Ernest Hemingway
(1899-1961)

«Cross Country» en la nieve
(“Cross Country Snow”, 1925)
In Our Time (New York: Boni & Liveright, 1925)


      El funicular se detuvo después de recorrer otro trecho. No podía seguir más allá, ya que la nieve estaba amontonada sólidamente entre los rieles. El vendaval barría la superficie abierta de la montaña, dejando cierto espesor de nieve. Nick, que estaba encerando sus esquíes en el vagón de equipaje, puso las botas en las puntas de hierro y cerró fuertemente la abrazadera. Luego saltó a un lado del furgón, se volvió repentinamente y empezó a deslizarse por la pendiente con mucha rapidez, agachándose y arrastrando sus esquíes.
       George se hundió en la capa blanca que se extendía debajo, apareció de nuevo y volvió a perderse de vista. El ímpetu y el veloz descenso por una empinada ondulación de la montaña despojaron a Nick de sus pensamientos, y sólo le quedó el efecto del maravilloso vuelo, impidiendo toda otra sensación en su cuerpo. Después de una leve subida, la nieve pareció abrirse bajo sus pies, y prosiguió a mayor velocidad, ya en el último declive, largo y empinado.
       Se había acuclillado hasta estar casi sentado sobre los esquíes, tratando de que el centro de gravedad se mantuviese bajo. La nieve daba la impresión de una tormenta de arena. Se dio cuenta de que se deslizaba demasiado de prisa, pero continuó así. No iba a aflojar. Fue entonces cuando un espacio de terreno cubierto de nieve blanda y con una depresión producida por el viento, le hizo caer. Nick dio varias vueltas en medio del estrépito de los esquíes. Parecía un conejo herido. Por último, quedó clavado en el suelo, con las piernas cruzadas y los esquíes encima. Tenía la nariz y las orejas llenas de nieve.
       George se encontraba un poco más abajo. Estaba quitándose la nieve de la chaqueta con fuertes palmadas.
       — ¿Cómo está la pendiente? —Nick sacudió los esquíes tendido de espalda y luego se levantó.
       —Te has dado un hermoso porrazo, Mike —gritó a Nick—. La nieve está demasiado blanda. Yo me caí del mismo modo.
       —Tienes que mantenerte hacia la izquierda. La pendiente es pronunciada pero lisa, con un Christy al fondo, debido a un cerco.
       —Espera un segundo e iremos juntos.
       —No, ¿por qué no vas tú primero? Me gusta ver lo que haces.
       Nick Adams pasó al lado de George con sus anchos hombros y sus cabellos rubios que presentaban todavía restos de nieve. Sus esquíes empezaron a deslizarse por el borde y después ascendió rápidamente, silbando por la cristalina nieve en polvo. Parecía flotar y sumergirse mientras subía y bajaba por las onduladas pendientes, apoyándose en la pierna izquierda. Al final, cuando se acercó con ímpetu a la alambrada, manteniendo las rodillas bien juntas y forzando el cuerpo como si estuviese apretando un tornillo, dio una repentina vuelta hacia la derecha, provocando un remolino de nieve, y continuó con lentitud, paralelo a la ladera y al alambrado.
       Luego levantó la vista hasta la cresta de la colina. George estaba bajando por la pendiente ondulada, arrodillándose, con una pierna doblada hacia delante y arrastrando la otra. Sus bastones colgaban como las patas delgadas de ciertos insectos y hacían saltar trozos de nieve al rozar la superficie. Por último, el cuerpo que parecía arrastrarse de rodillas cogió espléndidamente la curva y George se acuclilló, movió hacia delante y hacia atrás ambas piernas y se inclinó en dirección contraria, mientras los esquíes acentuaban la curva como puntos luminosos, todo en una salvaje nube de nieve.
       —Le tenía miedo al Christy —dijo George—; la nieve era muy blanda. Te diste un hermoso porrazo.
       —Tal como tengo la pierna, no puedo hacer el Telemark —dijo Nick.
