creído aludidos Pero este Paco, que trabajaba de mozo en la Pensión Luarca, no tenía padre que le perdonase ni ningún motivo para ser perdonado por él. Sus dos hermanas mayores eran camareras en la misma casa. Habían conseguido ese empleo simplemente por haber nacido en la misma aldea que otra ex camarera de la pensión, que con su asiduidad y honradez llenó de pres­tigio a su tierra natal y preparó buena acogida para la gente que de allí llegase. Dichas hermanas le habían costeado el viaje en ómnibus hasta Madrid y obtenido su actual ocupación de aprendiz de mozo. En la aldea de donde provenía, situada en alguna parte de Extremadura, imperaban condiciones de vida increíblemente primitivas, los alimentos escaseaban y las co­modidades eran desconocidas, y tuvo que trabajar mucho des­de muy pequeño.
      Se trataba de un muchacho bien formado, con cabellos muy negros y más bien crespos, dientes blancos y un cutis envidia­do por sus hermanas. Además, poseía una sonrisa cordial y sencilla. Su salud era excelente, cumplía a las mil maravillas con su trabajo y amaba a sus hermanas, que parecían hermo­sas y avezadas al mundo. Le gustaba Madrid, que todavía era un lugar inverosímil, y también su trabajo, que llevaba a cabo entre luces resplandecientes y con camisas limpias, trajes de etiqueta y abundante comida en la cocina, todo lo cual pare­cíale excesivamente romántico.
      Entre ocho y una docena eran las personas que vivían en la Pensión Luarca y comían en el comedor, pero Paco, el más joven de los tres mozos que atendían las mesas, sólo tenía en cuenta a los toreros, los únicos que existían para él.
      También vivían en la pensión toreros de segunda clase, porque su situación en la calle San Jerónimo les convenía, ade­más de que la comida era excelente y el alojamiento y la pen­sión resultaban baratos. El torero necesita la apariencia, si no de prosperidad, por lo menos de crédito, ya que el decoro y el grado de dignidad, aparte del valor, son las virtudes más apre­ciadas en España, y los toreros permanecían allí hasta gastar sus últimas pesetas. No existen antecedentes de que alguno de ellos hubiera abandonado la Pensión Luarca por un hotel me­jor o más caro; los de segunda clase no mejoraban nunca su situación; pero la salida del Luarca se producía con rapidez ante la aplicación automática de la norma según la cual nadie que no hiciese nada podía permanecer allí ya que la mujer a cargo de la pensión únicamente presentaba la cuenta sin que se la pidieran cuando sabia que se trataba de un caso perdido.
      Por entonces eran huéspedes de la pensión tres diestros, dos picadores muy buenos y un excelente banderillero. El Luar­ca constituía un verdadero lujo para los picadores y bande­rilleros, que, como tenían sus familias en Sevilla, necesitaban alojamiento en Madrid durante la estación primaveral. Pero les pagaban bien y tenían trabajo seguro, pues tal clase de subalternos escaseaban mucho aquella temporada. Por lo tan­to, era probable que esos tres subalternos ganasen más que cualquiera de los tres matadores. De éstos, uno estaba enfer­mo y trataba de ocultarlo; otro ya había perdido la preferen­cia que el público le otorgó como novedad; y el tercero era un cobarde.
      En cierta época, hasta que recibió una atroz cornada en la parte baja del abdomen, en su primera temporada como to­rero, el cobarde poseía coraje excepcional y habilidad notable y todavía conservaba muchas de las sinceras admiraciones de sus días de éxito. Era excesivamente jovial y reía constante­mente, con o sin motivo. En la época de sus triunfos fué muy aficionado a las chanzas, pero ahora había perdido ésa cos­tumbre. Estaban seguros de que ya no la conservaba. Este matador tenía un rostro inteligente y franco, y se comportaba en forma muy correcta.
      El matador enfermo tenia cuidado de no revelar nunca esta circunstancia, y era minucioso en lo de comer un poco de todos los platos que servían en la mesa. Tenia gran cantidad de pañuelos, que él mismo lavaba en su cuarto, y, últimamen­te, vendió sus trajes de torero. Había vendido uno, por poco dinero, antes de Navidad, y otro en la primera semana de abril. Eran trajes muy caros, que siempre fueron bien conser­vados, y todavía le quedaba uno. Antes de ponerse enfermo fué un torero muy prometedor y hasta sensacional, y, aunque no sabía leer, tenia recortes según los cuales se lució más que Belmonte al hacer su debut en Madrid. Comía siempre solo en una mesa pequeña y pocas veces levantaba la vista del plato.
      El matador que en una ocasión fué una novedad en el ambiente era muy bajo, muy moreno y muy serio. También co­mía solo en una mesa separada. Sonreía rara vez y nunca reía con estruendo. Era de Valladolid, donde la gente es demasiado seria, y lo consideraban un torero hábil; pero su estilo había pasado de moda antes de que hubiese podido ganar el afecto del público con sus virtudes: coraje y serena inteligencia. Por lo tanto, su nombre en un cartel no atraía público a la plaza, La novedad consistía en su baja estatura, que apenas le pe mitía ver más arriba de las cruces del toro, pero no era el único con esa particularidad y jamás logró conquistar el afecto del público.
      De los picadores, uno tenía cara de gavilán y era canoso, delgado, pero con piernas y brazos fuertes como el acero. Siem­pre usaba botas de ganadero debajo de los pantalones; por las noches bebía demasiado, y en cualquier momento se detenía en la contemplación amorosa de todas las mujeres de la pen­sión. El otro era alto, corpulento, de cara trigueña, buen mozo, con el cabello negro como el de un indio y manos enormes. Ambos eran grandes picadores, aunque del primero se decía que había perdido gran parte de su destreza por entregarse a la bebida y a la disipación; y del segundo, que era demasiado terco y pendenciero para poder trabajar más de una tempo­rada con cualquier matador.
      El banderillero era de edad madura, canoso, ágil como un gato a pesar de sus años y, al verle sentado a la mesa, se diría estar en presencia de un próspero hombre de negocios. Sus piernas estaban todavía en buenas condiciones para aquella temporada y, mientras pudieran moverse, tenía bastante inte­ligencia y experiencia como para conservar el trabajo por largo tiempo. La diferencia estaría en que, cuando perdie­ra la rapidez de sus pies, siempre tendría miedo en los aspec­tos que ahora no le inquietaban, tanto en la arena como fuera de ella.
      Aquella noche, todos habían salido del comedor, excepto el picador de cara de gavilán que bebía demasiado, el subastador de relojes en las exposiciones regionales y fiestas de España, que también era muy aficionIdo a empinar el codo, y dos sa­cerdotes gallegos que estaban sentados en un rincón y bebían, si no demasiado, por lo menos bastante. En aquella época, el vino estaba incluido en el precio del alojamiento y la pensión, y los mozos acababan de traer frescas botellas de Valdepeñas a las mesas del subastador de rostro estigmatizado, luego a la del picador y, finalmente, a la de los dos curas.
      Los tres camareros, estaban ahora en un extremo del salón, Según el reglamento de la casa, tenían que permanecer allí hasta que abandonaran el comedor los comensales cuyas mesas atendían, pero el que tenía a su cargo la mesa de los dos sa­cerdotes tenia que asistir a una reunión de carácter anarco­sindicalista, y Paco había aceptado reemplazarle en sus tareas habituales..
      Arriba, el matador enfermo estaba acostado boca abajo en la cama, solo. El diestro que había dejado de ser una novedad miraba por la ventana mientras se preparaba para ir al café, y el torero cobarde tenía en su cuarto a la hermana mayor de Paco y trataba dc lograr de la muchacha algo a lo que ella, entre carcajadas, se negaba.
      —Ven, salvajilla.
      —No —dijo la mujer.
      —Por favor.
      —Matador —dijo ella, cerrando la puerta—. Mi matador...