       Nick oprimió con su esquí el hilo superior del alambrado y permitió así que pasase George. Después le siguió rumbo a la meta. Atravesaron el bosque de pinos conservando la misma postura. Poco a poco, el camino se bruñía de hielo, tiñéndose de color naranja y amarillo de tabaco a causa de los troncos que habían llegado hasta allí. Los esquiadores continuaron yendo por el lado en donde había nieve. El sendero se hundía en un arroyo y luego seguía cuesta arriba. Desde el bosque, pudieron ver el largo edificio de bajos aleros, desgastado por la intemperie. A través de los árboles pa-recía tener un matiz amarillo descolorido. Los marcos de las ventanas estaban pintados de verde, aunque la pintura se desconchaba. Nick aflojó las abrazaderas con uno de sus bastones y se quitó los esquíes agitándolos.
       —Será mejor que los dejemos allí —dijo y subió por el empinado sendero con los esquíes al hombro. De vez en cuando, sacudía los pies para que no se le helaran. Detrás iba George. Oía su respiración y el ruido que hacía al sacudir los pies. Amontonaron los esquíes junto a la pared del albergue. Luego sacudieron los pantalones para quitarse la nieve, agitaron las botas hasta dejarlas limpias y entraron.
       Dentro estaba muy oscuro. En un rincón del salón, la gran cocina de porcelana atenuaba la penumbra. El cielo raso era bajo. A lo largo de una de las paredes había pulidos bancos y mesas manchadas de vino. Junto a la cocina, dos suizos fumaban en pipa y bebían sus vasos de vino fresco. Los muchachos se quitaron las chaquetas y se sentaron junto a la pared, frente al hornillo. En la sala contigua dejó de cantar la voz femenina y apareció una mujer con delantal azul para ver qué querían tomar los recién llegados.
       —Una botella de Sion —pidió Nick—. ¿Te parece bien, Gidge?
       —Muy bien —contestó George—. Tú conoces los vinos mucho más que yo. Me gustan todos.
       La mujer salió.
       —No hay nada que se pueda comparar al deporte del esquí, ¿verdad? —manifestó Nick—. ¡Esa sensación que uno experimenta al bajar a toda velocidad!
       — ¡Ah! —dijo George—. No hay palabras para expresarlo.
       La mujer volvió trayendo el vino. El corcho de la botella les dio bastante trabajo, pero Nick logró abrirla. La mujer se fue, y después oye-ron que cantaban en alemán en la otra habitación.
       —Se han caído algunos trozos de corcho, pero no importa —dijo Nick. — ¿Tendrá alguna tarta esta mujer?
       —Veamos.
       La mujer volvió de nuevo y Nick observó entonces que su delantal cubría el bulto de su preñez. « ¿Por qué no debí verlo cuando vino por primera vez?», pensó.
       — ¿Qué estaba cantando? —le preguntó.
       —Ópera, ópera alemana —no tenía interés en hablar de aquel tema—. Si les gusta, todavía hay un poco de tarta de manzanas.
       —No es muy cordial, ¿eh? —dijo George.
       — ¡Oh! Al fin y al cabo no nos conoce, y tal vez haya pensado que íbamos a hacerle bromas por lo que cantaba. Es de allá, donde hablan alemán, y aquí no está en su ambiente. Además, va a tener familia sin haberse casado y eso la hace quizá más susceptible.
       — ¿Y cómo sabes que no está casada?
       —Porque no lleva anillo. ¡Diantre! A casi todas las mujeres de este lugar les ocurre lo mismo antes de casarse.
       En aquel momento se abrió la puerta y entró un grupo de leñadores. Sus botas promovieron un gran estrépito en el piso del salón. La criada trajo tres litros de vino fresco para la reunión y los leñadores ocuparon las dos mesas. Se habían quitado los sombreros y fumaban en silencio. Algunos estaban apoyados contra la pared, y otros echados sobre la mesa. Afuera, los caballos de los trineos sacudían de vez en cuando la cabeza haciendo sonar los cencerros.