      Dentro de la habitación, él se sentó en la cama. Su rostro presentaba todavía la contorsión que, en la arena, transforma­ba en una constante sonrisa, asustando a los espectadores de las primeras filas que sabían de qué se trataba.
      —Y esto —estaba diciendo en voz alta— Toma. Y esto. Y esto.
      Recordaba perfectamente la época de su plenitud, apenas hacia tres años. Recordaba el peso de la chaqueta de torero espolinada de oro sobre sus hombros, en aquella cálida tarde de mayo, cuando su voz todavía era la misma tanto en la arena como en el café. Recordaba como suspiró junto a la afilada hoja que pensaba clavar en la parte superior de las paletas, en la empolvada protuberancia de músculos, encima de los anchos cuernos de puntas astilladas, duros como la madera, y que estaban más bajos durante su mortal embestida. Recordaba el hun­dir de la espada, como si se hubiese tratado de un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hom­bro izquierdo se inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna izquierda... pero, en seguida, el peso de su cuerpo no descansó sobre la pierna izquierda, sino sobre el bajo vientre, y mientras el toro levantaba la cabeza él per­dió de vista los cuernos y dió dos vueltas encima de ellos an­tes de poder desprenderse. Por eso ahora, cuando entraba a matar, lo cual ocurría muy rara vez, no podía mirar los cuer­nos sin perder la serenidad.
      Abajo, en el comedor, el picador miraba a los curas desde su asiento. Si hubiese mujeres en el salón, a ellas hubiera di­rigido su mirada. Cuando no había mujeres, observaba con placer a un extranjero, a un inglés, pero, como no había ni mujeres ni extranjeros, ahora miraba con placer e insolencia a los dos sacerdotes. Entretanto, el subastador de cara estig­matizada se puso de pie y salió después de doblar su servilleta, dejando llena hasta la mitad la botella de vino que había pe­dido. No terminó toda la botella porque tenia varias cuen­tas sin pagar en el Luarca.
      Los dos curas no se fijaron en el picador, pues conversaban animadamente. Uno de ellos decía:
      —Hace diez días que estoy aquí, esperando verle. Me paso el día entero en la antesala y no quiere recibirme.
      —¿Qué hay que hacer, entonces?
      —Nada. ¿Qué puede hacer uno? No se puede ir en contra de la autoridad.
      —He estado aquí dos semanas, y nada, Espero, pero no quie­ren verme.
      —Venimos de la tierra abandonada. Cuando se acabe el di­nero podemos volver.
      —A la tierra abandonada. ¿Qué le importa a Madrid, Ga­licia? Somos una región pobre.
      —En Madrid es donde uno aprende a comprender las cosas. Madrid mata a España.
      —Si por lo menos le atendieran a uno, aunque fuese para darle una respuesta negativa...
      —No. Tiene que esperar hasta cansarse y desfallecer.
      —Pues bien, ya veremos. Puedo esperar como lo hacen otros.
      En este momento, el picador se puso de pie, caminó hacia la mesa de los sacerdotes y se detuvo cerca de ellos, con su pelo canoso y su cara de gavilán, mientras los miraba con una sonrisa.
      —Un torero —explicó uno de los curas al otro.
      —¡Y qué torero! —dijo el picador, y de inmediato salió del comedor, con la chaqueta gris, el talle ajustado, las piernas estevadas y los estrechos pantalones que cubrían sus botas de ganadero de altos tacones, que sonaron con golpes secos cuan­do se alejó fanfarroneando, mientras sonreía porque sí. Su mun­do profesional pequeño y estrecho, era un mundo de eficiencia personal, de nocturnos triunfos alcohólicos y de insolencia. En­cendió un cigarrillo y salió rumbo al café, no sin antes inclinar bien su sombrero en el zaguán.
      Los curas salieron inmediatamente después del picador, dándose prisa al advertir que eran los últimos en abandonar el comedor, y entonces no quedó nadie en el salón, excepto Paco y el camarero de edad madura, que limpiaron las mesas y llevaron las botellas a la cocina.
      En la cocina estaba el muchacho que lavaba los platos. Te­nía tres años más que Paco y era muy cínico y mordaz.
      —Toma esto —dijo el hombre mientras llenaba un vaso de Valdepeñas y se lo ofrecía.
      —¿Y por qué no? —y el joven tomó el vaso.
      —¿Y tú, Paco?
      —Gracias —dijo éste, y los tres se pusieron a beber.
      —Bueno, yo me voy —dijo el mozo viejo.
      —Buenas noches —le dijeron los jóvenes.
      Salió y ellos se quedaron solos. Paco tomó la servilleta que había usado uno de los curas y, erguido, con los tacones plan­tados, la bajó mientras seguía el movimiento con la cabeza, y con los brazos efectuó una lenta y vasta verónica. Luego se díó vuelta y, adelantando ligeramente el pie derecho, hizo el segundo pase, ganó un poco de terreno sobre el imaginario to­ro y realizó un tercer pase, lento, suave y perfectamente medi­do. Después recogió la servilleta hasta la cintura y balanceó las caderas, evitando la embestida del toro con una media ve­rónica.
      El muchacho que lavaba los platos, que se llamaba Enrique, lo observaba con un gesto de desprecio.
      —¿Qué tal es el toro?. —preguntó.
      —Muy bravo —dijo Paco—. Mira.
      Y, deteniéndose, erguido y esbelto, hizo cuatro pases más, perfectos, suaves, elegantes y graciosos.
      —¿Y el toro? —preguntó Enrique, apoyado en el fregadero. Tenía puesto el delantal y todavía no había terminado su vaso de vino.
      —Tiene gasolina para rato —contestó el otro.
      —Me das lástima —dijo Enrique.
      ——¿Por qué? ¿Está mal?
      —Fíjate.
      Enrique se quitó el delantal y, mientras señalaba al toro imaginario, esculpió cuatro gigantescas verónicas perfectas y lánguidas, y terminó con una rebolera que hizo girar el delan­tal sobre el hocico del toro mientras se alejaba de él.
      —¿Qué te parece? —concluyó—. ¡Y pensar que tengo que ganarme la vida lavando platos!
      —¿Por qué?
      —Por el miedo. El mismo miedo que tendrías tú al encon­trarte en la arena, frente a un toro.
      —No —replicó Paco—. Yo no tendría miedo.
      —¡Bah! Todos tienen miedo. Pero un torero puede dominar ese miedo y vencer al toro. Cierta vez intervine en una lidia de aficionados y tuve tanto miedo que me escapé corriendo. To­dos creían que sería algo muy divertido. Tú también te asus­tarías. Si no fuera por el miedo, cualquier limpiabotas de Espa­ña sería torero. Y tú, un muchacho del campo, te asustarías más que yo..
      —No —dijo Paco.
      En su imaginación lo había hecho muchísimas veces. Infi­nidad de veces vió los cuernos, el hocico húmedo del toro, las orejas crispadas y luego cómo agachaba la cabeza para la em­bestida. Oía el golpe seco de los cascos del animal. Lo veía pasar a su lado mientras él balanceaba la capa. Vió la nueva em­bestida y volvió a balancear la capa, y luego una y otra vez, para concluir mareando al animal con su gran media verónica y alejándose con oscilaciones de las caderas, con pelos del toro que se habían prendido de los adornos de oro de su chaqueta en los pases más ajustados. El toro había quedado hipnotizado y la multitud aplaudía con entusiasmo... No, no tendría miedo. Otros podían sentirlo, pero él no. Sabía que iba a ser así. Aun­qué siempre hubiera tenido miedo, estaba seguro de que po­dría hacerlo con toda calma. Tenía confianza.
      —Yo no tendría miedo —repitió.
      —¡Bah! —volvió a exclamar Enrique, y después de una pausa agregó—: ¿Y si hiciéramos la prueba?
      —¿Cómo?