       George y Nick estaban contentos. Eran grandes amigos. Sabían que tenían por delante el viaje de regreso a través de la nieve.
       — ¿Cuándo tienes que volver a la escuela? —preguntó Nick.
       —Esta noche —respondió su compañero—. Tengo que tomar el tren que sale de Montreux a las diez cuarenta.
       — ¡Cómo me gustaría que pudieras quedarte para acompañarme mañana al Dent du Lys!
       —Primero está la educación —expresó George—. ¡Caramba, Mike! ¿Qué te parece si nos entregáramos a la vagancia? Tomamos el tren y vamos con nuestros esquíes hasta donde se pueda correr bien. Después seguimos y nos hospedamos en cualquier cantina. Atravesamos las montañas de Oberland Bernés, subimos hasta Valais y recorremos la Engadina. Luego renovamos el equipo, con suéteres y pijamas extras en nuestras mochilas, ¿eh? Sin que nos importe un comino la escuela ni nada. ¿Qué me dices?
       —Sí, y después seguimos hasta la Selva Negra. ¡Vaya! Los mejores sitios.
       —Allí fuiste a pescar el verano pasado, ¿no es cierto?
       —Sí.
       Comieron la tarta de manzanas y bebieron el resto del vino.
       George se echó atrás, contra la pared, y cerró los ojos.
       —El vino me hace siempre sentirme así —dijo.
       — ¿Mal, acaso? —preguntó Nick.
       —No. Estoy bien, pero me encuentro raro y divertido.
       —Lo sé.
       —Claro.
       — ¿Quieres que pida otra botella? —sugirió Nick.
       —Por mí, no —contestó George.
       Nick estaba apoyado con los codos encima de la mesa, y George recostado contra la pared.
       — ¿Así que Helen va a tener un hijo? —dijo George balanceando la silla para acercarse de nuevo a la mesa.
       —Sí.
       — ¿Cuándo?
       —A fines del verano que viene.
       — ¿Estás contento?
       —Ahora sí.
       — ¿Volveréis a los Estados Unidos?
       —Creo que sí.
       — ¿Tienes deseos de volver?
       —Yo, no.
       — ¿Y Helen?
       —Tampoco.
       George guardó silencio. Estaba mirando la botella y las copas vacías.
       —Es una porquería, ¿verdad?
       —No. Exactamente, no.
       — ¿Iréis a esquiar juntos alguna vez en los Estados Unidos?
       —No sé.
       —Las montañas no valen mucho.
       —No. Son muy rocosas. Además, hay muchos montes y están demasiado lejos.
       —Sí —dijo George—; en California.
       —Sí —convino Nick—; en todas partes en las que estuve vi lo mismo.
       —Aja. Así es.
       Después de pagar, los suizos se levantaron y salieron.
       —Me gustaría que nosotros también fuésemos suizos —dijo George.
       —No te olvides de que los suizos tienen paperas —advirtió Nick.
       —No lo creo.
       —Yo tampoco.
       Nick y George se echaron a reír por la ocurrencia.
       — ¿Y si es ésta la última vez que esquiamos, Nick?
       —No es posible. Yo no lo haría si no me acompañases.
       —Bueno, entonces volveremos a esquiar.
       —Hemos de hacerlo —agregó Nick.
       —Tendríamos que prometerlo.
       Nick se puso de pie y se abrochó bien la chaqueta. Se inclinó sobre George para recoger los dos palos de esquiar que estaban contra la pared y clavó uno en el suelo.
       —No se gana nada con hacer promesas —expresó.
       Luego abrieron la puerta y salieron. Hacía mucho frío. La nieve amontonada estaba dura. El camino subía por la colina hasta el bosque de pinos.
       Los dos amigos fueron a buscar los esquís que habían dejado junto a la pared del albergue. Nick se puso los guantes. George empezó a subir por el camino con los esquíes al hombro. Volverían juntos al pueblo.



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