      —Mira —explicó el lavador de platos—. Tú piensas siempre en el toro, pero te olvidas de los cuernos. El toro tiene tanta fuerza que los cuernos cortan como un cuchillo, se clavan como una bayoneta y matan como un garrote. Mira —y al decir esto abrió un cajón de la mesa y sacó dos cuchillas de cortar car­ne—. Las ataré a las patas de una silla. Luego haré de toro poniéndola delante de mi cabeza. Imaginémonos que las cu­chillas son los cuernos. Si logras hacer esos pases, puedes ser considerado una cosa seria.
      —Préstame tu delantal. Lo haremos en el comedor.
      —No —dijo Enrique, despojándose repentinamente de su amargura habitual—. No lo hagas, Paco.
      —Sí. No tengo miedo.
      —Pero lo tendrás, cuando veas cómo se acercan las cu­chillas...
      —Ya veremos —concluyó Paco—. Dame el delantal.
      Y Enrique empezó a atar las dos cuchillas de hoja gruesa y afilada como la de una navaja a las patas de la silla, utilizan­do dos servilletas sucias, que arrollaba a la altura de la mi­tad de cada cuchilla, apretándolas lo más fuerte que le era posible.
      Entretanto, las dos camareras, hermanas de Paco, se dirigían al cine para ver a Greta Garbo en «Anna Christie». De los tíos sacerdotes, uno estaba sentado leyendo su breviario, y el otro, rezaba el rosario. Todos los toreros de la pensión, excepto el que se encontraba enfermo, habían hecho ya su aparición nocturna en el café Fornos, donde el picador corpulento y de cabellos negros jugaba al billar, y el matador bajo y respetuoso se hallaba delante de una taza de café con leche en una mesa muy concurrida, al lado del banderillero y de unos obre­ros serios.
      El picador canoso dado a la bebida, tenía un vaso de brandy cazalás y observaba con placer la mesa ocupada por el matador que ya había perdido el coraje, otro que renunciaba a la espada para ser de nuevo banderillero y dos viejas prosti­tutas.
      Por su parte, el subastador estaba charlando con varios ami­gos en la esquina; el camarero alto estaba en la reunión anár­co—sindicalista, esperando con ansiedad la ocasión de hacer uso de la palabra, y el mayor de los camareros se encontraba sentado en la terraza del Café Alvarez, bebiendo una copa de cerveza. En cuanto a la dueña de la Pensión Luarca, dormía ya, boca arriba, con el almohadón entre las piernas. Era una mujer alta, gorda, honrada, limpia, tranquila y muy religiosa. To­davía añoraba a su marido y no dejaba de rezar por él todos los días, a pesar de que hacia veinte años que había muerto. El matador enfermo continuaba en su cuarto, solo, acostado boca abajo, con un pañuelo en la boca.
      En el desierto comedor, Enrique estaba haciendo el último nudo en las servilletas que ataban las cuchillas a las patas de la silla. Después dirigió las patas hacia adelante y sostuvo la silla sobre sus cabeza, a cada lado de la cual apuntaba una de las afiladas cuchillas.
      —Pesa mucho —dijo—. Mira, Paco. Va a ser muy peligroso. No lo hagas.
      Estaba sudando...
      Frente a él, Paco sostenía el delantal extendido, con un pliegue en cada mano, con los pulgares arriba y los índices hacia abajo, esperando la carga de la imaginaria bestia.
      —Avanza en línea recta —indicó—. Luego vuélvete como hace el toro. Y hazlo todas las veces que quieras.
      —¿Y cómo sabrás cuando cortar el pase? —preguntó Enri­que—. Es mejor hacer tres y después una media.
      —Entendido. Pero, ¿qué esperas? ¡Eh, toritoI ¡Ven, torito!
      Con la cabeza gacha, Enrique corrió hacia él, y Paco balan­ceó cl delantal junto a la afilada cuchilla, que pasó muy cerca de su vientre, negro y liso, de puntas blancas, y cuando Enri­que ve dió vuelta para volver a atropellar, vid la masa cubierta de sangre del toro y oyó el golpe de los cascos que pasaban a su lado, y, ágil como un gato, retiró la capa, dejando que aquél siguiera su carrera. Enrique preparó entonces una nueva em­bestida, y esta vez mientras calculaba la distancia, Paco ade­lantó demasiado su pie izquierdo —cosa de dos o tres pulga­das— , y la cuchilla penetró en su cuerpo con la misma facili­dad que si se hubiese tratado de un odre. Entonces sintió un calor nauseabundo junto con la fría rigidez del acero. Al mis­mo tiempo, oyó que Enrique gritaba:
      —¡Ayl ¡Ay! ¡Déjame que lo saque! ¡Déjame sacártelo¡
      Paco cayó hacia adelante, sobre la silla, sosteniendo toda­vía en sus manos el delantal convertido en capa. Enrique, en su afán de separar al compañero, empujaba la silla, y la cu­chilla se hundía en él, en él, en Paco...
      Por fin salió, y él se sentó sobre el piso, en el charco calien­te que se agrandaba cada vez más.
      —Ponte la servilleta encima. ¡Fuerte¡ —dijo Enrique—. Aprieta bien. Iré corriendo en busca del médico. Debes conte­ner la hemorragia.
      —Haría falta una ventosa de goma —respondió Paco, que había visto usar eso en la arena.
      —Yo atropellé en línea recta —balbuceó Enrique, sollozando—. Lo único que quería era mostrarte el peligro...
      —No te preocupes —la voz de Paco parecía lejana—, pero trae el médico.
      En la arena, cuando alguien resulta herido, lo levantan y lo llevan corriendo a la sala de operaciones. Si la arteria femoral se vacía antes de llegar, llaman al sacerdote...
      —Avisa a uno de los curas —continuó Paco, que sostenía la servilleta con todas sus fuerzas contra la parte baja del abdo­men. No podía creer que le hubiera ocurrido aquello.
      Pero Enrique ya estaba en la calle San Jerónimo y se diri­gía corriendo hacia el dispensario de urgencia. Paco se quedó solo. Primero se levantó, pero el dolor le hizo caer de nuevo, y permaneció en el suelo hasta lanzar el último suspiro, sintiendo que su vida se escapaba como el agua sucia sale de la bañera cuando uno levanta el tapón. Estaba asustado, y, al sentirse desfallecer, trató de decir una frase de contrición. Recordaba el comienzo, pero apenas pronunció, con la mayor rapidez posible: «¡Oh, Dios mío! Me arrepiento sinceramente de haberte ofendi­do, a Ti, que mereces todo mi amor, y resuelvo firmemente...»; se sintió ya demasiado débil y cayó boca abajo sobre el piso, expirando en pocos segundos. Una arteria femoral herida se vacía más pronto de lo que uno piensa.
      Mientras el médico del dispensario subía por la esca­lera acompañado por el agente de policía, que llevaba del brazo a Enrique, las dos hermanas de Paco estaban en el monumental cinematógrafo de la Gran Vía. La película de la Garbo les deparó una gran desilusión. Nadie quedó con­forme con el mísero papel de la gran estrella, pues estaban acostumbrados a verla siempre rodeada de gran lujo y es­plendor. Los espectadores demostraban su desagrado mediante silbidos y pateos. Los otros habitantes del hotel estaban hacien­do casi exactamente lo mismo que cuando ocurrió el accidente, excepto los dos curas, que habían terminado sus devociones y se preparaban para ir a dormir, y el canoso picador, que tras­ladó su copa a la mesa ocupada por las dos viejas prostitutas. Uno poco más tarde salió del café con una de ellas; la que había acompañado en la borrachera al matador que perdiera el coraje.
      Y el joven Paco no se enteró nunca de esto ni de lo que aquella gente iba a hacer al día siguiente. Ni se imaginaba cómo vivían, en realidad, ni cómo terminarían sus existencias. Murió, como dice la frase española, lleno de ilusiones. No había tenido tiempo en su vida para perder ninguna de ellas, ni si­quiera, al final, para completar un acto de contrición.
      Tampoco tuvo tiempo para desilusionarse por la película de Greta Garbo, que defraudó a todo Madrid durante una semana.



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